Revista

Polvo del camino. 93. El amor está en la cabeza. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 93

El amor está en la cabeza

Héctor Cortés Mandujano

Qué sentido tendría discutir si da más placer

un helado o un partido de futbol

Patricia Highsmith, en Carol


Vi la cinta Carol, de 2015, dirigida por Todd Haynes, protagonizada por la preciosa y elegante Cate Blanchett, y por la buena actriz Rooney Mara. Me gustó, pero no sé si en los créditos iniciales o finales se mencionaba que estaba basada en una novela de Patricia Highsmith.
	Se me hizo raro que la Highsmith, la gran autora de novelas policiacas (sólo con la invención de Tom Ripley podría pasar a la historia de la literatura universal), hubiera escrito una historia sobre una pareja lesbiana que, además, no terminaba en tragedia.
	Busqué el libro (Anagrama, 1991, traducción de Isabel Núñez y José Aguirre) y lo leí. Dice la Highsmith (1921-1995), en su prólogo, que la escribió después de Extraños en un tren, de 1948 –que supuso su catapulta al éxito– y se publicó, en 1952, con el título de The Price of Salt (El precio de la sal) y decidió firmarla con otro nombre (Claire Morgan) porque, le dijeron, por el tema, la podían etiquetar como (p. 11) “escritora de libros de lesbianismo”.
	Se volvió un éxito.
	La novela cuenta la historia de amor entre Carol, una mujer rica, elegante, en proceso de divorcio, bella (es curioso que la novela pareciera describir a la actriz Cate Blanchett, quien más de 60 años más tarde la encarnaría en cine), con una hija, y Therese, una joven escenógrafa de teatro que trabaja en una tienda de regalos. Allí se conocen. Le dice Carol, cuando empiezan a ser amigas (p. 62):
	“—Eres una chica extraña.
	“—¿Por qué?
	“—Pareces caída del cielo –dijo Carol.”
	Carol después dice a Therese, quien tiene problemas con Richard, su novio (p. 95): “La gente a veces intenta encontrar a través del sexo cosas que son más fáciles de encontrar de otras maneras”.
	Carol conoce a Richard, que es pintor, y él le pregunta (p. 120):
	“—¿Tú también pintas?
	“—No –dijo Carol con otra sonrisa–. Yo no hago nada.
	“—Eso es lo más difícil de todo.”
	Sin que siquiera se hayan besado, Therese se siente enamorada de Carol. Le escribe una carta, que no le envía, donde dice (p. 173): “Siento que estoy en un desierto con las manos extendidas y tú estás lloviendo sobre mí”.
	Carol invita a Therese para irse con ella de vacaciones (lo que significara que Therese deje definitivamente a Richard, y un enorme problema para Carol y para la relación de ambas, porque aparecen los detectives y los abogados de su exmarido). Therese deja todo para irse con la que supone es, será su gran amor, y hasta entonces (p. 212) se besan en los labios y tienen su primera relación sexual.
	Dice la Highsmith en el epílogo que (p. 321) “la novela homosexual de entonces tendía a tener un final trágico. En general, solía tratar de hombres”; agrega (p. 322): “En 1952 se dijo que The Price of Salt era el primer libro gay con final feliz”. Finalmente (p. 324): “El sexo se define por características físicas y debe indicarse en los pasaportes. El amor está en la cabeza, es un estado de la mente”.

 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 92. Reconocerse. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 92

Por María Gabriela López Suárez

Reconocerse

 

La tarde otoñal tenía más tintes de primavera, el sol cobijaba a quien se diera la oportunidad de tomarse un baño de luz y calor. Eloisa no se había percatado del paisaje, ni esa tarde ni las anteriores. Su día a día tenía una agenda apretada en la que, a veces, se le olvidaba si había desayunado, comido o cenado. Benito y Raquel, sus mejores amistades le recordaban con frecuencia que no se olvidara de vivir y dejarse un espacio para respirar. Eloisa les escuchaba y agradecía, sin embargo, le costaba ponerlo en práctica.

