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Cajón de rubores. 41. Apuntes del subsuelo 2. Antonio Florido





                                                                   

Apuntes del subsuelo (2)
                       Antonio Florido
                


LA CONCIENCIA Y OTRAS ENFERMEDADES

Capítulo II

La primera pregunta que uno lee en este capítulo es por qué ni siquiera pudo cambiarse en insecto. Pienso en Kafka, y en su famosa historia. Es normal. Escribir es una cadena que te encadena a lo de antes, a ti mismo, incluso esta misma cadena te aferra a lo que uno supone el porvenir, eso es, dejar un legado, o simplemente escribir como sea porque como sea te da la gana. Aun así, es imposible no pensar en Franz. El autor intentó escapar de sí mismo, convertirse en cualquier cosa, de ahí este ni siquiera. Luego nos habla de la conciencia. No depura, sino que nos saca de pronto este concepto, como si en realidad le importase. Esta experiencia subjetiva del conocimiento, en este caso, de su propio yo, y de los elementos que le rodean en el día a día es, dice, extremadamente sensible, de manera que todo le influye, todo lo percibe, todo le duele, y seguramente experimentará también un deleite (¿exquisito?) en esta realidad suya, en esta mezcla de sufrimiento y gozo, de ser y no ser, en esta lucha singular y única, porque única se nos muestra en cada ser, en este constante dudar (lo vemos notoriamente en el caso de Raskolnikov, ¿recuerdan?), en esta zozobra mareosa en la que intenta, agitando los brazos, como un ser siniestro y angustiado, salvar su alma.

Atención, memoria y pensamiento se condimentan con las palabras de su inseparable Grigorovich, cuando, en la penumbra de ese soberao que a duras penas podían costearse entre los dos, le aconsejaba que dejase de una vez de escribir en revistas de mala muerte. Tal vez Fiódor llevase grapadas esas palabras hasta el final de su vida, quién sabe.

Odia a Petersburgo. No lo digo yo. Así lo ha escrito. “La ciudad más abstracta e intencional de todo el globo terráqueo”. ¿Trabajo en equipo? No. No podría ser de esa forma. Fiódor es individuo. Es solitario. Es pobre. Es sumamente inteligente (más de una y de dos y de tres veces se jacta de ello, con lo que se nos muestra, más allá de toda índole ficcional, un hombre que vive (que sufre) la agonía de saber que es. Al que no le importa, como a la mayoría, afirmar lo que de verdad cree y siente y experimenta, en el lodazal nauseabundo de las gentes de su época.

Me resulta interesante el punto de vista de Dostoievski de que su hipersensibilidad la vea como una enfermedad. La percepción de la propia conciencia, como algún síntoma patológico de algo oculto que le roe y destruye. “Cualquier dosis de conciencia es una enfermedad”.

Compartimos con él esa vergüenza que nace en el momento en que alguien se fija en ti y crees que sabe todo sobre ti. Me sobrevino en la niñez tontuna, cuando te tratan como eso, como si fueses un tontuno niño. Luego leí sus primeras páginas y caí en la cuenta de que no era el único, ni por supuesto el primero, ni tampoco, por supuesto, el último, pero esta afirmación en lo que yo pensaba era lo concreto (no en el sentido latinoamericano) y me daba un asco insoportable. Cuando más tarde noté que los árboles habían cambiado de color y que sus cortezas se me mostraban ahora como más arrugadas, pensé en lo anterior y me dije que nada había cambiado, que el lodazal seguía ahí, siempre en la línea de mi camino, y que ese barro tan plástico me obligaba a cambiar de rumbo, a tomar un atajo (a mentir) constantemente, para conseguir mi propósito, el de vivir con decencia, arrostrando ese lamento quejoso por poder respirar; me cercó también el conocimiento de que debía pedir perdón por decir lo que quería, lo que sentía; pedir perdón por observar más que los demás, por oler el campo sobre el alquitrán de las calles, por imaginar un desnudado pudor y no distinguir el odio anclado en mí desde el inicio. Al hombre que espía de soslayo, al hombre que murmura, al hombre que pierde el tiempo de su vida sin darse cuenta. Odio al simple sonido de las palabras cuando estas palabras están de sobra porque de nada sirve disentir, ni asentir, como un loco, como un loco suelto, como Efímich, como Nejliúdov, como Anna Akímovna, la señorita entre las más señoritas del reino de las mujeres, a la que la avergonzaba depositar sobre la mano borrosa del desarrapado una simple moneda, una limosna; la que sufría porque ellos, los desfavorecidos, los pobres de los pobres, resistían el hambre propia y el hambre de sus buenos hijos.

Por tanto, este hombre vive en un disimulo que fluye como la sangre de sus venas. “Me roía a mí mismo, a dentelladas”. Un poco más adelante nos expresa que tener conciencia de su propia conciencia, de esa hipersensibilidad de la que hablamos al principio, le produce una especie de deleite. Y continúa hablando de su acendrado amor propio, tanto amor hacia sí que estaría alegre si supiese, a ciencia cierta, que se ha convertido, de la noche a la mañana, en un desalmado, en un orgullo de hombre que, perdido, se encontró en el espejo diurno de su realidad. “También la desesperación tiene sus momentos de placer intenso”.

