Revista

Librero del uroboro. 35. Fiasco. Ilse Ibarra Baumann

Fiasco de Imre Kertész 

Cuando entré a los talleres de literatura y no sabía NADA, recuerdo que me dijeron, “ten cuidado con repetir palabras, si lo haces, debes de estar consiente de que lo estás haciendo con ese propósito”. Entonces, cuando leí al excelentísimo Imre Kertész por primera vez supe claramente a qué se referían con eso de saber repetir las palabras con un propósito literario. Me fascinó. Lo prohibido, bien usado, me resultó un espectáculo. Les comparto una cita: 

“El viejo estaba ante el secreter. Era por la mañana. (Hacia las diez). Sobre esa hora siempre solía pensar.
         Muchos problemas y preocupaciones acuciaban al viejo, o sea, tenía en qué pensar.
         Sin embargo, el viejo no pensaba en lo que debía pensar. 
         No sabemos con precisión en qué pensaba. Se le notaba que pensaba, pero no se le veían los pensamientos. Tal vez ni siquiera pensaba. Pero, claro, era por la mañana (hacia las diez) y sobre esa hora se había acostumbrado siempre a pensar. Había alcanzado tal rutina en el pensar que era capaz de aparentar pensamientos cuando ni siquiera pensaba, aunque también es posible que él mismo imaginara estar pensando.”

Esta novela inicia con un prólogo de 120 páginas. Para mí es la mejor parte. Después empieza con la novela, usa la técnica de la muñeca rusa, es decir, una historia dentro de otra. Los personajes están vacíos porque no se sabe si la novela es un sueño o parte del pensar del viejo y no de una realidad. Con pequeñas señales, el lector puede darse cuenta de que la historia transcurre durante la posguerra, en una ciudad comunista. 
          Quizá esta no es su mejor novela pero sí una donde queda patente que Imre Kertész es un gran, gran maestro del lenguaje.
Fotografía: Ilse Ibarra.

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 184. Uno menos. María Gabriela López Suárez

                                  Voces ensortijadas
                                       Uno menos
                              María Gabriela López Suárez

El calor era intenso, Bianca estaba con el pendiente de pasar a comprar algunos ingredientes que requería para los arreglos que le habían encargado para decorar unas mesas, el motivo era una fiesta de cumpleaños. Por fortuna la tienda de productos estaba cerca de su casa. Solo tenía que caminar alrededor de 10 minutos y ya estaba ahí. Decidió que iría por la tarde, alrededor de las 5,30 pm, de tal forma que el calor hubiera apaciguado un poco. 
           Revisó la lista de materiales que necesitaba para que no se le escapara algo, tenía la intención de trabajar un rato de la tarde para avanzar y terminar al día siguiente. Se le vino a la mente la frase que le decía su tía Panchita, la práctica te ayuda a aliarte con el tiempo, vaya que era cierto. 
          Salió rumbo a la tienda, iba tan concentrada en sus asuntos que al pasar por una de sus calles preferidas, por la que solía atravesar para llegar a la tienda de productos de decoración, no se percató de un cambio. Su paso era rápido, no recordaba si la tienda cerraba a las 6 o 7 de la noche.  Cuando se dio cuenta que aún estaba abierta sintió un gran alivio y aminoró levemente el paso. Encontró lo que necesitaba y aunque se había prometido no adquirir algo que no fuera requerido, terminó comprando unas pinzas sujetapapeles de pequeño tamaño que le encantaron para decorarlas y obsequiar a algunas clientas que trabajaban en una escuela primaria. 
           De regreso a casa iba a un ritmo más tranquilo que le permitió observar el paisaje, pasó nuevamente por una de sus calles favoritas, la que tenía árboles distintos: laurel, almendros y capulín. Para su mayor sorpresa se dio cuenta que había algo distinto que antes no estaba, veía un espacio donde faltaba algo. Su mente hizo un repaso rápido,  algún árbol hacía falta, su mirada de inmediato ubicó el pequeño tronco que quedaba de lo que fuera un árbol de capulín. Una serie de preguntas se agolparon en sus pensamientos, 
         —¿Quién habrá talado el árbol? ¿Por qué lo hicieron? ¿A quién le estorbaba? 
         Ese árbol cobijaba  con su sombra,  era de los pocos que quedaban de su especie en la colonia, además su tamaño era mediano, sus ramas no invadían a los edificios cercanos. Sin dudarlo se acercó al tronco, con tristeza se dio cuenta que no tenía ni la más remota posibilidad de renacer. Aprovechó que las luces de algunos autos iluminaban el área y le pareció identificar señales como una especie de plaga en el interior del pequeño tronco. ¿Habría sido eso la causa de que lo cortaran? ¿Alguien más había notado la ausencia  del árbol o acaso estarían como ella que en un primer momento lo pasó desapercibido? No tenía la respuesta, ni nadie a quién acudir para que se la diera. Lo cierto es que la noticia le causó tristeza, nostalgia, desencanto. Era notoria la ausencia del árbol de capulín, uno menos en la colonia, uno menos en la casa de todos, el planeta Tierra.
 

Photo by Karolina Grabowska on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 184. Vida del polvo. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                        
                             Polvo del camino/ 184

                                Vida del polvo
                                 (Minificción)
                            Héctor Cortés Mandujano

Decidió escribir su biografía y en su primera línea mencionó a sus abuelos.
	“No. Ellos no son mi vida.”
	Luego puso el nombre de sus padres y se dijo a sí mismo:
	“¿Y aquella mujer, este hijo, la casa, el barrio, la ciudad, mi país?”.
	Su respuesta fue inmediata: 
        “No son yo.”
	No podía suponerse sólo la suma de todo.
	¿Qué era, entonces?
	¿Quién era?
	Quitó abuelos, padres, mujeres, hijos, casas… personas y objetos.
	Y halló un hueco.
	
        Decidió ya no escribir un libro y se lanzó a vivir el vacío, la vacuidad, la maravillosa nada de saberse nadie.

Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 183. Las trampas de la eternidad. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

                        
                               Polvo del camino/ 183

                            Las trampas de la eternidad
                                    (Minificción)
                              Héctor Cortés Mandujano


No sé en qué momento de mi vida (o de mis vidas) decidí hacer una pequeña trampa. Nací no sé de quiénes ni dónde y mis primeros recuerdos son de un orfanato. Pasemos por encima de todas las tonterías cotidianas (que incluían maltratos, hambre y una serie de zarandajas con las que los pobres de espíritu se entretienen llorando) y lleguemos al punto clave: la primera vez que vi a Clo.
	Ella era una muchacha, pero o no estaba antes en este establecimiento financiado por ricos o de pronto, como hacen algunas de su raza en el campo, floreció y sus ojos de cierva, sus pechos, su cintura, sus movimientos se adecuaron a mi sueño recurrente de mujer.
	Como Romeo y Julieta éramos adolescentes y como ellos, sin el baile, nos vimos en el patio, y nos citamos a la medianoche en el cuartucho de trebejos donde conocimos el amor y la pasión. Lo hicimos casi sin palabras, como si no hubiera mañanas.
	Nos hallamos 15, 20 veces donde multiplicamos las ganas y las formas de amar. Nos prometimos, con la honesta cursilería del caso, la eternidad juntos. Ella se fue un día, se supone que alguien la adoptó; yo escapé después y una vez, pasado el tiempo, me la encontré; yo ya era un borracho vagabundo, sin esperanzas, y ella estaba convertida en una gran señora. Tal vez fue ese golpe al corazón –saberla perdida, nunca mía– el que me mató la primera vez.

De nuevo en el orfanato la vi y supuse que era la mujer de mis sueños. Estuvimos juntos 15, 20 veces hasta que un día ella se fue… Yo escapé y esa noche, quién sabe cómo ni porqué, descubrí que eso ya había pasado, y que me volvería alcohólico y me la encontraría convertida en una gran señora y…
	Me morí varias veces hasta que descubrí que…
	Aquí ideé mi trampa: mover las fichas para que ella y yo viviéramos juntos siempre.

