Revista

Valle de tinta 3. Mal de altura. Miguel Isaac Zavala Flores

Foto de Fernando Paleta: https://www.pexels.com/es-es/foto/ciudad-hombre-azotea-tejado-18399512/

 
Mal de altura

Recuerdo cuando subía a escondidas a la azotea, me asustaban las alturas, pero por alguna razón me sentía seguro en aquel lugar. El ruido de los coches pasando, la brisa de un mañana todavía sin existir, el silencio citadino.
El mundo se sentía enano cuando subía, mi torre de Babel personal, mi fortaleza de solitaria comprensión, mi miedo constante a caer, a estar vivo.
Por qué subía nunca lo supe contestar, así como no podía contestar por qué mamá lloraba algunas noches, por qué papá prefirió no volver aquella tarde. Estaba acostumbrado a la vida sin respuestas, al silencio de los adultos, a la soledad que todo infante vive alguna vez al no sentirse perteneciente al mundo, a la madurez intrínseca que implica vivir en mitad de una guerra entre el miedo y la esperanza.
Dejé de creer en el futuro a una corta edad, pasé del miedo a la oscuridad al constante terror de la existencia. Fue la ausencia de sentido, el eterno caminar sin rumbo, la burla de la eternidad, la piedad de los mortales, el infinito abismo del tiempo, su interminable castigo impuesto en nosotros por estar vivos.
Casi caigo dos veces de mi azotea, una por gusto y la otra por accidente. En mitad de mis ideas suicidas resbalé y me arrepentí, en mitad de mi esperanza por vivir quise desperdiciarla al vacío.
Tal vez subía para sentirme más cerca de los dioses, para poder hablar con las estrellas, para callar el ruido del submundo, de mi mundo. Tal vez no había razón, quizá era el instinto primigenio llamándome a los cielos, a los vientos libres que me hacían imaginarme como un ave, como una mosca, como una nube.

Hoy la azotea ya no está, mamá murió el mes pasado y papá apareció para vender aquella casa. Hoy la tristeza volvió, pero en esta ocasión no tengo un lugar seguro al que acudir, en esta ocasión no me puedo sentir un gigante con un mundo enano a mi alrededor.
Hoy el viento es más frío, la ciudad más ruidosa, la vida más oscura.
Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo. 

Voces ensortijadas. 299. Los caminares desde el corazón. María Gabriela López Suárez

Foto de Nataliya Vaitkevich: https://www.pexels.com/es-es/foto/persona-camara-subjetiva-pov-calzado-5291690/
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Los caminares desde el corazón

Caminar con respeto, escuchar con el corazón.
Citlalli Fernanda Pérez Cázares

El reloj marcó las 07 horas del día lunes, Elena abordó el transporte que la llevaría a su primer destino para que dos horas después tomara otro autobús que la trasladaría a su destino final en ese viaje. Mientras se abrochaba el cinturón de seguridad recordó las veces que solía viajar con su familia en carretera, lo disfrutaba mucho. Solía imaginar muchas historias mientras escuchaba las canciones que su papá ponía y ella tarareaba en el asiento trasero. De las imágenes que más recordaba era el verde del paisaje, las montañas enormes y las nubes con una variedad de formas que se perdían para conformar otras en breves instantes.

Llegó a su destino antes del mediodía. Se felicitó por madrugar, aunque le costara levantarse temprano. Revisó el mensaje que Leonor, su compañera de trabajo, le había enviado. La esperaban después del mediodía para hacer un recorrido por la nueva ruta donde le tocaría estar trabajando de manera mensual.

Elena hizo su tercer viaje en el día, tomó un mototaxi que la llevó hasta el lugar de la cita con Leonor. Pagó su pasaje y se dirigió a buscar la entrada del lugar. No tardó en divisar a Leonor quien la esperaba. Después de saludarse, Leonor le presentó al resto del equipo de trabajo con el que estaría interactuando Elena. Ahí estaban Manuel, Eréndira, Matilde y Gerardo, quienes con mucha amabilidad le dieron la bienvenida.

Matilde fue quien guió a Elena a donde sería la nueva ruta del trabajo, un espacio donde recibirían cada mes a distintos grupos de mujeres bordadores y alfareras para brindarles talleres de cómo comercializar sus productos y divulgarlos a través de las redes sociales. Para llegar al espacio tenían que caminar un poco entre una pequeña selva, a quien Matilde bautizó como el sendero de la felicidad. Cuando Elena escuchó el nombre empezó a pensar qué habría en ese espacio para que Matilde lo llamara así. No tardó en descubrirlo.