Termina este capítulo segundo con la culpa. ¿La culpa de ser feliz, de ser infeliz, como Tolstoi y Sofía; la culpa de haber nacido, de tener que morir aunque se quiera, sí, esto digo, aunque se quiera; la culpa por haber olvidado que se vive con los demás, en un rebaño disperso, o concentrado; la culpa por qué, por mirar, por hablar, por sentir y saber, por sufrir, por entender que este drama irrisorio de la vida no es más que una mascarada; la culpa por tener que callar, obedientemente; la culpa aun sabiendo que no has hecho nada, que eres y has sido siempre inocente, honrado, pobre, bueno?


Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 126. Ajuste de cuentas. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 126

Ajuste de cuentas
Por Manuel Pérez-Petit

Cada vez me quedan menos cosas que cumplir antes de volver a verte.

M. P.-P.
Llevaba una doble vida. Era uno en la casa y otro en la calle. Tenía muy claro que ser padre no era lo mismo que ser hombre. Toda su suerte se la jugó a una inteligencia privilegiada por lo que era esponja, a que era listo como el hambre que llegó a pasar, a que era guapo y a que unía estos atributos con peculiar destreza. Exento de instrucción, pues apenas pudo cursar la primaria antes de que en 1950, a sus 13 años, se tuviera que hacer cargo de mantener a su madre y a sus dos hermanos pequeños en aquella España del hambre y provinciana. Trabajó primero un tiempo como aprendiz en una carpintería, de lo que sacó un conocimiento acerca de maderas nobles que es imposible de encontrar en ningún libro. Luego, creo recordar que su tía Rosa, que cantaba mejor que la Niña de los Peines, le dio veinte mil pesetas de entonces –una fortuna–, y comenzó a dedicarse a las antigüedades. 
            Su madre, más jerezana que Lola Flores, era hija del cirujano de la plaza de toros de Jerez de la Frontera, Luís Felipe Arrans, y su más arraigada costumbre era pasear en coche de caballos por las tardes. Eso cambió cuando contrajo nupcias con Facundo Pérez, de Olivares, que tenía una perfumería en la sevillana plaza del Salvador, entre las calles de Sagasta y Lineros, una de las mejores casas de su pueblo, hacienda y un asma pavoroso que en una desgraciada madrugada de 1940 se lo llevó por delante, dejando viuda con dos hijos y encinta del tercero. José Antonio tuvo que hacerse cargo de la familia diez años después, el tiempo en que su madre consumió lo que su difunto esposo había dejado.
Su capacidad de aprendizaje fue asombrosa, aunque inferior a la que tuvo para vivir. De lo primero soy testigo, lo segundo lo he sabido con los años. He oído, eso sí, a muchos referirse a él como genio, pero si esto es verdad o no yo nunca pude verlo. Nadie sabía ni sabe de pintura y de pintores tanto como él. Catedráticos de las más diversas ramas lo buscaban para consultarle, y sus peritajes llegaron a alcanzar un notable prestigio. 
En la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado, en unas reuniones de Acción Católica en casa de Manuel Petit y María de la Paz Caro, conoció a la hija mayor de éstos, segunda de sus hermanos, María de Loreto, y nada más la vio lo supo. El 2 de agosto de 1965 se casaron.
Así fue toda su vida. Al principio, muy de mecha corta y con los años su carácter se fue dulcificando. Todo un personaje que a nadie le resultaba indiferente. Yo no lo conocí, él nunca lo quiso, en su papel de padre asimilado según Dios le dio a entender, pero pongo en valor el valor que tuvo en mantenerse fiel a sus ideas y su generosidad para apoyarme a su manera. Era un hombre extremadamente generoso.
Fruto de su matrimonio, el 20 de enero de 1967, nací yo, que me estoy guardando lo que no escribo, pues valgo más por lo que callo –y también en los demás ámbitos de mi vida– que por lo que digo. Tengo para escribir lo inimaginable. Para mí es como una sombra que nunca pude ver a la luz y que he ido y seguiré descubriendo. Me parezco mucho a él, salvo en lo listo y lo guapo –así soy de inútil para la vida práctica–, y está tan presente en mí que, a veces, me asusto. Lo echo de menos tanto que no puedo ni expresar lo que ese hombre –en realidad tan ajeno y tan íntimo a mí– supone en mi vida. Falleció tal día como hoy, 14 de febrero, de hace 11 años. ¡Qué más quisiera que haber llegado a conocerte! Al menos, Dios me premió al permitirme ser la última persona que mantuvo una conversación contigo, junto antes de echarte a dormir, a tres días de morirte.
Me ha costado 11 años escribir acerca de ti, joder, papá, y hasta me parece un ajuste de cuentas. Pero no lo es.
__________
Notas de autor
1) Apenas esbozando este texto me llega una noticia que me parte en dos, la del fallecimiento de mi muy querido amigo Francisco Higuera Molero, que me ha tenido paralizado buena parte del día. Paco, me hubiera gustado, coño, despedirme de ti en El Negro. Pronto tendré que ir por Madrid, y allí y en la Caserola, que espero que sigan abiertos, beberé a tu salud. No sé si darte un beso o un tortazo por haberte ido. Te dedicaré en estos días unas líneas de desnudo, compañero.
2) Me llevan los demonios cuando pasan días y no escribo, y por partida doble si además con ello falto a mis promesas. Justo eso me está pasando, pero lo prometido es deuda, y yo soy de los que las cumplen. Prometí artículos que no he escrito. Cumpliré y prometo no volver a prometer.
   
