Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
Esa noche le costó conciliar el sueño a Sonia, daba vueltas en la cama. No pudo evitar recordar lo que solía decir su abuelita Luci en las pláticas con la familia y ella escuchaba cuando era niña:
—Yo por eso no tomo café, si no para qué quiero, se me espanta el sueño.
Luci no alcanzaba a imaginar qué era de eso de espantar el sueño, ahora de adulta ya lo estaba viviendo, pero vaya que había disfrutado sus dos tazas de café por la tarde. Como quien dice, lo bailado nadie se lo quitaba, solo que ahora debía esperar a tener sueño. Descartó leer de manera física o través de su celular, quería descansar la vista. Así que optó por hacer lo que alguna vez les recomendó uno de sus profesores en la preparatoria: Recordar lo que habían hecho durante el día, paso a paso, desde que despertaron hasta antes de dormir.
Sonia quiso darle un giro a la sugerencia de su profesor y decidió hacer el esfuerzo por recordar, al menos dos días, el anterior y el actual, ella se interesó en los paisajes observados. Vino a su mente el paisaje de la tarde anterior, cielo azul con nubes blancas, intenso calor que se aligeraba con ráfagas de viento, de esas que se sienten como brisa para apaciguar lo cálido del clima. Siguió su recorrido, los árboles de sabinos que cubrían la vertiente del río Sabinal estaban ahí, observó sus tallos, población adulta, sus ramas, algunas caídas, otras aún de pie como ellos. Una garza blanca se posaba en una de las ramas, como contemplando el ambiente. Se quedó pensando de cuántas historias serían testigos, se imaginó que los árboles eran como las personas adultas, llenas de conocimientos y sabiduría. No pudo evitar sentir nostalgia, en la cotidianidad en que se vive, cuántas personas se percatan de estos ancestros de la naturaleza que parecen agonizar en medio de la ciudad que se va cubriendo de asfalto.
Continuó trayendo a la mente otros paisajes. Se topó con las plantaciones de bambú que se encontraban como una especie de ramilletes, si algo disfrutaba Sonia era del sonido que producía el viento cuando soplaba y las ramas se movían de un lado a otro. Podría quedarse ahí mucho tiempo observando, escuchando y disfrutando el paisaje.
La párvada de loros no escapó de su memoria, le alegraba escuchar lo bulliciosos que eran, era un deleite tener la oportunidad de verlos y registrar en su corazón este canto.
En los vaivenes del tiempo su mente se posó en los árboles, las ceibas frondosas cambiando de hojas, esperando revestirse de verde follaje. Y de nuevo las aves trinando, entonando bellos cantos, melodías para alentar los corazones que se pierden en las vicisitudes cotidianas. Este último paisaje le pareció que era señal de el terruño en vísperas de la primavera. A lo lejos, muy lejos le pareció alcanzar a escuchar los ladridos de Canica, la perrita que tenían sus vecinos, sus ojos se fueron entrecerrando poco a poco.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Antonio Florido, un español muy latinoamericano
Por Roger Octavio Gómez
La novela Quién vendrá a mi entierro me ha hecho pensar que su autor, Antonio Florido, escritor español de Carmona, es latinoamericano. Son varios los que hablan, mas una sola voz es la que teje la narración de una trama que es un rosario de tragedias ensortijadas en un sedal conductor hilado por un personaje que se hace llamar a sí mismo “Escribidor”, una historia que bien pudieran haber sucedido en la Hispanoamérica rural, donde la justicia se impartía con crudeza en medio de la anarquía, donde las pasiones tenían más valor que el amor, tierra de caciques y de enmendadores sin suerte. El Escribidor nos advierte que estamos ante una visión “encuadrada en un lugar desconocido, ancho y despoblado, salido de la nada” al que ha llenado con recuerdos, querencias y mentiras. ¿Comala, Santa María, Yoknapatawpha? No, La Camuña, un lugar que “huele a muerte y desperdicio de vidas”.
En la anarquía hay siempre un orden superior, similar al orden que imprime Florido en cada una de sus palabras y frases, pulidas y con una métrica que brinda el ritmo exacto con que se cuentan los hechos. Cada frase es una pincelada definida, con los colores exactos, pero es hasta contemplar la obra entera cuando se aprecia el universo donde mora Echandía Arsuaga, el personaje principal. Un hombre que arrastra un crimen, no cualquiera, un fratricidio; y un amor prohibido que no le permite amar a La Tana, la mujer que arrebató a otro, o a cualquier otra mujer, está enamorado de un hombre.
Son varias las capas de lectura que ofrece Antonio Florido. Me llama la atención la intencionalidad que hay en El escribidor, quien opera como demiurgo, alter ego, quizá, del escritor. El Escribidor a veces recuerda al Melquiades de García Márquez, pero también a los profetas de religiones antiguas. Al Escribidor no se le escapa ni un gesto, construye en el aire y del aire, es capaz de concebir el mundo en que suceden los hechos e, incluso, borrar a su antojo la memoria de los pobladores de La Camuña. Una lectura es, como digo, la del demiurgo que juega a crear el mundo, la otra es la develación de los recursos que tienen las sociedades para negar la posibilidad de que las cosas diferentes existan. ¿Olvidan a un hombre por ser homosexual o por ser el posible asesino de El señorito? Tal vez por ambos motivos, damantio memoriae.
El que La Camuña esté tocada por un Paraná a donde llegan las tonadas de las trovas rosarinas no rompe con la tradición rescatada por Florido. ¿Acaso Comala no es una dimensión inexistente que brota de las tierras de Jalisco o Yoknapatawapha no tiene tintes del Misisipi?
Esta novela de Antonio Florido es también una historia de amor, un amor prohibido por un orden social que se parece al nuestro y si bien rememora a varias obras, estas no debilitan la trama, sino que nos hacen notar el gran acervo literario y cultural de su autor aunado a una habilidad estilística muy particular y lograda.
He colocado Quién vendrá a mi entierro de Antonio Florido en el estante de mis libros favoritos.
Libro: Quién vendrá a mi entierro
Autor: Antonio Florido
Editorial: Kolaval por Hispanoamérica / 2021
Antonio Florido**
*Sobre el autor:
Roger Octavio Gómez Espinosa
Tuxtla Gutièrrez, Chiapas, 1974.
Tiene el grado de Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM y Máster en Creatividad Literaria por la Universidad de Salamanca, donde se graduó con mención honorífica.
Autor de La lluvia en las hojas del platanar (Ediciones Animal); Soltar las riendas (autor, 2019, Tifón). Anhelo de reposo. Antología poética (Coordinador editorial, Tifón, 2019). Bruñir la palabra frente a la hoguera (Autor antologado, Tifón, 2018). Mamá no va a llamar (Autor, Tifón, 2018). Su cuento El rostro de marina, obtuvo dos primeros lugares en su adaptación radiofónica en la Tercera Convención Internacional de Radio y Televisión 2018, Varadero, Cuba.
*Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
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Varias personas habían pedido ir conmigo al Ciprés, la finca donde nací. Le daba vueltas al tema. Fue en diciembre pasado cuando de nuevo me hicieron la petición y, en silencio, decidí que iría otra vez.
Cumplí 61 años el 24 de febrero. Pensé que ese sería el buen pretexto. Fijé la fecha: sábado 26 de febrero de 2022. Le dije a mi mujer que avisaría a los que ya me habían dicho de ir y a quienes consideraba pudieran estar interesados; si nadie se apuntaba, iríamos ella y yo.
Se formó un pelotón. En la decisión del azar (hubo quienes no pudieron o no quisieron), el grupo que quedó fue el mejor, el perfecto; fuimos muchos adultos: mi familia cercanísima (mi mujer, mi hija, Daniel) y queridas amigas, queridos amigos: Tania, Juan, Tito, Alfredo, Álex, Anny, Fer y Flor; y varias niñas, varios niños: Jacobo y Camilo (mis nietos), Iñaki, Isabella, Zazil y Jerome.
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Hace 23 años había ido y aunque la finca tenía entonces cerradas las puertas de los cuartos, el corredor y las pilastras estaban en buen estado; el cuarto que había sido de mis padres, donde dormí buena parte de mi infancia, estaba derrumbándose, y la cocina y los demás agregados a la construcción original eran montones de cascajo revueltos con tejas, madera y heteróclitos materiales.
Tenía miedo de ir: ¿Qué sentiría; cómo quedaría emocionalmente si ya sabía, por boca de una prima, que la finca estaba desde hace tanto abandonada? Treinta años de olvido, por lo menos, y “el olvido todo destruye”.
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Llegamos al pueblo donde teníamos que entrar hacia la vía de carretas que va a la finca e hicimos una salida en falso. Ya puestos en el carril correcto, fue el camino miel sobre hojuelas.
La entrada hacia la tranca de entrada fue una sorpresa. No se veía: estaba cubierta de hierbas altas y zacatal. Tomé la delantera y Alfredo y Daniel me siguieron. Hicimos una ruta con nuestras pisadas y los demás llegaron con algarabía.
Lo único que queda en pie de la finca es el corredor y dos cuartos, con puertas y ventanas de par en par, a medio destruir. Lo que fue la habitación del enorme altar de la abuela es ahora hogar de murciélagos, que han llenado el piso y las paredes con sus huellas, con sus marcas. El otro amplio cuarto es igualmente pieza ocupada por la basura, los desechos y el abandono. En uno de sus rincones mi mamá tuvo trabajo de parto auxiliada de comadronas. Allí nací.
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Subimos a la loma donde están enterrados mis ancestros. La subida no fue fácil (llena de monte, espinas y zacatal), pero Danny y Álex fueron abriendo camino. Llegamos al fin. Un zopilote no paraba de planear en el cielo, alrededor nuestro, tan cerca que veíamos sus patas encogidas, sus garras.
La construcción de ladrillos que rodeaba y protegía las tumbas se ha derrumbado por completo y de las tumbas no quedaban ni rastros visibles, porque el monte ha crecido sobre ellas. Alfredo logró mostrar, en el suelo, una esquina de cemento y Álex se empeñó en descubrirla lo más posible. Todos, asombrados, leímos el nombre del muerto: Florentino Cortés. ¡Mi abuelo! Aplaudimos. En ese instante, sin que nadie lo llamara ni lo detuviera, mi nieto Camilo, de tres años, fue hasta la tumba y con sus manitas se puso a limpiarla de la basura, de la tierra. Hay instantes en que después de vivir una experiencia memorable he pensado: “Ya me puedo morir”. Ese fue uno de esos momentos mágicos, irrepetibles: La pequeña mano de mi nieto limpiando, con delicadeza, con cuidado, la tumba de su tatarabuelo. En ese hombre muerto, en esa mano tierna, convivían en mí, como eslabones, la vida y la muerte. La imagen era, también, una muestra de la incesante eternidad humana.
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Luego de bajar de la loma fuimos a comer al arroyo. Llevamos distintas comidas que se distribuyeron a lo largo de viejo árbol caído y se volvió colectivo el bufett riquísimo y variado; comimos, conversamos, reímos, sintiendo que nuestro día había sido tocado por la felicidad del encuentro con la magia.
Un día después, el domingo 27, una de mis amadas primas, Natividad, me dijo que otra de mis queridas primas, Isabel, le había dicho que mi tía Araminta, la actual dueña del Ciprés, había muerto (“es un soplo la vida”). Isabel, por tacto, no había querido decírmelo directamente porque el deceso ocurrió más o menos en sincronía con mi llegada (rodeado de gente querida) al Ciprés. Me escribió Naty: “Pensé que era como que se hubiese cerrado un ciclo, como que algo sucedió arriba”. Este aldabazo de misterio volvió todavía más significativo, más icónico, este volver a mi pasado, a mi vida de niño, a mis recuerdos de siempre, a mis sueños recurrentes.
Gracias a quienes me acompañaron…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Fotografía: Juventino Sánchez Vera**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
(Tapachula, Chiapas; 1983). Amante del futbol. Sería el mejor jugador de México, pero, gracias a sus dos defectos, nunca lo pudo conseguir: su pierna izquierda y su pierna derecha.
Ganador del premio al mejor diseño gráfico en el Begegnungsfest, Appenzell, Suiza, 2021.
Ha trabajado como diseñador e ilustrador en medios como El Heraldo de Chiapas (2004-2008), Noticias Voz e Imagen de Chiapas (2012-2016) y en instituciones educativas como el Tecnológico de Monterrey, Campus Chiapas (2008-2010). Actualmente imparte talleres sobre diseño e ilustración en Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Comitán de Domínguez. Fue editor de Almada Broders, editorial independiente (2009-2011) y actualmente es director general de la editorial Tifón, que lleva publicado hasta el momento más de 15 títulos, entre poesía y narrativa.
Pilar había tenido una semana nada grata, el estrés laboral le había provocado una especie de migraña con la que lidiaba por momentos. Trabajaba de cajera en una tienda de autoservicio, de lunes a sábado, solo tenía espacio para ir a comer y tenía libre el domingo. Ese fin de semana se había despertado tarde, tratando de recobrar un poco las energías. Sin embargo, se sentía cansada.
Ruth, su compañera de casa, se sentó a platicar con ella al mediodía, tenía un par de semanas que no coincidían ni para el saludo. Ella era enfermera y por sus horarios solían verse poco. A excepción de estas semanas en las que no se habían encontrado para nada.
Después de haber conversado un buen rato, Ruth le propuso a Pilar que salieran por la tarde a correr, tenían un parque cercano a donde vivían. Aunque Pilar estaba conocedora que su condición no era tan buena porque no solía hacer ejercicio, aceptó. La idea de hacer algo diferente le pareció encantadora.
Salieron después de las seis de la tarde. El parque les quedaba cerca, alrededor de ocho cuadras de distancia. Era un espacio bello, arbolado, con algunas bancas para tomar descanso y una especie de repisas para compartir alimentos o sentarse cómodamente a leer. A Ruth le parecía una especie de pulmón en la colonia. Ese domingo varias familias se habían dado cita ahí, algunas personas corrían, otras llevaban a sus hijas e hijos a montar triciclo o bicicleta.
Pilar guió la rutina de calentamiento, luego comenzaron a correr juntas, pero cada una a su ritmo. Después de la primera vuelta Ruth sintió que no podía más. Le dijo a Pilar que haría una pausa y luego continuaría. Pilar asintió y siguió corriendo.
—¡Vaya condición la mía! Necesito venir a correr más seguido—expresó Ruth en un tono fatigado.
Se sentó en una de las bancas, al tiempo que iba moderando su respiración para recuperar el aliento y seguir corriendo. Observó el árbol que le daba cobijo, era grande y con mucho follaje. De pronto, su mirada se detuvo en la jardinera de cemento que rodeaba al árbol.
—Pero qué tenemos por acá—dijo en tono de sorpresa, mientras se agachaba para observar mejor.
Descubrió a un gusano con colores verde y naranja, que se desplazaba tranquilamente siguiendo el contorno de la jardinera, no lejos de ahí iban las hormigas en perfecto orden haciendo una especie de camino, llevando consigo trocitos de hojas que seguramente habían recuperado del piso. Se quedó contemplando unos minutos el paisaje. Su respiración iba más tranquila, ahí estaba frente a los detalles cotidianos, esos en los que vale la pena deleitarse y que recuerdan que la naturaleza sigue su ritmo y en ese no hay prisas.
Su rostro dibujó una sonrisa. Se puso de pie, comenzó a hacer algunos movimientos para regresar a correr, trataría de hacer un par de vueltas más, haciendo su mejor esfuerzo. Sin duda, esa visita al parque la había motivado. Se percató que Pilar ya venía cerca, la esperaría para irse acompañada.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Fisonomía 17
El general Obando
Por Antonio Florido
La carta llegó al campamento con la crecida silenciosa y traicionera del Putumayo, de modo que hasta transcurridas dos horas el General no pudo leerla; el Putumayo no juega y Obando lo sabe; cuando las aguas del río se remueven turbias y caprichosas junto a los juncos, todos en el campamento acuden como culebras, rápidos y resueltos, hasta dejar los alrededores más limpios que la cabeza del Gringo.
Obando abrió la esperada carta despacio hasta la desesperación; barruntaba desde días atrás que aquello se acababa; para su desgracia las cuatro primeras letras que leyó provocaron el latigazo involuntario de su codo izquierdo, la señal de que el General se ahogaba en la humillación.
Obando leyó hasta el final el papel sucio y amarillento y se quedó mirando las aguas del Putumayo que ya habían alcanzado los troncos más gruesos de la barraca; con el corazón lleno de mierda y de rabia arrugó la hoja y la arrojó donde nadie pudiera verla; llamó entonces al Cabo con su voz aguardentosa y desagradable; el Cojo apareció de la nada y al ver la cara del General supo que a la mañana siguiente abandonarían la maldita selva.
Aquel mismo día, bajo la penumbra de su choza y sin dar tiempo a que el vómito le traicionara, Obando ordenó preparar la marcha; esa noche, densa y misteriosa como pocas, las estrellas se le cruzaron entre ceja y ceja y no pegó ojo; después de treinta años en la trocha con el fusil al hombro, cuatro mujeres, once hijos conocidos y veintitantos hombres muertos a su costa, cómo podría vivir en adelante; Obando, Don José María Obando, hijo adoptivo de Don Ramón Obando del Campo, no sabía que la vida pudiera echársele encima con tanto peso, aplastando su orgullo y su destino antojadizo, y todo en nombre de la dichosa democracia.
Los Yaguas caminaban de regreso con la caza de una semana, entre árboles centenarios, altos como el orgullo de sus ancianos, mientras el General pasaba revista a los pocos soldados de su regimiento; al cabo se despidió de todos, mirando a los ojos de cada uno; sólo se llevaba con él al Gringo, que conocía los senderos misteriosos de la selva y era medio indio.
Mientras Obando y el Gringo enseñaban sus espaldas camino de Cali, en busca de la sinrazón del presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo, que se quedaba al mando del campamento, esbozó una sonrisa estúpida y pasajera que no contagió a ninguno de sus subordinados; ni el Chusco, ni el Chamizo, ni el Cojo, ni el Niño sonrieron; ni siquiera la Chana se alegraba de la marcha del General que maldito el día en que se iba quizás para siempre.
Cuatro semanas a lo más; eso fue lo que el General dejó dicho, pero ya habían pasado dos y lo único que se oía era la indomable Seca golpeando los rostros cansados por la lucha; los Yaguas no se divisaban desde el campamento, aunque más que por la distancia porque ver un Yagua y no ver nada era lo mismo; los ojos secos de los soldados alcanzaban hasta poco más allá de las aguas del Putumayo; la Chana cumplía años sin decir nada a nadie y se avergonzaba en silencio de su cara mustia y poco agraciada; a la mujer también se le acabarían los buenos tiempos, al menos eso es lo que todos se decían continuamente con la mirada; ninguno deseaba ver entrar al General por el camino de los charcos, porque verle entrar y acabar la lucha contra los insurgentes era cosa segura, pero ninguno deseaba tampoco que su General faltase para siempre, ninguno menos Sarmientos, para quien la ausencia de su superior era la mejor noticia que pudiera conocerse.
El 11 de julio de 1841 amaneció sin avisar; en el cielo de la selva donde viven los Yaguas raras veces se ve el sol allá arriba, por entre los árboles; sólo donde las calvas han hecho de la arboleda un tapiz húmedo y verdoso florecen plantas caprichosas en busca de los tímidos y cálidos fuegos del cielo.
El 11 de julio de 1841, el mismo día en que el General Obando se negaba a pactar la rendición con el presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo se sentía con el mundo dentro del pecho y hacía y deshacía a su antojo; la Juárez le colocó bajo las narices el segundo plato de estofado que, aun ardiendo, el coronel relamía con sus ojuelos achinados; la Juárez se retiró y dejó a su coronel tranquilo en medio de aquel sofoco de verano, que maldito si llegó el calor aquel año; Piedelobo torció el gesto a la primera engullida y, con la cara roja como el tomate, escupió un trozo de carne; luego tomó la jarra de chicha, fría como el alma de una viuda, y bebió para dejar sitio a otro golpetazo de ardiente estofado; de cuando en cuando el coronel maldecía el día en que vio al de la Enara entrar por la puerta de su casa para decirle que se pusiera la charretera; desde entonces su maldito dolor de barriga le enredaba el vientre a golpes de bocado; el coronel llamó a la Juárez a voces: “¡Chana, venga usted acá con su amorcito!”; la Juárez o la Chana, como al coronel le gustaba clavarle al oído, aparecía de golpe y entonces el Piedelobo le frotaba el trasero delante de todos, como si nada; los demás, ante la ausencia de su General, callaban como muertos; hasta el Niño, pese a su juventud asquerosa y repulsiva callaba miserablemente y aguantaba el tirón.
El calor húmedo de la selva del Tarapoto entraba a todos por los ojos, secando el alma cansada ya de tantos años de lucha sin causa y sin fin; el Piedelobo seguía estrechando con sus manazas las entrepiernas de la Juárez mientras mascaba como un cerdo el último bocado de carne; a ver quién era el guapo en levantarse sin el permiso del coronel, pero el guapo fue el Niño que harto ya de tragar bilis sacó la faca y amenazó con ella al dueño de la Chana; el silencio se espesó cuando los demás vieron pararse las quijadas del coronel; el Niño tragó la poca saliva que le quedaba y, de no estar la Chana todavía en la falda del Piedelobo, habría salido de allí como alma que se come la Seca, el parón cálido y salino de la selva; hasta las moscas dejaron de zumbar; el coronel, envalentonado, se quitó a la Chana de encima, dejó el cucharón sobre la mesa y levantó su enorme espinazo buscando la voz silbante de la faca en el aire; el Niño no tuvo tiempo de reaccionar cuando ya el coronel le aferraba la garganta con la fuerza de un arco de acero; pero no apretó para que los demás viesen el espectáculo de ver a un hombre morir a su voluntad; el Niño maldijo al coronel y fue lo último que hizo en su corta vida; el aire, espeso como la leche de la Facunda, humedecía los rostros del coronel, de la Chana y de los demás; el tiempo, temeroso de que a él también le tocase parte, paró su ritmo, hasta que un antojo del Piedelobo le hizo soltar el peso que cayó al suelo como un fardo.
Sarmientos Piedelobo pidió a la Chana un cubo de agua y lo echó sobre la sangre vertida a dos palmos de sus botas; las moscas comenzaron de nuevo a revolotear; algunos disparos lejanos atronaron en los oídos de los hombres quienes aprovecharon la ocasión para salir de allí por patas; el coronel echó de nuevo sus manazas sobre las cachas de la Chana y, mirándola como un enamorado, comenzó a reír a carcajadas; la Chana le imitó por hacer algo y ambos acabaron enlazados en un juego sucio de sudor y sofocos; en la estancia calenturienta y húmeda del Tarapoto no había ocurrido nada en realidad; la lucha seguía como seguía el sofocante calor golpeando los rostros cobrizos de los Yagüas; fuera oíanse disparos de arcabuces cruzando el enrarecido aire de mediodía; el Piedelobo acabó su comida echado sobre una destartalada yacija, sucia como su alma gringa; pensaba qué suerte que aún faltase bastante para que por la puerta apareciera el maldito General; pero mientras tanto el mundo estaba dentro de su pecho y no había fuerza de la selva que se le opusiese a su coraje; la Chana continuó con su brega y, agachada en el suelo, sobre sus carnosas rodillas de hembra aún joven, restregaba con fuerza sobre la mancha rojiza de quien la quiso en mal día para ella; el Piedelobo miró a la Juárez y ambos sonrieron; Sarmientos Piedelobo escupió lejos el cigarro ensalivado y se dio la vuelta para dormir; las moscas continuaron revoloteando sobre los restos de sangre aún fresca.
Amaneció; la selva, aún en silencio, comenzó su acostumbrado carillón de trinos y gorjeos mientras los primeros clarores del día inundaban lentamente los poros de la tupida arboleda; el coronel Piedelobo roncaba; la Chana movía su denso cuerpo zambullida en un delirio de pesadillas, acordándose del Niño, aún caliente; los demás esparcían sus lacios y desmedrados cuerpos hasta que llegasen los primeros rayos del sol abrasador; el aire soplaba tímidamente, cobardemente, como todo lo que se movía allí, en el campamento, sin el beneplácito atrabiliario del Coronel.
Piedelobo abrió los ojos como pudo; la garganta, aprisionada por un cerco de hierro, no escupió ningún sonido inteligible; sólo sus pupilas y su escaso entendimiento llegaron a comprender que el General había llegado un par de semanas antes de lo previsto; al momento los hombres del campamento, pillados de medio pie, formaron con sus arcabuces, mirando al suelo; el General era el General y la cosa no era para bromas; varias gargantas tragaron salivas; la Chana acudió presta con una cesta de sonrisas y con las manos retorciendo su delantal en señal de servidumbre y nerviosismo; el General preguntó poco y a los mismos de siempre, a los de lengua mansa y dadivosa; sacaron entonces al Niño y arrojaron su cuerpo en medio de todos; el General, hombre al fin de pocas palabras, les miró uno a uno; esa era su forma de dar órdenes.
El coronel cruzó sus ojos con los ojos del General pero éste le aplastó con su mirada; en un acto fatal Sarmientos se postró de rodillas e inclinó su espalda como un perro estúpido y miedoso; los demás no respiraban; el destino estaba escrito y de allí a la noche alguien no llegaría; ese alguien lo sabía, como lo sabían muy bien todos los del campamento; el coronel izó sus manos rogatorias de dedos entrelazados sin levantar la cabeza; de sus labios salieron algunos lamentos que pronto se convirtieron en gemidos; Obando alzó su negra bota de cuero y con cara de profundo asco golpeó el costado del cobarde una vez y otra; a cada golpe Sarmientos Piedelobo retorcía sus fibrosos miembros, se echaba las manos a la cabeza y lloriqueaba como un cerdo pidiendo clemencia; el General, un militar que sólo había conocido el sonido ululante de las balas al cruzar sinuosas el aire, cesó en su furia y afirmó su gastado cuerpo recuperando el aliento perdido; la Chana le sirvió otra cesta de sonrisas adornada esta vez con un manojo de guiños; los demás, inmóviles, no cerraban los párpados; el General miró a uno de ellos y con un movimiento de su cabeza le indicó que aquella piltrafa estaba allí de más; entre todos levantaron el bulto de carne deshecha; el coronel, todo hinchado, comprendió que por esta vez llegaría al final del día y este pensamiento extrajo de su boca una leve y extraña mueca mezcla de felicidad, odio y rencor.
La Chana tomó la mano yerta del Niño y la besó; sería la última vez; las moscas este año han venido a la selva más empalagosas que nunca; las moscas siempre traen malos aires; mientras, los Yagüas, ajenos a todo, hasta de los disparos de la sinrazón, continuaban con su afanosa tarea de desentrañar los misterios de la selva.
A las tres de la tarde las piedras sudaban en el campamento, tan espesa era la humedad que las frentes del Chamizo, del Chusco, del Cojo y del Gringo goteaban efluvios verdosos de cobardía y de miseria; cuando el Relamío y el Balas acabaron por fin de socavar el terreno la Seca, el parón cálido y salino de la selva, comenzó a levantar un fino hilo de brisa que relamió los silenciosos rostros de los presentes; la Chana se acercó al cuerpo del Niño y, para sorpresa de todos, escupió una, dos y hasta tres veces en la boca del desdichado; el coronel volvió a condenar el puto día en que al de la Enara le dio por decirle que se pusiera la charretera; la tierra húmeda cayó sobre el cuerpo del Niño a peso, como con odio; los presentes se fueron retirando lentos y perezosos; la Seca ululó, cansina, como si de verdad lamentase aquella pérdida.
El General, serio y con la cara desgastada y descosida por la guerra, echó la última mirada a la escena fúnebre y entornó de nuevo sus rugosos párpados adormilados.
Un poco más allá, apartados de la vista de los ojos maliciosos, el Peinao, el más joven ahora en el campamento tras la muerte del Niño, ha mirado a la Juárez con ojos de perro en celo; la Chana, embragada y sugerente, le ha devuelto la mirada a medias, pues debe asegurarse de que el General no se ha dado cuenta.
En el campamento la vida sigue como siguen los Yaguas viviendo en las entrañas de la selva del Tarapoto, sin descanso, en silencio, muellemente; pero algo ha cambiado; desde que llegó el General una nube negra le cubre la cara; no hay quien le hable, ni nadie se atreve a desentrañar los oscuros misterios de su rostro callado y serio; nadie sabe lo que ocurrió en Cali pero todos lo adivinan en su fuero interno; es un secreto a voces que el General se empeña en aplazar hasta el infinito; la guerra se ha acabado; se ha acabado por la cobardía del presidente José Ignacio de Márquez; el muy imbécil claudicó y llevó la deshonra a todos; en el campamento los soldados miran al General esperando una señal para abandonar ya la lucha eterna; todos lo esperan menos la Chana que sabe que su General no abandona.
Han pasado días, semanas; todo continúa igual, como si la guerra siguiera su curso inexorable; los soldados se mueven con desidia, de acá para allá; el Putumayo mueve sus aguas buscando el camino que nunca encuentra, entre los árboles compuestos y frondosos; es media mañana; el General ha llamado a reunión; todos acuden prestos; en medio de sus soldados comunica lo que todos desean oír; se marchan; abandonan el campamento; todo se ha terminado; Obando suelta las palabras como quien se desprende de un fardo de cincuenta kilos; la Chana se equivocó y siente que su General haya tomado esta decisión; la partida se hará a la mañana siguiente; el destino, la Chanca; una vez allí se dispersarán y cada uno buscará a su familia o hará lo que le venga en ganas.
El día siguiente no amaneció; una manta de agua caía sobre el campamento convirtiendo las aguas del Putumayo en una simple broma; el primero en abandonar el campamento fue el coronel, que lo hizo solo y cabizbajo; luego el Chusco, el Chamizo, el Cojo, el Gringo y el Peinao se despidieron del General y tomaron el camino de la trocha principal en dirección al sur, donde todos habían oído escuchar que se encontraba la Chanca; la última en salir de allí fue la Chana que miraba hacia atrás cada dos pasos para ver si su General tomaba el mismo camino que los demás; pero el General no se levantó de su sillón de madera vieja y nudosa; se quedó observando las espaldas de los que le habían acompañado y obedecido durante largos años; el agua caía como si fuesen chorros de plomo derretido, a peso, socavando la tierra y formando arroyos de aguas sucias y enlodadas; el día seguía sin amanecer, de oscuro que se mostraba; las nubes formaban una bóveda de agua en la selva del Tarapoto y sólo se oía el crujir horrísono de alguna rama o tronco que cedía a la fuerza del agua; la soledad y el General eran los únicos que permanecían en el campamento, bajo la barraca principal; los Yaguas estaban allí cerca, invisibles, quietos, callados, observando el agua que caía cada vez con más fuerza; los Yaguas sabían esperar pacientemente a que llegara la calma y comenzaran de nuevo a brotar la vida, las flores y los insectos; el General parecía una rama inmóvil y silenciosa; sentado en su sillón nudoso y de madera envejecida, rumiaba el sentido que había tenido su vida; años dedicados a la lucha contra la injusticia para nada; el presidente José Ignacio de Márquez le había decepcionado; Obando jamás aceptaría la democracia, eso quedaba para los de la ciudad, porque la ley de la trocha era su ley y nunca la cambiaría por una memez semejante.
La selva, obcecada en la pertinaz lluvia, parecía opinar como Obando y se mostraba rebelde, obstinada, meliflua, derramando sobre el campamento y sobre la barraca del General todas las aguas del planeta; el Putumayo continuaba su crecida gradual alimentado por miles de brazos acuosos y amenazaba con desbrozar la barraca; Obando se levantó de su sillón de madera envejecida y nudosa; allí solo, en medio del diluvio universal, levantó la cabeza, miró al frente, a los árboles viejos y mudos como él y, empapado como estaba hasta la médula de sus huesos, levantó los brazos al cielo y con su voz bronca y desagradable lanzó un grito atronador que enloqueció aún más los acordes de la selva.
Joven en la ventana (1875). Gustave Caillebotte (Francia 1848-1894)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Pero tampoco quiero la paz mientras a mi alrededor
se hacinen las tumbas de los otros
«Oráculo de cenizas», de Jaime Augusto Shelley
Tuve la suerte de encontrarme y conversar con Jesús Morales Bermúdez. Me regaló su libro Variaciones poéticas de Jaime Augusto Shelley (Unicach-Juan Pablos Editor, 2018), que es un ensayo sobre los libros de Shelley, quien junto con Óscar Oliva, Eraclio Zepeda, Juan Bañuelos y Jaime Labastida, formó parte del célebre grupo La espiga amotinada.
Escribió Jesús Morales un primer acercamiento a la poesía de Shelley, “De realidad, invención y deseo”, en (p. 15) “el número 171 de la revista Plural, el año de 1985”. Años después, en Variaciones… escribe sobre cuatro ejes temáticos en la poesía de Jaime Augusto: “De esta tierra”, “Conjuraciones a la amada”, “Fruto de tormenta” y “La ciudad”.
Shelley dijo sobre su trabajo poético que (p. 23) “cada poema que he escrito ha tomado la forma de una pequeña odisea”, y abundan en el libro de Jesús varias precisiones de Shelley sobre su escritura. Dice de “Anacusia”, uno de sus poemas (p. 30): “Este poema me cambió muchísimo mi concepción de la relación amorosa. Le quitó ese manejo lírico, decimonónico y falso para convertir a la mujer en una mujer de carne y hueso, convirtió a la mujer en persona y desde entonces yo no me he apartado de ese hallazgo”.
Hay una larga cita de “Anacusia”, de la que tomo este fragmento (p. 29): “—No te conozco –pensé, tocándola./ Ella sonrió, bellísima, quitándose el suéter, agitando crines,/ con un salto feliz hacia la cama./ Besé con impaciencia sus labios, la desnudé:/ era, como todos los días, mi mujer”.
Escribe Morales Bermúdez, en su análisis puntual (p. 24): “Formalmente los poemas estructuran su inicio, su entremedio, cubriendo un ciclo, una circularidad: enuncian versos del inicio, con su en medio, con su final, un hilo de luz entretejido para el logro de la emoción, de la belleza, finamente sostenida”; y más: (p. 25): “A par de la circularidad formal, de sus recursos experimentales y de movimientos inusitados, esta poesía pareciera entregarnos asuntos de la cotidianidad, en exclusiva”.
La escritura de Shelley está influida, entre otras formas literarias, por el cine. Él lo reconoce (p. 36): “Desde niño veía tres veces al día una misma película durante una semana entera, que es lo que duraba la cartelera. Empecé a aprenderme los diálogos, los cortes de cámara, las secuencias. Cómo movían las manos, todo, los gestos […] No, lo que más me ha gustado es el cine”.
Escribe Shelley, en un fragmento de “Postludium. Antes del primer compás” (p. 38): “A las sílabas no les gusta pensar;/ les encanta estar, entremetidas,/ jugando a vivir./ Cuando crecen, tienen hijos,/ cumplen años, se hacen cosa”.
Morales Bermúdez es dueño de una amplia obra novelística, ensayística, narrativa; este libro de ensayos dedicados a un poeta “difícil”, (p. 172), “un poeta marginal, excéntrico él mismo de los merecimientos céntricos” y poco atendido por la crítica tiene un origen que Jesús explicita (p. 168): “Pensado el libro, como un homenaje de amistad hacia el poeta, su propuesta de ensayo intenta ser, también, un aporte a los trabajos de crítica literaria en México”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Fotografía: Raúl Ortega**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Raúl Ortega es un reconocido fotógrafo que vive en Chiapas desde hace más de una década y cuyo trabajo ha sido reconocido a nivel nacional e internacional, primero como reportero gráfico y actualmente como fotógrafo independiente, con proyectos a largo plazo de temática social. (Fuente: https://www.desmesuradas.com › raul-ortega-fotografo)
Matilde se organizó bien el fin de semana, dejó a sus hijos con Renato, su esposo, para poder ir a visitar a su tío Alfonso, quien había tenido una fractura en el pie. Se fue tempranito para que estuviera de regreso a casa por la tarde, le daba pendiente viajar sola en carretera. Sus familiares vivían en otra ciudad, aproximadamente a 3 horas de donde ella estaba.
La visita fue recibida con mucho gusto por el tío Alfonso y la tía Mica. La esperaban con alegría. Compartieron el desayuno. Les llevó una canasta con frutas, eligió entre ellas las favoritas del tío, las peras y las uvas. Por fortuna, la salud de don Alfonso iba mucho mejor. Las indicaciones médicas eran tener reposo y posteriormente, iniciar una terapia. El ánimo del tío ayudaba mucho.
Matilde ayudó a cocinar la comida a doña Mica, el tiempo les alcanzó para degustar los alimentos de nueva cuenta, antes de que ella regresara a casa. Fue un buen pretexto para recordar anécdotas y ponerse al día con algunas noticias de la familia. Luego les abrazó con mucho cariño y se despidió de ellos, prometiendo que les visitaría nuevamente con su esposo e hijos.
De regreso a casa Matilde decidió que la música de Nora Jones la acompañara, mientras la escuchaba iba deleitándose con los paisajes, el sol estaba por ocultarse, en sus últimos rayos del día iluminaba de bella manera las montañas, las nubes por su parte hacían lo suyo asomándose, como algodones en la parte alta de las montañas, semejando fugaces copos de nieve. Para cortar camino decidió tomar una ruta que tenía mucho tiempo no transitaba, hasta donde recordaba solía estar más despejado por ese tramo.
Uno de los atractivos del camino elegido era la vegetación que observaba en los costados de la carretera y en los camellones con árboles de matilisguate. Todo iba bien hasta que llegó un punto en donde pensó que había tomado un tramo incorrecto, los camellones estaban vacíos, sin árboles. Fue disminuyendo la velocidad para observar si era el camino que la llevaría a casa, con tristeza se cercioró que no había confusión, ésa era la ruta, solo que los árboles habían sido cortados. Alcanzó a observar los pequeños troncos que quedaban, naturaleza muerta, el paisaje era desolador, al menos para ella.
Mientras trataba de recuperar el ánimo, comenzó a recordar las veces que disfrutó observar las flores de esos árboles, ¿por qué los habrían derribado? ¿Y ahora qué harían en esos espacios? ¿Sembrarían otros árboles? En eso estaba cuando, como en una película, se observó en la carretera ya sin rayos de sol con las montañas frente a ella cubriéndose de neblina, el clima había bajado de temperatura. El ambiente se tornaba con nostalgia al atardecer. Prendió las luces del coche, de fondo seguía sonando "I want to talk with you in a cloudy day…"
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Fisonomía 16
Aún puedo vomitar
Por Antonio Florido
Huele a tejido recién pintado, a trazos deshechos, rugosos, a líneas desleídas en el fondo del lienzo imitando una atmósfera de ceniza irrespirable; apesta a muerto ya descompuesto, a gente huida a toda prisa, a túneles cerrados por sorpresa y sin motivo aparente; los escalones se derriten en la cuesta que baja hasta el andén; mi cuerpo, absorto y desconocido, avanza solo, sin que nadie ⎯ni yo mismo⎯, se lo ordene, en un progreso hacia ninguna parte, hundiéndose en un ambiente lechoso de sofoco y de ausencia; llego al último escalón, un pasillo mugriento se abre a la derecha; otro, igual de sucio y pestilente, lo hace hacia el otro lado ⎯estúpida armonía de los pasillos callados, sosa simetría del mundo⎯, nada en el aire, solo silencio…y las pisadas ahuecadas en las losas podridas; avanzo tocando las paredes, rozando con la punta de mis dedos los últimos escombros de esta tierra que se hunde sin remedio; fuera quedan pocas cosas, acaso algún ser viviente que todavía no se ha enterado de qué va la película; hace frío, el viento del norte que desgaja las alheñas se convierte en un gélido aliento aquí adentro, bajo tierra, entre estos infinitos callejones por donde la gente solía caminar cabizbaja, ¡qué tiempos!
Antes éramos muchos, decenas, cientos, miles de personas las que caminábamos por aquí, cada uno a su destino, todos mirando hacia el suelo, cada uno apresado en su propia envoltura, como un cascabullo, igual que un cascarón que protege la individualidad y la sacraliza; todos íbamos deprisa, las bolsas colgadas de los hombros, los billetes en las manos cerradas, pintando un mosaico multicolor lleno de impaciencias y vacíos, pero esos días desaparecieron, ahora no me encuentro con los amigos ausentes de todos los días, soy el único que continúa esperando la llegada del tren de las 7:30, el que pasa por Candem y llega hasta Kennington para luego girar al oeste en busca de Morden; allí me bajaba a diario, tomaba el camino de las piedras brunas junto a las últimas casitas de madera y me iba al centro de la tierra para arañar los últimos restos de carbón; la tierra por dentro es dura como el alma de un desesperado; recuerdo que cavábamos todo el día sin parar, hasta llenar nuestros pulmones de humo negro, se oían toses por todos lados pero nadie hablaba, nadie cruzaba una sola palabra con el obrero de al lado porque, perder el tiempo en aquellos años, significaba desaprovechar toda esperanza de vida y de futuro; hoy ha pasado ya la hora, arrecia el aliento de la cueva, la brisa, dulcificada por las paredes gravitadas, acaricia mi rostro y una pincelada de pintura, de grumo acumulado en mi cara, se desliza hacia abajo borrando mi sonrisa; llego al andén; no hay nadie; en efecto, la soledad de este sitio es tan densa que hasta el sonido se atemoriza y huye de aquí; oigo el lamento de las paredes, de los techos curvos, de los pasillos infinitos, de las esquinas ansiosas; el desequilibrio de todo un mundo de estertores se funde con mi alma y me siento el ser más solo del planeta; por la derecha se abre una garganta oscura con el techo arqueado; parece que no puede con el peso de los años y por eso las líneas verticales, grises, opacas, se doblan hasta darse la mano por encima del cielo; en lo alto reina la oscuridad, nadie sube hasta allí para limpiar los hedores de los cientos de miles de personas que respiramos allí durante tanto tiempo; por el otro lado se abre una escalera transversal que en tiempos servía para que los pasajeros saliésemos al exterior, no sin antes cruzar infinidad de pasillos y escaleras eléctricas; hoy aparece tapiado; lo han hecho con ladrillos de cobre herrumbroso, verdes, ocres, rojizos; la pared asoma a medio acabar, ya no había tiempo para tan delicada tarea, ya nadie pasa por allí y ya ningún suspiro se quedará atrapado en las juntas de los azulejos; sin embargo, en el centro de la garganta sigue horadado el hueco con los raíles; me acerco y compruebo que las culebras continúan con la postura elegante de siempre, paralelas, calmas, cansinas, sin ganas de moverse y sin motivo tampoco para hacerlo; dos metros, casi, de espacio vertical insalvable que me separa de la pared de enfrente, un abismo abierto en el suelo a base de martillazos, arrancando los dolores de un parto que excavó esta línea de metro con miles de brazos sudorosos; me pregunto por qué sigo viniendo aquí todas las mañanas, y yo mismo me digo que tal vez sea para recordar la podredumbre que cubría la tierra por aquel entonces; luego, cuando el tiempo pasó, alguien cogió en sus manos un pincel alargado, de muelles hebras y con él dibujó el rostro y la silueta que me da la vida; ese pintor lo hizo sacando del alma el dolor que nos acompaña toda la vida, respirando quedamente, procurando con la muñeca giros misteriosos, alejándose, acercándose al lienzo, sonriendo cuando una cualquiera de esas pasadas quedaba a su agrado; parece que yo mismo le veo en su estudio, intentando expulsar de su pecho las contradicciones de sus días, dudando si seguir con el rostro o por un brazo, extraviando sus miradas en las líneas difusas lanzadas al lienzo que tiene delante; yo no soy más que un figurante de un cuadro ocre y mohoso, una escasa y diminuta efigie apenas trazada con cuatro o cinco pinceladas; no tengo cara, mi perfil es abierto, para que todo el que lo vea se imagine lo que quiera; me gusta así; no quiero destapar mi carne ante cualquier idiota que se detenga frente a mí a tratar de desnudarme; me gusta tanto que desde este plano misterioso le doy las gracias al artista y recojo los restos de hiel que él mismo desparrama por el lienzo; aunque me hubiera gustado estar acompañado ⎯no deseo negarlo⎯, quizás con alguien más joven, con alguien que aún tuviera algo que añadir a esta historia sin principio y sin final; quién sabe, al fin y al cabo, quién soy yo para decidir si este cuadro está acabado; puede que mañana, a las 7:30 en punto, se acerque mi tren y deba de nuevo llegar hasta el camino de piedras para seguir arañando con mis dedos los estratos podridos; oigo el latido del túnel, desde el banco donde me encuentro sentado percibo el zumbido ancestral de las capas del suelo, de esas alfombras dormidas que los hombres se afanaron un día en despertar; es un sonido sordo, profundo, armónico, acompasado con el latido de mi propio corazón; me distraigo olvidando a la gente que conocí allí afuera, intentando recordar una a una todas las caras cercanas para luego lanzarlas al mar del olvido, escupiendo cada vez que a mi mente se asoma un ser estúpido al que conocí un buen día; quizás por eso vengo aquí a diario; fuera, ¿qué hay que pueda servirme de algo?, ¿tal vez alguna esperanza sincera, algún anhelo diferente que llene más que todos los que pasaron por mi vida?; ya no resisto más a la gente ni aguanto la vulgaridad de sus risas, ni las locuras de sus pensamientos; ahora soy yo el que manda: lo he decidido.
Después de varias horas deambulando como un espectro por estos pasillos, asomándome a la fosa que tengo delante, esperando en vano la llegada del tren que no viene, salgo a la calle a respirar el aire frío del invierno; llueve, llueve en esta ciudad de cristal, de acero y de ladrillos; la atmósfera es rojiza, tenue, difuminada; no se ve a diez pasos de distancia pero me conozco cada uno de los edificios de memoria y sé, supongo, colijo y barrunto que están allí, altos, hieráticos, orgullosos, mirando desde lejos las diminutas hormigas que somos los hombres; algún despistado pasa junto a mí a toda prisa y continúa calle adelante; no se miran ya los hombres, todos callan, tal vez por la vergüenza de saberse semejantes; ese animal tan lacrado que nació como una excrecencia sobre la tierra, que se levantó vanidoso durante algunos años esperando la llegada de la vejez, ese mismo ser que volvió a la tierra y enmudeció para siempre…; no hay nadie más a mi alrededor, solamente la boca oscura del metro de donde salí hace unos momentos, el mismo orificio que me tragará pronto cuando vuelva a esconderme en las entrañas de la nada.
De nuevo respiro la profunda emoción de este oculto subterráneo, mis nervios se agitan moviendo los brazos, las piernas, los músculos, en un intenso vaivén donde las contracciones son las que mandan y las que dirigen mis movimientos; las paredes, estáticas, me miran por los cuatro costados y experimento la soledad del huérfano, del que se sabe aislado de todos, del indolente que un buen día renunció a la vida y a esta sucia rutina que constituyen los días repetidos; oigo de nuevo el zumbido de la tierra bajo mis pies, de las piedras que se remueven, que se rozan unas a otras a cientos de metros hacia abajo, hacia la sima más profunda y oculta; ahora aguzo el oído y creo escuchar a mi lado unas pisadas suaves que avanzan hacia mí; mi cabeza se mueve y, aunque me faltan algunos trazos para poder reafirmarme, mi cuello voltea sobre mis hombros y observo con ansia el origen de estos sonidos; una luz difusa se contonea en el borde del último escalón, alguien se acerca, me tiembla el pulso, no quisiera por nada del mundo que la gente de fuera volviera a esta alcantarilla donde sólo las ratas, las miserias y yo mismo debemos estar; los sonidos aumentan, la luz se define, alguien está abandonando ya la bajada que le separa del mundo; pero lo primero que veo no son los pies o las manos de ese alguien; una escuadra de madera asoma suspendida en el aire, soportada por alguna fuerza desconocida, la forma se concreta, se vuelve definida, nítida, clara; es un rectángulo de tela extendida en un marco de pino; por el borde percibo unos dedos encorvados que sostienen el peso de esa masa extraña; en pocos instantes aparecen los pies bajo la tela inflamada; por encima vuelan cabellos ligeramente encrespados y morenos; es un hombre ⎯me digo⎯, un hombre el que transporta una especie de caballete al fondo mismo de la cueva ⎯algo totalmente sin sentido, la locura misma libremente expresada, el mundo excéntrico que retorna⎯; yo continúo sentado y ansioso, me extraña tanta elegancia en el porte del bulto; miro el reloj que anuncia la llegada de los trenes; nada, como siempre, parado en el mismo minuto, en el mismo segundo, eternamente esperando la llegada de un tren que nunca me llevará a mi destino; el desconocido se ha colocado a tres metros de mí; es relativamente joven, y sus manos son enérgicas, vivaces; todo su cuerpo se contorsiona mientras coloca el caballete a mi lado; luego coloca una bolsa sobre el extremo de mi banco y extrae de ella pinceles, botes de pintura irregulares, una paleta muy usada…
No cesa el misterio; espero a que por lo menos tenga la deferencia de saludarme, espero y espero y me cargo de paciencia, pero es como si estuviésemos en planos distintos, en universos diferentes, paralelos, aislados; el hombre se atusa el cabello y mira hacia los lados como si estuviese buscando algo, no sé si la inspiración que no llega o alguna sensación que sólo él conoce; de pronto se aparta a un lado igual que cuando alguien se cruza contigo y te toca sin querer un brazo, momento en el que sientes la violencia del que inunda tu espacio y te apartas, pero allí no hay nadie, nadie salvo él y yo; coloca ahora el caballete en la posición deseada, toma un pincel desnudo entre sus dedos, lo aleja, lo acota, como si estuviese midiendo alguna distancia, después mira hacia la escalera; se ha quedado observando la pared a medio levantar, seguro que los ladrillos herrumbrosos le causan, como a mí, desasosiego; deja el pincel en el banco y toma otro con su mano derecha; la paleta la sostiene con la otra mano, acerca las cerdas a la pintura y comienza a desplazar el pincel por el aire, después sobre la tela extenuada; de pronto y de manera muy suave la luz del túnel comienza a deshacerse en pequeñas fibras desnudas, observo las lámparas y compruebo que no son ellas las causantes de este nuevo colorido, todas siguen igual, pendientes del cielo, oteando desde la altura los sucesos del suelo, las miserias de lo profundo y divisando desde la distancia la negrura que sale de las bocas del metro; todo se vuelve gris, un gris nauseabundo que inunda el espacio donde nos encontramos; los ladrillos de enfrente adquieren una tonalidad más rojiza, más real, como si unos obreros invisibles los estuviesen ahora mismo colocando, y los ojos del túnel nos observan ahora con más fulgor y con más hondura que antes; el hombre pinta un cuadro y lo hace con dolor, parando de vez en cuando para respirar, para apartar la mirada de las pinceladas marcadas a fuego sobre la tela, se ve que el artista sufre con su labor; me levanto, intento ver qué paisaje lleva entre manos, cuál es su estilo, por qué pintar en este sitio tan olvidado, pero cuando me acerco a su figura el artista parece alejarse y alejarse; y pienso que posiblemente sea una sensación mía, un efecto personal de mi propio ser ⎯de tanto tiempo como llevo esperando a que me saquen de aquí⎯, porque sin duda que sus dedos continúan dibujando extrañas figuras, densas capas, signos y líneas confusas; me retiro a un lado y trato de colocarme detrás de él para ver así mejor la obra; sobre sus hombros observo el mismo paisaje que tengo delante y que tanto conozco; a un lado el hueco perfecto del túnel que se expande como un sufrimiento hacia el otro lado, desapareciendo en lo negro; delante la pared infinitas veces analizada por mis ojos cansados, en medio la zanja insalvable y, además, todos los detalles que rodean el escenario de este cuento sin principio y sin final, de este cuento de la desesperación que intenta salvar un alma perdida de las inmundicias de lo que no comprende; el virtuoso ha expresado hasta el aire inerte que respiro, impregnando con extraña técnica todo el ambiente de un color ceniciento y sucio, como si toda la tela estuviese manchada por algo ruin y malévolo; admiro la destreza de esos dedos ágiles, de esas manos obedientes que se mueven al impulso del corazón, pero me desazonan sus ojos muertos, sus labios tirantes, su alma agrietada que intenta sepultar en la tela todo el odio que siente hacia el mundo; ¿seré acaso yo una figura más de su cuadro?, ¿es que la realidad no es más que eso, una farándula de colores donde nadie es libre y donde todo lo llevamos marcado en la sangre?
Me duele la cara, la toco con los dedos y compruebo que mi silueta se disuelve, se ahoga en este aire gélido de realidad creada; siento miedo; por primera vez el terror invade mi alma y encoge mi cuerpo; quisiera poder hablar con este pintor para decirle que no me borre del mapa, que aunque yo sea solamente una figura, quiero seguir estando; que me conformo con ese poco de calor que me ofrece con sus suaves pinceladas; ¡quisiera decirle tantas cosas!, pero la realidad es la que es y el artista sigue pintando y yo continúo transformándome sin remedio.
Al cabo de un buen rato el pintor recoge todos sus bártulos y se va como vino, lanzando al aire sus suaves pisadas, sus tímidos coqueteos con el espacio, en un avance decidido y ligero; me duermo; el banco sostiene la parte de mi rostro que aún conservo, también mi espalda, mis brazos y mis piernas descansan; el túnel está iluminado e irradia una eterna vigilia sobre mis párpados; me duermo sin remedio, al fin, agotado por el cúmulo de emociones vividas; sueño con mi trabajo, me veo, desde fuera, bajando a la mina, erosionando con la pica y el martillo la frágil pared de azabache; y oigo toser a mis compañeros de fatigas; un cuerpo cae de pronto al suelo; el sonido es sordo, un cuerpo laxo no deja apenas huella cuando cae al fondo del esfuerzo, esas piernas y esos brazos no cavarán más las entrañas de la materia, no sufrirán más por todos nosotros; me duelen los huesos, cambio de postura y entonces, al girar la cara me hundo en el banco, despertándome; me falta ⎯lo noto⎯, un lado del rostro, apenas soy una silueta abstracta, una línea difusa, una pincelada obscena; mis ojos atraviesan los listones del asiento y veo perfectamente el suelo con las hormigas andando y alguna que otra cucaracha que busca un lugar para cobijarse; miro de nuevo el reloj y compruebo desesperado que no avanza, que el tiempo se ha detenido, que la infinitud me ha tomado en sus brazos y me lleva lejos de mi mundo; quiero morir, morir de una vez por todas, quizás para no mendigar un poco de vida sin sentido durante el resto de la eternidad.
Aún me queda la boca para poder vomitar, y los recuerdos para conformar y rehacer el ambiente que me envuelve a su capricho; mientras nos queden bolsas de hiel que expulsar de nuestro interior seguiremos vivos, aunque este tipo de vida no sea más que una farsa, un problema sin solución, una esperanza quemada; ha transcurrido el tiempo; lo sé por la cantidad de desesperanza que llena mi alma; el reloj continúa parado en la hora eterna, las 7:30; pero ya he olvidado el día en que vivo, la semana, el año; ignoro si soy viejo o joven, porque en este esófago oscuro de hierro soy incapaz de valerme por mí mismo y camino de un lugar a otro como un recién nacido, desequilibrado y abstraído; lo único que parece real es la materia que me rodea y que da forma y sustancia al espacio concreto; si no fuera por la mecánica elasticidad de las formas nada tendría sentido, porque los pensamientos se esfuman, se moldean, se transforman, y en el mejor de los casos, desaparecen; ¡qué dolor! ¡qué dolor más infinito el de ver volar ante ti una esperanza que te cobijó durante toda la vida!; es el momento de enfrentarte a la existencia y al misterio de su fin, de su definida distancia, el momento de mirarte sin el espejo de siempre y de confesarte que has sido constantemente un iluso sin los pies en la tierra; por qué pensar cuando un simple pensamiento no es más que un jirón de tu propia piel, una tira arrancada que alimenta los sueños de los demonios; ¿quién ha querido que pensemos ⎯me pregunto⎯, que reflexionemos a lo largo de los años?, ¿quién puede haber deseado esta perversa ilusión de los deseos que nos embriagan y nos mienten?; tal vez la vida misma con sus grises matices, con sus grumos y pinceladas gratuitas; o quizás la imperiosa necesidad que todos hemos albergado de sabernos a salvo de la mediocridad, de ese insulso estado donde todo lo que hacemos o pensamos es semejante, armonioso, carente de originalidad, donde cualquier idea muere nada más haber nacido, sin haber tenido la oportunidad de rebelarse a los demás, sin haberse hecho un hueco en la masa mísera del mundo.
Dejo a un lado mis sueños recurrentes y me levanto del banco para comprobar una vez más que todo sigue igual y que las sombras recorren el túnel, los sonidos profundos continúan emergiendo de las entrañas de la tierra y que continúo estando solo, solo en medio de esta brisa amortiguada que entra por la escalera vecina; mi cuerpo eterniza la forma de una simple silueta dibujada con leves trazos confundidos en el aire; ¿es esto la muerte?, ¿una espera eterna?, ¿un vacío lleno de sollozos?; creo que ya no es hora de lamentarse sino de remontar el vuelo y vivir de nuevo, aunque esta vida sea creada por otro; y pienso en el artista, en su apartada distancia, en su trabajo obcecado, en la ilusión que acumula en cada trazo; pienso en él y le echo de menos y deseo que su cuerpo asome por la boca de entrada, rompiendo el equilibrio de luces y de sombras, creando, él mismo, una nueva realidad, una sustancia distinta, un momento diferente que anule todos los anteriores y me salve de esta eterna vigilia; espero sentado de nuevo sobre el banco; miro las lámparas altísimas, los techos ocultos en la negrura, la garganta del túnel que se acerca y se aleja formando con esta dicotomía una absurda paradoja de todo lo que es, de todo lo que se levanta para luego morir; y grito en medio de la nada, grito hasta que el pecho me duele, hasta que mis nervios se aploman y el aire se me acaba; luego llega el reposo y callo, miro hacia el suelo, observo las diminutas hormigas en procesión bajo mis pies, y me sacude una envidia terrible de no poder ser como ellas, civilizadas, trabajadoras, condenadas de por vida a un esfuerzo en el que no deben valorar nada más, sólo el trabajo, la tarea rutinaria, el pensamiento yermo y el sentido de sus días vacíos y sin esperanza; al menos ellas tendrán la oportunidad de morir aplastadas un buen día por cualquier trozo de materia o simplemente engullidas por otro ser de mayores dimensiones; pero tienen un último día, una postrera ráfaga de luz que entrará por sus ojillos y que será la señal tantas veces esperada; yo, sin embargo, sólo dispongo de la espera sin fin, del perpetuo incomprensible hecho realidad, materia, algo tangible; y por eso, la única esperanza que me queda es que el artista me salve; sólo él dispone de mi vida; lo único que necesito es que un buen día, mientras esté ultimando este cuadro inmundo y sin apenas sentido, decida que todo ha sido un sueño asqueroso; y en ese estado de comprensión y de generosidad ⎯un estado en el que las almas, cuando lo alcanzan, se muestran en plena disposición de amor hacia el hombre⎯, tome el pincel y deshaga todo lo hecho, rompiendo la tela en pedazos, destrozando las formas y disolviendo las líneas y los colores; sólo de esta manera mi realidad será liberada y podré descansar en paz, sin encarnar una pesadilla de nadie, sin dejar de ser yo mismo…
El artista pinta; no me he dado cuenta de nada; puede que lleve un buen rato coloreando las fantasías y los miedos de su alma; puede incluso que lleve allí de pie, junto a mí, toda una vida pintando y mostrando la vanidad y la arrogancia en cada pincelada; el experto deshace sus miedos en cada trazo, en cada vahído sacado de dentro; sus miedos, al fin, pueden ser expuestos plásticamente a la vista de todos; y luego, cuando la obra esté terminada, el pintor descansará como un niño hasta que de pronto otra angustia asalte su alma y se yerga sobre sí misma impidiéndole respirar, sembrando sus noches de pesadillas y de sueños insufribles; entonces habrá llegado el momento de bajar a la tierra con otro lienzo bajo el brazo para intentar recoger sobre la tela desmayada todas las miserias del hombre; asomo mis ojos de nuevo tras su figura; el corazón me late frenético; sus hombros mueven los brazos armados con el pincel azul de la desgracia; su mano perfila un ser anónimo sin ojos, sin rostro, sin figura donde la esperanza de ser reconocido pueda aferrarse; este ser mira hacia una mesa transversal donde cuatro o cinco siluetas examinan su paso por la tierra; un tribunal de odio y de herejía que abre sus fauces tragando la libertad y la cordura de los hombres; un episodio que se repite una vez y otra llenando las existencias terrenales de sombras alargadas, de nichos abiertos, de fosas húmedas, cálidas, vaporosas; son como tributos a un más allá venidos de pronto; los trazos se marcan suaves, rozando, acariciando la tela reticulada, apenas unas líneas difuminadas en forma de hombre; y cuando compruebo que ahora se trata de una obra nueva me echo a temblar y siento odio por este ser que me mata sin remedio, condenando mi espíritu, anclándolo en el seno mismo de unos hilos cruzados y sucios; siento odio por mí mismo, por todo lo que me rodea, por este hombre que busca en el arte una mejor forma de vivir y de morir, un camino expedito hacia la nada, una esencia sin fondo que le salve de la rutina que constituyen sus días y sus noches, una manera distinta de salvarse o al menos de intentarlo; y le aborrezco sobre todo por no darse cuenta de que lo que él crea con el color esparcido es otra materia real, con vida, con alma, con sabores dulces y amargos, por todo esto le odio y por saber que la ignorancia la lleva prendida en cada matiz expresado, en cada misterio que le procuran los colores con todos sus matices; miro de nuevo el reloj de mis noches a la luz tenue de los faroles encendidos, y me sorprendo pensando que ahora ya la eternidad se comprime en medio de su propio ser, ahora la infinitud deja un resquicio a la esperanza; el rectángulo numerado, vivo y elocuente ⎯con su plateada elegancia, con sus dígitos esquinados, rojos, dolientes, encendidos en medio del negro aroma de la muerte⎯, marca por fin la hora esperada: las 7:31.
El vuelo de las golondrinas (1913). Giacomo Balla (Turín 1871-Roma 1958)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.