Pese a que los expertos decían que no era recomendable hacerlo de ese modo, con la mirada en un charco, el 11 de julio de 1991, en la Ciudad de México, yo vi un eclipse, el más largo de la historia según contaban, un eclipse de verdad, completo, y experimenté en apenas minutos la plenitud del día, el atardecer, la noche, el amanecer y un nuevo día, convirténdose ese evento en el más extraordinario que nunca haya vivido. Por entonces, yo contaba con 25 años, y aunque ya se sabe que esa edad aún no es nada y yo –debo confesarlo– era muy inocente, tuve una plenitud de conciencia como no recuerdo haber tenido nunca. Con motivo de ese eclipse, en todo México se despertaron, levantaron o azuzaron todo tipo de especulaciones, supersticiones y mitos, máxime estando aún tan cerca en la memoria el terrible sismo de septiembre de 1985, que aún mantenía en ruinas parte de la capital mexicana. Toda la ciudad se estremeció con ese día extemporáneo de apenas siete minutos; el día que se hizo dos poco después del mediodía. En aquel tiempo, la ciudad estaba invadida por el ambulantaje. Eran épocas de boom financiero para el país, que estaba gobernado por Carlos Salinas de Gortari, y la felicidad económica no parecía tener fin –y bien que lo tuvo cuatro años más tarde, pero esa es otra historia–, y lo mismo en cualquier banqueta te ofrecían gorditas de chicharrón o tacos de suadero que tarjetas de crédito o los por entonces gigantes, novedosos y prometedores teléfonos celulares, incluso en alquiler. Me encantaba desayunar en los Sanborns, y siempre desayunaba lo mismo: huevos rancheros, papaya, jugo de naranja y café de refil. Esto último fue un descubrimiento: que siempre tuvieras la taza llena, aunque fuera de un café que me parecía aguado, era algo nuevo para mí. Las meseras, ataviadas como hoy, servían y servían sin descanso, y a uno hasta llegaba a darle fatiga tanto néctar, y eso que era un adicto irredento a esa bebida. En julio y agosto de 1991 fui reportero del diario Ovaciones que, por entonces, era generalista y tenía dos ediciones: la matutina, seria, y la vespertina, a cuya redacción yo pertenecía, popular y con una tercera al estilo de los sensacionalistas ingleses, con imágenes picantes de señoritas voluptuosas. Me encantaba salir del periódico y hacer tertulia con los compañeros, de los que hoy no solo no sé nada sino que apenas recuerdo algunos nombres: el maestro José Luis Arenas, Juan Carlos Villaroel... A veces nos acompañaba el jefe de información, Arnoldo Piñón. Nos íbamos al Sanborns del Ángel o a algunos Vips que hoy no podría localizar. Hacía poco tiempo que Carlos Slim se había hecho con el control de Teléfonos de México (Telmex), y la ciudad estaba llena de cabinas telefónicas con las que se podía hablar sin monedas. Yo no podía publicar, pues al estar en prácticas y ser extranjero no pertenecía al sindicato del periódico, pero todos los días salía a la calle con mi encargo, elaboraba después mi nota y llamaba a las taquígrafas del diario para dictarla. Luego me iba a la Anáhuac, la colonia en que estaba y sigue estando la redacción, y comprobaba el copy de la misma. A mediados de agosto, cuando llevaba mes y medio trabajando sin ver mi nombre impreso, el jefe Piñón me dijo que iba a publicar mis notas. Y así fue. A partir de entonces leí mi nombre todos los días. Cuando me iba a la del Valle, donde estuve viviendo esos meses, aunque solía moverme en metro y en colectivo, a veces tomaba un taxi amarillo, esos bochos de entonces que no tenían asiento de copiloto, en los que cerrabas la puerta tirando de una cadena, y veía la segunda edición en el suelo del mismo, pues todos la llevaban, la tomaba y leía mi propia nota... Aquel tiempo fue el verdadero eclipse de mi vida. Ya les contaré.
Esta publicación del 24 de agosto de 1991 en la sección cultural de la segunda edición del diario Ovaciones obtuvo el premio de prácticas periodísticas de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Navarra unos meses después.
Fuente de la imagen: Archivo personal de M. P.-P.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Periodista, editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.
Los sonidos de la noche Manuela había recibido con gran alegría la invitación de su tío Renato y tía Martina a visitarlos a su casa en el campo en el puente vacacional que se avecinaba. Cuando llegó a casa le comentó la noticia a Pedro y Marina, su hijo e hija, quienes se mostraron contentos pero no al grado de Manuela. —Oye mamá, ¿hay conexión a internet en la casa de tía Martina y tío Renato? —preguntó Marina algo preocupada. —¿Podré llevar la tableta? —le siguió Pedro. —Les tengo la noticia que solo yo llevaré el celular por si hay alguna situación de emergencia. Este pequeño viaje además de visitar a nuestra familia también tiene la intención de disfrutar de la naturaleza y desconectarnos de redes sociales —fue la respuesta que les dio Manuela. Los rostros de Marina y Pedro mostraron cierto desencanto. Manuela ya esperaba algo así pero no les puso mucha atención y les encomendó ir preparando su equipaje para tenerlo listo con anticipación. El día del viaje madrugaron para salir temprano, subieron al autobús que los llevaría a la terminal cerca de su destino. El viaje tardó alrededor de cuatro horas. Martina y Renato fueron a traerlos. El encuentro familiar fue muy efusivo, la tía Martina era hermana de la mamá de Manuela y quería a su sobrina como si fuera su hija. Manuela había llevado una canasta con frutos secos que gustaban a sus familiares. Al llegar a casa el tío Renato les indicó donde era la habitación que ocuparían. Luego de instalarse se reunieron en el comedor para desayunar. Al terminar de desayunar la tía Martina los llevó a visitar el huerto que tenían, ahí cultivaban verduras, así como albahaca, epazote, romero, cilantro, perejil, lavanda, citronela. Pedro se interesó en preguntar cómo podrían hacer eso en la ciudad, la casa donde vivían tenía poco espacio. Martina aclaró sus dudas y le dio sugerencias. Para la comida les prepararon una sopa con verduras cosechadas del huerto y unas quesadillas con epazote hechas con tortillas de maíz amarillo. El agua era limonada con chía y de postre degustaron algunos higos que la tía había cocinado. Manuela observaba a Marina y Pedro, en qué momento preguntarían si había conexión. Aunque no le veía mucho el caso dado que no habían llevado más que el celular de ella que por cierto ni había usado. El tío Renato dijo que en casa solían tener la tradición de tomar café con pan para contemplar el atardecer. Les contó que con sus vecinos más cercanos habían acordado que por las noches evitarían poner música a alto volumen, esto para disfrutar los sonidos de la noche. En la ciudad siempre había ruido y a ellos les gustaba el campo justo por la cercanía con la naturaleza. Al escuchar eso las miradas de Pedro y Marina se entrecruzaron pero no dijeron nada. Esa tarde tomaron café con pan mientras la tía Martina y Manuela contaban anécdotas familiares y el tío Renato algunas leyendas. Luego Renato les dijo que pusieran atención cuando el sol se fuera ocultando, empezarían a escuchar los sonidos de la noche en el campo. Cesó el bullicio de las aves, dio paso a el canto de un grillito, luego se sumó otro más, al cabo de un rato la noche tenía un concierto de grillos. A lo lejos se escuchó un canto, pur-weeooo, Martina dijo que ya se había hecho presente un ave llamada tapacamino. Más adelante se comenzó a escuchar el croar de unas ranas y al cabo de un rato la noche en el campo se había hecho presente a través de sus sonidos. Manuela volvió la mirada a Pedro y Marina que mostraban estar disfrutando el momento, entre tanto ella cerró los ojos y nuevamente alcanzó a escuchar el pur-weeooo del tapacamino.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Ahora tengo treinta años, y en mis sienes jaspea la ceniza precoz de la muerte
Gabriela Mistral, en “Poema del hijo”
Confieso que había leído varios libros de Gabriela Mistral y algunos poemas suyos en antologías, y que ninguno me había hablado a mí hasta ahora, con Desolación (Austral, 1951), regalo de mi amiga Linda Esquinca. Escribe en “Vergüenza” (p. 71): “Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa/ como la hierba a que bajó el rocío,/ y desconocerán mi faz gloriosa/ las altas cañas cuando baje al río”. En “Balada” habla del desamor y de cómo la naturaleza no cambia ante ello (p. 72): “Él pasó con otra;/ yo le vi pasar./ Siempre dulce el viento/ y el camino en paz”. En “Los sonetos de la muerte” se alegra de tener ya por completo, como suyo, al hombre muerto (p. 77): “Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,/ ¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna/ bajará a disputarme tu puñado de huesos!”. Después de ella, piensa, no podrá el hombre amado provocar en otra mayor placer (p. 86): “¡Ah! Nunca más tus dos iris cegados/ tendrán un rostro descompuesto, rojo/ de lascivia, en sus vidrios dibujados”. Hay amor después de la muerte nos dice, de nuevo, en “El vaso” (p. 91): “Yo sueño con un vaso de humilde y simple arcilla,/ que guarde tus cenizas cerca de mis miradas”. En “El ruego” pide a Dios por su hombre, porque es bueno, porque no es indigno (p. 92): “Pero yo, mi Señor, te arguyo que he tocado,/ de la misma manera que el nardo de su frente,/ todo su corazón dulce y atormentado/ ¡y tenía la seda del capullo naciente!”; es bastante explícito este verso (p. 93): “El hierro que taladra tiene un gustoso frío,/ cuando abre, cual gavillas, las carnes amorosas”. Escribe en “Coplas” (p. 99): “Araño en la ruin memoria;/ me desgarro y no te encuentro,/ ¡y nunca fui más mendiga/ que ahora sin tu recuerdo!”. Me encantaron estos versos a los árboles (p. 110): “Tres árboles caídos/ quedaron a la orilla del sendero./ El leñador los olvidó, y conversan,/ apretados de amor, como tres ciegos”. En “Escóndeme”, ya en prosa poética, no en versos, escribe (p. 170): “Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas de su sitio; como las raíces abandonadas sobre el suelo”. Dice en “Si viene la muerte” (p. 172): “Si te ves herido no temas llamarme. Llámame desde donde te halles, aunque sea el lecho de la vergüenza. Y yo iré, aun cuando estén erizados de espinos los llanos hasta tu puerta”. En el apartado “El arte” habla de la creación, de cómo ésta se aparta de lo vulgar, de lo obvio (aunque lo cante a veces). Dice en “La belleza” (p. 173): “A ti, hombre basto, sólo te turba un vientre de mujer, el montón de carne de la mujer”, y cierro con el mandamiento décimo de su “Decálogo del artista” (p. 176): “De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño”.
Ilustración: HCM.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Salvemos el agua Leticia había puesto mucha atención en lo que había escuchado en las noticias de la televisión referente a la escasez del agua que se hacía presente en muchos lugares. Observaba los rostros de Lucia y Joaquín, su mamá y su papá, que habían retomado el tema diciendo que en algunos municipios cercanos a donde vivían la gente tenía carencia de agua. Seguía atenta en la conversación, mientras degustaba la sopa que le habían servido para la comida. A su lado derecho estaba sentado Daniel, su hermano menor quien apenas iba a cumplir los cinco años. Leticia era un par de años mayor que él.
Al terminar de comer Lucia levantó los platos y vasos, Joaquín se dispuso a lavarlos. Mientras Leticia veía a su papá lavar los trastes seguía pensando en el tema del agua, se le vinieron a la mente algunas de las recomendaciones, reusar el agua que saliera de lavar los trastes para depositar en la taza del baño. Evitar desperdiciar agua al lavarse las manos, a la hora de bañarse, al lavar los coches y al limpiar las banquetas.
Leticia fue a buscar a Daniel, quien quitado de toda preocupación estaba sentado coloreando un libro de cuentos que había encontrado en su cuarto, tenía las crayolas y colores regados al lado de la mesita en que se apoyaba.
La mente de Leticia estaba buscando de qué manera su familia y ella podrían ayudar a que el agua no se acabara, al ver a Daniel se le vino a la mente que podría poner algunos letreros y pegarlos en ciertos lugares. Daniel sería su aliado, aunque aún no leía ni escribía le pediría apoyo con algunos dibujos, él era muy bueno en eso. Y al final le diría a su mamá y papá que les ayudaran a pegar los letreros en las calles de su colonia .
Cuando Daniel se percató de la llegada de Leticia levantó la vista y le dijo,
—¿Leti quieres colorear conmigo? Ven, siéntate, aquí hay más colores.
—Bueno, un ratito, Dani quiero que me ayudes a hacer algo. Daniel la quedó mirando, hizo una pausa y preguntó
—¿Tienes otro libro de cuentos para colorear? ¿O en qué te ayudo?
—Tengo un plan para que ayudemos a que el agua no se acabe. A mí me da mucha tristeza que hay mucha gente que no tiene agua, ni para bañarse, lavar su ropa, regar sus plantitas. No quiero que nos pase eso. Daniel se dio cuenta que el rostro de su hermana estaba triste, a él no le gustaba verla así.
— No te pongas triste, yo te ayudaré para que no se acabe. Leticia le explicó el plan que tenía. Mientras ella escribía los letreros, Daniel haría unos dibujos para poner en cada uno de ellos. El primer letrero que hizo Leticia decía Salvemos el agua, Daniel le puso unas gotitas de agua que estaban tristes.
—Oye Joaquín, pero qué silencio hay en la casa, qué travesuras estarán haciendo Dani y Leti.
—De seguro están entretenidos jugando, no te preocupes Luci, voy a buscarlos.
Al caminar rumbo a los cuartos Joaquín escuchó la conversación,
—Están quedando bien bonitos los dibujos Dani, voy a remarcar los letreros con las crayolas —dijo Leticia.
—Vaya, vaya, si que están entretenidos, a qué están jugando, ¿me invitan?
—Papá, Leti tiene una gran idea para que el agua no se acabe. ¿Nos ayudarás?
Joaquín escuchó y antes de que respondiera Leticia le dijo,
—Sí, papá, escuché hoy en las noticias que el agua se puede acabar, pero todos podemos hacer algo para ayudar, Dani me está ayudando, mamá y tú también lo pueden hacer.
En eso estaban cuando Lucia se asomó al cuarto,
—¿Hay reunión de familia y no fui invitada? ¿Y estos dibujos? S-a-l-v-e-m-o-s e-l a-g-u-a.
Leticia les explicó a Lucia y Joaquín el plan que había pensado de cómo podían ayudar. Sin dudarlo, se unieron al trabajo de Leticia y Daniel. No solo les parecía una muy buena idea sino que también era importante que desde la niñez se escucharan y respetaran las voces, opiniones y propuestas de cada niña y niño, sobre todo cuando se trataba de abonar para el cuidado de los recursos naturales.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
La sabiduría del Dalai Lama (Minificción) Héctor Cortés Mandujano
El caminito de llegada evidenciaba nuestro amor por los árboles y las plantas. El porche estaba lleno de flores multicolores, macetas, maceteros colgantes, arbustos de variado verdor. La casa estaba rodeada de profuso bosque. Yo estaba a punto de bañarme cuando sonaron las campanillas que anunciaban la presencia de alguien frente a nuestra puerta. Mi mujer había tomado el baño antes y ahora se secaba el pelo y aún iba a vestirse. Fui a abrir la puerta, con la toalla enrollada a la cadera. Me sorprendió la visita: ¡Era el Dalai Lama! En su rostro bailaba una sonrisa. Parecía sentirse a gusto viéndome, aunque yo supuse después que no me miraba. La idea básica es que no existimos; somos los seres sintientes, igual que el mundo, una ilusión. El Dalai no se sonreía conmigo; veía a través de mí, evidentemente. Pensé que su arribo a casa tenía que ver con mis lecturas sobre el budismo, que por esos días había incrementado. Me sentí incómodo con mi atuendo y lo conduje a la sala. Le dije que volvería en un momento y lo dejé allí. Cuando llegué al cuarto mi mujer ya estaba lista y yo decidí bañarme. Lo hice lo más rápido que pude y busqué libros del Dalai, para que me los firmara, y salí con la emoción de saberlo en casa, el entusiasmo a flor de piel, las mil preguntas que haría a este hombre bendito y sabio. No lo hallé en la sala y me asomé en la cocina, donde oí ruidos. Era mi mujer, quien tomaba un vaso de agua. —¿Y el Dalai? —Se fue –me dijo, radiante–, qué hombre tan simpático. —¿Simpático? No, mi vida, es el hombre más sabio del mundo. —¿Ah, sí? —¿Y por qué se fue? —No sé, dijo que tenía prisa, que sólo había pasado un momento a saludarnos. —Qué pena, tenía tanto que consultarle. ¿Le preguntaste algo? Él te pudo contestar cualquier duda sobre la vida y las sucesivas vidas, la muerte, la meditación, la paz, el amor, el perdón… —No –me dijo mi mujer, como censurando mis trillados temas–, no le pregunté eso; hablamos de un platillo que le gusta y me dio una receta maravillosa para guisar setas; también me regaló esta raíz que traía en una de las bolsas de su ropaje (me enseñó una especie de garra desmayada). Dice que es buenísima para el dolor de cabeza… —Mi amor –le dije–, es que como si viniera Albert Einstein y le preguntaras sobre cómo se hace el dulce de calabaza. —El problema –me dijo condescendiente, con mirada ausente– es que tú ves al Dalai como un hombre famoso y yo como lo que es: un viejito pelón, vestido con enaguas… El comentario irrespetuoso de mi mujer puso en mi alma tan extraña desazón que abrí los ojos, desperté, y no supe si yo era el Dalai soñando una vida de hombre normal (con una mujer de lengua filosa) o un hombre normal soñando las eternas tonterías de siempre…
Ilustración: Héctor Ventura.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Pudiera ser que pudiera darse el caso de que los sueños en sueños –dicho sea de la forma más simple– se quedaran, pero lo cierto es que los sueños, por el mero hecho de ser eso, sueños, son realidades –complejas y mayúsculas– por las que merece la pena darlo todo, jugársela y apostar; yo diría que son casi las únicas aspiraciones de cuantas en el mundo pudieran hallarse por las que habría que dar la vida. Pudiera ser que la suerte pudiera existir, pero yo lo veo en muy alta probabilidad improbable porque el azar niega por su naturaleza por completo la libertad, que solo puede ser ejercida desde la identidad, por lo cual podemos afirmar que somos personas, seres humanos, y yo al menos no estoy dispuesto a cercenar ni a que cercenen ni en el más mínimo ápice mi libre albedrío, mi condición. Pudiera ser que el ejercicio de la libertad, aun siendo inconsciente como en la mayor parte de los casos es cuando es verdadero, nos pudiera liberar –dicho sea en un plano simple– cuando en realidad nos esclaviza –en el sentido más libérrimo y pleno del vocablo–, nos llena de gloria y a la vez de servidumbre, ya que la libertad consiste en darse, en negar con plenitud la propia libertad. Pudiera ser, y bien que pudiera, que el mundo, que es eso que anda por su cuenta mientras nosotros hacemos lo que podemos envueltos por él, nos diera la razón de manera inopinada un día cualquiera y elevara su plegaria, si es que la tiene, al son de palabras ecuménicas y plenas de sentido, lo cual no tiene mucho sentido viendo cómo son las cosas y los caminos por los que el mundo se regocija. Pudiera ser que, en efecto, toda oscuridad –que es aquello que no existe– volviera a su ser y fuera, como le corresponde, luz, pues no debemos olvidar que la luz existe por sí misma y la oscuridad existe porque existe la luz, y no al revés, y así todo volviera al sentido en que el caos ya no existiera y todo fuera hecho de armonía, como en el instante anterior al que a Dios le dio por mover sus manos por primera vez. Pudiera ser que ya no fueran necesarias, por ejemplo, las tablas de la Ley, cuyo contenido al fin solo es la positivización de la ley de leyes que es la Ley Natural, aunque solo fuera por el mero hecho de que somos hechos a imagen y semejanza de Dios, por lo que nada expresado en la Ley sería necesario, al ser imposible que pudiera darse, pero también sabemos que un estado adánico sería inviable, y lo sería porque incluso para Adán fue insuficiente, pero tampoco podríamos olvidar que gracias a Adán tenemos redención, y que la redención depende de nuestros sueños, del ejercicio de nuestra libertad, de la luz que seamos capaces que soportar, de nuestra capacidad de ser nosotros mismos y de ser traslúcidos, pues nuestra capacidad de amar, que es la clave de todo, depende de nuestra transparencia. Y tanto pudiera ser que es que un día como hoy un dios, cualquier dios pues todos los dioses son Dios, se transforme de luz y nos redima –en el más pleno sentido de la palabra–, o que seamos capaces de ser de una vez dios y redimirnos al fin, lo cual solo pudiera ser si estamos en disposición de recibir la gracia y aquello que no cae del Cielo sino que depende de nosotros mismos y que no son otra cosa que los milagros.
Portada de la segunda edición de «Creo en los milagros. Nueva antología personal 1985-2009, de M- P.-P., (primera edición, Cascada de palabras; 2da. edición ampliada y revisada, Morvoz, 2011, México).
Fuente de la imagen: Archivo personal de M. P.-P. Autor de la portada: Eric Marváz.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Periodista, editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.
En la sala de trabajo de Dostoievski reina el silencio. El hombre escribe. Veo con claridad sus manos aviejadas, sus dedos afanados y un poquito retraídos, también su espalda aparece volcada hacia un papel a medias, una frente amplia y despejada adorna su conocimiento, y sus ojos vivos, vivos y negros, vivos y negros y profundos, como dos pozos ciegos y hondos. Nadie me observa por aquello que dijimos de la fantasía y la cordura, creo que me entienden. Estoy sentado lejos de él, apartado en una de las esquinas, junto a la ventana que da al cruce de calles, aunque él, el hombre, el artista, el ser quebrantado por tantos recuerdos, está tan concentrado que no repara en mí y no retira la mirada de ese pliego ancho y duro sobre el que insiste en una creación muy bella. En su mano diestra sostiene una pluma bien cortada; al lado, sin embargo, Anna le coloca cada día un lapicero, por si a su marido le diera alguna vez por emplearlo, aun conociendo de antemano que él siempre se negó a hacerlo, ya que, como un niño, se encapricha en su pluma recta y en su cortada pluma, como si se tratase, eso es, insisto, de un mocoso antojadizo, como si en su imaginación aprisionada apareciese de alguna forma esa tibia y mínima sospecha―con el desasosiego aferrado al nervio―de que todos sus pensamientos podrían, de darse el caso, correr el riesgo de evanecerse sin remedio. Fiódor está ultimando uno de sus artículos para el diario. O tal vez se trate de su obra definitiva, o de otra queja del alma que le llama y le necesita y le incita a escribir y a escribir, como un loco, un loco de Dios, un trastornado por sus demonios, o por tanta inquietud deslumbradora. De su testamento; a lo mejor piensa que debe terminar ese texto inconcuso, ese pliegue que no tuvo nunca tiempo de redactar; quizás, quizás se trate de eso tan sencillo, como a veces, en una noche vaharada, le confiesa en puridad a la esposa, con una delicada exquisitez en los labios, con un amor desleído y sobrante, sobre ella; quién sabe, quién podría a estas horas de la noche averiguar si lo que desea revelar este hombre no es más que el avance imparable y gozoso de Los hermanos…
Levanta la cabeza del papel, toma su caja de cigarros, la abre como si estuviese descubriendo un pequeño tesoro, sonríe, atrapa un cigarrillo entre sus dedos temblones y lo enciende y entonces, en la penumbra del despacho, en la sustancia misteriosa y mágica de esa mística creada, la densa imaginación del autor cobra vida y, desde mi asiento, la puedo ver y casi tocar o imagino que lo hago o tal vez es mi deseo el que lo enciende todo, ¡vaya usted a saber!; me refiero a las ideas, a los adjetivos juguetones y saltarines y fríos y negros, a los verbos que hacen lo que hacen; quiero entender y hablo―porque lo necesito como el aire que respiro―de sus aspiraciones y logros, de sus infortunios, de los recuerdos amasados durante toda una vida…, todo se transforma en estos momentos maravillosos en un ramillete de luz esplendente y parece como si en vez de dos velas encendidas sobre la mesa hubiera dos soles incandescentes en el espacio que verdea unas paredes de tela aterciopelada y un suelo cerezo o nogal o roble, cálido y sugestivo. ¡Qué hermosa sensación!
