Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
1
Luego de publicarse mi texto “Volver al Ciprés” (Polvo del camino, 111) recibí muchos, muchísimos mensajes felicitándome o diciéndome algo lindo y breve –no pongo a los/las autores/as porque la lista sería larga–; sin embargo, varias/varios escribieron textos de mayor extensión y hondura. Cito algunos, no en su versión original, sino sintetizados. Nelson H. Salazar: “Ufffff, tocayito. […] Hermoso relato. […] Cómo calan los recuerdos de infancia. Somos bendecidos al haber nacido en pueblos así; y muy bendecidos los que te acompañaron en tan hermoso peregrinar”.
Álex Nudding: “Tu escrito me ha conmovido, es hermoso. Ser parte de este trozo de historia me ha enseñado cosas que no alcanzaba a ver con mis ojos torpes, miopes. Ahora entiendo un poco más lo que me decías acerca del lenguaje y su complejidad. Gracias”.
Mi prima Natividad Muñoz, desde la CDMX: “[…] Considero que tu paseo por El Ciprés fue un cierre de ciclo. Me emocionó la actitud de Camilo para limpiar con delicadeza la tumba de nuestro abuelo. […] Sin haber leído el contenido de “Volver al Ciprés”, de manera incontrolable se me salían las lágrimas y ante el altar de Dios agradecí todos los momentos vividos junto a mi amada familia. ¡Muchas gracias, primito, por este apreciado regalo!”.
2
Mi primo Óscar Márquez, quien vive en París, leyó el texto por la complicidad de mi querida amiga Tania Corzo, y escribió un texto que me sirvió después para reflexionar sobre lo que he llamado “la patria íntima del lenguaje”.
Dijo Óscar: “Bonita narrativa (como siempre) de mi primazo. Supongo que en Niumex perdieron el camino que va al Ciprés. Aún tengo presente la imagen de tía Araminta. Primo, ‘tus camions también son los míos’ ”.
Yo leí camions de un modo que eludía y reinterpretaba el error gráfico, y le escribí que “anduvimos efectivamente los mismos camiones”. Tania terció: “Sí, por supuesto, caminos y camiones”.
Me sorprendió esa puntualización, hasta descubrir su lógica. Le escribí al día siguiente: “Hola, Como tábano me dio vueltas tu precisión “caminos y camiones”, porque yo pensé que el primo hacía alusión al modo de hacer los plurales allá: buey se vuelve bueys y rey, reys. El primo puso camions y yo de inmediato vi un guiño lingüístico. Pero la oración del primazo es: “Tus caminos también son los míos”. Sí. Y lo mismo el habla. Digámoslo en lengua verdadera, con un vuelo metafórico y te incluyo: ‘Sus palabra son miels para mi corazón colibrí’ ”.
3
Días más tarde, me escribió mi amiga Mónica Corzo: “[…] La ida al Ciprés. ¡Qué revolución de emociones! No me enteré. Habría hecho todo para acompañarte. Justo ayer tratamos de ir al Empireo. En Cerro Brujo. Mi papá tiene ese deseo antes de morir, ya que era el rancho de su madre. […] Antes de empezar a subir, el cielo se encapotó y empezó un tiempo terrible, raro. Los que viven a los pies de Cerro Brujo nos recomendaron no subir. […] Alguien dijo: es la abuela que no quiso que subiéramos al Empireo. […] Se oscureció el cielo, tembló la tierra, llovió en tiempo de seca, se arremolinó el viento”.
En cambio, El Ciprés pareció esperarnos para regalarnos un día luminoso, espléndido, inolvidable. Noches después soñé que iba de nuevo a la finca, pero al llegar a Nuevo México (Niumex, como lo llama Óscar) me dada cuenta que no traía zapatos. Buscaba dónde comprarlos y no hallaba. Una señora, en la calle, me decía: “Tu mamá supo que ibas a ir y te está esperando allá”. Era ya de noche y no me animé a ir descalzo, caminando. Me imaginé a mi mamá acostada en el piso, cubierta con trapos viejos, en el cuarto en ruinas, rodeada de la oscuridad silente...
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Fotografía: Juan Ángel Esteban Cruz**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.
De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
La tarde de ese miércoles Maribel estaba arreglándose para asistir a un evento literario. Finalmente la fecha del recital de poesía en la preparatoria había llegado, en él participaría Martina, una de sus mejores amigas. Maribel estaba entusiasmada, sabía muy bien de todo el esfuerzo realizado por Martina para estar ahí. Además, también le daba emoción que después de dos años de no ir a eventos presenciales por la contingencia sanitaria, tenía la oportunidad de ir a uno, claro con todo el protocolo de higiene que implicaba.
Ya tenía elegida la ropa que usaría, un blusón y un pantalón hindú solo le faltaba un detalle, no sabía qué calzado ponerse.
—¡No puede ser! Falta poco para el evento y yo en esta elección superficial, bueno ni tanto porque con lo que elija caminaré —dijo para sí.
Echó un vistazo a sus sandalias, zapatos de tacón bajo, mocasines y al final aparecían sus tenis rojos, hasta donde recordaba solo se los había puesto una ocasión y un ratito, mientras se los probó previo a su compra. Fue por ellos, al tiempo que pensaba, ¿combinan con mi ropa?
Recordó que los tenis tenían una anécdota especial. Hacia tiempo vio que Paco, uno de sus amigos, usaba unos tenis rojos. A Maribel le gustaron mucho, quiero unos así, le dijo a su amigo. Además de que se veían cómodos le llamó la atención el color, nunca había tenido un calzado en ese tono. Cuando le fue posible se compró sus tenis rojos. Alguna ocasión le preguntó a Paco con qué color de ropa combinaba sus tenis, él la quedó viendo con esas miradas que no necesitan palabras. Sin embargo, le dijo una frase que justo ahora le venía muy bien a Maribel, en realidad no me fijo en eso, lo importante es sentirse a gusto.
Maribel decidió usar los tenis rojos, el recital era una ocasión especial, los tenis merecían ser usados y ella estrenarlos. Revisó qué hora era, una vez más se liaba con el tiempo aunque ella trataba de aliarse con él. Faltaba poco más de media hora para que diera inicio el evento, se apresuró, seguro que llegaba antes de iniciar.
Se observó frente al espejo, le gustaba cómo se veía, en especial calzando sus tenis rojos. Se hizo una coleta en el cabello y se colocó el cubrebocas con la figura de Mafalda, era uno de sus favoritos. Había dejado a un lado la preocupación de los zapatos, quería sentirse a gusto. Apresuró el paso.
Llegó al evento 5 minutos antes que diera comienzo, ahí estaba Martina sentada en la mesa del presídium, levantó la mano para saludar a Maribel, quien correspondió al saludo y luego buscó lugar donde sentarse. Maribel vio a Paco que acababa de entrar al salón, ambos sonrieron, sin saberlo él era un estímulo para que su amiga decidiera esa tarde preferir sentirse a gusto y usar sus tenis rojos.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Apuntes de oído, 7Las últimas canciones de Violeta Parra
Héctor Cortés Mandujano
Violeta Parra (Chile, 1917-1967) es sin duda el mejor punto de referencia cuando se habla de la compilación y difusión de la música folklórica chilena. Pero fue más: artista plástica, música, cantante y compositora. Son suyos varios versos tan queridos que han encarnado en generaciones de escuchas en América Latina.
Mi columna Casa de citas # 26 (publicada en 2010) se llamó “Agradecimientos y maldiciones”, porque se centraba en dos canciones de Violeta: “Maldigo del Alto cielo” y “Gracias a la vida”. En aquel viejo texto decía que las dos pertenecían al “mismo disco Las últimas composiciones. ¿Por qué le pusiste así al disco?, le preguntó su hermana Hilda. Porque son las últimas, le dijo. Ya había tomado la decisión de matarse”.
Carmen Luisa, su hija menor, recuerda el suceso (Gracias a la vida, Violeta Parra, testimonio, editorial Galerna, 1976: 127): “yo estaba ordenando algo en la carpa, serían como las seis de la tarde, de repente sentí el balazo… entré corriendo a la pieza y encontré a mi mamá ahí tirada, encima de la guitarra, con el revólver en la mano. Me acerqué a ella y la moví, le hablé… y no me contestó. Ahí me di cuenta que por la boca le corría un hilillo de sangre”. Tenía 50 años.
Es curioso que una suicida haya escrito una canción que agradece la vida, por tantas razones. Aquí algunas: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto: me dio el corazón, que agita su marco cuando miro el fruto del cerebro humano, cuando miro el bueno tan lejos del malo, cuando miro el fondo de tus ojos claros”.
Las últimas composiciones se publicó en noviembre de 1966 y Violeta se suicidó el 5 de febrero de 1967. De este disco me sé de memoria, desde mi adolescencia, varios temas. El disco completo es una maravilla (la revista Rolling Stones lo consideró, en 2008, el mejor disco chileno de todos los tiempos) y tiene 14 canciones escritas y musicalizadas por Violeta Parra, salvo “La cueca de los poetas”, cuya letra es del poeta (su hermano) Nicanor Parra.
Pertenecen a este último trabajo “Gracias a la vida”, “El albertío” (dedicada al músico Alberto Zapicán, quien la acompañó con el bombo e hizo dúo con ella en cuatro temas), “Cantores que reflexionan”, “Pupila de águila”, “Run Run se fue pa’l norte”, “Maldigo del alto cielo”, “La cueca de los poetas”, “Mazúrquica Modérnica”, “Volver a los 17”, “Rin del angelito”, “Una copla me ha cantado”, “El Guillatún”, “Pastelero a tus pasteles” y “De cuerpo entero”.
Me referiré con brevedad a ellas. “El albertío”, que es un título irónico, se refiere, he pensado desde que la oí, a ser “advertido”, pues advertir es un verbo transitivo que implica que una persona puede “observarse o percibirse”, es decir, darse cuenta de quién es. Dice Violeta: “Vale más en este mundo ser limpio de sentimientos, mucho van de ropa blanca y Dios me libre por dentro. […] Yo te mi corazón: devuélvemelo enseguida, a tiempo me he dado cuenta que vos no lo merecías. [...] Para llamarse Alberto, hay que ser bien albertío”.
“Cantores que reflexionan” tiene dos partes: la primera sobre el que no sabe qué y por qué canta (poseído por Satán: la vanidad, el oropel, el dinero) y el que sí, cuando escucha la voz de su conciencia (que se vuelve divina): “Cántale al hombre en su dolor, en su miseria y su sudor, y en su motivo de existir”. Era siervo de Satán y ahora sirve a su conciencia divina: “Hoy es su canto un azadón, que le abre surcos al vivir, a la justicia en su raíz y a los raudales de su voz”.
“Pupila de águila” es una suerte de fábula. Un pájaro herido llega a su vida, lo intenta curar, el ave muere. De allí desprende conclusiones que, evidentemente, son metafóricas. El pajarillo es alguien que llega a tu vida y, después, te deja: “Ave que llega sin procedencia y no sabe adónde va, es prisionera en su propio vuelo, ave mala será”.
“Run Run se fue pa’l norte” nos da noticias de este Run Run que manda varias cartas y reflexiones: “Que la vida es mentira. Que la muerte es verdad”.
“Maldigo del alto cielo” es el reverso de “Gracias a la vida”; aquí se maldice todo, porque un amor pagó mal. La lista es larga. Este es el final: “Maldigo por fin lo blanco, lo negro con lo amarillo, obispos y monaguillos, ministros y predicandos yo los maldigo llorando; lo libre y lo prisionero, lo dulce y lo pendenciero le pongo mi maldición en griego y en español, por culpa de un traicionero: cuánto será mi dolor”.
“La cueca de los poetas” es una canción simpática, juguetona y habla sobre los cuatro grandes poetas chilenos: Gabriela Mistral, Pablo de Rocka, Vicente Huidobro y Pablo Neruda: “Pablo de Rocka es bueno, pero Vicente vale el doble y el triple, dice la gente. Dice la gente, ay, sí, no cabe duda que el más gallo se llama Pablo Neruda”. Agrega al final al autor de la letra: “Corre, que ya te agarra Nicanor Parra”.
“Mazúrquica Modérnica” es una canción escrita en jerigonza (se le agregan sílabas a una palabra para que se oigan diferente, sin perder su lógica): “Me han preguntádico varias persónicas, si peligrósicas para las másicas son las canciónicas agitadóricas.
¡Ay, qué pregúntica más infantílica!”. La respuesta dice que hay varias matanzas en la historia y que no fueron necesarias, para que mataran a esa gente, canciones agitadoras. Es, pues, una canción seria disfrazada de broma. Su ritmo de mazurca moderna, da pie para decir, también, que el disco es riquísimo en ritmos.
“Volver a los 17” es una dulce, una linda canción de amor. Amar, no importa la edad que tengas, es “volver a los 17, después de vivir un siglo”. El amor es “volver a sentir profundo, como un niño frente a Dios. […] El amor es torbellino de pureza original, hasta el feroz animal susurra su dulce trino”.
“Rin del angelito” habla de la muerte de un niño: “Cuando se muere la carne, el alma se queda oscura”.
“Una copla me ha cantado” es proponer el fragmento de una canción como catalizador de la desgracia: “Cuál será, dirán ustedes, la copla que me cantó; es igual que el estampido que mata sin ton ni son”.
“El guillatún”. Llueve tanto, que las cosechas de los indios se van a perder. Se reúnen y le oran a Dios; entonces “el rey de los cielos muy bien escuchó, remonta los vientos para otra región. Deshizo las nubes, después se acostó. Los indios lo cubren con una oración”. La cosecha se salva en esta canción sobre la fe.
“Pastelero a tus pasteles” es una breve canción sobre la necesidad de que cada cual se ocupe de sus deberes y saberes: “Ya me voy para Bolivia, sonaron los cascabeles, diciéndome en el oído: pastelero a tus pasteles”.
“De cuerpo entero” es una propuesta amorosa: “El humano está formado, de un espíritu y un cuerpo. […] No entiendo los amores del alma sola. […] ¡Comprende que te quiero de cuerpo entero!”.
En El maestro y las magas (Siruela, 2005), Alejandro Jodorowsky, artista multifacético, cuenta dos anécdotas que retratan la personalidad de Violeta Parra. Fueron muy amigos cuando ella estuvo en París, en 1954, por dos años, y en 1961, por tres.
Violeta, dice Alejandro, trabajaba mucho y vivía en la pobreza; sin embargo, grababa los cantos chilenos para Chant du Monde o para la Fonoteca Nacional del Museo del Hombre. Él le dijo (p. 17): “¡Pero, Violeta, ¡si no te dan ni un céntimo! ¡Tienes que darte cuenta de que, en nombre de la cultura, te están estafando!”, y ella le contestó: “No soy tonta, sé que me explotan. Sin embargo, lo hago con gusto: Francia es un museo. Conservarán para siempre estas canciones. Así habré salvado gran parte del folklore chileno. Para el bien de la música de mi país no me importa trabajar gratis. Es más, me enorgullece. Las cosas sagradas deben existir fuera del poder del dinero”.
En otra ocasión paseaban frente al Palacio del Louvre. Alejandro expresó su admiración ante la majestuosidad y la fama del museo. Ella le dijo (p. 18): “Calla: el Louvre es un cementerio y nosotros estamos vivos. La vida es más poderosa que la muerte”. Le promete que ella hará una exposición allí y a él le parece una locura (p. 18): “Violeta contaba con muy poco dinero. Compró alambre, arpillera barata, lanas de colores, greda, algunos tubos de pintura. Y con esos humildes materiales creó tapices, cántaros, pequeñas esculturas, óleos. […] ¡En abril de 1964 Violeta Parra inauguró su gran exposición en el Museo de Artes Decorativas, Pabellón Marsan, del Palacio del Louvre!
“Esta increíble mujer me enseñó que, si queremos algo con la totalidad de nuestro ser, acabamos lográndolo. Lo que parece imposible, con paciencia y perseverancia se hace posible”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Fotografía: Raúl Ortega**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.
Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.
Fisonomía 20
El hombre que no podía estar de pie
Por Antonio Florido
“Caminar por el pasillo del hospital y escuchar los gritos desaforados del hombre al que le habían amputado…”.
D
e esta manera tan directa podría haber empezado esta historia si yo mismo no hubiese guardado en mi cerebro una tragedia distinta.
