Tania Corzo Hernández, en los cuentos que conforman Yo, su espejo (Tifón, 2025), se ve a sí misma en una cama de hospital y decide su vida y su muerte, pero también a su lado, detrás y delante están las imágenes de varias mujeres que, como ella, han decidido tomar las riendas de su destino, y envenenar o quemar a los hombres que las maltratan, o practicar la sororidad para abrir la celda de la mujer a la que han vuelto loca y para armar el expediente que castigue al feminicida que podría quedar impune, o gozar la pasión infiel al filo del abismo o descubrir que el amante se ha ido para no volver... Aunque hay evidentes ficciones (“Voluntad anticipada” y “Sombras siniestras” , por ejemplo), el tono que predomina en el libro es el del realismo y el hiperrealismo. El rol de los hombres en casi todos los cuentos es terrible y parece ser parte del eterno masculino: de despojo y deshumanización en “La loca”; de feminicidio en “Una más, en la gran ciudad”; de violación e intento de homicidio en “Plática de adultas”; de engaño y abandono en “En el mar”... Hay dos casos donde la mujer es también parte del mal (“Perfidia” y “El reencuentro”) y hay además, por suerte, dos historias donde el hombre no es expolio y avasallamiento, sino posibilidad de compañía y amor: “No te olvidaré” y “Fronteras”. El breve volumen tiene, también, una muestra más del talento ilustrador, en portada, de Juan Ángel Esteban Cruz y el buen hacer editorial de Juventino Sánchez. Como en el clásico de Horacio Quiroga, hay aquí amor, locura y muerte, y la mirada atenta de una mujer que sabe hilvanar la trama cuentística y usar los registros lingüísticos que mejor hacen sonar las palabras para que, en el espejo verbal, se puedan ver con claridad los cuerpos y las almas de sus personajas. Yo, su espejo, de Tania Corzo Hernández, es un libro apasionado y apasionante.
[Texto que forma parte de la contraportada de Yo, su espejo, de Tania Corzo Hernández, leído por su autor en la presentación del libro en el auditorio de la Rial Academia de la Lengua Frailescana. 11 de enero de 2025. Villaflores, Chiapas.]
Ilustración: Jacobo Herrera Cortés.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
─Qué bueno que llegaste ─dijo él desde el sofá─. El asesino de las mil caras volvió a atacar. ─Sí, qué miedo. Acabo de enterarme y he venido corriendo ─ella cerró la puerta con llave─. ¿Ya cenaste? ─No tengo hambre. Me he estado preguntando cómo será el verdadero rostro de ese asesino. ¿De veras es tan difícil reconocer sus intenciones? Yo creo que algo siempre se les nota. En los ojos, en el semblante, algo. ─No me pongas más nerviosa y ayúdame a preparar la mesa, ándale, que yo me comería un pollo entero. ─Sí, tal vez sí es muy difícil ─insistió él, levantándose del sofá para ir, con una idea fija en la cabeza y un trozo de cuerda en las manos, donde la mujer se cambiaba los zapatos de calle por unos chanclos.
Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.
Obra publicada: Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.