Esquela que en su día hizo Irma Martínez Hidalgo para Sediento Ediciones con motivo de la muerte de mi padre.
Fuente de la imagen: Archivo de Sediento Ediciones, propiedad de M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.

Cajón de rubores. 40. Apuntes del subsuelo 1. Antonio Florido





                                                                   




Apuntes del subsuelo (1)


PRIMERA PARTE: SUBSUELO
Capítulo I

El texto dice: “Soy un hombre enfermo…Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático.” Vemos que, al contrario del resto de escritores (me refiero a esos escritores vulgares), los que consideran que repetir las mismas palabras en tan poco espacio no es estéticamente admisible, Fiódor lo hace, y lo hace con una naturalidad que asusta. Añado aquí que las mentes claras se expresan de manera clara y que escribir con suma naturalidad es lo más difícil para un escritor. Luego añade: “Creo que padezco del hígado”.

Este creo fue tomado más tarde por Camus cuando comienza su novela El extranjero y dice que cree (no está seguro) que su madre ha muerto, pero que no sabe a ciencia cierta si murió hoy mismo o lo hizo ayer. (Es un dato al menos curioso). A Fiódor, es decir, al personaje que inventa pero que no cabe duda que se refiere a sí mismo, no le importa nada el mundo (en sentido religioso); no le produce ninguna inquietud si su cuerpo está sano o no. Sólo le interesa el interior del ser, esto es, saber que es, como afirma más adelante, supersticioso, despechado, antipático, grosero… O sea, un hombre que vive hacia adentro en vez de hacia afuera, como la mayoría de nosotros, hombres y mujeres rabiosamente actuales. (Sonrío leve y cínicamente.)

Confiesa que fue funcionario. Luego apunta que fue un mal funcionario. Salvo en casos especiales, agrega, cuando el cliente que acude a la Administración para requerir sus servicios es tímido. En ese caso, dice, me divertía haciéndole jugarretas malintencionadas (…y sentía un placer inmenso cuando conseguía disgustarlo…) y esta actitud suya la compara al hecho de espantar gorriones. Noto, de esta forma, un hombre disgustado consigo mismo y con la época que le ha tocado en ciernes, también con la atadura a esa enorme

Administración para la que trabajaba con el único fin de ganarse el sustento. Es decir, un ser triste, descontento, malhumorado, al punto de que es capaz de alejarse de sí mismo para tomar perspectiva de su circunstancia y hacer brotar la risa sarcástica de su tétrica figura. Más o menos lo que muchos de nosotros hacemos cuando tenemos la mala suerte de dedicarnos a algo que no nos gusta nada, esto es, pienso, la mayoría.
Aquí me siento inundado de múltiples sentimientos. Por un lado, mi alma se une a su alma. Entiendo que alcanzo a comprender lo que siente. Le tomo del brazo y con la mirada le indico que tome asiento. Afuera no brilla el sol; es un día nuboso, pero aquí, en el interior del café, se está bien.

-Un café solo y en vaso largo, con dos sacarinas. ¿Tú…?

-Nada.

-¿Nada?


No me responde. Mira al tablero de la mesa y entrecierra los ojos.


-Querido Fiódor, ¿Acaso nunca te conmueves, dime?


Fiódor levanta su frente, abre los ojos y dice: “Sí. Mi vida es un constante sufrimiento. Por mí. Por los demás. Por la trágica tesitura en la que Dios nos ha colocado…”

Guardo silencio. Él también guarda silencio. Un silencio grave, espeso, irritante. Aprovecho este hueco en el tiempo para seguir.
El personaje nos comenta que de vez en cuando miente, y cuando le pregunto el motivo de esa postura me confiesa, en un murmullo, que lo hace para divertirse.

-¿Por qué?

-Porque el mundo no me entretiene. Lo hago con las personas, en una especie de venganza por ser como ellos, por ser nacido como ellos, porque todavía no he logrado convertirme en un insecto. Pero no me preguntes más porque tú también te arrinconas como yo, bajo el suelo, con tu cuerpo ovillado, con el ansia de desaparecer, de hacerte tan pequeño como la felicidad que nunca logro.

-¿Qué te retrae?- le pregunté.

Tomó un sorbo de nada porque nada había pedido, yo acabé lentamente mi primera tacita de café.

-El remordimiento. El remordimiento por no poder ser nada, por no poder ser nadie, por no querer ser nadie, ¿entiendes? El pesar. Me puede ese peso tan gigante de la vida. Vosotros, tú mismo, deseáis. Yo ni siquiera tengo esos inútiles deseos humanos. Recuerdo a mi padre, a mi maldito padre. Recuerdo a mi difunta amada, a mi difunto hermano. ¿A quién, de verdad, recuerdas tú? ¡Dime! Y todos estos sentimientos me bullen y roen por dentro, me desquician, por eso me tomo a chanza las ocurrencias de esos seres vulgares e ignorantes que acuden a mi mesa con los papeles en las manos. Me río. Me divierto con eso, con algo. Cuando el cliente me cae bien entonces cambio y le recibo con gracia y amabilidad; es cuando me transformo en un buen funcionario. Por eso mentí antes. ¡Pero vámonos de aquí, ya te he abierto el alma, qué más quieres!

Fiódor, (el personaje) se levantó serio, apuntó con el gesto a que le siguiera. En la calle soplaba un viento raro, como de humo, con el tranvía gateando la cuesta, como en aquella Rúa dos Douradores, donde hablé con Fernando, hace mucho.



Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 212. La aparente inmovilidad. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                    

                        Polvo del camino/ 212

                       La aparente inmovilidad
                       Héctor Cortés Mandujano

  Ningún animal doméstico es capaz de una quietud igual a la de un animal salvaje

                                                            Isak Dinesen,
                                                    en Memorias de África

Cuenta Isak Dinesen en Memorias de África (RBA, 1993) que hizo un estanque cerca de su casa, en África. Un día (p. 161): “cacé un cocodrilo en el estanque, fue algo muy extraño, porque debió de vagar unas doce millas desde el río Athi hasta llegar allí. ¿Cómo pudo saber que había agua en un sitio que nunca la había tenido antes?”.
Mi primo Paco Méndez nos invita a comer a la Sima de las cotorras, municipio de Ocozocoautla. Mi mujer acepta encantada el garrobo en salsa de tomate (yo como otra cosa) y pregunta cómo llegó esa delicia hasta sus platos.
       Paco nos cuenta que hay, dentro de las cuevas rocosas de la sima (140 metros de profundidad y 160 metros de diámetro), muchas iguanas y garrobos. Él estaba justamente en la sima de la Sima cuando escuchó jadeos de estos reptiles que tal vez estaban en una ceremonia de apareamiento o nada más peleando. Oyó el ruido de un objeto caer. No era una piedra, evidentemente. Se dirigió con rapidez al lugar donde suponía había caído algo y halló a dos animales en posiciones distintas: el garrobo, en agonía, por las heridas que le habían hecho allá arriba y por el golpazo, la caída de tantos metros, y una boa constrictor que iba en su dirección a comérselo.
Lo que le sorprendió fue cómo el ofidio pudo darse cuenta, de forma tan inmediata, de que lo que había caído era un bocado apetitoso. Paco, que no tiene miedo a las serpientes, se le puso enfrente para que no pasara y le ganara lo que él también consideraba una comida apetitosa. La boa, entonces, trató de buscar otro camino, que Paco también bloqueó, sin dañarla, sin agredirla.
No tuvo más, el pobre reptil decepcionado, que subirse por el tronco de un árbol e irse a rumiar su fracaso. Es decir, vuelvo a la Dinesen: la quietud de un paisaje guarda el misterio de un sinnúmero de animales –de todos los tamaños, de todas las especies– que están al acecho, en una inmovilidad expectante, de que algo ocurra para ponerse en marcha y atacar o ser atacado.
Mi primo, triunfante, guardó el garrobo en una bolsa y mandó que lo prepararan para su propia degustación y la de mi mujer. Él también, dado que vive en un entorno natural, tiene la intuición (no la ha perdido) para esas minucias que hacen ganar o perder, ser el cazador o la pieza cazada…



Video: Paco Méndez.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 212. La música que alegra el corazón. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Nadia Arce.


Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

La música que alegra el corazón


El atardecer del viernes dibujó una bella puesta de sol, las siluetas de las montañas se apreciaban a contraluz, decoradas por el hermoso tono naranja que se esparcía en el cielo. Selene llegó a casa antes que Álvaro, su esposo, alcanzó a contemplar el ocaso que se fue como en un suspiro.
    Le gustaba observar los atardeceres, a veces en compañía de Álvaro, otras ocasiones con el acompañamiento de las aves que llegaban a buscar su lugar de descanso en los árboles del patio. El jolgorio de los pájaros era uno de los momentos que también disfrutaba en las tardes que estaba en casa.
    Se dispuso a preparar la cena, recordó que ese día le tocaba el turno a Álvaro para cocinar. Buscó qué ingredientes había en la alacena y el refrigerador para hacerle algunas sugerencias. Encontró champiñones, tomate, cebolla, zanahorias, mantequilla, leche, queso manchego y unas deliciosas tortillas de harina que había comprado con su tío Marcelo.
    —¡Qué bien! Hay varios ingredientes. Podríamos cenar una sopa de champiñones, o una crema de zanahorias, o unas ricas quesadillas con champiñones —dijo en voz alta.
    Fue por el celular para enviarle un mensaje a Álvaro, hizo una pausa antes de escribir, alcanzó a escuchar música a lo lejos. Se quedó atenta, pensando si era su imaginación. Lo cierto es que sus oídos no la engañaban, comenzó a identificar que la música era de marimba. ¿Acaso había fiesta? En caso de ser así, ¿dónde estaba la fiesta? Tenía muchos meses que por su rumbo no se escuchaba la algarabía.
    Se olvidó de escribir el mensaje mientras intentaba identificar qué canción era, alcanzó a distinguir,
   — Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones.
Cuando se percató ya estaba tarareando la canción, era una de sus favoritas. Se le vino a la memoria cuando su abuelita Francisca se ponía contenta al escuchar la marimba. Doña Francisca solía ser tímida, sin embargo, se percibía la alegría al observar su mirada, el color miel de sus ojos resaltaba y su rostro dibujaba dos hoyuelos en las mejillas, una sonrisa discreta y espontánea que le gustaba observar a Selene.
   — Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones —se seguía escuchando, mientras Selene sonreía recordando cuando de niña escuchaba en las fiestas familiares que hablaban sobre la música que alegra el corazón. Para ella y sus primas la música era para bailar, imitando a sus artistas favoritas, pero no alcanzaba a entender eso de alegrar el corazón. Ahora de adulta, vaya que le iba encontrando sentido.
   El sonido del teléfono la hizo volver al presente, era un mensaje de Álvaro que ya iba camino a casa y llevaba un postre sorpresa para después de la cena.
    A lo lejos seguía la música, ahora entonando, ¡Ay mi yaquesita, ay mi yaquesita!


Fotografía: Nadia Arce.
Fotografía: Nadia Arce.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Estado de gracia 1. Deseo más allá de la posibilidad. Aleqs Garrigóz

               DESEO MÁS ALLÁ DE LA POSIBILIDAD
                       Aleqs Garrigóz
               

El mundo es la más magnífica trituradora.

Cada vez, con renovados bríos,
tocamos un rincón de la humanidad;
ese sarcasmo bendito
que ilumina la tiniebla
y propone un sentido que, negativo,
es el único posible.

Soy para que me asesines
y abandones mi cadáver
en cualquier basurero, cuando te plazca.

Estoy enfermo del mundo.


Deseo despertar
en un regazo ardiente como horno
y nunca más salir de allí.
Y que ese centro sea el centro del universo,
habitado sólo por mí,
sin necesidad,
sin carencia.


[DEL POEMARIO INÉDITO NUEVAS CONSIDERACIONES ACERCA DE LA MUERTE]

Contacto:
regresoalestadodegracia@hotmail.com

Aleqs Garrigóz
Aleqs Garrigóz

Sobre el autor:

Aleqs Garrigóz

Puerto Vallarta, México; 1986.

Poeta y periodista cultural

Es maestro el Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Publicaciones: Abyección (2003, poesía). La promesa de un poeta (2005; Premio Adalberto Navarro Sánchez), Páginas que caen (2008, 2013; Premio Municipal de Literatura de Guanajuato) y La risa de los imbéciles (2013, Ganadora del I Concurso Internacional de Poesía de Emergente Nauyaca) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). También han sido premiadas sus obras Galería del sueño (Premio Espiral de Poesía  2011, de la UG), En la luz constante del deseo (Premio Espiral de Poesía 2012, de la UG), Despiértame en otro mundo (Mención Honorífica en el I Concurso de Cuento y Poesía de la Universidad Marista de Querétaro, 2013),  Penetrado por el amor (Mención Honorífica en el V concurso editorial “El mundo lleva alas”, 2012), Resplandor del oro amanerado (Tercer premio en el VI Concurso Nacional de Poesía María Luisa Moreno, 2014). Sus últimos tres libros publicados son: Los muchachos (2018), El primo (2019) y Penetrado por el amor (2019)

Ha sido antologado en una treintena de antologías en diversos países. Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de México, España, Colombia, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Honduras, Perú, Nicaragua, Chile y Suecia. Poemas suyos han sido traducidos a cinco idiomas.

Voces ensortijadas 211. Los paisajes sonoros en la vida. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas

               María Gabriela López Suárez

             Los paisajes sonoros en la vida

Hilda escuchó la alarma del despertador, había elegido un tono suave, para que el levantarse no fuera abrupto por el sonido. Apagó la alarma, casi a tientas, se acomodó en la cama. Tenía la intención de seguir durmiendo. Sin embargo, recordó que aunque era fin de semana no podía darse ese lujo, había agendado una cita médica con su dentista.
   —¡Qué ganas de seguir dormida! —dijo para sí cuando se levantó de la cama. Estiró los brazos con los ojos cerrados, percibió la luz del sol, aún tenue. Agradeció un nuevo día de vida.
    Se dirigió al baño para lavarse la cara y terminar de despertar. Luego fue a la cocina para prepararse un licuado. Revisó el refrigerador tenía manzana y leche, le agregaría un toque de avena y canela en polvo. En eso estaba cuando escuchó el canto que la deleitaba todas las mañanas, un zanate llegaba a cantar frente a su casa, se ponía en uno de los árboles que tenían sus vecinos y colindaba con la ventana de su cocina. El zanate era como un reloj, todos los días llegaba a las 6:45 de la mañana.
   Hilda se asomó a la ventana, lo observó, como una especie de saludo y mientras preparaba su licuado escuchó con atención su canto. Indudablemente le remitía a su infancia, sus días en la primaria y a los paseos familiares en el campo. Bebió el licuado, se dio un baño y emprendió el camino rumbo a su cita médica.
   En el trayecto al consultorio decidió cortar camino y pasar por la pequeña área arbolada que quedaba en su colonia. En su camino se dio cuenta que los árboles estaban mudando de hojas. Desde pequeña le gustaba caminar sobre las hojas secas, el sonido que emitían le agradaba, se sentía como en un cuento donde ella era la protagonista. Esa vez no fue la excepción, escuchó con atención el crash, crash que iba haciendo con sus pasos, mientras sonreía. No pudo evitar acordarse de su tía Conchita, seguramente le diría,
    —No agarrás juicio Hilda, mejor apúrate en tus actividades.
En eso estaba cuando una parvada de loros atrapó su atención, iban muy rápido y con la algarabía que los caracteriza, una bulla que era contagiosa, como para ponerse en tono alegre. Alzó la vista y los siguió hasta perderlos en el cielo. Por un momento quiso ser un loro y viajar con ellos, ¿cuál sería la ruta? ¿Regresarían por el mismo rumbo?
Miró su reloj para ver qué hora era, estaba a tiempo. Al pasar cerca de un pequeño mercado alcanzó a escuchar la bocina con la vendimia de tamales, tortas, tacos y arroz con leche. Siguió su camino y el anuncio de quienes voceaban las rutas de los colectivos sonó en alto volumen.
   Observó que ya estaba cerca del consultorio médico, eso le generó una especie de nervios. De pronto sintió latir su corazón un poco más acelerado. Respiró y se tranquilizó. Llegó al consultorio, aún estaba cerrado. Tocó el timbre, escuchó el sonido, le agradó el tono. Mientras esperaba que le abrieran del otro lado de la banqueta pasó una señora vendiendo dulces tradicionales,
    —¿Va usté a querer caballito, turulete, obleas, empanizado de cacahuate?
    Abrieron el consultorio para que Hilda pasara. Se sentó mientras le tocaba pasar a su consulta. Se olvidó de los nervios, en su mente resonaban los distintos sonidos en esa mañana, no cabía duda que los paisajes sonoros en la vida eran una gama de experiencias para la memoria y el corazón.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 211. Surimbia, el pueblo de las esquinas redondas. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juventino Sánchez