El hecho es indudable. Yulianov se ha tocado las piernas una vez más en un acto conocido y repugnante porque los dedos de sus manos se le hunden en las rodillas y penetran en el espacio de los huesos. Justo donde debería haber un cartílago, un ligamento, un tendón, un hueco requerido para asegurar el rozamiento, el giro, la doblez de la materia, no hay otra cosa que una masa amorfa y blanda, tan mórbida que las yemas de sus dedos amasan esta zona como si alguien se tocase los brazos carnosos y cálidos. Yulianov nació con la desconocida osteomalacia y como nadie sabía lo que le pasaba al niño, pronto comenzaron a darle de lado y a tratarle como a un pequeño ser miserable. Por las noches el niño, sentado sobre la cima de su sillón elevado, comía con ganas la sopa caliente que su madre le había preparado con esmero. Sin embargo, en el silencio espeso de la cena su padre y su madre se miraban de hito en hito y con los ojos se decían lo que con sus bocas callaban: “Este niño nuestro no llegará a ningún lado y lo peor es que no tenemos ninguna esperanza de sanación, ¡con lo que cuesta todo!” Las sombras enrarecidas de la casa de salud y los llantos desesperados, el sonido de las herramientas cortando miembros, huesos, carne, los hilos de sangre chorreando en aquel ambiente infernal, los chillidos, los temblores de los enfermos cuando veían acercarse las cuchillas afiladas, todo este cuadro de terror llegó a mi mente cuando vi por primera vez a Yulianov recostado sobre la cama del hospital. Y me acordé del soldado y de Amharat, el pequeño al que le habían dejado sólo dos muñones por piernas. Lo de Yulianov era distinto. Él sí tenía piernas, pero formadas por un hueco esponjoso y húmedo que año tras año ampliaba el espacio de sus extremidades, avanzando y avanzando inexorablemente en busca de un destino que le postraría pronto en una silla de ruedas. Lo mejor para este hombre, sin duda, era la ausencia de dolor. Por mucho que los niños se entretuvieran en pellizcar sus rodillas, sus tobillos o en pinchar con alfileres las plantas de sus pies, Yulianov no sentía nada, como si el dolor se hubiese rendido en aquella parte de su cuerpo. Los médicos le miraban y el único consuelo que le daban era una simple caricia o una falsa sonrisa de conmiseración y de humanidad.
A los veinte años Yulianov y su silla de ruedas, comprendiendo que a esa edad ya estaban los dos de más en su casa, les dijeron a sus padres: “Nos marchamos”. De esto han pasado ya veinticinco. Ahora Yulianov blanquea el espacio con el color de su cabello y cuenta sus arrugas mirando al espejo. Sus padres murieron de dolor y fueron enterrados en el fondo de una tierra rojiza y apelmazada y sus recuerdos se diluyeron en el aire de la historia para nunca más ser recuperados. Sólo el hijo pensaba en ellos de vez en cuando, en los momentos de soledad, cuando su alma se sabía rodeada de silencio y de desahogo. Y el hombre, ―Yulianov había heredado la envergadura del padre y la serenidad de la madre―, viajó de feria en feria con su silla de ruedas, su mochila abultada y sus huesos deshechos. Alquilaba su cuerpo por el dinero que la gente estuviese dispuesta a pagar. Simplemente compraba Tiempo. Un tiempo dilatado y sonoro, un tiempo absoluto donde esconder sus miserias, un tiempo, en fin, con sus días y sus noches, con sus silencios y sus anhelos. Y con todas las horas que el de lo alto le había ofrecido él hacía negocio. Un negocio de vida y de muerte, de risas y de llantos.
Pero lo malo es que en esa función, y justo en la última caída, en el momento exacto en el que finalizaba la actuación de esa noche, Yulianov se había partido en dos los huesos propios de la nariz y de ésta, deformada grotescamente, chorreaba sangre sin cesar, con lo que el público salió de la sala sobrecogido y los encargados de la puesta en escena, tomando al hombre por debajo de las axilas, le llevaron hasta la sala de curas más cercana. Yulianov yacía boca arriba con la cara deshecha, los pómulos encerrados en dos enormes círculos cárdenos y con los ojos vidriosos. Pensaba el desgraciado en su futuro y en el silencio espeso de la habitación reconocía lo miserable que era su vida. Esa noche ―recordaba― la sala se encontraba llena de espectadores. La mayoría eran familias que habían llevado hasta allí a sus hijos pequeños, una forma cualquiera de educarlos en los sinsabores agrios de la vida. Pero también había señoras maduras entradas en años, en esos espacios rancios donde los recuerdos comienzan a llenar la soledad de las tardes inacabables; y hombres del campo, toscos, brutos, ignorantes y holgazanes, que acudían al espectáculo para apostar cuántas veces Yulianov soportaría el martirio de caer de bruces sobre la superficie del suelo. Cuatro, había apostado el mayor de todos ellos, y lo hacía con los labios estirados, sonriente, sabiendo de antemano que Yulianov no aguantaría una quinta caída. Esa noche el viejo perdió la partida y salió de la sala cabizbajo y maldiciendo al inválido y a toda su ascendencia. Era extraño que Yulianov hubiese llegado hasta ese extremo de sufrimiento. Normalmente a la segunda o a la tercera caída levantaba los brazos, inclinaba el torso y agradecía al público el hecho de que hubiese asistido. También agradecía los aplausos con los que unos y otros agasajaban al pobre desdichado. Luego los dos antebrazos fornidos sujetaban el cuerpo liviano y exhausto del hombre, lo colocaban sobre la silla portátil y lo llevaban hasta la puerta del establecimiento. De allí en adelante poco les importaba la suerte del infortunado.
Yulianov balbucea bajo la tenue luz de la lámpara. Sus labios se mueven, resecos y agrietados, y su garganta emite unos sencillos gruñidos de hombre acabado. En el silencio de la noche cuenta y recuenta el dinero que ha ido acumulando a lo largo de todos estos años de circo, de carpa en carpa, de pueblo en pueblo. Sus recuerdos se remontan entonces a aquella primera vez en que el encargado le dijo: “¿Y no se te ocurre algo mejor que ese disparate para entusiasmar a la gente?”. Yulianov sabía que al pueblo le gustaba eso, la sangre, lo grotesco, lo absurdamente elaborado. Y creyó atisbar un pequeño rastro de luz en su vida cuando alguien le susurró al oído: “Cáete…”. Yulianov miró hacia el pequeño engendro que pronunciaba esa palabra con un bisbiseo serpentino y entonces comprendió, tocándose las piernas, que además de esos muñones amorfos e insensibles, tenía un torso ancho y fornido, y unos brazos musculosos y una espalda que podía soportar el peso de tres hombres sobre ella. Luego se inclinó delante del viejo y le dijo con un tono desenvuelto que ya tenía la solución.
Aquella primera vez la sala se encontraba medio llena y medio vacía. Sólo algunos borrachos y algunas mujerzuelas de la vida sentadas al tresbolillo prestaban atención a lo que sucedía en el escenario. De pronto se encendieron las luces y se descorrieron las cortinas dejando pasar a Yulianov postrado como un idiota ante la desvergüenza de su ignorancia. El escaso público enmudeció, se soltaron las copas sobre las mesas, las cartas detuvieron sus movimientos y los hombres rudos comenzaron a sonreír esperando que en cualquier momento esa piltrafa de hombre soltara algún disparate. Pero Yulianov se limitó a sostener su hemiplejia delante de todos. Apoyando los brazos sobre los soportes de la silla elevó su figura hasta colocar las plantas de los pies sobre la tarima de madera. Luego soltó una mano y el cuerpo le tembló. Si me suelto de la otra todo está acabado―pensaba. Y en un gesto de audacia y de temeridad soltó también la otra mano. Con el torso semiderruido, formando un ángulo obtuso bajo las luces del escenario, las piernas de Yulianov comenzaron a crujir, rechinando hueso contra hueso, ampliando el espacio vacuo entre los tejidos de sus piernas. En sólo tres segundos situó sus manos detrás del cuerpo para evitar que cayeran delante y su cuerpo se desplomó sobre el escenario haciendo que una señora se desmayase del susto. Un viejo con voz aguardentosa se restregó los ojos y luego se echó a reír. Nadie comprendía el motivo del acto y ni siquiera el mérito del artista. Además, la duración del drama sólo había alcanzado apenas unos segundos… Pero el drama estaba allí, arruinado, deshecho, con los labios reventados por la fuerza del impacto y por la aspereza de las últimas tablas donde su cara había caído.
El número cobró pronto un éxito inesperado y el dueño del local le contrató por un mes ―de prueba, le dijo, afirmando el cigarro entre sus gruesos y brillantes labios―, de manera que durante esos treinta días, descontando los diez primeros en que tardó en cicatrizar el horror de su cara, Yulianov vivió feliz pensando en la suerte que había llegado por fin a su vida. Y pensó en su padre y en su madre, en aquellas cenas frugales a la luz de las mariposas, en su casa, dentro del cuadro de tristeza y de penuria donde vivió sus primeros años.
