Polvo del camino. 133. Bellísima noche. Héctor Cortés Mandujano

Bellísima noche
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

No he comido en todo el día, porque nadie ha comprado las chácharas que vendo.
	Al fin, alguien.
	Sólo me alcanzará para algo barato, unas quesadillas tal vez.
	Por el callejón, apenas algunos focos de luz amarillenta. 
        Huele mal. Miasmas.
	Me han dicho de tres viejas que venden comidas a precios módicos por aquí. 
        No conozco este rumbo.
	El local es pequeño, desastroso. Me asomo. Debe ser medianoche. Nadie. Basura, restos de comida. Movimiento. Una rata enorme. Otra y otra. Pienso, no sé por qué, que son las tres viejas. Me voy.
	Llego hasta el rincón donde dejé los cartones. Aquí duermo. El hambre contrae mis tripas. Me acuesto. ¿Tengo ochenta años o más?
	Cierro los ojos y me concentro en dormir. Oigo ruiditos. Entreabro los ojos y veo a las tres ratas descomunales.
	Una se convierte en una muchacha y me toma de la mano, me levanta hasta sus brazos, hasta su cuerpo oloroso, grato. Bailamos.
	La otra se vuelve una luz multicolor que acompaña nuestra danza. La tercera es mágica música.
	No tengo hambre, soy ágil, río, nada me hace falta. ¿Habrá alguien  en el mundo más feliz que yo en este instante?

***

[Dimos una función de teatro, La divinidad del monstruo, en Puebla, y salimos muy tarde. Era medianoche y teníamos hambre; encontramos –Alfredo, Nadia, Dalí y yo– algo que comer en un local pobrísimo atendido por dos ancianas. Goteaba el agua del lavabo, el olor de la comida lograba eclipsar los otros olores que yo supuse. Pasó por la calle y se acercó a nosotros un viejo esquelético, con una muleta, dificultades para moverse, una voz bajita y una caja de cartón. Vendía chucherías hechas de alambre y metal, evidentemente tomados de la basura. Nadia le compró una moto-encendedor. Se fue el hombre. Sentí desconsuelo por el viejo y las ancianas. Soñé con los tres en una pesadilla que terminaba horrorosamente. Decidí hacer mejor, apenas despertarme, esta fábula para conjurar la pesadumbre que adiviné en sus vidas. Quedé triste de todos modos.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Polvo del camino. 132. El hígado y el corazón de un pez. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/ VII
El hígado y el corazón de un pez

Héctor Cortés Mandujano

Tobías hablaba constantemente con su ángel de la guarda, aunque éste no siempre, sino muy rara vez contestaba sus preguntas o mostraba su presencia más bien fantasmal y gigantesca. Tobías, por eso, a veces pensaba estar loco cuando hablaba con el aire mudo.
	Estaba enamorado de Sara, a quien no había confesado sus sentimientos, porque, consultado antes de dar ese paso, su padre no estaba de acuerdo con el eventual matrimonio. Tampoco el padre de Sara lo quería como yerno. 
         —¿Qué hago? ¿Qué hago?, preguntaba al aire. 
         “—Espera” –pensó oír en algún momento.
	 “—Espero qué”. 
         Silencio.

Un día su padre, como el rey Hamlet, decidió tomar una siesta bajo la fresca sombra de su jardín. Un gorrión jugaba entre las ramas. Cuando el padre dormía con placidez, el gorrión voló a la altura exacta, en la coordenada precisa, para que su deposición entrara completamente en el oído del durmiente. 
	El padre despertó con alaridos y dijo a Tobías, quien llegó presto, que el excremento de gorriones era mortal, que moriría sin remedio (estaba seguro que eso era lo que tenía en el fondo de su oído, pues había visto al pájaro revolotear antes de entrar al mundo inconsciente del sueño). Le pidió que fuera a cobrar a uno de sus deudores una fuerte suma para dejarlo con dinero suficiente y pudiera hacer frente a la administración de la finca y las responsabilidades que suponían ser cabeza de familia.
	Tobías corrió a cumplir el encargo y daba voces a su ángel, que, si estaba por allí, ignoraba su desesperación. Tenía que cruzar un río para llegar a su destino provisional. Cuando iba a la mitad, sintió una terrible mordida en su calcañar: era un pez enorme.
	Rafael, su ángel, se le apareció y le dijo: “No le dejes escapar, ese es la solución de tus problemas. Sácalo del agua y arráncale el hígado y el corazón”.
	Eso hizo Tobías, no sin esfuerzo. Volvió con el hígado hasta su padre y, en obediencia a las instrucciones del ángel, se lo dio de comer crudo. El padre sintió que su vida estaba de vuelta y dijo a Tobías que le cumpliría cualesquiera de sus deseos.  “Quiero que aceptes a Sara como mi esposa”. 
        “—Concedido” –dijo el padre vuelto a vivir.
	Tobías fue hasta la residencia de Sara y sus padres, que estaba ocupada, también, por espíritus malignos, diablos poderosos. Ninguno, le dijo el ángel, podrá resistir el humo del corazón del pez, que quemarás en el centro de la casa.
	Tobías y Sara se casaron ante la mirada complacida de los padres. En la noche de bodas, Tobías deseó que el ángel no estuviera viendo a su mujer desnuda y luego a él con ella haciendo lo que los ángeles nunca podrán. No podía estar seguro. De todos modos, se portó como si sólo estuviera con ella. Y así lo siguió haciendo en las noches subsiguientes… 

