Cajón de rubores. 43. Apuntes del subsuelo 4. Antonio Florido





                                                                              
SOBRE LA MALICIA, EL DOLOR Y EL ACTO DE CONCIENCIA

Capítulo IV

En este brevísimo capítulo (aunque rocoso), Dostoyevski nos relaciona varios conceptos (que, como tales, suelen residir, como parásitos, en el interior de una nimia idea o en cualquier expresión popular, vulgar y zafia), que nacen y se desarrollan adquiriendo una concreción más necesaria y definida con el paso del tiempo sobre la piel de nuestras experiencias.

Para comenzar debemos aclarar que, para quien escribe, el concepto principal alrededor del que orbitan los demás, es la conciencia. (Recordemos que, para Sartre, la conciencia está situada por encima de todo lo demás; observa lo que sucede, incluso es capaz de conmoverse, pero, ¿y para Fiódor?, ¿cómo apreciaba él este término, de qué manera llegó a sentirlo? ¿Observaba, -como afirma Jean-Paul- hundida en la miseria de saberse, engreída en un mundo callado y triste? ¡Díganme!

Un hombre de extrema sensibilidad como Dostoyevski (él lo declara hasta la saciedad), siente, dice, placer en el dolor. En el texto expone sin tapujos que, ante el dolor, el hombre se queja, gime, llora; muestra -como un actor ante el público, su público- que es, quizás, el más infeliz de todos los seres por la noción clara que le arrebata los sentimientos y se mofa de ellos. El dolor físico (leemos en el capítulo un ejemplo metafórico que el propio autor inventa, en el que un paciente siente un terrible dolor de muelas), ¿tiene sentido? Dostoyevski nos dice que sí. Con un SÍ nítido, sin fisuras. Luego agrega que quejarse o gemir (o gritar) de dolor, humilla la conciencia (quizás aquí, creo, el significado de conciencia lo podamos acercar al pensamiento de Sol Lewitt, porque este dolor, esta ineptitud del Yo, este saber que se sabe, deviene o implica un estar al tanto en la vida, un camino claro por donde tirar). Cuando leí y subrayé este trozo no pude menos de pensar en Jesús, en su sufrimiento, en el inimaginable dolor físico, real; también en el otro dolor, digamos místico, en el sentido trascendente, como trascendente sería en este caso, la visión única y escatológica de la Pasión. Entonces, me pregunto, nos podríamos preguntar si Jesucristo sintió humillada Su conciencia, la máxima expresión del amor que todo hombre puede manifestar. ¿Creía esto Fiódor? ¿Cómo, cuánto, cuándo, dónde, hablaba él con Él? Y he de confesar, como nuestro admirado escritor de almas reconoce de sí mismo, que siento una confusión vital, un desorden del que me cuesta mucho evadirme.

Me duele, me quejo, gimo, grito, y noto una voluptuosa (lo de voluptuosidad lo escribe él) inspiración que me llama a humillar no sólo al otro, sino a mí mismo. Y de esa terrible humillación, de ese tétrico agravio, brota el placer inefable y con sentido (para él).

Podremos o no estar de acuerdo con su pensamiento. Pero la verdad es que, con estas palabras no nos debería extrañar que un hombre como él haya sido capaz de traspasar el tiempo y los mundos con su lectura (transcripción matemática) profunda, diría abisal, de las almas de todos sus personajes. ¡Fascinante!

Estoy con Wittgenstein en que esa voluptuosidad, erotismo o apasionamiento de la que estamos tratando debería ser, tal vez, “el templo que sirva de contorno a las pasiones, sin mezclarse con ellas”; usted, sin embargo, diría, con Van Gogh, que lo que busca (con sus rojos y verdes) es “expresar la espantosa pasión de los hombres”.

Para terminar estos comentarios deberíamos hacerlo hablando de la escasa o nula confianza del hombre en sí (mismo) y de la falta imperdonable del amor propio, del que el mismo autor de Apuntes del subsuelo, nos anuncia; sin embargo, no podría acabar sin establecer, ante vosotros, la para mí extrema y extraña relación y solución que Dostoyevski nos proporciona para poder dejar de sufrir. Y lo decimos porque es muy clara la idea que más tarde, nuestras lecturas de Cioran así nos indican. Hablamos del suicidio. Dejar de dolernos eliminando la vida. Asistido o no, pero dándonos por vencidos y con la petulancia henchida al considerar que la vida, nuestra vida, es nuestra, que no hubo ni hay ni habrá esperanza ni trascendencia, que debemos elegir (y para ello nos habríamos de vestir con los ropajes de la cobardía) entre ser o dejar de ser. Ahí está el nicho topográfico de la Conciencia. Habrá que dejar que trabaje, ¿no?

Vale.


Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 214. Escuchar la voz interior. María Gabriela López Suárez



Voces ensortijadas
Escuchar la voz interior
María Gabriela López Suárez


Azucena terminó de amarrarse las agujetas de los tenis. Tenía que entregar unos pedidos de frutas y verduras que le habían solicitado. Trabajaba los fines de semana en la tienda de abarrotes de su prima Marcela. Los ingresos le ayudaban para apoyarse con los gastos de la universidad. Cursaba el segundo semestre de la licenciatura en Gastronomía. Azucena había decidido apoyar el esfuerzo que hacían en su familia para que ella pudiera estudiar.

