Revista

Polvo del camino. 215. Restos del festín. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                       
Polvo del camino/ 215

Restos del festín
Héctor Cortés Mandujano

A mi primo Miguel Muñoz Cortés,
quien me contó la historia

En la tarde, Mamá Natividad ayudó a su perra Diana a tener los cuatro cachorritos; les hizo un nido de trapos viejos en el largo corredor de ladrillos, al lado de la puerta de su cuarto.
Sobre la finca El Ciprés, alejada del pueblo, cayó la noche sin luna.
La abuela apagó el quinqué y se durmió. La despertó el ruido de unos cascos que entraron al patio del rancho. Abrió los ojos por automático reflejo. Negrura nomás. Puso atención al ruido. Pensó que podría ser su hijo Herminio, que venía de alguna de sus rondas nocturnas en busca de muchachas.
No era.
Afinó el oído lo más que pudo. Tampoco era un caballo, sino un animal más pequeño. Tal vez fuera el burro blanco, que era muy mañoso.
Los cascos no se detuvieron en el extremo del pretil donde generalmente se desensillaban los caballos. Siguieron con su ruido monocorde sobre el piso del patio y llegó el momento en que se emparejaron con la puerta de su cuarto. En medio del visitante y la abuela, no sólo la puerta, sino el corredor de ladrillos.
Mamá Natividad, decidió gritar para asustar al animal:
—¡Burro!
Hubo un momento de silencio y luego ella escuchó una voz gutural, inhábil, pedregosa, que le respondió con la misma palabra:
—¡Burro!
No supo qué hacer. Oyó algunos ruidos menores, que no logró identificar, como si el animal ya no usara sus cascos para moverse, como si cuidara hasta su respiración para no ser percibido. Luego nada.
Le costó conciliar el sueño.
Al otro día, de madrugada, se levantó rumbo al fogón. Diana, la perra, le lloriqueó cuando ella pasó a su lado.
Tomó su taza de café, en una silla, al lado del fogón y luego decidió ir a ver a los perritos.
Diana lloró de nuevo cuando se acercó hacia ella. No había perritos. Revoleó el nido y descubrió asombrada algo que la hizo recordar la voz horrible que le respondió en la noche. Ese algo, ese alguien, pensó, se había devorado a los recién nacidos. Sólo dejó ante la desesperación de la madre ¡las cuatro colitas muertas!



Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 44. Apuntes del subsuelo 5. Antonio Florido





                                                                              
LA CAUSA PRIMERA DE TODAS LAS CAUSAS

Capítulo V

Comencemos, como es costumbre, por el principio. En este quinto capítulo de la primera parte del libro, el autor nos abre la puerta -no sé si de una forma certera o no- a las emociones que le provoca el remordimiento, y al arrastre feroz que éste le aviva, hasta el punto de precisar -más adelante- que dicho remordimiento le produce “…una honda conmoción...”, y que, añade, “…le remordía (remuerde) la conciencia...” (Sobre el sentido de la conciencia en Dostoyevski ya hablé en otro capítulo y no creo necesario insistir).

En otro lugar nos aclara que este tipo de, digamos, perturbaciones, eran para él, en realidad, una pura mentira, un engaño, un ardid, y todo porque le aburría, se aburría soberanamente, y por eso, dice, figuraba todo el santo día, es decir, se transfiguraba, se amoldaba. Y aquí viajamos a las palabras de nuestro también querido autor Juan Carlos Onetti, cuando declara en una entrevista de A fondo, sobre los años…, que él miente cuando escribe, que lo hace desde niño –quiero decir, lo de mentir- y que utilizando este ancestral recurso, aprendió y comprendió que podía protegerse de las tribulaciones del mundo colocándose la eterna máscara de la tragedia, ya que de esta manera los demás se quedaban, se quedarían con la boca abierta, pensando ¡qué niño, qué escritor, qué historias nos cuenta!” Claro, puestos de esta forma, usted mismo nos podría recordar a Osamu Dazai, en su obra Indigno de ser humano; el niño de las tres fotografías, el de la eterna sonrisa, el de la constante fábula, y ¿sabe qué?, que tendría toda la razón del mundo, por eso un servidor jamás se la concedería, porque de nada sirve darle algo a alguien que ya posee ese algo, ¿no? Podríamos trasladarnos también, si usted gusta, a cualquier obra de Natsume Soseki, como El minero, donde trata los mismos encierros del alma; pero, en fin…

Muchos hemos experimentado alguna o muchas, demasiadas veces, que siente en lo hondo la culpa. La culpa de todo, por todo, por ser, por existir, por saberse un ridículo títere sin importancia alguna. Todos habremos pasado en alguna ocasión por esa angustia de nadar en la inocencia rodeado de tiburones que te miran de frente (algunos, los cobardes, lo suelen hacer de soslayo), como amenazantes, como tartamudeando entre un sí y un no que, bueno, que tal vez, que a lo mejor no fuiste tú el que hizo lo que hizo o el que pensó lo que pensó o el que calló lo que calló. Quién sabe. Y todo al precio de, sin saber qué hacer, con mano sobre mano -según Fiódor- uno se aburre; se aburre, pero le duele; le duele, pero se aguanta; se aguanta y, sin embargo, nota ese dolor placentero de ser el único en conocer la verdad de su inocencia. De su -si me apuran- de su simplicidad.