Reflexionando acerca de filosofía y literatura, del fuego y del peso de las ideas en la palabra, la tempestad –que sería la literatura– es, y es evidente, diversa en esencia de la calma –la filosofía–. Que ésta ha pretendido históricamente usar de aquella, o ha visto en ella un modelo ideal de su propia expresión es una obviedad. Que, en cambio, aquella no se preocupa ni se ha preocupado en la historia demasiado de ésta también puede serlo, pese a lo cual se podría debatir con mayor amplitud. Que la crítica ha mezclado con frecuencia criterios literarios y filosóficos para el análisis de los textos literarios no es menos evidente, y, sin embargo, esto ameritaría también un análisis más profundo. Puede encontrarse la virtud en que es del César lo que es del César, sin obviar que a partir de tal axioma se abren muchas opciones para la reflexión. Y también en que hay claros puntos de convergencia entre ambas, dado que las artes de la palabra no son compartimentos estanco. Se habla, pues, de algo tan antiguo como la capacidad que tiene el ser humano de darle corporeidad con palabras a su pensamiento, que tiene múltiples formas de expresión directas e indirectas pero que con el lenguaje se sintetiza y fija. Dicho de otro modo, en la calma siempre se habló de la tempestad, mientras que en la tempestad nunca se habló de la calma y solo se habló de la propia tempestad. Y quizá esa sea la relación entre filosofía y literatura. Lo cierto es que esta relación se ha vertebrado de manera principal en tres líneas: Filósofos que han escrito y escriben obras literarias, escritores que partieron y parten en su tarea creativa de una escuela filosófica y filósofos que hallaron y encontraron y hallan y encuentran en la literatura la fuente de su pensamiento. Son los casos, en el siglo XX, de Jean Paul Sartre (1905-1980), Albert Camus (1913-1960) y Martin Heidegger (1889-1976). El primero hizo literatura con la intención de transmitir sus ideas a la mayor cantidad de público posible, el segundo creó literatura a partir de unas ideas filosóficas concretas y asumidas en su propia vida y el tercero partió de varias fuentes artísticas para establecer su sistema filosófico. Se podría decir que la filosofía y la literatura forman una pareja de enamorados en la que el conflicto es el modo de vida, pero en la que cuando tiene lugar el encuentro, éste es de gran fecundidad. Y yo creo que la fecundidad es algo que hoy le falta al mundo.
La peña del cuervo, en Mineral del Chico, Hidalgo.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.
Sofía revisó su reloj, ese viernes se había concentrado en el desarrollo de la propuesta de un proyecto cultural para infancias que presentaría el siguiente lunes. Tenía mucho entusiasmo por lo que representaba esa propuesta para su colonia, en el documento había integrado las ideas y necesidades que las niñas y niños de su colonia señalaron en un diagnóstico previo. Su celular sonó, era un mensaje de Romina, su amiga y compañera del trabajo, le recordaba que esa tarde se verían para organizar una kermés en el barrio donde vivía Romina, a beneficio de niñez migrante de madres y padres desplazados. —¡Chofi! Por favor, acuérdate que nos vemos hoy, a las 6 de la tarde en la canchita del barrio. Invité también a Temo, a Lupita y a Quique, seguro que traen buenas ideas. —¡Hola Romi! Gracias por el mensajito, nos vemos en un rato más. Terminó de hacer ajustes de formato al texto y Sofía revisó nuevamente el reloj, estaba justo a tiempo para salir a la cita con Romina. Se dirigió al sitio de vagonetas que la llevarían al barrio de su amiga. El carro no tardó en salir. El trayecto le tomaría alrededor de 30 minutos. Sofía se sentó en lado de ventanilla, se colocó sus audífonos. Pensó que tenía dos opciones, dormitar un ratito o bien, observar el paisaje. Eligió la segunda. La luz de la tarde era sumamente hermosa. A diferencia de otros atardeceres que pintan el cielo con distintas tonalidades desde los tonos celestes, rojizos, naranjas, violetas, azules y grises, ese atardecer en invierno tenía una luz en tono dorado que irradiaba a todo el paisaje. Lo anterior, permitía que los árboles lucieran al máximo sus distintas formas, tamaños, follajes y ramas. El trayecto le pareció un gran regalo a Sofía, contempló ceibas, árboles de flamboyant, algunos pinos, y a lo lejos alcanzó contemplar las montañas que rodeaban la ciudad y las siluetas de los árboles que las bordeaban. Los tonos que predominaban esa tarde eran dorado y una especie de tono oscuro que le daba un toque especial a todo el paisaje, como a manera de contraluz. Indudablemente esa tarde era hermosa. Sumado a lo anterior, la pieza de jazz contemporáneo le daba un toque peculiar que la hacía sentirse muy animada. El celular de Sofía sonó nuevamente, era un mensaje de Romina que preguntaba si ya estaba cerca. —¡Romi ya estoy a unos minutos de llegar a la parada! ¡Nos vemos en la canchita! Mientras Romina continuaba con los ojos atentos al paisaje, su corazón también se deleitaba con la música de jazz.
Fotografía: María Gabriela López Suárez.