—¡Marce, ya me voy a entregar el pedido de don René! Me llevo la carretilla, para que no la vayas a buscar —gritó Azucena, con la esperanza de que Marcela la hubiera escuchado.

Antes de salir Azucena revisó la hora, estaba en buen tiempo para llevar el pedido. Algo la hizo elegir cortar camino, pasaría por el área de andadores. En una mañana soleada como la de ese sábado, los árboles le darían la sombra que necesitaba para resistir el calor.
Emprendió el camino con excelente ánimo y a buen ritmo, se alegró que la carretilla no pesara tanto con el pedido. Por momentos pensaba que quizá el entusiasmo que sentía le ayudaba a llevar la carga de las frutas y verduras y por eso la sentía liviana.

A su paso observó cómo los árboles estaban mudando de hojas, una señal de que la primavera estaba cerca. El clima de ese día estaba mezclado, ráfagas de viento y un sol tan intenso que se alegraba de haber llevado puesta su gorra favorita, en color rojo, con la inicial de su nombre bordada. Era un regalo que le dio su tía Leti, mamá de Marcela.
Casi estaba por llegar a su destino, divisó a lo lejos una especie de alfombra en color rosa, el movimiento de las hojas en la parte alta de unos árboles la hizo alzar la vista. Observó cómo caían lentamente varias flores en tono rosa, al tiempo que ella se dejaba acariciar por el viento. La alfombra que había apreciado estaba conformada por las flores que yacían esparcidas en el suelo. Cuando pasó por ahí disfrutó mucho el paisaje. Se le vino a la mente esa sensación que la había llevado por esa ruta, fue como escuchar la voz interior, esa que a veces en medio del caos no le permitía aflorar.

En el menor tiempo posible Azucena había llegado a su destino, tocó el timbre en el domicilio de don René. No tardó en salir Martha, la hija de don René.

—¡Hola Martha! Traigo el pedido que hizo tu papá.

—¡Hola Azucena! Ahora le llamo, pasa y puedes dejar por aquí las cosas, sobre esta mesa, por favor —señaló.

Mientras Azucena sacaba las bolsas de la carretilla se percató que en realidad si llevaba bastante peso, sin embargo, no lo había sentido así, ni estaba cansada. Seguía sintiendo el entusiasmo con el que salió de la tienda. Don René recibió el pedido, le pagó, se despidieron y Azucena regresó a la tienda de Marce.

En el trayecto Azucena pasó nuevamente por el área de los andadores, contempló la alfombra de flores en tono rosa, sonrió. Vaya que era importante escuchar la voz interior, se prometió a sí misma que lo haría más seguido. Justo en ese momento, una ráfaga de viento se dejó sentir, para Azucena fue como una especie de abrazo que le regaló la naturaleza, en respuesta a la promesa que acababa de hacerse.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 214. Dos libros de Balam. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                       Polvo del camino/ 214

Dos libros de Balam
Héctor Cortés Mandujano

Mi amigo Balam Bartolomé, artista visual y narrador, me obsequió en pdf dos breves libros suyos: Batalla de ciervos (Taller de Ediciones Económicas, 2013) y The Spirit (Conaculta et al, 2014).
Las dos publicaciones son agradecibles y contemporáneos periódicos murales, donde la diversidad se reúne, por decisión del autor, para abrir las alas del cuento, de lo que quiere contar, de lo que cuenta visual y narrativamente. Balam mezcla sus saberes y reparte su talento en ambas categorías, como ejecutante y como consumidor de libros y de arte gráfico. Batalla de ciervos, por ejemplo, recibe su título del cuadro de Gustave Courbet que él disfrutó en París, por primera vez, e incluye textos suyos y de otros (Sasha Flores escribe, en inglés, “La lechera”, por ejemplo, y se reproduce una nota de El Universal).
Las páginas no buscan la unidireccionalidad, porque tienen fotografías, imágenes de variada conformación (que incluyen fotos de Pedro Infante llorando y Clint Eastwood tirando rostro, una mujer semidesnuda acompañada de policías, un burro vestido con playera y pantalón…), textos escritos a mano, que no son ilustraciones solamente, sino otro modo de contar.
Los textos suyos son anfibios: mezclan lo narrativo-cuentístico con el ensayo, la reflexión con las notas de viaje, Dice en “Su peso en oro” (p. 9): “En alguna parte del programa presentaron el caso de un gusano cuya forma y colorido semejaban caca de pájaro. Su color y forma, sorprendentemente exactos, le permitían confundir y evitar a los depredadores. Una mímesis pulcra. A mis ojos el bicho se volvió agraciadísimo: justo y puntual, perfecta y naturalmente inteligente. Era, a un tiempo, todo gusano y todo caca. Definitivamente estaba en lo suyo. O qué sé yo”.
Batalla de ciervos también tiene en su haber los enfrentamientos (“Tercera caída”) que Balam tuvo frente a los cuadros de van Gogh. El final del libro dice, con letras grandes y negras, “Hasta tú comes pan”.

The Spirit, dice su página legal, “es una publicación sin fines de lucro realizada para acompañar la exposición Revés del artista Balam Bartolomé, llevada a cabo en el Museo de Arte Carrillo Gil de la Cd. de México, en Noviembre de 2014”.
Sus páginas son también sorpresivas: una proclama de David Alfaro Siqueiros sobre el arte con ideología en bien del pueblo; la fotografía de un libro con una entrevista de Georges Charbonnier a Jorge Luis Borges, sobre la literatura, que, entre otras cosas, dice que no es el razonamiento lo más importante en el arte.
Tiene fotos con las puntas (distintas) de lápices (Pencil Story, de John Baldessari), un manuscrito de Rodulfo Bartolomé sobre el dogma y el culto, un texto (de un libro escaneado) que habla de la importancia de los signos gráficos en Japón, una caricatura, un recorte, otra página de libro, que es una rápida biografía de la vida desgraciada de Ambrose Gwinet Alarico.
Una dice, nada más: Su cuerpo no se encontró nunca. Y la firma L. A. de Bouganville. Lo que me regaló la suerte de gozar de estos textos fue “Niguo”, relato sobre Mario Rodríguez López, su tío abuelo, que yo recordaba leído por el autor en alguna ocasión que hablábamos, creo, de las rarezas de las personas, que son validadas en los artistas, pero no en la gente “común”. Escribe Balam sobre la personalidad de su tío Mario (p. 11): “Me viene a la cabeza otra frase suya, con la cual respondía a quien le reprochaba alguna acción disparatada. Declaraba, sucinto: ‘Soy al revés’ ”. Es lindo el texto, amoroso.
Hay fotografías diversas (una de sus papás), frases, ilustraciones, una nota sobre Duchamp y otro texto de Balam, “El Antiguo”, sobre Manuel, artista de pueblo y ladrón, hacedor de figuras que no nombraba (p. 15): “Los suyos son objetos cargados de brutal inocencia, de un misticismo radical, de una genuina necesidad de hacer. No los nombra pues no le interesa saber que son, pero sin duda son más que muchas otras cosas que tienen nombre. Quizá su valor radica en que, así como las cosas que habitan la Naturaleza, esas que hemos nombrado, son más que eso”.
Los dos libros breves son matrimonios felices entre la imagen y la palabra, entre dibujar y escribir, entre leer, ver y compartir… Gracias, querido Balam.


Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Estado de gracia 2. Obsesión con el miedo. Aleqs Garrigóz

               OBSESIÓN CON EL MIEDO
Aleqs Garrigóz


No lo dudes:
en ti vive un gusano inmortal.
Es lento, pero paciente,
y cuando él agoniza, agonizas tú también.

La ciudad está llena de ladrones
y no podrás dormir
seguro con tu propio pijama.

Respira aire para morir.
Porque olvidarás rápidamente el olor
de tu amante,
así como ya olvidaste
el paso lento del púber que fuiste.

Tus zapatos se atoran fácilmente en la escarcha.

Te vas sumiendo
en un pútrido sueño
que es el mecanismo más seguro
de la muerte,
tan sólo indicando tu fecha de nacimiento
en los calendarios de cualquier duda.
Y el pánico es ya inabarcable
como el espacio entre el universo conocido
y el desconocido.




[DEL POEMARIO INÉDITO NUEVAS CONSIDERACIONES ACERCA DE LA MUERTE]

Contacto:

regresoalestadodegracia@hotmail.com

Aleqs Garrigóz
Aleqs Garrigóz

Sobre el autor:

Aleqs Garrigóz

Puerto Vallarta, México; 1986.

Poeta y periodista cultural

Es maestro el Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Guanajuato. Publicaciones: Abyección (2003, poesía). La promesa de un poeta (2005; Premio Adalberto Navarro Sánchez), Páginas que caen (2008, 2013; Premio Municipal de Literatura de Guanajuato) y La risa de los imbéciles (2013, Ganadora del I Concurso Internacional de Poesía de Emergente Nauyaca) y El niño que vendió su alma al Diablo (2016). También han sido premiadas sus obras Galería del sueño (Premio Espiral de Poesía  2011, de la UG), En la luz constante del deseo (Premio Espiral de Poesía 2012, de la UG), Despiértame en otro mundo (Mención Honorífica en el I Concurso de Cuento y Poesía de la Universidad Marista de Querétaro, 2013),  Penetrado por el amor (Mención Honorífica en el V concurso editorial “El mundo lleva alas”, 2012), Resplandor del oro amanerado (Tercer premio en el VI Concurso Nacional de Poesía María Luisa Moreno, 2014). Sus últimos tres libros publicados son: Los muchachos (2018), El primo (2019) y Penetrado por el amor (2019)

Ha sido antologado en una treintena de antologías en diversos países. Ha publicado poemas en medios impresos y electrónicos de México, España, Colombia, Estados Unidos, Colombia, Argentina, Honduras, Perú, Nicaragua, Chile y Suecia. Poemas suyos han sido traducidos a cinco idiomas.

