Revista

Polvo del camino. 256. Mis canciones 2024. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Jacobo Herrera Cortés


Polvo del camino/ 256

Mis canciones 2024
Héctor Cortés Mandujano

Dice Spotify que, en 2024, oí música 52 mil 419 minutos; escuché 9 mil 395 canciones y a 4 mil 098 artistas. Mi artista favorito fue Jon Batiste, a quien escuché tres días=725 minutos. Hace tiempo, en un viaje con un amigo, me dijo que llevara música y él me señaló algo que yo no tenía tan claro: Prefiero oír a mujeres. Más de siete en esta lista. Aunque el jazz es lo más acentuado, hay un poco de todo. Mis doce canciones más escuchadas en 2024 son las siguientes.

Uno: “Aguamarina”, de Eduardo Gatti (Chile, 1949). El álbum (1982) se llama como él. La canción parte de “el primer día del mundo”, donde no sólo se crearon “soles y espirales”, sino también, le dice a su amada, “tus ojos”. Apunta: “Así, los gusanitos llegan hasta tus huesos”. La pieza cuenta con sencillez cosas profundas: “De aquel punto distante en que todo era uno y lo mismo,/ caracolito sube, espiral de luna brilla en tu mejilla hermosa”.
Dos: “No sería el amor”, de la cantante mexicana Amparo Ochoa (1946-1994), acompañada por el guitarrista Manuel Guarneros, del álbum Hecho en México, 2011. La canción fue compuesta por Francisco Madrigal. Habla de un rompimiento amoroso, con no poca amargura: “Llevo mucho tiempo de andar por la vida/, ¿qué habrás hecho tú,/ que no haya hecho yo?/ Sé perfectamente que el amor termina./ Y si algo fuera eterno/ no sería el amor”.
Tres: “Corazón abierto”, de la cantante y compositora mexicana Zaira Franco (no encontré datos sobre el año de su nacimiento; es joven y gran intérprete), acompañada al piano por el célebre maestro pianista de jazz Héctor Infanzón, del álbum Tumbalá, 2015. El álbum completo vale la pena. Arranca fuerte: “Llevo años en vela y no despierto todavía./ Sólo cuento las horas para verte, niña mía./ Soy un ave perdida, voy volando contra el viento,/ tengo un ala herida y el corazón ni lo siento:/ corazón que viene abierto./ Si tú quieres, yo aquí estoy”.
Cuatro: “El gavilán”, de la cantante María Inés Ochoa (Culiacán, Sinaloa, México, 1983), por cierto hija de Amparo Ochoa. La canción fue compuesta por Xavier López Miranda y es parte del álbum La rumorosa. Lamento, de 2014. Es pasional. Quiere entrar al otro cuerpo, al amado: “Te abriría el pecho con los dedos si pudiera. […] Y una vez hecha tu sangre/ correría por tus venas/ para acariciarte/ para acariciarte/ lentamente/ el corazón”.
Cinco: “Comodín”, de No te va a gustar, banda de músicos uruguayos. Pertenece al álbum El tiempo otra vez avanza, de 2014. Parece que en mis gustos paso del amor correspondido a la ardidez. Esta va de lo segundo: “Cierro la puerta y me trago la llave”. Dice: “Esta noche llega el fin,/ no soy más un comodín,/ recupero la libertad perdida./ Enterate (no entérate) con esta canción:/ No soy más tu segunda opción”.
Seis: “El gato y la ventana”, de Ingrid Beaujean (México, 1986). La canción es parte del álbum Cuento, de 2015. Es un tema introspectivo, compuesto por esta cantante de jazz, sobre lo que dice el título: ¿Qué piensa un gato cuando ve por la ventana?: “¿Qué es estar en ese mundo tan lejano? Soñando y soñando mientras pasa el día”.
Siete: “Ese beso”, de Manu Sija (Argentina, 1988), acompañado de las dos cantantes argentinas Flor Bobadilla y Nadia Larcher, del álbum Ecléctica (de Manu), de 2023: “Ese beso es juntura/ de tu abismo con el mío/ es una tibieza oscura/ donde vuela el delirio. […] Voy marcado por tus labios/ por la angustia de tu boca/ voy muriéndome en tu encanto/ mientras mi alma se deshoja”.
Ocho: “Sastre del diablo”, de Nortec Collective, banda de Tijuana, Baja California, México, del álbum Border Revólver, de 2011. Me encantó desde que la oí: “Soy un angelito que esos que pecan/ Una y mil veces […] El sastre del diablo me ha cocido un frac/ Con pelos de virgen armó su sedal/ Se baten mis alas siguiendo el compás/ Y no descanso nunca”.
Nueve: “Submarinos y tostadas”, de Nico Iribarren (Buenos Aires, Argentina), del álbum homónimo de 2018. La canción es muy sencilla, pero la ejecución es magnífica. El tipo llega a un café y hace su pedido: “Deme un café y dos tostadas/ Cortado está bien/ El diario de ayer, también. […] Pedir es complicado”... La melodía es hermosa.
Diez: “Crece enredadera”, de Jara Armenta (no hallé datos; es joven), es un sencillo de 2024: “Búscame donde las ganas superen las excusas/ donde todo está bien. […] Búscame donde el mundo interior sea el jazmín/ que abrace las rejas de la piel./ Con la majada del miedo aboné sueños/ y pude brotar”. Ritmazo y bella voz.
Once: “Cocuyo”, de Chéjere, grupo musical de Veracruz, México, del álbum Ojo de luna, de 2012. La vocalista es mujer (Natalia Cobos). Una mezcla sabrosa. Así empieza: “El campo viste de luto cuando la noche le llega:/ Se llena de luceritos que hasta parecen estrellas./ Quién fuera como el cocuyo, que cuando canta ilumina/ y cuando el sol aparece su canto no se termina”.
Doce: “Ya traté de olvidarte”, de Soledad Villamil (Argentina, 1969), del álbum Canción de viaje, de 2012. Había escuchado distraídamente a esta actriz-cantante hasta que la vi recientemente en una película (Goyo, 2024), donde no es la protagonista, sino hermana del actor principal. Me impactó su personalidad y su belleza, y me puse a escucharla con más cuidado. Me encanta ella (casada, por cierto) y su voz. Esta canción es para abandonados, también: “Ya traté de olvidarte y no puedo,/ de apagar con cenizas tu fuego,/ pero cierro los ojos/y se enciende de nuevo./ Ya barrí como polvo el deseo,/ sacudí de mi boca tus besos/ y en mitad de la noche/ busco a tientas tu cuerpo”. Ay, Soledad…





