Voces ensortijadas 146. Flores de lechita. María Gabriela López Suárez

Flores de lechita

Por Maria Gabriela López Suárez

Doña Agustina y don Adolfo se estaban preparando para ir al mercado, debían comprar los productos para poner el altar en honor al Día de muertos. Era una tradición que tenían desde sus antepasados. 

—¿Llevás la morraleta grande Tinita? Aquí tengo otra bolsa mediana.

—Sí, ya la tengo apartada, gracias por decirme, luego se me olvida.

Se escuchó que abrieron la puerta de la entrada y luego unos pasos.

—Buenos días, ¿ónde es que van ya?  —era Mónica, una de sus hijas. 

—Buenos días, que bueno que vinieron. Vamos al mercado hija, te olvidaste que ya casi estamos en Todos Santos y Día de los fieles difuntos. ¿Quieren venir con nosotros? —dijo doña Agustina.

Mónica iba con Alejandrina, su hija de 10 años, quien se acercó a saludar a doña Agustina y don Adolfo. La niña apenas escuchó la invitación respondió:

—Yo si quiero ir abue, ¿me dejas mamá?

—Cuándo no, la pata de chucho luego se apunta. Tus abuelitos no van a llevar carro, hay mucha gente, tendrás que caminar —señaló Mónica para ver si Alejandrina desistía pero no lo logró. 

—Si camino, no me voy a quejar, ándale mami, déjame ir.

—Ve pues y te portas bien. Ayudas a tus abuelitos a cargar las bolsas. Me avisan cuando regresen. Se van con cuidado.

Los tres emprendieron la caminata al mercado. Alejandrina había visto cómo montaban cada año el altar sus abuelitos, le gustaba ayudarles y solía preguntar sobre la comida, los dulces, las bebidas que ponían, cómo lo decoraban y se había aprendido los nombres de sus tías y tíos fallecidos cuyas fotos colocaban en el altar para honrar su memoria.

El mercado estaba lleno a más no poder, afuera, en las calles aledañas había muchos puestos de vendedores ambulantes, se veían las ventas de dulces de calabaza, camote, higo, yuca, empanizado de cacahuate, los dulces tradicionales de día de muertos elaborados con azúcar y decorados con colores rojo y verde. No podían faltar los panes y la delicia de Alejandrina, los dulces garapiñados de cacahuate, envueltos en papel china de vistosos colores.

Dentro del mercado estaban a la venta las diversas frutas de temporada, destacando la mandarina, naranja, caña, limas, además de los tamales en sus distintos sabores. Don Adolfo y doña Agustina hicieron las compras de las frutas y encargaron a Alejandrina hacerse cargo de los garapiñados. Ella se dio gusto eligiendo envolturas de todos colores.

Solo les faltaba comprar las flores, adentro no había venta. Al salir, lo primero que se escuchó fue:

—¡Flores de lechita, lleve sus flores de lechita, de flor de coyol, de musá! ¡Lleve su juncia! —Era un niño, un poco menor que Alejandrina, quien a todo pulmón gritaba para llamar la atención de los clientes.

—Mirá Tinita, hasta cuándo veo que vendan estas flores de lechita ¿y si llevamos flores de musá, de lechita y juncia? —preguntó don Adolfo.

—Sí Adolfo, se ven muy frescas las flores y luego vamos por unas margaritas blancas que vi de aquel lado. Ya solo nos falta el carbón, el estoraque y el ocote. Vente Alejandrina, no te quedes atrás.

Alejandrina no dudó en preguntar por qué se llamaban así las flores, no recordaba esos nombres, mientras sus abuelitos le explicaban se dirigieron al otro puesto de flores y compraron lo pendiente.

Una vez adquirido todo lo necesario hicieron un repaso de la lista, para cerciorarse que nada se les olvidaba. Tenían todos los ingredientes para el altar, así que regresaron a casa, cada quien con sus bolsas.
 
Alejandrina iba bien contenta, era la encargada de llevar los garapiñados y algunas flores, estaba segura que el altar quedaría muy bonito.  A lo lejos seguía escuchando la voz del niño que vendía flores.

—¡Flores, flores de lechita, lleve sus flores de lechita, flores de coyol, de musá!


