Fernando Soria y Douglas Bringas, su descubridor
Héctor Cortés Mandujano
Tengo celos del todo en tus anhelos.
Que tú besabas a Jesús, he visto,
y aunque Jesús es Dios, yo tengo celos:
No vuelvas a besar a Jesucristo
M.R. Tovar, en «Amor y celos», Álbum del corazón, de Fernando Soria
Fernando Soria Cárpena. Su vida y su obra (Ediciones Proturco, 2020) es un continuado trabajo de investigación de Douglas M. Bringas Valdez, doctor en musicología por la Universidad Complutense de Madrid, pianista de enorme experiencia y profesor de piano en la Facultad de Música de la Unicach, quien me hizo el favor de obsequiarme éste y su complemento: Álbum de corazón, No. 1 Suite Romántica y No. 2 Suite Elegíaca, también de Fernando Soria, piezas compuestas a partir de fragmentos poéticos, con los mismos datos de edición.
Dice Douglas en la introducción de la biografía de Soria (p. 13): “El nombre de Fernando Soria apareció en 2003 en los anaqueles del Centro Universitario de Información y Documentación de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, como autor de un Himno a Chiapas que nadie conocía”.
No fue fácil determinar quién era el músico desconocido, pero Douglas se impuso el reto. En la revista México musical de enero de 1933 se asienta que Soria tuvo (p. 17) “como fecha de nacimiento el 11 de agosto de 1860, en Ocozocoautla, Chiapas”, probablemente hijo de un español y de madre peruana, aunque él mismo cambiaba esos datos por otros.
Su inclinación por la música inició en la infancia, según sus propias palabras (p. 19): “A la edad de nueve años suplía yo a mi maestro en el coro de la iglesia, como acompañante en el harmonium y corista cantor en jefe”. Trabajó en Comitán como (p. 23) “profesor de teoría y piano”, “simultáneamente en Quetzaltenango, Guatemala” y San Cristóbal de Las Casas, “posiblemente entre 1885 y 1888”; entre 1905 y 1913 (p. 54) “en escuelas primarias de la Ciudad de México”. También vivió y trabajó en Veracruz y, por supuesto, en Chiapas.
Fernando Soria ganó, como músico, premios en París en 1900 y 1909. En Chiapas dedicó el bolero ¡Viva mi tierra! a Belisario Domínguez, cuyas palabras autógrafas dicen (p. 58): “Sr. Doctor Domínguez: Dígnese aceptar el presente homenaje a su valor civil, que más tarde consignará la Historia con letras de oro”.
Escribe Douglas (p. 63): “Desde 1922 y hasta su muerte, en 1937, Soria se estableció en la Ciudad de México”. En una de las entrevistas que Douglas hizo se enteró que la abuela de Soria decía de él que (p. 65) “era compositor de tiempo completo, al grado de dormir con una pluma y tinta junto a su cama para escribir en los puños del pijama las melodías que soñaba”. Tuvo siete hijos (p. 38): “De ellos destacó a nivel nacional e internacional a principios del siglo XX la segunda hija, Isabel (1890-1976)”, cantante de ópera con una carrera en México, que la llevó a Puerto Rico y España.
En la breve autobiografía que hizo Soria dice que (p. 73) “he compuesto en mi vida de artista más de 300 piezas de varios géneros”; dice Douglas que de ellas ha podido localizar 93: “Entre ellas, el género que predomina (72%) es la música para piano, las demás (28%) son composiciones para coro con piano, y siete canciones para voz”.
Ahora, Douglas Bringas, con generosidad y con la autoridad que le confiere su profesionalismo y la altura de su arte musical, ha grabado un disco con composiciones de Fernando Soria, y ha hecho muchos conciertos dando a conocer la vida y la obra de este músico, cuya obra –notable y vasta– ya está a la disposición de quien quiera conocerla.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Vi en 2021, entre series y películas, 362 obras cinematográficas/televisivas. De ellas hice la complejísima tarea de una lista recomendable de doce (varias están en Netflix), con distintas temáticas, de distintos lados. Esto quedó. Ojalá te interese, lector, lectora.
El teléfono (2020), de Lee Chung-hyun, con Park Shin-hye, Jun Jong-seo y Kim Sung-ryoung. Película sucoreana donde dos mujeres, de tiempos y espacios distintos, interconectan sus destinos a partir de una llamada telefónica. El pasado y el presente se vuelven una y la misma peligrosa línea. Tiene una trama compleja, mucho suspenso y terror sicológico, y los actores seguramente ganaron, y se lo merecen, premios por su desempeño. Súper recomendable.
Las tres muertes de Marisela Escobedo (2020), documental dirigido por Carlos Pérez Osorio. Marisela Escobedo, de Chihuahua, se vuelve investigadora, luchadora social y líder a partir de que su hija de 16 años, Rubí, es asesinada por su novio. Lo terrible de esta historia de crímenes, injusticias y complicidad evidente entre el narco y el gobierno mexicano es que no es ficción, sino realidad. Es una historia, cuyo dolor, coraje, valentía trasmina al espectador. Marisela fue asesinada el 16 de diciembre de 2010, por pedir justicia, en una plaza pública.
Nomadland (2020), de Chloé Zhao, quien ganó el Oscar como mejor directora (es la primera china que lo gana), con Frances McDormand, Gay DeForest y Patricia Grier. La historia, escrita por Zhao, se centra en una mujer que ha renunciado a la normalidad que supone una casa, una familia, un empleo estable, y encuentra en su periplo a muchos nómadas como ella. De gran introspección, esta peli también hace un duro apunte sobre la deshumanización a que hemos llegado.
