Polvo del camino. 15. Bruja y guajolota. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 15

Bruja y guajolota
Héctor Cortés Mandujano
 
 
Bulmaro, hijo adoptivo de Adrián Vidal y Nicacia, tenía harta a su mamá con su comportamiento. Ésta lo colgó de una red, le puso debajo fuego y chile. Sobrevivió a la tortura, con algunas quemaduras que nunca se le borraron (p. 14): “Los jóvenes que conocían a Bulmaro le clavaron el apodo de ‘Talega frita’ ”. Este es un fragmento de las vidas que relata Personajes populares de Chiapa (Conaculta-Coneculta, 2006), de José Alegría Nandayapa.
            El libro está lleno de apodos. A doña Amelia Flores Alcántara, que adonde iba se (p. 21) “acompañaba de una gran manada de perros callejeros” le decían la “Turca”; al músico Ángel Regalado (p. 25) “le gritaban Ángel de Gorra” y a Antonio Penagos Corzo, quien (p. 39) “se estaba ahogando en el Río Grande de Chiapa por sacar un jocote que se había sumergido”, lo rebautizaron como “Cacha floja”, por varias caídas que tuvo; hay el (p. 55) “Mingo Choco”, el (p. 63) “Hambre canina”, el (p. 68) “Muchocansa”, el (p. 70) “Perlático”, el que tiene dos apodos (p. 71): “el Satanás o el Cochi” (una frase maravillosa en su biografía, p. 72: “El Satanás era católico”) y el (p. 219) “Tranca de golpe”.
            Me encantaron del libro, también, la anotación de las profesiones. Berzaín C. y Alfredo Hernández Corzo son (p. 33) “comerciantes y chapuceros”; don Cheque es (p. 56) “poeta y bolo antiguo”; “El Matagato” fue (p. 66) “menesteroso” y “El Mechicano” (p. 66), “alcohólico”; Elpidio Hernández, Pillo Cochi, es definido como (p. 75) “Comelón de tamales y sastre”, Ernestina como (p. 84) “Niña vieja”, Juana Cameras como (p. 131) “Mujer adinerada”,  Juana Solita como (p. 133) “Bruja”, que “en las noches de luna llena se convertía en guajolota” (qué elemental, en lugar de convertirse en cisne, por ejemplo), Tanislao Rodas como (p. 196) “Asaltante” y Tío Manuel Estudillo como (p. 214) “Herrero y loco”.
            La tía Tanchi entra al cine de don Conrado Coutiño Godoy; cuando el interventor le quiere cobrar, ella le dice que no paga. ¿Por qué?, le pregunta, y ella contesta (p. 47): “¡Soy su querida de don Conrado!”.
            Don Lacusón llamó a sus hijos Robinsón y Edisón; éste le reclama, porque (p. 57) “esos pendejos de la escuela siempre me gritan ‘Jonisón’ ”; “El Mechicano” cantaba entre otras canciones ésta (p. 68): “Del otro lado del río/ suspiraba un tiburón,/ y en el suspiro decía:/ callate vos, no sabés”.
            Florinda Lazos León era (p. 93) “mujer que no medía ni metro y medio de estatura y además muy fea, pero con un carácter digno de mejor estuche”; Guillermo, el “Tasajo”, platicaba con sus amigos de cantina (p. 106) “de amores, traiciones y enculamientos” y después, borracho, se roba a la Chonita; cuando ella le cuenta al otro día de cómo se huyeron, él le reclama (p. 107): “Pero, ¿qué no viste que estaba yo bolo? ¿Qué, no tenés juicio? ¿Cómo te vas a huí con un bolo?”.
            Ah, cuánta diversidad humana.
Ilustración: HCM.

Polvo del camino. 14. Natividad y Lorenzo de Monteclaro. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 14

Natividad y Lorenzo de Monteclaro
Héctor Cortés Mandujano

Conservo el alma llena de grillos,
tengo canicas en los bolsillos
 
“La vida”,
canción de Alberto Cortez

 
 
Por unas reparaciones, hay albañiles en casa. Traen celulares con sus canciones favoritas y las oyen a todo volumen. En uno de esos días, en la mañana, cuando salí al trabajo, oían la clásica “Me dejaste abrazado de un poste”, con la maravillosa y campirana voz de Lorenzo de Monteclaro.
          Cuando era niño, en El Ciprés, la finca en que nací, sólo oía música ranchera, y me gustaban, claro, las canciones y las interpretaciones de Jorge Negrete, Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Lucha Villa, Lola Beltrán, Amalia Mendoza, Antonio Aguilar y una larga nómina. Pero mi favorito, por sobre todos ellos y ellas, era el gran Lorenzo de Monteclaro, de quien, además, ponían su versión de “La paloma” cada vez que alguien moría en el pueblo cercano, es decir, casi a diario. 
          También, como los albañiles, la soltaban a todo volumen y por la magia de la bocina nos llegaba hasta el rancho.  Esa canción, si la oyera de nuevo, con seguridad me daría tristeza. Como soy hedonista, no la oigo: siempre he preferido el placer al dolor.
 
Una de las presencias amadas de mi infancia fue mi prima Natividad. Me oía, conversaba conmigo, contestaba con paciencia mis preguntas y, cuando ya no estuvo en la finca, me escribía. Las cartas de Naty (las perdí en una de mis muchas mudanzas) son uno de los tesoros de mi memoria. 
          A ella le dije una vez, recuerdo, que Lorenzo era el mejor cantante del mundo. Naty me vio con atención y me dijo algo que a mí me pareció enigmático: “Eso piensas ahora; cuando seas grande vas a cambiar de opinión”.
Me pareció una idea horrible: ¿De modo que ser grande sería traicionar al niño que era? No, me dije, y le respondí a Naty: No, yo seguiré pensando que Lorenzo de Monteclaro es el mejor cantante del mundo.
          Mi amada prima sonrió: “Tal vez, pero para ese entonces habrás oído a muchos cantantes, habrás oído otros tipos de música y sentirás que Lorenzo de Monteclaro te gustaba, pero ya no. La mayoría de las veces, a los adultos ya no les gustan las cosas de la infancia. Cambiamos. Así es la vida, primito”. 
          Pues qué vida tan hija de la chingada, tan traidora, pensé, y me alejé de Naty, meditabundo, rumiando lo que me había dicho.
          Y ahora que oigo de nuevo a Lorenzo de Monteclaro (los albañiles se están clavando en los oídos y el alma “El señor de las canas”), me doy cuenta que muchas cosas de la infancia me siguen gustando mucho, que no me he alejado del niño que fui, que soy todavía aquel que se alegra con el viento, que le gusta ver la luna y las estrellas, que se siente feliz sólo con cerrar los ojos y soñar, y que también sueña con los ojos abiertos, fascinado del aire nomás, de la lluvia, de la vida…
          Y que sigo queriendo tanto, como cuando era niño, a mi prima Natividad, a quien abrazo en estas líneas.
Ilustración: HCM.

Polvo del camino. 13. Finales felices, finales desgraciados. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 13

 
 
Finales felices, finales desgraciados
Héctor Cortés Mandujano
 
Vi por tramos En busca de la felicidad (cinta dirigida por Gabrielle Muccino, en 2006, y con Will Smith a la cabeza del reparto), porque por curiosidad malsana quería saber hasta dónde podían exagerar la trama de este afroamericano a quien: a). la mujer deja con un hijo porque ya no soporta la pobreza, b). el casero desahucia y pone sus cosas en la calle, c). le roban los objetos que vende, d). no siempre dejan entrar a los hogares de vagabundos adonde llega a dormir con su hijo. 
            Antes, en este abecedario maldito de desgracias, en su descenso a los infiernos de la miseria, ha dormido en un sanitario de la terminal del metro… Lo atropellan, lo estafan, lo roban, todas las calamidades una tras otra. Uno se pregunta cómo le hace el actor para no soltar la risotada ante tanta exageración, porque hace con seriedad su chamba; incluso, me parece que protestó ante la Academia que no lo nominó al Oscar.
            No dudo que haya gente, en la vida real, que tenga tanta mala suerte como este personaje, pero visto en una película que busca burdamente tocar los sentimientos básicos del auditorio da penita ajena. Tiene final feliz, faltaba más.
            Verla me recordó una perla rara del cine mexicano, donde los actores principales eran cantantes: Javier Solís y Sonia López, acompañados de, él sí un actor con todas las letras, Fernando Soler. La película se llama Campeón del barrio (dirigida por Rafael Baledón, en 1964) y es una colección de problemas que nunca cuajan: el boxeador pobre se enamora de la hija de su entrenador; piensan que el papá se opondrá al romance y no, se alegra. No me extenderé en los tropiezos que se vuelven buenos sucesos, en el montón de dificultades que se van resolviendo como si fueran milagros. De eso va la peli. 
           Estaba emocionado, me acuerdo, de encontrarme un filme que desafiaba todos los cánones del melodrama, en su plena época cinematográfica. El boxeador, al final, hace la función donde, por lo que la película ha hecho hasta el momento e incluso por el título, se volverá con seguridad el campeón; sin embargo, en el momento cumbre, y esta es la última escena, cae muerto. La cámara toma algunos aspectos, hace un plano general, recuerdo, y aparece la palabra Fin. Qué cosa.
            Supongo que a las dos cintas les fue mal con la crítica, porque la colección de males que se vuelven felicidad y la sucesión de bonanzas que terminan en tragedias, parecen abortos de la compleja vida que nos da un poco de ambas, pero es de agradecer a esa gente que se lanza al vacío para contarnos algo que intentan pasar por real y que resulta la más pura fantasía…
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