Fotografía: M. G. L. S.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 29. Crónicas 5. Antonio Florido

Crónicas (5)
El presidente
Por Antonio Florido


Alcanza la belleza. Cruza ahora la ventana entreabierta del despacho. Ella es. La veo en silencio. Deambula de acá para allá, se muestra como la coqueta de la casa. Mira distraída alrededor y busca algún signo de desesperación, quizás una mirada perdida más allá del horizonte finito y alcanzable de la enorme pieza decorada. La perfección es el anticipo de la tragedia. Todos parecen intuirlo. La gente del pueblo transita por las calles capitalinas y avanza silenciosa por los caminos secos del país, pero el Presidente todavía no se ha dado cuenta de nada. O tal vez cierra su boca mascando una bola que no pasa. 
         El anticipo intenta embellecer con una capa de dulzura los primeros suspiros de la mañana. El sol ha asomado por encima de los tejados altos, ilumina cándido y con un pudor inefable lo que más tarde arderá bajo sus rayos feroces. El hombre deambula perdido en su propio yo. Busca la respuesta a tantas noches en vela. Piensa en el destino de su familia, en lo que sucedería con ellos si él desapareciera. Se cree inexpugnable e imprescindible, como tantas almas de esta tierra que les nacieron para arrugarse, sólo por ese motivo, pero él observa sus pies desde arriba, atrapando a un futuro que se aproxima con una lentitud exasperante. 
         ¿Van Gogh?
         ¿Cézanne?
         ¿Un lienzo manchado de manera arbitraria por una mano dubitativa ansiosa de hallar la verdad oculta de sus miedos? 
La culata plegadiza del arma no deja de intimidarle. Ambos permanecen en silencio, pero se observan, en un acto perverso de quién tomará primero las riendas.
          Por la ventana, de grandes mochetas y finos tules de maravilla, se oyen pasos lentos y veloces, alguna bandera que flamea, el grito de un pajarillo que de pronto ha comprendido que se quedó perdido en medio del denso aire de la Plaza, huérfano.
           El Presidente sonríe al pasar frente al espejo. Ha visto su cuerpo adornado con la máscara que nunca quiso. Alguien se atreverá, piensa. Luego tuerce el rostro y se coloca de perfil, postulando una efigie altanera. Baja la cabeza y se toca los ojos con las yemas de los dedos aviejados por el roce de tantos papeles y firmas. Se siente cansado. Al otro lado de la enorme sala hay un sofá atrayente. Se acerca y apoya su espalda sobre el carmín de terciopelo. Desde el asiento gira su cuerpo y toma con la imaginación, entre sus innumerables estantes, a su querido Gotfried.
Lee: «¿Quién se encuentra consigo mismo? Sólo pocos y, además, solos.»
          La rabia de mi siglo me oirá desde el infinito, cuando mis huesos ya no sean. El polvo habrá de surgir para gritar la agonía que mi pueblo no merece. Los muy inocentes han pedido lo que nunca les podré dar: Mi vida entera y orgullo, el tiempo que me queda, mis fuerzas en declive, las ilusiones de cuando aquello no era más que un horizonte desleído, el amor de mis hijas… Pero no entienden que la soledad es la fuente de mi tristeza y de mis alegrías. Todo lo pude con ella. Rodeado de sonrisas, mi aislamiento me hablaba las verdades que no vienen en los libros, la indiscutible hondura de un alma, la huella profunda del paso de un hombre sobre eso que llaman la Historia. Sí, eras tú, mi amado desierto, el que procuraste los hallazgos más brillantes. Sólo el silencio, antítesis de todo, crea. Lo demás es puro negocio de la materia con ella misma, conjeturando realidades que duran lo que duran: Nada. Como ese gritito del ave que todavía descansa en el seno del aire, perdido, buscando a su madre que vuela y vuela, en lo alto del cielo.
          Soy un verdadero artista. Como dijo aquel (señaló otro de sus libros): «Simplemente un solitario de mí mismo.»
         La mañana creció sin darse cuenta. Ha pasado otro minuto eterno. El vendedor alza su brazo y alguien toma el papel, deposita una moneda en la mano libre del joven y comienza a leer con la necesidad del ignorante. Busca noticias. Se rumorea que hoy es el día señalado. Luego alza la mirada hacia la gran ventana del centro, observa con deleite la fachada sobria y larga, los guardias que custodian la entrada, la simetría embriagadora. Sopla sobre la Plaza una ráfaga de amor muy bello. La madre de todos los pueblerinos que han viajado desde las distintas provincias para asistir al turno y a la masacre. Ahora es el momento de gozar del mutismo que reina. Mejor hacerlo sentado en una terraza cercana, con un café como Dios manda.  A sorbos, muy despacito, sin dejar de clavar los ojos en el cielo claro que pronto se llenará de un humo grisoso. 
