Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Mi hermana Andrea
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano
A mi querida amiga Tere Argueta
Salvo tareas y alguna nota sin importancia, creo que no escribí en vida ni siquiera una carta. Ahora, además, tampoco puedo hablar; sin embargo, el estar muerta me da una perspectiva tan completa que, aleluya, puedo incluso usar palabras que nunca me imaginé que existían.
Lo otro también es fantástico: puedo conocer y conozco el hilo genético del que provengo, que prácticamente pasa por miles de personas. Pese a eso, hoy sólo quiero hablar de dos personas, aunque en mi historia haya muchas alrededor. Bueno, una es persona, la otra ya no.
La una es mi hermana Andrea. ¡Dios, cómo la admiraba y cómo la quiero! Era tan erguida, tan alta, tan femenina; con tanta bondad en su mirada y tanta belleza en el rostro. Su cabello era largo, precioso, negrísimo. Si no fuera porque vivíamos en un pueblo, hubiera sido hallada por una gente de cine y se hubiera vuelto un mito su hermosura.
Pero en ese pueblo lo único menos peor que podía pasarle es que el hijo del terrateniente se enamorara de ella y la buscara como amiga, luego la pidiera como novia y después como inminente esposa. Él, de hecho, era de buena pinta: alto, musculoso, aunque con el vicio de carácter que tienen todos los que han sido consentidos por la fortuna, es decir, celoso, caprichoso, violento.
Una discreta mirada de mi hermana hacia algún muchacho que no fuera él, se volvía una sarta de recriminaciones, una escena explosiva, un montón de amenazas. Mis padres pensaban que el futuro de mi hermana con ese hombre era imprevisible, como una tormenta en el mar (que nunca conocí cuando vivía).
Mi hermana nunca nos contó por qué decidió no ir al baile en el parque (me enteré ya muerta que había terminado con él, porque esta vez hubo algo más que sospechas: mi hermana dio un beso al joven del que sí estaba enamorada, alguien los vio y le contaron al loco de su novio). Mis papás sí querían ir y yo también. Mi hermana me peinó como acostumbraba ella y me dio prestado uno de sus vestidos de salir: yo sentí que, adamada como quedé, nada me podría hacer más feliz.
Estaba sentada, al lado de mis padres, cuando sentí que algo ardiente penetraba, por detrás, el hueso de mi cabeza. Fue un instante de dolor supremo y luego nada. Cuando pude entender lo que había pasado descubrí que el novio de mi hermana nos confundió y pensando que yo era ella me dio un primer balazo en la cabeza y luego descargó un par de tiros más de su pistola sobre mi cuerpo, frente a mis padres, hasta que se dio cuenta de su error, y huyó.
Yo tenía trece años.
Desde este lado del espejo de la vida vi cómo mis padres mandaban a mi hermana lejos y cómo poco a poco ella, joven y bella, volvía a vivir, aunque llevaba mi desgracia como un animal oscuro agazapado en su corazón, y también vi como su novio, luego de emborracharse, drogarse, llorar y pedir perdón a gritos, se colgaba de una soga y moría sin encontrar consuelo.
Yo me adapté muy pronto a este modo de estar y no estar, y soy feliz, especialmente cuando veo que a los míos, aunque con nostalgia por mí, les llegan ráfagas de alegría, de buena suerte, de amor. Nació una bebé de mi hermana, a quien pusieron mi nombre. A veces, para sentir de nuevo la vida, me meto en su espíritu y juego con mi hermana, y con mis papás-abuelos.
El asesino de Andrea no vino a este no lugar donde no vivo. Sé que sufre donde está y también sé que sufrirá… eternamente.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juventino Sánchez Vera**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.
Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).
Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha. Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.
La flama y la cicuta I
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
[Sobre el artículo:
Un resumen del texto La flama y la cicuta fue leído por el autor como una comunicación preparada para el “IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor”, organizado por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y el Proyecto Dios en la Literatura Contemporánea (PDLC), 2020. El artículo completo quizá fue publicado en un libro que recopilaría las memorias del congreso.
En esta serie de entregas estaré presentantando el texto completo.]
La flama y la cicuta I
El tratamiento de la divinidad en la literatura del sur de México presenta un sincretismo entre las fuentes introducidas por Occidente y las propias de Mesoamérica precolombina. El presente trabajo se sustenta en la argumentación partiendo del análisis de cuatro obras de autores nacidos en Chiapas. El análisis resultante muestra que ciertas peculiaridades culturales diferencian la percepción de la divinidad dependiendo del nicho cultural (indígena, mestiza, eurocéntrico) en que se inscriba el autor al momento de concebir su obra, creándose nuevos cánones literarios que deben ser leídos y estudiados en paralelo con el canon eurocentrista predominante.
