Vivo extra-mí: mi cuerpo sin reposo, vertido ya en el amor, es cuerpo muerto.
José Martí, en «La ví ayer, la ví hoy»
En el canto X, “De cómo Brunequilda fue recibida en Worms”, de El cantar de los nibelungos, escrito en el siglo XIII, Gunter quiere tener intimidad por primera vez con Brunegilda, su esposa, una guerrera muy fuerte, quien sólo pudo ser vencida (condición para casarse) por Sigfrido, el héroe de los primeros cantos, y posterior cuñado de Gunter, quien ordena su muerte y desencadena la brutal venganza que es la parte más impactante de la historia.
Cuando Gunter quiere poseer a Brunegilda, decíamos, ésta no quiere; él intenta obligarla, ella lo vence y lo ata sin mayor esfuerzo; Gunter cuenta a Sigfrido su humillación y éste, invisibilizado por un sortilegio (se pone un casco del tesoro de los nibelungos), lucha con ella y es casi muerto. Pero la derrota y Gunter finalmente la toma, la hace suya. Brunegilda cree que su marido es poderoso y se somete.
[Leer El cantar de los nibelungos es toda una experiencia; en especial por los cantos finales donde hay tanta matanza descrita, tantas luchas cruentas con espada, tanta sangre… Espeluznante.]
La cinta Malcolm y Marie (2021, dirigida por Sam Levinson) me recordó esa vieja historia. Malcolm es un director de cine, que ha triunfado con su primera película y Marie, su mujer, le reclama que haya usado su historia como argumento, que no le haya agradecido públicamente y que, siendo ella actriz, no la haya contratado para interpretarse a sí misma. No tienen intimidad esa noche, claro, y aunque tal vez sigan juntos, la discusión ha abierto muchas heridas, que quién sabe cómo se cierren.
En La buena esposa (The Wife, 2018, dirigida por Björn Runge), la actriz Gleen Close representa a la esposa de un escritor que ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Él comienza a marearse por la fama hasta que somos testigos de la escena explosiva del matrimonio donde nos descubren la verdad: la escritora es ella, a quien no le interesa figurar, y él sólo se ha aprovechado, con el acuerdo de ambos, del talento de su mujer.
En la vida real, Sofía Adréyevna Tolstáya (1862-1910) fue esposa de León Tolstói y copiadora de su obra. Uno de los varios problemas que cruzó este matrimonio (que tuvo trece hijos) fue que Sofía, dado que copiaba los libros de su marido –y que también era escritora– quiso, quería poner su nombre en las portadas como coautora. No le faltaba algo de razón, pues copió siete veces la voluminosa y genial Guerra y paz, y algo le habrá agregado, seguro.
En varias funciones de mi obra de teatro La divinidad del monstruo, y a veces a pregunta expresa, he dicho que la obra se llamó inicialmente La patria de la irrealidad; para que la gente no pensara que tenía contenido político, decidí rebautizarla y le propuse a mi mujer dos títulos, para ver cuál le gustaba. Ya los olvidé, pero en uno estaba la palabra divinidad y en otro la palabra monstruo. Mi mujer escuchó mal, unió justamente esas palabras y me regaló un título que me encanta. Gracias, mi vida.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: Luis Villatoro
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Más de 200 aviones sobre el cielo de Atenas
Héctor Cortés Mandujano
He leído tal vez una veintena de libros de Roald Dahl (1916-1990), pero Volando solo (Alfaguara, 1988), uno que leí recientemente, ha sido quizás el que más me ha gustado. Es autobiográfico, continuación de Boy, que habla de su infancia.
En Volando solo Roald se va como empleado de Shell a Dar es Salaam, en Tanganica, hoy Tanzania. En su barco de ida le pasan anécdotas divertidas; una de ellas con la señorita Tefusis, una anciana que cortaba incluso las naranjas con tenedor y cuchillo, porque (p. 18) “los dedos son cosas repugnantemente sucias. Piense sólo en lo que se hace con ellos. […] Los dedos no son más que herramientas. Son las herramientas de jardinería del cuerpo, las palas y las horquillas. Los metemos en todas partes”. Aún más (pp. 18-19): “¡Los dedos de las manos son asquerosos y sucios, pero los de los pies…! ¡Los de los pies son como reptiles venenosos!”.
Hay dos relatos escalofriantes, ya cuando vive en Tanganica, sobre dos serpientes venenosas y agresivas: la mamba negra y la mamba verde; sin embargo, la historia de simba (en swahili es león) puede resumirse. Le dicen (p. 40): “¡Un león enorme se está comiendo a la mujer del cocinero!”, y lo ven (p. 41) “llevando orgullosamente a la mujer en la boca al igual que un perro que se aleja con un buen hueso”. Lo asustan con una bala y suelta a su presa. La sorpresa es que ella se incorpora sin un rasguño y explica (pp. 42-43): “Me quedé quieta en su boca, fingiendo que estaba muerta, y ni siquiera me ha roto la ropa. […] Me llevaba tan suavemente como si hubiera sido uno de sus cachorros”.
Cuenta también una historia notable sobre los sapos que cantan cuando se hayan dispuestos para el sexo. Llega la hembra y siguen cantando, sin hacer caso de ella (p. 63): “La ignora totalmente y continúa sentado, lanzando su canto a las estrellas, mientras la hembra aguarda paciente a su lado. Espera y espera. El macho sigue cantando sin cesar, a veces durante varias horas, y lo que realmente sucede es que el macho está tan enamorado de su voz que se olvida por completo de por qué comenzó a croar. […] Ella pierde la paciencia y comienza a empujarle con una de las patas delanteras y, sólo entonces, sale el macho del trance y se vuelve y se une a ella”.
La segunda parte del libro es cuando se convierte en piloto de guerra y participa como tal en el conflicto bélico entre Inglaterra y la Alemania de Hitler. Son poquísimos aviones ingleses que han sido destacados en Grecia, doce, contra los muchísimos alemanes, y dan pelea. Se hallan los doce en el cielo sobre Atenas y aparecen cientos de aviones alemanes (p. 134): “Testigos de tierra dicen que no habría menos de doscientos aquella mañana. Rompimos la formación y cada hombre tuvo que preocuparse de sí mismo. Comenzaba lo que llegó a conocerse como la batalla de Atenas”. Es impresionante cómo Roald y varios pilotos ingleses más (sólo derribaron a cinco) lograron sobrevivir en aquella circunstancia.
Intentan matar a los sobrevivientes en el campo de aterrizaje de Eleusis, Grecia, pero sobreviven y se trasladan a un pequeño campo de Megara. Allí, escondidos en una colina, son testigos de cómo un avión alemán bombardea un barco; deja caer (p. 146) “un gran bulto de metal negro que descendió bastante lentamente”. Ven cómo el barco explota. Roald narra sin melodramatismo el hecho (p. 147): “Mirábamos al petrolero ardiendo. Nadie había escapado con él con vida, pero había un cierto número de cuerpos achicharrados flotando en el agua. La corriente o la marea iba acercando lentamente los cuerpos a la orilla”.
Gran libro.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: Luis Villatoro
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Palabras como el corazón, como el mundo
Héctor Cortés Mandujano
No condeno yo las palabras que son como vasos selectos y preciosos,
sino el vino del error que en ellos nos servían ebrios maestros
San Agustín en Las Confesiones
Las palabras están hechas para transformarnos.
Digo soy millonario y de inmediato sé que tengo yates, un castillo, muchas cuentas de inversión, varios viajes pendientes a escogidos puntos del planeta y tal vez cierto tedio por tenerlo todo.
Digo soy pobre y mi pantalón se llena de orificios y mi camisa está rota y sucia, camino con hambre y sed por las calles, y la gente se asusta de mi aspecto. Pero quizás, si la nombro, tengo esperanza.
Vuelo, digo, y siento el aire sobre mi rostro y casi enfrente el pico de la montaña con la que estoy a punto de estrellarme porque, por la emoción, no he puesto la atención debida en mi trayectoria.
Soy un pez y soy un anciano y luego una niña y después el pasto que crece y se come el caballo, que también soy yo.
Digo que soy el cielo y siento en la panza como me crecen las estrellas, me quema el sol y me acaricia la luna.
Y digo mundo…
Las palabras nos pueden hacer desgraciados o felices, nos alejan y nos acercan, hieren y acarician.
Por eso, es mejor decir aquellas que más nos cobijan, que más nos hacen falta, que más nos vuelven humanos, fraternos; que nos convierten en la misma vida, el mismo mundo, el mismo corazón: en amor y en paz.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
¿Quieres que te dé atole con el dedo?
Héctor Cortés Mandujano
La mentira es, si no la madre, la nodriza de la bondad.
[…] La simulación, a la larga, se suprime a sí misma, y
los nuevos órganos e instintos son los frutos inesperados
del jardín de la hipocresía
Federico Nietzsche, en Aurora
Sueño incesantemente y suelo recordar con precisión lo que sueño. Por eso, varias de mis novelas, obras de teatro, cuentos y textos no son más que trascripciones de mi actividad onírica.
