Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos
William Blake, en Los Proverbios del infierno
Un día dejó de tener interés en correr detrás de las mariposas y comenzó a ayudar a su papá en las rudas tareas de campo. Dejó de ser niño. Su papá no hizo comentarios.
Su mamá murió de parto y su padre cuidó de que él, de pequeño, no muriera en las tierras más bien yermas de aquella montaña que fue en lo sucesivo su hogar. Fuera de su progenitor, alguna vez vio a otras personas cuando lo acompañó a la ranchería donde eventualmente conseguían víveres. Le llamó la atención que algunos, algunas hablaran a gritos, que rieran a carcajadas. No le gustó y casi no acompañaba al padre hasta el caserío.
El hombre que lo trajo a la vida envejeció y murió. Lo enterró sin avisar a nadie.
Siguió trabajando, como si nada, con los harapos de siempre, hasta que un día decidió ir al caserío y se compró una camisa, un pantalón, zapatos, ropa interior…; con la menor cantidad de palabras logró saber hacia dónde debía ir para tomar el tren que lo llevara a la ciudad.
Llegó. El ruido lo aturdió y las manadas de gente le parecieron extrañas. ¿Por qué había ido? Por un sueño.
Decidió volver a su montaña lo más rápidamente posible; antes, se sentó en la banca de un parque y desde allí vio a una mujer de extensos cabellos, piernas largas y ojos enormes. La vio encandilado, como si todo hubiera desaparecido y ella fuera la única habitante de un planeta que venía al suyo.
Se acomodó a su lado, le tocó el hombro y le dijo:
—¿A qué hora nos vamos?
Este había sido su sueño.
Subieron al tren, él no pudo dormir en el trayecto y ella recostó la cabeza en el hombro de su hombre. Llegaron a su destino provisional: había que caminar mucho para llegar a la montaña.
—Espera –dijo ella, cuando ya estaban en un trecho solitario.
Él nada dijo cuando ella se trasformó en yegua. La montó y llegaron a la casa. De nuevo se volvió mujer.
En la noche ella lo guio para que conociera el sexo. No supo cómo se halló desnudo y qué hizo. Sólo sintió que ya no era humano, sino una hoja volando en un abismo, una piedra cayendo al infinito, una muerte de mil cuchillos que lo hacían desangrar con lentitud hasta morir mil veces, un espejo hecho añicos... Le pareció sorpresivo que, después de esas sensaciones limítrofes, volviera a ser el mismo. El misterio no estaba en la vida ni en la muerte, sino en el sexo.
No recordaba tener un nombre ni sabía su edad, ella nada preguntó. Iban juntos al campo (a veces ella como yegua, a veces como mujer), hasta que un día, bañándose en el río, ella se volvió cocodrilo, y luego, como a él parecieran agradarle las transformaciones, tornó sucesivamente en árbol, en pájaro, en serpiente.
Él se dio cuenta que la vida era un entramado de emociones que no podían decirse y que en esa mujer habitaba todo lo que había soñado. Callaba, entonces, y ella, silente también, parecía descifrar la chillante mudez. Una noche ella se volvió una laguna de agua, dentro de la choza, y él la poseyó, líquidamente, de muchas formas. Una vez ella se metió en él y sintió lo que era vivir como mujer, porque ella, en un desdoblamiento mágico, se volvió un hombre.
Vivieron mucho tiempo juntos, hasta que él, con ayuda y paciencia, también pudo convertirse en algunas cosas, aunque le costaba mucho. Después de años innúmeros se convirtieron en dos rocas que, abrazadas, sobresalen en la punta de la montaña.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Alejandro Nudding**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Alejandro Nudding, «nacido en Veracruz, Mexico; radica actualmente en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, preocupado siempre por la estancia temporal del hombre, su trabajo aún no definido pelea por lo etéreo y el carácter del humano, pensando que es un resultante del momento y fiel creyente que todo sucede un instante antes, su trabajo se empeña en el color fuerte y en la pincelada que se muestra, por que sabe que un instante después todo a muerto.» (Fuente: artelista)
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Escucho que el viento silba con fuerza, se mueven las hojas de los árboles, se combina con el canto de los grillos, mis oídos perciben el caer de las gotas de lluvia, imagino que la llovizna es leve. Tengo los ojos cerrados, el paisaje sonoro de la noche, antes de dormir, me hace comenzar a crear historias a partir de los sonidos. No puedo dejar de evocar a la radio.
Febrero es el mes de la radio, la celebración del Día Mundial de la Radio es el 13 de febrero. Para mí es el medio que no pasa de moda y que se ha transformado y adaptado a través del tiempo, de los espacios y de las necesidades de los grupos, de las sociedades.
Para quienes tenemos la oportunidad de estar en cercanía con este medio, sea como audiencia, o en la producción radiofónica, locución, operación técnica, edición, etc., sabemos de las bondades que tiene, de sus características que la hacen un medio no solo consentido sino que forma parte de la vida cotidiana.
¿Qué importancia le damos a la radio en nuestra vida cotidiana? Se han preguntado eso alguna ocasión. En mi caso la considero como una fiel compañera, tengo muchas historias con ella, está ahí cuando la necesito, en los días grises, fríos o nublados, pero también en los días soleados y radiantes de luz. Gracias a mis compañeras, compañeros radialistas por las enseñanzas y los compartires. Larga vida a la radio y a sus radialistas, desde todos los espacios de Chiapas, México y el mundo.
Aprovecho este espacio para felicitar al equipo que integra actualmente y a quienes han formado parte del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz, que en este mes de febrero cumple su 16 aniversario. Gracias a quienes se han sumado a este proyecto colectivo, estudiantes, docentes, gente egresada, autoridades académicas, colaboradores y colaboradoras desde distintos espaciosa académicos, culturales, institucionales, radiofónicos y por supuesto, a la XERA, del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía por el espacio para difundirlo.
Hago un reconocimiento especial a mis colegas radialistas de Los Colores de la Voz que desde el 2020 se sumaron a continuar haciendo radio en otras condiciones, adaptándonos a la contingencia sanitaria y dejando que esos tintes de magia que tiene la radio se impregnaran más en nuestro quehacer para poder continuar, con entusiasmo y compromiso, haciendo de ella una fiel compañera para el público radioescucha.