Ese miércoles, estaba ensimismada en sus actividades frente a la computadora, un bullicio de carcajadas y aplausos la hizo desviar su mirada y buscar de dónde venía el sonido. Se asomó a la ventana, observó a un grupo de adolescentes que iban caminando y se divertían bailando. Permaneció ahí unos instantes, el tiempo justo para que sintiera cómo su rostro dibujaba una sonrisa, atrapada por la escena. Aprovechó para estirarse y sentir cómo su espalda se erguía mientras acomodaba su postura. Tuvo sed y fue por agua.

En su paso hacia la cocina se percató de su figura frente a un espejo en su recámara. Había perdido la noción del tiempo de la última vez que se detuvo para observarse, su dinámica diaria era como en automático. Se quitó las gafas y halló sus ojos cansados, las ojeras se pronunciaban y su rostro tenía un tono pálido. Por un momento se asustó, no se reconocía, qué le había sucedido. ¿Era ella o el cansancio le provocó esa visión?
Se dirigió a la cocina, tomó agua. Luego fue al baño, nuevamente se miró frente al espejo, ahí estaba la misma imagen. Le vinieron a la mente los mensajes de Raquel y Benito, empezaba a percatarse que tenían razón. Se lavó el rostro lentamente y disfrutó el contacto con el agua. Acomodó su cabello en una coleta y por tercera ocasión vio el reflejo de su cara en el espejo.

Regresó a su cuarto. Ahí estaba la computadora encendida, como llamándola a continuar sus pendientes. Eloisa observó el reloj, las 5,30 de la tarde. Aún tenía trabajo por hacer. Se acercó a la máquina, guardó su información y la apagó. Siguiendo su voz interior decidió darse la tarde libre y tener un encuentro con ella misma. Tenía meses de no ir a su cafetería preferida y degustar un capuchino acompañado de una rebanada de pastel de queso.

Prefirió no ponerse los lentes para el sol, quiso sentir sus reflejos sobre el rostro, lo sentía necesario. Mientras caminaba hacia el café iba asimilando la importancia de reconocerse en el ajetreo, donde muchas veces, uno se olvida de sí mismo en el mar de tareas que hay en la vida.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 92. Evocadas páginas de otro libro, III. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 92

Evocadas páginas de otro libro/ III
Trómpogelas o el sinnúmero bosque humano
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Castígame mi madre, y yo trómpogelas

Miguel de Cervantes, En Don Quijote de la Mancha II

Trómpogelas: «Engañar, burlar»

(Real Academia Española)

«Refrán para expresar que alguien hace, inmediatamente, lo contrario de lo que se le aconseja»

(Diccionario Abierto de Español)