En ocasiones, alguien a quien he dado llamar mi maestro (a veces es joven, a veces viejo; hablamos en un castillo, en la selva, en la playa), me da charlas sobre la vida y la muerte, cuyos conceptos aparecen aquí y allá en lo que escribo.
Hago este prolegómeno porque ayer por la noche (este ayer sin fecha sobre el que suelo escribir) soñé que daba una clase de tres horas sobre un concepto que yo inventé en mi sueño, a partir de dos palabras (una cinematográfica, otra teatral) y que explicaba a mis oyentes: “Corte escénico –les decía– es cualquier párrafo que podemos aislar de una narración, en el que se pueden identificar el tiempo, el espacio, el tipo de narrador y varias instancias más de la técnica narrativa usada para construir el relato”.
Ponía como ejemplo a mis alumnos un texto mío (que no he escrito en la realidad) que se llama “¿Quieres que te dé atole con el dedo?”, y era sobre dos amigos –un hombre y una mujer– que por distintas circunstancias tienen que pasar la noche juntos. Se acuestan en camas separadas y luego de desearse buenos sueños, ella le dice a él –ya están a oscuras– que siempre ha querido tener una noche apasionada con alguien que le finja amor con promesas y palabras encendidas, que no tengan que ser ciertas, pero que sean convincentes; y que si él puede hacerlo ella también lo hará, sin que al día siguiente la amistad sufra variaciones.
Él acepta incondicionalmente y se besan, se juran amor, se dicen y escuchan todo lo que alguna vez hubieran querido oír, decir a alguien, y tienen una noche maravillosa.
Cuando desperté, mi memoria caprichosa, como si pensara sola en un posible epígrafe para el cuento que no he escrito, recordó el bolero “Miénteme”, de Armando Domínguez Borrás, quien nació en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, en 1921. Según mi top de canciones 2020, que hace en forma automática Spotify, el servicio electrónico donde generalmente oigo música, fue mi tercera canción favorita del año pasado. Me gusta mucho, en especial porque creo que la verdad exacta sobre el amor, la amistad, los cariños familiares no la podremos saber nunca, y tenemos que conformarnos con las mentiras bien hechas, es decir, aquellas que se dicen y tienen perfecta o aceptable concordancia con los actos. No querría ni quiero que alguien me diga que me quiere y me trate mal, por ejemplo.
Yo, como en el bolero, suelo tener la convicción de que no hay diferencia entre la mentira (“Te quiero”) que es complementaria con el acto, porque ello parece “verdad” o es la verdad más aproximada que podemos conocer, es lo mejor a lo que podemos aspirar, porque si nos empeñáramos en pedirle juramentos irreprochables de amor, amistad o fidelidad a nuestros cercanos sería una pesadez y tal vez, eso sí, escucharíamos muchas mentiras flagrantes.
Yo, como don Armando, si alguien le da “a mi vivir la dicha con su amor fingido”, no tengo empacho en pedirle “miénteme más”…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Fotografía: Daniel Dávila
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
en «Sin islas para descansar», de Luis Daniel Pulido
¿Qué sé yo de nadie?, de Luis Daniel Pulido –editado este año por Editorial Arboleda, de San José, Costa Rica– ha sido para mí en primer término un boomerang. Hace tiempo escribí una obra de teatro, Trascripción, palimpsesto, que representamos este año, y en ella un poeta –cuyo modelo era Luis Daniel– se convertía en la ficción teatral en poco menos que un monstruo. Pedí permiso a Luis Daniel para dedicársela, porque evidentemente no tenían sus vidas más paralelismos que escribir poesía. Mi poeta escribía versos y en uno de ellos, al darse cuenta del profundo misterio que somos para nosotros mismos se preguntaba: “Qué sé yo de mí” y luego, ante el pasmo del enigma de la naturaleza humana se preguntó: “Qué sé yo de nadie” (Miguel de Cervantes también asegura el aserto en Don Quijote de la Mancha II, de 1615: “Que no sabe nadie el alma de nadie”).
Luis Daniel me pidió permiso para titular así su poemario y aquel poeta, aquel verso me llegan de nuevo, en las olas de la amistad, en el título de este libro.
