Cajón de rubores. 10. Aquel argentino. Antonio Florido

Fisonomía 10 
Aquel argentino

Por Antonio Florido

       



                                 
Como un saco de papas sonó el golpe. Brutal en su esencia. Difícil de comprender, allá en lo del Dioni, junto al Lanchas, pegado a mi derecha, bebiendo una jarra de cerveza, empinado. El Lanchas paró en seco. Luego me miró a los ojos. Lucía un bigote rubio, cerdoso, y la frente despejada hasta lo admisible. 
         ―¿Has visto?
         Había encrespado sus labios.
         ―Claro. Estoy en el mundo. ¿Acaso?
         El saco de papas había reventado sobre la acera. Un hilo rojizo como de sierpe que escapa. Inundando. Se formó un charco informe alrededor de su cabeza. El resto… el resto, un cuerpo manso, quieto. Luego alguien añadió que había sido como si nada. Eso ni se nota, apuntaron desde el final de la barra. 
         ―Total, la vida.
         ―Sí. ―Añadí, sin pensar más que en mis cosas. 
         La ventana rozaba mi brazo en el calor del Paraná. Enero y ya los cuarenta. Notándose los sudores sin querer. Atrevidos. Hacia abajo, por los rostros. El Dioni subió el volumen de una canción para el olvido. Nunca aprendí los nombres de esos estribillos tan tontos, elásticos, sobre las bocas ahítas de remordimientos. Todas las tardes en el sofoco aumentado. Faltaba, sin embargo, el Denso. Le llamábamos así y él ni se inmutaba. Alcanzó la silla junto al Lanchas. Pidió una ronda. Él pagaba. Estaba hecho un bravo.
          ―El tío va de blanco. A quién se le ocurre. El color de la muerte.
Se envalentonó. Hoy era su tarde, sin duda. El Denso abrió sus labios y tragó como un cerdo. Yo nunca le caí bien. Él a mí menos. Pero así es esto. 
          ―La muerte no entiende de tonos―dije para enronquecer la amistad de esa tarde.
          Por el filo de la otra acera fue. A unos diez metros, creo. Yo había, además, notado el crujido de los huesos cuando se quebraron. Un piso, dos, tres, quizás. Una buena altura. Para no contarlo. El Lanchas nos vio apurados y con gesto resuelto pidió lo de siempre. Habían pasado unos minutos. La sangre desde el otro lado, desde nuestro lado, apenas huele. Diría casi nada. Sólo el color ahuyentando los malos sentires de los hombres del Paraná. 
          Bebimos a la salud del muerto. Reímos. Yo, por acompañar. Luego, una tristeza en mi rostro me empujó hacia el suelo. ¿Qué habría sucedido en la mente de ese desdichado? El Denso se retiró como diez centímetros de la mesa. Le faltaba el aire a sus ciento cincuenta kilos. La barbilla temblona ondulaba a cada trago. Fijé la vista en la otra acera. La de las tiendas, porque en ésta sólo hay antros sofocantes, calurosos hasta la rabia. Al menos el Dioni había colocado las aspas en el techo. Una deferencia. Y todos, o casi, íbamos por ese detalle. Que lo demás… pues eso. 
          Levanté como pude las piernas encharcadas. Un cuerpo hermoso, el de él. A mi lado. Arrugando con su piel el desierto nebuloso de la sábana. Aire quieto, aplastando los rostros. Ni las moscas se atrevían, las muy putas, a volar. Luego un beso de mis labios le despertó, allá en lo más profundo del sueño. Preparé dos mates. Cargados. Colados. Con una pizca. A Ernesto así le puede. Fui al baño. Todavía el sabor angustioso del güisqui en la garganta. Escupí medio estómago.  
         ―Bien la tomaste, hermano.
         Tuvo la costumbre. Desde entonces, de llamarme hermano. Como si nada. Me dejé llevar. Le quería así. Sin desmerecer. Bebía el mate concentrado. A pequeños sorbos. Rumiando los antiguos amores. Recorrí su cuerpo con la boca humedecida. Así le desperté. Cada día de manera distinta. Flores del Paraná. ¡Al carajo!
         ―¿Vos me querés?
         La pregunta me llegó hondo. 
         ―¿Todavía lo dudas?
         Dije con otra pregunta.
         ―¿Sí, hasta cuándo?
         A lo del Dioni nunca quiso. Por ellos. La gente. Que habla. Todos se fijan en todos. Somos tan pocos en estas tierras ardientes. 
         Seguí observando a través de las manchas. En la otra acera sobre el suelo. Algunos pararon, luego siguieron su andar. No pasaba nada. Total.
         ―¡Será desgraciado, el cerdo! ―dijo el cerdo del Denso.
         ―Eso nadie sabe. Le toca a quien le toca. No más ―añadió el Lanchas.
         ―Estás en lo cierto ―añadí bebiendo al compás del Lanchas.
         Ya iban tres rondas. Tocaba de nuevo la rueda. Esta vez fui el adelantado. El Dioni me hizo un gesto con la cabeza. Entendía el hombre. Las jarras dolían los huesos, de frías. Pero había que tomarlas al instante. El dichoso enero, con sus humedades. Con sus calores de fuerza. Nadie por la calle. Salvo algún chiquillo parado y mirando el horror. Aún en mi cabeza el crujido del hueso. Había papas destrozadas. El charco prendió hasta el traje, sobre los hombros de un blanco brilloso.
          Ya era tarde. Pero los domingos no hacemos nada. Pasamos las horas muertas muertos sobre las sábanas. Amándonos. Abandonados al otro. Miradas sobre los ojos acuosos del amigo que encontré en Rosario. Junto al río. Cosimos las almas. Desde entonces todo ocurrió. Hasta que un día dudó. Y a partir de entonces siempre lo mismo. La eterna pregunta. ¿Sí, hasta cuándo? Le respondí con la pasión propia de un hombre. No me cansaba el hacerlo. Pero un día, atravesado, le dije que ya estaba bien. Fue cuando se fue a lo del Chinche. La trajo a casa él solo. Me engañaron sus brazos. La subió y dijo. Haré una casa. Te dejo. Reí por lo absurdo. 
         Al día siguiente puso los papeles sobre la mesa. Todo arreglado, por lo justo, es decir, por lo legal. Así hacemos las cosas los porteños, ya sabes, dijo. Luego la gente comenzó con la chanza. Subió lentamente las filas. Despacio. Al terminar con una paraba, limpiaba la frente, bebía, subía la cabeza por unos pájaros que cantaban. Después continuaba. 
         ―Eres raro, porteño.
         ―Dime, responde.
         Quería la certeza en la frente. Lo que no puede existir. La vida, quién sabe. Ernesto no comprendió mi mudez, acaso la locura de mis arrebatos. La pared subió. Colocó detrás unos soportes, por la ley. Comenzó el segundo piso. Dejando en medio el hueco extraño. La gente apenas paraba. El calor. Mediados de enero. Treinta y cinco. No son pocos. Los animales seguían escondidos a las sombras de las piedras.
        ―Es el loco de la ventana. Vino desde la ribera. Hace tiempo. Vive solo. Es raro, el tío. 
        ―Era ―corrigió el Lanchas. Y brindamos por eso. Yo, por acompañar.
De vez en cuando la observaba. Sentado bajo el cielo engañoso. Abanicándome. Allí la dejó, apoyada en una esquina, casi en derecho. También de blanco. Son más baratas. Pero la hechura no cambia.

―Estás loco, cariño ―dije atrayéndole cerca. Respiré el sudor de sus brazos. Sabía que eso lo volvía. Nos derrumbamos sobre la cama. A lo bestia. Como dos gatos luchando. 
         El pueblo miraba a lo alto. Trabajaba con el traje blanco. El de los días de guardar. Ya se sabe. Yo mismo se lo planchaba. Filaba y filaba las piedras. Paralelas, dejando un respiro entre ellas, por las dilataciones del Paraná. El hueco casi cerrado. Una viga de tabla le era bastante. Poco peso en lo alto. No más. La obra acabaría bien pronto. Los puntales se miraban entre ellos, como diciendo. 
          En lo del Dioni sonaba un tango lacrimoso. Brindamos también por eso. Yo, por acompañar. Las copas agrandaban los ojos. La acera surgió roja, bajando el color hasta el desagüe. Llovía el calor de lo alto. Gotas calientes. Necesarias. El traje se le había vuelto un asco. La cabeza doblada en un giro imposible. Miré al suelo. Tragué la poca saliva acervezada. Lloré hacia adentro.
          ―¿Vamos por otra? ―Apuntó el Denso. Seguía bravo el hombre desmesurado. 
          ―¡¿Por mí…?! ―Roncó el Lanchas, con la voz tomada. 
          ―Yo ya llegué―dije. 
          Pasó el chaval con las dos jarras prendidas, enganchadas en la curva de sus dedos. Bebieron. Brindaron por nada. Por estar vivos, acaso. Yo, por acompañar, alcé el codo. Rieron. Hizo gracia el gesto.
         El último día levantó la ventana. La colocó entre sus dedos. A pulso. Escaleras abajo. Por la acera la gente se paraba. Miraba. Reían. Hasta doblar las cinturas y enderezar sus destinos. Subió la ventana con una soga engruda. Rasposa. Eso fue lo que me dijo alguien. Que jamás me ocupé de averiguarlo. La colocó y esperó toda la noche y todo un día allá en lo alto. Quería asegurarse. Protegerla. 
         Sonó el grito sordo de un saco de papas reventado sobre el suelo. Nadie lo quiso. Todos pensaron en la vida dichosa. En el Paraná que te aoja sin remedio.   
 	Vino, dicen, desde Rosario ―mintió estúpidamente el Denso.
        ―Sí, de Rosario ―sumó el Lanchas.
        Brindaron por eso. Esta vez yo también lo hice. Por acompañar. La última. 
        De nuevo otro domingo con las ventanas apagadas. El desierto de entonces era más desierto esta mañana. Los pantalones, la camisa, la chaqueta. Un mundo blanco de plancha para nada. La vida en el Paraná es toda. No permite que nadie cambie su rumbo. Ernesto fue conducido al tanatorio. Sobre la piedra desnuda, desnudo.
        Brindo por eso. Por él.
        Sin tener que acompañar, claro.