¿Los listos y activos son, realmente, inútiles, estúpidos, sobrantes?

A pesar del aburrimiento que comparto en estos instantes con nuestro protagonista, el meollo de la cuestión radica en eso de la causa de la causa, esto es, la causa in-causada, la primera de todas, la eterna e inagotable pregunta, sustantiva y medular, que nos abroga hasta el centro de la cordura. Yo pregunto, qué tipo de causa es la de Fiódor, cuál busca, ¿la causa de Clemente Greenberg, cuando afirma que “un pintor como Picasso pinta la causa de un efecto posible; un pintor kitsch (imitación de estilo) como Repin (Iliá Yefímovich Repin) pinta el efecto de una causa determinada? ¿La causa nosológica (una de las cuatro, la que usted desee) de Aristóteles, que tanto le trastorna? ¿La causa de Slavoj Zizej, en Órganos sin cuerpo (¿lo han leído?), donde afirma que, “…el efecto es, retroactivamente, la causa de su causa…”?

¡Díganme, cuál!

No os apuréis, porque el mismo que en el texto de Apuntes del Subsuelo se pregunta, también nos expone su respuesta: La justificación. De ahí el duelo inexistente, la falta de empatía, el tremendo aburrimiento de aquel Raskolnikov que recordamos. Sigue el autor con otra cuestión. Se pregunta qué hará, qué podría hacer si ni siquiera siente resentimiento. Ahí es nada la complicación que se nos acerca como un tsunami. Él lo endereza recurriendo a la solución de todo lo irresoluble: El destino. El destino es el culpable, el traidor, el que instiga y provoca entreverado con un paisaje mimético. No, no es el agravio, no es esa culpa soterrada que, de pronto, emerge de las profundidades, no. Es el destino, el qué será, o a lo mejor el tiempo perdido y llorado, junto a su amigo, confesor y protector Dmitri (Dmitri Vasílievich Grigoróvich), en aquella pensión húmeda y cochambrosa donde ambos malvivían.

Se va la razón, se va el agravio, se va el objeto… ¡Y qué queda ahora! El Destino. ¡Oh, El Destino!

(Lo que falta por comentar de este capítulo es poca cosa, muy poquita cosa, y no creo que haga falta nada más).

Vale.

Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 43. Apuntes del subsuelo 4. Antonio Florido





                                                                              
SOBRE LA MALICIA, EL DOLOR Y EL ACTO DE CONCIENCIA

Capítulo IV

En este brevísimo capítulo (aunque rocoso), Dostoyevski nos relaciona varios conceptos (que, como tales, suelen residir, como parásitos, en el interior de una nimia idea o en cualquier expresión popular, vulgar y zafia), que nacen y se desarrollan adquiriendo una concreción más necesaria y definida con el paso del tiempo sobre la piel de nuestras experiencias.

Para comenzar debemos aclarar que, para quien escribe, el concepto principal alrededor del que orbitan los demás, es la conciencia. (Recordemos que, para Sartre, la conciencia está situada por encima de todo lo demás; observa lo que sucede, incluso es capaz de conmoverse, pero, ¿y para Fiódor?, ¿cómo apreciaba él este término, de qué manera llegó a sentirlo? ¿Observaba, -como afirma Jean-Paul- hundida en la miseria de saberse, engreída en un mundo callado y triste? ¡Díganme!

Un hombre de extrema sensibilidad como Dostoyevski (él lo declara hasta la saciedad), siente, dice, placer en el dolor. En el texto expone sin tapujos que, ante el dolor, el hombre se queja, gime, llora; muestra -como un actor ante el público, su público- que es, quizás, el más infeliz de todos los seres por la noción clara que le arrebata los sentimientos y se mofa de ellos. El dolor físico (leemos en el capítulo un ejemplo metafórico que el propio autor inventa, en el que un paciente siente un terrible dolor de muelas), ¿tiene sentido? Dostoyevski nos dice que sí. Con un SÍ nítido, sin fisuras. Luego agrega que quejarse o gemir (o gritar) de dolor, humilla la conciencia (quizás aquí, creo, el significado de conciencia lo podamos acercar al pensamiento de Sol Lewitt, porque este dolor, esta ineptitud del Yo, este saber que se sabe, deviene o implica un estar al tanto en la vida, un camino claro por donde tirar). Cuando leí y subrayé este trozo no pude menos de pensar en Jesús, en su sufrimiento, en el inimaginable dolor físico, real; también en el otro dolor, digamos místico, en el sentido trascendente, como trascendente sería en este caso, la visión única y escatológica de la Pasión. Entonces, me pregunto, nos podríamos preguntar si Jesucristo sintió humillada Su conciencia, la máxima expresión del amor que todo hombre puede manifestar. ¿Creía esto Fiódor? ¿Cómo, cuánto, cuándo, dónde, hablaba él con Él? Y he de confesar, como nuestro admirado escritor de almas reconoce de sí mismo, que siento una confusión vital, un desorden del que me cuesta mucho evadirme.

Me duele, me quejo, gimo, grito, y noto una voluptuosa (lo de voluptuosidad lo escribe él) inspiración que me llama a humillar no sólo al otro, sino a mí mismo. Y de esa terrible humillación, de ese tétrico agravio, brota el placer inefable y con sentido (para él).

Podremos o no estar de acuerdo con su pensamiento. Pero la verdad es que, con estas palabras no nos debería extrañar que un hombre como él haya sido capaz de traspasar el tiempo y los mundos con su lectura (transcripción matemática) profunda, diría abisal, de las almas de todos sus personajes. ¡Fascinante!

Estoy con Wittgenstein en que esa voluptuosidad, erotismo o apasionamiento de la que estamos tratando debería ser, tal vez, “el templo que sirva de contorno a las pasiones, sin mezclarse con ellas”; usted, sin embargo, diría, con Van Gogh, que lo que busca (con sus rojos y verdes) es “expresar la espantosa pasión de los hombres”.

Para terminar estos comentarios deberíamos hacerlo hablando de la escasa o nula confianza del hombre en sí (mismo) y de la falta imperdonable del amor propio, del que el mismo autor de Apuntes del subsuelo, nos anuncia; sin embargo, no podría acabar sin establecer, ante vosotros, la para mí extrema y extraña relación y solución que Dostoyevski nos proporciona para poder dejar de sufrir. Y lo decimos porque es muy clara la idea que más tarde, nuestras lecturas de Cioran así nos indican. Hablamos del suicidio. Dejar de dolernos eliminando la vida. Asistido o no, pero dándonos por vencidos y con la petulancia henchida al considerar que la vida, nuestra vida, es nuestra, que no hubo ni hay ni habrá esperanza ni trascendencia, que debemos elegir (y para ello nos habríamos de vestir con los ropajes de la cobardía) entre ser o dejar de ser. Ahí está el nicho topográfico de la Conciencia. Habrá que dejar que trabaje, ¿no?

Vale.


Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 214. Escuchar la voz interior. María Gabriela López Suárez



Voces ensortijadas
Escuchar la voz interior
María Gabriela López Suárez


Azucena terminó de amarrarse las agujetas de los tenis. Tenía que entregar unos pedidos de frutas y verduras que le habían solicitado. Trabajaba los fines de semana en la tienda de abarrotes de su prima Marcela. Los ingresos le ayudaban para apoyarse con los gastos de la universidad. Cursaba el segundo semestre de la licenciatura en Gastronomía. Azucena había decidido apoyar el esfuerzo que hacían en su familia para que ella pudiera estudiar.

—¡Marce, ya me voy a entregar el pedido de don René! Me llevo la carretilla, para que no la vayas a buscar —gritó Azucena, con la esperanza de que Marcela la hubiera escuchado.

Antes de salir Azucena revisó la hora, estaba en buen tiempo para llevar el pedido. Algo la hizo elegir cortar camino, pasaría por el área de andadores. En una mañana soleada como la de ese sábado, los árboles le darían la sombra que necesitaba para resistir el calor.
Emprendió el camino con excelente ánimo y a buen ritmo, se alegró que la carretilla no pesara tanto con el pedido. Por momentos pensaba que quizá el entusiasmo que sentía le ayudaba a llevar la carga de las frutas y verduras y por eso la sentía liviana.

A su paso observó cómo los árboles estaban mudando de hojas, una señal de que la primavera estaba cerca. El clima de ese día estaba mezclado, ráfagas de viento y un sol tan intenso que se alegraba de haber llevado puesta su gorra favorita, en color rojo, con la inicial de su nombre bordada. Era un regalo que le dio su tía Leti, mamá de Marcela.
Casi estaba por llegar a su destino, divisó a lo lejos una especie de alfombra en color rosa, el movimiento de las hojas en la parte alta de unos árboles la hizo alzar la vista. Observó cómo caían lentamente varias flores en tono rosa, al tiempo que ella se dejaba acariciar por el viento. La alfombra que había apreciado estaba conformada por las flores que yacían esparcidas en el suelo. Cuando pasó por ahí disfrutó mucho el paisaje. Se le vino a la mente esa sensación que la había llevado por esa ruta, fue como escuchar la voz interior, esa que a veces en medio del caos no le permitía aflorar.

