Polvo del camino. 126. Mi hermana Andrea. Héctor Cortés Mandujano

Mi hermana Andrea
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

A mi querida amiga Tere Argueta

Salvo tareas y alguna nota sin importancia, creo que no escribí en vida ni siquiera una carta. Ahora, además, tampoco puedo hablar; sin embargo, el estar muerta me da una perspectiva tan completa que, aleluya, puedo incluso usar palabras que nunca me imaginé que existían. 
	Lo otro también es fantástico: puedo conocer y conozco el hilo genético del que provengo, que prácticamente pasa por miles de personas. Pese a eso, hoy sólo quiero hablar de dos personas, aunque en mi historia haya muchas alrededor. Bueno, una es persona, la otra ya no.
	La una es mi hermana Andrea. ¡Dios, cómo la admiraba y cómo la quiero! Era tan erguida, tan alta, tan femenina; con tanta bondad en su mirada y tanta belleza en el rostro. Su cabello era largo, precioso, negrísimo. Si no fuera porque vivíamos en un pueblo, hubiera sido hallada por una gente de cine y se hubiera vuelto un mito su hermosura.
	Pero en ese pueblo lo único menos peor que podía pasarle es que el hijo del terrateniente se enamorara de ella y la buscara como amiga, luego la pidiera como novia y después como inminente esposa. Él, de hecho, era de buena pinta: alto, musculoso, aunque con el vicio de carácter que tienen todos los que han sido consentidos por la fortuna, es decir, celoso, caprichoso, violento.
	Una discreta mirada de mi hermana hacia algún muchacho que no fuera él, se volvía una sarta de recriminaciones, una escena explosiva, un montón de amenazas. Mis padres pensaban que el futuro de mi hermana con ese hombre era imprevisible, como una tormenta en el mar (que nunca conocí cuando vivía).
	Mi hermana nunca nos contó por qué decidió no ir al baile en el parque (me enteré ya muerta que había terminado con él, porque esta vez hubo algo más que sospechas: mi hermana dio un beso al joven del que sí estaba enamorada, alguien los vio y le contaron al loco de su novio). Mis papás sí querían ir y yo también. Mi hermana me peinó como acostumbraba ella y me dio prestado uno de sus vestidos de salir: yo sentí que, adamada como quedé, nada me podría hacer más feliz.
	Estaba sentada, al lado de mis padres, cuando sentí que algo ardiente penetraba, por detrás, el hueso de mi cabeza. Fue un instante de dolor supremo y luego nada. Cuando pude entender lo que había pasado descubrí que el novio de mi hermana nos confundió y pensando que yo era ella me dio un primer balazo en la cabeza y luego descargó un par de tiros más de su pistola sobre mi cuerpo, frente a mis padres, hasta que se dio cuenta de su error, y huyó.
	Yo tenía trece años.
	Desde este lado del espejo de la vida vi cómo mis padres mandaban a mi hermana lejos y cómo poco a poco ella, joven y bella, volvía a vivir, aunque llevaba mi desgracia como un animal oscuro agazapado en su corazón, y también vi como su novio, luego de emborracharse, drogarse, llorar y pedir perdón a gritos, se colgaba de una soga y moría sin encontrar consuelo.
	Yo me adapté muy pronto a este modo de estar y no estar, y soy feliz, especialmente cuando veo que a los míos, aunque con nostalgia por mí, les llegan ráfagas de alegría, de buena suerte, de amor. Nació una bebé de mi hermana, a quien pusieron mi nombre. A veces, para sentir de nuevo la vida, me meto en su espíritu y juego con mi hermana, y con mis papás-abuelos.
	El asesino de Andrea no vino a este no lugar donde no vivo. Sé que sufre donde está y también sé que sufrirá… eternamente.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juventino Sánchez Vera**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juventino Sánchez Vera:

(Tapachula, Chiapas; 1983). 

Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.

Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).

Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha.
Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.

Polvo del camino. 125. La vida de un fantasma. Héctor Cortés Mandujano

La vida de un fantasma

Héctor Cortés Mandujano

Yo le leía poemas de fantasmas

Ferenando Trejo, en «El aliento que somos de los perros»