Le fue bien a partir de ese día. Cada noche acudían más curiosos a la sala donde Yulianov clavaba su número, superándose noche a noche. El hombre repetía una y otra vez la caída que tanta gracia levantaba entre el público y tenía cuidado de doblar el rostro en el momento exacto del impacto, para así proteger los huesos más débiles de su cara. Pronto comenzaron las apuestas y Yulianov se encontró cada vez más satisfecho de su hazaña diaria. Llegó a ganar una suculenta fortuna con las monedas de los espectadores. El número de caídas era de tres por noche. Pero Yulianov, cuando veía la bolsa repleta de monedas se atrevía con una cuarta caída para ganar en un día, en un solo episodio, lo que sus padres tardaron semanas o tal vez meses en recaudar a base de duros trabajos.
A partir del primer mes se corrió la voz por toda la ciudad y el público llegó a darse codazos para conseguir uno de los primeros asientos. Los padres colocaban a sus hijos entre sus piernas abiertas y les animaban a aplaudir cada vez que Yulianov golpeaba su rostro contra el suelo. A veces, en un descuido, el golpe era tan violento que un reguero de sangre salpicaba los primeros asientos y entonces los niños palmoteaban el aire con sus manitas y los padres, limpiándoles los cachetes de la sangre tibia, vociferaban exaltados para que Yulianov repitiera el espectáculo.
Una noche de primavera la sala había abierto sus puertas de par en par y la gente comenzó a entrar en el recinto hasta que ya no quedó ningún asiento vacío. En la puerta del edificio el viejo empresario había colocado un cartel anunciando a bombo y platillo que aquella noche el espectáculo habría de ser inolvidable, lo nunca visto, algo sencillamente extraordinario. Por el módico precio de unos pocos kopeks quién se atrevería a perderse la escena mortificante de un hombre derretido sobre sus piernas, de un ser humillado que estaba dispuesto a destapar el tarro de las risas sin fin y de los aplausos rabiosos. Yulianov había prometido esa noche una quinta caída. Sí, oyen ustedes bien, una quinta sacudida de sus miembros sobre el suelo. La gente se miraba con los rostros asombrados e incrédulos. Algunos vociferaron que Yulianov no era más que un simple embustero porque nadie se había dejado caer nunca de esa manera hasta cinco veces sin haber muerto en el intento. Otros sin embargo asentían con sus caras sonrientes y engalanaban su pensamiento con ufanos presentimientos de triunfo. El viejo entró en el camerino con el cigarro entre los labios. Las manos le temblaban y sus cortas y vivarachas piernas desplazaban al hombre de acá para allá, nervioso, alterado, hecho un flan. Yulio, sabes que no podrás―le decía a nuestro hombre. ¡Yulio, es una locura!―le gritaba en medio de las luces proyectadas en el camerino. Pero Yulianov sonreía mansamente, se arreglaba el cabello, embadurnaba sus pómulos con una ligera capa de aceites aromáticos y parecía el hombre más seguro y feliz del mundo. Cuando Yulianov irrumpió en el escenario los focos le apuntaron creando un trágico juego de sombras amorfas. La gente calló. Se hizo un silencio espeso y entonces todo se calmó, los asistentes dejaron de beber, de jugar, de sobarse por debajo de las mesas, todos abrieron sus bocas y clavaron sus ojos en el torso duro y ancho del hombre que en poco tiempo caería no una, ni dos, ni tres, ni siquiera cuatro veces al suelo, sino cinco, cinco terribles veces, cinco definitivas veces su cuerpo se iría destrozando delante de un público enfebrecido y anhelante. Las apuestas corrieron como la pólvora, a cinco, a diez, a veinte kopeks la caída. La quinta de ellas había alcanzado la tremenda cifra, la increíble cifra de cien kopeks. Si el hombre resistía, cosa que nadie pensaba, por supuesto, el ganador se embolsaría dinero para no tener que trabajar durante el resto de su vida. Y Yulianov también. También él ganaría una suculenta cifra, una bolsa repleta de monedas de oro, de tanto oro que valdría para retirarse del negocio para siempre.
Comenzó el espectáculo a la hora prevista y Yulianov cayó la primera vez con la cara torcida hacia la derecha, de modo que la parte izquierda de su cabeza fue la que recibió el tremendo impacto inicial. Al golpear sus huesos contra el suelo la tarima tembló y las copas se levantaron al cielo, brindando, chocando unas con otras, corriendo el licor jubiloso entre los asistentes. Pronto le levantaron del suelo, le sentaron sobre la silla, le limpiaron los restos de madera adheridos a su piel y le permitieron recuperar el aliento durante unos instantes. Mas como tardara un poco más de lo acostumbrado en reaccionar el público comenzó a palmotear el aire, restallando sus dedos, silbando, tosiendo, profiriendo, en fin, todo tipo de sonidos para que Yulianov volviese a caer de nuevo. El viejo, que asomaba sus narices detrás de un biombo, se mordía los labios y ensalivaba sin querer el extremo de un ancho cigarro. La sala rebosaba de entusiasmo y el rumor se corría de boca en boca hasta llegar a la calle, hasta los que esperaban el codiciado desenlace con los ojos pendientes en las cifras apostadas. A los pocos minutos los dos hombres gigantes que trabajaban para el viejo levantaron a Yulianov sujetándolo por los brazos, le miraron esperando la señal de aprobación y le acercaron los pies a la línea marcada en el suelo. Yulianov estaba a punto de caer de nuevo. Y el hombre, mirando a través de las luces cegadoras, adivinó los ojillos de una pequeña rubita que se escondía entre las piernas de su padre. La chiquilla estaba atemorizada pero su padre la había llevado al espectáculo porque no tenían cosa mejor que hacer. Yulianov contó el tiempo, tragó saliva, se frotó el rostro con las manos ocultando brevemente su mirada de las punzantes ojeadas del público. Los hombres le sujetaban por debajo de las axilas sin el menor esfuerzo, pues Yulianov había ido perdiendo peso con el paso de los años. Cuando retiró sus manos de los ojos miró al fortachón que le sujetaba del brazo derecho y le dijo: Ya estoy listo. Así pues, de esta manera tan generosa Yulianov sostuvo su cuerpo en posición totalmente recta, intentando aguantar lo más posible antes de caer de bruces. La gente se impacientaba, todos deseaban fervorosamente que el cuerpo del hombre se desplomase sobre la madera y rebotase una, dos, tres veces, y ver de esta forma la sangre regando el suelo, los brazos del hombre derrotados, las piernas abiertas, sin dolor, blandas, tiernas, el cabello esparcido por el aire formando unas figuras imposibles. Todos anhelaban comprobar el sufrimiento del otro, del ser ajeno, del hermano en el dolor. Comprobar, en definitiva, que también la venganza sorda y cruda era necesaria para dormir a gusto hasta la mañana siguiente. Yulianov cerró los párpados, pensó en sus padres fallecidos y luego se dejó caer doblando en este caso su cabeza hacia la izquierda. El impacto fue colosal. El cuerpo del hombre, derramado sobre la tarima permanecía quieto como si se tratara de un cadáver. Al principio los espectadores quedaron enmudecidos porque todos pensaban que el espectáculo ya había terminado. Pero en escasos segundos alguien reparó en un leve movimiento de la cabeza de Yulianov y gritó con todas sus fuerzas: ¡Está vivo, el imbécil está vivo! De nuevo subieron las copas al aire y las risas dibujaron una nube sobre la escena donde esto sucedía. Del filo de la tarima corrió sigilosamente un hilillo de sangre emanado del corte que Yulianov se había hecho con una astilla levantada. La parte derecha de su rostro tomó entonces un matiz amoratado y el pómulo se hinchó como la vela de un barco abombada por el viento. Ya iban dos caídas. Tan sólo faltaban tres. Y en esta situación algunos espectadores salieron a la calle para vomitar la vergüenza que habían pasado. Otros, los menos sensibles, comenzaron a gritar al viejo para que Yulianov se levantase del suelo. Los hombres se miraron, después comprobaron los ademanes del viejo que les conminaban a que le levantasen y le colocasen de nuevo sobre la silla. Yulianov, sentado sobre la misma y