Voces ensortijadas 254. El guardián silencioso. María Gabriela López Suárez

 Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez


El guardián silencioso

El sol estaba en su apogeo, a pleno mediodía. Cinthya había llegado a casa de tía Leonor y tío Ezequiel, había decidido pasar unos días de sus vacaciones compartiendo con familiares a quienes normalmente no veía. La primer parada eran con ellos, después pasaría otros días con sus primas Raquel y Eloisa. Finalizaría con tío Panchito y tía Martina.
Al llegar a su primera visita lo primero que atrajo la atención de Cinthya fue el árbol frondoso que se veía al final del camino. Mientras abría el portón de la entrada observó que el follaje del árbol era tan amplio que se le figuró como un hongo enorme. No tardó en que aparecieran doña Leonor y don Ezequiel para darle la bienvenida.
Se saludaron con mucho cariño. Invitaron a Cinthya a pasar a la casa. Tío Ezequiel le ofreció un vaso con limonada que ella aceptó con gusto. Le ayudó a sofocar el calor del mediodía.
Tía Leonor esperaba que Cinthya llevara un gran equipaje, la sorprendió ver que solo llevaba una mochila en la espalda y otra pequeña bolsa. Y más sorprendida se quedó cuando de la bolsa pequeña sacó un par de obsequios que identificó de inmediato por los aromas, café y chocolate. Agradecieron los regalos de Cinthya, la invitaron a dejar su equipaje en el cuarto que le habían destinado y luego, fueron al patio de la casa para sentarse un rato y conversar.
Cinthya no tardó en comentar su asombro y gusto por el árbol frondoso que rodeaba la casa de sus familiares. Tía Leonor le dijo que era un árbol de higo no comestible. Tío Ezequiel compartió que ese árbol era no solo un hermoso ejemplar de la naturaleza sino que también tenía una conexión especial con la familia canina que habían tenido. Mientras escuchaba a su tía Leonor, Cinthya percibió que en más de una ocasión la voz se le quebró, tomó más de un respiro y continuó.
El árbol de higo guardaba en sus raíces preciados tesoros. Doña Leonor y don Ezequiel habían tenido muchos perros y al ser parte de su familia, cuando cada uno trascendió decidieron que los despedirían de una manera digna y amorosa. Eligieron como espacio, alrededor del árbol de higo. De tal forma que ese gran árbol era muy generoso, no solo les proporcionaba sombra, aire fresco sino que también había dado cobijo en sus raíces a los peludos de la familia.
Luego de las anécdotas que le compartieron llegó la hora de la comida, los tres se levantaron para ir al comedor. Degustaron una sopa de champiñones con epazote, que a la tía Leonor le quedaba muy bien y unos tacos dorados de papa con pollo, bañados en una salsa de tomate, con lechuga, crema y queso.
Al término de la comida don Ezequiel y doña Leonor tomaron una siesta. Cinthya decidió ir al patio, se sentó en el piso frente al árbol de higo. Se quedó contemplando su majestuosidad, lo grande de sus ramas y su follaje tan verde. Se sintió muy agradecida de estar cobijada por la sombra, se le figuró que ese árbol era como el guardián silencioso de la familia. Sintió una especie de conexión con el árbol, se acercó a él, tocó su tronco, abrió sus brazos y lo rodeó con ellos. Ahí se quedó unos minutos, el canto de los pájaros acompañó el latido de su corazón que fue sintiendo, poco a poco, mientras ponía atención en su propia respiración.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 254. Las canciones de Comala. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

               
     Polvo del camino/ 254

Las canciones de Comala
Héctor Cortés Mandujano

¿Qué edad tenía Eva cuando fue sacada de la costilla de Adán?

Nicolás Grimaldi,
en Breve tratado del desencanto

I

En una de las muchas lecturas que podemos hacer del poema homérico, una deducción sería que Helena fue botín sexual de su marido Menelao y de su amante Paris. La disputa por su posesión provocó una guerra cruenta y continuada. “Los dioses duermen/ mientras el malhechor/ se pone la capucha y afila su cuchillo”. Si Menelao se hubiera fugado con otra mujer, no habría habido desgracias ni muertes ni destrucción de pueblos.
La fábula bíblica que de entrada niega la infancia a Eva, la vuelve parte, posesión, propiedad del hombre que, en un contrasentido, la pare, la da a luz. Eva fue hecha para regocijo de Adán. No al revés.
En estos tiempos, en una calle oscura, en un parque solitario, una mujer se convierte en material de uso y desecho, de abuso sin límite: del piropo a la violación y a la muerte. La Biblia, la Ilíada, la Odisea, desde hace mucho, nos contaron lo que va a pasar, lo que sigue pasando: “La manada incesante/ de filosos colmillos/ olfatea en las madrugadas”.
Elda Pérez Guzmán nos lo cuenta ahora en “Donde habita el olvido”, el primer apartado de Las otras Evas. Y habla de aquel y de este tiempo: “Adonde vaya Sara o Elena/ la hidra puede arrancar su candorosa risa”, en esta ciudad y en todas, que son la misma: “Una ciudad triste y polvorienta/ de mujeres extraviadas,/ acosadas, vigiladas,/ ausentes, calladas… […] ciudad sin tiempo,/ ciudad de todas partes”.

II

“Ya no seré más tu paraíso/ tu Eva esclavizada” declara Elda, en “Ataduras”, del segundo apartado, “Con olor a hierbas”. El verso intenta ser una fórmula para terminar con “la maldición de los Adanes”, hombres aferrados a la tradición bíblica de parir a Eva para su disfrute, y culparla después de hacerlos comer la manzana y perder las canonjías divinas.
Eva y Helena –coprotagonistas del libro sagrado y del libro poético– son las culpables del desastre, una por curiosa y la otra por coqueta. Pero también la bruja (“fui desterrada”) y la curandera (“me condenaron y llevaron a la hoguera”) son acusadas y castigadas. Mejor ponerse vestidos largos y pensar “que algún día/ podré desnudarme,/ meterme al mar/ sin miramiento alguno/ […] sin velos ni atavíos sombríos”.
Y aparece, por fin, Lilith, la rebelde, quien “dominó con astucia la pasión,/ controló sus miedos,/ se liberó de cualquier atadura”. La ama de casa, por suerte más Lilith que Eva, puede decir con todas las letras: “¡No soy tu mujer!”, si eso significa trabajar al servicio de los hijos y el marido, sin deseo, sin recompensa, sin ilusiones…
En los poemas de este apartado, Elda Pérez Guzmán piensa con Rosario que debe haber “otro modo de ser” que no se llame sor Juana (la peor de todas), por ejemplo, y que sí sea jugar, “desnudarse los hombros, enseñar la espalda,/ ser sensual”.

III

“Esa mujer soy yo” cierra el libro. Y no toca alegres notas, sino canciones de Comala que, ya se sabe, se especializan en soledades, ausencias, olvidos… No cuenta historias maravillosas, sino cuentos donde la princesa no recibe la vista del príncipe: “Dejé de ser Eva para ti”.
Llegó el amor y volvió paraíso la cama del pecado; luego el amante y el amor, con la maldición del tiempo, se fueron marchitando, se volvieron polvo.
Y en la princesa también, que asomó tantas veces su rostro joven al espejo, fueron naciendo arrugas…

IV

Las otras Evas, de Elda Pérez Guzmán, es la muestra de una escritura que no sólo busca la belleza en las palabras, sino también el pensamiento y la luz. Continente y contenido. No es únicamente el colibrí libando flores: es medusa meditando en la mitad de la noche. Este es un libro de versos y de ideas. Una y otra y muchas Evas.
[Prólogo del libro Las otras Evas, de Elda Pérez Guzmán.]
 
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

De faros y foros. 3. Lloré, lloré, lloré. Pilar Guillén Figueroa

Cartel "Acrofobia", noviembre 2024.


Lloré, lloré, lloré
Por Pilar Guillén

Querido Roger:
(Digo querido por el cariño que sentí hacia ti en las pocas veces que convivimos en talleres o por la tarde en que conversamos sobre la coincidencia en la vida con aquél bebé que quedó momentáneamente aturdido ante el estruendo del derrumbe de una barda, frente a la casa donde yo vivía).

Sigo con regularidad al maestro Héctor, casi nunca me pierdo nada referente a presentaciones de obra, libros o escritos. Ayer fui a ver “ACROFOBIA” de tu autoría. Convinimos en hacerlo con Luis Daniel (en las repetidas ocasiones en las que antes se presentó, no había podido asistir por estar fuera de la ciudad y luego por algunos otros motivos que ya no recuerdo), el caso es que, anoche llegamos a café conejo con tiempo anticipado, degustamos un chocolatito con panecillos y se fue haciendo tiempo de la primera, segunda y tercera llamada. Nada me previno ni en forma ni dato de lo que iba a presenciar. La obra comienza y un hombre, abatido mentalmente, barre el piso. Poco a poco caemos en cuenta de su propósito de suicidarse y su porqué. Aparece en escena el ingenuo bombero que intenta rescatarlo. Su acrofobia es divertida y contrasta con la conversación filosófica que entabla con el hombre que desea renunciar a todo buscando la muerte.
Te cuento que durante los diálogos, metida hasta el tope como suelo hacer en las tramas, iba pensando a intervalos en el autor, en qué fue lo que le hizo concebir la idea de la historia, en el sentir del hombre para decidirse a renunciar a la vida y en los motivos de Jan para arriesgarse en semejante empresa aun siendo acrofóbico. Por eso al primer paso en falso de Jan, cuando estuvo a punto de caer, lancé un grito que me dejó por largo rato una risa sofocada y luego sentí vergüenza pues temí desconcentrar a los actores, pero no fue así (Aunque Héctor al final dijo que sí se sorprendieron, pues estábamos muy cerca de escenario, no se notó).
¡Qué diálogos tan maravillosos! ¡Qué sensibilidad! ¡Qué dulzura! Lloré. Me dejé sentir las lágrimas. Al final, como puntilla, fue el nombre del capitán: Carlos Ariosto. Creí le habían nombrado así después de la muerte de Carlitos, Héctor me dijo que siempre se usó ese nombre. Lloré… Lloré.