¡Qué viva la radio!
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Hermann Hesse «Un poema sólo para locos» en El lobo estepario
EGB
Sobre el autor:
Erik García Briones
Tapachula, Chiapas, México, 1983
Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
El señor Arthur acaba de despertar. Ya anda el día reclamando su despedida. Por lo azul de las nubes, que se vuelven grises al paso por la ciudad. El sol, escondido, disimula su cansancio y de vez en cuando asoma sus débiles y últimos rayos entre los huecos esponjosos. Una sombra adelantada y enorme va cubriendo las casas, resbalando por los infinitos tejados en declive, hasta tocar con sus flecos las puntas de los árboles. El olor de las aceras sube hasta las ventanas semiabiertas y entra en los hogares. Un aroma a viejo, como de moho enfurecido por el transcurso del tiempo. A esta hora de la tarde la criada suele cerrar los ventanales, corriendo las cortinas hacia el centro, adormeciendo las estancias. Y luego, cuando la oscuridad ciega los ojos enciende los candelabros, creando un espejismo de siete llamitas repetidas, en una doble escalera, hasta que todas alumbran al compás mientras la mujer viaja por los pasillos comprobando la aceptable armonía de la vivienda. A eso de las ocho la mesa primorosa con su vestido de gasa, calada en los extremos. Una cena en la esquina espera la llegada del viejo, que se roza los párpados, aún recostado. Sucede así todos los días. De lunes a lunes. Pero hoy, en la noche del sábado, los señores salieron al teatro. Ahora estarán en el palco, con los brazos sobre el borde en curva, rojo y aterciopelado. No se acuerdan, embelesados, del anciano que dejaron entre las sábanas, como un recién nacido, enroscado entre sus pliegues, los brazos arrugados, el cabello ligeramente rubio, aunque escasísimo, por la edad, que ya maduró hasta los noventa bien adentrados. El matrimonio respira hondo hinchando sus pechos cuando, al fondo, el telón comienza a subir lentamente. La orquesta silba sus primeros acordes y el silencio es total, sólo abortado por algún que otro inoportuno carraspeo.
Arthur abre por fin sus ojos viajeros, que tantas escenas han vivido. Está el hombre a punto de claudicar de la vida. Pero aún le quedan al anciano algunas ansias encerradas en lo más profundo de su mente. El filo de la cama se muestra arisco, elevado, formando una cresta alrededor del valle donde el cuerpo aviejado ha estado descansando toda la noche y buena parte del día. Huele a carne podrida, a cieno encalado en unas paredes floreadas, a ligerísima humedad en lo alto, donde el techo, lejano, permanece quieto en actitud esperanzada. Arthur no es capaz de hilvanar dos pensamientos seguidos. Eso era antes, cuando aún los años no habían descarnado su cuerpo. Ahora, en el retiro indolente, su pensamiento aparece alumbrado por unos escasos vaivenes inopinados, como en un sueño, adormecido en el transcurso de las horas. Esta tarde, sin embargo, el viejo soñó. Y en el sueño se notó fortalecido, como en sus tiempos mozos, viajando por esos países de lenguas extrañas, por esas modalidades irreconocibles, de gentes crudas en el rostro, encendidos algunos, atractivas las hembras que le miraban como al señor que vino desde tan lejos, con la maleta reservada, en una mano pendiente. A Arthur siempre le sedujeron los viajes en tren. Trenes llenos de gentes sin nombre, de niños raquíticos y de mujeres golosas, de hombres con sus hatillos, de perros ladrando, de revisores que no revisaban apenas, a él siempre, repito, le atrajeron esos viajes, como si fueran unas despedidas de mentira, ir y no ir, huyendo del trasiego de la rutina, que también ella se torna a veces resuelta y protestona. Esta tarde el viejo se esfuerza por sacar las piernas sin la ayuda de nadie. Sólo se trata de un esfuerzo simple, aunque gigante para sus años. Elvira estará en cualquier parte del mundo. Para Arthur la casa es enorme, inabarcable, despedida hacia lo lejos igual que el horizonte se nos adelanta cuando avanzamos. Siempre escuchó el rumor del uniforme cuando ella fregaba en la cocina o cuando caminaba lenta, salvajemente, por los pasillos. Hoy solo hay silencio. Roto ahora por el roce de sus piernas que doblan el ángulo buscando una posible salida. El suelo está tan bajo que al hombre se le dispara en lo que puede su débil corazón. Ya sus pies retorcidos apoyan el suelo. La alfombra le acaricia unos dedos conchosos, como los dedos de mi abuela, cuando vivía, recuerdos que no me abandonan, que los llevo prendidos hasta el fin, hasta que todo este misterio esté resuelto. El anciano siempre duerme con el pijama. Una sencilla camisa abotonada y unos pantalones que se le suben hasta las rodillas en el instante en que Elvira le cubre con la sábana. Ese detalle nadie lo averiguó jamás. Tampoco tuvo nunca su importancia. Porque hay minucias tan engreídas que alzan el cuello hasta alcanzar el límite exacto de su elasticidad, intentando subir en la escala, para pasar de pequeña insolencia a una pincelada más gruesa. Hoy, ya casi de noche, la sombra en la habitación. Encharcando los muebles, las paredes, el techo de fatigada lámpara, la puerta de molduras enervadas, el arcón, la cama, la percha, las sillas, el galán hierático y orgulloso. Arthur, el anciano, despega la sábana, retira esa piel que le cubre desde hace ya tanto y busca la perilla blanca. Sus dedos se muestran torpes, temblorosos, y por los labios, finos y cárdenos, fluye una baba transparente que nunca se atreverá a secar porque nunca se dará cuenta de su existencia. Hay características que son indudables. Ese peinado primerizo de los adolescentes, cuando embadurnan sus cuellos con el perfume que les regaló su amada. La postura erguida de los maduros, entrados en años, años disimulados porque todavía un bozo ligero de la pasada juventud asoma a sus rostros. Y la tímida inclinación, disimulada, de los viejos que apenas escuchan lo que otros declaman, por la sordera, que les entró lentamente, como un gusano ondulando sus movimientos por los oídos, hasta el fondo, hasta que logran sentir esa cálida ternura de los huecos ocultos. Arthur logró levantar el tronco. Ahora permanece sentado sobre el filo escarpado y rocoso de la cama, con la sábana a un lado, arrugada, caliente, callada. Descansa el viejo. Su respiración se va calmando poco a poco. La luz, ya encendida, marca unas sombras opuestas a las terribles realidades. Siempre tuvieron esos ángulos las mismas aberturas, desde el principio, cuando su hijo propuso lo que propuso. Ahora ya era un poco tarde para cambiar las cosas. Las piernas perdieron sus vellos. Flacas, colgadas hacia el suelo, por la piel que se le adormece. En la mente del viejo asoma en estos momentos un pensamiento fugaz. Se siente perdido, alejado de toda posible aquiescencia, lejos de todos, apartado como Elvira, cuando la mujer se oculta tras las puertas cerradas.
Tal vez si pudiera…
Agarrado al arco curvo de la cama el anciano se ha puesto de pie. Intenta mantener el equilibrio, recordando cómo lo conseguía cuando aquello de tan lejos. Ahora el cuello le respondía cruelmente. Si movía más de la cuenta la cabeza, o simplemente los ojos en direcciones cruzadas, el vértigo aparecía en redondo alrededor de su cuerpo, y luego la caída. Por eso Arthur se movía muy lentamente. No había prisa. Ninguna. Esa eterna compañera de la vida que se mueve empujándote, reclamando de ti una mayor desenvoltura, ahora estaba, como él, casi dormida. Los pantalones se le fueron cayendo desde la cintura estrecha. El viejo con la camisa doblada, los dos botones de arriba desabrochados, aparentaba una especie de decrepitud, sólo evaluada con los ojos de la renuncia y del recuerdo, cuando a mi cabeza llegan ahora esas otras imágenes perdidas en la consciencia de mi vida. Arthur pensaba caminar. Hacia alguna parte. Todavía no había decidido el destino, pero al viejo le apetecía cambiar el rumbo de sus rutinas, esparcir por el suelo su destino cercano, viajar de nuevo, conocer otra vez a esas gentes de antes con las que apenas cruzaba de vez en cuando una mirada furtiva, deseaba el hombre salir de su cuerpo, ser el señor Arthur de siempre… y el tren en su retina, con el sonido metálico de sus ruedas macizas, observando desde la ventanilla paisajes inventados, horizontes que nunca más volvería a ver, como todos esos ojos de enfrente, ojos dirigidos a los suyos, como de niños y de ancianos, tan lejos aún para él en la distancia, tanta osadía guardada en la frente de los otros, cuando se levantaba a estirar las piernas o simplemente cuando dejaba desocupado su asiento para una señora entrada en años. Añoraba así, de esta manera tan insospechada, esos viajes antiguos. Ahora el hombre, esta tarde de oscura presencia, necesitaba viajar de nuevo, sentirse útil en su desenvoltura, atravesar con sus piernas las lejanas praderas de los salones, salvar los puentes apasillados de puertas cerradas. Dejó la luz en una tenue fosforescencia crepuscular. Un ocaso en el interior de la habitación. Miró hacia atrás y sintió una leve pesadumbre al tener que abandonar el espacio de sus últimas tardes. Sin embargo, Arthur se había decidido al fin. Con sus dedos agarrotados sostuvo el picaporte que cedió rápidamente en una curva hacia el fondo, suave, silenciosa, un giro que le abrió quedamente la ancha planicie moldurada y blanca.
Mientras tanto…
El señor Stepelton y su esposa aparecen sentados, extáticos, como ausentes de sus pensamientos cotidianos cuando el telón, sobrio y de un verde agua maravilloso, con algunas tesituras en declive, va subiendo lentamente frente a un público expectante. Un patio de butacas silencioso. Únicamente podríamos oír, de poder, los latidos incesantes por el comienzo de la obertura que claman ya las trompas, los fagots, los clarinetes impolutos en sus brillantes apariencias, todos los instrumentos cantando en grupo, una armonía in crescendo al principio, acelerando las pulsaciones de la gente embelesada, que no se atreven a mover sus cuerpos de los asientos. Luego alcanzan los oídos el decrescendo majestuoso que deja limpio el espacio, antesala de lo que pronto sucederá en el escenario. Y esos coros, a ambos lados, como presencia articuladora del drama, lanzando al aire las voces de Los Peregrinos, voces empastadas, dúctiles, explosivas… El matrimonio, como dos figuras de cera, ha vuelto al principio de todos los tiempos, cuando esta historia de la vida hubo comenzado. El anciano quedó atrás en sus pensamientos, absorbidos ahora por la dulzura y la presencia de las cuerdas, con sus sutiles y brillantes pasajes, y los metales, poderosos, deslumbrando por encima de los invitados, ya en el concertante.