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Fue, recuerdo, una fiesta que hice en mi departamento. No tengo claro si fue por la presentación de un libro o la puesta en escena de alguna obra de teatro, porque en esos años yo era pródigo en ambas cosas. El caso es que había una reunión improvisada y llegaron, como suele ocurrir, invitados y colados. Me asombró ver entre aquella tropa que bebía, reía, bailaba, hablaba a gritos, a alguien que me pareció una alucinación: Pepe. ¿¡Qué hacía allí!? Traté de llegar hasta él, pero me lo impidió la gente que quería contarme algo, felicitarme, brindar. Pensé que no importaba: él iba a desaparecer en cualquier momento. Una muchacha bella e inteligente me detuvo y quedé enganchado con ella, tratando de no perder de vista a aquel no invitado asombroso. —Permíteme –le dije, porque sentí que aquello, como dicen los cubanos, “se estaba saliendo de madre”: Había llegado su hermano Fredy y eso ya era una locura. Tampoco pude llegar hasta donde él estaba, porque hubo un revuelo, parecía que se habían puesto de acuerdo todos en irse. Se despidió un grupo de personas y otro y otro. Sólo quedó Pepe, sentado en un sillón, con la cabeza gacha, yo supuse que durmiendo. Al fin pude acercármele. —Pepe, ¿cómo llegaste, qué haces aquí? —Ah –dijo sin levantar la vista–, supe que ibas a hacer una fiesta y vine a tomar trago. Ya no hay, por cierto, Fredy fue a comprar más, orita viene. —Pepe –le dije–, no entiendo qué haces aquí, la verdad, y supongo que lo que voy a decirte ya lo sabes: Fredy, tu hermano, está muerto desde hace tiempo, lo mataron… —Sí, me acuerdo. —¿Y entonces por qué dices que va a venir? —Porque en eso quedamos. Lo voy a esperar aquí, si no te molesta. —Pepe, es que hay otra cosa muy inquietante para mí: tú también estás muerto. Fui a tu entierro. —Eso no importa –dijo, ya levantando su vista hacia mí–, Fredy y yo sabemos que estamos muertos, pero quisimos venir a brindar contigo y eso vamos a hacer, salvo que tú no quieras y nos eches a la calle. En eso estábamos cuando Fredy abrió la puerta. Traía cervezas y una botella de ron. “Ni modo” –dije para mí– y me serví una nueva copa.
Ilustración: Leonora Ventura
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
He buscado en los ojos de mi madre, encontrando constelaciones esmeraldas que orbitan en un cosmos de inefable ternura, donde cada destello es un susurro de amor eterno. He buscado en el pelaje de mis gatos, descubriendo allí una suavidad indescriptible, como si cada hebra fuera un refugio tejido por manos divinas, un calor que combate el filo implacable del invierno. He buscado en el verdor resplandeciente de las hojas de Joaquín, el noble fresno que le regala sombra a mi casa. Entre sus ramas hallé un respiro de frescor, pero también el lamento de un mundo asfixiado por el humo ponzoñoso de su propia destrucción. He mirado en la penumbra del ocaso y en las estrellas que despiertan en las gélidas noches de invierno; sólo vi la inconmensurable eternidad, sonriendo en su silencio, con la luna como un eco de su enigma. He buscado en la acidez mezclada con dulzura de las zarzamoras, en la piel aterciopelada del durazno, en el crujir cristalino de la manzana y en la pulpa embriagadora del mango. Sólo encontré allí destellos de un edén perdido, deleites incomparables que susurran memorias de un paraíso primigenio. He indagado debajo de mi piel, en la sangre que escribe estas líneas, en los pulmones que se expanden con el aire, y en el estremecimiento de mi carne al recordar. No he dado con él. He buscado en el brillo solar que me deslumbra por las mañanas, calentando mi piel con la promesa de un fulgor que resistirá incluso la muerte del mundo, pero tampoco estaba allí. Mis pasos me llevaron a las tierras altas, donde alguna vez me perdí en un amor tan vasto como sus montañas. En sus calles empedradas, en sus torres que arañan el cielo, en sus ríos y en sus cafés, sólo hallé milagros del mundo antiguo, ecos