Muerto de aburrimiento en el mundo recién creado, hombre solo como el que más, supe que podía extraer una mujer de mi costilla izquierda y lo hice. Quería escuchar una voz que no fuera la mía, pero ella hablaba sin parar.
	Quise el silencio y me extraje otra mujer con quien veía, callados, el amanecer. Ella me miraba con la complicidad de los ojos que lo pueden decir todo, y enlazadas las manos dormíamos sin decir más que lo puede decir el amor silente.
	No gustó mucho mi idea de crear más de una mujer; se vio como una burla, un engaño, y el paraíso se volvió una tierra para cultivar y hacer mil trabajos nuevos.
	Había que barbechar, sembrar, cosechar, y me saqué otra mujer de la costilla, con el procedimiento habitual, y ella me acompañó a los campos y me sorprendió su fuerza, su energía imparable, y su saber sobre plantas, frutos, animales, nombres de las nubes. 
	La primera mujer, parlanchina y observadora, notó lo fácil que era obtener otro ser de nuestro cuerpo y creó otro hombre al que le hablaba imparablemente. Éste le sacó el secreto de los partos mágicos y él se hizo de sí mismo un nuevo hombre, y dejaron a la mujer, se fueron a vivir juntos. Ella, Lilith se llamaba, se escapó entonces con el primer demonio que le prometió oreja atenta y sexo de buena factura.
	La mujer callada, obviamente sin pedirme opinión, tan callando, hizo a su propia mujer y un día, sin palabras, me abandonaron.
	La mujer fuerte que me ayudaba con los trabajos de cultivo decidió que yo era más débil de lo necesario y se creó un hombre puro músculo con el que laboraban casi sin descanso, alegremente.
	Yo decidí hacerme una nueva mujer y también un hombre para tener una visión de los dos mundos, y un día descubrí que quién sabe quién había hecho un campamento donde todas y todos sin ropa se ayuntaban con harto contento y sin pertenencia.
	Una de las mujeres hizo, mejorando mi experiencia, un hombre que genitalmente era a la vez mujer, y exploró la nueva experiencia de ser pareja de dos seres en uno.
	Y un hombre decidió ser pareja de una yegua, y una mujer de un perro.
	Hubo una mujer o un hombre, ya no me acuerdo, que decidió vivir en soledad y se fue a la montaña más lejana. Alguna vez volvía, aunque no hablaba con nadie.
	Y a alguien se le ocurrió que hombres y mujeres no debíamos aparecer mayores en la tierra, sino pequeños, limpios, como páginas en blanco. Y que ya nadie debiera sacarse nada de las costillas. Nacieron los bebés sólo de mujeres, sólo vaginales, y la idea se generalizó en las muchas tribus que ya éramos. Se aceptó con gusto.
	Y así, hasta hoy, se fue creando la humanidad.
 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Voces ensortijadas. 91. La magia de la oscuridad. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 91

Por María Gabriela López Suárez

La magia de la oscuridad

 

El paisaje de montañas se avizoraba, ya estaban por llegar al pueblo donde vivían doña Lolis y don Ramiro, tíos de Lupita. Hasta después de más de tres ocasiones que Rita había recibido invitación de su amiga Lupita, para conocer el pueblo de sus tíos y pasar unos días con ellos, había aceptado. El viaje era largo y eso le animaba poco. Ese fin de semana viajaron con Roberto, Patricia y Aarón, sus mejores amigos.

El paisaje le llamó la atención a Rita. La casa estaba situada a las fueras del pueblo, como a 20 minutos. Doña Lolis y don Ramiro les recibieron con mucho ánimo, les gustaba que les visitaran. Lupita presentó a sus amistades, saludaron a sus tíos, luego se instalaron en el cuarto donde se quedarían a dormir.

La tarde comenzaba a ocultarse y Lupita les propuso ir al pueblo a comprar cosas para la despensa, la única que no quiso ir fue Rita. Les dio su cooperación, se disculpó y dijo que prefería descansar un rato. Se fue al cuarto, prendió la luz. Se recostó en un sillón, tomó el celular, no había cobertura, así que se puso a jugar un rato con una aplicación.

Estaba entretenida en su afán por ganar en el juego cuando la luz del cuarto se apagó. Solo se quedó con la iluminación del celular. Se arrepintió de no haber ido con sus amistades. Sintió un sobresalto en el corazón, le temía a la oscuridad y mucho. Desde pequeña había escuchado en plática de gente adulta relatos sobre gente fallecida que se aparecía en las noches oscuras. Trató de tranquilizarse y pensar que la luz no tardaría en regresar, así pasaba en la ciudad.

Intentó seguir jugando, no pudo concentrarse. Comenzó a escuchar ruidos extraños. Se percató que la batería de su teléfono estaba en 38 por ciento. Decidió prender la linterna del celular e ir a buscar a los tíos de Lupita. Salió del cuarto con cautela.

—¡Doña Lolis, don Ramiro! ¿Están por ahí?

Intentó reconocer el camino, no se acordaba, se detuvo. A lo lejos distinguió una luz que se acercaba, era doña Lolis que venía con una vela.

—No te aflijas Rita, acá andamos. Ven con nosotros.

Rita se apresuró y sintió que el alma le volvía al cuerpo. Doña Lolis le dijo que tenía rato que la luz no se iba en la casa, cuando sucedía eso tardaba hasta un día en que regresara el servicio. Sin embargo, no había por qué preocuparse, Don Ramiro había ido a buscar los quinqués para tenerlos listos por si se requerían.

Se sentaron en la sala, Rita aún estaba nerviosa. Doña Lolis se percató y le preguntó si le daba miedo la oscuridad, ella dijo que sí. Mencionó que había escuchado ruidos extraños. Doña Lolis le contó que no había que temer sino aprender a reconocer la magia de la oscuridad. Le platicó que los ruidos extraños seguro eran los patos que tenían mucha actividad, siempre hacían ruido; cuando había mucho viento las hojas de los árboles se mecían produciendo un sonido especial, además el viento solía silbar. La oscuridad hacía que uno se percatara más de lo que nos rodeaba, sobre todo en un lugar con naturaleza.

Doña Lolis comentó que antes de que hubiera luz en el pueblo, la gente solía reunirse para platicar más, contar cuentos, relatos, leyendas y las historias cotidianas. Eso se había perdido poco a poco, así que lejos de asustarse se debía aprovechar ese momento sin luz.

—Ahora que regrese Ramiro verás que nos cuenta algunas leyendas del pueblo, es muy bueno para contar las historias, hasta les pone sonidos. Mira, ahí viene ya con los quinqués prendidos.

Rita volteó a ver donde estaba el sendero de luz, sonrió, le dieron ganas de escuchar las leyendas. La plática de doña Lolis la había tranquilizado, sin duda, esa noche sería inolvidable. Deseó que sus amistades regresaran pronto para compartir la magia de la oscuridad.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 91. Apuntes de oído, V. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 91

Apuntes de oído, V
"Cucurrucucú, paloma", una canción queer

Héctor Cortés Mandujano



En gramática, el epiceno es un sustantivo que designa por igual a individuos de ambos sexos. Los ejemplos varios son el gorila, al que para diferenciar su género tendrá que decirse si es gorila macho o hembra. Lo mismo ocurre con el águila (no se debe decir la águila), la rata, la cría (no se dice el cría), la víctima, la persona (masculina o femenina), etcétera.
	Sin embargo, el sustantivo la paloma sí tiene su contraparte masculina: el palomo.
	Explico esto porque quiero comentar la ambigüedad del alma que posee a la paloma en la famosísima canción vernácula “Cucurrucucú paloma”, del compositor Tomás Méndez (1926-1995), quien también compuso muchas rancheras famosas, entre otras “Las rejas no matan”, “Paloma negra”, “Huapango torero”, “Puñalada trapera”, “La muerte del gallero”…
	Una recurrencia es creer que los espíritus se vuelven mariposas, gorriones, aves en general. Dice Lord Byron en “La novia de Abydos” (Obras escogidas, Edicomunicación, 1999: 99): “No es necesario viajar a Oriente para encontrar la creencia de que las almas viven en los cuerpos de las aves. Recordemos la historia de lord Lytletom, de acuerdo con la cual la duquesa de Kendal había visto a Jorge I posarse en su ventana con la apariencia de un cuervo”.
	“Cucurrrucú paloma”, según Wikipedia, la escribió Tomás Méndez en 1954 y la cantó, en 1955, en la cinta Escuela de vagabundos, de ese mismo año, Pedro Infante. Pero la intérprete inicial de casi todo su repertorio –no sé si esta canción haya sido una excepción a la regla– fue Lola Beltrán. A Méndez, por supuesto, antes y hoy, lo han cantado muchas, muchos intérpretes. (Intérprete, por cierto, es otro sustantivo epiceno.)
	La canción cuenta la historia de un hombre que deja de comer y de dormir, hasta morirse, porque una mujer lo ha dejado: “Dicen que no comía, nomás se la iba en puro llorar; dicen que no dormía, nomás se le iba en puro tomar. […] Cómo lloró por ella que hasta en su muerte la fue llamando”.
	Luego viene la estrofa sobre el cucurrucucú de la paloma. ¿Quién es esa paloma que de pronto aparece en una canción sobre un hombre que acaba de morir? La incógnita se despeja con la siguiente descripción, donde nos pinta la “casita sola, con sus puertitas de par en par” que se supone ha quedado abandonada, dado que la mujer se fue y el hombre murió. 
        Inmediatamente después  alude a la paloma: “Cuentan que esa paloma no es otra cosa más que su alma, que todavía la espera a que regrese la desdichada”. Es decir, la paloma es el alma del hombre a quien el narrador explica, para que deje de llorar, sobre el material con que está construido el corazón de la ingrata: “Las piedras jamás, paloma, qué van a saber de amores”, y a quien da un último consejo, que más parece regaño, en la última línea de la canción: “Paloma, ya no le llores”.
         Me llama la atención, decía, que Tomás Méndez haya escogido a una paloma como representación de un alma masculina, cuando pudo haber elegido un palomo. Es evidente que cuando morimos desaparecen nuestros sentidos, incluido el sexo, pero queda la identidad: se dice, aunque ya no sean eso, murió el señor o la señora; la muchacha o el joven; el niño o la niña…
          Me parece interesante que en la canción ranchera, muy macha ella (nótese mi lenguaje inclusivo), se haya colado, en los oídos de todas/todos, una canción en la que un hombre (llorón, como suelen ser los héroes de estas historias) se convierte en una paloma, subvirtiendo la lógica de los géneros.
         Tomo de nuevo a Wikipedia: “Queer es un término tomado del inglés que se define como ‘extraño’ o ‘poco usual’. Se relaciona con una identidad sexual o de género que no corresponde a las ideas establecidas de sexualidad y género”, como el caso de esta (femenina) paloma que, desde su identidad masculina, llora por una mujer que lo dejó. 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Voces ensortijadas. 90. Instantes de luz. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 90