Arthur ha movido uno de sus pies, adelantando el movimiento, atrevido en su esencia, con el carácter que le quedó al hombre de cuando entonces. El otro pie, observado desde la altura de sus ojos desea también seguir al primero y, en un arrebato juvenil, se adelanta hasta conseguir establecer un paralelismo casi patético. El cuerpo apijamado ya se encuentra en el pasillo, la puerta tras él quedó abierta, como si nada en su mundo estuviese sucediendo, solamente el sonido crujiente de los muebles encerados de caoba, y el polvo en el ambiente, cuando choca insensible con los planos inventados. Arthur se anima y el anciano repite el movimiento de antes, avanzando siempre su pie derecho, mientras sus manos, huesudas y articuladas, se aferran a la pared más cercana, la cabeza siempre al frente, con la mirada acompañando, el temblor de sus rodillas que, ante semejante singladura, se resisten al avance. Una pequeña infantería de tejidos y de arterias sofocadas camina ahora buscando al enemigo en la batalla, en su propia ofensiva comprendida, porque el viejo desea ser un hombre de nuevo, igual que al principio, cuando era un pequeño renacuajo enjuto y rubio, junto a la falda de su madre, en el olor grato de esos tules, ansiando aquellos días pasados en la tibieza de un hogar que le atrapaba. Sin embargo, el recuerdo viene y va de su mente, así como a lo tonto, jugando con el devenir de su dueño y el viejo pierde la consciencia de lo que hace y de lo que quiere. Mira a lo lejos, a esos reflejos en el suelo, donde las losas ajedrezadas alternan sus colores, y nota en el alma un miedo a lo lejano, dudando en ese instante si seguir con su locura, que le llora en los oídos, o si regresar y echarse otra vez en esa sepultura con forma de cama. Ahora se le apagó al viejo la cordura y la comprensión de los hechos y sus piernas le avanzan el cuerpo hasta la mitad del pasillo, cuando la criada se cruza con él y le roza con desgana, mirando la cara del anciano con asco y con un cierto regusto podrido, como avergonzado, y la mujer, rebosando una juventud insolente, entra en la habitación del señor y se cruza de brazos sin saber a ciencia cierta qué debería hacer en ese caso. La joven, en su noche libre, ha sido obligada a cuidar del anciano, solamente estando allí, que no hace falta ningún acto definitivo, porque todos saben que el viejo duerme como un niño cansado y la joven, pensando en la noche fugitiva que se escapa de sus manos, en las estrellas del paseo, donde seguro que los señores caminaron con las manos enlazadas, para hacer tiempo, allá en el Lenchenberg, bajo los tilos olorosos y mullidos, junto al teatro, al lado de otras parejas maduras, arrastrando ellas los velos de los vestidos y ellos con los cuatro dedos introducidos en los bolsillos de sus chaqués. Sin embargo, el tiempo sigue con su apático progreso y ya el anciano ha tocado el filo postrero del pasillo, donde se rompe la compostura y comienza lo doblado, formando un ángulo desconocido para él hasta ese momento, ya que Arthur lo ha olvidado casi todo, en su casa de tantos años, resuelto como él era no hacía mucho, tan joven, en sus viajes, cuando regresaba y la difunta señora le recibía con la alegría en los labios, ahora su hijo, el señor, el distinguido señor Stepelton, figura con el labio inferior colgando, de la mano inseparable de su esposa, embobados ambos con el primer acto en un andante majestuoso, con una estructura enrevesada pero grata para los oídos ignorantes. Ambos esposos embelesados, casi en una salvaje salida del alma, oyendo desde su palco las violas y los chelos que se afanan en lo cromático, en esa peregrinación antesala del perdón con el que termina la primera ofensiva, en sus ochenta compases clavados en los asistentes, cuando el telón del principio, ahora, con mayor majestuosidad si cabe, surge del cielo bajando con una lentitud exasperante, y la gente, en sus asientos, se llevan los pañuelos a los dedos, por si acaso, aunque los más mesurados han decidido la espera, por el qué dirán los compañeros de asiento, que ya se sabe.
El señor Arthur se aproxima al salón. La mesa dibuja un centro ovalado y sobre ella una sutil vestimenta preparada para la cena. Esta noche los señores, ausentes, abandonaron los asientos y las tres sillas de costumbre aparecen desocupadas, arrimadas a la mesa, bajo ella, casi escondidas. Solamente una de ellas, la del fondo derecho, muestra su ancha lamia figurada, suave y tersa. Elvira espera sentada mientras observa la aventura de su amo en el trajín viajero de esa tarde. Nota la sirvienta un denso desajuste en su interior, como un pequeño temblor que comienza lentamente a surgir. Un temblor, casi mudo, que se va transformando en un tenso y agrio sentido del deber. Elvira imaginaba su paseo por el parque bajo la crepuscular escultura de las nubes, soñando con una vida pasajera, una vida inventada con el anhelo de salir corriendo hacia algún sitio desconocido. Mira al señor acercándose escandalosamente lento, y ese tardo y pausado avance enciende el rostro de la damita, tan bello y delicado. Elvira sabe que la sopa se enfría y que su trabajo apenas ha servido de nada. Pero los señores no están en casa y probablemente, por otros días similares, llegarían ya bien anochecido, cuando la madrugada abriera la puerta de la casa y se notaran por los pasillos las risas afortunadas de los pequeños burgueses, risas y caprichos de dos viejos bobos que creían a pies juntillas que habían conseguido comprender el verdadero secreto de sus vidas. Pero la doncella, ajustada como siempre a la rutina, sueña y sueña, en un viaje onírico, en mitad de la tarde que huye, que se fue, bajo la noche desesperada, mientras ella queda allí, junto al viejo, sepultada de por siempre, cuando sus padres le dijeron, la casa de esos señores es una de esas de cierto abolengo, hija mía, y ella por aquellos días, miraba el rostro de su madre que apartaba los ojos hacia un lado, y luego hacía lo propio oyendo los consejos de su padre, matices que en el centro de su adolescencia aún no comprendía. Sin embargo, asintió como una buena hija y desde aquel entonces el viejo señor Stepelton maduraba en su mente sin poder remediarlo, y soñaba con él, que se moría el viejo, en un arrebato de locura y en el centro de un horrible alarido.
El anciano se había quedado quieto. La abertura del salón le hubo tomado la escasa cordura y los recuerdos se le escaparon, evaporados en la estancia ricamente adornada. Elvira, sentada y esperando, volvió de pronto a la realidad y en un arranque inopinado, sin razón alguna que así lo justificara, en un volcán de su pecho que le había sacado la rabia del alma, se levantó bruscamente y tomó con descaro el cuerpo del viejo y lo arrastró, tirando de sus hombros, con arrojo y violencia, con un desconsuelo impropio, como si el viejo fuese sólo un saco de patatas. Tiró de él con un ímpetu rencoroso y vengativo, por la noche desertora enmarañada en sus pensamientos. El viejo abandonó las escasas fuerzas de sus pies, y las piernas comenzaron a desplazarse hacia la mesa como si fuesen dos ridículos hilos de carne. Deberíamos comprender la actitud de la doncella si, como ella, tuviésemos la certeza de que nuestra vida se nos va de las manos. Comprender sin justificar, por supuesto, aunque la moza, joven y fuerte, seguía con el cuerpo del anciano entre sus brazos y con un vaivén definitivo lo acomodó sobre la silla apoyando los pies del viejo en el suelo, poniéndole las zapatillas que tal vez el anciano nunca se había colocado, apoyando la espalda deshecha sobre el dibujo misterioso y enigmático de la lamia de caoba. Luego le colocó el babero, de una tela blanca, impoluta, hasta la cintura, apretado ligeramente a un cuello diminuto y con la cuchara en la mano comenzó a meterle el caldo a empujones, cucharada tras cucharada, con prisa, con la rabia todavía en el cuerpo, llorando quedamente por su desventura, mirando al viejo de rostro granulado, donde la nariz, respingona y las orejas enormes colgando de los lados, daban al señor una apariencia un tanto ridícula y esperpéntica.
Comenzaron los sátiros, las sirenas y las ninfas en su clamoroso despliegue, creando una escena sensual y atractiva, en un despertar del Venusberg majestuoso. Los esposos, que ya habían descansado en el entreacto, se miraban de hito en hito, intentando cada uno aparentar un delicado y delicioso entendimiento de lo que en el escenario estaba sucediendo. Pero en el fondo de sus almas que, como todas las almas, permanecen siempre en completo mutismo, ambos eran conscientes de que su sitio no era aquel, y los dos se sentían desubicados y a destiempo, como en otra realidad creada para los entendidos, tal vez para esa otra clase de señoras y señores más ricos y más encopetados. Sin embargo, solamente se trataba de la pura ignorancia encarnada en la convicción de los señores Stepelton. Ahora sonaba en el teatro el coro de los peregrinos, a cuatro voces sobrias y fervorosas, hombres cantando a capella, en el extremo desconocido y más alejado de los esposos, pero hasta donde alcanzaba ese característico motivo sincopado donde la cuerda convierte al oyente en uno más de la ida y la venida, que se acerca y se aleja por el camino. El éxtasis más puro y sincero en los esposos. Casi un lloro disimulado. Él se quitó el guante de cabritilla y aferró con más fuerza los delicados deditos de la esposa, en una convulsión del alma, intentando comunicar a la señora Stepelton lo exagerado de su emoción. La esposa volvió la mirada hacia el marido cuando el coro femenino inoculó en ella los ecos idílicos y sensuales del sottovoce, cuando la entrada de los Invitados creó en el público la sensación de que los artistas pasaban por unos momentos comprometidos, pero luego, al final, cuando llegó la hora del concertante, la técnica impecable les mostró a todos la enorme y verdadera precisión del libreto de Wagner.
Arthur Stepelton siente los labios abrirse por la presión de la cuchara. El caldo se le escurre por los filos arrugados buscando el cuello. Elvira ni siquiera le mira cuando toma del plato las repetidas y rutinarias cucharadas que introduce en la boca del viejo con una desgana incomprensible. Arthur no piensa en que el caldo le quema la lengua. No siente nada. Tampoco piensa en sus recuerdos, porque aquello tan lejano y tan denso, aquello que llenó toda su vida introduciéndose en el cerebro, ha desabrochado las emociones y, éstas, alocadas y libres, se alejan del anciano para no volver a él nunca más. Las manos le tiemblan y no es capaz de percibirlo. No logra controlar esos movimientos pequeños, ridículos, eléctricos, que dibujan a su alrededor una calcomanía grotesca. Un hedor sube a lo alto, mezcla de rencor y de insana alegría, de miedo y de ganas de salir corriendo, miedo a todo lo que a ambos ahora les rodea, con la insulsa y tal vez inútil tarea de alimentar a un viejo que pronto dirá adiós a este mundo. Ella lo sabe y lo sufre en silencio. Solamente se manifiesta esa terrible venganza en la boca y en el cuello del viejo que aparecen de un rojo intenso, ardiendo por el calor excesivo y despreocupado de la sustancia. El caldo se acaba. Casi todo cayó sobre el pecho hundido, empapando el babero, manchándolo, escurriendo por esas arrugas que ni siquiera los ojos de Arthur le prestan atención. Traga y traga desposeído casi de la vida. Ya se terminó la sopa. Pero todavía permanecen sobre la encimera de la cocina el puré de carne con tuétano de buey, solea u vin blanc, el faisán y la piña, manjares que Elvira elaboró con esmero sabiendo que ella misma sería la encargada de saborearlos. De pronto, el viejo, tal vez agarrado a un ligero y fugaz rayo de cordura, se levanta y comienza a dar vueltas a la mesa sin objetivo alguno, al menos sin ningún fin comprensible, salvo, quizás, rememorar ese vaivén cuando en los viajes el cuerpo se le iba de un lado a otro, en el pasillo, mientras caminaba alegremente, por aquellos entonces. Elvira, asediada por esa dura costra de coraje que de vez en cuando todos sentimos, también se levantó abandonando la mirada del viejo y se fue a la cocina para untar un poco de tuétano de buey sobre una porción de panecillo espolvoreado con sal. La locura y la desidia anidaron desde ese instante en la casa de los señores Stepelton. Hasta que a la sirvienta se le cruzaron los panecillos en la frente y, en el seno de una furia descontrolada, asió al viejo que en esos momentos todavía caminaba pausadamente alrededor de la mesa y lo arrojó sobre el sofá de terciopelo azul. El cuerpo del anciano cayó sobre el mullido tejido y cerró los ojos, por las comisuras de la boca fluyó, entonces, un líquido viscoso, oscuro, de una compacta apariencia. El pijama totalmente arrugado frente al pecho de Elvira que de tanto subir y bajar, le estallaba en la conciencia.