 
Ilustración: Jacobo Herrera Cortés
Ilustración: Jacobo Herrera Cortés




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Disquisicionario. 12. Dolorosamente anacrónico. Esteban Martínez Sifuentes.


Dolorosamente anacrónico
Esteban Martínez Sifuentes

Fueron escasos cinco minutos, y en un universo donde abundan situaciones y gente que causan tristeza por diversas razones, no había visto y con dificultad veré a una persona que me causara mayor pesar que él. El protagonista era anacrónico, dolorosamente desfasado, de un realismo duro y trágico, en las antípodas de la elegancia y el éxito de Tom Wolfe u Oscar Wilde antes de su absurdo encarcelamiento. Algo así como una obsesión, me sigue doliendo, qué se le va hacer.
Era un escritor joven, uno sacado de una novela de Dostoievski. Por ejemplo, el Iván Petróvich de Humillados y ofendidos. O el Jarlsberg de Hambre, de Hamsun. El lumpen proletariado de las ambiciones literarias, que por supuesto tiene derecho a intentarlo tanto como los privilegiados.
Si la vida fuera un relato de ciencia ficción juraría que el personaje había sido transportado al presente por una máquina del tiempo. Él, su mujer y sus dos hijos. Porque, a diferencia de aquellos entes de la literatura, éste no corría solo por las calles la aventura de su oficio: arrastraba consigo una familia, por lo menos cuando los vi. ¿De dónde venían?, ¿a dónde iban?, ¿qué fue de él y la familia? Dudo que la realidad siempre sea más cruda que la ficción; en este caso fue apabullante.
Ocupado en atender un cliente, no me di cuenta en qué momento entró en mi librería de nuevos y usados. Como a muchos, lo vi escrutar los lomos en los estantes y lo dejé hacer. Se enteró que me desocupaba y se acercó a preguntarme si compraba libros.
—Tráemelos y vamos viendo —le respondí.
Mala respuesta. Sacó de bajo el brazo izquierdo algo parecido a un cuaderno de apuntes y me lo tendió.
—Son poemas. Lo más auténtico, lo único que merece la pena, la poesía. Los escribí yo. Fueron trabajados en el taller de A. Tuve por compañeros a B y C. C publica hoy donde quiere; un arribista, y si lee tres libros al año es exageración.
—Ah, qué interesante —dije en mi papel. Algunos nombres me retintinearon.
Lucía flaco, angustiado, enfermo; su ropa, vieja y raída. Descarté que me estuviera tomando el pelo.
Hojeé el cuadernillo. Apenas se le podía llamar libro a aquello; era más bien una plaqueta, con poco más de cincuenta páginas. La portada, sin imagen ni mayor diseño, era de cartulina satinada, con marcas del manoseo. La impresión era defectuosa; la tipografía, sin gracia. El contenido estaba mejor. No demasiado.
—¿Cuánto pides por él?
Me dio una cantidad: cien pesos. Era más de lo que podía permitirme. Sin embargo, quise ayudarlo.
—Mira, es bastante para mí. La gente ya casi no lee en papel, y menos poesía. Si quieres, puedes dejármelo a consignación, no pido más que el veinte por ciento… No, olvídalo. No te cobro comisión, simplemente lo pongo a la venta en la cantidad que me indicas y en una semana vienes o me llamas a ver si lo compraron. Te doy tu lana íntegra.
Sus ojos tristes dudaron. Luchaba en su mente. Su cara reflejaba ansiedad.
—Si tienes otros ejemplares, tráemelos —un empujoncito para que se decidiera—. Siempre es mejor que luzcan varios.
—Déjeme ver —salió a la calle.
Afuera, en la acera y de espaldas al local como si no quisieran atestiguar una respuesta adversa, aguardaban una mujer con un niño que apenas caminaba y otro mayorcito, a quienes yo no había advertido. Poseían la misma estampa abatida del hombre.
Aproveché para adentrarme en el contenido; quizá fuera una gran obra y yo estaba cometiendo una injusticia histórica. No. Era poesía con oficio, pero convencional. “Días de otoño”, leí el encabezado y las primeras estrofas en las hojas intermedias. Quizá Rilke.
Volvió luego de deliberar unos minutos con la mujer.
—Gracias, de veras. No aceptamos —tomó su libro con orgullo y se dirigió a la salida.
—Espera. Te doy ahorita mismo ochenta por él.
Sonrió con agobio. Escrutó hacia la mujer.
—No. Muy agradecido por su atención.
Terminó de salir. Se echó al menor en los hombros, la mujer me dirigió una reverencia menos hostil de la esperada y desaparecieron los cuatro. Me sentí culpable. Deprimido. Me asomé a la puerta, dispuesto a darles algún dinero para que comieran. Ya no se veían. A zancada larga fui a la esquina inmediata, que no era muy lejos. Tampoco.
Eso tan breve me impactó hasta el alma, y aun ahora... No creí que en el siglo XXI existiera un escritor así, calcado tal cual de una época más esforzada y romántica; un personaje lastimoso y fuera del tiempo. Quizá, no sé, con vida, dignidad y verdadera hambre de artista que desea reflejar pasiones humanas extremas porque las ha experimentado en su monda crudeza. Un relato de ciencia ficción o un sueño que llega sin permiso y se instala en el presente con descaro. ¿Pero así, con tanta viveza?
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Contacto:

En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Desde la buhardilla. 1. Puccini no se equivocó. Gabriel Mendoza García

Puccini no se equivocó
Por Gabriel Mendoza García

Ha transcurrido un año desde que firmé el contrato de mis sueños, aquel acuerdo entre una editorial y un autor que selló la promesa de publicar un libro, mi libro. La primera entrega de una saga que, como he repetido hasta el cansancio, lleva 17 años gestándose. Diecisiete años buscando su camino, intentando conquistar un público esquivo, sin cosechar frutos hasta ahora.
No escribo estas palabras para quejarme del sistema ni de las convenciones sociales. Lo hago desde un lugar más íntimo, desde la desilusión que implica confiar ciegamente en uno mismo y en sus ideas. Se dice que quien no cree en sus ideas es porque no son buenas. Entonces, ¿qué dice de mí haber apostado casi dos décadas a una historia que creí digna de contarse, pero que, al parecer, no lo es para el mundo?
Cuando llegó la oportunidad de estar con una editorial de nivel comercial, una capaz de poner mi obra en todas las librerías del país, pensé que finalmente mi saga alcanzaría su destino. Sin embargo, los números no mienten: este libro, el libro de mis sueños, ha sido el menos vendido de 2024. Aquí es donde mis detractores encuentran argumentos para mofarse. Que lo hagan, incluso invito la primera ronda.
Desde 2007, todos los trabajos que he tenido fueron apenas un mientras, simples estaciones de paso. Usé horas laborales para escribir, editar y corregir, siempre viendo en mi historia un Norte inmutable. Apostarlo todo por una idea puede parecer un error, pero ¿qué sentido tendría no intentarlo?
Este 2024 ha sido un año de fe: fe en mí, en mi obra, en la promoción de mi libro, en la certeza de que mi momento había llegado. Pero hoy, a mis 40 años, me encuentro sin ingresos, sin un trabajo estable, sin una carrera profesional consolidada. Si me preguntan cómo vivo, la respuesta es simple: vivo.
La frase de Amélie nunca había resonado tanto en mí: Son tiempos difíciles para los soñadores. Y la verdad es que nunca ha sido fácil para nadie. Familiares, amigos y desconocidos, con diversas intenciones, siempre me advirtieron: Escribe, pero que sea un pasatiempo. Elegí ignorarlos, aunque tampoco me comprometí plenamente a la disciplina que exige la escritura. En mi intento de equilibrio, terminé cayendo entre dos mundos.
Por eso, cuando firmé mi contrato editorial, decidí quemar mis naves. Parafraseando a Xavier Velasco: Si me arruino y fracaso, está bien, pues para eso se queman las naves. Hoy puedo decir que arruinado estoy, sí, pero no fracasado. Sólo fracasa quien renuncia, y yo estoy en un proceso de reflexión, de maduración.
El pasado 8 de diciembre asistí a una función de La Bohème de Puccini en Bellas Artes. Un festín para el alma, pero también un golpe de realidad: la vida bohemia no es vida. Tarde o temprano, está condenada a la tragedia.
Me identifiqué con Rodolfo, el poeta que, entre dudas y desesperación, usa sus manuscritos para avivar una fogata y calentarse las manos. Su amor por el arte es tan desbordante como su complejo de insuficiencia. Puccini no ofrece consuelo: el destino del artista está siempre en una bifurcación cruel, sin matices. O el éxito o la irrelevancia. Y Rodolfo, como tantos otros, prioriza su idealismo, aunque le cueste todo. Nadie vive de la poesía, pero muchos mueren de hambre y frío por ella.
Sin embargo, por todo y a pesar de todo, no dejaré de escribir. La razón y el despecho me gritan que abandone la saga de Sofía, que arroje al fuego mis sueños de escritor. Pero el alma y el cuerpo me lo impiden. No sé, no quiero, no puedo. Y es justamente esa obstinación la que me hace creer que, por primera vez, estoy en el camino correcto.
No seré un best seller de la noche a la mañana, ni el escritor que México esperaba. Seré, al menos, alguien congruente, un navegante que, aunque maltrecho, sigue su curso hacia el Norte. La tempestad puede arrebatarme todo: las esperanzas, las oportunidades, los lugares por visitar, los momentos por vivir. Pero jamás me hará renunciar.
Prefiero morir buscando tierra firme, incluso si nunca la encuentro, que vivir como un fracasado que abandonó sus sueños.


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Sobre el autor:

Gabriel Mendoza García (Ciudad de México, 1984) escritor y creador de videos y contenido en redes sociales, fundamentalmente en la actualidad a través de la plataforma Alcance Tendencia Mx. Fan acérrimo del dúo musical europeo Lacrimosa, quienes representan su mayor fuente de inspiración, desde niño destacó por centrar sus esfuerzos cognitivos en mundos imaginarios y por valerse de su sensibilidad. Su primer intento literario fue El Oráculo de Gaia, una reinterpretación de El Señor de los Anillos, de la cual no queda ninguna evidencia. Su verdadera encomienda personal con la literatura es la saga Sofía, la única que tiene como epicentro la Ciudad de México, una obra coral, apocalíptica, empapada de misterio, acción, suspenso, drama, mitología, ciencia ficción, acción y aventura que, al modo de la mítica serie de televisión Lost, se centra en sus personajes y que comenzó a fraguarse en el otoño de 2007, cuyo primer fruto es Emanación. Es miembro del comité editorial de Almuzara México.

Líneas de desnudo. 140. El ascenso y la caída. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 140

El ascenso y la caída
Por Manuel Pérez-Petit

“(…) solo quien ha conocido la claridad y las tinieblas, la guerra y la paz, el ascenso y la caída, sólo éste ha vivido de verdad (…)”

Stefan Zweig: El mundo de ayer
Del ascenso y la caída se ha hablado y escrito mucho, pero solo puede conocerse en carne propia. El motor de ambas es el dolor. Ni cuando uno ha tocado fondo o ni cuando sido ensalzado está viviendo situaciones reales en realidad, aunque sean identificables. Son, como tantas otras cosas y situaciones en la vida, subjetivas. 
            Se necesita, en todo caso, estar despierto a fin de desarrollar nuestras capacidades de autoevaluación, autocorrección y rectificación, que es una manera de salvar los altos y los bajos de la existencia. Son los míos, lo comprendo, planteamientos discutibles y así me gusta que sean. Hoy abundan las personas que pontifican como poseedores de lo cierto, cuando lo cierto es un relativo de mayor dimensión que tocar fondo o alcanzar las alturas. Un día escribiré de ello, por lo que prefiero dejar el apunte como algo hermético o por si algún lector tiene despierto, que muchos lo tienen incluso sin saberlo, el nivel heurístico de la lógica, aquel que permite el conocimiento real de las cosas y establecer debate desde ello, lo que al final propicia estar más cerca de algo universal y comunicable.
De todos modos, se trata de vivir, y en la vida no podemos aplicar, porque no solo no es real sino que no depende de nosotros, la primera ley de la dinámica de Isaac Newton (1643-1727), que establece que todo cuerpo permanecerá en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado por fuerzas externas a cambiar su estado. Ese estatuto adánico y beatífico puede ser válido desde la física, pero no como vida, justo porque existen fuerzas externas que impiden ese estado, siendo la primera de ellas nosotros mismos, lo cual se comprueba en su segunda ley, que viene a decir que el cambio de movimiento es proporcional a la fuerza motriz externa, y a mí se me hace que esta ley, aunque el bueno de Isaac no lo pretendiera, habla del amor, aquello que nos mueve el piso, el suelo, las entrañas, pues él mismo aclara que estas modificaciones solo tienen lugar si se produce una interacción entre dos cuerpos, por lo que se nos hace más humana la tercera ley, la que habla de la acción-reacción, con la que se explica, por ejemplo, el dolor o la armonía.
Y bien puedo yo afirmar que tanto estando abajo como arriba, sabiendo que he vivido, el dolor es un síntoma esencial de estar vivo. Es como si a uno se le cayera en la cabeza la manzana y comprobara así que para subir se tiene que caer, pero nunca detenerse.
» (…) para subir se tiene que caer, pero nunca detenerse.»
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.

Voces ensortijadas 255. Corazonarnos. María Gabriela López Suárez

  Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Corazonarnos

La tarde del miércoles Marina tenía reunión con sus vecinas y vecinos del barrio, el motivo era organizarse para que las calles pudieran estar más limpias y también para cuidar en colectivo los pocos arbolitos que tenía el parque que estaba en su barrio.
     La reunión fue en un pequeño salón de usos múltiples que habían construido entre el vecindario. Marina quien había convocado fue la primera en llegar. El frío comenzaba a sentirse en los primeros días de diciembre, así que ella preparó un par de termos con té de limón. Doña Fluvia había quedado de llevar unas galletas de animalitos, doña Paty  y don Lisandro se ofrecieron a llevar el café. A toda la gente se le convocó a llevar su taza y plato, para evitar generar basura.
     La cita era a las 5 de la tarde, por lo regular, la gente del barrio era puntual, así que la reunión inició al alrededor de las 5 con 15 minutos. En la sesión se atendieron los dos temas centrales por los que se convocó la reunión. Pero, además de eso,  comenzaron a salir otros temas que preocupaba a la gente del barrio. Uno de los temas fue el caso de doña Asunción, doña Chonita como la conocían con cariño. Era una señora de la tercera edad que tenía problemas para caminar, sus rodillas le ayudaban poco. Doña Chonita era mamá soltera, tenía una hija, Gertrudis, quien trabajaba prácticamente todo el día para poder sostener a sus dos hijos y a su mamá. Gertrudis hacia limpieza en casas por la mañana y por la tarde era cocinera en una fonda. De tal forma que doña Chonita a veces solía salir por algún mandado, pero no siempre lograba llegar a su destino, más de una persona se había percatado de ello.
     En la reunión no se contaba con la presencia de Gertrudis, doña Chonita llegó al salón con la ayuda de doña Fluvia. La mayor parte de quienes llegaron estuvieron de acuerdo en ayudar a doña Chonita y a su hija por si requerían algún mandado, del mercado, de la tiendita, o incluso por algún malestar de salud de doña Chonita. En el caso de que Gertrudis estuviera en su horario de trabajo.
     Cuando escuchó a sus vecinas y vecinos, doña Chonita sintió muchas emociones en el corazón, no se había dado cuenta que en estas personas su familia podría encontrar un gran apoyo. Fueron tomando la palabra doña Fluvia, Marina, don Lisandro, doña Paty, cada quien compartió alguna experiencia vivida con Chonita y también con Gertrudis.
     Marina remarcó que entre más unida esté la gente, se pueden lograr más cosas; doña Fluvia dijo que la confianza es un punto importante entre quienes habitan un barrio; don Lisandro señaló que no hay que tener vergüenza para solicitar ayuda. Por su parte, doña Paty mencionó que es importante estar al pendiente de quienes son las vecinas y vecinos, habló de volver la mirada a los corazones:
     —¡Hay que corazonarnos! Por ejemplo, hoy estamos quienes pudimos asistir a la reunión, trajimos algo para compartir, no importa que sea algo sencillo, pero se hace de manera sincera.
     Los ojos de doña Chonita se llenaron de agua, intentó sonreír y agradecer, lo hizo entre sollozos. Marina sintió mucho agradecimiento por esos momentos, no pensó que una reunión pudiera ser tan emotiva y compartir cosas importantes, que a veces pasan desapercibidas. La ayuda entre vecinos. La frase, ¡hay que corazonarnos!, seguía resonando en ella.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 255. Días de agua y de olvido. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM

  Polvo del camino/ 255

Días de agua y de olvido
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

Las calles como arroyos han sido eso desde hace tanto, que ya nadie recuerda en la ciudad ni la tierra ni el asfalto.
Un día comenzó a llover, ¿hace cuánto?, y desde entonces no ha parado.
Soy policía y uno de los primeros que aprendió a usar los artilugios –parecen patines, parecen esquíes– que nos ponemos en los pies para deslizarnos como bólidos tras los delincuentes (ya no son necesarias las patrullas ni las motocicletas) o para ayudar a alguien que nos requiera.
También soy experto en luchas cuerpo a cuerpo y me he trenzado en pleitos, donde triunfo, hasta con diez malandrines. Parezco, eso me dicen, un héroe de comic.
Pero me descubrí una falla, que no he podido corregir: el olvido va carcomiendo mi vida.

La primera vez que me di cuenta fue una vez que llevaba quién sabe cuánto viéndome al espejo, con el cepillo de dientes en la mano. Sonó mi celular y eso me trajo a encontrar que en el espejo nada había, ningún rostro, ningún rastro humano, nada. ¿Y yo? En un parpadeo estuve de nuevo frente a mí, con el cepillo en las manos.
Vi la hora y deduje que me había pasado, quién sabe dónde, por lo menos sesenta minutos. ¿Me olvidé de mí y llegué al punto de no verme?
Sucesos así comenzaron a menudear en mi vida, hasta que fue notorio para la gente de mi trabajo. Entré en el baño y sólo regresé a mí mismo, por decirlo de alguna manera, cuando los toquidos urgentes me hicieron abrir. Estaba de pie junto a la puerta y me dijeron que tocaron porque no hice ruido de nada. Cuarenta minutos de no sé dónde, de no sé qué.
Un día amanecí desnudo en una de las pozas de una gruta lejana. Mi ropa estaba en una gran roca de la orilla. El problema es que yo no recordaba cómo había llegado hasta allí.
Fui al médico y me dio unas pastillas. Pedí un permiso especial.
Pasaron yo creí que diez minutos, a partir de que llegué a la casa, y vi la fecha en mi teléfono: habían pasado cinco días.

Las extrañezas en mi comportamiento fueron tales, que ya no me fue permitido salir a la calle y fui designado para hacer tareas de oficina. Desaparecía, de pronto, cuando iba a la cafetería, o al baño o a una diligencia. Me levantaron actas y fui amenazado de despido.
Una noche me dormí profundamente y me desperté seguro de que se me habían pegado las sábanas. Estaba en una cueva, vestido, con mi billetera y demás naderías en la bolsa. Mi celular no funcionaba. Salí. Una montaña. Desde allí vi la ciudad y caminé hacia ella. Traté de concentrarme, porque nada me parecía familiar. Un desastre mi pensamiento.
¡Sorpresa!: No había agua en las calles, sino asfalto.
Llegué por fin a la oficina y la gente que ocupaba los escritorios me pareció desconocida. No me dejaron ocupar mi lugar y fui interrogado por varios. La conclusión asombrosa para todos, incluyéndome, fue llegando lenta a los cerebros. Yo ya no trabajaba allí, había desparecido hacía veinte años.
¿Dónde había estado, haciendo qué?



 
Ilustración: HCM
Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Disquisicionario. 11. Materialización de la dulzura: las frutas. Esteban Martínez Sifuentes.



Materialización de la dulzura: las frutas
Esteban Martínez Sifuentes

¡Del verano roja y fría
carcajada,
rebanada
de sandía!
(Juan José Tablada, 1871-1945)

Son bálsamo, bendiciones de la naturaleza, néctar de los dioses, por el color y el olor, por la sonrisa que nos arrancan la miel y los matices de arco iris de sus sabores, por los nutrientes que aportan al preciso y exigente organismo humano, ¡qué mecanismo de relojería o supercomputadora ni qué nada!
No engordan. Si se consumen en sazón y con medida raras veces causan daño, nos ponen de buen talante. Su variedad y colorido son infinitos. Desde el diminuto, oscuro y exquisito capulín, hasta la formidable yaca, un producto intimidante y exótico, de caparazón verde y rugoso como bestia antediluviana, de reciente introducción en el mercado mexicano. Mango: petacón, ataulfo, manila, tommy; plátano o banana: tabasco, dominico, manzano, morado, macho.
Más allá de la discusión fruto o fruta (“¿Qué son el aguacate y el jitomate…? ¡Pues no, señor!”) y de otras consideraciones técnicas apasionantes para agrónomos y cultivadores, aquí hablamos de un postre, el snack óptimo, el producto en esencia dulce o agridulce de una planta arbórea o herbácea, cultivada como el lector o silvestre. Bayas o frutos del bosque: mora, arándano, grosella, frambuesa; vainas: mezquite, guamúchil, jinicuil. Lavado a conciencia, el empaque, piel o epicarpio de algunas frutas se puede comer, reciclar o emplearse en la confección del nepente de los quisquillosos dioses aztecas, griegos o del panteón que sea. Con piña, el tepache. Con uva, el venerable vino, que data de la Edad de Piedra (Neolítico), a la par que la agricultura, la ganadería y la alfarería, y escenifica en la Biblia un pasaje milagroso de alegría y celebración y sigue siendo central en la liturgia judaica y católica. Pan y vino.
En Egipto, Grecia y Roma se veneraba a Dionisio o Baco. En el mito griego Dionisio le entrega la vid a Ampelo, un sátiro, quien enseña su cultivo a los hombres. La ampelología se encarga de las variedades de la vid (cepas) y su cultivo. Dios olímpico contradictorio que produce placer y dolor, a Baco se le representaba con racimos de uva y hojas de parra, acompañado o no de bacantes, ménades y sátiros. Así lo plasman, entre otros, Miguel Ángel y el aficionado a bacanales y pendencias Caravaggio.
Por las prisas, un plátano antes de salir o una manzana para el trayecto es el único alimento durante horas de no pocos estudiantes y trabajadores connacionales y, supongo, de otras latitudes. Una mexicanísima pintora de origen alemán que retrató la fruta con el gusto con que debe de habérsela comido: Olga Costa (n. Olga Kostakowsky). Las sandías de Rufino Tamayo también son célebres. “Una mexicana que fruta vendía, ciruela, chabacano, melón o sandía…” Este popular juego infantil de origen español fue secuestrado por los adultos en sus bodas y los niños ya no lo practican.
Despuntan unas comunes en los cinco continentes, la naranja, la uva, la fresa; pero casi en cada país hay variedades aquerenciadas y favoritas. Entre las populares en el mío, además de las mencionadas: papaya, tuna, guayaba, toronja, coco, mandarina, higo, lima, durazno, granada, mamey, pera, guanábana y cereza para coronar el pastel. Igual de sápidas y nutritivas, hay frutas regionales, difícilmente conseguibles fuera de ciertas zonas: chicozapote, zapote blanco y negro, chirimoya, ciricote, garambullo, nanche, pitaya (del semidesierto), pitahaya (del trópico). Algunas que se cree variedades autóctonas proceden de China, Filipinas o así. Qué importa, mi mamá me la daba desde chiquito. La diversidad y la trashumancia son inherentes a la naturaleza y, por ende, al ser humano. Es parte de su fortaleza. El mango ataulfo, melífera hibridación lograda en Chiapas, se exporta a una veintena de países con todo y endocarpio, semilla, carozo o hueso.
Qué tiempos aquellos cuando en el patio de las viviendas florecían limoneros, granados, capulines, nopaleras, tejocotes, membrillos. Hoy, si con suerte hay patio: coches, juegos infantiles desairados, un par de arriates con plantas decorativas, derroche de cemento y mosaico (es de buen gusto forrar de mosaico los espacios exteriores).
El capulín, endémico del centro de la república, está en peligro de extinción; además de ambrosía, dicen que es bueno para prevenir el cáncer. Lo cierto es que resulta una fiesta incluso recolectarlo a puños a inicios del verano. “¡Y es que son desgreñados y tiran mucha hoja!”, aducen los pragmáticos a ultranza que andan sueltos por ahí.
Algunas, muy pocas, huelen mal; la mayoría, delicioso (El olor de la guayaba, de García Márquez). Extractadas o sintetizadas usurpando su nombre, sus fragancias se usan en chicles, pasteles, gelatinas, lápices labiales, aromatizantes de ambiente, desodorantes personales y hasta papel higiénico. Se destilan perfumes carísimos for men and women con destellos afrutados. Por falta de jugo y pulpa o exceso de acidez, unas solo se aprovechan para jaleas, infusiones, licores, aguasfrescas o ponches, caso del semilludo e infaltable en Navidad tejocote, especie de manzanita frustrada si no fuera porque además enriquece la piñata estacional. Secas, de preferencia con el sol, son las pasas y los orejones. Concentración de dulzura, sabor y nutrientes.
La modesta fruta es digestiva, inmejorable a cualquier hora, barata si está en temporada. Aportan agua, vitaminas, minerales, fibra, antioxidantes, azúcares y grasas de rápida asimilación. Por bombardeo de publicidad e influjo del cine gringo, los remilgositos de todos los rangos sociales prefieren el vaso de jugo de caja, de sospechoso tinte homogéneo y más atractivo que el natural; los edulcorados cornflakes con leche, añadiéndoles más azúcar y si acaso algunas rodajas de plátano, o el yogurt de frutas industrializado con el mendaz letrero de “cien por ciento natural”. Perdónalos, Señor, sí saben lo que hacen pero les vale gorro. Corroboren, o nieguen, sentados con mente abierta en cualquier plaza o calle de México país: de cada diez personas que pasan, siete u ocho lucen con sobrepeso. ¿Gozo de vivir?, ¿genética nacional? Hábitos alimenticios perniciosos, comida chatarra, conductismo. Duele decirlo (y no creo ser el primero), parecemos un pueblo conformista, fofo, debilucho, enfermo, diabético. Y me abstengo de mencionar lo que vemos, escuchamos, expresamos o (no) leemos en el tiempo libre. Van de la mano.
En Ciudad de México, Guadalajara y megalópolis similares el tendido de frutas en la banqueta le infunde vitalidad y lujo a barrios y calles deprimentes. En la pantalla nunca he visto a un gánster o un asesino en serie comerse una fruta; son ácidos, corrosivos. Insectos-flor-fruto logran una delicada simbiosis perfecta desde la noche de los tiempos. Atraídas por sus tonalidades, aves, primates y otras creaturas sabias las comen y desechan sus semillas por selvas y sabanas perpetuando las especies.
En la magnífica Short cuts (Robert Altman, 1993), uno de sus tantos protagonistas, un comentarista de televisión superinformado, se dispone a desayunar hojuelas de maíz en un sucinto comedor de hospital; mientras escucha perorar a su egocéntrico padre, pela un plátano para cortarlo en tejos. Es una banana de un amarillo impecable y parejo, como les gustan allá y dondequiera. Pues bien, esas no son las mejores de acuerdo con la ciencia, ya que contienen almidones indigeribles para el estómago. Las más nutritivas y dulces son las oscuras y con pecas, oro viejo. Así con las otras frutas.
En el mítico Paraíso Eva tentó a Adán con una manzana, ¿por qué no lo hizo con un manojo de nabos o una hoja de acelga, que seguro también había ya que ahí no faltaba nada? Porque la manzana es deliciosa y sabía que él, aunque era más cervecero y carnívoro que los rancheros de Texas, no iba a rechazarla. Son decorativas, y los chinos nos encasquetan por doquiera de fruteros completos de plástico, cerámica, metal, papel maché, bambú y a saber qué más. La íngrima ventaja, que no se oxidan y no atraen a los mosquitos. A mí tampoco.
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Contacto:

En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Líneas de desnudo. 139. La gratitud. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 139

La gratitud
Por Manuel Pérez-Petit

Para Mayté Flores Ayala Mancera, por mis deudas de gratitud con ella, y para Adriana Pastor Ruiz, por las suyas conmigo. Y viceversa.

De las deudas de gratitud no se hablará nunca lo bastante, pero la gratitud es asunto de la memoria. Toda memoria se conforma por acumulación, y en esa estructura se establece lo que nos hace a cada uno lo que somos: personas. Los recuerdos no tienen esa virtud, no nos conforman como seres humanos. No podemos ejercer desde ellos la gratitud. Éstos pueden llegar incluso a distorsionar la propia identidad. Son como los árboles que no nos dejan ver el bosque. En este sentido, la memoria tiende a ser objetiva y los recuerdos, subjetivos. Cuando se pierde la memoria y, por tanto, lo que somos, la consciencia, no se pierden los recuerdos, los cuales en ese caso dejan de estar categorizados en sentido estricto como personales. En ese punto no cabe la gratitud, pues la gratitud solo es posible desde el ejercicio genuino de la memoria. 
             Toda memoria es todo para que seamos lo que somos. Para que hagamos lo que hacemos. Para que sintamos lo que sentimos. Para que vivamos. Para que mantengamos la fe en lo que cada uno quiera y en nosotros mismos. Para que crezcamos. Para que tengamos la capacidad de crear, de completar el mundo. Para que amemos, y más si sabemos, como sabemos, que nada vale si no tiene amor.
Tener muchas deudas de gratitud reconforta y compromete, y la gratitud exige un alto compromiso con la verdad y una reciprocidad que hoy no es común encontrar. Por desgracia, la gratitud escasea. Arrastrados quizá por la decadencia del mundo, es muy común encontrar mentiras que se convierten en verdades por razón de haberse repetido una y otra vez de manera sistemática, o lo que es peor: que la construcción de la justificación de las decisiones sea posterior a las propias decisiones. 
La vida es un ejercicio de prueba y error, en la comprensión, además, de que todo nace, se desarrolla y muere. O sea, que todo lo que sube baja, pero si se tiene amor y, por tanto, también capacidad de ejercer de verdad la gratitud, ésta se manifiesta sola.
Y es que en medio de la oscuridad del mundo, el amor y la gratitud son como pequeñas luces que abren la puerta a la esperanza.
«En medio de la oscuridad del mundo, el amor y la gratitud son como pequeñas luces que abren la puerta a la esperanza.»
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera. Se trata de un detalle de una fotografía de un paisaje al anochecer.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.

De faros y foros. 4. Acrofobia, según el hombre del barquito. Luis Daniel Pulido


ACROFOBIA, SEGÚN EL HOMBRE DEL BARQUITO

"No he presenciado milagro alguno, pero he podido comprobar que los hombres y las mujeres extraordinarios existen, y deben su carácter singular al hecho de que han partido de sí mismos para iniciar su trayectoria vital"
Peter Brook

1

El lenguaje, si eres atento y curioso, te reserva hallazgos. Hablo de la que sucede en todas partes, en los dobleces geográficos y sus circunstancias históricas, en su autonomía milenaria, en su invención de imaginarios. Pero ese lenguaje comparte vacío: el idioma. Esa caja gráfica y sonora que nos da un lugar en el mundo y por el que escribimos, hablamos, nos entendemos entre iguales. Y todo sería perfecto si no existieran los desplantes y la soberbia del ser humano, su idea y voluntad de hegemonía y conquista que provoca guerras y exilios, soledades que renuevan instintos sociales, la acrofobia por lo que nos heredaron: islas artificiales y edificios altísimos donde el lenguaje es reducido a signos personales.

