Polvo del camino. 113. Las últimas canciones de Violeta Parra. Héctor Cortés Mandujano

Apuntes de oído, 7
Las últimas canciones de Violeta Parra

Héctor Cortés Mandujano


Violeta Parra (Chile, 1917-1967) es sin duda el mejor punto de referencia cuando se habla de la compilación y difusión de la música folklórica chilena. Pero fue más: artista plástica, música, cantante y compositora. Son suyos varios versos tan queridos que han encarnado en generaciones de escuchas en América Latina. 
	Mi columna Casa de citas # 26 (publicada en 2010) se llamó “Agradecimientos y maldiciones”, porque se centraba en dos canciones de Violeta: “Maldigo del Alto cielo” y “Gracias a la vida”. En aquel viejo texto decía que las dos pertenecían al “mismo disco Las últimas composiciones. ¿Por qué le pusiste así al disco?, le preguntó su hermana Hilda. Porque son las últimas, le dijo. Ya había tomado la decisión de matarse”.
         Carmen Luisa, su hija menor, recuerda el suceso (Gracias a la vida, Violeta Parra, testimonio, editorial Galerna, 1976: 127): “yo estaba ordenando algo en la carpa, serían como las seis de la tarde, de repente sentí el balazo… entré corriendo a la pieza y encontré a mi mamá ahí tirada, encima de la guitarra, con el revólver en la mano. Me acerqué a ella y la moví, le hablé… y no me contestó. Ahí me di cuenta que por la boca le corría un hilillo de sangre”. Tenía 50 años.
         Es curioso que una suicida haya escrito una canción que agradece la vida, por tantas razones. Aquí algunas: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto: me dio el corazón, que agita su marco cuando miro el fruto del cerebro humano, cuando miro el bueno tan lejos del malo, cuando miro el fondo de tus ojos claros”.
         Las últimas composiciones se publicó en noviembre de 1966 y Violeta se suicidó el 5 de febrero de 1967. De este disco me sé de memoria, desde mi adolescencia, varios temas. El disco completo es una maravilla (la revista Rolling Stones lo consideró, en 2008, el mejor disco chileno de todos los tiempos) y tiene 14 canciones escritas y musicalizadas por Violeta Parra, salvo “La cueca de los poetas”, cuya letra es del poeta (su hermano) Nicanor Parra.
         Pertenecen a este último trabajo “Gracias a la vida”, “El albertío” (dedicada al músico Alberto Zapicán, quien la acompañó con el bombo e hizo dúo con ella en cuatro temas), “Cantores que reflexionan”, “Pupila de águila”, “Run Run se fue pa’l norte”, “Maldigo del alto cielo”, “La cueca de los poetas”, “Mazúrquica Modérnica”, “Volver a los 17”, “Rin del angelito”, “Una copla me ha cantado”, “El Guillatún”, “Pastelero a tus pasteles” y “De cuerpo entero”.
         Me referiré con brevedad a ellas. “El albertío”, que es un título irónico, se refiere, he pensado desde que la oí, a ser “advertido”, pues advertir es un verbo transitivo que implica que una persona puede “observarse o percibirse”, es decir, darse cuenta de quién es. Dice Violeta: “Vale más en este mundo ser limpio de sentimientos, mucho van de ropa blanca y Dios me libre por dentro. […] Yo te mi corazón: devuélvemelo enseguida, a tiempo me he dado cuenta que vos no lo merecías. [...] Para llamarse Alberto, hay que ser bien albertío”. 
         “Cantores que reflexionan” tiene dos partes: la primera sobre el que no sabe qué y por qué canta (poseído por Satán: la vanidad, el oropel, el dinero) y el que sí, cuando escucha la voz de su conciencia (que se vuelve divina): “Cántale al hombre en su dolor, en su miseria y su sudor, y en su motivo de existir”. Era siervo de Satán y ahora sirve a su conciencia divina: “Hoy es su canto un azadón, que le abre surcos al vivir, a la justicia en su raíz y a los raudales de su voz”.
          “Pupila de águila” es una suerte de fábula. Un pájaro herido llega a su vida, lo intenta curar, el ave muere. De allí desprende conclusiones que, evidentemente, son metafóricas. El pajarillo es alguien que llega a tu vida y, después, te deja: “Ave que llega sin procedencia y no sabe adónde va, es prisionera en su propio vuelo, ave mala será”.
“Run Run se fue pa’l norte” nos da noticias de este Run Run que manda varias cartas y reflexiones: “Que la vida es mentira. Que la muerte es verdad”.
         “Maldigo del alto cielo” es el reverso de “Gracias a la vida”; aquí se maldice todo, porque un amor pagó mal. La lista es larga. Este es el final: “Maldigo por fin lo blanco, lo negro con lo amarillo, obispos y monaguillos, ministros y predicandos yo los maldigo llorando; lo libre y lo prisionero, lo dulce y lo pendenciero le pongo mi maldición en griego y en español, por culpa de un traicionero: cuánto será mi dolor”.
         “La cueca de los poetas” es una canción simpática, juguetona y habla sobre los cuatro grandes poetas chilenos: Gabriela Mistral, Pablo de Rocka, Vicente Huidobro y Pablo Neruda: “Pablo de Rocka es bueno, pero Vicente vale el doble y el triple, dice la gente. Dice la gente, ay, sí, no cabe duda que el más gallo se llama Pablo Neruda”. Agrega al final al autor de la letra: “Corre, que ya te agarra Nicanor Parra”.
         “Mazúrquica Modérnica” es una canción escrita en jerigonza (se le agregan sílabas a una palabra para que se oigan diferente, sin perder su lógica): “Me han preguntádico varias persónicas, si peligrósicas para las másicas son las canciónicas agitadóricas.
¡Ay, qué pregúntica más infantílica!”. La respuesta dice que hay varias matanzas en la historia y que no fueron necesarias, para que mataran a esa gente, canciones agitadoras. Es, pues, una canción seria disfrazada de broma. Su ritmo de mazurca moderna, da pie para decir, también, que el disco es riquísimo en ritmos.
         “Volver a los 17” es una dulce, una linda canción de amor. Amar, no importa la edad que tengas, es “volver a los 17, después de vivir un siglo”.  El amor es “volver a sentir profundo, como un niño frente a Dios. […] El amor es torbellino de pureza original, hasta el feroz animal susurra su dulce trino”.
         “Rin del angelito” habla de la muerte de un niño: “Cuando se muere la carne, el alma se queda oscura”.
          “Una copla me ha cantado” es proponer el fragmento de una canción como catalizador de la desgracia: “Cuál será, dirán ustedes, la copla que me cantó; es igual que el estampido que mata sin ton ni son”.
          “El guillatún”. Llueve tanto, que las cosechas de los indios se van a perder. Se reúnen y le oran a Dios; entonces “el rey de los cielos muy bien escuchó, remonta los vientos para otra región. Deshizo las nubes, después se acostó. Los indios lo cubren con una oración”. La cosecha se salva en esta canción sobre la fe. 
         “Pastelero a tus pasteles” es una breve canción sobre la necesidad de que cada cual se ocupe de sus deberes y saberes: “Ya me voy para Bolivia, sonaron los cascabeles, diciéndome en el oído: pastelero a tus pasteles”.
           “De cuerpo entero” es una propuesta amorosa: “El humano está formado, de un espíritu y un cuerpo. […] No entiendo los amores del alma sola. […] ¡Comprende que te quiero de cuerpo entero!”.

En El maestro y las magas (Siruela, 2005), Alejandro Jodorowsky, artista multifacético, cuenta dos anécdotas que retratan la personalidad de Violeta Parra. Fueron muy amigos cuando ella estuvo en París, en 1954, por dos años, y en 1961, por tres.
	Violeta, dice Alejandro, trabajaba mucho y vivía en la pobreza; sin embargo, grababa los cantos chilenos para Chant du Monde o para la Fonoteca Nacional del Museo del Hombre. Él le dijo (p. 17): “¡Pero, Violeta, ¡si no te dan ni un céntimo! ¡Tienes que darte cuenta de que, en nombre de la cultura, te están estafando!”, y ella le contestó: “No soy tonta, sé que me explotan. Sin embargo, lo hago con gusto: Francia es un museo. Conservarán para siempre estas canciones. Así habré salvado gran parte del folklore chileno. Para el bien de la música de mi país no me importa trabajar gratis. Es más, me enorgullece. Las cosas sagradas deben existir fuera del poder del dinero”.
	En otra ocasión paseaban frente al Palacio del Louvre. Alejandro expresó su admiración ante la majestuosidad y la fama del museo. Ella le dijo (p. 18): “Calla: el Louvre es un cementerio y nosotros estamos vivos. La vida es más poderosa que la muerte”. Le promete que ella hará una exposición allí y a él le parece una locura (p. 18): “Violeta contaba con muy poco dinero. Compró alambre, arpillera barata, lanas de colores, greda, algunos tubos de pintura. Y con esos humildes materiales creó tapices, cántaros, pequeñas esculturas, óleos. […] ¡En abril de 1964 Violeta Parra inauguró su gran exposición en el Museo de Artes Decorativas, Pabellón  Marsan, del Palacio del Louvre!
	“Esta increíble mujer me enseñó que, si queremos algo con la totalidad de nuestro ser, acabamos lográndolo. Lo que parece imposible, con paciencia y perseverancia se hace posible”. 




Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

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