Fiódor, con la mirada perdida, rememora cuando comenzó su primera novela, y también piensa en su Mischa, y en Grigorovich, cuando en aquella estancia podrida y cegada; recuerda todavía las palabras del amigo soltadas a bocajarro, “no pierdas más el tiempo publicando tus cuentos en esas revistas de mala muerte; no prives a la sociedad, a la humanidad entera, de la capacidad que Dios te ha dado; escribe grandes cosas, amigo, hazme caso y deja eso que te traes entre manos”, y así, oyendo a través de sus recuerdos estas admoniciones, Fiódor estira ligeramente las comisuras como si estuviese muy cerca del amigo, al lado justo de su hermano, y en su mente sostiene las palabras sueltas de su primer volumen; evoca aquella lejana ilusión, la alegría de todo hombre que se siente un creador, la fatiga en las noches nevadas, blancas y duras; recuerda también, como no podía ser de otro modo, a sus queridos Hugo, Scott, Balzac… “Miguel, voy a ser escritor”. Lo oigo como un susurro que emana de sus labios de viejo chocho, de viejo extraordinario, de viejito entrañable. “Miguel, óyeme, te digo que dejaré todos mis intentos de cambiar el mundo. A partir de ahora cambiaré el mío, sólo el mío, lo más valioso que tenga de él; intentaré alejar de mi cabeza estos demonios que me zarandean y torturan y no me dejan ni dormir ni descansar, te lo prometo”. Después de estos silbos reales o imaginados, Fiódor muda el rostro y ahora sus ojuelos, siempre activos, se agrandan como si estuviesen asomados al borde de un abismo. Porque está oliendo la muerte del padre, la de María, la de su recién nacido. Piensa en ellos y se desconcentra y abandona entonces, irritado, la pluma y sus ideas, como si estuviese rabioso. Con el semblante grave se lleva el cigarro de nuevo a la boca de manera refleja, aspira, dirige a su antojo la columna blanca y algodonosa, impregna el ambiente con ese típico y picante olor a tabaco importado; la brasa, ¡qué linda extravagancia!, disminuye su fuerza, como también se empequeñecen las fuerzas vitales del hombre que escribe con esfuerzo. El escribidor aparta de pronto el tabaco de un manotazo. Ha notado algo. Algo ha sentido en el interior de su mente. Está asustado como si su padre le hubiese llamado para algún cometido. Yo me asusto también, pero de ver su rostro deformado en un rictus extraño. Mira alrededor como ese hombre enfermo del que una vez habló. Lleva su atención a las paredes, a los cuadros de familia, matiza en su cerebro el brillo casi ausente de su mesa. Observa puntilloso el despacho como si jamás hubiese entrado allí, como si se tratase de un desconocido que invadió la estancia de una manera fugaz y atrevida, como si se hubiese transmutado en un hombre despechado, en un hombre antipático, que no se conociese, como si el hombre, el escritor, hubiese sufrido un desdoble. ¡Qué horror!
En la planta de abajo Anna, sin embargo, aún lee, ajena a todo. A su lado se acumula una remesa de pliegos escritos y emborronados que la mujer, la editora, la amante, la admiradora, intentó ordenar de la mejor manera. Su mente organizada y meticulosa transmite interés por lo que hace, porque Anna Grigorievna siempre supo con quién se casaba; Anna, dedicada en cuerpo y alma a encarrilar a ese hombre iluso de las letras, sabe que debe, que tiene que llevarle de la mano; entiende mejor que nadie que ella, sólo ella, prendida en un amor sin fisuras, ha de valer por los dos, ha de amar cuando el marido no pueda, ha de ser la madre que le faltó desde muy joven; Anna Grigorievna siempre fue consciente de esto; por eso lee, por eso corrige, por eso copia, porque sabe que el tiempo será el juez que ponga todo en su sitio. Es tarde. Las tantas de la madrugada. La hora que su esposo prefiere para trabajar sus historias y que ella, queriéndolo en la distancia, amándolo en el silencio elocuente de sus palabras, también elige para preparar las futuras ediciones que pronto han de entrar en la imprenta. Sabe perfectamente que para ellos es necesario publicar. Es no sólo necesario―corrige―es urgente, apremiante. La educación imprescindible de sus niños, con mil gastos a la vista; el alquiler que hay que abonar mensual, puntual y escrupulosamente; los acreedores que todavía, aunque ya a cuenta gotas, los visitan para buscar su parte; el trato con los editores ávidos de carroñas…
Suenan las cuatro en el reloj de la sala. Ritmos acompasados recorren los pasillos, en un reflejo fuerte, sombrío, zigzagueante. Cuatro avisos, cuatro sonatas de primavera, como cuatro soles―y en ese instante me acuerdo del poema de las cinco de la tarde, pero ahora no eran las cinco de la tarde, ni hacía un calor insoportable, ni estábamos en mi patria, donde el amarillo albero se retuerce en el suelo ardiente. Afuera nieva. Detrás de la ventana del despacho, como detrás de todas las ventanas que dan a la calle, la nieve cae con calma, sin prisas, con un blanco de gasa cargado de paciencia, con la imperturbabilidad clásica del alma muerta que Fiódor, su amor de vida, tanto ama. Ahora, Anna deja en suspenso sus movimientos y contiene la respiración; sus ojos, sus hermosos ojos grandes y obscuros, atienden expectantes a ese ruido lejano e insólito que ha creído percibir. Le pareció como un golpe seco. Algo, algo ha oído la mujer, estamos seguros. Algo habrá sucedido allá arriba. Sin embargo, ¡qué!, ¡qué habrá sido!, ¡qué puede haber ocurrido! Porque la mujer está completamente segura de que su hija, Liubov, duerme; como duerme del mismo modo apacible su adorado hijito, Fiódor, en el dormitorio anejo. Y Alexis, su inolvidable Aliosha, también―perdonen―descansa su descarnado cuerpecito en la humedad de la tierra. No puede ser otra cosa―se dice, angustiada―no podría ser nada raro, a menos que, a menos que… Agitada y con el semblante pincelado con una mueca de terror, Anna corre como una energúmena; vuela escaleras arriba; busca la mujer el despacho; busca ansiosa al hombre, a su hombre, al esposo, al amor de su vida, a su sueño; anhela―mientras sus pies sobrevuelan los peldaños―que todo se haya tratado de una simple confusión de sus sentidos, posiblemente fruto de la hora tan avanzada y del cansancio, del sueño que le atosiga al soñar que sueña, de sus constantes y perpetuas preocupaciones. Por fin alcanza la mujer la puerta del despacho. No hay ruido alguno. No hay luz. No hay nada. Nada se oye tampoco desde el pasillo hundido en la negrura de una noche blanca. La puerta está cerrada, como siempre. Intenta abrir con la mano temblorosa; empuja el picaporte sin hacer ruido; la puerta no se inmuta, ni chirrían ruidosas las bisagras. Jadea la mujer y su pecho, anhelante, sube y baja, simulando un ancho mar, un océano infinito de convulsiones… Y sin saber de qué manera sucedió, sólo logré, desde mi rincón apartado, escuchar el rayo de un grito escondido que brotó del fondo más siniestro de una garganta muerta, rota.
«Despacho de Dostoievsky (museo)». (Fotografía proporcionada por el autor).
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Eran las ocho y media de la noche del 28 de enero de 1881… En el interior de la habitación estaban Anna, Liubov, Fedor, Alexis, el novelista Maiko (íntimo amigo del autor) y el doctor Bretzel. Nadie más. Anna, su esposa, acababa de echar a voces al hijastro Pablo porque, aún moribundo, le imploraba ser incluido en el testamento por los futuros derechos de autor. La penumbra y un sentimiento denso de pena y de dolor lo invadían todo. Silencio sepulcral. Miradas hacia el viejo que tosía de vez en cuando y mantenía los ojos cerrados. Toda la ciudad contenía el aliento. Todos esperaban que sucediese lo que tenía que suceder. Pero nadie pudo obviar el ajetreo de la gente que murmuraba, o cargaban sus maletas camino de la estación, o simplemente los zureos de los enamorados que alcanzaban las pétreas estancias de la villa. Como afirma uno de sus biógrafos, la vida continuaba, pero algo, algo muy hermoso se nos iba para siempre. Yo permanecía callado en la sala contigua, con la puerta entreabierta, intentando observarlo, retenerlo todo. Miraba la escena y no pude―les confieso―no pude, en aquellos momentos, contener mis emociones. Tuve que cubrir mi rostro con las palmas abiertas; sostuve el llanto que se me escapaba, como el agua cascada que fluye por unas abras nacidas, en este caso, en mi garganta. Anna observó que su marido había abierto sus ojos y supo que esos ojos, esas manos, esa mente, todavía deseaba, necesitaba decirle algo. Los esposos se conocían sin tener la necesidad de hablar. Dosto indicó lo que indicó, con la voz rota tal vez por haberla derrochado sobre las infinitas cuartillas en blanco durante toda su vida. Anna, separando la tapia de su frente, le acercó lo que él le rogaba, su Biblia. Él se limitó a esbozar una sonrisa suave y blanca, como una tibia jarra de leche derramada sobre la escena, alumbrada muy tenuemente. El hombre acarició el libro con sus dedos viejos.
―Lee, Anna―dicen que dijo los que asistieron aquel triste día. Doy fe de ello. También su rumor atravesó la puerta y llegó hasta mis oídos. ¡Oí al hombre, oí al escritor, oí al hombre-escritor, al que sólo amaba a Dios, a su Cristo, a su eterno acompañante, a ese ser yo también―me emociono, excúsenme―tuve la oportunidad de oír desde allá afuera!
Luego me volví. Me daba un apuro tremendo. ¡Quién era yo! ¡Quién era yo, para estar allí presente! De pronto una onda delicadísima vibró en la estancia y declamó un cántico breve y hermoso; era el Evangelio de San Mateo. Y esa onda, esa ola de amor tan dulcísima no era más que la voz preñada de angustia de Anna Grigorievna, la futura autora de Recuerdos. El esposo la envolvió, entonces, con su mirada calma, del hombre que termina sereno y en paz, y dijo:
―No me retengáis… Voy a morir.
Nadie supo el motivo, pero lo cierto es que la muchedumbre comenzó a gritar. De acera a acera. De calle a calle. Por toda la ciudad sonó una cascada, un torrente de lágrimas, de palabras, de sollozos, de tristezas comprimidas. Una lluvia de lamentos inundó el vasto paisaje de la inmensa Rusia de los Zares, de Moscú, de San Petersburgo, de todas las dachas esparcidas por la estepa en millones de verstas.
Fiódor alargó mansamente el brazo. Fedor, su amado hijo, tomó la Biblia de la mano de su padre, intentaba el joven retener el llanto. Liubov y Alexis, su querido Aliocha, sollozaban a un lado del lecho.
―Anna, Anna, ¿dónde estás?
―Aquí, a tu lado, amado mío.
En un esfuerzo último, Dosto bendice a su mujer y a sus hijos y Anna ya no puede más y se quiebra en llantos. Por la ventana se ven luces. La vida sigue, seguía, como si nada extraño estuviese sucediendo. ¡Cómo podía ser eso! ¡Cómo!
Sentí crujir mi cintura, mis piernas se doblaron y caí al suelo, rendido de desesperación.
En la habitación, las miradas huían de unos a otros, como locas que no saben lo que hacen. La penumbra pareció, entonces, más ofendida, más humillada, que antes. El hombre se iba; el personaje creado por este hombre, sin embargo, permanecería en mis libros, en todos los libros, en todas las mentes y corazones del mundo, para siempre. Con mi corazón ebrio de sufrimiento, oí sus últimas palabras, muy suaves, muy dulces, muy tiernas y sinceras.
―No me retengáis. Es inútil, Anna: todo es inútil. No me retengáis. Una voz desconocida dijo, en aquel instante, que el mundo, el vasto mundo había, ahora, en este justo momento, disminuido de valor.
Vale.
«Dostoievsky». (Fotografía proporcionada por el autor).
Imagen proporcionada por el autor.
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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido.
*Sobre el autor:
Antonio Florido Lozano
Narrador, ensayista y poeta
Carmona, España, 1965.
Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.
Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.
Ese sábado Violeta había salido de comisión laboral fuera de la ciudad. A su regreso había quedado de ir a traer a su mamá y a su tía Vera que estaban celebrando el cumpleaños de un par de amistades en común. Mientras venía manejando de vuelta a la ciudad percibió una tarde llena de bruma, los rayos del sol se apreciaban, sin embargo, la bruma invadía la atmósfera.
—Seguro este ambiente es por los incendios. Qué contradictorio es, inicia la primavera y también los incendios comienzan a intensificarse —comentó en voz alta.
Con tristeza observó que el paisaje en la carretera era de muchas zonas con pastizales secos y los árboles resistían la temporada de calor que se hacía presente en primavera. Recordó que la problemática de escasez de agua se había intensificado en diversas partes de la ciudad, del estado y que en las noticias se divulgaba que esta problemática se acentuaba a nivel mundial.
Entrando a la ciudad se percató que muchos perros deambulaban en las calles, se percibían sedientos, cansados, algunos ya eran adultos y su paso era lento. Violeta pensó que si ella tuviera algún perro como mascota pondría su mejor esfuerzo para darle un hogar y los cuidados requeridos. De nuevo se le vino a la mente la importancia del agua, qué harían estos perritos sin tener un poco de agua que calmara la sed, hasta qué tramo caminarían para poder hallar un poco de agua para beber. Y qué decir de los árboles, las hojas se mostraban caídas, tristes, las ramas secas en varios casos.
Recién había pasado la conmemoración del Día Mundial del Agua, para Violeta las conmemoraciones eran importantes, aunque estaba consciente que no faltaba quien siempre se valiera de ellas para sobresalir, solo para la foto. Ella consideraba que lo más valioso se hacía cada día para que a la larga se tuvieran beneficios reales. Vaya que la humanidad tenía una gran tarea. No pudo evitar traer a la mente el proceso electoral que se avecinaba, ¿hasta qué punto las personas candidatas tenían en cuenta proyectos viables para atender problemáticas como la escasez del agua?
No cabía duda que el agua era igual a la vida. Entre tanta reflexión se percató que la noche se había asomado y ahora iba a traer a su mamá y a su tía Vera. Intentó recordar la dirección sin hacer uso del google maps, lo logró. En ese momento se dio cuenta que tendría que estacionar su coche alrededor de 150 metros antes del domicilio, ya no había espacio para entrar hasta la casa. Al bajar tomó su celular, casi como en automático para prender la lámpara y alumbrar el camino, antes de hacerlo se percató de la presencia de la luna lunera, estaba ahí guiándola. Violeta avanzó unos pasos, luego se detuvo para contemplar lo luminosa que se veía. Estaba a casi nada de estar en fase de luna llena. Sintió una especie de acompañamiento, agradeció su presencia. Continuó su camino, en su mente resonaba lo sabia que era la naturaleza y la importancia de su cuidado.
Fotografía: MGLS.
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
En el jardín, la vida se sucede con la violencia acostumbrada
Aurora Bernárdez
Leo en la sala de la televisión, en la mañana de un domingo fresco. Mi gata me saca con violencia de mi concentración, porque maúlla de un modo extraño: me hace suponer que algo doloroso le ha ocurrido. No la veo, me incorporo y la encuentro junto a la puerta de vidrio corrediza –que divide la sala de televisión del comedor– frente a una lagartija con penacho y grandes patas (turipache o pasa río le llaman), que se muestra acezante y al acecho, enfurecida y con miedo. Supongo que mi gata intentó morderlo y él/ ella (imposible para mí saber su género) se defendió. Y allí están, tomándose la medida, acechándose, tratando de adivinar quién dará el siguiente paso, quién intentará un nuevo ataque. Llamo a mi mujer, quien al verlos advierte con claridad la situación. Uno de los dos abraza a la gata y el otro abre la puerta e intenta que el animal asustado pueda salir. Cuesta, porque corre y se detiene previendo una artimaña. Sale al fin al jardín, donde queda camuflado entre las hojas secas. No se mueve. Cerramos puertas y ventanas para que la gata no salga. Pasan las horas y nos asomamos para ver si ya se movió el que parecía estatua, y sí, ya no está. Mi mujer se ocupa en sus cosas y yo en las mías. Oigo un ruido en la cocina que de nuevo me distrae –golpes contra la estufa, dados al parecer con una vara– y voy para allá. La lagartija, quién sabe en qué momento que dejamos la puerta abierta o quién sabe cómo, de nuevo se metió. No tuvo mucha suerte esta vez, porque mi gata la tiene casi muerta, en los últimos coletazos contra la estufa. No le aviso a mi mujer y la dejo sola con su trofeo. Cuando vuelvo a verla tiene la punta de la cola a punto de desaparecer en su hociquito. Concluye su ingesta, apenas salpicada con la sangre de su víctima, y busca uno de los sillones para dormir. Se acomoda y cierra los ojos. Se le ve en completa paz.
Ilustración: Alejandro Nudding.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).