 



Rosario, Santa Fe, Argentina (2015?). Daniel Arteta (Maldonado-Uruguay, 1967).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 104. Doce libros. Héctor Cortés Mandujano

Doce libros

Héctor Cortés Mandujano

Desde hace muchos años llevo una bitácora de lectura (antes lo hacía en libretas, ahora en la compu) y desde hace menos ideé una fórmula que me permite abrir mis expectativas de lector a todos los géneros, a todos los temas; así, tengo una serie de listas renovables de diez libros para cada género o tema (cine, novela, autores indígenas, clásicos, ciencia, biografía, cuento, Chiapas, poesía, etcétera) de donde quito el leído y agrego el que leeré. En este 2021 leí 214 libros y de ellos escogí, también más o menos variados, los que comparto contigo lector, lectora, como interesantes, significativos, recomendables… Algunos ya los comenté en esta o en la otra columna (Casa de citas) o los comentaré o no. Aquí los reúno como los recomendados del año pasado, aunque, evidentemente, muchos muy buenos quedaron para mejor ocasión. El orden es porque revisé de enero (Sándor Márai) a diciembre (Heberto Morales, lo leí en noviembre, pero no quise meter más de doce).
         El último encuentro (Ediciones Salamandra, 1999, traducida por Judith Xantus Szarvas), de Sándor Márai (húngaro, 1900-1989) es una novela breve que reflexiona sobre el amor, la amistad, la vida. Henrik y Krisztina son casados y Konrád, el mejor amigo de Henrik, se vuelve amante de Kristina. Los dos amigos, casi hermanos, dejan de verse por 41 años y se reúnen cuando cumplen los 73. Son dos viejos militares. La novela es casi un largo monólogo de Henrik y es una buena entrada, si no se le ha leído, a la novelística de este gran autor, del que he disfrutado ya varios títulos.
          Volando solo (Alfaguara, 1988), de Roald Dahl (británico, 1916-1990) es un libro biográfico sobre la vida de Roal en Tanzania y sobre su labor como piloto de guerra. El libro reúne anécdotas divertidas, terribles (con serpientes y leones) y escalofriantes, cuando tiene que derribar aviones enemigos o ser derribado por ellos. Roald es un célebre autor de libros infantiles y hace de este libro sobre su vida una narración hipnótica. 
          Carol (Anagrama, 1991, traducción de Isabel Núñez y José Aguirre), de Patricia Highsmith (estadounidense, 1921-1995). La Highsmith es la gran autora de novelas policiacas. Carol es su debut literario y parte de una anécdota personal para contarnos el amor lésbico entre una mujer madura y elegante, y una joven dependienta. La característica especial, además, es que este amor, generalmente retratado por otros y otras con final trágico, aquí resuma felicidad.
          Ka (Anagrama, 1996), de Roberto Calasso (italiano, 1941-2021), es la recreación literaria de sagrados textos védicos. Prajāpati, el padre de todo, tenía dentro de sí una mujer. Pronunciaron tres palabras, “en el vértigo amoroso: a, ka, ho. A fue la tierra, ka el espacio intermedio, ho el cielo”. Calasso es de los autores a quienes leo con asombro, para tratar de entender cómo cuentan, para acercarme a la lucidez, a la inteligencia que no necesita redobles. Es uno de mis maestros y en Ka hay grandes posibilidades de aprendizaje.
          Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (2005, lo leí en uno de mis lectores electrónicos), de George Steiner (inglés, 1929-2020), otro de mis maestros. La erudición y la enorme inteligencia de este hombre da solvencia a sus libros para que sean referencia obligada en cada tema que toca. Un apunte breve: la razón número tres plantea que “nadie ni nada puede, de manera verificable, penetrar mis pensamientos. […] Ningún otro ser humano puede pensar mis pensamientos por mí. […] Ningún hombre ni mujer puede ‘morir en mi lugar’ en ningún sentido literal. Nadie que no sea yo puede asumir mi muerte”.
           Declive (Universidad Veracruzana, 1985), de Sergio Galindo (veracruzano, 1923-1993) es una novela hermanada temáticamente con La obediencia nocturna, de Juan Vicente Melo, y Delirium Tremens, de Ignacio Solares. Trata sobre cómo nace el alcoholismo en un adolescente de buena posición social y cómo ese vicio puede destruir por completo su vida. Está escrita con la aceitada maquinaria narrativa de Galindo que, según su biografía, también tuvo problemas con el alcohol; es decir, sabe de lo que habla.
          Todo cambió. Spisil k’atbuj (Ediciones El Animal, 2006), de Josías López Gómez (Cholol, Oxchuc, Chiapas, 1959), es un libro de siete cuentos bilingües –tseltal-español– bien escritos, bien tramados, con muchas y directas alusiones sexuales. Los cuentos de Josías no se consumen con la anécdota: hay en ellos profundidad, conocimiento, capacidad de trascendencia. Algo de él había leído antes, pero este libro me parece un volumen absolutamente recomendable, capaz de sostenerse por sí mismo, con la poderosa fuerza imaginativa y la pulida escritura del autor.
          El valle de Issa, de Czeslaw Milosz (polaco). Sólo había leído poesía de Czeslaw Milosz y ahora, en uno de mis lectores electrónicos, leo El valle de Issa (1981, traducción de Ana Rodón Klemensiewich), la vida de Tomás en ese valle de Lituania, donde curiosamente nació Milosz en 1911; ganó el Premio Nobel de Literatura en 1980 y murió en 2004. Dice en una de sus brillantes páginas: “Nadie vive solo: cada uno habla con los que ya han pasado, cuyas vidas se encarnan en él, sube los peldaños y, siguiendo su huella, visita los rincones del edificio de la historia”.
          Silvia y Bruno, de Lewis Carroll (británico, 1832-1838). Es uno de los libros menos conocidos del celebérrimo autor de Alicia en el país de las maravillas, cuyo nombre real era Charles Lutwidje Dodgson. Esta novela, que se publicó en dos entregas (1889 y 1893), no tuvo mucho éxito, entre otras cosas porque no es tan fácil de leer (su estructura es compleja), no necesariamente es para niños, tal vez ni para adultos. Necesita un público especial, pues los protagonistas son hermanos, son niños y son seres feéricos al mismo tiempo; la historia está ocurriendo y ya ocurrió, y al mismo tiempo alguien se la está imaginando. Los dos volúmenes valen muchísimo la pena.
          El libro de los seres alados (451 Editores, 2008), de Daniel Samoilovich (argentino, 1949). Disfruté mucho viendo y leyendo esta lujosa edición. Samoilovich seleccionó y escribió los textos, y escogió, junto con Eduardo Stupía, las imágenes de maravilla que acompañan a este gran volumen. Los textos pertenecen a clásicos y contemporáneos que han hablado de seres con alas, reales y ficticios, de la a a la z. La selección es magnífica. Samoilovich, en muchas páginas, resume dos o tres libros en párrafos escritos con sapiencia. Las ilustraciones parecen dictadas por la pertinencia y la belleza. El libro me encantó de tomo a lomo.
          S/Z (Siglo XXI, 1980), de Roland Barthes (francés, 1915-1980), es resultado de un seminario que dio durante dos años (1968-1969), que analiza lexía por lexía (unidad de lectura, unidad léxica, palabras, párrafos) el cuento Sarrasine, de Balzac. Tal vez el libro no sea para quienes leen sólo para entretenerse (qué maravilla) o para quienes escriben sólo porque aprendieron las primeras letras en la escuela. Es para lectores que gustan de analizar los entramados de una historia, para escritores que busquen algo más que contarla. S/Z analiza desde la crítica (psicológica, psicoanalítica, temática, histórica, estructural), pormenorizadamente cada palabra del cuento, que también está incluido en el volumen. A mí me pareció apasionante.
          Cántaros (Unach, 2006), de Heberto Morales (Venustiano Carranza, Chiapas, 1933). Esta es, me parece, de las cinco que he leído, la mejor de las novelas de Heberto Morales. También es policiaca, como la anterior (Sangre en la niebla), pero hay aquí una trama que enlaza la religión, el narcotráfico, la violencia, el asesinato y el intríngulis entre la justicia y la política, entre lo que debe hacerse y lo que se hace en materia de justicia en Chiapas. La novela tiene tensión, retratos bien resueltos de la compleja realidad y de los personajes tridimensionales, es incluso divertida en algunos momentos, y nos deja ver a un autor en plena posesión de sus facultades narrativas. No es frívola, sino al contrario, analítica sin exagerar; si fuera un platillo diría que tiene el punto exacto de ingredientes y de cocción. No tengo ningún reparo que poner, salvo que tendría que ser más difundida, más leída.  

***

[Tuvimos muchos regalos forestales en este año: mi cuñado Lino nos regaló varios arbustos de yuca; mi sobrino Mauricio, árboles de limón, ya logrados, y de coco; mi amigo Juventino Tito Sánchez, un árbol de algodón. Todos ya forman parte de mi territorio cercano. Mil gracias.]


 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 103. Creer en sí mismo. María Gabriela López Suárez

Creer en sí mismo

Por María Gabriela López Suárez


Judith había crecido con algunas inseguridades, cada que tenía algún proyecto en mente lo pensaba mucho, trataba de cuidar hasta los detalles más mínimos para que todo saliera bien. Como suele suceder en la vida, en algunos proyectos le iba muy bien y otros simplemente no resultaban. Gerardo y Esther, su hermano y hermana mayor, solían animarla cuando esto último pasaba, eso le daba un poco de aliento.

Era decoradora de interiores. Dentro de sus habilidades más destacadas estaba la de realizar dibujos de rostros, era muy buena retratando a lápiz. Esto lo tomaba como pasatiempo. En su familia le habían sugerido que también podría ser una actividad laboral extra, los retratos le quedaban muy bien. Aunque se sentía segura haciendo esta actividad le gustaba más hacerlo por placer que como algo laboral.

En el cumpleaños de su abuelito Mateo decidió regalarle algo que ella hiciera, le había surgido el interés de crear algo. Lo más sencillo habría sido obsequiarle un retrato, ya tenía bocetos sobre él. Sin embargo, quiso ponerse un reto más grande, después de darle vueltas y vueltas al tema, decidió cocinar uno de los platillos favoritos de don Mateo, pollo en estofado. Su experiencia en la cocina no era buena, ella lo sabía muy bien. Quizá por eso se había propuesto intentarlo.  Le daría la sorpresa.

El día del cumpleaños se fue tempranito al mercado a comprar todos los ingredientes. Al final fue a la pollería, la señora del puesto, doña Josefita, era muy amable y como parte del servicio solía obsequiar a su clientela ramitas de hierbabuena, cebollín y chile habanero. Ese día no le habían llevado la hierbabuena, así que dejó unos instantes a Judith mientras iba por las hierbas. Judith se quedó observando los pollos en venta, recordó la destreza de doña Josefita al cortarlos. Echó un vistazo rápido a los puestos aledaños con venta de pollo y vísceras de res. La mayoría de quienes vendían eran mujeres, entre jóvenes y mayores, era un trabajo pesado pensó, recordando lo que alguna ocasión doña Josefita le había comentado. 

—¡Aquí está tu hierbabuena mami! Disculpa la tardanza —. Dijo doña Josefita.

—No tardó casi nada. Muchas gracias —. Comentó Judith sonriendo, a quien le había tomado por sorpresa la llegada de la señora.

Judith regresó a su casa y comenzó a preparar el platillo, no sin antes recordar la receta que le había contado más de una vez su abuelita Carmina. Lavó el pollo, desinfectó las verduras y las cortó. Cuando procedía a colocar las piezas de pollo y las verduras dentro de la olla, que era parte del secreto de la receta familiar, algo le comenzó a hacer ruido en la mente, ¿y si no le salía bien? ¿Qué tal se pasaba de sal o de cocción? De inmediato pareció escuchar las voces de Esther y Gerardo, hay que creer en sí mismo. Las sintió como un bálsamo que le devolvió el entusiasmo para continuar su tarea. Fue agregando las pasas, las aceitunas y las hierbas de olor, así como tanteando la sal, ni mucha ni poquita. Prendió la hornilla de la estufa a fuego medio, al tiempo que ella repetía en su interior, creer en sí mismo, creer en sí mismo. Cerró los ojos y visualizó a su abuelito Mateo degustando el platillo.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 103. Doce canciones. Héctor Cortés Mandujano

