Líneas de desnudo. 36. Tiempo de mujeres. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 36

Tiempo de mujeres
Por Manuel Pérez-Petit

El parto de todo libro es terrible, como el ángel del que nos da noticia Rilke en su primera elegía. Soy de los que sostienen que ser escritor es una maldición y que las obras de arte, y las literarias lo son, son contra natura a la vez que expanden el universo. Y soy de los que pueden hacer compatible esta contradicción. Soy creador porque quiero, no porque no pueda no serlo. Existe mucho mito al respecto. Si siempre lo vi todo con palabras, lo normal es que todo lo haya expresado y exprese por escrito, como así ha sido, en una experiencia mucho más dolorosa que gozosa que ha dependido de la disciplina. Y sé que hablar de voluntad y disciplina en el mundo occidental en que vivimos es nadar contra corriente, pero es lo que hay, pues no se trata ahora de hacer ficción.
            No se puede hablar de parto ni de voluntad ni de disciplina sin hablar de mujeres, motores incuestionables y sostenes en demasiados casos de la vida. Yo no soy mujer, y quizá ésta sea mi mayor carencia. Si abundando decimos mujeres escritoras estamos hablando del doble valor de quienes se ven abocadas, en unos casos por complejas cuestiones culturales y en otros por simples imposiciones de la “oficialidad” masculina, a adoptar un papel secundario en todos los órdenes, y, en consecuencia, también en el de la literatura. Pero nada más lejos de la realidad. El siglo de Oro español no puede entenderse sin dos mujeres esenciales, Teresa de Jesús y Juana de Asbaje, más conocida ésta por Sor Juana Inés de la Cruz, cuyas obras sin parangón están ubicadas por la historiografía oficial como fundamentales y al nivel de los más importantes autores de la historia de la literatura.
            En tiempos más recientes y en otras literaturas, lo que solemos conocer de la inglesa del XIX, por ejemplo, es Dickens y Collins..., y sin embargo esa literatura no sería lo que es sin las mujeres extraordinarias que fueron coetáneas de ellos: Jane Austen, Emily Brontë, George Eliot..., muy influyentes en la literatura del siglo XX, como en Virginia Woolf, de tan grande influencia en todo lo que vino después de ella. Son solo casos que, incluso, se dan en todas las literaturas, y mujeres escritoras las hubo siempre, digan lo que digan a veces los manuales de historia. 
            No podríamos tampoco entender la literatura mexicana del siglo XX sin las mujeres escritoras que habiendo sido muchas veces “apartadas” de la historia oficial han ido terminando por imponerse sin remedio. Ahí están los casos de Elena Garro, Rosario Castellanos, Margarita Michelena, Ángeles Mastretta y muchos más...
            Pero hablando de mujeres tampoco podemos obviar el papel de ciertas mujeres en el desarrollo del conjunto de la sociedad, y no solo en la consecución de los derechos civiles para las propias mujeres. Y de figuras como Margarita Michelena, María Teresa Rodríguez, Daniela Camacho, Ángeles Mastretta, Hermila Galindo, Rosario Castellanos, Virginia Woolf, Murasaki Shikibu, Elena Paz Garro y La Pasionaria trata este libro que, además, está escrito por mujeres no menos excepcionales: Bárbara Sánchez, Elvira Hernández Carballido, Eve Gil, Marisa DSantos, Reyna Hinojosa Villalva, Rosa María Valles Ruiz, Sagrario León García, Teresa Dey y Mirna Yanira Garcia Vargas. Y todo ello tiene en común que estos trabajos, llamados a formar parte de la historiografía esencial generada en México y acerca de mujeres –y por mujeres–, fueron presentados –todos ellos– en el marco de la Feria Universitaria del Libro (FUL) de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, México, uno de los más importantes acontecimientos de fomento del libro y la lectura de cuantos se desarrollan en la nación mexicana. Y, por tanto, tiene sentido que en la FUL se lance esta edición, que ya antes de nacer resulta imprescindible.
            Si hablamos de mujeres escritoras debe quedar claro que una cosa es la literatura de mujeres y otra la literatura femenina, y que podría darse el caso de que haya más hombres que mujeres que hagan esto último, pero si hablamos de mujeres de lo que hablamos es de la historia del ser humano. 
            Llevo años negándome a aparecer en público. Si lo he hecho –demasiado en mi opinión– ha sido para demostrar que sigo vivo. Llevo años escribiendo como un condenado sin que nadie lo supiera, dedicándome con gozo y sufrimiento a la tarea de ser un escritor secreto... Sentado siempre al mismo lado del escenario en cientos de eventos, frente al público, en los que nunca fui el protagonista, pues siempre se trataba de dar protagonismo a otro, y eso me hacía sentir bien, pues de algún modo también con ello me negaba y a la vez me afirmaba en mi voluntad de dedicarme a los demás. Y en esa dedicación, las mujeres escritoras tuvieron siempre un papel protagonista. Fue mi decisión desde el principio. De los más de ciento cincuenta títulos publicados por mí con Sediento Ediciones, más o menos la mitad son de mujeres escritoras, y en todos los géneros imaginables: cuento, novela, poesía, ensayo, teatro... He publicado mujeres de todas las generaciones vivas y de más de una docena de países, residentes en seis de ellos. Primeras obras de muchas de ellas, compilaciones de otras, reediciones de otras más y ensayos también sobre mujeres, algunos de ellos escritos por mujeres. Las mujeres escritoras han sido siempre amables conmigo, mucho más que los hombres, y hasta podría afirmar que de ellas he aprendido más que de ellos, aunque esto siempre es relativo. 
            Por ello, por las razones expuestas más arriba y por muchos otros motivos que no cabe aquí señalar, en el proceso más doloroso de transformación de mi modesta y agotada casa editorial, es para mí una gran alegría presentar –y prologar, cosa que tampoco hice hasta hoy– este Tiempo de mujeres. Escritoras en la FUL, que de manera tan primorosa ha compilado Marisa D´Santos. 
            Y me siento agradecido.

                        Manuel Pérez-Petit.
                        México, Distrito Federal, agosto de 2016

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Nota del autor
Traigo hoy aquí el prólogo que escribí a Tiempo de mujeres. Escritoras en la FUL. (Sediento Ediciones, 2016), coeditado con Kanankil Editorial.
 
   
 Portada de Tiempo de mujeres. Mujeres en la FUL (Sediento Ediciones, 2016)
Fotografía:  Portada de Tiempo de mujeres. Mujeres en la FUL (Sediento Ediciones, 2016). Imagen de portada: Tiempo de mujeres, ilustración digital, de ©Valente Bautista López, 2016.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 35. De mi carpintería (4): Mi destino. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 35

De mi carpintería (4): Mi destino
Por Manuel Pérez-Petit

En el hemisferio boreal ya hemos entrado de golpe en la prima(vera), que nos acoge con alborozo y convulsiones, días más largos y ansiedades más livianas. Por contra, en el hemisferio austral los cielos tendrán cada vez más a partir de ahora una tendencia a gris y a lluvia fría, la propensión a la ansiedad crecerá y los días serán en breve más breves y hasta quizá dolorosos serán. Es lo que tienen las semanas que suceden a cada equinoccio, que se da en las dos ocasiones al año en que se halla el Sol sobre el ecuador. Ayer mismo, sábado 20 de marzo de 2021, tuvo lugar uno, miren por dónde.
            Y con esta llegada pavorosa me he quedado seco de palabras, lidiando con mi actividad de dar los kolavales (las gracias) a quienes corresponden y levantar el proyecto que dará la vida a muchas personas y me la quitará a mí. Está bien, y lo tengo asumido como mi destino…
            Rebuscando entre mis cosas de allá y acullá, encontré estos versitos publicados en Facebook el 23 de marzo de 2012: 

            La primavera ha llegado

            Sonríe en ventanales y en rincones
            igual que la risueña primavera
            se despliega con pétalos de soles.

            Total, a qué abundar, pero el asunto es que cuando llega la primavera en mi hemisferio me acuerdo que existió el mayo francés y la primavera de Praga. Que en abril fallecieron Shakespeare, Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega –además, el mismo día, el 23, del mismo año, 1616–, dejando sus legados para llenar de luz todo lo creado, y que también murieron Mussolini y Hitler –con apenas dos días de diferencia, uno el 28 y el otro el 30–, acabando con una de las eras de penumbra más grandes de la tierra. O que mayo –al menos en mi hemisferio natal– es el mes de las flores. 
            Y me acuerdo siempre de Antonio Machado (1875-1939), que escribió “A un olmo seco”: 

            Al olmo viejo, hendido por el rayo
            y en su mitad podrido,
            con las lluvias de abril y el sol de mayo
            algunas hojas verdes le han salido. 

            ¡El olmo centenario en la colina 
            que lame el Duero! Un musgo amarillento
            le mancha la corteza blanquecina 
            al tronco carcomido y polvoriento.

            No será, cual los álamos cantores 
            que guardan el camino y la ribera, 
            habitado de pardos ruiseñores.

            Ejército de hormigas en hilera 
            va trepando por él, y en sus entrañas 
            urden sus telas grises las arañas.

            Antes que te derribe, olmo del Duero,
            con su hacha el leñador, y el carpintero
            te convierta en melena de campana, 
            lanza de carro o yugo de carreta; 
            antes que rojo en el hogar, mañana, 
            ardas en alguna mísera caseta, 
            al borde de un camino; 
            antes que te descuaje un torbellino 
            y tronche el soplo de las sierras blancas;
            antes que el río hasta la mar te empuje
            por valles y barrancas,  
            olmo, quiero anotar en mi cartera 
            la gracia de tu rama verdecida. 
            Mi corazón espera 
            también, hacia la luz y hacia la vida, 
            otro milagro de la primavera.
 
            Se trata de uno de los más hermosos poemas de todos los tiempos en lengua española, escrito el 4 de mayo de 1912 e integrado en “Campos de Castilla”, publicado ese mismo año, el cual –gracias a Dios– hoy por hoy se estudia y lee en todo el orbe hispanoamericano y se tiene como lectura obligatoria en secundaria en todos nuestros países. 
            Y hago votos para que las hojas verdes nos vuelvan a dar vida, y una vida nueva y aún más poderosa, una fuerza indestructible se pone en marcha y hace posible incluso lo que parece imposible, e incluso para no dejar de dar las gracias ni un solo día de mi vida. De manera continua me renuevo, pues, y cada primavera, en el propósito de desterrar el “pero” y mantenerme firme en el “puedo”. Al fin y al cabo es mi destino.

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Nota del autor
En esta serie ‘De mi carpintería’ me he permitido pasar del 2 al 4 por los elementos que le son propios incluidos en varios artículos precedentes. Y ni que decir tiene que todo está sacado de mis archivos personales. Las publicaciones ya no existen. Dicho sea a efectos forenses.
 
   
©Francisco Higuera
Fotografía:   Retrato de M. P.-P. Collage. ©Francisco Higuera, fotógrafo y artista visual español. Junio de 2005.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 34. El oficio de editar VI. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 34

El oficio de editar VI
Por Manuel Pérez-Petit

A ver si nos aclaramos, y que alguien me diga quién está capacitado de verdad para ser juez. Expondremos un par de casos y una anécdota en relación a lo que venimos hablando.
            Caso 1: El “nefasto” Yordi Rosado, que ha vendido en México desde 2005 más de tres millones de ejemplares de sus ocho libros publicados –¡más de tres millones!–, todos enfocados a los adolescentes y a sus padres desde diversos puntos de vista –para comprenderse, para emprender, para mejorar su convivencia...– y todos de autoayuda, por lo cual podríamos denostarlos, pero resulta que hay un claro consenso entre terapeutas que califican en su conjunto la obra de este productor y conductor televisivo como muy buena y de gran valor…, y aunque sean libros con un público objetivo limitado resulta que todos ellos han estado durante años entre los más vendidos en las librerías mexicanas. Y ayudando a mucha gente, no en vano este personaje por el que montaron hace cerca de cinco años un escándalo de enorme magnitud funge en sus ratos libres como voluntario para promover la agenda 2030 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cuyo razón de ser es dar a conocer los Objetivos de desarrollo sostenible (ODS) de dicha organización, en especial en lo relativo al Reto del Hambre Cero. No pretendo ponerle una medalla –y tampoco gano nada por intentar ponerlo en su sitio–, pero lo cierto es que este señor ha conseguido que haya más lectores en los últimos 7 años que todas las editoriales alternativas de México juntas, y no hace falta mirar las estadísticas. Y puede que esos mismos lectores, que quizá no tuvieron nunca contacto con un libro hasta encontrarlo, por la razón de haberlo descubierto luego se interesen por otros libros de otro corte y otra naturaleza, en beneficio de muchos. Este Rosado tiene un libro, por ejemplo, del que deberíamos aprender todos, mecachis. Se trata de “¡SIN PRETEXTOS! Cambia el pero por el puedo”, que su editorial explica del siguiente modo: “Lo que eres es mucho más que suficiente para ser… todo lo grande que quieras ser. Sabías que no puedes regresar al pasado para volver a empezar, pero puedes empezar ahora y cambiar el futuro. Cuando crees de verdad en algo, tu mente encuentra la manera de lograrlo. Tus logros no te definen, te define lo que superas. Las crisis son la mejor oportunidad para crecer, pues la vida te las pone enfrente para que hagas algo que jamás te hubieras atrevido...”. No sé ustedes, pero yo creo en ello. Es más, estoy por ir a buscarlo.
            En relación a la capacidad que los “puristas” elevados, aristócratas de la “alta alcurnia literaria”, capaces de condenar al infierno o elevar al cielo a una obra publicada o a un autor –incluso sea cual sea su obra–, está un segundo caso, que, por cierto, no ha aparecido antes en mis artículos –ni creo que vuelva a aparecer al no ser de mi interés particular, aunque no lo desprecio–. Veamos, pues, el caso 2 que vengo a proponer a la reflexión general: Paulo Coelho. 
            Me echo a temblar de solo pensarlo, y me río hasta de mi sombra. Reconozco no haber leído a este brasileño que vende libros como churros. Traducido a 83 lenguas, ha vendido más de 350 millones de ejemplares en 170 países desde 1987… ¿De verdad que alguien me va a intentar convencer de que hay más de 350 millones de “tontos” en el mundo dispuestos a leer –ya que leen– tal “bazofia” –pues, desde luego, todo lo suyo lo es, según los opinadores más sesudos–? No sé ni cómo escribe –jamás he leído una página suya–, pero algo hará bien, pues me resulta demasiado pretencioso por parte de cualquiera despreciar el muy grande bien que este señor ha hecho al sector editorial con su trayectoria, y no solo a la multinacional que le publica, sino, por extensión a todos los editores. Gente, por ejemplo, que nunca hubiera ido a una feria del libro y que van a por libros suyos, paseando, de paso, por el resto del recinto…, en lo que pueden comprar otra cosa. Me dirán ustedes que un llavero… Vaya por Dios, y yo les contestaré que bien podrían cambiar “el pero” por “el puedo”, que ya estuvo.   
            Recuerdo una anécdota en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). Fue en 2011, el año del vigésimo quinto aniversario de la FIL, el más importante evento de promoción del libro y la lectura del ámbito del idioma español en el mundo, el primero en que Sediento Ediciones tuvo estand, gracias a la invitación que con suma amabilidad me hizo el Consejo Editorial del Estado de México (Ceape), invitación que me volvió a realizar año tras año hasta 2015, en que decidió prescindir en su pabellón de los independientes y yo ya comencé a buscar y a encontrar otros acomodos para que Sediento siguiera estando presente. Mi entonces editorial estaba aún en sus comienzos, con apenas medio año de vida y un catálogo de algo más de treinta títulos. Había que hacer algo para que esos días no fueran en realidad una pérdida de tiempo, dada la marabunta de editoriales y ofertas que por doquier llenaban –y espero que vuelvan a llenar pronto– las instalaciones de la Expo Guadalajara. Tracé el plan de tirarme a los pasillos, que es jugar al límite del reglamento, hablar con la gente, llevar siempre libros en la mano… Entre otros motivos porque nadie iba a venir a buscarme… En una de esas, me encontré con una señora, a la que ofrecí alguno de mis títulos…
            —Es que vengo a buscar otra cosa… 
            —Lo comprendo, es natural. Si viniera a buscar algún título de Sediento, yo se lo regalaría… —la señora se echó a reír 
            —Voy a Gandhi a por el último de Paulo Coelho.   
            —Desgraciadamente, yo no tengo ninguno, ni de segunda mano, y tampoco tengo alguno que se parezca a los que escribe ese señor, pero fíjese usted: de que yo venda un libro, uno solo, de los que hago, a usted, por ejemplo, depende que en un futuro pueda tener uno en mi catálogo de ese autor o de otro que alguien como usted venga a la FIL a buscar, sin saber ni siquiera que yo existo. 
            Se quedó pensativa por un momento, se acercó mi espacio, miró complacida varios títulos –ya no tenía prisa alguna–, se los expliqué, y, al final, me compró una novela y yo le regalé un libro de poemas. Días después escribió a la editorial agradeciendo mi atención para con ella y comentando que le habían encantado los libros. Y al año siguiente vino a buscarme, a ver qué nuevos títulos había publicado.
            En la próxima entrega les hablaré desde un kiosko de prensa, que tanto bien –creo yo– y tanto mal –creen muchos– ha hecho al mundo editorial. Sigan atentos a sus pantallas.

