Voces ensortijadas 208. El pijiji. María Gabriela López Suárez

                   Voces ensortijadas

             María Gabriela López Suárez

                     El pijiji

Ernestina solía tener un gusto especial por observar las aves, de vez en vez se imaginaba que era una garza blanca que atravesaba un largo río, o que volaba por la noche sobre la ciudad que dormía. Aunque apenas tenía once años una de las profesiones que más le gustaba y anhelaba era poder ser bióloga. Recordó la ocasión que conoció un quetzal en un zoológico, quedó maravillada por los colores de su plumaje y a la vez tuvo una sensación de tristeza porque el ave no estaba en libertad.
      —¿Por qué les gusta poner a los pájaros en prisión? —era la pregunta que Ernestina solía hacer desde pequeña cuando veía a las aves en jaulas y la ocasión que vio al quetzal no fue la excepción.
     La familia de Ernestina había comprado más de una vez canarios o gorriones, sin embargo, no tardaban encerrados en la jaula, la niña se las ingeniaba para dejarlos en libertad.
       Durante las vacaciones de invierno, Alfredo y Miriam, papá y mamá de Ernestina decidieron que viajarían unos días a visitar a la prima Judith, una de las tías consentidas de la niña porque tenía muchas aves de corral.
     Apenas se enteró Ernestina saltó de gusto. Una vez en casa de la tía Judith se apresuró para proponerse a ayudar en las labores del cuidado de las gallinas, patos y guajolotes. Le gustaba observar cómo estaban en un patio muy grande, cercado por una ligera malla cubierta de vegetación. A Ernestina le parecía como una selva donde los animales se la pasaban muy a gusto.
      Al día siguiente que llegaron, observó a las gallinas y los guajolotes, le gustaba verlos comer; el graznido de un pato llamó su atención. Se preguntó, ¿por qué el sonido es distinto? Fijó su atención, el tono era agudo y constante. Le surgió la curiosidad por conocer al pato. Se dirigió hacia donde venía el canto,
      —¿Oye tía Judith ese patito es distinto?
      Antes que la tía pudiera dar respuesta, Ernestina se respondió.
     —Tiene el cuerpo diferente, es un poco más alto que los demás patos, tiene las patitas y cuello un poco más largo y además, mira, qué bello color de pico tiene en tono naranja y también su plumaje es como más escaso.
      —Ese patito que mencionas, es un pato silbador, más conocido como pijiji. Un día me di cuenta que estaba por acá, seguramente voló de algún lado, ahora se ha unido a los demás patos, como si fuera de la misma familia.
     Los días siguientes Ernestina estuvo pendiente del pijiji, a diferencia de los demás patos que día y noche solían estar en constante movimiento, el pijiji no solo estaba de un lado a otro sino que se había convertido en quien guiaba a un grupo de patos y anunciaba su ruta por su constante silbido.
      Una tarde Ernestina preguntó a su mamá si había escuchado el silbido del pijiji, ni ella ni Alfredo se habían percatado de que la bulla tenía rato de no percibirse. Judith también notó la ausencia del animalito, se pusieron a buscarlo. No lo hallaron. Los demás patos estaban ahí menos el pijiji. Así como llegó se fue, sin dejar rastro. Ernestina se puso triste, la tía Judith la abrazó.
    —Hija, no te pongas triste. El pijiji estuvo contento el tiempo que permaneció por acá, se sintió en familia, nos deleitó con su silbido y nos permitió conocer de él. Cuando seas bióloga tendrás anécdotas que compartir de tu infancia.
     El rostro de Ernestina sonrió ligeramente, mientras se limpiaba las lágrimas que caían sobre sus mejillas.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 208. Mi música favorita en 2023. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

               
   Polvo en el camino/ 208

                  Mi música favorita en 2023
                   Héctor Cortés Mandujano

Como en años anteriores, Spotify me manda la lista de la música –cien temas–, que más oí en 2023. Como en años anteriores, la comparto contigo lector, lectora.
Dice que exploré 111 géneros musicales. Te cuento lo oído del uno al doce.

