Cajón de rubores. 17. El general Obando. Antonio Florido

Fisonomía 17 
El general Obando

Por Antonio Florido

     
La carta llegó al campamento con la crecida silenciosa y traicionera del Putumayo, de modo que hasta transcurridas dos horas el General no pudo leerla; el Putumayo no juega y Obando lo sabe; cuando las aguas del río se remueven turbias y caprichosas junto a los juncos, todos en el campamento acuden como culebras, rápidos y resueltos, hasta dejar los alrededores más limpios que la cabeza del Gringo.

Obando abrió la esperada carta despacio hasta la desesperación; barruntaba desde días atrás que aquello se acababa; para su desgracia las cuatro primeras letras que leyó provocaron el latigazo involuntario de su codo izquierdo, la señal de que el General se ahogaba en la humillación.

Obando leyó hasta el final el papel sucio y amarillento y se quedó mirando las aguas del Putumayo que ya habían alcanzado los troncos más gruesos de la barraca; con el corazón lleno de mierda y de rabia arrugó la hoja y la arrojó donde nadie pudiera verla; llamó entonces al Cabo con su voz aguardentosa y desagradable; el Cojo apareció de la nada y al ver la cara del General supo que a la mañana siguiente abandonarían la maldita selva.
Aquel mismo día, bajo la penumbra de su choza y sin dar tiempo a que el vómito le traicionara, Obando ordenó preparar la marcha; esa noche, densa y misteriosa como pocas, las estrellas se le cruzaron entre ceja y ceja y no pegó ojo; después de treinta años en la trocha con el fusil al hombro, cuatro mujeres, once hijos conocidos y veintitantos hombres muertos a su costa, cómo podría vivir en adelante; Obando, Don José María Obando, hijo adoptivo de Don Ramón Obando del Campo, no sabía que la vida pudiera echársele encima con tanto peso, aplastando su orgullo y su destino antojadizo, y todo en nombre de la dichosa democracia.

 Los Yaguas caminaban de regreso con la caza de una semana, entre árboles centenarios, altos como el orgullo de sus ancianos, mientras el General pasaba revista a los pocos soldados de su regimiento; al cabo se despidió de todos, mirando a los ojos de cada uno; sólo se llevaba con él al Gringo, que conocía los senderos misteriosos de la selva y era medio indio. 
Mientras Obando y el Gringo enseñaban sus espaldas camino de Cali, en busca de la sinrazón del presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo, que se quedaba al mando del campamento, esbozó una sonrisa estúpida y pasajera que no contagió a ninguno de sus subordinados; ni el Chusco, ni el Chamizo, ni el Cojo, ni el Niño sonrieron; ni siquiera la Chana se alegraba de la marcha del General que maldito el día en que se iba quizás para siempre.

Cuatro semanas a lo más; eso fue lo que el General dejó dicho, pero ya habían pasado dos y lo único que se oía era la indomable Seca golpeando los rostros cansados por la lucha; los Yaguas no se divisaban desde el campamento, aunque más que por la distancia porque ver un Yagua y no ver nada era lo mismo; los ojos secos de los soldados alcanzaban hasta poco más allá de las aguas del Putumayo; la Chana cumplía años sin decir nada a nadie y se avergonzaba en silencio de su cara mustia y poco agraciada; a la mujer también se le acabarían los buenos tiempos, al menos eso es lo que todos se decían continuamente con la mirada; ninguno deseaba ver entrar al General por el camino de los charcos, porque verle entrar y acabar la lucha contra los insurgentes era cosa segura, pero ninguno deseaba tampoco que su General faltase para siempre, ninguno menos Sarmientos, para quien la ausencia de su superior era la mejor noticia que pudiera conocerse. 

El 11 de julio de 1841 amaneció sin avisar; en el cielo de la selva donde viven los Yaguas raras veces se ve el sol allá arriba, por entre los árboles; sólo donde las calvas han hecho de la arboleda un tapiz húmedo y verdoso florecen plantas caprichosas en busca de los tímidos y cálidos fuegos del cielo.

