Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
A todos los árboles derribados para construir elefantes blancos.
Cerca de la colonia donde vivía Guillermina había un parque pequeño, lleno de vida, muchos árboles generaban el encanto del lugar. Ese parque era el espacio de diversos encuentros, para juego de las infancias, para caminar de las personas adultas mayores, para hacer ejercicio matutino o vespertino de personas jóvenes y adultas. Además de lo anterior, representaba un espacio importante para quienes deseaban estar en contacto con la naturaleza, en alguno de esos días donde se requiere respirar aire puro, soltar algún llanto contenido, recuperar energías y por supuesto, también era un espacio ideal para los encuentros amorosos.
La gente vecina de la colonia rumoraba que una empresa había anunciado su llegada y que parte del parque sería destruido, a cambio tendrían una placita comercial, eso a Guillermina le generaba sentimientos encontrados, impotencia, nostalgia, tristeza. Había convocado más de una ocasión a sus vecinas y vecinos más cercanos para organizarse y verificar si ese rumor era cierto y en el caso de que sí, para que propusieran alguna acción para evitarlo. Sin embargo, para su mayor desánimo la reunión no se había concretado, las personas estaban siempre ocupadas, tal parecía que el tema no fuera de gran importancia para ellas.
El miércoles, Guillermina salió de su casa por la mañana, eran las 6:30, como todos los días iba a hacer su rutina de correr algunas vueltas alrededor del parque. Iba a ponerse los audífonos al salir de casa cuando escuchó un ruido que le llamó la atención, parecía que había alguna máquina trabajando. Pensó que por fin habían llegado a reparar un par de calles que tenían meses que estaban casi intransitables por los baches que tenían. Se colocó los audífonos y eligió escuchar a Jarabe de palo.
Continuó su paso hacia el parque cuando, para su mayor sorpresa, se percató que el sonido que había escuchado era una máquina que había comenzado a excavar una parte del parque, y justo en ese momento estaba derribando las raíces de uno de los árboles que formaba parte de ese espacio habitado. Se quedó como petrificada imaginando el dolor que el árbol estaba sintiendo, vinieron a su mente tantas historias vividas en ese lugar, se le hicieron varios nudos en la garganta y las lágrimas no tardaron en asomarse. La impotencia la invadió, la tala de árboles había iniciado, comenzaba esa mañana con uno menos.
Guillermina dio vuelta, regresó a casa, intentaría llamar a sus vecinas y vecinos, mientras escuchaba a Jarabe de palo, déjame vivir libre, libre como el aire… me enseñaste a volar y ahora me cortas las alas…
Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, del Sistema Estatal de Investigadores, de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y de la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL).
Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural.
Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos. En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo. Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.
Leí 236 libros en 2025; como se verá, no soy un perseguidor de novedades, porque hay demasiado que leer en el pasado remoto y cercano, en los libros que ya pasaron ciertas barreras de tiempo. Los comparto contigo, lector, lectora. Tal vez alguno no hayas leído, tal vez alguno te interese...
Uno: Ensayistas y profetas. El canon del ensayo (Editorial Páginas de espuma, 2010, con traducción de Amelia Pérez de Villar), de Harold Bloom (Estados Unidos, 1930-2019). Este maravilloso lector y ensayista, inteligente y erudito, dejó por fortuna varios libros listos antes de partir. Aquí analiza y cita varios de sus clásicos: la Biblia (especialmente el libro de Job), Montaigne, William Hazlitt, Carlyle, Emerson, Thoreau, Nietzsche... Un banquete de prodigios. Dos: La clase de griego (2011, traducción de Sun-me Yoon), de Han Kang (Corea del Sur, 1970), Premio Nobel de Literatura 2024. La leí en uno de mis lectores electrónicos Me gustó muchísimo. Dos personajes principales: Él, un hombre que ha ido perdiendo paulatinamente la vista hasta quedar ciego si no usa los lentes especiales donde al menos ve azul todo. Vive solo, en un país que no es –Corea– el suyo. Es maestro de griego. Ella perdió a su hijo de ocho años en varias batallas legales y su padre se lo llevó; quedó destrozada y perdió el habla. Decide estudiar griego. Allí se encuentran. La novela es honda y bella. Tres: Tuntún de pasa y grifería, del poeta puertorriqueño Luis Palés Matos (1898-1959). Se publicó inicialmente en 1937 y con ello inició lo que se ha llamado poesía negra. Mi ejemplar (1993, Universidad de Puerto Rico, Instituto de Cultura Puertorriqueña) contiene la primera edición, la de 1950 y la de 1952, con prólogos, estudios, notas al pie, vocabulario, biografía… Me encanta el título, que no se entiende sin explicaciones: “Tuntún connota tambores, percusión. […] pasa y grifería (se usa) para aludir al pelo ensortijado de los negros y a una multitud de mulatos”. Una muestra de lo que se puede hacer con las palabras, cuando se sabe usarlas. Cuatro: Arte abstracto (Taschen, 2017, traducido por Francisco Caro), de Dietmar Elger (pintor y crítico alemán, 1958). Es un libro de gran formato y al mismo tiempo un ensayo y un catálogo. En las primeras páginas define su tema central: “Antes, la expresión artística tenía un carácter mimético: reproducía el mundo tal como lo veía el artista. [...] la pintura abstracta abre nuevas e insospechadas posibilidades: Puede ser autónoma y no tiene por qué referirse a una realidad conocida. [...] En la pintura abstracta, los colores y las formas subsisten sin el sistema de referencia de un mundo objetual exterior”. Lo reviso, lo veo muy seguido. Lo abstracto es infinito. Cinco: Érase una vez en Hollywood (2021), de Quentin Tarantino (Tennessee, 1963), con traducción de Javier Calvo