Polvo del camino. 216. Apuntes de oído/ 16. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                       
Polvo del camino/ 216

Apuntes de oído/ 16

La prosopopeya y sus alrededores en “El cenzontle pregunta por Arlen”
Héctor Cortés Mandujano

La prosopopeya, que generalmente se usa en las fábulas, supone la ficción de que los animales hablan, que los árboles y la naturaleza tienen comportamientos humanos. En “El cenzontle pregunta por Arlen”, de Carlos Mejía Godoy, platican dos pájaros en un contexto donde la montaña, el manantial, el colibrí, la mariposa, el pajonal, también se han transformado.
La canción es parte del disco Guitarra armada, de 1979, de Mejía Godoy, que se grabó como ejemplo de pedagogía musical y dentro del discurso artístico de la revolución sandinista en Nicaragua (que incluía, por ejemplo, la poesía de Ernesto Cardenal y la novela testimonial La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, de Omar Cabezas). De hecho, las ideas principales de este álbum eran enseñar, mediante canciones, cómo hacer y usar armas de fuego, cómo preparar explosivos en casa, y no olvidar y enaltecer a los caídos en la batalla (según “Naturaleza, tecnología y guerra: Modernidad encantada en la música sandinista”, de Sophie Esch).
Dice, en un principio, el cenzontle: “Compadre guardabarranco, hermano de viento, de canto y de luz, decime si en tus andanzas viste una chavala llamada Arlen Siu”.
Arlen Siu Bermúdez fue asesinada, a los veinte años, junto con otros guerrilleros, en un enfrentamiento contra la Guardia Nacional de Nicaragua, el 1 de agosto de 1975. Se le conocía como “La chinita de Jinotepe”, porque nació en Jinotepe, Carazo (Nicaragua), y porque, por parte de padre, tenía ascendencia china. También era compositora, música. Dice un verso de la canción de Carlos: “Enterró en el hueco de su guitarra el lucero limpio de su corazón”.
Contesta el guardabarranco a la primera pregunta: “Yo vide, cenzontle amigo, una estrella dulce en el cañaveral, saeta de mil colores dentro de los rumores del pajonal”. La guerrilla se movía en las montañas.
El estribillo también se refiere a otros dos seres alados: “Dice Martiniano que, en la montaña, revolucionario todo es allí; que anda clandestina una mariposa y su responsable es un colibrí”
En la guerrilla se usan alias, nombres que ocultan la identidad. Se supone que Arlen Siu tenía como nombre clandestino el de “Mariposa” y su responsable, es decir, el guerrillero que la cubría, que la protegía, su “sombra”, tenía como nombre clandestino “Colibrí”.
El enfrentamiento donde Arlen perdió la vida se dio cerca de un lugar llamado El Sauce, departamento de León, donde había una escuela de entrenamiento del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Los tomaron por sorpresa. La balacera duró aproximadamente dos horas, dice Wikipedia.
Escribe Sophie Esch, en el artículo citado: “Otro aspecto de esta fusión entre guerra y naturaleza que plasma y provoca una modernidad encantada es la transformación de guerrilleros en fauna y flora, tal y como aparece en ‘El cenzontle pregunta por Arlen’ de Carlos Mejía Godoy”.
Arle Siu era joven, artista y revolucionaria, características esenciales para volverla el mito que se volvió. Esch dice: “En la canción resulta que Arlen Siu no ha muerto, sino que ha experimentado múltiples metamorfosis. Se ha convertido en una estrella, una flecha colorida, un lirio, un manantial, y una mariposa. Algunos críticos sólo ven una transformación (se convirtió en manantial)”.
En la canción, Mejía Godoy lo dice directamente en estos versos: “Le cuento, cenzontle amigo, que onde la chinita peleó hasta el final nació un manantial pequeñito, que a cada ratito me viene a cantar”…
Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 216. Ajonjolí de todos los moles. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
Ajonjolí de todos los moles
María Gabriela López Suárez

Apenas era martes y Rita sentía que ya había pasado la semana, por más que se había ido temprano a dormir el día lunes, no logró conciliar pronto el sueño y eso le generó levantarse tarde, sin escuchar la alarma del reloj. Lo primero que se le vino a la mente fue la lista de pendientes.

—¡Carambas ya casi son las siete! Hoy quedé de acompañar a Maribel y
Artemio para ir a comprar los ingredientes para decorar los pasteles que me encargaron hacer.

Mientras se levantaba de la cama vino a su mente una actividad más en el día.

—¡Pero qué cabeza la mía! Hoy tengo comida en casa de Trini y acepté la propuesta de llevar el postre. No me dará tiempo a preparar algo, ¿o sí? Puedo aprovechar que iré con Mari y Temo para pasar por lo que requiero para un pay de queso con zarzamora.

Entre refunfuños y somnolencia se dirigió al baño, había decidido darse una ducha con agua fría, le ayudaría para terminar de despertar. Así lo hizo. Salió del baño, se cambió y fue a la cocina para prepararse el desayuno. El baño la había relajado un poco, preparó café y un par de huevos revueltos con salsa de tomate. Le apeteció también freír un par de tortillas y acompañar el desayuno con ellas.

