Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
No lo dudes: en ti vive un gusano inmortal. Es lento, pero paciente, y cuando él agoniza, agonizas tú también.
La ciudad está llena de ladrones y no podrás dormir seguro con tu propio pijama.
Respira aire para morir. Porque olvidarás rápidamente el olor de tu amante, así como ya olvidaste el paso lento del púber que fuiste.
Tus zapatos se atoran fácilmente en la escarcha.
Te vas sumiendo en un pútrido sueño que es el mecanismo más seguro de la muerte, tan sólo indicando tu fecha de nacimiento en los calendarios de cualquier duda. Y el pánico es ya inabarcable como el espacio entre el universo conocido y el desconocido.
[DEL POEMARIO INÉDITO NUEVAS CONSIDERACIONES ACERCA DE LA MUERTE]
Contacto:
regresoalestadodegracia@hotmail.com
Aleqs Garrigóz
Sobre el autor:
Aleqs Garrigóz
Puerto Vallarta, México; 1986.
Poeta y periodista cultural
Es maestro el Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Publicaciones: Abyección (2003, poesía). La promesa de un poeta (2005; Premio Adalberto Navarro Sánchez), Páginas que caen (2008, 2013; Premio Municipal de Literatura de Guanajuato) y La risa de los imbéciles (2013, Ganadora del I Concurso Internacional de Poesía de Emergente Nauyaca) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). También han sido premiadas sus obras Galería del sueño (Premio Espiral de Poesía 2011, de la UG), En la luz constante del deseo (Premio Espiral de Poesía 2012, de la UG), Despiértame en otro mundo (Mención Honorífica en el I Concurso de Cuento y Poesía de la Universidad Marista de Querétaro, 2013), Penetrado por el amor (Mención Honorífica en el V concurso editorial “El mundo lleva alas”, 2012), Resplandor del oro amanerado (Tercer premio en el VI Concurso Nacional de Poesía María Luisa Moreno, 2014). Sus últimos tres libros publicados son: Los muchachos (2018), El primo (2019) y Penetrado por el amor (2019)
Ha sido antologado en una treintena de antologías en diversos países. Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de México, España, Colombia, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Honduras, Perú, Nicaragua, Chile y Suecia. Poemas suyos han sido traducidos a cinco idiomas.
Nos inquieta esta pregunta. ¿Usted es capaz, sería capaz de vengarse si le dieran una bofetada, merecida o no? ¿Rumiaría esa posibilidad, aunque fuese futura, en el rincón de sus pensamientos? ¿Sufriría por ellos/por ello? ¿Durante cuánto tiempo entiende que sería capaz de doblegar a su mente y obligarla a olvidar? ¿Gozaría, tal vez, con la enorme presión de saber que más pronto que tarde le llegaría esa opción, ese ingenuo placer, esa sutil pero necesaria caricia en el alma, ese gozo efímero?
En este tercer capítulo (que daría para mucho) Dostoievski nos presenta a varios tipos de hombres sobre el escenario de su reflexión, esto es, a saber: al hombre sencillo o normal (auténtico y envidiable), al hombre de acción, al hombre (su antítesis) hipersensible, es decir, al pensante, al/el que casi nunca o nunca hace nada, porque se calma, a esos tipos que, como antes dijimos, se les envidia…
¡Todo un panorama! ¿No lo ven?
Los hombres pensantes no creen en los retos. Si se les presenta alguno (un muro de piedra, como el autor “metafora”, o “metaforea”), no les echan cuenta. Ven el muro y lo más que pueden hacer es reír como locos, a carcajadas. No les merece la pena perder o dedicar parte de su vida a tratar lo imposible.
(Recuerdo que, hace mucho, cuando era aún uno de los típicos estudiantes de esos que pasaban desapercibidos, establecía una charla intrascendente con algún compañero; me limitaba a aparentar que escuchaba sus argumentos, a simular (mentir) que esos sus testimonios los comprendía; más todavía, que estaba totalmente de acuerdo con la tesis que le salía entre babas, de tanto entusiasmo, a pesar de entender en mi interior que no compartiría ni un mísero café con el susodicho, que no deseaba eso, perder mi tiempo; ahí comencé ¿treinta años ya, cuarenta?, a llamarles hombres-muro, porque era imposible moverlos ni un ápice de su centro de masas, me explico.)
Luego me resulta extremadamente interesante el otro arquetipo de hombres: los hipersensibles. Para los hombres sencillos, los auténticos, según Fiódor, para esos hombres de acción y humildes, no existen los muros, los muros entendidos, esto es, como retos, ya lo dije antes, creo. Sin embargo, el bicho raro, el hipersensible, el pensante, el hombre-probeta, por usar sus mismos términos, se esconde en el lugar más inhumano, en el subsuelo, en la habitación aquella a la que nunca nos atrevimos a entrar, por el pánico que nos envolvía, por el dolor de sentir demasiado: son, para él, los hombres ratón. Ese hombre, ese tipo de ser, guarda, atesora una paciencia más dura que el granito, espera, sabe hacerlo, vive y es capaz de aguardar hasta el último suspiro recordando aquel hecho o persona tan distante que le produjo ¿le produjo? una insatisfacción, digamos, imborrable, imperdonable. Mientras ese tiempo transcurre, se recrea constantemente en sus despechos acumulados; este ser sabe que su actitud es despreciable, estúpida, pero “amorea” con ese estado de tremenda majadería, goza y paladea el cercano fruto de su espera, de su sacrificio.
¿Todo esto por una venganza a la que considera justa?
El hombre auténtico, el que vive en plena consonancia con las leyes naturales, debido a su innata estupidez, invoca a esa Justicia Natural para que le saque del arroyo en el que se ha hundido; el hipersensible, no. Este se hunde en el abismo, enseña los dientecillos, roe, se rodea de constantes lodos que le ensucian el rostro, ríe, goza o así lo anhela, ese hombre se refugia del mundo en su terrible debilidad porque todo le sacude, todo le enfurece, todo lo odia, hasta la propia imagen de ser como ser, de ser lo que es. Vive en su mazmorra sin espejos ya que no soportaría jamás enfrentarse a sí mismo. Pero, ¡oh Dios, qué fascinante!, anota en su cuaderno gordísimo sus inagotables deseos de beber el lodazal nauseabundo en el que vegeta. Y vive imaginando, incluso imaginando que imagina increíbles venganzas, y con esa actitud sobrevive en un mundo para él insoportable, ruin, asqueroso. No perdonaría jamás, no sabe, no sabe saber, no quiere (algunos ni siquiera se detienen a pensar en qué consiste eso del perdón, o quizás ni hayan oído en su vida esa palabra, esa preñez de la acción, ese desliz de darse sin más, tal y como lo percibe.)
Dostoievski nos apunta que este tipo de hombre sabe que sufrirá más con sus tentativas que con su desenlace probable. Lo sabe. Entonces, digo, ¿por qué?, ¿Por qué todo este desquiciamiento?
(Era adolescente. Tonto. Como todos los de mi época (o casi todos, perdonen). Un buen día, ahora no recuerdo exactamente el o los motivos, entré en mi cuarto, quité la almohada de mi cama, la arrojé afuera, al salón adjunto, me acosté. No salí de mi habitación en dos años. Día tras día. Noche tras noche. Oyendo los murmullos de mis padres. Quería, eso sí lo grapé en mi alma, quería quererlos, quererlos más, amarlos hasta la extenuación. Mi interior era consciente de que lo hacía, sin apariencias ni otras absurdas convicciones, los amaba hasta dar la vida, ¡mi vida! por cada uno de ellos, los admiraba, los necesitaba. Entonces, ¿por qué renuncié al mundo durante tanto tiempo, por qué perdí parte de mi vida? Cuando algo (tal vez mi hipersensible agonía) me dijo que saliera, el mundo había cambiado, todo. Mis papás habían envejecido, lo noté al momento. Él me miró, luego volvió la cabeza hacia los ojos de mi madre, sonrieron como sólo lo hacen los padres sensatos, amorosos, deseables, únicos. Y, sin poder remediarlo, corrí enfurecido conmigo mismo y los abracé con una fuerza extraordinaria que me salió no sé de dónde, no me pregunten. Así fue.) Nota: mi almohada, sobre una de las estanterías, olía a hermosa ausencia.)
Aclaración: En el título, la palabra Concurrencia, tómenla sólo en el sentido computacional, por favor.
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Ojo de jaguar, hijo jaguar Héctor Cortés Mandujano
Efraín Bartolomé es uno de los grandes poetas mexicanos vivos.