                    

                        Casa de citas/ 211

           Surimbia, el pueblo de las esquinas redondas
           
            Héctor Cortés Mandujano

                                              Tocó la suavidad de su traje,
                                           pintado con cúrcuma y tinta añil

                                                           Sarelly Martínez,
                                                                en Surimbia

Surimbia (Tifón, 2023), de Sarelly Martínez (doctor en periodismo, fundador y catedrático de la carrera de Ciencias de la Comunicación, lector incurable), tiene el tamaño de un devocionario que se puede llevar en la bolsa de la camisa, y arranca con la fundación mítica del pueblo donde él nació: Suchiapa.
         El libro, en sus pequeñas páginas, encierra historia y cuentos, música, bailes, vestimentas, costumbres, y, entre otras riquezas, comidas en cantinas y casas, descritas con envidiable gracia y la mano maestra de este hombre al que debemos varios libros imprescindibles sobre la historia del periodismo, una biografía espléndida de Santiago Serrano –otro suchiapaneco célebre– e innumerables artículos de análisis político. Sarelly, sin embargo, tiene una pluma genial para el relato, que desgraciadamente no ocupa con frecuencia.
         El gentilicio familiar de los de Suchiapa no es suchiapaneco, sino surimbo y, dice Sarelly (p. 6): “Surimbo, por esas aventuras del idioma con sus encuentros y desencuentros, proviene de la voz chiapa que quiere decir amante del pozol”, que se tomaba acompañado del chile nambimba, ya extinguido (pp. 9-10): “Una plaga, en tiempos ingratos, había acabado con los sembradíos de chile nambimba, de calabaza, maíz y frijol”.
         Desapareció también Surimbia, el nombre original del pueblo. Por eso el libro rezuma nostalgia.
         Repartieron las tierras por cuadras, pero una pareja llegó tarde y, entonces, cada cual cedió su esquina y un viejo, “dueño de muchos misterios y secretos”, recortó las esquinas, unió los pedazos y formó una cuadra nueva (p. 18): “Hoy todavía puede verse que las esquinas más antiguas de Suchiapa están recortadas –como la esquina que me heredaron mis padres– y que de ellas emana la luminosa generosidad de sus antepasados”.
         Un diablo se casó por la iglesia con una muchacha de Surimbia. Escupió la hostia, apenas salir de la ceremonia, y unas abejas se la llevaron al bosque; eso dio pie a una fiesta donde animales y humanos se mezclaron, se emborracharon, se pelearon y (pp. 22-23) “en ese combate ahuyentaron a venados de cola blanca y tigres, los cuales sólo regresan en la festividad del calalá, en Corpus Christi”.
         Después de esta historia sigue un cuento de Sarelly, el más extenso, que yo incluiría en una antología que recogiera la certeza del lenguaje, la viveza de la tradición, la descripción de costumbres (que no estorban al relato), el logradísimo buen humor y el ingenio para contar tan redondamente, como las esquinas del pueblo, una historia con tantos meandros: Isaías Nangüelú Indilí, un joven de Suchiapa, bueno para las matemáticas, vive en EUA y se vuelve una celebridad mundial al resolver un enigma matemático; es invitado a regresar a su pueblo, donde se viste de tigre para las fiestas de Corpus Christi.
         Lo dice Cesare Pavese en un poema y Sabina en una canción: No debes volver al lugar donde has sido feliz. Isaías se viste de tigre y, como en un sortilegio de la tierra que no quiere dejar ir al hijo amado, todo se vuelve otra cosa.
         Este librito lo regaló Sarelly a sus amigos, entre los cuales tengo la fortuna de estar, en diciembre de 2023. Ojalá que algún día lo publique para todos. ¡Felicidades y gracias, querido amigo!