En el menor tiempo posible Azucena había llegado a su destino, tocó el timbre en el domicilio de don René. No tardó en salir Martha, la hija de don René.

—¡Hola Martha! Traigo el pedido que hizo tu papá.

—¡Hola Azucena! Ahora le llamo, pasa y puedes dejar por aquí las cosas, sobre esta mesa, por favor —señaló.

Mientras Azucena sacaba las bolsas de la carretilla se percató que en realidad si llevaba bastante peso, sin embargo, no lo había sentido así, ni estaba cansada. Seguía sintiendo el entusiasmo con el que salió de la tienda. Don René recibió el pedido, le pagó, se despidieron y Azucena regresó a la tienda de Marce.

En el trayecto Azucena pasó nuevamente por el área de los andadores, contempló la alfombra de flores en tono rosa, sonrió. Vaya que era importante escuchar la voz interior, se prometió a sí misma que lo haría más seguido. Justo en ese momento, una ráfaga de viento se dejó sentir, para Azucena fue como una especie de abrazo que le regaló la naturaleza, en respuesta a la promesa que acababa de hacerse.

Photo by Recal Media on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 214. Dos libros de Balam. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                       Polvo del camino/ 214

Dos libros de Balam
Héctor Cortés Mandujano

Mi amigo Balam Bartolomé, artista visual y narrador, me obsequió en pdf dos breves libros suyos: Batalla de ciervos (Taller de Ediciones Económicas, 2013) y The Spirit (Conaculta et al, 2014).
Las dos publicaciones son agradecibles y contemporáneos periódicos murales, donde la diversidad se reúne, por decisión del autor, para abrir las alas del cuento, de lo que quiere contar, de lo que cuenta visual y narrativamente. Balam mezcla sus saberes y reparte su talento en ambas categorías, como ejecutante y como consumidor de libros y de arte gráfico. Batalla de ciervos, por ejemplo, recibe su título del cuadro de Gustave Courbet que él disfrutó en París, por primera vez, e incluye textos suyos y de otros (Sasha Flores escribe, en inglés, “La lechera”, por ejemplo, y se reproduce una nota de El Universal).
Las páginas no buscan la unidireccionalidad, porque tienen fotografías, imágenes de variada conformación (que incluyen fotos de Pedro Infante llorando y Clint Eastwood tirando rostro, una mujer semidesnuda acompañada de policías, un burro vestido con playera y pantalón…), textos escritos a mano, que no son ilustraciones solamente, sino otro modo de contar.
Los textos suyos son anfibios: mezclan lo narrativo-cuentístico con el ensayo, la reflexión con las notas de viaje, Dice en “Su peso en oro” (p. 9): “En alguna parte del programa presentaron el caso de un gusano cuya forma y colorido semejaban caca de pájaro. Su color y forma, sorprendentemente exactos, le permitían confundir y evitar a los depredadores. Una mímesis pulcra. A mis ojos el bicho se volvió agraciadísimo: justo y puntual, perfecta y naturalmente inteligente. Era, a un tiempo, todo gusano y todo caca. Definitivamente estaba en lo suyo. O qué sé yo”.
Batalla de ciervos también tiene en su haber los enfrentamientos (“Tercera caída”) que Balam tuvo frente a los cuadros de van Gogh. El final del libro dice, con letras grandes y negras, “Hasta tú comes pan”.