Muchas felicidades Roger, me encantó la obra, me encanta que sea tuya y la hayas logrado tan bien. Te mando un abrazo y mis deseos mejores. Sigue escribiendo por favor, para que podamos seguir disfrutando de tu ingenio.
Enhorabuena

Pilar Guillén
Tuxtla Gtz., Chiapas, México a 24 de Noviembre de 2024


Cartel "Acrofobia", noviembre 2024.
Cartel «Acrofobia», noviembre 2024.

Sobre la autora:

Pilar Guillén Figueroa. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México.

Autora antologada en el libro 8 mujeres (Editorial Tifón, 2019) y en Bruñir la palabra frente a la hoguera (Editorial Tifón, 2018). Cursó el diplomado «La literatura infantil, una puerta a la lectura», tomó talleres de lenguaje visual, lectura, interpretación lúdica de textos literarios, escritura narrativa, ilustración y encuadernación. Ha participado en diversos eventos como cuenta cuentos. Tienes estudios en enfermería y artes plásticas. Es alumna de los talleres literarios del maestro Héctor Cortés Mandujano.

Voces ensortijadas 253. No estamos solas. María Gabriela López Suárez

 
 Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

No estamos solas

A todas las mujeres víctimas de feminicidios.
A sus familias y amistades.

Irene cerró la aplicación de su red social en el celular. Se quedó un rato ahí, sentada, en el borde de su cama. Intentó tragar saliva y le costó, sintió más de un nudo en la garganta. Sintió que se ahogaba. No sabía si ir a tomar agua o correr hacia la ventana, abrirla, sacar la cabeza y gritar a todo lo que dieran sus pulmones.
         No pudo ni siquiera levantarse, sus piernas no lo permitieron, se soltó a llorar y dar de puñetazos sobre su almohada. Una de sus amigas de la infancia, con la que solía jugar en el barrio donde ambas crecieron, había desaparecido hace un par de días y esa mañana encontraron su cuerpo sin señales de vida, a las afueras de la ciudad.
         Pasaron quizá más de dos horas sin que Irene lograra levantarse, había llorado tanto que sentía los ojos casi cerrados. Solo quería dormir. A lo lejos escuchó que alguien tocaba la puerta del cuarto.
        —¡Irene, Irene! ¿Estás ahí muchacha? ¿Hoy no vas a ir a trabajar?
        Era doña Tina, la señora donde rentaba el cuarto de abonadas. Irene no tenía ganas de hablar, sentía desfallecer. Doña Tiña siguió insistiendo y al no tener respuesta, se preocupó tanto que fue por la llave para abrir el cuarto.
        Encontró a Irene acostada, le preguntó qué pasaba, si se sentía mal. Permaneció ahí hasta que logró que Irene se incorporara, tomara un poco de agua y le contara lo sucedido. Doña Tina se quedó en silencio, sus ojos se llenaron de agua, respiró profundo y abrazó a Irene. Ambas permanecieron en silencio mucho rato.
        —¿Por qué tanto odio a nosotras, las mujeres, doña Tinita? —preguntó Irene.
         Doña Tina que casi siempre solía responder a las dudas de Irene no tuvo la respuesta en ese momento. Se quedaron conversando sobre el incremento de los feminicidios, que las autoridades debían mucho a la sociedad, a las mujeres víctimas de feminicidios, a sus familias, que falta más por trabajar en temas que ayuden a tomar conciencia sobre lo que implica la violencia en sus distintas formas, que las mujeres necesitan denunciar antes estas violencias y también que es necesario escucharlas y atender esas denuncias.
        Doña Tina logró convencer a Irene que fuera a desayunar con ella. Mientras le preparaba un atole de guayaba y unas dobladitas de frijol, Irene buscó el número de teléfono de alguien de la familia de su amiga para ponerse en contacto.  Se detuvo un instante y agradeció estar con doña Tina, las redes de apoyo en la vida siempre son importantes, pensó. Luego cerró los ojos y con un halo de esperanza dijo para sí, NO estamos solas, no estamos solas.

   

Fotografía: Sina Rosas: https://www.pexels.com/photo/people-protesting-on-a-street-with-a-hand-written-banner-20626940/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 253. A mi lado. Héctor Cortés Mandujano

               
     Polvo del camino/ 253

A mi lado
Héctor Cortés Mandujano

Voy montado a caballo por uno de los caminos de El Ciprés, la finca donde nací. A mi lado, en corcel magnífico, va mi padre.
Me descalzo para cruzar el río en el camino polvoriento de la finca a uno de los pueblos cercanos. A mi lado, en igualdad de circunstancias, va mi madre.
Corro y juego en el patio enorme de la finca. Me quedo en las noches viendo el cielo lleno de estrellas. A mi lado están mis hermanos, mis primos, muchas niñas, muchos niños.
Caballos, vacas, culebras, árboles, cerros, cielo…
Todo eso desaparece.

