Cajón de rubores. 13. Verde pantano al amanecer, crítica. Antonio Florido

Fisonomía 13 
Crítica de la novela Verde pantano al amanecer
Autor: Guille Paier (Argentina)

Por Antonio Florido

      

Leer Verde pantano es una necesidad en estos tiempos. Nace en la agonía existencial de un autor que corre por la vida con la mirada puesta en el posible detenimiento que ya se huele y que más tarde llegará. Pero ya se vislumbra, digo, ya el amanecer de los días eclosiona en el horizonte, más allá de las aguas, donde se mezclan los colores tullidos de esos tiempos de confusión.
Berti, Quique, Cora…

De sabrosa y gran narrativa. En la historia se definen unos personajes que apuntan las esquinas de unos compromisos audaces. No siempre cumplen el guion establecido y, entre ellos, se vuelca el tapiz de la confabulación y el consentimiento. Confianza del uno en el otro que se torna en una vertiginosa sospecha evidente. De vivas voces en los espacios más insospechados, surge el tono denso del agasajo y la disputa, en la voz del bonaerense, del puritito argentino que se jacta de serlo.

Una apuesta y un atrevimiento. ¿Qué saldrá de esta aventura compartida? Los hechos se suceden en un amasijo de palabras que corren con la velocidad del entendimiento de quien lee. A veces los mismos árboles se empeñan en ocultar, pero la médula pervive y se muestra en todo instante. Se percibe la desdicha, una sudestada implacable. Uno quiere la participación para encauzar los acontecimientos pero los actores son auténticos, crueles y soeces, sarcásticos, tristes y a veces cómicos, humanos. Aunque en todo caso el tema te queda de costado y te conformas con la lectura, sin mayor pretensión que el paso del tiempo saboreando, saboreando…

El Caras, Kat Silvera, Baigorrita…

Más allá de las puras descripciones, de personajes y de espacios, de emociones y futuros, la prosa es una yuxtaposición de cañizo, una estructura estructurada sobre sí misma, una paradoja de la creación en la que sin querer todos se expresan y todos se confunden. Se trata de un ejercicio en el que el idioma se hincha con la presión del invento. Sí, el español gana. Hay un rescate y una exposición clara de la palabra, como si la palabra se colocara en un altar y nos hincásemos de rodillas y le rezásemos, sí. Una frase cortada se apoya en la siguiente y se forma una articulada escritura de puntos que nunca serán capaces de caer. Se crece la propia organización, cruje el propio sentido del crecimiento.

Urbe, edificaciones, sueños, playa, viento, sexo, miradas, pausas…

Sintaxis, en la conjetura de una soñada expresión matemática. La misma se vuelve tonta al no entender por qué la tratan de esta manera. Un patrón único, particular del autor y que solamente él conoce, nos lleva al sentido exacto de la expresión que inocula un pensamiento que después se contradice y se solapa con otra perspectiva en un declive licencioso, en un marasmo y un querer que se prestan al compás de lo que uno desea y necesita. Pausas y gestos, nunca un autor dijo más con menos, nunca nadie supo hablar a medio pelo, con trabalenguas y suposiciones, no.

Paier…

Comienza la historia con un juego de luces en el cielo, en la explosión de las palabras a media banda. Uno, dos, tres hablando, cuatro llega, cinco mira, seis acepta, siete observa, anota, piensa. El lector duda de poder llegar hasta el final si la cosa sigue en este tono. Guille logra establecer un lazo entre los personajes y la sensible amistad de ese lector enceguecido. Uno se hace amigo de los pibes y de las minas que brotan como por arte de magia. Eso, ese milagro es obra sólo del autor, no lo olvidemos. Como un Tolstoi en medio de su heredad, labrando codo con codo con los mujiks del labrantío, asistimos al desbroce continuo de la epigrafía sobre la dureza del entendimiento, porque sólo estuvo acostumbrado a la dicción sencilla del occidente, pero ahora le llegó el Paier y le tomó de las solapas y le dijo: leé pibe, tomá, leé.

La eclosión y la locura de los artificios pincela toda la obra. El ritmo se mantiene, como el interés por continuar leyendo. Nunca decae. De vez en vez, entre el amasijo de indicaciones, de idas y venidas, de locuras y calmas, el lector encuentra un remanso de agonía donde el autor descansa. Le habla al cielo y al agua, a la esperanza y al remordimiento, a los dioses del augurio. Le vemos allí sentado con los ojos en alto hablando a esa conciencia que nunca detiene su dichosa costumbre de dudar, de poner en cuestión todos los hechos, de auditar hasta los suspiros, a esa gnosis que le dice que ya basta, que ya tuvo bastante, que la vida es más que eso, es otra cosa, otra bien distinta si se la entiende con la humildad de un nacido, con la sencillez de un paseante…

En síntesis, se puede afirmar que la obra Verde pantano al atardecer, es también un ejercicio de análisis heurístico, donde el autor nos muestra que comprende en profundidad los dos aspectos sustanciales de lo que estamos hablando, esto es, la realidad y la ficción, la quebrada tesitura de la materia y la angustia humana del ser perdido, la reverberación del alma que ansía encontrarse y llegar, la catarsis, la bruma despejada, el viento de la libertad más allá de la pura edificación pasajera y fútil. Dos mundos entendidos que Paier pone en comunicación, comparándolos.

Ese es el camino que uno entendió al leer, y tal vez la enseñanza si es que se trata de eso, de encontrar una posible simetría en la conciencia.

Verdaderamente encomiable.

Verdaderamente aconsejable su lectura.

Foto: Verde pantano al amanecer (2603x1319px, 2K)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 106. Volar, volar. María Gabriela López Suárez

Volar, volar

Por María Gabriela López Suárez

El reloj de la sala hizo sonar sus campanadas, Bianca volteó a ver la hora, justo eran cuarto para las seis de la tarde. Ese día debía ir por el saco que había llevado a la tintorería hace más de una semana. 

