Voces ensortijadas 190. Chicharrines, palomitas. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                     Chicharrines, palomitas
                    María Gabriela López Suárez

Ese jueves había sido algo caótico para Virginia, al menos así lo sentía ella. Desde que se levantó tarde porque su alarma no sonó y llegó casi rayando a la preparatoria, hasta el no haber llevado el desayuno que preparó la noche anterior. Había estado poco concentrada en las clases, estuvo a punto de sentir un fuerte dolor de cabeza de no ser porque Fernanda y Hugo, sus mejores amistades le habían compartido fruta y un sandwich a la hora del receso.
         Al terminar las clases se despidió de Hugo y Fernanda y se dirigió a su domicilio, por la tarde habían quedado de ir a hacer un trabajo por equipo a casa de Fernanda. Al llegar a la parada del colectivo se sentó a esperar la próxima unidad de transporte, al abrir su mochila Virginia se percató que no había llevado suficiente dinero, no le alcanzaba para pagar el colectivo de su regreso.
         —¡Oh no! Lo único que me faltaba era no traer dinero. Bueno, al menos no hay señales de que lloverá —se dijo Virginia mientras emprendía la caminata a casa.
          Inició la travesía, por su mente pasó la idea de cuánto tiempo le llevaría, no estaba tan cerca pero tampoco tan lejos. Hizo el cálculo que quizá haría como una hora caminando o si apresuraba el paso unos 40 minutos. Por suerte su mochila iba con poco peso. 
          Los rayos del sol estaban con tal intensidad que Virginia iba en búsqueda constante de techitos que le dieran un poco de sombra. Ansiaba llegar a un parquecito que estaba cercano a su casa, se sentaría unos minutos en una de las bancas para disfrutar de los árboles. La mente de Virginia echó a andar su imaginación, se sentía como en un desierto, asoleada y con sed. A lo lejos, como tipo oasis le pareció ver algunos árboles del parquecito. En efecto, estaban ahí. Caminó más rápido y llegó al anhelado lugar. 
          Virginia buscó una banca donde llegara más sombra, se sentó un momento, se quitó la mochila y descansó su espalda. Sintió que el calor iba disminuyendo, percibió el aire fresco y el movimiento de las hojas de los árboles. Estiró sus piernas y movió los pies. De pronto su mirada se posó en un pequeño canasto lleno de chicharrines, palomitas, justo estaba más adelante de donde ella se sentó. Se le antojaron unas palomitas. No se veía a nadie que lo atendiera y ella tampoco tenía dinero suficiente para comprar.
          Retomó su caminata y al pasar por la vendimia se dio cuenta que una niña como de 10 u 11 años era la encargada de la venta. Sin embargo, la había dejado un momento y estaba concentrada acomodando unos columpios colocados a unos cuantos pasos de su canasto. A Virginia se le vinieron algunas preguntas, ¿la niña estaba sola vendiendo en ese parque? Su canasto estaba lleno, ¿a qué hora terminaría de vender? Nuevamente echó de menos no haber llevado dinero suficiente, al menos le habría comprado una bolsa de chicharrines y una de palomitas y le habría aportado algo.
          El descanso le había sentado bien a Virginia, había recuperado energía. Ya faltaba poco para llegar a casa, su mente traía de nuevo la imagen de la niña acomodando los columpios, intuía que tenía ganas de jugar en ellos. A lo lejos le pareció alcanzar a escuchar una voz que decía,
           —¡Chicharrines, palomitas!




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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 190. La muerte y la muerte de Don Quijote. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                        
                        Polvo del camino/ 190

                 Evocadas páginas de otro libro/ XIII
                 La muerte y la muerte de Don Quijote
                       Héctor Cortés Mandujano

El joven e impetuoso bachiller Sansón Carrasco se entera de que don Alonso Quijano ha perdido la razón por leer tantas novelas de caballería y se ha vuelto caballero andante. Don Alonso no quiso entender las razones de nadie y se lanzó a la aventura, en la primera parte del Quijote, publicada en 1605.
	Carrasco decide seguirle el juego y derrotarlo con sus propias armas. Se disfraza como el Caballero de los Espejos y lo reta a duelo. Si gana, le dice, don Quijote deberá retirarse a su hacienda y vivir la vida como el hombre cuerdo que era. ¿A quién se le podría ocurrir que el viejo esquelético, montado en su famélico rucio, pudiera ganarle en la batalla? A Cervantes, claro. Parece una locura, pero don Quijote logra derribar a Sansón, y éste muerde el polvo de la derrota.
	No ceja en su empeño y casi al final de la novela (la segunda, publicada en 1615) se disfraza esta vez del Caballero de la Blanca Luna y vence a don Quijote, quien debe volver al pueblo, a la casa, decir que se llama Alonso Quijano y vivir la tranquila vida que lo enferma y lo lleva a la muerte. Sí, cuerdo; sí, desdichado. 

En realidad, don Alonso dijo y juró y perjuró todo lo que le pidieron, aunque él seguía pensando en huir, en seguir siendo hasta el final de sus días el Caballero de la Triste Figura, el sin par don Quijote de la Mancha.
	Por eso, esperó con paciencia a que todos lo visitaran, le dijeran que jurara esto y lotro, y después se arrebujó en sus sábanas, cerró los ojos, fingió dormir. Apenas se dio cuenta que estaba solo, sin hacer ruido se incorporó y siguiendo su plan saltó por la ventana.
	No tenía arreos caballerescos todavía, ni montura. Ya se las arreglaría.
	Cerca de allí vivía un hombre que se dedicaba a la crianza de cerdos. Aquel día los había dejado sueltos, mientras limpiaba las zahúrdas. Era una piara de grandes marranos. Don Alonso, en su mentalidad de Quijote, los confundió con enemigos. No llevaba lanzas ni armadura y se les lanzó a los puros puños. Tal vez logró golpear a uno o dos. La piara se le enfrentó, como si fuera un solo animal, y sin gran esfuerzo lo tumbaron, le pasaron encima (una pezuña en el ojo, otra en la boca, una más en los genitales, una en la garganta…), lo llenaron de lodo pestilente, lo asfixiaron.
	El porquero alcanzó a oír alguna palabra suelta, algún reclamo de ayuda. Cuando llegó vio al anciano lodoso, muerto. Sansón Carrasco andaba cerca y se hizo cargo de todo: llevó el cadáver, lo lavó y lo puso al final, limpio, vestido y peinado, sobre la cama. 
        Pareció para los familiares y amigos que don Alonso había entregado su alma en paz (“quiero decir que se murió”) y que la pluma con que se escribieron sus aventuras había quedado muda para siempre. Que así sea.

[Evidentemente, este final que he inventado no modifica en esencia el deceso del Quijote, sólo le agrega otra muerte. La idea me vino de algo que comenta Borges, en Borges, de Adolfo Bioy Casares. El título es un juego con el título de una célebre novela breve de Jorge Amado: La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua.]

Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 189. Entre la nostalgia y la memoria. María Gabriela López Suárez

                         Voces ensortijadas
                  Entre la nostalgia y la memoria
                    María Gabriela López Suárez

                      Dedicado a Juan Cristóbal Velasco Pérez (Riscko).

Lo efímero de la vida se le venía a la mente a Lourdes cada que uno de sus seres queridos fallecía. Últimamente habían sucedido varias partidas físicas de amistades y gente vecina, cercana a ella. La tarde de ese martes iría de nueva cuenta a un velorio, aún no se hacía a la idea de que Alfredo hubiera trascendido y dejado el mundo terrenal. ¿Cómo era posible? Un joven como él con tantos talentos, carisma y sobre todo gran persona, amigo y compañero.
          Tomó un taxi que la llevaría al domicilio, sintió que el corazón le latía con rapidez, reconocía esa sensación de nerviosismo y a la vez de opresión en la garganta, como formando una serie de nudos que en algún momento dejaría fluir.
          Llegó al lugar del velorio, con paso lento se dirigió a la entrada, al frente estaba el féretro, alrededor cuatro cirios y muchas flores. Depositó su ofrenda de rosas blancas. Saludó a quienes acompañaban, preguntó por los familiares de Alfredo, les externó sus condolencias. En esos casos, las palabras poco fluían pero el cariño se podía palpar al compartir ese momento tan intenso y triste.
          Se sentó y se percató que había llegado antes que sus demás amistades. Seguro estarían por ahí en un rato más acompañando al amigo Alfredo. El silencio se hacía presente, también el viento que movía las llamas de las veladoras blancas que yacían en el piso, frente al féretro. 
           Desde su espacio Lourdes se sumó al silencio que la rodeaba. Ahí, como una especie de película, fueron asomándose una a una, diversas experiencias compartidas con Alfredo. Entre la nostalgia y la memoria sintió que los nudos en la garganta fluían a través del llanto, desde el corazón le agradeció por los momentos que intercambiaron. Sintió una sensación de esperanza,  de algún día formar parte de ese polvo de estrellas en el que uno se convierte al trascender y poder coincidir con quienes se adelantan en el camino.
          La mirada de Lourdes se fijó en las llamas de las veladoras, como en un tercer plano alcanzó a escuchar algunas voces, no prestó mucha atención, siguió con la mirada fija en las llamas. Recordó el texto "Un mar de fueguitos" de Eduardo Galeano.
Posteriormente, se le vino a la mente el rostro de Alfredo, con esa sonrisa que lo caracterizaba y evocó el poema de Juan Cristóbal Velasco Pérez, Verte sonreír de nuevo, 
     