         El Presidente llama a sus servidores. Aparecen dos muchachos ataviados con sus uniformes castrenses. Se colocan rectos, saludan con la marcialidad aprendida en los cuarteles. Son conscientes de que la labor de hoy será la más importante de sus vidas: Servir a un hombre perdido y confuso. Le notan al Presidente la sombra bajo los ojos, el aislamiento y la tristeza, la amargura porque la vida se le escapa y no sabe cómo salir del laberinto. Recuerda que Bacherad le dijo que en el hombre todo es camino perdido, pero escupió sobre sus propios recuerdos, maldiciendo esas palabras.
         Los guardias se alteraron, creyendo que su Presidente había perdido la cordura. Luego invadió la sala una calma tensa.
           El Presidente les ordenó con el reverso de la mano, con una humildad pudorosa. Al poco le sirvieron el desayuno sobre la propia mesa presidencial, apartando los montones de papeles y trastos. 
          «No soy un criminal, ni un místico que busca la salvación al precio que sea. La piedad que siempre sentí puede ser una muestra del ego que me come, como la obscenidad que noto cuando firmo algún Decreto en contra de mi gente, un gesto desaprensivo.»
          ― ¿Es que te crees indispensable? ¿El único ser capaz de salvar a todo un país? ¿Omnipotente, acaso?
El Presidente derramó la taza de café. Había creído oír unos insultos a su propia compostura. Se levantó y buscó por todas partes. Quedó en silencio, esperando, luego caminó muellemente sobre la alfombra, quiso callar el crujido de la madera. 
          ―Chicho, ¿no me ves? ¿Te dejaste los ojos en la esperanza de que todo seguiría como siempre? ¡Pobre desgraciado! 
El Presidente se apretó la cabeza con las manos, creyendo que la locura era eso, las voces que clamaban en sus oídos. Estaba solo. Lo sabía. Pero tal vez debería buscar en los aposentos de Bea. 
         ― ¿Has sido tú? ¡Dime! ¿Lo has oído?
Beatriz se levantó, sostuvo su abultada barriga con el temor de sus manos, miró a su padre y comenzó a llorar. La joven intuyó que su amado padrito se le iba.
          El cielo se cerró de golpe. Nubes y nubes, ráfagas de ira y desgracia, copas enhiestas que comenzaban a claudicar en los ribetes de la Plaza. 
          El Presidente abandonó el costurero y corrió al salón. Mostraba un semblante engreído y serio. Temía lo por venir. Lo sospechaba. La Junta hablaba a varias cuadras, pero él era fino e intuitivo. Recordó el último gesto del General.
          ―Dime, fantasma de mierda. La cagué cuando te puse en lo alto. Ahora lo entiendo. El pueblo no necesita tus hombres ni las armas. Es una locura. Por eso atraes. Tu encanto de loco se corre como la pólvora. Te conozco. Sé que buscas tu propia catarsis. Por eso muestras el lado torcido. La originalidad. ¿Entiendes? Todos desean las palabras dichas, la tranquilidad del que manda. Nadie anhela fundar un pensamiento, porque el acto creativo duele, y nadie ama el dolor, salvo los delirantes como tú.
           El General miró su reloj de pulsera. Sonrió levemente, disimulando una caricia sobre el bigote.
           ―Habla lo que quieras. Has perdido el norte y el agua del remanso se está alborotando. Oigo las cascadas de la cordillera. Llegan sinuosas por los cortados. Corren veloces formando unas abras que jamás existieron. La voz en alto gusta. Tú lo entiendes. Sí. 
           ―Nunca me gustaron las metáforas. Ramón dijo que la plebe alucina con ellas. ¿Será porque no las entienden? Si tomasteis la decisión, ¿a qué esperáis? 
           Imaginó un asalto y un fusil en el pecho, con algún militar incompetente que no se atrevería a disparar. Confiaba en la altura de su carisma, pero la plata se la llevaban y el pueblo pasaba hambre. El pan es el motivo de casi todas las revueltas. Se acordó del moderno Esquilache y de la Rusia moribunda. La hambruna cierra los puños en las gargantas, derrumba cancelas y portones, asesina en nombre de la conciencia. Desea la muerte y el poder para alimentar a sus hijos. Tal vez esa sea la clave de todo misterio: Los hijos. 
           ―Bea, debes ir con tu madre. La he llamado. Te espera. Allí estaréis a salvo. 
           ―Padre, ¿tienes miedo?
           El Presidente estaba aterrorizado. Por no ver más a sus hijos ni a su mujer, ni a sus hombres, por no poder oler de nuevo la madreselva que se va formando cuando llega la primavera, por esa blancura, crujiente y fría, que se hunde levemente cuando la pisas, allá en los altos. 
           ―Tu padre no conoce eso, nenita. Sólo me duele el ridículo que algunos se afanan en pintar en un lienzo que nadie comprende. 
           Apartó la mirada porque las lágrimas empujaban con fuerza. Beatriz lo imaginó y volvió en silencio a la salita de estar. Pensó en el retoño que iba creciendo en su cuerpo y luego en su mamita. Hortensia, Tomás Moro, la calle larga, el coche en la puerta, los ayudantes que le sujetarían la mano por si acaso sucedía alguna desgracia. Los privilegios de los que su familia gozaba. 




Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Nota muerta. Calaveritas 6. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Gil Zepeda
Por Maclovio Fernández

Gil Zepeda, “El poeta de lo breve”

Ducho en el verso conciso
del poema hizo la finta
con la locución sucinta
y el enunciado preciso.

Sobrio y parco, evitó el uso
del circunloquio confuso,
y fue su escueto mensaje:
”el haikú es largometraje”

Afecto a la cortedad
su epitafio fue tajante:
”Parca, óbito, oquedad…
espíritu trashumante.”


Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Nota muerta. Calaveritas 5. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

El del moño colorado
Por Maclovio Fernández

El de moño colorado
Al diablo
Lo encontró muy enojado
allá donde se escondía
echando una letanía
porque lo habían sentenciado.

Le reclamó a la calaca:
“siempre estuve de tu lado,
¿por qué me condenas?, flaca,
no me chingues, soy tu aliado”.

No se concedió el indulto
y hoy, en el panteón local,
hace un calor infernal
donde “el Diablo” está sepulto.

Se lamentó el Sombrerón,
Tisigua y la Tichanila
que, entre tragos de tequila,
lloran allá en el panteón.

Y entre moqueo y lamento,
se escuchó la voz del mal:
“regresará en un momento… 
Lucifer es inmortal”.

Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Nota muerta. Calaveritas 4. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Coronavirus
Por Maclovio Fernández

Próximas las calaveras,
el coronavirus nos pela los dientes

Los pobres son inmunes al coraonavirus: ¡He dicho!, 
Barbosa resolvió por decreto inédito que los pobres 
son inmunes al Covid-19.

Fue una fácil solución la de lanzar, a los cuatro vientos, 
la tonta declaración con carácter de ordenanza, 
dictamen, orden o bando que absuelve, válgase la rebusnancia, 
al pueblo poblano de sufrir coronación, 
pues esa es la decisión que se tomó sin mucha prisa 
en el despacho del mandamás poblano.


¡Qué corona se carga el virus!
Declaran con impaciencia
quienes mandan las comarcas
que no se requiere ciencia
pa´ derrotar a la Parca.

Que ya el virus coronado,
por decreto del gobierno
al fin será destronado
e irá a parar al infierno.

Lo gastado en medicina
vino a resultar un robo
pa´ combatir a lo bobo
lo que nos llegó de China.



Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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Nota muerta. Calaveritas 3. Maclovio Fernández

Especial Día de Muertos 

Doña Beatriz
Por Maclovio Fernández

Feneció Doña Beatriz
y antes de ser alma en pena,
organizó una verbena
haciendo al pueblo feliz.

Ya no será puntalanza
y el PRI sufrirá por eso
pues su político peso
podía inclinar la balanza.

¡Murió la yegua rolliza!
y en este hecho se destaca
que competirá en la liza
pura caballada flaca



Maclovio Fernández

Las Calaveras o Calaveritas, son una tradición mexicana que convive con la de Día de muertos y que consiste en la construcción y versificación de "epitafios" dedicado a personajes vivos, relevantes del ámbito público, de la política o, simplemente, del hijo del vecino. El ingenio y la picardía mexicana efatisado con un coqueteo con "la muerte" vuelta personaje ha sido motivo de basta literatura, de estudios antropológicos y de diversas materias. Este mes estaremos presentando Las Calaveras de Maclovio Fernández.
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