sabiéndose derrotado, respiraba con trabajo. Sabía que estaba resistiendo como un héroe en plena batalla e imaginaba la bolsa abultada de monedas y veía así, en definitiva, más cercano el momento de la retirada. Pero la gente clamaba, los niños chillaban al hombre sin comprender en absoluto la tragedia que estaban contemplando. Por tercera vez el cuerpo inerme del hombre se encontró sostenido por las manos robustas de los guardianes del viejo. Izaron la masa de carne dolorida. Yulianov no sentía nada de cintura para abajo. Sólo un levísimo cosquilleo en las muñecas y un dolor sordo y profundo en los carrillos que habían sido golpeados. De pie, Yulianov rezó para sus adentros todo lo que pudo, su pecho se relajó aspirando ahora el aire de manera menos violenta. Sentía las pulsaciones disparadas pero el hombre tenía coraje y aguante y sobre todo mucho amor propio. No se rendiría jamás. Mejor morir delante de todos que renunciar a lo que la vida le había encargado, a lo que su desdichado destino le tenía escrito. Los camareros no cesaban en su trajín de llenar copas y más copas a las mujeres que hablaban sin parar al lado de sus maridos. Nadie comprendía lo absurdo de aquello pero lo cierto es que nadie tampoco estaba dispuesto a renunciar a tamaño espectáculo. Se renovaron las apuestas alcanzando cifras extraordinarias. La voz se corrió hacia la calle y pronto todos supieron que Yulianov caería de nuevo por tercera vez. Los hombres se pasaban de mano en mano los billetes y las monedas en un deseo alocado e irresponsable de apostar todo lo que tenían. El viejo chupó el extremo del cigarro, aspiró profundamente llenando sus pulmones de una densa madeja de humo y luego levantó su mano derecha, Los guardianes, al comprobar la señal, levantaron el maltrecho y casi exánime cuerpo de Yulianov y éste, con los ojos entornados, comprendió que pronto llegaría la tercera de las caídas. En efecto, sin esperar más de lo acostumbrado los dedos enormes de los dos hombres soltaron los brazos de Yulianov y éste quedó solo en el hueco del aire que le servía de apoyo. Mas pronto la inercia y el equilibrio inestable en el que el hombre se encontraba retiró sus fuerzas frente a la energía de la gravedad que ganaba la partida. Colocados sus brazos detrás de la cintura Yulianov no sabía bien qué parte de la cabeza debería ahora chocar contra el suelo, y por un leve pensamiento que corrió veloz por sus neuronas acertó inclinando su rostro como al principio. Se sucedieron las emociones exaltadas, la gente clamó con las manos en alto y se abrazaron en fraternal adorno de hipocresía. Ni siquiera se escuchó esta vez el tremendo cimbreo del cuerpo al caer sobre la tarima, tanta era la confusión que reinaba en la sala. El viejo frotó sus manos y rio comprendiendo que el negocio funcionaba como él quería. La sangre brotó de la cara de Yulianov y tuvieron que llamar al médico forense para que certificase si el espectáculo podía o no continuar. Éste, abriendo los párpados de Yulianov comprobó que aún había un rastro de vida en aquel cuerpo y decidió que la cuarta caída era posible. Los amigos entonces, al saber la noticia, abrazaron al médico felicitándole, y le llenaron el vaso de vodka. Yulianov, sentado en la silla de la tortura, había perdido el sentido de la orientación y reía con la boca abierta como un tonto que juega. Soñaba con sus padres y con sus piernas y las veía fuertes, huesudas, firmes sobre el suelo y se veía así mismo de niño corriendo por las calles sin parar derrochando un esfuerzo que le había resultado siempre esquivo. De pie sobre la tarima notó que su cuerpo flotaba en una nube cargada de humos y de voces, de risas y de sangre. Pronto echó su torso hacia delante y golpeó la tarima con la cara al completo. No había sido capaz de volver la cabeza a un lado para repartir el dolor del impacto. Fueron sus ojos, su nariz, su boca, su barbilla, las que reventaron el suelo en el tercer impacto de esa madrugada. La nariz, partida en dos, chorreaba sangre y trozos de carne desgarrada, sus labios, estallados, se abrieron como la corola de una flor en plena primavera y de su boca manó un líquido amarillo y denso que empapó el suelo formando un dibujo extraño y sombrío. Esta vez, sin embargo, todos bajaron las cabezas y comenzaron a salir del recinto sin levantar un murmullo pues todo el mundo entendió que Yulianov había muerto. Tan sólo quedó el silencio del tiempo, el brillo de unas monedas olvidadas por alguien sin nombre, la ceniza de un cigarro acabado y el cuerpo de un hombre desdichado que no había sabido o querido medir sus fuerzas. O tal vez había retado simplemente a la vida con la única fuerza de su convicción, la fuerza de un ser humano que renuncia a todo y da su generosidad por válida.
El murmullo fue descendiendo en intensidad conforme los clientes salían del local. Se les notaba que iban insatisfechos pues se les había prometido una hazaña sin parangón y resultaba que el hombre de la cara desfigurada había sido un verdadero fraude. Sólo había aguantado tres caídas. Y la gente, las mujeres, los hombres, los chiquillos juguetones querían más, deseaban ver de nuevo, aunque fuese por última vez, la caída lenta y emocionante de un hombre bajo su propio peso, dilatando el aire a su paso y ralentizando todo lo posible el tiempo para engrandecer, así, su acto de locura.
Yulianov aún respiraba echado sobre el suelo a todo lo largo de su cuerpo. Los guardianes le cogieron como si se tratase de un muñeco de trapo y le sentaron en la silla. Ni siquiera se les había ocurrido echarlo sobre un jergón a modo de cadáver que implora por un poco de silencio. Yulianov abrió los párpados y sólo atisbó la marea humana a través de las espaldas que se iban malhumoradas. Entonces, en un postrer acto involuntario, en un desmayo de su propia voluntad gimió algo ininteligible, pero lo suficientemente alto como para que los últimos asistentes se volvieran y comprendieran que todavía el cadáver resistía. Uno llamó al otro, éste tocó el hombro del vecino y la llamarada de rumores corrió velozmente sobre la muchedumbre hasta que alcanzó la calle sumida en la penumbra. Los que esperaban fuera no lo dudaron y confiando en la palabra del viejo empresario estaban seguros de que Yulianov aguantaría hasta el final. La sangre corría por su cara, la piel de sus labios, levantada, dejaba entrever una carne rojiza y húmeda, tierna y sin protección. Le limpiaron la nariz, los pómulos, la barbilla y luego le repasaron con una toalla mojada el cuello donde se amontonaban los afluentes rojizos. Alguien, sintiendo un fondo de piedad por el hombre, subió al escenario y le acarició el rostro. Luego se volvió a su asiento y esperó. El viejo sonreía desde su rincón y los dos enormes gladiadores levantaron el cuerpo exangüe de Yulianov. Una brisa refrescó su rostro con la entrada de los últimos espectadores. Éstos reían por la fortuna de poder ver lo mejor del espectáculo y se reían para sus adentros de los que se habían marchado creyendo que todo había ya terminado. Yulianov apretó los músculos del abdomen y con los dedos se agarró fuerte a los hombros de los guardianes. Pensó: Debo aguantar, debo resistir, aunque sólo sea por vosotros. Se refería a sus padres y a la desdicha que les había supuesto haber nacido con esa tara incurable. Yulianov se vio de pronto en el aire. Aguantó de pie sabiendo que sus huesos esponjosos no durarían mucho en ceder. Confió en sus escasas fuerzas y cuando notó el acolchamiento de sus rodillas llegar hasta al máximo volcó su cuerpo de lado para no dar de nuevo con los huesos partidos sobre la tarima. El cuerpo rebotó un par de veces y el hombro derecho salió disparado de su sitio. Chilló por primera vez. El dolor había sido tan intenso que el hombre nada más notar el crujido del hombro supo de veras lo que se le venía encima. El médico forense se llevó las manos a la frente, asustado. Los primeros espectadores encogieron sus estómagos y varios de ellos, sin poder evitarlo, vomitaron allí mismo, sin haber tenido tiempo de salir corriendo en busca del baño.