1
En Los viajeros al otro mundo, Domingo De La Torre y Anselmo Pérez (2006), dos pobladores tsotsiles de Zinacantán, una etnia del sur de México, la parte centroamericana de México para ser precisos, narran sus impresiones sobre un viaje efectuado en 1963 hacia los Estados Unidos de Norteamérica. Invitados por Robert M. Laughlin, un antropólogo quien había estado trabajando en la elaboración de un diccionario tsotsil-inglés. En esa época, «ningún zinancanteco había estado nunca en Estados Unidos» (11), y la pregunta de los invitados pareció entonces extraña: «–Si yo fuera ahí, ¿me comerían?». Cuánta sabiduría en la intuición que el tiempo confirmaría como una pregunta sobradamente válida.
El viaje al mundo del antropólogo Laughlin, «tan familiar para nosotros, tan extraño para ellos» (15), abre con el «Rezo del viajero» que invoca a Jesucristo, a Dios, a San Lorenzo, a Santo Domingo y a la Mujer del Cielo. El acto de viajar, hoy tan banalizado, debería ser siempre parte de un ritual místico. La intención de Laughlin parece la de un experimento antropológico que superó las expectativas. La extrañeza con que los viajeros ven las costumbres occidentales le brinda al libro una objetividad que recalca detalles que, en aquel siglo XX, hacen parecer salvajes algunas costumbres de la cultura occidental que presume una superioridad en sus ideales de civilización; algunos actos bárbaros, por cierto, prevalecen en este siglo XXI.
2
Ya en 1952 Ricardo Pozas, en su libro Juan Pérez Jolote, resultante de sus investigaciones en la zona Chamula, colindante con el Zinacantán estudiado por Laughlin, nos contaba la biografía de un hombre que tiene que realizar un viaje fuera de su comunidad y que es arrastrado por la vorágine del mundo occidentalizado internándose en un país extraño: México, el cual debería ser su país pero que lo hacía sentir extranjero en su propia tierra. Juan Pérez Jolote volvería a su paraje con experiencias que sonaban increíbles para su mundo y que percibidas en su visión eran dignas del libro que Ricardo Pozas nos brindó.
Pozas nos cuenta la visión religiosa de los tsotsiles. Es evidente la «herencia» y la inserción de la fe católica en sus ritos, los cuales, sin embargo, rescatan costumbres que, vistas desde aquella fe, lo acercarían al paganismo. La gran firmeza en sus creencias religiosas, modificadas y sincréticas, por otro lado, son aún defendidas con un celo severo, como el que les enseñaron los misioneros católicos.
3
En 2010 se publicó un libro bilingüe: Los últimos dioses, de Marceal Méndez, un libro de cuentos que provienen de una tradición oral, aunque trasladados a la escritura con gran habilidad por su autor. Este libro abre con un cuento titulado «Un demonio invencible», que nos cuenta cómo las comunidades luchan contra demonios de carne y hueso quienes, aunque sufren los dolores y la muerte, saben revivir. Curiosamente, los demonios parecen ser la descripción de hombres afrodescendientes y aunque Marceal Méndez no lo aclara, puesto que no hace falta para que la historia funcione a nivel literario, deja pequeñas pistas sobre el origen de tales personajes.
España durante la conquista intentó implantar una «nueva» visión de la deidad: una religión monoteísta. Un solo Dios, pero también un sólo demonio. Al parecer, la evangelización nunca llegó a completarse y el santoral católico paso a ser el nuevo rostro de los dioses precolombinos, esto es muy sabido: «...los naturales no sólo continuaban practicando a escondidas sus ritos prehispánicos, en los bosques, en los cerros, las cuevas y los ríos, sino que también tenían una escandalosa facilidad para amalgamar creencias paganas” (Viqueira 190). Los conquistadores traían consigo espacios para los viejos dioses, pero también traían espacios para alojar nuevos seres demoniacos. La figura de Fray Bartolomé de las Casas es muy popular en aquella región, la ciudad de San Cristóbal de Las Casas lleva su apellido con orgullo. Fue un férreo defensor de los derechos indígenas, mas es muy cuestionada su labor histórica en la defensa de la población introducida desde África. Quede este comentario a modo de ilustración, fueron procesos complejos que tenían que ver con la economía mundial y la política que finalmente afectaron a las decisiones clericales. Este humanista no estuvo ajeno a ellas y tardó en notar que los esclavos africanos eran también humanos y tardó más aún en reconocerlo. Los indígenas, celosos seguidores de la nueva religión, aceptaron la «impureza espiritual» de los esclavos que llegaron a sustituirlos en muchas tareas. Es posible que varios esclavos africanos escaparan de las fincas esclavistas; el desconocimiento, aprovechado por los poderosos, y las supersticiones, crearon las leyendas de los demonios negros que asolaban la región. A eso me refiero cuando digo que la conquista llevó nuevos dioses y también creó nuevos demonios. Los esclavos fugados se reunían en «palenques» en medio de la espesura y para sobrevivir muchos tenían que salir de vez en cuando a realizar atracos y asaltos en los caminos. Varios de estos palenques se convirtieron más tarde en poblados que hoy han encontrado cabida y registro poblacional, pero muchos otros no prosperaron y sufrieron aniquilaciones o recapturas.
Fray Bartolomé vivía en otra época y no se le puede juzgar por las cuestiones que aún no estaban claras sobre la humanidad y los términos a usar, o las erróneas clasificaciones que llegaron a dividir al homo sapiens-sapiens en «razas». Quiero volver en este punto al libro que cité al inicio de esta comunicación: En la página 99, de Los viajeros al otro mundo (De la Torre), se encuentran con que llegan a un lugar donde «habitan los negros», los viajeros se sorprenden de que en el próspero y democrático país de los Estados Unidos de Norteamérica la comunidad afrodescendiente vivía separada de la comunidad blanca. Sin señalar ni acusar los viajeros se limitan a tomar nota en sus apuntes. Eran los años sesenta del siglo XX, la modernidad, el apogeo cultural y económico de occidente y su ciencia. ¿Se le puede justificar como a De Las Casas?
La literatura de Marceal Méndez recoge en ese pequeño cuento, de su fabuloso libro, el conflicto de la esclavitud africana en tierras conquistadas por Europa desde la perspectiva de población originaria, también sin señalar ni acusar –es lo grandioso de la buena literatura–. Nos muestra cómo, a pesar de la fe impuesta, los dioses y los demonios moraban en sus ritos manteniendo algunos rasgos precolombinos: su dualidad, por ejemplo, aunque subyugados ahora por el nuevo y celoso dios cristiano.
Hubo un periodo político en México que se identificó como «El maximato». El presidente Plutarco Elías Calles, como “jefe máximo de la Revolución”, influenció desde 1924 hasta 1934, más allá de su periodo de gobierno. Durante esta época surgió la «Guerra Cristera» que se opuso a la campaña antirreligiosa en el occidente del país. Dicha campaña fue seguida por gobernantes de varios estados de la República Mexicana, uno de estos estados fue Tabasco donde la figura política replicante de las políticas federales fue Tomás Garrido Canabal, también recordado por su campaña antidogmática que fue materializada con la expulsión de ministros de culto, la toma de recintos religiosos y la quema de arte sacro y figuras de santos católicos. Tales eventos se expandieron por el norte del estado de Chiapas. En su segundo cuento, «El regreso de Santiago», Marceal Méndez nos narra sucesos que tienen que ver con este periodo, que se mezclan con la visión mítica indígena. Llama la atención que en el cuento se habla de Dios y de dioses, donde claramente la palabra Dios en singular se refiere al mito cristiano y en plural equivale a las deidades precolombinas quienes por su lado encontraron, lo mencioné arriba, un nombre sustituto en el santoral cristiano. Santiago es, en el cuento de Marceal, un dios que fue llevado a cuestas por quienes estaban destinados a encontrarlo (111), este santo, además, visitaba a sus homólogos “en forma de fuego y rayo” (108). Cuando fue atacado por los “quema santos” “...una luz circular se elevó fugazmente y pareció no haberse ido muy lejos, pero se esfumó al chocar con las nubes dando la impresión de que había entrado al cielo.” (108) Los había abandonado ese santo que llegó por algún designio y que era cercano, mucho más cercano que el «dios del sacerdote», puesto que «en vez de contemplar desde el infinito el sufrimiento humano, estaba entre ellos, yendo y viniendo como el aire, entrando y saliendo de sus “casas”.» (111) Ahora no tenían quién los comprendiera ni les hiciera sentirse acompañados. Antes del ataque de los quema-santos, el mismo Santiago había decidido hacerse inamovible, incrementando su peso, junto a la figura de un cristo que estaba en la iglesia. Cuando los quema-santos se hubieron marchado, los pobladores encontraron la figura del santo chamuscado, lo limpiaron y colocaron en un pedestal de cemento, pero ya ni siquiera pesaba, cual si fuera un cascarón vacío.
(Continúa en la siguiente entrega...)
