Revista

Cajón de rubores. 47. Apuntes del subsuelo 9. Antonio Florido





         

AMO EL SUFRIMIENTO, LA DESTRUCCIÓN Y EL CAOS

Capítulo IX

Como decíamos…

Todo comienzo ha de tener “eso”, un punto de partida, un hilo argumental, una afirmación que, más tarde (o temprano), podremos refutar o no, pero de lo que no nos cabe duda es de que el hombre, como ser consciente, debería preguntarse qué hacer―ya que la tiene―con su voluntad. Es una pregunta que trae de cabeza a Fiódor (creo, y esto no es más que un pensamiento propio, que fue así durante toda su vida). ¿Estamos seguros―se cuestiona una vez y otra―de que “debemos” corregirla? ¿No sería más conveniente decir que “podemos”? ¿O sea, afirmar que podemos en vez de debemos? En cualquier caso, no deja de ser patético (o doloroso, o triste, o emocionante), que el hombre se afane en desentrañar este cómico misterio de los resbaladizos significados que unas veces se solapan, otras se contradicen y otras―no me lo nieguen, por favor―se ríen de nuestro intelecto, de nuestros esfuerzos.

El texto, que usa como centro la Voluntad, es un sistema donde hallamos, de manera centrífuga, otros conceptos más voladizos como el miedo, el proceso, la muerte… Interesante cuando Dosto se pregunta si la razón se engaña, si el hombre, usándola para intentar aprehender el mayor número posible de ventajas, se engaña a sí mismo. Está claro que lo que a él le importa no es que su vida tenga o deba regirse por los caminos que esta razón, su razón, como ley humana, le indica, porque entonces, qué hacer con los atajos de su vida, qué hacer con esos otros caminos que se le presentan constantemente, como una inquietante invitación a nadar a contracorriente, qué hacer, insisto, con esa posibilidad tan atractiva de, yendo a contrapelo, buscar con ansia, con un ardor desmesurado, la destrucción, el caos, el qué dirán los demás, el cómo seré recibido, tratado, pensado… Porque Dostoiesvki insiste en que no siempre es conveniente ni ventajoso para el hombre actuar según las convenciones, a favor del canon establecido; a veces, esas ventajas, digamos ocultas para los demás, uno mismo las percibe con una claridad lechosa, con una visión diáfana, con una alegría en el alma difícil o imposible de explicar. Y el miedo. Siempre el miedo en el horizonte, acechando, con un apriete en el corazón, con una punzada inclemente, despiadada, demoníaca. Horizonte al que nos vamos acercando de manera constante, lenta y sin pausa conforme nuestros días y circunstancias van cambiando, ese horizonte donde sé, donde sabemos bien lo que hay: La muerte. La muerte es, pare él, un final que no vale lo que, para él, digo, es el proceso. El máximo valor no está en ese final ineluctable. Entiendo que para Fiódor se encuentra en la belleza inefable de la sonrisa de sus hijos, en la mejilla sonrosada y ligeramente retraída de su esposa, está en el olor cáustico y suave (todo a la vez) de un atardecer, de una salida nueva del sol naciente, en la fragancia del heno, en el estiércol del caballo que, exhausto, aún tiene fueras para tirar de la calesa; la belleza de este proceso es impagable. Los detalles. La vida. Sí, la Vida. Los segundos… Sí, Dosto es, para mí, un ser que ama los segundos más que las horas o los años.

La dicotomía del principio, entre el deber y el poder, no deja de ser algo cómico. Por eso, Dosto coge el hilo y engancha a él un argumento, su argumento, para transmitirnos, con su prosa cálida y sólida (también muy sincera) su manera peculiar de ver y entender el mundo, su mundo, el exterior y el interior; utiliza este tipo del aparente embrollo con preguntas e indicaciones al lector, con insinuaciones, con sugerencias, con indirectas, como si la persona, más que el creador, nos surgiese de pronto como un ariete que nos obliga a pensar. Esto es también, para mí, y creo que para todos los que reconocemos que amamos la obra de Dostoievski, asombroso, extraordinario e impagable.
Vale.


Sobre apuntes del subsuelo. Antonio Florido.
Sobre apuntes del subsuelo. Antonio Florido.
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 217. Entre azul y naranja. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Entre azul y naranja

Roberta jaló su mochila, con todo el esfuerzo del mundo trató de llevar lo menos posible en su equipaje. Tenía comisión laboral y viajaría fuera de la ciudad. Ir ligera de equipaje no era algo que le saliera tan bien pero ya estaba intentando hacerlo.

Por demora no alcanzó el autobús que la llevaría a su destino, así que decidió irse en un taxi colectivo. La tarde era calurosa, pudo elegir el asiento del lado derecho de atrás, en la ventanilla. El taxi se llenó pronto. Entre las prisas al salir de casa Roberta olvidó sus audífonos, normalmente al ponerse a escuchar música se relajaba y dormitaba en el viaje.

—Bueno, tengo un plan B, estaré atenta al paisaje y disfrutaré la vista —dijo para sí.

El conductor llevaba la música a volumen mediano, Roberta decidió poner atención al paisaje y así minutos después ya ni identificaba qué canción era ni quién la interpretaba.

El primer elemento que atrapó su atención fue el astro rey, el sol tenía un color naranja tan intenso que parecía como si estuviera con algún efecto especial, como estaba a punto de ocultarse se le podía observar con detenimiento sin que molestara la vista. De ahí giró su mirada a la vegetación, en su mayoría se veían pastizales muy secos, Roberta percibió que los árboles estaban en espera de que cayeran las primeras lluvias.

A lo lejos se veía humo, Roberta pensó que era algún incendio y no se equivocó. Los pastizales secos en temporada de calor eran muy propensos a ser afectados, por algún accidente o algo provocado de manera intencional. Eso no era agradable. Desde su corazón deseó que ese incendió lograran apagarlo pronto y no hubiera muchas afectaciones ni a la vegetación, ni a la fauna, ni a ninguna persona.

Llevó la vista al horizonte y el cielo tenía bellas nubecitas, un tanto aborregado en tonos entre azul y naranja, una vista sumamente hermosa, que indudablemente invitaba a relajarse. Vino a la mente una frase que solía decirle su amigo Renato cuando le compartía atardeceres o amaneceres, el cielo tiene tonos baby blue.

Siguió con la vista atenta al horizonte, se sintió muy afortunada de contemplar ese atardecer, en ese momento agradeció haber olvidado los audífonos. De lo contrario, se habría dormido y perdido ese magnificó regalo. Se acordó de la frase de Quino, el creador del personaje de Mafalda, deja que la vida te despeine, sonrió mientras dejaba que el viento le alborotara el cabello y le acariciara el rostro.

Photo by Oleksandr Lytvynov on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 217. Tres manifestaciones de vida. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                       Polvo del camino/ 217

Tres manifestaciones de vida
Héctor Cortés Mandujano

Decidimos mi mujer y yo habilitar el pozo que durante años tuvimos sin uso. Contratamos a un albañil que desde años es ya nuestro amigo. Llegó acompañado por sus hijos y comenzaron. Lo primero que nos dijo es que, en una de los salientes de la pared interna, había un nido de golondrina. Vimos desde arriba, con ayuda de una lámpara, indistinguible en los detalles, a la avecita que empollaba.
Las bajadas y subidas en su trabajo, los albañiles las hacían en una vía que no incomodara a la que se convertiría en mamá en algún momento. Y ocurrió. Cuatro golondrinitas nacieron. Pasados los días, empezaron a escalar (yo no le suponía esas gracias). Una cayó, murió. Las tres restantes salieron a la luz del exterior y se fueron volando, ya sin auxilio de su madre. La vida continúa.

Tenemos un estanque donde hemos cultivado nenúfares y otras flores acuáticas. Nos encanta. Para que funcione sin tanta atención, pusimos en él algunos peces que se fueron reproduciendo hasta llegar a ser, como fueron, un vasto cardumen de ejemplares negros, blancos, verdes, rojos y naranjas. Si en un pozo hay plantas y peces, nos dijeron, y es cierto, el agua siempre está oxigenada (técnicamente se dirá de otra forma, supongo) y no huele mal, se cura, se limpia a sí misma. Nos dimos cuenta, con el paso de los meses, que algunos peces menguaban: tal vez se comen a sí mismos, supusimos.
El pozo y el estanque son construcciones vecinas en nuestro terreno. Por eso, de nuevo don José Luis, nuestro amigo albañil, quitó misterio a la desaparición de los peces. Nos contó que a diario una parvada de zanates llega y espera con paciencia a que algún pececito se distraiga para cazarlo y llevárselo en el pico. La muerte de uno es la vida del otro.

Llené una tina grande y le puse lirios acuáticos, que se multiplicaron sin medida y apenas cabían en el continente que, según yo, era muy amplio. La puse frente a la cocina desde donde mi mujer y yo, cada mañana, veíamos las lindas flores que no cesaban de nacer.
Una día noté que algún animal (la ardilla, pensamos) se había comido hasta los bulbos de los lirios. Traté de rescatar algo de aquel desastre, pero no fue posible.
Quedó el trasto con agua, nada más, algunos días, mientras encontraba tiempo para hacer un nuevo jardincito acuático. Una noche mi mujer y yo vimos que la tina era motel donde varios sapos hacían una orgía sin omitir su escandaloso croar (tal vez, creí, así manifiestan sus orgasmos).
Al amanecer siguiente, el agua se veía gelatinosa y tenía puntos negros. A mi mujer le encanta ver la transformación de esos puntos negros en pequeños renacuajos y luego en ranas, en sapos, de modo que la tina quedó como la dejó aquel apasionado saperío. Mi improvisado estanque de lirios es ahora un hospital de bebés. La vida se reproduce sin cesar.

Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 46. Apuntes del subsuelo 8. Antonio Florido





         
PORQUE SOY UN HOMBRE…

Capítulo VIII

Hanif Kureishi (1954), en Intimidad, afirma que la voluntad es incapaz de hacer brotar lo que él llama, los dones más exquisitos; esto es, el amor, el afecto, la creatividad, el deseo sexual, la inspiración… Puede, una vez que han florecido en nuestro interior, protegerlos y alentarlos, pero nada más.
En este octavo capítulo de la primera parte de Apuntes del subsuelo, Dostoievski analiza -participando directamente con nosotros, sus lectores- la Voluntad y el Libre Albedrío. Comienza el autor con una aparente negación. Por un lado, dice: “…la voluntad no existe…”, y poco más adelante añade: “…sólo el demonio sabe de qué depende la voluntad…” Luego podremos comprobar que tal negación, como dije, no lo es en realidad, ya que Dosto se aferra a que el hombre, hasta el más sensato, hasta el más disciplinado, hasta el ser más dispuesto a conducirse por la vida por la senda más ventajosa para sus intereses (¿vitales?), por la más suave, es el único animal capaz de establecer, mediante esta voluntad interior, vibrante y sonora, una conducta totalmente contraria a lo que su sentido moral le prescribe.

¡Ay, la moral, la susodicha y tan manoseada y casi siempre mal entendida moral!

(Debería aclarar que estoy con Patricia Highsmith cuando dice que las personas creativas no hacen juicios morales, porque ya habrá tiempo después, cuando terminen su obra, de hacerlos. El arte –indica- no tiene nada que ver con las modas. Aquí noto cierta semejanza con nuestro autor).

¿Cree Fiódor, con Lewitt (1969), que la voluntad, eso que existe o que puede parecer que existe entre la aparición de la idea hasta que se finaliza la obra, no sea más, no sea otra cosa que el propio ego y sólo el ego? En este caso, si fuera cierto, estaríamos, claro está, ante un ego perverso que nos predispone el ánimo hacia una creación, esto es, un salirse de uno mismo, un querer ser más, una alteración provocativa –podría entenderse así- de nuestra propia e íntima mismidad.

¿De qué depende, de existir, la Voluntad?

Establece más adelante una jerarquía en la que introduce, como dos conjuntos que se relacionan, la Razón dentro de la Voluntad. Es ésta la que todo lo domina. Es ella la que aprisiona nuestro libre albedrío, libre albedrío que Fiódor a veces pone en duda. Juega con ambos conceptos y los relaciona convencionalmente, y en otras ocasiones los personaliza, incluyendo en esta categoría una posible relación de odio entre ellos, o de amor, o de sencilla e imprescindible simpatía. ¿Qué Ley sostiene y regula al libre albedrío? Incluso si esta supuesta Ley existiera, según las leyes naturales y matemáticas, sería susceptible de ser manejada al antojo por la enorme imbecilidad del hombre. Habla asimismo de deseos y caprichos. ¿Seríamos capaces, en algún momento de la historia de la humanidad, de controlarlos y gestionarlos según las directrices de la razón? Esta es, en mi opinión, una pregunta clave para entender al autor de estos Apuntes del subsuelo, subsuelo en el que lleva ya –según sus propias palabras- cuarenta años viviendo.

Tengo derecho, tenemos derecho, como seres humanos –afirma- a desear todo lo que quiera, incluso aunque me asalte el capricho más perverso y vanidoso, o hasta que piense y actúe como el más ofensivo de los hombres, el más insensato. Y también pone en una apasionante discusión a estos deseos humanos con su capacidad de raciocinio. ¡Qué hermosura de análisis!

Se pregunta, con nosotros, si la naturaleza es o es lo que pensamos o creemos que es. Por último, resplandece el asunto no trivial de la personalidad, de la individualidad, algo sagrado, lo más sagrado que posee el ser humano, lo que debemos defender a toda costa, al precio que sea necesario; Fiódor protege esta idea como el que más, señalando que esta consonancia es lo que nos identifica plenamente. Y, con ella, a través de esta identificación, la toma de conciencia de ser lo que a uno le dicta no sólo su razón, sino el alma transmutada, es decir, asida y cosida a Dios, a Dios como potencia y esperanza. Unida de manera indisoluble al paso por el sufrimiento como condición necesaria para alcanzar el máximo estado de compasión del hombre hacia el hombre.

Seremos capaces de hacer lo que sea, por perverso o indigno que sea, con tal de saber que hacemos, que actuamos como nos da la real gana. Por el simple hecho de demostrar que somos un hombre y no un teclado de piano, como él suele afirmar.

¡Pura rebeldía y coraje, mientras asistimos al desdoble entre persona y autor!

Vale.


Sobre apuntes del subsuelo. Antonio Florido.
Sobre apuntes del subsuelo. Antonio Florido.
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 216. Apuntes de oído/ 16. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                       
Polvo del camino/ 216

Apuntes de oído/ 16

La prosopopeya y sus alrededores en “El cenzontle pregunta por Arlen”
Héctor Cortés Mandujano

La prosopopeya, que generalmente se usa en las fábulas, supone la ficción de que los animales hablan, que los árboles y la naturaleza tienen comportamientos humanos. En “El cenzontle pregunta por Arlen”, de Carlos Mejía Godoy, platican dos pájaros en un contexto donde la montaña, el manantial, el colibrí, la mariposa, el pajonal, también se han transformado.
La canción es parte del disco Guitarra armada, de 1979, de Mejía Godoy, que se grabó como ejemplo de pedagogía musical y dentro del discurso artístico de la revolución sandinista en Nicaragua (que incluía, por ejemplo, la poesía de Ernesto Cardenal y la novela testimonial La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, de Omar Cabezas). De hecho, las ideas principales de este álbum eran enseñar, mediante canciones, cómo hacer y usar armas de fuego, cómo preparar explosivos en casa, y no olvidar y enaltecer a los caídos en la batalla (según “Naturaleza, tecnología y guerra: Modernidad encantada en la música sandinista”, de Sophie Esch).
Dice, en un principio, el cenzontle: “Compadre guardabarranco, hermano de viento, de canto y de luz, decime si en tus andanzas viste una chavala llamada Arlen Siu”.
Arlen Siu Bermúdez fue asesinada, a los veinte años, junto con otros guerrilleros, en un enfrentamiento contra la Guardia Nacional de Nicaragua, el 1 de agosto de 1975. Se le conocía como “La chinita de Jinotepe”, porque nació en Jinotepe, Carazo (Nicaragua), y porque, por parte de padre, tenía ascendencia china. También era compositora, música. Dice un verso de la canción de Carlos: “Enterró en el hueco de su guitarra el lucero limpio de su corazón”.
Contesta el guardabarranco a la primera pregunta: “Yo vide, cenzontle amigo, una estrella dulce en el cañaveral, saeta de mil colores dentro de los rumores del pajonal”. La guerrilla se movía en las montañas.
El estribillo también se refiere a otros dos seres alados: “Dice Martiniano que, en la montaña, revolucionario todo es allí; que anda clandestina una mariposa y su responsable es un colibrí”
En la guerrilla se usan alias, nombres que ocultan la identidad. Se supone que Arlen Siu tenía como nombre clandestino el de “Mariposa” y su responsable, es decir, el guerrillero que la cubría, que la protegía, su “sombra”, tenía como nombre clandestino “Colibrí”.
El enfrentamiento donde Arlen perdió la vida se dio cerca de un lugar llamado El Sauce, departamento de León, donde había una escuela de entrenamiento del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Los tomaron por sorpresa. La balacera duró aproximadamente dos horas, dice Wikipedia.
Escribe Sophie Esch, en el artículo citado: “Otro aspecto de esta fusión entre guerra y naturaleza que plasma y provoca una modernidad encantada es la transformación de guerrilleros en fauna y flora, tal y como aparece en ‘El cenzontle pregunta por Arlen’ de Carlos Mejía Godoy”.
Arle Siu era joven, artista y revolucionaria, características esenciales para volverla el mito que se volvió. Esch dice: “En la canción resulta que Arlen Siu no ha muerto, sino que ha experimentado múltiples metamorfosis. Se ha convertido en una estrella, una flecha colorida, un lirio, un manantial, y una mariposa. Algunos críticos sólo ven una transformación (se convirtió en manantial)”.
En la canción, Mejía Godoy lo dice directamente en estos versos: “Le cuento, cenzontle amigo, que onde la chinita peleó hasta el final nació un manantial pequeñito, que a cada ratito me viene a cantar”…
Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 128. Se acabó… Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 128

Se acabó...
Por Manuel Pérez-Petit

... el romanticismo. Hay mucho que hacer y en nuestra tesitura no podemos anclarnos en lo poético, aunque no deja de ser cierto que la poesía, tanto la escrita como la no puesta negro sobre blanco en papel alguno, es balsámica en muchos aspectos y nada malo en principio puede derivarse de ella. Pero válgame Dios que andamos como de puntillas –acojonaos, como diría el castizo– cuando deberíamos plantar nuestros pies con firmeza en el suelo. 2023 ha sido un annus horribilis, el tercero de la Era distópica, y 2024 está viniendo como dando bofetadas a todo trapo, a refrendar el que todo está vuelto del revés. Y tan del revés que capaces somos de asistir a la guerra en babuchas de andar por casa. 
            Así, los pontífices de la opinión. Se molestarán algunos pero me trae sin cuidado porque puede que ni me lean: en la sociedad del disparate en que vivimos, en medio de este diálogo de sordos, gana siempre el que tiene la etiqueta de débil. Me explico: si yo, que soy hombre heterosexual y no digo normal para no ofender a nadie, digo, con todas las pruebas y con precisión de lingüista, que fulanito o menganita ha hecho algo que podría considerarse malo, no me escucha ni Dios. Claro que no se me ocurriría hacerlo, pues –y no es culpa mía– vivo con arraigados principios morales y éticos innegociables, pero si alguien, mujer, no binario o no sé qué –porque la verdad es que no consigo entender– dice sin prueba alguna, por suposición o porque le parece, cualquier cosa acerca de mí o de cualquiera, pasa a ser oráculo, sentencia incluso antes de que nadie abra la boca. Así está el mundo, y ante esta turbación soliviantada, de este modo inopinado, en este transitar ebrio que nos marca a fuego hasta en los huesos de la implacable dictadura de la cultura de la cancelación en la que la verdad siempre es lo de menos y el decreto de quienes exhiben su testosterona pragmática o la suprema dignidad de hablar por el resto, creando opinión a su imagen y semejanza, uno no encuentra salidas.
Aunque parezca que no tiene relación es lo mismo que pasa con las guerras. Ya ni recordamos cuando Rusia invadió parte de Ucrania, en una guerra que en realidad dura ya más de un decenio, convirtiéndose este país de Europa del este en un laboratorio no solo militar en que las potencias del mundo experimentan un día tras otro. Ya analicé en su momento esta guerra en mi Locos con Rusia, en que, entre otras cosas, decía: “Es digno de observar: muchos no saben ni qué hacer para adquirir notoriedad y ser noticia ante esta barbarie que está teniendo lugar en Ucrania. Por muy importantes que se sientan o deseen llegar a ser, la idiotez anida en ellos con profundo arraigo. Con sus declaraciones y decisiones se califican a sí mismos y creyéndose más listos que el resto se convierten en el paradigma de la negación de la inteligencia y la ridiculez sin medida, y digo esto último porque encima defienden sus posturas dándose por ofendidos si uno no concuerda con sus ocurrencias, o, por ejemplo, les hace preguntas al respecto, como a mí me ha pasado, claro que yo no soy nadie para ellos, y, por tanto, mis preguntas las consideran impertinencias”. 
El caso es que son los mismos que ahora miran a Gaza. ¿En serio existe alguien en el mundo que crea que es una “guerra”? Escribiré muy pronto sobre lo que ocurre en Palestina, pero en mi mejor tradición de hacer amigos afirmo: Lo de allí no es una guerra, es un acto de autodefensa por parte de Israel. Y mis razones tengo. Ah, pero los pontífices de la opinión, aquellos que dirigen nuestras vidas, se empeñan en decretar lo contrario. Es la expresión del nuevo romanticismo, el que pone por delante el afán de poder y de manipulación. Y a nadie debería extrañar en la Era distópica, pero a mí sí.
Fotografía: AFP.
Fuente de la imagen: Diario español El Mundo, 3 de enero de 2022 (https://www.elmundo.es/internacional/2022/01/02/61d228c021efa045698b45a1.html).

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.

Voces ensortijadas 216. Ajonjolí de todos los moles. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
Ajonjolí de todos los moles
María Gabriela López Suárez

Apenas era martes y Rita sentía que ya había pasado la semana, por más que se había ido temprano a dormir el día lunes, no logró conciliar pronto el sueño y eso le generó levantarse tarde, sin escuchar la alarma del reloj. Lo primero que se le vino a la mente fue la lista de pendientes.

—¡Carambas ya casi son las siete! Hoy quedé de acompañar a Maribel y
Artemio para ir a comprar los ingredientes para decorar los pasteles que me encargaron hacer.

Mientras se levantaba de la cama vino a su mente una actividad más en el día.

—¡Pero qué cabeza la mía! Hoy tengo comida en casa de Trini y acepté la propuesta de llevar el postre. No me dará tiempo a preparar algo, ¿o sí? Puedo aprovechar que iré con Mari y Temo para pasar por lo que requiero para un pay de queso con zarzamora.

Entre refunfuños y somnolencia se dirigió al baño, había decidido darse una ducha con agua fría, le ayudaría para terminar de despertar. Así lo hizo. Salió del baño, se cambió y fue a la cocina para prepararse el desayuno. El baño la había relajado un poco, preparó café y un par de huevos revueltos con salsa de tomate. Le apeteció también freír un par de tortillas y acompañar el desayuno con ellas.

Dio un sorbo a la taza con café y mientras se llevaba el primer bocado del almuerzo empezó a reflexionar en la serie de pendientes que tenía, ¿cómo había llegado a comprometerse en tantas actividades? Tenía el reto de que, en lo posterior, aprendiera a decir no y solamente darse espacio para lo que llenara su corazón sin querer quedar bien con medio mundo.

Justo en ese momento vino a su mente una escena en su infancia, se asomó a la cocina donde estaba su abuelita Bianca, quien la llamó a ayudarle a expulgar el frijol. Rita aceptó. Mientras hacían la limpieza de los frijoles Bianca pidió a su abuelita contarle cuentos, anécdotas y en algún momento salió a la plática Eréndira, hija de doña Bianca y tía de Rita.

—Ay no hijita, no vayás a hacer como tu tía Eréndira, esa muchacha es como ajonjolí de todos los moles, está en todas partes, para toda la gente menos para ella.

Rita no había entendido mucho esa parte pero no tuvo el mayor interés para preguntar a qué se refería. Años después se sintió como la tía Ere, casi estaba así. Se puso a repasar cuántas de las actividades que hacía realmente la llenaban en el corazón, en el alma y cuántas eran aceptadas casi por compromiso.

La tarea para comenzar a cambiar no era fácil, sin embargo, estaba dispuesta a hacerlo.

—¿Y qué tal si de una vez inicio eso hoy? Pero, ¿cómo le digo que ya no voy a ir a Mari y Temo? ¿Y si se enojan? ¿Y si no? — se dijo en voz alta.

Hizo una pausa, como consultando a su corazón y la decisión que tomó fue solo ir a la comida con Trini y llevar el postre. Aprovecharía la mañana para ir a comprar los ingredientes para prepararlo.

Decidida, Rita tomó su teléfono para llamar a Maribel e informarle que no iría a la tienda, que tenía otra actividad y no le daría tiempo, que les ofrecía disculpas.

—¡Hola Rita! ¿Qué tal, ya lista para que nos acompañes?

—¡Hola Mari! Justo llamé para decirte que no podré, espero que me disculpen —entre tanto Rita explicaba, en su mente resonaba, dejar de ser ajonjolí de todos los moles, dejar de ser ajonjolí de todos los moles.

Photo by Los Muertos Crew on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 45. Apuntes del subsuelo 7. Antonio Florido





         
EL HOMBRE ES ESTÚPIDO

Capítulo VII

Este capítulo, leído y releído y releído, subrayado hasta la locura, se asemeja en ocasiones a un arte impresionista. Necesitamos alejarnos para poder comprender el sentido único (¿y exacto?) de lo que Dosto nos quiere expresar. Hay, sin embargo, algunas pinceladas demasiado retorcidas, y algunos colores (entiéndanme) se duplican o triplican sin demasiado aporte a la sustancia; como una fruta a la que muerdes esperando a que el sabor, ese delicioso sueño que seduce, cambie de buenas a primeras.
En el sentido Hesseiano –cedan, por favor-, podemos acudir a la esencia de El juego de los abalorios, donde todo principio se ve enriquecido por una sucesión perdurable de entradas por imitación, aumentando de esta forma no sólo las ondulaciones, sino el deleite propio de quien, extasiado, escucha en silencio las distintas voces.
Aquí, en el texto de hoy, esa nota inicial (o melodía riquísima) no es más que lo que el autor, desde el comienzo del escrito, esconde (de manera abierta) y da en llamar la ventaja especial del hombre. La fuga nace, pues, en esa ventaja. Y a esa ventaja la denomina Voluntad. Para Dostoyevski, ha de ser una voluntad independiente. Imperativa, añade. De otra forma el hombre se vería forzado a comprender y actuar atendiendo sólo a los dictados de la lógica y la razón. Añade que esta lógica y razón, este dúo de complicidades, forman leyes, estructuras, sentidos que hábilmente podrían reconocerse como comunes. La fuga semántica y perseguida continúa pensando ahora el argumento de la Civilización. Maduramos en ella, la música sube de volumen, intentamos seguir las directrices del escritor y, entonces, de una manera nítida y definida, logramos entender que todo se reduce a eso; a hacer caso (o no) a lo que, entre todos, en una categoría que sobrepasa el individualismo, hemos decidido que son nuestras ventajas, nuestras condiciones. Cabe decir, el amor, el sentido crítico, la empatía que jamás aparece… Como muestra nos pone por delante la faz de una figura destacada (sagrada para Léon Bloy): Napoleón. ¿Buscaba el bien a partir del sufrimiento? ¿Podríamos hacer lo que deseásemos al precio que estuviese, de algún modo, establecido? Luego se pregunta -en una pausa huida- qué ha aportado esta civilización al hombre. ¿Lo ha convertido en un mejor sujeto de acción? Su repuesta es que no, que lo único que dicha civilización ha logrado es que el ser humano sea (uso sus mismas palabras) vilmente más sanguinario. Y sanguinario siempre en nombre de algo, por mor de alguien, por alguna causa que se presume legítima; sanguinario como justificación de que uno hace lo que hace porque busca un sentido, sentido que a la larga conseguirá la bonanza, la Virtud (la fuga no cesa en su empuje, y a estas alturas el conjunto semeja un disloque).
¿Tiene esta Virtud algún sentido real?, se pregunta.
El hombre estúpido. A veces actúa porque sólo le interesa agarrar sus intereses y en otras ocasiones, en las mismas circunstancias, procede de otra manera. A pesar de esta aparente incongruencia, o tal vez por ella misma, Fiódor nos inocula en el pensamiento (al menos, lo intenta), la idea no de que el hombre sea verdaderamente un estúpido, sino que lo es de una forma extremadamente superlativa, formidable.
Ya, apartados de lo que se ha escrito hasta ahora, podríamos añadir que todo el escrito está entrelazado de indiscutibles opiniones sociológicas. Unos podrían afirmar que no serían sociológicas sino políticas. ¿Es el hombre bueno o malo por naturaleza? Locke mira hacia un lado; Rousseau mira, sonriente, hacia el otro. ¿Quizás se odien sus pensamientos, sus anhelos, sus ideas? No. Rotundamente, NO. Tiempos distintos, contextos sociales y económicos diferentes. Cada uno aludía a lo que su buen juicio (subjetivo, como todos) le señalaba. Por fortuna, y gracias a los libros que ambos y otros pensadores como ellos, nos legaron, ahora nos encontramos la oportunidad de poder comparar, de poder usar el tiempo de ellos, el llano en llamas Rulfiano que tanto esfuerzo les costó, digamos, apagar.
¿Tratado político? ¿Furor desatado en el espíritu de Fiódor? ¿Una mezcla de componentes que espera paciente a que alguien se atreva a separarlos? No tengo la solución. Sólo sé que he pasado unas horas entrañables con nuestro querido autor, en un intento (puede que inane) de comprender mejor su forma de ver el mundo, su mundo.
Vale.

Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 44. Apuntes del subsuelo 6. Antonio Florido





          NECESITO QUE ME RESPETEN

Capítulo VI


Todo gira alrededor del espíritu desvaído, pálido y tenue; la voluntad que no somos capaces, jamás, de sentir, de ejercer, de dominar, la que permanece escondida, como huyendo de algo, de alguien, del mundo atroz.

Es necesario, por ello, saberse. Tomar nuestra conciencia con los dedos acerados y sacudirla. Es completamente necesario para sentirse vivo que el Ser adquiera la certidumbre de que Es, de que forma parte de algo, convencerse de que no está solo, y lograr asir esa convicción que ya se fue, aunque el descubrimiento no sea más que una verdadera estupidez recubierta de andrajosos ropajes.

Habla de la pereza, sí, como podría haberlo hecho de otra noción cualquiera. Quizás utilizó la pereza, porque la mayoría la percibimos como una condición maldita del hombre (¿superior?), porque para nosotros no está permitido procrastinar.

Pereza, ¡qué palabra!

El autor de este libro no siente nada. Sólo tal vez la constatación de esa su horrible oquedad interior. Necesita, anhela ser alguien, algo. Un gandul, apunta más adelante. Sería hermoso que uno fuese reconocido como un simple gandul…, como un pordiosero, como un verdadero e insuperable idiota. Sería la gloria bajada del cielo, como la niebla en una mañana calma y blanca, algodonosa, en la cima del alcor, oteando, impotente, el horizonte que no se percibe. Sería, digo, tan distinguido que tuvieses colocada una sencilla etiqueta. Estaría dispuesto a usar esos retales que los demás arrojaron, vanidosamente, a la basura ¡qué más da! Pero con todo, el aroma incomparable de esa basura, la eterna fragancia de sus despojos, la delicada piel de la que alguien, cansado, se desprendió, le serviría de seguro, la usaría para crear una identidad que todavía, a los cuarenta ya cumplidos, no había encontrado.

Es un texto que me entristece, porque da en la llaga que tanto sufro, con el dedo que acusa, con esos ojos que no dejan de observarte. Me vienen la obsesiva busca de Baroja, el ansia por escalar hasta la cima de Lucien (Mirbeau), los pasos ardientes de un tal Boudjedra por el desierto infame; y sigue pateando la paciencia, esa hermana tranquila de la pereza que es, aún, más tranquila si cabe. Pena. Deseos de hablar con él a solas, apartados ambos de todos vosotros, avariciosos de sus palabras, de sus silencios…

Lo negativo, esto es, serlo, poseerlo, ya es algo bello. Bello porque al menos entiende que sigue vivo, porque hasta lo más perverso Es, existe, grita, llena el corazón vacío. Luego vendrá -o no- la tarea de comprender qué sentido aprehendió al constatarlo. Esa es y será otra historia.
Cuando afirma que así sería alguien y que por fin podría ser parte del club legítimo de los imbéciles (lo de los imbéciles lo digo yo, aunque quizás él también lo pensara), me da un escalofrío. Porque comprendo que nada ha cambiado, a pesar de todos los pesares. Su tiempo es nuestro tiempo. Su vacío es nuestro vacío. Su Nada es también, así lo creo, nuestra Nada. Entonces me pregunto, ¿para qué? ¿Por qué todo este drama?

¡Ay, es ternura hacia lo bello y lo sublime, cargada de insinuaciones y argumentos capciosos, a veces sarcásticos, ay!
Nuestro querido y admirado Dosto (ya hemos tejido una cierta amistad), un hombre perdido que no se resiste al contexto. Juega con la apatía, con la desgana, y esos declives los vuelve y los muestra como virtudes.

La clave de todo esto la expone con una nítida elocuencia. Insisto, Fiódor lo indica con una claridad meridiana: Quiere que lo respeten, que lo respeten como paso previo para poder respetarse a sí mismo. La eterna consonancia de nuestros corazones, que no dejan de subir y bajar, como las olas sensibles de las pasiones. Convencernos de que todos compartimos, nos guste más o menos, las mismas miserias; de que todos nacemos endebilísimos y que también, y por esto, todos debemos penar en vida lo que nuestros pensamientos hierven.

Vale.

Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 215. Honrar al linaje y a la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
Honrar al linaje y a la vida

María Gabriela López Suárez


Pilar se apresuró a bajar la cortina de su papelería, ya eran las 2:30 de la tarde. Normalmente cerraba a las 2, ese día se había puesto a engargolar un pedido de 100 trabajos para entregar en la semana. Aunque no terminó si logró avanzar con 42 engargolados. Como cada miércoles tenía el pendiente de ir a comprar flores para sus abuelitas ya fallecidas, era la ofrenda que les ponía cada semana.

Rumbo al mercado identificó que los árboles que embellecían y brindaban una grata sombra en algunas calles ya se estaban preparando para la llegada de la primavera, alcanzó a escuchar el revoloteo de unas aves que pasaron fugazmente.

Mientras sus pasos se dirigían rumbo a la florería unos grabados en la pared le hicieron recordar que estaba cerca el 8M, la conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Se organizaría con sus vecinas en la cuadra de su negocio para sumarse a la marcha del 8M.

Llegó a su destino y comenzó a buscar las flores que compraría, buscó margaritas blancas y amarillas, un ramo de siempre vivas y dos ramitos de gardenias y jazmines. Su marchanta, doña Paty ya la había visto,

—Buena tarde Pilar, veo que ya tiene elegidas sus flores ¿alguna otra flor que quiera llevar?

—Buena tarde doña Paty, muchas gracias, ya sabe usted lo que siempre compro. Aproveché que hay gardenias y jazmines, me encanta su aroma.
Pagó las flores, se despidió y caminó con dirección a su domicilio. Al llegar a casa decidió que antes de comer colocaría la ofrenda de flores. Se acercó a donde tenía los retratos de sus abuelitas, tomó los jarrones, les cambió de agua, colocó un poquito de azúcar en cada uno para que ayudara a conservar más tiempo las flores. Acomodó los jarrones y se detuvo a observar las fotografías.

Como en una especie de cascada fueron asomándose los recuerdos que tenía atesorados con cada una de las abuelitas, los años que tuvo la oportunidad de convivir con ellas y que le compartieran algunas anécdotas. En los relatos que contaban en la familia siempre escuchaba que eran mujeres valientes para la época en que les tocó vivir, dedicadas al trabajo para sacar adelante a sus hijas e hijos y con el ánimo de vivir la vida aún en medio de una serie de retos, esos que les toca lidiar a las mujeres, sobre todo si son criadas en espacios no urbanos.

Pilar siguió atenta en ambas fotos, contemplando los rostros de sus ancestras, se quedó pensando que aunque sus abuelitas no habían tenido conocimiento del movimiento feminista, ni del 8M, eran grandes mujeres, de eso no cabía duda. Respiró profundo y disfrutó el aroma de los jazmines y gardenias, le gustó como se veía la ofrenda de las flores. Cerró los ojos, nuevamente percibió el aroma de las flores, agradeció desde el corazón a sus ancestras por el legado que le habían dejado, las flores y la memoria eran también una manera de honrar al linaje y a la vida, no solo el 8M sino todos los días.


Photo by Mu00f3nica Casas on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.