Nació en Ocosingo, Chiapas, en 1950.
Su primer libro de poemas, en 1982, se llama Ojo de jaguar.
Si caminamos las primeras 23 páginas encontramos árboles, animales salvajes, líneas perfectas: “Mil monos en manada sería mi pecho alegre/ Un ojo de jaguar daría de pronto/ certero/ con la imagen”.
Dedica un poema a su hijo, le cuenta: “Días atrás los chicleros mataron un gran tigre: me dolió,/ pero me gustaría llevarme la piel para que en ella duermas".
El felino se muestra en varios poemas: “Doy gracias a la lluvia./ Gracias a la mañana que avanza con paso sigiloso./ Gracias al jaguar que dejó su huella sobre la tierra blanda de la selva”.
En su poema “Jaguar”, lo llama “Perfecto hijo del día y de la joven sombra”.
Aún más: llamó a su hijo Balam: “Mi hijo viene guacamaya/ viene mi hijo quetzal/ viene el tigre niño/ Viene Balam Balam Balam”.
Balam ahora es adulto y artista visual. Lleva en su nombre el mito, la impronta felina, la selva…
[Los versos entrecomillados corresponden a “Casa de los monos”, “Cartas desde Bonampak” y “Jaguar”, de Ojo de jaguar, de Efraín Bartolomé, edición conmemorativa a 25 años de su aparición, Unicach-Casa Juan Pablos, 2007.]
Ilustración: HCM.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Ver con las manos y el corazón María Gabriela López Suárez
Consuelo salió temprano de la universidad, la última clase la habían suspendido porque su docente de artes visuales tenía una situación de salud. A su grupo le vino bien esa sesión libre porque estaban realizando un trabajo final, era una exposición que les traía varios días con desvelo. Aunque era una actividad grupal cada estudiante tenía una tarea que abonaría al trabajo.
La encomienda que le habían dado a Consuelo era aportar materiales de reuso que pudieran utilizarse en un par de obras con relieve, una fotografía y una pintura con la temática de impactos del cambio climático. Consuelo estaba recién recuperada de un fuerte resfriado, eso la traía un poco desmotivada y angustiada a la vez, porque tenía pocas ideas sobre qué materiales podría contemplar para la tarea.
Sin pensarlo salió pronto de la universidad, se despidió brevemente de sus amistades y se dirigió a su casa. En el trayecto pasó por un pequeño parque, como si una especie de imán atrapara su atención aminoró el paso y se sentó en una de las bancas. Observó que había niñas y niños corriendo alrededor de una pequeña fuente, se quedó ahí unos minutos y con atención percibió cómo luego de un par de vueltas se detuvieron frente a la fuente. Dos niños más pequeños comenzaron a tocar con sus manos la textura de la fuente, una niña más ayudada por su mamá se paró de puntitas e inclinó a tocar el agua que salpicaba. Consuelo se percató que el rostro de la niña dibujaba una sonrisa, al tiempo que nuevamente pedía mojarse las manos.
Consuelo siguió contemplando las diversas escenas que había en el parque, una pequeña ardilla que bajaba por un árbol de almendras y unos zanates que se deleitaban caminando sobre el pasto verde recién regado. Las risas de las niñas y niños que se alejaban del parque la hicieron volver la vista a la fuente. Se acercó un poco, deseó ser una de esas niñas que habían estado corriendo y hacer lo mismo, tocar la fuente, mojarse las manos.
—¿Y por qué no? Vamos, sin pena —sintió como si la voz de su niña interior le llamara a seguir sus deseos.
Una vez frente a la fuente Consuelo comenzó a reconocer la textura de los bordes, como siguiendo sus instintos cerró los ojos, intentando imaginarse como niña descubriendo los materiales de qué estaba hecha la fuente. Luego se detuvo, aún con los ojos cerrados se inclinó a tocar el agua, ahí comprendió la sonrisa de la niña que le había antecedido, el agua estaba fresca, justo para mojarse el rostro en un día caluroso.