de cosmogonías lejanas y monumentos que veneran la fugacidad de lo eterno. Entré a las iglesias, buscando en sus sombras y en sus vitrales. Pero sólo encontré un silencio que parecía cavar dentro de mí, un vacío que me empujó a huir sin mirar atrás, sin importar si faltaba al respeto o dejaba mi sombrero puesto. Te busqué también en las aguas saladas del Pacífico, dejando que la arena se hundiera bajo mis pies, mientras el oleaje cantaba su canción eterna. Sólo sentí la cálida brisa marina, el sol que acaricia sin quemar, las memorias infantiles que hierven con la añoranza. He buscado en las palabras de mi padre, siempre poderosas y envueltas en un manto de amor que pesa y consuela a la vez. Allí encontré el sonido del alivio y la calma, pero no te encontré a ti. He buscado en todos y cada uno de los besos que robé, en cada par de parpados cerrándose, sucumbiendo ante mí, pero sólo pude disfrutar de la dicha de estar vivo. He buscado en estas letras, miles y miles de ellas, algunas vivas, algunas muertas y otras por nacer, pero ni siquiera yo puedo jactarme de ser creador y buscarlo al mismo tiempo, sólo hallé mi oficio y mi vocación. He buscado en las fotografías, en los daguerrotipos, en videos y en pantallas, pero sólo han aparecido pobres imitaciones, aproximaciones, eso sí, fantásticas y alucinantes, dignas de idolatrarse y venerar, pero no, no eras tú. Recorrí acantilados, bosques y llanuras, edificios grises y avenidas rebosantes de vida. En cada rincón vi rostros similares al mío, almas que llevan la melancolía derritiéndose en sus mejillas y un brillo de anhelo inextinguible en sus corazones. Miré en mi pasado, en mi presente, en mis bolsillos vacíos y en una mochila desgastada que guarda los restos de quien fui. Busqué en los libros de mi estantería, y leí tu nombre muchas veces, más de las que podría citar en este texto, pero no te encontré precisamente allí, casi, pero no, no se trataba de ti. Bajé por las escaleras y le pregunté a mi perro, él me miró con ojos inundados de inocencia, olisqueó mi mano y después aulló. Si bien no encontré nada, fue él quien me dio una pista. Volteé al interior de casa y vi a mis hermanos, jugaban, estaban inmersos en lo suyo, ajeno al horrible mundo que a diario nos sobrecoge con sus noticias, y en ese estado entendí que quizá ya te conocían. Días atrás me encontré en el último autobús que me dejaría cerca de donde habito, iba vacío y el chofer se olvidó de encender la luz, quizá ni me vio… Y yo, mirando el pasamanos de acero, entendí que, cuando suspendes el estrés y la ansiedad, la paz resurge del silencio, un apenas perceptible lugar entre el sagrado silencio y dormir… Llegué, subí a la buhardilla, me senté en mi silla… Pensé en volver a fumar, pero antes, me puse los audífonos. Busqué una canción y apreté el botón de reproducir… y allí fue donde te encontré.
No hubo dudas, fue una zambullida en el mar antártico, un ventarrón a bocajarro…
Lo encontré en La, en Fa, en Re y en Sol. Lo encontré en Sí y en Do, en Mi y en todas las bemoles. ¿Cómo pude soslayarlo? Vives en cada nota que provoca temblores en el alma, en cada mirada anegada, como un cable a tierra entre los recuerdos y el hoy, eres el baile invisible que nos lleva de regreso a la vida. Es gracias a ella que tengo fe, pues si me lo llegasen a preguntar, diría que sí, ¡creo!, ¡creo! Soy devoto fiel, irredento y perdido en sus ríos. Es ella quien le da sentido a todo, es la sal en la comida, el azul del océano y la luz de todos los ojos que miran con nostalgia… Cada vez que escuche la arrogante afirmación del ateo, cuándo se jacte de que no existe Dios, le diré sin rodeos: La música, allí es donde encuentras a Dios.
Tal y como José Arcadio Buendía lo sintió, en la mágica pianola de Crespi. Aunque a diferencia suya, que creyó que Dios era el ejecutante invisible de la pianola, yo tengo la certeza de que lo es.
Gabriel Mendoza García 15 de enero de 2025
Foto proporcionada por Gabriel Mendoza García.
Sobre el autor:
Gabriel Mendoza García (Ciudad de México, 1984) escritor y creador de videos y contenido en redes sociales, fundamentalmente en la actualidad a través de la plataforma Alcance Tendencia Mx. Fan acérrimo del dúo musical europeo Lacrimosa, quienes representan su mayor fuente de inspiración, desde niño destacó por centrar sus esfuerzos cognitivos en mundos imaginarios y por valerse de su sensibilidad. Su primer intento literario fue El Oráculo de Gaia, una reinterpretación de El Señor de los Anillos, de la cual no queda ninguna evidencia. Su verdadera encomienda personal con la literatura es la saga Sofía, la única que tiene como epicentro la Ciudad de México, una obra coral, apocalíptica, empapada de misterio, acción, suspenso, drama, mitología, ciencia ficción, acción y aventura que, al modo de la mítica serie de televisión Lost, se centra en sus personajes y que comenzó a fraguarse en el otoño de 2007, cuyo primer fruto es Emanación. Es miembro del comité editorial de Almuzara México.
Contigo volé como se vuela cuando dan igual todas las cosas Por Manuel Pérez-Petit
Ya no tiene sentido recordarnos aquellas situaciones en que pusimos desde el primer minuto los cimientos del fracaso, el cual en realidad era y es una realidad, y cuya responsabilidad es solo mía, y fue desde el primer instante en que nos vimos, y más cuando se podía percibir que desde ese momento han llovido las paredes más que los ojos, y lo veía cualquiera menos yo, aunque nadie podía verlo porque nadie nos veía en tu afán por el secreto, en el reproche primigenio de quien de antemano sabe con certeza que todo es una especie de ficción que comenzó con tus observaciones acerca de mi comunicación no verbal y tu necesidad, expresada con vehemente e implacable frialdad de mármol, de escrutar y conocer cada detalle de lo que había sido mi vida, a saber con qué fin o acusación particular cuyos misterios nunca desvelaste. Luego ni le dio tiempo al tiempo de pasar, y yo, que solo usaba mi derecho a ser tránsfuga, a entregarme a una causa que estaba convencido que eras tú, me doné a ti con todos mis defectos y limitaciones y también con todas mis fortalezas, y me negué por entero para donarme a ti como si fuera lo último que me quedara por hacer, en el aturdimiento que me provocabas con mi consentimiento, en la apertura a un mundo nuevo y lleno de posibilidades que me ofreciste y también como si un alud de tormentas me empujara a lo que yo creía que era el paraíso y ha resultado después ser el cadalso en que hoy me vengo despeñando, abismado por mis propias contradicciones y el aplastamiento que tu recuerdo me genera, dejándome llevar por la corriente de mis propias grietas insondables, sometido a la nube de silencio que yo mismo tejí con afán para engañarme y que lleva tu nombre grabado al fuego que aún con todo soy y del que tú careces. No tiene sentido, no lo tuvo, pero yo creí como nunca antes pude creer en nada, habiendo claudicado incondicional de antemano ante los escalofríos de mirarte. A partir de entonces sin yo saberlo fui mi propio lastre, y quizá de igual modo el tuyo, y los tirabuzones de acero en que me convertí me ataron sin remedio a lo que hoy es tu aparente y brutal indiferencia, en la que incluso todo aquello que antes te parecía perfecto hoy opinas que resulta de malo a peor según el caso, y en la manera en que luchas contra el hecho de que llegaste a amarme, de que me amas. Y aunque tengo frío y hambre nunca olvidaré lo que te debo. Contigo volé como se vuela cuando dan igual todas las cosas.
M. P.-P., septiembre de 2024
Fotografía: Archivo personal de M. P.-P.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Periodista, editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.
Cristina revisó el calendario, aún faltaban varias semanas para las vacaciones. Respiró profundo, se sintió como cuando estaba en la primaria que al inicio de cada ciclo escolar averiguaba cuándo eran las siguientes vacaciones. Estaba tan entretenida en eso que no se percató que entró a su oficina Iván, su colega y amigo del trabajo, seguido de Fabiana, la jefa del área.
—¡Hola, hola! ¡Buen día Cristi! —dijo Iván. —¡Buen día! ¿Cómo están? —saludó enseguida Fabiana. —¡Wow! Pero qué coincidencia, buen día, qué gusto saludarles —respondió Cristina, con el corazón un poco acelerado de la sorpresa.
Después de los saludos Fabiana comentó cuáles eran los pendientes más prioritarios y tanto Iván como Cristina tomaron nota para entregar lo que tenían avanzado y lo que trabajarían aún. La primera en salir de la oficina de Cristina fue Fabiana. Iván permaneció un ratito más, comentaron los pormenores de las encomiendas y llegaron al tema de las vacaciones próximas, que era el tema que ocupaba la mente de Cristina antes de las visitas.
Ambos coincidieron en que ir a la playa era uno de los destinos más anhelados, cada quien dio sus puntos de vista y el por qué de ese destino. Iván se despidió y salió de la oficina. Cristina se acomodó en su silla y se puso frente a la computadora, mientras abría el archivo que trabajaría se le vino a la mente la imagen del mar. Se quedó pensando en comentarios que habían hecho algunas de sus amistades, que caminar en la playa ayuda a soltar estrés y tensiones; que el agua salada es buena para la salud; que nadar en el mar es terapéutico; que meditar frente al mar es una experiencia única.
De lo que sí estaba segura Cristina era que a ella le gustaba ir a la playa para disfrutar las puestas del sol y también los amaneceres, para dejar que el agua del mar acariciara sus pies, para quedarse contemplando por mucho rato el ir y venir de las olas y la inmensidad del mar. En resumen, a Cristina le agradaba la conexión tan bella que sentía cuando estaba en ese bello paisaje de la naturaleza.
Hizo una pequeña pausa. Cerró los ojos, se imaginó estar sentada escuchando las olas del mar y contemplando un ocaso, desde su corazón le envío saludos al mar, como si en un susurro le dijera que era su próximo destino. Luego de la pausa abrió lentamente los ojos, volvió al aquí y ahora y comenzó a redactar su encomienda laboral.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Apuntes de oído/ 20 Amémonos Héctor Cortés Mandujano
Buscaba mi alma con afán tu alma
Manuel M. Flores
Hay poemas que toman otros rumbos cuando un músico los vuelve canciones y encuentran en su nueva forma la posibilidad de acariciar otros oídos, otros corazones, que no hubieran encontrado en su formulación escrita. Así pasó con “Amémonos”, del poeta Manuel M. Flores (1840-1885), quien nació, dice en sus Poesías (Editorial Pax-México, 1962: 5), “en el estado de Puebla, en San Andrés Chalchicomula, al pie del hermoso volcán coronado de eternas nieves”. La música la hizo (eso dice Spotify) Carlos Montburn Campos y, aunque ha tenido muchos intérpretes, a mí me gusta solamente cuando la cantan Cucho Sánchez y, mi favorita, Lucha Villa. Tal vez porque las oí de niño y es muy difícil que el día de hoy le pueda ganar al recuerdo. En la mínima biografía, que antecede a sus poemas, escribe una mano anónima (p. 5): “Flores parecía un árabe; los grandes ojos negros, brillantes y expresivos; la cabellera rizada; la tez morena; el espeso y largo bigote; la manera pausada de hablar y de moverse estaban reclamando el turbante, el alquicel y el yatagán de los hijos del profeta”. En “Pensar, amar” se acerca al concepto que redondeará en “Amémonos” (p. 24): “¡Amar! Duplicar la vida,/ escalar el firmamento,/ llevar en el pensamiento/ toda la gloria escondida”. También en “Mirar el firmamento” hace un apunte que parece parte de “Amémonos” (p. 119): “Amar es comprender toda la vida/ y presentir lo eterno”. Desde el título, “Amémonos” es una propuesta dulce, amable. El poema, por supuesto, tiene la sensibilidad de su tiempo, fuera de lo directo con que suelen abordarse ahora las cuestiones amatorias. Hay cursilería, sí; exaltación angélica de la naturaleza humana, respeto a la imaginería religiosa. Dice en su inicio (p. 134): “Buscaba mi alma con afán tu alma,/ buscaba yo la virgen que mi frente/ tocaba con su labio dulcemente/ en el febril insomnio del amor”. El amor es divino, sugiere (p. 134): “Como