Cajón de rubores. 42. Apuntes del subsuelo 3. Antonio Florido





                                                                   

Apuntes del subsuelo (3)

DIFERENTES TIPOS DE HOMBRES Y SUS CONCURRENCIAS

Capítulo III

¿Cómo se venga la gente que es capaz de hacerlo?

Nos inquieta esta pregunta. ¿Usted es capaz, sería capaz de vengarse si le dieran una bofetada, merecida o no? ¿Rumiaría esa posibilidad, aunque fuese futura, en el rincón de sus pensamientos? ¿Sufriría por ellos/por ello? ¿Durante cuánto tiempo entiende que sería capaz de doblegar a su mente y obligarla a olvidar? ¿Gozaría, tal vez, con la enorme presión de saber que más pronto que tarde le llegaría esa opción, ese ingenuo placer, esa sutil pero necesaria caricia en el alma, ese gozo efímero?

En este tercer capítulo (que daría para mucho) Dostoievski nos presenta a varios tipos de hombres sobre el escenario de su reflexión, esto es, a saber: al hombre sencillo o normal (auténtico y envidiable), al hombre de acción, al hombre (su antítesis) hipersensible, es decir, al pensante, al/el que casi nunca o nunca hace nada, porque se calma, a esos tipos que, como antes dijimos, se les envidia…

¡Todo un panorama! ¿No lo ven?

Los hombres pensantes no creen en los retos. Si se les presenta alguno (un muro de piedra, como el autor “metafora”, o “metaforea”), no les echan cuenta. Ven el muro y lo más que pueden hacer es reír como locos, a carcajadas. No les merece la pena perder o dedicar parte de su vida a tratar lo imposible.

(Recuerdo que, hace mucho, cuando era aún uno de los típicos estudiantes de esos que pasaban desapercibidos, establecía una charla intrascendente con algún compañero; me limitaba a aparentar que escuchaba sus argumentos, a simular (mentir) que esos sus testimonios los comprendía; más todavía, que estaba totalmente de acuerdo con la tesis que le salía entre babas, de tanto entusiasmo, a pesar de entender en mi interior que no compartiría ni un mísero café con el susodicho, que no deseaba eso, perder mi tiempo; ahí comencé ¿treinta años ya, cuarenta?, a llamarles hombres-muro, porque era imposible moverlos ni un ápice de su centro de masas, me explico.)

Luego me resulta extremadamente interesante el otro arquetipo de hombres: los hipersensibles. Para los hombres sencillos, los auténticos, según Fiódor, para esos hombres de acción y humildes, no existen los muros, los muros entendidos, esto es, como retos, ya lo dije antes, creo. Sin embargo, el bicho raro, el hipersensible, el pensante, el hombre-probeta, por usar sus mismos términos, se esconde en el lugar más inhumano, en el subsuelo, en la habitación aquella a la que nunca nos atrevimos a entrar, por el pánico que nos envolvía, por el dolor de sentir demasiado: son, para él, los hombres ratón. Ese hombre, ese tipo de ser, guarda, atesora una paciencia más dura que el granito, espera, sabe hacerlo, vive y es capaz de aguardar hasta el último suspiro recordando aquel hecho o persona tan distante que le produjo ¿le produjo? una insatisfacción, digamos, imborrable, imperdonable. Mientras ese tiempo transcurre, se recrea constantemente en sus despechos acumulados; este ser sabe que su actitud es despreciable, estúpida, pero “amorea” con ese estado de tremenda majadería, goza y paladea el cercano fruto de su espera, de su sacrificio.

¿Todo esto por una venganza a la que considera justa?

El hombre auténtico, el que vive en plena consonancia con las leyes naturales, debido a su innata estupidez, invoca a esa Justicia Natural para que le saque del arroyo en el que se ha hundido; el hipersensible, no. Este se hunde en el abismo, enseña los dientecillos, roe, se rodea de constantes lodos que le ensucian el rostro, ríe, goza o así lo anhela, ese hombre se refugia del mundo en su terrible debilidad porque todo le sacude, todo le enfurece, todo lo odia, hasta la propia imagen de ser como ser, de ser lo que es. Vive en su mazmorra sin espejos ya que no soportaría jamás enfrentarse a sí mismo. Pero, ¡oh Dios, qué fascinante!, anota en su cuaderno gordísimo sus inagotables deseos de beber el lodazal nauseabundo en el que vegeta. Y vive imaginando, incluso imaginando que imagina increíbles venganzas, y con esa actitud sobrevive en un mundo para él insoportable, ruin, asqueroso. No perdonaría jamás, no sabe, no sabe saber, no quiere (algunos ni siquiera se detienen a pensar en qué consiste eso del perdón, o quizás ni hayan oído en su vida esa palabra, esa preñez de la acción, ese desliz de darse sin más, tal y como lo percibe.)

Dostoievski nos apunta que este tipo de hombre sabe que sufrirá más con sus tentativas que con su desenlace probable. Lo sabe. Entonces, digo, ¿por qué?, ¿Por qué todo este desquiciamiento?

(Era adolescente. Tonto. Como todos los de mi época (o casi todos, perdonen). Un buen día, ahora no recuerdo exactamente el o los motivos, entré en mi cuarto, quité la almohada de mi cama, la arrojé afuera, al salón adjunto, me acosté. No salí de mi habitación en dos años. Día tras día. Noche tras noche. Oyendo los murmullos de mis padres. Quería, eso sí lo grapé en mi alma, quería quererlos, quererlos más, amarlos hasta la extenuación. Mi interior era consciente de que lo hacía, sin apariencias ni otras absurdas convicciones, los amaba hasta dar la vida, ¡mi vida! por cada uno de ellos, los admiraba, los necesitaba. Entonces, ¿por qué renuncié al mundo durante tanto tiempo, por qué perdí parte de mi vida? Cuando algo (tal vez mi hipersensible agonía) me dijo que saliera, el mundo había cambiado, todo. Mis papás habían envejecido, lo noté al momento. Él me miró, luego volvió la cabeza hacia los ojos de mi madre, sonrieron como sólo lo hacen los padres sensatos, amorosos, deseables, únicos. Y, sin poder remediarlo, corrí enfurecido conmigo mismo y los abracé con una fuerza extraordinaria que me salió no sé de dónde, no me pregunten. Así fue.)

Nota: mi almohada, sobre una de las estanterías, olía a hermosa ausencia.)

Aclaración: En el título, la palabra Concurrencia, tómenla sólo en el sentido computacional, por favor.


Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 213. Ojo de jaguar, hijo jaguar. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                   Polvo del camino/ 213

                     Árbol-Jaguar/ 9

               Ojo de jaguar, hijo jaguar
                Héctor Cortés Mandujano

Efraín Bartolomé es uno de los grandes poetas mexicanos vivos.
        Nació en Ocosingo, Chiapas, en 1950.
        Su primer libro de poemas, en 1982, se llama Ojo de jaguar.
        Si caminamos las primeras 23 páginas encontramos árboles, animales salvajes, líneas perfectas: “Mil monos en manada sería mi pecho alegre/ Un ojo de jaguar daría de pronto/ certero/ con la imagen”.
Dedica un poema a su hijo, le cuenta: “Días atrás los chicleros mataron un gran tigre: me dolió,/ pero me gustaría llevarme la piel para que en ella duermas".
El felino se muestra en varios poemas: “Doy gracias a la lluvia./ Gracias a la mañana que avanza con paso sigiloso./ Gracias al jaguar que dejó su huella sobre la tierra blanda de la selva”.
En su poema “Jaguar”, lo llama “Perfecto hijo del día y de la joven sombra”.
Aún más: llamó a su hijo Balam: “Mi hijo viene guacamaya/ viene mi hijo quetzal/ viene el tigre niño/ Viene Balam Balam Balam”.
Balam ahora es adulto y artista visual. Lleva en su nombre el mito, la impronta felina, la selva…


[Los versos entrecomillados corresponden a “Casa de los monos”, “Cartas desde Bonampak” y “Jaguar”, de Ojo de jaguar, de Efraín Bartolomé, edición conmemorativa a 25 años de su aparición, Unicach-Casa Juan Pablos, 2007.]
Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 213. Ver con las manos y el corazón. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas

Ver con las manos y el corazón
María Gabriela López Suárez


Consuelo salió temprano de la universidad, la última clase la habían suspendido porque su docente de artes visuales tenía una situación de salud. A su grupo le vino bien esa sesión libre porque estaban realizando un trabajo final, era una exposición que les traía varios días con desvelo. Aunque era una actividad grupal cada estudiante tenía una tarea que abonaría al trabajo.

La encomienda que le habían dado a Consuelo era aportar materiales de reuso que pudieran utilizarse en un par de obras con relieve, una fotografía y una pintura con la temática de impactos del cambio climático. Consuelo estaba recién recuperada de un fuerte resfriado, eso la traía un poco desmotivada y angustiada a la vez, porque tenía pocas ideas sobre qué materiales podría contemplar para la tarea.

Sin pensarlo salió pronto de la universidad, se despidió brevemente de sus amistades y se dirigió a su casa. En el trayecto pasó por un pequeño parque, como si una especie de imán atrapara su atención aminoró el paso y se sentó en una de las bancas. Observó que había niñas y niños corriendo alrededor de una pequeña fuente, se quedó ahí unos minutos y con atención percibió cómo luego de un par de vueltas se detuvieron frente a la fuente. Dos niños más pequeños comenzaron a tocar con sus manos la textura de la fuente, una niña más ayudada por su mamá se paró de puntitas e inclinó a tocar el agua que salpicaba. Consuelo se percató que el rostro de la niña dibujaba una sonrisa, al tiempo que nuevamente pedía mojarse las manos.