Uno: “Requiem In D Minor, K.626: 1. Introitus: Requiem”, de Mozart, bajo la dirección de Karajan. Decidí usar esta misa para ambientar la lectura en atril “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, de Jaime Sabines, y la oí varias veces, para interiorizarla. La leyenda dice que fue un encargo misterioso que hicieron a Mozart. Fue su última composición, en ocho bloques, que no concluyó (el introito sí es completamente suyo). Murió en 1791. El Requiem, completo y en partes, es una maravilla.
Dos: “Always Alright” (“Siempre bien”), de Alabama Shakes, del álbum Silver Linings Playbook, de 2012. Esta canción la oí como tema de la espléndida película Buena suerte, Leo Grande (2022, dirigida por Sophie Hyde, con Emma Thompson y Daryl McCormack). La bailan los protagonistas en una escena muy linda. Me encantó de principio a fin; especialmente me gusta que termine con estas palabras: “Bueno, está bien./ Siempre estamos bien./ Estamos bien./ Siempre estamos bien”.
Tres: “Seminare”, de Serú Girán. Escrita por David Lebon y Charly García, fue publicada como sencillo en 1978. La cantan los dos. Es considerada una de las mejores canciones del rock argentino. Dice, entre otras cosas: “Te doy pan, quieres sal./ Nena, nunca te voy a dar/ lo que me pides./ Te doy Dios, quieres más./ ¿Es que nunca comprenderás/ a un pobre pibe?”.
Cuatro: “Camille”, de Morbo y Mambo, del álbum Noches de morbo, volumen uno, de 2016. Morbo y Mambo son un septeto integrado por marplatenses que combinan dub, funk, stoner, rock y jazz. Dicen que sus presentaciones en vivo son “una verdadera experiencia sensorial”. “Camille”, una pieza instrumental, me atrapó desde la primera vez que la oí.
Cinco: “¿Qué hago ahora?”, de Silvio Rodríguez, del álbum Mujeres, de 1978. Esta breve y viejísima canción de Silvio es de mis favoritas desde que tengo 18 años, tal vez porque la relacioné, desde entonces, con algunas pérdidas amorosas. Comienza por todo lo alto: “¿Dónde pongo lo hallado/ en las calles, los libros, la noche,/ los rostros en que te he buscado?”. Y sigue con nuevas preguntas: “¿Qué le digo a la muerte, tantas veces llamada a mi lado/ que al cabo se ha vuelto mi hermana?”. El final es desolador: “¿Qué hago ahora contigo?/ Las palomas que van a dormir a los parques/ ya no hablan conmigo./ ¿Qué hago ahora contigo?/ Ahora que eres la luna, los perros,/ las noches, todos los amigos”.
Seis: “Starman”, de David Bowie. Fue inicialmente un sencillo publicado en 1972. Bowie se transformaba (vestuario, maquillaje, pelucas, peinados) para encarnar algunos personajes de sus discos.”Starman” es Ziggy Stardust, una creación performática de Bowie. Es una canción de esperanza, un mensaje cósmico que un niño escucha por la radio y se lo cuenta a otro: “Hay un hombre-estrella esperando en el cielo./ Nos ha dicho que no lo estropeemos,/ porque vale la pena, me dijo”.
Siete: “Vamos a morir”, de Paté de Fuá, del álbum Película muda, de 2014. A esta agrupación –con músicos talentosísimos de distintas nacionalidades– la empecé a seguir desde su primer disco. Compré los cd hasta el que comento, antes de migrar a Spotify. “Vamos a morir” le encantaba a mi nieto Jacobo, cuando era un pequeñín. Parece un contrasentido, pero la canción, aunque no se priva de nada macabro, es muy alegre, muy vital. Su estribillo repite el título: “Vamos a morir, vamos a morir, vamos a morir”. La cantan Yayo González, el vocalista de Paté, y Catalina García. Me gusta mucho. Dice en su inicio: “Cuando llegue aquel instante/ ya no habrá misterio,/ con los pies por delante,/ rumbo al cementerio,/ todos elegantes,/ con el gesto serio,/ aunque hayas sido pobre/ o dueño de un imperio;/ cuando nos entierran,/ nada nos llevamos”.
       Ocho: “Canción del jinete”, letra de Federico García Lorca, música de Paco Ibáñez, interpretada por Ángel Parra, en el álbum: Ángel Parra chante Paco Ibáñez, de 2011. La oí varias veces y escribí sobre ella en un proyecto literario con mis amigos Roger Octavio Gómez Espinosa y Luis Daniel Pulido. Es una historia trágica. Mataron a un hombre, a un bandolero, que va atravesado sobre la montura: “Ay, caballito negro, ¿dónde llevas tu jinete muerto?”.
       Nueve: “Castillos de arena”, de Jaime López, interpretada por Cecilia Toussaint, en el álbum Sirena de trapo, de 1993. Es una canción sensual, sabrosa, con la perfección en voz e interpretación de la Toussaint: “Te presiento y despierto de un sueño que ladra,/ a mis sábanas llegas a salto de mata,/ se te siente venir de un rincón de la selva,/ acechando detrás de la oscura melena:/ es así como amamos por estas veredas […] es aquí donde hace el amor la marea”.
Diez: “Trap de terraplanismo”, de Jaime Altozano, lanzada en 2018. Altozano es un músico español, a quien sigo en sus publicaciones en YouTube. Es inteligente, simpático y sabe muchísimo. He hecho listas de música siguiendo sus consejos. Esta pieza es divertida e irónica; juega con defender la idea de que la tierra es plana: “No se enteran que la tierra bola/ ya no está de moda/ ahora es plana. […] Si la tierra es redonda/ por qué la llaman PLANeta”.
Once: “La leyenda del tiempo”, de Camarón de la Isla, con letra de Federico García Lorca, en el álbum del mismo nombre, de 1979. Vi un documental y una serie sobre Camarón de la Isla y he oído toda su producción. Creo que ya entiendo y siento el flamenco. El álbum significó la ruptura musical con su amigo Paco de Lucía –otro grande– y abrió nuevos campos al flamenco con la fusión no comprendida cuando apareció y hoy celebrada: “El sueño va sobre el tiempo/ flotando como un velero./ Nadie puede abrir semillas/ en el corazón del sueño”.
Doce: “Dulce capricho”, de David Haro, del álbum Live, in Los Ángeles, California, de 2000. Abre fuerte: “Nos entendemos bien:/ me llenas de mentiras. […] Sabes igual que yo/ que hay un estrecho espacio/ justo para soñar/ y para compartir/ tu cofradía oscura/ tu libro del I-Ching/ tu risa. […] Nos entendemos bien/ me llevas a tu antojo/ a donde quiero ir”.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 43. También soy escritura. Ilse Ibarra Baumann