—¡Lo tengo! Ya sé que materiales podría usar para las obras —exclamó emocionada. Su paso por el parque y contemplar a la niñez le hizo recordar que también es importante ver con las manos y el corazón. Eso propondría a su grupo, mientras tanto comenzó a identificar algunas hojas secas y piedritas que encontraba a su paso, eran algunos de los materiales que había elegido usar.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
La primera pregunta que uno lee en este capítulo es por qué ni siquiera pudo cambiarse en insecto. Pienso en Kafka, y en su famosa historia. Es normal. Escribir es una cadena que te encadena a lo de antes, a ti mismo, incluso esta misma cadena te aferra a lo que uno supone el porvenir, eso es, dejar un legado, o simplemente escribir como sea porque como sea te da la gana. Aun así, es imposible no pensar en Franz. El autor intentó escapar de sí mismo, convertirse en cualquier cosa, de ahí este ni siquiera. Luego nos habla de la conciencia. No depura, sino que nos saca de pronto este concepto, como si en realidad le importase. Esta experiencia subjetiva del conocimiento, en este caso, de su propio yo, y de los elementos que le rodean en el día a día es, dice, extremadamente sensible, de manera que todo le influye, todo lo percibe, todo le duele, y seguramente experimentará también un deleite (¿exquisito?) en esta realidad suya, en esta mezcla de sufrimiento y gozo, de ser y no ser, en esta lucha singular y única, porque única se nos muestra en cada ser, en este constante dudar (lo vemos notoriamente en el caso de Raskolnikov, ¿recuerdan?), en esta zozobra mareosa en la que intenta, agitando los brazos, como un ser siniestro y angustiado, salvar su alma.
Atención, memoria y pensamiento se condimentan con las palabras de su inseparable Grigorovich, cuando, en la penumbra de ese soberao que a duras penas podían costearse entre los dos, le aconsejaba que dejase de una vez de escribir en revistas de mala muerte. Tal vez Fiódor llevase grapadas esas palabras hasta el final de su vida, quién sabe.
Odia a Petersburgo. No lo digo yo. Así lo ha escrito. “La ciudad más abstracta e intencional de todo el globo terráqueo”. ¿Trabajo en equipo? No. No podría ser de esa forma. Fiódor es individuo. Es solitario. Es pobre. Es sumamente inteligente (más de una y de dos y de tres veces se jacta de ello, con lo que se nos muestra, más allá de toda índole ficcional, un hombre que vive (que sufre) la agonía de saber que es. Al que no le importa, como a la mayoría, afirmar lo que de verdad cree y siente y experimenta, en el lodazal nauseabundo de las gentes de su época.
Me resulta interesante el punto de vista de Dostoievski de que su hipersensibilidad la vea como una enfermedad. La percepción de la propia conciencia, como algún síntoma patológico de algo oculto que le roe y destruye. “Cualquier dosis de conciencia es una enfermedad”.
Compartimos con él esa vergüenza que nace en el momento en que alguien se fija en ti y crees que sabe todo sobre ti. Me sobrevino en la niñez tontuna, cuando te tratan como eso, como si fueses un tontuno niño. Luego leí sus primeras páginas y caí en la cuenta de que no era el único, ni por supuesto el primero, ni tampoco, por supuesto, el último, pero esta afirmación en lo que yo pensaba era lo concreto (no en el sentido latinoamericano) y me daba un asco insoportable. Cuando más tarde noté que los árboles habían cambiado de color y que sus cortezas se me mostraban ahora como más arrugadas, pensé en lo anterior y me dije que nada había cambiado, que el lodazal seguía ahí, siempre en la línea de mi camino, y que ese barro tan plástico me obligaba a cambiar de rumbo, a tomar un atajo (a mentir) constantemente, para conseguir mi propósito, el de vivir con decencia, arrostrando ese lamento quejoso por poder respirar; me cercó también el conocimiento de que debía pedir perdón por decir lo que quería, lo que sentía; pedir perdón por observar más que los demás, por oler el campo sobre el alquitrán de las calles, por imaginar un desnudado pudor y no distinguir el odio anclado en mí desde el inicio. Al hombre que espía de soslayo, al hombre que murmura, al hombre que pierde el tiempo de su vida sin darse cuenta. Odio al simple sonido de las palabras cuando estas palabras están de sobra porque de nada sirve disentir, ni asentir, como un loco, como un loco suelto, como Efímich, como Nejliúdov, como Anna Akímovna, la señorita entre las más señoritas del reino de las mujeres, a la que la avergonzaba depositar sobre la mano borrosa del desarrapado una simple moneda, una limosna; la que sufría porque ellos, los desfavorecidos, los pobres de los pobres, resistían el hambre propia y el hambre de sus buenos hijos.