—Uy apenas y me alcanza el tiempo para ir, cierran a las 6,30 — dijo para sí, en tono apresurado.

Rápidamente escribió una nota que dejó sobre la mesa del comedor, para que la leyeran en su familia, quien llegara primero a casa:  “Regreso en un rato, fui a la tintorería y después a comprar pan. No llevo celular. Besos, B.”

Jaló un chaleco, sus llaves de la casa y reviso llevar en su bolso dinero y la nota de la prenda. Su paso fue algo rápido, llegó a la esquina y giro a la derecha, comenzó a caminar con menos prisa. Se topó con reparación en un par de calles. Mientras iba caminando alzó la vista, el atardecer se asomaba, los tonos rojizos combinados con el celeste del cielo y las pequeñas nubes blancas como trozos alargados de algodón decoraban el cielo. 

Bianca se alegró de haber salido a esa hora, de no haber sido por el mandado se habría perdido esa puesta de sol. Intentó adivinar qué hora era, no solía usar reloj y el celular lo había dejado en casa. No tardó en tener su pregunta respondida, una parvada de pájaros pequeños comenzó a realizar su vuelo a una cuadra de distancia de donde ella estaba. Tenía rato que no observaba ese hermosa paisaje, la danza de los pájaros, así lo consideraba, el vuelo sincronizado de las aves que, cada tarde, en punto de las seis se daba cita en esa avenida. Bianca había pensado que debía llamarse Avenida El vuelo de los pájaros, esquina con Date una pausa y disfruta el paisaje.

Se detuvo unos instantes, atenta, observando las vueltas que daban todos los pájaros, dibujando especie de círculos que atravesaban la calle, sin perder su ritmo.  Siguió su paso, sintiendo una emoción en su interior, agradeciendo el regalo de la naturaleza. Se puso a pensar cómo sería ella si fuera uno de esos pájaros, le dieron ganas de volar, volar y disfrutar con esa parvada que le había alegrado la tarde. Vino a su mente una de sus canciones favoritas, Volar, de El Kanka:
 
"Volar, lo que se dice volar, volar, volar, volar, no vuelo...pero desde que cambié el palacio por el callejón. Desde que rompí todas las hojas del guión, si quieres buscarme, mira para el cielo… solté todo lo que tenía y fui feliz. Solté las riendas y dejé pasar, no me ata nada aquí, no hay nada que guardar, así que cojo impulso y a volar.
"

Entre el tarareo de la canción se dio cuenta que estaba a unos pasos de la tintorería, estaba abierta, sonrió y sintió un gran alivio, al tiempo que seguía resonando "volar, volar, lo que se dice volar".

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 12. La cama de hojas. Antonio Florido

Fisonomía 12 
La cama de hojas

Por Antonio Florido

       


Hablar de la causalidad. Lo que ocurre. Presuroso. Tal vez en nuestras mentes. Es prescindible. Cáustico. Amierdado. Hablar de El Pozo es vivir. Morir. No creer. Sacar los sentimientos. Abriendo el hecho. El suceso. Crujiéndolo. Extrayendo la médula. El tuétano.

Montevideo, 1 de julio de 1909.

El comienzo de todo. La tragedia. La puta en la cama. Y la niña. El filo abierto entre sus piernas. El triángulo donde brilla la tormenta, aún. Onetti. Sólo estoy comenzando. La noche. Oculto a mí mismo. Onetti con los labios pintados de blanco. Un colgajo blanco. Un humo blanco. Unos pulmones negros. La melancolía. Y la discordia entre esto y aquello. También la intemperancia, le puede. Como la indiferencia. Anclada en el corazón. Punzada. Sangrante. Varias historias en una. Pero una sola escritura. Un único nervio. Belleza. Exaltación. Calor derramado por la ventana. Veinte hombres rozando a la puta. Y vemos un hombro rojo. Olor agrio en un patio. Por la excrecencia de la mediocridad. Mugre. Calor. Patio encharcado. Inapetencia en los lugares del reposo. La caja de papeles. La alfombra de hojas. La niña sobre la cama. Los brazos forzados. Pero nada de violación. Onetti solamente fuerza el olvido de lo vulgar. Y lo consigue. Alzando su escritura. Brillando con el cuerpo inclinado. Fumando. Y fumando. Blanco humo en la pieza. Esperando a Lázaro. Existencialismo, pronunció alguien. ¿Existencialismo?, digo yo. ¿Preciosismo? ¿Belleza en la suciedad de la vida? Onetti, Juan Carlos. Y Borges. ¡Qué manera tan absurda de querer desprenderse! ¡Imposible! Le vemos hacia abajo. Le observo. Me observa. Desde lejos. Sus gafas. Sus ojos. Leo. Se ha quedado sin tabaco. Y mañana cumplirá los cuarenta. Dos atrevimientos. Dos estallidos en el aire. Pasea. Y vuelve sobre sus pasos. Entonces escribe. En la noche. Hasta la extenuación. Uruguacho. ¡Qué más podés decir! ¿Cuándo comenzó usted a escribir? ¿De pequeño? No, responde. Yo, de niño, no escribía. Mentía. Fabulaba. Distorsionaba. Retorcía mi realidad. En otra. Más feroz. Más íntima. Diferente. Lejos de la medianía, tan asquerosa. Onetti. Yo no sé escribir, afirma. Sabe que lo sabe. Un dolor. Una parida del mundo. Y habla del hecho y del sueño. Se acuerda de Bunin. Iván. El ruso. Con su frío agarrado al pecho. En su cabaña mísera. Onetti tratando de desnudar su vergüenza ante nadie. Pero nadie existe con el alma limpia. Luego Cordes, el poeta. Volverá por sus fueros. Más adelante. Esperemos. Onetti vive, dice. No se pasa el día imaginando cosas. Claro. Y cuando sobrevuelo sus líneas el desmayo del escritor. Él mismo bajo las luces de los que triunfaron. El fracaso aparece. O ya estaba dentro de su alma. Puede. Pero le importa un corno, afirma. Le entiendo. Eso creo, al menos. ¿Y usted? ¿Acaso leyó usted alguna vez a Onetti? Habla de Hanka, la mujer. Le aburre. Y del amor. Sobre la doble partida del mismo. Maravilloso. Absurdo. Sobre todo cuando se fue. Y lo vemos en la distancia. Fuera de nuestra boca. De nuestra lengua, tal vez. La joven frente a la mujer. Ésta es práctica y hedionda. Cuando pasa los veinte o veinticinco. Cuando se hace mujer. Antes no. Todas iguales. Llega a entender el asco amoroso por las niñas, de los viejos. Y sigo leyendo. Me asalta. Dice: “Hay varias maneras de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. Hermoso. Y cierto. ¿No? También nos pone delante los sucesos. Como cáscaras. Vacías. Huecas. Vanas. Apenas para llenarlas de sentimientos. Éstos los únicos sensatos y verdaderos. Lo demás, ¡qué importa!

Onetti, su personaje, esto es, vive con Lázaro. ¿Casual? Una pesadilla. Constantemente le pide los pesos debidos. Pero Lázaro no aparece. La pesadilla recurrente. Como sus sueños. Como su historia. Repetida. En una ciudad, ahora. Luego en otra, quizás. A lo mejor más allá, al fin. Mas siempre lo mismo. La misma. La hermosa joven echada sobre la cama de hojas. No la viola. No le interesa. No siente esa avidez por la carne. Ella escupe en su frente. La saliva resbala. Después se seca, al aire, mientras camina. Igual que lo hace por la pieza. De pared a pared. Sin fin posible. El escritor encerrado. Escribiendo siempre el mismo libro. Con matices. Distinto. Igual. Siempre igual. Hasta el desmayo. Hasta lo no consciente. Una infancia feliz que no quiere recordar. Mayor, de golpe. La redacción. Las noches sobre las cuartillas. Con el oído atento a los teletipos. Europa arde. ¿Arde? Cordes declama su poema. Lo canta. Otro escupitajo a su orgullo. El verso es magnífico. ¡Tanto le duele la estrofa! Le responde con un cuento imaginado. El otro lo toma como una bolsa de cacahuetes. No está a su nivel. Y llega el fracaso. Otra vez el fracaso. Una caja llena de fracasos papelados.

Después de El Pozo estalló la tormenta. Uruguay expectante. Los uruguayos quietos, esperando, leyendo, leyendo. El mundo encogido. Onetti cesa de fumar un instante. Y en ese instante, apenas un suspiro, escribe Tierra de nadie. Después otro cigarro blanco, otro instante. Escribe ahora Los adioses. Fuma de nuevo y dibuja Para una tumba sin nombre. Más tabaco y logra El astillero. Así compuso Onetti una obra sustancial para comprender la literatura actual uruguaya. Juntacadáveres, La muerte y la niña…

Madrid, 30 de mayo de 1994.

Acaba la sinfonía. La cama de hojas continúa en mi mente. En tu mente. En su mente. Inabarcable. Insustituible. Eterna. En ese esbozo vespertino en el que dejó de fumar porque se le hubo, había acabado el tabaco y decidió, en un arranque total, escribir El Pozo.




Retrato de Onetti (¿1972?).  José Montes (Montevideo 1929-Montevideo 2001).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 106. Fernando Soria y Douglas Bringas, su descubridor. Héctor Cortés Mandujano

Fernando Soria y Douglas Bringas, su descubridor

Héctor Cortés Mandujano

Tengo celos del todo en tus anhelos.

Que tú besabas a Jesús, he visto,

y aunque Jesús es Dios, yo tengo celos:

No vuelvas a besar a Jesucristo

M.R. Tovar, en «Amor y celos», Álbum del corazón, de Fernando Soria

 