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Nota de autor
Sediento Ediciones paró máquinas entre el último trimestre de 2016 y el primero de 2017, tras cinco años y medio de actividad, habiendo consolidado un catálogo de 156 títulos de más de doscientos autores de 14 países, para un total de más de medio millón de ejemplares producidos y vendidos en dos continentes, de los cuales hoy apenas quedan –ya no para su venta– algo más de mil quinientos. La editorial no hubiera podido durar tanto tiempo si no fuera por su reiterada presencia tanto en la FIL como en otras grandes ferias, de la mano del Ceape. Quede el dato aquí a efectos de reconocimiento y gratitud.
Estand de Sediento Ediciones en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), 2011. Foto de M. P.-P. con autores.
Fotografía:  Estand de Sediento Ediciones en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), 2011. Foto de M. P.-P. con autores. En la imagen, de izquierda a derecha: Javier Allard (con su novela Los ojos de Luna y el fin de los Cometas, que unos años después publicó Alfaguara), Lydia Martínez (con su novela Kozlak y el libro del Arcano. Crónicas góticas I, uno de los proyectos más ambiciosos de la historia de Sediento), M. P.-P. y Elia Vargas Sastré (con su obra de teatro La muerte irredenta, con la que se demostró durante años que la dramaturgia de calidad sí vende).

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 33. El oficio de editar V. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 33

El oficio de editar V
Por Manuel Pérez-Petit

No sé por qué me han venido a la cabeza dos hechos que tuvieron lugar en México de finales de agosto a principios de septiembre de 2016, y que me parecen que ni pintados a vueltas con la nada novedosa realidad de la precariedad del mundo editorial. Lo común a ambos casos es el escándalo que suscitaron. 
            El 26 de agosto fue inaugurada la vigésimo novena edición de la Feria Universitaria del Libro (FUL) de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), con la presencia en calidad de invitado del ex-presidente del Gobierno de España José María Aznar, cuyo principal mérito conocido en relación a los libros es que se confiesa desde siempre como lector de poesía. Ese mismo día fue investido Doctor Honoris Causa por la UAEH, “en reconocimiento a su destacada trayectoria política y social al frente del gobierno español que contribuyó excepcionalmente al mejoramiento de la vida de su país”, antes de lo cual Humberto Veras, rector entonces de la institución, y el propio Aznar habían rubricado un convenio de colaboración entre la máxima casa de estudios de Hidalgo y el Instituto Atlántico de Gobierno que encabeza el expresidente español –a cuyo Consejo Académico y Social pertenecen figuras como el Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, el expresidente de México Ernesto Zedillo o el historiador mexicano y editor de Letras Libres Enrique Krauze, entre muchas otras personalidades del ámbito hispanoamericano e internacional–, por el cual se fomentaría el intercambio académico de profesores y alumnos, así como la realización de investigaciones conjuntas en el ámbito de las ciencias sociales y ciencias políticas, que generaría beneficios reales no solo para la universidad sino para el conjunto del estado. Luego, se desplazaron a inaugurar la 29ª FUL. Hasta aquí todo normal –o debería haberlo sido–, pero el caso fue la reacción en los medios locales y de un buen número de escritores que estaban programados y que en protesta cancelaron su participación en los eventos. Se podía –y puede– juzgar al personaje –Aznar–, por mentir sobre las armas químicas de Irak, por hacer entrar a España en la guerra y por mentir de nuevo a los españoles sobre el terrible atentado del 11-M, pero en esa ocasión lo único importante era el beneficio que para Hidalgo suponía su presencia. Pese a todo, con todo lo que es la FUL –de lo que da buena cuenta la prensa en general, por lo cual huelga reiterarlo aquí: una de las diez ferias del libro más importantes de México–, es triste que se recuerde la de ese año por la presencia del expresidente español, y, sin embargo, ese hecho le dio más publicidad de la que suele tener –que por lo habitual no es poca–. Y puedo asegurar que se vendió bastante.
            Ya por esas fechas se había levantado una gran bronca a cuenta de la participación como invitado especial del conductor televisivo mexicano Yordi Rosado –a decir verdad alguien desconocido por completo fuera de México– en el XXII Festival Internacional de Letras de San Luis Potosí, por además pagarle por impartir una conferencia motivacional –que tuvo lugar el nueve de septiembre– de dos horas, titulada "Dos-tres netas”, un total de 123 mil 200 pesos mexicanos, lo cual no es más que precio de mercado, que es el que manda. Lo cierto es que con la presencia de este autor de varios libros para adolescentes de gran éxito comercial –dicho sea de paso–, el festival potosino, organizado por la Dirección Municipal de Turismo y Cultura, alcanzó unos niveles de difusión muy pero que muy superiores a los habituales, pese a lo que la indignación llegó a alcanzar temperaturas muy altas. El rechazo al personaje y a su participación en el evento llegó a trascender incluso las fronteras mexicanas, resultando hasta desagradable por la agresividad empleada por mucha gente –que tuvo en el insulto un modo habitual de expresarse–, en defensa de su opinión legítima –como todas– pero que perdió todo su valor por causa de las formas empleadas. 
            Nadie se preguntó entonces –ni ahora–, tampoco, los beneficios que al sector editorial le supuso la presencia de ambos personajes en tan magnos acontecimientos.
            Son solo dos casos gracias a los cuales a la postre se fomenta mucho más el libro y la lectura que con cualquier campaña de concienciación ciudadana o de creación de bibliotecas, estrategias que son necesarias pero a todas luces siempre insuficientes, y más aún sin ayudas públicas. Hay situaciones concretas y las hay generales. Externas al mundo del libro y la lectura o de forma plena involucradas en ello. Lanzamientos editoriales, por ejemplo, que hacen que muchos se lleven las manos a la cabeza, pero no debemos olvidar que se trata del mercado. Ninguno de los puristas que hacen coro contra lo que denominan en masa literatura “mala” es Cervantes, y ni siquiera Alfonso Reyes o Jorge Luis Borges, y la inmensa mayoría de ellos no saben del mundo del libro casi ni el abecedario. Ya estuvo bien de puritanismos endogámicos que no conducen a ningún sitio, de imposturas y escenografías artificiales más motivadas por el afán de notoriedad de quienes las ensayan que por la verdad y lo objetivable. 
            Soy de los convencidos de que es mejor leer cualquier cosa que no leer. Que un lector de una obra que podría calificarse por el consenso intelectual como “mala” –con toda la dificultad que conlleva llegar a establecer este tipo de clasificación en la mayoría de las ocasiones– es una posibilidad de que llegue a existir algún día un lector de una obra que esa relativa mayoría que establece el estado de opinión de cierto canon considere como “buena”, pues al fin y al cabo es un lector, y como tal suma, y no solo a la estadística. 
            Lo mismo podría afirmarse que gracias a los denostados Yordi Rosado –que cobró por una conferencia y acerca del que nadie recuerda que sus libros se venden por cientos de miles de ejemplares– y José María Aznar –que se comprometió a traer dinero para el desarrollo académico y que no pronunció una sola palabra de política durante su estancia en Hidalgo–, y a los que los llevó o trajo a los eventos que con su esfuerzo, capacidad y buena fe organizan, hubo de golpe en México más gente que supo que los libros existen. Que hasta pueden leerse. Que no muerden. Incluso que alimentan. 
            Y se lo debemos también a aquellos a los cuales, en su ociosidad, esa cierta aristocracia cultural, solo se les ocurre agredir sin piedad y sin descanso, generando escándalos desproporcionados por sistema y sin cabeza, sin reparar en la realidad irrefutable de que hechos como aquellos suponen auténticos revulsivos en favor del libro, y hasta la lectura.
            ... Está muy bien leer, desde luego, en todo caso, pero debe ser más importante para el editor vender libros que que se lean, porque si nos los vende, habrá cada vez menos libros y, en consecuencia, menos lectores. 
4 de septiembre de 2016. Presentación de Tiempo de mujeres. Escritoras en la FUL (Sediento Ediciones)
Fotografía:  4 de septiembre de 2016, domingo. Presentación de Tiempo de mujeres. Escritoras en la FUL (Sediento Ediciones), en la FUL 2016. En la imagen, de izquierda a derecha: M. P.-P., Teresa Dey, Elvira Hernández Carballido, Marisa D'Santos, Reyna Hinojosa Villalva, Yanira García, Rosa María Valles Ruiz, Sagrario León García y Eve Gil.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 32. Declaración(es) de amor. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 32

Declaración(es) de amor
Por Manuel Pérez-Petit

Te amo por tu respiración de ángel, por tu caminar de rosal enhiesto, por los gestos de tus manos que son gacelas encendidas, por las fauces de agua fértil de lo que me haces soñar...
            Te amo porque eres ida y siempre te hallo tejiendo y destejiendo un manto mágico con tu mirada...
            Te amo por todo, en paquete, por lo que eres, por tu capacidad de enervar mi ser...
            Te amo por mis quejas de ti, por todo lo que me molesta que hagas o dejes de hacer, porque todo en ti contribuye a construir el mundo...
            Te amo por lo que aprendo de ti, por lo que me enseñas, por esta admiración que siento y me hace más grande...
            Te amo porque nunca te das por vencida, porque aunque te tiren no te quiebran, porque eres la heroína que me da el aliento...
            Te amo porque me tienes enamorado como a un hijo de perra que alza sus garras para convertirlas en algodón...
            Te amo porque me vas a enloquecer como las bestias de tus ojos... 
            Te amo porque no tengo otra opción y es irremediable que tendré que ser tuyo, unido a ti, hecho en ti, atado a tu libertad sonora, cubierto de cadenas de besos y caricias...
            Te amo porque mi fin no es otro que ser en ti por el resto de mis días, preso de tu ser de luz...
            Te amo porque sé que amanecer en ti es mi bendición, que en ti cada día dçia es un día nuevo, nunca un día más...
            Te amo para morar en ti, que es el único lugar posible en el mundo para mí... 
            Te amo porque estoy convencido de ofrecerte todo lo que pueda caber en mis manos, todos mis saberes, mi ternura, mi amparo…, y que eres mi única donación posible... 
            Te amo y por eso te expreso mi deseo de que te abandones en mí como yo lo hago en ti, pues yo traigo tu descanso y tu anhelo, tu completación, como tú traes la mía... 
            Te amo porque nunca das nada por imposible y por eso eres mi modelo...
            Te amo porque puedes amarme como soy, porque eres mi todo, porque solo en ti, en nosotros, es posible la realidad más plena, porque en ti me hallo tan desnudo que no necesito inventarme...
            Te amo porque eres la existencia y en ti veo a Dios, con lo cual veo todas las cosas... 
            Te amo porque solo tú conoces el oxígeno que me respira, porque eres eternidad...
            Te amo porque de entre todas las flores me quedo contigo, pues no existen flores que se te puedan comparar...
            Te amo porque eres la rosa que me lleva a vivir la anhelada transparencia... 
            Te amo porque eres honesta, limpia, consecuente, leal y libre...
            Te amo porque me haces creer aún más en el amor, en la luz y en los milagros...
            Te amo porque en ti la vida nunca acaba, porque tu luz es el océano que nunca acaba...
            Te amo porque me haces crecer cuando te miro còmo me miras y cuando me miro, y me veo, en tus ojos...
            Te amo porque en nosotros no hay lugar para la desesperanza y cualquier determinismo está muerto y enterrado de antemano, porque nos ponemos manos a la obra en la seguridad de que el buen puerto ha de llegar...
            Te amo en la isla en que el águila devora a la serpiente, sobre el lago que ya no existe pero tiembla, en mi Anáhuac, mi también posible patria prometida, en la dignidad, que nace de uno mismo, en la fe, que es el motor que me impulsa en este trasiego en que arrastro por el mundo mis escombros de luz y lo que soy, en la capacidad de amar y ser amado...
            Te amo porque de ti salen puñales a mi pecho y reviento con sangre y con espinas bajo el ángel de muerte y luz que brota de tus manos, porque no hay otro dolor que el que yo tengo ni otra desolación más que esta mina que a la muerte me lleva en su regazo...
            Te amo porque nos ponemos a la tarea de construir sobre estos socavones en que nos hemos felizmente despeñado... 
            Te amo porque en esta incertidumbre de días que nadie entiende crecen cicatrices luminosas que redibujan la cartografía del universo, poniendo en la parrilla de salida de tus manos misterios capaces de abrir todas las puertas...
            Te amo porque solo nosotros conocemos el arcano que nos libra de la muerte... 
            Te amo porque me siento más yo cuando cruzo las cordilleras de tus labios...
            Te amo porque enmudece al mirarte y verte y es entonces cuando hablan los gestos y cada instante dice un nombre que desentraña el cosmos... 
            Te amo porque en nosotros es posible habitar en todos los planetas... 
            Te amo sobre todas las cosas, sobre todos los seres, sobre el resto del mundo, en la nueva era de la verdadera alegría, de la verdad con mayúsculas que ya somos nosotros...
 __________
Nota del autor
Estos textos, concebidos como uno o como varios que tanto monta, que pueden ir en el orden expuesto o en cualquier otro, deben enmarcarse en mi serie De mi carpintería, aunque una parte de ellos fueron creados ayer mismo, domingo 14 de marzo de 2021, mientras escribía la presente nueva entrega de mi Líneas de desnudo. Por otra parte, hay mucho que hacer y escribir, por lo que espero abandonar pronto el azúcar.
 «Rosa de fuego»
Fotografía:  Rosa de fuego, fotografiada en el Principado de Andorra en 2009.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 31. Confesión de urgencia. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 31