Doce canciones

Héctor Cortés Mandujano

Spotify (el servicio que pago para oír música sin interrupciones) hace en automático, con su algoritmo frío, que se supone exacto, una lista de cuáles son las cien canciones que más escuché en el año. De estas tomaré las primeras doce, en el orden en que Spotify dice, de la más a la menos escuchada, para compartirlas contigo lector, lectora; tal vez quieras oír alguna…
          Tu sonrisa, de Silvestre Vázquez, es interpretada por la Banda Filarmónica del CECAM, en el álbum Xëëw (2013; Xëëw significa Fiesta, en idioma mixe), volumen uno. “El CECAM se ubica en la comunidad de Santa María Tlahuitoltepec, en la Sierra Mixe de Oaxaca, donde la música tradicional de bandas filarmónicas es entendida como una identidad histórica y de vida”. La pieza suena absolutamente a pueblo durante casi diez minutos (9:59) y es festiva, alegre, optimista. Así la oigo.
          Qué suerte he tenido de nacer, del argentino Alberto Cortez, del álbum Soy un charlatán de feria (1976). En 2021 decidí hacer un play de canciones que hablaran de la alegría, de la felicidad. No fue fácil, porque la mayoría relaciona lo feliz con que alguien esté a su lado. El amor como sinónimo único del placer o del dolor. Yo quería que las canciones seleccionadas hablaran de ser felices por nosotros mismos. Que ser feliz se planteara como una decisión personal, interna, íntima, que es como yo lo entiendo. Esta, que la oigo desde mi adolescencia, fue de las obvias elegidas: “Qué suerte he tenido de nacer, para estrechar la mano de un amigo y poder asistir, como testigo, al milagro de cada amanecer. […] Qué suerte he tenido de nacer, para tener acceso a la fortuna de ser río en lugar de ser laguna, de ser lluvia en lugar de ver llover”.
          El albertío, de la chilena Violeta Parra (del álbum Las últimas composiciones, 1966) es también de las canciones que oigo desde hace muchísimo. Hablaré de ella en un Polvo del camino posterior. Me cito: “El albertío es un título irónico y se refiere, he pensado desde que la oí, a ser ‘advertido’, pues advertir es un verbo transitivo que implica que una persona puede ‘observarse o percibirse’, es decir, darse cuenta de quién es. Dice Violeta: ‘Vale más en este mundo ser limpio de sentimientos, mucho van de ropa blanca y Dios me libre por dentro. […] Yo te di mi corazón: devuélvemelo enseguida, a tiempo me he dado cuenta que vos no lo merecías. [...] Para llamarse Alberto, hay que ser bien albertío’ ”.
         Ay, mi vidita, del cubano Pedro Luis Ferrer (del álbum Rústico, a dúo con Lena, 2005)  fue una canción con la que me tropecé. Pedro Luis (1952) es guitarrista, cantante y compositor. Ha compuesto una variedad de temas, desde música clásica hasta guarachas. “Ay, mi vidita” es una canción sabrosa, para bailar, pero hay que parar la oreja con la letra: “Nadie te dirá cuál es la flor que debes descifrar, ni la hora exacta de intentar una ilusión. No hay que suponer cuál es la cruz que un día llevarás. Preferible andar a ciegas, con el riesgo de sentir no más”.
          La felicidad ganó el Festival nacional y el internacional OTI en 1975. Es de mi play optimista. La compuso el mexicano Felipe Gil (hoy Felicia Garza) y la cantó como nadie Gualberto Castro. Dice cosas profundas: “¿Quién hizo los muros y no construyó los puentes? Me sobran palabras que nadie comprende. […] ¿Quién tiene más miedo: el niño que teme la noche o el hombre ignorante que teme a su suerte?”.
         Aleluya del silencio fue compuesta por la compositora española María Ostiz (1944) y la canta Raphael (en su álbum homónimo de 1969). Tiene cierta implicación religiosa, que a mí no me molesta, porque busca lo gregario, lo universal. Me encanta su ritmo, su melodía. Dice: “Todo corre deprisa, sin ver nada despide color, nuestras manos sólo piden amor, nuestras voces gritarán, unidas siempre cantarán: aleluya”.
         Triste, de Antonio Carlos Jobim (cantada por él y por Elis Regina, en el álbum Elis & Tom, 1974), es la única canción de mi lista de 12 que está cantada en otro idioma. Es de las clásicas brasileñas. En el traductor de mi compu dice en español: “Triste es vivir en soledad (Triste é viver na solidão), en el cruel dolor de una pasión (na dor cruel de uma paixão). Triste es saber que nadie puede vivir de ilusiones (Triste é saber que ninguém pode viver de ilusão), que nunca será, nunca será (que nunca vai ser, que nunca vai dar)”.
          El marido de la peluquera, del español Pedro Guerra (de su álbum Golosinas, 1995), es una canción dramática, triste: el niño que se enamora de Matilde y logra su sueño de casarse con ella. Matilde se suicida y él la recuerda incesantemente. Pedro es un letrista infalible. Dice: “Cariño y ternura, colonias y besos, te tengo, me tienes, quisiera morirme agarrado a tus pechos. El amor es tan grande, tan sincero y sentido, que un día de lluvia, Matilde acabó por tirarse en el río”.
         Tres estaciones, del cubano Noel Nicola (de su álbum Comienzo el día, 1977), es de mis favoritas de siempre. Noel es de mis imprescindibles. Dijo en alguna ocasión que en Cuba no hay más que tres estaciones, no existe el otoño. Abre con la primera estación: “Hay un tiempo de lluvias por caer, son unos días verdes como amar. Y hay unas ganas grandes de sembrar, y más ganas aún de florecer. ¡Ah, compañera, qué primavera te espera!”.
         Tonada de luna llena, del venezolano Simón Díaz (de su álbum Tonadas, 1973), es una canción sencilla, con una tonalidad muy linda, que ha dado pie a grandes interpretaciones, incluida la de su autor. Este compositor y cantante es también el creador de la súper célebre “Caballo viejo”. Dice en su “Tonada”: “Yo vide una garza mora, dándole combate a un río: así es cómo se enamora tu corazón con el mío”.
          La flor de la canela, de la peruana Chabuca Granda (fue grabada por primera vez en 1953), es una pieza magistral, que me encanta. Chabuca era una maestra. “La flor…” es una canción feliz en su acepción más simple y más profunda: sentir alegría al ver a una mujer que camina, qué maravilla: “Del puente a la alameda, menudo pie la lleva por la vereda que se estremece al ritmo de su cadera. Recogía la risa de la brisa del río y al viento la lanzaba del puente a la alameda”.
         Y sin embargo, te quiero, compuesta por Antonio Quintero, Rafael de León y Manuel Quiroga, es una copla andaluza de 1952. La prefiero en la interpretación de la voz poderosa y llena de matices de Rocío Jurado. La canción es de la prehistoria emocional (hazme lo que quieras, te perdono) y es el retrato de un amor desesperado de una mujer por un hombre. Ella le ha dado todo, lo ama con pasión, tiene un hijo de él y él ni la visita, porque tiene otras mujeres. Pero lo quiere y le es fiel. De tan dramática, llega a ser divertida: “Que se me paren los pulsos si te dejo de querer. Que las campanas me doblen si te falto alguna vez. Eres mi vida y mi muerte, te lo juro, compañero. No debería quererte, no debía de quererte, y sin embargo te quiero”.

***

Mi amiga Rocío Molina me regaló dos plantitas con muy lindas maceteras. Ésta me encantó porque, me dijo, es mi retrato leyendo.


 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 9. ¡Conquisté París! Antonio Florido

Fisonomía 9 
¡Conquisté París!

Por Antonio Florido

       



                                    I

Aunque han pasado ya muchos años desde aquello, justamente en la noche del 14 de abril de 19…, a Pierre no se le va del pensamiento la cita. Fue hace ya seis semanas desde que la carta enamorada y olorosa de Pierre se hundió en el abismo oscuro y rajado de la oficina de correos. Desde ese día, pensando, analizando, pergeñando en sus maneras el destino inopinado que a todo hombre se le aparece una vez en la vida. La vio sentada con la chaquetita blanca y apuntada cubriéndole unos hombros caídos. Los brazos, en un constante temblor, por las voces de los coros que en esos últimos instantes de la obra clamaban al techo del auditorio como si pretendiesen romperlo en pedazos. Junto a ella, a no más de un metro, un matrimonio desconocido contemplaba embelesado la obra en la que los actores, con sus movimientos simétricos y cadenciosos, se afanaban en crear una colosal maravilla de hermosa consistencia. Los esposos mantenían sus manos unidas, con los dedos de ambos alternados, cruzando del uno al otro un amor tal vez estudiado para la ocasión, traído desde fuera, porque la verdadera pasión de sus almas había muerto bien antes, mucho antes, cuando aquello. Un palco en delantera, bien situado, sin necesidad de los gemelos glamur Eschenbach de la época, por la distancia y por la ilusión con que los espectadores gozaban de las escenas.
         Pierre recordaba ensimismado echado sobre un diván algodonoso, de un rosa fuerte, a dos cuerpos y con la espalda subida para que el acomodo fuese lo más confortable. Hizo memoria y se arrepintió por la medida de su precio, pero ahora llegaba el momento y una llamarada de orgullo surgió en el rostro del hombre que ya imaginaba la nueva y quizás única escena con ella sentada a su lado, arrimados ambos, sintiendo el calor y la tibieza de esa carne blanca y trémula, de ella. 

Abrió los ojos el dandi, lentamente. Por las altas ventanas cruzaban algunos tímidos rayos del nuevo día. ¿Anoche? ¿Qué hizo anoche? ¿Qué atolondrada tontera hubo cometido? No se acordaba de nada. A Pierre le punzaba la cabeza en los lados, como dos agujas que se le clavasen en la piel hasta el fondo. La dichosa resaca. Pero ahora el calendario coincidía con la elegante escritura de la mujer. El día llegó. 
         ¡Oh Violette! ¡Violette!
         Recordó presuroso la circunstancia, oculto tras el grueso telón que separaba la luz del pasillo de la pequeña intimidad del retiro. La joven allí, sentada, de espaldas, absorta en la ocurrencia de unos actores concentrados en lo suyo, pero allí seguía la mujer, ajena a su mirada, mirada que intentaba traspasar ese misterioso tejido que ante sus pensamientos se desnudaba sin pudor. De vez en cuando movía la dama la cabeza a un lado y a otro, con el cabello subido en un recogido que dejaba adivinar en la penumbra un delicioso cuello de cisne. En una de esas ocasiones, como si nada ni nadie lo hubiese pretendido, sus ojos chocaron en el aire. El amor, que nacía allí, con él de pie, escondido, tantas veces, tantos dramas oyendo el roce de su vestido mientras ella le ignoraba. Pero esa noche fue la ocasión y clavó, pues, sus ojos en los ojos de ella, y así la prendió, como se toma con delicadeza una rosa recién cortada. Lo demás ocurrió de seguido. Esperó inquieto un par de días, preguntando a unos conocidos, a unos amigos de un amigo de otro amigo, hasta que al fin la obtuvo. La dirección exacta escrita en un papelito rosa y con olor a jazmín. “Desearía, estimada y oculta dama, desearía…”, le imploraba una cita, un encuentro que no fuese casual, en su propia casa, tal vez a la hora vespertina de la merienda, o mejor, o mejor, ¡sí!, un poquito más tarde, cuando la hora de las brujas comienza y los chiquillos y el mundo entero se retira hacia sus casas, abandonando unas calles que brillan bajo la fosforescencia verdeazulada de las farolas.
         Esa misma mañana llegó. En otro papelito muy bien doblado, de la mano de un chiquillo andrajoso y famélico, jadeante, que respiraba con ahogo por la carrera desde el otro confín de la enorme ciudad. La leyó con el corazón en la boca, más rápido sus ojos que su mismo entendimiento, una lectura visual, fotográfica, impulsiva. Hasta que al final de esta, con letra menuda, levemente inclinada a la derecha, con un brío resolutivo, muestra de la alcurnia y de la altivez de la damita surgió el . 