Por tanto, este hombre vive en un disimulo que fluye como la sangre de sus venas. “Me roía a mí mismo, a dentelladas”. Un poco más adelante nos expresa que tener conciencia de su propia conciencia, de esa hipersensibilidad de la que hablamos al principio, le produce una especie de deleite. Y continúa hablando de su acendrado amor propio, tanto amor hacia sí que estaría alegre si supiese, a ciencia cierta, que se ha convertido, de la noche a la mañana, en un desalmado, en un orgullo de hombre que, perdido, se encontró en el espejo diurno de su realidad. “También la desesperación tiene sus momentos de placer intenso”.
Termina este capítulo segundo con la culpa. ¿La culpa de ser feliz, de ser infeliz, como Tolstoi y Sofía; la culpa de haber nacido, de tener que morir aunque se quiera, sí, esto digo, aunque se quiera; la culpa por haber olvidado que se vive con los demás, en un rebaño disperso, o concentrado; la culpa por qué, por mirar, por hablar, por sentir y saber, por sufrir, por entender que este drama irrisorio de la vida no es más que una mascarada; la culpa por tener que callar, obedientemente; la culpa aun sabiendo que no has hecho nada, que eres y has sido siempre inocente, honrado, pobre, bueno?
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
El texto dice: “Soy un hombre enfermo…Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático.” Vemos que, al contrario del resto de escritores (me refiero a esos escritores vulgares), los que consideran que repetir las mismas palabras en tan poco espacio no es estéticamente admisible, Fiódor lo hace, y lo hace con una naturalidad que asusta. Añado aquí que las mentes claras se expresan de manera clara y que escribir con suma naturalidad es lo más difícil para un escritor. Luego añade: “Creo que padezco del hígado”.
Este creo fue tomado más tarde por Camus cuando comienza su novela El extranjero y dice que cree (no está seguro) que su madre ha muerto, pero que no sabe a ciencia cierta si murió hoy mismo o lo hizo ayer. (Es un dato al menos curioso). A Fiódor, es decir, al personaje que inventa pero que no cabe duda que se refiere a sí mismo, no le importa nada el mundo (en sentido religioso); no le produce ninguna inquietud si su cuerpo está sano o no. Sólo le interesa el interior del ser, esto es, saber que es, como afirma más adelante, supersticioso, despechado, antipático, grosero… O sea, un hombre que vive hacia adentro en vez de hacia afuera, como la mayoría de nosotros, hombres y mujeres rabiosamente actuales. (Sonrío leve y cínicamente.)
Confiesa que fue funcionario. Luego apunta que fue un mal funcionario. Salvo en casos especiales, agrega, cuando el cliente que acude a la Administración para requerir sus servicios es tímido. En ese caso, dice, me divertía haciéndole jugarretas malintencionadas (…y sentía un placer inmenso cuando conseguía disgustarlo…) y esta actitud suya la compara al hecho de espantar gorriones. Noto, de esta forma, un hombre disgustado consigo mismo y con la época que le ha tocado en ciernes, también con la atadura a esa enorme
Administración para la que trabajaba con el único fin de ganarse el sustento. Es decir, un ser triste, descontento, malhumorado, al punto de que es capaz de alejarse de sí mismo para tomar perspectiva de su circunstancia y hacer brotar la risa sarcástica de su tétrica figura. Más o menos lo que muchos de nosotros hacemos cuando tenemos la mala suerte de dedicarnos a algo que no nos gusta nada, esto es, pienso, la mayoría.
Aquí me siento inundado de múltiples sentimientos. Por un lado, mi alma se une a su alma. Entiendo que alcanzo a comprender lo que siente. Le tomo del brazo y con la mirada le indico que tome asiento. Afuera no brilla el sol; es un día nuboso, pero aquí, en el interior del café, se está bien.
-Un café solo y en vaso largo, con dos sacarinas. ¿Tú…?
-Nada.
-¿Nada?
No me responde. Mira al tablero de la mesa y entrecierra los ojos.
-Querido Fiódor, ¿Acaso nunca te conmueves, dime?
Fiódor levanta su frente, abre los ojos y dice: “Sí. Mi vida es un constante sufrimiento. Por mí. Por los demás. Por la trágica tesitura en la que Dios nos ha colocado…”
Guardo silencio. Él también guarda silencio. Un silencio grave, espeso, irritante. Aprovecho este hueco en el tiempo para seguir.