Por María Gabriela López Suárez

Instantes de luz



Estela estaba terminando los tres bocetos que presentaría como propuesta a un trabajo que le habían encargado. Le llevaba más tiempo hacerlos de manera manual luego los digitalizaba, pero lo disfrutaba y le generaba una sensación de emoción que no se podía perder. Se había llevado prácticamente buena parte del día en eso, miró la hora, eran cerca de las 6,30 de la tarde y aún no comía. De pronto se acordó que era lunes y pasaba el camión de la basura. Se quitó los lentes, dejó por un instante su encomienda y se fue por las bolsas de basura que tenía en casa.

Como todos los lunes, Estela pasó a casa de su vecina doña Rosario por su bolsa de basura. Ella le llamaba Rosarito le sonaba con más cariño. La conocía desde hace un par de años, el tiempo en que Estela se había mudado a la colonia donde ahora vivía. Hacía más de un año que doña Rosarito empezó a caminar con dificultad y a tener problemas de la vista. Vivía sola y era una persona mayor. Estela se ofreció a pasar por la basura a casa de su vecina cada semana.
Tocó el timbre una vez, como solía hacerlo. Y a lo lejos escuchó la voz de doña Rosarito,

—¿Eres Estela?

—Sí, soy yo.

Estela saludó a su vecina, tomó la bolsa de basura que la señora le entregó. Y le preguntó cómo estaba. La respuesta de doña Rosarito la dejó casi sin habla. Le dijo que cada vez veía menos, no sabía qué pasaría cuando ya no pudiera ver, a dónde la llevaría su familia, su voz se escuchó triste. Estela observó los ojos de su vecina, se apreciaban como cubiertos por una tela, como si le nublara el brillo. Le comentó a doña Rosarito que su familia podría llevarla al médico para ver su caso.

De pronto sin que Estela se diera cuenta cómo doña Rosarito cambió de tema, platicó con ella sobre cómo era la colonia años atrás, sobre su familia, los programas de televisión que le gustaba ver, que el ambiente en la ciudad era menos peligroso que ahora. Le preguntó a Estela dónde vivían sus papás, qué tan lejos estaba el lugar de la ciudad, cómo era ahí. Cerraron la conversación con comentarios del clima, esa tarde el viento se percibía fresco pero al interior de las viviendas se tenía la sensación de calor. Luego se despidieron.