[Aunque modificadas varias circunstancias, este cuento tiene como base el bíblico Libro de Tobías.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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de México y el extranjero.

Polvo del camino. 131. La conversación en «Peor para el sol», de Sabina. Héctor Cortés Mandujano

Apunte de oído/ 9 
La conversación en "Peor para el sol, de Sabina 

Héctor Cortés Mandujano

Joaquín Sabina (Úbeda, Jaén, 1949) no sólo es evidentemente un gran lector; también tiene un oído entrenado para la poesía. Escribió muchos sonetos para la revista Interviú, que luego fueron parte del libro Ciento volando de catorce (AGT Editor, 2001). En algunas de sus canciones es obvio su conocimiento poético y su dominio del idioma.
	“Peor para el sol” (de su álbum Física y química, de 1992) es, aunque no lo haya explicitado con ningún dueto (creo), una conversación, que yo remarco con guiones. Se supone que, en un bar, un hombre pregunta el nombre a una mujer (esta no lo dice de forma explícita la letra de la canción, es la inferencia previa) y ésta le dice en los versos que canta únicamente Sabina:
	“—¿Que adelantas sabiendo mi nombre? Cada noche tengo uno distinto, y siguiendo la voz del instinto me lanzo a buscar… 
	“—Imagino, preciosa, que un hombre…
	“—Algo más: un amante indiscreto, que se atreva a perderme el respeto, ¿no quieres probar? Vivo justo detrás de la esquina, no me acuerdo si tengo marido. Si me quitas con arte el vestido, te invito champán.”
	El personaje que nos cuenta la historia es el hombre del bar, que nos dice: “Le solté al barman mil de propina, apuré la cerveza de un sorbo. Acertó quien ‘El templo del morbo’ le puso a este bar”. (‘El templo del morbo’, es, hay que decirlo, un pésimo nombre para un bar, pero tal vez sólo eso le rimaba a Joaquín. Es como Juan Gabriel, que en “Amor eterno” rima Sepulcro con Acapulco… A veces las musas están distraídas.)
	La canción nos sigue contando la aventura con la misma forma conversada: van al depa de la mujer, esnifan una raya de coca (“Nos sirvió para el último gramo el cristal de su foto de boda”; estas imágenes canallas de Sabina, me parecen impostadas; son usuales en sus canciones. Parece que quisiera asustar al auditorio: ‘Oh, qué falta de respeto, qué malvados’), se desnudan. La mujer, en su papel de devoradora, le informa que no se debe enamorar, en otra de sus declaraciones de mala telenovela (“con el alba tendrás que marcharte para no volver”).
	La respuesta de él tiene el mismo temblor melodramático: “Es mejor, le pedí, que te calles; no me gusta invertir en quimeras. Me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón.”
	Tienen sexo, sin remilgos, como ella propone (“en mi casa no hay nada prohibido”) y que él resume, con cursilería (“Ya sabéis, copas, risas, excesos, ¿cómo van a caber tantos besos en una canción?”). Sabina reconoce, en una entrevista que le oí, que en una canción un elemento central es la cursilería; ésta tiene un evidente desbalance entre lo canalla y lo azucarado. [No quiero sugerir que mi corazón es de piedra; suelo también ser cursi, aunque hay cosas que, llevadas al extremo, como en “Peor para el sol”, me dan ñañaras.]
	Lo previsible ocurre al final: el hombre regresa al bar, herido por la experiencia, y se encuentra con que ella también ha vuelto (“Me moría de ganas, querido, de verte otra vez”. Oh, el amor existe, exclamaría una quinceañera).
	Lo menos logrado de la canción, me parece, es el estribillo, que dice el hombre a quién sabe quién: “Peor para el sol, que se mete a la siete a la cuna del mar a roncar, mientras un servidor le levanta la falda a la luna”.
	Lo llamativo es la eficacia de un compositor, bastante popular, que es capaz de disfrazar un diálogo como si fuera un texto continuo, sin perder el hilo de la trama. Y hacer que una historia, contada con cierta complejidad, parezca tan simple de escribir…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Polvo del camino. 130. Árbol-jaguar/1. Héctor Cortés Mandujano

Árbol-Jaguar/ 1
Somos el árbol que una vez soñamos

Héctor Cortés Mandujano

Toda la noche fue soñar con árboles

Efraín Bartolomé

Para celebrar los 70 años de existencia del poeta Efraín Bartolomé (Ocosingo, Chiapas, 1950), Berenice Torres Almazán, editora, congregó a Ediciones Oropéndola, La Flauta de Pan y Librería Los Argonautas para publicar, en noviembre de 2020, el libro doble Soñar con árboles, de Efraín Bartolomé, y Setenta años en setenta imágenes, de Guadalupe Belmontes Stringel.
	Las fotografías de Guadalupe, Pillita, Belmontes, esposa y compañera del poeta, lo muestran a él, en setenta instantáneas, al lado, dentro, cerca, rodeado, recargado, parado, sentado, debajo, con una mano puesta sobre la crústula, detrás, con un pie sobre la raíz, medio escondido, meditando, escribiendo, en cuchillas, en actitud contemplativa, casi invariablemente vestido de blanco, tocándose la sien, de perfil, de cuerpo entero, en plano americano, en retrato viendo a la cámara, con los ojos bajos, viendo hacia otro lado, tal vez hablando, abrazando, pegando su rostro al tallo, entre las ramas, solo y, al final, en una foto de Balam, hijo de Efraín, en compañía de Pillita y siempre, en todas, hermanado a uno o muchos árboles.
	Los lugares donde fueron tomadas las fotografías son también disímbolos: Deyá, Mallorca, España; Yaxchilán, Chiapas; Angkor Wat, Camboya; Reservas de la Biósfera El Triunfo y de la Biósfera de los Montes Azules, Chiapas; Bosque de Ahuehuetes, Aguascalientes; Río Jataté, Ocosingo, Chiapas; Nueva York; Garganta de Samariá, Creta, Grecia; Tapijulapa, Tabasco; Colima; San Diego, California; Feldafing, Alemania; Bonampak, Chiapas; Copán, Honduras;  Madrid, España; Filadelfia, EUA; Churubusco, Ciudad de México; Suiza; Chiapa de Corzo, Chiapas, etcétera.
	Las páginas dejan a veces ver sólo las fotos, aunque hay paraderos donde únicamente está la Poesía nacida de su amor arbóreo (p. 54): 

                      Mi santa escuela
              estaba allí: en el patio de mi casa
               bajo la clara copa de los árboles

Hace tiempo que Efraín no publicaba nuevos poemas. Sin embargo, no es éste, decía, un libro exclusivamente, sino dos, y los poemas son hojas, quizás ramas en el árbol que constituye este libro mayormente fotográfico. Pero es una alegría oír de nuevo la voz de este hombre que sabe cómo traducir su corazón en estas savias y sabias palabras: Somos el árbol que una vez soñamos (p. 111):

             Hojas y ojos abundantes se dieron en nosotros
             para mirar la noche
                   el artero crepúsculo
                        el apasionado amanecer

Habla en estos poemas de árboles que se queman o sufren con las desdichas de tener cerca hombres con hachas, aunque no deja de quererlos y sentirlos vivos (p. 40): “Hay que sembrar un árbol en la imaginación/ Luego soñar que crece…”. Los árboles, al final, han sido capaces de sobrevivir a tanto (p. 48): “Después de la tormenta/ todos los árboles de la montaña/ parecieran hablar”.
	Trasmina en sus poemas su amor por la naturaleza (p. 62): “Padre/ Árbol inmenso/ Hasta ti vine caminando en sueños/ Permíteme pasar/ Una vez más/ pido permiso para pisar tu sombra”.
	El tilo y la encina, la mujer y el hombre, Efraín y Pillita, están aquí de nuevo, en Soñar con árboles/ Setenta años en setenta imágenes, unidos inextricablemente, como ha sido, como es, como será…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Fotografía: Balam Bartolomé




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 129. Recomendaciones para leer Malabarista de azotea. Héctor Cortés Mandujano

Recomendaciones para leer Malabarista de azotea

Héctor Cortés Mandujano

Antes de pensar en leer este libro, es ideal que te guste caminar sobre lo más alto de las bardas y, de preferencia, si puedes, afilar las uñas en la cáscara de los árboles. Si eso no fuera posible, ni modo, en algún sillón de la primera sala que encuentres.

Lo aconsejable para disfrutar la lectura de Malabarista de azotea es que de vez en cuando juegues con ratones y llegado el caso los mates, intentando que no chillen, porque hay algunas personas (en especial Damaris Disner, la autora) a quienes no gusta el chillido ratonil. 

Es importante que te gusten los poemas juguetones, risueños, que dan piruetas y hacen figuras, porque Damaris Disner ha escrito muchos en Malabarista de azotea y puede que, si eres muy seria o muy adusto, se te salga una carcajada que ponga en entredicho tu cara de palo.

Es mejor que te prepares y no creas que este es un libro como todos. No. Juventino Sánchez Vera, Damaris Disner y Ámbar Zoé Virgen Álvarez han hecho que las páginas parezcan parte de una caja de sorpresas, porque hay de pronto letras gigantescas, poemas que parecen un plato, una bañera, una copa de helado, y dibujos de gatos que saltan, vuelan, ríen, sueñan…

Es básico que tengas el cuerpo lleno de pelos, muchísimos pelos y, requisito indispensable, tengas una larga cola que puedas mover mientras lees, rascándote –raca, raca. raca– a tu gusto; si no, ni modo, siéntate en tu cola sin cola y con tus garras sin pelos dale vuelta a las sesenta y tres páginas de este divertido libro.

Si no sabes maullar, es súper urgente que aprendas, porque, como cuenta Damaris Disner en “El abecedario que esconde”, se tiene que saber maullar para (p. 11) “reclamar tres comidas diarias: miau, miau, miau”. También es aconsejable que maúlles cada vez que termines de leer un poema. Si no, por lo menos ráscate la panza o lámete una pata.

Es im-por-tan.tí-si-mo que nunca te hayas cortado los bigotes. Si no tienes bigotes es como si fueras un pez sin espinas, una casa sin azotea, un ratón sin chillidos, un gato con ojos feos.

Lo mejor, para leer Malabarista de azotea, de Damaris Disner, es que seas gato, gata o gate y si eso no es posible, ni modo, aunque sea uno de esos que pertenecen a la casta inferior que se hacen llamar “seres humanos”. 


[Texto leído en la presentación de Malabarista de azotea, de Damaris Disner. 1 de julio de 2022. Casa Disner. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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de México y el extranjero.

Polvo del camino. 128. La casa del farallón. Héctor Cortés Mandujano

La casa del farallón
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

No sé cómo alguno de mis ancestros –creo que un oscuro bisabuelo– pudo comprar este farallón que, además de ser parte del mar, extendió uno de sus rocosos brazos hasta un camino sólido y breve que entronca con una carretera de poco uso, pues paralela a ella hay una autopista donde transitan los que vienen o salen de la ciudad donde trabajo.
	Vivo solo y a veces, en las noches de luna, puedo ver cerca, desde mi terraza hacia el mar abierto, la cola brillante de las ballenas, el triángulo veloz de los escualos, los brincos alegres de los delfines… Oír el mar para mí es como escuchar el incesante ruido de los autos y camiones para quienes viven en los conglomerados urbanos. 
	Pero esta noche es especial y el mar parece querer decirme algo distinto con el ronco grito de las olas, que se estrellan violentas contra las paredes pétreas de mi hogar anfibio. También pían los delfines, cantan las ballenas, no como siempre: hay algo detrás de esas notas musicales que antes fueron gratas. Pienso que es el mar diciéndome, gritándome adiós.
	Tomo mi auto en la mañana y el camino parece otro. El agua ya no respeta esta vía donde antes pasaron mis muertos, los que vivieron aquí. Las llantas casi desaparecen en el salino e impertinente líquido. Logro salir. El camino ha sido tomado por un oleaje de poco movimiento. 

De algún modo lo sabía. Cuando he vuelto a mi casa, ya no existe: se la ha tragado el mar. Busco un hotel en la costa para pasar la noche y me llama la atención el barandal de la entrada, trabajado artística y exhaustivamente con motivos marinos: caballitos de mar, sirenas, corales, algas, esporas, peces…
	Me hospedo y, por la noche, dado que no puedo dormir, salgo y me hallo con que el barandal son sólo tablas toscas, atadas con viejas cuerdas. Hay un caballo blanco enfrente, en la calle vacía de automóviles. Camino hacia él y parece esperarme para avanzar despacio. Lo sigo y llegamos a la playa. Entra al mar. Me desnudo y lo sigo. El contacto con el agua me despierta y me doy cuenta que lo de la casa del risco y lo demás fue un sueño.
	Vivo en una casa común, en la ciudad. Voy a la sala y levanto el teléfono que tiene una lucecita parpadeante, que interpreto como una silente llamada entrante. Sí es. Una mujer. Me cuenta que acaba de soñar conmigo, que yo vivía en un peñasco que se inundó. Me dice que si puede venir a verme y le digo que sí.
	Casi al instante tocan a la puerta y es ella; trae puesta una larga bata blanca y me toma de la mano, me lleva a la playa, me pide que nos desnudemos y nademos. Lo hacemos hasta que cierro los ojos y me doy cuenta, sin que ello me atemorice, que me estoy ahogando, que tengo llenos los pulmones de agua y caigo lento en búsqueda del fondo marino, de las sirenas, los caballos de mar, los corales, el hondo recuerdo de mi casa del farallón…
	Despierto de nuevo. Lo de la casa en la ciudad y la mujer era un sueño. Estoy en la terraza de mi farallón, viendo el mar, mi amor, oyendo su canción eterna…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




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Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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de México y el extranjero.

Polvo del camino. 127. La cuna del sol. Héctor Cortés Mandujano

La cuna del sol

Héctor Cortés Mandujano

Aforismos (FCE et al, 2019), de Lev Tostói, es una selección, traducción y prólogo de Selma Ancira, quien dice que Tolstói lo llamó El camino de la vida y estaba dividido en 31 capítulos (p. 11), “con la idea de que el lector pudiese leer un capítulo por día y que la lectura se prolongara a lo largo de un mes. Cada capítulo está dedicado a un tema fundamental: la fe, el alma, el amor, la lujuria, la abnegación, la violencia, el esfuerzo… y juntos dan una idea clara de la doctrina tolstiana”. 
	Tolstói tomó de distintas fuentes sus aforismos, sin acreditar su procedencia (supongo que Selma fue quien los buscó: aparece hasta Nezahualcóyotl), de allí que, por ejemplo, en sus antologías aparezcan como suyos textos que más bien proceden de otras voces, otros ámbitos. En fin. Tomo varias de sus enseñanzas para compartirlas contigo lector, lectora.
	De la sabiduría budista tomó esto (p. 35): “Todo lo vivo quiere lo mismo que tú; reconócete a ti mismo en todo ser viviente”, y casi como consecuencia dice más adelante: “Si todos aquellos que comen animales los mataran ellos mismos, más de la mitad de la gente se negaría a comer carne”.
	Su dardo va contra los que critican los defectos de otros (p. 91): “Mientras más inteligente y más bondadosa es la persona, más cualidades ve en la gente, y mientras más tonta y más mala es, más defectos ve en los otros”.
	Dice (p. 125): “Perdonar no es decir ‘te perdono’, sino arrancar del corazón el enojo, el mal sentimiento contra el ofensor. Y para lograrlo, es necesario que recordemos nuestros pecados. Si los recordamos, seguramente nos daremos cuenta de que hemos cometido peores actos que aquellos que suscitan nuestro enojo”.
	Su libro está, obviamente, encaminado a la bondad, a la luz (p. 130): “Lo más importante para ti es cómo te percibes tú a ti mismo porque de ello dependerá que seas feliz o infeliz”. Cita a Blaise Pascal (p. 188): “El movimiento más pequeño provoca consecuencias infinitas. Todo es importante”.
	Rebate el dicho que dice “Habla bien de los muertos o no hables” (p. 191): “¡Qué injusto! Habría que decir lo contrario: ‘habla bien de los vivos o no hables’ ”. Plantea (p. 237): “Un hombre vive para su cuerpo y dice: todo es horrible. Un hombre vive para su alma y dice: no es cierto, todo es maravilloso”.
	Sobre la maldad, anota (p. 242): “El mal no existe más que dentro de nosotros, es decir, es un lugar del que puede ser expulsado”. Cita a Nezahualcóyotl (p. 252): “La oscuridad es la cuna del sol, y para que brillen las estrellas es necesaria la negrura de la noche”.
	Hace una analogía simple, pero efectiva (p. 262): “La muerte destruye el cuerpo como los albañiles destruyen los andamios cuando el edificio está listo. El edificio es la vida espiritual, los andamios son el cuerpo”. Cita a Dostoievski (p. 271): “El hombre es infeliz porque no sabe que es feliz”.
	Está línea de Angelus Silesius me encantó (p. 272): “Si el paraíso no está en ti, nunca entrarás en él”. Y éste (p. 279): “Hay que estar siempre alegres. Si la alegría se acaba, busca en qué te equivocaste”.
	Pero la vida de Tolstói fue un desastre, como lo acredita la cronología de Ricardo San Vicente, que se incluye al final. Hasta cuando se enamoró estaba torturado (p. 290): “Estoy tan enamorado como nunca hubiera creído posible estarlo. He perdido la razón, me mataré si esto continúa”. Murió en una estación de trenes, en el frío intenso de su patria. Solo. De neumonía. Tal vez no creyó en lo que escribía…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Polvo del camino. 126. Mi hermana Andrea. Héctor Cortés Mandujano