Pasan muchos años y he andado muchos caminos. Pegada a mí, con su mano enlazada con la mía, viene Luisa, mi mujer.
No pasa mucho tiempo y aparece, del otro lado, con una mano pequeñita que ha crecido y ya es la de una muchacha, Nadia Carolina, mi hija.
Después, como cerezas del pastel de la vida, como corona de maravillas, vienen acompañándonos Jacobo y Camilo, mis nietos.
Y ahora, en estos días, en este momento, junto a mí, cerca de mi corazón, están todos y todas los de Candox, y ustedes, mis amigas, mis amigos, mi nueva familia.
Gracias por estar con ellos, conmigo, con nosotros tres.


[Leí este breve texto en la ceremonia de reconocimiento que el Instituto de Arte y Cultura Candox A. C. me entregó el 17 de noviembre 2024, en el Teatro de la Ciudad “Emilio Rabasa”, donde también homenajearon a Manuel Suasnávar, pintor, y a José Israel Moreno, músico. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]
   
Cartel «La divinidad del monstruo».




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

El tintero de Nadia. 13. Aedes aegypti. Nadia Arce

Aedes aegypti
Por Nadia Arce

Vampiritos inermes,
sublibélulas,
caballitos de pica
del demonio.

José Emilio Pacheco en "Mosquitos"


¿Quién diría, que un mínimo zumbido, puede ser el canto de la muerte?

¿Quién pensaría, que así se anuncia un dolor quebranta huesos?

¿Qué el portavoz minúsculo del terror tiene alas?

¿Quién podría creer que el verdugo más despiadado es así?

¿Él sabrá que contamina la sangre al grado de homicida?

¿Entenderá algo de su labor maligna, de su potencial oscuro?

¿Será lógico pensar que es natural su existencia macabra?

Yo lo sé.

Viernes 15 noviembre 2024
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https://www.youtube.com/@eltinterotallereditorial

www.eltinterotallereditorial.com.mx

*Sobre la autora:

Nadia Arce

Poeta, narradora, fotógrafa independiente, difusora cultural y editora.

Es fundadora y directora de El Tintero Taller Editorial, el cual ya cuenta con más de cuarenta
libros publicados desde poesía, cuento corto, autobiografía, novela y poesía.
Egresada el ITESO como Licenciada en Ciencias de la Comunicación. Es coordinadora de talleres literarios, impartidos tanto en su país, México, como en el extranjero; es fotógrafa independiente y creadora del proyecto cultural Mil Mujeres.
Ha sido jurado de numerosos concursos literarios, como el reconocido concurso internacional de cuento: Juan Rulfo.
Fue Coordinadora del Taller Literario Elías Nandino en Cocula, Jalisco.

Reconocimientos:
Premio International Latino Book Awwards 2024 (ILBA24) otorgado a la antología poética Vivas las queremos: Voces del mundo contra el feminicidio, en coautoría.

●Autora seleccionada en el Calendario Literario Tiempo de Mujeres 2022 y en la publicación anual del Encuentro internacional de Poesía “Víctor Campio” de Ourense, España (2022). Además de otras publicaciones colectivas nacionales e internacionales.
● Antologada en el Diccionario de Escritores en Jalisco (2020) y Diccionario de
Escritoras en Guadalajara (2019), referenciada en la Enciclopedia de la Literatura en
México desde 2002.
● Ganadora del prestigioso concurso Cuento Corto Punto de Lectura en el marco de la
FIL de Guadalajara 2002, convocado por la editorial Punto de Lectura y el Diario
Milenio.

Obra publicada:
En el corazón del arce (El Tintero Taller Ed., 2024); Cómo echar a volar mi pluma. Manual de escritura de El Tintero Taller Editorial (El tintero Taller Ed.), 2023; Barco de palabras para soportar naufragios (2022, El Tintero Taller Ed.);
Bitácora Encendida (2019, Ed. Prometeo); Rayado Personal (2017, Ed. Serpiente de Papel);
Fuego Azul (2016, Ed. El Viaje). Brilla Palabra (2007. Ed. Cabos Sueltos); Dondequiera
poesía
(2005, RAIA Editorial).

Disquisicionario. 10. La frágil brillantez del foco. Esteban Martínez Sifuentes.