Regalo de mi amigo Fernando Trejo, leo su poemario La abuela está en la casa porque he visto su voz (Cuadrivio, 2019), que ganó el XVI Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal.
	El libro tiene como tema central, resumo, la muerte de su abuela materna y su entierro; la vida de los albañiles que construyeron su tumba y las “Apariciones en la casa” después del sepelio. El propio Fer, que es también editor, cuidó el libro. Es pequeño y bello; en eso ayudan la tipografía y las ilustraciones hechas por sus hijos: Iñaki, cuando tenía cinco años, un ilustrador con notables dotes, e Isabella. 
	Fernando Trejo da con este libro un paso firme en la escritura poética en general y en su escritura en particular. El anterior que leí de él, Ciervos (2015), es una maravilla, y en éste no repite sus descubrimientos: cambia de discurso y plantea, sin caer en melodramas, con inteligencia, las variaciones emocionales a partir de la pérdida, flashback y flashforward incluidos.
	He leído la mayoría de los libros de Fer y una de sus características es que no teme a la mezcla de géneros. La sección “Entierro”, por ejemplo, tiene títulos como si fueran parte de un guion de cine: “Ext. Barda con botellas quebradas/ día”, “Int. Ext. Casa de la abuela/ catedral/ mañana (Flashback)”, etcétera, y en otros poemas cita fragmentos de canciones de su abuelo Carlos Alberto Trejo Zambrano. No como pegotes, sino como elementos de construcción.
	Hay una imagen en su primer poema, que me encantó (p. 11): “Abre la noche el hocico del viento”. En el segundo toma apunte (p. 13): “Hay un temblor de luz, dice mi hijo./ Me siento frente a él y anoto lo que dice: La abuela está en la casa porque he visto su voz”.
	En el Flashback de la página 27, va con su abuela y su hermana, de niño, a rezar, con la promesa de que le comprarán después un helado: “Yo estoy consciente,/ a mis ocho años,/ que todo vale un helado de sorbete./ Que podré soportar la eucaristía,/ el rito,/ hincarme ante Dios poderoso. […] Como si bebiéramos la fe,/ en canastilla”.
	En “Ext. Panteón Municipal/ mediodía” escribe (p. 33): “El sol tira a matar,/ Emite silbidos, como si dentro de la luz/ un tirador disparara pedradas/ de lumbre”.
	Juan y Adán Verdugo, hermanos y albañiles, harán la tumba de su abuela, a quien nombra por completo en un verso (p. 44): “Con cuarenta ladrillos,/ los Verdugo borrarán para siempre/ la risa de María Luisa Sirvent Rincón”.
	La abuela muere y luego su fantasma llega a casa del poeta (p. 57): “Y en este punto, en el distorsionado pixel de su incredulidad/ mi abuela aparece de frente/ horrorosamente lluviosa./ Todo esto sucede mientras corro la cortina/ y mi esposa dice que nuestro hijo se ha pasado/ todo el día rayando las paredes”.
	Fernando intenta comprender a su abuela fantasma (p. 67): “Si hay algo que pesa en lo fantasma, es no poder llorar./ Porque llorar es muy humano. Y mi abuela qué puede soltar/ si el agua no recuerda”. 
	Qué buen libro. Qué gusto leerlo.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juventino Sánchez Vera**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juventino Sánchez Vera:

(Tapachula, Chiapas; 1983). 

Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.

Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010).

Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha.
Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.

Polvo del camino. 124. Tres películas peruanas. Héctor Cortés Mandujano

Tres películas peruanas

Héctor Cortés Mandujano

El mundo como un pañuelo, que propone Netflix, da la oportunidad de ver cine de países que antes eran sólo un enigma: Tailandia, Países Bajos, Suecia, Dinamarca, etcétera. También da foro a la cinematografía latinoamericana: Colombia, Argentina, Perú… De este último país me encontré con tres propuestas sólidas, interesantes, de contenidos profundos, de magníficas hechuras, que te recomiendo lector, lectora. 

Retablo  (2017)

Es la primera película de Álvaro Delgado-Aparicio, quien también coescribió el guion con Héctor Gálvez. Participó, como candidata a mejor película, en los Goya de España y los Oscar de EUA.
	La historia se centra en un padre y su hijo, quienes hacen y venden retablos (muñequitos tallados en yeso) para celebraciones religiosas, para adornos. El hijo descubre que su padre, quien vive con esposa y dos hijos, tiene prácticas homoeróticas. Difícil y lograda actuación de un adolescente (Junior Bejar), quien tiene que trabajar mucho para llegar a comprender y respetar a su padre. No ocurre lo mismo en su pequeña y pobrísima comunidad homofóbica.
	La trama da la oportunidad de oír el quechua (está hablada en ese idioma andino), de gozar con los paisajes verdísimos de los cerros y montañas peruanas, de conocer la vida cotidiana de sus comunidades…

Wiñaypacha (2018)

Dirigida por Óscar Catacora, es la primera película peruana en ser hablada completamente en idioma aimara (wiñaypacha significa eternidad). Fue filmada en la bellísima montaña nevada Allincapac y ganó varios premios. Fue la primera cinta de este director, y la única, pues desafortunadamente Óscar murió en 2021, a los 34 años.
	Los únicos protagonistas son dos viejos (Willka y Phaxsi, Sol y Luna) que viven en abandono y pobreza, y suspiran porque el hijo que se fue, regrese. Contó Óscar que la historia hace referencia a sus abuelos. De hecho, Vicente Catacora, el actor de la cinta, es abuelo de Óscar, el director. 
	Las imágenes son portentosas y la historia no necesita para conmover ni música ni efectos especiales: es un retrato de dos octogenarios, sobreviviendo en condiciones precarias, en la soledad (o la compañía, según se vea) de la naturaleza.