Fernando Soria Cárpena. Su vida y su obra (Ediciones Proturco, 2020) es un continuado trabajo de investigación de Douglas M. Bringas Valdez, doctor en musicología por la Universidad Complutense de Madrid, pianista de enorme experiencia y profesor de piano en la Facultad de Música de la Unicach, quien me hizo el favor de obsequiarme éste y su complemento: Álbum de corazón, No. 1 Suite Romántica y No. 2 Suite Elegíaca, también de Fernando Soria, piezas compuestas a partir de fragmentos poéticos, con los mismos datos de edición. 
	Dice Douglas en la introducción de la biografía de Soria (p. 13): “El nombre de Fernando Soria apareció en 2003 en los anaqueles del Centro Universitario de Información y Documentación de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, como autor de un Himno a Chiapas que nadie conocía”.
	No fue fácil determinar quién era el músico desconocido, pero Douglas se impuso el reto. En la revista México musical de enero de 1933 se asienta que Soria tuvo (p. 17) “como fecha de nacimiento el 11 de agosto de 1860, en Ocozocoautla, Chiapas”, probablemente hijo de un español y de madre peruana, aunque él mismo cambiaba esos datos por otros. 
         Su inclinación por la música inició en la infancia, según sus propias palabras (p. 19): “A la edad de nueve años suplía yo a mi maestro en el coro de la iglesia, como acompañante en el harmonium y corista cantor en jefe”. Trabajó en Comitán como (p. 23) “profesor de teoría y piano”, “simultáneamente en Quetzaltenango, Guatemala” y San Cristóbal de Las Casas, “posiblemente entre 1885 y 1888”;  entre 1905 y 1913 (p. 54) “en escuelas primarias de la Ciudad de México”. También vivió y trabajó en Veracruz y, por supuesto, en Chiapas.
         Fernando Soria ganó, como músico, premios en París en 1900 y 1909. En Chiapas dedicó el bolero ¡Viva mi tierra! a Belisario Domínguez, cuyas palabras autógrafas dicen (p. 58): “Sr. Doctor Domínguez: Dígnese aceptar el presente homenaje a su valor civil, que más tarde consignará la Historia con letras de oro”.
         Escribe Douglas (p. 63): “Desde 1922 y hasta su muerte, en 1937, Soria se estableció en la Ciudad de México”.  En una de las entrevistas que Douglas hizo se enteró que la abuela de Soria decía de él que (p. 65) “era compositor de tiempo completo, al grado de dormir con una pluma y tinta junto a su cama para escribir en los puños del pijama las melodías que soñaba”. Tuvo siete hijos (p. 38): “De ellos destacó a nivel nacional e internacional a principios del siglo XX la segunda hija, Isabel (1890-1976)”, cantante de ópera con una carrera en México, que la llevó a Puerto Rico y España.
          En la breve autobiografía que hizo Soria dice que (p. 73) “he compuesto en mi vida de artista más de 300 piezas de varios géneros”; dice Douglas que de ellas ha podido localizar 93: “Entre ellas, el género que predomina (72%) es la música para piano, las demás (28%) son composiciones para coro con piano, y siete canciones para voz”. 
          Ahora, Douglas Bringas, con generosidad y con la autoridad que le confiere su profesionalismo y la altura de su arte musical, ha grabado un disco con composiciones de Fernando Soria, y ha hecho muchos conciertos dando a conocer la vida y la obra de este músico, cuya obra –notable y vasta– ya está a la disposición de quien quiera conocerla.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Absenta 2. Entre nosotros. Erik García Briones

Entre nosotros

Por Erik García Briones

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Voces ensortijadas 105. Florecer. María Gabriela López Suárez

Florecer

Por María Gabriela López Suárez

Mientras realizaba sus compras en la plaza del pueblo Rosalía encontró a un vendedor de flores, ella no llevaba en su lista la compra de alguna flor. Sin embargo, el señor insistió hasta convencerla, se decidió por un pequeño rosal. El vendedor aseguró que el color de las rosas era rojo, que ya lo vería cuando florecieran.

Rosalía llegó a casa y comenzó a indagar cómo plantar rosales y el cuidado que debía darles. Adaptó el espacio en su patio, ocupó como macetera una cubeta de tamaño mediano. Estaba al pendiente de cuándo florecerían, cuando observó que tenía botones se alegró. Llegó el día que pudo ver las rosas en su pequeño jardín. Para su sorpresa no eran color rojo sino amarillo. Lejos de incomodarla le gustó mucho observar el colorido brillante de los pétalos.

Fueron pasando los meses sin que dejara de estar al pendiente de su rosal, fue acostumbrándose a verlo florecer varias veces en el año. Sin embargo, en alguna de esas etapas observó que ya había pasado el tiempo esperado y el rosal no tenía botones nuevos. Revisó la tierra, la removió, le agregó abono y la regó como solía hacerlo, tanteadito para que no la fuera a ahogar. Recordaba muy bien los comentarios que el exceso de agua a veces no ayuda mucho a las flores. 

En una ocasión don José, su papá, la sorprendió en plática con el rosal. 
         —¿Qué haces hija? ¿Estás hablando con la rosa?
         –Sí, a ver si se anima a dar más flores, ya ves que sienten el cariño y cuidado que uno les brinda. Ya no sé qué más quiere esta rosita. 
         –El día que menos lo esperes la verás floreciendo de nuevo. Dale tiempo, sin dejar de cuidarla.
         —¡Ojalá tengas boca de profeta!

Rosalía no perdía la esperanza de contemplar de nuevo el amarillo de las flores. Un día se percató que tenía botones nuevos y eso la emocionó. Y tal como lo dijo don José, una mañana con toque invernal Rosalía se acercó para regar el rosal y observó que de los 8 botones que tenía 5 habían reventado y tres estaban por hacerlo. Su corazón se alegró. Agradeció al rosal el bello regalo. 

Mientras percibía el aroma de las rosas se le vino a la mente don José, vaya que tenía razón. La espera había valido la pena. Se quedó pensando que tal como había pasado con las rosas, florecer en la vida es un proceso que lleva tiempo, cada persona lo vive y lo asume de forma distinta, solo hay que saber esperar.




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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 11. El amor inconcuso. Antonio Florido

Fisonomía 11 
El amor inconcuso

Por Antonio Florido

       