Confesión de urgencia
Por Manuel Pérez-Petit

                                       A la niña de los jardines

Os confieso que me he llevado la mayor parte de mi vida buscando lo que siempre di en llamar ‘mi lugar en el mundo’, a sabiendas de que no era una tierra específica sino otra cosa cuya definición también tardé años en descifrar y solo lo conseguí de forma vaga e inconcreta, por lo que me abstengo de expresarla.
            Os confieso que durante mucho tiempo pensé que mi sitio en el mundo, mi patria, mi destino, era una mujer, error terrible que he pagado una vez tras otra y con creces, por lo que no abundo en ello dado su carácter doloroso, confuso y complejo para mí.
            Os confieso que hubo un tiempo en que estuve convencido de que mi patria era una cultura, un ámbito cultural, la lengua incluso, y me puse a buscar y a rodar por el mundo, contraviniendo todas las convenciones familiares y sociales –convirtiéndome, de paso, en algo así como una oveja descarriada–, hasta que di con América y, más en concreto, con México, pero descubrí que la weltanschauung o idea del mundo que está en la base de toda cultura no hace de ningún sistema cultural algo único y diferenciado del resto del universo. 
            Os confieso que de inmediato observé que en la interculturalidad –que no en la multiculturalidad, pues la interculturalidad es comunicación, como la propia vida, mientras la multiculturalidad niega la comunicación– estaba mi sitio en el mundo. Y fue entonces que me di cuenta de que estaba más desnudo que nunca, más deshecho, más en condiciones de verdaderamente morir, lo cual es el paso para nacer.  
            Os confieso que que lo mío es algo fatal y hermoso. Que recuerdo con mucha recurrencia lo que Jorge Luis Borges dijo en su discurso de aceptación del Premio Cervantes 1979: "... Quiero decir también que me siento muy conmovido, tenía preparadas muchas frases que no puedo recordar ahora, pero hay algo que no quiero olvidar, y es esto: me conmueve mucho el hecho de recibir este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal...".
            Os confieso que, a veces, me acuerdo de frases como ésta u otras, y las busco, las compruebo, las confronto –y también con mi estado de pensamiento o de sentimiento o con la nubosidad variable de cada día–, y me recreo en ellas, y me conmuevo, y me doy cuenta de por cuántas cosas debo pedir perdón y de por cuántas dar las gracias, del privilegio de los dones y encantamientos de manera inopinada recibidos, de los talentos que me juego en cada envite –bien o mal jugados, pero jugados con fe y con sangre, con una honestidad grabada en piedra–, y de que debo hacerlo todo, pese a mi invalidez demostrada y evidente, y mira que cansa, pero es lo que me toca. 
            Os confieso que por esta misma razón se me vienen encima todos los jaguares de la memoria, me inflamo como una rosa en el jarrón de su cárcel y me levanto como la hoja de un libro expuesta al viento, reconstruyendo lo que ha sido y es mi propia vida, y asumo ésta tal y como yo mismo me la he buscado, y me digo "venga", que está todo por hacer. Y si esto es fatalismo, fatal ha sido y es, desde luego, mi propia e inútil vida. Pero lo fatal no es lo malo, pues no puede ser malo lo que es inevitable y fruto de recibir, aceptar y cumplir un destino; un destino que no solo no se busca sino que es ineludible y que en el fondo se desearía, incluso, antes que para uno para cualquier otro, pero ese deseo, de tenerse, nunca se cumple.
Os confieso, en definitiva, que sí, que acepto mi destino y que cumplo mi destino –y que hace tiempo que no lo busco, porque buscar lo que se encuentra y se posee, aunque no sea del todo, es un contrasentido–. Que mi rendición no puede ser más evidente ni gozosa.   
            Eso sí, ya que hablamos de destino, me pregunto si puede haber algún otro destino que no sea expresado y realizado en términos de justicia. Y estoy convencido de que en mi caso el mayor acto de justicia es darme y que darme es mi destino, lo cual me da pie a cumplir, a cumplirme, de una vez, en mi sitio en el mundo. Y a estar de una vez en paz conmigo mismo, que ya es hora. 
            Con todo y ello, os confieso también que hace años me grabé a fuego lo que dijo un día no muy lejano el jefe Seattle: Hoy, aquí, para mí, "termina la vida y comienza la supervivencia", y quizá la supervivencia sea el modo más coherente con la aceptación de un destino, y el más pleno y auténtico de vivir y de llegar de una vez a la hora de la muerte.
Málaga, España, 2014.
Fotografía:  M. P.-P. en la plaza de la catedral de Málaga, España, en el verano de 2014.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 30. El oficio de editar IV. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 30

El oficio de editar IV
Por Manuel Pérez-Petit

Plantearse en serio como objetivo el conocimiento del oficio es un buen primer paso para ser llegar a ser un día editor.  Como venimos viendo, no es tarea sencilla y, además, supone, por una parte, un conocimiento teórico y, por la otra, un conocimiento práctico. Y qué decir que también implica una formación continua. En nada de esto este oficio se diferencia de cualquier otro, pues todos conllevan aprendizaje de toda índole y actualización permanente. ¿Qué pensaríamos de un médico, un economista o un fontanero si no hiciera lo mismo? Tan de perogrullo resulta que no merece la pena abundar en ello. Pero, entonces, ¿dónde está la particularidad del oficio del editor? Nos ponemos en las manos del médico en un acto de fe convencido, lo mismo que en las manos de nuestro contable o cuando acudimos a un fontanero. Sabemos lo que nos dará y eso nos transmite una seguridad suficiente como para categorizar su trabajo. Si no funcionara, siempre podemos buscar una segunda opinión, tan de moda en este mundo del todo vale, a veces para buscar excusas, a veces por no querer aceptar la realidad, a veces porque pensamos que sabemos más que el propio profesional o porque ideas prejuiciosas nos inundan la cabeza.
            ¿Y el editor?, ¿dónde se nos queda? En realidad nos trae sin cuidado. Con lo que el editor ha sido en la historia… Quién lo ha visto y quién lo ve. Generador de un producto residual en la cadena de consumo que, además, cobra más valor por la mercadotecnia y la publicidad que por la literatura en sí misma, el del editor es, hoy por hoy, un paria en la tierra de los oficios. Podríamos tener la tentación de caer en el romanticismo –¡qué horror!– y dotar al individuo que adopta este trabajo de un aura de misionero con sus ráfagas de luces y todo, e imaginarlo como ser transfigurado en el monte carmelo de la fertilidad, alimentándose de raíces y bayas silvestres o de las limosnas de los viandantes que, siendo escritores o no, vean en él a un eremita predicador en el desierto que dedique su vida a la oración –o sea, a decir a la gente que lea– y al sacrificio –la condena de nunca prosperar aunque difunda obras maestras–. Para eso, es mejor ser un escritor “maldito” –tan de moda aún, por otra parte–, oler a alcohol y a falta de higiene personal, llevar a cuestas las pulgas de una mala vida que al final tiene éxito hasta con las mujeres, y más aún si se autopublica en fotocopias “obras maestras” incontestables.
            A colación de todo esto, hoy quisiera detenerme en esa milonga de las campañas de promoción de la lectura. ¿De verdad se creen que es función del editor promover que la gente lea? O ustedes o yo, uno de ambos, ha perdido el último tornillo que le quedaba en la cabeza o vamos mal en todos los sentidos. A ver, hablando en serio: lo que tiene que promover el editor no es la lectura, sino que se vendan los libros que publica. Y la razón es sencilla: De la precariedad de la vida del editor depende su condición ética. Un editor que pasa hambre no puede ser un buen editor, del mismo modo que un editor sin principios éticos y morales no puede ser un buen editor. Lo demás es romanticismo de kiosko, lo más barato que puede encontrarse en los anaqueles de una profesión que, a pasos agigantados, va perdiendo su sentido conforme avanza el calendario y la tontez del mundo.
            El editor es un instrumento al servicio de la obra literaria. Pone, pues, todos los medios a su alcance, empezando por su aptitud y conocimientos, en favor de una obra que es de otro. En ese sentido, sí tiene este oficio un cierto halo de ejercicio de donación, filantropía, altruismo o generosidad sin medida, en la medida en que el editor se niega a sí mismo, aunque no es menos cierto que si el editor fuera lo que debiera ser no encontraría satisfacción real en ello –como suele ocurrir– sino en las ventas –la rentabilidad– de los libros que edita. Pero no, la mayor parte de los editores promueven de manera esencial la lectura –que es cosa de libreros, por ejemplo, o de bibliotecarios–, cayendo en la trampa que con mucha dulzura y convicción se pone a sí mismo. 
            De manera particular yo creo que sobran todas esas campañas públicas de fomento a la lectura, que hoy por hoy tienen un protagonismo directamente proporcional a su fracaso en la consecución de sus objetivos. ¿Qué es eso de leer 20 minutos al día? ¿Equivale a que uno debería cepillarse los dientes tres veces o comer cinco o dormir siete horas o hacer deporte? La solemne tontería de ese tipo de promociones institucionales tiene una justificación objetivable: sirven para gastar presupuesto público –o sea, aportado por todos y cada uno de nosotros con nuestros impuestos–, y así cubrir el presupuesto público, que es estupendo que lo haya, aunque yo me pregunto: ¿No tendría más sentido emplear ese presupuesto público en apoyar, subvencionar, promover y alentar proyectos de la sociedad civil –esto es, de la gente–, programas de empresas, editoriales, iniciativas de servicios culturales, asociaciones civiles…,  que sí fomentan, y no solo la lectura, sino la escritura y el libro, el desarrollo comunitarios, la vida de las personas?
            Visten mucho en las campañas institucionales los prescriptores, personalidades famosas –a veces incluso por su incultura– que por su fácil identificación por cualquiera –”artistas”, futbolistas, periodistas...– hacen bonitos los carteles –y cuestan al erario público un pastizal– diciéndole a la gente que lea…, y teniendo en realidad el mismo efecto que los truculentos anuncios de enfermedades pavorosas y fulminantes en las cajetillas de tabaco: ni nadie lee un minuto más por aquellas campañas ni nadie fuma un cigarrillo menos por éstas. Sin embargo, si ese presupuesto “cultural” se empleara en nuestras naciones para ayudar a proyectos como, sin ir más lejos, éste de Letras, ideaYvoz, o el de Kolaval, igual la gente sí leería, y hasta puede que fumara menos. Y no me digan que barro para casa, porque la verdad es que con tanta campaña pública de lectura inútil se me queda cara de tonto.
            En efecto, han conseguido inocularnos el suero de la tontez crónica. El editor en lugar de vender libros promueve que se lea –que no está mal, pero no es lo suyo–, poniendo esto por delante de lo otro y, por tanto, desvirtuando en cierto modo su trabajo y su proyección de futuro. Me dirán que ambas cosas van de la mano, pero en la próxima entrega de esta serie de El oficio de editor les demostraré que no. El ingeniero que promueve la lectura se las ve y se las desea tanto por la incomprensión de sus en su mayoría cuadriculados colegas como por lo costoso de mantener un proyecto de fomento a la lectura de esta envergadura y naturaleza, dado que no reditúa –ni mucho ni poco–, si solo nos atuviéremos a la cuenta de resultados. El inexistente hoy por hoy lector, mientras, se deja llevar por los dorados cabellos de la prescriptora –famosa por su papel estelar en la telenovela de moda o por ser la madre de los hijos de un famoso cantante, qué sé yo– de que lea para seguir sin saber siquiera qué es un libro… Y es que así estamos todos: tontos de capirote.
            Si no, que me lo digan a mí. Ayer por la mañana salí a comprar café, pues justo se me estaba acabando el que me quedaba. Como editor que soy –y, por lo mismo, pobre, dadas las circunstancias, que sobrevivir ya es mérito–, siempre suelo mirar precios y comparar unos productos con otros de la misma especie. Sin embargo, me detuve en la etiqueta de un frasco que tenía impresa una fotografía de un personaje: nada menos que Diego Lainez, gran promesa del fútbol mexicano y, sobre todo –para mí–, estrella futbolística emergente de mi equipo del alma, el Real Betis Balompié, que esta temporada va como un cohete con el objetivo de clasificarse en la liga española para competiciones europeas –olé–. Por su manera de sujetar la taza, este joven deportista e ídolo no me pareció muy cafetero, pero a mí me dio igual. Tontuno que soy de algún modo por contagio del aire respirable general, compré ese café, sin mirar el precio. Y no está nada mal, menos mal. En esto me he sentido afortunado, porque la cosa está como para fiarse de las campañas de mercadotecnia, que nos lavan la cabeza al punto de que a muchos editores les importa más que se lea que que se vendan sus libros.
   
