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Voces ensortijadas 200. Alzar los brazos. María Gabriela López Suárez

                      Voces ensortijadas
                      Alzar los brazos
                  María Gabriela López Suárez


Vanessa percibió ese viernes como un día largo, largo, tal parecía que el tiempo anunciaba que en breve llegaría el invierno. Ella lo esperaba con entusiasmo y agradecimiento. En un espacio en que asomó su mirada en la ventana alcanzó a observar cómo las nubes se desplazaban rápidamente, como si las fueran apresurando a moverse, era un efecto que le gustaba.
          Avanzó en las actividades que tenía pendientes, dentro de las cosas que más le agradaban de ser su propia jefa era que podía organizar sus tiempos. Revisó los catálogos de productos que vendía, anotó los pedidos atendidos y lo que aún faltaban. La tarea parecía muy sencilla, se enfrascó tanto en ella que el tiempo se le fue volando, se percató que ya eran casi las 3 de la tarde y era hora de cerrar el local. 
           Una vez en la calle Vanessa percibió que el clima había cambiado rápidamente, los rayos del sol se habían esfumado y el cielo comenzaba a colorearse en tonos grises, acompañado de ráfagas de viento. El paisaje dibujaba un escenario como de seis de la tarde, cuando apenas darían las cuatro. 
           Repasó en su mente que esa tarde le tocaba visitar el vivero de su primo Raquel, él le había prometido que le apartaría un par de macetas con flores de nochebuena. Aunque aún faltaba para el invierno quería cerciorase que Raquel no se olvidara de sus flores. Por lo regular, las macetas se vendían con anticipación.
            Mientras caminaba rumbo al vivero el cielo se oscureció rápidamente y el viento comenzó a soplar acompañado de unas gotitas de lluvia, como una suave brisa. A medida que avanzaba en loel tramo que la llevaba al vivero sintió la atmósfera cubierta de humedad. Por un momento tuvo la sensación que estaba en un bosque de niebla, su imaginación le fue de apoyo. 
            Vanessa continuó el recorrido, a paso lento pero seguro, disfrutando el regalo de la llovizna menudita. Agradeció a sus piernas y pies por ser su sostén. Se detuvo un momento, como si una especie de imán la llevara a levantar la vista al cielo y alzar los  brazos, sintió cómo las gotitas de agua acariciaban su rostro y sus brazos se extendían como si fueran una especie de alas. Respiró profundo y consciente, sintió paz en su corazón. Los instantes que permaneció ahí fueron un deleite. En un tercer plano alcanzó a escuchar unos ladridos, era Lochi, la perrita que tenía Raquel, que le daba la bienvenida.


PD. Esta entrega de Voces ensortijadas corresponde a la número 200 en Letras, Idea Y voz. En la búsqueda de los significados del número 200, para mi sorpresa hallé una diversidad de ideas, todas interesantes. De ellas recupero tres conceptos, equilibrio, armonía y gratitud. Resueno con estas palabras con las que me identifico en estas 200 publicaciones. Agradezco a Letras, Idea Y Voz por el espacio y la divulgación de la columna, asimismo, para el público lector va mi gratitud por darle cabida y tiempo a estas líneas, semana tras semana. Ustedes son parte de esas voces ensortijadas.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 200. Polvo del camino. Héctor Cortés Mandujano

llustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                Polvo del camino/ 200

                  Polvo del camino
               Héctor Cortés Mandujano

                                El polvo indescifrable que fue Shakespeare

                                                                    Borges, 
                                                                 en “Cosas”

No sé si sea tarde para explicar por qué llamé Polvo del camino a esta columna que hoy cumple 200 ediciones. Se supone que esas cosas se explican desde el principio. Sin embargo, las fórmulas esotéricas dicen que nada ocurre tarde o temprano, sino justo a tiempo. Confiaremos en ello. 
	Cuando mi amigo Roger Octavio Gómez Espinosa me pidió que escribiera para la revista electrónica que preparaba, yo tenía escritos algunos cuentos o minificciones (cuatro o cinco) que, según yo, iban a conformar en el futuro un libro de pequeñas narraciones. Fueron publicados dentro de mis primeras diez entregas de la columna que bauticé de un día para otro, porque me subí al tren en movimiento de Roger, colgado de una barandilla.
	Pensé con rapidez en un título general para mis columnas y lo primero que vino a mi mente fue una imagen placentera: yo iba de niño detrás de una carreta (manejada por quien sabe quién), descalzo, y veía cómo mis pies se hundían en las suavísimas capas del polvo del camino que nos llevaban de El Ciprés, la finca donde nací, hacia la colonia Cristóbal Obregón, donde estudié los primeros años (cuatro) de educación primaria.
	Pero en aquel día, en aquel instante de placer, yo no iba a la escuela. Tengo la impresión de que me había bajado de la carreta para sentir cómo mis pies se hundían en el polvo, en ese polvo casi etéreo. “Camino sobre las nubes”, podría haber pensado en esos cuatro-cinco años de vida. No creo haberlo hecho.
	Las imágenes del tren y la carreta son la misma. Yo iba agarrado con mis manitas a la parte trasera de la carreta y viendo hacia abajo. Lo más importante en ese momento no era caminar (la carreta me jalaba), sino ver mis pies hundiéndose en el polvo y tener como única la sensación de suavidad suprema.
	El polvo del camino quedó como un maravilloso recuerdo de mi infancia libre y feliz. Luego vino aquello de Polvo eres y en polvo te convertirás, de un libro de libros que es más bien metafórico. Después llegó la lectura de un libro de ciencias –el rancho y la infancia habían quedado atrás, en la memoria– donde supe que el polvo de nuestra casa no siempre entra de la calle, sino es la piel que se nos va cayendo: Somos polvo. 
	Allí descubrí que, aunque fuera una parte minúscula, el sutil polvo de aquel camino no era solo del camino, sino también mío, parte de mí. 
        Saltemos de aquel tiempo a éste. Lo que escribo (aunque a veces me dé vergüenza firmar mis textos, porque en realidad los sueño, los imagino y parecen venir de un lugar mío que no conozco) es parte de mi camino y mi camino es mi propio reguero de polvo.
        Flaubert, cuando lo procesaron para que revelara en quién se había inspirado para escribir Madame Bovary dijo la célebre frase: “Madame Bovary soy yo”. 
         Mi paráfrasis de las palabras de Flaubert, que son una declaración tajante sobre lo que significa escribir, es simple: El camino soy yo, el polvo soy yo. 
         Te agradezco lector, lectora, por acompañarme, por leerme.


llustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 199. Domingo en la plaza. María Gabriela López Suárez

                  Voces ensortijadas
                  Domingo en la plaza
              María Gabriela López Suárez


La mañana del domingo estaba soleada, sin embargo, del lado donde había sombra el clima era lo contrario, el frío se dejaba sentir. El reloj de una construcción en la plaza marcó las nueve campanadas, Blanca había llegado puntual a la cita con Lucinda y Sebastián, a quienes había conocido un día antes en el intercambio estudiantil en el que coincidieron en ese pueblo.
         Buscó la ubicación en su celular, identificó el lugar donde acordaron reunirse, se acercó al restaurante. Echó una vista al interior para ver si estaban en alguna mesa, no los halló. Decidió sentarse en una de las mesas de afuera, ubicada en los portales.
Un mesero se acercó y le ofreció la carta. 
        —Buen día, bienvenida, ¿mesa para cuántas personas?
        —Buenos días, gracias. Para tres, por favor. Aún vendrán dos personas.
        —Muy bien, ¿gusta ordenar algo? Le dejo la carta. 
        —Sí, por favor. 
        Blanca agradeció y comenzó a revisar qué podría pedir. Le apeteció un chocolate calientito, el clima lo ameritaba. Degustó su bebida, estaba deliciosa. Había elegido sentarse frente a la plaza central del pueblo. El lugar estaba concurrido, gente iba y venía. Blanca revisó la hora, las nueve con diez minutos. Revisó el mensaje que Lucinda le mandó, clarito decía que a las nueve de la mañana se veían. Decidió seguir disfrutando su chocolate mientras esperaba.
       La plaza central era grande, sin el tradicional kiosco al centro, más bien tenía una fuente  que deleitaba al público con las formas que hacía la caída del agua. Algo que llamó la atención de Blanca era el tamaño de las bancas de cemento que tenía alrededor la plaza, calculó que medían alrededor de tres metros de largo, con unos detalles que decoraban a cada lado. 
         Su mirada siguió recorriendo el paisaje, parejas caminando, un padre pendiente de que sus hijos jugaban en triciclos,  un señor y una señora degustando alimentos como en día de campo y como en un tercer plano de donde ella se ubicaba, justo después de la calle que separaba los portales de la plaza estaban dos señores de edad mayor conversando, ambos de espaldas frente a la vista de Blanca. Ninguno se sentaba en la banca, más bien cada uno apoyaba una pierna sobre el asiento y la otra la mantenía en el piso. Era como si estuvieran sincronizados en sus movimientos, había tal armonía en la comunicación no verbal, en cada cambio de movimiento de brazos y piernas que tenía atrapada la atención de Blanca.  
         El mesero se acercó nuevamente para preguntar si gustaba ordenar algo más, Blanca respondió que esperaba a que llegaran sus acompañantes, luego volvió la vista a la plaza y los señores se habían esfumado. 
         —¿A dónde se fueron tan pronto? Si fue solo un instante el que me distraje — se dijo para sí mientras se levantaba del asiento intentando hallarlos con la mirada. No los encontró, por el contrario, a lo lejos alcanzó a reconocer el sombrero en tono naranja que portaba Lucinda el día que la conoció, a su lado una boina negra también se vislumbraba, era Sebastián que venía a su lado. Blanca permaneció de pie y comenzó a mover la mano derecha, como señal de saludo, ambos le correspondieron, a la vez que apresuraban el paso. El reloj marcaba las nueve con treinta minutos, así continuaba el ritmo de un domingo en la plaza.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 199. Perla blanca en la oscura media noche. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding.

                Polvo del camino/ 199
         Perla blanca en la oscura media noche
                Héctor Cortés Mandujano

                      Nunca olvides que en la casa que buscas no hay nada

                                                            María Negroni,
                                                    en El corazón del daño

Llegué a mi pueblo luego de tanto. Pregunté por mí, como si yo fuera un fantasma y la gente, así, en genérico –un ramo de rostros desdibujados–, me dijo que yo vivía solo, en el Ciprés, una finca cercana; que si quería hallarme tendría que ir para allá.
	Tomé y anduve por el camino de tierra oscura, flanqueado con árboles como monstruos negrísimos, en la noche silente.
	Iba vestido de gala, con una capa incluso y zapatos brillantes de charol. Pero no movía los pies, era como un mago que parece deslizarse sobre unos patines que nadie ve. La ridiculez oculta puede volverse misterio.
	La finca era, en lo oscuro, la perla blanca que relumbraba en una muestra excesiva de la excepción a la regla.
	Abrí la tranca y entré en la luz del corredor de ladrillos, como si fueran oblongos trozos de queso.
	Salí yo mismo de uno de los cuartos de puertas de madera, como dos ojos u hojas del alba, adormilado, tal vez un poco más joven de anfitrión que de visita. No parecí sorprenderme en ninguna de mis dos versiones.
	El pijama que usaba parecía hecho con luz de luna llena. Nos sonreímos.  Yo abrí los brazos para darme un abrazo y nos fundimos, negro y blanco, en un gris primero que parpadeó por segundos y se convirtió después en la luz fortísima en que nos convertimos…

[En otra posibilidad de sueño, voy al pueblo y pregunto por mi mamá, me dicen que ella está en El Ciprés; llego y me doy cuenta que uno de los cuartos tiene una puerta abierta y ella está sola, ante la luz de una vela, en trabajo de parto. Suda, gime y sale de su vientre un bulto acompañado de agua sanguinolenta: yo.]

 

Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 198. En el corazón del bosque. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                    Polvo del camino/ 198
                   En el corazón del bosque
                          (Cuento)
                   Héctor Cortés Mandujano

Aura, mi más querida amiga, solía llorar por todo: al verme llegar a su casa y al decirme adiós, cuando se alegraba y cuando me contaba una pena; lloraba al ver nacer el día y al cerrar los ojos para dormirse…
	¿Por qué llorar tanto y por todo?
	—Las lágrimas me hacen feliz –decía.
	De todos modos la adoraba porque era capaz de quedarse callada para oír mis monólogos y me hablaba con paciencia después, me abrazaba con cariño, me daba consejos. Las mujeres se sucedían en mi cama y pasaban ligeras por mi corazón, pero Aura seguía allí, dispuesta para mi amistad, como el árbol que da sombra y frutos, flores y cantos.
	Un día me pidió que saliéramos al campo, porque le había contado una de sus amigas de una librería atendida por su rara propietaria. La peculiaridad es que la había puesto, contra toda la lógica comercial, en un ranchito sin más vecinos que los caballos, las vacas y la naturaleza agreste.
	—Es una maravilla que todavía quede gente así –me dijo.
	—¿Cómo? ¿Loca? –le dije.
	Me vio y vi las lágrimas en sus ojos.
	—La locura es maravillosa: da libertad.

Llegamos y, efectivamente, la librería era muy linda (se llamaba La Felicidad) y con ejemplares que no eran comunes en las otras librerías empeñadas en tener libros que se vendieran. Había una mariposa posada en A la sombra de las muchachas en flor y mientras la explorábamos un gato se hizo un nido sobre un volumen de Hölderlin. 
	Ada, la propietaria, lejana amiga de Aura, nos hizo descuentos en nuestras compras, nos invitó una taza de café y nos llevó a un estanque donde vimos hipnotizados a las miríadas de peces multicolores que se entrecruzaban frente a nuestros ojos.
	Cuando dejamos aquello, volvimos a pie, como llegamos, y Aura decidió que tomáramos otra ruta para llegar a la ciudad: cerca, al lado de un apretado bosque de coníferas. Había oscuridad en el ambiente y una bruma parecía nacer de los tallos arbóreos, lo que daba fantasmagoría al trayecto que no estuvo exento de aventuras, pues tres malandrines trataron de asaltarnos.
	No dije a Aura que llevaba conmigo dos revólveres y como no hubo otro remedio lo usé en contra de los maleantes. Los tres huyeron, con pavor, cuando comencé a dispararles a los pies.
       —¡Tengo más balas para ustedes! –Les grité.– ¡Las siguientes serán para sus corazones! 
       Aura lloró cuando nos quedamos solos y yo la abracé. Ella levantó el rostro y, como si siempre lo hubiéramos hecho así, la besé en los labios. Allí me di cuenta, rodeado de árboles y neblina, que estaba enamorado de mi amiga y que ella me había amado siempre.
	—Ya no voy a llorar –me dijo–, lloraba por ti, por no conseguir tu amor; desde ahora sólo me verás reír. 
	Despertamos juntos. Somos felices.

 

Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Voces ensortijadas 198. La ventana alegre. María Gabriela López Suárez

                    Voces ensortijadas
                    La ventana alegre
                María Gabriela López Suárez


Raquel solía tener un gusto especial por las ventanas, le agradaba contemplarlas, cuando iba caminando en alguna calle conocida o de visita a otro lugar y alguna ventana le llamaba la atención se detenía. Normalmente no tomaba fotos, más bien se quedaba observando un momento. Disfrutaba de las formas, los colores, detalles, adornos. 
        Dentro de sus ventanas favoritas estaban las de casas antiguas. Por su mente pasaban un sin fin de historias cuando hallaba alguna ventana que le deleitara no solo la vista, sino también la imaginación.
En su ruta habitual camino al trabajo a veces subía una calle con una pequeña pendiente, le resultaba poco atractivo de día. Sin embargo, el mismo rumbo por la tarde-noche cobraba un encanto. Las razones eran varias, una por el ritmo que podía llevar, le costaba menos esfuerzo porque podía ir más rápido, ese movimiento le hacía cobrar el entusiasmo y agradecer a sus piernas por cada paso recorrido. Lo cierto es que el mayor atractivo era que de regreso podía observar una de sus ventanas preferidas, la ventana alegre la llamaba,  era de tamaño vertical, la herrería  en tono plata y el color de la casa era marrón. No era una casa antigua pero el paisaje que contemplaba le generaba una sensación cálida, agradable, que le evocaba a su niñez, a su abuelita materna.
        Cada que pasaba por ahí se acordaba de una poesía infantil de Tomás Allende, Quién subiera tan alto, como la luna, para ver las estrellas, una por una, y elegir entre todas, la más bonita, para alumbrar el cuarto de la abuelita.
        La ventana solía estar con cortinas abiertas, una luz cálida alumbraba el interior, el escenario era un sillón rojo de terciopelo donde casi siempre estaba sentada una abuelita, con su bastón al lado, a su costado derecho un mueble de madera bellamente decorado con figuras de porcelana, en medio de este la televisión prendida y por el costado izquierdo alguien que la acompañaba. Aunque el ritmo de Raquel normalmente era apresurado, realizaba una mirada de soslayo a la ventana. Alguna ocasión caminó lentamente, para contemplar un poco más la postal. La sensación de calidez y paz se hacía presente.
        Una tarde pasó de regreso y percibió la ventana cerrada, le causó extrañeza. Un par de ocasiones más volvió a ver la ventada cerrada. Algo le movió el corazón, ¿le habría sucedido algo a la abuelita? Con algo de nerviosismo alzó la vista a la puerta, halló la evidencia de lo que temía, un moño de color negro, señal de duelo. Esa tarde había oscurecido más pronto, su andar fue más lento de vuelta a casa, sintió nostalgia, sin conocer a la abuelita le había tomado cariño. La ventana alegre se había cerrado, agradeció en el corazón la oportunidad de conocerla. 
         Levantó la vista, la luna se asomaba como una pequeña uña, Raquel comenzó a susurrar… Quién subiera tan alto… al tiempo que sus ojos se llenaban de agua.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 197. Volar lo que se dice volar. María Gabriela López Suárez

                      Voces ensortijadas
                   Volar lo que se dice volar
                   María Gabriela López Suárez

La tarde otoñal era muy bella, el cielo dibujaba un fondo celeste con nubes blancas que lo decoraban y los rayos luminosos del sol creaban una atmósfera muy agradable. Ágata contemplaba el paisaje desde la ventanilla del camioncito donde iba sentada, junto con sus familiares habían decidido ir de paseo a visitar al tío Prudencio y la tía Vicky que vivían en un pueblito ubicado a 8 horas de la ciudad. Como eran varias personas decidieron rentar un pequeño camión.
         El ambiente al interior era muy alegre. La tía Lupita que era quien armaba el relajo traía al presente las anécdotas chuscas que habían pasado a diversos integrantes de la familia. Doña Lupita se caracterizaba por la habilidad de narrar de forma tan amena las anécdotas, que tal parecía que las vivía al momento de contarlas, eso era algo que atrapaba la atención de quien la escuchaba. 
         Ágata estuvo atenta un buen rato a la conversación de la tía,  luego nuevamente giró la mirada hacia el paisaje. Éste atrapó su atención de tal forma que se le vino a la mente algo que supo desde que era niña, a ella le gustaba viajar e ir en carretera era uno de sus grandes escaparates. Revisó los recuerdos de su infancia, las diversas ocasiones en que viajó con su mamá y papá, cuando junto con su hermano mayor se ponían a contar algo que les llamara la atención, como árboles, letreros, focos encendidos, hasta el número de coches de cierto color. O simplemente alzaban la vista al cielo y le buscaban formas a las nubes. Siempre era divertido.
         ¿Qué era lo más atractivo de viajar? Se había preguntado más de una vez Ágata, como a manera de comunicación intrapersonal. Su respuesta casi siempre era la misma, t- o- d- o. ¿Todo? Sí, todo todito. Prepararse para el viaje, sentir la emoción porque la fecha se acerque; durante el viaje tratar de disfrutar al máximo cada momento, conversar con las personas, observar lo que es novedoso y también lo que es semejante, probar nuevos sabores en comida, dulces, bebidas, planear menos y estar con actitud de hacer alguna actividad de manera espontánea. Y por supuesto, agradecer al terruño y personas con quienes se interactuó para volver de regreso a casa, con el corazón contento.
        Viajar era para Ágata como una manera de emprender el vuelo, justo se le vino a la mente la letra de la canción Volar, de El Kanka y empezó a tararear la partes que recordaba,
        Volar, lo que dice volar
        Volar, volar, volar, no vuelo…
        Solté todo lo que tenía y fui feliz
        Solté las riendas y dejé pasar
        No me ata nada aquí
        No hay nada que guardar
        Así que, cojo impulso y a volar
        
El buen ambiente continuaba al interior del camioncito que cada vez estaba más cerca a su destino. Ágata seguía atenta contemplando el paisaje. Mientras tanto el cielo comenzó a cambiar de tonalidad, como dándole la bienvenida al ocaso.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 197. Antes de ser Luzbel. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                        Polvo del camino/ 197

                         Antes de ser Luzbel
                           (Minificción)
                      Héctor Cortés Mandujano

Estoy escondido detrás de las rocas. 
        Es de noche y la luna alumbra tan pálidamente como si fuera una vela a punto de extinguirse. 
        Veo la playa, el mar (ah, su sonido), porque sé que debo estar atento ante la posible aparición.
	Y sí, allí están.
	Vienen como lo supuse: con túnicas antiguas, blancas, largas. 
        Parecen estatuas en movimiento. 
        Las caras son también blancas, sin expresión. 
        Las olas les lamen los pies descalzos. 
        Me buscan, claro.
        Me hubiera gustado tener éxito esta vez, luego de tantos intentos fallidos.
        Sé lo que va a pasar a continuación.
        Y sí, desaparecen de mi vista.
        Oigo sus voces, detrás de mí; siento su presencia.
        “Tienes que volver, eres de los nuestros, sin ti no podemos realizar bien nuestro trabajo, el Padre te espera.”
        Sé que no podré resistirme y comenzaré a elevarme, a seguir su vuelo lento.	
        Iré/voy con ellos de nuevo al Paraíso.
        No me pertenezco: soy un ángel y no puedo escapar de ese destino donde no existen las individualidades.
        Tengo que cuidar a los hombres, no ser uno de ellos.
        Ni siquiera tengo nombre.
        Dios ¿me ama? 
	

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 196. Entre aromas y sabores. María Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                     Entre aromas y sabores
                   María Gabriela López Suárez

Felicia, quien cursaba el segundo año de secundaria, escuchaba con atención la plática que daba el profesor Gilberto sobre la cosmovisión en los pueblos prehispánicos, su mente volaba en la imaginación intentando conectar cómo eran esos tiempos. Recordó los vestigios que conocía a través de las imágenes que había visto en los libros y también en algunos museos que había visitado.

Se quedó pensando que le habría gustado mucho vivir en esa época, caminar en los espacios, territorios, danzar, tocar algún instrumento musical, aprender a hacer vasijas o hasta pintar murales. Llegó el momento en que el profesor hizo referencia a los rituales que se realizaban en esos pueblos y la importancia de la música, los alimentos, los colores y las ofrendas.

La clase terminó. El profesor Gilberto despidió a su grupo. Felicia y sus amistades, Gerónimo y Maribel, comentaron que les había gustado mucho el tema. Mientras regresaban a casa iban recordando lo que les resultó más interesante. Luego cada quien tomó su rumbo para ir a sus domicilios.

Camino a casa Felicia pasó por un mercadito ubicado a pocas cuadras de donde vivía. Alcanzó a observar el colorido de las frutas de la temporada, eso anunciaba el Día de Muertos. A lo lejos percibió el naranja de las mandarinas, el amarillo de las limas, el verde de la caña. Conforme se fue acercando identificó el aroma de las flores de musá. Esa flor era una de sus favoritas, le traía el recuerdo de su abuelita materna, ya fallecida, a quien también le gustaba esa flor y le agradaba su aroma. Esa conexión con su abuelita Esther le hacía sentir muy bonito.

No resistió la tentación de pasar cerca de uno de los puestos de frutas, se le antojó una mandarina. Revisó si tenía dinero en su monedero, por fortuna tenía algunas monedas, le alcanzó justo para comprar un par de ellas. 

Mientras seguía rumbo a casa comenzó a degustar la mandarina, estaba dulce, jugosa, como dijera su abuelita Esther, “en su mero punto”. De nuevo se le vino a la mente el tema de su clase, sintió su corazón contento, entre aromas y sabores, justo como en la celebración del Día de Muertos donde se mezclaban ambos elementos en las ofrendas y rituales. Guardó la mandarina que le quedaba para compartir con Mateo, su hermano menor quien seguro la esperaba en casa.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 196. La vida de Fleancio. Héctor Cortés Mandujano

                        Polvo del camino/ 196

                   Evocadas páginas de otro libro/XIV
                         La vida de Fleancio
                      Héctor Cortés Mandujano

La ambición, como el amor, puede ser inagotable. Las brujas le habían dicho a Macbeth que sería rey, y ya lo era. No tenía hijos y, por tanto, no tendría sucesor. A Banquo, su compañero de batallas, en cambio, las maléficas le habían dicho que sería padre de reyes, y que habría una lista de monarcas que vendría de sus genes. 
	Decidió matar a Banquo. ¿Por qué? Él, decíamos, no tenía hijos. Banquo sí. ¿Sólo por eso? Si no eran los hijos de Banquo, serían otros los reyes. Daba lo mismo, ¿no? El odio es irracional, la envidia es estúpida. Matar a Banquo para que su hijo, su descendencia no pudiera reinar era como querer detener la lluvia que cae del cielo. Tonto por donde se vea. El poder enceguece.
	Tal vez su decisión tenía que ver que cuando las brujas aparecieron él tuvo miedo y Banquo no. ¿Era eso? Él tembló al oírlas y Banquo les dijo: “No solicito sus favores ni su odio, pero no les tengo miedo”.

Llamó a tres sicarios.
	—Hoy saldrá Banquo a pasear. “Nadie sino él me amedrenta”. Quiero que lo intercepten y lo maten. Irá con su hijo. Él también debe morir. Ordeno que los dos se vuelvan cadáveres.
	Salieron los asesinos y estuvieron pendientes de Banquo y su hijo. Los vieron tomar camino y los siguieron.

Eran tres los asesinos y dos las víctimas. A Banquo lo ultimarían entre dos, porque era un soldado, un héroe de guerra. Aunque contaban con la sorpresa, no sería fácil. Banquo nunca dejaba sus armas.
	Los más fuertes y duchos se aliaron en contra del hombre. Banquo quiso defenderse. No pudo. Alcanzó a gritar.
	—¡Huye, Fleancio!
	El niño, también sorprendido, vio cómo su padre caía chorreando sangre y cómo un hombre blandía un cuchillo buscando su pequeño corazón. Pasó debajo de sus piernas y salió como bólido. Los tres lo persiguieron, pero ¿pueden viejos perros alcanzar a un guepardo en la plenitud de sus fuerzas?

Macbeth fue informado del fracaso. Se enfureció. Hizo luego una escena de miedo cuando vio el fantasma de Banquo en un banquete. Macbeth después fue muerto por Macduff y supo que lo que dicen las brujas viene de la boca del diablo.
	Fleancio, inexorablemente, se volvió rey.

[Agrego palabras a Macbeth, de William Shakespeare. Los hechos que se imaginan aquí no se cuentan, aunque están sugeridos en el acto tercero, escenas I y III.]

                  

Fundación UNACH A.C.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com