                                     II

Apenas las ocho y media de la mañana. El día claro. Un poco de viento movía los frondosos laureles que desde la ventana podían divisarse. Disponía de poco tiempo. Habían quedado a las nueve de la tarde. La presentación, los preliminares, las bobadas de los primeros minutos mientras a él se le escaparían los pensamientos por los labios, todo su ser pendiente de ella, y ella, ella… dulce hembra de encaje, de belleza sublime, embriagadora desnudez de la inocencia que sin duda se le mostraría con excesivo descaro. O quizás la mujer, la pequeña damita, miraría tímida al suelo, sin saber escoger las palabras precisas, los sonidos y los dejes adecuados. Nadie sabía. Ni acaso el mismo Pierre, en su inteligencia acusada, podía por ahora adivinar el futuro.
          ¡La decoración! ¡El salón impoluto! ¡Los detalles! Pierre comenzó una danza irrefrenable que en su cabeza estallaba intentando crear en el salón una pieza digna de ella, sumida en una calma sin par, de una elegancia extrema. Se sentó mareado. Colocó la cabeza entre las manos, y los codos sobre las rodillas. Pensaba. Debía planificarlo todo. ¡Todo! Era la ocasión definitiva. Quizás la primera y última oportunidad de su vida. Antes de nada, después de unos minutos de sosiego, pensó en el propio mobiliario, en las paredes, en la mesa, en la cristalería, los mismos cuadros colgados en las verticales, que se inclinarían al paso de Violette, rindiéndole el debido respeto. La luz, la luz era un elemento esencial, un imaginario que impregnaría los rostros de ambos, durante la cena, tras ella, en los postres, en la paz que sigue como antesala de una somnolencia nocturna. 
         Observó detenidamente la sala. El apartamento, muy bonito y acogedor, con un leve tenor estendhaliano, se encontraba cerca de la rue de Lisbonne, un lugar apropiado, en nada desmerecido, en el centro justo del barrio adonde los dandis como él habían huido. Lejos, muy lejos, apartados de esa gran mediocridad del París de la época, una ciudad que respiraba el fragor mentiroso de una paz que se desvanecería lenta, perezosa, pausadamente. La habitación casi desnuda era relativamente grande, con las paredes tapizadas con lienzos de Jouy, en rosa y blanco. En una de ellas unos cuadros que había adquirido para la ocasión, aunque hemos de confesar que sin ninguna perspectiva demasiado certera. Copias baratas de un Picasso, de un Derain, de un Segonzac… Lienzos que estallaban en Pierre la inmensa laguna, inutilidad y pobreza de un espíritu pasajero y antojadizo, creando en su alma una violenta angustia.
         El dandi observaba alrededor, girando el cuerpo como las agujas, en perfecta armonía con los estertores de la mañana, que ya avanzaban la luz a través de las ventanas, desplazada por el mismo suelo de parqué del salón, brillando en sutiles figuras formadas tal vez en su pura imaginación. Sin embargo, no debemos reprochar nada. El hombre, sumido en una enorme tristeza, se agarraba a la ilusión de esa primera cita, tantos años esperada, imaginada y diluida tímidamente en su cabeza, en sus sueños, en su espesa voluntad de parisino a la moda, de salón en salón, hablando, coqueteando a veces, esculpiendo su apariencia frívola en el vacío del aire, entre las mismas risas de las damas que se agarraban al cuello de sus vestidos, con las muselinas entre los dedos, jugando a cruzar las miradas atrevidas, retando una dama a la damisela de al lado, en busca del máximo trofeo… Pero Pierre no constituyó nunca para ellas ningún trofeo, solamente unas delicadas sutilezas, unos detalles galantes, un mañana tal vez, o quizás la semana próxima, cuando mi madre de nuevo abra las puertas de nuestros salones. 
        Lo más importante, empero, era la cena…
        ¡La cena!
        Y pensó en un estilo afrutado en sus labios, a lo Auguste Escoffier, maestro de mil recetas apetitosas, al modo de la grande cuisine de la época. Empezar por unos canapés variados (incluidos los famosísimos bomboncitos almirante, con mantequilla y langostinos) seguidos de unas sabrosas ostras gratinadas al champán. Como entrante estaba bien. Luego, seguidamente, tras una pequeña pausa en la que de seguro su mirada reposaría en la fina piel de la dama, un consomé Olga, con oporto y vieiras. Llegados a este punto los dos, en la más absoluta intimidad, estarían conversando posiblemente sobre el tiempo, que por estos días se mostraba un poco tonto y caprichoso. Como tercero había soñado en una pequeña ración de patito asado con salsa de manzana, el plato fuerte que necesitaría irremediablemente el sabor de una copita de ponche romaine, hecho con naranja, limón, ron y merengue. Unas palabras encadenadas a las miradas de amor entre ambos, abrochando las voluntades a la luz de las velas de nácar, en ese ambiente glamoroso, rodeados de las miradas de los pintores que aún pendían sus imágenes sobre ellos. Tal vez en ese momento fuese mejor acercar los dedos largos y huesudos de él a las manos blancas y ligeramente rosadas de ella. Un acercamiento disimulado, como quien no lo ha querido. 
         Si eso ocurriera… si esa dulce cercanía le fuese permitida… 
         Los melocotones en gelatina de Chartreuse para el final, como broche de la obra que pronto comenzaría su acto definitivo. Y Pierre estaría dispuesto, si ella así lo pedía, a sustituir este último gozo por un simple helado francés. 

El dandi, superándose a sí mismo, soñaba en todo esto mientras en el fondo de su pensamiento brotaba la sorpresa. El escenario ya estaba preparado. El cuarto, desde hacía dos semanas, cerrado, para no oír los lamentos del…
         … Pero avancemos un poco más en lo que pasaba por la cabeza de Pierre. Hagámoslo.
         Miró la mesa del centro. Necesitaba adornarla para la ocasión. Pero aún había más. No sólo la mesa constituía para Pierre un elemento de enorme preocupación. También la vajilla, la cristalería, el estilo, cuestión imprescindible, tal vez un ligerísimo toque naif, elementos en cobre o bronce, los simples y diminutos detalles sobre la mantelería, las servilletas, los mismos cubiertos… Había decidido colocar en el centro un jarrón lleno de mandarinas, no muy alto, para no ocultar los carmines y los rosados de su amada, y unas velitas que llevaban guardadas esperando una ocasión como esta desde que aquello salió en la primera página de todos los periódicos. Desde entonces el alma de Pierre se había mostrado confusa y embriagada, temblona ante el miedo de esos seres desgraciados, y beoda de amor, de dulzura, de angustia que se volcaba hacia el mundo, clamando por una simple compañía, por un alma gemela que le dijera que le adoraba.
          Llamó a voces a Adele, la sirvienta, y le encargó la asunción de todos esos elementos que bailaban en la mente del hombre. Le exigió que el mantel apareciese bien planchado. Debía florecer ante ella una mantelería divinamente plana, con seis o siete repasos sobre el tono marfil de la tela.  Las servilletas, le instó a la pobre muchacha, en dos cuadrados de 60x60, debidamente doblados en un triángulo armonioso, sobre la superficie brillante y calma de los platos llanos, ni un centímetro más ni uno menos. ¡La perfección!

Adele, que jamás había decorado la mesa para una ocasión que se le escapaba, no comprendía muy bien las órdenes taxativas de su amo pero, aun así, se empeñó en la labor de satisfacer los deseos más extravagantes. Pierre tuvo que enseñarle a colocar los cubiertos. Siempre de fuera hacia dentro en ambos lados del plato. A la izquierda los tenedores y a la derecha la cuchara, cuchillo o pala para el pescado. El amo le ordenó abrir el bargueño donde guardaba las platas de su difunta madre. No era para menos. La muchacha fue extrayendo de los cajones las plateadas pinzas, las tenazas para el marisco, cucharas pequeñas para el helado… Nunca se sabe… Luego los platitos para los panecillos, las copas purísimas… Y al final el jarroncito lleno de mandarinas en el centro…
         Pierre observaba los movimientos de Adele. Pensando en los olvidos, en esos diminutos cristales que saltan de pronto cuando te das cuenta de que algo se pasó por alto. De ahí el empeño del hombre que se jugaba en esa cena toda la vida de espera junto a esas otras damas de carmín y de sonrojos. El dandi se echó de nuevo. Cerró los ojos en una fiebre que le consumía, de tanta ansia, de tanto nervio. Adele muñequeando sus manos de un lado a otro, limpiando, bruñendo, repasando las motitas de polvo que el tiempo, ¡ay, el tiempo!, había ido depositando sobre los distintos enseres. Luego sobrevino un silencio de plomo y una calma sostenida. Seguramente todo estaría ya preparado y Pierre, con los ojos aún cerrados, trató de imaginar el ambiente, las palabras, las imágenes delante de sus ojos, enfrentados a la vergüenza, al pudor, a la misma desnudez de su alma. Intentó el hombre dormir y descansar un rato, pero los pensamientos, como pequeños gusanos caprichosos, le volvían el cuerpo hacia los lados, le arañaban por dentro, en un pesar tremendo que le bajaba hasta el pecho, hasta más abajo, donde el estómago gemía de dolor y de angustia.
          Miró la hora. Las siete. Debía acicalarse. En un impulso nervado el dandi se puso de pie y se dirigió de pronto y como ido hasta el aseo. Un perfume, quizás algo más tierno, como el agua de azahar que se ocultaba tras el espejo, el bigotito derecho, con los pelillos paralelos y la barbilla ligeramente cubierta con una pátina de rubor disminuido. Volvió a mirar la hora. Las ocho. Todo el cuerpo temblando. Viajó raudo hasta el salón. Debía en su calma intensamente anhelada repasar todos los elementos. Ya Adele se hubo marchado hacía rato. Nadie como testigo. ¡Nadie! Solamente una obra para ellos dos, para el amor puro que cruzaría sobre la mesa, formando el único diámetro verdadero. 
         El reloj de la sala estalló en los tres cuartos. Sólo quince minutos. Lo natural era llegar un poquito tarde, no más de diez suspiros contados con la respiración templada. No más…


                                      III


La luz del día cruzaba ya por la ventana, por los altos cristales, atravesando el calado terso de las cortinas y formaba, en declive, unas figuras tímidas y difusas. Llegaba el frío de la noche. Y con el frío la necesidad de encender las velitas de nácar sobre la mesa, como dos faroles en la costa, sobre el precipicio, avisando la voz de uno mientras esta misma voz, en su trémula sustancia, volaba hasta el otro lado de la mesa. Las encendió. El dandi se colocó en el centro esperando, y mientras tanto, giró un par de veces sobre su eje, posando la mirada en los paisajes de los cuadros, en las mismas paredes aterciopeladas, en el techo, y más abajo, sobre la madera que crujía bajo el peso de su cuerpo. Luego, con un deje de altiva presunción, se miró en el espejo inclinado de una de las paredes y observó que la sala se repetía, como un doble de todo, como una realidad inventada, y se sintió dichoso por haber conseguido, tras el angustioso esfuerzo, la atmósfera justa que tanto había ansiado durante toda su vida.
          El timbre sonó. Un quejido primero seguido de otro y de otro. El nervio le podía, mas debía soportar la subida del telón. Ya no había marcha atrás. Se anudó bien el adorno y abrió la puerta sin prisa, como quien no quiere la cosa. Y de pronto… De pronto… Toda el alma al suelo, acolchada, tierna, ansiosa. Violette alargó una mano enguantada, con el tejido hasta el codo. Él, galante, le tomó los dedos imaginados y besó tiernamente sobre el guante. Había llegado la dama a la hora exacta. Buen comienzo, pensó. Luego, tras unas sonrisas a modo de presentación, la coquetería de ambos los empujó hacia adentro, donde un calorcillo delicioso comenzaba ya a notarse. Llevaba la damita la misma chaqueta de tantas veces. Blanca, dibujada sobre el cielo del cuarto, en la mente clavada del hombre. Se volvió inclinando levemente el cuello, invitando al dandi a que con sus propias manos le ayudase a desprenderse de la misma. Fue un momento exquisito, maravilloso, un instante en que por vez primera los hombros dulces de ella aparecieron ante él desafiantes, provocadores, formando unas curvas hacia abajo y reventando en una hermosa fragancia de color y de finura. Bajo la chaquetita la joven, la hermosa Violette, se había colocado un vestido de gasa rosa, con múltiples puntitos en blanco creando unas diagonales de leve inclinación. Era cortado sobre los hombros, con el pecho exuberante al aire, como dos masas rosadas que temblaban al más mínimo movimiento de la dama. Pierre quedó adherido a su piel durante unos segundos. En un estado de trance muy cercano a la muerte. El escote apuntado hacia abajo, formando una uve enorme que permitía engendrar mil demonios en sus pensamientos. Más arriba un cuello liso, con una lluvia dorada finísima que solamente se podía entrever al trasluz de la ventana, con las últimas luces de la tarde vieja que ya se ocultaba. Ningún adorno. Tampoco llevaba pendientes. Sólo un bolsito de piel negra sostenido en la mano izquierda, quebrada hacia la cintura. Ambos se miraron. Luego, tras unos instantes de íntima zozobra, él la invitó a sentarse sobre el diván, bajo la alta ventana. Al momento se dio cuenta de que ella podía coger frío y se levantó para cerrarla. Ella rio cuando él se encontraba de espaldas. Y después, de manera lasciva, la mujer se pasó la lengua por los labios, abrillantando la densa capa de carmín. 
          Hablaron, como él mismo había barruntado en la antigua somnolencia, del tiempo, que hay que ver, y después del drama del teatro y de la pareja que compartía con ella el palco. Atrevida, la dama tomó en sus manos la copa de vino que él le ofrecía. Los dos bebieron lentamente, a sorbos pequeños, apenas un ligero murmullo de los labios sobre el filo curvo del cristal. Pierre se sentía dichoso y notó que el nervio le abandonaba. Aunque muy despacio. En una pausa envarada Pierre olió la comida sobre la mesa de la cocina. Se levantó, le ofreció la mano para ayudarla, la dama permitió los gestos del dandi y se sentó muellemente sobre la silla Luis XV. Pierre empezó a servir la mesa. La cena había dado comienzo. El vino, hasta el máximo ensanche de las copas, fue desapareciendo en las gargantas de ambos. La charla se tornó suavemente, y sin ningún tipo de premeditación, en una compañía apenas buscada. Los canapés se confundieron con las miradas disimuladas del hombre que no podía apartar los ojos del escote tremendo y hondo de la dama. La joven treintañera era para él apenas una niña. Los cincuenta sobre los hombros de Pierre le pesaban como fardos llenos de años. La luz crepuscular surgió de pronto, inesperadamente, y los rostros de ambos esbozaron sobre la mesa unas sombras caprichosas que jugaban al juego sensual de las miradas perdidas, de esos ojos que te apuntan y se marchan, que los buscas con ansia, con un deseo espeso, con una fruición fabulosa y tierna, llena de pensamientos, de prejuicios, de celos repentinos.
         Las copas lucían sus curvas sobre el mantel marfil. Cada elemento en su lugar exacto. Ella tomaba de uno en uno esos bomboncitos almirante con los dedos ablandados. Abría los labios y los iba depositando sobre la lengua que aparecía fugazmente rosada, sólo de vez en cuando, sin dejar de clavar sus ojos en los ojos del hombre. Pierre no cabía en sí de gozo. Detrás una fuente de ostras gratinadas al champán para compartir, cocinadas con todo el amor del mundo. Se notaba en la joven, sin embargo, una ignorancia en los protocolos de la mesa, porque alguna vez observó el dandi, con un poco de desprecio hacia sí mismo, que la dama no cerraba del todo los labios mientras paladeaba ese consomé regado con una buena copa de oporto. El vino bajaba y Pierre, atento a todos los movimientos de la cena, tomaba la botella y llenaba sin esperar la copa de ella. Una, dos, tres, tal vez demasiadas se bebió la joven mientras los dos cosían sus palabras en una conversación lenta, suave, apasionada por momentos, en un diálogo persuasivo que el mismo Pierre derivaba hacia los lados, buscando el efecto y la forma premeditada. La muchacha bebía y bebía y la lengua, que antes asomaba de tarde en tarde, comenzó ahora una excursión hacia los ojos de él, que se estaban dilatando por el desmayo. Ella se tocó el cuello con la yema de sus dedos hermosos y blancos, luego los bajó hasta el pecho y se compuso el escote que le molestaba. El calor excesivo, quizás, o tal vez la intemperancia de la joven que buscaba otra cosa distinta. La botella de oporto se vació con apuro y Pierre se levantó raudo a buscar una segunda. También se la tomaron enseguida entre los dos, creando en sus pensamientos unos demonios que pronto emergerían…
          Las vieiras fueron tomadas con otra copita de oporto, de buena cosecha. Violette, que nunca las había comido, disimuló una galante y exquisita desenvoltura extraída de su ignorancia. La lengua sobre la concha, buscando lo bajo de la carne, moviéndose como una culebra perdida. Pierre observaba y ya el hombre, ante tanto velo calado, acercó su silla a la de ella y, tomando una de las vieiras, la colocó en los labios de la hermosa y le enseñó cómo deben tomarse, con suave rigor, con una dulzura disfrazada esta vez de un engaño sutil. La mujer abría la boca como una niña que lo hace ante el mundo que ignora. Él la acercaba cada vez más, hasta oler el aliento de Violette, hasta lograr casi rozar los labios de ella con sus dedos nerviosos. Luego la dama la masticaba cerrando los ojos y bebiendo de la copita de oporto que ya se le hubo subido a la cabeza. Ella y él juntos, rostros pegados, sintiendo en la piel de ella el palpitar del corazón. Pierre se las ofrecía y miraba hacia los pechos de la joven que no cesaban de temblar sostenidos por la gasa finísima del escote, en la blancura eterna de las hembras codiciadas. Antes del patito asado Pierre descorchó la botella de ponche romaine. Escogió la copa adecuada, bien arqueada y transparente. El licor penetraba en las bocas de ambos y el calor, la calidez de la sala, las bebidas, todo el conjunto de elementos pensados formaron de pronto un escenario de pura y voluptuosa sensualidad. Violette volvió sumisa la cabeza hacia Pierre y, a pesar de la diferencia de edad, aproximó sus labios a los labios del hombre en un movimiento eterno y lento, desesperadamente lento, creando en ella una desenvoltura vaporosa que sacó de golpe todos los demontres del dandi. 
          Mas antes… antes de eso, la sorpresa. Debía aparecer ese misterio ante ellos, para que el acto fuese perfecto, sublime, irrepetible. Un episodio soberbio que nunca olvidarían. Y Pierre, abandonándola momentáneamente, se dirigió al cuarto y trajo de la mano a su ahijado André, un niño de apenas cinco añitos que llevaba encerrado en el cuarto trasero casi dos semanas. André, cegado al principio por no estar acostumbrado a la luz, fue acomodándose lentamente. Pierre sospechaba que el drama tal vez fuese algo excesivo. Pero ¿acaso el amor, la pasión, el ímpetu y la fogosidad no son también sensaciones, imaginaciones tremendas, enormes, descomunales? André no había comido nada en estos días encerrado, solamente agua, mucha agua, para evitar la deshidratación. Y de esta manera el niño mostraba un cuerpo laxo y enfermizo, desnutrido, casi esquelético, un muñeco colgado de unos hilos impalpables. Violette se quedó observando al pequeño, al delicado ser que ante ella permanecía de pie sostenido por su padre adoptivo. Luego el hombre lo sentó en una sillita cercana y de nuevo desapareció presuroso en la oscuridad del pasillo. A la vuelta Pierre retiró de la mesa todo lo necesario, creando un espacio preciso y en semicírculo donde colocó las ropitas. Dijo: “A André le gusta vestirse de niña, ya lo ves”. Y cogió al niño como se toma una pluma en el aire. Sentado sobre la mesa, con las piernecitas colgando y la cabeza ladeada, levemente inclinada sobre uno de sus hombros, el niño se dejó vestir sin oponer ninguna resistencia. Violette endureció el rostro, pero al cabo de unos instantes, el oporto y el ponche rieron y entre los dos cambiaron la ropita del niño por otra delicada de niña. Ahora André se llamaba Candice. Una niñita de juegos, con un peinado que la propia joven se encargó de alisar, hacia abajo, hacia atrás, hacia los lados, pintando un glamuroso cuadro con colores suaves sobre el pequeño rostro de la niña, de la misma niña que seguía cansada, casi dormida, viviendo y soñando que vivía, de las manos de ambos, en un sopor propio del nulo alimento. La sentaron de nuevo sobre la sillita, el cuerpo derecho, los bracitos sobre los muslos que la corta faldita dejaba al aire. El lacito rosa sobre el filo del cabello le sentaba de maravilla. Pero la niña, Candice, levantó la mirada y vio sobre la mesa los trozos del patito aún sin probar, las migas de pan, los jugos de las vieiras… 
         Embriagados, la pareja comenzó a retorcerse de risa cuando oyeron los primeros lamentos del niño disfrazado de niña. Un gemido, con las manitas hacia adelante tratando de asir algo de comida, luego ese mismo gemido se transformó, de manera inexplicable, en un llanto desconsolado, en un grito desgarrador…
          La sorpresa había dado comienzo. Esa fue, así, la composición que Pierre había madurado durante tantos días.     
 

                                       IV


El pequeño había entrado en un estado de extrema vergüenza al comprender, como entienden los niños, que él no era una niña, que esa ropita dulce y aniñada no le pertenecía. Se arrancó el lacito afrutado que Violette le había prendido del liso cabello y luego siguió observando sobre la mesa los restos de comida, los olores que le entraban en el cuerpo, la saliva desprendida de la boca, llenándola, anegándola…
          Pierre y Violette oían entusiasmados el eterno llanto de Candice. En el aire del salón comenzó una sinfonía improvisada, de menos a más, formada por unos gemidos ansiosos y desesperanzados. Ellos, en una violenta e inextricable desenvoltura del alma, se fundieron en un drama de amor, formado por una mezcla confusa de lascivia, de belleza, de miedo al paso sucesivo de los años, de terror a la soledad que ambos experimentaban en el día a día. Candice alzó su garganta, con las lágrimas que comenzaron de pronto a resbalar por su carita suave y cárdena. Un llanto en grito, elevado hasta el máximo, porque tampoco comprendía el pequeño, la pequeña, por qué las manos de Pierre desabrochaban la cremallera de Violette, como tampoco llegaba su mente inocente y tierna a comprender los quejidos de ella, y su vuelco hacia atrás, o sus muslos en el aire, con el vestido subido enseñando unas piernas infinitas y sedosas. El niño vestido de niña no entendía nada. La pareja se enlazó con un nudo de engaño. Ella sostenida por el filo de la mesa de la que Pierre, en un arrebato incontrolable, había dejado caer toda la comida y todos los enseres al suelo, en un nervio de la mano, como un rayo que no puede esperar porque de otra forma la vida se le escaparía. Allí, delante del pequeño, Pierre abrió las piernas de la joven y, aplastando sus labios en los pechos enormes de la dama, en un impulso descomunal y certero, la atravesó con la dulzura que solo luce en casos como este. La pequeña gritaba cada vez con más desesperación, con la garganta doliendo, llenando la estancia con un vaho de horror por la escena desconocida y violenta. Ellos concertaron las embestidas a los llantos, en una perfecta armonía, en una cadencia que solamente concluyó cuando ambos se llenaron de sudores y él, sin poder aguantar más, reventó en ella, arqueada sobre la mesa, con el cabello en declive, hacia abajo, despeinada, confusa, beoda de amor y de lujuria, de una terrible incontinencia que hasta sus treinta años se le hubo escapado. Más tarde, cuando ambos se hubieron calmado, la niña se arrodilló sobre el suelo y comenzó a atrapar nerviosa las migajas que habían caído desperdigadas. Bebió, como pudo, las gotitas de vino, lamió la sustancia aromática de las vieiras, como un perrito que anhela la comida, que la necesita, arrastrando las piernas delgadas por la madera llena de trozos innumerables de cristal y de loza, trozos de materia fragmentados por el ímpetu del hombre cuando aquello de arrastrar con la mano todo lo que le estorbaba. Pequeños cristales que lucían mil filos cortantes sobre la noble apariencia del suelo de roble. La niña, nerviosa, buscaba y buscaba con la desesperación propia del necesitado, como quien reza al dios de su infancia rogándole un milagro. Violette y Pierre siguieron con su armónico movimiento de impulsos crecidos que ahora se amortiguaban, los labios de ambos en el aire cruzaban las salivas ahítas de la cena y el vino, la crema de sus vahídos se mezclaba entre los dos en una difusa y enloquecida escena. Miraban al pequeño. La niña, asustada, seguía limpiando los restos con sus labios, con la lengua, con los ojos, tragando una mota de comida, un licor agrio para su boca, la niña, en un escenario dramático…
          Pero ellos reían y se besaban, hasta que a él le pudo de nuevo la avaricia y el descontrol y otra vez abrió lo que pudo las piernas suaves de la joven y la volvió a penetrar sin tener en cuenta que su hijo, su hija, miraba de vez en cuando, por los jadeos incesantes, por los ruidos de la propia mesa que ya se quejaba de tantos sobresaltos. 
         La noche fue corriendo muy deprisa en la sala. Al fin, ambos se tumbaron sobre el diván, aún pegados el cuerpo en el cuerpo, todavía fundidos en la carne, en el sudor, en la lujuria que por momentos volvía a brotar entre ellos. Incansables, no permitían en el seno de sus pensamientos, que el tiempo avanzase. Hasta que ambos se quedaron desleídos sobre el terciopelo, bajo la mirada incesante del Picasso, del Derain, del Segonzac…
          Candice había atrapado con sus dientes los pedazos de patito asado. Con el primero se atragantó, pero luego ya se dejó llevar por la ensoñación de los adultos y comió más lenta, como aplastada a la comida que nadie, nadie le iba ya a retirar de la mano. Poco después se quedó dormidita sobre la colcha de madera de roble. De lado, con una ligera sonrisa dibujada en el rostro inocente y dulce de cualquier pequeño de cinco años. 
  	
                                    V

La noche se consumía precipitadamente, tan larga como el Sena a su paso curvoso por la enorme ciudad somnolienta. Pierre soñó que soñaba echado sobre un diván de terciopelo, luego, al lado, en la carne rasposa del hombre, creyó notar la caricia de la hembra. Despertó. No era eso. Simplemente el engaño del sueño que nunca le dijo que Violette se hubo marchado. Todo el sofá para él, en su triste sustancia, desnudo, medio atontado por la noche que moría, recordando el llanto sinuoso de su hija que yacía dormida sobre el roble rubioso y cálido. Se levantó con menos prisa que sorpresa. Una vez en su sitio, miró el estertor de la sala y comenzó a comprender la ruina de su vida. Subió, así, el orgullo indomable del parisino hasta el máximo, antes de caer en picado sobre la alfombra de Candice. Miró, atravesado, por la ventana. Oscuridad en la frente. Engaño paulatino de los sentidos. Una cabeza embotada y fungosa le aplastaba las sienes. Y el cuerpo cansado, igual que un viejo que se dobla en busca del suelo, por la dura experiencia, ya se sabe. No lo dudó. Pero antes de esto entró en la visión de unos detalles muy nítidos, como en un cuadro de Pieter de Hooch. Violette seguía anclada en su mente aun en la pura ausencia de la puta. Empezó un arañazo en la idea. Primero sintió un algo así como náuseas. No se lo dijo ni a las paredes, donde los cuadros. Solamente se miró en el espejo inclinado y observó el asco que corría hacia abajo como lágrimas de yeso, espesas, blancas, atrevidas. La misma imagen de Violette le molestaba. Ya la puta sin él, él sin la dama de los pechos turgentes. Le dio lo mismo. Una mujer que le asusta a un hombre debe despegarse de la realidad, desaparecer, fugarse con otro joven más tierno, que se deje, que deba aprender las inconcusas laderas de los años. Se volvió a mirar y el niño que siempre quiso ser apareció ante el hombre. Un ser distinto al que siempre hubo imaginado. Con media cara de lelo, con el pelo rizoso, casi alborotado, azaroso en el espacio. Vergüenza disfrazada de miedo, fue lo que verdaderamente le pudo, esa noche. Tan dispar. De a pie se fueron alargando las horas tremendas dando las tres y las cuatro. El cielo cuajado. Le gustaba ser niño. Quería seguir siendo niño. Y se le retorció el entendimiento una vez más cuando recordó los cincuenta, ya pasados. En los pensamientos se quiso recobrar de todo eso y se dijo que había mucha literatura en la delectación con la hembra. Llegó a alcanzar la idea casi muerta de Mme. de Mortcerf, del marqués de la Mole, del mariscal de Luxemburgo…
         André abrió los ojos en el momento en que Pierre pensaba, ensimismado, con la cara de un idiota, en un París a sus pies, cuando lo único de verdad era su fosco fracaso. Desengaño que le tomó al hombre por las manos y le llamó a voces André desde el suelo, que lloraba tiritando el niño de frío. Violette en la nada, sustituida por el hijo hambriento que acababa de soñar con la lengua rajada por los trozos de loza, de cristal. A su lado una línea difusa, en rojo, por esa misma sangre ya coagulada. ¡Conquisté París!, pensó con sorna el hombre. Humillado por la apetencia de querer ser joven de nuevo. Pero ya… Tomó como digo al chico con las manos en las manos. Qué antiguas le parecieron ahora esas manitas, esos dedos. Lo tomó como iba y lo dispuso sobre el cuarto desnudo de muebles. Sobre la cama a su anchura. Tierna carne que cubrió para calmar su conciencia. 
         Abrió la puerta entornada y escapó a la calle dejando al niño dormido. A esa hora ni las farolas brillaban. Sólo una densa capa de niebla ante él, desgajándose con el avance de su vanidad que le volvía a surgir en la mente. Cuando pensaba sobre todo en la imagen. En los gemidos. En Violette abierta. Anduvo despacio, pensativo, entre la bruma. Las callejuelas oscuras jugaron con él, confundiendo su torcedura, llevándolo hacia el valle donde el río. Media hora, tal vez una. O dos. ¡Qué importaba en ese instante de la noche el tiempo! De pronto una barda, hasta la cintura, ancha y espesa, como de piedra. Le había tocado una época en que las mujeres parisinas habían descubierto el secreto y el misterio de la seducción. Luego todo fue corto, instantáneo, fugaz. Las aguas apenas se movían. Llano de agua. Hasta el suelo, tal vez diez, quince metros. Lució, sobre su derecha, una luciérnaga. Era la luz, antesala de una de las barcazas que navegaban hasta de noche, las muy repugnantes. Paró en seco sus sospechas. Luego se dijo, ¡imbécil! 
Combinó, en un último pensamiento, la belleza con el miedo, y los vio crecer en sus entendederas como una misma cosa. 
         Pulsó sordo. Su cuerpo de dandi en el agua, de golpe.

No hubo más.
 



Naturaleza muerta de postre (1640). Jan Davidsz de Heem (1606-1683).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 102. Die Zeit. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 102

Die Zeit

Por María Gabriela López Suárez

El ayer se fue. El mañana aún no ha llegado. Solo tenemos el hoy. Comencemos.

Madre Teresa de Calcuta

El día primero del nuevo año despertó a Gregoria, el sol fue quien le dio los buenos días, sus rayos se reflejaban directamente sobre la ventana de su habitación. Se cubrió el rostro con la cobija, quería quedarse dormitando unos minutos más. Echó un vistazo al reloj, eran las 8,30 horas. Decidió levantarse. Se lavó el rostro con cuidado y esmero, como si fuera un ritual. Se miró al espejo y sonrió. Era una linda manera de iniciar el año, con vida y con entusiasmo.

La casa se escuchaba en silencio. Martha y Patricio, sus hijos, aún dormían. A Gregoria le apetecía escuchar el canto de los pájaros, solían ponerse en el árbol que estaba frente a la ventana de la cocina. Abrió la ventana, los encontró en pleno jolgorio. Aprovechó para prepararse un té de matcha. Mientras lo degustaba se sentó a disfrutar el concierto de las aves.

Fueron asomándose los propósitos que se había trazado para el año nuevo. Sonrió, en un sentido de complicidad con ella, a modo de advertencia que debía esmerarse para cumplirlos. Recordó que había hecho un propósito colectivo con Patricio y Martha, darse el espacio para leer por placer e intercambiar los textos, impresos o digitales. Gregoria y Patricio eran amantes de los libros en papel y Martha prefería lo digital.

Bebió el último trago del té, estaba delicioso, no en vano era uno de sus favoritos; mientras tanto iba haciendo memoria de los libros que tenía pendiente leer. Die zeit, musitó para sí, el tiempo, le gustaba como sonaba la frase en alemán. Sin duda, uno de sus mejores aliados sería el tiempo, debía aprender a lidiar con él y administrarlo, sin estresarse, para poder llevar a cabo cada propósito. La tarea era todo un reto, bien valdría la pena afrontarlo. En eso estaba cuando escuchó las carcajadas de Martha, era señal que había despertado y seguro hecho alguna travesura a Patricio.

PD. ¡Feliz año 2022! Salud, alegría en los corazones y bienestar para el público lector de estas Voces ensortijadas y para sus seres queridos.



Fotografia: Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 8. Paul Radford. Antonio Florido

Cajón de rubores / 8

Fisonomía 8 
Paul Radford

Por Antonio Florido

       


Dijo el maestro que la soledad es peligrosa y adictiva.