El personaje nos comenta que de vez en cuando miente, y cuando le pregunto el motivo de esa postura me confiesa, en un murmullo, que lo hace para divertirse.
-¿Por qué?
-Porque el mundo no me entretiene. Lo hago con las personas, en una especie de venganza por ser como ellos, por ser nacido como ellos, porque todavía no he logrado convertirme en un insecto. Pero no me preguntes más porque tú también te arrinconas como yo, bajo el suelo, con tu cuerpo ovillado, con el ansia de desaparecer, de hacerte tan pequeño como la felicidad que nunca logro.
-¿Qué te retrae?- le pregunté.
Tomó un sorbo de nada porque nada había pedido, yo acabé lentamente mi primera tacita de café.
-El remordimiento. El remordimiento por no poder ser nada, por no poder ser nadie, por no querer ser nadie, ¿entiendes? El pesar. Me puede ese peso tan gigante de la vida. Vosotros, tú mismo, deseáis. Yo ni siquiera tengo esos inútiles deseos humanos. Recuerdo a mi padre, a mi maldito padre. Recuerdo a mi difunta amada, a mi difunto hermano. ¿A quién, de verdad, recuerdas tú? ¡Dime! Y todos estos sentimientos me bullen y roen por dentro, me desquician, por eso me tomo a chanza las ocurrencias de esos seres vulgares e ignorantes que acuden a mi mesa con los papeles en las manos. Me río. Me divierto con eso, con algo. Cuando el cliente me cae bien entonces cambio y le recibo con gracia y amabilidad; es cuando me transformo en un buen funcionario. Por eso mentí antes. ¡Pero vámonos de aquí, ya te he abierto el alma, qué más quieres!
Fiódor, (el personaje) se levantó serio, apuntó con el gesto a que le siguiera. En la calle soplaba un viento raro, como de humo, con el tranvía gateando la cuesta, como en aquella Rúa dos Douradores, donde hablé con Fernando, hace mucho.
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Ningún animal doméstico es capaz de una quietud igual a la de un animal salvaje
Isak Dinesen,
en Memorias de África
Cuenta Isak Dinesen en Memorias de África (RBA, 1993) que hizo un estanque cerca de su casa, en África. Un día (p. 161): “cacé un cocodrilo en el estanque, fue algo muy extraño, porque debió de vagar unas doce millas desde el río Athi hasta llegar allí. ¿Cómo pudo saber que había agua en un sitio que nunca la había tenido antes?”.
Mi primo Paco Méndez nos invita a comer a la Sima de las cotorras, municipio de Ocozocoautla. Mi mujer acepta encantada el garrobo en salsa de tomate (yo como otra cosa) y pregunta cómo llegó esa delicia hasta sus platos.
Paco nos cuenta que hay, dentro de las cuevas rocosas de la sima (140 metros de profundidad y 160 metros de diámetro), muchas iguanas y garrobos. Él estaba justamente en la sima de la Sima cuando escuchó jadeos de estos reptiles que tal vez estaban en una ceremonia de apareamiento o nada más peleando. Oyó el ruido de un objeto caer. No era una piedra, evidentemente. Se dirigió con rapidez al lugar donde suponía había caído algo y halló a dos animales en posiciones distintas: el garrobo, en agonía, por las heridas que le habían hecho allá arriba y por el golpazo, la caída de tantos metros, y una boa constrictor que iba en su dirección a comérselo.
Lo que le sorprendió fue cómo el ofidio pudo darse cuenta, de forma tan inmediata, de que lo que había caído era un bocado apetitoso. Paco, que no tiene miedo a las serpientes, se le puso enfrente para que no pasara y le ganara lo que él también consideraba una comida apetitosa. La boa, entonces, trató de buscar otro camino, que Paco también bloqueó, sin dañarla, sin agredirla.
No tuvo más, el pobre reptil decepcionado, que subirse por el tronco de un árbol e irse a rumiar su fracaso. Es decir, vuelvo a la Dinesen: la quietud de un paisaje guarda el misterio de un sinnúmero de animales –de todos los tamaños, de todas las especies– que están al acecho, en una inmovilidad expectante, de que algo ocurra para ponerse en marcha y atacar o ser atacado.
