Revista

Líneas de desnudo. 170. Encontrarse. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 170

Encontrarse
Por Manuel Pérez-Petit

Se puede dejar de ser humano, claro que se puede y a la vista salta, si uno, inhabitado, inhabilitado, inservible, en el lecho insano, insondable, inmisericorde y vacuo del fondo más profundo e incognoscible e impenetrable en que, una vez muerto y bien muerto en vida, se derrota de manera irremisible a cuenta de convalecencias espantosas y en apariencia infinitas sin posible cura de dimensiones inabarcables, en el más hondo baldío luctuoso y estéril que pueda existir o pueda uno inventarse poseído por la ebriedad embolada y cruel de esa propia autocompasión innombrable de la que hoy somos en general multimillonarios, transformado en el definitivo pozo séptico de lo que estamos convencidos que es incurable y de una vez por todas y para todos eterno, claudicado, hecho trizas, abrazando las banderas blancas que enarbolamos con ahínco, deshecho en hilachas hilarantes hechas de hipo, deprimidas, patéticas hasta decir basta por el armisticio hacia el que avanzamos corriendo a todo tren con admirable devoción..., entre otros demasiados rimbombantes y crueles desaciertos, inmunes a la desazón, insensibles como muros de plástico, cuando sin ir más lejos el dolor es idéntico en todo a la alegría y procura un bienestar indescriptible, la esperanza se cae con ojos negros pestilentes, el amor, y hasta su último concepto, es causa de una risa de alientos afilados y deformes que nos desnuda de la peor forma hasta el último resquicio incluso de la vergüenza, más allá de lo concebible y lo inconcebible, la capacidad de inventar historias capaces de agrandar el mundo es negada y proscrita mediante decretos radicales de precepto en favor de la copia no solo amanerada, malhumorada y perversa sino desoladora cuyo fin es empequeñecer todo lo creado hasta reducirlo a menos de un átomo haciendo así de todo la pura nada, la gratitud es tan cobarde y ñoña que ha desaparecido por completo, secuestrada sine die por la mierda en que nadamos con un gusto refinado y dieciochesco, el discurso se hace monumento inamovible y triunfante y las palabras de verdad son amontonadas en campos de exterminio destinadas a desaparecer salvo que sean instrumentos bajo la mano genocida del dictado de los nuevos dioses dictadores de todo lo creado, que andan y desandan a sus anchas en mesas escondidas rellenas de impudicia e impunidad sin medida..., sí, como hoy, no solo se puede perder para siempre la condición de ser humano sino que todo indica que, de hecho, se ha perdido.
Y acaso por esta razón podría convenir irse, por si hubiera un lugar en algún rincón o espacio del universo en que encontrarse.




*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Periodista, editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Ha sido director de Comunicación en el Servicio Andaluz de Salud, director editorial de intereconomia.com, adjunto a la presidencia del Instituto Europeo de Márketing, Comunicación y Publicidad, director de opinión de France Telecom España, director de relaciones públicas de la Fundación Leo Matiz o director editorial de AlmuzaraMéxico, entre otros puestos de responsabilidad. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. En la actualidad se dedica a la consultoría de alta dirección y a la docencia. Mantiene la columna Líneas de desnudo en la revista mexicana de fomento a la lectura Letras, ideaYvoz.