La frágil brillantez del foco
Esteban Martínez Sifuentes

Recuerdos de la infancia, supongo que invaluables pues los estoy rememorando con nostalgia a punto de las lágrimas, no porque ya pasaron y son irrecuperables, sino porque involucran a seres entrañables ya fallecidos, que creo viene siendo lo mismo y más vale ir directo al grano como recomienda el dermatólogo.
Eran delicadísimos y había que tratarlos con sumo respeto, con cuidados casi de doctor o comadrona que levanta al cielo el nuevo ser como ofrenda a la vida y lo deposita al lado de la heroica mujer que lo acaba de parir. Se sacaban despacio de la bolsa del mandado, se desempaquetaban conteniendo el aliento y había que enroscarlos en su matriz, el socket, con ayuda de una silla o mesa apuntalada por varios brazos. No a cualquiera le permitían colocarlo, solo a los mayores o más sangre fría. No fueras a romperlo o, algo menos preocupante para los espectadores, quedarte “pegado”, electrocutado.
Creo que con bases verídicas (los focos eran preciados y delicadísimos, insisto), se erguía como valla electrificada la tajante prohibición parental de no activar el apagado-encendido varias veces seguidas, so riesgo de echarlos a perder, “fundirlos”, y el consiguiente castigo.
Despierto desde chiquillo, mi coetáneo primo Remigio vivía en el rancho que mi familia había abandonado años atrás para radicarse en una localidad mayor. Nosotros teníamos energía eléctrica, luz, él no. Cuatro o cinco de edad, un día por la mañana llegó de visita a casa con sus padres, descubrió en la sala-dormitorio el foco, con la mirada siguió el cable hasta el interruptor, acercó una silla y se puso a activarlo una y otra vez con los ojos arrobados hacia la irradiación que obedecía la voluntad de su mano. Observándolo con escandalizado-pasivo interés, confieso que me sentí orgulloso, en zancos. Yo contaba con el asombro de la luz y él no. Reconocí aquella soberbia en otros y en mí mismo cuando fui a laborar a Estados Unidos. Allá cualquiera se cree con derecho de sentirse superior por cualquier cosa, por nada, así opera el mecanismo.
Su filamento incandescente, protegido por una delgada cáscara de vidrio o ampolla en forma de pera (creo que no existían de otros), era el foco de atención, mientras no se fundiera o se interrumpiera el fluido eléctrico, que era muy frecuente. Hay personas y objetos que refulgen por su ausencia, y el foco lo hacía incluso cuando se iba la corriente.
─A ver a qué hora reaparece esa maldita luz, no puedo leer el periódico.
─Paciencia, Melchor.
─Mamá, ¡tengo un resto que estudiar y no viene!
─Usa una vela, hijo, en la alacena hay varias. Pero coge de las cortas no de las largas, que son para el altar a San Francisco.
Y el hijo, efectuando una rapidísima ecuación gasto de energía requerido para ir a la alacena + encontrar el objetivo corto + los cerillos y además afianzarla en su mesa sin provocar un desastre = exclamaba como si ella fuera una inconsecuente: “¡Mamá, no es lo mismo!”
Sinónimo de hallazgos e ideas brillantes, la citada ampolleta o bombilla fue durante un siglo el solecito nocturno que fue alargando nuestras horas de vigilia y restándole misterio a las radionovelas (radio de pilas) e intimidad a las charlas en la sala hogareña o los centros de reunión colectivos. Es una opinión, hay otras que indican que hizo al mundo más activo y menos sórdido. Ahora, para amenguar el robo de casas, coches o la violencia contra las mujeres, hay profusa iluminación en las calles urbanas a lo largo de la noche; los delitos, empero, no disminuyen.
Por lo menos la iluminación electrificada nos liberó del hollín y los gases de la vela y la lámpara de petróleo o aceite, quinqué o mechero, que se concentraban en los espacios cerrados y apestaban la ropa. Las luces artificiales de ahora contaminan casi igual, pero ya no en nuestra propia casa. ¿Un logro?
Antes las bombillas eran casi las únicas que coloreaban la grisura, al presente disponemos de infinidad de alternativas, leds, diversos gases, las que se apagan o encienden al paso de un humano o un perro callejero, con una palmada o dos, a distancia, con la fuente dirigible, con efectos, de múltiples formas, tonos e intensidades, ocultas en el techo, el piso o quién sabe dónde. “Sistemas de iluminación” les llaman. Todas requieren, no obstante, de otro prodigio que debemos revalorar, aunque parezca ubicuo e ilimitado: la electricidad, de alto impacto ambiental en su producción, distribución, almacenamiento y despilfarro. La “ciudad de la juerga permanente”, Las Vegas, es el summum de eso.
Siempre dispuesto a mejorar las invenciones de otros, Edison, con alguno de los semiesclavos a su servicio, la perfeccionó y se alzó con las primeras ganancias de su comercialización, allá en los penúltimos decenios del XIX. Revelador de la necesidad de luz en nuestras vidas es el verbo inglés to focus, que significa por igual (grados de más o de menos como todos los sinónimos y traducciones) “centrarse”, “poner atención”, “enfocar con la cámara”, “exhibirse”, “iluminar” algo. Elocuente, la etimología latina también arroja su rayito esclarecedor. “Foco”: hoguera, hogar, fuego hogareño, aunque iluminara también el patetismo de la desesperanza en una cantinucha al amanecer, como en The Iceman Cometh del dramaturgo Eugene O´Neill.
Emparentado con la bombilla eléctrica, sobre el juego de luces y sombras reales e imaginarias que llegan a desquiciar y consentir la mentira, es obligado colar la cinta “Luz de gas” (George Cukor, 1944); en su origen una obra de teatro, ha dado nombre a un abuso psicológico (gaslighting) en el que se orilla a alguien a cuestionarse su propia cordura. Manipulación de la luz.
Parece novela de conspiraciones tipo Dan Brown o así, es veraz: existió un grupo delictivo para controlar las bombillas. El cártel Phoebus lo crearon, entre otras, las empresas europeas Osram y Philips y la estadounidense General Electric en 1924 para mangonear la fabricación y venta de focos. Uno de sus principales acuerdos era que las bombillas no debían durar más de mil horas (42 días aproximados si permaneciera encendida las 24 horas). Dicen que desapareció tras la Segunda Guerra Mundial; sospecho que aún conspira y continúa diversificándose con el seudónimo de “obsolescencia programada”, esto es, consumismo y mayores dividendos para los oligopolios. En el cuartel 6 de bomberos de Livermore, California, perdura una bombilla encendida desde 1901; fue fabricada por una honesta compañía de Ohio sumergida en la oscuridad hace añales.*
En esta época quizá sea mejor, mera sugerencia para descentrarse de la aguerrida cotidianeidad, ir a platicar a las montañas libérrimamente, solo o con los allegados, a los únicos resplandores de la titánide Selene de cabellos plateados y las luciérnagas o cocuyos. O, con moderación porque también contamina, al amor de una fogata y si acaso media botella de tequila o lo que os apetezca.


*En Afinidad Eléctrica, “El cartel Phoebus”: https://afinidadelectrica.com/2020/04/29/el-cartel-phoebus/
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Contacto:

En facebook: Esteban Martínez

*Sobre el autor:

Esteban Martínez Sifuentes

Ensayista, narrador.

Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.

Obra publicada:
Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.

Voces ensortijadas 252. Los letreros en lo cotidiano. María Gabriela López Suárez

 
Voces ensortijadas 

María Gabriela López Suárez

Los letreros en lo cotidiano

Marcela revisó su reloj, eran las 8:35 de la mañana, había quedado de pasar a traer a Lourdes y a Juan, sus colegas en la tienda de productos de plástico donde trabajaban. Vivían cerca de la casa de ella. Los sábados tenían como hora de entrada las 10. Estaba en tiempo para desayunar.
     Se recogió el cabello en una coleta y se fue directo a la cocina. Se preparó un licuado de leche con tazcalate y le apeteció degustar una torta. Revisó ingredientes, tenía bolillos, pollo con verduras y unas rodajas de chile en escabeche. En unos minutos tenía la torta preparada y la desayunó rápidamente.
     Al salir de casa tomó el camino más corto para pasar por Juan y Lourdes. Vio nuevamente la hora, 9:15. Apresuró el paso, agradeció que el día estaba nublado, eso le ayudaba a caminar sin fatigarse tanto. En el trayecto puso especial atención en los distintos letreros que había en los comercios, en puestos de comida ambulante y afuera de algunas tiendas.
     El primer letrero que llamó su atención fue el de una cocina económica: "Se solicita empleada responsable". Se quedó pensando si era necesario especificar tanto. Más adelante pasó un adolescente con un triciclo, el letrero que llevaba era: "Se vende tepache". En unos locales de la siguiente cuadra estaba un escritorio público: "Se hacen trabajos urgentes". Frente a la acera del escritorio público había un local de arreglo de zapatos, tenía en la parte de afuera un par de dibujos de zapatos con su respectivo letrero: "Así llega, así sale". Antes de que pudiera distraer su atención, la captó el letrero colgado en la entrada de una tienda de productos lácteos regionales: "Del campo a tu mesa".
     —¡Wow¡ No me había percatado de lo importante que son los letreros en lo cotidiano —dijo para sí Marcela.
     En su mente comenzó a recordar cuando inició leyendo en la primaria, le gustaba ir intentando leer en voz alta los letreros que estaban en las calles. Cuando salía con su mamá o su papá, además de preguntarles cuando no le entendía a algo, iba deletreando las palabras que entendía. Era como una especie de descubrir un mundo nuevo, eso le motivaba. ¿En qué momento había olvidado el sentido de asombro ante las palabras escritas que hay alrededor? Ella se dio la respuesta, al crecer y dejarse envolver en el ajetreo cotidiano de la gente adulta. Se sintió muy afortunada y agradecida de poder leer y escribir, aunque solo había podido terminar el bachillerato, le gustaría continuar estudiando. Sonrió de solo imaginarlo.
     Por tercera vez en la mañana verificó el reloj, eran las 9:35 y estaba a unos cuantos pasos de llegar a casa de Lourdes y Juan. Mientras tocaba el timbre de la casa nuevamente se sintió atrapada por un letrero en una tiendita de abarrotes: "Se vende mole, en bote o en bolsita, solo sábados y domingos". Su mente ya estaba asociando el mole con unas ricas enchiladas cuando el saludo de Lourdes la tomó por sorpresa.
     —¡Hola Marce! ¡Tan puntual como siempre!