Iban cuatro caídas. Faltaba sólo una, la última, la definitiva. Yulianov se lo jugaba todo en ese último desprendimiento y pensaba en mil cosas a la vez, como si una cinta grabada desde su nacimiento pasase de pronto por su mente. Comprendió que la memoria es algo que tenemos anclado en el fondo de nuestro espíritu y que sólo en determinadas circunstancias aflora como por arte de magia. Yulianov había llegado muy lejos, encontrándose justo en la línea que separa la vida de la muerte. Y, cosa extraña, en ese mismo instante la luz clareó su memoria y su entendimiento y llegó a verse por fuera de su cuerpo, como si su carne, sus tejidos, sus huesos, como si toda la materia de la que estaba hecho, no fuese la suya. Se vio desde fuera y le dio lástima de sí mismo. Dejaron de importarle las monedas apostadas, la gloria y las sonrisas de los presentes, dejó de pensar en ellos y se centró por primera vez en su vida en sí mismo. Y decidió, en medio del gentío y de los aplausos, que ya no deseaba ser el hombre que cae derrotado sobre la tarima de mierda de un antro como aquel. Pero en el momento de abrir la boca, un coágulo de sangre le aprisionó los dientes y fue incapaz de articular las palabras. El tiempo corría veloz, la impaciencia de los espectadores emergía como la espuma violenta de las olas del mar y el viejo, masticando la punta del cigarro, se movía de un lado a otro como un león enjaulado. Yulianov se encontraba de nuevo de pie sobre las piernas incapaces de sostenerle. La fuerza, ¿dónde estaba? Entreabriendo los párpados miró a los asistentes más cercanos y rezó por ellos, por sus almas, por sus vidas derrotadas, tan derrotadas como la suya. Llenó sus pulmones con el humo del ambiente y antes de caer por última vez tragó saliva, escupió un trozo de sangre confundida con la carne desgarrada y se dejó ir. Había desistido de su propia voluntad. Dejaba, así, que la vida hiciese con él lo que le diese la gana. Se echaba de esa manera en manos del destino y comprendió en la soledad de su entendimiento que de nada sirve lo que hagas en la vida, pues es ésta la que te lleva como si fueses un tronco deslizando sobre las aguas. El dolor se había rendido antes que él mismo y notaba su cuerpo ligero como una pluma. Se dijo: ¿Estará llegando al cielo? ¿Será este placer que experimento la verdadera dicha que a todos nos espera?
Soltaron el cuerpo, los brazos detrás de su cintura, la cara al frente, los ojos abiertos. Y fue una caída hermosa, limpia, inocente, la que le acercó hasta el suelo manchado de sangre. Lo observó todo a cámara lenta, las manos de la gente en alto, de un lado a otro, le parecieron olas de un mar embravecido, las copas brillantes, las nubes de humo, las voces, dilatadas e incomprensibles, que llegaban hasta sus oídos sin formar mensajes concretos. El suelo se acercaba pero Yulianov seguía con el rostro derecho. No decidía doblarlo. No le importaba el silencio del golpe ni los regueros de sangre esparcidos en el aire, no le importaba el dolor que posiblemente llegara. Sólo la calma, la paz, la felicidad que embargaban a este pobre diablo formaban un cuenco de vida en el fondo de su ser. Lo suficiente como para dejarse arrastrar en el río de la masa informe y trágica.
Piedra del conocimiento espiritual (1962). Isamo Noguchi (Los Ángeles 1904-Nueva York 1988) (Bronce, madera y metal)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
A todas las mujeres, con amor, respeto y reconocimiento, en especial a quienes forman parte de mi vida.
A Ana Guadarrama, en sororidad.
Debe haber otro modo (…)
Otro modo de ser humano.
Otro modo de ser.
Rosario Castellanos en «Meditación en el umbral»
Rebeca escuchaba con atención que doña Chofi y doña Paz, locatarias del mercado, mencionaban que era el Día de la Mujer y que les estaban regalando flores, por ser ‘su día’. Mientras tanto, ella seguía empacando en bolsas la mercancía de semillas, especias y hierbas aromáticas que entregaría antes del mediodía. Pensó que si le preguntaran a ella no le gustaría que le dieran flores. Tenía 10 años y hace poco había empezado a trabajar para ayudar en los gastos de su escuela, quería seguir estudiando y tener la profesión de ser enfermera. Su labor consistía en empacar pedidos cada fin de semana y cargarlos para entregar a las personas que llegaban de poblados pequeños por mercancía para llevar a sus tiendas.
La familia de Rebeca estaba integrada por su mamá, doña Hortensia, su hermano Bulmaro, el mayor, de 13 años y su hermanita Julieta, de 7 años. Su papá había fallecido hace tres años y la situación económica se había vuelto un poco más difícil. Bulmaro había empezado a trabajar a los 11 años, ahora ayudaba cargando mercancía en una tienda de abarrotes, él quería estudiar Diseño gráfico. Doña Hortensia había intensificado su labor, además de trabajar en las actividades de su hogar ahora lavaba ropa ajena y preparaba comida para vender. Aunque quería que Rebeca y Bulmaro no descuidaran sus estudios, ella necesitaba el apoyo económico y después de una plática que había tenido con ambos, acordaron que deberían esforzarse doble para estudiar y trabajar, lo obtenido en sus actividades era para ayudarse en los materiales de la escuela.
8 de marzo seguía resonando en la mente de Rebeca, recordó los mensajes que les daba su maestra Luisa en las clases, hablaba de que todas las personas tienen los mismos derechos, sin importar si son varones, mujeres, o personas con otra preferencia sexual, si son adultas, jóvenes, niñas, niños. Y también hacía mención de las luchas en las que distintas mujeres han participado a lo largo de la historia para que las mujeres puedan tener acceso a otros espacios de trabajo y que sus derechos sean reconocidos, para vivir una vida libre de violencias.
Al tiempo que disfrutaba el aroma de las especias y sus manos no paraban de empacar, fueron viniendo a su memoria muchas mujeres, sus abuelitas, su mamá, a quien admiraba por su valentía, su sonrisa ante los distintos momentos que enfrentaba, su inteligencia y muchas cualidades más, Julieta, su hermanita quien era bien hábil para las adivinanzas. Siguió repasando la lista y asomaron las señoras que vendían en el mercado, doña Chofi, su jefa, doña Paz que vendía pan, doña Leonor que vendía verduras y frutas, Linda que vendía las flores, doña Luci que tenía la venta de carne de res, doña Vicky que vendía pollo y así, varias más. Cuántas mujeres estaban ahí todos los días ‘lidiando con la vida’, como decía doña Paz, mujeres fuertes, valientes, sonrientes, a veces tristes, preocupadas, pero de pie.
—¿Rebe ya está listo el primer pedido para sacarlo? Ya vinieron de la tienda de don Pascual— Dijo doña Chofi.
—Sí doña Chofi, los pongo en el diablito y me voy para la entrada. ¿Por favor, me ayuda a revisar si no me falta alguna bolsa?
— Voy hija, esta gente de don Pascual siempre es bien puntual.
Rebeca acomodó el diablito, que era de tamaño mediano para que pudiera llevar el pedido. Fue poniendo las bolsas hasta llegar al tope de lo que podía cargar, para luego regresar por una segunda vuelta.
—Listo doña Chofi, ya voy a entregar el pedido.
Dio un respiro profundo, tratando de tomar valor para iniciar su jornada, siempre que hacía eso sentía cómo se le aceleraba el corazón para atravesar el mercado con el diablito lleno de mercancía.
—¡El golpe avisa! ¡El golpe avisa!
Se escuchó la voz fuerte y clara de Rebeca al irse dirigiendo por los pasillos, ese día ella como tantas otras mujeres seguían luchando desde sus trincheras para recordar que el 8 de marzo es de todos los días.
Photo by Pixabay
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
El hombre más solo del campo
Héctor Cortés Mandujano
No creo que haya gran diferencia entre ser una estrella del soccer
y escribir un poema
Luis Daniel Pulido en Porterear, escribir
Había leído que escribir era como hacer el amor o como drogarse, pero nunca antes que escribir fuera como porterear. Claro, no he conocido a escritores porteros, salvo a Luis Daniel Pulido.
Hay una condición esencial para ser portero, supongo, que yo, por más que me busque, no tengo. Pienso en estar en una portería y en que alguien lance la pelota en contra mía y mi invariable idea es hacerme a un lado.
Luis Daniel no. Me ha compartido fotos y videos de cuando se lanza para detener el balón y me parece un acto admirable, valiente, casi imposible (otra cosa en la que pensaría antes de lanzarme, en el caso improbable de que algún día portereara, es en cómo se me va a ensuciar la ropa. Eso no le preocupa a Pulido –lo he visto sudado y lleno de lodo– y para mí sí es todo un tema).
Porterear, escribir (Tifón, 2022) es más que un libro de crónicas escritas por un poeta (qué difícil escribir lo que sigue) que pasó años en una silla de ruedas, ya no es tan joven y está casi ciego. ¿Y portero?
Hay escaladores a quienes falta un dedo (Tommy Caldwell, un ejemplo), cantantes diagnosticadas con daños suficientes como para no poder cantar (Lucha Reyes), gente, en fin, que ha demostrado, como Pulido, que puede más la voluntad que la falta de salud aparente, los años, el viento en contra.