Margarita aceptó la invitación de Andrea y Genaro, sus amistades que vivían en otro estado de la República Mexicana, para ir a visitarlos en sus vacaciones. Como estaba acostumbrada a andar de un lado para otro, o como le decían en su familia, de pata de chucho, la invitación le vino muy bien.
Andrea y Genaro organizaron una serie de actividades para que pudieran coincidir en sus tiempos libres con Margarita, además de realizar una cartelera con propuestas para que ella eligiera qué le apetecía más hacer de manera individual.
Una de las tardes la propuesta fue visitar un parque cercano a la casa de Andrea y Genaro, era un espacio muy grato, con vegetación y ambiente familiar. Sus amistades le comentaron que solían ir ahí para correr los fines de semana, querían que conociera para ver si se animaba a acompañarlos el próximo fin.
El parque les quedaba como a 8 cuadras de distancia de su domicilio. Caminaron al destino y desde que Margarita observó el arbolado sintió que le encantaría el lugar, así fue, sin duda. Buscaron una banca para sentarse y a lo lejos estaba un puesto ambulante de papas fritas caseras y aguas frescas.
—¡Con este calor se antoja un agua de jamaica como las que se ven allá! —dijo Margarita, al tiempo que señalaba la dirección del puesto ambulante.
—No se diga más, ahora vamos por aguas y unas papas, —señaló Andrea. ¿Vienen conmigo?
—¡Vamos chicas! —exclamó Genaro.
—Prefiero esperarlos y observar el paisaje, les encargo un agua, por favor —comentó Margarita.
Mientras sus amistades iban por el encargo, Margarita fue recorriendo el parque con la mirada. Había una zona donde la gente llegaba a hacer ejercicio, pensó que ahí aplicaba lo de juntos pero no revueltos. Le llamó la atención la organización que había, gente de diversas edades, cada quien en su actividad, el dinamismo afloraba. Por otro lado, estaban las personas que asistían a pasar una tarde amena llevando a niñas, niños a jugar con sus patines, triciclos y bicicletas. Los gritos y bulla eran parte del paisaje sonoro. También observó a personas muy mayores de edad que visitaban el parque en silla de ruedas, las asistían sus familiares, le pareció un detalle muy bonito e importante, la atención a los adultos mayores, el estar en contacto con la naturaleza seguro les distraía y brindaba energía y alegría.
Se puso de pie para ver mejor otra área, la de los caninos, parejas, familias o de manera individual llevaban a sus perros de paseo, los animales lo disfrutaban al máximo. Pensó en la importancia del cuidado y atención a los integrantes peludos que forman parte de las familias, el paseo era parte de ello. Sobre otro lado había un área con pasto donde las personas estaban recostadas, algunas leyendo o conversando en pequeños grupos. Cada quien parecía disfrutar su espacio, su actividad y la compañía con quien estaba. Su mirada se detuvo en una especie de parada de autobús, ahí estaba sentado un señor indigente, solo, con la mirada dispersa, parecía imperceptible para el resto de las personas. No pudo evitar sentir una sensación de nostalgia.
Margarita volvió la mirada al puesto de papas y aguas frescas, por un instante olvidó que Andrea y Genaro había ido a comprar. Los vio que ya venían de regreso con los alimentos. Estaba contenta de conocer ese lugar, al tiempo que pensaba cómo en un solo espacio, el parque, cabían tanta situaciones y personas, todo eso percibido en una tarde de primavera.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
El año de las tormentas II
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
[Reseña a La vida es el príncipe de los misterios, de Manuel Pérez-Petit]
El año de las tormentas II. La vida es el príncipe de los misterios
Mas las tormentas no se detienen porque un simple humano les ordene detenerse, menos las que son originadas por los torbellinos emocionales. Los recuerdos acuden una y otra vez.
Hay una segunda entrega que escribe Manuel Pérez-Petit de El año de las tormentas. El segundo volumen se subtitula: La vida es el príncipe de los misterios. En la lid del volumen anterior, muchas figuras retóricas y poéticas sirven para ir describiendo las sensaciones que el personaje va percibiendo. La estructura se mantiene, hay un flujo de conciencia que coquetea con el juego poético y que se recrean con figuras del lenguaje, imágenes.
Ya en el volumen uno nos enterábamos del nombre de la mujer que evoca el personaje: Antea. Mas es en este volumen donde se despliega el significado real, por sobre las etimologías, de lo que ese nombre signifique. Antea es una de las ciudades ofrecidas por Agamenon a Aquiles, en la Iliada, también significa Flor y es, además, según nos dice el texto, una estrella, ¿se referirá a Astrea? Para el personaje de esta novela Antea es también una jitanjáfora que produce el ansia por expresar el arte en palabras y es la tortura. ¿Una musa? ¿Una maldición? Un amor que, gracias a que no fue culminado, persiste más vivo en la idealización que en la materia.