Perales. Esta novela, como la película, sigue las vidas de Rick Dalton, actor cuyas glorias ya pasaron y ahora hace papeles de malo en los westerns de televisión, y Cliff Booth, el doble de Rick Dalton, que ahora es su chofer y ayudante general, porque ha golpeado a tantos en su trabajo (a Bruce Lee, el más famoso), que ya no lo contratan. En la novela, a diferencia de la cinta, las dos vidas se extienden y Tarantino escribe sobre las muchas películas que le gustan o aborrece, porque el tema lo permite, pero la historia funciona como un libro que uno agradece leer. Me sentí feliz leyéndolo. Seis: Inventario (1930-2014, tres tomos, Era et al, 2017), de José Emilio Pacheco (Ciudad de México 1939-2014) es una selección de la columna mítica que Pacheco escribió para la revista Proceso. La selección la hicieron, con el consentimiento del autor, Héctor Manjarrez, Eduardo Antonio Parra, José Ramón Ruisánchez y Paloma Villegas. Dicen los autores en la nota inicial (p. 13): “Cuando José Emilio Pacheco empezó a publicar su columna el 5 de agosto de 1973 era un joven de treinta y cuatro años. Cuarenta años después, la noche del 24 de enero de 2014, Pacheco afinaba los detalles del segundo ‘Inventario’ dedicado a Juan Gelman a raíz de su muerte, ocurrida diez días antes. Luego de enviar su texto se fue a dormir para no despertar”. El Inventario se ocupó de todos los temas posibles. Pacheco tocó, por otra parte, con genialidad la poesía, el cuento, la novela, el ensayo. Su Inventario es deslumbrante. Siete: La expulsión de lo distinto (2016), del filósofo alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han (Seúl, 1959), con traducción de Alberto Ciria. Un análisis en breves ensayos sobre lo igual que se ha vuelto el ser humano: “Lo que enferma a la sociedad no es la alienación, la sustracción, la prohibición ni la represión, sino la hipercomunicación, el exceso de información, la sobreproducción y el hiperconsumo. La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual ponen en marcha un proceso destructivo totalmente diferente: la depresión y la autodestrucción”. Ocho: Monk (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2024), de León Plascencia Ñol (Ameca, Jalisco, 1968). Ñol escribió un libro magnífico que es, en el híbrido que lo propone, una biografía poética, hecha con un profundo conocimiento de su personaje (su música, su enfermedad, sus pensamientos, su vida) y con una estructura inteligente que hace que, incluso, quien no haya oído hablar de Thelonius Monk lo pueda conocer y oír con una guía especializada. No divide el libro en capítulos, sino en tracks (cada track lo abre un testimonio), más una adenda, con la discografía de este genio del jazz. Ñol cita con profusión entrevistas, artículos, documentos que contextualizan sus versos, sus poemas; hablan el propio Monk, Boo Boo (su hija), Nellie Smith (su mujer), muchos amigos músicos, críticos y escritores; incluye fotografías... Nueve: Melancolía (Random House, 2023), de Jon Fosse (Noruega, 1959), Premio Nobel de Literatura 2023, con traducción de Ana Sofía Pascual Pape. No es un libro de lectura fácil. Hasta la página 240 habla el pintor loco (de mente distinta) Lars Hertervig, de Noruega (1830-1902), cuya vida real y biografía puede consultarse en cualquier medio electrónico y de quien se pueden ver sus pinturas en internet. Hay después un capítulo con Lars en el manicomio, otro con un narrador “normal”, quien contextualiza la vida y la obra de este famoso pintor noruego, y, al final, quien nos cuenta más de la infancia y muerte del personaje central es su hermana. Los libros sobre los de extraño comportamiento y lo mal que son tratados me sirven mucho para no olvidarme que yo soy parte también de esa gente rara. Estoy más cerca de ellos que de los “normales”. Diez: Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Un viaje en la mente de Philip K. Dick (Anagrama, 2018), de Emmanuel Carrère (París, 1957), con traducción de Marcelo Tombetta. El libro es deslumbrante y minucioso. Se sabe con puntualidad qué hizo cada día K. Dick, por qué, qué pensaba, con cuántas mujeres se acostó, de quién estuvo enamorado, qué tipo de drogas consumió, cuándo y por qué se le ocurrieron las tramas de sus cuentos y sus novelas. Para escribir esta biografía, Carrère tuvo que leer una cantidad ingente de documentos y libros, y hablar con mucha gente. Y luego poner su talento, que es mucho, para organizar la información y volverla el texto espléndido que es. Once: Primavera sombría y El hombre jazmín, de Unica Zürn. Dice la contraportada de este libro que me encantó: “El presente volumen reúne la totalidad de la obra literaria de Unica Zürn: la estremecedora novela corta Primavera sombría y el singular testimonio El hombre Jazmín, ambos de carácter autobiográfico”. En la nota biográfica (Seix Barral, 1986, traducción de Ana Ma. de la Fuente) se dice que Unica “nació en Berlín en 1916 y se suicidó en París en 1970”. Era esquizofrénica. La primera novela es sobre una niña solitaria (su hermano la viola) que se enamora de un adulto y cuyo final es trágico. La segunda es la de una mujer que entra y sale de manicomios hasta que decide ya no volver, irse del mundo. Como literatura, los dos libros me parecen esplendidos; como testimonios, sobrecogedores. Doce: Autoficción, una ingeniería del yo (Bogotá Ediciones, 2024), de Sergio Blanco (dramaturgo y director teatral franco-uruguayo, nacido en 1971) parte de la definición de lo que es autoficción (“cruce de relatos y pacto de mentira”), hace un recorrido histórico de las escrituras del yo, propone un decálogo y analiza, dentro de su propia obra, las varias formas de autoficcionarse. El volumen –cuidado y bello en su edición– culmina con una entrevista a Blanco, realizada por Martín Cedrés Silva. Lo puede leer alguien que no sepa nada del tema ni conozca la obra de Sergio Blanco y al final será un conocedor. El ensayo es prolijo y claro. Me gustó y me enseñó muchísimo.