Hallé la forma y me descubrí un gran señor y fui por ella al orfanato, y la elegí como si fuera a adoptarla, pero me casé con ella. La amé con la mayor ternura que había guardado en tantas vidas sucesivas, y porque mi cuerpo no estaba para pasiones incendiarias: yo era un viejo y ella era apenas mayor de edad…
	Un día volvió a nuestra mansión y la vi fuera de sí. Pregunté a una de sus damas de compañía sobre lo que había pasado en la calle, y ella me dijo que Clo se había puesto de esa manera –blanca como papel, temblorosa, desquiciada– después de ver a un vagabundo borracho en la calle. Sonreí. Le iba a explicar que era yo mismo, en otra encarnación, cuando me anunciaron su deceso.
	Clo muerta.
	Dejó un diario donde leí sus cartas de amor al muchacho del orfanato: “Te amaré siempre –decía–, aunque tenga que vivir mi vida junto al viejo asqueroso de mi marido, al que odio con toda el alma”. 
        La vida, comprendí, es más tramposa que la peor zorra del monte.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 183. Nuestra amorosa compañera. María Gabriela López Suárez

                                  Voces ensortijadas
                              Nuestra amorosa compañera
                             María Gabriela López Suárez

El pasado 21 de julio se celebró el Día Mundial del Perro, quienes tenemos a bandita canina como integrantes de la familia sabemos que son seres agradecidos, cariñosos y que nos dejan grandes enseñanzas para la vida. Estas líneas van en memoria de La Catrina, nuestra amorosa perrita que partió hace algunas semanas.

Intento hacer memoria de cuándo fue la primera vez que te vi, no recuerdo con exactitud, sin embargo, algo que me llamó la atención fue el color de tu pelaje, un bello tono castaño y también tus ojitos color miel. Un familiar te regaló con mi papá y pasaste a formar parte de nuestra bandita peluda y  por lo tanto, de nuestra familia. 
          Te hiciste querer muy pronto, al principio eres algo huraña, me acercaba poco a ti, conforme fue pasando el tiempo me permitiste acariciarte y lo agradezco desde el corazón. 
         Vienen a mi mente los días que nos alegraste con tu presencia y compañía, fueron muchos años.  Nos acompañaste en los diversos duelos de cada integrante de la bandita peluda que partió antes que tú. Siempre cuidaste de tus cachorros, fuiste una madre muy atenta y juguetona con tus críos. Y ese amor lo extendiste a los demás integrantes de la banda peluda. Siempre estabas presente con cada uno de ellos, estoy segura que también te echan de menos.
          En los días de lluvia y truenos lejos de esconderte salías a correr bajo los árboles, ladrando a cada trueno que hacía retumbar el cielo. Regresabas a casa empapada pero con mucho ánimo. Algo que siempre te admiramos era tu energía, corriendo de un lado a otro, raras veces dormías siesta y tu sueño era muy ligero.
           En mi mente se dibuja tu rostro, tu mirada profunda y tus abrazos, esos que de pronto me dabas sin aviso previo y que recibí con amor… Veo a tus dos críos y te haces presente en cada uno de ellos. Es de noche mientras escribo estas líneas, el canto de los grillos forma parte del paisaje sonoro, como si fueran una especie de susurros, escucho los ladridos de un integrante de la banda peluda, no puedo evitar extrañar tus ladridos, inconfundibles, fuertes, mientras tus pasos ágiles se perdían en las sombras de la noche. 
          Catrina te agradecemos el cariño, tu compañía y ser nuestra amorosa compañera. Permanecerás siempre en nuestros corazones. Gracias, gracias, gracias.