“La vivencia del arte te lleva al corazón de las tinieblas”, dice Manuel Pérez-Petit a través de su personaje. Para acercarse al corazón de las tinieblas que explora esta novela hay que estar cerca de los linderos de la locura, pero con un pie algo plantado en la cordura. Antea es, en mi opinión, Dulcinea. Manué, el hombre con alma de poeta que se parece al Manuel de carne y hueso, es un quijote que se ha bebido muchos libros, películas y música; que arremete esgrimiendo citas, no contra gigantes sino contra eso que se llama vida, la que consume todo, para exponernos también su particular visión de lo que el arte y la lectura son cuando se tiene una musa con la que nos lleva a viajar en tren, o quizá sólo estemos viajando por un librero, pero vemos a través de sus ojos desde la Europa hasta el nuevo mundo que se le revela en la “piedra de sol“ en México, siempre acompañado de libros o de escenas entrañables del cinematógrafo que fungen como un Sancho Panza fragmentado.
Antea es también un fantasma que escucha atento en la charla insomne del poeta desvelado, del lector que cita versos en el aire, y es el crisol donde cada palabra es decodificada porque ese fantasma es el lector ideal que encuentra el camino hacia las más espesas tinieblas que moran en el alma de Manuel, ¿de cuál de los Manueles? Por momentos es difícil discriminar entre el personaje y el autor.
Manuel abraza a su musa porque no puede arrancarla de sí mismo. Y si pudiera, se abalanzaría tras ella en el mismo momento en que retirada de él la sintiera.
Llega la aceptación. La reconciliación que le da la confesión. Redención, no en ella sino la del poeta en el mundo, con su Dios y con los Dioses de los otros, con la ambición de ser cura y con el mismo autor de la novela con quien comparte la afición por el Betis, por los comics, el Capitán Trueno, Astérix, Obélix y Moebius. El poeta sopesa la reconciliación con la naturaleza, como verdadero romántico, no ya con el romántico que mal entiende el amor cortés, sino con del Hombre contra lo inhóspito, que se pierde en los sublime, la búsqueda del monstruo ese que llena de oxígeno los pulmones, que se agita respirando la vida misteriosa que lucha en cada pulso por arrebatarnos el aliento.
Roger Octavio Gómez Espinosa
Tlaquepaque, Jalisco, México, julio de 2020.
[El presente texto corresponde al borrador de una reseña a El año de las tormentas II. La vida es el príncipe de los misterios, de Manuel Pérez-Petit, que preparé en 2020 para ser leído ante algún público en España. El año de la pandemia impidió que yo pudiera realizar ese viaje y conocer al público al que se lo leería. Les comparto aquí la parte uno de los textos que encontré en el equipaje de es viaje no realizado.]
Ferenando Trejo, en «El aliento que somos de los perros»
Regalo de mi amigo Fernando Trejo, leo su poemario La abuela está en la casa porque he visto su voz (Cuadrivio, 2019), que ganó el XVI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal.
El libro tiene como tema central, resumo, la muerte de su abuela materna y su entierro; la vida de los albañiles que construyeron su tumba y las “Apariciones en la casa” después del sepelio. El propio Fer, que es también editor, cuidó el libro. Es pequeño y bello; en eso ayudan la tipografía y las ilustraciones hechas por sus hijos: Iñaki, cuando tenía cinco años, un ilustrador con notables dotes, e Isabella.
Fernando Trejo da con este libro un paso firme en la escritura poética en general y en su escritura en particular. El anterior que leí de él, Ciervos (2015), es una maravilla, y en éste no repite sus descubrimientos: cambia de discurso y plantea, sin caer en melodramas, con inteligencia, las variaciones emocionales a partir de la pérdida, flashback y flashforward incluidos.
He leído la mayoría de los libros de Fer y una de sus características es que no teme a la mezcla de géneros. La sección “Entierro”, por ejemplo, tiene títulos como si fueran parte de un guion de cine: “Ext. Barda con botellas quebradas/ día”, “Int. Ext. Casa de la abuela/ catedral/ mañana (Flashback)”, etcétera, y en otros poemas cita fragmentos de canciones de su abuelo Carlos Alberto Trejo Zambrano. No como pegotes, sino como elementos de construcción.
Hay una imagen en su primer poema, que me encantó (p. 11): “Abre la noche el hocico del viento”. En el segundo toma apunte (p. 13): “Hay un temblor de luz, dice mi hijo./ Me siento frente a él y anoto lo que dice: La abuela está en la casa porque he visto su voz”.