¿Qué sé yo de nadie? ha sido una relectura, porque al ser una antología de poemas ya publicados en libros o en el blog del autor, los he leído antes y ahora, reagrupados de otra manera, parecen postales de lugares visitados y queridos (“El regreso del halcón milenario, p. 34): “No creo en la paz como medida de agua mineral o porción de tierra, creo en los grandes barcos anclados de los apagones, en los bombarderos de sedantes, en el vaho que arroja cosas al vacío”.
Es también el regreso a los años en que el poeta y yo no nos conocimos, y fue armando cada cual sus personalísimas mitologías, dado que escribir es darle patadas a la realidad o, lo que es lo mismo, enamorarnos de la nada (“¿Y si ella nadara conmigo?”, p. 29): “En el amor se tiene siempre esa sensación inestable de cuando se camina sobre la línea borrosa de un viejo cuaderno lleno de notas, seguro de que los resultados no se tratan de un original griego, una calca natural de la bondad, el misterio de las estampas orientales, la piedra donde florece el girasol y el iceberg”.
¿Qué sé yo de nadie? es la muestra de cómo el tiempo tira y crea certezas, derrumba y construye muros, quita y pone panoplias, nos derrota y nos otorga pírricas victorias (“Kralice”, p. 14): “Cómo olvidar tu falda, tu pequeña falda contra el viento y yo mirando cómo te untabas yogurt en las piernas, las que luego abriste para perderme de por vida en ese bosque trenzado de cerezas”.
También es la vuelta de los héroes míticos –el Halcón Milenario, Spider Man, Kung Fu Panda, el Caballero de la Noche, el Gran Jefe Apache- que saltan de los versos para darnos la certeza de que el mundo, por lo menos el mundo que inventa Luis Daniel Pulido, aún puede ser salvado del desastre (“Jao contra Jao. Canto al pie de tu montaña”, p. 31): “Mujer se va a marchas con mujeres inmortales; amigas de mujer no tener miedo a Manitú, oso Grizzli, SAT, notificaciones de Hacienda”.
¿Qué sé yo de nadie? es admirar la metamorfosis del Luis Daniel cada vez más Pulido, que se vuelve las muchas cosas que dicen sus poemas, las varias palabras que están nombrando múltiples mundos y que, por tanto, abren senderos que se bifurcan interminablemente; ¿Qué sé yo de nadie? es estar al tanto de que este libro-Pulido no es su autobiografía ni la de alguno que se llame y se apellide como él, porque la literatura –desde los vedas, los griegos, los romanos, las edades de piedra, y perdón por mi brochazo monumental– se ha desprendido de la certidumbre que llaman, desde este lado de la realidad, vida; de las veleidades que llaman, desde la fisicalidad y los matrimonios eternos, amor; de la mentira infinita que llaman yo, y ha instaurado la desconfianza como método, las preguntas que nadie nunca podrá responder plausiblemente: Qué sé yo de mí, qué sé yo de nadie, qué sé yo de nada.
. Palabras leídas en la presentación de ¿Qué sé yo de nadie?, de Luis Daniel Pulido. Casa Disner. Viernes 30 de julio de 2021. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Apuntes de oído, IVAmaury Pérez: Y nos amamos, pese a nada
Héctor Cortés Mandujano
Amaury Pérez Vidal (La Habana, 1953), quien no usa su segundo apellido más que para diferenciarse de su padre, es hijo de dos personalidades televisivas, muy conocidas en su natal Cuba. Su bautizo, por eso, se hizo en vivo, en televisión.
Su primera canción, “Vuela pena”, escrita cuando era un adolescente, se la cantó la gran Omara Portuondo y su disco debut, Acuérdate de abril, de 1976, ya tiene canciones distanciadas en música y letra del famoso trío de cantautores conocido como Nueva Trova Cubana: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, que pertenecen a una generación anterior de la de Pérez. Amaury, ni en ese primer trabajo ni en los otros, usa guitarra sola, sino orquestaciones más cercanas al bolero, a la balada, al pop (arreglos neobarrocos, de Mike Porcel, escribió Amaury en “Mis recuerdos”, en 2013), y sus letras no hablan de la revolución, sino de amores, desamores, amistad.
[Es curioso, pero el tema de la amistad ha sido constante en su trabajo musical. Cito sólo tres ejemplos: “Murmullos” (en su primer álbum), “Yo tengo un amigo” (en No lo van a impedir, 1979) y “Amigos como tú y yo”, que grabó a dúo con Silvio Rodríguez (en Encuentros, 1993), quien le produjo, después, el álbum Trovador, en 2004; Alberto Cortez, con quien también tuvo amistad, le compuso a Amaury una canción: “Amaury”, en 1999.]