Los oídos del joven creyeron comprender desde su rincón apartado. Y esas palabras, revoloteando en el silencio del aula, se le clavaron al pequeño en lo más profundo. Así llegó a crecer, convencido de que lo mejor era eso, la distancia con todos y con todo, en una afonía perpetua, con la indiferencia generalizada en su rostro. Nació así un ser extraño. Melancólico, a ratos. Frío e impasible. A veces, apático. Aunque no siempre, porque la inocencia, esa fuerza tan vasta y vigorosa, también puede lo suyo. Por aquel entonces nadie comprendía sus maneras. En el hogar sus padres le observaban en silencio, cuando entonces. Luego, en un amor encerrado en las vidas paralelas, también ellos se miraban, como si tal cosa, y torcían a veces el gesto, en una busca del camino certero y voluble. Una obsesión hundida en el ardor por ese hijo que había comprendido, desde muy pequeño, las enseñanzas del maestro.
El hijo cambiaba su aspecto con el paso del tiempo. La mudez de las cosas. Los sentimientos arrugados, queriendo desaparecer en la veladura de los años, tiempos que se sucedían sin que los padres pudiesen hacer nada. También esos padres cambiaban. Envejecían. Pero seguían creyendo que la tristeza de su hijo era como era, una cierta ironía de la vida, una impasible cochura del alma.
Un día el hijo llegó tan alto que tuvo que confesar sus verdaderas emociones. La gente no le atraía. Notaba en ellos, en esos extraños de la vida, que todos mentían. Como una fachada herida, ingrata, soez, maleducada. Los padres, en el calor de la estufa, con las enaguas sobre las piernas, sólo tuvieron fuerzas para callar comprendiendo. A veces es mejor el silencio que una respuesta inoportuna, pensaban. Nuestro hijo es así. No hay más.
De tanto, los meses pasaron a la velocidad del rayo. Días fugaces, repetitivos, cansinos. Y en ese tiempo la soledad se le fue clavando en la mente cada vez con más fuerza. Una soledad encarnada, hecha vida, como si un enorme despoblado le venciera los nervios, doblándolos, volviéndolos sumisos.
Paul comenzó a notar que sus padres habían encanecido. Y sintió una pena y un dolor intensos. Muy fuertes. Tan fuertes que el alma se le partía. Y la voluntad se le dividía entre su padre y su madre. ¡Tanto esfuerzo en la vida!
En el barrio el niño de los Radford seguía siendo el solitario. Sólo los mayores pasaban de lado, pero los otros jovenzuelos dedicaban a Paul toda la carga de injusticia que anida en los corazones pequeños. El aislamiento pugnaba, de esta manera, con la inocencia. Una lucha sin par y atroz, tal vez desmedida. (Hablamos de dos formidables sentimientos enloquecidos por las esquinas de los días).
Paul creció. Un bozo sobre el labio, apuntando hacia adelante. Una ligerísima sombra bajo la nariz. Y todo el amor para sus padres, que seguían con las enaguas sobre las piernas, en otro invierno, apurando el amor que se escapaba, como la vida, del cuerpo, de toda el alma. Su madre en un suspiro pensando en el hijo. Pronto se encontraría de frente con el verdadero desierto, pensaba. La mujer no deseaba un campo yermo y abandonado para su hijo. Pero ¿qué hacer? El padre, sumido en la inconsciencia que otorgan los años, amaba a su mujer y trataba de ocupar en ella el vacío. Llenar con su amor de hombre esa cordura desleída, ese cuajarón de sangre. Y así pasaban las tardes, mirando a través del cristal empañado, acariciándose las manos sobre el tapete escogido, en el salón que gozaron desde que su hijo, por aquel entonces, les vino al mundo.
Por la calle la gente caminaba sin detenerse. Siempre las mismas caras, en su tediosa envoltura de inopia, en su terrible ignorancia, gentes temerosas de Dios que por las noches rezaban en silencio, en un rosario inacabable de murmullos, bajo las cálidas sábanas de sus hogares.
Pasó el tiempo. Paul había quedado por vez primera. En el puente. O sobre él, encima de la piedra biselada, como él había supuesto. Se agarró el cuello y se abrochó hasta el último de los botones del abrigo. El viento había estallado al mediodía. Y por la tarde podía oírse aún el grito del aire chocando con los salientes. Los árboles, acostumbrados a esas bravuconerías, doblaban sus tallos creando siluetas inclinadas. Era otoño. ¡Ya el frío tan cerca!
Paul cerró la puerta tras despedirse de sus padres. El mundo, ante él, con la misma soledad que de niño. Volvieron a revolotear las palabras del maestro en la mente del joven. “La soledad es peligrosa, adictiva”. La última palabra se le trastabillaba. Y volvía a pensar en ella. “Adictiva”. Pero el joven llevaba consigo una ilusión comprensible y apabullante. Nunca hubo imaginado que algún día… Pero sí, ese día había llegado. Ella estaría ahora saliendo de su casa. Debía darse prisa. En alguna ocasión, recordaba, alguien le dijo que nunca se debe llegar tarde. Y hoy se trataba de una cita. Con ella. Su primer encuentro. A solas. El mundo y él. Ella y él. Desde el colegio los ojos de ambos. Siempre cruzando unas miradas cómplices. Y unas sonrisas eternas. Por el aire, sin que nadie, salvo ellos, notase la ausencia de sus voluntades y de sus corazones.
Clara siempre se le había clavado. Era hermosa. Rubia y alta. Distinta. Con un algo misterioso muy adentro que nunca pudo ni supo ni quiso explicarse. Hasta ese momento la vida se le había mostrado a través del aspecto más vulgar de la materia. Lo otro, lo que sus padres afirmaban en esas horas pasadas al fuego, aún no lo había llegado a conocer. ¿Qué sería eso otro de que ellos tanto hablaban? Paul pensó en sus padres. Mientras tanto, avanzaba por las calles retorcidas, con el cuello bien alto. Caminaba con las manos encerradas en los bolsillos, soportando el soplo violento del aire de otoño, anticipo de las primeras nevadas. Clara en su pensamiento. Nítida esbeltez. Definida locura de su amor. Amor anidado en un pecho excesivamente joven. Demasiado acostumbrado todavía a las antiguas palabras del maestro.
Alcanzó la vista que le arrastraba como si fuera un perro de tiro. Llegó jadeando. Nervioso. Su cuerpo temblaba bajo la ropa adherida. Una silueta definida. Sobre el pretil de piedra, sí. Dentro del apartadero. Protegida con una capa gruesa. El gorro le cubría la cabeza. Luego, Paul junto a ella. Había llegado a la hora exacta. Una campanada sonó violenta en el cielo plomizo. Las siete y media. La hora en que comienza el sol a escurrirse por el horizonte.

Tras él…
Viajando a no se sabe qué lugar misterioso…
Las nubes lloran débilmente sobre los jóvenes…

Clara le miró con sus ojos verdes, en un destello desconocido y profundo. Paul se quedó paralizado por la hermosura de la joven. Recordaba la gracia de sus manitas de niña, cuando entonces. ¡Hacía tanto! Ahora, esa niña de ojos vivos se había transformado en una tierna mujercita. A Paul el corazón le palpitaba. Y se cubrió el pecho con las manos para ocultar ese atroz golpeteo, sordo y cadencioso. Con la mirada se dijeron muchas cosas. Hasta que ella soltó su dulce sonrisa y le pasó la mano por la cara para quitarle unas gotas caprichosas. Habían quedado citados allí, pero la tarde, el día, la lluvia… Paul estaba feliz. Clara estaba feliz también. El joven había descubierto una abertura en su vida, a través de su corazón que chorreaba ilusión y esperanza. Sacó del bolsillo un bulto pequeño cubierto con un papel colorido, de flores. Ella lo tomó, sorprendida. Al abrirlo, el papel crujió bajo sus dedos nerviosos. Un pequeño y primoroso librito de versos. De Carolin Schwab, la poetisa que a ella siempre le hubo fascinado. La chica se quedó observando el obsequio y no fue capaz de levantar la mirada. Sus ojos, acuosos. También el amor viaja en los libros. Pronto decidieron apartarse de allí. Pero antes…

…Antes necesitaba confesarle algunos secretos. Pesares que siempre había llevado prendidos en la quietud de su desprendimiento. Y la duda. Ese eterno y angustioso recodo de la confianza y amistad…

Pensaba Paul en la dichosa palabra cuando de pronto, en un arranque inesperado, casi de furia y de amor excitado, aprovechó la lluvia que les caía sobre los hombros y la invitó a continuar junto a la senda, donde la esquina separaba el puente de la calle cercana.
Entraron en el restaurante. Desde siempre a los jóvenes como ellos The Fox Den les había subyugado. Por la atmósfera creada en el interior. Como una caldera que aviva los corazones. Así el lugar escogido. Paul, adelantado, eligió una de las mesas más apartadas, lejos del bullicio del principio, donde la gente, de pie, tomaba cervezas y reía y cantaba. Más allá, sobre el cuadrado verde, un filo aterciopelado formaba un paisaje de madreselva. Se sentaron. Clara enfrente de él. Con sus miradas al suelo, por la timidez y porque los dos eran conscientes de que de esta cita podía depender no sólo sus destinos, sino el propio devenir de sus vidas, el azaroso fluir de todo el mundo.
Paul pidió una cerveza. Clara hizo lo mismo. Y luego, cuando el camarero desapareció, un hundimiento de las voluntades, un precipicio entre ambos que solamente la luz de la joven alumbraba en silencio. Clara, sin saber qué hacer, abrió el librito y comenzó a leer mirando a Paul de vez en cuando. Había elegido uno de los poemas más hermosos: “Green is the colour of hope”.

Layin´ down
In the Green Green grass
Eyes closed
Darkness in your mind

Hopes’s only in
The colour around you
But not for your own…

Calló. Cerró el libro y lo volvió a poner sobre la mesita. No fue capaz de continuar declamando unos versos tan bellos. Paul acercó su mano a la mano de Clara. Los dos comprendieron de inmediato. No en vano se había tratado de un propósito gestado en el calor de la estancia.
Adivinaba en su rostro una emoción desconocida. Profunda. Sincera. Y le dio miedo al joven. Un terror oculto desde siempre y que ahora nacía, resuelto, y se colaba entre ambos, como una daga bien afilada, como una lengua sedosa y húmeda sobre la piel fría.

Adictiva…

La palabra, envuelta en su verdadero significado, alcanzó la frente de Paul. Y se acordó de nuevo cuando en el aula sus ojos volaban a los ojos acristalados e infantiles de la amiga, sobre los rostros apáticos y vulgares del resto, cruzando el espacio como hilos que enlazan las voluntades. Allí, en ese sagrario espacioso, se sentía enorme el pequeño. Enorme y libre. Sumido en una paz en remanso, como la calma de un día sin viento. Ahora, sin embargo, al oír los versos de la joven traspasando el velo que les cubría, apareció en su pecho el horror a perder esa libertad y calma soñadas. Simple cuestión de saber, de poder y de estar dispuesto a la renuncia definitiva.
El encanto del principio dio paso, lentamente, a una indiferencia disfrazada de pereza, de temor, de miedo a perderlo todo, a perderse él mismo, miedo a dejar de ser una persona inopinada, un individuo ramplón y solitario, un ser acomodado en su colchón de ignorancia, bajo el manto fugaz y necesario del amor de sus padres. Paul observó la candidez y la encantadora figura de Clara. Sin el abrigo, la muchacha había eclosionado en un estallido primaveral de hermosura, mostrándose ante él en toda su esencia, casi desnuda, abierta al hombre que pronto surgiría rabioso de la carne. Y se alejó el joven de esa lujuria que le estaba apuñalando, notando en sus gestos que el cuerpo y los sentimientos se le iban de allí, muy lejos…
La noche apareció ante ellos en una cúpula de cristal. Fría. Silenciosa. Tremendamente cercana. A peso sobre las espaldas de los jóvenes que salieron a la calle cuando ya sus corazones habían enloquecido. Se despidieron con la certeza clavada de una separación para siempre. Clara apretó el librito muy fuerte, aprisionándolo entre sus dedos. El amor empaquetado siempre volaría con ella por muy lejos que ambos se encontrasen. Era lo que le quedaba de esa noche transparente y cruda, bajo las estrellas, cuando ya el viento del otoño moribundo había huido de la ciudad.
Paul llegó a su casa bastante tarde. Anduvo luchando con el tiempo, paseando por las calles desiertas, meditabundo, reflexionando en el sentido de sus actos, intentando comprender los motivos, los sucesos, los fracasos, los temores, sus propias ausencias y vaguedades. El joven debía madurar. Los años le esperaban, pacientes, más allá de su vida. Al otro lado de la adolescencia, cuando el amor te llega o cuando te quedas esperándolo sin esperanzas.

Pero había decidido...