Foto de Fernando Gomez Cortes (Torta mexicana): https://www.pexels.com/es-es/foto/pan-comida-sandwich-aguacate-14911455/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 252. No hay nada que hacer. Héctor Cortés Mandujano

               
Polvo del camino/ 252

No hay nada que hacer
Héctor Cortés Mandujano



¡Adiós a todos! ¡Nos veremos en la orilla del jamás!

Hart Crane (estadounidense, 1899-1932)/ Rubén Rivera

Rubén Rivera ganó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2021 con el libro Sendero de suicidas (INBA et al, 2021), que poetiza las muertes decididas de muchos y muchas poetas. Los capítulos aluden al arma o la forma con que decidieron quitarse la vida: bala, agua, soga, gas, veneno, barbitúricos, anhídrido carbónico, raíles, vacío y diversos.
Dice Rivera en “Poesía y suicidio” (p. 13): “Antes de matarse, el suicida piensa en quitar una pieza del rompecabezas, una pata de la silla, un grano de arena que descomponga el reloj […] los más perfectos suicidas son aquellos que aman la vida y se matan para no desperdiciarla en un mundo tan vulgar y mediocre que adora las flores de plástico, la presunción del éxito que da el dinero y el arte colgado en las bóvedas de los millonarios…”.
Vladimir Maiakovski (ruso, 1893-1930) se mató con bala. Dice Rivera como si fuera aquél (p. 22): “Lo difícil no es morir, sino seguir viviendo”. Marina Tsvetáieva (rusa, 1892-1941) lo hizo con soga (p. 45): “Brilla la luna y me ahorco”.
Jorge Cuesta (mexicano, 1903-1942) también con soga (p. 47): “poesía, ¡oro de tontos!”.

El poeta siempre es deudor del universo

Mayakovski

Leo Poemas esenciales (Salvat, 2023), de Mayakovski (respeto las dos formas de escribir el apellido), selección de Jesús García Sánchez y traducción de José Fernández Sánchez. Dice en “Balada de la cárcel de Reading” (p. 49): “Quiero a los animales./ Ves un perrito,/ aquí, junto a la panadería hay uno,/ no es más que calvicie,/ estoy dispuesto a sacarme el hígado”.
Escribe en “Para el aniversario” sobre las posibilidades de decir un poema (p. 55): “Por ejemplo, esto/ ¿se dice o se berrea?”. En “Verlaine y Cézanne” dice (p. 72): “El poeta,/ como puta barata,/ se acuesta/ con cualquier palabreja”.
Las líneas que Rubén Rivera recreó en el poema citado arriba son las últimas de “A Serguei Esenin” (p. 91): “En esta vida/ morir no es difícil./ Mucho más difícil/ es hacer la vida”. Serguei Esenin (1895-1925), también ruso, también poeta, dice el pie de página, “se cortó una vena para escribir un verso y después se ahorcó. El verso decía: ‘En esta vida no es nuevo morir, pero no es más nuevo morir’ ”.
Dice Mayakovski en “Vladimir Ilich Lenin” (p. 130): “Es pobre/ el taller del lenguaje/ del mundo”.
La página 166 resume: “El 14 de abril de 1930, el poeta pone fin a su vida de un disparo de revólver”. Escribe una carta que dice al final: “Estoy en paz con la vida. No vale enumerar dolores, desgracias, ofensas mutuas. Vladimir Mayakovski. Seguid felices. 12-4-30. Camaradas del VAPP, no me consideréis pusilánime. En serio, no hay nada que hacer. Saludos”.
         




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Trabajo en alturas. 42. Invocación de náufrago. Roger Octavio Gómez Espinosa

La Asociación de libreros de Guadalajara A.C.