Supongamos que Nueva York es una ciudad (2021), serie de siete programas de entrevistas a Fran Lebowitz, presentada por Martin Scorsese. Lebowitz es una escritora norteamericana, nacida en 1950, inteligente, divertida, que no se calla la boca ante ningún tema. Es simpático ver cómo Scorsese, normalmente serio, se desternilla de risa ante las respuestas de Fran. Con suficiente material de archivo para que podamos notar la evolución de esta mujer, “profundamente superficial”, como se define, Supongamos que Nueva York es una ciudad es una conversación imperdible.
Oasis (2002), de Chang-dong Lee, es otra película surcoreana, con Kyung-gu Sol, Moon So-Ri y Nae-sang Ahn, que cuenta la rarísima historia de amor entre un malandrín insoportable, con cierto retraso mental, y una muchacha con parálisis cerebral. Al margen de los vericuetos de la historia, del trabajo impecable de guion y dirección (de Chang-dong, quien dejó el cine y se volvió ministro de cultura en su país), es sorprendente el nivel de verosimilitud de los actores; su trabajo es de finísima filigrana y merece todos los reconocimientos. Ganaron ellos, el director y la peli, muchos premios.
Mi maestro el pulpo (2020) es un documental sudafricano, dirigido por Pippa Ehrlich y James Reed, que cuenta la historia del cineasta y buzo Craig Foster, quien para buscar una salida a su bloqueo creativo decide bucear en una bahía cercana a Ciudad del Cabo. A fuerza de entrar en el bosque de algas submarinas conoce a un pulpo hembra y va documentando su acercamiento hacia ella, su inteligencia para escapar de los tiburones, su capacidad de transformarse y de camuflarse. El documental tiene imágenes bellísimas y es también una lección de vida. Ganó el Oscar.
The Mauritanian (2021), de Kevin Macdonald, con Tahar Rahim, Jodie Foster y Benedict Cumberbatch. La comenté en Polvo del camino 66. Dije que la peli “desenmascara la brutalidad, la tortura, la ilegalidad de tener a Mohamedou Ould Slahi encarcelado en Guantánamo durante 14 años, sin que se le acusara de ningún crimen, durante las administraciones de Buch a Obama. La película es valiente, inteligente, bien hecha y abre diciendo que no está basada en la vida real, sino que es la vida real, y restriega el lodo en la cara del gobierno que pedía la sentencia de muerte para alguien sobre el que no tenía ninguna prueba incriminatoria”.
Una película de policías (2021), dirigida por el mexicano Alonso Ruizpalacios, escrita por David Gaitán y el director, con Mónica del Carmen, Raúl Briones y María Teresa Hernández Cañas, es un documental-ficción muy ingenioso y original, que tiene por lo menos tres capas evidenciadas: la primera es un falso documental (la falsedad es intencional) que nos muestra la vida difícil de dos policías: una mujer y un hombre que se vuelven parejas de profesión y marital; la segunda es el diario de los actores que encarnan a los policías, y la tercera la constituyen las dos personas reales que son los policías retratados. Es un documental sobre la policía mexicana, y al mismo tiempo una película de ficción, con una reflexión que vale la pena conocer.
Genio del mal (2018), serie documental, de cuatro capítulos, producida por Netflix, acerca de un atraco de banco en Pensilvania, que desencadena una muerte y la existencia de un extraño complot entre complejos criminales. Las imágenes son reales y comienzan con un hombre que con una bomba atada al cuello roba un banco. De allí en adelante se nos presenta una investigación policial, que duró muchos años, y que va desentrañado la terrible psicología de varios seres, en especial de una mujer, llenos de odio, de maldad. Ver el documental es conocer el sótano oscuro de algunos corazones, el descenso hacia nuestra animalidad más siniestra.
El discípulo (2021), es una película india de Chaitanya Tamhane, con Aditya Modak, Arun Dravid y Sumitra Bhave, que cuenta la historia de un joven obsesionado con la música clásica del norte de la India (indostánica), a partir de unas grabaciones que dejó una gurú ya fallecida. La película es contemplativa y su director no tiene ninguna prisa para contar los meandros de la trama; me parece una gran oportunidad para conocer las interpretaciones de estos artistas indios (qué hace que un intérprete sea bueno, qué es el arte) y la música hecha con algunos instrumentos y con la voz humana como elemento central. Está llena de cuidadosos detalles en la fotografía, las actuaciones, la puesta en escena. A mí me tuvo encandilado.
La serpiente (2021), miniserie de ocho capítulos dirigida por Tom Shankland y Hans Herbots, con Tahar Rahim (el gran actor de The Mauritanian), Jenna Coleman y Billy Howle, sobre las investigaciones del diplomático Herman Knippenberg, en Bangkok, en 1975, que logra detener al asesino serial Charles Sobhraj, quien a sus anchas mataba por envenenamiento y a golpes y a cuchilladas a quienes despojaba de sus documentos oficiales, su dinero, sus joyas. Es impresionante la indiferencia de las autoridades y las embajadas sobre el asunto. Herman Knippenberg está a punto de ser dejado por su esposa, de ser echado de su trabajo diplomático por dedicar tiempo, talento, esfuerzo e investigación para frenar la cacería, la matanza de este asesino terrible. Basada en la vida real.
Dave Chappelle. The Closer (2021), stand-up dirigido por Stan Lathan. Dave Chappelle (Washington D. C., 1973) es un cómico, actor, guionista y productor de cine y televisión. Comenzó a hacer stand-up a los catorce años. Es toda una leyenda en los Estados Unidos de América y en la comedia mundial. Es valiente e inteligentísimo. Su comedia aborda, sin tapujos, asuntos que los demás deciden darle la vuelta: el feminismo, la comunidad LGTIQ+, los negros, los blancos, la política, etcétera. Su cabeza ha sido pedida por muchos grupos, muchas veces, pero a mí me parece que una voz como la suya no debería callarse nunca. Su comedia no es cómoda. Yo me asumo como uno de sus fervientes admiradores.
***
[Comí a principios de año con mi querido amigo Sarelly Martínez. Platicamos de libros, entre otros temas, y me preguntó si andaba en búsqueda de alguno. “Tengo una listita”, le dije. “Mándamela”, me dijo. Lo hice y ya soy poseedor de 46 nuevos libros electrónicos que la generosidad de mi amigo Sarelly me regalaron. ¿Así o más afortunado?]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Desde hace muchos años llevo una bitácora de lectura (antes lo hacía en libretas, ahora en la compu) y desde hace menos ideé una fórmula que me permite abrir mis expectativas de lector a todos los géneros, a todos los temas; así, tengo una serie de listas renovables de diez libros para cada género o tema (cine, novela, autores indígenas, clásicos, ciencia, biografía, cuento, Chiapas, poesía, etcétera) de donde quito el leído y agrego el que leeré. En este 2021 leí 214 libros y de ellos escogí, también más o menos variados, los que comparto contigo lector, lectora, como interesantes, significativos, recomendables… Algunos ya los comenté en esta o en la otra columna (Casa de citas) o los comentaré o no. Aquí los reúno como los recomendados del año pasado, aunque, evidentemente, muchos muy buenos quedaron para mejor ocasión. El orden es porque revisé de enero (Sándor Márai) a diciembre (Heberto Morales, lo leí en noviembre, pero no quise meter más de doce).
El último encuentro (Ediciones Salamandra, 1999, traducida por Judith Xantus Szarvas), de Sándor Márai (húngaro, 1900-1989) es una novela breve que reflexiona sobre el amor, la amistad, la vida. Henrik y Krisztina son casados y Konrád, el mejor amigo de Henrik, se vuelve amante de Kristina. Los dos amigos, casi hermanos, dejan de verse por 41 años y se reúnen cuando cumplen los 73. Son dos viejos militares. La novela es casi un largo monólogo de Henrik y es una buena entrada, si no se le ha leído, a la novelística de este gran autor, del que he disfrutado ya varios títulos.
Volando solo (Alfaguara, 1988), de Roald Dahl (británico, 1916-1990) es un libro biográfico sobre la vida de Roal en Tanzania y sobre su labor como piloto de guerra. El libro reúne anécdotas divertidas, terribles (con serpientes y leones) y escalofriantes, cuando tiene que derribar aviones enemigos o ser derribado por ellos. Roald es un célebre autor de libros infantiles y hace de este libro sobre su vida una narración hipnótica.
Carol (Anagrama, 1991, traducción de Isabel Núñez y José Aguirre), de Patricia Highsmith (estadounidense, 1921-1995). La Highsmith es la gran autora de novelas policiacas. Carol es su debut literario y parte de una anécdota personal para contarnos el amor lésbico entre una mujer madura y elegante, y una joven dependienta. La característica especial, además, es que este amor, generalmente retratado por otros y otras con final trágico, aquí resuma felicidad.
Ka (Anagrama, 1996), de Roberto Calasso (italiano, 1941-2021), es la recreación literaria de sagrados textos védicos. Prajāpati, el padre de todo, tenía dentro de sí una mujer. Pronunciaron tres palabras, “en el vértigo amoroso: a, ka, ho. A fue la tierra, ka el espacio intermedio, ho el cielo”. Calasso es de los autores a quienes leo con asombro, para tratar de entender cómo cuentan, para acercarme a la lucidez, a la inteligencia que no necesita redobles. Es uno de mis maestros y en Ka hay grandes posibilidades de aprendizaje.
Diez (posibles) razones para la tristeza del pensamiento (2005, lo leí en uno de mis lectores electrónicos), de George Steiner (inglés, 1929-2020), otro de mis maestros. La erudición y la enorme inteligencia de este hombre da solvencia a sus libros para que sean referencia obligada en cada tema que toca. Un apunte breve: la razón número tres plantea que “nadie ni nada puede, de manera verificable, penetrar mis pensamientos. […] Ningún otro ser humano puede pensar mis pensamientos por mí. […] Ningún hombre ni mujer puede ‘morir en mi lugar’ en ningún sentido literal. Nadie que no sea yo puede asumir mi muerte”.
Declive (Universidad Veracruzana, 1985), de Sergio Galindo (veracruzano, 1923-1993) es una novela hermanada temáticamente con La obediencia nocturna, de Juan Vicente Melo, y Delirium Tremens, de Ignacio Solares. Trata sobre cómo nace el alcoholismo en un adolescente de buena posición social y cómo ese vicio puede destruir por completo su vida. Está escrita con la aceitada maquinaria narrativa de Galindo que, según su biografía, también tuvo problemas con el alcohol; es decir, sabe de lo que habla.
Todo cambió. Spisil k’atbuj (Ediciones El Animal, 2006), de Josías López Gómez (Cholol, Oxchuc, Chiapas, 1959), es un libro de siete cuentos bilingües –tseltal-español– bien escritos, bien tramados, con muchas y directas alusiones sexuales. Los cuentos de Josías no se consumen con la anécdota: hay en ellos profundidad, conocimiento, capacidad de trascendencia. Algo de él había leído antes, pero este libro me parece un volumen absolutamente recomendable, capaz de sostenerse por sí mismo, con la poderosa fuerza imaginativa y la pulida escritura del autor.
El valle de Issa, de Czeslaw Milosz (polaco). Sólo había leído poesía de Czeslaw Milosz y ahora, en uno de mis lectores electrónicos, leo El valle de Issa (1981, traducción de Ana Rodón Klemensiewich), la vida de Tomás en ese valle de Lituania, donde curiosamente nació Milosz en 1911; ganó el Premio Nobel de Literatura en 1980 y murió en 2004. Dice en una de sus brillantes páginas: “Nadie vive solo: cada uno habla con los que ya han pasado, cuyas vidas se encarnan en él, sube los peldaños y, siguiendo su huella, visita los rincones del edificio de la historia”.
Silvia y Bruno, de Lewis Carroll (británico, 1832-1838). Es uno de los libros menos conocidos del celebérrimo autor de Alicia en el país de las maravillas, cuyo nombre real era Charles Lutwidje Dodgson. Esta novela, que se publicó en dos entregas (1889 y 1893), no tuvo mucho éxito, entre otras cosas porque no es tan fácil de leer (su estructura es compleja), no necesariamente es para niños, tal vez ni para adultos. Necesita un público especial, pues los protagonistas son hermanos, son niños y son seres feéricos al mismo tiempo; la historia está ocurriendo y ya ocurrió, y al mismo tiempo alguien se la está imaginando. Los dos volúmenes valen muchísimo la pena.
El libro de los seres alados (451 Editores, 2008), de Daniel Samoilovich (argentino, 1949). Disfruté mucho viendo y leyendo esta lujosa edición. Samoilovich seleccionó y escribió los textos, y escogió, junto con Eduardo Stupía, las imágenes de maravilla que acompañan a este gran volumen. Los textos pertenecen a clásicos y contemporáneos que han hablado de seres con alas, reales y ficticios, de la a a la z. La selección es magnífica. Samoilovich, en muchas páginas, resume dos o tres libros en párrafos escritos con sapiencia. Las ilustraciones parecen dictadas por la pertinencia y la belleza. El libro me encantó de tomo a lomo.
S/Z (Siglo XXI, 1980), de Roland Barthes (francés, 1915-1980), es resultado de un seminario que dio durante dos años (1968-1969), que analiza lexía por lexía (unidad de lectura, unidad léxica, palabras, párrafos) el cuento Sarrasine, de Balzac. Tal vez el libro no sea para quienes leen sólo para entretenerse (qué maravilla) o para quienes escriben sólo porque aprendieron las primeras letras en la escuela. Es para lectores que gustan de analizar los entramados de una historia, para escritores que busquen algo más que contarla. S/Z analiza desde la crítica (psicológica, psicoanalítica, temática, histórica, estructural), pormenorizadamente cada palabra del cuento, que también está incluido en el volumen. A mí me pareció apasionante.
Cántaros (Unach, 2006), de Heberto Morales (Venustiano Carranza, Chiapas, 1933). Esta es, me parece, de las cinco que he leído, la mejor de las novelas de Heberto Morales. También es policiaca, como la anterior (Sangre en la niebla), pero hay aquí una trama que enlaza la religión, el narcotráfico, la violencia, el asesinato y el intríngulis entre la justicia y la política, entre lo que debe hacerse y lo que se hace en materia de justicia en Chiapas. La novela tiene tensión, retratos bien resueltos de la compleja realidad y de los personajes tridimensionales, es incluso divertida en algunos momentos, y nos deja ver a un autor en plena posesión de sus facultades narrativas. No es frívola, sino al contrario, analítica sin exagerar; si fuera un platillo diría que tiene el punto exacto de ingredientes y de cocción. No tengo ningún reparo que poner, salvo que tendría que ser más difundida, más leída.
***
[Tuvimos muchos regalos forestales en este año: mi cuñado Lino nos regaló varios arbustos de yuca; mi sobrino Mauricio, árboles de limón, ya logrados, y de coco; mi amigo Juventino Tito Sánchez, un árbol de algodón. Todos ya forman parte de mi territorio cercano. Mil gracias.]
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Ilustración: Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Spotify (el servicio que pago para oír música sin interrupciones) hace en automático, con su algoritmo frío, que se supone exacto, una lista de cuáles son las cien canciones que más escuché en el año. De estas tomaré las primeras doce, en el orden en que Spotify dice, de la más a la menos escuchada, para compartirlas contigo lector, lectora; tal vez quieras oír alguna…
Tu sonrisa, de Silvestre Vázquez, es interpretada por la Banda Filarmónica del CECAM, en el álbum Xëëw (2013; Xëëw significa Fiesta, en idioma mixe), volumen uno. “El CECAM se ubica en la comunidad de Santa María Tlahuitoltepec, en la Sierra Mixe de Oaxaca, donde la música tradicional de bandas filarmónicas es entendida como una identidad histórica y de vida”. La pieza suena absolutamente a pueblo durante casi diez minutos (9:59) y es festiva, alegre, optimista. Así la oigo.
Qué suerte he tenido de nacer, del argentino Alberto Cortez, del álbum Soy un charlatán de feria (1976). En 2021 decidí hacer un play de canciones que hablaran de la alegría, de la felicidad. No fue fácil, porque la mayoría relaciona lo feliz con que alguien esté a su lado. El amor como sinónimo único del placer o del dolor. Yo quería que las canciones seleccionadas hablaran de ser felices por nosotros mismos. Que ser feliz se planteara como una decisión personal, interna, íntima, que es como yo lo entiendo. Esta, que la oigo desde mi adolescencia, fue de las obvias elegidas: “Qué suerte he tenido de nacer, para estrechar la mano de un amigo y poder asistir, como testigo, al milagro de cada amanecer. […] Qué suerte he tenido de nacer, para tener acceso a la fortuna de ser río en lugar de ser laguna, de ser lluvia en lugar de ver llover”.
El albertío, de la chilena Violeta Parra (del álbum Las últimas composiciones, 1966) es también de las canciones que oigo desde hace muchísimo. Hablaré de ella en un Polvo del camino posterior. Me cito: “El albertío es un título irónico y se refiere, he pensado desde que la oí, a ser ‘advertido’, pues advertir es un verbo transitivo que implica que una persona puede ‘observarse o percibirse’, es decir, darse cuenta de quién es. Dice Violeta: ‘Vale más en este mundo ser limpio de sentimientos, mucho van de ropa blanca y Dios me libre por dentro. […] Yo te di mi corazón: devuélvemelo enseguida, a tiempo me he dado cuenta que vos no lo merecías. [...] Para llamarse Alberto, hay que ser bien albertío’ ”.
Ay, mi vidita, del cubano Pedro Luis Ferrer (del álbum Rústico, a dúo con Lena, 2005) fue una canción con la que me tropecé. Pedro Luis (1952) es guitarrista, cantante y compositor. Ha compuesto una variedad de temas, desde música clásica hasta guarachas. “Ay, mi vidita” es una canción sabrosa, para bailar, pero hay que parar la oreja con la letra: “Nadie te dirá cuál es la flor que debes descifrar, ni la hora exacta de intentar una ilusión. No hay que suponer cuál es la cruz que un día llevarás. Preferible andar a ciegas, con el riesgo de sentir no más”.
La felicidad ganó el Festival nacional y el internacional OTI en 1975. Es de mi play optimista. La compuso el mexicano Felipe Gil (hoy Felicia Garza) y la cantó como nadie Gualberto Castro. Dice cosas profundas: “¿Quién hizo los muros y no construyó los puentes? Me sobran palabras que nadie comprende. […] ¿Quién tiene más miedo: el niño que teme la noche o el hombre ignorante que teme a su suerte?”.
Aleluya del silencio fue compuesta por la compositora española María Ostiz (1944) y la canta Raphael (en su álbum homónimo de 1969). Tiene cierta implicación religiosa, que a mí no me molesta, porque busca lo gregario, lo universal. Me encanta su ritmo, su melodía. Dice: “Todo corre deprisa, sin ver nada despide color, nuestras manos sólo piden amor, nuestras voces gritarán, unidas siempre cantarán: aleluya”.
Triste, de Antonio Carlos Jobim (cantada por él y por Elis Regina, en el álbum Elis & Tom, 1974), es la única canción de mi lista de 12 que está cantada en otro idioma. Es de las clásicas brasileñas. En el traductor de mi compu dice en español: “Triste es vivir en soledad (Triste é viver na solidão), en el cruel dolor de una pasión (na dor cruel de uma paixão). Triste es saber que nadie puede vivir de ilusiones (Triste é saber que ninguém pode viver de ilusão), que nunca será, nunca será (que nunca vai ser, que nunca vai dar)”.
El marido de la peluquera, del español Pedro Guerra (de su álbum Golosinas, 1995), es una canción dramática, triste: el niño que se enamora de Matilde y logra su sueño de casarse con ella. Matilde se suicida y él la recuerda incesantemente. Pedro es un letrista infalible. Dice: “Cariño y ternura, colonias y besos, te tengo, me tienes, quisiera morirme agarrado a tus pechos. El amor es tan grande, tan sincero y sentido, que un día de lluvia, Matilde acabó por tirarse en el río”.
Tres estaciones, del cubano Noel Nicola (de su álbum Comienzo el día, 1977), es de mis favoritas de siempre. Noel es de mis imprescindibles. Dijo en alguna ocasión que en Cuba no hay más que tres estaciones, no existe el otoño. Abre con la primera estación: “Hay un tiempo de lluvias por caer, son unos días verdes como amar. Y hay unas ganas grandes de sembrar, y más ganas aún de florecer. ¡Ah, compañera, qué primavera te espera!”.
Tonada de luna llena, del venezolano Simón Díaz (de su álbum Tonadas, 1973), es una canción sencilla, con una tonalidad muy linda, que ha dado pie a grandes interpretaciones, incluida la de su autor. Este compositor y cantante es también el creador de la súper célebre “Caballo viejo”. Dice en su “Tonada”: “Yo vide una garza mora, dándole combate a un río: así es cómo se enamora tu corazón con el mío”.
La flor de la canela, de la peruana Chabuca Granda (fue grabada por primera vez en 1953), es una pieza magistral, que me encanta. Chabuca era una maestra. “La flor…” es una canción feliz en su acepción más simple y más profunda: sentir alegría al ver a una mujer que camina, qué maravilla: “Del puente a la alameda, menudo pie la lleva por la vereda que se estremece al ritmo de su cadera. Recogía la risa de la brisa del río y al viento la lanzaba del puente a la alameda”.
Y sin embargo, te quiero, compuesta por Antonio Quintero, Rafael de León y Manuel Quiroga, es una copla andaluza de 1952. La prefiero en la interpretación de la voz poderosa y llena de matices de Rocío Jurado. La canción es de la prehistoria emocional (hazme lo que quieras, te perdono) y es el retrato de un amor desesperado de una mujer por un hombre. Ella le ha dado todo, lo ama con pasión, tiene un hijo de él y él ni la visita, porque tiene otras mujeres. Pero lo quiere y le es fiel. De tan dramática, llega a ser divertida: “Que se me paren los pulsos si te dejo de querer. Que las campanas me doblen si te falto alguna vez. Eres mi vida y mi muerte, te lo juro, compañero. No debería quererte, no debía de quererte, y sin embargo te quiero”.
***
Mi amiga Rocío Molina me regaló dos plantitas con muy lindas maceteras. Ésta me encantó porque, me dijo, es mi retrato leyendo.
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Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez
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Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
mis pupilas sobrias sin drogas añejas + mis pupilas niñas de olvido perpetuo + mis pupilas santas de espejo rotos + mis pupilas suaves de ásperas miradas + mis pupilas extrañas de edulcoradas memorias + mis pupilas necias de reacios aprendizajes + mis pupilas volátiles afincadas en tierra + mis pupilas nacientes de blancura absoluta + mis pupilas crepusculares de amores violetas + mis pupilas vivas de furor estremecido + mis pupilas muertas de ayeres conclusos
[Compré en Puebla la Poesía completa, de Alejandra Pizarnik; la comencé a leer allí y la terminé en Guerrero. Leí “Vagar en lo opaco” y en la misma página escribí a mano y casi en automático la derivación que publico. Con Nadia, Alfredo, Dalí, Roger y Víctor Hugo compartimos lugares para dormir, funciones de teatro, desayunos, comidas, tragos e interminables conversaciones, de modo que, aunque ellos no leyeran a Pizarnik conmigo, se volvieron parte de mi experiencia lectora, de la mixtura que siempre hago con leer, escribir, vivir, como si no estuvieran (no están, en mi caso) separadas… Por eso mi vagar se volvió colectivo y mis pupilas, como peces jesuíticos, se multiplicaron.]
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Ilustración: HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Apunte de oído, 6Tres referencias librescas en "Invisible", de Aute
Héctor Cortés Mandujano
Luis Eduardo Aute Gutiérrez (Manila, Filipinas, 1943-Madrid España, 2020) hablaba muchas lenguas y tuvo varios oficios artísticos: pintor (vivió como tal en París e hizo varias exposiciones; las portadas de algunos de sus discos son obras suyas), cineasta (estuvo detrás de cámaras, como codirector en largos y cortometrajes, y escribió guiones. Su película más conocida la hizo en 2001: Un perro llamado dolor), poeta (publicó La matemática del espejo, La liturgia del desorden, Templo de carne, entre otros), pero es conocido fundamentalmente como cantautor.
Son suyos los éxitos: Rosas en el mar, La belleza, Sin tu latido, Pasaba por aquí, Al alba, De alguna manera, Siento que te estoy perdiendo… Sus canciones fueron y son grabadas por muchos intérpretes, y dejó para la posteridad muchísimos trabajos discográficos.
La canción “Invisible” es parte del disco Aire/Invisible, de 1998, y en ella, como en muchas de sus composiciones, podemos notar las lecturas, el sólido conocimiento de Aute en materia de escritura y composición. La pieza tiene tres estrofas y un estribillo final que se repite. Dice:
“Si yo tuviera el aro de Giges, y le pidiera desaparecer, sólo lo haría para camuflarme de algunos espías, que no quiero ver. Nunca sería para sorprenderte bebiendo de otras ambrosías. Me excita más la alevosía brutal de no verte, cuando no eres mía, cuando no eres mía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
El anillo de Giges hace referencia al mito que cuenta Platón, en La república (publicado en el año 370 a. C.). Giges era un pastor que encontró en un abismo (que se abrió frente a sus ojos por un terremoto) un caballo de bronce; dentro estaba un cuerpo muerto, que en uno de sus dedos tenía un anillo de oro. Giges lo tomó y se dio cuenta que cuando le daba vuelta se volvía invisible. Con ese poder se hizo soberano del reino de Lidia: sedujo a la reina y con ayuda de ésta mató al rey.
“Si me tomara la mezcla de Griffin, y me esfumara para no volver, sólo lo haría para liberarme de mi biografía, sin dejar de ser. E intentaría que mi transparencia fundiese con tu anatomía. Y ya entrados en herejías, tu concupiscencia me reencarnaría, me reencarnaría. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
Griffin es el protagonista de la novela El hombre invisible, publicada en 1897 y escrita por H. G. Wells. Griffin es un científico que inventa una fórmula que primero aplica a un gato y luego a él mismo para hacerse invisible. Ese poder lo vuelve asesino y loco.
“Si fuera el gato burlón de Cheshire, haría un trato con mi creador: No sonreiría jamás si consigue que Alicia sonría entre tanto horror. Entregaría al rey mi cabeza, incluso mi cuerpo invisible, si a cambio no fuera posible jamás tu tristeza, tu melancolía, tu melancolía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
El gato de Cheshire es uno de los tantos personajes estrambóticos que Alicia en el país de las maravillas, célebre novela de Lewis Carroll, publicada en 1865, se encuentra en su loco viaje. El país tiene un rey y una famosa reina roja que a cada momento ordena: “¡Que le corten la cabeza!”. El gato de Cheshire desaparece paulatinamente. En su imagen más icónica, sólo se ve su risa colgada en el aire. Luego, nada.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lennon (Alfaguara, 2010), de David Foenkinos, con traducción de César Aira, es una novela biográfica dividida en sesiones terapéuticas en las que el célebre exBeatle nos cuenta su vida. Foenkinos, gran fan, dice que la música de los Beatles lo (p. 9) “acompaña desde siempre”, aunque “por momentos no sé qué pienso de John Lennon”.
El libro, salvo en el epílogo, cede la voz al John Lennon (1940-1980) que, se supone, está hablando con su sicoanalista. Dice en la primera sesión (p. 14): “Una parte de mí mismo está persuadida de que soy un pobre diablo, y la otra piensa que soy Dios”.
Nació en plena guerra (p. 21): “Al comienzo mismo, oí el ruido de los bombardeos. Yo no vine al mundo. Vine al caos. Liverpool era el blanco de las bombas alemanas”. Sabe, sin embargo, que lo que diga ya lo sabrá quien lo escucha: “Soy tan famoso que mi vida pertenece a todos”.
Apenas nacer, como las bombas caían (p. 23), “mi tía Mimí me dijo que de inmediato me pusieron debajo de la cama. Como si una cama pudiera atenuar el derrumbe de un techo”.
Dice en la quinta sesión (p. 49): “El futuro del hombre es volverse mujer. Se van a invertir los roles. Y eso a mí me viene bien. Me siento mujer. Y me siento niño también. No soy adulto”.
Su infancia no fue fácil. Primero lo abandonó su padre y luego su madre. Vivió con su tía Mimí hasta que encontró a Paul, George y Ringo (me salto al famoso quinto Beatle), que fueron su más cercana familia. George era el más pequeño de todos y el único célibe (p. 84): “Todos asistimos al desvirgamiento de George. No había visto que estábamos ahí. Cuando terminó, encendimos la luz y aplaudimos”.
La fama del grupo fue tremenda y ellos experimentaron con mucho sexo (había mujeres que hacían fila para compartir instantes de placer) y muchas drogas, hasta que conoció a Yoko (p. 133): “Millones de personas comenzaban a reducirse y a desaparecer, a hundirse en el vacío, a ser olvido en el amor que sentía por una sola persona, una sola persona que reducía el mundo a nada, y ésa es la definición suprema del amor: una persona que reduce el mundo a nada”.
Paul le pidió que fuera a la exposición de Yoko. Ella no conocía a los Beatles, pero sabía que el millonario John podía financiar su obra. Llegó y la vio, se saludaron y lo dejó solo para que recorriera la muestra de su trabajo (p. 136): “En la primera sala había una escalera que conducía a una lupa. Había que subir y observar la palabra escrita en lo alto. Subí, con miedo de descubrir algo cínico o negativo, pero pude leer: SÍ. Nada más que la palabra ‘sí’ ”.
Cuando se casaron él tomó el nombre de Yoko (p. 153): “Me llamo John Ono Lennon. […] Yoko es yo”. Ella, dice, le dio la fuerza para divorciarse de los Beatles (p. 161): “Me tomó de la mano y me dijo: la vida está en otra parte”.
El epílogo cuenta, ya no desde su voz, su asesinato. Hay una foto donde (p. 191) “Lennon firma el álbum del que lo asesinará unas horas más tarde”.
Después de los cinco tiros a quemarropa (cuatro dan en el blanco), en el coche de policía donde lo llevan al hospital, para que no se duerma le preguntan (p. 192) “ ‘¿Usted es John Lennon’. La respuesta: ‘Sí’. Y será su última palabra”. La misma palabra que leyó cuando conoció a Yoko.
***
Lector, lectora, llegamos juntos a la columna número cien. Muchas gracias por leerme, por ser mi imagen en el espejo, los ojos del sueño, la otra vida donde me multiplico y donde somos tú, yo, nosotros, todos, todas…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Vine a verte, mañana, en un hotel que ya no existe.
Has sido sucesiva y sincrónicamente un sí, un no, un tal vez en el múltiple espacio, el caleidoscópico tiempo de nuestro multiverso idílico.
Y yo veo lo nuestro (que sería una exageración llamar amor) desde el principio antrópico y desde la teoría de las probabilidades, y el sí no siempre termina en beso (incluso, la amorosa moneda echada al azar, a veces ha caído de canto), el no es a veces un encuentro erótico (lo que resignifica y renombra con la lucidez de la locura tu negativa caprichosa) y el tal vez es una dispersión que va desde no contestar mis mensajes telefónicos hasta borrarme de tus contactos, pasando, en contraste, por mandarme un emoticón romántico y decirle a una de mis amigas que yo soy el hombre de tu vida.
El jardín de los senderos que se bifurcan sería un retrato móvil de esto que a veces te interesa, a veces tal vez, a veces no. Pero no el cuento de Borges, sino la fisicalidad de un jardín que tuviera todas las posibilidades de tránsito, en todos los tiempos.
Sé que cualquiera con menos práctica en el pensamiento complejo me diría que tú no eres una individualidad, sino la multitud de mujeres con quienes me he relacionado familiar, amistosa, amorosa y eróticamente, y que yo he hecho una con todas; por eso, incluso, a veces tus ojos, que no son de la misma cara, representen la heterocromía.
No es así: tú te has llamado de muchas formas (Carmen, Luisa, Carolina, etcétera), pero eres única, y te recuerdo lo mismo en el jardín de la infancia, que cuando partí mi pastel de cumpleaños número 40. Y te he visto en las nubes y en el árbol de espinas, y en el frondoso nambimbo de cuando niño, y en los sueños…
Pero tu más reciente encarnación me hace perder la paciencia y la esperanza, porque siento que no estás cuando estás, que no te vas cuando te vas, que has enredado tu existencia (cambiante, polimorfa, isótropa) a lo que yo llamo mi vida, que más parece una copia deforme de la tuya.
Pero la existencia, me dice mi incesante pensamiento, es prueba de su extremo contrario: el deceso, la ausencia, la falta.
El hotel sigue allí, ayer: tú no existes.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Dice Renoir, citado en El impresionismo (Editorial Hermes, 1957), de Peter de Francia, con 24 reproducciones seleccionadas por Viktor Griessmaier (p. 5): “Una mañana estábamos pintando cuando uno de nosotros se quedó sin negro y empleó en su lugar el azul… El impresionismo había nacido”.
El impresionismo no buscaba la fotografía perfecta, sino comunicar la impresión del pintor ante lo que miraba. No fue fácil al principio, porque (p. 7) “la imagen más bien resume que explica y la pintura tiene una cualidad que la hace parecer instintiva”.
La gente quería que la pintura fuera bonita, fiel al modelo, y por eso (p. 8) “el impresionismo señala el comienzo de una violenta aceleración del divorcio radical entre el público y el artista”.
En la lámina 11, “Le Pont Neuf”, de Auguste Renoir, escribe el crítico: “Realistas en su temática, los impresionistas lo eran aún más en sus esfuerzos por transcribir ese elemento de la naturaleza que es el más realista y a la vez el menos expresable, el más fugaz: el espacio expresado en términos de atmósfera”.
Sobre el mismo tema leo-veo el libro de gran formato, con reproducciones en fino papel, en vivos colores, El salón de los impresionistas: Pissarro, Manet, Degas, Monet, Renoir, que forma parte de la colección Los grandes maestros de la pintura universal (Fabbri Editori, 1980), en donde cada selección de reproducciones (catorce de cada uno) es acompañada por una biografía y un ensayo.
Cita Dario Durbe en su ensayo lo que Edouard Manet dijo luego de no ser comprendido como artista durante su accidentada vida (p. 35): “No me disgustaría poder leer finalmente, mientras aún vivo, el extraordinario artículo que me dedicarán apenas muera”.
Claude Monet (“Pinto como canta el pájaro”), dice Alberto Martini, pintaba sin los detalles que requiere la mirada atenta y diferenciadora, puntillosa y clínica. Cézanne dijo de él (p. 104): “Monet solamente es un ojo, pero ¡mi Dios, qué ojo!”. Una anécdota define su interés (p. 107): “Cuando Renoir lo lleva al Louvre a estudiar a los maestros él prefiere mirar por la ventana y anotar sobre la tela las impresiones que la naturaleza suscita directamente sobre él” (el cuadro está en el libro, se llama Saint-Germain l’Auxerrois).
Pierre Auguste Renoir también se sentía muy atraído por la naturaleza. Dice Alberto Martini en su ensayo (p. 132) “Ante la elección de la representación de una flor o de una ‘idea’, Renoir no duda en elegir la primera”.
Cita directamente a Renoir (p. 134): “A mí me gustan los cuadros que me provocan el deseo de pasearme dentro de ellos si representan paisajes, de acariciarlos si representan mujeres”.
Lo dicho aquí, claro, es sólo écfrasis (“descripción precisa y detallada de un objeto artístico”, según la RAE); lo ideal será, lector, lectora, que mires los cuadros, que te metas a ellos, que los sientas y, si quieres, hagas tu propia écfrasis. Te abrazo.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Aunque supongo que la venden en todas partes fue en Oaxaca donde probé la cerveza Vicky con agregados a su sabor. Me llamó la atención lo que dice la etiqueta de la primera que tomé (sólo dos, no vayan a creer): “Chela chingona con chamoy y mango”.
Recordé que fue polémico el comercial de Victoria, su cerveza emblemática: “La primera cerveza hecha con lo más chingón de México”. Remarca la publicidad, para que quede claro el mensaje, la palabra chingón.
Hubo durante muchos años prohibiciones tácitas y escritas sobre no decir palabrotas en el cine: se decía, con eufemismos, hijos de la guayaba o de la tostada, hasta que las mentadas de madre fueron lo más socorrido de nuestro cine; en la televisión abierta son ya más permisivos, porque Youtube y las redes pulverizaron la prohibición; en los periódicos ahora menudean; en las canciones que pasaban en la radio sólo se sugerían (La rajita de canela, Voy a apagar la luz, Qué culpa tiene la estaca, etcétera), hasta que empezaron a decirse sin el menor recato…
Los conductores, noticiarios, actores y actrices, gente famosa, ocultaban su modo de hablar. Que Sara García, la abuelita del cine nacional, dijera groserías parecía el fin del mundo. Ahora es normal que todo mundo en todos lados llame al pan, pan y al sobaco, sobaco sin ruborizarse.
El único bastión donde la prohibición no hizo mella casi nunca fue en los libros, tal vez porque, aunque a algunos regímenes totalitarios les parecen peligrosos, tienen y siempre han tenido pocos lectores. Que se vayan a la chingada, pensaron quizás.
Pero la última puerta, creo, que se está derrumbando es la publicidad y los nombres de los negocios. Se tenía miedo, también supongo, de que la gente se alejara del producto o del negocio que tuviera alguna mala palabra. Pero no ha sucedido, sigo suponiendo, con la cerveza Victoria.
En los negocios siempre han tratado de esconder la palabra con sugerencias más o menos creativas, más o menos simples. Por ejemplo, llamar a un motel Rapid-inn en Tuxtla (sobre el Libramiento Sur) o una taquería Ay Güey (en la Quinta Norte) o cosas así.
Por eso me sorprendió que en pleno Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, frente a la Plaza Cristal, sin duda la más popular, la que más gente recibe, hubiera una cantina que se llamara sin darle muchas vueltas, con meridiana claridad, Don Vergas. En la entrada, además, con un albur sin rebuscar, escribieron: “Siéntate a gusto”.
Antes hubo una cantina que se llamaba el Chomeme (otro subterfugio para referirse a la verga) y otra El abajeño (que democráticamente se refería a los dos sexos); es decir se podía hacer alusiones al sexo usando trucos verbales que parecían, por el nombre sonoro de Don Vergas, se irían a dormir a las redes de la modosidad.
Chingón se dice hasta en las mejores familias y Verga ha sido la palabra más condenada y, por lo mismo, la que más dice la gente en Chiapas. Victoria pone la palabra chingón como una palabra común y Don Vergas normalizaba la satanizada expresión sobre el falo y abría la posibilidad de que algún otro negocio se llamara con otras palabras que existen pero se esconden por educación, por prudencia, por hipocresía, por tantas cosas…
Don Vergas duró llamándose así durante meses, pero le llegó, supongo, la admonición amenazante y ahora, con los remilgos de no hincarse ante la autoridad y dar su brazo a torcer, se llama con la misma tipografía y colores Don Vengas, que ya suena absurdo. Según yo hubiera sido mejor que cambiaran completamente de nombre, porque así nomás parece que –en acatamiento a la orden de le cambias o le cambias– se hubieran hecho la jarocha…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).