Manuel se adelantó al recorrido. Matilde fue explicando las especies de árboles que habitaban el sendero. Era importante que conocieran y respetaran ese espacio que sería su nueva ruta de encuentros con la creatividad, el amor, la dedicación y entusiasmo de las mujeres bordadoras y artesanas. Elena estaba maravillada, era como adentrarse a un lugar mágico, rodeado de mucha vida, el verde en su máximo esplendor. De pronto se vio caminando entre piedras cubiertas por pequeñas decoraciones de musgo, guiada no solo por Matilde sino por una diversidad de flores que rodeaban el sendero de la felicidad, una variedad de mariposas y aves que iban apareciendo en el camino, como dándoles la bienvenida.

Elena hizo una pausa mientras contempló un árbol enorme, vaya que la naturaleza era no solo bella sino asombrosa y sabia, pensó. Matilde volteó a ver si Elena la seguía, al verla detenida la llamó, le tenía una sorpresa preparada, ya estaban cerca del lugar donde darían los talleres. Antes había que cruzar un pequeño puente colgante. Al final se veía la casita que era el espacio para sus actividades. El rostro de Elena se llenó de más asombro, aunque con un poco de nervios, una sonrisa se dibujó en su rostro mientras pasaba en el puente, con paso firme y seguro. Vinieron a su mente la serie de vicisitudes que le había tocado pasar para estar en este momento, sin duda que los caminares desde el corazón eran parte de su vida. Agradeció a la divinidad, a la naturaleza, a su cuerpo y a quienes la rodeaban para poder vivir esos caminares. Ahora le tocaría empezar una nueva travesía.
Foto de Nataliya Vaitkevich: https://www.pexels.com/es-es/foto/persona-camara-subjetiva-pov-calzado-5291690/
Foto de Nataliya Vaitkevich: https://www.pexels.com/es-es/foto/persona-camara-subjetiva-pov-calzado-5291690/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 299. La muerte viva. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/299

Háctor
Antes o después de los aplausos/ II


La muerte viva
Héctor Cortés Mandujano


Mis primeras dos obras de teatro las escribí en el mismo año: 1986.
En esos años empezaba en el teatro y en la escritura.
En 1982 me subí por primera vez a escena con La filmación a futuro, un conjunto de obras breves dirigidas por mi querido y recordado primer maestro: Xavier Alcázar, qepd, y en 1983 (el año en que nació mi hija) comencé a entrenar con mi segundo gran maestro: Juan Truko.
En 1984 gané el tercer lugar, en los juegos florales del municipio tuxtleco, en la especialidad de cuento, y en 1985 el primer lugar estatal de cuento en la convocatoria realizada por el CREA.
Para ese entonces ya había hecho varias obras como actor y leído los libros más importantes sobre composición, dirección y actuación. Xavier y Juan me enseñaron, generosamente, el camino. Ya era un lector con bastantes destrezas lectoras y con ganas de explorar la escena.
Mi primera obra la escribí porque empecé a dirigir, en 1985, una de Carballido, con actores de menor edad que yo (tenía 24-25 años), y seguí con ese grupo y otros, con nuevos montajes; llegó un momento en que nos encontramos cuatro hombres jóvenes dispuestos a montar una obra y no hallamos una que se acomodara a nuestro número y género. Decidí escribirla. Cuando lo hice, los tres ya no estaban: habían terminado la prepa y se habían ido a estudiar fuera.
La guardé, simplemente, sin ninguna expectativa. Se llama Tres sueños muertos y está constituida por tres cuadros que tratan de 1). La separación e incluso el enfrentamiento entre el cuerpo y el alma, 2). La lucha entre el bien y el mal, y 3). La respuesta de Dios y la muerte a una petición humana.
Mucha filosofía para un dramaturgo debutante. En la obra, además, usábamos una bata extensa donde nos metíamos tres, como un monstruo de tres cabezas, y nos maquillábamos con extravagancia. Sin embargo, la obra interesó a un primer grupo de teatro (luego la montarían varios más), que decidió llamarse Pro-puesta, al que yo no pertenecía, y del que me convertí, a petición de ellos, en director.
Con el elenco inicial hicimos varias funciones y cosechamos aplausos y buenos comentarios, lo que resultaba muy estimulante para mí, porque había decidido no seguir los caminos trillados de la dramaturgia y hacer mi propia poética, como ha quedado claro, supongo, después de las más de veinte obras mías que han subido a escena.
La conformación del grupo fue cambiando hasta que, muchos montajes después, decidimos terminar Pro-puesta o, más bien, yo decidí dejar el grupo, donde conocí a varias y varios amigos que aún lo siguen siendo: Jaime Carrillo, ya ido; Hilda Jiménez, Tere Argueta, Felipe Reyes y Alejandro Nudding. Hubo muchos más, porque la obra se presentó en muchos foros y con elencos diversos.
Fue una etapa muy divertida, con los Pro-puesta, porque luego de los ensayos nos quedábamos a jugar cartas, juegos de mesa y un sinfín de tonterías; cantábamos y nos quedábamos conversando naderías hasta la madrugada. Reírnos era lo más importante. Mi hija y mi mujer se acostumbraron a ser parte y apoyo de los ensayos y funciones. Anduvimos del tingo al tango, en presentaciones y en paseos.
Fue muy bonito…
Al centro HCM; atrás, Hilda Jiménez
Al centro HCM; atrás, Hilda Jiménez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 298. Atardecer en otoño. María Gabriela López Suárez