Dio un sorbo a la taza con café y mientras se llevaba el primer bocado del almuerzo empezó a reflexionar en la serie de pendientes que tenía, ¿cómo había llegado a comprometerse en tantas actividades? Tenía el reto de que, en lo posterior, aprendiera a decir no y solamente darse espacio para lo que llenara su corazón sin querer quedar bien con medio mundo.

Justo en ese momento vino a su mente una escena en su infancia, se asomó a la cocina donde estaba su abuelita Bianca, quien la llamó a ayudarle a expulgar el frijol. Rita aceptó. Mientras hacían la limpieza de los frijoles Bianca pidió a su abuelita contarle cuentos, anécdotas y en algún momento salió a la plática Eréndira, hija de doña Bianca y tía de Rita.

—Ay no hijita, no vayás a hacer como tu tía Eréndira, esa muchacha es como ajonjolí de todos los moles, está en todas partes, para toda la gente menos para ella.

Rita no había entendido mucho esa parte pero no tuvo el mayor interés para preguntar a qué se refería. Años después se sintió como la tía Ere, casi estaba así. Se puso a repasar cuántas de las actividades que hacía realmente la llenaban en el corazón, en el alma y cuántas eran aceptadas casi por compromiso.

La tarea para comenzar a cambiar no era fácil, sin embargo, estaba dispuesta a hacerlo.

—¿Y qué tal si de una vez inicio eso hoy? Pero, ¿cómo le digo que ya no voy a ir a Mari y Temo? ¿Y si se enojan? ¿Y si no? — se dijo en voz alta.

Hizo una pausa, como consultando a su corazón y la decisión que tomó fue solo ir a la comida con Trini y llevar el postre. Aprovecharía la mañana para ir a comprar los ingredientes para prepararlo.

Decidida, Rita tomó su teléfono para llamar a Maribel e informarle que no iría a la tienda, que tenía otra actividad y no le daría tiempo, que les ofrecía disculpas.

—¡Hola Rita! ¿Qué tal, ya lista para que nos acompañes?

—¡Hola Mari! Justo llamé para decirte que no podré, espero que me disculpen —entre tanto Rita explicaba, en su mente resonaba, dejar de ser ajonjolí de todos los moles, dejar de ser ajonjolí de todos los moles.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 45. Apuntes del subsuelo 7. Antonio Florido





         
EL HOMBRE ES ESTÚPIDO

Capítulo VII

Este capítulo, leído y releído y releído, subrayado hasta la locura, se asemeja en ocasiones a un arte impresionista. Necesitamos alejarnos para poder comprender el sentido único (¿y exacto?) de lo que Dosto nos quiere expresar. Hay, sin embargo, algunas pinceladas demasiado retorcidas, y algunos colores (entiéndanme) se duplican o triplican sin demasiado aporte a la sustancia; como una fruta a la que muerdes esperando a que el sabor, ese delicioso sueño que seduce, cambie de buenas a primeras.
En el sentido Hesseiano –cedan, por favor-, podemos acudir a la esencia de El juego de los abalorios, donde todo principio se ve enriquecido por una sucesión perdurable de entradas por imitación, aumentando de esta forma no sólo las ondulaciones, sino el deleite propio de quien, extasiado, escucha en silencio las distintas voces.
Aquí, en el texto de hoy, esa nota inicial (o melodía riquísima) no es más que lo que el autor, desde el comienzo del escrito, esconde (de manera abierta) y da en llamar la ventaja especial del hombre. La fuga nace, pues, en esa ventaja. Y a esa ventaja la denomina Voluntad. Para Dostoyevski, ha de ser una voluntad independiente. Imperativa, añade. De otra forma el hombre se vería forzado a comprender y actuar atendiendo sólo a los dictados de la lógica y la razón. Añade que esta lógica y razón, este dúo de complicidades, forman leyes, estructuras, sentidos que hábilmente podrían reconocerse como comunes. La fuga semántica y perseguida continúa pensando ahora el argumento de la Civilización. Maduramos en ella, la música sube de volumen, intentamos seguir las directrices del escritor y, entonces, de una manera nítida y definida, logramos entender que todo se reduce a eso; a hacer caso (o no) a lo que, entre todos, en una categoría que sobrepasa el individualismo, hemos decidido que son nuestras ventajas, nuestras condiciones. Cabe decir, el amor, el sentido crítico, la empatía que jamás aparece… Como muestra nos pone por delante la faz de una figura destacada (sagrada para Léon Bloy): Napoleón. ¿Buscaba el bien a partir del sufrimiento? ¿Podríamos hacer lo que deseásemos al precio que estuviese, de algún modo, establecido? Luego se pregunta -en una pausa huida- qué ha aportado esta civilización al hombre. ¿Lo ha convertido en un mejor sujeto de acción? Su repuesta es que no, que lo único que dicha civilización ha logrado es que el ser humano sea (uso sus mismas palabras) vilmente más sanguinario. Y sanguinario siempre en nombre de algo, por mor de alguien, por alguna causa que se presume legítima; sanguinario como justificación de que uno hace lo que hace porque busca un sentido, sentido que a la larga conseguirá la bonanza, la Virtud (la fuga no cesa en su empuje, y a estas alturas el conjunto semeja un disloque).
¿Tiene esta Virtud algún sentido real?, se pregunta.
El hombre estúpido. A veces actúa porque sólo le interesa agarrar sus intereses y en otras ocasiones, en las mismas circunstancias, procede de otra manera. A pesar de esta aparente incongruencia, o tal vez por ella misma, Fiódor nos inocula en el pensamiento (al menos, lo intenta), la idea no de que el hombre sea verdaderamente un estúpido, sino que lo es de una forma extremadamente superlativa, formidable.
Ya, apartados de lo que se ha escrito hasta ahora, podríamos añadir que todo el escrito está entrelazado de indiscutibles opiniones sociológicas. Unos podrían afirmar que no serían sociológicas sino políticas. ¿Es el hombre bueno o malo por naturaleza? Locke mira hacia un lado; Rousseau mira, sonriente, hacia el otro. ¿Quizás se odien sus pensamientos, sus anhelos, sus ideas? No. Rotundamente, NO. Tiempos distintos, contextos sociales y económicos diferentes. Cada uno aludía a lo que su buen juicio (subjetivo, como todos) le señalaba. Por fortuna, y gracias a los libros que ambos y otros pensadores como ellos, nos legaron, ahora nos encontramos la oportunidad de poder comparar, de poder usar el tiempo de ellos, el llano en llamas Rulfiano que tanto esfuerzo les costó, digamos, apagar.
¿Tratado político? ¿Furor desatado en el espíritu de Fiódor? ¿Una mezcla de componentes que espera paciente a que alguien se atreva a separarlos? No tengo la solución. Sólo sé que he pasado unas horas entrañables con nuestro querido autor, en un intento (puede que inane) de comprender mejor su forma de ver el mundo, su mundo.
Vale.

Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 44. Apuntes del subsuelo 6. Antonio Florido





          NECESITO QUE ME RESPETEN

Capítulo VI


Todo gira alrededor del espíritu desvaído, pálido y tenue; la voluntad que no somos capaces, jamás, de sentir, de ejercer, de dominar, la que permanece escondida, como huyendo de algo, de alguien, del mundo atroz.

Es necesario, por ello, saberse. Tomar nuestra conciencia con los dedos acerados y sacudirla. Es completamente necesario para sentirse vivo que el Ser adquiera la certidumbre de que Es, de que forma parte de algo, convencerse de que no está solo, y lograr asir esa convicción que ya se fue, aunque el descubrimiento no sea más que una verdadera estupidez recubierta de andrajosos ropajes.

Habla de la pereza, sí, como podría haberlo hecho de otra noción cualquiera. Quizás utilizó la pereza, porque la mayoría la percibimos como una condición maldita del hombre (¿superior?), porque para nosotros no está permitido procrastinar.

Pereza, ¡qué palabra!

El autor de este libro no siente nada. Sólo tal vez la constatación de esa su horrible oquedad interior. Necesita, anhela ser alguien, algo. Un gandul, apunta más adelante. Sería hermoso que uno fuese reconocido como un simple gandul…, como un pordiosero, como un verdadero e insuperable idiota. Sería la gloria bajada del cielo, como la niebla en una mañana calma y blanca, algodonosa, en la cima del alcor, oteando, impotente, el horizonte que no se percibe. Sería, digo, tan distinguido que tuvieses colocada una sencilla etiqueta. Estaría dispuesto a usar esos retales que los demás arrojaron, vanidosamente, a la basura ¡qué más da! Pero con todo, el aroma incomparable de esa basura, la eterna fragancia de sus despojos, la delicada piel de la que alguien, cansado, se desprendió, le serviría de seguro, la usaría para crear una identidad que todavía, a los cuarenta ya cumplidos, no había encontrado.

Es un texto que me entristece, porque da en la llaga que tanto sufro, con el dedo que acusa, con esos ojos que no dejan de observarte. Me vienen la obsesiva busca de Baroja, el ansia por escalar hasta la cima de Lucien (Mirbeau), los pasos ardientes de un tal Boudjedra por el desierto infame; y sigue pateando la paciencia, esa hermana tranquila de la pereza que es, aún, más tranquila si cabe. Pena. Deseos de hablar con él a solas, apartados ambos de todos vosotros, avariciosos de sus palabras, de sus silencios…

Lo negativo, esto es, serlo, poseerlo, ya es algo bello. Bello porque al menos entiende que sigue vivo, porque hasta lo más perverso Es, existe, grita, llena el corazón vacío. Luego vendrá -o no- la tarea de comprender qué sentido aprehendió al constatarlo. Esa es y será otra historia.
Cuando afirma que así sería alguien y que por fin podría ser parte del club legítimo de los imbéciles (lo de los imbéciles lo digo yo, aunque quizás él también lo pensara), me da un escalofrío. Porque comprendo que nada ha cambiado, a pesar de todos los pesares. Su tiempo es nuestro tiempo. Su vacío es nuestro vacío. Su Nada es también, así lo creo, nuestra Nada. Entonces me pregunto, ¿para qué? ¿Por qué todo este drama?

¡Ay, es ternura hacia lo bello y lo sublime, cargada de insinuaciones y argumentos capciosos, a veces sarcásticos, ay!
Nuestro querido y admirado Dosto (ya hemos tejido una cierta amistad), un hombre perdido que no se resiste al contexto. Juega con la apatía, con la desgana, y esos declives los vuelve y los muestra como virtudes.

La clave de todo esto la expone con una nítida elocuencia. Insisto, Fiódor lo indica con una claridad meridiana: Quiere que lo respeten, que lo respeten como paso previo para poder respetarse a sí mismo. La eterna consonancia de nuestros corazones, que no dejan de subir y bajar, como las olas sensibles de las pasiones. Convencernos de que todos compartimos, nos guste más o menos, las mismas miserias; de que todos nacemos endebilísimos y que también, y por esto, todos debemos penar en vida lo que nuestros pensamientos hierven.

Vale.

Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 215. Honrar al linaje y a la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
Honrar al linaje y a la vida

María Gabriela López Suárez


Pilar se apresuró a bajar la cortina de su papelería, ya eran las 2:30 de la tarde. Normalmente cerraba a las 2, ese día se había puesto a engargolar un pedido de 100 trabajos para entregar en la semana. Aunque no terminó si logró avanzar con 42 engargolados. Como cada miércoles tenía el pendiente de ir a comprar flores para sus abuelitas ya fallecidas, era la ofrenda que les ponía cada semana.

Rumbo al mercado identificó que los árboles que embellecían y brindaban una grata sombra en algunas calles ya se estaban preparando para la llegada de la primavera, alcanzó a escuchar el revoloteo de unas aves que pasaron fugazmente.

Mientras sus pasos se dirigían rumbo a la florería unos grabados en la pared le hicieron recordar que estaba cerca el 8M, la conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Se organizaría con sus vecinas en la cuadra de su negocio para sumarse a la marcha del 8M.

Llegó a su destino y comenzó a buscar las flores que compraría, buscó margaritas blancas y amarillas, un ramo de siempre vivas y dos ramitos de gardenias y jazmines. Su marchanta, doña Paty ya la había visto,

—Buena tarde Pilar, veo que ya tiene elegidas sus flores ¿alguna otra flor que quiera llevar?

—Buena tarde doña Paty, muchas gracias, ya sabe usted lo que siempre compro. Aproveché que hay gardenias y jazmines, me encanta su aroma.
Pagó las flores, se despidió y caminó con dirección a su domicilio. Al llegar a casa decidió que antes de comer colocaría la ofrenda de flores. Se acercó a donde tenía los retratos de sus abuelitas, tomó los jarrones, les cambió de agua, colocó un poquito de azúcar en cada uno para que ayudara a conservar más tiempo las flores. Acomodó los jarrones y se detuvo a observar las fotografías.

Como en una especie de cascada fueron asomándose los recuerdos que tenía atesorados con cada una de las abuelitas, los años que tuvo la oportunidad de convivir con ellas y que le compartieran algunas anécdotas. En los relatos que contaban en la familia siempre escuchaba que eran mujeres valientes para la época en que les tocó vivir, dedicadas al trabajo para sacar adelante a sus hijas e hijos y con el ánimo de vivir la vida aún en medio de una serie de retos, esos que les toca lidiar a las mujeres, sobre todo si son criadas en espacios no urbanos.

Pilar siguió atenta en ambas fotos, contemplando los rostros de sus ancestras, se quedó pensando que aunque sus abuelitas no habían tenido conocimiento del movimiento feminista, ni del 8M, eran grandes mujeres, de eso no cabía duda. Respiró profundo y disfrutó el aroma de los jazmines y gardenias, le gustó como se veía la ofrenda de las flores. Cerró los ojos, nuevamente percibió el aroma de las flores, agradeció desde el corazón a sus ancestras por el legado que le habían dejado, las flores y la memoria eran también una manera de honrar al linaje y a la vida, no solo el 8M sino todos los días.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 215. Restos del festín. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                       
Polvo del camino/ 215

Restos del festín
Héctor Cortés Mandujano

A mi primo Miguel Muñoz Cortés,
quien me contó la historia

En la tarde, Mamá Natividad ayudó a su perra Diana a tener los cuatro cachorritos; les hizo un nido de trapos viejos en el largo corredor de ladrillos, al lado de la puerta de su cuarto.
Sobre la finca El Ciprés, alejada del pueblo, cayó la noche sin luna.
La abuela apagó el quinqué y se durmió. La despertó el ruido de unos cascos que entraron al patio del rancho. Abrió los ojos por automático reflejo. Negrura nomás. Puso atención al ruido. Pensó que podría ser su hijo Herminio, que venía de alguna de sus rondas nocturnas en busca de muchachas.
No era.
Afinó el oído lo más que pudo. Tampoco era un caballo, sino un animal más pequeño. Tal vez fuera el burro blanco, que era muy mañoso.
Los cascos no se detuvieron en el extremo del pretil donde generalmente se desensillaban los caballos. Siguieron con su ruido monocorde sobre el piso del patio y llegó el momento en que se emparejaron con la puerta de su cuarto. En medio del visitante y la abuela, no sólo la puerta, sino el corredor de ladrillos.
Mamá Natividad, decidió gritar para asustar al animal:
—¡Burro!
Hubo un momento de silencio y luego ella escuchó una voz gutural, inhábil, pedregosa, que le respondió con la misma palabra:
—¡Burro!
No supo qué hacer. Oyó algunos ruidos menores, que no logró identificar, como si el animal ya no usara sus cascos para moverse, como si cuidara hasta su respiración para no ser percibido. Luego nada.
Le costó conciliar el sueño.
Al otro día, de madrugada, se levantó rumbo al fogón. Diana, la perra, le lloriqueó cuando ella pasó a su lado.
Tomó su taza de café, en una silla, al lado del fogón y luego decidió ir a ver a los perritos.
Diana lloró de nuevo cuando se acercó hacia ella. No había perritos. Revoleó el nido y descubrió asombrada algo que la hizo recordar la voz horrible que le respondió en la noche. Ese algo, ese alguien, pensó, se había devorado a los recién nacidos. Sólo dejó ante la desesperación de la madre ¡las cuatro colitas muertas!



Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 44. Apuntes del subsuelo 5. Antonio Florido





                                                                              
LA CAUSA PRIMERA DE TODAS LAS CAUSAS

Capítulo V

Comencemos, como es costumbre, por el principio. En este quinto capítulo de la primera parte del libro, el autor nos abre la puerta -no sé si de una forma certera o no- a las emociones que le provoca el remordimiento, y al arrastre feroz que éste le aviva, hasta el punto de precisar -más adelante- que dicho remordimiento le produce “…una honda conmoción...”, y que, añade, “…le remordía (remuerde) la conciencia...” (Sobre el sentido de la conciencia en Dostoyevski ya hablé en otro capítulo y no creo necesario insistir).

En otro lugar nos aclara que este tipo de, digamos, perturbaciones, eran para él, en realidad, una pura mentira, un engaño, un ardid, y todo porque le aburría, se aburría soberanamente, y por eso, dice, figuraba todo el santo día, es decir, se transfiguraba, se amoldaba. Y aquí viajamos a las palabras de nuestro también querido autor Juan Carlos Onetti, cuando declara en una entrevista de A fondo, sobre los años…, que él miente cuando escribe, que lo hace desde niño –quiero decir, lo de mentir- y que utilizando este ancestral recurso, aprendió y comprendió que podía protegerse de las tribulaciones del mundo colocándose la eterna máscara de la tragedia, ya que de esta manera los demás se quedaban, se quedarían con la boca abierta, pensando ¡qué niño, qué escritor, qué historias nos cuenta!” Claro, puestos de esta forma, usted mismo nos podría recordar a Osamu Dazai, en su obra Indigno de ser humano; el niño de las tres fotografías, el de la eterna sonrisa, el de la constante fábula, y ¿sabe qué?, que tendría toda la razón del mundo, por eso un servidor jamás se la concedería, porque de nada sirve darle algo a alguien que ya posee ese algo, ¿no? Podríamos trasladarnos también, si usted gusta, a cualquier obra de Natsume Soseki, como El minero, donde trata los mismos encierros del alma; pero, en fin…

Muchos hemos experimentado alguna o muchas, demasiadas veces, que siente en lo hondo la culpa. La culpa de todo, por todo, por ser, por existir, por saberse un ridículo títere sin importancia alguna. Todos habremos pasado en alguna ocasión por esa angustia de nadar en la inocencia rodeado de tiburones que te miran de frente (algunos, los cobardes, lo suelen hacer de soslayo), como amenazantes, como tartamudeando entre un sí y un no que, bueno, que tal vez, que a lo mejor no fuiste tú el que hizo lo que hizo o el que pensó lo que pensó o el que calló lo que calló. Quién sabe. Y todo al precio de, sin saber qué hacer, con mano sobre mano -según Fiódor- uno se aburre; se aburre, pero le duele; le duele, pero se aguanta; se aguanta y, sin embargo, nota ese dolor placentero de ser el único en conocer la verdad de su inocencia. De su -si me apuran- de su simplicidad.

¿Los listos y activos son, realmente, inútiles, estúpidos, sobrantes?

A pesar del aburrimiento que comparto en estos instantes con nuestro protagonista, el meollo de la cuestión radica en eso de la causa de la causa, esto es, la causa in-causada, la primera de todas, la eterna e inagotable pregunta, sustantiva y medular, que nos abroga hasta el centro de la cordura. Yo pregunto, qué tipo de causa es la de Fiódor, cuál busca, ¿la causa de Clemente Greenberg, cuando afirma que “un pintor como Picasso pinta la causa de un efecto posible; un pintor kitsch (imitación de estilo) como Repin (Iliá Yefímovich Repin) pinta el efecto de una causa determinada? ¿La causa nosológica (una de las cuatro, la que usted desee) de Aristóteles, que tanto le trastorna? ¿La causa de Slavoj Zizej, en Órganos sin cuerpo (¿lo han leído?), donde afirma que, “…el efecto es, retroactivamente, la causa de su causa…”?

¡Díganme, cuál!

No os apuréis, porque el mismo que en el texto de Apuntes del Subsuelo se pregunta, también nos expone su respuesta: La justificación. De ahí el duelo inexistente, la falta de empatía, el tremendo aburrimiento de aquel Raskolnikov que recordamos. Sigue el autor con otra cuestión. Se pregunta qué hará, qué podría hacer si ni siquiera siente resentimiento. Ahí es nada la complicación que se nos acerca como un tsunami. Él lo endereza recurriendo a la solución de todo lo irresoluble: El destino. El destino es el culpable, el traidor, el que instiga y provoca entreverado con un paisaje mimético. No, no es el agravio, no es esa culpa soterrada que, de pronto, emerge de las profundidades, no. Es el destino, el qué será, o a lo mejor el tiempo perdido y llorado, junto a su amigo, confesor y protector Dmitri (Dmitri Vasílievich Grigoróvich), en aquella pensión húmeda y cochambrosa donde ambos malvivían.

Se va la razón, se va el agravio, se va el objeto… ¡Y qué queda ahora! El Destino. ¡Oh, El Destino!

(Lo que falta por comentar de este capítulo es poca cosa, muy poquita cosa, y no creo que haga falta nada más).

Vale.

Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 43. Apuntes del subsuelo 4. Antonio Florido





                                                                              
SOBRE LA MALICIA, EL DOLOR Y EL ACTO DE CONCIENCIA

Capítulo IV

En este brevísimo capítulo (aunque rocoso), Dostoyevski nos relaciona varios conceptos (que, como tales, suelen residir, como parásitos, en el interior de una nimia idea o en cualquier expresión popular, vulgar y zafia), que nacen y se desarrollan adquiriendo una concreción más necesaria y definida con el paso del tiempo sobre la piel de nuestras experiencias.

Para comenzar debemos aclarar que, para quien escribe, el concepto principal alrededor del que orbitan los demás, es la conciencia. (Recordemos que, para Sartre, la conciencia está situada por encima de todo lo demás; observa lo que sucede, incluso es capaz de conmoverse, pero, ¿y para Fiódor?, ¿cómo apreciaba él este término, de qué manera llegó a sentirlo? ¿Observaba, -como afirma Jean-Paul- hundida en la miseria de saberse, engreída en un mundo callado y triste? ¡Díganme!

Un hombre de extrema sensibilidad como Dostoyevski (él lo declara hasta la saciedad), siente, dice, placer en el dolor. En el texto expone sin tapujos que, ante el dolor, el hombre se queja, gime, llora; muestra -como un actor ante el público, su público- que es, quizás, el más infeliz de todos los seres por la noción clara que le arrebata los sentimientos y se mofa de ellos. El dolor físico (leemos en el capítulo un ejemplo metafórico que el propio autor inventa, en el que un paciente siente un terrible dolor de muelas), ¿tiene sentido? Dostoyevski nos dice que sí. Con un SÍ nítido, sin fisuras. Luego agrega que quejarse o gemir (o gritar) de dolor, humilla la conciencia (quizás aquí, creo, el significado de conciencia lo podamos acercar al pensamiento de Sol Lewitt, porque este dolor, esta ineptitud del Yo, este saber que se sabe, deviene o implica un estar al tanto en la vida, un camino claro por donde tirar). Cuando leí y subrayé este trozo no pude menos de pensar en Jesús, en su sufrimiento, en el inimaginable dolor físico, real; también en el otro dolor, digamos místico, en el sentido trascendente, como trascendente sería en este caso, la visión única y escatológica de la Pasión. Entonces, me pregunto, nos podríamos preguntar si Jesucristo sintió humillada Su conciencia, la máxima expresión del amor que todo hombre puede manifestar. ¿Creía esto Fiódor? ¿Cómo, cuánto, cuándo, dónde, hablaba él con Él? Y he de confesar, como nuestro admirado escritor de almas reconoce de sí mismo, que siento una confusión vital, un desorden del que me cuesta mucho evadirme.

Me duele, me quejo, gimo, grito, y noto una voluptuosa (lo de voluptuosidad lo escribe él) inspiración que me llama a humillar no sólo al otro, sino a mí mismo. Y de esa terrible humillación, de ese tétrico agravio, brota el placer inefable y con sentido (para él).

Podremos o no estar de acuerdo con su pensamiento. Pero la verdad es que, con estas palabras no nos debería extrañar que un hombre como él haya sido capaz de traspasar el tiempo y los mundos con su lectura (transcripción matemática) profunda, diría abisal, de las almas de todos sus personajes. ¡Fascinante!

Estoy con Wittgenstein en que esa voluptuosidad, erotismo o apasionamiento de la que estamos tratando debería ser, tal vez, “el templo que sirva de contorno a las pasiones, sin mezclarse con ellas”; usted, sin embargo, diría, con Van Gogh, que lo que busca (con sus rojos y verdes) es “expresar la espantosa pasión de los hombres”.

Para terminar estos comentarios deberíamos hacerlo hablando de la escasa o nula confianza del hombre en sí (mismo) y de la falta imperdonable del amor propio, del que el mismo autor de Apuntes del subsuelo, nos anuncia; sin embargo, no podría acabar sin establecer, ante vosotros, la para mí extrema y extraña relación y solución que Dostoyevski nos proporciona para poder dejar de sufrir. Y lo decimos porque es muy clara la idea que más tarde, nuestras lecturas de Cioran así nos indican. Hablamos del suicidio. Dejar de dolernos eliminando la vida. Asistido o no, pero dándonos por vencidos y con la petulancia henchida al considerar que la vida, nuestra vida, es nuestra, que no hubo ni hay ni habrá esperanza ni trascendencia, que debemos elegir (y para ello nos habríamos de vestir con los ropajes de la cobardía) entre ser o dejar de ser. Ahí está el nicho topográfico de la Conciencia. Habrá que dejar que trabaje, ¿no?

Vale.


Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 214. Escuchar la voz interior. María Gabriela López Suárez



Voces ensortijadas
Escuchar la voz interior
María Gabriela López Suárez


Azucena terminó de amarrarse las agujetas de los tenis. Tenía que entregar unos pedidos de frutas y verduras que le habían solicitado. Trabajaba los fines de semana en la tienda de abarrotes de su prima Marcela. Los ingresos le ayudaban para apoyarse con los gastos de la universidad. Cursaba el segundo semestre de la licenciatura en Gastronomía. Azucena había decidido apoyar el esfuerzo que hacían en su familia para que ella pudiera estudiar.

—¡Marce, ya me voy a entregar el pedido de don René! Me llevo la carretilla, para que no la vayas a buscar —gritó Azucena, con la esperanza de que Marcela la hubiera escuchado.

Antes de salir Azucena revisó la hora, estaba en buen tiempo para llevar el pedido. Algo la hizo elegir cortar camino, pasaría por el área de andadores. En una mañana soleada como la de ese sábado, los árboles le darían la sombra que necesitaba para resistir el calor.
Emprendió el camino con excelente ánimo y a buen ritmo, se alegró que la carretilla no pesara tanto con el pedido. Por momentos pensaba que quizá el entusiasmo que sentía le ayudaba a llevar la carga de las frutas y verduras y por eso la sentía liviana.

A su paso observó cómo los árboles estaban mudando de hojas, una señal de que la primavera estaba cerca. El clima de ese día estaba mezclado, ráfagas de viento y un sol tan intenso que se alegraba de haber llevado puesta su gorra favorita, en color rojo, con la inicial de su nombre bordada. Era un regalo que le dio su tía Leti, mamá de Marcela.
Casi estaba por llegar a su destino, divisó a lo lejos una especie de alfombra en color rosa, el movimiento de las hojas en la parte alta de unos árboles la hizo alzar la vista. Observó cómo caían lentamente varias flores en tono rosa, al tiempo que ella se dejaba acariciar por el viento. La alfombra que había apreciado estaba conformada por las flores que yacían esparcidas en el suelo. Cuando pasó por ahí disfrutó mucho el paisaje. Se le vino a la mente esa sensación que la había llevado por esa ruta, fue como escuchar la voz interior, esa que a veces en medio del caos no le permitía aflorar.

En el menor tiempo posible Azucena había llegado a su destino, tocó el timbre en el domicilio de don René. No tardó en salir Martha, la hija de don René.

—¡Hola Martha! Traigo el pedido que hizo tu papá.

—¡Hola Azucena! Ahora le llamo, pasa y puedes dejar por aquí las cosas, sobre esta mesa, por favor —señaló.

Mientras Azucena sacaba las bolsas de la carretilla se percató que en realidad si llevaba bastante peso, sin embargo, no lo había sentido así, ni estaba cansada. Seguía sintiendo el entusiasmo con el que salió de la tienda. Don René recibió el pedido, le pagó, se despidieron y Azucena regresó a la tienda de Marce.

En el trayecto Azucena pasó nuevamente por el área de los andadores, contempló la alfombra de flores en tono rosa, sonrió. Vaya que era importante escuchar la voz interior, se prometió a sí misma que lo haría más seguido. Justo en ese momento, una ráfaga de viento se dejó sentir, para Azucena fue como una especie de abrazo que le regaló la naturaleza, en respuesta a la promesa que acababa de hacerse.

Photo by Recal Media on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 214. Dos libros de Balam. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                       Polvo del camino/ 214

Dos libros de Balam
Héctor Cortés Mandujano

Mi amigo Balam Bartolomé, artista visual y narrador, me obsequió en pdf dos breves libros suyos: Batalla de ciervos (Taller de Ediciones Económicas, 2013) y The Spirit (Conaculta et al, 2014).
Las dos publicaciones son agradecibles y contemporáneos periódicos murales, donde la diversidad se reúne, por decisión del autor, para abrir las alas del cuento, de lo que quiere contar, de lo que cuenta visual y narrativamente. Balam mezcla sus saberes y reparte su talento en ambas categorías, como ejecutante y como consumidor de libros y de arte gráfico. Batalla de ciervos, por ejemplo, recibe su título del cuadro de Gustave Courbet que él disfrutó en París, por primera vez, e incluye textos suyos y de otros (Sasha Flores escribe, en inglés, “La lechera”, por ejemplo, y se reproduce una nota de El Universal).
Las páginas no buscan la unidireccionalidad, porque tienen fotografías, imágenes de variada conformación (que incluyen fotos de Pedro Infante llorando y Clint Eastwood tirando rostro, una mujer semidesnuda acompañada de policías, un burro vestido con playera y pantalón…), textos escritos a mano, que no son ilustraciones solamente, sino otro modo de contar.
Los textos suyos son anfibios: mezclan lo narrativo-cuentístico con el ensayo, la reflexión con las notas de viaje, Dice en “Su peso en oro” (p. 9): “En alguna parte del programa presentaron el caso de un gusano cuya forma y colorido semejaban caca de pájaro. Su color y forma, sorprendentemente exactos, le permitían confundir y evitar a los depredadores. Una mímesis pulcra. A mis ojos el bicho se volvió agraciadísimo: justo y puntual, perfecta y naturalmente inteligente. Era, a un tiempo, todo gusano y todo caca. Definitivamente estaba en lo suyo. O qué sé yo”.
Batalla de ciervos también tiene en su haber los enfrentamientos (“Tercera caída”) que Balam tuvo frente a los cuadros de van Gogh. El final del libro dice, con letras grandes y negras, “Hasta tú comes pan”.

The Spirit, dice su página legal, “es una publicación sin fines de lucro realizada para acompañar la exposición Revés del artista Balam Bartolomé, llevada a cabo en el Museo de Arte Carrillo Gil de la Cd. de México, en Noviembre de 2014”.
Sus páginas son también sorpresivas: una proclama de David Alfaro Siqueiros sobre el arte con ideología en bien del pueblo; la fotografía de un libro con una entrevista de Georges Charbonnier a Jorge Luis Borges, sobre la literatura, que, entre otras cosas, dice que no es el razonamiento lo más importante en el arte.
Tiene fotos con las puntas (distintas) de lápices (Pencil Story, de John Baldessari), un manuscrito de Rodulfo Bartolomé sobre el dogma y el culto, un texto (de un libro escaneado) que habla de la importancia de los signos gráficos en Japón, una caricatura, un recorte, otra página de libro, que es una rápida biografía de la vida desgraciada de Ambrose Gwinet Alarico.
Una dice, nada más: Su cuerpo no se encontró nunca. Y la firma L. A. de Bouganville. Lo que me regaló la suerte de gozar de estos textos fue “Niguo”, relato sobre Mario Rodríguez López, su tío abuelo, que yo recordaba leído por el autor en alguna ocasión que hablábamos, creo, de las rarezas de las personas, que son validadas en los artistas, pero no en la gente “común”. Escribe Balam sobre la personalidad de su tío Mario (p. 11): “Me viene a la cabeza otra frase suya, con la cual respondía a quien le reprochaba alguna acción disparatada. Declaraba, sucinto: ‘Soy al revés’ ”. Es lindo el texto, amoroso.
Hay fotografías diversas (una de sus papás), frases, ilustraciones, una nota sobre Duchamp y otro texto de Balam, “El Antiguo”, sobre Manuel, artista de pueblo y ladrón, hacedor de figuras que no nombraba (p. 15): “Los suyos son objetos cargados de brutal inocencia, de un misticismo radical, de una genuina necesidad de hacer. No los nombra pues no le interesa saber que son, pero sin duda son más que muchas otras cosas que tienen nombre. Quizá su valor radica en que, así como las cosas que habitan la Naturaleza, esas que hemos nombrado, son más que eso”.
Los dos libros breves son matrimonios felices entre la imagen y la palabra, entre dibujar y escribir, entre leer, ver y compartir… Gracias, querido Balam.


Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com