2

Acrofobia, obra escrita por Roger Octavio Gómez, se desarrolla en un pequeño espacio, una especie de balsa para el náufrago, el extraño en tierra extraña que interpela desde lo más alto de un edificio a autoridades y morbosos porque eso que le permitiría conversar con otros o escribir una gran novela: el lenguaje, su idioma, ha perdido el hilo, ya no tensa ni centros ni orillas, se ha diluido en un país extraño.

Una resistencia íntima que se repliega en un hombre solitario que es asistido por otro que comparte con él, el pedacito de tierra que los vio nacer.

Nacemos bajo la insistente luz de los reflectores y a veces la vida se va en ese camino resplandeciente que te grita: vive o muere.

3

El texto de Roger Octavio Gómez va por los contornos de la derrota y sobre ese camino se dan la caída, la redención, la ternura, el idioma como río que arrastra todo, las palabras, sus ruidos, el silencio, las luces que se apagan.

4

La obra podría conllevar una elaborada pirotecnia escénica, pero escritor, director, un par de actores y un gran equipo de producción resuelven el peso, la gravedad de ese gran mar de fondo que es el escenario, y hacen de la puesta en escena una de especie de sueño. De esos donde despiertas llorando en medio de un público que aplaude de pie y grita porras a un par de extraños que cuando se baja el telón, ah, son mis amigos.

Luis Daniel Pulido


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Sobre el autor:

Luis Daniel Pulido (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas).

Ha publicado los libros Pollito Card, UNICAH; Prohibido degollar patos, Editorial Almada Broders; Nunca sonrías a Optimus Prime, Espejitos de papel Editores, Puerto Rico; Bruce Wayne y la generación X (un concierto de rock para Chulpan Khamatova); Baxter Memories (vida y obra de Víctor Von Doom), Tifón editorial. Lo puedes seguir en su Blog poético Popotitos 22.

Voces ensortijadas 254. El guardián silencioso. María Gabriela López Suárez

 Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez


El guardián silencioso

El sol estaba en su apogeo, a pleno mediodía. Cinthya había llegado a casa de tía Leonor y tío Ezequiel, había decidido pasar unos días de sus vacaciones compartiendo con familiares a quienes normalmente no veía. La primer parada eran con ellos, después pasaría otros días con sus primas Raquel y Eloisa. Finalizaría con tío Panchito y tía Martina.
Al llegar a su primera visita lo primero que atrajo la atención de Cinthya fue el árbol frondoso que se veía al final del camino. Mientras abría el portón de la entrada observó que el follaje del árbol era tan amplio que se le figuró como un hongo enorme. No tardó en que aparecieran doña Leonor y don Ezequiel para darle la bienvenida.
Se saludaron con mucho cariño. Invitaron a Cinthya a pasar a la casa. Tío Ezequiel le ofreció un vaso con limonada que ella aceptó con gusto. Le ayudó a sofocar el calor del mediodía.
Tía Leonor esperaba que Cinthya llevara un gran equipaje, la sorprendió ver que solo llevaba una mochila en la espalda y otra pequeña bolsa. Y más sorprendida se quedó cuando de la bolsa pequeña sacó un par de obsequios que identificó de inmediato por los aromas, café y chocolate. Agradecieron los regalos de Cinthya, la invitaron a dejar su equipaje en el cuarto que le habían destinado y luego, fueron al patio de la casa para sentarse un rato y conversar.
Cinthya no tardó en comentar su asombro y gusto por el árbol frondoso que rodeaba la casa de sus familiares. Tía Leonor le dijo que era un árbol de higo no comestible. Tío Ezequiel compartió que ese árbol era no solo un hermoso ejemplar de la naturaleza sino que también tenía una conexión especial con la familia canina que habían tenido. Mientras escuchaba a su tía Leonor, Cinthya percibió que en más de una ocasión la voz se le quebró, tomó más de un respiro y continuó.
El árbol de higo guardaba en sus raíces preciados tesoros. Doña Leonor y don Ezequiel habían tenido muchos perros y al ser parte de su familia, cuando cada uno trascendió decidieron que los despedirían de una manera digna y amorosa. Eligieron como espacio, alrededor del árbol de higo. De tal forma que ese gran árbol era muy generoso, no solo les proporcionaba sombra, aire fresco sino que también había dado cobijo en sus raíces a los peludos de la familia.
Luego de las anécdotas que le compartieron llegó la hora de la comida, los tres se levantaron para ir al comedor. Degustaron una sopa de champiñones con epazote, que a la tía Leonor le quedaba muy bien y unos tacos dorados de papa con pollo, bañados en una salsa de tomate, con lechuga, crema y queso.
Al término de la comida don Ezequiel y doña Leonor tomaron una siesta. Cinthya decidió ir al patio, se sentó en el piso frente al árbol de higo. Se quedó contemplando su majestuosidad, lo grande de sus ramas y su follaje tan verde. Se sintió muy agradecida de estar cobijada por la sombra, se le figuró que ese árbol era como el guardián silencioso de la familia. Sintió una especie de conexión con el árbol, se acercó a él, tocó su tronco, abrió sus brazos y lo rodeó con ellos. Ahí se quedó unos minutos, el canto de los pájaros acompañó el latido de su corazón que fue sintiendo, poco a poco, mientras ponía atención en su propia respiración.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.