Canción sin nombre (2019) 

Es el primer largometraje de Melina León, quien la coescribió y la dirige. Está ambientada en la época terrorista de 1980. Ha ganado varios premios y recorrido varios festivales internacionales (Cannes, Goya, Oscar…).
	Dos cosas que me llamaron la atención de la trama, que involucra el robo de niños y la complicidad de jueces y señores de la justicia con ese crimen, fueron a). Cuando la protagonista entra a un edificio hay un corro de niñas que juegan a saltar la cuerda y repiten una canción terrible, que supongo es o ha sido popular por aquellos lados: “Soltera, casada, viuda, divorciada; con hijos, sin hijos, no vales nada”.
	Y b). La otra es un poco más sutil y tiene que ver con la influencia de la cultura estadounidense, que se filtra en todos los órdenes de la vida en América Latina. Uno de los personajes es un actor, y uno supondría que está trabajando en la obra de un dramaturgo local o que se refiera a los hechos de Perú. Y no. Está montando El zoo de cristal, de Tennessee Williams.
        La cinta presenta a dos personajes marginales (entre otros), enfrentados al gobierno y al narcotráfico, sin más armas que la desesperación: una madre a la que le han robado su niña recién nacida y a quien nadie recibe ni ayuda, y un periodista homosexual que toma como suya la odisea de una mujer que batallaba sola.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Polvo del camino. 123. Incumbir. Héctor Cortés Mandujano

Incumbir

Héctor Cortés Mandujano

Mi nombre es una palabra asesina

David Lynch, en Dune

—¿Existe el éter?
     —No. Los científicos, después de tanto, decidieron que no.
     —¿Y San Martín Caballero?
     —No. La Iglesia decidió que la caballerosidad no es santa.
     —¿Y Plutón?
     —No.
     —¿Y el limbo?
     —Ya no.
     —¿Por qué han desaparecido cosas que se supone existían?
     —Ah, son asuntos de la vida y la muerte, es decir, son creaciones. A alguien ya se le ocurrió que la vida es sueño y a otro que la muerte es una pesadilla.
     —¿Y eso es cierto?
     —Recuerda a Shakespeare: Palabras, palabras, palabras…

[…]

—¿Tú me quieres?
     —No siempre.
     —¿No existe el amor eterno?
     —El amor y la eternidad son palabras antípodas, ubicadas cada cual en polos extremos.
     —¿Quién eres?
     —Algo evanescente en este minuto. Antes fui nada. Seré nada.
     —¿Y yo?
     —Lo mismo. Precaria permanencia, fugacidad.
     —¿Cuándo terminará esto?
     —Ni siquiera estamos seguros de haber comenzado.
     —¿Somos, existimos?
     —Piensa en algo más que este instante. No pertenecemos al lejano futuro. Ahora nuestros nombres pueden ser palabras de amor o palabras asesinas, pero dentro de poco sólo serán mudez, silencio.

[…]

—¿Me callo, entonces?
     —Sí, por favor. Gracias


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Polvo del camino. 122. Los días de Scherezada. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/VI
Los días de Scherezada

Héctor Cortés Mandujano

Me saca de quicio con sus historias de topos,

de hormigas, del encantador Merlín, de dragones

peces sin aletas, grifos de roídas alas, cuervos en muda,

leones yacentes, gatos rampantes y otras mil extravagancias.

La noche pasada me tuvo nueve horas por lo menos

enumerando los nombres de los principales demonios y sus adláteres

William Shakespeare, en Enrique IV, primera parte
 
El rey Schahriar estaba harto de ordenar el asesinato de mujeres. Su primera esposa lo había engañado, él lo había descubierto palpablemente, y desde entonces se casaba, poseía a la mujer en turno en la noche de bodas y luego la madrugada marcaba la ejecución de la muchacha desflorada. ¡Qué saqueo del jardín de la belleza! No era óbice que, ni para el sexo ni para la muerte, a ellas no les tomaran consentimiento.
	Era difícil, a veces, deshacerse de la joven de boca dulce; de aquella cuyas caderas parecían una invención prodigiosa; de la otra de pechos opimos; de ésta, la de ahora mismo bajo su cuerpo, de movimientos fantásticos. ¿Quedarse con ella? ¿Y si también lo engañaba? La esposa infiel había fingido amarlo sin dobleces. Maldita sea. 
	—Que la maten.
	Durante un tiempo el rey sintió un especial placer mórbido al saber que este cuerpo fresco, este suave perfume, esta vagina recién estrenada, sería, horas más tarde, no más que un cadáver. Sentía su poder al máximo. Una doncella sacrificada a su sexo, como si ello fuera la máxima distinción, la última puerta. Vienen a mí y luego no les queda más que morir.