[De todos estos libros he hablado o hablaré, mucho más extensamente, en la columna Casa de citas o en otro Polvo del camino. Aunque son libros leídos en 2025, irán apareciendo hasta el siguiente año. Los que no tienen datos de edición, los leí electrónicamente.]
La ilustración es de HCM.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
El encanto del atardecer María Gabriela López Suárez
El primer fin de semana del nuevo año había llegado. Nayeli comenzaba a sentir que el tiempo corría aprisa. Ese sábado la había despertado el jolgorio de una parvada de zanates que pasó por su casa. Era tal la algarabía que le contagió el ánimo de vislumbrar el primer sábado del año. En casa ya había movimiento, don Gerardo, su padre ya estaba regando las plantas que había en el patio y doña Gertrudis, su madre, acomodando las nuevas macetas que había comprado. De Romina y Genaro, su hermana y hermano, no había rastro todavía.
Nayeli saludó a doña Gertrudis y don Gerardo y les preguntó si apetecían desayunar tamales de los que preparaba doña Nati, para ir a comprarlos y de paso, ver si tenía arroz con leche. La propuesta les agradó, así que Nayeli se arregló para salir y en menos de 15 minutos ya estaba de vuelta con el pedido. El tiempo fue transcurriendo entre los diversos menesteres de Nayeli, quien se alegró de haberse levantado temprano porque por la tarde iría a visitar a su amiga Juanita, estaba convaleciente de una cirugía y solo le había llamado por teléfono y enviado muchos mensajes.
Juanita era una de las mejores amigas de Nayeli, vivía en una ciudad cercana a donde radicaba Nayeli, el trayecto era alrededor de una hora. Así que antes de las cuatro de la tarde Nayeli ya estaba rumbo a la terminal. En el trayecto a la estación de camiones pasó por una tienda donde vendían frutas y flores, decidió comprar unas peras y unas gerberas de diversos colores. El carro partió puntual a las cuatro.
El camión iba con poco pasaje, Nayeli acomodó sus obsequios y se deleitó con la vista al paisaje, sobre todo cuando salieron a la carretera. La iluminación era tan bella y el cielo con su tono en azul claro, por un lado, y nubes difuminadas por el otro, que le parecieron justo los regalos del nuevo año para que la gente levantara la vista al cielo. El encanto del atardecer era tal que se preguntó: ¿cuántas personas estarían contemplando esa tarde? Sonrió para sí, sin saber la respuesta. Tenía la esperanza de que fueran muchas más que las que estaban atentas a las pantallas del celular o algún dispositivo electrónico. Volvió a sonreír porque justo sacó el celular de su bolso, tomó algunas fotos. Y como si alguien la estuviera interrogando dijo:
̶ Bueno, en mi caso, tomé el celular porque le mostraré las fotos a Juanita, seguro que le gustarán.
Enseguida guardó el celular. Sin apartar la vista hacia el horizonte, se quedó contemplando la colina que iban subiendo y el juego de sombras que hacía la luz con los coches que iban antes del camión. Ya estaba cerca de su destino.
Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, del Sistema Estatal de Investigadores, de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y de la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL).
Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural.
Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos. En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo. Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.
Spotify me envía cada año, a principios de diciembre, la selección de lo que más he oído. Me da varios datos antes. Oí, según esta plataforma, “39.798 minutos” (27 días seguidos), es decir, “8.306 canciones” en “455 géneros”. Me dice lo que me han dicho varias veces: “Un gusto como el tuyo no es fácil de definir”. Me dice, además, que mi edad musical es de 42 años, “porque has estado escuchando música de los finales de los años 90”. Comparto como cada año mi lista contigo, querido lector, lectora.
Uno: “No surprises”, de Ara Malikian, del álbum 15, de 2015, que es un compilatorio de dos discos. La pieza está firmada por varios compositores y este violinista extraordinario pareciera extraer del instrumento caricias para el oído en lugar de sonidos. Malikian, dice wikipedia, “es un violinista libanés de ascendencia armenia radicado en España”. Se viste estrafalariamente y usa el pelo alborotado a más no poder, pero es un regalo maravilloso para quienes oímos música.
Dos: “Con dos camas vacías”, de María Jiménez, del álbum Canta por Sabina, de 2002. Jiménez es cantante, bailaora y actriz española. Su voz es pasional, irónica; marca con claridad el desprecio, la tristeza, el coraje, la picardía. Esta es una de las versiones (ranchera convertida en cante) que está en lo que más escucho cada año. La canción es de Joaquín Sabina, quien la acompaña en un tramo de esta historia de desamor: “Ni yo bordo pañuelos ni tú rompes contratos, ni yo mato por celos ni tú mueres por mí; y antes de que me quieras como se quiere a un gato, me largo con cualquiera que se parezca a ti”.