 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 182. Dulcecitos de colores. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 182
Dulcecitos de colores
María Gabriela López Suárez

Las vacaciones de verano llegaron más rápido de lo esperado, Ximena había prometido a Fernando y Maribel, su hijo e hija adolescentes que les llevaría a pueblear al terruño de sus ancestros. Los tres hicieron un buen equipo, fueron sumando esfuerzos e hicieron ahorros. Maribel y Fernando compartieron lo que habían obtenido de la venta de chicharrines que hacían cada fin de semana en la canchita de basquetbol de su colonia.
         Madrugaron y emprendieron la ruta vía terrestre. Ximena y Fernando disfrutaban los paisajes, Maribel prefería dormir. Finalmente, después de muchas curvas  y alrededor de once horas de camino llegaron a su destino. El pueblo era pequeño y pintoresco, las calles empedradas y las montañas que le rodeaban le daban una hermosa vista. Parecía un pueblo de los que se describen en los cuentos; la temporada de lluvias se hacía evidente en el tono verde de los árboles que formaban parte del paisaje. 
         Mientras llegaban al hostal donde se hospedarían Ximena hizo un recuento de cómo recordaba al pueblo cuando solía visitarlo cuando vivían ahí su abuelita y abuelito maternos. Hizo memoria  de dónde eran los lugares que más le gustaba visitar, la plaza central, el mercado del pueblo, la calle de los juegos que así le llamaba a donde vivían algunas niñas y niños que fueron sus amistades y había un lugar en particular que era de sus favoritos: La Colmena, una tienda donde encontraba una diversidad de dulces y semillas.
         Una vez instalados en su habitación se dieron un baño y se dispusieron  a salir a comer. Ximena los apresuró para que pudieran alcanzar a ver el atardecer, recordaba unas puestas de sol bellísimas desde la plaza central. Tenía la intención que Maribel y Fernando contemplaran esa vista, el tiempo fue su aliado y observaron el ocaso de esa tarde. Luego de comer fueron en busca de La Colmena, Ximena tenía la esperanza que aún existiera, en su mente asomaban vagos recuerdos de dónde era el rumbo. Fernando propuso que preguntaran y para asombro y gusto de Ximena le indicaron que la tienda aún estaba ahí. 
         La Colmena estaba a mitad de la calle de la alegría, como solía llamarla Ximena. Entraron a la tienda, Maribel y Fernando observaban el lugar, su mamá les había dado tales detalles que la sentían como un espacio conocido. Ximena sintió un cúmulo de emociones en su corazón al estar nuevamente ahí, los muebles se conservaban muy bien y los recipientes donde guardaban los dulces parecían casi intactos. Recordó el rostro de doña Toñita, la señora dueña de la tienda. De pronto su vista se posó en unos dulcecitos de colores, en tonos pastel, eran diminutos en formas cuadradas, redondas y de corazones, eran sus favoritos. No dudó en pedir una bolsita, Fernando también observó qué productos se le antojaban y Maribel siguió el ejemplo. 
         Cuando Ximena degustó los dulcecitos de colores su mente y corazón le trajeron a su niñez, se observó caminando en la calle de la alegría, dibujó una sonrisa en su rostro. Invitó a Maribel y Fernando a caminar rumbo a la plaza central, como cuando les decía a sus amistades en la infancia, para luego sentarse y disfrutar sus golosinas.
 

Photo by Karolina Grabowska on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 182. Las enseñanzas de Judas. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                        
                               Polvo del camino/ 182

                         Evocadas palabras de otro libro/ X
                              Las enseñanzas de Judas
                              Héctor Cortés Mandujano