                    También soy escritura


Antes de hablar del libro, debo decir que leer a Octavio Paz me hace dudar, siento a mi escritura terrible: como una hormiga queriendo ser pájaro. Admiro que con tres palabras puede dar imagen, sentimientos y hechos redondos, completos, completísimo de su vida como en este poema:

“Mi madre, niña de mil años,
madre del mundo, huérfana de mí,
abnegada, feroz, obtusa, providente,
jilguera, perra, hormiga, jabalina,
carta de amor con faltas de lenguaje,
mi madre: pan que yo cortaba
con su propio cuchillo cada día”

Y luego, vi cómo lo plagiaron al usar esta cita: “Después de nacer, es lo más importante que me has pasado”. Por fortuna no me he quedado pasmada en la literatura.

Julio Hubard dio vida a este libro recortando sucesos de la obra de Octavio Paz. Los puso en un orden cronológico: desde su primer recuerdo de la infancia hasta su última enfermedad.

“El mal no viene de afuera, viene de nosotros mismos. Soy yo mismo el que sufre y el que me hace sufrir. El dolor nos devuelve a nosotros mismos y, al mismo tiempo, nos entrega a nuestro enemigo. (…) Si logramos sobreponernos, nos damos cuenta de que nuestra vulnerabilidad es la de todos. Los otros también sufren, todos sufrimos. Fraternidad no con los muertos —¿qué sabemos de ellos qué saben ellos de nosotros?—sino con los vivos sufrientes y mortales. En esto, el cristianismo, al inventar la caridad, superó a la filosofía pagana más alta y pura: no la comunión de las mentes, sino la del sufrimiento.”

La cita anterior está casi al fin de esta… ¿biografía? Hoy la siento con más ferocidad de la que viviría en otra situación. Pero hay tanto y tan hermoso que prefiero terminar con otra cita.

“cada herida es una fuente. (…) El hombre es alimento del hombre. El saber no es distinto del soñar, el soñar del hacer. La poesía ha puesto fuego a todos los poemas. Se acabaron las palabras, se acabaron las imágenes.
      Abolida, la distancia entre el hombre y la cosa, nombrar es crear; imaginar, nacer.”
Fotografíá: IMIB

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca, España.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial y presentada en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2023.

Trabajo en alturas. 40. Miauyéutica. Roger Octavio Gómez

Miauyéutica
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

El gato,

sólo el gato

apareció completo

y orgulloso:

nació completamente terminado,

camina solo y sabe lo que quiere.

Pablo Neruda en «Oda al gato»

Una golondrina pasa frente a la ventana. Se pierde veloz en el espacio que mi vano deja ver. Jericaya vuelve la vista a mi. Maúlla suave. “La vi”, le digo. Maúlla de nuevo. “No, no puedo darte una golondrina.” Me ignora. Se estira. Bosteza. Salta y se aleja de la ventana. Qué sé yo de buenas comidas.



Jericaya lanza un zarpazo al aire, se agazapa en los rincones, la vista fija en la nada y, rayo de suave pelaje, salta y ataca, a un fantasma quizá. Siente la mirada atenta que le prodigo. Maúlla. Sonrío. Soledad se ha esfumado. Jericaya la ha espantado, otra vez, y somos ella y yo, gata y humano; solitarios, no más.



Si yo faltara un día Jericaya podría cazar las aves del jardín, los ratones de las alcantarillas, los insectos de la noche. Si Jericaya faltara un día, volverían mis días a la oscuridad de mis tejados y a platicar en soledad.



Un hombre predica sobre un dios magnífico. Lo observamos. “Qué bello ha de ser poder creer en lo que este hombre dice”. “Miáu”. “Qué terrible que seamos tan incrédulos”. “Miáu”. “¿En qué momento dejamos de creer?” “Miáu”. “Cuánta razón tenés, Jericaya”. “Miáu”. “Siempre tenés la respuesta precisa, la verdad filosófica”. “Miáu”
      “¿Cómo lo hacés?, ¿cómo podés vivir tan tranquila con tanta sabiduría?”. “Miáu”.

Ilustración: Adriana GR

Voces ensortijadas 207. Chocolate de bolita. María Gabriela López Suárez

                    Voces ensortijadas/ 207                 
                      Chocolate de bolita
                  María Gabriela López Suárez


Inés salió al patio y se sentó a contemplar el cielo en la noche de Reyes, la bóveda celeste lucía radiante con sus estrellas que titilaban, el viento frío soplaba moviendo las hojas de los árboles y el coro de grillos hacía un coro que deleitaba al escucharlo.

El friecito de la noche la hizo levantarse por su rebozo, se abrigó bien y salió de nuevo. Los foquitos de las luces navideñas distrajeron su mirada, no pudo evitar recordar su infancia y hablar en voz alta.

—¡Ah qué tiempos aquellos! Con qué emoción esperábamos la llegada de los Reyes. No importaba si el regalo que uno encontraba era diferente al que se pedía, la ilusión de tener un regalo era más grande.

Vinieron a su memoria las imágenes de su abuelito Evelio y su abuelita Cristi en esa noche que era tan ansiada, solían preparar la rosca, era sin tanto decorado, pero eso sí se acompañaba con la rica bebida que hacía doña Cristi, un delicioso chocolate. Alguna ocasión Inés preguntó en qué cajita venían los chocolates, le dio curiosidad conocer la envoltura. El sabor era tan rico. La respuesta de la abuelita Cristi fue,

—¿Cajita del chocolate? No hijita, es chocolate de bolita. Lo venden en las tienditas, lo tienen dentro de unos frascos grandes de vidrio y te los ponen en trocitos de papel según las piezas que quieras.

Curiosa como era Inés acompañó alguna ocasión a don Evelio a la tienda y ahí fue donde conoció el famoso chocolate de bolita.

El rostro de Inés dibujó una sonrisa al recordar la anécdota. El viento continuaba soplando, ella frotó sus manos que comenzaban a enfriarse, alzó nuevamente la vista al cielo para deleitarse contemplando las estrellas cuando escuchó,

—Oiga mamá, ¿será que ya está cocida la rosca? —era Cecilia, la hija de Inés.

—¿Ya le hiciste la prueba con el cuchillo? Acuérdate que si no sale manchado es que ya está cocida. Ahora voy —dijo Inés.

En la cocina se escuchaba el cuchicheo de Cecilia y Manuela, la otra hija de Inés, estaban poniéndose de acuerdo para preparar el chocolate. No tardaban en llegar sus demás familiares para partir la rosca.

—La rosca ya está. Acuérdense de ponerle suficiente canela para preparar el chocolate, seguro que les quedará muy rico. Voy a acomodar las tazas y los platos —señaló Inés.

Mientras se dirigía al comedor a Inés se le figuró la imagen de una taza de chocolate espumoso, del rico chocolate de bolita, acompañado de su rebanada de rosca que le servía su abuelita Cristi.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 207. Agnición. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

               
Polvo del camino/ 207

                       Agnición
                    (Minificción)
              Héctor Cortés Mandujano

                                                  Años que albañilean
                                             y años de derrumbamiento

                                                   Eduardo Darnauchans,
                                         en su canción “El instrumento”

En short, con tenis y una playera ajustada me incorporo al enorme grupo de corredores que, supongo, participarán como yo en esta carrera.
Llega uno y me saluda como si fuéramos amigos de toda la vida.
—¿Cómo te sientes?
—Muy bien.
—Qué bueno verte. Supongo que ya sabes de qué se trata esto.
—No mucho.
—Tienes que correr hasta que ya no puedas. No te fijes en los demás; no compites contra nadie ni siquiera contra ti. Corre nomás. El asunto es que llegues a donde llegues habrá alguien que te explicará el siguiente paso. Suerte.

No sé si hubo un disparo o una indicación para salir, salvo que me di cuenta que ya arrancaban los de al lado y me tiré a correr. No sé por qué llegó a mi mente una canción de Eduardo Darnauchans: “Conocerse, claro está que necesita su tiempo, con años que albañilean y años de derrumbamiento”.
Discipliné mi zancada y me concentré en avanzar: “Pero cuando todo es potro, mujer, baile, vino, viento, y la carne nos sostiene más que el hondo hueso, ¿qué vas andar preguntando si te das por lo derecho?”.
Algunos, varios, van mucho más adelante que yo; otros, muchos también, van detrás; algunos, pocos, a mi lado, a la misma velocidad. Me concentro en la respiración y en la voz imaginada de Darnauchans: “Si es tu voz la que te dice si la promesa es lo cierto. Y de pronto se volaron la mujer, el vino, el fuego que sostenía las carnes, el temple del instrumento”.
No sé cuántas vueltas le di a la canción (no sabía que me la sabía tan bien). Varios se detenían, rebasé a quién sabe cuántos, hasta que sentí que ya no podía dar un paso más. Me detuve, empapado de sudor, con la respiración pesada, las piernas agotadas, tensas. Di un par de pasos y de pronto la vi. Venía hacia mí, con una especie de sonrisa en los labios. Era andrógino su movimiento, su figura, su ser.
—Hola, sé que no puedes responderme porque estás extenuado. Mueve tu cabeza para decirme que sí o que no.
Hizo una pausa después de cada pregunta, como para escuchar mis mudas palabras.
—¿Ya te diste cuenta de que va esto?
—¿Sabes dónde estás?
—¿Tienes una idea de quién soy?
Moví la cabeza afirmativamente las tres veces. Esto era agnición, anagnórisis, reencuentro. En mi cerebro (en ese momento entendí por qué recordaba la canción) me dije como respuestas: Esta es la última carrera. Se ha desarrollado en un lugar que no es la tierra. Y sí, eres la muerte.





Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 43. La cortesana de Alejandría. Ilse Ibarra Baumann

                      
              Tais. La cortesana de Alejandría

Hice mi tesis sobre Arreola porque me gusta la ironía. Pero su ironía está expuesta al ridiculiza a los personajes. Muchas veces los vuelve objetos risibles como en "Una mujer amaestrada" o "El rinoceronte"… Sin embargo Anatole France mantiene a la ironía sostenida por hilos que salen de cada una de las cuatro esquina y pende en el centro de la hoja, sin tocarla. Los sucesos que van pasando en la novela parecen hechos sacados de la Biblia, y pese a notar la burla, el lector mantiene dentro de su cerebro esa voz narrativa formar y rigurosa, casi puede jurar que está ungida con un aceite sagrado. Lo increíble de esta novela es que el escritor nunca suelta los hilos. Puedes sentir cómo se mueven pero nunca hacen tierra. No cae en la evidencia irónica. Mantiene no sólo el lenguaje religioso sino la época, el paisaje, y hasta el lector está en su lugar. Nos mantiene dentro de su juego como espectadores, incluso a ratos te olvidas y crees. ¡Crees y eres engañado!
       No sé si decir que Tais era una mujer bellísima, una cortesana fina, rica, famosa y pese a tenerlo todo estaba inconforme con su vida. Por otro lado está el asceta Pafnucio que vive en el desierto y en sueños se le revela Dios y le pide saque a Tais de esa vida disipada y la encamine a una vida de santidad. Esa es la trama.
      Lo demás debe descubrirlo el lector.
Fotografíá: IMIB

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 206. Cuando la ciudad duerme. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas

               Cuando la ciudad duerme

             María Gabriela López Suárez

El sonido de la alarma se escuchó, era un tono con un trinar de pájaros muy sutil, Lorena eligió ese tono justo para que su despertar cada mañana no fuera tan abrupto. Tomó el celular, eran las 6:30 de la mañana. Apagó la alarma y se acomodó nuevamente en su cama. Había acordado con Tina y Eliseo, sus amistades, que la última semana del año comenzarían a correr para iniciar el nuevo año de manera saludable.
    —No me quiero levantar, solo a mí se me ocurre proponer esa idea estando de vacaciones, ni modo que me eche para atrás —comenzó a decir para sí Lorena, al tiempo que se levantaba de la cama y se vestía. Se colocó el cabello en una cola, se puso una gorra y buscó el celular, envió un par de mensajes a sus amistades, avisándoles que pasaría a tocar a sus domicilios, si al segundo toquido nadie salía ella iría sola a correr.
    Antes de salir de su casa se percató que el cielo estaba nublado y corría airecillo, se puso una sudadera y luego se dirigió al domicilio de Eliseo, quien no respondió al llamado. Soñolienta aún fue a casa de Tina, al segundo toquido su amiga se asomó a la ventana para decirle que no iría, que la disculpara mucho pero que no se sentía bien. El mensaje desanimó un poco a Lorena, sin embargo, le dijo que comprendía y emprendió su camino.
    Se detuvo unos minutos para comenzar a hacer algo de calentamiento y terminar de despertar. Luego comenzó a trotar lentamente y avanzó sobre la avenida principal de la ciudad. El paisaje era muy agradable, los cerros se alcanzaban a observar con ligera neblina, eso le daba una linda vista y acentuaba la temporada invernal. El tráfico era muy leve, incluso pocas personas caminaban en la calle, estaba despejado. Lorena se hizo el propósito de trotar alrededor de dos kilómetros.
   De regreso decidió caminar, eso le permitió observar su recorrido. Enfocó su atención en las viviendas, los detalles en la arquitectura, los negocios que lucían distintos al estar cerrados, las banquetas amplias sin tanta gente abarrotándolas, hasta pudo deleitarse con una parvada de cotorros que pasó por el rumbo donde ella estaba. Por un momento su mente viajó para imaginar cómo sería la ciudad varias décadas atrás, recordó algunas fotografías que solían poner en los museos y también los comentarios que hacían sus familiares cuando hablaban de la arquitectura.
    Lorena estaba tan atenta a lo que contemplaba que se olvidó del incidente con Tina y Eliseo, aún seguía asombrada de cómo todo podía cambiar cuando la ciudad duerme. Sin duda, la ciudad se transformaba. Al pasar por una cafetería le apeteció tomar un chocolate con pan regional, pero ni pista había que fueran a abrir. Siguió su trayecto, ya le faltaba poco para llegar a casa. Respiró profundo, el clima estaba a su favor, no sentía calor ni frío. Sonrió para sí, se agradeció por haberse animado a levantarse, era la cuenta regresiva para culminar bien el viejo año e iniciar con alegría y ánimo el nuevo año.

PD. Mis mejores deseos para el público de las Voces ensortijadas y al equipo de Letras, ideaYvoz en este año 2024. ¡Que disfruten el gran regalo de la vida!

Photo by Lara Jameson on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 206. Cortar a la epopeya un tajo. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

               
Polvo del camino/ 206

                Cortar a la epopeya un tajo
                 Héctor Cortés Mandujano



                           Caminé como papelotón sin cola, todo tatarata

                                                           Roberto Juan,
                                             en “Un sueñito en la Colón”



Hay gente capaz de contarte un hecho nimio como si fuera una epopeya. A esa estirpe pertenece Roberto Juan Flores, Chalío.
Varias de sus historias no se entretienen en prolegómenos y desde la primera línea nos ponen en el centro anecdótico. No sabemos si en un hospital, una cantina, una reunión (por ejemplo en “Piña colada”), porque lo que parece esencial para el Chaly es no perderse en las periferias, sino entrar de lleno al intríngulis del relato, prescindir de informes sobre los cambios de espacio y de tiempo, y hablar sin las delicadas patrañas que ordena la narratología.
Hay algunas historias, en cambio, que son más reflexivas y ordenadas (“De oficio gavetero”, por ejemplo), sin por ello dejar el gracejo que, a veces, es doloroso como los chicotazos del padre que hacía “que te orinaras de poquito en poquito” y que, sin que te pudieras acomodar del dolor, hicieras todas las posiciones al mismo tiempo: “enrrollado, estirado, cantiado, bocabajo, bocarriba”… Si Marcel Proust, en En busca del tiempo perdido, halló su camino al pasado a través de la magdalena y el té, Chalío también toma la vía olfativa para el regreso: “Los aromas y los tufos son transportes que tienen su salida y terminal en el subconsciente […] llevan defensa delantera y trasera pa’ que le pongás el letrero que vos querás”.
Los cuentos de Chaly se enmarcan en lo que se ha llamado y es lenguaje frailescano, una deformación y reformulación del español donde se hace tilichi el lenguaje de Cervantes, con alegría y desenfado, como si no existieran los diccionarios, la retórica, la gramática y todas esas señoronas serias que levantan la ceja apenas alguien no le pone zeta y acento a la palabra Corazón. Imágenes como “caballo zacateando”, “una sopapiada en la espalda”, “yagual de vendetomate”, “turroncito en la jeta” y muchas más, tal vez parezcan oscuras para quienes “tuvieron la desgracia de no nacer en Villaflores” (Miguel Carballo dixit), pero para cualquier frailescano medio son tan claras como empezaron a ser las caguamas en los últimos años.

Hemingway planteó, para sus cuentos, la Teoría del iceberg. Esas montañas de hielo muestran únicamente en la superficie del mar una punta minúscula y ocultan, debajo, su volumen gigantesco. Así debe contarse una historia, decía. Así cuenta Chaly “Crónica de un asalto anunciado” (y otros textos), donde leemos lo que conversan conspicuos miembros de la Rial y tenemos que descubrir el mar de fondo que en este relato es sólo evanescencia.
Hay en este libro la libertad total en forma y fondo. No hay reglas que se apliquen, se busquen o se sigan con acuciosidad, y sí hay las ganas de volcar en alegres palabras la gracia que es mirar la paja en el ojo ajeno, lo chistoso que tiene la desgracia de los demás, sin eludir las propias mofas que el autor hace de sí mismo.
Estas historias son, pues, el más puro relato, sin subterfugios, que quieren algo plausible, amable, agradecible: hacer reír al lector. Y no sólo lo quieren, claro: lo consiguen con creces.
Tengo la suerte de ser amigo de Chaly y me parece que hay en él un rasgo distintivo, un mérito natural, que aparece de cuando en cuando entre los mortales: el gozo por contar y la gracia para hacerlo. Aquí hay Treinta y uno (y otro uno) para sostener lo dicho.

Un abrazo y felicidades, querido Chaly.



[Prólogo al libro Treinta y uno (y otro uno), de Roberto Juan Flores.]

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 42. El túnel. Ilse Ibarra Baumann

                      El túnel 


He visto la entrevista que le hace Joaquín Soler a Ernesto Sabato mínimo unas tres veces. Me pareció un hombre práctico, idealista, sensible, sin poses ni pedanterías. Un hombre sencillo. Su plática es tan cómoda y tan clara que dan ganas de tomarse un café con él, hacerle una pregunta, y escucharlo por horas sin quitarle los ojos de encima. Cuando habla, no sé porqué, recuerdo como si leyera “París era una fiesta”, de Hemingway.



Su novela, El túnel, la he de haber leído hace unos veinte años; pero también hace unos veinte años (es probable) leí Crimen y castigo (F. Dostoyevski
). No entendí por qué olvidé una y recordé todo de la otra. Ni aún imponiéndome el peor castigo podía recordar el nombre de Juan Pablo Castel ni su atroz delito (el mismo de Raskolnikov).

         El retorcido y patológico cerebro de Juan Pablo Castel parece la antítesis de la cordura del hombre a quien vi con Joaquín Soler. Pero ese retorcido cerebro, esa deliberación reflexiva por insistente e irreflexiva por bárbara, no podría ser posible sin esa serie de talentos (¿o de experiencias?). En fin, todos tenemos algo de locos.



Ojalá escribiendo esta pequeña reseña, en otros veinte años más, pueda recordarla.
Fotografíá: IMIB

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca, España.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial y presentada en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2023.