Consuelo siguió contemplando las diversas escenas que había en el parque, una pequeña ardilla que bajaba por un árbol de almendras y unos zanates que se deleitaban caminando sobre el pasto verde recién regado. Las risas de las niñas y niños que se alejaban del parque la hicieron volver la vista a la fuente. Se acercó un poco, deseó ser una de esas niñas que habían estado corriendo y hacer lo mismo, tocar la fuente, mojarse las manos.

—¿Y por qué no? Vamos, sin pena —sintió como si la voz de su niña interior le llamara a seguir sus deseos.

Una vez frente a la fuente Consuelo comenzó a reconocer la textura de los bordes, como siguiendo sus instintos cerró los ojos, intentando imaginarse como niña descubriendo los materiales de qué estaba hecha la fuente. Luego se detuvo, aún con los ojos cerrados se inclinó a tocar el agua, ahí comprendió la sonrisa de la niña que le había antecedido, el agua estaba fresca, justo para mojarse el rostro en un día caluroso.

—¡Lo tengo! Ya sé que materiales podría usar para las obras —exclamó emocionada. Su paso por el parque y contemplar a la niñez le hizo recordar que también es importante ver con las manos y el corazón. Eso propondría a su grupo, mientras tanto comenzó a identificar algunas hojas secas y piedritas que encontraba a su paso, eran algunos de los materiales que había elegido usar.




Photo by Mahesh Rai on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 41. Apuntes del subsuelo 2. Antonio Florido





                                                                   

Apuntes del subsuelo (2)
                       Antonio Florido
                


LA CONCIENCIA Y OTRAS ENFERMEDADES

Capítulo II

La primera pregunta que uno lee en este capítulo es por qué ni siquiera pudo cambiarse en insecto. Pienso en Kafka, y en su famosa historia. Es normal. Escribir es una cadena que te encadena a lo de antes, a ti mismo, incluso esta misma cadena te aferra a lo que uno supone el porvenir, eso es, dejar un legado, o simplemente escribir como sea porque como sea te da la gana. Aun así, es imposible no pensar en Franz. El autor intentó escapar de sí mismo, convertirse en cualquier cosa, de ahí este ni siquiera. Luego nos habla de la conciencia. No depura, sino que nos saca de pronto este concepto, como si en realidad le importase. Esta experiencia subjetiva del conocimiento, en este caso, de su propio yo, y de los elementos que le rodean en el día a día es, dice, extremadamente sensible, de manera que todo le influye, todo lo percibe, todo le duele, y seguramente experimentará también un deleite (¿exquisito?) en esta realidad suya, en esta mezcla de sufrimiento y gozo, de ser y no ser, en esta lucha singular y única, porque única se nos muestra en cada ser, en este constante dudar (lo vemos notoriamente en el caso de Raskolnikov, ¿recuerdan?), en esta zozobra mareosa en la que intenta, agitando los brazos, como un ser siniestro y angustiado, salvar su alma.

Atención, memoria y pensamiento se condimentan con las palabras de su inseparable Grigorovich, cuando, en la penumbra de ese soberao que a duras penas podían costearse entre los dos, le aconsejaba que dejase de una vez de escribir en revistas de mala muerte. Tal vez Fiódor llevase grapadas esas palabras hasta el final de su vida, quién sabe.

Odia a Petersburgo. No lo digo yo. Así lo ha escrito. “La ciudad más abstracta e intencional de todo el globo terráqueo”. ¿Trabajo en equipo? No. No podría ser de esa forma. Fiódor es individuo. Es solitario. Es pobre. Es sumamente inteligente (más de una y de dos y de tres veces se jacta de ello, con lo que se nos muestra, más allá de toda índole ficcional, un hombre que vive (que sufre) la agonía de saber que es. Al que no le importa, como a la mayoría, afirmar lo que de verdad cree y siente y experimenta, en el lodazal nauseabundo de las gentes de su época.

Me resulta interesante el punto de vista de Dostoievski de que su hipersensibilidad la vea como una enfermedad. La percepción de la propia conciencia, como algún síntoma patológico de algo oculto que le roe y destruye. “Cualquier dosis de conciencia es una enfermedad”.

Compartimos con él esa vergüenza que nace en el momento en que alguien se fija en ti y crees que sabe todo sobre ti. Me sobrevino en la niñez tontuna, cuando te tratan como eso, como si fueses un tontuno niño. Luego leí sus primeras páginas y caí en la cuenta de que no era el único, ni por supuesto el primero, ni tampoco, por supuesto, el último, pero esta afirmación en lo que yo pensaba era lo concreto (no en el sentido latinoamericano) y me daba un asco insoportable. Cuando más tarde noté que los árboles habían cambiado de color y que sus cortezas se me mostraban ahora como más arrugadas, pensé en lo anterior y me dije que nada había cambiado, que el lodazal seguía ahí, siempre en la línea de mi camino, y que ese barro tan plástico me obligaba a cambiar de rumbo, a tomar un atajo (a mentir) constantemente, para conseguir mi propósito, el de vivir con decencia, arrostrando ese lamento quejoso por poder respirar; me cercó también el conocimiento de que debía pedir perdón por decir lo que quería, lo que sentía; pedir perdón por observar más que los demás, por oler el campo sobre el alquitrán de las calles, por imaginar un desnudado pudor y no distinguir el odio anclado en mí desde el inicio. Al hombre que espía de soslayo, al hombre que murmura, al hombre que pierde el tiempo de su vida sin darse cuenta. Odio al simple sonido de las palabras cuando estas palabras están de sobra porque de nada sirve disentir, ni asentir, como un loco, como un loco suelto, como Efímich, como Nejliúdov, como Anna Akímovna, la señorita entre las más señoritas del reino de las mujeres, a la que la avergonzaba depositar sobre la mano borrosa del desarrapado una simple moneda, una limosna; la que sufría porque ellos, los desfavorecidos, los pobres de los pobres, resistían el hambre propia y el hambre de sus buenos hijos.

Por tanto, este hombre vive en un disimulo que fluye como la sangre de sus venas. “Me roía a mí mismo, a dentelladas”. Un poco más adelante nos expresa que tener conciencia de su propia conciencia, de esa hipersensibilidad de la que hablamos al principio, le produce una especie de deleite. Y continúa hablando de su acendrado amor propio, tanto amor hacia sí que estaría alegre si supiese, a ciencia cierta, que se ha convertido, de la noche a la mañana, en un desalmado, en un orgullo de hombre que, perdido, se encontró en el espejo diurno de su realidad. “También la desesperación tiene sus momentos de placer intenso”.

Termina este capítulo segundo con la culpa. ¿La culpa de ser feliz, de ser infeliz, como Tolstoi y Sofía; la culpa de haber nacido, de tener que morir aunque se quiera, sí, esto digo, aunque se quiera; la culpa por haber olvidado que se vive con los demás, en un rebaño disperso, o concentrado; la culpa por qué, por mirar, por hablar, por sentir y saber, por sufrir, por entender que este drama irrisorio de la vida no es más que una mascarada; la culpa por tener que callar, obedientemente; la culpa aun sabiendo que no has hecho nada, que eres y has sido siempre inocente, honrado, pobre, bueno?


Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 40. Apuntes del subsuelo 1. Antonio Florido





                                                                   




Apuntes del subsuelo (1)


PRIMERA PARTE: SUBSUELO
Capítulo I

El texto dice: “Soy un hombre enfermo…Soy un hombre despechado. Soy un hombre antipático.” Vemos que, al contrario del resto de escritores (me refiero a esos escritores vulgares), los que consideran que repetir las mismas palabras en tan poco espacio no es estéticamente admisible, Fiódor lo hace, y lo hace con una naturalidad que asusta. Añado aquí que las mentes claras se expresan de manera clara y que escribir con suma naturalidad es lo más difícil para un escritor. Luego añade: “Creo que padezco del hígado”.

Este creo fue tomado más tarde por Camus cuando comienza su novela El extranjero y dice que cree (no está seguro) que su madre ha muerto, pero que no sabe a ciencia cierta si murió hoy mismo o lo hizo ayer. (Es un dato al menos curioso). A Fiódor, es decir, al personaje que inventa pero que no cabe duda que se refiere a sí mismo, no le importa nada el mundo (en sentido religioso); no le produce ninguna inquietud si su cuerpo está sano o no. Sólo le interesa el interior del ser, esto es, saber que es, como afirma más adelante, supersticioso, despechado, antipático, grosero… O sea, un hombre que vive hacia adentro en vez de hacia afuera, como la mayoría de nosotros, hombres y mujeres rabiosamente actuales. (Sonrío leve y cínicamente.)

Confiesa que fue funcionario. Luego apunta que fue un mal funcionario. Salvo en casos especiales, agrega, cuando el cliente que acude a la Administración para requerir sus servicios es tímido. En ese caso, dice, me divertía haciéndole jugarretas malintencionadas (…y sentía un placer inmenso cuando conseguía disgustarlo…) y esta actitud suya la compara al hecho de espantar gorriones. Noto, de esta forma, un hombre disgustado consigo mismo y con la época que le ha tocado en ciernes, también con la atadura a esa enorme

Administración para la que trabajaba con el único fin de ganarse el sustento. Es decir, un ser triste, descontento, malhumorado, al punto de que es capaz de alejarse de sí mismo para tomar perspectiva de su circunstancia y hacer brotar la risa sarcástica de su tétrica figura. Más o menos lo que muchos de nosotros hacemos cuando tenemos la mala suerte de dedicarnos a algo que no nos gusta nada, esto es, pienso, la mayoría.
Aquí me siento inundado de múltiples sentimientos. Por un lado, mi alma se une a su alma. Entiendo que alcanzo a comprender lo que siente. Le tomo del brazo y con la mirada le indico que tome asiento. Afuera no brilla el sol; es un día nuboso, pero aquí, en el interior del café, se está bien.

-Un café solo y en vaso largo, con dos sacarinas. ¿Tú…?

-Nada.

-¿Nada?


No me responde. Mira al tablero de la mesa y entrecierra los ojos.


-Querido Fiódor, ¿Acaso nunca te conmueves, dime?