Su segundo disco, donde musicaliza al poeta nacional José Martí (Martí en Amaury, 1978), también con Mike Porcel, se aleja de las clásicas guitarras, con que la mayoría de sus colegas se acompañan; elude los discursos políticos, que Martí tiene por montones, y se concentra en los poemas amorosos. Es decir, es un músico, un cantante, un compositor que hace su propio camino.
No lo van a impedir, 1979, que apareció como Aguas en Cuba, es ya un disco redondo, con canciones de letras poéticas y música de talentosa orquestación: “fusión entre el jazz, el rock más progresivo, el pop, la balada romántica y la canción de autor”, según Amaury. Gran disco. Ya teníamos a alguien que decía cosas y sabía decirlas, con un agregado que tenía que ver con su pedigrí y que hizo levantar las cejas a los que vestirse bien les parecía antirrevolucionario: se vestía a la moda, como había visto en la farándula que conoció, por sus padres, de niño: Olga Guillot, Benny Moré, Celia Cruz, etcétera. Luego de varios avatares, incluso una detención, fue expulsado del movimiento de la Nueva Trova Cubana.
En 1982 grabó Abecedario. Las aguas volvieron a su nivel, luego de terremotos y olas altas, y en 1985 grabó su disco Mitades, con arreglos más o menos básicos, pero ya era un cantautor popular, con un timbre personal, un discurso inteligente, poético, y sin haber necesitado parecerse a nadie ni contar con la aprobación oficial. Con su siguiente trabajo, De vuelta, de 1987, metió a sus canciones la computadora y la música secuenciada que fue marca, ya, en su siguiente trabajo: Estaciones de vidrio, de 1988.
Ha grabado más de una veintena de discos; ha sido productor y conductor de exitosos programas televisivos, especialmente de entrevistas; ha publicado el volumen de cuentos El dorso de las rosas (2004) y las novelas El infinito rumor del agua (2006), y Diez meses y veintinueve días (2008).
“No lo van a impedir”, del disco homónimo, es una “canción multipropósito” como le dijo a Amaury Santiago Feliú y, entre otras cosas, en ello radica su riqueza. Puede referirse al amor (“No lo van a impedir ni andén ni esquina, ni el temor de la virgen si oscurece, ni el humo de las calles si llovizna, ni el canto del otoño que anochece”), a la justicia (“No la van a impedir ni el falso amigo, ni el que alimenta el cepo y la tortura, ni el pequeño ladrón de mano fría, ni el temible donjuán de cara dura”) o a la revolución (“No lo van a impedir del valle al cielo, ni reyes del honor ni periodistas, ni antiguos comediantes ni embusteros, ni estudiantes de leyes ni alquimistas”). No se puede impedir aquello que no pueden vencer ni las fuerzas contrarias ni el otoño, es decir, el tiempo: “A pesar del otoño: creceremos”.
“Abecedario”, del disco homónimo, de 1982, es una canción no del todo lograda, pero con la ambición de hablar sobre el amor, de la letra a a la z (pongo en mayúsculas y negritas los inicios para hacer más explícito el ejercicio): “Amor, lo que nos lleva hasta el Barranco; barranco, lo que depara una Caricia; caricia es la antesala del Deseo…”, etcétera.
“Amor difícil” (De vuelta, 1987) es muy atrevida para su tiempo, pues habla del amor de un hombre por un hombre, aunque la letra es ambigua y podría tomarse como un discurso de amor heterosexual: “Yo tengo un amor difícil contigo, aunque me pese lo contendré para siempre, porque más vale la oscuridad para un cariño que no tolera la gente diferente”. Amaury, sin embargo, explicitó lo implícito. Lo acusaron de gay, por supuesto. Una de las virtudes de la canción es esa, justamente: que un heterosexual, como Amaury, no limite su punto de vista por miedo a la torpe acusación de quienes, como dice Vargas Llosa (en su obra de teatro La Chunga), creen tener “el honor en el culo”.
En síntesis, comparto algunas líneas de sus muchas canciones:
“Acuérdate de abril” (del disco homónimo, 1976): “Acuérdate de mí, si abril te viera tendida, fiel y amada en otros brazos; acuérdate de mí, si abril volviera con nuevo traje y nuevo lazo. […] Acuérdate de mí, si el pensamiento te libra del amor que te sujeta”.
“Hacerte venir” (No lo van a impedir, 1979): “Si yo pudiera… enamorarte a media voz, cuando ni el viento me pueda oír. […] Tener tu boca y tu corazón cuando el deseo me quiera hervir; si yo pudiera de donde estoy, ay, amor, hacerte venir” (Amaury se sorprendió cuando vino a México y le explicaron que significa “venir” y “hacerte venir” en nuestro país. “Madre mía”, dijo).
“Olvídame muchacha” (No lo van a impedir, 1979): “Bien pude haberte dicho que sin ti la lluvia no tiene otra tarea que golpear el polvo; bien pude haberte dicho que sin ti me asusta hasta el ruido del mar sereno, vivo y hondo”.
“Dame el otoño” (No lo van a impedir, 1979): “Dame el otoño si apagué la llama urgente de un sueño atado al cinturón de la caricia, y la ansiedad cual penitencia, eternamente, si es que el deseo me robó la maravilla”.
“Hay días” (Abecedario, 1982): “Es día de pulirse los anteojos, de atarse la cordura al calzoncillo. […] Se pueden confundir caricia y náusea, cadalso y oficina, hierro y trigo, embuste y trasparencia, piedra y grama, verdugo y confesor, sollozo y río…”.
“La ansiedad” (De vuelta, 1987): “Yo siento la ansiedad del fruto que le nace al árbol casi moribundo. Yo tengo la ansiedad del cielo, poniendo la rabia para el aguacero.”
“Canción del miedo” (Estaciones de vidrio, 1988): “Por eso no tengo miedo a lo que traiga el día y, así, sostengo las rabias de mis mejores años; tenemos que refrescar la caballería, porque esta vez el combate parece largo.”
Mis dos discos favoritos: No lo van a impedir (o Aguas) y De vuelta. Mis diez canciones favoritas: “Hacerte venir”, “No lo van a impedir” (en la versión de Guadalupe Pineda y Caíto), “Dame el otoño”, “Para cuando me vaya” (en especial la versión de Nacha Guevara), “Amor difícil”, “Canción del miedo”, “Encuentros”, “Cuando miro tus ojos” (la versión de Sara González), “Opiniones” y “Tu nombre”. El subtítulo de esta columna corresponde a una línea de la canción “Opiniones”, de Amaury.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Fotografía: Nadia Cortés Vázquez
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo que Camilo no sabe es que cada mañana, cuando me sonríe, hace que en ese instante se entrecrucen mi niñez con la suya, y me sepa, al mismo tiempo, parte de los nudos humanos originarios que lo trajeron al mundo.
Lo que Camilo ignora es que una sonrisa suya le da sentido al sol que con su claridad llega a nuestros ojos, hace lógico que el árbol parezca danzar con la música incorpórea del viento y da certeza al día que apenas amanece y nos depara las horas múltiples que bifurcan en innumerables posibilidades nuestro destino común.
No sabe que sus ojos juguetones son más mágicos que la sonrisa tendida en la nada del gato de Cheshire, más que el casco de los nibelungos que puede volvernos invisibles, más que la luna con el poder de hacer soñar a los románticos y aullar a los perros, los lobos, los coyotes…
Lo que Camilo no sabe es que su lenguaje es muestra de una enorme síntesis, que supone una inteligencia privilegiada, y hace que tocarse la cabeza sea sinónimo de bañarse, abrir la mano signifique “mucho”, y abrir y cerrarla sea símbolo de una araña, una cucaracha o cualquier otro insecto.
Camilo mueve hacia arriba las cejas para significar complicidad, coquetería, juego, y dice “am” para pedir comida, llama “nena” a cualquier gata o gato y me busca si algo le parece amenazante, porque seguramente cree que yo soy capaz de enfrentar los monstruos más poderosos y salir indemne.
Lo que no sabe Camilo es que cuando se duerme en mis brazos se vuelve mi niño, es decir, yo mismo durmiendo conmigo; no sabe que dormirse junto a mí hace nacer la simbiosis, la anagnórisis y un montón de palabras raras que podrían cambiarse por la fotosíntesis: él es un sol y yo un árbol al que en su luz brotan nuevas hojas verdes.
Lo que Camilo no sabe es que me gustan sus silencios, porque sus ojos son más lenguaraces que una parvada de calandrias.
Lo que Camilo sí sabe, porque se lo digo y se lo demuestro de mil maneras, es que lo amo entrañablemente. ¡Feliz cumpleaños, mi amor!
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración Juventino Sánchez
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Luz
(Fragmento inédito de mi novela Tamma)
Héctor Cortés Mandujano
Mientras tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz
San Juan, XII, 36, citado por Tostói, en sus Aforismos
“Dar a luz” dicen cuando una mujer pare a un niño. “Alumbrar” le dicen al acto de permitir que algo nazca. ¿Toma la luz el recién nacido de la madre, lo recibe del mundo al que sale? La luz está en todas partes, todo es luz o todo puede serlo.