En el Flashback de la página 27, va con su abuela y su hermana, de niño, a rezar, con la promesa de que le comprarán después un helado: “Yo estoy consciente,/ a mis ocho años,/ que todo vale un helado de sorbete./ Que podré soportar la eucaristía,/ el rito,/ hincarme ante Dios poderoso. […] Como si bebiéramos la fe,/ en canastilla”.
En “Ext. Panteón Municipal/ mediodía” escribe (p. 33): “El sol tira a matar,/ Emite silbidos, como si dentro de la luz/ un tirador disparara pedradas/ de lumbre”.
Juan y Adán Verdugo, hermanos y albañiles, harán la tumba de su abuela, a quien nombra por completo en un verso (p. 44): “Con cuarenta ladrillos,/ los Verdugo borrarán para siempre/ la risa de María Luisa Sirvent Rincón”.
La abuela muere y luego su fantasma llega a casa del poeta (p. 57): “Y en este punto, en el distorsionado pixel de su incredulidad/ mi abuela aparece de frente/ horrorosamente lluviosa./ Todo esto sucede mientras corro la cortina/ y mi esposa dice que nuestro hijo se ha pasado/ todo el día rayando las paredes”.
Fernando intenta comprender a su abuela fantasma (p. 67): “Si hay algo que pesa en lo fantasma, es no poder llorar./ Porque llorar es muy humano. Y mi abuela qué puede soltar/ si el agua no recuerda”.
Qué buen libro. Qué gusto leerlo.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juventino Sánchez Vera**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.
Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).
Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha. Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.
El año de las tormentas I
Por Roger Octavio Gómez Espinosa
[Reseña a La vida es un tango por Calderón de la Barca, de Manuel Pérez-Petit]
1). La vida es sueño reza el título de una obra de don Pedro Calderón de la Barca estrenada, según los estudiosos, en el año 1635. 2). Por otro lado, es difícil establecer una época en la que El Tango naciera, pero es muy seguro que se gestara por ahí de la primera mitad del siglo XIX, dos siglos después de la obra de Calderón, en Sudamérica. Mestizo y apasionado el compás reconquistó después al viejo mundo. 3). Me intriga el título del libro de Manuel Pérez-Petit, largo, alejandrino si fuera un verso, que de entrada desata mi imaginación.
Abro el libro y noto en primera instancia que no hay concesiones para el lector distraído, ni para nadadores de corto tramo, arranca con un largo monólogo dirigido a alguien. Nos deja respirar hasta después de 5 páginas. Largas brazadas, condición física exigida. A quién le habla este personaje, “¡Manué!”, quién es ese ser pirenaico de sonrisa pergeñada que le provoca tales recuerdos.
En la segunda inmersión me encuentro con que ese personaje me recuerda a mí mismo o, mejor dicho, al yo mismo que fui en mi juventud primera, cuando marcar desde un teléfono a la mujer que es lejana, por la distancia y por el olvido que esta le procura, provoca un amasijo de sensaciones indescriptible, pero que el autor describe bien; al joven que es capaz de dar saltos gimnásticos ante el sí de una mujer, al que le temblaban las piernas cuando descubría nuevos espacios en la esperanza de un amor y que era capaz de huir por ella hasta el mismísimo Paris, aunque los míos fueron lugares menos icónicos, igual me posiciono del recuerdo de la juventud aquella de cuando ya se usa una máquina de rasurar pero apenas se comienza a descubrir lo que significan las primeras ilusiones rotas.
Voy en la página quince y los párrafos tan largos no son ya pruebas de fondo sino una cascada de palabras que me arrastra a la velocidad de ese joven que va al encuentro de su amada. Avanzo en la lectura sin más contratiempo que dejarme llevar por la corriente. Hasta un Paris que festeja su bicentenario, donde todos festejan menos ese personaje que platica lo vacuo y triste que es la Ciudad de las Luces cuando la soledad lo acompaña a uno, una soledad que no puede llenarse con la compañía de nadie más que de la mujer que está ausente y que se ha perdido.
¿Pero qué se hace cuando se es joven y apenas comienza a conocer los vericuetos del desamor? Andar, vagar y seguir con la energía de esa preciosa edad y con la rebeldía contra las instituciones, contra las falsas revoluciones, contra los muros. Mas siempre con Ella en forma de un recuerdo. Manué nos lleva de viaje por la Europa de sus memorias, que ya tienen lagunas, y apenas vamos por la página veintitrés.