El hombre es animal de hábitos: quiere comer a ciertas horas, conversar con amistades, con afinidades electivas, disfrutar del goce erótico en distintas camas, beber líquidos embriagantes, consumir drogas que lo saquen de la cotidianidad, pero quiere, al final, después de todas las actividades crápulas a las que le lleve el desenfreno, llegar al seno amoroso de una mujer que lo quiera y lo conozca más que nadie. Recargar allí su cabeza y en esa almohada soñar que la vida es algo más que un cuerpo que suda, come, traga, hace el amor. El hombre quiere repartir su tiempo en el putero más sucio, de noche, y en el hogar purísimo, de día. Necesita errar por la noche de vicios, pero quiere a la esposa fiel en casa, a la mujer como vestal irrenunciable.
	A eso aspiraba el rey. Por eso, cuando Scherezada se ofreció como su esposa, a sabiendas del fin boreal, el hombre poderoso se relamió los bigotes y sintió el principio de una erección. Una víctima propicia, una mujer que sabía que por retozar un rato a su lado pagaría con la noche eterna. Las mujeres previas lloraban, en ocasiones, mientras él las poseía; o hacían notoria la desesperación por consentirle sus caprichos, por rebajar su dignidad, por lamerlo completamente para salvar la vida. Siempre él las elegía y hasta ahora se encontraba con una voluntaria. 
        —Tal vez sea muy fea, pensó.
	Scherezada tenía unos ojos que parecían cerca de la lágrima, cerca del placer; una boca de labios delgados y unos dientes maravillosos. Su risa era deslumbrante, su voz llena de inflexiones. 20 años. Carne suave y ágil, buena grupa.
	Se celebraron las fiestas recurrentes y el rey la llevó hasta su lecho. Ella le dio un beso apasionado, que lo puso a punto:
	—Bien mío, le dijo entonces, te pido posponer este encuentro que he soñado tantas veces, porque mi hermana menor no puede dormir si yo no le cuento una de las historias que bullen en mi mente.
	El deseo pospuesto se escancia mejor, lo sabía, y accedió a la petición. Entró la adolescente y su ya ahora esposa comenzó con una historia que lo dejó subyugado. Cuántas sugerencias en la voz, qué suavidad de ademanes, cuántos caminos de la historia. No se dio cuenta de la hora, del desvelo. Llegó la madrugada. ¿Cómo matar a esta mujer que era una hipnótica maga de la palabra, y que, además, todavía no poseía? Le otorgó licencia de vida por un día más.
	Lo mismo sucedió con la noche siguiente y la siguiente. A la séptima, luego que se hubo ido la hermanita, el rey, aunque cansado, desnudó a Scherezada y ésta bailó a horcajadas sobre su vientre; mientras la poseía le contó una historia sobre cómo el pene real, transformado en pájaro de encantos, entraba en una cueva donde le esperaban muchos misterios, infinitas aventuras. El rey oía arrobado el relato, mientras empujaba y jadeaba; no quería explotar para no interrumpir lo que la mujer decía en su flexible voz. No pudo más. Se sintió morir. La mujer, al oído, le dijo sibilina:
	—Te esperan mil y una noches mejores que ésta.
	El rey dormía de día. En la noche escuchaba el cuento dicho a la hermana menor, una adolescente menuda y silenciosa, y por las madrugadas gozaba con las historias que esta bruja del lenguaje le contaba sobre sus propios ejercicios eróticos, a los que ya se sabía esclavizado.
	La gente en su demarcación vivía una vida donde no se notaba la presencia de la autoridad, salvo en los casos de delito flagrante. El vértigo imaginativo de Scherezada y su sapiencia en materia de cama tenían al rey en una cápsula de tiempo y espacio donde nada más importaba la historia nocturna y el sexo de madrugada.

Hubo que ocuparse de asuntos oficiales y oyó únicamente la historia nocturna. Renunció al sexo, por un par de días, con la dificultad con la que un alcohólico rechaza la botella que le ofrecen. Comió con su mujer y durante la comida ella le contó la historia del platillo delicioso, de las frutas exóticas y del vino que degustaron al final. 
	En el día siguiente le fabuló sobre el ropaje que vestían y la silla alta desde donde el rey daba órdenes irrevocables. El hombre había tornado casi a la mudez, pues uno de sus vicios era escuchar a esa mujer que parecía ser dueña de las palabras exactas, de la fantasía intensa, del origen inventado de todas las cosas.
	Cuando de nuevo retornaron al sexo, en una madrugada, el rey sintió tal explosión de placer que para pagarlo decidió testar en favor de Scherezada sus bienes materiales, el oro inconmensurable del que era propietario. Pensó varias veces, incluso, que podía morir al tocar el paraíso del orgasmo y que ese era el mejor reinado que hombre alguno pudiera tener.
	En ocasiones, cuando se retiraba a descansar a su rico aposento de almohadones de plumas, perfumes delicados y velos sutiles, Scherezada le cantaba canciones venidas de algún confín desconocido, con una garganta que parecía tener anidadas voces de pájaros prodigiosos. Su mujer le rodeaba, le circundaba en vigilia y sueños, en día y noche.

Pasaron los años. El rey ya no era tan joven y su cuerpo resentía con mayores achaques las desveladas. Se le demandaba más sobre asuntos de estado, algunas rebeliones esporádicas, cuestiones de hacienda. En Scherezada también empezaban a notarse los daños del tiempo. Su voz ya no alcanzaba todos los registros y a veces desafinaba; los cuentos no siempre lograban el suspenso perfecto, el final redondo. El rey ya no estaba tan dispuesto para el sexo y ella, en algunos momentos, parecía perder la compostura. Y llegaba a los gritos, al llanto y a las reclamaciones.
	No fue fácil para el rey llegar a la decisión. Quería paz, quería volver a dormir a pierna suelta, se sentía fatigado, enfadado de tanta cháchara verbal, de tantas demandas sexuales. Quería regresar al tiempo en donde un vaso era sólo un vaso y no una historia interminable. 
Cuando el verdugo levantó la cimitarra, a Scherezada se le ocurrió un magnífico cuento sobre las armas. Y se le quedó atrapado en el cofre del cráneo; en la cabeza, recogida en un cesto de holanes rosas, de donde había brotado un innumerable río de historias locas. Se le enterró con todas las pompas oficiales. 