Polvo del camino. 12. Enseñanza. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 12

Enseñanza

Héctor Cortés Mandujano

Así hicieron los dioses,

así hacen los hombres

Adagio hindú,

citado por Mircea Eliade

 
 
Una voz en sueños me dijo: “Si entiendes que tu cuerpo es sagrado –dado que es parte del universo, del infinito, de la eternidad– nada de lo que entre en él, inmaterial o físico (pensamientos o comida, por ejemplo), podrá dañarlo o, más todavía, todo lo que entre en él se volverá sagrado”. 
            Escribí la nota sobre este sueño recién me desperté (y, con otras palabras, la incluí en mi obra de teatro La divinidad del monstruo); días después leí El mito del eterno retorno (Editorial Planeta, 1985), de Mircea Eliade. Este hombre (su nombre me parece femenino) explica con suficiencia, sapiencia y claridad las hierofanías: la presencia divina en cualquier hecho terrestre. Su libro es un prodigio, un regalo. 
            Habla de cómo la gente rinde pleitesía a una piedra, por ejemplo (p. 12): “Una roca se muestra como sagrada porque su propia existencia es una hierofanía, es lo que el hombre no es. Resiste el tiempo, su realidad se ve duplicada por la perennidad”.
           Las danzas celebran lo divino y las plantas se vuelven mágicas porque las tocó un dios (p. 13): “El hombre arcaico no conoce ningún acto que no haya sido planteado y vivido anteriormente por otro, otro que no era un hombre. Lo que él hace, ya se hizo. Su vida es la repetición ininterrumpida de gestos inaugurados por otros”.
            Dios es el padre, la virgen es la madre, Jesús es el hijo: la divinidad es ejemplo de la vida de una familia cualquiera, tratamos de poner divinidad a nuestra pedestre condición de mortales (p. 17): “El mundo que nos rodea, civilizado por la mano del hombre, no adquiere más validez que la que debe al prototipo extraterrestre que le sirvió de modelo. El hombre construye según un arquetipo”.
            Eliade explica como prácticamente todo en el mundo es un retorno y hasta las orgías están dedicadas a alguna divinidad (p. 26): “Todo ritual tiene un modelo divino, un arquetipo”; el día de descanso (el sabat) simula al día en que Dios descansó, después de crear al mundo; las escrituras dicen “que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” y así, imitamos a Dios, cuando amamos; el matrimonio también es una repetición de la unión del cielo y la tierra (p. 28): “Yo soy el cielo –dice el marido–, tú eres la tierra”. 
            Hay poco que no sea sagrado (p. 32): “Sólo son ‘profanas’ aquellas actividades que no tienen significación mítica, es decir, que carecen de modelos ejemplares”. Casi ninguna.
Fotografía: Nextvoyage.

Polvo del camino. 11. Gente necia. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 11

Gente necia
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano
 
Cuando iba por las escaleras de caracol hacia la azotea, casi al llegar apareció el hombre con una pistola en la mano y sin dudarlo me disparó. 
           Los tres primeros balazos se me clavaron en la pierna izquierda –piquetes de zancudo–, uno cerca de la tetilla izquierda y dos más en la cara. 
           Lo vi con sorpresa y él me miró asustado. 
Sacó otra pistola y de nuevo disparó. No puse atención en los lugares donde me dio. No era mal tirador y todos llegaron a mi cuerpo. 
            Con más susto y con la preparación de un sicario con muchos recursos sacó un cuchillo cuando me tuvo cerca y me cercenó la garganta –una comezón mínima– y después me clavó el arma en el corazón.
            Ni siquiera pestañee. 
Él, demudado, no sabía qué más hacer. 
            Yo lo hice a un lado con un empujón y llegué hasta mi camisa blanca tendida al sol. Revisé si ya estaba seca: sí estaba, la descolgué, me la puse en los hombros y comencé a bajar.
            Él ya había cargado de nuevo sus pistolas y me siguió disparando mientras yo bajaba. Hay gente que no entiende.
Fotografía: Axel Vandenhirtz.

Polvo del camino. 10. Anagrama. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 10

Anagrama

Héctor Cortés Mandujano

Si el amor es pasajero, yo soy autobús

 “El amor es pasajero”,

canción de Jaime López

Veo un calendario y pienso en ti. 

No estás de manera obvia en el anagrama de todos los días, pero tuerzo significados para hallarte.

            Estás claramente en el “Une” (“El amor une cuerpos”, escribió el poeta) del Lunes, y en el “Arte” (tus ojos, tu amor) del Martes.

            Las “Mieles” (tus besos) se hallan en el Miércoles.

            “Ese” encuentro en el Jueves y ese es tu cuerpo: el tuyo-mío, el mío-tuyo, el que hacemos juntos, el “animal de dos espaldas”.

            Tu “Ser” está en el Viernes.

            El Sábado tiene, con falta ortográfica, el “Ado” que nos ha unido, y sin la hache está el “Domingo” con el “Imno”, las fanfarrias del triunfo por el tesoro hallado, la melodía épica, triunfal, que llega a mi corazón cuando te veo.

Fotografía: Alejandro Nudding.

Polvo del camino. 9. El marqués y yo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 8

El marqués y yo

(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Tal vez en algún siglo de los que siguen las desigualdades sociales ya no sean tan brutales como en éste en que vivo, en estos años, en estos días.

            El marqués nada sabía de mi existencia. Creo que si me ha visto antes me vio como ve la campiña de su propiedad, a un animal de los suyos, a una mujer a su servicio. Soy el palafrenero, el cuidador de caballos.

            Su esposa es tan pálida, tan frágil, que nunca pensé que quisiera montar el caballo imponente que su marido compró para ella. Me ordenó una de sus doncellas que cuidara del ejemplar, lo montara y aprendiera sus mañas para que la señora no corriera peligro.

            Puse una de las monturas con manzana de plata y con los jaeces más exquisitos “vestí” al equino. La mujer vino, enfundada en veste de amazona, y se subió sin hesitación alguna. Yo la acompañé en otro caballo, a prudente distancia.

Luego de un tiempo, ella se sentaba en mi miembro y parecía correr, volar, en mi humanidad ardiente como cabalgadura. No me hablaba ni antes ni después de desnudarme y subirse en mi verga erecta. Alguien nos vio, supongo.

            Recibí la noticia de que estaba despedido sin mayor sorpresa. Me extrañó, sí, que cuando a punto de salir de la propiedad sin más equipaje que mi cuerpo, ella llegara con un caballo y me entregara sus riendas.

            Es tuyo –dijo–, por tus buenos servicios.

            Se fue.

            No sé si el marqués estuvo pendiente de lo que haría su mujer, pero apareció unos minutos después y bajó de su cabalgadura. No entendí por qué vino a solas y por qué supuso que yo me dejaría azotar. Cuando levantó la mano con la fusta, yo le clavé el puñal que es para mí casi una mano más. Moví con fuerza el arma para que no hubiera posibilidad de que sobreviviera. 

Limpié el puñal en sus ropas finas, monté en mi caballo y me fui, sin volver la vista…

Fotografía: Mark Elliot.

Polvo del camino. 8. Del dibujo a la resolución compleja, al texto ergódico. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 8

Del dibujo a la resolución compleja, al texto ergódico
Héctor Cortés Mandujano

Dibujo rápido y preciso es “El efecto Keno”, primero de los tres textos que integran Cuentos del mar (Tifón, 2020), del prolífico y multipremiado narrador chiapaneco Luis Antonio Rincón.
“El efecto Keno” pareciera, incluso, una anécdota personal cerrada con la circularidad de la serpiente que se muerde la cola.
“El hijo del mar” podría en cambio, sin esfuerzo, postularse como ejemplo de la brevedad que sugería Ítalo Calvino en sus célebres propuestas, porque este cuento no se mueve más que hacia adelante en su espíritu de flecha en el aire. Si volvemos al símil inicial, sería éste una acuarela donde el pintor con experiencia ha planeado con cuidado la puesta del color en el papel, para que no haya la gota perversa y desobediente que resbale y eche a perder la imagen pensada y llevada a su perfecta resolución.
Los dos cuentos primeros, por otra parte, pueden compartir genealogía, pues Keno y el narrador de Nun, “El hijo del mar”, sin merma de sus diferencias, podrían ser el mismo personaje.
“Embravecido” es el cuento mayor de este breve volumen y me parece que se hermana con “Tegenaria doméstica”, de Roger Octavio Gómez Espinosa (Roger y Luis son amigos y se leen), con el cual comparte una serie de técnicas (polifonía, dibujos, nota periodística, guion de cine), aplicadas a la fragmentariedad con que se cuenta la historia de Pedro Catalán Leyva, Perico, y de los varios personajes que son importantes en su vida (Chagoya, Samuel, Martha, Pedrito, la vieja que urde su venganza), que el lector debe complementar porque el final se prefigura, pero no se explicita.
Este cuento ergódico –dado que necesita la participación activa del lector para su consumación fáctica– se aleja mucho del dibujo y de la acuarela, y se instaura como una pintura compleja, de matices diversos, de significaciones distintas, que nos muestran al pintor, al autor, Luis Antonio Rincón, como un artista en plena posesión de sus materiales artísticos, en pleno dominio de su oficio. Felicidades y un abrazo, querido Luis Antonio.

*Texto leído en la presentación de Cuentos del mar, de Luis Antonio Rincón, en Telar Teatro, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el viernes 6 de marzo de 2020.

Fotografía: Juventino Sánchez Vera.

Voces ensortijadas. 1. Estoy aquí y ahora. Maria Gabriela López

Estoy aquí y ahora

María Gabriela López Suárez

Ximena revisó su reloj, ya estaba sobre la hora en que se llevaría a cabo la actividad a la que su amiga Catalina la había invitado, el círculo de mujeres. Encontró el domicilio que refería el mensaje de la invitación y tocó el timbre, estaba nerviosa y emocionada. Era la primera ocasión que participaba en esa actividad. Desde la puerta percibió el aroma a copal que se desprendía del interior. Eso le agradó.

El rostro sonriente de Estela le dio la bienvenida. Ximena la saludó, ya se encontraban ahí otras mujeres, de diversas edades, entre ellas Catalina. Estela le dijo que ocupara el espacio que gustara, en el salón habían varios cojines en el piso, acomodados de tal forma que hacían un círculo, aún había lugares por ocupar.  Ximena optó por sentarse cerca de una esquina, quedó frente a su amiga, la saludó de lejos.

Al centro había un altar, también de forma circular, estaban ahí elementos de la tierra como maíz de colores amarillo, blanco, azul y rojo, un corazón de cuarzo, flores y un corazón de tela que representaba la palabra. Estela, la chica que guiaría la actividad dijo que ésta daría inicio en unos minutos, estaban haciendo tiempo por si alguna compañera más se integraba. 

Mientras esperaban les indicó que depositaran alrededor del altar sus ofrendas, ahí pusieron frutas, semillas, flores, velas e incienso. El círculo de mujeres dio inicio con la explicación de Estela que les hizo saber que ése era un espacio para reencontrarse con su ser mujer, con lo sagrado femenino, así como para escucharse, compartir sus historias y acompañarse entre mujeres.

La respiración de Ximena comenzó a relajarse, escuchaba atenta los mensajes de la guía. Observaba los rostros de las demás mujeres, se veían contentas, también relajadas. Cada una le fue proyectando paz. Vino el momento de la meditación y Ximena se dejó guiar, el mundo de afuera que irrumpía con los sonidos de coches, música, murmullos de conversaciones, paso de personas, fue quedando en último plano hasta que solo escuchaba y sentía su respiración y la voz de Estela.

Al término de la meditación el ambiente se percibía con mucha armonía, los inciensos habían hecho su labor, sus aromas estaban presentes. Llegó el momento de compartir la palabra, cada participante fue haciendo uso del corazón de tela.  Ximena ahora le iba encontrando más sentido a la frase que había escuchado algunas veces, estar aquí y ahora. 

Al finalizar la ronda de compartires, Estela continuó compartiendo la importancia del acompañamiento en ese círculo de mujeres. El corazón de Ximena estaba contento, seguía escuchando con atención, ya no solo con la mente sino desde su sentir. En su interior ahora resonaba estoy aquí y ahora.