Mientras caminaba con las bolsas de basura para esperar a que pasara el campanero, su mente iba pensando en la situación de doña Rosarito, vivir en soledad aún teniendo familia y con la luz de sus ojos apagándose. Respiró profundo, se sintió agradecida por la confianza de su vecina para entablar la conversación esa tarde, quizá era una especie de instantes de luz que doña Rosarito había tenido al sentirse escuchada. El toque del campanero la hizo caminar más de prisa, no tendría que esperar, el camión recolector ya estaba por llegar.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 90. Veste de caza. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 90

Veste de caza
(Fragmento de mi novela inédita Los estrígidos)

Héctor Cortés Mandujano

Desconfía del que ama: tiene hambre,

no quiere más que devorar.

Busca la compañía de los hartos.

Esos son los que dan.

Rosario Castellanos, en «Consejo de celestina»


Ciertos árboles (no sé si todos) producen, debajo de su sombra, condiciones específicas para que ninguna planta o arbusto pueda alimentarse, crecer, vivir. Prevalecer, para ellos, implica la desaparición del otro.
Soy un humano y he recibido descalificaciones, negativas, decepción. Creé mi propia sombra para que nada crezca desmesuradamente y me invalide, me anule. Soy por eso un árbol solitario, un cactus que si bien no da sombra tiene como superficie las espinas que no permiten el abrazo.
Busco un amor en tono menor, grisáceo, diminuto, transitorio. Huyo de la hoguera, del incendio, del sol de la pasión. No quiero que nada encarne en mí; quiero que todo acto que haga en compañía de alguien pueda lavarse y olvidarse; quiero que el sentimiento engendrado no se vuelva ni recuerdo ni nostalgia, que se vaya con el agua.
Y de pronto me encuentro con un árbol impensado, una flor, unos ojos, unas hojas (el monstruo exquisito que es todo al mismo tiempo), el silbido del viento que le habla a mi epidermis, que la roza con delicadeza, que se vuelve una voz que dice, para mí, palabras mágicas:
—Ya no puedo ser sólo tu amiga.
Son palabras comunes. Las dijo ella detrás de mí, a mis espaldas. Estábamos solos, en la casi penumbra del atardecer. Pudo estirar la mano y tocarme. No lo hizo, no hacía falta, porque ya había plantado su ser dentro del mío y yo empezaba a no ser yo sino ella, un yo-ella: eyo. Su voz suave parecía, dije, una brisa casi silente, pero sonó como una explosión en mi cerebro.
Mi sombra ahora tiembla, la tierra de mi pecho se remueve en el lado izquierdo, la semilla de tal vez una caricia o un beso se vuelve en un instante lo impensado: este temblor, esta respiración agitada, esta resequedad en la garganta, este miedo…
Mi sombra ya no existe, ya no es: está debajo de la sombra suya, es una parte de su sombra oscura y luminosa. Ella es el enormísimo árbol que me cubre por completo. Ella es el otro cuerpo que le ha nacido al mío. Ella es mi ángel, a quien, en momentos como éste, siento detrás de mis hombros leyendo esta carta de amor…


Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Voces ensortijadas. 89. Kukayetik. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 89

Por María Gabriela López Suárez

Kukayetik

 
Cecilia se levantó temprano el domingo, se apresuró a hacer las labores que le correspondían en casa. Luego desayunó y se cambió. Decidió usar un pantalón de mezclilla desteñida, la playera naranja que tanto le gustaba y se puso sus tenis negros. Tenía invitación de Óscar y Román, sus mejores amigos, para pintar con ellos un mural en la barda de la casa de Román.

Desde que la invitaron la idea le encantó, aunque ella no tenía experiencia sabía que sus amigos la habían tomado en cuenta porque alguna ocasión les mencionó que le gustaría pintar un mural. Echó en su pequeña mochila unos pinceles y brochas delgadas que tenían en casa, les podrían ser útiles. Jaló su gorra roja y se despidió de su papá antes de salir de casa.