Mi primo, triunfante, guardó el garrobo en una bolsa y mandó que lo prepararan para su propia degustación y la de mi mujer. Él también, dado que vive en un entorno natural, tiene la intuición (no la ha perdido) para esas minucias que hacen ganar o perder, ser el cazador o la pieza cazada…
Video: Paco Méndez.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
El atardecer del viernes dibujó una bella puesta de sol, las siluetas de las montañas se apreciaban a contraluz, decoradas por el hermoso tono naranja que se esparcía en el cielo. Selene llegó a casa antes que Álvaro, su esposo, alcanzó a contemplar el ocaso que se fue como en un suspiro.
Le gustaba observar los atardeceres, a veces en compañía de Álvaro, otras ocasiones con el acompañamiento de las aves que llegaban a buscar su lugar de descanso en los árboles del patio. El jolgorio de los pájaros era uno de los momentos que también disfrutaba en las tardes que estaba en casa.
Se dispuso a preparar la cena, recordó que ese día le tocaba el turno a Álvaro para cocinar. Buscó qué ingredientes había en la alacena y el refrigerador para hacerle algunas sugerencias. Encontró champiñones, tomate, cebolla, zanahorias, mantequilla, leche, queso manchego y unas deliciosas tortillas de harina que había comprado con su tío Marcelo.
—¡Qué bien! Hay varios ingredientes. Podríamos cenar una sopa de champiñones, o una crema de zanahorias, o unas ricas quesadillas con champiñones —dijo en voz alta.
Fue por el celular para enviarle un mensaje a Álvaro, hizo una pausa antes de escribir, alcanzó a escuchar música a lo lejos. Se quedó atenta, pensando si era su imaginación. Lo cierto es que sus oídos no la engañaban, comenzó a identificar que la música era de marimba. ¿Acaso había fiesta? En caso de ser así, ¿dónde estaba la fiesta? Tenía muchos meses que por su rumbo no se escuchaba la algarabía.
Se olvidó de escribir el mensaje mientras intentaba identificar qué canción era, alcanzó a distinguir,
— Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones.
Cuando se percató ya estaba tarareando la canción, era una de sus favoritas. Se le vino a la memoria cuando su abuelita Francisca se ponía contenta al escuchar la marimba. Doña Francisca solía ser tímida, sin embargo, se percibía la alegría al observar su mirada, el color miel de sus ojos resaltaba y su rostro dibujaba dos hoyuelos en las mejillas, una sonrisa discreta y espontánea que le gustaba observar a Selene.
— Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones —se seguía escuchando, mientras Selene sonreía recordando cuando de niña escuchaba en las fiestas familiares que hablaban sobre la música que alegra el corazón. Para ella y sus primas la música era para bailar, imitando a sus artistas favoritas, pero no alcanzaba a entender eso de alegrar el corazón. Ahora de adulta, vaya que le iba encontrando sentido.
El sonido del teléfono la hizo volver al presente, era un mensaje de Álvaro que ya iba camino a casa y llevaba un postre sorpresa para después de la cena.
A lo lejos seguía la música, ahora entonando, ¡Ay mi yaquesita, ay mi yaquesita!
Fotografía: Nadia Arce.
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Cada vez, con renovados bríos,
tocamos un rincón de la humanidad;
ese sarcasmo bendito
que ilumina la tiniebla
y propone un sentido que, negativo,
es el único posible.
Soy para que me asesines
y abandones mi cadáver
en cualquier basurero, cuando te plazca.
Estoy enfermo del mundo.
Deseo despertar
en un regazo ardiente como horno
y nunca más salir de allí.
Y que ese centro sea el centro del universo,
habitado sólo por mí,
sin necesidad,
sin carencia.
[DEL POEMARIO INÉDITO NUEVAS CONSIDERACIONES ACERCA DE LA MUERTE]
Contacto:
regresoalestadodegracia@hotmail.com
Aleqs Garrigóz
Sobre el autor:
Aleqs Garrigóz
Puerto Vallarta, México; 1986.
