Polvo del camino. 305. Niñas y geckos. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 305

Niñas y geckos
Héctor Cortés Mandujano

Damaris Disner se ha mantenido fiel, desde sus inicios, a la escritura dramática y, entre sus obras, un tema central: las infancias. En ¿Quién escucha a los geckos? Explora los juegos y los desencuentros entre las pequeñas hermanas, y lo que sucede cuando una enfermedad aparece en su mundo idílico. Esa, también, ha sido su constante: no escribe comedias o tragedias, sino piezas contemporáneas en las que la vida, con sus matices sombríos y luminosos, se sube a escena.

Si le hacemos caso a Freud, Damaris Disner no ha soltado el hilo del papalote que le hace volar tan alto en los cielos infantiles. Pero su dramaturgia tiene la impronta libertaria de las niñas y, al mismo tiempo, el control literario de una mujer que conoce a detalle el intríngulis de la trama, el diálogo, el montaje. No se llega solo por intuición a un texto tan bien armado y escrito como ¿Quién escucha a los geckos? Aunque la obra es breve, incorpora en ella la tecnología, que nos permite ver al gecko y la enfermedad en la pantalla, con un suspenso creciente, como una sugerencia de teatro de muñecos y a una breve y tremenda secuencia epistolar.
En ¿Quién escucha a los geckos? hay también sororidad, imaginación y aprendizaje significativo, especialmente entre las hermanas Noíl y Amaité. Eso leerán quienes se asomen al texto, eso verán quienes disfruten la puesta en escena y eso sentí yo.

[Este texto fue leído por el autor en la presentación del libro. Museo del Café. 14 de noviembre de 2025. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.]
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Valle de tinta 6. El ladrón de cuerpos. Miguel Isaac Zavala Flores

Foto de Anna-Louise: https://www.pexels.com/es-es/foto/cementerio-bajo-el-cielo-nublado-674732/

 
El ladrón de cuerpos
Miguel Isaac Zavala Flores


Según lo que leí, era una vieja costumbre que tenía. En ocasiones le molestaba, lo consideraba una adicción. A veces era por una sonrisa, por una lágrima, incluso por un suspiro, razones simples pero suficientes para llevárselos, para robarse su cuerpo. Le encantaban, tan diversos en sus formas, en sus experiencias, en su vivir. Todos tenían algo que aportar, tenían algo de él escondido en sus vidas, en su futuro.
Se creía merecedor de todo lo vivo sobre su tierra, por eso es que, a pesar del dolor de una familia rota, del llanto del infante, del miedo helado, de las oraciones de cristal, de la súplica eterna, a pesar de ello, se los robaba. Los traía consigo para admirarlos en otro plano, para decirles los secretos del existir, para enseñarles su muerte.
Llevaba demasiados años ya con esa insana necesidad, la edad no jugaba a su favor y se notaba más compasivo que antes. Dejaba llegar a la vejez a los que antaño habría matado cumplidos los treinta. Se consideraba a sí mismo misericorde, pero lo cierto es que el ansia lo carcomía. Por eso por cada viejo que dejaba llegar a sus noventa, tomaba en intercambio a un bebé en sus primeros meses; por eso la guerra no paraba; por eso la enfermedad azotaba al mundo.
Algunos huyen de él, otros lo rechazan e incluso existen quienes lo alaban, pero sin importar qué, llegado el momento, se los lleva, ya sea por accidente o por destino, siempre se van con él. Las risas, esas que no se pueden mantener, las convierte en brisa, los odios en alimento para gusanos, los miedos en frío invernal, el amor en recuerdos.
Desde que se llevó a papá, intento hablar con él para pedirle que pare con su locura. Nunca me responde. Interpreto sus silencios como advertencias, como esa amenaza de que pronto me robará también. Mamá dice que Dios es bueno, que papá está mejor con él. Para mí sólo es un ladrón, un ladrón de cuerpos.

Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo. 

Voces ensortijadas. 304. ¡Atole de granillo! María Gabriela López Suárez

Foto de Brett Sayles: https://www.pexels.com/es-es/foto/foto-de-nubes-durante-el-dia-2121347/
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

¡Atole de granillo!

Lulú observó el cielo de la mañana de ese viernes, tenía tintes azules, bellísima tonalidad, acompañado de nubes ligeramente grisáceas que se arremolinaban y ocultaban la luz del sol que intentaba hacerse notar, a toda costa. Percibió el viento frío que formaba parte del clima, como un anuncio de la cercanía del invierno. Se sintió agradecida de estar abrigada; pensó en tantas personas y animales que están en situación de calle. El invierno es más crudo para ellas y la indiferencia ante esto, es peor.

Dio un sorbo a la taza de chocolate que había pedido. Degustó los trocitos de cardamomo que tenía su bebida. No recordaba cómo empezó a sentir el gusto por esa semilla. Lo que si tenía presente era que el sabor le encantaba.

Se acomodó en la silla desde el balcón de la cafetería donde se situaba; se había propuesto el reto de estar ahí. No era fan de las alturas, pero esa mañana le había apetecido apreciar desde otra perspectiva de la cafetería de la esquina, lugar a donde solía ir cada viernes a trabajar en línea.

Dejó a un lado la computadora y siguió contemplando el cielo, como si le pidiera mandarle inspiración para continuar con el informe que estaba redactando. Como una especie de respuesta a su petición, el cielo dejó ver nuevamente los tintes azules. Lulú sonrió para sí. Dio un último sorbo a su bebida de chocolate antes de continuar con su texto.

Los paisajes sonoros de adentro y fuera de la cafetería estaban presentes y le inspiraban, conversaciones, tintineo de tazas, cruce de peatones, el claxon de los coches, el sonido del semáforo, el sonido de sus dedos tecleando en la computadora, pero su corazón sintió gran emoción cuando escuchó la voz de una señora vendedora:

─¡Atole de granillo! ¡Atole de granillo!

Lulú buscó con la mirada, desde el balcón, y observó a la señora vendiendo atole. El llamado había surtido efecto; el frío matutino era el aliado. Varias personas se habían acercado a comprar la bebida, entre ellas Lulú, quien agradecía estar ahí en esa mañana.
Foto de Brett Sayles: https://www.pexels.com/es-es/foto/foto-de-nubes-durante-el-dia-2121347/
Foto de Brett Sayles: https://www.pexels.com/es-es/foto/foto-de-nubes-durante-el-dia-2121347/

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Catedrática, periodista, escritora y comunicadora

Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, Sistema Estatal de Investigadores, la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL). 

Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural. 

Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos.  En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo.  Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.

Polvo del camino. 304. El organismo que nos cuida. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Luis Daniel Pulido.

Polvo del camino/ 304

El organismo que nos cuida
Héctor Cortés Mandujano

En Realidad virtual. Las claves de la interacción entre tecnología y cerebro humano (Emse Edapp-Editorial Salvat, 2020), de Cristiano Chiamulera, al margen del asunto central, hay dos recuadros que me llamaron la atención y que comparto contigo lector, lectora.
El primero se llama “Los procesos atencionales”, y en él se explica que nuestro organismo, sin que en general nos demos cuenta, mide los cambios en nuestro alrededor (climáticos, energéticos, es decir, físicos) y dentro de nosotros. No lo hace en todos los detalles y no nos avisa, porque (p. 75) “elaborar el enorme número de estímulos ambientales no resulta económico, el sistema se colapsaría a lo largo de sus vías de codificación y en sus centros de elaboración. De esta forma, se filtra el grueso de los estímulos eficientemente”.
Y pone, lo cito (pp. 74-75): “Un ejemplo:
• en este instante que estás leyendo
• …eres consciente de las imágenes de las letras sobre el papel
• …de sostener un libro con las manos…
• …de su peso…
• …del significado de la frase… pero… no estás prestando atención…
(claramente ahora cuando lo leas te darás cuenta)
• a las sensaciones táctiles que proceden del contacto de tu cuerpo con la silla.”
Es decir (p. 74): “El sistema somatosensorial es un sistema muy eficiente de recepción y elaboración de las informaciones, dado que puede mantener el control sin tener que elaborar continuamente todos los acontecimientos físicos que se producen dentro y fuera del organismo”. Podemos tocar, por ejemplo, un objeto puntiagudo sin que se estimule la sensación táctil o dolorosa, porque a nuestro organismo el objeto no le parece, en ese momento, peligroso.

El otro recuadro se titula “La reactividad ante señales” y se refiere más específicamente a los asuntos que nos ocurren cotidianamente y que nuestro organismo decide ignorar (un olor a humo) o atiende o pospone (una necesidad fisiológica). Dice el autor que la reactividad ante señales activa (p. 118) “respuestas automáticas que se llevan a cabo por medio de procesos cerebrales que se desarrollan en forma concomitante en distintos niveles. Este es el motivo por el que no siempre somos conscientes de la sensibilidad de la reactividad ante señales, aunque el entorno esté lleno de estímulos para sexo, comida, humo, etcétera”.
Los dos textos aluden a que nuestra vida es más cómoda y mejor llevada por nuestro organismo automático, sin que nosotros tengamos nada más que hacer que dejarnos conducir por lo que nuestro propio cuerpo nos informa, nos dice y a veces nos ordena…

Ilustración: Luis Daniel Pulido.
Ilustración: Luis Daniel Pulido.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Nota rimada. 26. Las que calan de a deveras… las calaveras/5. Maclovio Fernández

Imagen proporcionada por el autor.

Bienvenidas las Calaveras de Maclovio Fernández

Por Maclovio Fernández
La despedida
Cuando me toqué el aciago día,
aquí me atrevo a solicitar
que si algo me han de tocar
me cambien la melodía.

Lo pido en serio y en broma,
ya que la muerte es ladina,
que en vez de Las Golondrinas
me tocaran La Paloma.

El consuelo al que me aferro,
es que aún en acto postrero,
si en mi esperanza no yerro,
llenaré un buen agujero.


Presidente Obama

Del país más aguerrido
la real academia sueca
decidió irse por la chueca
para el de paz, elegido.

Entre ruidos de metralla,
cohetes, cañones y balas
la noticia es de las malas:
pues no es fallo, sino falla.

El negro, bailando rumba,
fue cogido por la muerte
quien le asignó como suerte
que hoy tenga paz… en su tumba.


Los idos de antaño
(Miguel González Alonso)

Por una cruel paradoja
se dio a Miguel sepultura,
por usar expresión dura
empleando una lengua floja.

En su familia hay congoja,
llanto, lamento y desmayo
ya no habrá quien cobre el”chayo”,
pero sí quien lo recoja.

Mas no todo es perdición
si a dentadura pelada
y palabra descarnada
podrá hablar en el panteón.


El Peje: Descanso
a discreción

“Porque está que te vas y te vas…”

Aunque les peje y les punge
aún no está fuera del mundo
y es su mensaje rotundo:
la que está, no finje… ¡Funge!

Aunque no ha dicho palabra
acusan que su opinión
es la verdad, de cajón
por obra de abracadabra.

Un escenario o retablo
lo tacha de arte siniestra
lo que dicen que demuestra
tiene pacto con el diablo.

Pende sobre su cabeza
de Damocles gran espada
aún teniendo la certeza
de que ya está en La Chingada.

Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

Valle de tinta 5. Donde mis lágrimas fueron raíz. Miguel Isaac Zavala Flores

Foto de Eliezer Muller: https://www.pexels.com/es-es/foto/tocon-de-arbol-blanco-y-negro-en-el-bosque-34684951/

 
Donde mis lágrimas fueron raíz

Mi madre era mesera, el dueño la dejaba dormir en el lugar a cambio de acostarse con él. Nunca conocí a mi padre, tal vez por eso me golpeaban hasta que sangrara por mi boca, tal vez por eso el dueño de vez en cuando me encerraba en forma de castigo, quizá por eso mamá tenía tantas cicatrices en la espalda.
A los diez años los descubrí en mitad de su acto carnal, vi cómo las lágrimas salían de los ojos de mamá, su vergüenza y dolor, su pasión apagada y sus intentos por no romperse. Aquel hombre me gritó que me largara, cansado de sangrar, decidí seguir su orden y al día siguiente me fui de aquel bar.
Le pedí a mamá que viniera conmigo, que juntos viviríamos mejor. Sólo respondió que me dejara de tonterías y volviera al cuarto. Le prometí que le compraría una casa, que cuando volviera le daría las flores más hermosas del mundo. Ella me miró con una sonrisa y un par de lágrimas, esta vez eran de amor.
—Vuelve antes de las diez —dijo.
Me metí entre los matorrales y comencé a deambular, sin rumbo, sin golpes, sin miedo. Pasaron los días y las noches, mi cuerpo acostumbrado a la inanición comenzó a tener hambre, agotado me rendí ante el camino y caí de rodillas, de entre la tierra brotaron gusanos y, sin pensarlo, me los comí. Dicen que las madres deben dar alimento a sus hijos y yo, al ver el regalo que me brindaba, comencé a llamarla mamá Tierra.
Ella me dio insectos para mi hambre, ríos para mi sed, camino para mis pasos. Mamá Tierra cuidó bien de mí. Tenía diez años.
En algún punto del tiempo llegué a un pequeño pueblo de sembradores. Ellos, al ver mi condición, decidieron adoptarme en su comuna. Me alimentaban con raíces, maíz y tomates, a cambio yo les ayudaba a las labores del campo. Sol a sol araba, sembraba, regaba, cuidaba y cosechaba. Luna a luna soñaba, a veces despierto y en otras dormido, con una casa, con un futuro, con una flor.
A mis veinte años era comerciante, los sembradores me integraron a sus viajes por los pueblos cercanos, me enseñaron a leer y a contar, a reír y a cantar. Los caminos eran largos y el sol quemaba como los infiernos. Nos recostábamos bajo los árboles y silbábamos canciones. En una ocasión cayó sobre mí una pequeña fruta, me invitaron a comerla y, al probarla, vi la vida dentro de sí, inevitablemente recordé que la madre tiene consigo a su fruto. Desde entonces la llamé Mamá Árbol, pareció agradarle pues ahora me seguía, podía verla en los robles y los abedules, en los manzanos y los limoneros.
A los treinta años me enamoré. Era una mujer bonita con muchos pretendientes y paciencia corta. Un carácter duro como las raíces y fuerte como la roca. Intenté conquistarla en múltiples ocasiones, le regalaba muestras de la cosecha y flores de la plaza. Le silbaba canciones y de vez en cuando le cantaba dos versos. Nunca conseguí que me quisiera. Sí conseguí que uno de sus pretendientes se pusiera celoso, tanto que un día me dio una paliza. Me tomó desprevenido e intentó ahogarme en un barril. El resto de la gente lo detuvo y cuando ya me sentía al borde de la muerte, la bocanada de aire se sintió como volver a la vida. La madre por el hijo da la vida. Me comí a Mamá Aire y ella la vitalidad me devolvió, desde entonces la acompaño a las flores para darles brisa, a los fuegos para darles fuerza.
Ante la falta de amor, mi vida desde entonces se centró en acumular. Acumulaba agradecimientos de los pueblerinos, insultos de los comerciantes, vegetales de mis cosechas y, lo más importante, acumulaba riquezas sin parar. Con la vida solitaria que llevaba y mi cuerpo acostumbrado a la hambruna, comencé a ahorrar en demasía. Al no caberme más dinero en los bolsillos, decidí volver. Llegué con la mujer bonita, ahora ya madre de tres hijos y de carácter triste, y le di una moneda a manera de gratitud por hacerme feliz, aunque sólo fuera de pensamiento.
Llegué con los sembradores, ahora ya ancianos retirados, y les di el dinero suficiente para que no tuvieran de qué preocuparse por el resto de su vida. Tanto había acumulado.
Por último, caminé tras las huellas borradas del pequeño niño hambriento entre los matorrales y con direcciones que apenas entendí, llegué al cementerio. Allí estaba mamá. No era mamá Tierra, mamá Árbol o mamá Viento. Era sólo mamá, mamá Llanto, mamá Cicatrices. Su epitafio estaba maltratado, así que apenas pude leerlo. Mi cuerpo se arrodilló ante la lápida y entregándole las flores más bonitas que compré, le sonreí. A media promesa yo, huérfano de una madre, también lloré cantidades enormes de lágrimas. Tantas había acumulado.

Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo. 

Nota rimada. 25. Las que calan de a deveras… las calaveras/4. Maclovio Fernández

Imagen proporcionada por el autor.

Bienvenidas las Calaveras de Maclovio Fernández

Por Maclovio Fernández
Cleopátrico y
desmarcado
A Marco Antonio

Fue de copioso discurso
conocido por salido
que como río crecido
desbordado fue de curso.

Famoso por su facundia
a la muerte fue burlando
y ella al irse encabronando
lo persiguió con enjundia.

Hay en marco testimonio,
de que a hablar nadie le gana
y repican las campanas
en apoyo a Marco Antonio.

Un murmullo soterrado
se escucha, sin sofocar
su eterno platicar
ni porque está sepultado.


“El poeta de lo breve”
A Gil Zepeda

Ducho en el verso conciso
del poema hizo la finta
con la locución sucinta
y el enunciado preciso.

Sobrio y parco, evitó el uso
del circunloquio confuso,
y fue su escueto mensaje:
”el haikú es largometraje”.

Afecto a la sobriedad
su cajón fue a la medida:
pues pidió en despedida
¡de zapatos, la mitad!


De otros años
A Dolores Montoya

Con su ingenioso alburear
nos regaló año con año
y agigantó su tamaño
al poner a dialogar
vampiros de otro lugar
con nuestra sin par Llorona,
que si espantando es cabrona,
si me dieran a escoger,
yo, por la Mala-mujer
ofrendo cetro y corona.

Se murió Lola Montoya
y todos sus esperpentos
le hicieron un monumento,
cual gigantesca secuoya,
para celebrar su cholla
que dio comida y trabajo
a cualesquier espantajo,
que si en vida ella invocó,
ahora que se petateó…
¡el panteón es un relajo!


A todos

De todos, el más humilde,
este versificador
quiere tener el honor
de ponerles una tilde.

La muerte tiene un rasero
que es de justicia reflejo
y a todos trata parejo
haciéndoles su agujero.

Su mensaje está completo,
pues se ve en radiografía
su cartel de profecía
de muerte, en cada esqueleto.

Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

Voces ensortijadas. 303. Entre mariposas y cipreses. María Gabriela López Suárez

Fotografía: María Gabriela López Suárez.
Voces ensortijadas  

María Gabriela López Suárez

Entre mariposas y cipreses

Alba se despidió de sus colegas del trabajo, se colocó su pequeña mochila sobre la espalda y salió del edificio. Se percató que al bajar las escaleras había sentido más pesada la mochila, le pareció que era algo raro, el peso que llevaba cuando salió de casa para su oficina era el mismo que al regreso. ¿Acaso el cúmulo de pendientes que llevaba en la mente le ocasionaba esa sensación? Siguió caminando; mientras avanzaba con rumbo a casa intentaba hallar una explicación.

Llegó a la parada del transporte colectivo, el camión que tenía la ruta cercana a casa aún no aparecía; revisó su reloj, tendría que esperar unos 10 minutos más. De nuevo volvió a sentir la pesadez en la espalda. Deseo que hubiera una parada con una banquita para sentarse. Decidió ir caminando a casa, el clima era agradable. No había calor, ni sol intenso.

El ritmo de su paso no era rápido como en otras ocasiones, el peso en la espalda persistía. Asomó a su mente que en el trayecto a casa había un pequeño parque, rara vez pasaba por ahí. Siempre solía tomar otra ruta, era como una manera de huir de ese paraíso rodeado de edificios y viviendas, mucho asfalto.

Como si estuviera atraída por un imán, Alba avanzó a paso lento rumbo al parque. No demoró en llegar.

Apenas caminó unos metros cuando percibió una atmósfera distinta, el aroma a cipreses se dejó sentir. Con la mirada hizo un breve recorrido en busca de una banca donde sentarse. La descubrió de inmediato, se acercó a ella. Se quitó la mochila. La depositó sobre la banca. Enseguida sintió el descanso de la espalda. Buscó en la mochila su bote con agua, por suerte aún tenía un poco. Bebió enseguida, saboreando cada gota.

Lejos de seguir intentando hallar una explicación por el peso de la mochila y el dolor en la espalda, Alba alzó la vista y se dejó asombrar por lo alto de los árboles. Bajó la mirada, poco a poco y la vista se posó en la corteza. Eran árboles adultos, buscó las raíces y las halló sobre la tierra, como haciendo visible su resistencia. Se quedó contemplando el paisaje sonoro del parque, no tardó en percatarse que una hermosa mariposa amarilla se había posado sobre una rama de un árbol de ciprés. La observó hasta que emprendió el vuelo: luego identificó una mariposa más pequeña en tono naranja que revoloteaba a su alrededor, le siguieron muchas más en tonos blancos. Se quedó ahí alrededor de media hora. Entre mariposas y cipreses, Alba encontró una sensación de paz que no tenía desde hace tiempo. Se alegró de poder darse ese regalo. Retomó el camino a casa, se colocó la mochila. La espalda iba agradecida, el dolor había aminorado, la mente se había despejado y el corazón de Alba iba contento y agradecido.
Fotografía: María Gabriela López Suárez.
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Catedrática, periodista, escritora y comunicadora

Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, Sistema Estatal de Investigadores, la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL). 

Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural. 

Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos.  En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo.  Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.

Polvo del camino. 303. El llanto de Lilvia. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

Polvo del camino/ 303

Apuntes de oído/ 24

El llanto de Lilvia
Héctor Cortés Mandujano

Así es cada hombre, así lo hicieron...

“Amor en otras palabras”,
que canta Baglietto


Hace tiempo, por invitación de mi amiga Sofía Carballo, presenté Lengua Lanzadera Enhebrada, un libro de Lilvia Soto, en San Cristóbal de Las Casas.
Sus poemas, en ese libro, hacen referencia, a veces sutiles, a veces explícitas, a mitos griegos, que ella relacionaba con la dura realidad de las mujeres latinoamericanas que, aparte de trabajar sin respiro, eran-son madres, hijas, hermanas, compañeras que ejercen la sororidad, y también participantes activas en los procesos de liberación de sus pueblos; luchadoras sociales que corrían (corren) el cotidiano riesgo de ser masacradas por defender algo tan evanescente, tan inasible como la patria.
A Lilvia mi texto de presentación la emocionó. Derramó alguna lágrima y me agradeció públicamente, porque, dijo, había encontrado a un lector que la entendía a cabalidad.
Luego nos fuimos a cenar y en la charla que tuvimos ella y yo (nos acompañaban mi mujer, una amiga de Lilvia y Sofi, que hablaban de otra cosa), no sé a cuenta de qué le dije de memoria la letra de la canción “Amor en otras palabras”, escrita por A. Callaci y R. Bielsa, interpretada maravillosamente por Juan Carlos Baglietto.
La emocioné de nuevo, porque la canción de referencia habla del cuerpo que ama y del cuerpo que lucha, que es el mismo; de la mano que acaricia y de la mano que empuña un arma, que es la misma; de cómo defender a la patria es amar de otra manera… Más o menos las experiencias vistas y vividas que la habían llevado a escribir su libro.
Dice la canción: “Con estas manos de acariciarte la espalda, llevaré un fusil tal vez mañana. Con esta boca que no encuentra palabras, que te besa, llamo a gritos a mi gente, vivo a mi patria”.
Y sigue: “Con estas piernas, las de irme temprano, marcharé si es debido a la batalla, y con los ojos de mirar, apuntaré al corazón del que me ataca. Y este cuerpo, que también es nuestro cuerpo, se pudrirá en la tierra, si me matan”.
Me salté unos versos y le dije el final: “Yo, que hasta ayer dije amor; ahora, hoy, digo patria, que es como decir amor: amor en otras palabras”.
Lilvia volvió a llorar.
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Valle de tinta 4. Extraño amanecer. Miguel Isaac Zavala Flores

Foto de Tuur Tisseghem: https://www.pexels.com/es-es/foto/fotografia-en-primer-plano-de-la-mano-izquierda-humana-159333/

 
Extraño amanecer
Miguel Isaac Zavala Flores

Hoy me encuentro extraño, no hablo de desconocimiento de mi ser o de cambios de las pieles a las vísceras, me refiero a una extrañeza perversa, de esas que se te quedan en la lengua sin terminar de aventarse al vacío en forma de palabra. Al despertar me di cuenta que mis ojos eran luminosos cómo bengalas, mi boca amarga como detergente, mi corazón inquieto como drogadicto. Pero no de una forma física, ni de un sentir especial, era una corazonada, un instinto primario que me gritaba mirar mi reflejo, morar mi alma, murmurar mis incendios, maullar mis perdones, mellar mis principios.
Y así fue, en el espejo encontré un "extraño", uno que no supe distinguir. Mi mente estaba tan confusa al verlo que no sabía si se refería al extraño de quererlo encontrar o al de no saber de quien se trataba. Ante tal incógnita decidí desdibujarme en letras, repartir pedazos de mí en un papel medio arrugado.
Primero fueron las ideas, caóticas e intencionadas, pobres de ellas, con un futuro tan brillante y tan alto, pero, de dueño me tienen a mí, un sombrío ser incapaz de acompañarlas por mi miedo a las alturas. Después llegó el físico, uno débil, con sobrepeso, necesitado de cariño, de deseo, de calor. Un cuerpo simple y complejo, funcionando al ritmo de las hormonas, las feromonas, de la sangre misma, pedazos de carne y de hueso bailando sin música, sin sentido.
Cuando pensé que por fin había plasmado todo de mí en el papel encontré algo nuevo, tal vez esa era la extrañeza, tal vez ese pequeño borrón medio invisible era el culpable de todo. No lo fue, más bien debía de agradecerle por volver, encontré dentro, en lo más profundo, un grito, no sé si eufórico o asustadizo, no sé si grave o agudo, no sé si existió en realidad, era un grito de vida y de muerte, un movimiento circular y linear, un eterno viaje por mi ser que unía con suma delicadeza a mi mente y a mi cuerpo.
Comenzó a abrazarme como un nido a su huevo, como una sombra. Recorrió los espacios imposibles, enlazó las conexiones inexistentes, encendió la chispa de los mil incendios y empezó a bailar, al ritmo de un tambor, al ritmo de una armónica, al ritmo de los tiempos y espacios, de los qué y los por qué. Las letras comenzaron a tomar vida, se unieron en grupo formando palabras, se intercambiaron en ideas, se vendieron en temas, incluso hicieron la guerra, el amor y un poema.
Después de días en eterna estática, la electricidad fluctuaba por lo que soy. Ese borrón de la existencia, que apenas y podía apreciar, me lloraba en salamandra, y regenerando mis últimos intentos renací.
No lo llamé alma, ni sentido, ni vida, ni siquiera le puse mi nombre. Para mí era un "extraño", uno que no supe identificar, uno que quería volver a ver.
Valle de tinta es el espacio donde crecen las historias que Miguel Isaac Zavala Flores cultiva.

*Sobre el autor:

Miguel Isaac Zavala Flores

Cuentista y ensayista

Miguel Isaac Zavala Flores, nacido en el año 2003 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Es un escritor mexicano, ávido lector y amante de las letras desde chico. Fue ganador de un par de concursos literarios en su bachillerato y desde muy pequeño encontró un amor por la literatura, tan grande, que no puede parar de escribir. Hechizado por libros clásicos y contemporáneos, busca constantemente devolverle el favor a la literatura, el favor que le hizo al salvarlo.