Valle de tinta 8. Pájaros de arcilla. Miguel Isaac Zavala Flores

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Pájaros de arcilla

El viento de oeste rompía contra las rocas del pueblo de San Juan, el árido suelo junto al calor sofocante parecía formar el carácter de las personas que vivían ahí. Los habitantes se dedicaban a la alfarería, por lo que los hombres eran fornidos, acostumbrados a cargar grandes cantidades de materia prima.
José, por el contrario, era un joven escuálido, nacido con dificultades en su habla prefería quedarse callado la mayoría del tiempo. Era un observador innato y le gustaban las aves. A veces, se imaginaba a sí mismo en esas parvadas sincronizadas volando al ritmo de la vida. Sus padres decían que era medio tonto, sus amigos lo apodaban como “el mudito” y sus maestros se habían cansado ya de su silencio.
El padre de José le enseñaba en casa la importancia del oficio de la alfarería, le mostraba cómo uno era capaz de moldear el destino de la arcilla con los finos toques de sus manos. Hacía especial hincapié en la fuerza, esa que era tan necesaria para cargar con el barro y para llevar a buen puerto cada pieza terminada. Le mostraba los beneficios obvios del trabajo, como una casa de dos pisos, como un cuarto propio para él mismo.
Él estaba interesado en otras cosas, parecía divertirse mirando las nubes y de vez en cuando corría agitando sus manos como si se emocionara. Observaba los pájaros por horas e incluso se sabía de memoria las características distintivas de cada especie. La hermosa ventana en su cuarto, aunado a que se encontraba en el segundo piso, le permitían disfrutar de su pasión en plenitud.
—Nació mal el niño —decían las hermanas de su madre—. Lo cuidarás toda la vida.
José no hablaba mucho pero su oído era fino, prestaba suma atención a cada palabra, por eso le dolían sus apodos, por eso se sentía una carga para su padre, por eso no saludaba a sus tías. José no lloraba, no sabía cómo hacerlo, razón por la cual las lágrimas se le iban al pulmón, razón por la que tosía todas las noches tratando de sacarse la tristeza de dentro.
En mitad de una sesión de alfarería José fue demasiado brusco con el barro y ensució todo el taller. Su padre furioso comenzó a gritarle con intensidad mientras señalaba la falta de seriedad y de interés por parte de José, comenzó a recriminarlo y a desahogarse de todas esas veces que deseó no haberlo tenido en su vida, que deseó tener a un hijo normal. José sólo tapaba sus oídos, le molestaban los ruidos fuertes.
Una noche sin tos José se escabulló al taller de su padre, sacando las fuerzas más grandes de toda su vida comenzó a cargar con la arcilla y, usando la finura más perfecta, comenzó a moldear sus sueños en el barro. Pasaron una, dos, tres horas. Pasaron las risas de sus compañeros por su mente, el desprecio de su familia, los aleteos limpios y gráciles de los corvatos.
Una vez terminada su obra decidió usarla, mostrarle al mundo de lo que realmente era capaz, enseñarles la belleza que llevaba por dentro.
Cuando la madre de José sacó la basura aquella mañana dio un grito ensordecedor, su cara tenía una mueca de horror. Ante ella se encontraba la imagen del cadáver de José junto a un par de hermosas alas de barro.
Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo. 

Voces ensortijadas. 307. La poesía nos une. María Gabriela López Suárez

Photo by Marco Carmona : https://www.pexels.com/photo/cozy-bookstore-with-cat-and-chalkboard-sign-29380479/
Voces ensortijadas  

La poesía nos une
María Gabriela López Suárez

A todas las generaciones, amantes de la poesía.

No recuerdo cuándo fue mi primer acercamiento a la poesía. Lo más probable fue en la educación formal; la educación en casa alimentó mi interés por la literatura de cuentos, leyendas, novelas. Lo que si tengo claro es que desde la secundaria me gustaba escribir, frases sueltas, reflexiones y en el bachillerato comencé a hacer intentos de poesía, con rimas.

Es en la etapa universitaria cuando de nuevo tuve acercamiento con la poesía; al ingresar a la licenciatura se ofertaron talleres distintos, los días sábados. No sabía por cuál decidirme, así que asistí a varios, uno cada sábado. Pasé por el de teatro, donde tuve debut y despedida. En mi primera sesión me tocó ser la protagonista de una historia, de espectadora pasé a actriz. No era lo mío. El segundo taller fue el de poesía; llevaba mi libreta con algunos textos escritos. El maestro era un experto en la materia, lo percibí también muy estricto. Escuché los comentarios que hacía al texto de otro chico, demoró bastante y a partir de eso decidí que no leería mis textos. No regresé al taller. Mi tercera opción fue periodismo y ahí es donde continué.

En la licenciatura tuvimos mucho acercamiento a la literatura, sobre todo novelas; Jaime Sabines fue uno de los poetas al que leímos y analizamos algunos de sus escritos. De nuevo estaba en contacto con la poesía. Muchos años después, ya en la vida laboral, escuchaba poesía ocasionalmente, en eventos culturales, casi como al azar.

Hace alrededor de tres años la poesía y yo nos volvimos a encontrar, de manera más constante, en distintos espacios, presenciales y virtuales. Si de algo estoy convencida es que no es fácil escribir poesía, de ahí que no escribo poemas. Sin embargo, en este nuevo encuentro me he deleitado con escuchar poesía. Una aliada fundamental ha sido la maestra Chary Gumeta, gestora cultural, poetisa, amante de las letras, a quien con mucho cariño agradezco hacerme partícipe de eventos donde la poesía se hace presente. Escucharla, así como a las voces de otras mujeres como Damaris Disner, Susy Bentzulul, Adriana del Carmen López Sántiz, Karen Liliana Pérez, Nadia Arce y varones como Risckobal Velasco, Marco Von Borstel, Roger Octavio Gómez, Rodrigo Tarabillo, Pedro Licona, por citar algunos ejemplos, me ha resultado no solo una experiencia grata sino una bella y cálida forma de reanimar el andar cotidiano, en este mundo tan ajetreado; la poesía brinda la manera de encontrarnos a través de las voces de otras personas.

Les invito a que cuando tengan la oportunidad de escuchar o leer poesía lo hagan. La poesía nos da la oportunidad de conocer otras miradas, de reconocernos en ellas, de recordar que en la diversidad hay puntos en común en nuestros terruños distintos y también de sentir cómo nuestro corazón late de emoción al conectar con los textos. De ahí que puedo decir que la poesía nos une. Sí, nos une y nos reúne. Es una valiosa y potente herramienta para conectar corazones, pensares y llevarnos a reflexiones sobre distintas temáticas importantes y que, por ende, forman parte de las realidades en que estamos inmersas.

Para cerrar comparto un poema de Rodrigo Tarabillo, poeta boliviano, a quien tuve la oportunidad de escuchar en días pasados en la XVII edición del Proyecto Posh:

Apolo
Y al terminar la canción
Volveré a ser
Un simple humano.
Photo by Marco  Carmona : https://www.pexels.com/photo/cozy-bookstore-with-cat-and-chalkboard-sign-29380479/
Photo by Marco Carmona : https://www.pexels.com/photo/cozy-bookstore-with-cat-and-chalkboard-sign-29380479/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Catedrática, periodista, escritora y comunicadora

Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, del Sistema Estatal de Investigadores, de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y de la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL). 

Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural. 

Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos.  En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo.  Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.

Polvo del camino. 306. La canción de la cobra. Héctor Cortés Mandujano

La ilustración es de Camilo Herrera Cortés.

  Polvo del camino/ 306

La canción de la cobra
Héctor Cortés Mandujano

Se vuelve de la inspiración como se vuelve de un país extranjero.
El poema es la narración del viaje