Fiódor levanta su frente, abre los ojos y dice: “Sí. Mi vida es un constante sufrimiento. Por mí. Por los demás. Por la trágica tesitura en la que Dios nos ha colocado…”

Guardo silencio. Él también guarda silencio. Un silencio grave, espeso, irritante. Aprovecho este hueco en el tiempo para seguir.
El personaje nos comenta que de vez en cuando miente, y cuando le pregunto el motivo de esa postura me confiesa, en un murmullo, que lo hace para divertirse.

-¿Por qué?

-Porque el mundo no me entretiene. Lo hago con las personas, en una especie de venganza por ser como ellos, por ser nacido como ellos, porque todavía no he logrado convertirme en un insecto. Pero no me preguntes más porque tú también te arrinconas como yo, bajo el suelo, con tu cuerpo ovillado, con el ansia de desaparecer, de hacerte tan pequeño como la felicidad que nunca logro.

-¿Qué te retrae?- le pregunté.

Tomó un sorbo de nada porque nada había pedido, yo acabé lentamente mi primera tacita de café.

-El remordimiento. El remordimiento por no poder ser nada, por no poder ser nadie, por no querer ser nadie, ¿entiendes? El pesar. Me puede ese peso tan gigante de la vida. Vosotros, tú mismo, deseáis. Yo ni siquiera tengo esos inútiles deseos humanos. Recuerdo a mi padre, a mi maldito padre. Recuerdo a mi difunta amada, a mi difunto hermano. ¿A quién, de verdad, recuerdas tú? ¡Dime! Y todos estos sentimientos me bullen y roen por dentro, me desquician, por eso me tomo a chanza las ocurrencias de esos seres vulgares e ignorantes que acuden a mi mesa con los papeles en las manos. Me río. Me divierto con eso, con algo. Cuando el cliente me cae bien entonces cambio y le recibo con gracia y amabilidad; es cuando me transformo en un buen funcionario. Por eso mentí antes. ¡Pero vámonos de aquí, ya te he abierto el alma, qué más quieres!

Fiódor, (el personaje) se levantó serio, apuntó con el gesto a que le siguiera. En la calle soplaba un viento raro, como de humo, con el tranvía gateando la cuesta, como en aquella Rúa dos Douradores, donde hablé con Fernando, hace mucho.



Imagen proporcionada por el autor.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 212. La aparente inmovilidad. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                    

                        Polvo del camino/ 212

                       La aparente inmovilidad
                       Héctor Cortés Mandujano

  Ningún animal doméstico es capaz de una quietud igual a la de un animal salvaje

                                                            Isak Dinesen,
                                                    en Memorias de África

Cuenta Isak Dinesen en Memorias de África (RBA, 1993) que hizo un estanque cerca de su casa, en África. Un día (p. 161): “cacé un cocodrilo en el estanque, fue algo muy extraño, porque debió de vagar unas doce millas desde el río Athi hasta llegar allí. ¿Cómo pudo saber que había agua en un sitio que nunca la había tenido antes?”.
Mi primo Paco Méndez nos invita a comer a la Sima de las cotorras, municipio de Ocozocoautla. Mi mujer acepta encantada el garrobo en salsa de tomate (yo como otra cosa) y pregunta cómo llegó esa delicia hasta sus platos.
       Paco nos cuenta que hay, dentro de las cuevas rocosas de la sima (140 metros de profundidad y 160 metros de diámetro), muchas iguanas y garrobos. Él estaba justamente en la sima de la Sima cuando escuchó jadeos de estos reptiles que tal vez estaban en una ceremonia de apareamiento o nada más peleando. Oyó el ruido de un objeto caer. No era una piedra, evidentemente. Se dirigió con rapidez al lugar donde suponía había caído algo y halló a dos animales en posiciones distintas: el garrobo, en agonía, por las heridas que le habían hecho allá arriba y por el golpazo, la caída de tantos metros, y una boa constrictor que iba en su dirección a comérselo.
Lo que le sorprendió fue cómo el ofidio pudo darse cuenta, de forma tan inmediata, de que lo que había caído era un bocado apetitoso. Paco, que no tiene miedo a las serpientes, se le puso enfrente para que no pasara y le ganara lo que él también consideraba una comida apetitosa. La boa, entonces, trató de buscar otro camino, que Paco también bloqueó, sin dañarla, sin agredirla.
No tuvo más, el pobre reptil decepcionado, que subirse por el tronco de un árbol e irse a rumiar su fracaso. Es decir, vuelvo a la Dinesen: la quietud de un paisaje guarda el misterio de un sinnúmero de animales –de todos los tamaños, de todas las especies– que están al acecho, en una inmovilidad expectante, de que algo ocurra para ponerse en marcha y atacar o ser atacado.
Mi primo, triunfante, guardó el garrobo en una bolsa y mandó que lo prepararan para su propia degustación y la de mi mujer. Él también, dado que vive en un entorno natural, tiene la intuición (no la ha perdido) para esas minucias que hacen ganar o perder, ser el cazador o la pieza cazada…



Video: Paco Méndez.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com