Tres: “Epitafio”, de Maru Enríquez (mexicana, 1957-2022), del álbum Y mi voz que madura, de 2007. El disco lo constituyen poemas de Xavier Villaurrutia, con música de Jaime López. Una maravilla. Estuvo fuera de circulación por líos legales. Me sorprendió hallármelo y lo oí mucho este año: “Sonámbula, dormida y despierta a la vez, en silencio recorro la ciudad sumergida, y dudo y no me atrevo a preguntarme si es el despertar de un sueño o es un sueño mi vida”.
Cuatro: “Pannonica”, de Thelonius Monk (estadounidense, 1917-1982), del álbum Brilliant Corners, de 1957. La pieza fue compuesta por este genio del piano, dedicada a Kathleen Annie Pannonica Rothschild de Koenigswarter (1913-1988), una judía blanca y millonaria, adoradora del jazz. Thelonius es de mis irremplazables de siempre y esta es una pieza ejecutada con la magia de alguien que tenía puentes anchos por los que transitaba, sin problemas, hacia la belleza.
Cinco: “De qué me sirve todo eso”, de Jairo, del álbum Milonga del trovador, una antología de 2010. Este cantante y compositor argentino, legendario, es uno de mis cantantes favoritos. La música y la letra son de él: “Un pie descalzo en la hierba, el soplo fresco del mar, un horizonte de arena, un poema, un trigal. ¿De qué me sirve? ¿De qué? [...] De qué me sirve todo eso, si no hay con quien compartir, partir el pan es hermoso: un trozo espera por ti”.
Seis: “Un bolero a tu vestido”, de Al-Blanco & El Peli (compuesta por Francisco Blanco Burgos), del álbum Me lo sopla el viento, de 2024. Al-Blanco es un joven andaluz (nació en 1998), cantante de flamenco, y El Peli es su acompañante habitual. Me encanta el disco y me gusta la ternura de esta canción: “Y amor, necesito tenerte cerca, tu lejanía me dejó una ausencia y en mi corazón te llevo grabada, y cada noche, la madrugada y el aire me traen tu olor, y al despertarme añoro tus besos, no te siento cerca, por eso me muero, ay, me muero sin tu cuerpo”.
Siete: “Miedo”, de Eugenia León, compuesta por Leonel García, del álbum Una rosa encendida, de 2017. Me parece una inspirada declaración de principios. Leonel García es también cantante, aunque casi no lo he oído. Esta versión de Eugenia León (mexicana) me encantó: “No me toques, no me toques con tus manos congeladas. No me mires con tus ojos, que en verdad no miran nada. Y nunca me abraces, no haremos las paces, deja ya de usar disfraces. [...] Miedo, ya no podré vivir contigo. Miedo, que contaminas todo y envenenas todo. Miedo a no llegar, a estar perdido. Miedo, sé que me quieres ver perder el juego”.
Ocho: “C.R.A.S.H.N.E.B.U.L.A.”, de Winona Riders, del álbum Duotone, de 2024. Este es un grupo de rock argentino, formado en 2018, que debe su nombre a la actriz estadounidense Winona Ryder. Esta pieza alude a un episodio, de 2004, del programa de televisión Los padrinos mágicos, y el nombre es de uno de los personajes de ese programa. Salvo la palabra “Crash” del inicio, que se repite durante la ejecución (se agrega “Nebula” después), es sólo música. Conectó conmigo de inmediato, me gusta.
Nueve: “Felicidad”, de Vicentico (argentino), compuesta por Gabriel Julio Fernández Capello, del álbum Los pájaros, de 2006, me convenció desde su arranque: “Felicidad, me invitaste a tu fiesta y no fui. No me animé. Sí llegué hasta el zaguán y volví. [...] Fuiste un regalo que no pude abrir. Quemó mis manos y me fui. [...] Y aunque esa calle siempre sigue igual, yo nunca pude volver a encontrar aquellas baldosas camino a tu casa en el mar”. Lo acompaña en la canción Andrés Calamaro, otro argentino. Aunque la pieza sea una salsa alegre, la letra es de total melancolía
Diez: “Mundomatraca”, de Leticia Servín (cantautora mexicana), del álbum homónimo, de 2001. No me sonaba como una canción que pudiera gustarme con ese título, que se me hace un poco ridículo, pero terminé rindiéndome: “Por eso quiero agarrar este día, antes de que me coma estra prisa –canija y amiga– por vivir trasnochada de besos, mal vista por enanos que hablarán de mí mientras duermo, y me harán cachitos por todos mis delitos, y quemarán mi choza con todos mis recuerdos, y me olvidarán todos, menos tú”.
Once: “Conocer el mar”, de Camila Guevara, del álbum Dame el mar, de 2025. Camila es una joven cantautora cubana (nació en el 2005), nieta de dos hombres famosos de Cuba: Pablo Milanés y el Che Guevara. Me gustó su disco. Esta canción se coló en mis más oídas: “Ya acepté mi parte oscura, liberé ataduras, pero sigue ahí. He corregido mi postura, para ver si creo un poco más en mí. [...] Quiero volar contigo y olvidar que hay fecha de caducidad; quiero salir de mi ombligo, y conocer el mar, conocer el mar, ver la inmensidad”.
