Polvo del camino/ 191
Árbol-Jaguar 8
Árboles infinitos
Héctor Cortés Mandujano
Sobre la montaña hay un árbol:
la imagen de la evolución
I Ching
El libro de las mutaciones
Si hacemos caso a los textos bíblicos y también a las propuestas científicas sobre la creación del mundo, los árboles existen desde antes de que existiéramos los humanos.
Si hemos visto las proyecciones apocalípticas sobre la destrucción de la raza humana, los árboles nos sobrevivirían.
¿Cómo nacieron, cómo sobreviven? No necesitan más que tierra y agua.
Los otros dos elementos pueden hacerle daño: el aire, convertido en viento, los quiebra, los troncha, los arranca; el fuego, los arrasa, los destruye. Incluso el agua, en demasía, los ahoga.
El sol, en cambio, generoso y gratuito, los ayuda, los crece, los evoluciona.
En la ambigüedad humana hay algunos seres que los siembran, los riegan, los cuidan, y hay otros que los tumban, los queman.
Un árbol en sí mismo pueden hacer que nazca otro cerca, y este a su vez otro, y luego otro. A esta sucesión más o menos sincrónica de vida arbórea se le llama bosque y, más extensamente, selva. Y ambos –el bosque, la selva– pueden vivir y sobrevivir sin nuestra intervención.
Basta, pues, con que no los dañemos. Cuidarlos es casi lo mismo que ignorarlos, no meterse con ellos, dejarlos que crezcan a sus anchas, que se llenen de bejucos, de plantas epífitas y parásitas, que hagan brotar manantiales, que permitan la vida de insectos y animales de diversos géneros. En Chile, por ejemplo, en un área protegida, ha renacido el casi extinto cóndor, ha proliferado el puma… ¿La fórmula? Alejar a los humanos.
El árbol, el maravilloso árbol, suele multiplicarse sin ninguna ayuda y hace que nazcan bosques, selvas, y ellos, eclosión de vida, no son más que árboles infinitos…
Ilustración: HCM.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Cómo ser un estóico
Triste, como pensaba Spinoza (a quién se le refiere como el “Dios de Einstein”), rechazo (por lógica) a un Dios milagroso, y dejo a la existencia humana como experiencia sensible y parte de la naturaleza.
Disfruto las lecturas cuando el escritor es más consciente de ello, cuando utiliza a la razón para lograr esa sensibilidad humana; pero, ¿de dónde se sostiene? Automáticamente pienso en la filosofía.
Salve decir que los años me han cambiado. En prepa (o secundaria), imagínense, no recuerdo ni en qué grado se dan estas asignaturas, bueno, pues en aquella época jamás puse atención ni a la filosofía ni a la ética. Mi comportamiento se basaba en la educación de casa (jamás de la escuela). Confieso que fui educada por dos estoicas: mi madre y mi nana (ellas no lo saben y yo apenas lo sé). Fueron raciónales y compasivas y esto las llevó (y nos llevaron —a mis hermanos y a mí—, aunque a veces no logramos ) a un pragmatismo de parábolas personales.
Por poner un ejemplo, Delfina, mi nana, quedó huérfana de padre a los cuatro años. Su madre los dejó en casa de su hermano y su cuñada. Se fue, me dice que a trabajar lejos (ha de ser terrible utilizar la palabra “abandono”). Cada día, esa tía postiza, le pegó. Cada día. Aún hoy no entiende porqué si ella nada más molía el maíz y acarreaba agua. Su cama era un cartón sobre dos rejas de refrescos. Y cada noche se metía entre su cuerpo un gato lleno de pulgas —Beba, Beba, estaba toda picoteada—. Y cuando decía esto, arrugaba los ojos y meneaba la cabeza. Para solucionar el problema, un día tomó al gato de las cuatro patas y lo sumergió en un tambo de agua hasta que dejó de moverse. Terrible.
¿Por qué un acto así podría volverla estoica? El estoicismo es un camino, no siempre inicia en una senda tersa, y quizá nunca termina por alcanzarse, pero el fin es volverse cada día una mejor persona siguiendo adelante a pesar de las equivocaciones.
El mayor bien de un estoico son estas cuatro virtudes: sabiduría, valor, justicia y templanza. Además debe seguir a la naturaleza (es decir, poner en práctica la razón). Y entender “la cosa” a base de una dicotomía del control: o puedo solucionar este suceso o no puedo (aquí es cuando está fuera de nuestro control, y lo aceptas).
Es bueno leer a Massimo Pigliucci, un estoico moderno. Ojalá, se pudiera actuar en base a estos principios. Mi mamá, intuitiva y sabia, lo logró.
Fotografíá: IMIB
Sobre la autora:
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.
En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.
En la noche del 15 al 16 de septiembre se conmemora el “Grito de Dolores”, llevado a cabo por el cura Miguel Hidalgo y Costilla (1753-1811) en 1810 en el pueblo de Dolores –hoy Dolores Hidalgo–, estado de Guanajuato, que se considera el comienzo del proceso de independencia de México, una guerra civil en realidad que concluyó once años después y de la que otro día tendremos que hablar, pues hoy quiero escribir de este México en que la vida se me me desangra en tanto la plenitud se me adueña no siendo ya responsable de lo que soy sino de mi voluntad de serlo y de la manera en que lo soy. Por ello, he desempolvado lo que escribí y leí en agosto de 2016 para la presentación de mi El año de las tormentas (ed. Librosampleados), a fin de, con leves retoques necesarios, compartirlo:
M. P.-P.
“México ha sido y es determinante en mi vida. No por ser un país más surrealista que las obras de los surrealistas –frase que se atribuye a Breton o a Dalí o a quién sabe quién, pero que existe–, no por ser la tierra de Pedro Páramo –en la que están todos muertos pese a lo cual viven para siempre– o de Julián Carrillo, el descubridor del sonido 13 –aún no descubierto por la mayoría, pero que demuestra que aquí son posibles las cosas imposibles–. Tampoco por ser la tierra en que todo tiene lugar sin medida, ni por ser la de Los olvidados de Luis Buñuel, la que inspiró a Oscar Lewis a escribir Los hijos de Sánchez, a John Steinbeck Tierra Atormentada, a Graham Greene El poder y la gloria, a Malcolm Lowry Bajo el volcán, a Luis Cernuda muchos de sus poemas y Variaciones sobre tema mexicano...
≫Tampoco porque sea ininteligible, que lo es. México es inmaterial, inconcreto, un milagro pavoroso, un ente metafísico que va mucho más allá de la peculiaridad de su nombre, sus fronteras y sus gentes, siendo en realidad sus gentes muchos más que los que han nacido aquí. México es una metáfora de aristas y dimensiones incontables, un paradigma de la memoria, los recuerdos y los olvidos, los encuentros y los hallazgos, y también de los desencuentros y las contradicciones. El lugar en que no hay exceso que no tenga sentido, una sensualidad que nace de la tierra y un abanico de colores que llega al negro con el pasmo. Un mito de carne en que la muerte es en realidad un amor desmedido. México es el Edén, con todo lo que el Edén tiene de gozo y fatalismo. En México tienen categoría gastronómica los tacos de la muerte lenta. Y este es el México que llevó a Octavio Paz a decir que "La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida".
≫Y si bien es cierto que los defeños tienen características propias, ninguna de ellas los diferencian del resto de los mexicanos, al fin y al cabo el D.F. –hoy CDMX, cuyo gentilicio desconozco, pero que debe ser horrible– fue creado por aluviones de gentes de todas partes que fueron capaces de construir un ente en que radica la potencia telúrica de esta ciudad, mucho más allá de su extensión y sus datos demográficos y económicos. Así, todo el México posible se hinca y nace de la tierra y hasta en la Lupe, incluso en las aristas más ateas y descreídas que puedan existir, pues la Virgen de Guadalupe es compatible con la negación de Dios, en una suerte de alquimia que hace de esta tierra, forjada en el horno del amor, del agua y de la sangre, una tierra prometida, y no solo para los mexicas...
≫Por esta razón no es de extrañar que Ramón María del Valle-Inclán dijera: “En México está [también] la esencia más pura de España”. Y por eso quizá tenga sentido que yo, un español apenas adaptado pueda estar aquí, lleno de humildad y gratitud. En este México universal cuya ciudad bandera nos recibe como el mascarón de proa de la vida más potente imaginable..., no diré hoy aquí aquella frase de Francisco Villa ("¡Viva México, cabrones!"), que incorporé a mi poema “Dolor de México”, publicado de forma maravillosa por mi entrañable Federico Corral Vallejo en su Tintanueva Ediciones en 2013, y no lo haré tampoco por respeto a la patria a la que amo y que no es otra sino esta en la que vivo, la tierra en la que ando y el dolor que me habita, que es un dolor que nadie siente, como develé en ese mismo poema.
≫Ojalá algún día pueda yo llegar a reintegrar a México lo mucho que me ha dado y me da. Lo que aún me dará. Yo amo México, creo en los milagros, en que la vida es un continuo creer, crecer y crear. Y creo profundamente en México, que ha vivido, vive y vivirá en mí por y para siempre."
4 de agosto de 2016. Lectura del texto de este artículo en la presentación de El año de la tormentas (ed. Librosampleados), en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia de la Ciudad de México. El texto aquí publicado es solo una parte de la intervención del autor en ese evento, en que intervinieron en calidad de comentaristas Hugo César Moreno Hernández y Luis Bugarini, en la imagen a izquierda y derecha de M. P.-P. En la primera fila, se puede ver a la escritora Inés Récamier y a la editora Irma Martínez Hidalgo.
Fuente de la fotografía: Archivo personal de M. P.-P.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Periodista, editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Cuántas veces hemos escuchado esa voz a tu lado que te dice: “Calma, no te enojes”. Pero cuando eso sucede, ya es demasiado tarde. Sientes la sangre hervir en tu interior, así como tu cerebro a punto de estallar y por supuesto tus puños a punto de soltarle un gancho al primero que pase. ¿Es normal? ¿O es sólo el hecho de que no sabemos controlar nuestras emociones? ¿Les ha pasado que suceden cosas aparentemente graves y el jefe no se inmuta, pero a la tarde, por una tontería hace un drama digno de un “Oscar” y se desquita con quien pase a su lado?
Pues claro, uno se levanta a comenzar el día. Arreglarse, preparar el desayuno, alistar a los chicos a la escuela, y en ese inter, pequeñas tonterías comienzan a llenar tu mente limpia y relajada. Pasan los minutos y comienzas con una sonrisa, pero el tráfico y la cara de pocos amigos del resto de los conductores no ayudan. Al fin llegas a tu oficina y comienzan a llover asuntos por resolver, los pendientes del día anterior, las cosas urgentes, las cosas importantes, las noticias, las redes sociales, los haters.
Al fin medio se compone el día, pero tu trabajo de veinte días "godínez" te lo estropea por accidente y explotas, y para colmo llega el de vigilancia a informarte que tu auto tiene una llanta ponchada. Respiras profundo, lo resuelves y llegas a casa, hay un apagón. Llamas a vigilancia y te dicen que un adolescente chocó el poste del transformador, y de pronto, al fin te resignas a aceptar tu día. Sales de casa a buscar una válvula de escape, pero resulta que el vecino deja mal estacionado su auto, te tropiezas y al caer al suelo sólo observas al vecino que en vez de ayudar a levantarte te dice: "Le aflojaste la defensa a mi coche".
¿Explotas o no explotas? Comienzas a decir estupideces, te peleas con tu vecino, le dices de todo menos "bonito" y le recuerdas a toda su ascendencia y descendencia.
Y todavía llega la esposa con su "melodiosa voz” y dice: “No te enojes...”
Es mejor tener ocho pequeños enojos que uno grande. Cuando uno está molesto, frustrado, enojado, no da tiempo a su cerebro para pensar. Si bien debemos practicar nuestra paciencia y tratar de mantener la calma, así como debemos llorar cuando estamos tristes, también se vale estar enojado, pero es preferible sacar nuestra frustración poco a poco a dejar que el vaso se llene y se derrame, porque puede ser mucho peor.
La vida es la mejor escuela para practicar la paciencia, por eso estamos donde estamos, así que, les paso estas recomendaciones para relajarnos y procurar sobrellevar nuestros malos ratos de la mejor manera.
Tip 1. Si estás molesto con alguien, debes hablarlo. No te quedes con las cosas guardadas por no querer darle importancia. A veces pensamos que son tonterías, pero el “corajito” se nos queda guardado, como un alfiler haciendo harakiri en el corazón. Es mejor pasar el mal rato de platicarlo, que seguir llenando el “vaso”.
Tip 2. Respira profundo y cuenta hasta diez. Si no funciona cuenta hasta veinte. Si no funciona enciérrate en el baño y respira profundo. Cuando te calmes, sales, buscas la persona y hablan.
Tip 3. Desahógate. A veces por no preocupar a nuestros amigos o familiares nos guardamos todo. No tenemos con quien sacar todos nuestros problemas. Nos han educado para ser fuertes y enfrentar la vida, pero también somos seres humanos y podemos flaquear. Lo malo no es caer, lo malo es no volver a levantarse, y es mejor hacerlo en compañía que solos. Si no quieres preocupar a tu familia consíguete un psicólogo o un psiquiatra. El ir a terapia no quiere decir que estás loco. Velo como un desahogo personal.
Tip 4. Haz algo que te guste mucho. Terapia ocupacional realizando una actividad que te apasione. Algún deporte, taller de lectura o artes plásticas, un pasatiempo. Es importante tener un tiempo de entretenimiento personal. No es ir al cine con los amigos, o con tu pareja. Es tu tiempo y este espacio te ayudará a liberar tu mente y distraerte de los problemas personales que pudieras llegar a tener. Nuestro cerebro también necesita diluirse.
Tip 5. Perdona. Perdonar no significa que seas tonto. Significa que el daño que te hayan causado no debe ser un obstáculo para que sigas con tu vida. Si puedes recuperar a esa persona hazlo, pero si no, déjalo o déjala ir, sin rencores, porque sólo te haces daño. No voy a poner ejemplos, porque hay diferentes circunstancias, estoy hablando de temas comunes, boberías, peleas tontas. Si el problema es grave, busca ayuda, no trates de hacerlo solo.
La vida sigue su curso, así que arriba y adelante. Si te enojas es por algo, somos humanos, no podemos evitarlo, se vale, pero si podemos ser pacientes y prudentes antes de explotar los resultados serán mejores.
Instagram y Facebook: @patmunozescritora
“Escritora por vocación, cuentacuentos por convicción y parlanchina afición”.
Pat Muñoz (1978), también conocida como «Pat Pat cuentacuentos», es una escritora y narradora oral originaria del estado de Guanajuato, México.
Estudió la licenciatura de Ciencias de la Comunicación en la Universidad De la Salle Bajío, en León Guanajuato (1996-2001).
Ha incursionado en varias disciplinas artísticas desde joven, (teatro, danza y canto, por mencionar algunas) encontrando en la narración oral y las letras su gran pasión.
Actualmente se dedica a escribir novela romántica, cuentos juveniles e infantiles, es cuentacuentos, conferencista e imparte talleres de estimulación creativa con el objetivo de difundir y promover la lectura.
Ha dirigido algunos colectivos como “Claroscuro cuentacuentos” y escrito y dirigido teatro escolar e infantil.
Tiene publicadas en medios digitales algunas novelas, destacando los títulos “El amor llega, y tú no estás” y “¿Dónde tiro a mi Ex?”, comedia romántica..
Tiene un podcast titulado “Tomando Café con Pat” donde narra cuentos para toda la familia título que comparte para esta columna y sus redes sociales comparte su pasión por esta bebida tan especial.
Voces ensortijadas
Chicharrines, palomitas
María Gabriela López Suárez
Ese jueves había sido algo caótico para Virginia, al menos así lo sentía ella. Desde que se levantó tarde porque su alarma no sonó y llegó casi rayando a la preparatoria, hasta el no haber llevado el desayuno que preparó la noche anterior. Había estado poco concentrada en las clases, estuvo a punto de sentir un fuerte dolor de cabeza de no ser porque Fernanda y Hugo, sus mejores amistades le habían compartido fruta y un sandwich a la hora del receso.
Al terminar las clases se despidió de Hugo y Fernanda y se dirigió a su domicilio, por la tarde habían quedado de ir a hacer un trabajo por equipo a casa de Fernanda. Al llegar a la parada del colectivo se sentó a esperar la próxima unidad de transporte, al abrir su mochila Virginia se percató que no había llevado suficiente dinero, no le alcanzaba para pagar el colectivo de su regreso.
—¡Oh no! Lo único que me faltaba era no traer dinero. Bueno, al menos no hay señales de que lloverá —se dijo Virginia mientras emprendía la caminata a casa.
Inició la travesía, por su mente pasó la idea de cuánto tiempo le llevaría, no estaba tan cerca pero tampoco tan lejos. Hizo el cálculo que quizá haría como una hora caminando o si apresuraba el paso unos 40 minutos. Por suerte su mochila iba con poco peso.
Los rayos del sol estaban con tal intensidad que Virginia iba en búsqueda constante de techitos que le dieran un poco de sombra. Ansiaba llegar a un parquecito que estaba cercano a su casa, se sentaría unos minutos en una de las bancas para disfrutar de los árboles. La mente de Virginia echó a andar su imaginación, se sentía como en un desierto, asoleada y con sed. A lo lejos, como tipo oasis le pareció ver algunos árboles del parquecito. En efecto, estaban ahí. Caminó más rápido y llegó al anhelado lugar.
Virginia buscó una banca donde llegara más sombra, se sentó un momento, se quitó la mochila y descansó su espalda. Sintió que el calor iba disminuyendo, percibió el aire fresco y el movimiento de las hojas de los árboles. Estiró sus piernas y movió los pies. De pronto su mirada se posó en un pequeño canasto lleno de chicharrines, palomitas, justo estaba más adelante de donde ella se sentó. Se le antojaron unas palomitas. No se veía a nadie que lo atendiera y ella tampoco tenía dinero suficiente para comprar.
Retomó su caminata y al pasar por la vendimia se dio cuenta que una niña como de 10 u 11 años era la encargada de la venta. Sin embargo, la había dejado un momento y estaba concentrada acomodando unos columpios colocados a unos cuantos pasos de su canasto. A Virginia se le vinieron algunas preguntas, ¿la niña estaba sola vendiendo en ese parque? Su canasto estaba lleno, ¿a qué hora terminaría de vender? Nuevamente echó de menos no haber llevado dinero suficiente, al menos le habría comprado una bolsa de chicharrines y una de palomitas y le habría aportado algo.
El descanso le había sentado bien a Virginia, había recuperado energía. Ya faltaba poco para llegar a casa, su mente traía de nuevo la imagen de la niña acomodando los columpios, intuía que tenía ganas de jugar en ellos. A lo lejos le pareció alcanzar a escuchar una voz que decía,
—¡Chicharrines, palomitas!
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Polvo del camino/ 190
Evocadas páginas de otro libro/ XIII
La muerte y la muerte de Don Quijote
Héctor Cortés Mandujano
El joven e impetuoso bachiller Sansón Carrasco se entera de que don Alonso Quijano ha perdido la razón por leer tantas novelas de caballería y se ha vuelto caballero andante. Don Alonso no quiso entender las razones de nadie y se lanzó a la aventura, en la primera parte del Quijote, publicada en 1605.
Carrasco decide seguirle el juego y derrotarlo con sus propias armas. Se disfraza como el Caballero de los Espejos y lo reta a duelo. Si gana, le dice, don Quijote deberá retirarse a su hacienda y vivir la vida como el hombre cuerdo que era. ¿A quién se le podría ocurrir que el viejo esquelético, montado en su famélico rucio, pudiera ganarle en la batalla? A Cervantes, claro. Parece una locura, pero don Quijote logra derribar a Sansón, y éste muerde el polvo de la derrota.
No ceja en su empeño y casi al final de la novela (la segunda, publicada en 1615) se disfraza esta vez del Caballero de la Blanca Luna y vence a don Quijote, quien debe volver al pueblo, a la casa, decir que se llama Alonso Quijano y vivir la tranquila vida que lo enferma y lo lleva a la muerte. Sí, cuerdo; sí, desdichado.
En realidad, don Alonso dijo y juró y perjuró todo lo que le pidieron, aunque él seguía pensando en huir, en seguir siendo hasta el final de sus días el Caballero de la Triste Figura, el sin par don Quijote de la Mancha.
Por eso, esperó con paciencia a que todos lo visitaran, le dijeran que jurara esto y lotro, y después se arrebujó en sus sábanas, cerró los ojos, fingió dormir. Apenas se dio cuenta que estaba solo, sin hacer ruido se incorporó y siguiendo su plan saltó por la ventana.
No tenía arreos caballerescos todavía, ni montura. Ya se las arreglaría.
Cerca de allí vivía un hombre que se dedicaba a la crianza de cerdos. Aquel día los había dejado sueltos, mientras limpiaba las zahúrdas. Era una piara de grandes marranos. Don Alonso, en su mentalidad de Quijote, los confundió con enemigos. No llevaba lanzas ni armadura y se les lanzó a los puros puños. Tal vez logró golpear a uno o dos. La piara se le enfrentó, como si fuera un solo animal, y sin gran esfuerzo lo tumbaron, le pasaron encima (una pezuña en el ojo, otra en la boca, una más en los genitales, una en la garganta…), lo llenaron de lodo pestilente, lo asfixiaron.
El porquero alcanzó a oír alguna palabra suelta, algún reclamo de ayuda. Cuando llegó vio al anciano lodoso, muerto. Sansón Carrasco andaba cerca y se hizo cargo de todo: llevó el cadáver, lo lavó y lo puso al final, limpio, vestido y peinado, sobre la cama.
Pareció para los familiares y amigos que don Alonso había entregado su alma en paz (“quiero decir que se murió”) y que la pluma con que se escribieron sus aventuras había quedado muda para siempre. Que así sea.
[Evidentemente, este final que he inventado no modifica en esencia el deceso del Quijote, sólo le agrega otra muerte. La idea me vino de algo que comenta Borges, en Borges, de Adolfo Bioy Casares. El título es un juego con el título de una célebre novela breve de Jorge Amado: La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua.]
Ilustración: Héctor Ventura.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Manuel Pérez-Petit es un personaje atípico. Poeta antes que nada, pero también animador cultural, un hombre de insaciable curiosidad y vasta cultura, de muchas lecturas pero también de muchas músicas y artes, con una irrefrenable tentación por la vanguardia allí donde esté naciendo, pero con esa pulsión clásica que deja que el idioma respire por los metros de la memoria. (…)
Marcos-Ricardo Barnatán, prólogo a Creo en los milagros, antología personal 1985-2009, de M. P.-P. (México, 2010, dos ediciones)
A María Espinosa Pino
En efecto, el pasado sábado día 26 de agosto tuve un infarto, tal y como conté en mi El ángel que siempre va conmigo, pero si tan solo fuera tan simple...
Que he salido en un personaje atípico, y ni se imaginan la de veces que he maldecido esa condición ni lo que he luchado contra ello, ya lo asumí, incluso como derrota inapelable, hace mucho tiempo, a la par que me propuse la compleja e inevitable tarea de convertirlo en algo parecido a una virtud, que es lo que tiene no poder ser en realidad más que uno mismo, y por mucho que uno lo deje para luego llega la hora de afrontarlo, siendo tanto lo que hay por hacer. Una de las características de mi atipicidad es no haberme detenido nunca, no como fruto de ningún tipo de hiperactividad sino como consecuencia de un acto sólido y permanente de voluntad que supera mi propia voluntad, es superior a mí y aunque hace verdad aquello de que el idioma, ante mi propia sorpresa, “respire por los metros de la memoria”, pues no sé expresarme de otro modo que no sea con palabras, me llena de extrañeza ante mí mismo y me hace extraño a los ojos de cualquiera, pues soy muy libre. No es una elección sino una realidad muchas veces ininteligible con la que me he visto obligado a pactar una y otra vez, a precios incalculables tanto en lo bueno como en lo malo. Soy atípico, eso es cierto, como atípicas son las cosas que a veces me pasan.
El pasado sábado día 26 de agosto tuve, en efecto, un infarto. Ingresé en el hospital a las cuatro de la madrugada del domingo. A las seis se me acercó la trabajadora social del centro y estuvo conversando conmigo. Fue la última vez que me permitieron tener acceso a mi teléfono. Lo hice para darle cinco números de teléfono. El primero y más importante el de mi tía Pilar, a la que solo había que escribirle un whatsapp. Yo ya sabía que iba a tener que someterme a un cateterismo, y para mí era condición que lo supiera mi familia. Además, di el de otras cuatro personas de México. Pasaron luego las horas y yo me iba estabilizando en tanto se sucedían varias pequeñas crisis y seguía preguntando si habían avisado a mi tía. A media mañana me subieron a planta, en tanto seguía todo el protocolo clínico. Firmé todos los consentimientos informados que me pusieron por delante. No tenía otro camino que intervenirme, y rápido, y sin embargo seguía preguntando una y otra vez si habían avisado a mi familia. A las cuatro de la tarde pregunté por última ocasión, y la respuesta fue que no, que de los teléfonos que yo había dado solo habían avisado a una persona, pero no a mi tía, la única que debía saber para administrar la información con mi familia... Ante la incomprensión general y hasta cierta agresión verbal de alguien de “¡Atención al usuario!” solicité con firmeza y calma el alta voluntaria, informando que saldría del hospital solo el tiempo necesario para avisar a quienes debían saber lo que pasaba y regresar. A las nueve y media de la noche estaba saliendo a la calle, con mi teléfono recuperado. Me fui a una cafetería, envié varios mensajes, todos esenciales para mí, reposé un rato y otra vez de madrugada reingresé por la puerta de urgencias. No me había quitado ni los electrodos. Pocas horas después, estaba siendo intervenido.
No puedo decir que sean cosas que pasan, pues a mí me pasan cosas que a nadie le pasan. Así es la vida, y hace años que ando convencido de que no hay descanso para mí, y estoy conforme.
No hay descanso para mí y nunca me canso. Fotografía de M. P.-P., tomada por Lilia López el 8 de agosto de 2016.
Fuente de la fotografía: Archivo personal de M. P.-P.
*Sobre el autor:
Manuel Pérez-Petit
Periodista, editor, escritor y gestor cultural
Sevilla, España, 1967.
Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.
Voces ensortijadas
Entre la nostalgia y la memoria
María Gabriela López Suárez
Dedicado a Juan Cristóbal Velasco Pérez (Riscko).
Lo efímero de la vida se le venía a la mente a Lourdes cada que uno de sus seres queridos fallecía. Últimamente habían sucedido varias partidas físicas de amistades y gente vecina, cercana a ella. La tarde de ese martes iría de nueva cuenta a un velorio, aún no se hacía a la idea de que Alfredo hubiera trascendido y dejado el mundo terrenal. ¿Cómo era posible? Un joven como él con tantos talentos, carisma y sobre todo gran persona, amigo y compañero.
Tomó un taxi que la llevaría al domicilio, sintió que el corazón le latía con rapidez, reconocía esa sensación de nerviosismo y a la vez de opresión en la garganta, como formando una serie de nudos que en algún momento dejaría fluir.
Llegó al lugar del velorio, con paso lento se dirigió a la entrada, al frente estaba el féretro, alrededor cuatro cirios y muchas flores. Depositó su ofrenda de rosas blancas. Saludó a quienes acompañaban, preguntó por los familiares de Alfredo, les externó sus condolencias. En esos casos, las palabras poco fluían pero el cariño se podía palpar al compartir ese momento tan intenso y triste.
Se sentó y se percató que había llegado antes que sus demás amistades. Seguro estarían por ahí en un rato más acompañando al amigo Alfredo. El silencio se hacía presente, también el viento que movía las llamas de las veladoras blancas que yacían en el piso, frente al féretro.
Desde su espacio Lourdes se sumó al silencio que la rodeaba. Ahí, como una especie de película, fueron asomándose una a una, diversas experiencias compartidas con Alfredo. Entre la nostalgia y la memoria sintió que los nudos en la garganta fluían a través del llanto, desde el corazón le agradeció por los momentos que intercambiaron. Sintió una sensación de esperanza, de algún día formar parte de ese polvo de estrellas en el que uno se convierte al trascender y poder coincidir con quienes se adelantan en el camino.
La mirada de Lourdes se fijó en las llamas de las veladoras, como en un tercer plano alcanzó a escuchar algunas voces, no prestó mucha atención, siguió con la mirada fija en las llamas. Recordó el texto "Un mar de fueguitos" de Eduardo Galeano.
Posteriormente, se le vino a la mente el rostro de Alfredo, con esa sonrisa que lo caracterizaba y evocó el poema de Juan Cristóbal Velasco Pérez, Verte sonreír de nuevo,
“Tengo ganas de verte sonreír aun sea en mis peores momentos, como en medio del miedo se reajusta mi política de soledad y el parlamento de mis defectos, son quienes me convencen de retroceder en cualquier momento.
Tengo ganas de verte sonreír aun sea en mis episodios de tormento; palpar la tierra con la que me cubran y descubrir que tiene para mí el exceso de confianza y hacer las cuentas de edad perdida en el alcohol y su panfleto.
A estas ganas de verte sonreír cuando acompasa el máximo sueño y es una oz que cosecha lo que me conmueve y me pide retirada y rendición como quien ha perdido todo y ya nada más tiene, pues está amargadamente incompleto.
Ganas tengo de verte sonreír de nuevo, aun sea en mi mejor momento. En esas noches, que, a pesar del sueño, las auras de tu ser, no lactan en el desacierto de mi fe, ni en esa catártica frustración cuando se llora somnoliento”.
—¡Qué ganas de verte sonreír de nuevo! —musitó para sí, mientras dejaba fluir las lágrimas.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Matar a un ruiseñor
Mi hija recibió el libro de la paquetería. Esperó a ver que lo abriera. “¿Vas a leer ese libro? Mister Toby nos lo puso en la escuela”. Mister Toby era su maestro de literatura en el American School. Al otro día llegó mi hermano y lo vio en la sala. “¿Sabías que es un libro obligado en las escuelas de E. U.? Ya lo leí. Trata del racismo” ¿Será que Harper Lee es nuestro Juan Rulfo? ¿Será que hoy obligan en las escuelas a leer a Rulfo? Deberían hacerlo. Estuve con mi amiga Ixchel el miércoles; ella da clases en la politécnica de Suchiapa. “¿Cuál cuento de El llano en llamas los pondrías a leer?” Primero pensé en voz alta en “Talpa” y luego me arrepentí. Mejor no, porque ese me venía bien a mí; por haber estado casada. “Que lean `Macario’ o `El día del derrumbe’. La verdad, todo Rulfo es bueno.”
Jean Louise (de cariño Scout), es una niña de ocho años, hija de un abogado cincuentón y huérfana de madre. Vive con su hermano Jem, su padre y Calpurnia, una mujer de raza negra quien los atiende y los instruye con principios morales y éticos. Scout narra sus aventuras infantiles en torno al caso de Tom Róbinson, un negro acusado de violación; su padre será el abogado defensor.
Harper Lee sitúa la historia en el pueblo imaginario de Maycomb en Alabama.
Scout es una niña segura, con mucho carácter. Y aunque la narración es fácil, escrita en primera persona, me resulta difícil creer que una niña pueda alcanzar por ratos tanta madurez de pensamiento. A diferencia de “Macario” que, paradójicamente, me oprime la falta de juicio de que es objeto.
Fotografíá: IMIB
Sobre la autora:
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.
En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.
Polvo del camino/189
Mirando por los visillos que dan al pasado
Héctor Cortés Mandujano
El clangor del vigilante alado anuncia la raya de gis blanco en el pizarrón de la noche.
—Tus ojos son como el canto del gallo: me dan claridad, me iluminan –dijo la mujer, en la tibieza del lecho y la semioscuridad de la alcoba.
Él la besó en los labios, largamente, y se puso de pie. Ella, desnuda, se sentó en la cama, flexionó sus rodillas y se abrazó a ellas; puso su rostro en dirección al hombre, también desnudo, que comenzaba a ponerse la ropa interior.
Apenas entrevió la línea de la poderosa espalda con un resplandor quizá imaginado.
—¿Serás centauro, ahora?
—Sí, cuando te amo monto una nube; debo ahora volver a la tierra.
El hombre terminó de vestirse. Su ropa era la de un jinete, la de un vaquero. Abrió la puerta de madera y la luz entró veloz y puso miel en el cabello de ella, que no hizo más movimiento que ajustar su vista ante la mirada del poderoso Apolo.
Frente al hombre había un largo corredor de ladrillos. Se iría al campo, al corral del ganado que ya mugía allá afuera, en el territorio que ya había sido poseído por el sol.
—Me amaste con mucha suavidad. Me gustó. Gracias.
El hombre fue hacia ella, se inclinó.
—Eres mi jardín. Debo tener cuidado con tus hojas tiernas, tus pétalos suaves…
—Pareces hecho de roca dura, pero tienes un centro dulce.
Ella quedó callada, pensativa.
Él la besó en la mejilla.
—Pareces ausente…
—Estoy pensando que con esta sesión de amor que me regalaste, algo cambió en mi cuerpo. Lo sentí en el mismo instante de mi orgasmo.
Él se puso en cuclillas para escuchar la voz de su mujer. Sabía, por su tono, que iba a confiarle uno de sus secretos, una de sus premoniciones.
—Acabo de quedar embarazada.
—¿Será niña, será varón?
—Niño. Se llamará Héctor.
Ilustración: Juan Ángel esteban Cruz.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).