Parir es luz, nacer es luz, y los seres nacemos en el tiempo, que es “el oro de la vida”, y en el tiempo iluminado, del nacimiento a la “muerte”, recorremos nuestro existir: un día es el inicial y en el otro se termina, se supone, nuestra estancia en el mundo. Se apaga la luz.
Y el nacimiento y la muerte son los dos polos en la existencia del árbol, del animal, de la roca, del río… Pero hay otra existencia: lo que pensamos, lo que soñamos existe, se vuelve algo que cambia: la palabra “sol” se puede volver “soledad”, “soldado”, “solsticio”, y si sueño con un mar de ángeles, ese mar puede volverse una pintura, una canción, una novela: se ilumina.
Pensé en el rostro de una pantera blanca. Y ya vive. Y si planto la idea en otros seres, la pantera blanca existirá no sólo para mí.
Nada muere. No sé quién fue un antepasado mío. Si investigo y descubro que se llamaba Pedro o Marte su existencia comienza a iluminarse, a llenarse de luz: se enamoró de una muchacha morena y se casó con ella; cuando él murió, ya sus hijos eran hombres de bien: uno fue relojero, otro campesino, otro… Ese hombre desconocido no ha muerto, porque después de muchos encuentros entre gente desconocida (para mí) nacieron los que serían mis conocidos abuelos, mis amados padres y finalmente yo, de quien nacerán interminablemente varias palabras, muchas cosas nuevas, quizás hijos que luego se multiplicarán por muchos años en los que, si me recuerdan y aunque no, seguiré viva. Seré una de las luces que podrá buscar en su interior cualquiera de mis descendientes.
La vida es luz y los muertos son luz, porque no mueren: forman parte de nuevas vidas.
El pájaro que canta en la rama, fuera de la ventana de mi casa, es la más reciente nidada que viene desde hace años aquí, desde hace mucho tiempo, y en su canto está el canto de muchos otros que se supone están muertos; están vivos en esas plumas brillantes, en esa canción eterna que oyeron otros oídos antes que los míos y que forman parte de mí.
Nuestra vida transcurre en el tiempo y nadie es uno solo, sino la acumulación de distintas vidas que nos pueden dar luz, si queremos. Un hecho terrible puede poner oscuridad en nuestro corazón o luz, depende de lo que queramos. Lo que está dentro de mí puede ser amor u odio, depende de mí.
Mi madre me abandonó para seguir a Seft, lo que podría haber sido oscuridad para mí; pero eso me hizo llegar hasta el castillo negro, hizo que me convirtieran en ratona y eso me hizo ayudar a muchas mujeres. El abandono de mi madre no fue, entonces, oscuridad, sino luz. No fue abandono, sino oportunidad. No lloro por eso, me alegro…
Si aprendo que la luz que está en todo es también mía, me ilumino e ilumino más: el pájaro canta y soy parte de su canto al oírlo, el río queda en mí cuando me baño en él, el viento es mío, soy la noche, soy todos los hombres y todas las mujeres y todos los niños y soy una anciana y un recién nacido porque formo parte de la vida, soy la vida, y ésta se desarrolla hoy, en este día, en este instante, en este cuerpo que es una concentración de tiempos, luces, vidas. Soy del tiempo y nací en la luz: el tiempo es luz, soy luz, la luz.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
El rostro como un mapa
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano
Soy un gran vendedor porque sé interpretar los rostros de las personas. Sé, así, con quién cerraré un negocio y con quién no. Voy a la segura.
En el terreno personal, por muy hábiles que hayan sido las mujeres con quienes me he ligado, descubro sus intenciones. Por eso soy soltero. Es difícil engañarme. Para mí, el rostro de una persona es un mapa, un dibujo minucioso con todas las indicaciones: peligro, arenas movedizas, pantano, animales feroces, cuidado con el perro…
Digo esto porque muy recientemente tuve un desayuno de trabajo con, pongamos un nombre, Sergio. No somos amigos, pero él intenta convencerme y convencerse de que sí. Lo dejo hacer, pues me conviene.
Ya habíamos acordado el asunto de negocios que a mí me llevaba y estábamos errando en una conversación tópica. En cierto momento él levantó la mano para saludar a alguien que llegaba y éste fue a nuestra mesa. Se saludaron con un abrazo efusivo. Me lo presentó. Fernando, pongamos.