Foto de Hiếu Hoàng: https://www.pexels.com/es-es/foto/fotografia-de-enfoque-superficial-de-flores-naranjas-720390/
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez
Atardecer en otoño

El reloj marcó las cinco de la tarde, Dinorah vio la hora y se dio cuenta que ya tenía que salir por el mandado para ir a comprar los ingredientes que le faltaban para hacer los postres que vendería al día siguiente. Aunque tenía prisa fue caminando a paso normal y de pronto, como normalmente no solía hacer por las rutinas cotidianas, se descubrió contemplando el paisaje de esa tarde.

Agradeció el clima. El calor se había ocultado aún cuando el sol alumbraba con una intensa luz. Corría un ligero viento que hacía la tarde más amena. Asimismo, la temporada de lluvias había dado un bello toque al paisaje que rodeaba a la ciudad. Las montañas resaltaban por el verde intenso y las nubes que decoraban el cielo generaban algunas sombras que las embellecían más.

Continuó su paso, su mirada se siguió recreando con los frondosos árboles de flamboyant que se dejaban ver en los patios de algunas casas. A lo lejos alcanzó a divisar un par de ceibas, eran sus favoritas. Siempre le parecían hermosas, pero ahora tenían un toque distinto. Dinorah recordó que la época de lluvias era una bendición para la naturaleza y también para las personas, siempre y cuando, las lluvias no ocasionaran algunos desastres.

Pensó que la humanidad era en gran medida responsable de tantos desastres naturales. El respeto a la flora, la fauna, la tierra se había ido perdiendo. Mientras esperaba que un semáforo diera el verde alzó la mirada al cielo, contempló una variedad de nubes, justo para hallar en ellas un sinfín de formas.

Cruzó la calle y su mirada se posó en una pequeña jardinera, alrededor de ella había varias palomas muy entretenidas que picoteaban algo en la tierra. Siguió su camino y observó gente yendo y viniendo. En un pequeño parque comenzaban a instalar vendimias. A su memoria vino un par de recuerdos de su adolescencia, en las tardes de verano solía ir con sus primas a la paletería, los sabores favoritos eran de cacahuate, cajeta y coco.

Esa tarde tenía algo en especial, Dinorah lo había percibido y le gustaba la presencia de la naturaleza en los paisajes que rodeaban a su colonia. No era una tarde cualquiera, era un atardecer en otoño que le recordaba que la vida está llena de hermosos colores y era un gran regalo poder reconocerlos y disfrutarlos. Sonrió para sí; en menos de lo que imaginó había llegado a su destino.
Foto de Hiếu Hoàng: https://www.pexels.com/es-es/foto/fotografia-de-enfoque-superficial-de-flores-naranjas-720390/
Foto de Hiếu Hoàng: https://www.pexels.com/es-es/foto/fotografia-de-enfoque-superficial-de-flores-naranjas-720390/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Liminar 5. Inspiración. V. Balltre

Foto de Ketut Subiyanto: https://www.pexels.com/es-es/foto/ciudad-cruce-carretera-soleado-4559744/

Liminar
Inspiración
V. Balltre

Hace ya un rato que no escribo; no es por falta de ganas, sino por falta de inspiración. Hago pequeñas notas de frases que se me ocurren, pero nada más. Hoy estoy sentada en una cafetería, pensando que sería un buen momento para hacerlo. Quizá algo surja si me obligo a escribir.

