Polvo del camino/ 63

El ruido del tiempo


Héctor Cortés Mandujano

La muerte es la curva del camino

Antonio Tabucchi,
en “El pequeño Gatsby”




Soy un lector asiduo de Antonio Tabucchi (1943-2012). El primer libro suyo que leí (Sostiene Pereira), me encantó, y después seguí con La cabeza perdida de Santiago Damasceno, que también me gustó mucho; luego he perdido el orden y la cuenta: Autobiografías ajenas, El ángel negro, Réquiem…
Leo ahora su colección de cuentos El juego del revés (Anagrama, 2016, con traducción de Carlos Gumpert), pero me referiré en particular al cuento “Voces”. Trata de una mujer que recibe mensajes telefónicos de ayuda (una especie de 911 italiano, supongo), a quien un día llama un hombre que repite “Ya no puedo más, ya no puedo más, ya no puedo más”.
Me gusta el modo redaccional en que se presentan. Él dice (p. 140): “Me llamo Fernando, pero no soy un gerundio”.
Dice la narradora: “Es siempre una norma aconsejable apreciar las ocurrencias de quien llama, revelan el deseo de establecer un contacto, y me reí. Le contesté que yo tenía una abuela que se llamaba María, pero que no era una condicional; y también él se rió un poco”.
En la charla que sostienen, él le pregunta si conoce (p. 141) “el sonido del tiempo. No, dije yo, no lo conozco. Pues bien, siguió él, basta con sentarse sobre la cama, durante la noche, cuando uno no consigue quedarse dormido, y permanecer con los ojos abiertos en la oscuridad, y al cabo de un rato se oye, es como un mugido en lontananza, como el aliento de un animal que devora a la gente”.
La vida de la narradora, que debe dar consuelo a los demás, tampoco está llena de dicha, por eso lo que este hombre le cuenta la pone tan receptiva. Le dice él que vive en una casa de muebles antiguos y elegantes, “y cuadros de hombres huraños y de mujeres altivas y desdichadas, con el labio inferior imperceptiblemente colgante. ¿Sabe por qué su boca tiene esa forma tan curiosa?, porque la amargura de toda una vida se dibuja en el labio inferior y éste acaba cayendo, esas mujeres se pasaban las noches insomnes junto a maridos estúpidos e incapaces de ternura, y ellas también, esas mujeres, se quedaban con los ojos abiertos en la oscuridad, cultivando el resentimiento”.
La narradora tiene que esperar a que llegue su relevo y se le hace tarde para la cena que acordó con su pareja. Cuando llega a su departamento, él ya se ha ido. Está sola y decide preparar su cena y poner dos servicios. Piensa, aunque sabe que eso no ocurrirá, que Paco, su pareja, llegará, volverá y tocará el timbre. Ella abrirá (p. 145): “He puesto la mesa para dos, le diría, te estaba esperando, no sé por qué pero te estaba esperando”. Con o sin marido, parece, el labio inferior se le irá colgando


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Camilo Herrera Cortés

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com