Polvo del camino/ 12

Enseñanza

Héctor Cortés Mandujano

Así hicieron los dioses,

así hacen los hombres

Adagio hindú,

citado por Mircea Eliade

 
 
Una voz en sueños me dijo: “Si entiendes que tu cuerpo es sagrado –dado que es parte del universo, del infinito, de la eternidad– nada de lo que entre en él, inmaterial o físico (pensamientos o comida, por ejemplo), podrá dañarlo o, más todavía, todo lo que entre en él se volverá sagrado”. 
            Escribí la nota sobre este sueño recién me desperté (y, con otras palabras, la incluí en mi obra de teatro La divinidad del monstruo); días después leí El mito del eterno retorno (Editorial Planeta, 1985), de Mircea Eliade. Este hombre (su nombre me parece femenino) explica con suficiencia, sapiencia y claridad las hierofanías: la presencia divina en cualquier hecho terrestre. Su libro es un prodigio, un regalo. 
            Habla de cómo la gente rinde pleitesía a una piedra, por ejemplo (p. 12): “Una roca se muestra como sagrada porque su propia existencia es una hierofanía, es lo que el hombre no es. Resiste el tiempo, su realidad se ve duplicada por la perennidad”.
           Las danzas celebran lo divino y las plantas se vuelven mágicas porque las tocó un dios (p. 13): “El hombre arcaico no conoce ningún acto que no haya sido planteado y vivido anteriormente por otro, otro que no era un hombre. Lo que él hace, ya se hizo. Su vida es la repetición ininterrumpida de gestos inaugurados por otros”.
            Dios es el padre, la virgen es la madre, Jesús es el hijo: la divinidad es ejemplo de la vida de una familia cualquiera, tratamos de poner divinidad a nuestra pedestre condición de mortales (p. 17): “El mundo que nos rodea, civilizado por la mano del hombre, no adquiere más validez que la que debe al prototipo extraterrestre que le sirvió de modelo. El hombre construye según un arquetipo”.
            Eliade explica como prácticamente todo en el mundo es un retorno y hasta las orgías están dedicadas a alguna divinidad (p. 26): “Todo ritual tiene un modelo divino, un arquetipo”; el día de descanso (el sabat) simula al día en que Dios descansó, después de crear al mundo; las escrituras dicen “que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” y así, imitamos a Dios, cuando amamos; el matrimonio también es una repetición de la unión del cielo y la tierra (p. 28): “Yo soy el cielo –dice el marido–, tú eres la tierra”. 
            Hay poco que no sea sagrado (p. 32): “Sólo son ‘profanas’ aquellas actividades que no tienen significación mítica, es decir, que carecen de modelos ejemplares”. Casi ninguna.
Fotografía: Nextvoyage.