El profesor Judas Iscariote calló, luego de su larga exposición, y vio al auditorio atento a sus movimientos pausados ya por su avanzada edad.
	Suspiró satisfecho de haber terminado la clase, porque, con sus años, estar de pie durante tanto tiempo no era una de sus actividades favoritas. Le encantaba, eso sí, dar cátedra, enseñar, ayudar a que los demás supieran pensar, hurgar en sus inteligencias.
	—¿Alguien tiene una pregunta?
	Estaban en un espacio al aire libre, semicircular, hecho de rocas, donde la veintena de jóvenes se hallaban sentados como si aquellos asientos duros fueran pedazos de nube.
	—Maestro –dijo uno–, yo quisiera saber cuándo va a hablarnos de Él. Prometió que un día lo haría…
	Judas suspiró y dijo:
	—Ese día es hoy. Pueden preguntarme lo que quieran.
	Sin excepción, levantaron las manos. Judas los iba señalando y ellos hacían las preguntas.
	—¿Cómo era Jesús?
	—Era un hombre.
	—¿Y de verdad hacía milagros?
	—Sí, de hecho, todos podemos hacerlos. Él insistió en que nadie estaba enfermo, nadie moría, se podía caminar sobre el agua, se podía volar… y lo que dijo es cierto.
	—¿Usted lo quería?
	—Lo amaba.
	—¿Y por qué lo traicionó?
	Pareció callarse el mundo. No se oyeron las respiraciones luego de estas palabras. Judas no se inmutó.
	—No existe la traición. Las cosas que los demás hacen, para ti sólo son interpretaciones. Por ejemplo, si me meso las barbas, tú crees que estoy pensando con profundidad y tal vez eso no sea cierto. Yo hago un acto y tú lo interpretas, y lo mismo hago yo contigo. ¿Traición? Es una palabra que aplicas a un acto. No existe algo en el universo que se llame traición. 
	—Usted lo entregó a los soldados…
        —Sin mí, Jesús no hubiera sido sacrificado y su asesinato –violento y cruel, inhumano– fue una forma extrema para lograr que despertaran las conciencias. También sirvió para demostrar que la muerte no existe.
	—Se dijo que usted se había ahorcado por remordimiento.
	—¿Tú me ves ahorcado, tengo señales del lazo en mi cuello?
	—¿Dónde está ahora Jesús?
	Judas señaló a quien preguntaba, dirigió su índice después a los cuatro puntos cardinales, y por último a su cabeza y su corazón.
	—Ahí, allá, aquí.

Los demás bajaron sus manos. El maestro levantó la suya en señal de despedida y varios acompañaron a Judas Iscariote en el camino a su pobre casa. Allá lo esperaban sus hijos y varios nietos. Los jóvenes y su familia lo adoraban, lo consideraban un hombre maravilloso. Judas era feliz.	

***

[En Borges (Editorial Destino, 2006: 527), de Adolfo Bioy Casares, dice Borges: “Pensé alguna vez escribir un cuento sobre Judas. Decir que no se suicidó después; siguió viviendo entre los discípulos, que lo querían mucho. Obró como obró, de puro infeliz. Todos sabían que era un infeliz y lo querían. Sobrevivió a todos y hubo una época en que la gente lo miraba con veneración, porque era el discípulo, el único que quedaba”. Borges escribió este proyecto enunciado y anunciado aquí. Se llama “Tres versiones de Judas”, y es parte de su célebre volumen de cuentos Ficciones.]

 

Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 34. Un lugar seguro. Ilse Ibarra Baumann

Fotografía: Ilse Ibarra.