Nos expone la búsqueda de la normalidad que se espera de un hombre que escribe y que por eso quizá no pueda ser considerado “normal”, cómo los libros pasan de ser un regalo exótico, a ser considerados basura que luego pueda ser rescatada para adornar los libreros. Denuncia las lecturas que son confundidas o banalizadas. Lamenta que los resultados de la escritura, que puede ser para los que la practican una terrible droga que no puede ser dejada y que exige al artista ser escrita, es luego tratada como un simple pasatiempo de segunda. Esa escritura que invoca las sensaciones de la realidad y no la realidad misma, que trae las entrañas mismas de quien la escribe es para algunos sólo un amasijo de ideas sin sentido.
A la juventud sigue la madurez o la decadencia, depende quien la encare. Luego las profundidades del abismo y el ascenso. El hombre que se cree curado y que encuentra en la dureza de una máscara el paliativo que parece la panacea es luego destruido por la causante de los males. Sucede el reencuentro con “la ingrata” y el personaje se compara con el Rick de “Casablanca”, la icónica película de Michael Curtiz. El héroe adusto se derrumba ante un gesto de ella que aparece como si nada y pide una canción que revive el ardor en las cicatrices que se creían curadas. Lo vuelve un varón domado que baila al son de las notas de las que ella marca el ritmo, los encuentros y desencuentros.
Un tango, nos aclara el personaje, esta historia de encuentros y desencuentros se vuelve, en efecto, un tango acompasado que pudiera ser un sueño, el tango de una vida cantada en unas estrofas, la misma que es sueño en el título de la obra de Calderón de la Barca. Bien caben doscientos años en un instante y bien pudo Calderón de la Barca haber equiparado a la vida con un tango y es una lástima que éste no existiera en aquella época. La historia que nos presenta el autor Manuel Pérez-Petit cabe en el instante en que una voz revive el universo de un recuerdo que no quiere olvidar, aunque en su desesperación apele a los “brazos del olvido”.
Roger Octavio Gómez Espinosa
Tlaquepaque, Jalisco, México, julio de 2020.
[El presente texto corresponde al borrador de una reseña a El año de las tormentas I. La vida es un tango por Calderón de la Barca, de Manuel Pérez-Petit, que preparé en 2020 para ser leído ante algún público en España. El año de la pandemia impidió que yo pudiera realizar ese viaje y conocer al público al que se lo leería. Las tormentas pasan, las pandemias también, pero a la ingrata aerolínea (que se quedó con mi dinero y mis ansias de mundo) no le importó aquello ni mis derecho de viajero por lo que no pude llegar al Viejo Mundo. Les comparto aquí la parte uno de los textos que encontré en el equipaje de es viaje no realizado.]
La cita que tengo es a las seis de la tarde, apenas me alcanza el tiempo para llegar puntualmente al lugar indicado. Calculo que en diez minutos podré estar en el estudio donde tendré la entrevista, mi mente dice si llego, les digo a mis piernas y mis pies si llegamos, seguro que lo haremos. Observo mi silueta que se dibuja con la luz del sol que me acaricia la espalda, una sombra pinta el movimiento de mi cuerpo y mi cabello, corrijo mi postura. Me gusta mi silueta que se va combinando con el paisaje que me rodea.
Dejó de prestar atención a mi sombra y me pongo a observar a la gente, buscó algún rostro conocido con quien yo coincida en las calles, ninguno. Veo a las personas que, al igual que yo, aún portan su cubrebocas y eso me hace recordar que tenemos un nuevo rostro cuando lo portamos correctamente. Sigo mi camino, falta más de la mitad del recorrido.
Intento conectar con la arquitectura de las calles, hay banquetas en remodelación, muchos locales comerciales que no estaban, edificios antiguos que han sido derribados. Me atrapa el cielo azul con sus detalles en tonos blancos, como una especie de pinceladas bellamente trazadas. El sol sigue acariciando mi piel, siento sus rayos tan intensos, después de una semana de paisaje en tono gris por las intensas lluvias trato de disfrutar del clima cálido. Estoy en mi tierra, mi lindo Tuxtla.
Me interno por calles que no suelo transitar, hago memoria para recordar qué anécdotas tengo de estos espacios, intento reconocer el barrio. No tardan en aflorar momentos de la adolescencia, con mi familia y amistades. De pronto, la atmósfera se convierte en esos instantes que ya he vivido, las fachadas de las casas, las viviendas con árboles que se asoman y que me saludan recordándome su presencia. Un señor de rostro amable, quien porta un sombrero y se detiene con su carrito de paletas antes de cruzar la calle, me hace reconocer este oficio que permanece. Nada más agradable que degustar una paleta de hielo en una tarde calurosa como la de hoy.