Samuel tiene nueve años. Está jugando. Pasando su tarde con el amigo. El otro es rubio. Y pecoso. Y gordo. Y estúpido. Y arrogante. No todos los gordos son simpáticos. Él no lo es. Y nunca lo será…
         La tarde se ha desmayado sobre las espaldas de los niños. El frío avanza. Samuel arroja la pelota hacia el amigo. Pero cae al suelo. El amigo es torpe de movimientos. Y como lo sabe se enerva. Prefiere jugar a las chapas. Sentados. Así jadea menos. Por las carnes, que le tiemblan. El gordo se mira al espejo. Luego su madre le lava la cara. Con la manopla. Tarda un tiempo. Sus pecas se alejan unas de otras. Y brillan. Parecen rosadas estrellitas en el cielo. La pelota la toma el gordo y la devuelve. Samuel la atrapa al instante. Muchas veces repiten el inútil juego de lanzar y recoger. Samuel lo hace con desgana. Pero no quiere herir a su amigo. Es su único amigo. Ahora le toca de nuevo al gordo. No controla bien el impulso. La pelota sube al cielo. Huye. Se aleja. Se convierte en un punto diminuto. Como un planeta encendido. Al volver no llega al suelo. Quedó en el tejado. Entre dos tejas. Apretada. Sufriendo. Samuel mira al amigo con odio. Con el odio que sólo conocen los niños. El gordo agacha la cabeza. No se despide. Se va. Samuel queda solo. Y triste. Y aburrido. Ahora está sin su pelota. Mira hacia el tejado. Está lejos. O él es aún demasiado pequeño. Como un gusano. O una rata. Piensa en su madre. Y en su padre. Alguno de los dos deberá ayudarle. Pero, quién. Es difícil decidirlo. Su madre estaría dispuesta. Su padre tal vez pusiese mala cara. Un gesto huraño. Al fin se acerca a la baranda. ¡Madre!, llama. Mamá sube deprisa. Al oír el grito se puso en lo peor. ¡Estos niños! Samuel señala con el dedo. La pelota se ha dormido. Ya está cansada de esperar. La madre comprende. Y por dentro sonríe. Hace falta una escalera, dice. Voy a por ella. Samuel se queda solo. Otra vez. El frío avisa. Se le cuela por el cuello. Y llega a su espalda. Se encoge. El tiempo tarda. Casi se detiene. El tiempo es una masa de plastilina. Ahora Samuel se acuerda de su abrigo. Pero lo tiene colgado en su cuarto. Mejor no bajar. Algún pajarillo aventurero podría picotear su pelota. Oye un suspiro, de lejos. Se asoma y ve a su madre. Carga con la escalera. Al ser de hierro, pesa. Al fin llega. El último escalón se comportó como un viejito. Dulce. Tierno. Acolchado. Silencioso. La escalera apoyada sobre la pared. Si tuviese valor subiría. Y su madre quedaría abajo. Muy abajo. Debería ser valiente. Debe ser valiente. Seguro que lo hará. Su madre le pregunta, insegura. Samuel responde con aplomo. No tiene miedo. Ya es casi un hombre. La escalera se agarra a la pared como una sabandija. No quiere volcarse. Se rompería. Y Samuel la coloca como puede. Disimulando, porque le pesa demasiado. Su madre como espectadora. Samuel sube el primer peldaño. Ahora, sin embargo, tiene un problema. El mismo problema de todos los perfeccionistas. Él salió en esto a su padre. Uno de los pies lo ha colocado torcido. Habrá que enderezarlo. Pero si lo intenta puede venir el desequilibrio. Y teme. Y siente más frío que antes. Ha asomado la primera estrella. El filo del horizonte arde, aún. Es hermoso. Su cuerpecito está quieto. Y su madre no respira. Le conoce. Samuel, inténtalo, le dice. Su madre es joven todavía. Samuel es ella. Y ella Samuel. Los dos en uno. El pie derecho tiembla. Busca la derechura. El paralelismo con el pie izquierdo. Sus dedos curvan los lados de la escalera. Abiertos por igual. Formando el mismo espacio entre ellos. ¡La perfección! Han salido otras estrellitas en lo oscuro. Ahora están todas juntas. Un árbol de navidad. Encendido. La mamá le apremia. Y se abrocha el abrigo al cuello. Su hijo no está tan abrigado. Pero la pelota aún en lo alto. Sola. Desconsolada. Triste. Samuel continúa temblando. De miedo. De impotencia. Y de frío. Pero no baja del peldaño. Es tozudo. El gordo estará cenando, piensa. Junto a sus padres. En el calor. Sólo los cobardes no atrapan pelotas embarcadas. Él lo hará. El tiempo pasa. No se detiene. Lo siente en las palpitaciones de su corazón. Persiste en su esfuerzo. Intenta escalar al siguiente peldaño. Sin embargo, duda. ¿Qué pie debería subir primero? ¿El izquierdo? ¿El derecho? Una duda terrible. De su decisión pueden cambiar muchas cosas. Hasta el mundo. La madre sostiene la escalera. La asegura con la fuerza de sus manos. De ello obedece el destino de Samuel. Pero los segundos se desgranan. Y los minutos. Una estrella gira en el cielo. Y arrastra a las demás. El cielo, todo, se retuerce. Hay silencio. La gente cena. Algunos ya duermen. Sobre todo los más pequeños. Mañana hay colegio. Deberán levantarse temprano. La pelota entre dos tejas. Que no cae, la dichosa. Es posible que la pierda. Pero es su pelota. La única que tiene. La quiere. La ama. Pero a su madre también la quiere, piensa. Mas, de otra manera. Más primitiva. Más ideal. Es un amor indefinible. Tántrico. Piensa en su padre. Al que también ama. Aunque de otra forma. Hay muchos amores, se dice. Su padre le sirve de modelo. Intenta imitarle. Se le figura el espejo de la niñez. El padre está abajo. Sentado. Cena. Y ve la tele. Luego recoge lo suyo. Se vuelve a la salita. Y lee. Se acuerda de Samuel. Y de su esposa. Los dos tardan. Algo debe ocurrir. Deja el librito sobre la mesa. Con el piquito de una hoja doblado. Piensa dar una voz para llamarles. Pero decide subir. Es mejor. Así se despejará un poco. Arriba se encuentra con ella. Y con él subido a la escalera. El padre observa la escena. Es extraña. Luego, al mirar al tejado, comprende. Y sonríe. Los esposos se miran en silencio. Hablan sin palabras. El padre se apoya en la baranda. Y mira hacia el oeste. Al cielo rocoso y negro. Luego busca a Orión. Allí está. Con su cinturón ladeado. Y sus cuatro esquinas, que brillan. ¡Cuánta inmensidad! Los dos esperan a Samuel. A que sea el niño quien decida. Sólo una decisión. Pero fundamental. Es importante la espera. Radical en sus vidas. Los esposos se abrazan. Hace frío. La noche con su vahído. La embriaguez de sus vidas. Samuel debe, deberá crecer. Madurar. Vencer. Hacerse hombre. La pelota es ahora la que manda. Desde arriba le llama. Desnuda. Sobria. Aterida. Le sigue llamando. Sólo con su forma. Con su presencia. Solamente le basta con ser. Samuel, sin embargo, quedó quieto. Asustado. Tal vez convertido en piedra. O en sal. O en granito. Duros sus huesos. Sus músculos, tensos. Samuel respira. Piensa en sus padres. Los dos allá abajo, esperando. Los ama con pasión. Sin ellos, ¡qué haría! Samuel tiembla. Su cuerpecito se estremece. ¡Si tuviese el abrigo! ¡Su abrigo! De vez en cuando eleva los ojos. Clava en la pelota su mirada. ¡Qué lejos! Le gustaría tener elásticos sus brazos. Y alargarlos. Pero esa idea sólo es un sueño de niño. O de adulto. Que nadie sabe. El misterio le envuelve. Orión le mira desde la distancia. Betelgeuse alumbra la escena. Tenue. Frágil. Está demasiado lejos. A mil millones de pensamientos de distancia. Un cuadro familiar. En la tesitura. Dentro de poco el cuadro irá cambiando. El frío viste a los esposos. Se abrazan con más fuerza. El chico nota un hilillo de vergüenza. Sabe que es cobarde. Y sabe que sus padres lo saben. Quisiera cambiar. Pero él es como es. Un niño. Abierto al mundo. Al azar. Al destino. Cruje el cielo. La negrura se ha juntado. Forma copitos negros que atemorizan. Los copos envejecen muy rápido. Se vuelven canos. Albinos. Blancos hasta el resplandor. Y duros. Y fríos. Los copos pesan. El cielo ya no los quiere. Y los deja abandonados en el aire. Entonces comienzan a caer. Van volando muelles sobre el amor del vacío. Caen desmayados. Como plumas vaporosas. Las tejas del techo los reciben. Y la gente de la calle cierra sus abrigos. Y se cubren las cabezas. Nieva. Es hermosa la escena. Los tres continúan en la azotea. El gordo lleva una hora dormido. Caliente. Entre las sábanas. Tal vez esté soñando con la pelota. Y la vea subir al cielo, altísimo. Samuel maldice al amigo. Otro día no jugarán a la pelota. Los padres no claudican. Deberá ser él mismo el que tome la decisión. Su hijo maduro. Hecho ya un hombrecito. El esposo ama a su hijo. Daría la vida por él. Está seguro de ello. Siempre lo estuvo. La madre siente lo mismo. Y con más fuerza, aún, si cabe. No es asunto para discutir. En su actitud mayéutica los padres no hacen preguntas. Mas, esperan que la verdad de su hijo aparezca. Debe hacerlo. Es necesario. De ese surgimiento depende, repito, un destino. Toda una vida. Samuel es aún un niño. Débil. Tierno. Indeciso. ¡Pero tan perfeccionista! No sube al segundo peldaño. Tampoco baja hasta el suelo. Poner sus pies en el suelo sería una deshonra. Le marcaría de por vida. El peldaño que le sostiene se convierte en su morada. Las piernas derechas. Rectas. Tensas. Dolientes. Todo él resuena en el cóncavo misterio del Tiempo. Sus padres se miran. En los ojos de ambos brilla una idea. Una idea sencilla. Atroz. Última y clara. Los dos se acercan a Samuel. Abrazan las piernas del hijo. Sostienen su cuerpo tan lábil. Han decidido viajar con el hijo. Adonde él mismo decida. No importa el precio. Ellos ya han vivido lo suyo. La nieve cae lenta sobre los tres. Sus cabezas blanquean. Y sus hombros. Y sus brazos. Los tres cuerpos envueltos. Níveos. Tres cuerpos que resplandecen en lo negro. Tres cuerpos que arden. El mundo sigue rodando. Las ratas comen. Roen. Amamantan. Los gusanos inventan curvas infinitas. Y la nieve continúa lloviendo sobre la circunstancia. Una pelota en lo alto. Lejana. Sola. Inalcanzable. Los tres abajo. Agarrados. Formando un ovillo de amor. Las tres figuras se tornan claras, blancas. Como de sal. Como de azúcar. El amor es blanco, tal vez. O rosa. O de color miel. Nadie lo sabe. Hace ya mucho que el amor fue. Sólo en esta casa resiste. Y esta noche el amor no duerme. Ha decidido abrigarlos. Hacerlos suyo. Una masa blancuzca en el suelo. Enhiesta. Firme. Inconcusa. Un dolor, un deseo, un ansia, una frenética necesidad de abandonar la escritura. De descansar. La nieve golpea con fuerza. El viento, despierto, se volvió loco. Violento. Engreído. Casi un energúmeno. Los tres corazones dejan lentos de palpitar. El silencio estalla. Nadie se ha dado cuenta. La inopia nos ciega. Cuando el tejado se apura no puede más. Y la nieve cae a golpes. Con nervio. Enfadada. Entonces toco la pelota con mis dedos. Y noto la dureza de su superficie. ¡Tanta, que la esfera pesa! Y entonces comienza un movimiento. Un temblor. Un diminuto terremoto. Levísimo. Sutilísimo. La esfera se ha movido. Nerviosa, comienza a rodar. La cuesta abajo le puede. La pendiente es cruda. Y resuelta. El suelo la llama desde abajo. Al fin llega al espacio. Y gravita. Alocada. Ufana. Tonta. Tan tonta como todas las pelotas. 
          Cayó, al fin. Sobre la masa amorfa y blanca. Sobre el inmaculado e inocente amor de una pequeña familia.




Les amants (1928). René Magritte (Lessines, 1898-Bruselas, 1967).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Absenta 1. Cuento del espejo. Erik García Briones

Cuento del espejo

Por Erik García Briones

 

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Polvo del camino. 105. Doce películas. Héctor Cortés Mandujano

Doce libros

Héctor Cortés Mandujano

 
Vi en 2021, entre series y películas, 362 obras cinematográficas/televisivas. De ellas hice la complejísima tarea de una lista recomendable de doce (varias están en Netflix), con distintas temáticas, de distintos lados. Esto quedó. Ojalá te interese, lector, lectora.
         El teléfono (2020), de Lee Chung-hyun, con Park Shin-hye, Jun Jong-seo y Kim Sung-ryoung. Película sucoreana donde dos mujeres, de tiempos y espacios distintos, interconectan sus destinos a partir de una llamada telefónica. El pasado y el presente se vuelven una y la misma peligrosa línea. Tiene una trama compleja, mucho suspenso y terror sicológico, y los actores seguramente ganaron, y se lo merecen, premios por su desempeño. Súper recomendable.
         Las tres muertes de Marisela Escobedo (2020), documental dirigido por Carlos Pérez Osorio. Marisela Escobedo, de Chihuahua, se vuelve investigadora, luchadora social y líder a partir de que su hija de 16 años, Rubí, es asesinada por su novio. Lo terrible de esta historia de crímenes, injusticias y complicidad evidente entre el narco y el gobierno mexicano es que no es ficción, sino realidad. Es una historia, cuyo dolor, coraje, valentía trasmina al espectador. Marisela fue asesinada el 16 de diciembre de 2010, por pedir justicia, en una plaza pública.
         Nomadland (2020), de Chloé Zhao, quien ganó el Oscar como mejor directora (es la primera china que lo gana), con Frances McDormand, Gay DeForest y Patricia Grier. La historia, escrita por Zhao, se centra en una mujer que ha renunciado a la normalidad que supone una casa, una familia, un empleo estable, y encuentra en su periplo a muchos nómadas como ella. De gran introspección, esta peli también hace un duro apunte sobre la deshumanización a que hemos llegado.  
          Supongamos que Nueva York es una ciudad (2021), serie de siete programas de entrevistas a Fran Lebowitz, presentada por Martin Scorsese. Lebowitz es una escritora norteamericana, nacida en 1950, inteligente, divertida, que no se calla la boca ante ningún tema. Es simpático ver cómo Scorsese, normalmente serio, se desternilla de risa ante las respuestas de Fran. Con suficiente material de archivo para que podamos notar la evolución de esta mujer, “profundamente superficial”, como se define, Supongamos que Nueva York es una ciudad es una conversación imperdible.
          Oasis (2002), de Chang-dong Lee, es otra película surcoreana, con Kyung-gu Sol, Moon So-Ri y Nae-sang Ahn, que cuenta la rarísima historia de amor entre un malandrín insoportable, con cierto retraso mental, y una muchacha con parálisis cerebral. Al margen de los vericuetos de la historia, del trabajo impecable de guion y dirección (de Chang-dong, quien dejó el cine y se volvió ministro de cultura en su país), es sorprendente el nivel de verosimilitud de los actores; su trabajo es de finísima filigrana y merece todos los reconocimientos. Ganaron ellos, el director y la peli, muchos premios.
         Mi maestro el pulpo (2020) es un documental sudafricano, dirigido por Pippa Ehrlich y James Reed, que cuenta la historia del cineasta y buzo Craig Foster, quien para buscar una salida a su bloqueo creativo decide bucear en una bahía cercana a Ciudad del Cabo. A fuerza de entrar en el bosque de algas submarinas conoce a un pulpo hembra y va documentando su acercamiento hacia ella, su inteligencia para escapar de los tiburones, su capacidad de transformarse y de camuflarse. El documental tiene imágenes bellísimas y es también una lección de vida. Ganó el Oscar.
          The Mauritanian (2021), de Kevin Macdonald, con Tahar Rahim, Jodie Foster y Benedict Cumberbatch. La comenté en Polvo del camino 66. Dije que la peli “desenmascara la brutalidad, la tortura, la ilegalidad de tener a Mohamedou Ould Slahi encarcelado en Guantánamo durante 14 años, sin que se le acusara de ningún crimen, durante las administraciones de Buch a Obama. La película es valiente, inteligente, bien hecha y abre diciendo que no está basada en la vida real, sino que es la vida real, y restriega el lodo en la cara del gobierno que pedía la sentencia de muerte para alguien sobre el que no tenía ninguna prueba incriminatoria”.
          Una película de policías (2021), dirigida por el mexicano Alonso Ruizpalacios, escrita por David Gaitán y el director, con Mónica del Carmen, Raúl Briones y María Teresa Hernández Cañas, es un documental-ficción muy ingenioso y original, que tiene por lo menos tres capas evidenciadas: la primera es un falso documental (la falsedad es intencional) que nos muestra la vida difícil de dos policías: una mujer y un hombre que se vuelven parejas de profesión y marital; la segunda es el diario de los actores que encarnan a los policías, y la tercera la constituyen las dos personas reales que son los policías retratados. Es un documental sobre la policía mexicana, y al mismo tiempo una película de ficción, con una reflexión que vale la pena conocer.  
          Genio del mal (2018), serie documental, de cuatro capítulos, producida por Netflix, acerca de un atraco de banco en Pensilvania, que desencadena una muerte y la existencia de un extraño complot entre complejos criminales. Las imágenes son reales y comienzan con un hombre que con una bomba atada al cuello roba un banco. De allí en adelante se nos presenta una investigación policial, que duró muchos años, y que va desentrañado la terrible psicología de varios seres, en especial de una mujer, llenos de odio, de maldad. Ver el documental es conocer el sótano oscuro de algunos corazones, el descenso hacia nuestra animalidad más siniestra. 
          El discípulo (2021), es una película india de Chaitanya Tamhane, con Aditya Modak, Arun Dravid y Sumitra Bhave, que cuenta la historia de un joven obsesionado con la música clásica del norte de la India (indostánica), a partir de unas grabaciones que dejó una gurú ya fallecida. La película es contemplativa y su director no tiene ninguna prisa para contar los meandros de la trama; me parece una gran oportunidad para conocer las interpretaciones de estos artistas indios (qué hace que un intérprete sea bueno, qué es el arte) y la música hecha con algunos instrumentos y con la voz humana como elemento central. Está llena de cuidadosos detalles en la fotografía, las actuaciones, la puesta en escena. A mí me tuvo encandilado. 
           La serpiente (2021), miniserie de ocho capítulos dirigida por Tom Shankland y Hans Herbots, con Tahar Rahim (el gran actor de The Mauritanian), Jenna Coleman y Billy Howle, sobre las investigaciones del diplomático Herman Knippenberg, en Bangkok, en 1975, que logra detener al asesino serial Charles Sobhraj, quien a sus anchas mataba por envenenamiento y a golpes y a cuchilladas a quienes despojaba de sus documentos oficiales, su dinero, sus joyas. Es impresionante la indiferencia de las autoridades y las embajadas sobre el asunto.  Herman Knippenberg está a punto de ser dejado por su esposa, de ser echado de su trabajo diplomático por dedicar tiempo, talento, esfuerzo e investigación para frenar la cacería, la matanza de este asesino terrible. Basada en la vida real.
          Dave Chappelle. The Closer (2021), stand-up dirigido por Stan Lathan. Dave Chappelle (Washington D. C., 1973) es un cómico, actor, guionista y productor de cine y televisión. Comenzó a hacer stand-up a los catorce años. Es toda una leyenda en los Estados Unidos de América y en la comedia mundial. Es valiente e inteligentísimo. Su comedia aborda, sin tapujos, asuntos que los demás deciden darle la vuelta: el feminismo, la comunidad LGTIQ+, los negros, los blancos, la política, etcétera. Su cabeza ha sido pedida por muchos grupos, muchas veces, pero a mí me parece que una voz como la suya no debería callarse nunca. Su comedia no es cómoda. Yo me asumo como uno de sus fervientes admiradores. 

***

[Comí a principios de año con mi querido amigo Sarelly Martínez. Platicamos de libros, entre otros temas, y me preguntó si andaba en búsqueda de alguno. “Tengo una listita”, le dije.  “Mándamela”, me dijo. Lo hice y ya soy poseedor de 46 nuevos libros electrónicos que la generosidad de mi amigo Sarelly me regalaron. ¿Así o más afortunado?]


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 104. Líneas y formas. María Gabriela López Suárez

Líneas y formas

Por María Gabriela López Suárez

Pilar decidió viajar por la tarde noche a casa de Estrella, su mejor amiga de la universidad, tenía una invitación a pasar unos días en el campo. Era una de las cosas que le gustaba hacer, alejarse un poco de la ciudad, así que la propuesta le venía como anillo al dedo.

Dormitó un rato en el autobús, de pronto despertó y percibió que el camión se había detenido. Alcanzó a escuchar a unos pasajeros que iban en los primeros asientos, decían que había un derrumbe y demorarían unos minutos para continuar su camino.

¿Qué hacer mientras tanto? Pensó Pilar. Aprovechó para avanzar leyendo el libro La bailarina de Izu, de Yasunari Kawabata, lo había descargado en el celular. Leyó algunas páginas, la historia era interesante;  luego volteó a ver la ventana, hizo pausa en la lectura. Le ganó la atención la vista al paisaje, había ausencia de luces de viviendas,  el autobús estaba detenido en una parte alejada de ellas. De tal forma que las pocas luces que se lograban divisar a los lejos parecían cucayos, así se los imaginó Pilar.  Los destellos de la luna, que parecía pronto estaría llena, eran los que iluminaban la noche. Observó las estrellas titilando, la vista era hermosa. 

La mirada de Pilar siguió recorriendo el paisaje hasta donde su visión le permitía, de pronto, detuvo su atención en las líneas, las dos que dividían la carretera, las líneas paralelas. Comenzó a darse cuenta las veces que estas líneas se hacían presentes en lo que la rodeaba. Luego dio paso a las formas que alcanzaba a ver, las montañas cuyos bordes delimitados se lograban divisar aún a distancia, también asomaban unas nubes que decoraban el cielo y le daban un toque especial. Cada una tenía diferente trazo. 

Por un instante le dieron ganas de bajar del camión y ver directamente ese paisaje. Toda la gente que iba de pasajera permanecía en sus asientos. Así que regresó de nuevo la vista a la ventana intentando hallar nuevas formas. Divisó las de rocas, sombras de árboles cercanos con sus ramas y comenzó a imaginar que eran una especie de personajes que abrazaban la noche. Esa noche el viento no silbaba, no lograba escucharlo, de ser así le habría dado un ambiente de suspenso y quizá le provocaría nervios, o tal vez lo disfrutaría. Sonrió mientras seguía atenta con la vista a la ventana.

El ruido de encendido del autobús le hizo volver la vista hacia al frente, se desabrochó el cinturón de seguridad y se puso de pie para verificar si había movimiento en los carros que iban adelante. En efecto, el viaje continuaba, la pausa había terminado por el momento. Se sentó y colocó de nuevo el cinturón de seguridad, dio una última mirada al paisaje de ese espacio. Se puso los audífonos, hizo su selección musical, un poco de jazz. Cerró los ojos mientras degustaba Feeling good de Nina Simone, al tiempo que pensaba líneas y formas, siempre presentes en nuestras vidas.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.