Poeta y periodista cultural
Es maestro el Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Publicaciones: Abyección (2003, poesía). La promesa de un poeta (2005; Premio Adalberto Navarro Sánchez), Páginas que caen (2008, 2013; Premio Municipal de Literatura de Guanajuato) y La risa de los imbéciles (2013, Ganadora del I Concurso Internacional de Poesía de Emergente Nauyaca) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). También han sido premiadas sus obras Galería del sueño (Premio Espiral de Poesía 2011, de la UG), En la luz constante del deseo (Premio Espiral de Poesía 2012, de la UG), Despiértame en otro mundo (Mención Honorífica en el I Concurso de Cuento y Poesía de la Universidad Marista de Querétaro, 2013), Penetrado por el amor (Mención Honorífica en el V concurso editorial “El mundo lleva alas”, 2012), Resplandor del oro amanerado (Tercer premio en el VI Concurso Nacional de Poesía María Luisa Moreno, 2014). Sus últimos tres libros publicados son: Los muchachos (2018), El primo (2019) y Penetrado por el amor (2019)
Ha sido antologado en una treintena de antologías en diversos países. Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de México, España, Colombia, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Honduras, Perú, Nicaragua, Chile y Suecia. Poemas suyos han sido traducidos a cinco idiomas.
Hilda escuchó la alarma del despertador, había elegido un tono suave, para que el levantarse no fuera abrupto por el sonido. Apagó la alarma, casi a tientas, se acomodó en la cama. Tenía la intención de seguir durmiendo. Sin embargo, recordó que aunque era fin de semana no podía darse ese lujo, había agendado una cita médica con su dentista.
—¡Qué ganas de seguir dormida! —dijo para sí cuando se levantó de la cama. Estiró los brazos con los ojos cerrados, percibió la luz del sol, aún tenue. Agradeció un nuevo día de vida.
Se dirigió al baño para lavarse la cara y terminar de despertar. Luego fue a la cocina para prepararse un licuado. Revisó el refrigerador tenía manzana y leche, le agregaría un toque de avena y canela en polvo. En eso estaba cuando escuchó el canto que la deleitaba todas las mañanas, un zanate llegaba a cantar frente a su casa, se ponía en uno de los árboles que tenían sus vecinos y colindaba con la ventana de su cocina. El zanate era como un reloj, todos los días llegaba a las 6:45 de la mañana.
Hilda se asomó a la ventana, lo observó, como una especie de saludo y mientras preparaba su licuado escuchó con atención su canto. Indudablemente le remitía a su infancia, sus días en la primaria y a los paseos familiares en el campo. Bebió el licuado, se dio un baño y emprendió el camino rumbo a su cita médica.
En el trayecto al consultorio decidió cortar camino y pasar por la pequeña área arbolada que quedaba en su colonia. En su camino se dio cuenta que los árboles estaban mudando de hojas. Desde pequeña le gustaba caminar sobre las hojas secas, el sonido que emitían le agradaba, se sentía como en un cuento donde ella era la protagonista. Esa vez no fue la excepción, escuchó con atención el crash, crash que iba haciendo con sus pasos, mientras sonreía. No pudo evitar acordarse de su tía Conchita, seguramente le diría,
—No agarrás juicio Hilda, mejor apúrate en tus actividades.
En eso estaba cuando una parvada de loros atrapó su atención, iban muy rápido y con la algarabía que los caracteriza, una bulla que era contagiosa, como para ponerse en tono alegre. Alzó la vista y los siguió hasta perderlos en el cielo. Por un momento quiso ser un loro y viajar con ellos, ¿cuál sería la ruta? ¿Regresarían por el mismo rumbo?
Miró su reloj para ver qué hora era, estaba a tiempo. Al pasar cerca de un pequeño mercado alcanzó a escuchar la bocina con la vendimia de tamales, tortas, tacos y arroz con leche. Siguió su camino y el anuncio de quienes voceaban las rutas de los colectivos sonó en alto volumen.
Observó que ya estaba cerca del consultorio médico, eso le generó una especie de nervios. De pronto sintió latir su corazón un poco más acelerado. Respiró y se tranquilizó. Llegó al consultorio, aún estaba cerrado. Tocó el timbre, escuchó el sonido, le agradó el tono. Mientras esperaba que le abrieran del otro lado de la banqueta pasó una señora vendiendo dulces tradicionales,
—¿Va usté a querer caballito, turulete, obleas, empanizado de cacahuate?
Abrieron el consultorio para que Hilda pasara. Se sentó mientras le tocaba pasar a su consulta. Se olvidó de los nervios, en su mente resonaban los distintos sonidos en esa mañana, no cabía duda que los paisajes sonoros en la vida eran una gama de experiencias para la memoria y el corazón.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.