Mientras se dirigía a casa de Román se topó con algunos perritos que, por fortuna, no le ladraron. De pronto, a lo lejos observó a un pequeño gato negro. Le llamó mucho la atención que después de verlo moverse con agilidad, como buen felino, se quedó quieto en un lugar con la mirada fija. A ella le dio curiosidad qué observaba con tanta atención. A medida que ella se fue acercando se percató que el gato estaba al pendiente de su presencia pero a la vez continuaba con la mirada puesta en su objetivo.

Cuando pasó cerca del gato se dio cuenta que él estaba frente a la entrada de una cocina económica, la puerta tenía una malla y por lo tanto, no podía entrar, pero si le dejaba observar lo que ahí sucedía. Cecilia pasó despacio para no distraerlo. El gato la volteó a ver rápidamente y siguió en su tarea.

El gato la hizo pensar en las diversas habilidades que tienen los animales. Y por su mente empezó a rondar la pregunta, ¿si yo fuera un animal, cuál me gustaría ser? ¿Y por qué? Vinieron a su memoria imágenes de los animales que le llamaban la atención, una mariposa en color azul turquesa, un zopilote, un perro, un colibrí, una libélula, un grillo, un cóndor, un delfín, un gorrión, un escarabajo y de pronto, asomó la imagen de los escarabajos que más le gustaban, los kukayetik*, también conocidos como luciérnagas.

¿Por qué ser un kukay? Recordó que desde niña le llamaba la atención observarlos en la noche. Se le figuraban como destellos de luz que van guiando el camino en noches oscuras. A ella le hacía mucha ilusión cada vez que los veía, también eran como una especie de efectos especiales durante la noche en el campo. Le gustaría ser un kukay para alegrar o guiar con su luz a quien le viera, como una especie de hada y también porque podría moverse libremente en el campo, disfrutando de la naturaleza.

El tiempo había volado, Cecilia estaba a media cuadra de casa de Román. Se percató que Óscar limpiaba la pared de la barda, seguro estaban por iniciar. Apresuró su paso, Óscar la vio y saludó moviendo la mano y ella le respondió con una sonrisa en los labios a la vez que exclamó:

—¡Ya voy, ya voy! Espérenme.


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*Kukayetik: Cucayos en plural, en lengua Tseltal.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 89. Cruzar el río. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 89

Cruzar el río


Héctor Cortés Mandujano
Una voz en sordina me dijo que mi hijo quería verme. Nada pregunté y nada más me fue dicho. Pensé de inmediato que en estas épocas el río que separa este caserío donde estoy del pueblo donde vive mi hijo estaba crecido y nadie se arriesgaría a cruzarlo. Menos yo, con mis más de ochenta años y mi ceguera total.
Pensé que el recado de mi hijo era tan escueto que ni siquiera me aclaraba si quería verme por razones de salud o de cambio de fortuna, es decir, porque me iba a dar una buena o una mala noticia; tampoco entendía si era necesaria mi presencia o sólo era un deseo dicho como se dicen tantas cosas (“Quiero dormir, quiero bañarme, quiero verte”) o si había premura como para plantearme la idea de buscar a alguien, no sé quién, que pudiera pasarme de un lado a otro del río caudaloso.
Por otra parte, no reconocí la voz; tal vez fuera nada más el viento que a veces le da por arrimar voces fantasmales al oído; no mostré emociones (mi cara es un pergamino inescrutable): permanecí impávido sobre este viejo sillón que hice con viejos maderos y lazos hallados en el camino, y con la intuición no perdida de mi antiguo trabajo de fabricante de muebles.
Quedé a la expectativa de que alguien se acercara a verme –en ocasiones alguien viene y me trae algún zumo y algo sólido para que mis ancestrales huesos aún sigan constituyendo mi esqueleto–, pero pasaron días sin que sintiera presencia alguna en este mundo de sombras en el que sobrevivo, sin más cambios que algún dolor, alguna necesidad, algún pensamiento extravagante que me saca de esta inmovilidad que pareciera concentración, meditación o alguna de esas zarandajas espirituales, y que no es.
Llegó alguien. Se detuvo cerca. No habló durante un rato. No hice señal alguna de notar su presencia. A las tantas, como si antes hubiéramos sido dos animales indiferentes, dos pedazos de madera, dijo:
—¿Quiere ir?
Dije, con un retintín de enfado:
—¿Y el río?
—¿Quiere ir?
—Sí.
Sentí su mano sobre el rostro y me desvanecí.