“Tengo ganas de verte sonreír aun sea en mis peores momentos, como en medio del miedo se reajusta mi política de soledad y el parlamento de mis defectos, son quienes me convencen de retroceder en cualquier momento.
       Tengo ganas de verte sonreír aun sea en mis episodios de tormento; palpar la tierra con la que me cubran y descubrir que tiene para mí el exceso de confianza y hacer las cuentas de edad perdida en el alcohol y su panfleto.
      A estas ganas de verte sonreír cuando acompasa el máximo sueño y es una oz que cosecha lo que me conmueve y me pide retirada y rendición como quien ha perdido todo y ya nada más tiene, pues está amargadamente incompleto.
     Ganas tengo de verte sonreír de nuevo, aun sea en mi mejor momento. En esas noches, que, a pesar del sueño, las auras de tu ser, no lactan en el desacierto de mi fe, ni en esa catártica frustración cuando se llora somnoliento”.

—¡Qué ganas de verte sonreír de nuevo! —musitó para sí, mientras dejaba fluir las lágrimas.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 41. Matar a un ruiseñor. Ilse Ibarra Baumann

                       Matar a un ruiseñor 

Mi hija recibió el libro de la paquetería. Esperó a ver que lo abriera. “¿Vas a leer ese libro? Mister Toby nos lo puso en la escuela”. Mister Toby era su maestro de literatura en el American School. Al otro día llegó mi hermano y lo vio en la sala. “¿Sabías que es un libro obligado en las escuelas de E. U.? Ya lo leí. Trata del racismo” ¿Será que Harper Lee es nuestro Juan Rulfo? ¿Será que hoy obligan en las escuelas a leer a Rulfo? Deberían hacerlo. Estuve con mi amiga Ixchel el miércoles; ella da clases en la politécnica de Suchiapa. “¿Cuál cuento de El llano en llamas los pondrías a leer?” Primero pensé en voz alta en “Talpa” y luego me arrepentí. Mejor no, porque ese me venía bien a mí; por haber estado casada. “Que lean `Macario’ o `El día del derrumbe’. La verdad, todo Rulfo es bueno.” 

Jean Louise (de cariño Scout), es una niña de ocho años, hija de un abogado cincuentón y huérfana de madre. Vive con su hermano Jem, su padre y Calpurnia, una mujer de raza negra quien los atiende y los instruye con principios morales y éticos. Scout narra sus aventuras infantiles en torno al caso de Tom Róbinson, un negro acusado de violación; su padre será el abogado defensor. 
         Harper Lee sitúa la historia en el pueblo imaginario de Maycomb en Alabama. 
         Scout es una niña segura, con mucho carácter. Y aunque la narración es fácil, escrita en primera persona, me resulta difícil creer que una niña pueda alcanzar por ratos tanta madurez de pensamiento. A diferencia de “Macario” que, paradójicamente, me oprime la falta de juicio de que es objeto.

Fotografíá: IMIB

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Polvo del camino. 189. Mirando por los visillos que dan al pasado. Héctor Cortés Mandujano

                        
                   Polvo del camino/189

          Mirando por los visillos que dan al pasado
                  Héctor Cortés Mandujano