Doce: “Me quedo contigo”, de Los Chunguitos, del álbum Cara a cara, un compilatorio de 1991. Este grupo español, de rumba flamenca, ya se disolvió, por la muerte de uno de ellos. La canción, compuesta por C. Ramos Prada y E. Salazar, es directa y clara, romántica: “Si me das a elegir entre tú y la riqueza, con esa grandeza que lleva consigo, ay, amor, me quedo contigo. [...] Pues me he enamorado, y te quiero y te quiero, y sólo deseo estar a tu lado, soñar con tus ojos, besarte los labios”.
Si oyes estas doce, quizás pienses lo mismo que me dijo Spotify: soy difícil de definir.
La ilustración es de Luis Daniel Pulido
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Entre gratitud y abrazos María Gabriela López Suárez
Al público lector de las Voces ensortijadas, a Letras, idea y voz, les deseo un año 2026 con amor, paz, gratitud y mucha lectura.
Esther repasó en su mente la lista de pendientes que tenía en las dos últimas semanas del año. Se quedó asombrada, tantas cosas por hacer, en tan poco tiempo. Casi le ganaba la desesperación sin siquiera haberse detenido a verificar si todo era necesario y qué tenía prioridad. En eso estaba cuando escuchó que tocaban la puerta de la casa con tal fuerza que parecía como el anuncio de alguna tragedia. Quien llamaba con tal angustia era Toñito, el hijo de doña Mónica, la señora que en la temporada decembrina hacía hojuelas y mandaba a preguntar si querían encargar tan delicioso postre, el mensajero era el pequeño de siete años. ̶ ¡Toñito, casi se me sale el corazón por esos toquidos tan fuertes! ¿Qué sucede? ¿Es el pedido de hojuelas? −preguntó Esther con voz firme y rostro serio. ̶ Disculpe, es que tengo prisa, ando preguntando en el mayor número de casas para decirle a mi mamá y pueda comprar los ingredientes. Ella quiere tener seguros los pedidos. ¿Van a querer hojuelas y cuántas? ̶ antes de que Esther respondiera observó que el niño sacó de una bolsita cangurera que llevaba, una pequeña libretita con un lapicero de igual tamaño; libreta en mano estaba atento y levantó la vista. Los ojos del niño se fijaron en los de Esther quien, sin dudar, pidió cien hojuelas. Las compartiría con su familia y algunas amistades. El rostro del niño dibujó una gran sonrisa. ̶ ¡Muchas gracias doña Esther! Ojalá que usted me traiga la suerte, como dice mi mamá, es el primer pedido que nos hacen. ̶ Verás que sí pedirán más hojuelas, Toñito, solo te sugiero que toques menos apresurado. Anda, ve con cuidado al cruzar las calles. Esther observó al niño quien, con mucha seguridad, iba caminando, dirigiéndose a otras viviendas para continuar con su tarea. Ella volvió a lo suyo; retomó la idea de Toñito y buscó una libreta para anotar sus pendientes. Se sentó y antes de que le ganara la mente con la idea de que ya era tarde y aún no había abierto su papelería, decidió darse el tiempo para hacer la lista. Una vez terminada la tarea revisó a detalle y decidió llevar a cabo el primer pendiente. Tomó un pequeño bolso, cerró la puerta, guardó sus llaves y salió a caminar a un parque cercano. Dio una vuelta completa al parque, que no era tan grande. Buscó una banca y se sentó. Observó las aves que se deleitaban volando de rama en rama entre los árboles. Contempló los rayos del sol que se filtraban a través de los huecos del follaje que cubría el parque. Se alegró la vista con las flores distintas que tenían las jardineras. Sintió el latir de su corazón. Había olvidado cuánto tiempo tenía de no agradecer en la vida, por cada día, por su salud, por su familia, por las amistades que siempre estaban presentes a través del tiempo y la distancia, por un techo y comida segura, por un nuevo año que culminaba, por darse ese instante para estar con ella y contemplando los regalos de la naturaleza, sin agobiarse por el tiempo. Permaneció ahí alrededor de media hora, en ese intervalo de tiempo sintió la necesidad de darse un gran abrazo, se abrazó con mucho amor. Regresó contenta a casa, entre gratitud y abrazos había iniciado el primero de los pendientes de su lista, antes de culminar ese año.
La fotografía es de MGLS.
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Catedrática, periodista, escritora y comunicadora
Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, del Sistema Estatal de Investigadores, de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y de la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL).
Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural.
Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos. En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo. Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.
Ahora le toca a ustedes/ IV Héctor Cortés Mandujano
[Escojo lo que creo puede resultar interesante de lo que me mandan. Esto es un resumen y una antología. Ustedes hablan aquí...]
Marzo 2025
Dos amigos se refieren a mí en dos textos que están enfocados a otras cuestiones. Tomo los fragmentos del caso. Rodrigo Ramón Aquino (en “Pepitas de oro”, presentación de Corte de café, de Efraín Bartolomé): “la genuina admiración y la buena estrella me permitieron asistir como auxiliar de investigación a otro muy querido y admirado maestro, para mí el mejor narrador de Chiapas, aquí presente también: Héctor Cortés Mandujano, que había emprendido la titánica labor de contar la vida y la obra del protagonista de esta noche”. Édgar Hernández (en “Redimensionar la atención a la cultura”): “Chiapas también es tierra de grandes poetas y destacados escritores (Rabasa, Figueroa, Castellanos, Sabines, Duvalier, Zepeda, Bañuelos, Oliva, Vázquez, Garduño, Olmos, Bartolomé, Cortés, etcétera), de cuya herencia –y de la vasta riqueza cultural del estado– abrevan hoy cientos de jóvenes artistas, mujeres y hombres, que muestran su talento en la literatura, la música, el teatro, la pintura, la fotografía y demás artes visuales”. Roxana Carbajal escribe sobre Polvo del camino 269, “Los elefantes no pueden saltar”: “Me encantó la nota. Los animalitos son un universo aparte. Me recordó a mi maestra de primaria, quien siempre me decía: ‘Ya cállate, Roxana, pareces chachalaca’, y yo nunca le hice caso, porque no sabía a qué se refería con eso de ‘chachalaca’ ”. Damaris Disner sobre Casa de citas/ 733, “Nueve mujeres, 3” y Polvo del camino 269, “Los elefantes no pueden saltar”: “Querido Héctor, bonito domingo. Tengo ganas de leer el libro de Nueve Mujeres. Me interesa y también me conmueve la dramaturgia de Roxana. La novela de Bárbara Colio me llamó la atención muchísimo. Gracias por apasionarnos para leer a otras mujeres. Y tu columna sobre curiosidades de los animales me sorprende con los datos. [...] Te abrazo, y te quiero muchísimo”. Roger Octavio Gómez sobre Casa de citas/ 734, “No estamos perdidos”, cita una de las citas que hago de Alberto Manguel: “Wow: ‘...cuando un apicultor muere, alguien debe ir a decirle a las abejas que su cuidador se ha ido para siempre. Desde entonces siempre he deseado que, cuando yo muera, alguien haga lo mismo y les diga a mis libros que ya no volveré’ ”; Tania Corzo, sobre el mismo tema, propone: “Me dio tristeza, yo le diré a tus libros, ¿viste? Tú le avisas a los míos, no son tantos”; y Damaris Disner: “Cuando yo muera creo que alguien deberá venir a hablar con mis gatos y libretas a medio terminar. Me gustó mucho el texto”. Óscar Márquez sobre Polvo del camino 271, “Gracias al extra”: “Te volaste la barda. Sencillamente genial, como a mí me gustan. Sencillito, bien pensado, inesperado... creíble. Buen día, primo, y gracias por este ‘sueño’ corto, que ya me hizo el día” y Leopoldo Morales: “Ahora sí te pusiste. Me dejaste estupefacto. Simplemente. [...] Qué manera de soñar. Qué placer leerte”.
[Esta notita es sólo para mis lector@s atent@s –dos me escribieron sobre ello–: publiqué los números 305 y 305-A, porque tuve líos con mi computadora. Para regresar a la lógica numeraria, la próxima columna será la 311. Si me preguntas por qué escribo esto, es que no eres de los atent@s.]
La ilustración de de HCM.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Eran las 5:30 de la tarde, don Augusto tenía cita médica con la dentista a las 6 de la tarde y Ernestina su hija mayor lo acompañaría. Después de la consulta médica irían a comprar la despensa y algunos obsequios que doña Rosalía, esposa de Augusto y madre de Ernestina, les había encargado para las piñatas que donaría en la posada de la cuadra donde vivían.
Llegaron al consultorio a las 5:45, había varias personas en la sala; se sentaron y comenzó la labor de la espera. Dieron las 6 de la tarde y aún no le tocaba el turno a don Augusto. Ernestina no dejaba de ver el reloj mientras se entretenía con el celular. El tiempo seguía su curso, 6:15 y no había movimiento de pacientes.
−¡Oye papá aún no has pasado y llevamos 15 minutos de retraso! ¿Quieres que pregunte qué pasó? −dijo Ernestina, en voz bajita y tono desesperado.
−No Tina, ten calma. No han de tardar en llamarme –fue la respuesta de don Augusto, mientras la abrazaba.
Como por acto de magia, al cabo de unos 5 minutos llamaron a turno a don Augusto. El rostro de Ernestina mostró un gesto de alivio. Siguió distraída con el celular mientras su papá estaba en la cita médica. Venía la segunda etapa de espera.
Eran las siete de la noche y Ernestina ya no hallaba sosiego ni con el celular. Decidió guardarlo en su bolsa. Observo a su alrededor, el único paciente que se había movido era su papá. La sala permanecía intacta con el resto de personas. Fijó bien su mirada, cuántos consultorios había ahí, solo el de la dentista. Es decir, que las 8 personas que aún estaban ahí, sin contar a ella, estaban por pasar a consulta.
Nuevamente hizo un repaso y empezó a deducir que había pacientes que como su papá iban acompañados. No toda la gente pasaría a cita. Eso le generó una especie de alivio. Pero de nuevo, le volvió la preocupación por el tiempo. La persona que estaba en la recepción era una chica como de unos 22 años. Estaba entretenida en la computadora y en una libreta de notas. Siguió observando qué hacía la gente para no desesperarse, algunas personas platicaban entre sí. Nadie tenía celular en mano, algo raro para ella. Su mirada se detuvo en un señor de edad mayor, alrededor de setenta años, estaba concentrado en la lectura. Ernestina tuvo curiosidad por saber qué libro leía. Se levantó despacito y dio unos pasos cerca de la silla del señor, pero no alcanzó a leer el título. Volvió a su lugar y siguió observando al señor, su rostro era sereno, nada lo desconcentraba de su lectura. Hasta alcanzó a percibir que su respiración era tranquila.
Volvió la mirada hacia ella, nunca había pensado que era importante saber esperar. La idea de llevar un libro le pareció magnífica. Ver al señor le había generado esa sensación de calma que tanto necesitaba en ese momento. Le vinieron varias preguntas a la mente, ¿era la lectura lo que generaba esa sensación de calma en el señor? ¿Era la experiencia del paso de los años? ¿Esperar era acaso una habilidad reservada solo para algunas personas? Respiró profundamente, deseo tener una revista con sopa de letras o crucigramas para llenar. Saber esperar le parecía todo un reto, pero quería aprender a enfrentarlo. En eso estaba que no se percató que su papá ya había salido y estaba pagando los honorarios en la recepción.
−¿Lista Tina? Ya nos vamos a hacer los pendientes −le dijo don Augusto con una gran sonrisa.
−Sí, vámonos papá, ya es hora −señaló ella, devolviendo la sonrisa, mientras volteaba a ver al señor, quería identificar el título del libro. Se quedó con la duda, el señor había pasado a cita después de don Augusto.
La fotografía es de MGLS.
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Catedrática, periodista, escritora y comunicadora
Apasionada de la escritura, la lectura, la radio y el aprendizaje de idiomas. Doctora en Estudios Regionales por la UNACH y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Maestra en Educación Superior y Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNACH. Profesora-investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en la Licenciatura en Comunicación Intercultural y la Maestría en Estudios Interculturales. Asesora en el Instituto de Evaluación, Profesionalización y Promoción docente en Chiapas y en el Instituto de Educación Superior en Desarrollo Humano Sustentable. Es integrante del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 1, del Sistema Estatal de Investigadores, de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES) y de la Red de Formadores en Educación e Interculturalidad en América Latina (RedFEIAL).
Sus líneas de investigación son: Comunicación, Comunicación Intercultural, Educación, Identidades, Juventudes, Periodismo, Radio Comunitaria, Turismo Comunitario, Patrimonio Cultural.
Desde 2008 colabora como periodista cultural independiente en diferentes medios chiapanecos. En 2018 fue corresponsal en Chiapas en la, antes llamada, Agencia Informativa CONACYT. Es autora de la columna periodística Voces ensortijadas, desde 2017, actualmente se publica en la revista electrónica Letras, idea y voz y en el portal Chiapas Paralelo. Es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz. Actualmente es aprendiz de la Lengua de Señas Mexicana.
Ella me escribe un mensaje por whatssap y me cuenta que me soñó. Es domingo. Un colibrí se acerca a mi ventana como si intentara tomar la miel de mi pensamiento para compartirlo con otro de los suyos que también aletea velozmente buscando la corola de una flor en el jardín. Preparo un regalo. Recorto figuras de un elegante libro de pinturas: un unicornio, una nube, un árbol, un ojo enorme, el mar... El libro era de mi mamá y ella ya no puede reclamar el uso que doy a volumen tan cuidado. Haré un collage sobre una tela azul, afelpada. Luego le pondré una resina que un amigo que sabe de esto me recomendó. Será un brillante, un resplandeciente cuadro de ensueño. Pongo sobre la tela, al centro, el ojo, como elemento divino. La nube hasta abajo, para proponer que el cielo está aquí, con nosotros, no arriba… Hago con cuidado la distribución, sin todavía fijar ningún elemento; sin embargo, mi gata brinca y tira todo, incluso la resina que había dispuesto en mi mesita de trabajo. Los elementos se desarreglan, es decir, se arreglan de otro modo. El azar es un maestro: me encanta como quedó. Así quedará. Debo apurarme, porque una periodista –mi amiga Damaris– vendrá a entrevistarme. Ella no sabe que yo sé que es su cumpleaños. Me llamó para acordar esta charla y le dije que sólo podía hoy y ningún otro día. Mi estudio está pintado de blanco y la entrada está llena de enredaderas cuajadas de flores. Recibo un mensaje de Mónica. Me dice: “Te soñé. El sueño era millonario y feliz”. Antes me ha visitado Rocío y me contó que, en sueños, vio la representación de una de mis obras, La divinidad del monstruo, en un elegantísimo teatro de Europa. Estoy muy soñado en estos días. Acabo de poner los últimos toques al cuadro, cuando sueña (es decir, suena) el timbre de la entrada. Es Damaris. Nos saludamos con un abrazo y un beso. —¿Cómo estás? –Me dice. —Millonario y feliz –le respondo–. ¿Qué mayor tesoro que la amistad? Le doy su regalo y ella se siente –sus gritos de entusiasmo lo demuestran–, igual que yo.
La ilustración es de Luis Daniel Pulido.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
A Pippo Bunorrotri, seguidor de Letras, IdeaYvoz Amable lector de continentes lejanos a quien le llegan nuestras botellas de náufragos.
El 3 de octubre de 2025 presentamos en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en Casa Conejo, bajo el amparo de mi estimado Alfredo Espinoza, el libro 21 Canciones, de la que soy coautor junto con Luis Daniel Pulido y Héctor Cortés Mandujano, además de los ilustradores: Juan Ángel Esteban Cruz, Juventino “Tito” Sánchez, Alejandro Nudding y Adriana “Agreste” Gómez Ronzón. Recordé la lectura que había hecho Ángel Esteban, la relectura de “Tito” al ilustrar mis textos. Me dieron el micrófono e improvisé algo sobre islas, náufragos y botellas en el mar.