Abrí los ojos, por la lamentable costumbre de hacerlo cuando ya dan lo mismo abiertos que cerrados.
—Ya llegamos –dijo.
—¿Podría preguntarle a alguien por mi hijo?
—No hay nadie vivo. Estamos en el panteón.
—Se llama Manasés.
—Lo llevaré hasta su lápida y allí podrá hablar con él.
Sentí su mano en un brazo y caminé a su lado no más de veinte pasos.
—Es aquí –dijo–, puede meter sus dedos en las letras del nombre y así estará seguro.
Mientras él se alejaba, yo me hinqué y fui tentaleando hasta tocar la losa. Hallé las cavidades y busqué la primera. Era una M, luego una A, después la N… Sí, era la tumba de mi hijo.
Cuando recorrí su nombre completo, con mis dedos temblorosos, escuché su voz.
–Papá, qué bueno que viniste. Te llamé para que ya te quedes conmigo.
Me acosté sobre la tumba y poco a poco, como cuando me duermo, fui dándome cuenta que mi respiración cesaba, que mi corazón dejaba de latir, que entraba en la nada abarcadora, totalitaria, definitiva…

***

Ayer, sábado 2 de octubre de 2021, mi querido amigo Juventino Tito Sánchez me dio la gran y alegre noticia de que ganó un importante premio en Suiza. Me hace feliz que mis amigos triunfen. Un abrazo fuerte, querido amigo.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 88. Winter, Spring, Summer or Fall. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 88

Por María Gabriela López Suárez

Winter, Spring, Summer or Fall

El inicio del otoño era más que evidente, esa mañana de viernes el sol se había levantado un poco tarde. El clima había cambiado la noche anterior, el viento continuaba soplando, acompañado de una brisa que podría invitar a evocar muchas emociones. 

Micaela se disponía a iniciar su día de trabajo en línea, prendió la computadora y buscó una selección de música de la década de los setenta.  Dejó que la música fluyera, mientras se asomaba a la ventana de la cocina. Percibió el aroma de la mañana,  observó el paisaje grisáceo del cielo, le provocó una sensación de nostalgia.

Miró el reloj, las 8,15, le apetecía beber un chocolate con cardamomo. Buscó en la cocina, seguro que Tobías, uno de los compañeros con el que compartía casa habría comprado cardamomo para la despensa. A él le encantaba esa especia para cocinar y preparar bebidas. En efecto, Micaela halló un frasco con la semilla. 

Comenzó a preparar el chocolate, lo prefirió con agua. El cardamomo le daba el toque especial. Ella disfrutaba el aroma. Se sirvió la bebida en su taza preferida, una de barro con forma de jarrito. Decidió acompañar el chocolate con una pieza de pan, una rosquilla sin azúcar. 

Mientras degustaba su chocolate con pan observó el calendario, el mes de septiembre estaba por culminar. Su mente le trajo un cargamento de memorias. El noveno mes del año tenía una particularidad, sus días le generaban un cúmulo de sentires, entre ellos estaban nacimientos y partidas de seres queridos, así como encuentros que le significaban mucho y que estimulaban su caminar. 

El tiempo pasa volando, pensó. Se quedó contemplando la taza de barro con los restos de su bebida. Saboreó el último trozo de la rosquilla. Se sintió afortunada de atesorar en la memoria y el corazón cada uno de esos momentos incluyendo los que no eran gratos, finalmente eran parte de su vida y le habían dejado aprendizajes. 

Respiró profundo, sintiendo cómo inflaba el pecho y posteriormente, inició su jornada laboral, mientras escuchaba con atención la interpretación de Carole King: Winter, Spring, Summer or Fall, all you have to do is call and I’ll be there, You’ve got a friend...


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.