The Spirit, dice su página legal, “es una publicación sin fines de lucro realizada para acompañar la exposición Revés del artista Balam Bartolomé, llevada a cabo en el Museo de Arte Carrillo Gil de la Cd. de México, en Noviembre de 2014”.
Sus páginas son también sorpresivas: una proclama de David Alfaro Siqueiros sobre el arte con ideología en bien del pueblo; la fotografía de un libro con una entrevista de Georges Charbonnier a Jorge Luis Borges, sobre la literatura, que, entre otras cosas, dice que no es el razonamiento lo más importante en el arte.
Tiene fotos con las puntas (distintas) de lápices (Pencil Story, de John Baldessari), un manuscrito de Rodulfo Bartolomé sobre el dogma y el culto, un texto (de un libro escaneado) que habla de la importancia de los signos gráficos en Japón, una caricatura, un recorte, otra página de libro, que es una rápida biografía de la vida desgraciada de Ambrose Gwinet Alarico.
Una dice, nada más: Su cuerpo no se encontró nunca. Y la firma L. A. de Bouganville. Lo que me regaló la suerte de gozar de estos textos fue “Niguo”, relato sobre Mario Rodríguez López, su tío abuelo, que yo recordaba leído por el autor en alguna ocasión que hablábamos, creo, de las rarezas de las personas, que son validadas en los artistas, pero no en la gente “común”. Escribe Balam sobre la personalidad de su tío Mario (p. 11): “Me viene a la cabeza otra frase suya, con la cual respondía a quien le reprochaba alguna acción disparatada. Declaraba, sucinto: ‘Soy al revés’ ”. Es lindo el texto, amoroso.
Hay fotografías diversas (una de sus papás), frases, ilustraciones, una nota sobre Duchamp y otro texto de Balam, “El Antiguo”, sobre Manuel, artista de pueblo y ladrón, hacedor de figuras que no nombraba (p. 15): “Los suyos son objetos cargados de brutal inocencia, de un misticismo radical, de una genuina necesidad de hacer. No los nombra pues no le interesa saber que son, pero sin duda son más que muchas otras cosas que tienen nombre. Quizá su valor radica en que, así como las cosas que habitan la Naturaleza, esas que hemos nombrado, son más que eso”.
Los dos libros breves son matrimonios felices entre la imagen y la palabra, entre dibujar y escribir, entre leer, ver y compartir… Gracias, querido Balam.


Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Estado de gracia 2. Obsesión con el miedo. Aleqs Garrigóz

               OBSESIÓN CON EL MIEDO
Aleqs Garrigóz


No lo dudes:
en ti vive un gusano inmortal.
Es lento, pero paciente,
y cuando él agoniza, agonizas tú también.

La ciudad está llena de ladrones
y no podrás dormir
seguro con tu propio pijama.

Respira aire para morir.
Porque olvidarás rápidamente el olor
de tu amante,
así como ya olvidaste
el paso lento del púber que fuiste.

Tus zapatos se atoran fácilmente en la escarcha.

Te vas sumiendo
en un pútrido sueño
que es el mecanismo más seguro
de la muerte,
tan sólo indicando tu fecha de nacimiento
en los calendarios de cualquier duda.
Y el pánico es ya inabarcable
como el espacio entre el universo conocido
y el desconocido.




[DEL POEMARIO INÉDITO NUEVAS CONSIDERACIONES ACERCA DE LA MUERTE]

Contacto:

regresoalestadodegracia@hotmail.com

Aleqs Garrigóz
Aleqs Garrigóz

Sobre el autor:

Aleqs Garrigóz

Puerto Vallarta, México; 1986.

Poeta y periodista cultural

Es maestro el Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Publicaciones: Abyección (2003, poesía). La promesa de un poeta (2005; Premio Adalberto Navarro Sánchez), Páginas que caen (2008, 2013; Premio Municipal de Literatura de Guanajuato) y La risa de los imbéciles (2013, Ganadora del I Concurso Internacional de Poesía de Emergente Nauyaca) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). También han sido premiadas sus obras Galería del sueño (Premio Espiral de Poesía  2011, de la UG), En la luz constante del deseo (Premio Espiral de Poesía 2012, de la UG), Despiértame en otro mundo (Mención Honorífica en el I Concurso de Cuento y Poesía de la Universidad Marista de Querétaro, 2013),  Penetrado por el amor (Mención Honorífica en el V concurso editorial “El mundo lleva alas”, 2012), Resplandor del oro amanerado (Tercer premio en el VI Concurso Nacional de Poesía María Luisa Moreno, 2014). Sus últimos tres libros publicados son: Los muchachos (2018), El primo (2019) y Penetrado por el amor (2019)

Ha sido antologado en una treintena de antologías en diversos países. Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de México, España, Colombia, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Honduras, Perú, Nicaragua, Chile y Suecia. Poemas suyos han sido traducidos a cinco idiomas.

Cajón de rubores. 42. Apuntes del subsuelo 3. Antonio Florido





                                                                   

Apuntes del subsuelo (3)

DIFERENTES TIPOS DE HOMBRES Y SUS CONCURRENCIAS

Capítulo III

¿Cómo se venga la gente que es capaz de hacerlo?

Nos inquieta esta pregunta. ¿Usted es capaz, sería capaz de vengarse si le dieran una bofetada, merecida o no? ¿Rumiaría esa posibilidad, aunque fuese futura, en el rincón de sus pensamientos? ¿Sufriría por ellos/por ello? ¿Durante cuánto tiempo entiende que sería capaz de doblegar a su mente y obligarla a olvidar? ¿Gozaría, tal vez, con la enorme presión de saber que más pronto que tarde le llegaría esa opción, ese ingenuo placer, esa sutil pero necesaria caricia en el alma, ese gozo efímero?

En este tercer capítulo (que daría para mucho) Dostoievski nos presenta a varios tipos de hombres sobre el escenario de su reflexión, esto es, a saber: al hombre sencillo o normal (auténtico y envidiable), al hombre de acción, al hombre (su antítesis) hipersensible, es decir, al pensante, al/el que casi nunca o nunca hace nada, porque se calma, a esos tipos que, como antes dijimos, se les envidia…

¡Todo un panorama! ¿No lo ven?

Los hombres pensantes no creen en los retos. Si se les presenta alguno (un muro de piedra, como el autor “metafora”, o “metaforea”), no les echan cuenta. Ven el muro y lo más que pueden hacer es reír como locos, a carcajadas. No les merece la pena perder o dedicar parte de su vida a tratar lo imposible.

(Recuerdo que, hace mucho, cuando era aún uno de los típicos estudiantes de esos que pasaban desapercibidos, establecía una charla intrascendente con algún compañero; me limitaba a aparentar que escuchaba sus argumentos, a simular (mentir) que esos sus testimonios los comprendía; más todavía, que estaba totalmente de acuerdo con la tesis que le salía entre babas, de tanto entusiasmo, a pesar de entender en mi interior que no compartiría ni un mísero café con el susodicho, que no deseaba eso, perder mi tiempo; ahí comencé ¿treinta años ya, cuarenta?, a llamarles hombres-muro, porque era imposible moverlos ni un ápice de su centro de masas, me explico.)

Luego me resulta extremadamente interesante el otro arquetipo de hombres: los hipersensibles. Para los hombres sencillos, los auténticos, según Fiódor, para esos hombres de acción y humildes, no existen los muros, los muros entendidos, esto es, como retos, ya lo dije antes, creo. Sin embargo, el bicho raro, el hipersensible, el pensante, el hombre-probeta, por usar sus mismos términos, se esconde en el lugar más inhumano, en el subsuelo, en la habitación aquella a la que nunca nos atrevimos a entrar, por el pánico que nos envolvía, por el dolor de sentir demasiado: son, para él, los hombres ratón. Ese hombre, ese tipo de ser, guarda, atesora una paciencia más dura que el granito, espera, sabe hacerlo, vive y es capaz de aguardar hasta el último suspiro recordando aquel hecho o persona tan distante que le produjo ¿le produjo? una insatisfacción, digamos, imborrable, imperdonable. Mientras ese tiempo transcurre, se recrea constantemente en sus despechos acumulados; este ser sabe que su actitud es despreciable, estúpida, pero “amorea” con ese estado de tremenda majadería, goza y paladea el cercano fruto de su espera, de su sacrificio.

¿Todo esto por una venganza a la que considera justa?

El hombre auténtico, el que vive en plena consonancia con las leyes naturales, debido a su innata estupidez, invoca a esa Justicia Natural para que le saque del arroyo en el que se ha hundido; el hipersensible, no. Este se hunde en el abismo, enseña los dientecillos, roe, se rodea de constantes lodos que le ensucian el rostro, ríe, goza o así lo anhela, ese hombre se refugia del mundo en su terrible debilidad porque todo le sacude, todo le enfurece, todo lo odia, hasta la propia imagen de ser como ser, de ser lo que es. Vive en su mazmorra sin espejos ya que no soportaría jamás enfrentarse a sí mismo. Pero, ¡oh Dios, qué fascinante!, anota en su cuaderno gordísimo sus inagotables deseos de beber el lodazal nauseabundo en el que vegeta. Y vive imaginando, incluso imaginando que imagina increíbles venganzas, y con esa actitud sobrevive en un mundo para él insoportable, ruin, asqueroso. No perdonaría jamás, no sabe, no sabe saber, no quiere (algunos ni siquiera se detienen a pensar en qué consiste eso del perdón, o quizás ni hayan oído en su vida esa palabra, esa preñez de la acción, ese desliz de darse sin más, tal y como lo percibe.)

Dostoievski nos apunta que este tipo de hombre sabe que sufrirá más con sus tentativas que con su desenlace probable. Lo sabe. Entonces, digo, ¿por qué?, ¿Por qué todo este desquiciamiento?

(Era adolescente. Tonto. Como todos los de mi época (o casi todos, perdonen). Un buen día, ahora no recuerdo exactamente el o los motivos, entré en mi cuarto, quité la almohada de mi cama, la arrojé afuera, al salón adjunto, me acosté. No salí de mi habitación en dos años. Día tras día. Noche tras noche. Oyendo los murmullos de mis padres. Quería, eso sí lo grapé en mi alma, quería quererlos, quererlos más, amarlos hasta la extenuación. Mi interior era consciente de que lo hacía, sin apariencias ni otras absurdas convicciones, los amaba hasta dar la vida, ¡mi vida! por cada uno de ellos, los admiraba, los necesitaba. Entonces, ¿por qué renuncié al mundo durante tanto tiempo, por qué perdí parte de mi vida? Cuando algo (tal vez mi hipersensible agonía) me dijo que saliera, el mundo había cambiado, todo. Mis papás habían envejecido, lo noté al momento. Él me miró, luego volvió la cabeza hacia los ojos de mi madre, sonrieron como sólo lo hacen los padres sensatos, amorosos, deseables, únicos. Y, sin poder remediarlo, corrí enfurecido conmigo mismo y los abracé con una fuerza extraordinaria que me salió no sé de dónde, no me pregunten. Así fue.)

Nota: mi almohada, sobre una de las estanterías, olía a hermosa ausencia.)

Aclaración: En el título, la palabra Concurrencia, tómenla sólo en el sentido computacional, por favor.


Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 127. Pobres criaturas. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 127

Pobres criaturas
Por Manuel Pérez-Petit

Muchas veces sueño con ir al cine, y el sábado, por lo visto, me invitaron. Estaba durmiendo como plasta de pintura e iba como niño con zapatos nuevos. Hacía un chingo que no veía una película en pantalla gigante. Me puse a soñar con palomitas y un espacio oscuro en el que solo yo existiera y la historia mágica de la que estaría siendo espectador me hiciera tirabuzones en la mente. La sola idea sobrevenida de ir al cine y envolverme de sueños me hizo recordar de golpe La Rosa Púrpura del Cairo (1985), de Woody Allen (1935), en que, al modo de Luigi Pirandello (1867-1936), un personaje se escapa de una película para vivir el mundo real, o la mítica Moulin Rouge (1952), del no menos mítico John Huston (1906-1987), en que el pintor y cartelista postimpresionista Toulouse-Lautrec (1864-1901), protagonista interpretado con hermosa lucidez por José Ferrer (1912-1992), recibe en su lecho de muerte las felices visitas fantasmagóricas de sus viejos amigos y compañeros de cabaret y andanzas nocturnas. 
            El cine es mágico, tanto como creer que la escoba de Harry Potter vuela, que Harrison Ford (1942) es un replicante, que la fundición de la campana de Boriska en Andréi Rubliov (1966), de Tarkovski (1932-1986), es la más grande epifanía, que hay galaxias muy, muy lejanas en las que la vida no vale nada como en el desierto de Tabernas para Sergio Leone (1929-1989), autor maldito de obras maestras, aunque siempre quede la esperanza de un acto legendario que salve el universo, ejecutado por algunos que dejan de ser personas por quién sabe qué alquimia y que se suben sobre sí mismos para ampliar los horizontes y hacerlo compartible.
En mi sueño de rosas recordaba la última vez que fui al cine como una foto de una noria oxidada en color sepia y me sentía feliz como rehilete volandero de feria, abierto como asombrosa esponja gigantesca a toda la magia que pueda existir... Me habían dado a elegir película, y viendo a Emma Stone (1988) en el cartel no tuve que pensarlo. Entré a la sala, me senté, de queso como soy, absorto en la pantalla, y no sabiendo qué esperar me encontré con una historia de papel de seda y unos personajes que ya quisiera yo desarrollar en mis novelas. En la época victoriana, Bella Baxter, una mujer londinense embarazada, se suicida tirándose al Támesis. Su cuerpo es recogido por el doctor Godwin Baxter, que bien podría ser hijo de Frankenstein, papel interpretado con una madurez impactante y sin histrionismos por Willem Dafoe (1955), que le implanta el cerebro de su bebé no nacido, la educa y concierta su matrimonio con un alumno suyo, pero ella se escapa –¡y vaya papel el de Mark Ruffalo (1967)! con el abogado que está escribiendo el contrato prenupcial, mucho más allá del feminismo con que la elogian algunos, a descubrir qué es la libertad y en qué consiste el mundo... 
Y, ¿qué creen? Pobres criaturas (2023), de Yorgos Lanthimos (1973), película de ensoñación maravillosa y de estética mucho más que onírica convincente, da razones de muchos quilates a los que seguimos creyendo que el cine, aun siendo fruto de un trabajo colectivo y en gran parte técnico, es un arte, que aún hay películas que son verdaderas obras artísticas, llenas de motivos para soñar y recrear una y otra vez el mundo sin descanso. Y yo me sentía crecer al recordar que más o menos desde el cretácico inferior no pisaba una sala de exhibición, y haberlo hecho para esta monumental fantasía, llamada a perdurar en la memoria, es extraordinario, como mis sueños lo son, porque al momento, sabiendo incluso ya que le pondría un 9 sobre 10 pues le sobran un par de escenas, y a punto de salir a la calle, arrullado por el runruneo de los tranvías voladores, desperté.
Cartel de la película Pobres criaturas.
Fuente de la imagen: https://www.academiadecine.com/actividades/pobres-criaturas/ 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.

Polvo del camino. 213. Ojo de jaguar, hijo jaguar. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                   Polvo del camino/ 213

                     Árbol-Jaguar/ 9

               Ojo de jaguar, hijo jaguar
                Héctor Cortés Mandujano

Efraín Bartolomé es uno de los grandes poetas mexicanos vivos.
        Nació en Ocosingo, Chiapas, en 1950.
        Su primer libro de poemas, en 1982, se llama Ojo de jaguar.
        Si caminamos las primeras 23 páginas encontramos árboles, animales salvajes, líneas perfectas: “Mil monos en manada sería mi pecho alegre/ Un ojo de jaguar daría de pronto/ certero/ con la imagen”.
Dedica un poema a su hijo, le cuenta: “Días atrás los chicleros mataron un gran tigre: me dolió,/ pero me gustaría llevarme la piel para que en ella duermas".
El felino se muestra en varios poemas: “Doy gracias a la lluvia./ Gracias a la mañana que avanza con paso sigiloso./ Gracias al jaguar que dejó su huella sobre la tierra blanda de la selva”.
En su poema “Jaguar”, lo llama “Perfecto hijo del día y de la joven sombra”.
Aún más: llamó a su hijo Balam: “Mi hijo viene guacamaya/ viene mi hijo quetzal/ viene el tigre niño/ Viene Balam Balam Balam”.
Balam ahora es adulto y artista visual. Lleva en su nombre el mito, la impronta felina, la selva…


[Los versos entrecomillados corresponden a “Casa de los monos”, “Cartas desde Bonampak” y “Jaguar”, de Ojo de jaguar, de Efraín Bartolomé, edición conmemorativa a 25 años de su aparición, Unicach-Casa Juan Pablos, 2007.]
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 213. Ver con las manos y el corazón. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas

Ver con las manos y el corazón
María Gabriela López Suárez


Consuelo salió temprano de la universidad, la última clase la habían suspendido porque su docente de artes visuales tenía una situación de salud. A su grupo le vino bien esa sesión libre porque estaban realizando un trabajo final, era una exposición que les traía varios días con desvelo. Aunque era una actividad grupal cada estudiante tenía una tarea que abonaría al trabajo.

La encomienda que le habían dado a Consuelo era aportar materiales de reuso que pudieran utilizarse en un par de obras con relieve, una fotografía y una pintura con la temática de impactos del cambio climático. Consuelo estaba recién recuperada de un fuerte resfriado, eso la traía un poco desmotivada y angustiada a la vez, porque tenía pocas ideas sobre qué materiales podría contemplar para la tarea.

Sin pensarlo salió pronto de la universidad, se despidió brevemente de sus amistades y se dirigió a su casa. En el trayecto pasó por un pequeño parque, como si una especie de imán atrapara su atención aminoró el paso y se sentó en una de las bancas. Observó que había niñas y niños corriendo alrededor de una pequeña fuente, se quedó ahí unos minutos y con atención percibió cómo luego de un par de vueltas se detuvieron frente a la fuente. Dos niños más pequeños comenzaron a tocar con sus manos la textura de la fuente, una niña más ayudada por su mamá se paró de puntitas e inclinó a tocar el agua que salpicaba. Consuelo se percató que el rostro de la niña dibujaba una sonrisa, al tiempo que nuevamente pedía mojarse las manos.

Consuelo siguió contemplando las diversas escenas que había en el parque, una pequeña ardilla que bajaba por un árbol de almendras y unos zanates que se deleitaban caminando sobre el pasto verde recién regado. Las risas de las niñas y niños que se alejaban del parque la hicieron volver la vista a la fuente. Se acercó un poco, deseó ser una de esas niñas que habían estado corriendo y hacer lo mismo, tocar la fuente, mojarse las manos.

—¿Y por qué no? Vamos, sin pena —sintió como si la voz de su niña interior le llamara a seguir sus deseos.

Una vez frente a la fuente Consuelo comenzó a reconocer la textura de los bordes, como siguiendo sus instintos cerró los ojos, intentando imaginarse como niña descubriendo los materiales de qué estaba hecha la fuente. Luego se detuvo, aún con los ojos cerrados se inclinó a tocar el agua, ahí comprendió la sonrisa de la niña que le había antecedido, el agua estaba fresca, justo para mojarse el rostro en un día caluroso.

—¡Lo tengo! Ya sé que materiales podría usar para las obras —exclamó emocionada. Su paso por el parque y contemplar a la niñez le hizo recordar que también es importante ver con las manos y el corazón. Eso propondría a su grupo, mientras tanto comenzó a identificar algunas hojas secas y piedritas que encontraba a su paso, eran algunos de los materiales que había elegido usar.




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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.