La inspiración es, por sí misma, espontánea. Antes desbordaba de ella: podía ver un perro cruzar la calle y de ese simple acto explotar en letras sobre cómo anhelo ser uno y ser acariciada. Pero ya no es así de sencillo. No creo haber perdido talento; quizá solo la vida que llevo no me ha dejado hacerlo.

Me pregunto si un día será sencillo, si podré levantarme un domingo sin pensar en los pendientes del día siguiente. Si un día estaré viendo el horizonte y pensaré que todo valió la pena. Me pregunto si llegará el momento en que me sienta plena, si un día dejaré de sobrevivir y comenzaré a disfrutar la vida. Si me sentiré bien conmigo misma.

No soy suicida, ¿pero no sería más fácil con una vida más sencilla? Quizá incluso sin vida. Me pregunto si llegará el día en que vaya a un lugar y no sienta que no pertenezco; si un día podré sentarme en la banca de algún parque, sentir que todo fue para ello y estar bien con eso.

Si me leyeran, dirían que exagero, que una mala racha no define mi futuro… pero estoy saturada, atosigada, apagada. Si no siento nada, entonces, ¿exagero? Me pregunto si lo hago y si un día podré ver esto como lo que es: solo un mal momento.

Quisiera saber si algún día viviré de mis letras, aun cuando ningún escritor en vida se siente del todo vivo, como algunos de mis predecesores. Sylvia escribió en The Unabridged Journals of Sylvia Plath (p. 49): “Quiero vivir y sentir todas las sombras, tonos y variaciones de experiencia mental y física posibles en mi vida. Y estoy horriblemente limitada”.

Y cuánto la compadezco: sentir que no se puede lograr nada aun cuando queremos. Como cuando tengo inspiración y falta de ganas, o exceso de ganas y falta de motivación, de inspiración.

Sé que no será fácil, que la vida se sobrelleva y no siempre se vive; pero espero poder tener inspiración más seguido mientras vivo de lo que escribo, y no escribir solo para sentir que vivo. La inspiración llegará de nuevo. Podré ver el cielo y escribir sobre él sin forzar mi anhelo a su color para plasmarlo en letras.
Liminar es una puerta de entrada para escritores emergentes que nos han brindado sus escritos para colaborar con este ejercicio de generosidad que implica la escritura. Bienvenidos.

*Sobre la autora:

V. Balltre

Escritora emergente

Valeria Trejo, para conocer en el mundo literario como V. Balltre, es una escritora emergente
originaria de Chiapas. Su obra se centra principalmente en la poesía, los cuentos cortos y las
prosas, formatos con los que explora las emociones y la cotidianidad de manera profunda.
Aunque su trayectoria es aún incipiente y se podría considerar amateur, ha realizado algunas
publicaciones en páginas web y ha creado un compendio de libros propios aún inéditos. Para V.
Balltre, este espacio representa un importante paso en su camino literario.
Sus escritos se nutren de las pequeñas cosas de la vida diaria y onírica, que ella transforma ya sea en belleza o en melancolía, plasmando esas sensaciones en sus textos con sinceridad y sensibilidad.

Polvo del camino. 298. Asfódelos de la sombra. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Leonora Ventura.

Polvo del camino/ 298

Evocadas páginas de otro libro/ XVIII

Asfódelos de la sombra
Héctor Cortés Mandujano

¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,
de que está hecho el olvido?

Borges

Pregunté por él en algún momento de mi infancia, creo. Me dijeron que era francés. Su padre o su abuelo, en esas versiones, había llegado aquí y se cambió el apellido porque el original, Courtois, era difícil de escribir y pronunciar.
Otra persona, mucho después, me dijo que en realidad era judío, quizás de Polonia. El mismo asunto: se cambió el apellido porque aquí Kertész generaría confusiones.
Florentino Cortés Mendoza era mi abuelo paterno. No lo conocí. Cuando nací, él ya había muerto y sólo he visto una fotografía suya, donde tiene una camisa a rayas y una expresión ambigua: ¿Indiferente, serio, retador? No sé. Dicen que tenía los ojos verdes. Quién sabe. La fotografía es en blanco y negro.
Nunca he estado interesado particularmente en mi genealogía, pero a veces, cuando encuentro a alguien que pudo conocerlo, pregunto por él y siempre me he quedado con agua entre los dedos.
Borges escribió sus versos para otro. Podría yo dedicarlos a ese abuelo: “¿Dónde está la memoria de los días/ que fueron tuyos en la tierra, tejieron/ dicha y dolor y fueron para ti el universo?”.

Mariano Mandujano Corzo fue mi abuelo materno. Tampoco lo conocí. Cuando nací ya lo habían matado, nunca se supo quién. Su cadáver fue hallado en uno de los potreros de la finca. Lo ultimaron a balazos. Para mí es, lo mismo que el otro, sólo un nombre, una sombra.
Dice Borges: “Dieron a otros gloria interminable los dioses,/ inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores;/ de ti sólo sabemos, oscuro amigo,/ que oíste al ruiseñor, una tarde”.

Dice Wikipedia de los asfódelos: “se han difundido hoy por todo el mundo como plantas ornamentales, por sus grandes flores, la facilidad de su cultivo (y) el poco requerimiento de nutrientes”. Sigue: “En la antigua Grecia, los asfódelos se colocaban en la tumba de los muertos y se empleaban en las ceremonias fúnebres, en la creencia de que facilitaban el tránsito de los difuntos a los Campos Elíseos, que se creía tapizado de estos. También era costumbre comerlos días antes cuando iban a entrar en batalla”.
Sigue Borges, como si hablara de mis abuelos: “Pero los días son una red de triviales miserias,/ ¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza,/ de que está hecho el olvido?”.

[Escribió Homero en el Canto XI de la Odisea, sobre cómo recuerda Ulises su charla con los muertos: “Vi después al gigantesco Orión, el cual perseguía por la pradera de asfódelos las fieras que antes matara en las solitarias montañas, manejando irrompible clava toda de bronce”. Escribe Borges en “Un poeta menor de la antología”: “Entre los asfódelos de la sombra, tu vana sombra pensara que los dioses han sido avaros”.]
Ilustración: Leonora Ventura.
Ilustración: Leonora Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Valle de tinta 2. Amor paternal. Miguel Isaac Zavala Flores

Foto de Rene Terp: https://www.pexels.com/es-es/foto/muneca-ojos-cerrados-cuna-enfoque-selectivo-13036796/

 
Amor paternal

Mi hijo es un ser especial, como iluminado por los santos, como bendecido por los dioses, como escapado del infierno. Se la pasa llorando todo el tiempo, taladrando mis oídos con esos coros angelicales, tan bonitos al inicio, tan cansinos al final. Se llama Felipe, un bebé simpático, un bebé de esos que pueden mirar a la muerte y no temerle sino saludarla, no llorarle sino reírle, no seguirla sino burlarla.
Se dice que el sueño y la muerte son hermanas, por eso él se la pasa soñando todo el día, me pregunto con qué. Es tan pequeño, aún no conoce el mundo, la oscuridad y la luz, el sol y su sombra.
Mi esposa ya no está, murió poco antes de que naciera, me duele tanto su partida, tal vez por eso ya no me gusta mirar la tele, el reloj o las hojas. Tal vez por eso ya no sonríe mi espejo, por eso mi sombra se esconde de mí, por eso mi cara me mira con tristeza, con compasión. Pero debo ser fuerte, por Felipe debo de seguir, es tan frágil, tan distraído, tan complicado.
Me recuerda a mí en su terquedad, se aferra tanto a vivir a pesar de lo que pasó, se aferra tanto a la vida. No sé qué hacer con él, en el fondo me aterra, no debería de hacerlo, es mi hijo, pero de verdad me asusta.
Ese llanto espectral es tan fuerte, tan oscuro, como buscando su venganza, no sé si de él mismo o de su madre, lo único que sé es que me tortura. Me comienza a comer por dentro, penetrando mi cerebro y saliendo por mis ojos, siempre por mis ojos en forma de gotas, en forma de llanto.
Le supliqué a la muerte no se los llevara, pasaron dos años, pasaron dos muertes. Y al final fue verdad, él regresó, fue tan distraído que se perdió en su camino hacia la luz, tan distraído que prefirió la vida antes que la muerte. Pero trajo consigo una maldición: la de no poder verlo, no poder tocarlo, no poder besarlo. La maldición de temerle.
Amo a mi hijo, por eso de vez en cuando reviso su cuna vacía. Por eso aún escucho su llanto, sus intentos desesperados por vivir, sus intentos de asustarme, su amor en mi miedo, su muerte en mi culpa.
Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo. 

Voces ensortijadas. 297. Atesorar los hilos de plata. María Gabriela López Suárez

Foto de Aleksandar Pasaric: https://www.pexels.com/es-es/foto/gota-de-agua-en-foto-de-primer-plano-1422501/
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Atesorar los hilos de plata

El incesante ruido de la lluvia despertó de manera abrupta a Inés; el golpeteo del chorro de agua que caía en la lámina que daba al patio de su casa hizo que el sueño se le quitara. Dio vueltas y vueltas en la cama y no logró conciliar el sueño. Observó a Mateo, su esposo, estaba completamente dormido. Sueño profundo, pensó ella.
Se levantó de la cama y se dirigió a la sala. Se sentó en su sillón favorito, buscó si tenía cerca alguna novela para leer, justo estaba tratando de avanzar con El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. No halló el libro. Su mente empezó a pensar, dónde lo había dejado. ¿Estaría en el cuarto? No, seguro que no. Le dio un poco de pereza ir a buscar al comedor. ¿Pero por qué lo habría dejado ahí? Quiso salir de la duda y a paso lento fue al comedor. En efecto, el libro no estaba ahí. Regresó a la sala.
Se acomodó nuevamente en el sillón y observó a lo lejos, en el sillón más grande se asomaba algo parecido a un libro, debajo de uno de los cojines que decoraban el juego de sala. Se levantó y fue a verificar. El libro estaba ahí, como sonriéndole. Inés le correspondió. Vinieron a su mente varias preguntas, ¿por qué había olvidado dónde estaba el libro? Y qué pereza le había dado ir a buscarlo. Bueno, era de noche madrugada, eso debía ser.
Regresó al sillón y cuando se disponía a retomar la lectura se acordó de su mamá que solía decirle que el paso de los años no era en vano. Inés estaba acercándose a los 60 años. Ella se sentía muy bien, pero quizá eran ciertos avisos de poner atención y cuidarse. Sintió como una especie de angustia, pero respiró profundo. Se vinieron a su mente las imágenes de las personas mayores de su linaje. Recordó a las abuelitas y a los abuelitos, a su madre y a su padre, a quienes siempre tuvo admiración y respeto, los recordaba con amor y como fuentes de sabiduría inagotables.
Observó sus manos, las pecas que tenía habían incrementado, pero lucían bellas, con todo y eso. Tomó uno de los mechones de su cabello, el tono gris matizado se asomó. Sonrió para sí, el paso del tiempo era también una oportunidad de haber vivido un sinfín de experiencias y era importante atesorar los hilos de plata que ya tenía y que continuarían acompañándole hasta que el universo se lo permitiera. De pronto, se dio cuenta que había silencio. La lluvia había cesado. Era hora de regresar a la cama.
Foto de Aleksandar Pasaric: https://www.pexels.com/es-es/foto/gota-de-agua-en-foto-de-primer-plano-1422501/
Foto de Aleksandar Pasaric: https://www.pexels.com/es-es/foto/gota-de-agua-en-foto-de-primer-plano-1422501/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 297. Final de escena. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 297

Final de escena
(Cuento corto)
Héctor Cortés Mandujano

Salime al campo;
vi que el sol bebía los arroyos del hielo desatados…

Quevedo

La persecución nos hizo salir de la ciudad. Yo iba en mi patrulla y él, en un coche maltrecho que, sin embargo, no dejaba de ser veloz. No sólo cumplía con mi deber, había algo más. Él sabía que de caer en las manos de la ley perdería la libertad hasta su muerte y tal vez por eso, nunca lo sabríamos, había secuestrado a la hija de mi jefe. Pensaba negociar, sin duda.
Ella había sido mi novia en la adolescencia y, como suele ocurrir con esos amores, caló hondo, se volvió mi amor inolvidable. No podía permitir que ella, que era una mujer con una familia ideal, perdiera la honra o la vida a manos de un delincuente tan ruin como ése.
Íbamos por un camino de terracería cuando su coche se detuvo. Se le acabó la gasolina, supuse. Él sacó a jalones a la que fue mi amor y corrió con ella, con la previsible rémora, porque no era fácil correr y jalar a quien no cedía con docilidad a la violencia del tipejo.
Mi coche, como si se tratara de un empate de incompetencias, también se detuvo. Bajé y corrí tras ellos. Los alcanzaría con cierta facilidad, pensé. Ella hizo dos movimientos certeros: zafó su brazo de un jalón y lo empujó haciéndolo trastabillar. No le daba tiempo a él para regresar por ella, porque yo ya me acercaba. Su furia ciega localizó una piedra, la tomó y la lanzó hacia la mujer que corría hacia mí.
Le dio en el occipital. Ella cayó frente a mis ojos. Apenas me detuve a verla, porque supe que lo suyo era fatal por necesidad.
No seguí corriendo, porque yo rebasaba los sesenta (igual que ella) y él no llegaba a los treinta. No lo podría alcanzar.
Me planté y apunté con mucho cuidado. Jalé el gatillo. La bala atravesó su pulmón izquierdo. Cayó aparatosamente hacia adelante, con la fuerza de su carrera.
No se levantaría.
Chequé los signos vitales de ella.
Ninguno.
Me senté en el camino, derrotado, “y no hallé cosa en qué poner los ojos que no fuese el recuerdo de la muerte”.
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Valle de tinta 1. Cenizas. Miguel Isaac Zavala Flores

Cenizas

Me aterra la muerte, ese vacío infinito, oscuridad sin retorno, invierno eterno. Me aterra el tiempo y su inequívoco destino final, mi fobia en progreso. Intenté rezar al maíz cuando era pequeño, mi madre me dijo que de ahí venía toda vida. A los dioses no les agradaba al parecer, con mi mirada como adormilada, con mi sonrisa como perdida, con mi tristeza como rota.
Cuando comencé a crecer —horrible destino— enfrenté al espejo y su amarga función. Esa de mostrarnos nuestro monstruo en proceso, nuestra vida agotada, nuestra rota mirada en el tiempo. Le rogué a las deidades en piedra, esas que sólo se recuerdan en domingo. De nuevo, silencio.
Desde ese día comencé a inmortalizarme en fotografías, en relaciones y en poemas. Busqué una inmortalidad ajena a mí, una que me llenaba el alma, una que no quería. En llanto me enfrenté a la bestia carnal, a la bestia espiritual, a la farsa intelectual que me cubría, aquella convencida de su inmortalidad. En la oscura batalla volvió mi manía, esa de guardar muertes de instantes, muertes de otros, muertes de mí mismo. Pero la foto sangró falsedad de recuerdo, la relación vomitó traición y descaro; y el poema, mi único fuerte, lloró mentiras en las que no me encontraba.
El azulado vuelo de un cóndor de primavera me dio la respuesta, perdido de los años que tenía —pues no quería contarlos— encontré en la libertad, en el aleteo de un ser ajeno, en su muerte buscada, lo encontré, la resolución de mis miedos.
Supe que la vida nació de la muerte, y que la muerte con su amor maternal le dio el regalo del sentido, pero joven e inmadura la vida, desperdiciándolo nos dejó sin él. Al encontrar una ausencia total de sentido, vi a la muerte como aquella madre que me esperaba con los brazos abiertos, fue por eso que la última vez que recé, fue a ella.
La muerte me sonrió como quien le sonríe a un niño, me dijo que me cuidara y comiera bien, que llorara cuando hiciera falta, que riera cuando no lo necesitase, me dijo “Te amo”. Con todo el odio del mundo me devolvió a la vida, al legítimo reino de su hija.
El diablo se me apareció en verano, habiendo estado en territorio divino me lloró con burla, me besó con celo, me acarició con rencor. A cambio de tu alma, me dijo, la inmortalidad yo te daré. La cruz y el maíz hicieron presencia para suplicar mi negativa, “¿Dónde habían estado?” Pregunté. Silencio de nuevo.
El alma le ofrecí, la inmortalidad me devolvió. Ya libre de mis temores infantiles lo comprendí. Que tonto soy, cuando por fin lo logré, ya sólo era cenizas.
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Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo.