Polvo del camino. 116. Palabras que arden. Héctor Cortés Mandujano

Palabras que arden

Héctor Cortés Mandujano

 
Dicen en el prólogo Marisa Trejo Sirvent y Socorro Trejo Sirvent, que Al filo del gozo. Antología de poesía erótica (Editorial Viento al hombro, 2007), que prepararon juntas, es resultado de una convocatoria por Internet que, evidentemente, rindió muchos frutos porque hay en estas páginas poetas de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, España, Guatemala, Honduras, Italia, México, Nicaragua, Perú, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela. 
	Tomo algunos versos que me atrajeron para compartirlos contigo lector, lectora.
	Escribe Dina Posada (San salvador, El Salvador, 1946) en su breve poema “Gitana” (p. 77): “Curiosa me inclino/ para leer tu sexo/ y auguro/ el gozoso porvenir/ que te aguarda”.
	Silvia Elena Regalado (San Salvador, El Salvador, 1961) dice en “El buen libro” (p. 81): “Un buen libro/ es como vos./ Podría pasarme/ un domingo completo/ leyéndote la piel/ y amanecer el lunes/ con la necesidad/ de volver detenidamente/ a leer/ desde/ el/ principio”.
	De Ángela Reyes (Jimena de la Frontera, Cádiz, España, 1946) tomo un fragmento de su poema “Hay mujeres que nunca se asomaron” (p. 90): “Muérame/ si nunca más he de besarte,/ si no puedo sorber/ la música que llevas en los labios”.
	Carmen Rubio (Purullena, Granada, España, 1948) dice en las primeras tres líneas de su poema “Cartas breves para un desconocido” (p. 94): “Hay noches/ en que apago la luna y a hurtadillas/ reconstruyo tu cuerpo”.
	Dice Beatriz Villacañas Palomo (Toledo, España, 1964) en un fragmento de “Increíblemente desnudos” (p. 100): “Increíblemente desnudos/ y fieramente ángeles/ fuimos hacia la noche en que los cuerpos/ tuvieron sed y se encontraron”.
	Silvia Faravetto (Venecia, Italia, 1977) escribe en un fragmento de “Hombre: vuelve adentro de tu madre” (p. 124): “Quiero sentirte morir jadeando adentro de mí,/ abrazado,/ agarrado,/ para no ahogarte. Hombre de carne,/ mi amor es caníbal. ¿Te volverás tú también de papel?”.
	Tal vez el poema que más me gustó es “Taller”, de Leticia Herrera (Monterrey, Nuevo León, 1960), que comparto completamente (p. 162): “El muchacho me muestra sus poemas/ yo digo los leeré con detenimiento/ pero pienso en la turgencia de su piel/ lo veo yaciente mientras cabalgo/ sobre sus dudas poéticas con desaliño/ el uso de tus adjetivos es perfectible/ y te sugiero revises los adverbios/ el muchacho me muestra su miembro/ me dice mire maestra yo quisiera decirle que/ ah/ lo beso paciente/ después de todo tiene madera”.
	El fragmento III, de “El amante y la espiga”, de Leticia Luna (Ciudad de México, 1965), dice (p. 168): “Tiemblo debajo tuyo/ como una hoja/ cuyo rocío/ es tu semen”.
	Conozco y he leído a Ámbar Past (Estados Unidos, 1949, naturalizada como mexicana desde 1985). Me encanta su escritura. Tomo dos fragmentos suyos del poema “Las mujeres empiezan a buscar”. Fragmento 15 (p. 179): “En mi cuerpo entran unos/ y salen otros./ Soy un túnel./ Una mina de carne”; fragmento 18: “Las mujeres buscan en sus camas/ algo que no es hombre,/ ni mujer,/ algo que los hombres tampoco encuentran”.
         Nidesca Suárez (Caracas, Venezuela, 1971) dice en un fragmento de su poema “Inquisición” (p. 281): “no me rescates/ no seas el caballero de mis sueños/ no desperdicies tu saliva en las brasas”.
          Al filo del gozo es un libro polisémico, rico, escrito desde la pasión del cuerpo, desde la sensibilidad de la poesía, con palabras que arden. 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 115. La hambre de Sancho. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/ V
La hambre de Sancho

Héctor Cortés Mandujano

Los oficios y grandes cargos no son otra cosa

sino un golfo profundo de confusiones

Miguel de Cervantes Saavedar en Don Quijote de la Mancha II
 —¡Válame, Dios! De haberlo yo sabido, antes de dar aceptación al que columbraba como regalo, este enredado asunto de ser gobernador de la ínsula Barataria, hubiera preferido pasar una noche abrazando el cuerpo de Satanás. Horas, días y nocturnidades he pasado en atención a gente que por burlas o por veras viene a contarme sus asuntos para que les dé solución con el sólo uso de mi magín y la sabiduría en exceso que tienen los muchos refranes que se guardan en mi pienso. 
         Maldito sean todos los doctores del mundo sidos, porque el que a mi servicio tengo ha decidido que comida toda me hará enfermar o morir, y pasado he más hambres que cuando andaba con mi señor Don Quijote comiendo bayas o haciendo de tripas, corazón. 
         ¡Agora me libre Dios del diablo! La hambre me posee como si fuera la locura en el pensamiento de mi amo, el señor don Quijote, quien me empinó hasta esta cuesta que sólo me ha dado trabajos sin fin.
          Tomaré mi borrico y huiré desta comarca para buscar dónde yantar hasta hartarme, donde la jira no concluya sino después de muchos potajes, y luego holgar sin seguir ninguna de las órdenes que el mundo de caballeros, médicos y nobles se han dedicado a darme. 

Sancho Panza aún no suponía haber sido engañado. No hubiera creído, aunque se lo dijeran, que la ínsula Barataria no existía, sino como una burla a su persona. No intuía que la gente llegaba a pedir consejos y justicia porque había sido pagada para ello por los nobles que se divertían haciendo chanzas con la credibilidad del caballero andante y su escudero. Su ingenua nobleza tampoco lograba pensar que el médico que le prohibía comer había sido aleccionado para eso. Lo cierto es que tantas solicitudes de ayuda, tanta atención a los falsos pobladores, tan poco dormir y nada comer comenzaron a enloquecerlo. 
         Recordó lo que el bachiller Sansón Carrasco le había dicho cuando supo que gobernaría la ínsula de la que ahora quería escapar: “Mirad, Sancho, que los oficios mudan las costumbres, y podría ser que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió”. 
         Decidió efectivamente irse. Tomó su borrico, lo ensilló, lo montó y buscó caminos menos ásperos que éste. Sus pensamientos eran sombríos, asesinos. La rabia le había poseído por completo cuando vio delante suyo, en el camino de frente, a don Quijote. En ese instante el hambre, la ira, la decepción, el odio lo segaron. Se apeó, lo mismo que su amo. 
          El hombre flaco, alto y loco abrió los brazos para saludarlo, para estrecharlo, y Sancho sacó el tosco cuchillo de entre sus ropas y lo hundió en el esquelético cuerpo del hombre que le hizo dejar su comarca y su familia. Le dijo: 
          —Fui tu sirviente y te adoré como a un hermano, como a un padre; ya no, maldito loco. No merecen amor los que han decidido que es su madre el viento. 
          Don Quijote cayó herido y el que fuera su más querido acompañante se inclinó para hundirle una última cuchillada en el pecho, que hendió su corazón y detuvo sus palpitaciones. Así terminó su última aventura. Sancho, luego, presa de remordimientos de colgó de la rama de un triste árbol. 

[En la segunda parte de El Quijote, la de 1615, la escena que aquí cuento ocurre sin mayores tropiezos: Sancho viene de la ínsula Barataria y se encuentra con el Quijote, se abrazan y siguen sus aventuras hasta que el Caballero de la triste figura recobra su cordura y muere en su casa, en su cama.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 114. Intimidades. Héctor Cortés Mandujano

Intimidades

Héctor Cortés Mandujano

1
Luego de publicarse mi texto “Volver al Ciprés” (Polvo del camino, 111) recibí muchos, muchísimos mensajes felicitándome o diciéndome algo lindo y breve –no pongo a los/las autores/as porque la lista sería larga–; sin embargo, varias/varios escribieron textos de mayor extensión y hondura. Cito algunos, no en su versión original, sino sintetizados. Nelson H. Salazar: “Ufffff, tocayito. […] Hermoso relato. […] Cómo calan los recuerdos de infancia. Somos bendecidos al haber nacido en pueblos así; y muy bendecidos los que te acompañaron en tan hermoso peregrinar”.
	Álex Nudding: “Tu escrito me ha conmovido, es hermoso. Ser parte de este trozo de historia me ha enseñado cosas que no alcanzaba a ver con mis ojos torpes, miopes. Ahora entiendo un poco más lo que me decías acerca del lenguaje y su complejidad. Gracias”.
	Mi prima Natividad Muñoz, desde la CDMX: “[…] Considero que tu paseo por El Ciprés fue un cierre de ciclo. Me emocionó la actitud de Camilo para limpiar con delicadeza la tumba de nuestro abuelo. […] Sin haber leído el contenido de “Volver al Ciprés”, de manera incontrolable se me salían las lágrimas y ante el altar de Dios agradecí todos los momentos vividos junto a mi amada familia. ¡Muchas gracias, primito, por este apreciado regalo!”.

2
Mi primo Óscar Márquez, quien vive en París, leyó el texto por la complicidad de mi querida amiga Tania Corzo, y escribió un texto que me sirvió después para reflexionar sobre lo que he llamado “la patria íntima del lenguaje”.
	Dijo Óscar: “Bonita narrativa (como siempre) de mi primazo. Supongo que en Niumex perdieron el camino que va al Ciprés. Aún tengo presente la imagen de tía Araminta. Primo, ‘tus camions también son los míos’ ”. 
	Yo leí camions de un modo que eludía y reinterpretaba el error gráfico, y le escribí que “anduvimos efectivamente los mismos camiones”. Tania terció: “Sí, por supuesto, caminos y camiones”.
	Me sorprendió esa puntualización, hasta descubrir su lógica. Le escribí al día siguiente: “Hola, Como tábano me dio vueltas tu precisión “caminos y camiones”, porque yo pensé que el primo hacía alusión al modo de hacer los plurales allá: buey se vuelve bueys y rey, reys. El primo puso camions y yo de inmediato vi un guiño lingüístico. Pero la oración del primazo es: “Tus caminos también son los míos”. Sí. Y lo mismo el habla. Digámoslo en lengua verdadera, con un vuelo metafórico y te incluyo: ‘Sus palabra son miels para mi corazón colibrí’ ”.

3
Días más tarde, me escribió mi amiga Mónica Corzo: “[…] La ida al Ciprés. ¡Qué revolución de emociones! No me enteré. Habría hecho todo para acompañarte. Justo ayer tratamos de ir al Empireo. En Cerro Brujo. Mi papá tiene ese deseo antes de morir, ya que era el rancho de su madre. […] Antes de empezar a subir, el cielo se encapotó y empezó un tiempo terrible, raro. Los que viven a los pies de Cerro Brujo nos recomendaron no subir. […] Alguien dijo: es la abuela que no quiso que subiéramos al Empireo. […] Se oscureció el cielo, tembló la tierra, llovió en tiempo de seca, se arremolinó el viento”.
	En cambio, El Ciprés pareció esperarnos para regalarnos un día luminoso, espléndido, inolvidable. Noches después soñé que iba de nuevo a la finca, pero al llegar a Nuevo México (Niumex, como lo llama Óscar) me dada cuenta que no traía zapatos. Buscaba dónde comprarlos y no hallaba. Una señora, en la calle, me decía: “Tu mamá supo que ibas a ir y te está esperando allá”. Era ya de noche y no me animé a ir descalzo, caminando. Me imaginé a mi mamá acostada en el piso, cubierta con trapos viejos, en el cuarto en ruinas, rodeada de la oscuridad silente...

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 113. Las últimas canciones de Violeta Parra. Héctor Cortés Mandujano

Apuntes de oído, 7
Las últimas canciones de Violeta Parra

Héctor Cortés Mandujano


Violeta Parra (Chile, 1917-1967) es sin duda el mejor punto de referencia cuando se habla de la compilación y difusión de la música folklórica chilena. Pero fue más: artista plástica, música, cantante y compositora. Son suyos varios versos tan queridos que han encarnado en generaciones de escuchas en América Latina. 
	Mi columna Casa de citas # 26 (publicada en 2010) se llamó “Agradecimientos y maldiciones”, porque se centraba en dos canciones de Violeta: “Maldigo del Alto cielo” y “Gracias a la vida”. En aquel viejo texto decía que las dos pertenecían al “mismo disco Las últimas composiciones. ¿Por qué le pusiste así al disco?, le preguntó su hermana Hilda. Porque son las últimas, le dijo. Ya había tomado la decisión de matarse”.
         Carmen Luisa, su hija menor, recuerda el suceso (Gracias a la vida, Violeta Parra, testimonio, editorial Galerna, 1976: 127): “yo estaba ordenando algo en la carpa, serían como las seis de la tarde, de repente sentí el balazo… entré corriendo a la pieza y encontré a mi mamá ahí tirada, encima de la guitarra, con el revólver en la mano. Me acerqué a ella y la moví, le hablé… y no me contestó. Ahí me di cuenta que por la boca le corría un hilillo de sangre”. Tenía 50 años.
         Es curioso que una suicida haya escrito una canción que agradece la vida, por tantas razones. Aquí algunas: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto: me dio el corazón, que agita su marco cuando miro el fruto del cerebro humano, cuando miro el bueno tan lejos del malo, cuando miro el fondo de tus ojos claros”.
         Las últimas composiciones se publicó en noviembre de 1966 y Violeta se suicidó el 5 de febrero de 1967. De este disco me sé de memoria, desde mi adolescencia, varios temas. El disco completo es una maravilla (la revista Rolling Stones lo consideró, en 2008, el mejor disco chileno de todos los tiempos) y tiene 14 canciones escritas y musicalizadas por Violeta Parra, salvo “La cueca de los poetas”, cuya letra es del poeta (su hermano) Nicanor Parra.
         Pertenecen a este último trabajo “Gracias a la vida”, “El albertío” (dedicada al músico Alberto Zapicán, quien la acompañó con el bombo e hizo dúo con ella en cuatro temas), “Cantores que reflexionan”, “Pupila de águila”, “Run Run se fue pa’l norte”, “Maldigo del alto cielo”, “La cueca de los poetas”, “Mazúrquica Modérnica”, “Volver a los 17”, “Rin del angelito”, “Una copla me ha cantado”, “El Guillatún”, “Pastelero a tus pasteles” y “De cuerpo entero”.
         Me referiré con brevedad a ellas. “El albertío”, que es un título irónico, se refiere, he pensado desde que la oí, a ser “advertido”, pues advertir es un verbo transitivo que implica que una persona puede “observarse o percibirse”, es decir, darse cuenta de quién es. Dice Violeta: “Vale más en este mundo ser limpio de sentimientos, mucho van de ropa blanca y Dios me libre por dentro. […] Yo te mi corazón: devuélvemelo enseguida, a tiempo me he dado cuenta que vos no lo merecías. [...] Para llamarse Alberto, hay que ser bien albertío”. 
         “Cantores que reflexionan” tiene dos partes: la primera sobre el que no sabe qué y por qué canta (poseído por Satán: la vanidad, el oropel, el dinero) y el que sí, cuando escucha la voz de su conciencia (que se vuelve divina): “Cántale al hombre en su dolor, en su miseria y su sudor, y en su motivo de existir”. Era siervo de Satán y ahora sirve a su conciencia divina: “Hoy es su canto un azadón, que le abre surcos al vivir, a la justicia en su raíz y a los raudales de su voz”.
          “Pupila de águila” es una suerte de fábula. Un pájaro herido llega a su vida, lo intenta curar, el ave muere. De allí desprende conclusiones que, evidentemente, son metafóricas. El pajarillo es alguien que llega a tu vida y, después, te deja: “Ave que llega sin procedencia y no sabe adónde va, es prisionera en su propio vuelo, ave mala será”.
“Run Run se fue pa’l norte” nos da noticias de este Run Run que manda varias cartas y reflexiones: “Que la vida es mentira. Que la muerte es verdad”.
         “Maldigo del alto cielo” es el reverso de “Gracias a la vida”; aquí se maldice todo, porque un amor pagó mal. La lista es larga. Este es el final: “Maldigo por fin lo blanco, lo negro con lo amarillo, obispos y monaguillos, ministros y predicandos yo los maldigo llorando; lo libre y lo prisionero, lo dulce y lo pendenciero le pongo mi maldición en griego y en español, por culpa de un traicionero: cuánto será mi dolor”.
         “La cueca de los poetas” es una canción simpática, juguetona y habla sobre los cuatro grandes poetas chilenos: Gabriela Mistral, Pablo de Rocka, Vicente Huidobro y Pablo Neruda: “Pablo de Rocka es bueno, pero Vicente vale el doble y el triple, dice la gente. Dice la gente, ay, sí, no cabe duda que el más gallo se llama Pablo Neruda”. Agrega al final al autor de la letra: “Corre, que ya te agarra Nicanor Parra”.
         “Mazúrquica Modérnica” es una canción escrita en jerigonza (se le agregan sílabas a una palabra para que se oigan diferente, sin perder su lógica): “Me han preguntádico varias persónicas, si peligrósicas para las másicas son las canciónicas agitadóricas.
¡Ay, qué pregúntica más infantílica!”. La respuesta dice que hay varias matanzas en la historia y que no fueron necesarias, para que mataran a esa gente, canciones agitadoras. Es, pues, una canción seria disfrazada de broma. Su ritmo de mazurca moderna, da pie para decir, también, que el disco es riquísimo en ritmos.
         “Volver a los 17” es una dulce, una linda canción de amor. Amar, no importa la edad que tengas, es “volver a los 17, después de vivir un siglo”.  El amor es “volver a sentir profundo, como un niño frente a Dios. […] El amor es torbellino de pureza original, hasta el feroz animal susurra su dulce trino”.
         “Rin del angelito” habla de la muerte de un niño: “Cuando se muere la carne, el alma se queda oscura”.
          “Una copla me ha cantado” es proponer el fragmento de una canción como catalizador de la desgracia: “Cuál será, dirán ustedes, la copla que me cantó; es igual que el estampido que mata sin ton ni son”.
          “El guillatún”. Llueve tanto, que las cosechas de los indios se van a perder. Se reúnen y le oran a Dios; entonces “el rey de los cielos muy bien escuchó, remonta los vientos para otra región. Deshizo las nubes, después se acostó. Los indios lo cubren con una oración”. La cosecha se salva en esta canción sobre la fe. 
         “Pastelero a tus pasteles” es una breve canción sobre la necesidad de que cada cual se ocupe de sus deberes y saberes: “Ya me voy para Bolivia, sonaron los cascabeles, diciéndome en el oído: pastelero a tus pasteles”.
           “De cuerpo entero” es una propuesta amorosa: “El humano está formado, de un espíritu y un cuerpo. […] No entiendo los amores del alma sola. […] ¡Comprende que te quiero de cuerpo entero!”.

En El maestro y las magas (Siruela, 2005), Alejandro Jodorowsky, artista multifacético, cuenta dos anécdotas que retratan la personalidad de Violeta Parra. Fueron muy amigos cuando ella estuvo en París, en 1954, por dos años, y en 1961, por tres.
	Violeta, dice Alejandro, trabajaba mucho y vivía en la pobreza; sin embargo, grababa los cantos chilenos para Chant du Monde o para la Fonoteca Nacional del Museo del Hombre. Él le dijo (p. 17): “¡Pero, Violeta, ¡si no te dan ni un céntimo! ¡Tienes que darte cuenta de que, en nombre de la cultura, te están estafando!”, y ella le contestó: “No soy tonta, sé que me explotan. Sin embargo, lo hago con gusto: Francia es un museo. Conservarán para siempre estas canciones. Así habré salvado gran parte del folklore chileno. Para el bien de la música de mi país no me importa trabajar gratis. Es más, me enorgullece. Las cosas sagradas deben existir fuera del poder del dinero”.
	En otra ocasión paseaban frente al Palacio del Louvre. Alejandro expresó su admiración ante la majestuosidad y la fama del museo. Ella le dijo (p. 18): “Calla: el Louvre es un cementerio y nosotros estamos vivos. La vida es más poderosa que la muerte”. Le promete que ella hará una exposición allí y a él le parece una locura (p. 18): “Violeta contaba con muy poco dinero. Compró alambre, arpillera barata, lanas de colores, greda, algunos tubos de pintura. Y con esos humildes materiales creó tapices, cántaros, pequeñas esculturas, óleos. […] ¡En abril de 1964 Violeta Parra inauguró su gran exposición en el Museo de Artes Decorativas, Pabellón  Marsan, del Palacio del Louvre!
	“Esta increíble mujer me enseñó que, si queremos algo con la totalidad de nuestro ser, acabamos lográndolo. Lo que parece imposible, con paciencia y perseverancia se hace posible”. 




Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Polvo del camino. 112. El hombre más solo del campo. Héctor Cortés Mandujano

El hombre más solo del campo

Héctor Cortés Mandujano

No creo que haya gran diferencia entre ser una estrella del soccer

y escribir un poema

Luis Daniel Pulido en Porterear, escribir


Había leído que escribir era como hacer el amor o como drogarse, pero nunca antes que escribir fuera como porterear. Claro, no he conocido a escritores porteros, salvo a Luis Daniel Pulido.
           Hay una condición esencial para ser portero, supongo, que yo, por más que me busque, no tengo. Pienso en estar en una portería y en que alguien lance la pelota en contra mía y mi invariable idea es hacerme a un lado.
           Luis Daniel no. Me ha compartido fotos y videos de cuando se lanza para detener el balón y me parece un acto admirable, valiente, casi imposible (otra cosa en la que pensaría antes de lanzarme, en el caso improbable de que algún día portereara, es en cómo se me va a ensuciar la ropa. Eso no le preocupa a Pulido –lo he visto sudado y lleno de lodo– y para mí sí es todo un tema). 
          Porterear, escribir (Tifón, 2022) es más que un libro de crónicas escritas por un poeta (qué difícil escribir lo que sigue) que pasó años en una silla de ruedas, ya no es tan joven y está casi ciego. ¿Y portero?
          Hay escaladores a quienes falta un dedo (Tommy Caldwell, un ejemplo), cantantes diagnosticadas con daños suficientes como para no poder cantar (Lucha Reyes), gente, en fin, que ha demostrado, como Pulido, que puede más la voluntad que la falta de salud aparente, los años, el viento en contra.
         Porterear, escribir es un registro sentimental del nacimiento y permanencia (con un lapso larguísimo de descanso) del equipo Chamula’s Power, que son ahora veteranos “con más de cincuenta años cumplidos”. Es un libro para el equipo, para la tribu, “para todos los que quieren y aman el futbol”, como decía el mítico Ángel Fernández, que busca poner el acento en la nostalgia, la comuna, la hermandad que surge entre (p. 17) “gente que no hace las paces ni con su sombra”. Es un libro íntimo y los que no somos de Chamula’s Power ni futbolistas, como yo, nos sentimos como si estuviéramos leyendo no un libro sino una carta de amor que un adolescente mandó a la muchacha más bonita o a la mamá más amorosa.
          Sin duda, nunca he sentido amor por el futbol y es el requisito fundamental para andar desde niño “tras el balón” (como decía una famosa canción del futbolista Carlos Reynoso) y de allí en adelante envejecer persiguiéndolo. Y siempre alimentar esa pasión con amigos que se dediquen a lo mismo, viendo partidos en vivo, en televisión o en redes. (Luis Daniel nos cuenta en su libro que ve y analiza partidos de futbol. Me asombra. Creo que nunca he visto un partido completo; jamás he ido, ni pienso ir, a un estadio ni siquiera, como han intentado convencerme, “para ver cómo se siente”.) Así se forja la afición, y después la habilidad, la necesidad.  Por eso hay amigos y conocidos míos, aparte de Luis Daniel, que realizan alguna actividad artística y son futbolistas: Jesús Hernández (fotógrafo), Gustavo Ruiz Pascacio (poeta), Manuel Jiménez (teatrista), Balam Rodrigo (poeta), Tito Sanchez (editor-ilustrador), Fer Trejo (poeta). Dice Luis Daniel (p. 29): “El futbol es un trayecto de recuerdos compartidos, de nostalgia que se construye con el primer balón que se toca de niño hasta el último día de nuestra vida”.
          En esencia, si la vida es una tómbola, lo importante es moverte hacia donde el corazón te lleve y Luis Daniel está en la cancha (p. 32): “Soy testigo de un ligero movimiento, un cambio de posición altera la percepción y desarrollo de una jugada. Soy portero”. Y remata (p. 60): “Soy Luis Daniel Pulido, portero, y no me rindo”.
Un abrazo hasta tu cancha, hasta la soledad de tu portería, querido amigo.

[Texto leído en la presentación del libro Porterear, escribir, de Luis Daniel Pulido. 14 de enero de 2022. Casa Tonanzin. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Héctor Ventura**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

(Jiquipilas, Chiapas, 1920), Héctor Ventura Cruz creció y descubrió la pulsión plástica por la vida en la capital del estado. Ahí conocióal Maestro José María de la Cruz, único mentor entonces de pintura y dibujo en la localidad. El encuentro con el maestro “Chemita” significó el atisbo del primer referente técnico y la certeza de la constancia en el oficio. 
Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980.

Polvo del camino. 111. Volver al Ciprés. Héctor Cortés Mandujano

Volver al Ciprés

Héctor Cortés Mandujano

Tengo miedo del encuentro con el pasado

que vuelve

a enfrentarse con mi vida

«Volver», de Carlos Gardel

1
Varias personas habían pedido ir conmigo al Ciprés, la finca donde nací. Le daba vueltas al tema. Fue en diciembre pasado cuando de nuevo me hicieron la petición y, en silencio, decidí que iría otra vez.
	Cumplí 61 años el 24 de febrero. Pensé que ese sería el buen pretexto. Fijé la fecha: sábado 26 de febrero de 2022. Le dije a mi mujer que avisaría a los que ya me habían dicho de ir y a quienes consideraba pudieran estar interesados; si nadie se apuntaba, iríamos ella y yo.
	Se formó un pelotón. En la decisión del azar (hubo quienes no pudieron o no quisieron), el grupo que quedó fue el mejor, el perfecto; fuimos muchos adultos: mi familia cercanísima (mi mujer, mi hija, Daniel) y queridas amigas, queridos amigos: Tania, Juan, Tito, Alfredo, Álex, Anny, Fer y Flor; y varias niñas, varios niños: Jacobo y Camilo (mis nietos), Iñaki, Isabella, Zazil y Jerome. 

2
Hace 23 años había ido y aunque la finca tenía entonces cerradas las puertas de los cuartos, el corredor y las pilastras estaban en buen estado; el cuarto que había sido de mis padres, donde dormí buena parte de mi infancia, estaba derrumbándose, y la cocina y los demás agregados a la construcción original eran montones de cascajo revueltos con tejas, madera y heteróclitos materiales.
	Tenía miedo de ir: ¿Qué sentiría; cómo quedaría emocionalmente si ya sabía, por boca de una prima, que la finca estaba desde hace tanto abandonada? Treinta años de olvido, por lo menos, y “el olvido todo destruye”. 

3
Llegamos al pueblo donde teníamos que entrar hacia la vía de carretas que va a la finca e hicimos una salida en falso. Ya puestos en el carril correcto, fue el camino miel sobre hojuelas. 
          La entrada hacia la tranca de entrada fue una sorpresa. No se veía: estaba cubierta de hierbas altas y zacatal. Tomé la delantera y Alfredo y Daniel me siguieron. Hicimos una ruta con nuestras pisadas y los demás llegaron con algarabía.
          Lo único que queda en pie de la finca es el corredor y dos cuartos, con puertas y ventanas de par en par, a medio destruir. Lo que fue la habitación del enorme altar de la abuela es ahora hogar de murciélagos, que han llenado el piso y las paredes con sus huellas, con sus marcas. El otro amplio cuarto es igualmente pieza ocupada por la basura, los desechos y el abandono. En uno de sus rincones mi mamá tuvo trabajo de parto auxiliada de comadronas. Allí nací.

4
Subimos a la loma donde están enterrados mis ancestros. La subida no fue fácil (llena de monte, espinas y zacatal), pero Danny y Álex fueron abriendo camino. Llegamos al fin. Un zopilote no paraba de planear en el cielo, alrededor nuestro, tan cerca que veíamos sus patas encogidas, sus garras. 
	La construcción de ladrillos que rodeaba y protegía las tumbas se ha derrumbado por completo y de las tumbas no quedaban ni rastros visibles, porque el monte ha crecido sobre ellas. Alfredo logró mostrar, en el suelo, una esquina de cemento y Álex se empeñó en descubrirla lo más posible.    Todos, asombrados, leímos el nombre del muerto: Florentino Cortés. ¡Mi abuelo! Aplaudimos. En ese instante, sin que nadie lo llamara ni lo detuviera, mi nieto Camilo, de tres años, fue hasta la tumba y con sus manitas se puso a limpiarla de la basura, de la tierra. Hay instantes en que después de vivir una experiencia memorable he pensado: “Ya me puedo morir”. Ese fue uno de esos momentos mágicos, irrepetibles: La pequeña mano de mi nieto limpiando, con delicadeza, con cuidado, la tumba de su tatarabuelo. En ese hombre muerto, en esa mano tierna, convivían en mí, como eslabones, la vida y la muerte. La imagen era, también, una muestra de la incesante eternidad humana.

5
Luego de bajar de la loma fuimos a comer al arroyo. Llevamos distintas comidas que se distribuyeron a lo largo de viejo árbol caído y se volvió colectivo el bufett riquísimo y variado; comimos, conversamos, reímos, sintiendo que nuestro día había sido tocado por la felicidad del encuentro con la magia.
	Un día después, el domingo 27, una de mis amadas primas, Natividad, me dijo que otra de mis queridas primas, Isabel, le había dicho que mi tía Araminta, la actual dueña del Ciprés, había muerto (“es un soplo la vida”). Isabel, por tacto, no había querido decírmelo directamente porque el deceso ocurrió más o menos en sincronía con mi llegada (rodeado de gente querida) al Ciprés. Me escribió Naty: “Pensé que era como que se hubiese cerrado un ciclo, como que algo sucedió arriba”. Este aldabazo de misterio volvió todavía más significativo, más icónico, este volver a mi pasado, a mi vida de niño, a mis recuerdos de siempre, a mis sueños recurrentes.
          Gracias a quienes me acompañaron…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Juventino Sánchez Vera**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juventino Sánchez Vera:

(Tapachula, Chiapas; 1983). Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha.

Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.

Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).
Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.

Polvo del camino. 110. Pequeñas odiseas. Héctor Cortés Mandujano

Pequeñas odiseas

Héctor Cortés Mandujano

Pero tampoco quiero la paz mientras a mi alrededor

se hacinen las tumbas de los otros

«Oráculo de cenizas», de Jaime Augusto Shelley



Tuve la suerte de encontrarme y conversar con Jesús Morales Bermúdez. Me regaló su libro Variaciones poéticas de Jaime Augusto Shelley (Unicach-Juan Pablos Editor, 2018), que es un ensayo sobre los libros de Shelley, quien junto con Óscar Oliva, Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos y  Jaime Labastida, formó parte del célebre grupo La espiga amotinada.
	Escribió Jesús Morales un primer acercamiento a la poesía de Shelley, “De realidad, invención y deseo”, en (p. 15) “el número 171 de la revista Plural, el año de 1985”. Años después, en Variaciones… escribe sobre cuatro ejes temáticos en la poesía de Jaime Augusto: “De esta tierra”, “Conjuraciones a la amada”, “Fruto de tormenta” y “La ciudad”.
	Shelley dijo sobre su trabajo poético que (p. 23) “cada poema que he escrito ha tomado la forma de una pequeña odisea”, y abundan en el libro de Jesús varias precisiones de Shelley sobre su escritura. Dice de “Anacusia”, uno de sus poemas (p. 30): “Este poema me cambió muchísimo mi concepción de la relación amorosa. Le quitó ese manejo lírico, decimonónico y falso para convertir a la mujer en una mujer de carne y hueso, convirtió a la mujer en persona y desde entonces yo no me he apartado de ese hallazgo”.
	Hay una larga cita de “Anacusia”, de la que tomo este fragmento (p. 29): “—No te conozco –pensé, tocándola./ Ella sonrió, bellísima, quitándose el suéter, agitando crines,/ con un salto feliz hacia la cama./ Besé con impaciencia sus labios, la desnudé:/ era, como todos los días, mi mujer”.
	Escribe Morales Bermúdez, en su análisis puntual (p. 24): “Formalmente los poemas estructuran su inicio, su entremedio, cubriendo un ciclo, una circularidad: enuncian versos del inicio, con su en medio, con su final, un hilo de luz entretejido para el logro de la emoción, de la belleza, finamente sostenida”; y más: (p. 25): “A par de la circularidad formal, de sus recursos experimentales y de movimientos inusitados, esta poesía pareciera entregarnos asuntos de la cotidianidad, en exclusiva”. 
	La escritura de Shelley está influida, entre otras formas literarias, por el cine. Él lo reconoce (p. 36): “Desde niño veía tres veces al día una misma película durante una semana entera, que es lo que duraba la cartelera. Empecé a aprenderme los diálogos, los cortes de cámara, las secuencias. Cómo movían las manos, todo, los gestos […] No, lo que más me ha gustado es el cine”.
	Escribe Shelley, en un fragmento de “Postludium. Antes del primer compás” (p. 38): “A las sílabas no les gusta pensar;/ les encanta estar, entremetidas,/ jugando a vivir./ Cuando crecen, tienen hijos,/ cumplen años, se hacen cosa”.
	Morales Bermúdez es dueño de una amplia obra novelística, ensayística, narrativa; este libro de ensayos dedicados a un poeta “difícil”, (p. 172), “un poeta marginal, excéntrico él mismo de los merecimientos céntricos” y poco atendido por la crítica tiene un origen que Jesús explicita (p. 168): “Pensado el libro, como un homenaje de amistad hacia el poeta, su propuesta de ensayo intenta ser, también, un aporte a los trabajos de crítica literaria en México”. 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega es un reconocido fotógrafo que vive en Chiapas desde hace más de una década y cuyo trabajo ha sido reconocido a nivel nacional e internacional, primero como reportero gráfico y actualmente como fotógrafo independiente, con proyectos a largo plazo de temática social. (Fuente: https://www.desmesuradas.com › raul-ortega-fotografo)

Polvo del camino. 109. Rocas anónimas. Héctor Cortés Mandujano

Rocas anónimas
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos

William Blake, en Los Proverbios del infierno

Un día dejó de tener interés en correr detrás de las mariposas y comenzó a ayudar a su papá en las rudas tareas de campo. Dejó de ser niño. Su papá no hizo comentarios.
	Su mamá murió de parto y su padre cuidó de que él, de pequeño, no muriera en las tierras más bien yermas de aquella montaña que fue en lo sucesivo su hogar. Fuera de su progenitor, alguna vez vio a otras personas cuando lo acompañó a la ranchería donde eventualmente conseguían víveres. Le llamó la atención que algunos, algunas hablaran a gritos, que rieran a carcajadas. No le gustó y casi no acompañaba al padre hasta el caserío.
	El hombre que lo trajo a la vida envejeció y murió. Lo enterró sin avisar a nadie.
	Siguió trabajando, como si nada, con los harapos de siempre, hasta que un día decidió ir al caserío y se compró una camisa, un pantalón, zapatos, ropa interior…; con la menor cantidad de palabras logró saber hacia dónde debía ir para tomar el tren que lo llevara a la ciudad.
	Llegó. El ruido lo aturdió y las manadas de gente le parecieron extrañas. ¿Por qué había ido? Por un sueño.
	Decidió volver a su montaña lo más rápidamente posible; antes, se sentó en la banca de un parque y desde allí vio a una mujer de extensos cabellos, piernas largas y ojos enormes. La vio encandilado, como si todo hubiera desaparecido y ella fuera la única habitante de un planeta que venía al suyo. 
	Se acomodó a su lado, le tocó el hombro y le dijo:
	—¿A qué hora nos vamos? 
	Este había sido su sueño.

Subieron al tren, él no pudo dormir en el trayecto y ella recostó la cabeza en el hombro de su hombre. Llegaron a su destino provisional: había que caminar mucho para llegar a la montaña.
	—Espera –dijo ella, cuando ya estaban en un trecho solitario.
	Él nada dijo cuando ella se trasformó en yegua. La montó y llegaron a la casa. De nuevo se volvió mujer.
	En la noche ella lo guio para que conociera el sexo. No supo cómo se halló desnudo y qué hizo. Sólo sintió que ya no era humano, sino una hoja volando en un abismo, una piedra cayendo al infinito, una muerte de mil cuchillos que lo hacían desangrar con lentitud hasta morir mil veces, un espejo hecho añicos... Le pareció sorpresivo que, después de esas sensaciones limítrofes, volviera a ser el mismo. El misterio no estaba en la vida ni en la muerte, sino en el sexo.
	No recordaba tener un nombre ni sabía su edad, ella nada preguntó. Iban juntos al campo (a veces ella como yegua, a veces como mujer), hasta que un día, bañándose en el río, ella se volvió cocodrilo, y luego, como a él parecieran agradarle las transformaciones, tornó sucesivamente en árbol, en pájaro, en serpiente.
	Él se dio cuenta que la vida era un entramado de emociones que no podían decirse y que en esa mujer habitaba todo lo que había soñado. Callaba, entonces, y ella, silente también, parecía descifrar la chillante mudez. Una noche ella se volvió una laguna de agua, dentro de la choza, y él la poseyó, líquidamente, de muchas formas. Una vez ella se metió en él y sintió lo que era vivir como mujer, porque ella, en un desdoblamiento mágico, se volvió un hombre.
         Vivieron mucho tiempo juntos, hasta que él, con ayuda y paciencia, también pudo convertirse en algunas cosas, aunque le costaba mucho. Después de años innúmeros se convirtieron en dos rocas que, abrazadas, sobresalen en la punta de la montaña.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Alejandro Nudding:

**Alejandro Nudding, «nacido en Veracruz, Mexico; radica actualmente en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, preocupado siempre por la estancia temporal del hombre, su trabajo aún no definido pelea por lo etéreo y el carácter del humano, pensando que es un resultante del momento y fiel creyente que todo sucede un instante antes, su trabajo se empeña en el color fuerte y en la pincelada que se muestra, por que sabe que un instante después todo a muerto.» (Fuente: artelista)

Polvo del camino. 108. De la tranca milpera a los múltiples caminos del mundo. Héctor Cortés Mandujano

De la tranca milpera a los múltiples caminos del mundo

Héctor Cortés Mandujano


Don Javier Espinosa Mandujano hizo el favor de enviarme de regalo su nuevo libro: La caverna iluminada en la que vivo (Pez Vela Editores, 2021).
	El suyo es un ensayo sobre las mentiras de la historia, dado que representan no la verdad necesariamente, sino el punto de vista subjetivo de quien escribe, y sobre el engaño de las palabras, porque éstas no son cosas, sino abstracciones de las cosas. Hay lucidez, inteligencia y conocimiento en los meandros de este pequeño libro que recorre el mundo de las ideas y los territorios disímbolos de la geografía mundial, que van desde las sociedades más iluminadas hasta los (p. 75) “grupos conocidos de Chiapas cuya noción del mundo termina en la tranca de su milpa, donde nacieron”.
	Dice sobre los textos históricos (p. 20): “La ‘realidad’ de ayer sufre, digamos, el abordaje de la ‘realidad’ de ahora, por intermedio de su descriptor-relator, que escribe y ofrece en su relato una ‘realidad’ que no es de ayer ni de ahora, sino una ‘realidad’ postulada por él, fruto de su aptitud e intereses, tal vez creativos o tal vez no, quién sabe con qué fuerza ilusoria y con qué artificio expresivo”.
	Los libros de historia tienen (pp. 25-26) “la estricta posibilidad de usar los tropos del lenguaje escrito para traer de todo lo lejos que se quiera, sometidos por mis propias puntas de lanza, desde mi presente, o del presente que represento, cosas que supongo sucedieron ayer, imantadas ahora por mi voluntad, preferencias e intereses, que conforman una formidable mecánica de ocultamientos, arbitrariedades, invención de significados, interpretaciones y profetismos ineludibles, que se acomodan en tropos del relato escrito como obra culminante del historiador que alguien imagina ser”.  
	Y eso ocurre, además, porque (p. 58) “el escritor (el que usa la escritura) es una cosa y lo que escribe es otra; que lo escrito por alguien puede o no alcanzar a decir lo que el escritor quiso decir o pensó que decía”.
	Cita al Octavio Paz de El mono gramático que apunta, dice don Javier (p. 70) “algo casi siniestro: ‘Los ojos que miran lo que escribo ¿son los mismos ojos que yo digo que miran lo que escribo?’ ”. Los oráculos, los adivinadores del futuro, siguen existiendo, dice, pero ahora no son magos brujos o hechiceras, sino (p. 77) “los grandes capitales, los dueños de la tecnología más inclusiva”.  
	Cita a Martinet, citado a su vez por Derrida (p. 85): “Es de la oralidad de donde proviene el entendimiento de la naturaleza real del lenguaje humano”. Y más (p. 90): “El lenguaje es la tercera mano que sustrae todas las posibilidades de comprender nuestra vida y existencia”, y (p. 105): “Ningún relato escrito deja de ser siempre un relato hablado”.
	Cerca del final se hace una pregunta inquietante (p. 108): “Si la historia no existe ni siquiera como representación del pasado […], si tan sólo alcanza a ser una imagen (o muchas imágenes) fabricadas cada una por distinto historiador […], si esto es así, ¿qué clase de utilidad es la que podemos obtener de la obra escrita desde, cuando menos, los días en que se inventó la escritura?”.
	Sin embargo, es concluyente en el último párrafo de su libro (p. 117): “Sin las palabras es absolutamente imposible ninguna relación con la realidad”. 




Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega es un reconocido fotógrafo que vive en Chiapas desde hace más de una década y cuyo trabajo ha sido reconocido a nivel nacional e internacional, primero como reportero gráfico y actualmente como fotógrafo independiente, con proyectos a largo plazo de temática social. (Fuente: https://www.desmesuradas.com › raul-ortega-fotografo)

Polvo del camino. 107. Hojas y flores de la vida y la muerte. Héctor Cortés Mandujano

Hojas y flores de la vida y la muerte
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Para hacer una pradera

toma un trébol

y una abeja

Emily Dickinson (1830-1886), en «Para hacer una pradera»



De las entrañas terrestres salía un geiser imparable que, quién sabe cómo, lograron meter en amplias y complicadas tuberías que caían a los cuatro puntos cardinales –ver los chorros brillar al sol o a la luz lunar era un espectáculo de impresionante belleza– y volvían húmedos muchos terrenos a la redonda.
	Por eso había tantos árboles frutales en incesante producción; largos campos de verduras y plantas disímbolas; trozos anchos de flores que, un poco al azar, mostraban los distintos colores con sus eclosiones regidas por las estaciones: un hervidero de existencia forestal, cultivada y silvestre; una jungla de incontables animales.
	Ver aquello desde la alta punta del cerro hacía confiar en la eternidad de la vida.
	Era un vergel, un oasis, una montaña de maravillas, y luego un valle de sucesivas sorpresas que se traducían en infinitos trabajos y pingües ganancias, y el agua imparable formaba cuatro ríos que, además, estaban poblados de variada fauna acuática.
	Cuando llegué allí, mi primo, el administrador, me enseñó los vericuetos donde entraba por mis ojos tanta belleza y salía de mis labios tanta exclamación de asombro.
	Me guardaba para el final lo más curioso.
	Había un quinto río caudaloso que venía de quién sabe dónde y que, dijo mi primo, a veces traía como agregado un cadáver: una vaca, un perro, un animal imposible de identificar, y mujeres, niños, hombres, ancianos. 
Los cadáveres llegaban con mucha frecuencia y, aquí lo curioso, daban vueltas en un remolino que luego los tiraba a un hoyo natural de donde fue naciendo, saliendo, creciendo hasta alcanzar gigantescas proporciones un árbol de extrañas y enormes hojas de tres colores: verdes, negras y rojas, con unas flores blanquísimas que duraban vivas varios días. Era un árbol de absoluta belleza, de misterio irresoluble, de espanto trágico.
	—¿Y no avisan a la policía de los cadáveres?
	—Lo hacíamos al principio, pero llegan desfigurados, porque los peces les comen la cara, las manos, los pies. No es posible reconocerlos. En ocasiones ni siquiera puede notarse si es animal o gente, y aunque no cesan de llegar a este remolino, nunca han logrado llenar el hueco. Es un árbol vivo, alimentado por la muerte.
	—¿Qué tiempo tiene de vida este árbol?
	—Unos diez años y muchísimos cadáveres a sus pies, en sus raíces.
	—No se alcanzan a ver.
	—No, el cadáver llega, pongamos en la mañana, lo ves allí tendido un rato, no mucho, y luego ya, desaparece, como si la tierra se lo tragara. Por eso, respira profundo, no tiene más olores que el delicioso de sus flores. Mira, ahí viene uno, ahora verás. De hecho, te voy a dejar porque, si quieres ver, tendrás mucha materia de contemplación y, mientras tú ves, yo voy a trabajar en unos pendientes.
	Llegó el cadáver al cercano remolino y lo vi dar vueltas. Parecía lo mismo un hombre que un perro sin pelos. Llegado el momento brincó de la corriente al hoyo que rodeaba el anchísimo tronco. Se estuvo allí y luego, como si le hubieran espolvoreado algún polvo mágico, se volvió gelatinoso y comenzó a trasminar hacia las raíces. Y después nada, ningún rastro.
	Vi el árbol con sus hojas y flores como una conversión, como un tránsito: el verde de la naturaleza se volvía rojo por la sangre que alguna vez estuvo viva en un cuerpo, después trocaba en el negro como el color de la tragedia con que a veces se asocia a la muerte y finalmente se volvía el blanco de la pureza y la espiritualidad.
	Dejé de ver admirado el árbol y vi otra vez hacia la corriente; venía veloz, a su destino final, otro cadáver…



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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