[En el original de Las mil y una noches, al final, el rey Schahriar y Scherezada siguen casados y han tenido tres hijos. El hermano del rey se casa con la hermana de Scherezada. Todo queda en familia.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 121. 15 metros, 3″, 8/8, 16 milímetros. Héctor Cortés Mandujano

Apunte de oído/ 8
15 metros, 3", 8/8, 16 milímetros

Héctor Cortés Mandujano

Este mundo es un atajo

el sufrimiento es un traje,

que siempre viste el de abajo

León Chávez Teixeiro, en «Adela Fernández»
Son tres largas canciones las que vienen a mi mente cuando pienso en León Chávez Teixeiro (Ciudad de México, 1936): “Cipriano Hernández Martínez” (un traidor a la huelga. Le dice su patrón: “Te aumentaré tu jornal, sin me señalas muy bien quién me va a alborotar”, y señala a Juvenal, a quien matan), “Mujer, se va la vida, compañera” (una crónica minuciosa acerca de los trabajos infinitos en el día a día de las mujeres pobres: “Se va la vida, se va al agujero, como la mugre en el lavadero”) y, la que más me impactó, desde el título, cuando la oí hace muchos años: “15 metros, 3”, 8/8, 16”. 
          Las tres están en las reformulaciones que, como homenaje, hicieron cantantes cómplices (Guillermo Briseño, El David Aguilar, Francisco Barrios,  Gerardo Enciso…) en el disco “La chava de la Martín Carrera” (Wikipedia dice que el disco fue editado en 2010, Spotify que en 2020). Son 25 canciones. “Cipriano…” la canta Roberto González, “Se va la vida…”, Los Morales y Óscar Chávez, y “15 metros…”, Nina Galindo, es decir, cantantes como él: marginales, libres, inconformes, varios muertos, varios participantes del movimiento rupestre de los 70: Rafael Catana, Emilia Almazán, Roberto González, Nina Galindo… Por supuesto, si no se les ha oído hay que conocerlas con la voz del compositor, plena de humanidad, de emociones concentradas. 
          León tuvo una infancia difícil y comenzó muy joven como músico callejero, y también como acompañante de movimientos sociales (fue militante del Partido Mexicano del Proletariado), lo que se refleja muy claramente en sus canciones.
         “15 metros, 3”, 8/8, 16” cuenta paralelamente varias historias que le están pasando a un obrero: una lámina que le corta cuatro dedos/ una chava que lo cortó; el dolor por la herida física, el dolor por la herida de amor… La canción enlaza la fiebre por las dos cosas, la ayuda del líder sindical para que el patrón no lo despida y al final, lo que me parece lindo, el reconocimiento de que la mujer se ha ido, no va a volver y pueden ser amigos, compañeros, en la trasformación de la pasión al amor y luego a la amistad. Comparto contigo lector, lectora, algunos fragmentos significativos de esta gran rola.
          Dice en su inicio: “15 metros, tres pulgadas, ocho octavos, 16 milímetros de espesor, y la lámina corrió, resbaló como navaja, en mi mano se detuvo, cuatro dedos me cortó, igual que me hiciste tú. Recordé cuando te fuiste, tu mirada dura y fría, me empezó a dar calentura, repetiste un seco “no”. Unos compas me atendieron… […] el patrón está molesto, pues la banda se paró. Me cortaste de tu vida”.
Consigue un mes de incapacidad, algo de atención médica: “Las heridas me dolieron, casi tanto como tú, casi tanto como tú”.
         Pasan los días. “Ya mi mano se curó, tu figura no he olvidado, tú me echaste de tu lado, eres libre y tu sentir no se arrima a mi costado, 15 metros, ocho octavos”.
	Pasan el accidente, el dolor (que incluye la cortada de la mano, la cortada del amor) y llega el equilibrio: “La ternura de tu risa, la recuerdo mi querida María Luisa. En tu vida hoy tan lejana, me daré por bien servido, compañera combatiente, si recuerdas al amigo, me visites por mi casa, te daré un café caliente”.
	León Chávez no tiene muchos discos (una decena apenas) a sus 86 años, ni mucha difusión. Hay canciones suyas que, me parece, deben seguirse oyendo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 120. Matar un caballo. Héctor Cortés Mandujano

Matar un caballo

Héctor Cortés Mandujano

Ya no vuelve a mi pesebre mi fiel caballo,

no vuelve, no

Francisco Brancatti, Carlos Gardel y José RAzzano en «El bayo», pero en la versión corrido de Antonio Aguilar


He visto tres películas de Chloé Zhao: Nomadland (2020), su tercera cinta, una auténtica maravilla que ganó el Oscar merecidamente, El jinete (The Rider, 2017), su segundo largometraje, que me dejó impactado, y Eternals (2021), que es una historia de Marvel y con una de superhéroes, digámoslo suave, es difícil hacer arte. Sólo ha hecho cuatro pelis. La primera, de 2015, Songs My Brothers Taught Me, aún no he podido encontrarla. 
	Esta guionista y directora china, nacida en 1982, sabe lo que hace. En el caso de El jinete mezcla lo que parece una película contemplativa –el protagonista ha sufrido un accidente en su labor de jinete de rodeo y ya no podrá seguir su sueño– con el documental, porque los espléndidos actores de la cinta son los verdaderos seres humanos a los que sigue su cámara amorosa, reflexiva, poética. 
          Brady Jandreu, Tim Jandreau, Lilly Jandreau y Lane Scott (quien quedó sin habla y casi sin movimiento, por un accidente en su carrera de jinete de toros) se interpretan a ellos mismos y lo hacen con la convicción que rara vez se encuentra en los actores profesionales. Qué grado de naturalidad, qué manera de trasmitir emociones tan genuinamente. Qué gran artista es Chloé Zhao para lograr que la vida parezca una película y al revés.
          La escena que estuvo a punto de quebrarme es cuando Brady encuentra a Apolo, el caballo que ha domado y al que adora, herido de una pierna. Sabe que tendrá que matarlo, porque el equino no podrá vivir con esa herida. Lo intenta y no puede hacerlo. Tiene que venir su papá a darle el tiro mortal. Terrible escena.

Mi papá amaba los caballos y yo, tal vez por su ejemplo, también los amo. Dejé de estar con ellos desde la infancia, que me volví gente de ciudad, aunque, lo he escrito varias veces, recuerdo sus ojos nobles, sus resoplidos, los gestos de sus hocicos, sus modos de ser conmigo. Siempre tengo un caballo corriendo por las montañas de mi alma.
	Tendría seis-siete años cuando cayó por las tierras de nuestra finca la encefalitis equina y se murieron varios. Mi padre era charro y sus caballos eran enormes y bellos. Uno de ellos se acostó en el campo a morir. Mi papá llegaba a verlo y le daba comida, agua, medicinas. Cuando supo que no se salvaría, lo mató de un balazo. Sufrieron los dos esa muerte.
	Mi padre, como un corrido de caballo, era cantador. Un día, pasado poco tiempo del suceso doloroso, nos tenía abrazados, acostados en la cama, creo que a mi hermano Hernán y a mí, y nos cantaba el “Corrido del caballo bayo”, que cuenta la enfermedad, la agonía y la muerte de un cuaco.
	Apenas recuerdo (no lo olvido, porque me lo han recordado muchas veces en mi vida) que en cierto momento de la canción me puse a llorar. Tendría unos seis años de edad. Mi papá interrumpió alarmado la canción y me dijo: “Hijito, ¿te sientes mal, por qué lloras?”. Yo contesté con la sinceridad infantil del caso y casi todos, salvo mi papá, estallaron en carcajadas: “Lloro por la canción”.
	A ese momento de mi vida me llevó El jinete, de Chloé Zhao. Gran película.

[PD. Aunque, dada su antigua data, la composición de “El bayo”, como se llama originalmente, ha sido motivo de polémica, en especial porque uno de los compositores es el gran cantador de tangos Carlos Gardel y no se ha hallado, creo, ninguna grabación con su emblemática voz. Si hay en Youtube una versión, de 1928, de Ignacio Corsini. Sin embargo, de quién sea, es notable la adaptación que se hizo para que Antonio Aguilar la convirtiera en el célebre “Corrido del caballo bayo”.]


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Polvo del camino. 119. Mucha sed. Héctor Cortés Mandujano

Mucha sed

Héctor Cortés Mandujano

Todo cambió. Spisil k’atbuj (Ediciones El Animal, 2006), de Josías López Gómez (Cholol, Oxchuc, 1959), es un libro de siete cuentos bilingües –tseltal-español– bien escritos, bien tramados y, lo digo con relación a lo que decía en mi columna anterior, con muchas y directas alusiones sexuales. 
	En “El cazador” un hombre sale de casa y de caza; dice (p. 20) “fui leyendo el paso del animal en cada hoja rota, en cada hoja aplastada”. Falla, vuelve y encuentra a su mujer con un amante. Los oye hablar (p. 21): “Espera, espera, quiero orinar –dijo su acompañante”. La mujer: “No salgas, hay un agujero en la esquina, ahí orina mi esposo”. Cuenta el cazador: “Me moví con cuidado a la luz de la luna, su verga dura y gruesa soltó un chorro de orina, me dio coraje, la agarré fuertemente. Saqué mi cuchillo, se la corté de un solo tajo”. Se va, cuando de nuevo vuelve pide a su mujer que haga tortillas y le ofrece a ella un trozo de carne asada, que ella come. Después pregunta (p. 24): “¿Qué me diste de comer?”; “La verga de tu querido –contesté”. La mujer muere de no comer y de tanto tomar agua: “La verga de un hombre es caliente, salada, provoca mucha sed”.
	En “La mujer de huipil”, Catarina trata de complacer poniéndose un vestido que Juan le compró, en lugar de su huipil. No puede (p. 45): “No es posible, mi huipil me acaricia, me refresca. Este vestido no está hecho para mí: me rechaza, me hiere”. Él ha renunciado a la ropa y costumbres de su pueblo e, incluso, anda con una mujer que no es de su raza (p. 47): “una kaxlan de cara blanca y nalgas suaves”. Juan trata de volver, Catarina no lo acepta. Lo vio venir (p. 49), “suspendió su trabajo, se levantó con el machete del tejido en la mano, ¡pum!, le asestó un golpe en la cabeza”. Le da otros sin ver y Juan (p. 50) “se perdió entre las matas de la milpa para nunca volver, su perro se fue ladrando tras él”.
	En “K’atimpak, el reino de los muertos” se muere la mujer de Andrés y éste se va a buscarla al más allá. Ahí se encuentra con (p. 64) “pajk’inte’, la hembra que tiene dos sexos, de hombre y de mujer”, y ella lo toma o se deja tomar como condición para llevarlo con su mujer. Camina y se encuentra con un informante de Jun Kame, “padre y soberano del inframundo”, quien le pide que le traiga leña con una mula. Andrés avanza y oye a unas mujeres platicando en el río, mientras lavan ropa. Una dice (p. 67): “Yo soy una perniabierta, me emociona ver la verga de mi amante, la agarro, gozo cuando está a punto de metérmela”. A Andrés le piden que no revele lo que acaba de contar a su padre y es castigado (p. 72): “No pudo vencer el poder de Jun Kame, enfermó, a los pocos días murió”.
	Los cuentos de Josías no se consumen con la anécdota: hay en ellos profundidad, conocimiento, capacidad de trascendencia. Algo de él había leído antes, pero este libro me parece un volumen absolutamente recomendable, capaz de sostenerse por sí mismo, con la poderosa fuerza imaginativa y la inteligencia del autor. Me encantó.
	“Todo cambió” es la historia de un maestro que llega a un pueblo indígena y un padre que manda a su hija a estudiar (p. 112): “Mi hija María, con sus chichis virginales, estaba convirtiéndose mujer, no se hallaba lista para el comal, la metí a la escuela”. El maestro Priciano la viola y ella queda embarazada. Dicen al padre que no puede vengarse porque los ladinos arrasarán el pueblo (p. 123): “Los kaxlanes han hecho difícil nuestra existencia. La escuela no se cerró, pero nació desconfianza. Priciano se fue a la semana, mandaron otro maestro. Los padres no registraron a sus hijas, algunos hasta vistieron de niñas a los niños para que no asistieran a la escuela. Todo cambió”.
	En “Algo diferente” José trata de enamorar a Hortensia, ella lo rechaza porque, según la costumbre sus padres deben elegirle marido. Al final ella cambia y lo acepta, a sabiendas que tendrán que remar contra corriente (p. 143): “Así como el bosque se acaba, el río se seca, nuestra costumbre empieza a tomar otro cauce, corre y cambia en algo diferente”.

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HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 118. ¿Por qué así vine en este mundo? Héctor Cortés Mandujano

¿Por qué así vine en este mundo?

Héctor Cortés Mandujano

Primero gozo y después puro llorar, puro tristeza

Rosa Caralampia
Hace años, en uno de mis tantos talleres de escritura creativa, tuve como alumnas y alumnos a incipientes escritores indígenas. Me llamó la atención que en sus trabajos sólo hablaran del pasado y omitieran cualquier referencia sexual. Se los hice ver con dos preguntas retóricas: ¿Nada pasa actualmente en sus pueblos? ¿No existe el deseo, la pasión sexual entre ustedes? 
	Después leí Rosa Caralampia y otros cuentos (Coneculta-Chiapas, 2002), de Delfina Aguilar Gómez, quien, por cierto, lo aclaro, no estuvo en mi taller, y que habla de hechos recientes y, más raro aún, de sexualidad femenina. El título es un error evidente, que corrige la portadilla, porque no se trata de cuentos, sino de la Historia de una mujer tojolabal, con traducción de David Ruiz Aguilar.
         Rosa Caralampia cuenta su vida a Delfina. Dos hechos tremendos de su infancia, dichos con naturalidad: su madre murió y su padre la vendió a unos señores que querían hijos. ¿Por cuánto? (p. 21): “La verdad, mi papá dice que tres pesos, pero ellos dicen que treinta pesos, saber cuál es la verdad”. 
	La trataban mal, por supuesto (p. 29), “como de por sí me compró como un su animal, un su cuch”. Luego le vino su “xuxil” (suciedad, menstruación) y le crecieron los pechos. El viejo, como llama a su dizque papá, la intenta violar. No se deja. Pero el Carmelino, un hijo de los viejos, sí lo consigue (p. 35): “No se lo vayás a contar a nadie, porque si no, te voy a matar. Sólo entre nosotros va quedar”. El Carmelino a veces se pone romántico (p. 39): “Sentí una cosa yo con él, me ‘garró y me besó y yo también lo recibí su beso. Después de eso empezamos a acostarnos más seguido”.
	Queda embarazada y el Marcelino reconoce que el niño es suyo, tal vez por la amenaza de Rosa Caralampia (p. 43): “Si lo negás, eso sí, cuando yo salga de aquí te voy a mandar matar”.
	Dice Delfina (p. 45): “Yo le dije a la Rosi, pues una parte a lo mejor que gozaste bien con el muchacho, porque eran joven; él joven, tú joven.
	“–¡Sí, pues!
	“Ahí nos reímos bastante Rosi y yo.”
	Nace el niño, vuelve a la casa de los viejos y con el Marcelino, quien (p. 51) “seguía como mi marido, nada más la vieja me compraba pastilla para que yo no me embarace ya. A lo mejor de tanta pastilla que tomé ya no me quedaba embarazada después. Porque siempre he tenido mis hombres, pues, para qué te voy a negar”.
	Se pelea con la señora y la echan de la casa. Se quedan con su hijo. Peregrina en varios empleos de sirvienta y cambia de novios. El siguiente, el Antonio (p. 61), “es un soldado que conocí, es de Oaxaca”. Era casado (p. 63): “Me ofreció matrimonio, pero ingrato el maldito, de balde me engañó”.
	Lo olvidó pronto (p. 63): “Encontré otro hombre que no tenía mujer, estaba bien guapo, grande, es rico, me llevaba en su rancho y montábamos caballo”.
	Anda con algunos más y se casa con uno (p. 69): “Me casé con el maldito. Me pega, me hace lo que quiere. […] Toma mucho trago, cuando toma mucho… me empieza maltratar, me pega, pero soy casada. ¿Qué hago? Soy casada”. Y más (p. 73): “Orita estoy embarazada, me embarazó ese maldito hombre”.
	El primer hijo sólo la busca para pedirle dinero y el marido la maltrata. Una de sus patronas le ofrece llevársela con ella a la Ciudad de México, y se va (p. 79): “Desgraciadamente nunca tuve un hombre bueno”.
	Delfina escribe unas notas finales (p. 97): “No he sabido más de ella, sé que está en México y que ya va a nacer su hijito ahí por agosto o septiembre. Pues está bien, cada persona tiene su deseo cómo va vivir”.
	Tal vez, allá, algún hombre le haya salido bueno. Ojalá.