Federico García Lorca

La Editorial Cátedra, publicó en 1995, con edición de Allen Josephs y Juan Caballero, en uno de esos libros que tienen información clave para entender y desmenuzar contenidos, dos libros fundamentales en la obra del enorme Federico García Lorca: Poema del Cante Jondo y Romancero gitano.
Lorca, dicen los editores (p. 76), “comienza en Poema del Cante Jondo donde otros poetas no han podido llegar”. Este pequeño libro de poemas, escritos con lenguaje cercano y familiar, lo amigó a algunos lectores y lo alejó de otros cuando se publicó (en 1931). Dice en “¡Ay!” (p. 158): “El horizonte sin luz/ está mordido de hogueras”.
En “Tres ciudades” (Malagueña) escribe (p. 196): “La muerte/ entra y sale/ de la taberna. […] Y hay un olor a sal/ y a sangre de hembra”.
Poema del Cante Jondo, dicen Josephs y Caballero (p. 77), “es un libro interior, penetrante –ya lo hemos dicho, íntimo– que busca la esencia oculta y oscura del mundo del cante, que busca el detalle perfecto, el matiz específico, el efecto sugerente pero de plano limitado […] El Romancero, en cambio, representa la universalización del gitano –o la agitanización del universo–, el llevar a propósito al nivel de mito esa misma sensibilidad gitana-andaluza del cante”.
Romancero gitano fue publicado por primera vez en 1928. En una nota del célebre poema “Preciosa y el aire” (que quiere violarla) escriben (p. 229): “Clebert afirma que los gitanos ‘tienen un terror casi enfermizo al soplo y al viento. El viento, dicen, es el estornudo del diablo’ ”.
Escribe Lorca en San Miguel (Granada), p. 252: “Y el agua se pone fría/ para que nadie la toque”.
En el famoso (de este libro la mayoría de los poemas son muy conocidos) “Prendimiento de Antoñito el Camborio en el camino de Sevilla”, que se deja detener por la gendarmería sin oponer resistencia, escribe Lorca, alarmado por la pérdida de hombres bragados (pp. 263-264): “ Si te llamaras Camborio,/ hubieras hecho una fuente/ de sangre, con cinco chorros./ Ni tú eres hijo de nadie,/ ni legítimo Camborio./ ¡Se acabaron los gitanos/ que iban por el monte solos!/ Están los viejos cuchillos/ tiritando bajo el polvo”.
En “Romance de la Guardia Civil Española” dice algo muy lindo sobre su identidad (p. 283): “¡Oh ciudad de los gitanos!/ ¿Quién te vio y no te recuerda?/ Que te busquen en mi frente./ Juego de luna y arena”.
La escritura de Lorca es bella y sorpresiva. Dice en “Thamar y Amnón” (p. 297): “En el musgo de los troncos/ la cobra tendida canta”. El poema es sobre la violación. La sintetiza en un cuarteto prodigioso (p. 299): “Ya la coge del cabello,/ ya la camisa le rasga./ Corales tibios dibujan/ arroyos en rubio mapa”.
En un poema no incluido oficialmente en el Romancero, “Voto”, escribe (p. 304): “¡Corazón/ con siete puñales!/ ¡Ya es tarde!/ Vete por el camino/ de los ayes”.
Este poeta extraordinario fue asesinado por los soldados, por la dictadura, por la fuerza estúpida, en 1936…
La ilustración es de Camilo Herrera Cortés.
La ilustración es de Camilo Herrera Cortés.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Valle de tinta 7. Mis gritos ahogados en rojo. Miguel Isaac Zavala Flores

Photo by Esdras Jaimes: https://www.pexels.com/photo/vibrant-diablo-congo-mask-in-portobelo-festival-31949078/

 
Mis gritos ahogados en rojo
Miguel Isaac Zavala Flores

Cuando la bala perforó mi esófago, no tuve oportunidad de gritar, reír o llorar. Me atraganté con la sangre que poco a poco se coagulaba. Mis gritos ahogados en rojo reclamaban una vida a medias, sin amores suficientes, con odios excesivos.
Mi madre me advirtió, me dijo que dejara este camino de pastillas y pistolas. Ahora soy un cadáver más, uno que no extrañarán, uno que, de hecho, celebrarán en mi agonía. Tal vez mi padre llore un poco, tal vez mi madre sea la única que realmente pueda recordarme. ¿Quién más lo haría? ¿Quién derramaría sus lágrimas por un criminal?
El tiempo pasa y mi cuerpo se siente frío, curioso, puesto que yo ya me creía en el infierno. Las almas de mis muertos me arrastrarán a su sufrimiento infinito, a su rencor insano. No pasa nada, el tiempo se detiene y empiezo a flotar, soy una gota de rocío, una mota de polvo, un átomo inestable.
Veo el surgir de las eras y los imperios, veo mis electrones ser onda y sonido, ser míos e impropios. ¿Qué soy? La muerte. Soy la fisión que igualó a los soles, soy el arma del soldado, soy el hambre de los pobres, soy la enfermedad del mundo. ¿Qué soy? La vida. Soy la reconstrucción de las ciudades, soy la hierba en el cemento, soy la unión de gentilezas, soy la cura de los pecados.
De repente veo vacío, veo el espacio inmaterial que nos habita, veo la sombra de la ausencia, el persistente deseo de existir. Veo el choque universal, veo la estrella de la que nací, de la que nació mi padre y su padre y su padre… Veo sin ojos y sin nervios, soy la nada, el todo, lo mucho y lo poco. Soy los distintos planos de existencia. Una estrella de protones, una sonrisa de amor. Un miedo absurdo, una onda gravitacional. Soy el tiempo y el espacio curvo, soy la carta que escribió Neruda.
Me paseo por las probabilidades infinitas, por el curso de las galaxias. Veo a la humanidad doliente y me creo un dios, veo los desiertos de bondad y me creo un demonio. Miro los secretos de la existencia, el polvo del polvo, los engranajes del destino. Intento encajarme en la escala universal y me doy cuenta, yo ya no existo.
Dejé de ser parte del cosmos, soy un extranjero de la realidad, un nómada de tiempos, un muerto para la vida. Los pedazos de mí vagan por el mundo. Mis órganos ahora son larvas, mis cabellos son polen, mi carne es abono, mi vida es un recuerdo de mi madre.
Con la tristeza del abandono me proclamo huérfano del existir. La oscuridad me cubre con su manto orfanatorio y me susurra “ven”. Me limpia las lágrimas y la mente, comienza a borrar mis recuerdos y mi voz. Todo es oscuridad, soy sólo un punto, un punto y final.

Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo. 

Voces ensortijadas. 306. Esclava del tiempo. María Gabriela López Suárez

Photo by Antonio Miralles Andorra: https://www.pexels.com/photo/dramatic-interior-view-of-orsay-museum-clock-32603615/
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Esclava del tiempo

A todas las mujeres, de todos los tiempos.

Como todos los miércoles, Martina revisó si todo estaba en orden antes de salir de casa. El refrigerio de Fernando, su hijo de 7 años, el desayuno de Enrique, su esposo y el de ella, en sus respectivas loncheras. A diferencia de ella, Enrique solía poner las alarmas en su dispositivo móvil para recordatorio de los pendientes que tenía. Ella prefería poner notas sobre el refrigerador, de tal forma que cada mañana y noche, antes de ir a dormir hacía los repasos y cambio de notas, en caso de ser necesario.

Respiró con alivio al ver que ya ponían salir de casa. Llamó a Fernando y terminó de acomodarle el uniforme de la escuela y el cabello. Enrique ya estaba haciendo lo suyo, sacando el coche para emprender el viaje.

Ese día le tocaba a Martina ser la conductora, se iban intercambiando días con Enrique. Pasó a dejar a Fernando a la escuela, posteriormente a su esposo y luego se dirigió a su trabajo. Revisó el reloj, estaba a buen tiempo para llegar a la oficina. Desde que la habían ascendido como Jefa de Departamento en la empresa donde laboraba, solía llegar a las 8:30 de la mañana, aunque su horario de entrada era a las 9. El ascenso significó mucho para ella profesionalmente, pero también le había implicado destinar más horas de su tiempo a las distintas labores que realizaba, no solo en la oficina sino en los demás roles que cumplía. Más de una vez se había planteado la pregunta si sucedía lo mismo con sus compañeros varones, jefes de área.

Llegó a su oficina, abrió la ventana que daba a la calle, prefería que el espacio se iluminara con luz natural, hasta donde fuera posible. Abrió la lonchera y sacó su termo para beber su café. Prendió la computadora y comenzó a verificar su agenda, la lista de actividades pendientes. Revisó su correo electrónico. Se acordó que tenía que desayunar, lo hice en un pequeño intermedio. Entre esas actividades y un par de reuniones se le fue el día.

Verificó la hora, tocaba ir por Fernando. Siempre le gustaba salir 20 minutos antes de las dos de la tarde, para llegar en tiempo y que el niño no esperara. Mientras iba a la escuela se acordó que no había comido su colación de frutas, la había preparado con tanto esmero. Su mente intentó justificar el acto, ¿en qué momento lo podría haber hecho con tantas actividades? El semáforo estaba en alto y Martina comenzó a observar a su alrededor, la gente en movimiento constante, ritmos acelerados, casi como ir en automático. Se percató que ella ni siquiera había puesto atención a cómo se veía el cielo a mitad de semana. El verde del semáforo detuvo su reflexión. Siguió el camino.

Llegó por Fernando, bajó del auto y fue a la entrada de la escuela. Pasó al área donde la niñez esperaba a las mamás y papás, saludó a las profesoras que estaban ahí y recibió a su hijo, quien con una gran sonrisa la esperaba. Tomó su mochila y se fueron al coche.

Camino a la oficina de Martina, Fernando platicó a su mamá que uno de los temas de sus clases había sido estar en contacto con la naturaleza. Y que hablaron de cuántos parques conocían en la ciudad. El niño dijo que tenía mucho tiempo que no iban al parque, que tenía ganas de ir. Ella se quedó en silencio, se le vino a la mente el itinerario de sus días, Fernando tenía razón, desde su ascenso laboral ella se había olvidado de darse espacio para las actividades más comunes que tenían sentido, plantear más convivencia con su familia y con ella misma.