Se habían conocido de adolescentes, tenían muchos años de no verse y conversaron del pasado como de algo mágico. Los veía exultantes y esperé el momento oportuno para retirarme y dejarlos revivir su amistad a sus anchas. Antes de que lo hiciera, Sergio dijo que eran tan amigos que, incluso, tuvieron durante mucho tiempo la misma amante sin que ninguno de los dos se molestara. Noté un ligero pasmo en la cara de Fernando. “Ah, Claudia”, dijo Sergio, “cuánto placer le debemos”.
Vi mi reloj y aduje un compromiso, me despedí de ambos. Saludé en otra mesa a otro de mis clientes, me entretuve unos momentos. Decidí ir a los sanitarios antes de abandonar el restaurante.
No había bajado la palanca del depósito cuando escuché que alguien más entraba. Me pareció oír un quejido y después, ya con claridad, un llanto soterrado. Bajé la palanca y el hombre se metió en la cabina de al lado. Oí que respiraba con más tranquilidad y le escuché hablar por teléfono, con una voz en sordina y alterada por la rabia, el dolor. Reconocí a Fernando. Dijo lo que dijo con palabras gruesas que yo encubro porque me repugnan las vulgaridades.
—¿Claudia? Estoy con Sergio y él me dijo algo horrible, que va a cambiar para siempre nuestro matrimonio. ¿Por qué nunca me dijiste que fue tu amante todo el tiempo que fuimos novios?
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración Héctor Ventura
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
La llamaron en español Las pobres gentes (Editora Nacional, 1950, traducción de Alfonso Nadal). Es un error, que quizás no lo era cuando se publicó, agregarle una ese al sustantivo, pues la palabra gente es plural. Es la primera novela de Fedor Dostoiewski, publicada en 1846, en la revista rusa “Anales de la Patria”.
Tuvo una historia previa singular. Dostoiewski tenía un compañero de vivienda, Grigorovich, a quien –nos cuenta Nadal en la Noticia preliminar– leyó Fedor la novela de un tirón (p. 15) “sin descansar un momento”; después (p. 16), “Dostoieswski ha contado en su diario cómo (Grigorovich) le arrebató el manuscrito y se lo llevó inmediatamente a Nekrassov”, a quien se lo leyó, también, “en voz alta”. Nekrassov “dio a conocer el manuscrito a Bielinski” y éste lo hizo publicar. Lecturas en voz alta, de un tirón: maravillas que se han perdido.
[Yo, modestamente, leí también en voz alta y sin pausa, a mi mujer y mi hija, mi novela Aún corre sangre por las avenidas, cuando recién la terminé de escribir. Las dos me escucharon atentas. Un beso desde estas líneas para ambas.]
Las pobres gentes está escrita a base de cartas entre el pobre viejo Makar Dyevushkin y la joven huérfana Varvara Alexyevna, de quien está enamorado sin esperanzas (el tema lo usó Fedor con frecuencia. En La tímida (Editora Nacional, 1960), por ejemplo, otra de sus novelas breves, que recién leí, los personajes son muy parecidos. De hecho, el propio Dostoieswki, cuando ya era mayor, se casó con una jovencita). Los dos personajes son pobres en extremo (el título de esta columna la tomé de una de las exclamaciones de Makar), de allí que la decisión de Varvara sea dejar atrás al viejo enamorado y a la pobreza, aunque eso no le reporte necesariamente felicidad.
Fedor no entronizaba su labor. Hace decir a su personaje (p. 154): “La novela es una estupidez escrita estúpidamente, sólo para entretener gente ociosa. […] Shakespeare es también un necio que escribió una serie de necedades para hacer reír a la gente”.
Makar se sabe perdido cuando conoce a su rival en amores: es rico y, además, lo contrario que él (p. 229) “es un hombre guapo, guapo, muy guapo”; pero no entiende por qué una mujer puede aceptar a un hombre si no es por amor. Su pregunta a Varvara, sobre los lujos en el vestido, me hizo gracia (p. 242): “¿Para qué quieres golillas y perifollos?”.
Con esta novela bien tramada (las cartas se mezclan con textos de diarios y trascripciones de libros) nació a la fama pública un hombre que sería capaz de escribir y regalarnos varias obras maestras; aunque Dostoiewski, dice mi ejemplar, nació en Moscú, en 1821, y murió, con toda precisión, “en San Petersburgo el 28 de enero de 1881, a las 8:38 de la noche”, evidentemente, sigue vivo.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración Héctor Ventura
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).