Un lugar seguro

En uno de mis viajes a Guadalajara (Jalisco, México) para visitar a mi hija, fuimos a parar a un bar de música en vivo en la colonia Americana, ese día tocaban, en francés, canciones inmortalizadas por Edith Piaf. Como el concierto empezaba a las 8:30 pm y nosotras llegamos a las 8, echamos una mirada rápida por los alrededores y nos fuimos a meter a un café-librería que estaba (debería decir está) a contra esquina del restaurante-bar. Entre escuchar “¡apúrate!, la reservación es a las 8, luego los ves” me salí a prisa con un libro que apenas pude otear. Sólo pregunté por la escritora: mexicana, viva; así que lo tomé. 
         Un lugar seguro ganó el premio Emmanuel Carballo. Olivia Teroba, su autora, es oriunda de Tlaxcala. Estudió en Puebla y el DF (hoy Ciudad de México, digo DF porque así lo aprendí a decir).
         En la novela cuenta parte de su vida. Lo que la ha marcado para ser quien es: la inestabilidad sentimental de la madre, su físico, su padre ausente, sus noviazgos (que son un espejo de la madre). Y mientras te enteras de la familia: el abuelo, el hermano, la madre, la escuela, ella intercala citas de escritores, reflexiones sobre literatura…
          A mí me gusta el chisme y, si no es chisme, me gusta la descripción y que esa descripción me lleve a dilucidar y sacar mis propias conjeturas. Las palabras “grandes” me dejan una sensación de vacío. Estas palabras podrían ser, por ejemplo: pasado o futuro. Decirlo así nomás es demasiado. Si alguien me dijera: “no puedo vivir mi presente de tanto estar inmersa en el pasado” nada me dice. Se necesitan las acciones de ese pasado. Por eso cuando leo una de sus citas: “el pasado contiene en potencia todas las claves para comprender el presente y desentrañar el futuro” quisiera saber exactamente a qué acción del pasado se refiere, cuáles son esas claves. Este tipo de disertaciones o de ideas textuales también va inmersa en su obra.
          Por cierto, la cantante no sonaba como a Edit Piaf, mas el libro, que ahora reseño, superó mis expectativas. Qué gran noche aquella en ese lugar, en Guadalajara.

Fotografía: Ilse Ibarra.
Fotografía: Ilse Ibarra.

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Librero del uroboro. 33. Mil grullas. Ilse Ibarra Baumann

Fotografía: Ilse Ibarra

Mil grullas

Encuentro en los objetos antiguos algo de nostalgia o de cierta fantasía al imaginar su origen y su pasado. En casa tengo un armario iluminado al que le quité las tapas de madera y las puse de cristal. Dentro hay unas tazas chinas en color pastel con las orillas de oro que pertenecieron a la tía abuela (solterona) de Ana Lucía, una amiga de Pita mi hermana, cuando la tía murió y vaciaron la casa, se las regaló a mi hermana; un fósil de una hoja petrificada que cada que lo muevo (para sacudir) se pulveriza un poco más; figurillas mayas antiguas de barro (que encontró mi abuelo alemán en su deambular por este estado) y de jade (esta fue de Carlos mi hermano que murió en 1994 y la intercambió por unos lentes Ray Ban y un extra de dinero). Unos binoculares parisinos del siglo XIX que compré en un mercado de pulgas; soldaditos de plomo… Digamos que el armario es mi pequeño museo. Fabriqué la mesa de la sala para que también tuviera la misma función sólo que en ella hay papeles. Ahí tengo periódicos de la Segunda Guerra; el libro-cuaderno de aritmética de mi mamá de cuando tenía seis años (hoy tiene 86); el recuerdo de la tarjeta de bautizo de 1928 (durante los cristeros) de mi papá, en blanco y negro con el rostro de un niño de perfil que tiene las palmas de sus manitas juntas en oración…

Para poder hablar de Mil grullas de Yasunari Kawabata, premio Nobel de literatura, quise recordar mi proximidad a estos objetos que llevan tanto dentro de sí mismos, tanto que no puede verse a simple vista. Sería necesario una novela y, además, muy probablemente, sería inalcanzable. 

Kawabata crea esta novela en torno a la ceremonia del té. Cada objeto: la jarra y el tazón Shino, de porcelana de los hornos Oribe; el tazón de porcelana Kyushu de origen coreano, pertenecen a una vida de más de 300 o 400 años. 

La literatura oriental, y más la de Kawabata, pareciera que se escribe con unas pinzas alargadas, de punta fina, como si tomara de una bandeja de mármol de Carrara, una por una, cada letra negra y la pegara con delicadeza sobre unas hojas color crema. Cada escena se contiene, no sé si me explico, es como si quedara flotando en el ambiente: húmedo, entre hojas de laureles, entre sus sombras y sus flores blancas y rojas. Esta literatura es tan distinta a la occidental, que un hecho como el de que la amante del padre sea la misma del hijo y luego la hija de la amante sea la mujer del hijo (un hecho patético para mí que soy madre y tengo hijas), nosotros, los occidentales, encasillaríamos esta escena quizás en un melodrama de novela de televisa, o en un existencialismo, o en algo peor, no lo sé. Pero nunca lo veríamos color de rosa, y esta palabra tan infantil, tan dulce, se queda corta ante las palabras sutiles con las que se lee la vida sentimental de Kikuji, casi parece un hecho sano, de moral perfecta, lógica, ideal, ¡qué sé yo! 