Porterear, escribir es un registro sentimental del nacimiento y permanencia (con un lapso larguísimo de descanso) del equipo Chamula’s Power, que son ahora veteranos “con más de cincuenta años cumplidos”. Es un libro para el equipo, para la tribu, “para todos los que quieren y aman el futbol”, como decía el mítico Ángel Fernández, que busca poner el acento en la nostalgia, la comuna, la hermandad que surge entre (p. 17) “gente que no hace las paces ni con su sombra”. Es un libro íntimo y los que no somos de Chamula’s Power ni futbolistas, como yo, nos sentimos como si estuviéramos leyendo no un libro sino una carta de amor que un adolescente mandó a la muchacha más bonita o a la mamá más amorosa.
Sin duda, nunca he sentido amor por el futbol y es el requisito fundamental para andar desde niño “tras el balón” (como decía una famosa canción del futbolista Carlos Reynoso) y de allí en adelante envejecer persiguiéndolo. Y siempre alimentar esa pasión con amigos que se dediquen a lo mismo, viendo partidos en vivo, en televisión o en redes. (Luis Daniel nos cuenta en su libro que ve y analiza partidos de futbol. Me asombra. Creo que nunca he visto un partido completo; jamás he ido, ni pienso ir, a un estadio ni siquiera, como han intentado convencerme, “para ver cómo se siente”.) Así se forja la afición, y después la habilidad, la necesidad. Por eso hay amigos y conocidos míos, aparte de Luis Daniel, que realizan alguna actividad artística y son futbolistas: Jesús Hernández (fotógrafo), Gustavo Ruiz Pascacio (poeta), Manuel Jiménez (teatrista), Balam Rodrigo (poeta), Tito Sanchez (editor-ilustrador), Fer Trejo (poeta). Dice Luis Daniel (p. 29): “El futbol es un trayecto de recuerdos compartidos, de nostalgia que se construye con el primer balón que se toca de niño hasta el último día de nuestra vida”.
En esencia, si la vida es una tómbola, lo importante es moverte hacia donde el corazón te lleve y Luis Daniel está en la cancha (p. 32): “Soy testigo de un ligero movimiento, un cambio de posición altera la percepción y desarrollo de una jugada. Soy portero”. Y remata (p. 60): “Soy Luis Daniel Pulido, portero, y no me rindo”.
Un abrazo hasta tu cancha, hasta la soledad de tu portería, querido amigo.
[Texto leído en la presentación del libro Porterear, escribir, de Luis Daniel Pulido. 14 de enero de 2022. Casa Tonanzin. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]
Contactos: hectorcortesm@gmail.com.
Fotografía: Héctor Ventura**
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
(Jiquipilas, Chiapas, 1920), Héctor Ventura Cruz creció y descubrió la pulsión plástica por la vida en la capital del estado. Ahí conocióal Maestro José María de la Cruz, único mentor entonces de pintura y dibujo en la localidad. El encuentro con el maestro “Chemita” significó el atisbo del primer referente técnico y la certeza de la constancia en el oficio. Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980.
Observamos una mancha arenosa anticipo de un horizonte que se acerca. Sobre la arena cárdena y granulosa, un cubo, como todos los cubos del mundo, sin ninguna característica especial, sin ninguna arrogancia. El agua entró en él un día cualquiera, volcada por unas manos sin dueño.
(El horizonte nos observa desde su lado, a su manera).
La base del cubo está perfectamente encajada en la densidad de la tierra. Aprisionada. Equilibrada. Un escenario sin más. Como en una obra de teatro minimalista y absurda. Suspira una leve brisa que dibuja sobre el agua un rizo gracioso. El cubo podría ser de cinc. También podríamos imaginarlo hecho de plástico. O de carne. O de pereza, incluso. Porque en esta escena única todo podría ser convertido a nuestro antojo. Solamente dependerá de nuestra decisión. Y hoy, en la soledad de este paisaje, se nos ha antojado que las cosas sean de esta manera.
Al final de la retina asoman dos figuras irreconocibles. Aún es mucha la distancia. Debemos esperar a que suceda el tiempo, a que pase lo que tenga que pasar. Y el tiempo, animado, corre como por arte de magia, sin que comprendamos muy bien su motivo.
Las figuras de los hombres que caminan hacia nosotros (ya los hemos adivinado) van cobrando forma. Uno de ellos es alto, delgado, moreno, ligeramente extraña su manera de mover los miembros. Parece cansado. Sin embargo, a pesar de su rostro avejentado (lo vemos claro), el hombre es joven. Le echamos treinta años, acaso treinta y cinco. A su lado, como a dos metros, el otro. Más bajito y rechoncho. Y más viejo, sin duda. Por los cincuenta, quizás. Camina dando pequeños saltitos tratando de apurar la distancia que le separa del compañero. Los hombres avanzan sobre unas imaginadas líneas paralelas. Pero cada uno va a lo suyo.
A lo suyo…
Sus pies se hunden en la arena. Pisadas huecas donde el agua del mar, si la hubiese, se cobijaría. Es bonito y agradable imaginarnos rodeados de olas que van y vienen. Elevándose. Hundiéndose. Como si lloviera una capa de espuma que desaparece al instante. Pero en este nuestro paisaje no hay mar de agua. Solamente un mar de arena. Y un cubo en medio, solitario, sin objetivo aparente, dejado allí por unas manos olvidadas.
Ya se encuentran a nuestro lado. Y ambos, al observar el objeto del que hablamos, detienen su peregrinaje. Se miran por vez primera.
Uno de ellos, el más rechoncho, parece también algo exhausto. Se sienta sobre la arena con las piernas cruzadas. Como está excesivamente gordo la barriga se le ha hinchado. Se ha negado a seguir caminando. Y el compañero, para no ser menos, se sienta igualmente. La arena se ha hundido por el peso de ambos. El horizonte, para ellos, ha subido en el cielo. Y a lo lejos se adivinan unas manchas oscuras que se desplazan veloces hacia ellos.
La tormenta se anuncia. Pronto les cubrirá. Todo depende de múltiples factores, sobre todo del capricho de la naturaleza, que hay que ver quién la comprende. Entre ambos observamos el cubo del que ya hemos hablado. Equidistante. Simetría del absurdo.
¡Ja, del absurdo!
Pongamos que estuviera medio lleno de agua.
A mira el cubo y sonríe creando unas pequeñísimas sombras alrededor de su nariz. B, extrañado y confuso, también sonríe. Porque si no lo hiciese se sentiría el hombre más solo del mundo. Y ninguno de los dos ama la soledad. Más aún, la temen. La repudian. E intentan apartarse de ella, cueste lo que cueste. La risa floja dura lo que dura. Lo absurdo de lo absurdo también dura lo que dura. Aunque hay ocasiones, (todos lo sabemos), en que esta dilatación de la incoherencia se torna insoportable.
La brisa se ha transformado en un soplo tierno que choca en las mejillas de los hombres. A lo lejos vemos cómo las manchas grises de antes están ahora mucho más cerca. Y el cubo, hierático, continúa en medio de ambos sin decir esta boca es mía.
Pero sigamos…
No podemos, sería imposible afirmar que el tiempo pasa porque todavía no hemos llegado a ese grado de entendimiento. Digamos simplemente que fluye. Con su armoniosa y rutinaria cadencia. Con esa característica tontura de cuando nos miramos al espejo y nos volcamos hacia atrás, asustados.
Suena una dulce y suave melodía que vibra en los corazones. De pronto un alto, muy alto, que duele en los oídos. Y luego, más allá de nuestra cordura, el silencio explayado sobre nuestros hombros.
Nos sentimos calmos. Conformes con nuestras conciencias. Libres de responsabilidades. Cuasi etéreos seres que vuelan sin peso.
A giró la cabeza. Lo mismo hizo B. Han oído el gemido tibio de unos pasitos sobre la arena. Un pequeño camina torpemente. En un desequilibrio pasajero. Surgió de la nada. O tal vez siempre estuvo ahí y nosotros fuimos incapaces de verlo. Luce unos cachetitos abultados y rojos. Y una gracia innata expresada por unos ojos enormes, negros, hermosos. El niño se acerca. Sus piernas arqueadas apenas sostienen el peso. Va vestido de forma exquisita. Como los niños más puros del mundo. Como esos niños, ideales, con que todos hemos soñado alguna vez. Podría tratarse de nuestro propio hijo, si es que se diera el caso. Pero tanto A como B aún no tienen hijos.