en la sacra soledad del templo/ sin ver a Dios se siente su presencia,/ yo presentí en el mundo tu existencia,/ y como a Dios, sin verte, te adoré”. Hay varios cuartetos que la canción no incluyó, supongo que para no hacerla más larga de lo que señalaban los cánones radiales de aquellos años. No incluye éste, por ejemplo (p. 135): “No preguntaba ni sabía tu nombre,/ ¿En dónde iba a encontrarte? Lo ignoraba;/ pero tu imagen dentro el alma estaba,/ más bien presentimiento que ilusión”. Tampoco está incluido éste (p. 135): “Y a la primera vez que nuestros ojos/ sus miradas magnéticas cruzaron,/ sin buscarse, las manos se encontraron/ y nos dijimos ‘te amo’ sin hablar”. Amar, dice Flores, “es tocar los dinteles de la gloria”, y también (p. 136) “Amar es empapar el pensamiento/ en la fragancia del Edén perdido;/ amar es… amar es llevar herido/ con un dardo celeste el corazón”. Leo el poema y oigo la canción; oigo la canción y vuelvo a ser un niño que quería amar, para sentir encarnadas estas palabras que me parecían, me parecen mágicas.
Ilustración: HCM.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Regalos que son para siempre Por Manuel Pérez-Petit
Fuego viniste a echar sobre la tierra,/ fuego Tú mismo, blanca luz que llueve
Miguel de Unamuno
Ella era tan alegre e inocente que apenas tenía conciencia casi ni de su propia vida. Tantas experiencias tuvo que yo sentía, cuando me las contaba, una envidia muy especial y un anhelo de vivencias que, ahora, cuarenta años después, no he conseguido terminar de colmar. Me contaba las cosas como si nunca me las hubiera contado y, a la vez, como si no hubiera dejado nunca de contármelas. Yo memorizaba nuestras conversaciones, tan limpias, tan libres, tan sencillas..., como si en vez de protagonista ella hubiera sido siempre una testigo, y quizá hasta distante, del devenir de cada cosa. Tardes y tardes enteras pasábamos conversando. No dejaba de enseñarme cosas nuevas, a cada cual más extraordinaria para mí, y yo mirando, mirando, envolviéndome en los sueños de una vida tan compleja para mí y, a la vez, tan inteligible, que pensaba que sólo era posible que estuviera al alcance de mi mano porque me la contaba mi tía abuela María, Mariquita Gómez, tan simple en apariencia..., aquella de la que dijo una vez alguien de la familia que de los viajes sólo traía el polvo como las maletas..., pero ella no necesitaba nada más, vivía feliz y así había vivido siempre, y ya con los ochenta a cuestas y sin haber tenido nunca un resfriado, porque eso sí, no conocía la enfermedad, aunque creo que he oí, también de alguien de la familia, que, durante la guerra, tuvo la tosferina, cuando la tosferina era la tosferina y no existían todavía los antibióticos, pero se curó, y es posible que le hubiera afectado mucho porque nunca me dijo ni palabra del asunto, y eso es raro, porque creo que me contó toda su vida varias veces, siempre de manera diferente. Creo que no se acordaba bien de todo y me iba contando las cosas conforme las recordaba, de esa manera tan peculiar, como si a la vez reconociera haber vivido mucho a lo largo de su larga vida y, en el fondo, haber pasado por las cosas de puntillas. Yo era feliz, y todas las semanas corría a su encuentro. Ella era como una segunda madre para mí, y yo la sentía, ya digo, como un regalo. Y es que hay regalos que sin ya serlo siguen siéndolo toda la vida, como la blanca luz que llueve... Sin embargo, me pasó que después de unas vacaciones de verano, volví a visitarla un día, en su soledad y en la mía, como siempre, deseando retomar nuestras conversaciones, y me encontré con que ni su casa estaba.
Mi tía abuela María, la tata María como la llamábamos siempre, algunos años antes de que naciera M. P.-P.
Fuente de la imagen: Fragmento de una foto antigua familiar.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Periodista, editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado docente y gestor cultural. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano. Desde diciembre de 2023 es director editorial de Almuzara México.