Mil grullas hizo que yo leyera y sintiera como miran sus personajes con “un juego de miradas profundas”.

Fotografía: Ilse Ibarra
Fotografía: Ilse Ibarra




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 181. Las cosas cotidianas también son maravillosas. María Gabriela López Suárez

Las cosas cotidianas también son maravillosas
María Gabriela López Suárez

La temporada vacacional había iniciado, Gertrudis y su familia recibieron la invitación de la tía Sofi para que la fueran a visitar al rancho. Tenía más de dos años que no se veían luego de la pandemia por la Covid 19. Manuela y Elías, mamá y papá de Gertrudis aceptaron y agradecieron. Decidieron que la primera en irse sería Gertrudis que ya no tenía clases, la tía Sofi, prima de Manuela iría por ella. Elías y Mnauela la alcanzarían el fin de semana. 
Gertrudis empacó su maleta, se sentía algo triste porque su teléfono celular se había descompuesto. La tableta y computadora portátil se quedarían en casa, era la indicación dada por Manuela. A Gertrudis se le vinieron a la mente una serie de pensamientos sobre su estancia en el rancho, ¿qué haría sin su celular? ¿Tía Sofi tendría tableta o computadora? ¿Se la prestaría? Comenzó a sentir una sensación de angustia que se le olvidó cuando escuchó la voz de su papá:
         —¿Gertrudis estás lista? ¡Ya está aquí tu tía Sofi!
         —¡Ya voy papá! —respondió en tono apresurado, sabía que a su papá le disgustaba la demora y a la tía Sofía no le gustaba manejar muy tarde en carretera.
         Después de los respectivos saludos y abrazos, Sofía y Gertrudis se despidieron de Elías y Manuela.
         En el trayecto rumbo al rancho tía y sobrina se pusieron al tanto de lo acontecido con la familia en los dos años que no se habían visto. La mente de Gertrudis se olvidó por un rato del celular y el viaje se le hizo corto. Estuvo tan entretenida que ni siquiera recordó preguntar a la tía Sofi por la tableta o computadora.
         Llegaron al rancho justo a tiempo, antes de la lluvia, el atardecer no se apreciaba porque el cielo estaba completamente nublado y los truenos le acompañaban. 
          Sofía indicó a Gertrudis donde sería su dormitorio y la ayudó a desempacar su maleta. Posteriormente, le pidió que la acompañara a verificar que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas, la lluvia no demoraba en caer. 
         Una de las ventanas de la casa permitía ver el patio de la casa. Gertrudis se quedó contemplando cómo cada una de las gallinas que había calculaban el momento exacto para subirse a los árboles y acomodarse en las delgadas ramas. 
        —¡Qué barbaridad, cuánto equilibrio! —dijo  para sí, sin dejar de observar la escena.
        La lluvia comenzó, de menor a mayor intensidad, las aves permanecieron bien sostenidas en las ramas ante el asombro de Gertrudis. Bajó la vista y observó que una bandada de patitos disfrutaban del aguacero, contoneándose de un lado a otro, sin preocupación por guarecerse de la lluvia. 
          Sofía se acercó hasta donde estaba Gertrudis quien no se  percató de su llegada.
         —¿Pasa algo hija? ¿Ha entrado agua?—preguntó al verla tan atenta. 
Gertrudis la volteó a ver con el rostro sonriente.
        —Todo está bien tía Sofi, solo me quedé observando a tus gallinas y patitos en esta tarde lluviosa. 
         Sofía se sumó a contemplar el paisaje y le dijo:
         —No cabe duda que las cosas cotidianas también son maravillosas. 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.