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Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina lo que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 117. El parque de las niñas, los niños y los animales perdidos. Héctor Cortés Mandujano

El parque de las niñas, los niños y los animales perdidos
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Doña Gonzala se despertó sola en su lujosa recámara y no tocó la campanita con la que solía llamar a su servidumbre, porque vio que su servicio de té ya estaba puesto sobre uno de sus burós. Su tercer marido dormía en otra habitación del palacete. Tenía un hijo de ocho años al que encontró cuando bajaba por la anchísima escalera de mármol. Le llamó la atención verlo haciéndose el chistoso, en una posición de congelamiento: la boca abierta, una pierna levantada para dar un paso. Pasó de largo. 
	Gerardo, albañil, volvió a su choza cuando la tarde comenzaba a volverse oscuridad y se halló con su hijo sentado a la mesa, sin hablar, sin moverse. Le tomó el pulso: estaba vivo y era al mismo tiempo una estatua.
	La niña sin nombre vivía en la calle y se la halló, sin movimiento, parada en la esquina. Alguien buscó saber si estaba muerta y no: respiraba débilmente.
	Y luego se halló que un oso, un perro, un gato, un venado, varios animales dejaron de moverse, sin morir.
	Quién sabe quién fue el primero o la primera en llevar a un niño al parque. O tal vez ocurrió que el infante allí se hubiera convertido en escultura viva, no se sabe. Pareció una gran idea. Otros lo hicieron y el parque se comenzó a poblar de niñas y niños vueltos estatuas de carne y vida. Luego alguien llevó al primer animal, al que siguieron muchos.
	No hubo explicación racional que arrojara luces a esta inmovilidad súbita, que, además, parecía haber vuelto innecesario el alimento y por tanto los desechos de los cuerpos que científicamente tenían la misma vida que cuando caminaban, brincaban, jugaban. Los ojos podían ver, las narices oler, las bocas descifrar los sabores… Nada, salvo el movimiento total, había cambiado.
	Los barrenderos del parque cuidaron de que los cuerpos de niñas, niños y animales no se cubrieran de hojas y polvo, o se volvieran refugio de bichos, nido de pájaros. Se cuidó proteger los órganos expuestos (bocas, hocicos, ojos), abiertos, con un material exprofeso que no lastimaba e impedía la entrada de cualquier materia que pudiera dañar al conjunto de piezas animales y humanas estáticas. 
         Al final, ahora mismo, ese parque es uno de los atractivos turísticos de aquella ciudad con niñas, niños y animales que sólo un tiempo estuvieron a la intemperie. A alguien se le ocurrió la idea de construir un edificio de cristales para protegerlos del posible ataque de depredadores y quedaron encerrados.  Se puso un horario de visita, aunque siempre se ve a gente pegada al muro trasparente, mirando el espectáculo mudo.
         Algunas madres, algunos padres han hecho paraguas improvisados para que no les dé el sol; también hay algunas, algunos, que los cambian de ropa con frecuencia. A veces los regresan a sus casas, aunque luego de nuevo los vuelven habitantes del parque, para que, eso creen, no se sientan solos.
	No se sabe a quién se le ocurrió el nombre, políticamente correcto, de “Parque de las niñas, los niños y los animales perdidos”, pero la autoridad elevó la ocurrencia a la placa metálica que nombra el lugar. Se piensa que se han perdido por un tiempo, que se fueron quién sabe adónde y no se sabe cómo ni cuándo volverán…


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.