Sigo caminando, ya falta poco para llegar a mi destino, conecto con esta emoción de caminar en una tarde cálida, a un ritmo que es muy característico en mi andar, sobre todo cuando llevo prisa. Un ritmo que echaba de menos. Siento mis pasos y mi respiración agitada. Mi mirada se deleita con el colorido de los graffitis que descubro como bellos hallazgos, casi me quedó ahí observando las calles bellamente trazadas en una ventana.
Buscó la dirección a donde me dirijo, voy bien ubicada, las casas con techos de teja me siguen haciendo sentir ese aire nostálgico del Tuxtla que se esfuma. Una señora y un señor sentados afuera de sus viviendas me evocan a una calle de mi barrio, las tardes donde se solía tomar el aire fresco. Regreso la mirada buscando el número de la dirección, antes que el número descubro que ahí está Tito quien me hará la entrevista. He llegado a mi destino. Reviso la hora, las seis de la tarde. Respiró profundo, estoy en el tiempo indicado. Sonrío, saludo a Tito, ahora viene otra travesía.
[Entrevista a la autora: Maria Gabriela López Suárez]
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
El mundo como un pañuelo, que propone Netflix, da la oportunidad de ver cine de países que antes eran sólo un enigma: Tailandia, Países Bajos, Suecia, Dinamarca, etcétera. También da foro a la cinematografía latinoamericana: Colombia, Argentina, Perú… De este último país me encontré con tres propuestas sólidas, interesantes, de contenidos profundos, de magníficas hechuras, que te recomiendo lector, lectora.
Retablo (2017)
Es la primera película de Álvaro Delgado-Aparicio, quien también coescribió el guion con Héctor Gálvez. Participó, como candidata a mejor película, en los Goya de España y los Oscar de EUA.
La historia se centra en un padre y su hijo, quienes hacen y venden retablos (muñequitos tallados en yeso) para celebraciones religiosas, para adornos. El hijo descubre que su padre, quien vive con esposa y dos hijos, tiene prácticas homoeróticas. Difícil y lograda actuación de un adolescente (Junior Bejar), quien tiene que trabajar mucho para llegar a comprender y respetar a su padre. No ocurre lo mismo en su pequeña y pobrísima comunidad homofóbica.
La trama da la oportunidad de oír el quechua (está hablada en ese idioma andino), de gozar con los paisajes verdísimos de los cerros y montañas peruanas, de conocer la vida cotidiana de sus comunidades…
Wiñaypacha (2018)
Dirigida por Óscar Catacora, es la primera película peruana en ser hablada completamente en idioma aimara (wiñaypacha significa eternidad). Fue filmada en la bellísima montaña nevada Allincapac y ganó varios premios. Fue la primera cinta de este director, y la única, pues desafortunadamente Óscar murió en 2021, a los 34 años.
Los únicos protagonistas son dos viejos (Willka y Phaxsi, Sol y Luna) que viven en abandono y pobreza, y suspiran porque el hijo que se fue, regrese. Contó Óscar que la historia hace referencia a sus abuelos. De hecho, Vicente Catacora, el actor de la cinta, es abuelo de Óscar, el director.
Las imágenes son portentosas y la historia no necesita para conmover ni música ni efectos especiales: es un retrato de dos octogenarios, sobreviviendo en condiciones precarias, en la soledad (o la compañía, según se vea) de la naturaleza.
Canción sin nombre (2019)
Es el primer largometraje de Melina León, quien la coescribió y la dirige. Está ambientada en la época terrorista de 1980. Ha ganado varios premios y recorrido varios festivales internacionales (Cannes, Goya, Oscar…).
Dos cosas que me llamaron la atención de la trama, que involucra el robo de niños y la complicidad de jueces y señores de la justicia con ese crimen, fueron a). Cuando la protagonista entra a un edificio hay un corro de niñas que juegan a saltar la cuerda y repiten una canción terrible, que supongo es o ha sido popular por aquellos lados: “Soltera, casada, viuda, divorciada; con hijos, sin hijos, no vales nada”.
Y b). La otra es un poco más sutil y tiene que ver con la influencia de la cultura estadounidense, que se filtra en todos los órdenes de la vida en América Latina. Uno de los personajes es un actor, y uno supondría que está trabajando en la obra de un dramaturgo local o que se refiera a los hechos de Perú. Y no. Está montando El zoo de cristal, de Tennessee Williams.
La cinta presenta a dos personajes marginales (entre otros), enfrentados al gobierno y al narcotráfico, sin más armas que la desesperación: una madre a la que le han robado su niña recién nacida y a quien nadie recibe ni ayuda, y un periodista homosexual que toma como suya la odisea de una mujer que batallaba sola.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.