El siguiente texto es sólo un apunte de las ideas que solté, no las recuerdo con exactitud:
Mi amigo y gurú, Héctor Cortés Mandujano publicó, por ahí de 2019, en su columna Casa de citas, una que se titula “Me llamo Nadie y vivo en una isla”. El texto estaba dedicado a la presentación de un libro de cuentos mío. Se refería tanto a mis personajes como a la fascinación que tengo por la Odisea de Homero y también a que Héctor, además de leer libros, sabe leer a las personas. Leyó en mí esa costumbre que heredé de mi padre y él a su vez de mi abuelo, de vivir en nuestras propias islas. Parto de mi isla muy de vez en cuando. Balsas, navíos, trirremes. Marino de mis océanos, es curioso que cada vez que mis embarcaciones se hunden amanezco en las mismas playas. El mismo aroma, los mismos vientos. Los náufragos de profesión sabemos que es necesario mandar mensajes en botellas. Y los envío cuando la marea cambia. Me duermo. En mis sueños las botellas viajan raudas hasta tocar continentes lejanos, donde hay gentes que leen los mensajes firmados por un tipo que gobierna un islote rodeado de mares y que lleva por nombre: Nadie. El mar que me rodea es a veces una muralla brava, otras abismo transaparente o burbuja de sal oscura. Hay ocasiones que me parece que ese mar está conformado por sedales invisibles que descifran la salida de mis laberintos azules. Hoy que los veo, como luz, ante este libro terminado, recipiente de palabras, me digo: ¿estaré, de nuevo, soñando?
Tiene el grado de Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM y Máster en Creatividad Literaria por la Universidad de Salamanca, donde se graduó con mención honorífica.
Autor de Acrofobia (Tifón, 2022); La lluvia en las hojas del platanar (Ediciones Animal, reeditado por Kolaval, España); Soltar las riendas (2019, Tifón). Anhelo de reposo. Antología poética (Coordinador editorial, Tifón, 2019). Bruñir la palabra frente a la hoguera (Autor antologado, Tifón, 2018). Mamá no va a llamar (Tifón, 2018).
Su cuento El rostro de marina, obtuvo dos primeros lugares en su adaptación radiofónica en la Tercera Convención Internacional de Radio y Televisión 2018, Varadero, Cuba.
Cuando hablamos, no son solo palabras vacías que brotan de nosotros. Es todo aquello que sentimos y le damos forma con voz. Cuando estamos tristes, toman forma de gota como lágrima; quizá de susurro como aire o; de suspiro como si fuésemos copas de árboles abrazados por el viento. En la rabia, suenan a relámpago y truenos como gritos, se escucha como un tornado azotando en la playa con discusiones golpeando como tsunamis. Si estuviésemos felices, hablar sonaría como rayos de sol si estos tuvieran melodía, quizá acompañados de una risa como un arcoíris con mil colores asemejando tonos de voz. Estar feliz y hablar es siempre un reflejo de paz y armonía en nuestro corazón. Hablar, nunca será sinónimo de vacío; es opinión, emoción, pensamiento y sentimiento, hablar es, y será siempre: un reflejo de nosotros, quizá en superficie o en profundidad según el tópico. Por otro lado, escribir siempre me gustará más, porque es más sencillo expresarse en letras que en voz cuando quizá la tristeza nos implanta un nudo en la garganta, pero hace fluir las palabras en papel con suavidad y fluidez cual neblina en clima de invierno. Escribir es, y me será a la eternidad; un camino, una salida, un desvío de la realidad en donde embellecer en letras es el resultado de sentimientos sin identificar y de palabras sin brotar en voz, pero sembradas y florecidas en prosas, escritos o poemas. Hablar, escribir, escuchar, leer. Todos son hijos de palabras; productos del lenguaje naciente de una necesidad de expresar, de ser, de sentir sin callar como canal de nuestra intrínseca necesidad de ser notados en un mundo ruidoso. Cuando el silencio interno suena más fuerte que cualquier sentimiento allá afuera, explota en voz cuando el pecho y la garganta ya no lo pueden retener más. Me gustaría hablar como escribo, pero es al escribir que mi alma guía y no mi mente pensando las palabras que brotarán de mi antes de darles forma en melodía. Quisiera pronunciar en voz con la facilidad con la que esbozo en caligrafía y poder expresar con palabra dicha lo que mi alma guarda y resguarda en las escritas. Quisiera hablar además, en muchos idiomas, pronunciar el francés tan fluido como escribo de París y el anhelo en mí. O poder parlar italiano sabiendo que es el idioma de mi corazón y por fin tiene presencia en voz. Quisiera saber cómo sueno enamorada en latín, y si es el mismo sentimiento que en griego. Quisiera no hablar solo de sueños y romance en español que me queda corto el idioma. Por otro lado, no quisiera saber del anglosajón pues, si bien lo dijo Xacobe Substack: “¿Cómo no van a ser bárbaros si su idioma no distingue el ser del estar ni el querer del amar?”
Liminar es una puerta de entrada para escritores emergentes que nos han brindado sus escritos para colaborar con este ejercicio de generosidad que implica la escritura. Bienvenidos.
*Sobre la autora:
V. Balltre
Escritora emergente
Valeria Trejo, para conocer en el mundo literario como V. Balltre, es una escritora emergente originaria de Chiapas. Su obra se centra principalmente en la poesía, los cuentos cortos y las prosas, formatos con los que explora las emociones y la cotidianidad de manera profunda. Aunque su trayectoria es aún incipiente y se podría considerar amateur, ha realizado algunas publicaciones en páginas web y ha creado un compendio de libros propios aún inéditos. Para V. Balltre, este espacio representa un importante paso en su camino literario. Sus escritos se nutren de las pequeñas cosas de la vida diaria y onírica, que ella transforma ya sea en belleza o en melancolía, plasmando esas sensaciones en sus textos con sinceridad y sensibilidad.