Fotografía:  "Etiqueta del frasco de café que compré esta mañana (detalle)". ©M. P.-P., 2021

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 29. Distopía X: Un mundo mejor. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 29

Distopía X: Un mundo mejor
Por Manuel Pérez-Petit

Cuenta que te cuenta y aún con el peligro de convertir esta nueva entrega de mi serie acerca de la distopía en una novela-río –lo cual sería como obtener todas las papeletas del sorteo de un naufragio–, me lanzo a la aventura de reflexionar acerca de algo muy de nuestros días, tan pobres en buena literatura y tan ricos en mala vida, pese a que a veces parezca lo contrario, lo cual es una contradicción pues fue siempre ésta –la mala vida, en el buen sentido– la generadora de aquella –la buena literatura, al fin fruto de la vida vivida–, y esto me hace pensar una vez más y reafirmarme en el pensamiento de que vivimos un mundo peor, de manera independiente a la nueva realidad de la Era distópica que ya nos atrapó.
            Ya veníamos viviendo en un mundo peor y todo estaba siendo sometido aunque fuera al mercado, en que el egoísmo ya era la razón de ser de cada cual, en que mirábamos cada vez más y veíamos cada vez menos, en que los muertos paseaban por la calle y la depresión asentaba sus reales en nuestras vidas sin ni siquiera darnos cuenta. Un mundo vigilado, de la desconfianza, del dolor, del suicidio, de la autodestrucción, del ruido, del horror al vacío, del pánico al silencio. Un mundo en que se confundía al más agresivo con el más fuerte y en el que cada día tenían menos cabida los resistentes, que ni son fuertes ni son agresivos pero estaban desde siempre abocados a sufrir golpes por sistema –y lo sé por experiencia–. Un mundo de granito y acero inoxidable, árido y frío, de apariencia indestructible, de fuegos fatuos, lleno de emociones descontroladas. Un mundo que daba miedo. No loco sino desquiciado, esquizo e imprevisible. No puede sorprender, pues, que los de arriba aprovechen la pandemia para hacer su faena maestra.
                Un mundo en que todo el mundo escribía, por ejemplo, al punto en que era mejor no decirle a nadie que tú también lo hacías... De golpe acabo de recordar ahora una publicación de mi amigo Luis Bugarini de septiembre de 2016 en su blog “Asidero” de la revista mexicana Nexos, titulada “El auge del palabrero”, y de la que saco una cita literal: “Como nunca antes había sucedido, ahora la condición de escritor se otorga con apenas méritos”... En efecto, todo el que escribe líneas cortas es poeta y el que hace parrafadas es narrador –o lo que es peor: novelista–. Todo ingenioso tiene frases memorables que escribir y compartir con los demás, para que le aplaudan. Hay quien dice sin pudor que tiene fans... Oigan, que no. Que esto es un oficio, y nada fácil, por cierto. Que hay mucha gente con libros publicados que no son escritores, que no pueden serlo, que están a años luz de la posibilidad de convertirse en ello. Y pasa lo mismo con el periodismo. Por definición es periodista –y pactemos con la realidad– todo aquel que es contratado por un medio de comunicación. Pero eso no le hace periodista, como tampoco lo son los que aprovechan, que son mayoría, las redes sociales para dar “noticias”. Por esa misma razón, periodistas somos todos y, por tanto, carece de sentido el periodismo. Ser periodista, como ser escritor, no es fácil. Hay que tener disciplina, rigor, autocrítica… Sin embargo, la frivolidad se instaló ya hace mucho, a lo que parece de forma muy enraizada, en nuestras vidas, y estamos en una época como ninguna otra de la consagración del todo vale, elevada ya a la enésima potencia con la distopía que nos tiene en la burbuja, y por la que cobra especial y urgente relevancia la necesidad del verdadero arte y la verdadera literatura o el periodismo de verdad, tan grave cuestión que quizá por ello la vemos prescindible. Y creo de verdad que lo que falta en el mundo es imaginación, espíritu, valentía, capacidad de amar y conciencia, elementos sin los cuales no podremos llegar a ningún sitio pero que son los primeros que solemos tirar a la basura.  
            La verdad resulta incómoda o incluso nos parece más defecto que virtud. Sin conciencia –esto es, sin ella–, hacer lo que a cada uno nos venga en gana es muy fácil, sin tener en cuenta nada ni a nadie. Así, todos vamos a lo nuestro, sin importarnos en absoluto ninguna otra consideración ni límite. Y en esa tesitura, ganancia para pescadores: resulta que alguien, en nombre de un “bien superior”, nos pone los grilletes. 
            A la hora de transformar en positivo el estatuto de las cosas no se trata de aplicar una mala e insana interpretación de la solidaridad, esa palabra tan mal usada y tan vaciada de contenido y de tantas connotaciones hermosas como tiene. Lo primero que falta en el mundo es amor. En el incremento de nuestra capacidad de amar, de transmitir la luz, de hacerlo empezando por amarnos a nosotros mismos –que es otra cuestión fuera de moda y confusa–, estará la virtud más revolucionaria que pueda nadie imaginarse, la antesala de la fertilidad y la superación de este mundo nuevo espantoso que nos cerca. Claro que si consideramos esto una solemne tontería llegamos a donde estamos y, zas, lo que nos entra es ganas de morirnos –y hayh muchas maneras de hacerlo–, otra gigantesca consecuencia de lo que hay, porque tener ganas de morirse es, en realidad, un nuevo acto de soberbia, y como bien sabemos, la soberbia es el principio de la infelicidad.
            No seguiré por la vía filosófica. Al final lo que hay que hacer es pedagogía. El caso es que si nos amamos a nosotros mismos y alcanzamos la humildad tendremos la capacidad real de ver el mundo, y amarlo, y a través de ello ser sensibles a la realidad, observarla, analizarla, verla y transformarla. Deberíamos olvidarnos de posturas de rebeldía sin fundamento, tales como sentirse al margen de la sociedad, pues es un contrasentido, y nadie encuentra la libertad negando su condición de ciudadano. Y ahí es en donde entran en juego la imaginación, el espíritu y la valentía, teniendo conciencia de que los grandes esfuerzos son buenos si están acompañados de pequeños y cotidianos esfuerzos, si vivimos con plenitud y afrontamos el reto, sabiendo a ciencia cierta que no hay reto imposible por mucho que lo parezca. Para ello solo habría que apelar a la imaginación, a la capacidad de saber que la vida existe –y hasta en nosotros mismos, miren por dónde– y que nos invita a transformar el mundo, un mundo que no nos agrada y ante el que nos sentimos rebeldes, porque hoy se nos presenta carente de sentido y de esperanza. 
            Y como no hay nada peor que un mundo triste que niegue la esperanza, creo con sinceridad que nos deberíamos preguntar qué hacer, ¿sentarnos a oírnos a nosotros mismos?, ¿lamentarnos acaso y no hacer nada porque creemos que nada es posible? Espero que no. La observación de la sociedad actual nos invita a comprometernos aún más, a olvidar el miedo al fracaso y a pensar en positivo, porque solo triunfa el que se lo propone. Yo no sé ustedes, pero yo pienso hacerlo, y para ello me propongo, verbigracia, desterrar de mi vocabulario las palabras que suenen a desidia, a fracaso, a falta de ilusión o a ver el vaso medio vacío. 
            Si no, la novela-río en que puede convertirse nuestra vida se desbordará antes de llegar al mar, y el naufragio –que puede ser bonito verlo en películas pero que en la vida real es horripilante– nos apresará, y todo ello será la consagración de una realidad deleznable: estaremos viviendo de forma definitiva en un mundo peor sin solución posible. Un mundo ennegrecido con apenas sombras.
Fotografía:  "Un mundo ennegrecido con apenas sombras". ©M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 28. Distopía IX: “Yo soy tu padre”. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 21

Distopía IX: “Yo soy tu padre”
Por Manuel Pérez-Petit

Cierto es que el año p. 1 d.p., en éste su discurrir como cuchillo en mantequilla en nuestras existencias hacia la perdición de la Era distópica que se adueña de nosotros con la misma sutileza con que el canciller Palpatine se adueñó del joven padawan de jedi Anakin Skywalker, de alma, vida y corazón, todo lo ha trastornado como por ensalmo, generando un desconcierto sin precedentes en la historia. Pero hoy no hablaré de ello.
            Cierto es que hubo otras pandemias y catástrofes con anterioridad, y desde siempre, que generaron caos y luego reconversiones, transformaciones y radicalizaciones de todo tipo, pero no lo es menos que una vez pasada la tormenta todo volvió a ser igual, y así una y otra vez hasta nuestros días. Sin embargo, en este artículo no abordaré tampoco este asunto.
            Cierto es que esta pandemia de la tercera década del siglo XXI es, a lo que vemos, diferente a todas las anteriores, en esencia y en trascendencia. Ha venido para quedarse –qué duda cabe– y los poderosos del mundo han tomado, con agilidad de cancerbero mítico, la sartén por el mango de nuestras existencias, incluso como nunca antes, para ahogarnos en su bilis venenosa, aunque este tema lo dejaré para otro día.
            Cierto es que en mi Líneas de desnudo del pasado 5 de febrero, titulado “Distopía VI:  La nueva Era (1)” defendía que la Era distópica “es una regresión gigantesca para la Humanidad”, y añadía que de “más de doscientos años”, porque de algún modo nos regresa a la sociedad estamental y de control imperante desde la baja edad media hasta el siglo XVIII, y cierto es que si bien aquellas monarquías absolutas lo controlaban todo no sabían quién era cada cual –y en el fondo les daba lo mismo–, y, sin embargo, ahora, saben de todos y cada uno no solo fe de vida y penales sino si hasta si tenemos, por ejemplo, una incipiente caries en la parte interna del segundo molar superior permanente del lado izquierdo, pero no lo saben por la ficha del dentista –pues lo saben antes de que éste la certifique e incluso antes de que a uno le duela– sino por el chip que nos implantan –y hasta lo harán de manera física, y si no al tiempo– para saber, anclados a sus poltronas de poder en oscuros despachos con olor a azufre aunque muy desinfectados, quién es quién y cómo manejarlo por completo en la arácnida sociedad diseñada de manera oportuna en la que ejercen un control omnímodo del universo, cuestión que vengo abordando pero acerca de la cual hoy pido disculpas por no abordar.
            Cierto es que hoy ya hemos certificado por decreto la muerte real de la libertad en aras de un “bien común” abstracto y demagógico pero oportuno a sus intereses y de una nueva “libertad” en que controlan no solo nuestros pensamientos e intenciones sino hasta si nos hemos hecho recta o torcida la raya a la izquierda al peinarnos el cabello esta mañana, y lo hacen sin pudor, con luz y taquígrafos y sin necesidad de ponernos una pistola en la cabeza. Y hoy, de todos modos, tampoco me apetece hablar de esto.
            Cierto es que ya hemos certificado por decreto la abolición real de la persona mediante la potenciación interesada de conceptos tales como los de individuo o número –que ya se están imponiendo–, y que no tardará mucho en inaugurarse un mundo feliz para regocijo y solaz de unos pocos y el ordenamiento “eficiente” de todos los demás, nuevos parias de la tierra con códigos de barra y vigilancia continua, de lo que en esta ocasión me abstengo de hacer comentario alguno.
            Cierto es que el lado oscuro, el reverso tenebroso, es “más rápido, más fácil, más seductor”, como el maestro Yoda le dijo a Luke durante el entrenamiento de éste en el planeta Dagobah, y no lo es menos que los dirigentes del mundo no solo han caído en él –estaban más predispuestos que el Chavo del ocho a transgredir las normas, poniendo caras de tonto, dicho sea con todo el respeto al Chavo del ocho– sino que hasta los funcionarios intermedios del sistema se apuntan a ello en masa, pletóricos de alegría, pues el nuevo estatuto de las cosas así lo prescribe. Y a qué decirles que no comentaré esta realidad en la presente entrega.
            Cierto es que ya hemos certificado por decreto la muerte real de la democracia a manos del nuevo totalitarismo que ejerce de facto ya el gobierno –y los gobiernos– de la nueva sociedad, los nuevos monarcas absolutos, el nuevo estamento de los jefes del mundo, con su estrategia grabada en piedra ya de palo y zanahoria... , y, ahíto de dolor como me encuentro, tampoco quiero enfrentar esta materia en estas líneas... 
…
            Y lo cierto es que, entre mis tareas, mi arrastrar la bola de dolor que estoy hecho –solo por el hecho de ser persona y creer en la libertad– por los calendarios más duros que recuerdo de mi vida, mi torpe y escabroso atravesar el desierto que me toca –y en realidad nos toca a todos– y mi levantarme en cada momento con el alma llena de ciática –doblados por el espinazo como andamos–, ya ni recuerdo de lo que de verdad quería hablar en este artículo, pero lo que sé es que toca armarse de esperanza y amor y fe –lo cual es un trabajo hercúleo en esta tesitura en que todo es frío como el acero y difuso como niebla londinense– si no queremos vernos cara a cara con la nueva realidad –que son los nuevos dirigentes, nuestro smartphone, nuestras píldoras diarias de autocontrol y soma, ...– y ésta nos diga, mientras nos vence con su sable de luz de las tinieblas, con voz de ultratumba –lo cual sería ya nuestra perdición–: “Estás derrotado. Resistir es inútil. No te dejes derrotar como lo hizo Obi-Wan... No hay escapatoria. No me obligues a destruirte... Todavía no te has dado cuenta de tu importancia. Solo has empezado a descubrir tu poder. Únete a mí y yo completaré tu entrenamiento. Combinando nuestras fuerzas, podemos acabar con esta beligerancia, y poner orden... Yo soy tu padre... Juntos dominaremos el mundo como padre e hijo. Ven conmigo. Es el único camino...”