El pequeño vio el cubo desde lejos. Y le pareció tan hermoso que se le llenó la mente con el deseo de jugar con él. Ya está junto al círculo de metal. O de plástico. O de carne. O de pereza. Porque en su momento no decidimos de qué material podría estar hecho. Sus manitas se aferran al aro. La cabeza, de un cabello fino y encrespado, asoma sobre el borde. Casi al cuello le alcanza el límite. A y B observan callados. Luego, como si no fuesen capaces de soportar la armonía y la belleza del silencio que les rodea, comienzan a balbucir palabras con escasos sentimientos.
El tiempo, en su medida, continúa fluyendo.
A habla con B. Intenta hilvanar el hombre un diálogo efímero. B, sin embargo, volcó sus ojos sobre el pequeño. Se siente atraído por él. A habla y habla como si nada. Poco le importa que B no le eche cuenta.
El pequeño ansía, necesita jugar con el agua del cubo. Pero el agua está muy lejos de sus dedos. El pequeñín se agacha de pronto, inesperadamente, y toma en su manita un puñado de arena. Ha pensado arrojarla al interior del cubo, sobre la superficie graciosa y rizada (en este momento no sabemos si el pequeño sabe qué es un cubo, ni tampoco si hay algo dentro de él, o, más aún, no sabemos siquiera si el chiquillo conoce el significado de dentro de él). Cuando eleva sus deditos muchos granos se le van escapando y crean una delicada lluvia de polvo. Y en un impulso nervioso, incomprensible para los que ya hemos dejado de ser niños, el pequeño abre sus deditos y suelta en el aire los escasos diamantes que recogió. Ahora su cara sonríe, y sus ojos oscilan muy abiertos. B permanece inmerso en la escena. No pierde el hombre detalle alguno. La cara del niñito quizás le recuerde a la del hijo que desde siempre hubo anhelado. Y en sus oídos golpea la cancioncilla ridícula y monótona de A, que sigue hablando sin parar, de cualquier cosa.
El día sucede…
Las nubes, esas nubes de antes, se encuentran en estos instantes sobre sus cabezas. Un gruñido del cielo anuncia el comienzo de la tormenta. Caerá, posiblemente, una cortina de agua. Y las gotas se hundirán en el suelo arenoso buscando cada una el hueco preciso.
El niño se ha colocado de puntillas. Su cuerpecito, aunque pequeño y leve, ha hundido un poco el cubo que, ahora, aparece más clavado en la arena. Las manitas del pequeño rozan levemente el agua. Y los dedos del niño se estremecen y vibran furiosamente al contacto con el frío. Para él el agua no deja de ser más que una gelatina atrayente. El pequeño, de puntillas, intentará introducirse en el cubo, llegar todo él hasta el agua, fundirse en ella, tocarla, olerla. Todavía la vida no le dio la oportunidad de conocer el frío, el verdadero frío que encoge los cuerpos y los arruga.
Ha subido una pierna, pero al llegar al borde del aro, el pie le resbala y le cae de nuevo al suelo. Sólo ha sido un primer intento. Intento que B ha observado con el alma aturdida. En el pecho del hombre se abrió de pronto un paréntesis de temor al ver a la personita en ese atrevimiento. Sabe el peligro que el juego acarrea. Pero como A insiste en su locura de palabras, a B le da así como algo de pena y de vergüenza. Y entonces le vuelve los ojos y simula prestarle atención.
La escena (posiblemente ya la hemos intuido) tiene que ocurrir. Está todo dispuesto. En una segunda intentona el pequeño, que ya ha aprendido, impulsa la pierna con más fuerza, poniendo toda su energía en el envite. Una ráfaga de aire vino en su ayuda. Y el niño, ahora, cayó, penetró al abismo.
Dentro del cubo las cosas suceden de manera distinta. Sólo una pared infinita, una masa de líquido y un cuerpo que lucha por cobrar la vertical. Sobre la superficie rizada se ha levantado una ola repetida que moja y moja las ropas del pequeño. El frío gatea por sus brazos. Ya le inundó la carne. Si pudiésemos mirar adentro veríamos unos ojazos negros, abiertos, asustados, unos ojos que buscan nerviosos alguna salida, tal vez un diminuto saliente en la pared en redondo. Pero esa pared, además de no tener ni comienzo ni final, es lisa y resbalosa.
Se aproxima una tragedia.
Desde la sentada de ambos no pueden ver lo que ocurre. B piensa en el niño. El hombre imagina. Y un dolor agudísimo le punza en el centro, donde el corazón se dispara. Ha comenzado su respiración a cabalgar locamente. A le cuenta sus cosas con una cadena infinita de palabras, en un atrevimiento inocente, igual que si los significados los tuviese colgados del hilo que le une al compañero. B, sin embargo, espera a que los deditos del pequeño aparezcan de pronto agarrados al filo redondo. El niño se mueve en un juego inútil y casi ridículo. Pero consigue ponerse de pie en medio del charco encerrado. Hasta el pecho le alcanza la línea del frío. Y, asustado, sin comprender nada de lo que le ha sucedido, asoma la cabecita por encima del borde, hasta donde la arena se extiende, más allá del horizonte. B, al verle, respiró profundamente. Ha quedado el hombre tranquilo. Y ahora las palabras de A le llegan más altas, más claras, más desnudas en sus significados.
Una nube ha gritado y comienzan a caer goterones. El pequeño siente miedo. La rajadura del cielo sonó tan fuerte que al niño le tembló todo el cuerpecito. A y B han mirado hacia arriba. Pero son tan viejos que ya el miedo les pasó por el lado.
El agua se está convirtiendo en una cascada, semeja una cortina impetuosa. El cubo, lentamente, silenciosamente, se va llenando. Al cuello llegó, del niño. Y el pequeño resiste la postura erguida a pesar de que sus fuerzas están escaseando, así como el frío, que le atora los movimientos, como una obliteración inesperada. B se pasa las manos por la frente. El agua resbala por sus palmas anchas. A dejó un instante el parloteo, el tiempo necesario para observar al natural elemento. Pero ahora continúa cosiendo sus labios a los oídos del compañero. En el pecho de B crece el nervio. Una desazón propia de las almas sensibles. Piensa que debería levantarse, abandonar al otro en su monótona retahíla, y acercarse al pequeño para ayudarle y sacarle del agua. El niño se colocó de puntillas, por el filo de la boca una línea de frío, como un cuchillo que lame la piel. Poco tiempo le queda de aguante. Pero B no acaba de decidirse. Porque cree que A también debería hacer lo mismo. Y, sin embargo, la voluntad de su compañero es tan tibia, tan indolente, tan asquerosamente apática…
B sabe perfectamente que sólo de él depende el futuro del mundo. Oye los pequeños sollozos del niño, que ya ha comprendido en lo más profundo de su pequeña alma el destino que le espera. Empero, algo sucede dentro de B, algo desconocido, como una gasa de humo que le anestesia las decisiones. Las manos de B se han acolchado y el cuerpo se le hunde en la arena.
Sigue cayendo la lluvia.
Cesaron los sollozos.
El filo del aro luce bajo las gotas en mil reflejos siniestros. A, con su cantinela estúpida, ha sonreído de pronto, ajeno a la tragedia. Solamente mira el hombre al cielo y abre la boca. Igual de nauseabundo que una babosa.
Dentro, una carne blanca, aterida, adquiriendo rápidamente un tono azulado, como de muerte. Flota el niño en el agua, con el cuerpecito formando un círculo, con las piernas y los brazos hundidos, hacia abajo, y la cabecita empapada con el líquido que sube y sube, sin descanso ni prisa. Luego, el mismo cuerpo comienza a bajar hasta la profundidad del abismo, donde termina el destino, donde comienza la piel a arrugarse.
Frío…
Soledad…
Silencio…
Nosotros, después de suspirar profundamente, nos apartamos. Nada podemos hacer. Es una escena que no nos concierne.
(¿o sí?)
Por la distancia vemos el rastro sobre la arena. La moral que huye. Callada. Destruida. Olvidada. Unas huellas dispares que se tornan pequeñas.
B camina solo. Cansado. Más cansado que nunca. ¿Arrepentido? Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá jamás. Pero el hombre mira hacia su derecha, adonde la mar de arena inventada. Atrás le quedó el corazón roto.
El cielo, en un último esfuerzo, ha lanzado un grito de horror, intenso, intensísimo, desgarrador. Luego un tímido hilo de luz en diagonal, sobre el cubo que fulge allá, en la línea del horizonte.
Concepto espacial (1962). Lucio Fontana (Santa Fe 1899-Varese 1968) Espacialismo(Fundador)
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.
Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.