Alcanzó de nuevo el puente, después de una vuelta alrededor de la ciudad. Se quedó allí parado, mirando la piedra exacta sobre la que Clara había colocado sus manos. Y pensó en ella con una pasión exacerbada y extraña, como si el arrepentimiento le hubiese abrasado, de pronto, la garganta. Se llevó los dedos a los ojos. Respiró hondo. Contrajo el pecho, el dolor. Giró el cuerpo y dirigió sus pasos hacia la casa donde sus padres seguramente estarían despiertos.
La salita ardía. Los viejos permanecían en silencio junto a la mesa, con sus manos inquietas. Esperaban al hijo con los ojos perdidos, en una mudez compartida. Paul, al entrar, besó a la madre sobre la frente. Luego el padre cruzó con él una leve sonrisa. Y los esposos, a su vez, cruzaron sus pensamientos. Habían sospechado que el hijo sufría. Por sus maneras de andar, por sus gestos sombríos. Se sentó junto a ellos y guardó un mutismo respetuoso. La madre le sirvió una taza de caldo y el joven lo tomó suavemente, sumido en sus propios temores. Luego les dio las buenas noches y subió las escaleras hasta su cuarto.
Vemos al joven sobre la cama sin deshacer. Mira al techo con los ojos cerrados, envuelto en una especie de cordura que se le escapa lentamente. Clara sobre el puente. Clara sentada frente a él, con los labios apretados, bajo unos ojos verdes que le siguen atrayendo. Vuelve ahora sobre sí mismo, dobla la voluntad.
De pronto regresa la palabra anclada desde siempre.

Soledad…

Cada vez el sonido más violento, más diáfano en la hechura del cuarto, vibrando en sus oídos, en su piel, en su mente.

Adictiva…

Otro sonido que golpea las paredes como si la tormenta de antes hubiese penetrado hasta él, sin permiso. Más tarde la paz, la separación exclusiva, el odio al resto del mundo. Paul gime sobre la colcha desnuda. Y siente un frío tremendo. Arrugado, con los brazos rodeando sus rodillas, el joven continúa pensando en la terrible decisión de cuando entonces, frente al carácter tibio y elocuente de la joven. Sueña que están casados. Con sus vidas donadas. Extraños en sí mismos. Juntos y felices, pero con la cortadura de la prisión que a veces ese estado supone. Cree ser feliz. También le parece ver en la frente de Clara ese dibujo suave que nace cuando la felicidad te ha desnudado. Paul busca la paz. Ansía alejarse del mundo. Desprenderse del deseo, de la carne, de sí mismo si esto fuese posible.

Pero Paul es tan joven…

Sus padres han subido los escalones tratando de no hacer ruido. Pero el hijo los conoce tan bien, los ama con tanta potencia, que no puede evitar un temblor en el alma.

Envejecen...

Pronto, sobre sus rostros, unas arrugas de amor, en una piel adelantada en el tiempo. Y Paul comprende que llegado ese momento debería vivir sólo con los recuerdos prendidos, con ese amor de niño sobre la falda de su madre, con ese juego fugaz alrededor del padre que corre, corría tras él y reía y reía.
La noche cruje, crujió sobre la ciudad. La llovizna de la tarde se convirtió, de manera insospechada, en un aguacero, en una tremenda corriente que arrastró todo cuanto encontró a su paso. Paul ha quedado dormido en su tierna envoltura de hombre, en su tibia inocencia. Se ha dormido pensando en la chica. Y Clara, con sus enormes y bellos ojos verdes, se le aparecerá en los sueños eternos de una noche sin fin, clavando el puñal de su amor sobre la carne blanda y decisiva.
Los últimos salen del restaurante con las esperanzas y temores renovados, esperando la llegada de un nuevo día.
The Fox Den apagó las luces y cerró.



La autómata (1927). Edward Hopper (1882-1967).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 102. Vagamos en Alejandra. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/ IV
Vagamos en Alejandra

Héctor Cortés Mandujano

mis pupilas oscuras piedras caídas

Alejandra Pizarnik, en «Vagar en lo opaco»

Con un abrazo para Nadia, Alfredo, Dalí, Roger y Víctor Hugo,

amables, cálidas, amistosas, cercanísimas compañías

en Puebla, Chilpancingo y Ciudad de México

mis pupilas sobrias sin drogas añejas + mis pupilas niñas de olvido perpetuo + mis pupilas santas de espejo rotos + mis pupilas suaves de ásperas miradas + mis pupilas extrañas de edulcoradas memorias + mis pupilas necias de reacios aprendizajes + mis pupilas volátiles afincadas en tierra + mis pupilas nacientes de blancura absoluta + mis pupilas crepusculares de amores violetas + mis pupilas vivas de furor estremecido + mis pupilas muertas de ayeres conclusos





[Compré en Puebla la Poesía completa, de Alejandra Pizarnik; la comencé a leer allí y la terminé en Guerrero. Leí “Vagar en lo opaco” y en la misma página escribí a mano y casi en automático la derivación que publico. Con Nadia, Alfredo, Dalí, Roger y Víctor Hugo compartimos lugares para dormir, funciones de teatro, desayunos, comidas, tragos e interminables conversaciones, de modo que, aunque ellos no leyeran a Pizarnik conmigo, se volvieron parte de mi experiencia lectora, de la mixtura que siempre hago con leer, escribir, vivir, como si no estuvieran (no están, en mi caso) separadas… Por eso mi vagar se volvió colectivo y mis pupilas, como peces jesuíticos, se multiplicaron.]

 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 101. La alegría de vivir. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 101

La alegría de vivir

Por María Gabriela López Suárez

 

Hortensia salió antes del mediodía para comprar los ingredientes que faltaban para preparar la cena de fin de año. Se había ofrecido con su familia que ella iría por el mandado. No era tan puntual en sus salidas, así que su intención de ir al mercado a las 8 de la mañana se vio aplazada. Finalmente salió con destino al puesto de frutas secas y especias. El día estaba sumamente soleado y cálido, ni señas del invierno.

Tuvo que desviarse de la ruta que había trazado, algunas calles estaban en reparación. En ese trayecto observó a un señor mayor vendiendo de manera informal sobre una banqueta, tenía sonajas de plástico y diversas figuras de animales elaboradas con palma. Estas últimas llamaron su atención. El señor portaba un sombrero de palma, camisa de color blanco, manga larga arremangada, estaba sentado muy entretenido tejiendo una figura. Ella no alcanzó a ver su rostro. Lo primero que le pasó por la mente fue, quién iba a comprar sonajas de plástico y las piezas de palma. Sintió una sensación de nostalgia, recordó la Canción de Navidad de Silvio Rodríguez.

Mientras seguía su camino se hizo el propósito de pasar por la misma calle, de regreso a casa y comprarle alguna pieza al señor. Apresuró su paso. Como era de esperarse a esa hora el comercio estaba en su apogeo, las calles transitadas por gente caminando y muchos carros en circulación a vuelta de rueda. Recordó una frase que solía decirle su mamá, ‘te gusta salir a la peor hora’. Hortensia sabía muy bien que tenía razón, aunque delante de ella se negaba a admitirlo. Llegó a la tienda, revisó cuidadosamente la lista de ingredientes que requería, le surtieron los productos y se encaminó a su casa.

Nuevamente pasó por la calle donde estaba el señor con su vendimia, continuaba sentado tejiendo la palma, parecía que no se había movido desde cuando lo vio. Ella se acercó y observó con atención las piezas. Como un chispazo se le vino a la mente que podría integrar algunas de ellas para decorar el nacimiento en la casa. El vendedor se levantó y comenzó a ofrecerle la diversidad de animalitos que tenía, perritos, chivos, borregos, hasta jirafas, de diversos tamaños. Hortensia eligió cuatro piezas, entre pequeñas y medianas. Las tomó entre sus manos y se percató del acabado tan fino. Aparentemente eran iguales, pero al observarlas tenían algo diferente, eso les daba un toque más bonito.

Mientras el señor le comentaba sobre las figuras de palma, Hortensia se percató que el vendedor reflejaba en su mirada, su tono de voz y su actitud el entusiasmo y gusto por lo que hacía. Eso era palpable. Imaginó que cada pieza tenía un trocito de corazón de su autor. Eso le llenó de alegría, no solo había aportado al trabajo de un creador adquiriendo parte de sus piezas sino que él le había dado a ella un bello regalo de fin de año, recordarle la alegría de vivir. Le pagó las figuras y se despidió, guardó cuidadosamente los perritos y chivos que en un momento más pasarían a formar parte del nacimiento en su hogar.

PD. Al público lector de estas Voces ensortijadas y a la Revista Letras, idea y voz, les agradezco su compañía en este año que está por culminar, que tengan un cierre del 2021 con paz y amor en sus hogares. Y les deseo un año 2022 pleno de salud, bienestar, amor, bendiciones, trabajo y gozo por la vida.

Foto: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 101. Tres referencias librescas en «Invisible», de Aute. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 101

Apunte de oído, 6
Tres referencias librescas en "Invisible", de Aute

Héctor Cortés Mandujano

Luis Eduardo Aute Gutiérrez (Manila, Filipinas, 1943-Madrid España, 2020) hablaba muchas lenguas y tuvo varios oficios artísticos: pintor (vivió como tal en París e hizo varias exposiciones; las portadas de algunos de sus discos son obras suyas), cineasta (estuvo detrás de cámaras, como codirector en largos y cortometrajes, y escribió guiones. Su película más conocida la hizo en 2001: Un perro llamado dolor), poeta (publicó La matemática del espejo, La liturgia del desorden, Templo de carne, entre otros), pero es conocido fundamentalmente como cantautor.
	Son suyos los éxitos: Rosas en el mar, La belleza, Sin tu latido, Pasaba por aquí, Al alba, De alguna manera, Siento que te estoy perdiendo… Sus canciones fueron y son grabadas por muchos intérpretes, y dejó para la posteridad muchísimos trabajos discográficos. 
	La canción “Invisible” es parte del disco Aire/Invisible, de 1998, y en ella, como en muchas de sus composiciones, podemos notar las lecturas, el sólido conocimiento de Aute en materia de escritura y composición. La pieza tiene tres estrofas y un estribillo final que se repite. Dice:

“Si yo tuviera el aro de Giges, y le pidiera desaparecer, sólo lo haría para camuflarme de algunos espías, que no quiero ver. Nunca sería para sorprenderte bebiendo de otras ambrosías. Me excita más la alevosía brutal de no verte, cuando no eres mía, cuando no eres mía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
         El anillo de Giges hace referencia al mito que cuenta Platón, en La república (publicado en el año 370 a. C.). Giges era un pastor que encontró en un abismo (que se abrió frente a sus ojos por un terremoto) un caballo de bronce; dentro estaba un cuerpo muerto, que en uno de sus dedos tenía un anillo de oro. Giges lo tomó y se dio cuenta que cuando le daba vuelta se volvía invisible. Con ese poder se hizo soberano del reino de Lidia: sedujo a la reina y con ayuda de ésta mató al rey.

“Si me tomara la mezcla de Griffin, y me esfumara para no volver, sólo lo haría para liberarme de mi biografía, sin dejar de ser. E intentaría que mi transparencia fundiese con tu anatomía. Y ya entrados en herejías, tu concupiscencia me reencarnaría, me reencarnaría. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
	Griffin es el protagonista de la novela El hombre invisible, publicada en 1897 y escrita por H. G. Wells. Griffin es un científico que inventa una fórmula que primero aplica a un gato y luego a él mismo para hacerse invisible. Ese poder lo vuelve asesino y loco. 

“Si fuera el gato burlón de Cheshire, haría un trato con mi creador: No sonreiría jamás si consigue que Alicia sonría entre tanto horror. Entregaría al rey mi cabeza, incluso mi cuerpo invisible, si a cambio no fuera posible jamás tu tristeza, tu melancolía, tu melancolía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
	El gato de Cheshire es uno de los tantos personajes estrambóticos que Alicia en el país de las maravillas, célebre novela de Lewis Carroll, publicada en 1865, se encuentra en su loco viaje. El país tiene un rey y una famosa reina roja que a cada momento ordena: “¡Que le corten la cabeza!”. El gato de Cheshire desaparece paulatinamente. En su imagen más icónica, sólo se ve su risa colgada en el aire. Luego, nada.

 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com