Mi hermana Andrea
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

A mi querida amiga Tere Argueta

Salvo tareas y alguna nota sin importancia, creo que no escribí en vida ni siquiera una carta. Ahora, además, tampoco puedo hablar; sin embargo, el estar muerta me da una perspectiva tan completa que, aleluya, puedo incluso usar palabras que nunca me imaginé que existían. 
	Lo otro también es fantástico: puedo conocer y conozco el hilo genético del que provengo, que prácticamente pasa por miles de personas. Pese a eso, hoy sólo quiero hablar de dos personas, aunque en mi historia haya muchas alrededor. Bueno, una es persona, la otra ya no.
	La una es mi hermana Andrea. ¡Dios, cómo la admiraba y cómo la quiero! Era tan erguida, tan alta, tan femenina; con tanta bondad en su mirada y tanta belleza en el rostro. Su cabello era largo, precioso, negrísimo. Si no fuera porque vivíamos en un pueblo, hubiera sido hallada por una gente de cine y se hubiera vuelto un mito su hermosura.
	Pero en ese pueblo lo único menos peor que podía pasarle es que el hijo del terrateniente se enamorara de ella y la buscara como amiga, luego la pidiera como novia y después como inminente esposa. Él, de hecho, era de buena pinta: alto, musculoso, aunque con el vicio de carácter que tienen todos los que han sido consentidos por la fortuna, es decir, celoso, caprichoso, violento.
	Una discreta mirada de mi hermana hacia algún muchacho que no fuera él, se volvía una sarta de recriminaciones, una escena explosiva, un montón de amenazas. Mis padres pensaban que el futuro de mi hermana con ese hombre era imprevisible, como una tormenta en el mar (que nunca conocí cuando vivía).
	Mi hermana nunca nos contó por qué decidió no ir al baile en el parque (me enteré ya muerta que había terminado con él, porque esta vez hubo algo más que sospechas: mi hermana dio un beso al joven del que sí estaba enamorada, alguien los vio y le contaron al loco de su novio). Mis papás sí querían ir y yo también. Mi hermana me peinó como acostumbraba ella y me dio prestado uno de sus vestidos de salir: yo sentí que, adamada como quedé, nada me podría hacer más feliz.
	Estaba sentada, al lado de mis padres, cuando sentí que algo ardiente penetraba, por detrás, el hueso de mi cabeza. Fue un instante de dolor supremo y luego nada. Cuando pude entender lo que había pasado descubrí que el novio de mi hermana nos confundió y pensando que yo era ella me dio un primer balazo en la cabeza y luego descargó un par de tiros más de su pistola sobre mi cuerpo, frente a mis padres, hasta que se dio cuenta de su error, y huyó.
	Yo tenía trece años.
	Desde este lado del espejo de la vida vi cómo mis padres mandaban a mi hermana lejos y cómo poco a poco ella, joven y bella, volvía a vivir, aunque llevaba mi desgracia como un animal oscuro agazapado en su corazón, y también vi como su novio, luego de emborracharse, drogarse, llorar y pedir perdón a gritos, se colgaba de una soga y moría sin encontrar consuelo.
	Yo me adapté muy pronto a este modo de estar y no estar, y soy feliz, especialmente cuando veo que a los míos, aunque con nostalgia por mí, les llegan ráfagas de alegría, de buena suerte, de amor. Nació una bebé de mi hermana, a quien pusieron mi nombre. A veces, para sentir de nuevo la vida, me meto en su espíritu y juego con mi hermana, y con mis papás-abuelos.
	El asesino de Andrea no vino a este no lugar donde no vivo. Sé que sufre donde está y también sé que sufrirá… eternamente.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juventino Sánchez Vera**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juventino Sánchez Vera:

(Tapachula, Chiapas; 1983). 

Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.

Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).

Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha.
Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.

Polvo del camino. 125. La vida de un fantasma. Héctor Cortés Mandujano

La vida de un fantasma

Héctor Cortés Mandujano

Yo le leía poemas de fantasmas

Ferenando Trejo, en «El aliento que somos de los perros»

Regalo de mi amigo Fernando Trejo, leo su poemario La abuela está en la casa porque he visto su voz (Cuadrivio, 2019), que ganó el XVI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal.
	El libro tiene como tema central, resumo, la muerte de su abuela materna y su entierro; la vida de los albañiles que construyeron su tumba y las “Apariciones en la casa” después del sepelio. El propio Fer, que es también editor, cuidó el libro. Es pequeño y bello; en eso ayudan la tipografía y las ilustraciones hechas por sus hijos: Iñaki, cuando tenía cinco años, un ilustrador con notables dotes, e Isabella. 
	Fernando Trejo da con este libro un paso firme en la escritura poética en general y en su escritura en particular. El anterior que leí de él, Ciervos (2015), es una maravilla, y en éste no repite sus descubrimientos: cambia de discurso y plantea, sin caer en melodramas, con inteligencia, las variaciones emocionales a partir de la pérdida, flashback y flashforward incluidos.
	He leído la mayoría de los libros de Fer y una de sus características es que no teme a la mezcla de géneros. La sección “Entierro”, por ejemplo, tiene títulos como si fueran parte de un guion de cine: “Ext. Barda con botellas quebradas/ día”, “Int. Ext. Casa de la abuela/ catedral/ mañana (Flashback)”, etcétera, y en otros poemas cita fragmentos de canciones de su abuelo Carlos Alberto Trejo Zambrano. No como pegotes, sino como elementos de construcción.
	Hay una imagen en su primer poema, que me encantó (p. 11): “Abre la noche el hocico del viento”. En el segundo toma apunte (p. 13): “Hay un temblor de luz, dice mi hijo./ Me siento frente a él y anoto lo que dice: La abuela está en la casa porque he visto su voz”.
	En el Flashback de la página 27, va con su abuela y su hermana, de niño, a rezar, con la promesa de que le comprarán después un helado: “Yo estoy consciente,/ a mis ocho años,/ que todo vale un helado de sorbete./ Que podré soportar la eucaristía,/ el rito,/ hincarme ante Dios poderoso. […] Como si bebiéramos la fe,/ en canastilla”.
	En “Ext. Panteón Municipal/ mediodía” escribe (p. 33): “El sol tira a matar,/ Emite silbidos, como si dentro de la luz/ un tirador disparara pedradas/ de lumbre”.
	Juan y Adán Verdugo, hermanos y albañiles, harán la tumba de su abuela, a quien nombra por completo en un verso (p. 44): “Con cuarenta ladrillos,/ los Verdugo borrarán para siempre/ la risa de María Luisa Sirvent Rincón”.
	La abuela muere y luego su fantasma llega a casa del poeta (p. 57): “Y en este punto, en el distorsionado pixel de su incredulidad/ mi abuela aparece de frente/ horrorosamente lluviosa./ Todo esto sucede mientras corro la cortina/ y mi esposa dice que nuestro hijo se ha pasado/ todo el día rayando las paredes”.
	Fernando intenta comprender a su abuela fantasma (p. 67): “Si hay algo que pesa en lo fantasma, es no poder llorar./ Porque llorar es muy humano. Y mi abuela qué puede soltar/ si el agua no recuerda”. 
	Qué buen libro. Qué gusto leerlo.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juventino Sánchez Vera**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juventino Sánchez Vera:

(Tapachula, Chiapas; 1983). 

Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.

Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).

Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha.
Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.

Polvo del camino. 124. Tres películas peruanas. Héctor Cortés Mandujano

Tres películas peruanas

Héctor Cortés Mandujano

El mundo como un pañuelo, que propone Netflix, da la oportunidad de ver cine de países que antes eran sólo un enigma: Tailandia, Países Bajos, Suecia, Dinamarca, etcétera. También da foro a la cinematografía latinoamericana: Colombia, Argentina, Perú… De este último país me encontré con tres propuestas sólidas, interesantes, de contenidos profundos, de magníficas hechuras, que te recomiendo lector, lectora. 

Retablo  (2017)

Es la primera película de Álvaro Delgado-Aparicio, quien también coescribió el guion con Héctor Gálvez. Participó, como candidata a mejor película, en los Goya de España y los Oscar de EUA.
	La historia se centra en un padre y su hijo, quienes hacen y venden retablos (muñequitos tallados en yeso) para celebraciones religiosas, para adornos. El hijo descubre que su padre, quien vive con esposa y dos hijos, tiene prácticas homoeróticas. Difícil y lograda actuación de un adolescente (Junior Bejar), quien tiene que trabajar mucho para llegar a comprender y respetar a su padre. No ocurre lo mismo en su pequeña y pobrísima comunidad homofóbica.
	La trama da la oportunidad de oír el quechua (está hablada en ese idioma andino), de gozar con los paisajes verdísimos de los cerros y montañas peruanas, de conocer la vida cotidiana de sus comunidades…

Wiñaypacha (2018)

Dirigida por Óscar Catacora, es la primera película peruana en ser hablada completamente en idioma aimara (wiñaypacha significa eternidad). Fue filmada en la bellísima montaña nevada Allincapac y ganó varios premios. Fue la primera cinta de este director, y la única, pues desafortunadamente Óscar murió en 2021, a los 34 años.
	Los únicos protagonistas son dos viejos (Willka y Phaxsi, Sol y Luna) que viven en abandono y pobreza, y suspiran porque el hijo que se fue, regrese. Contó Óscar que la historia hace referencia a sus abuelos. De hecho, Vicente Catacora, el actor de la cinta, es abuelo de Óscar, el director. 
	Las imágenes son portentosas y la historia no necesita para conmover ni música ni efectos especiales: es un retrato de dos octogenarios, sobreviviendo en condiciones precarias, en la soledad (o la compañía, según se vea) de la naturaleza.

Canción sin nombre (2019) 

Es el primer largometraje de Melina León, quien la coescribió y la dirige. Está ambientada en la época terrorista de 1980. Ha ganado varios premios y recorrido varios festivales internacionales (Cannes, Goya, Oscar…).
	Dos cosas que me llamaron la atención de la trama, que involucra el robo de niños y la complicidad de jueces y señores de la justicia con ese crimen, fueron a). Cuando la protagonista entra a un edificio hay un corro de niñas que juegan a saltar la cuerda y repiten una canción terrible, que supongo es o ha sido popular por aquellos lados: “Soltera, casada, viuda, divorciada; con hijos, sin hijos, no vales nada”.
	Y b). La otra es un poco más sutil y tiene que ver con la influencia de la cultura estadounidense, que se filtra en todos los órdenes de la vida en América Latina. Uno de los personajes es un actor, y uno supondría que está trabajando en la obra de un dramaturgo local o que se refiera a los hechos de Perú. Y no. Está montando El zoo de cristal, de Tennessee Williams.
        La cinta presenta a dos personajes marginales (entre otros), enfrentados al gobierno y al narcotráfico, sin más armas que la desesperación: una madre a la que le han robado su niña recién nacida y a quien nadie recibe ni ayuda, y un periodista homosexual que toma como suya la odisea de una mujer que batallaba sola.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.