En otra parte de esta historia, sin embargo, los señores Stepelton continuaban paladeando la ignorancia del arte que, sin entenderlo, intentaba introducirse en el pensamiento de ambos. Había comenzado ya el último acto. Casi terminada la obra. Wolfram contemplaba a Elisabeth que rezaba a la virgen. El amado no aparece. La resignación en un rostro bello, rosado, como de hada en sus sentidos. También, como en la casa, en el escenario ha caído ya la noche. Unos acordes sutilísimos del arpa, que surgen en el aire, invisibles y tímidos. Las luces se apagan y nace un cortejo, con el ataúd sobre los hombros… Ya el final. El coro de nuevo, esta vez acompañado por las bellezas de las maderas, otorgando a la escena una sonoridad más mística, si cabe. Los dos coros cantan ahora al unísono, en una explosión orquestal elevada y cautivadora. Y en este momento los dedos enlazados de los esposos aprietan con fuerza mientras el viejo Stepelton es apaleado por Elvira, en una violencia dulce, fina, elegante, en un canto divino como las voces de los coros, un tono voraz, el engendro y el desengaño, tal vez la propia apariencia de la eterna burguesía henchida de un gozo profundo.
La noche desleída obliga a que tanto la señora Stepelton como su marido, se abriguen bien a la salida del teatro. Van paseando bajo las luces tenues y tontas de las estrellas que el frío del cielo ha dejado al descubierto. Pronto llegarán a su destino. Y lo primero que harán será entrar donde el viejo Stepelton duerme. La sábana le cubrirá el cuerpo que poco a poco se va difuminando en el misterio al que nosotros llamamos vida. Tal vez la luz del techo se haya quedado prendida. Pero ese diminuto detalle, insignificante en el mar de las dudas de nuestros días, sólo extraerá de ambos una leve sonrisa burguesa y hedionda de complicidad.
Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
De la tranca milpera a los múltiples caminos del mundo
Héctor Cortés Mandujano
Don Javier Espinosa Mandujano hizo el favor de enviarme de regalo su nuevo libro: La caverna iluminada en la que vivo (Pez Vela Editores, 2021).
El suyo es un ensayo sobre las mentiras de la historia, dado que representan no la verdad necesariamente, sino el punto de vista subjetivo de quien escribe, y sobre el engaño de las palabras, porque éstas no son cosas, sino abstracciones de las cosas. Hay lucidez, inteligencia y conocimiento en los meandros de este pequeño libro que recorre el mundo de las ideas y los territorios disímbolos de la geografía mundial, que van desde las sociedades más iluminadas hasta los (p. 75) “grupos conocidos de Chiapas cuya noción del mundo termina en la tranca de su milpa, donde nacieron”.
Dice sobre los textos históricos (p. 20): “La ‘realidad’ de ayer sufre, digamos, el abordaje de la ‘realidad’ de ahora, por intermedio de su descriptor-relator, que escribe y ofrece en su relato una ‘realidad’ que no es de ayer ni de ahora, sino una ‘realidad’ postulada por él, fruto de su aptitud e intereses, tal vez creativos o tal vez no, quién sabe con qué fuerza ilusoria y con qué artificio expresivo”.
Los libros de historia tienen (pp. 25-26) “la estricta posibilidad de usar los tropos del lenguaje escrito para traer de todo lo lejos que se quiera, sometidos por mis propias puntas de lanza, desde mi presente, o del presente que represento, cosas que supongo sucedieron ayer, imantadas ahora por mi voluntad, preferencias e intereses, que conforman una formidable mecánica de ocultamientos, arbitrariedades, invención de significados, interpretaciones y profetismos ineludibles, que se acomodan en tropos del relato escrito como obra culminante del historiador que alguien imagina ser”.
Y eso ocurre, además, porque (p. 58) “el escritor (el que usa la escritura) es una cosa y lo que escribe es otra; que lo escrito por alguien puede o no alcanzar a decir lo que el escritor quiso decir o pensó que decía”.
Cita al Octavio Paz de El mono gramático que apunta, dice don Javier (p. 70) “algo casi siniestro: ‘Los ojos que miran lo que escribo ¿son los mismos ojos que yo digo que miran lo que escribo?’ ”. Los oráculos, los adivinadores del futuro, siguen existiendo, dice, pero ahora no son magos brujos o hechiceras, sino (p. 77) “los grandes capitales, los dueños de la tecnología más inclusiva”.
Cita a Martinet, citado a su vez por Derrida (p. 85): “Es de la oralidad de donde proviene el entendimiento de la naturaleza real del lenguaje humano”. Y más (p. 90): “El lenguaje es la tercera mano que sustrae todas las posibilidades de comprender nuestra vida y existencia”, y (p. 105): “Ningún relato escrito deja de ser siempre un relato hablado”.
Cerca del final se hace una pregunta inquietante (p. 108): “Si la historia no existe ni siquiera como representación del pasado […], si tan sólo alcanza a ser una imagen (o muchas imágenes) fabricadas cada una por distinto historiador […], si esto es así, ¿qué clase de utilidad es la que podemos obtener de la obra escrita desde, cuando menos, los días en que se inventó la escritura?”.
Sin embargo, es concluyente en el último párrafo de su libro (p. 117): “Sin las palabras es absolutamente imposible ninguna relación con la realidad”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Fotografía: Raúl Ortega**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Raúl Ortega es un reconocido fotógrafo que vive en Chiapas desde hace más de una década y cuyo trabajo ha sido reconocido a nivel nacional e internacional, primero como reportero gráfico y actualmente como fotógrafo independiente, con proyectos a largo plazo de temática social. (Fuente: https://www.desmesuradas.com › raul-ortega-fotografo)
Después de tres días de intenso frío y cielo nublado, ese jueves el sol se asomó con todo su esplendor. Jazmín salió a su patio, su corazón se alegró, ya ansiaba tener días soleados. Regresó a la casa, fue a la cocina y tomó un montón de tortillas, las colocó sobre una charola y las sacó a asolear. Ese día cocinaría chilaquiles en salsa roja para la comida. Era uno de los platillos favoritos de Samuel, su pequeño hijo y de ella.
Buscó un rincón donde la luz del sol llegara con más intensidad, colocó un bote y sobre él puso la charola con tortillas. Se puso en cuclillas para estar cómoda y poder ir despegando las tortillas y acomodarlas en todo el espacio de la charola.
Mientras hacía esto se observó en la postura, rodillas flexionadas, sin que tuviera sensación de dolor. Fue sintiendo cada parte de su cuerpo en acción, huesos, músculos, articulaciones, venas. Les agradeció estar sanos. Hizo memoria de unos meses atrás en que una situación de salud le había dejado sin poder mover bien las piernas. La recuperación había sido poco a poco, por instantes había sentido desesperación, miedo y tristeza. Nunca le había pasado por la mente que podría tener una situación de salud que le impidiera caminar de manera normal, sentarse, moverse. Sin embargo, Jazmín no se dio por vencida, probó varias opciones de tratamiento, ahora veía los resultados.
Permaneció en la postura, los rayos del sol le llegaban directamente y lejos de incomodarla los disfrutó mucho. Fue como una especie de apapacho del universo y una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de valorar lo que se tiene, en este caso, la salud, su salud. Era tan feliz de poder mover sus piernas sin que el dolor le acompañara, lo agradeció desde el corazón. Se puso de pie y fue hacia la casa.
Samuel salió a su encuentro, le preguntó qué hacía. Jazmín le dijo que ese día comerían chilaquiles. Los ojos del niño brillaron más que de costumbre.
—¿Puedo ayudarte a cocinar, anda déjame?
Jazmín le acarició el cabello al tiempo que lo abrazaba.
—Ya sabes que sí, vamos a cortar el epazote, ese ingrediente le da un toque delicioso.
—¿Le llevaremos a la tía Sofi? A ella le gustan los chilaquiles con mucho epazote.
—Muy buena idea, pero mejor le llamaré para que venga a comer a casa.
Fue hacia el teléfono, ese día también era una oportunidad de comer en familia, de valorar lo que se tiene.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
(El autor de este texto, con su original modalidad literaria, expresa, sugiere, descubre a su manera sentimientos y sensaciones que ha dejado en él la obra de Mario Levrero, uno de los principales escritores uruguayos de las últimas décadas).
De escaparate, al fin. Mario Levrero muestra una irreductible capacidad para angustiar. De manera real. A su forma. Aunque el inconsciente se rebele. Me coloco al lado. Del hombre que sale de casa y camina. En la oscuridad de la tarde noche. Llueve. Un almacén escondido. Para el ser necesitado. El individuo cae. Ni me preocupo. O sí. No sé. Avanzamos y subimos al camión. Cuatro bultos apretujados. Una mujer, allí. Hermosa. Tibia. Morena. Cuchicheos a tres bandas. Y los pensamientos cruzando, veloces, sobre mi cabeza. Después dormitamos. El vehículo detiene su respirar. Y nos sacan a empujones. La hermosa abre las piernas. Coloca la juntura en la espalda del otro. Yo, detrás. Callado. Embobado. Esperando. La hembra ríe. El otro no lo percibe. Caminamos por la senda del desconsuelo. Levrero se afana en asfixiarnos. Torcemos a la izquierda. A la ciudad, vamos. Pero ella coquetea con el sueño de todo varón. Ambos enloquecemos. Antes no quiso, allí, sobre el suelo. Abrir su blusa emergente. Ahora la estación. El bar. La zapatería, que detiene su ambular por el mundo de lo trágico. Molina sospecha, sueño en lo de Mario. Echevarría ve difícil de presentar, la novela. Pero yo no. Porque la sufro. Viviéndola. Me sumergí en ella. En esta ciudad de mentira. Donde las cosas sencillas son apenas alcanzables. Me preocupo por ello. Por nimiedades. El tiempo avanza. Conozco a Giménez. De la mano de él. Ignoro su nombre y sus arrugas. Nadie lo dijo. Pero me preocupa el detalle. Y pienso en doña María componiendo los estantes desbocados. Y el hombre que mira, desde el bar, hacia la calle. Luego lo supimos. Nos odiaban. Nos temían. Ella en el lado. Con la mano en alto. El de azul la llamó. Sentí celos, con él. Quiero decir, con el otro. Como si el otro y yo fuésemos. La misma persona. Uno en dos. Mario. Del grupo de los raros. O sea, de los que no mienten. Levrero no escribe. Él siente. Luego, las palabras. Dibujadas ellas solas sobre la tela. De papel. De imprenta. Que busca. Unos ojos. Sencillos. Inocentes. Que lean de lo suyo. Nació en Montevideo, por el 40. Hasta el 2004 sintió en los libros. La ausencia del genio. En la mente de los entendidos. Hasta que te metes en la piel de Zapa. Y entiendes. A Kafka renacido. O a Levrero en Praga. Que lo mismo es. Lo uno que lo otro. Tras el descanso entramos en la oficina. Para escuchar una sonrisa afeminada. Aunque no tanto. Cenamos. De manera inconfundible. Unos platos hechos por manos. Ignoradas. Debemos abandonar las cauciones. De la vida que nos tocó. Y relajarnos. Y no esperar nada de lo que viene. De camino. No podremos cambiar. Nada. Esa es la asfixia. Tremenda. Del que vive soñando. O sueña leyendo. O lee viviendo. Y soñando. En un círculo oscuro. Tenebroso. El mismo que Levrero inoculó. En el ser desaprensivo. Que un día. Se atrevió a tomar. Uno de sus libros. En las manos. Y abrirlo. Y confundirse en él. Giménez. El absurdo reglamento. Tal vez no. Para absurdo habría que conocerlo. ¿Es así la vida? ¡Quiero escribir! ¡Quiero escribir! Anclar las ideas al papel. Leerlas mil veces. Tal vez un millón. Hasta que mis ojos se sequen. Luego la bicicleta. La oportunidad del trabajo. Sin fin. Y sin descanso. Lo despreciamos. Sólo el ansia nos puede. De encontrar a Ana. En la carnadura de la. Hembra que se fue. Como vino. La vereda cambió su reloj. Por la bicicleta. Por el viejo. Por su generosidad. El mismo viejo que juega a ser niño. Anduve deprisa. Tras él. Claro, yo iba a pie. El otro pedaleaba. Allí no estaba. A veces los sueños son insaciables. Inagotables. Como cuando corres. Perseguido por algo. Que te atrapa. Sabiéndolo desde antes. En el alma un clamor. Con la piel erizada. El mal nos distrae. Junto a los perros que chillan. Y los niños que ladran. Ana no está. Giménez no rio. Sólo se limitó. A tocar una pieza. Maravillosa. En el aire musical que vuela esplendente. Con los dedos regordetes. El hombre. Con la sensualidad rebosante. Esa excrecencia que alguien. Nos otorgó. Para nada. La plaza delante. Por decir algo. Y los borrachos danzando. Brincando. Poderosos. De ebrios. Ciegos. El pasillo. Las llaves encendidas. Menos la necesaria para cumplirse. El propósito. De evitar un desastre. El individuo caminó a ciegas. Millones de veces. Por ese pasillo. Con olor a la hembra. Indecisión. Una garganta, la mía, apretada. Hasta la extenuación. Después el sueño. Vívido. Abierto a la vida. Infame. Del que desea. Sin más. Ofender al destino. Las cosas se mofan de uno. De todos. Tal vez sea mejor la paciencia. Demorar. Posponer lo atrevido. Pisotear el tiempo. Como se pisa una mierda. Que apesta. A vacío. Levrero grita: ¡Mirad hacia vosotros mismos! Yo lo asumí hace tiempo. Desde antes de nacer. Por eso descubro en los demás. Lo que me falta de todo. Por lo tullido. Sintaxis narrativa de lo interior. Según el autor, esto es. Tomar un sueño. Retorcerlo. Comprimirlo. Y del jugo componer. Mi realidad. Eso dijo el maestro. En esta primera entrega. De su inicial trilogía. La ciudad. Cruel. Expansiva. Agobiante. Hasta que la joven rubia exclama: “¡No, aléjate!”. Todo termina con la ruina de la razón. En esa estación de lo absurdo. Donde viaja nadie. Salvo tú. Y tú. Y todos los que sigan. Las sendas. Marcadas. Por Mario. Un viaje barato. Sin pretensiones. Sin quimeras. Un viaje sin destino. Sólo en el alma. O en el amor a la vida. De cada día. Con una simple evanescencia del sol. Que más tarde se pudre. Y se aleja. De nuestra vista.
Quedamos abandonados. Por esa nostalgia. Y pesadumbre. De Levrero en las venas. Desde el principio. Lo habíamos intuido. Sin atrevernos. En verdad a reconocerlo. Somos Levrero repetidos. Un uruguayo de ojos despiertos.
Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Hojas y flores de la vida y la muerte
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano
Para hacer una pradera
toma un trébol
y una abeja
Emily Dickinson (1830-1886), en «Para hacer una pradera»
De las entrañas terrestres salía un geiser imparable que, quién sabe cómo, lograron meter en amplias y complicadas tuberías que caían a los cuatro puntos cardinales –ver los chorros brillar al sol o a la luz lunar era un espectáculo de impresionante belleza– y volvían húmedos muchos terrenos a la redonda.
Por eso había tantos árboles frutales en incesante producción; largos campos de verduras y plantas disímbolas; trozos anchos de flores que, un poco al azar, mostraban los distintos colores con sus eclosiones regidas por las estaciones: un hervidero de existencia forestal, cultivada y silvestre; una jungla de incontables animales.
Ver aquello desde la alta punta del cerro hacía confiar en la eternidad de la vida.
Era un vergel, un oasis, una montaña de maravillas, y luego un valle de sucesivas sorpresas que se traducían en infinitos trabajos y pingües ganancias, y el agua imparable formaba cuatro ríos que, además, estaban poblados de variada fauna acuática.
Cuando llegué allí, mi primo, el administrador, me enseñó los vericuetos donde entraba por mis ojos tanta belleza y salía de mis labios tanta exclamación de asombro.
Me guardaba para el final lo más curioso.
Había un quinto río caudaloso que venía de quién sabe dónde y que, dijo mi primo, a veces traía como agregado un cadáver: una vaca, un perro, un animal imposible de identificar, y mujeres, niños, hombres, ancianos.
Los cadáveres llegaban con mucha frecuencia y, aquí lo curioso, daban vueltas en un remolino que luego los tiraba a un hoyo natural de donde fue naciendo, saliendo, creciendo hasta alcanzar gigantescas proporciones un árbol de extrañas y enormes hojas de tres colores: verdes, negras y rojas, con unas flores blanquísimas que duraban vivas varios días. Era un árbol de absoluta belleza, de misterio irresoluble, de espanto trágico.
—¿Y no avisan a la policía de los cadáveres?
—Lo hacíamos al principio, pero llegan desfigurados, porque los peces les comen la cara, las manos, los pies. No es posible reconocerlos. En ocasiones ni siquiera puede notarse si es animal o gente, y aunque no cesan de llegar a este remolino, nunca han logrado llenar el hueco. Es un árbol vivo, alimentado por la muerte.
—¿Qué tiempo tiene de vida este árbol?
—Unos diez años y muchísimos cadáveres a sus pies, en sus raíces.
—No se alcanzan a ver.
—No, el cadáver llega, pongamos en la mañana, lo ves allí tendido un rato, no mucho, y luego ya, desaparece, como si la tierra se lo tragara. Por eso, respira profundo, no tiene más olores que el delicioso de sus flores. Mira, ahí viene uno, ahora verás. De hecho, te voy a dejar porque, si quieres ver, tendrás mucha materia de contemplación y, mientras tú ves, yo voy a trabajar en unos pendientes.
Llegó el cadáver al cercano remolino y lo vi dar vueltas. Parecía lo mismo un hombre que un perro sin pelos. Llegado el momento brincó de la corriente al hoyo que rodeaba el anchísimo tronco. Se estuvo allí y luego, como si le hubieran espolvoreado algún polvo mágico, se volvió gelatinoso y comenzó a trasminar hacia las raíces. Y después nada, ningún rastro.
Vi el árbol con sus hojas y flores como una conversión, como un tránsito: el verde de la naturaleza se volvía rojo por la sangre que alguna vez estuvo viva en un cuerpo, después trocaba en el negro como el color de la tragedia con que a veces se asocia a la muerte y finalmente se volvía el blanco de la pureza y la espiritualidad.
Dejé de ver admirado el árbol y vi otra vez hacia la corriente; venía veloz, a su destino final, otro cadáver…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.