El clangor del vigilante alado anuncia la raya de gis blanco en el pizarrón de la noche.
	—Tus ojos son como el canto del gallo: me dan claridad, me iluminan –dijo la mujer, en la tibieza del lecho y la semioscuridad de la alcoba.
	Él la besó en los labios, largamente, y se puso de pie. Ella, desnuda, se sentó en la cama, flexionó sus rodillas y se abrazó a ellas; puso su rostro en dirección al hombre, también desnudo, que comenzaba a ponerse la ropa interior.
	Apenas entrevió la línea de la poderosa espalda con un resplandor quizá imaginado.
	—¿Serás centauro, ahora?
	—Sí, cuando te amo monto una nube; debo ahora volver a la tierra.
	El hombre terminó de vestirse. Su ropa era la de un jinete, la de un vaquero. Abrió la puerta de madera y la luz entró veloz y puso miel en el cabello de ella, que no hizo más movimiento que ajustar su vista ante la mirada del poderoso Apolo.
	Frente al hombre había un largo corredor de ladrillos. Se iría al campo, al corral del ganado que ya mugía allá afuera, en el territorio que ya había sido poseído por el sol.
	—Me amaste con mucha suavidad. Me gustó. Gracias.
	El hombre fue hacia ella, se inclinó.
	—Eres mi jardín. Debo tener cuidado con tus hojas tiernas, tus pétalos suaves…
	—Pareces hecho de roca dura, pero tienes un centro dulce.
	Ella quedó callada, pensativa.
        Él la besó en la mejilla.
	—Pareces ausente…
	—Estoy pensando que con esta sesión de amor que me regalaste, algo cambió en mi cuerpo. Lo sentí en el mismo instante de mi orgasmo.
	Él se puso en cuclillas para escuchar la voz de su mujer. Sabía, por su tono, que iba a confiarle uno de sus secretos, una de sus premoniciones.
	—Acabo de quedar embarazada.
	—¿Será niña, será varón?
	—Niño. Se llamará Héctor.


Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Trabajo en alturas. 38. Indómito de corazón. Roger Octavio Gómez

Indómito de corazón
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

(…)Yo, dijo la Cigarra,
Á todo pasajero
Cantaba alegremente
Sin cesar ni un momento.

(…) *

Felix María Samaniego, en «La cigarra y la hormiga» (1882).

El pasado lunes 28 de agosto recibí un mensaje de voz de nuestro amigo Gabriel Mendoza García, me informaba que Manuel Pérez-Petit, colaborador de esta revista había sufrido “un infarto agudo al miocardio” dos días atrás. 
          Indómito como es, Manuel no sólo había sobrevivido a la insurgencia de su corazón, había escapado temporalmente de la clínica para poder dar aviso a sus amigos. Terrible y a la vez reconfortante noticia. Muy de Manuel: poniéndose de pie cada vez.
         Por mensajes de terceros nos fuimos enterando que Pérez-Petit había vuelto a la clínica y se había sometido a una cirugía de cateterismo. 
         Ratos de silencio, momento de rumores, hasta que recibí un mensaje de viva voz del mismísimo Manuel donde relataba en segundos su odisea. Que cambiaría muchas cosas de su vida a partir de esta experiencia, mas no el dejar de escribir. Es que para él, como para muchos de los que acá colaboramos, la escritura y la lectura es más que aliento, es vida.

Como casi todos los occidentales escuché en algún momento de mi infancia, junto a la cargada de fábulas con que nos alienaron en los primeros años, la de "La Cigarra y la hormiga". La hormiga trabajadora triunfal y constructora de graneros da lecciones de vida, al cobijo de su granero, en un duro invierno, a la bohemia cigarra que sólo concibió canciones para los viajeros. 
          Hay mucho, muchísimo trabajo en cada texto que las cigarras escribimos, pocas hormigas lo entienden. Hay no sólo corazón en las palabras, en las frases, en las notas, en el arte; también vísceras, sangre y un muy valioso más: alma... 
          Van mis palabras a Manuel Pérez-Petit y esas cigarras que de pronto quedan desamparadas afuera de los hormigueros, cubiertas sólo con la calidez del canto que las otras cigarras en la distancia les prodigamos.
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Polvo del camino. 188. El pez violeta del amor. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz

                        
                   Polvo del camino/ 188

                  El pez violeta del amor
                       (Minificción)
                  Héctor Cortés Mandujano

Hay personas que caminan sin dudas, como flotando por la vida, como si no llevaran en ellas algo de peso. Pienso que incluso podrían salir volando. Veo que sonríen, conversan amigablemente, parecen felices. Yo siento que hasta me cuesta dar un paso, porque llevo un cargamento de rocas en la espalda, en las piernas; un puñal atravesado en la garganta, un amasijo de espinas en el corazón.
	Me parece un triunfo respirar, como si absorbiera veneno en cada aspiración, y mis pensamientos sólo me ofrecen torturas del infierno, demonios que me dicen suciedades, que me presentan rostros espantosos. Mis noches nunca tienen la placidez de la luna llena: son pesadillas sin pausa.
	Por eso decidí, luego de un paseo en apariencia trivial (no lo era, fue caminar sobre las brasas), llenarme las bolsas de pesadas piedras y tomar las más grandes que podía aguantar sobre cada una de mis manos.
	Dejé los zapatos en la orilla y entré descalza en la suave corriente, con los brazos abiertos, como santa. Mi cuerpo pareció sentirse mejor una vez que entendió que íbamos camino a la extinción de mi vida tortuosa. Ni siquiera pensé en alguna persona en especial (ninguna me importaba) y caminé hacia la parte honda de en medio. 
	La corriente tocó mi barbilla. 
Me detuve antes de dar el paso con el que mi nariz quedaría debajo del agua. Lo hice sólo por respetar cierto canon de suspenso. Lo di. 
Ya estaba dentro por completo. Lo que quedaba era no dejar que las piedras se me fueran de las manos.
	Abrí los ojos y vi que venía hacia mí con lentitud un pez, un enorme pez violeta con la cola como si fueran muchos velos sutiles del mismo color; de pronto parecía envuelto en ellos y luego estos semejaban larga cabellera. No parecía un pez, sino un ser cambiante, mágico, múltiple. Me pareció el mejor regalo en ese momento.
	No me di cuenta de que no estaba respirando debajo del agua de tan embebida que estaba con aquella aparición. 
El gran pez se puso frente a mí. 
        Nos vimos. 
        Me encantaron sus ojos verdes. 
        Sus labios no eran de pez, sino de humano: carnosos; sabrosos, pensé. Pareció leer lo que pensaba y me besó. Me besó interminablemente. El mayor y mejor beso que me habían dado. Un beso del pez violeta del amor.
	Y ya no supe más de mí.



Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 188. De todo un poco. María Gabriela López Suárez

                         Voces ensortijadas
                           De todo un poco
                     María Gabriela López Suárez

Josefa estaba exhausta, situaciones personales le tenían con el ánimo bajito, el corazón sensible y una especie de cansancio. Se sentía lacia, lacia. Aprovechando que era fin de semana le propuso a su esposo Leonel que fueran a visitar a unas amistades que vivían en el campo, bastante retirado de la ciudad. El estar en contacto con la naturaleza le vendría muy bien a ambos. Leonel aceptó  la idea y se pusieron en contacto con Marlene y su pareja, Rosaura. Ellas aceptaron de mil amores que las llegaran a visitar.
         A Marlene y Josefa les gustaba cocinar pastel de zanahoria, así que Josefa también hizo llegar la idea y su amiga estuvo de acuerdo. Josefa conocía que sus amistades eran muy buenas anfitrionas, sin embargo, Leonel y ella siempre que las visitaban solían llevarles algo para compartir. Esa vez no sería la excepción. Decidieron comprar café, chocolate y queso crema que era el favorito de Rosaura.
          Se levantaron tempranito para viajar antes de que el sol comenzara a salir con todo su esplendor, acordaron que un tramo manejaría Leonel y el otro Josefa. Así lo hicieron y llegaron a buena hora, justo para el desayuno. Las amigas se alegraron mucho de tenerlos en casa, desayunaron y degustaron el café que habían recibido de obsequio. Posteriormente, les mostraron los cambios que habían hecho en la vivienda, el huerto que tenía más verduras, de ahí usarían las zanahorias para el pastel y lo nuevo que habían agregado, un corral con patos, gansos y gallinas.
           Luego de una amena charla entre las amistades, las visitas se fueron a instalar al cuarto que les prepararon; mientras Leonel tomaba un descanso Josefa decidió regresar al corral donde estaban las aves de traspatio. Se sentó sobre una piedra frente al corral. Se dejó acariciar por el viento que corría, la sombra de los árboles era muy buena compañera. Observó a cada ave, de las gallinas le gustó lo intrépidas de subirse a las ramas de los árboles, la manera tan sutil de beber agua y el color de su plumaje; de los patos quedó encantada del modo de andar, la cadencia y el ritmo sin prisa, cuando vio volar a un par de patos de un lado a otro se dio cuenta que era la primera ocasión en su vida en contemplar ese paisaje. Y de los gansos le agradó la manera en cómo acomodaban su largo cuello para enrollarse al dormir. Ahí se quedó un rato más en silencio,  contemplando a las aves. Sintió una sensación de paz interior que le confortó. Si ella fuera  un ave le encantaría tener de todo un poco de lo que le había gustado de las gallinas, patos y gansos. Sonrió para sí. A lo lejos se escuchó la voz de Marlene,
           —¡Jose, Jose!  ¿Dónde andas? ¿Vamos a cortar las zanahorias para el pastel?
          —¡El pastel! Lo había olvidado —se dijo Josefa— ¡Ya voy Marlene!
            Echó un vistazo más al corral, qué bella manera de alegrarle el corazón. Sabia naturaleza. Se levantó y dirigió sus pasos en busca de Marlene.

                        
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 40. Bestias del sur. Ilse Ibarra Baumann

Fotografíá: IMIB

                        Bestias del sur de Ulises Soto Ruiz

Hace unos días, Liliana (la correctora de estilo de mi novela) me invitó a la presentación de Bestias del sur. 
          El libro consta de dos obras: “Casting para un hermano” que ganó el Premio Nacional Manuel Herrera de Dramaturgia y “Cascajos”.
          La primera obra trata de la migración. El escenario es la frontera, el desierto, unos matorrales y la noche. Los personajes son: una niña de trece años y un niño de nueve. Este último es utilizado por sus padres como gancho para el tráfico de niños. El escritor utiliza al Cadejo (monstruo de las culturas mesoamericanas parecido a un perro) no sólo como elemento del miedo, sino que es parte del “juego” para engañar a los niños. El Cadejo, con ojos al rojo vivo, te mira el alma y te castiga.  

Hoy estuve al teléfono con Liliana casi tres horas trabajando, le comenté que ya había leído el libro y que la primera obra me pareció excelente. Los que leen y que viven aquí, en Chiapas, deberían ponerla en su lista de pendientes por leer, ojalá pudieran además leerlas en otras latitudes.  De “Cascajos” le dije que me rebasó, no la entendí. A veces siento que, los que intentamos hacer literatura, leemos variado, nos gusta enriquecer nuestras posibilidades, queremos abarcar otros estilos, nuevas técnicas, variar con los diálogos, en suma, salirnos de la norma. Es difícil y hay que intentarlo, aunque hayan veces en las que quizá podamos dañar el texto y dejarlo difuso.

Fotografíá: IMIB
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Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 187. A vuelo de pájaro. María Gabriela López Suárez

                         
                        Voces ensortijadas
                        A vuelo de pájaro
                   María Gabriela López Suárez

Matilde despertó temprano a pesar de ser domingo, había quedado de ir a ayudar a Pilar y  Teo, dos de sus mejores amistades, a vender suculentas en el pequeño vivero que inaugurarían ese día.  
             Revisó si llevaba todo lo que le encargaron, hizo el repaso de la lista y encontró que todo estaba en su bolsa. Tomó su celular y escribió un mensaje a Pilar:

            —¡Hola Pili y Teo! Ya voy para el vivero, llevo lo que me encomendaron. Pasaré por el puesto de jugo de naranja, ojalá que ya estén vendiendo. Los veo al rato.

            No se esperó a que Pilar le respondiera, guardó el teléfono y se dirigió al vivero. El día estaba soleado, el clima era caluroso, tal parecía que era efecto de la lluvia de la noche anterior. Pasó por un pequeño parque que estaba cerca de su casa, había diversos espejos de agua, así solía llamarles a los charcos de agua que reflejaban los paisajes. Le encantaba observarlos.

            Mientras atravesaba el parque también se percató que muchas personas estaban tomando un pequeño descanso en las bancas, había personas jóvenes, adultas, adultas mayores. Un elemento que llamó su atención era que la mayor parte de ellas estaban entretenidas con sus teléfonos celulares, como si el mundo girara en torno a esos aparatos. 

            Matilde se quedó pensando que si ella no fuera caminando estaría como esas personas, concentrada en su celular. El aleteo de una paloma hizo volver la vista a su derecha, se dio cuenta que había muchas palomas, algunas revoloteaban dando giros y luego se arremolinaban hacia una dirección. Una señora mayor les estaba dando arroz. Las demás personas parecían no darle importancia a ese paisaje.

           —¡Uff! ¿Hasta dónde llegamos a ensimismarnos con el cel? —se dijo para sí Matilde. 

          De repente recordó que había quedado de pasar por el puesto de jugos de naranja. Apresuró su paso, echó una mirada a vuelo de pájaro a donde se ponía la señora que vendía los jugos, alcanzó a verla a lo lejos. Se encaminó rápidamente allí para encargar un litro de jugo. Revisó su teléfono, Pilar le había respondido.
          —¡Hola Mati! Gracias. Ojalá que encuentres juguito de naranja. No te demores, las suculentas y nosotros te esperamos.
   
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.