 
   
Fotografía:  ©M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 27. El elegido 3: Anakin Skywalker, víctima de sí mismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 27

El elegido 3: Anakin Skywalker, víctima de sí mismo
Por Manuel Pérez-Petit

“Aprender a liberarte de aquello que, precisamente, perder temes” fue el consejo que el maestro Yoda le dio al joven Anakin Skywalker, no en vano el miedo siempre ha sido una puerta al lado oscuro de la Fuerza. El joven padawan –aprendiz, para los legos en la materia– del maestro jedi Obi-Wan Kenobi se había enamorado en secreto de Padmé Amidala, a quien conoció siendo niño en Tatooine, en el límite exterior, desconocido hasta entonces y famoso en el futuro –y no solo por sus dos lunas–, su planeta de origen. Cuando la conoció le preguntó si era un ángel. Tiempos difíciles aquellos, pero muchos más complejos los que tuvieron lugar durante las guerras Clon, cuando surgió, contraviniendo las normas jedi –que prohíben de manera expresa apegarse a nadie–, el amor incontenible entre Padmé y Anakin, que se casaron en secreto en el planeta Naboo. 
            Después llegó lo inevitable, la otrora reina de Naboo –una monarquía no hereditaria sino electiva– y, en ese momento, representante de su propio planeta en el Senado de la República intergaláctica, queda en estado de buena esperanza. Anakin se enteró de la noticia a su regreso de una misión con su maestro en la que habían rescatado con gran riesgo al canciller Palpatine de las garras del conde Dooku, muerto en ese lance a manos del propio Anakin. Sin embargo, en lugar de dar lugar a la felicidad que suele provocar una noticia de tal calibre, esto generó en el joven pesadillas y ansiedades que le llevaron a consultar al maestro Yoda.
            Por entonces, hace mucho tiempo, en una galaxia lejana, muy lejana, se vivía una cruenta guerra civil que luego desembocaría en el terrible primer Imperio intergaláctico, maquinado por Lord Sith Sidious, cuya identidad en ese momento no se había desvelado y hasta se dudaba de su existencia, pues los jedi vivían convencidos de que los sith habían sido exterminados hace mil años, aunque eran conscientes de que en el proceso guerracivilista el enemigo eran gentes –no se puede decir personas porque había fauna de todo tipo y hasta cyborgs– que se habían pasado al lado oscuro. 
            Anakin era hijo de Shmi Skywalker, una esclava de origen desconocido que había sido llevada al planeta Tatooine y era propiedad de un comerciante de chatarra llamado Watto, espécimen de una raza de seres alados originarios de Toldaría y llamados toydarianos. Su concepción está envuelta en el misterio, pues Shmi afirmaba que Anakin no tenía padre. El niño creció y desarrolló una gran inteligencia y una notable vivacidad, al punto de estar construyendo en sus ratos libres sin la menor ayuda un androide de protocolo al que llamó C-3PO, capaz de dominar seis millones de formas de comunicación. 
            Cuando contaba con 9 años de edad conoció a Padmé. En aquel tiempo era esclavo, como su madre, de Watto. La entonces reina se encontraba huyendo de Naboo, que había sido invadida por la Federación de Comercio, acompañada de un reducido séquito personal, el maestro jedi Qui-Gon Jinn y su padawan Obi-Wan Kenobi y el droide astromecánico R2-D2. Por una avería en su nave, tuvieron que detenerse en Tatooine. Los jedi se dispusieron a ir a buscar las piezas que necesitaban con el droide y Padmé, en principio una doncella de la reina pero en realidad la reina misma de incógnito, pues, como ella dijo después, utilizaba señuelos que se hacían pasar por ella como medida de protección personal.
            Después de varias peripecias, los jedi obtuvieron la libertad de Anakin, y con más razón al descubrir que el niño poseía una cantidad nunca vista antes en sus células de midiclorianos, criaturas microscópicas simbióticas gracias a las cuales se puede entender los designios de la Fuerza y hasta es posible que dé la vida... Qui-Gon Jinn se llevó consigo al niño, con la promesa de convertirlo en un jedi, y cuando lo presentó al Consejo Jedi surgió entre sus integrantes la duda de que pudiera tratarse de el elegido. La leyenda contaba que un día un jedi llegaría para dar equilibrio a la Fuerza… 
            Así comenzó Anakin su entrenamiento como futuro caballero jedi, a manos de Obi-Wan, quien lo tuvo bajo su tutela durante diez años, al término de los cuales tuvo lugar su reencuentro con Padmé. Que no se vieran antes no se explica en esta saga que en realidad es un western en el que en lugar de fusiles winchester se usan sables de luz y en lugar de con revólveres se resuelven las batallas con pistolas de agua que disparan rayos. El reencuentro de Padmé y Anakin coincidió con una creciente amistad de éste con el canciller Palpatine, quien con mucha habilidad va consiguiendo de manera paulatina manipularlo. A eso ayuda la impulsividad y la falta de autocontrol –sobre todo en lo que se refiere la ira, la demora y la frustración– del joven todavía padawan, que le lleva a infringir en numerosas ocasiones –sin confesar incluso– las normas de los jedi, como todas las derivadas de la ira –que no son pocas en su caso– o, sin ir más lejos, la de enamorarse y apegarse a alguien, y en esto no tuvo medida, llegando a contraer matrimonio con su amada. 
            Palpatine lo nombró su representante en el Consejo Jedi, convirtiéndose en el miembro más joven de la historia del mismo, pero no obtuvo el reconocimiento de maestro, lo cual le produjo una fuerte frustración, con la que comenzó en realidad su viaje al lado oscuro. Sus pesadillas, que eran acerca de la muerte de Padmé fueron acrecentándose, a partir de lo cual se convirtió en su obsesión salvar la viuda de su esposa, cuestión que el canciller le prometió si seguía sus consejos, entre los cuales se encontraban enseñanzas sith. Poco después, el propio Palpatine se manifestó como Lord Sith Sidous, y aunque Anakin lo comunicó al Consejo, ya era tarde para él. Cuando fueron a detener al canciller, actuó a favor de él y se sometió a su enseñanza, siendo rebautizado como Lord Darth Vader. Ayudó entonces a su nuevo maestro a ejecutar la orden 66, que consistía en el exterminio absoluto de los jedi, de lo cual solo escaparon el maestro Yoda y Obi-Wan Kenobi. Una vez activada y en ejecución la orden, Anakin acudió al Templo jedi, donde vivían y aprendían las enseñanzas jedi numerosos niños, y los asesinó a todos, tal y como descubrieron poco después Yoda y Obi-Wan, cuando se reagruparon para analizar la situación.    
            El canciller Palpatine declaró en el Senado la ley marcial y la transformación de la República en el Imperio y se autonombró emperador. Poco después, Padmé supo de la deriva de Anakin, lo que la sumió en una gran tristeza, y viajó al planeta volcánico Mustafar, buscándolo. Su embarazo estaba muy avanzado, pese a lo cual discutieron y Anakin la agredió, dejándola inconsciente. En la nave en que ella fue en su búsqueda viajaba también de incógnito Obi-Wan, que se enfrentó en un duelo con sables de luz al que había sido hasta hace poco su aprendiz, venciéndolo, tras lo que llevó a Padmé a la base secreta de asteroides Polis Massa, en donde ella dió a luz gemelos a los que puso por nombre Luke y Leia, muriendo en el parto. Modificaron su cuerpo para que pareciera que seguía embarazada al momento de su muerte y Yoda y Obi-Wan decidieron separar a los niños. Leia fue adoptada por el senador Organa en el planeta Alderaan y Luke, llevado a Tatooine, donde sería criado por el hermanastro de Anakin, Owen Lars, y su esposa. 
            El emperador rescató a Anakin, ya Lord Vader, que había quedado malherido de su duelo con Obi-Wan, y lo sometió a una curación tecnológica espantosa, convirtiéndolo en un cyborg. Cuando se repuso, Vader preguntó por Padmé y recibió por respuesta que él mismo la había matado en un ataque de ira, lo que terminó de rematar su conversión profunda al lado oscuro.
            Es el caso de Anakin Skywalker, una víctima de sí mismo, de sus miedos, de sus heridas... Un elegido por causas biológicas, por lo que su naturaleza era inevitable, aunque si no lo hubieran descubierto los jedi en Tatooine en su día igual hubiera pasado desapercibido a la historia. Sin embargo, se lo llevaron en la esperanza de que fuera aquel al que se refería la leyenda, y, más tarde, sus limitaciones personales y su inmadurez le llevaron a elegir un camino no previsto en la leyenda del elegido que debía llevar el equilibrio a la Fuerza. Pero el apellido Skywalker y su árbol genealógico posterior dará mucho que hablar. Es cosa del destino, ese fatalismo en el que muchos creen, negando de paso la libertad, pues todo comenzó con una profecía acerca de la cual el maestro Yoda dijo en otro momento: “que mal interpretada pudo haber sido”.
 Máscara de Lord Darth Vader
Fotografía:  Máscara que impuso el emperador a Anakin Skywalker, ya convertido en Lord Darth Vader, en la intervención a la que lo sometió por las graves heridas derivadas del duelo que éste mantuvo con Obi-Wan Kenobi en el planeta volcánico Mustafar (la imagen es de dominio público).

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.