Invocación de náufrago
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

“...escribo como una invocación del náufrago a mitad de la noche” (p. 17) dice Gonzalo García Flores y arranca con la narración de un naufragio en el que cada miembro de una embarcación llamada familia nadó hacia la isla más próxima en el archipiélago de la ciudad.
Un viaje homérico que emprende una familia que nace de una “Eva madre ofreciendo su tierra incendiaria, surco entre primavera y abril, donde la semilla tuviera vida” (25), a José María, un Odiseo que arrastra consigo, en un periplo que él no terminará por que no habrá regreso a su Ítaca, el anhelo por un pueblo llamado Tlacuache. Un viaje que, a pesar de una abrupta interrupción dada por seis balas, sigue para quienes descienden de aquella unión.
Seis balas resuenan aún en la Guadalajara de Gonzalo, y que reverberan más allá de su recuerdo, las que mataron a su padre, José Ma., quien murió en una ciudad hosca, siempre con la esperanza de volver al lugar donde recordaba haber sido feliz, al mundo rural donde dejó su primera juventud.
Este escritor nos revela no sólo su vocación narrativa, también su conocimiento de los designios cabalísticos del universo, uno que fue duro, pero que quizá sea justo y equilátero si el nacimiento de Gonzalo García, “concebido en abril, nacido en enero, desencarne un día viernes” (34).
Hay en su Crónica un ejercicio de sinestesia donde se revelan, en los recuerdos, colores, sonidos, sensaciones y aromas de un campo lejano: “Aún tengo en mi oído y olfato el sonido y aroma desprendido, a que huele la alfalfa en flor.” (39) “...un espectáculo de sonidos, color, platica y risas de la abuela con la tía” cuando habla de las labores para desgranar mazorcas. Quien haya ejercido esos oficios tendrá también en su memoria algo muy parecido a lo que nos hace recordar García Flores en sus escritos.
Un borrico, un patín del diablo rojo y una bicicleta parecen ser el crisol de las tres etapas: seis, nueve y quince años, que abarcan estas crónicas que revelan la evolución del niño quien “no sabe pensar, descubre, observa, pregunta, mete las manos en el fuego, husmea, va y viene sin preguntar por dónde…” (63). Que cruza por la vida y soporta la orfandad paterna vaciándose de lágrimas: “Lloré tanto que, en la muerte presencial de mi vieja, treinta y siete años después, no lo pude hacer.” (159
Gonzalo, quien ha ejercido, según su semblanza, treinta y tres oficios, nos narra, en su quehacer de literato, su testimonio como miembro de una familia que tuvo que migrar del campo a la ciudad. Mas rescata no sólo sus recuerdos, también los de quienes vivieron en los suburbios de la gran ciudad, que en su libro se sitúa, “de la calzada pa´llá”, en gran parte en la Guadalajara de los años 70 del siglo XX, pero que puede ser la historia de cientos de familias que cursaron por destinos paralelos y similares.
Yo soy un hombre del sur y me hermana con este escritor del occidente el origen rural de mi memoria; la nostalgia constante por el campo que me hacía añorar un hogar campesino que no recuerdo, el registro constante del mundo en la evocación, la lucha por demostrar que leer no es de flojos y de que las balas reverberan más allá de las generaciones que la escucharon. A mi abuelo materno lo mató una bala que reverbera en mi destino desde que mi madre conoció la orfandad a sus escasos cuatro años de edad.
Dice Arturo Jara Santa Cruz, escritor quien prologa la edición que hoy presentamos, que Gonzalo nos presenta retratos de familia, similares a aquellas que se cuelgan en los muros de las casas, pero con la gran diferencia de que estas son “formadas con palabras, que van poniendo cuadro a cuadro los pasos de una familia” desde que sus padres apenas intuyen en la sangre que los hizo unirse para colocar “la piedra angular de una nueva estirpe”.
Crónica de seis, nueve y quince años. Lo cuento todo, de Gonzalo García Flores, me parece, más que una crónica, una novela excelente, con una voz narrativa bien definida, nítida, que hila recuerdos claros con memorias que amenazan con difuminarse por el paso del tiempo o por los mecanismos de defensa que niegan, a la evocación, el recuerdo de realidades que marcaron a sus moradores.
Me quedan tantas imágenes con estas crónicas que hoy, al recorrer las calles citadinas de barrio tapatío, puedo ver las casas, las caras de la gente y barullo que presenciaron los ojos de este escritor. Un verdadero mapa, un ejercicio cartográfico. Es quizá por esto que concluye Gonzalo García Flores, el que se asumió al principio como náufrago: “Escribo para ver si la cartografía que siguieron desde su nacimiento José Ma. y Aurelia, nos sirve a nosotros…”

Tonalá, Jalisco, México, noviembre de 2024.

[Texto leído para la presentación del libro Crónica de seis, nueve y quince años. Lo cuento todo, de Gonzalo García Flores en el marco de la XIV Feria del Libro Antiguo y Usado de Guadalajara, 2024.]




La Asociación de libreros de Guadalajara A.C.
La Asociación de libreros de Guadalajara A.C.

*Sobre el autor:

Roger Octavio Gómez Espinosa

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México, 1974.

Tiene el grado de Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM y Máster en Creatividad Literaria por la Universidad de Salamanca, donde se graduó con mención honorífica.

Autor de Acrofobia (Tifón, 2022); La lluvia en las hojas del platanar (Ediciones Animal, reeditado por Kolaval, España); Soltar las riendas (2019, Tifón). Anhelo de reposo. Antología poética (Coordinador editorial, Tifón, 2019). Bruñir la palabra frente a la hoguera (Autor antologado, Tifón, 2018). Mamá no va a llamar (Tifón, 2018).

Su cuento El rostro de marina, obtuvo dos primeros lugares en su adaptación radiofónica en la Tercera Convención Internacional de Radio y Televisión 2018, Varadero, Cuba.