La conversación con su hijo le hizo darse cuenta que se estaba convirtiendo en una esclava del tiempo y eso no le resultaba nada grato. No era justo para ella, ni para su familia. Volvió la mirada a Fernando, se topó con los ojos atentos y luminosos del niño, le dijo que esa noche durante la cena platicarían con Enrique para ponerse de acuerdo a qué parque irían cada fin de semana. La sonrisa de Enrique fue un apapacho a su corazón, continuó escuchándolo sobre los planes que preparaba para hacer en familia.
Photo by Antonio Miralles Andorra: https://www.pexels.com/photo/dramatic-interior-view-of-orsay-museum-clock-32603615/
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Catedrática, periodista, escritora y comunicadora

Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, del Sistema Estatal de Investigadores, de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y de la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL). 

Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural. 

Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos.  En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo.  Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.

Polvo del camino. 305-A. Imágenes nómadas, 1 a 4. Héctor Cortés Mandujano

Foto: HCM y Alfredo Espinoza

Polvo del camino/ 305-A

Háctor
Antes o después de los aplausos/ III
Imágenes nómadas, 1 de 4

Héctor Cortés Mandujano

En 2021 ganamos el financiamiento para hacer la Gira Nacional por Espacios Independientes promovida por el Teatro Helénico, con mi obra La divinidad del monstruo. El equipo de gira (Oaxaca, Puebla, Guerrero y Chiapas) lo constituimos: Dalí Saldaña, iluminador y staff; Nadia Carolina Cortés Vázquez, maquillista, vestuarista, encargada de fotografía y video; Alfredo Espinoza, actor y coordinador de la gira, y yo, en mi carácter de actor, autor y director, y el que se queda sentado mientras los demás ven lo de las luces, hablan con la gente de los teatros y resuelven los asuntos de hospedaje y comida, no por sentirse muy importante, sino por su inutilidad para las cosas prácticas.
Saldríamos de noche, en autobús, rumbo a Oaxaca. Fue normal que llegaran a despedirnos mi mujer, mis nietos (hijos de Nadia) y la mamá de Dalí. El detalle lindo y singular fue que también se aparecieron para desearnos suerte nuestros amigos Tania Corzo y Juan Ángel Esteban. Partimos.
Llegamos a Oaxaca. En un muro, una pinta: “¡Fuera EPN de México!”; deseo cumplido: desde que dejó la presidencia de la República, Enrique Peña Nieto se fue a vivir como rey a España.
Llegamos a la casa donde nos hospedaremos, una AIRBNP: la cocina era/es común para todos los huéspedes (podemos, si llevamos los insumos, preparar nuestros alimentos), no hay baños individuales y cuando llegamos a nuestro cuarto me di cuenta de que nunca hice caso de lo que decía Alfredo, cuando me explicó sus reservas de hotel y pasajes: era una habitación para ocho, con literas; las camas de abajo estaban ocupadas y nos tocaban las de arriba. Nunca antes había dormido en una litera y supuse que, sin remedio, me caería. Pensé en decirles a mis compañeros que yo me iría a un hotel, con mi dinero, y que ellos se quedaran allí. Alfredo vio mi rostro y notó mis intenciones. Pensé que se sentiría mal con mi decisión, tomé un respiro profundo y me trepé a mi tapesco. Sobreviví. Al otro día se desocupó una cama de abajo y, con la venía de mi trío de acompañantes, la ocupé.
Uno de nuestros compañeros de cuarto era muy conversón. Andaba con camiseta y parecía un luchador retirado: fornido de pecho y brazos, panzón, con bigote y barba abundante, voz de barítono. Me sugirieron su profesión los muchos zapatos dorados que tenía: de vestir, chanclas, babuchas, botas… ¿Qué otro oficio puede coincidir con esa profusión de calzados atípicos? Lo descubrimos en la noche, cuando lo encontramos, a nuestro regreso de nuestra primera función, con un vestido de lentejuelas, párpados y boca pintados. Nos saludó alegremente. Evidentemente no era luchador.
Llegamos al teatro y los que debían atendernos no fueron amables, sino rayanos en la grosería. Cada cual hizo lo suyo y, justo cuando íbamos a maquillarnos, Nadia se dio cuenta que había olvidado su maletín de maquillaje en el hotel. En la obra a mí me pintan la cara de blanco (incluyendo cejas, bigote y barba) y a Alfredo le desaparecen las cejas. Alfredo podía salir sin maquillar, pero mi personaje perdería mucho de su personalidad si yo salía con la cara limpia. El azar hizo que alguien hubiera olvidado una caja de talco en el camerino y Nadia hizo una plasta con ese polvo y lo que llevaba de crema en su bolsa. Daba el gatazo.
Salimos. La obra empieza a oscuras. La iluminación, en ese teatro, La Locomotora, se debe programar en una lap. Cuando debió entrar, la computadora dejó de funcionar. Yo, por razones de montaje, llevaba una lámpara de mano y comencé a iluminar a Alfredo y a iluminarme con la lámpara cuando cada cual decía su parlamento.
De pronto, ¡se hizo la luz! Dalí pudo iluminarnos y fue maravilloso ver como en los rayos lumínicos mi rostro se iba deshaciendo: con cada movimiento el talco caía y se veía hermoso, poético. Polvo eres
Una muchacha se acercó a felicitarnos. Dinorah se llama. Nos dijo que estaba muy agradecida por nuestro trabajo, que le había encantado, y que para corresponder a lo que le habíamos hecho sentir y pensar nos invitaba a desayunar en su puesto del mercado. Fuimos, claro, y le regalamos un libro de la obra, firmado por los cuatro. Ese el rostro de amistad que mejor recordamos de Oaxaca…
Foto: HCM y Alfredo Espinoza
Foto: HCM y Alfredo Espinoza