Ilustración: Juventino Sánchez
Ilustración: Juventino Sánchez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 210. El encanto de la oscuridad. María Gabriela López Suárez

                Voces ensortijadas

             El encanto de la oscuridad
            
María Gabriela López Suárez

El amanecer de ese sábado estuvo menos luminoso que el del día anterior. Al menos así le pareció a Leonor cuando despertó. Se quedó un rato más en su cama. No quiso ver qué hora era.
      —Seguramente nadie más se ha levantado en casa —dijo para sí, luego se acomodó y nuevamente se quedó dormida.
      El ruido del coche de don Genaro, papá de Leonor, la hizo levantarse. Había olvidado que ese domingo su familia tenía invitación a pasar el fin de semana con Gertrudis y Renato, amistades de la mamá y papá de Leonor. Revisó el reloj, eran las 10,30.
      —¡Uff! Es súper tarde. Apenas me dará tiempo de bañarme y desayunar —exclamó Leonor mientras se apresuraba.
       Cuando se asomó al comedor ya estaban ahí don Genaro, doña Marcela, mamá de Leonor y RIta, la hermana mayor. Por más que intentara pasar inadvertida no podía. Lejos del regaño que pensó le darían por despertar tarde, la integraron a la conversación.
Cerca del mediodía la familia partió rumbo a San Nicolás, la rancheria donde vivían Gertrudis y Renato. El paisaje en la carretera fue muy grato, la vegetación verde y con viento que aminoraba lo cálido del día.
       Una vez en casa de las amistades y de la amena bienvenida a la familia, se instalaron en los cuartos destinados y posteriormente, degustaron la comida.
       —¡Qué alegría nos da que estén con nosotros! Tanto tiempo sin verles —comentó Gertrudis.
       La plática se tornó muy amena. Después degustaron como postre un delicioso pay helado de limón.
       Mientras las amistades continuaban conversando Rita y Leonor se fueron al cuarto donde dormirían. Ambas decidieron tomar una siesta. Habían olvidado que en la ranchería solía haber fallas con la energía eléctrica y justo ese fin de semana les tocó vivir la experiencia.
Cuando Leonor despertó pensó que estaba soñando, la habitación estaba oscura y un ligero rayo de luz filtraba en la ventana. Era la luz de la luna. El canto de los grillos le hizo recordar donde estaba.
      —¡Uy ya se fue la luz! —susurró para no despertar a Rita. En lugar de refunfuñar cerró los ojos y escuchó el viento y el coro de grillos. Se levantó y caminó despacito hacia la ventana y se dispuso a disfrutar el encanto de la oscuridad.




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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 210. Mis libros favoritos de 2023. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding.

                      Polvo del camino/ 210


                  Mis libros favoritos de 2023
                   Héctor Cortés Mandujano

Leí el año pasado 258 libros. Escoger doce no fue fácil. Me quedé con éstos para invitarte a leerlos, si no lo has hecho, lector, lectora.
         1. El libro de Aurora. Textos, conversaciones y notas de Aurora Bernárdez (Alfaguara, 2017). Regalo de mi amigo Alfredo Espinoza. Para quienes crecimos leyendo a Julio Cortázar, el nombre de la argentina Aurora Bernárdez estuvo siempre asociado a él. Fue su primera esposa, luego su cuidadora final y su heredera principal, la responsable de que su obra siguiera vigente. Aurora no quiso publicar mientras vivía (este libro es póstumo), pero yo ya la adoraba, porque también agradecí/agradezco sus traducciones (cualquier libro que aparezca/apareciera con su nombre como traductora se volvía/se vuelve inmediatamente parte de mi biblioteca). Leí su libro como si ella fuera parte de mi familia.
        2. Nostalgia (Impedimenta, 2012), de Mircea Cărtărescu, con traducción de Marian Ochoa de Eribe e introducción de Piedad Bonnett. Regalo de mi amigo Roger Octavio Gómez Espinosa. Cărtărescu es considerado el más importante escritor rumano de la actualidad. Este libro, con cinco relatos, muestra por qué: no sólo es un extraordinario narrador, sino también un pensador y un poeta. El libro fue una de las grandes sorpresas literarias que tuve el año pasado.
        3. Persépolis (Random House, 2020, traducción de Carlos Mayor), de Marjane Satrapi, es un libro peculiar, porque está escrito y dibujado por la propia autora quien, a la vez, cuenta su historia, su biografía, y la historia política, militar y social de Teherán, Irán, su pueblo natal. El libro gráfico, en blanco y negro, supone sorpresas en el diseño y los dibujos que nos cuentan desde la infancia de Marji (de 10 años, en 1980), hasta que se va definitivamente (por lo menos en el libro) de su país, en 1994. La versión cinematográfica es una especie de síntesis de este libro genial.
        4. El peso de vivir en la tierra (Alfaguara, 2023), de David Toscana, ganó en el 2023, merecidamente, el Premio Internacional de Novela Mario Vargas Llosa. He leído varios libros de Toscana y cada uno me ha dejado con ganas de leer el siguiente. En El peso de vivir en la tierra, como en Evangelia (2016), David (Monterrey, México, 1961) saca a pasear su buen sentido del humor. Si en aquel logró poner muchos dardos en la diana, utilizando como base los relatos bíblicos, aquí se mueve con soltura en los personajes, las novelas, los relatos de los gloriosos rusos para contar los hechos y deshechos de Nicolás, un hombre de Monterrey, que enloquece, como Alonso Quijano, de tanto leer a Chéjov, Dostoyevski, Gogol, Tolstói, Bulgákov…
        5. Las dos amigas (un recitativo) (Lumen, 2023), de Toni Morrison, fue su único relato, traducido por Carlos Mayor Ortega, con un brillante epílogo de Zadie Smith. Dice Zadie sobre Morrison: “La autora no tiene textos improvisados ni ‘ensayos improvisados’, ni novelas de relleno, no daba palos de ciego, no se desviaba de su camino. Escribió once novelas y un relato, todo ello con unos propósitos e intenciones concretos”. En este de nuevo explora la compleja relación entre blancos y negros en EUA, su país natal. Extraordinaria, como siempre.
         6. El Fondo de Cultura Económica publicó la obra completa de Clarice Lispector. En el primer volumen de sus novelas (FCE, 2021) se hallan Cerca del corazón salvaje, El candil y La ciudad sitiada, con traducción de Romeo Tello G. La narrativa de Lispector, ucraniana-brasileña (1920-1977), no suele transitar por caminos trillados. En muchas ocasiones sus páginas no valen por la trama, por la intriga o la tensión narrativa, sino por el modo en que están escritas, por el extrañamiento, por la originalidad. Ella decía que con su escritura practicaba el “no-estilo”. Clarice Lispector se resiste al resumen y nada puede suplir el placer de leerla.
         7. Fue una delicia leer Meditaciones de cine (Reservoir Books/Random House, 2023), de Quentin Tarantino, traducido por Carlos Milla Soler, en especial porque el libro parece una apasionada y divertida charla de Quentin con un amigo, en este caso el lector, donde no se ahorran las interjecciones, las maldiciones, las palabrotas y, por supuesto, el profundo conocimiento cinematográfico de este célebre director norteamericano. Las películas de la infancia lo marcaron, pero en Meditaciones… hace una lista de las que le parecen le enseñaron algo (ritmo, emplazamientos, diálogo, cómo contar una historia) y que vale la pena revisar, conversar, volver a ver.
        8. En Curiosidad. Una historia natural (Almadía-Conaculta, 2015), de Alberto Manguel, traducido por Eduardo Hojman, se combinan las notas biográficas, con la pasión por leer proponiendo como vértebra de esta actividad la Divina comedia de Dante. Opina sobre las diferencias entre leer y escribir. Leer es expandir, dice: “Escribir, en cambio, es el arte de la renuncia. El escritor debe aceptar el hecho de que el texto final no será más que un borroso reflejo de la obra concebida en la mente, menos iluminador, menos sutil, menos conmovedor, menos preciso”. Manguel (Buenos Aires, 1948) es un grande.
        9. Son raros los clásicos instantáneos (es un decir, llevan su tiempo), los libros que parecen tocados por la magia y se convierten, casi de inmediato, en textos celebrados y amados por los lectores. Eso ocurrió, me parece, con El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo (Random House, 2021), de la española Irene Vallejo. Y cómo no, si la autora escribe con tal pasión por los libros, con tanto cuidado con las palabras; con sabiduría, conocimiento, erudición sobre el tema y con una voz (se la oye) cálida, dulce, amistosa. El libro es un prodigio.
         10. Continuación de ideas diversas (Jus, Libreros y Editores, 2014), de César Aira, es lo que dice el título: una reunión de textos de variada temática, escritos con la pluma inteligente de este argentino genial. Cita a Fontanelle (p. 43): “No hay pena que resista a una hora de lectura”, aunque apostilla: “Es cierto que hay quienes no leen nunca y se las arreglan con otros remedios”. Para mí, Aira es uno de mis indispensables. No me canso de leerlo.
         11. Lo primero que me llamó la atención de la norteamericana Lucia Berlin (1936-2004) fue su belleza. Parece más una estrella de cine, de las muy bonitas, que una escritora. Leo Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara, 2016), con edición e introducción de Stephen Emerson y traducción de Eugenia Vázquez Nacarino, que contiene 43 de los 66 cuentos que publicó en seis libros y en otras publicaciones. Lydia Davis, dice en el prólogo: “Las historias de Lucia Berlin son eléctricas, vibran y chisporrotean como unos cales pelados al tocarse”. Y es cierto. Su libro me encantó.
         12. La muerte me da (Tusquets, 2007), de Cristina Rivera Garza. Creo que, hasta el momento, es el libro que más me ha gustado de Cristina (cuentista, novelista, ensayista) de quien he leído varios, más y menos recientes que éste (ha escrito más, por supuesto), que son muy buenos: Nadie me verá llorar, La cresta de Ilión, Lo anterior, Los muertos indóciles, La Castañeda y Había mucha neblina o humo o no sé qué… El libro (no lo llamemos novela, porque rompe los estándares de ésta y qué bueno) es, por lo menos, tres libros y una muestra de la inteligencia, el conocimiento, el buen hacer de esta escritora mexicana.


Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com