El 11 de julio de 1841, el mismo día en que el General Obando se negaba a pactar la rendición con el presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo se sentía con el mundo dentro del pecho y hacía y deshacía a su antojo; la Juárez le colocó bajo las narices el segundo plato de estofado que, aun ardiendo, el coronel relamía con sus ojuelos achinados; la Juárez se retiró y dejó a su coronel tranquilo en medio de aquel sofoco de verano, que maldito si llegó el calor aquel año; Piedelobo torció el gesto a la primera engullida y, con la cara roja como el tomate, escupió un trozo de carne; luego tomó la jarra de chicha, fría como el alma de una viuda, y bebió para dejar sitio a otro golpetazo de ardiente estofado; de cuando en cuando el coronel maldecía el día en que vio al de la Enara entrar por la puerta de su casa para decirle que se pusiera la charretera; desde entonces su maldito dolor de barriga le enredaba el vientre a golpes de bocado; el coronel llamó a la Juárez a voces: “¡Chana, venga usted acá con su amorcito!”; la Juárez o la Chana, como al coronel le gustaba clavarle al oído, aparecía de golpe y entonces el Piedelobo le frotaba el trasero delante de todos, como si nada; los demás, ante la ausencia de su General, callaban como muertos; hasta el Niño, pese a su juventud asquerosa y repulsiva callaba miserablemente y aguantaba el tirón.

   El calor húmedo de la selva del Tarapoto entraba a todos por los ojos, secando el alma cansada ya de tantos años de lucha sin causa y sin fin; el Piedelobo seguía estrechando con sus manazas las entrepiernas de la Juárez mientras mascaba como un cerdo el último bocado de carne; a ver quién era el guapo en levantarse sin el permiso del coronel, pero el guapo fue el Niño que harto ya de tragar bilis sacó la faca y amenazó con ella al dueño de la Chana; el silencio se espesó cuando los demás vieron pararse las quijadas del coronel; el Niño tragó la poca saliva que le quedaba y, de no estar la Chana todavía en la falda del Piedelobo, habría salido de allí como alma que se come la Seca, el parón cálido y salino de la selva; hasta las moscas dejaron de zumbar; el coronel, envalentonado, se quitó a la Chana de encima, dejó el cucharón sobre la mesa y levantó su enorme espinazo buscando la voz silbante de la faca en el aire; el Niño no tuvo tiempo de reaccionar cuando ya el coronel le aferraba la garganta con la fuerza de un arco de acero; pero no apretó para que los demás viesen el espectáculo de ver a un hombre morir a su voluntad; el Niño maldijo al coronel y fue lo último que hizo en su corta vida; el aire, espeso como la leche de la Facunda, humedecía los rostros del coronel, de la Chana y de los demás; el tiempo, temeroso de que a él también le tocase parte, paró su ritmo, hasta que un antojo del Piedelobo le hizo soltar el peso que cayó al suelo como un fardo.

   Sarmientos Piedelobo pidió a la Chana un cubo de agua y lo echó sobre la sangre vertida a dos palmos de sus botas; las moscas comenzaron de nuevo a revolotear; algunos disparos lejanos atronaron en los oídos de los hombres quienes aprovecharon la ocasión para salir de allí por patas; el coronel echó de nuevo sus manazas sobre las cachas de la Chana y, mirándola como un enamorado, comenzó a reír a carcajadas; la Chana le imitó por hacer algo y ambos acabaron enlazados en un juego sucio de sudor y sofocos; en la estancia calenturienta y húmeda del Tarapoto no había ocurrido nada en realidad; la lucha seguía como seguía el sofocante calor golpeando los rostros cobrizos de los Yagüas; fuera oíanse disparos de arcabuces cruzando el enrarecido aire de mediodía; el Piedelobo acabó su comida echado sobre una destartalada yacija, sucia como su alma gringa; pensaba qué suerte que aún faltase bastante para que por la puerta apareciera el maldito General; pero mientras tanto el mundo estaba dentro de su pecho y no había fuerza de la selva que se le opusiese a su coraje; la Chana continuó con su brega y, agachada en el suelo, sobre sus carnosas rodillas de hembra aún joven, restregaba con fuerza sobre la mancha rojiza de quien la quiso en mal día para ella; el Piedelobo miró a la Juárez y ambos sonrieron; Sarmientos Piedelobo escupió lejos el cigarro ensalivado y se dio la vuelta para dormir; las moscas continuaron revoloteando sobre los restos de sangre aún fresca.

Amaneció; la selva, aún en silencio, comenzó su acostumbrado carillón de trinos y gorjeos mientras los primeros clarores del día inundaban lentamente los poros de la tupida arboleda; el coronel Piedelobo roncaba; la Chana movía su denso cuerpo zambullida en un delirio de pesadillas, acordándose del Niño, aún caliente; los demás esparcían sus lacios y desmedrados cuerpos hasta que llegasen los primeros rayos del sol abrasador; el aire soplaba tímidamente, cobardemente, como todo lo que se movía allí, en el campamento, sin el beneplácito atrabiliario del Coronel.
Piedelobo abrió los ojos como pudo; la garganta, aprisionada por un cerco de hierro, no escupió ningún sonido inteligible; sólo sus pupilas y su escaso entendimiento llegaron a comprender que el General había llegado un par de semanas antes de lo previsto; al momento los hombres del campamento, pillados de medio pie, formaron con sus arcabuces, mirando al suelo; el General era el General y la cosa no era para bromas; varias gargantas tragaron salivas; la Chana acudió presta con una cesta de sonrisas y con las manos retorciendo su delantal en señal de servidumbre y nerviosismo; el General preguntó poco y a los mismos de siempre, a los de lengua mansa y dadivosa; sacaron entonces al Niño y arrojaron su cuerpo en medio de todos; el General, hombre al fin de pocas palabras, les miró uno a uno; esa era su forma de dar órdenes.

El coronel cruzó sus ojos con los ojos del General pero éste le aplastó con su mirada; en un acto fatal Sarmientos se postró de rodillas e inclinó su espalda como un perro estúpido y miedoso; los demás no respiraban; el destino estaba escrito y de allí a la noche alguien no llegaría; ese alguien lo sabía, como lo sabían muy bien todos los del campamento; el coronel izó sus manos rogatorias de dedos entrelazados sin levantar la cabeza; de sus labios salieron algunos lamentos que pronto se convirtieron en gemidos; Obando alzó su negra bota de cuero y con cara de profundo asco golpeó el costado del cobarde una vez y otra; a cada golpe Sarmientos Piedelobo retorcía sus fibrosos miembros, se echaba las manos a la cabeza y lloriqueaba como un cerdo pidiendo clemencia; el General, un militar que sólo había conocido el sonido ululante de las balas al cruzar sinuosas el aire, cesó en su furia y afirmó su gastado cuerpo recuperando el aliento perdido; la Chana le sirvió otra cesta de sonrisas adornada esta vez con un manojo de guiños; los demás, inmóviles, no cerraban los párpados; el General miró a uno de ellos y con un movimiento de su cabeza le indicó que aquella piltrafa estaba allí de más; entre todos levantaron el bulto de carne deshecha; el coronel, todo hinchado, comprendió que por esta vez llegaría al final del día y este pensamiento extrajo de su boca una leve y extraña mueca mezcla de felicidad, odio y rencor. 

La Chana tomó la mano yerta del Niño y la besó; sería la última vez; las moscas este año han venido a la selva más empalagosas que nunca; las moscas siempre traen malos aires; mientras, los Yagüas, ajenos a todo, hasta de los disparos de la sinrazón, continuaban con su afanosa tarea de desentrañar los misterios de la selva.

A las tres de la tarde las piedras sudaban en el campamento, tan espesa era la humedad que las frentes del Chamizo, del Chusco, del Cojo y del Gringo goteaban efluvios verdosos de cobardía y de miseria; cuando el Relamío y el Balas acabaron por fin de socavar el terreno la Seca, el parón cálido y salino de la selva, comenzó a levantar un fino hilo de brisa que relamió los silenciosos rostros de los presentes; la Chana se acercó al cuerpo del Niño y, para sorpresa de todos, escupió una, dos y hasta tres veces en la boca del desdichado; el coronel volvió a condenar el puto día en que al de la Enara le dio por decirle que se pusiera la charretera; la tierra húmeda cayó sobre el cuerpo del Niño a peso, como con odio; los presentes se fueron retirando lentos y perezosos; la Seca ululó, cansina, como si de verdad lamentase aquella pérdida.

El General, serio y con la cara desgastada y descosida por la guerra, echó la última mirada a la escena fúnebre y entornó de nuevo sus rugosos párpados adormilados.

Un poco más allá, apartados de la vista de los ojos maliciosos, el Peinao, el más joven ahora en el campamento tras la muerte del Niño, ha mirado a la Juárez con ojos de perro en celo; la Chana, embragada y sugerente, le ha devuelto la mirada a medias, pues debe asegurarse de que el General no se ha dado cuenta.

En el campamento la vida sigue como siguen los Yaguas viviendo en las entrañas de la selva del Tarapoto, sin descanso, en silencio, muellemente; pero algo ha cambiado; desde que llegó el General una nube negra le cubre la cara; no hay quien le hable, ni nadie se atreve a desentrañar los oscuros misterios de su rostro callado y serio; nadie sabe lo que ocurrió en Cali pero todos lo adivinan en su fuero interno; es un secreto a voces que el General se empeña en aplazar hasta el infinito; la guerra se ha acabado; se ha acabado por la cobardía del presidente José Ignacio de Márquez; el muy imbécil claudicó y llevó la deshonra a todos; en el campamento los soldados miran al General esperando una señal para abandonar ya la lucha eterna; todos lo esperan menos la Chana que sabe que su General no abandona.

Han pasado días, semanas; todo continúa igual, como si la guerra siguiera su curso inexorable; los soldados se mueven con desidia, de acá para allá; el Putumayo mueve sus aguas buscando el camino que nunca encuentra, entre los árboles compuestos y frondosos; es media mañana; el General ha llamado a reunión; todos acuden prestos; en medio de sus soldados comunica lo que todos desean oír; se marchan; abandonan el campamento; todo se ha terminado; Obando suelta las palabras como quien se desprende de un fardo de cincuenta kilos; la Chana se equivocó y siente que su General haya tomado esta decisión; la partida se hará a la mañana siguiente; el destino, la Chanca; una vez allí se dispersarán y cada uno buscará a su familia o hará lo que le venga en ganas.

El día siguiente no amaneció; una manta de agua caía sobre el campamento convirtiendo las aguas del Putumayo en una simple broma; el primero en abandonar el campamento fue el coronel, que lo hizo solo y cabizbajo; luego el Chusco, el Chamizo, el Cojo, el Gringo y el Peinao se despidieron del General y tomaron el camino de la trocha principal en dirección al sur, donde todos habían oído escuchar que se encontraba la Chanca; la última en salir de allí fue la Chana que miraba hacia atrás cada dos pasos para ver si su General tomaba el mismo camino que los demás; pero el General no se levantó de su sillón de madera vieja y nudosa; se quedó observando las espaldas de los que le habían acompañado y obedecido durante largos años; el agua caía como si fuesen chorros de plomo derretido, a peso, socavando la tierra y formando arroyos de aguas sucias y enlodadas; el día seguía sin amanecer, de oscuro que se mostraba; las nubes formaban una bóveda de agua en la selva del Tarapoto y sólo se oía el crujir horrísono de alguna rama o tronco que cedía a la fuerza del agua; la soledad y el General eran los únicos que permanecían en el campamento, bajo la barraca principal; los Yaguas estaban allí cerca, invisibles, quietos, callados, observando el agua que caía cada vez con más fuerza; los Yaguas sabían esperar pacientemente a que llegara la calma y comenzaran de nuevo a brotar la vida, las flores y los insectos; el General parecía una rama inmóvil y silenciosa; sentado en su sillón nudoso y de madera envejecida, rumiaba el sentido que había tenido su vida; años dedicados a la lucha contra la injusticia para nada; el presidente José Ignacio de Márquez le había decepcionado; Obando jamás aceptaría la democracia, eso quedaba para los de la ciudad, porque la ley de la trocha era su ley y nunca la cambiaría por una memez semejante.

La selva, obcecada en la pertinaz lluvia, parecía opinar como Obando y se mostraba rebelde, obstinada, meliflua, derramando sobre el campamento y sobre la barraca del General todas las aguas del planeta; el Putumayo continuaba su crecida gradual alimentado por miles de brazos acuosos y amenazaba con desbrozar la barraca; Obando se levantó de su sillón de madera envejecida y nudosa; allí solo, en medio del diluvio universal, levantó la cabeza, miró al frente, a los árboles viejos y mudos como él y, empapado como estaba hasta la médula de sus huesos, levantó los brazos al cielo y con su voz bronca y desagradable lanzó un grito atronador que enloqueció aún más los acordes de la selva. 

Joven en la ventana (1875). Gustave Caillebotte (Francia 1848-1894)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

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