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 305. Atardecer en vuelo. María Gabriela López Suárez

Fotografía de MGLS:
Voces ensortijadas  
María Gabriela López Suárez

Atardecer en vuelo

Roberta revisó la hora, apenas y alcanzaba a llegar al aeropuerto. Sentía que el corazón estaba a punto de estallarle; iba en un taxi y había quedado atrapada en medio del tráfico de la gran ciudad. El conductor hacía su mejor esfuerzo para buscar rutas alternas, pero no había disponibles. Roberta respiró profundo, tratando de que la angustia no le ganara más y en su afán de llegar le alzara la voz al conductor.

Ella revisó su aplicación de Google maps, buscó ubicación y decidió que pediría bajar, le faltaba alrededor de un par de cuadras largas para llegar al aeropuerto. Estaba consciente que le tocaba emprender una gran carrera fuera y dentro del aeropuerto. Pagó y se bajó del taxi, el conductor se disculpó, pero justo estaban en la hora pico de la tarde; ella agradeció el gesto y después comenzó a correr.

Se agradeció haber ido ligera de equipaje, eso le permitía desplazarse un poco más rápido. El tramo afuera del aeropuerto se le hizo eterno; tomó aire al llegar al aeropuerto. Descansó unos segundos mientras buscaba con atención el número de su vuelo en las pantallas. Sintió un gran alivió cuando leyó ‘vuelo en tiempo’. Se abrió pasó entre la muchedumbre de gente viajera y buscó la sala número 78. Llegó cuando faltaban cinco minutos para cerrar el vuelo.

Abordó, se sentó. Agradeció a su cuerpo el esfuerzo que había hecho para estar justo a tiempo. Sintió que le volvió el alma al cuerpo. Cerró los ojos, el corazón había regresado a su latido normal. No demoró para que el vuelo despegara. Estaba sentada al lado de la ventilla, así que decidió contemplar un rato el paisaje antes de dormitar. La puesta del sol se asomó pronto. Roberta se quedó pensando que cada atardecer, al igual que los distintos momentos en la vida, es irrepetible.

Como en una bella pintura, el azul se apreciaba degradado en sus distintas tonalidades, desde el más intenso hasta el tono más claro, además se fusionaba con un intenso color naranja y en la parte más alta se dejaba contemplar la luna, en forma de uña, como haciendo un guiño. Roberta permaneció observando hasta que el cielo se tornó oscuro. Respiró profundo, la carrera de la tarde había valido la pena para deleitarse con ese bello atardecer en vuelo. Sonrió y cerró sus ojos. Faltaba poco para llegar a casa.
Fotografía de MGLS:
Fotografía de MGLS:

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Catedrática, periodista, escritora y comunicadora

Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, del Sistema Estatal de Investigadores, de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y de la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL). 

Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural. 

Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos.  En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo.  Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.

Polvo del camino. 305. Niñas y geckos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 305

Niñas y geckos
Héctor Cortés Mandujano

Damaris Disner se ha mantenido fiel, desde sus inicios, a la escritura dramática y, entre sus obras, un tema central: las infancias. En ¿Quién escucha a los geckos? Explora los juegos y los desencuentros entre las pequeñas hermanas, y lo que sucede cuando una enfermedad aparece en su mundo idílico. Esa, también, ha sido su constante: no escribe comedias o tragedias, sino piezas contemporáneas en las que la vida, con sus matices sombríos y luminosos, se sube a escena.

Si le hacemos caso a Freud, Damaris Disner no ha soltado el hilo del papalote que le hace volar tan alto en los cielos infantiles. Pero su dramaturgia tiene la impronta libertaria de las niñas y, al mismo tiempo, el control literario de una mujer que conoce a detalle el intríngulis de la trama, el diálogo, el montaje. No se llega solo por intuición a un texto tan bien armado y escrito como ¿Quién escucha a los geckos? Aunque la obra es breve, incorpora en ella la tecnología, que nos permite ver al gecko y la enfermedad en la pantalla, con un suspenso creciente, como una sugerencia de teatro de muñecos y a una breve y tremenda secuencia epistolar.
En ¿Quién escucha a los geckos? hay también sororidad, imaginación y aprendizaje significativo, especialmente entre las hermanas Noíl y Amaité. Eso leerán quienes se asomen al texto, eso verán quienes disfruten la puesta en escena y eso sentí yo.

[Este texto fue leído por el autor en la presentación del libro. Museo del Café. 14 de noviembre de 2025. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Valle de tinta 6. El ladrón de cuerpos. Miguel Isaac Zavala Flores

Foto de Anna-Louise: https://www.pexels.com/es-es/foto/cementerio-bajo-el-cielo-nublado-674732/

 
El ladrón de cuerpos
Miguel Isaac Zavala Flores


Según lo que leí, era una vieja costumbre que tenía. En ocasiones le molestaba, lo consideraba una adicción. A veces era por una sonrisa, por una lágrima, incluso por un suspiro, razones simples pero suficientes para llevárselos, para robarse su cuerpo. Le encantaban, tan diversos en sus formas, en sus experiencias, en su vivir. Todos tenían algo que aportar, tenían algo de él escondido en sus vidas, en su futuro.
Se creía merecedor de todo lo vivo sobre su tierra, por eso es que, a pesar del dolor de una familia rota, del llanto del infante, del miedo helado, de las oraciones de cristal, de la súplica eterna, a pesar de ello, se los robaba. Los traía consigo para admirarlos en otro plano, para decirles los secretos del existir, para enseñarles su muerte.
Llevaba demasiados años ya con esa insana necesidad, la edad no jugaba a su favor y se notaba más compasivo que antes. Dejaba llegar a la vejez a los que antaño habría matado cumplidos los treinta. Se consideraba a sí mismo misericorde, pero lo cierto es que el ansia lo carcomía. Por eso por cada viejo que dejaba llegar a sus noventa, tomaba en intercambio a un bebé en sus primeros meses; por eso la guerra no paraba; por eso la enfermedad azotaba al mundo.
Algunos huyen de él, otros lo rechazan e incluso existen quienes lo alaban, pero sin importar qué, llegado el momento, se los lleva, ya sea por accidente o por destino, siempre se van con él. Las risas, esas que no se pueden mantener, las convierte en brisa, los odios en alimento para gusanos, los miedos en frío invernal, el amor en recuerdos.
Desde que se llevó a papá, intento hablar con él para pedirle que pare con su locura. Nunca me responde. Interpreto sus silencios como advertencias, como esa amenaza de que pronto me robará también. Mamá dice que Dios es bueno, que papá está mejor con él. Para mí sólo es un ladrón, un ladrón de cuerpos.

Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo.