Voces ensortijadas 219. Salvemos el agua. María Gabriela López Suárez


Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Salvemos el agua

Leticia había puesto mucha atención en lo que había escuchado en las noticias de la televisión referente a la escasez del agua que se hacía presente en muchos lugares. Observaba los rostros de Lucia y Joaquín, su mamá y su papá, que habían retomado el tema diciendo que en algunos municipios cercanos a donde vivían la gente tenía carencia de agua. Seguía atenta en la conversación, mientras degustaba la sopa que le habían servido para la comida. A su lado derecho estaba sentado Daniel, su hermano menor quien apenas iba a cumplir los cinco años. Leticia era un par de años mayor que él.

Al terminar de comer Lucia levantó los platos y vasos, Joaquín se dispuso a lavarlos. Mientras Leticia veía a su papá lavar los trastes seguía pensando en el tema del agua, se le vinieron a la mente algunas de las recomendaciones, reusar el agua que saliera de lavar los trastes para depositar en la taza del baño. Evitar desperdiciar agua al lavarse las manos, a la hora de bañarse, al lavar los coches y al limpiar las banquetas.

Leticia fue a buscar a Daniel, quien quitado de toda preocupación estaba sentado coloreando un libro de cuentos que había encontrado en su cuarto, tenía las crayolas y colores regados al lado de la mesita en que se apoyaba.

La mente de Leticia estaba buscando de qué manera su familia y ella podrían ayudar a que el agua no se acabara, al ver a Daniel se le vino a la mente que podría poner algunos letreros y pegarlos en ciertos lugares. Daniel sería su aliado, aunque aún no leía ni escribía le pediría apoyo con algunos dibujos, él era muy bueno en eso. Y al final le diría a su mamá y papá que les ayudaran a pegar los letreros en las calles de su colonia .

Cuando Daniel se percató de la llegada de Leticia levantó la vista y le dijo,

—¿Leti quieres colorear conmigo? Ven, siéntate, aquí hay más colores.

—Bueno, un ratito, Dani quiero que me ayudes a hacer algo.
Daniel la quedó mirando, hizo una pausa y preguntó

—¿Tienes otro libro de cuentos para colorear? ¿O en qué te ayudo?

—Tengo un plan para que ayudemos a que el agua no se acabe. A mí me da mucha tristeza que hay mucha gente que no tiene agua, ni para bañarse, lavar su ropa, regar sus plantitas. No quiero que nos pase eso.
Daniel se dio cuenta que el rostro de su hermana estaba triste, a él no le gustaba verla así.

— No te pongas triste, yo te ayudaré para que no se acabe.
Leticia le explicó el plan que tenía. Mientras ella escribía los letreros, Daniel haría unos dibujos para poner en cada uno de ellos. El primer letrero que hizo Leticia decía Salvemos el agua, Daniel le puso unas gotitas de agua que estaban tristes.

—Oye Joaquín, pero qué silencio hay en la casa, qué travesuras estarán haciendo Dani y Leti.

—De seguro están entretenidos jugando, no te preocupes Luci, voy a buscarlos.

Al caminar rumbo a los cuartos Joaquín escuchó la conversación,

—Están quedando bien bonitos los dibujos Dani, voy a remarcar los letreros con las crayolas —dijo Leticia.

—Vaya, vaya, si que están entretenidos, a qué están jugando, ¿me invitan?

—Papá, Leti tiene una gran idea para que el agua no se acabe. ¿Nos ayudarás?

Joaquín escuchó y antes de que respondiera Leticia le dijo,

—Sí, papá, escuché hoy en las noticias que el agua se puede acabar, pero todos podemos hacer algo para ayudar, Dani me está ayudando, mamá y tú también lo pueden hacer.

En eso estaban cuando Lucia se asomó al cuarto,

—¿Hay reunión de familia y no fui invitada? ¿Y estos dibujos? S-a-l-v-e-m-o-s e-l a-g-u-a.

Leticia les explicó a Lucia y Joaquín el plan que había pensado de cómo podían ayudar. Sin dudarlo, se unieron al trabajo de Leticia y Daniel. No solo les parecía una muy buena idea sino que también era importante que desde la niñez se escucharan y respetaran las voces, opiniones y propuestas de cada niña y niño, sobre todo cuando se trataba de abonar para el cuidado de los recursos naturales.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 219. La sabiduría del Dalai Lama. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                      
Polvo del camino/ 219

La sabiduría del Dalai Lama
(Minificción)
Héctor Cortés Mandujano

El caminito de llegada evidenciaba nuestro amor por los árboles y las plantas.
El porche estaba lleno de flores multicolores, macetas, maceteros colgantes, arbustos de variado verdor.
La casa estaba rodeada de profuso bosque.
Yo estaba a punto de bañarme cuando sonaron las campanillas que anunciaban la presencia de alguien frente a nuestra puerta.
Mi mujer había tomado el baño antes y ahora se secaba el pelo y aún iba a vestirse.
Fui a abrir la puerta, con la toalla enrollada a la cadera.
Me sorprendió la visita: ¡Era el Dalai Lama!
En su rostro bailaba una sonrisa. Parecía sentirse a gusto viéndome, aunque yo supuse después que no me miraba. La idea básica es que no existimos; somos los seres sintientes, igual que el mundo, una ilusión. El Dalai no se sonreía conmigo; veía a través de mí, evidentemente.
Pensé que su arribo a casa tenía que ver con mis lecturas sobre el budismo, que por esos días había incrementado.
Me sentí incómodo con mi atuendo y lo conduje a la sala. Le dije que volvería en un momento y lo dejé allí. Cuando llegué al cuarto mi mujer ya estaba lista y yo decidí bañarme.
Lo hice lo más rápido que pude y busqué libros del Dalai, para que me los firmara, y salí con la emoción de saberlo en casa, el entusiasmo a flor de piel, las mil preguntas que haría a este hombre bendito y sabio.
No lo hallé en la sala y me asomé en la cocina, donde oí ruidos. Era mi mujer, quien tomaba un vaso de agua.
—¿Y el Dalai?
—Se fue –me dijo, radiante–, qué hombre tan simpático.
—¿Simpático? No, mi vida, es el hombre más sabio del mundo.
—¿Ah, sí?
—¿Y por qué se fue?
—No sé, dijo que tenía prisa, que sólo había pasado un momento a saludarnos.
—Qué pena, tenía tanto que consultarle. ¿Le preguntaste algo? Él te pudo contestar cualquier duda sobre la vida y las sucesivas vidas, la muerte, la meditación, la paz, el amor, el perdón…
—No –me dijo mi mujer, como censurando mis trillados temas–, no le pregunté eso; hablamos de un platillo que le gusta y me dio una receta maravillosa para guisar setas; también me regaló esta raíz que traía en una de las bolsas de su ropaje (me enseñó una especie de garra desmayada). Dice que es buenísima para el dolor de cabeza…
—Mi amor –le dije–, es que como si viniera Albert Einstein y le preguntaras sobre cómo se hace el dulce de calabaza.
—El problema –me dijo condescendiente, con mirada ausente– es que tú ves al Dalai como un hombre famoso y yo como lo que es: un viejito pelón, vestido con enaguas…
El comentario irrespetuoso de mi mujer puso en mi alma tan extraña desazón que abrí los ojos, desperté, y no supe si yo era el Dalai soñando una vida de hombre normal (con una mujer de lengua filosa) o un hombre normal soñando las eternas tonterías de siempre…
Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 49. La caída de un hombre. Antonio Florido

"Despacho de Dostoievsky (museo)". (Fotografía proporcionada por el autor).

YO VI MORIR A DOSTOIEVSKI

Capítulo II

         

LA CAÍDA DE UN HOMBRE

En la sala de trabajo de Dostoievski reina el silencio. El hombre escribe. Veo con claridad sus manos aviejadas, sus dedos afanados y un poquito retraídos, también su espalda aparece volcada hacia un papel a medias, una frente amplia y despejada adorna su conocimiento, y sus ojos vivos, vivos y negros, vivos y negros y profundos, como dos pozos ciegos y hondos. Nadie me observa por aquello que dijimos de la fantasía y la cordura, creo que me entienden. Estoy sentado lejos de él, apartado en una de las esquinas, junto a la ventana que da al cruce de calles, aunque él, el hombre, el artista, el ser quebrantado por tantos recuerdos, está tan concentrado que no repara en mí y no retira la mirada de ese pliego ancho y duro sobre el que insiste en una creación muy bella. En su mano diestra sostiene una pluma bien cortada; al lado, sin embargo, Anna le coloca cada día un lapicero, por si a su marido le diera alguna vez por emplearlo, aun conociendo de antemano que él siempre se negó a hacerlo, ya que, como un niño, se encapricha en su pluma recta y en su cortada pluma, como si se tratase, eso es, insisto, de un mocoso antojadizo, como si en su imaginación aprisionada apareciese de alguna forma esa tibia y mínima sospecha―con el desasosiego aferrado al nervio―de que todos sus pensamientos podrían, de darse el caso, correr el riesgo de evanecerse sin remedio. Fiódor está ultimando uno de sus artículos para el diario. O tal vez se trate de su obra definitiva, o de otra queja del alma que le llama y le necesita y le incita a escribir y a escribir, como un loco, un loco de Dios, un trastornado por sus demonios, o por tanta inquietud deslumbradora. De su testamento; a lo mejor piensa que debe terminar ese texto inconcuso, ese pliegue que no tuvo nunca tiempo de redactar; quizás, quizás se trate de eso tan sencillo, como a veces, en una noche vaharada, le confiesa en puridad a la esposa, con una delicada exquisitez en los labios, con un amor desleído y sobrante, sobre ella; quién sabe, quién podría a estas horas de la noche averiguar si lo que desea revelar este hombre no es más que el avance imparable y gozoso de Los hermanos

Levanta la cabeza del papel, toma su caja de cigarros, la abre como si estuviese descubriendo un pequeño tesoro, sonríe, atrapa un cigarrillo entre sus dedos temblones y lo enciende y entonces, en la penumbra del despacho, en la sustancia misteriosa y mágica de esa mística creada, la densa imaginación del autor cobra vida y, desde mi asiento, la puedo ver y casi tocar o imagino que lo hago o tal vez es mi deseo el que lo enciende todo, ¡vaya usted a saber!; me refiero a las ideas, a los adjetivos juguetones y saltarines y fríos y negros, a los verbos que hacen lo que hacen; quiero entender y hablo―porque lo necesito como el aire que respiro―de sus aspiraciones y logros, de sus infortunios, de los recuerdos amasados durante toda una vida…, todo se transforma en estos momentos maravillosos en un ramillete de luz esplendente y parece como si en vez de dos velas encendidas sobre la mesa hubiera dos soles incandescentes en el espacio que verdea unas paredes de tela aterciopelada y un suelo cerezo o nogal o roble, cálido y sugestivo. ¡Qué hermosa sensación!

Fiódor, con la mirada perdida, rememora cuando comenzó su primera novela, y también piensa en su Mischa, y en Grigorovich, cuando en aquella estancia podrida y cegada; recuerda todavía las palabras del amigo soltadas a bocajarro, “no pierdas más el tiempo publicando tus cuentos en esas revistas de mala muerte; no prives a la sociedad, a la humanidad entera, de la capacidad que Dios te ha dado; escribe grandes cosas, amigo, hazme caso y deja eso que te traes entre manos”, y así, oyendo a través de sus recuerdos estas admoniciones, Fiódor estira ligeramente las comisuras como si estuviese muy cerca del amigo, al lado justo de su hermano, y en su mente sostiene las palabras sueltas de su primer volumen; evoca aquella lejana ilusión, la alegría de todo hombre que se siente un creador, la fatiga en las noches nevadas, blancas y duras; recuerda también, como no podía ser de otro modo, a sus queridos Hugo, Scott, Balzac… “Miguel, voy a ser escritor”. Lo oigo como un susurro que emana de sus labios de viejo chocho, de viejo extraordinario, de viejito entrañable. “Miguel, óyeme, te digo que dejaré todos mis intentos de cambiar el mundo. A partir de ahora cambiaré el mío, sólo el mío, lo más valioso que tenga de él; intentaré alejar de mi cabeza estos demonios que me zarandean y torturan y no me dejan ni dormir ni descansar, te lo prometo”. Después de estos silbos reales o imaginados, Fiódor muda el rostro y ahora sus ojuelos, siempre activos, se agrandan como si estuviesen asomados al borde de un abismo. Porque está oliendo la muerte del padre, la de María, la de su recién nacido. Piensa en ellos y se desconcentra y abandona entonces, irritado, la pluma y sus ideas, como si estuviese rabioso. Con el semblante grave se lleva el cigarro de nuevo a la boca de manera refleja, aspira, dirige a su antojo la columna blanca y algodonosa, impregna el ambiente con ese típico y picante olor a tabaco importado; la brasa, ¡qué linda extravagancia!, disminuye su fuerza, como también se empequeñecen las fuerzas vitales del hombre que escribe con esfuerzo. El escribidor aparta de pronto el tabaco de un manotazo. Ha notado algo. Algo ha sentido en el interior de su mente. Está asustado como si su padre le hubiese llamado para algún cometido. Yo me asusto también, pero de ver su rostro deformado en un rictus extraño. Mira alrededor como ese hombre enfermo del que una vez habló. Lleva su atención a las paredes, a los cuadros de familia, matiza en su cerebro el brillo casi ausente de su mesa. Observa puntilloso el despacho como si jamás hubiese entrado allí, como si se tratase de un desconocido que invadió la estancia de una manera fugaz y atrevida, como si se hubiese transmutado en un hombre despechado, en un hombre antipático, que no se conociese, como si el hombre, el escritor, hubiese sufrido un desdoble. ¡Qué horror!

En la planta de abajo Anna, sin embargo, aún lee, ajena a todo. A su lado se acumula una remesa de pliegos escritos y emborronados que la mujer, la editora, la amante, la admiradora, intentó ordenar de la mejor manera. Su mente organizada y meticulosa transmite interés por lo que hace, porque Anna Grigorievna siempre supo con quién se casaba; Anna, dedicada en cuerpo y alma a encarrilar a ese hombre iluso de las letras, sabe que debe, que tiene que llevarle de la mano; entiende mejor que nadie que ella, sólo ella, prendida en un amor sin fisuras, ha de valer por los dos, ha de amar cuando el marido no pueda, ha de ser la madre que le faltó desde muy joven; Anna Grigorievna siempre fue consciente de esto; por eso lee, por eso corrige, por eso copia, porque sabe que el tiempo será el juez que ponga todo en su sitio. Es tarde. Las tantas de la madrugada. La hora que su esposo prefiere para trabajar sus historias y que ella, queriéndolo en la distancia, amándolo en el silencio elocuente de sus palabras, también elige para preparar las futuras ediciones que pronto han de entrar en la imprenta. Sabe perfectamente que para ellos es necesario publicar. Es no sólo necesario―corrige―es urgente, apremiante. La educación imprescindible de sus niños, con mil gastos a la vista; el alquiler que hay que abonar mensual, puntual y escrupulosamente; los acreedores que todavía, aunque ya a cuenta gotas, los visitan para buscar su parte; el trato con los editores ávidos de carroñas…

Suenan las cuatro en el reloj de la sala. Ritmos acompasados recorren los pasillos, en un reflejo fuerte, sombrío, zigzagueante. Cuatro avisos, cuatro sonatas de primavera, como cuatro soles―y en ese instante me acuerdo del poema de las cinco de la tarde, pero ahora no eran las cinco de la tarde, ni hacía un calor insoportable, ni estábamos en mi patria, donde el amarillo albero se retuerce en el suelo ardiente. Afuera nieva. Detrás de la ventana del despacho, como detrás de todas las ventanas que dan a la calle, la nieve cae con calma, sin prisas, con un blanco de gasa cargado de paciencia, con la imperturbabilidad clásica del alma muerta que Fiódor, su amor de vida, tanto ama. Ahora, Anna deja en suspenso sus movimientos y contiene la respiración; sus ojos, sus hermosos ojos grandes y obscuros, atienden expectantes a ese ruido lejano e insólito que ha creído percibir. Le pareció como un golpe seco. Algo, algo ha oído la mujer, estamos seguros. Algo habrá sucedido allá arriba. Sin embargo, ¡qué!, ¡qué habrá sido!, ¡qué puede haber ocurrido! Porque la mujer está completamente segura de que su hija, Liubov, duerme; como duerme del mismo modo apacible su adorado hijito, Fiódor, en el dormitorio anejo. Y Alexis, su inolvidable Aliosha, también―perdonen―descansa su descarnado cuerpecito en la humedad de la tierra. No puede ser otra cosa―se dice, angustiada―no podría ser nada raro, a menos que, a menos que… Agitada y con el semblante pincelado con una mueca de terror, Anna corre como una energúmena; vuela escaleras arriba; busca la mujer el despacho; busca ansiosa al hombre, a su hombre, al esposo, al amor de su vida, a su sueño; anhela―mientras sus pies sobrevuelan los peldaños―que todo se haya tratado de una simple confusión de sus sentidos, posiblemente fruto de la hora tan avanzada y del cansancio, del sueño que le atosiga al soñar que sueña, de sus constantes y perpetuas preocupaciones. Por fin alcanza la mujer la puerta del despacho. No hay ruido alguno. No hay luz. No hay nada. Nada se oye tampoco desde el pasillo hundido en la negrura de una noche blanca. La puerta está cerrada, como siempre. Intenta abrir con la mano temblorosa; empuja el picaporte sin hacer ruido; la puerta no se inmuta, ni chirrían ruidosas las bisagras. Jadea la mujer y su pecho, anhelante, sube y baja, simulando un ancho mar, un océano infinito de convulsiones… Y sin saber de qué manera sucedió, sólo logré, desde mi rincón apartado, escuchar el rayo de un grito escondido que brotó del fondo más siniestro de una garganta muerta, rota.



«Despacho de Dostoievsky (museo)». (Fotografía proporcionada por el autor).
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 48. Yo vi morir a Dostoievsky. Antonio Florido





         


YO VI MORIR A DOSTOIEVSKY

Eran las ocho y media de la noche del 28 de enero de 1881… En el interior de la habitación estaban Anna, Liubov, Fedor, Alexis, el novelista Maiko (íntimo amigo del autor) y el doctor Bretzel. Nadie más. Anna, su esposa, acababa de echar a voces al hijastro Pablo porque, aún moribundo, le imploraba ser incluido en el testamento por los futuros derechos de autor. La penumbra y un sentimiento denso de pena y de dolor lo invadían todo. Silencio sepulcral. Miradas hacia el viejo que tosía de vez en cuando y mantenía los ojos cerrados. Toda la ciudad contenía el aliento. Todos esperaban que sucediese lo que tenía que suceder. Pero nadie pudo obviar el ajetreo de la gente que murmuraba, o cargaban sus maletas camino de la estación, o simplemente los zureos de los enamorados que alcanzaban las pétreas estancias de la villa. Como afirma uno de sus biógrafos, la vida continuaba, pero algo, algo muy hermoso se nos iba para siempre. Yo permanecía callado en la sala contigua, con la puerta entreabierta, intentando observarlo, retenerlo todo. Miraba la escena y no pude―les confieso―no pude, en aquellos momentos, contener mis emociones. Tuve que cubrir mi rostro con las palmas abiertas; sostuve el llanto que se me escapaba, como el agua cascada que fluye por unas abras nacidas, en este caso, en mi garganta. Anna observó que su marido había abierto sus ojos y supo que esos ojos, esas manos, esa mente, todavía deseaba, necesitaba decirle algo. Los esposos se conocían sin tener la necesidad de hablar. Dosto indicó lo que indicó, con la voz rota tal vez por haberla derrochado sobre las infinitas cuartillas en blanco durante toda su vida. Anna, separando la tapia de su frente, le acercó lo que él le rogaba, su Biblia. Él se limitó a esbozar una sonrisa suave y blanca, como una tibia jarra de leche derramada sobre la escena, alumbrada muy tenuemente. El hombre acarició el libro con sus dedos viejos.

―Lee, Anna―dicen que dijo los que asistieron aquel triste día. Doy fe de ello. También su rumor atravesó la puerta y llegó hasta mis oídos. ¡Oí al hombre, oí al escritor, oí al hombre-escritor, al que sólo amaba a Dios, a su Cristo, a su eterno acompañante, a ese ser yo también―me emociono, excúsenme―tuve la oportunidad de oír desde allá afuera!

Luego me volví. Me daba un apuro tremendo. ¡Quién era yo! ¡Quién era yo, para estar allí presente! De pronto una onda delicadísima vibró en la estancia y declamó un cántico breve y hermoso; era el Evangelio de San Mateo. Y esa onda, esa ola de amor tan dulcísima no era más que la voz preñada de angustia de Anna Grigorievna, la futura autora de Recuerdos. El esposo la envolvió, entonces, con su mirada calma, del hombre que termina sereno y en paz, y dijo:

―No me retengáis… Voy a morir.

Nadie supo el motivo, pero lo cierto es que la muchedumbre comenzó a gritar. De acera a acera. De calle a calle. Por toda la ciudad sonó una cascada, un torrente de lágrimas, de palabras, de sollozos, de tristezas comprimidas. Una lluvia de lamentos inundó el vasto paisaje de la inmensa Rusia de los Zares, de Moscú, de San Petersburgo, de todas las dachas esparcidas por la estepa en millones de verstas.

Fiódor alargó mansamente el brazo. Fedor, su amado hijo, tomó la Biblia de la mano de su padre, intentaba el joven retener el llanto. Liubov y Alexis, su querido Aliocha, sollozaban a un lado del lecho.

―Anna, Anna, ¿dónde estás?

―Aquí, a tu lado, amado mío.

En un esfuerzo último, Dosto bendice a su mujer y a sus hijos y Anna ya no puede más y se quiebra en llantos. Por la ventana se ven luces. La vida sigue, seguía, como si nada extraño estuviese sucediendo. ¡Cómo podía ser eso! ¡Cómo!

Sentí crujir mi cintura, mis piernas se doblaron y caí al suelo, rendido de desesperación.

En la habitación, las miradas huían de unos a otros, como locas que no saben lo que hacen. La penumbra pareció, entonces, más ofendida, más humillada, que antes. El hombre se iba; el personaje creado por este hombre, sin embargo, permanecería en mis libros, en todos los libros, en todas las mentes y corazones del mundo, para siempre. Con mi corazón ebrio de sufrimiento, oí sus últimas palabras, muy suaves, muy dulces, muy tiernas y sinceras.

―No me retengáis. Es inútil, Anna: todo es inútil. No me retengáis.
Una voz desconocida dijo, en aquel instante, que el mundo, el vasto mundo había, ahora, en este justo momento, disminuido de valor.

Vale.

«Dostoievsky». (Fotografía proporcionada por el autor).
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 218. La luna lunera. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS.

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

La luna lunera


Ese sábado Violeta había salido de comisión laboral fuera de la ciudad. A su regreso había quedado de ir a traer a su mamá y a su tía Vera que estaban celebrando el cumpleaños de un par de amistades en común. Mientras venía manejando de vuelta a la ciudad percibió una tarde llena de bruma, los rayos del sol se apreciaban, sin embargo, la bruma invadía la atmósfera.

—Seguro este ambiente es por los incendios. Qué contradictorio es, inicia la primavera y también los incendios comienzan a intensificarse —comentó en voz alta.

Con tristeza observó que el paisaje en la carretera era de muchas zonas con pastizales secos y los árboles resistían la temporada de calor que se hacía presente en primavera. Recordó que la problemática de escasez de agua se había intensificado en diversas partes de la ciudad, del estado y que en las noticias se divulgaba que esta problemática se acentuaba a nivel mundial.

Entrando a la ciudad se percató que muchos perros deambulaban en las calles, se percibían sedientos, cansados, algunos ya eran adultos y su paso era lento. Violeta pensó que si ella tuviera algún perro como mascota pondría su mejor esfuerzo para darle un hogar y los cuidados requeridos. De nuevo se le vino a la mente la importancia del agua, qué harían estos perritos sin tener un poco de agua que calmara la sed, hasta qué tramo caminarían para poder hallar un poco de agua para beber. Y qué decir de los árboles, las hojas se mostraban caídas, tristes, las ramas secas en varios casos.

Recién había pasado la conmemoración del Día Mundial del Agua, para Violeta las conmemoraciones eran importantes, aunque estaba consciente que no faltaba quien siempre se valiera de ellas para sobresalir, solo para la foto. Ella consideraba que lo más valioso se hacía cada día para que a la larga se tuvieran beneficios reales. Vaya que la humanidad tenía una gran tarea. No pudo evitar traer a la mente el proceso electoral que se avecinaba, ¿hasta qué punto las personas candidatas tenían en cuenta proyectos viables para atender problemáticas como la escasez del agua?

No cabía duda que el agua era igual a la vida. Entre tanta reflexión se percató que la noche se había asomado y ahora iba a traer a su mamá y a su tía Vera. Intentó recordar la dirección sin hacer uso del google maps, lo logró. En ese momento se dio cuenta que tendría que estacionar su coche alrededor de 150 metros antes del domicilio, ya no había espacio para entrar hasta la casa. Al bajar tomó su celular, casi como en automático para prender la lámpara y alumbrar el camino, antes de hacerlo se percató de la presencia de la luna lunera, estaba ahí guiándola. Violeta avanzó unos pasos, luego se detuvo para contemplar lo luminosa que se veía. Estaba a casi nada de estar en fase de luna llena. Sintió una especie de acompañamiento, agradeció su presencia. Continuó su camino, en su mente resonaba lo sabia que era la naturaleza y la importancia de su cuidado.

Fotografía: MGLS.
Fotografía: MGLS.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 218. Paz de domingo. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Alejandro Nudding.

                      Polvo del camino/ 218

Paz de domingo
Héctor Cortés Mandujano

En el jardín, la vida se sucede
con la violencia acostumbrada

Aurora Bernárdez

Leo en la sala de la televisión, en la mañana de un domingo fresco.
Mi gata me saca con violencia de mi concentración, porque maúlla de un modo extraño: me hace suponer que algo doloroso le ha ocurrido. No la veo, me incorporo y la encuentro junto a la puerta de vidrio corrediza –que divide la sala de televisión del comedor– frente a una lagartija con penacho y grandes patas (turipache o pasa río le llaman), que se muestra acezante y al acecho, enfurecida y con miedo.
Supongo que mi gata intentó morderlo y él/ ella (imposible para mí saber su género) se defendió. Y allí están, tomándose la medida, acechándose, tratando de adivinar quién dará el siguiente paso, quién intentará un nuevo ataque.
Llamo a mi mujer, quien al verlos advierte con claridad la situación. Uno de los dos abraza a la gata y el otro abre la puerta e intenta que el animal asustado pueda salir. Cuesta, porque corre y se detiene previendo una artimaña.
Sale al fin al jardín, donde queda camuflado entre las hojas secas. No se mueve.
Cerramos puertas y ventanas para que la gata no salga. Pasan las horas y nos asomamos para ver si ya se movió el que parecía estatua, y sí, ya no está.
Mi mujer se ocupa en sus cosas y yo en las mías.
Oigo un ruido en la cocina que de nuevo me distrae –golpes contra la estufa, dados al parecer con una vara– y voy para allá. La lagartija, quién sabe en qué momento que dejamos la puerta abierta o quién sabe cómo, de nuevo se metió. No tuvo mucha suerte esta vez, porque mi gata la tiene casi muerta, en los últimos coletazos contra la estufa.
No le aviso a mi mujer y la dejo sola con su trofeo. Cuando vuelvo a verla tiene la punta de la cola a punto de desaparecer en su hociquito. Concluye su ingesta, apenas salpicada con la sangre de su víctima, y busca uno de los sillones para dormir. Se acomoda y cierra los ojos. Se le ve en completa paz.

Ilustración: Alejandro Nudding.
Ilustración: Alejandro Nudding.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 47. Apuntes del subsuelo 9. Antonio Florido





         

AMO EL SUFRIMIENTO, LA DESTRUCCIÓN Y EL CAOS

Capítulo IX

Como decíamos…

Todo comienzo ha de tener “eso”, un punto de partida, un hilo argumental, una afirmación que, más tarde (o temprano), podremos refutar o no, pero de lo que no nos cabe duda es de que el hombre, como ser consciente, debería preguntarse qué hacer―ya que la tiene―con su voluntad. Es una pregunta que trae de cabeza a Fiódor (creo, y esto no es más que un pensamiento propio, que fue así durante toda su vida). ¿Estamos seguros―se cuestiona una vez y otra―de que “debemos” corregirla? ¿No sería más conveniente decir que “podemos”? ¿O sea, afirmar que podemos en vez de debemos? En cualquier caso, no deja de ser patético (o doloroso, o triste, o emocionante), que el hombre se afane en desentrañar este cómico misterio de los resbaladizos significados que unas veces se solapan, otras se contradicen y otras―no me lo nieguen, por favor―se ríen de nuestro intelecto, de nuestros esfuerzos.

El texto, que usa como centro la Voluntad, es un sistema donde hallamos, de manera centrífuga, otros conceptos más voladizos como el miedo, el proceso, la muerte… Interesante cuando Dosto se pregunta si la razón se engaña, si el hombre, usándola para intentar aprehender el mayor número posible de ventajas, se engaña a sí mismo. Está claro que lo que a él le importa no es que su vida tenga o deba regirse por los caminos que esta razón, su razón, como ley humana, le indica, porque entonces, qué hacer con los atajos de su vida, qué hacer con esos otros caminos que se le presentan constantemente, como una inquietante invitación a nadar a contracorriente, qué hacer, insisto, con esa posibilidad tan atractiva de, yendo a contrapelo, buscar con ansia, con un ardor desmesurado, la destrucción, el caos, el qué dirán los demás, el cómo seré recibido, tratado, pensado… Porque Dostoiesvki insiste en que no siempre es conveniente ni ventajoso para el hombre actuar según las convenciones, a favor del canon establecido; a veces, esas ventajas, digamos ocultas para los demás, uno mismo las percibe con una claridad lechosa, con una visión diáfana, con una alegría en el alma difícil o imposible de explicar. Y el miedo. Siempre el miedo en el horizonte, acechando, con un apriete en el corazón, con una punzada inclemente, despiadada, demoníaca. Horizonte al que nos vamos acercando de manera constante, lenta y sin pausa conforme nuestros días y circunstancias van cambiando, ese horizonte donde sé, donde sabemos bien lo que hay: La muerte. La muerte es, pare él, un final que no vale lo que, para él, digo, es el proceso. El máximo valor no está en ese final ineluctable. Entiendo que para Fiódor se encuentra en la belleza inefable de la sonrisa de sus hijos, en la mejilla sonrosada y ligeramente retraída de su esposa, está en el olor cáustico y suave (todo a la vez) de un atardecer, de una salida nueva del sol naciente, en la fragancia del heno, en el estiércol del caballo que, exhausto, aún tiene fueras para tirar de la calesa; la belleza de este proceso es impagable. Los detalles. La vida. Sí, la Vida. Los segundos… Sí, Dosto es, para mí, un ser que ama los segundos más que las horas o los años.

La dicotomía del principio, entre el deber y el poder, no deja de ser algo cómico. Por eso, Dosto coge el hilo y engancha a él un argumento, su argumento, para transmitirnos, con su prosa cálida y sólida (también muy sincera) su manera peculiar de ver y entender el mundo, su mundo, el exterior y el interior; utiliza este tipo del aparente embrollo con preguntas e indicaciones al lector, con insinuaciones, con sugerencias, con indirectas, como si la persona, más que el creador, nos surgiese de pronto como un ariete que nos obliga a pensar. Esto es también, para mí, y creo que para todos los que reconocemos que amamos la obra de Dostoievski, asombroso, extraordinario e impagable.
Vale.


Sobre apuntes del subsuelo. Antonio Florido.
Sobre apuntes del subsuelo. Antonio Florido.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 217. Entre azul y naranja. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas
María Gabriela López Suárez

Entre azul y naranja

Roberta jaló su mochila, con todo el esfuerzo del mundo trató de llevar lo menos posible en su equipaje. Tenía comisión laboral y viajaría fuera de la ciudad. Ir ligera de equipaje no era algo que le saliera tan bien pero ya estaba intentando hacerlo.

Por demora no alcanzó el autobús que la llevaría a su destino, así que decidió irse en un taxi colectivo. La tarde era calurosa, pudo elegir el asiento del lado derecho de atrás, en la ventanilla. El taxi se llenó pronto. Entre las prisas al salir de casa Roberta olvidó sus audífonos, normalmente al ponerse a escuchar música se relajaba y dormitaba en el viaje.

—Bueno, tengo un plan B, estaré atenta al paisaje y disfrutaré la vista —dijo para sí.

El conductor llevaba la música a volumen mediano, Roberta decidió poner atención al paisaje y así minutos después ya ni identificaba qué canción era ni quién la interpretaba.

El primer elemento que atrapó su atención fue el astro rey, el sol tenía un color naranja tan intenso que parecía como si estuviera con algún efecto especial, como estaba a punto de ocultarse se le podía observar con detenimiento sin que molestara la vista. De ahí giró su mirada a la vegetación, en su mayoría se veían pastizales muy secos, Roberta percibió que los árboles estaban en espera de que cayeran las primeras lluvias.

A lo lejos se veía humo, Roberta pensó que era algún incendio y no se equivocó. Los pastizales secos en temporada de calor eran muy propensos a ser afectados, por algún accidente o algo provocado de manera intencional. Eso no era agradable. Desde su corazón deseó que ese incendió lograran apagarlo pronto y no hubiera muchas afectaciones ni a la vegetación, ni a la fauna, ni a ninguna persona.

Llevó la vista al horizonte y el cielo tenía bellas nubecitas, un tanto aborregado en tonos entre azul y naranja, una vista sumamente hermosa, que indudablemente invitaba a relajarse. Vino a la mente una frase que solía decirle su amigo Renato cuando le compartía atardeceres o amaneceres, el cielo tiene tonos baby blue.

Siguió con la vista atenta al horizonte, se sintió muy afortunada de contemplar ese atardecer, en ese momento agradeció haber olvidado los audífonos. De lo contrario, se habría dormido y perdido ese magnificó regalo. Se acordó de la frase de Quino, el creador del personaje de Mafalda, deja que la vida te despeine, sonrió mientras dejaba que el viento le alborotara el cabello y le acariciara el rostro.

Photo by Oleksandr Lytvynov on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 217. Tres manifestaciones de vida. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: HCM.

                       Polvo del camino/ 217

Tres manifestaciones de vida
Héctor Cortés Mandujano

Decidimos mi mujer y yo habilitar el pozo que durante años tuvimos sin uso. Contratamos a un albañil que desde años es ya nuestro amigo. Llegó acompañado por sus hijos y comenzaron. Lo primero que nos dijo es que, en una de los salientes de la pared interna, había un nido de golondrina. Vimos desde arriba, con ayuda de una lámpara, indistinguible en los detalles, a la avecita que empollaba.
Las bajadas y subidas en su trabajo, los albañiles las hacían en una vía que no incomodara a la que se convertiría en mamá en algún momento. Y ocurrió. Cuatro golondrinitas nacieron. Pasados los días, empezaron a escalar (yo no le suponía esas gracias). Una cayó, murió. Las tres restantes salieron a la luz del exterior y se fueron volando, ya sin auxilio de su madre. La vida continúa.

Tenemos un estanque donde hemos cultivado nenúfares y otras flores acuáticas. Nos encanta. Para que funcione sin tanta atención, pusimos en él algunos peces que se fueron reproduciendo hasta llegar a ser, como fueron, un vasto cardumen de ejemplares negros, blancos, verdes, rojos y naranjas. Si en un pozo hay plantas y peces, nos dijeron, y es cierto, el agua siempre está oxigenada (técnicamente se dirá de otra forma, supongo) y no huele mal, se cura, se limpia a sí misma. Nos dimos cuenta, con el paso de los meses, que algunos peces menguaban: tal vez se comen a sí mismos, supusimos.
El pozo y el estanque son construcciones vecinas en nuestro terreno. Por eso, de nuevo don José Luis, nuestro amigo albañil, quitó misterio a la desaparición de los peces. Nos contó que a diario una parvada de zanates llega y espera con paciencia a que algún pececito se distraiga para cazarlo y llevárselo en el pico. La muerte de uno es la vida del otro.

Llené una tina grande y le puse lirios acuáticos, que se multiplicaron sin medida y apenas cabían en el continente que, según yo, era muy amplio. La puse frente a la cocina desde donde mi mujer y yo, cada mañana, veíamos las lindas flores que no cesaban de nacer.
Una día noté que algún animal (la ardilla, pensamos) se había comido hasta los bulbos de los lirios. Traté de rescatar algo de aquel desastre, pero no fue posible.
Quedó el trasto con agua, nada más, algunos días, mientras encontraba tiempo para hacer un nuevo jardincito acuático. Una noche mi mujer y yo vimos que la tina era motel donde varios sapos hacían una orgía sin omitir su escandaloso croar (tal vez, creí, así manifiestan sus orgasmos).
Al amanecer siguiente, el agua se veía gelatinosa y tenía puntos negros. A mi mujer le encanta ver la transformación de esos puntos negros en pequeños renacuajos y luego en ranas, en sapos, de modo que la tina quedó como la dejó aquel apasionado saperío. Mi improvisado estanque de lirios es ahora un hospital de bebés. La vida se reproduce sin cesar.

Ilustración: HCM.
Ilustración: HCM.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 46. Apuntes del subsuelo 8. Antonio Florido





         
PORQUE SOY UN HOMBRE…

Capítulo VIII

Hanif Kureishi (1954), en Intimidad, afirma que la voluntad es incapaz de hacer brotar lo que él llama, los dones más exquisitos; esto es, el amor, el afecto, la creatividad, el deseo sexual, la inspiración… Puede, una vez que han florecido en nuestro interior, protegerlos y alentarlos, pero nada más.
En este octavo capítulo de la primera parte de Apuntes del subsuelo, Dostoievski analiza -participando directamente con nosotros, sus lectores- la Voluntad y el Libre Albedrío. Comienza el autor con una aparente negación. Por un lado, dice: “…la voluntad no existe…”, y poco más adelante añade: “…sólo el demonio sabe de qué depende la voluntad…” Luego podremos comprobar que tal negación, como dije, no lo es en realidad, ya que Dosto se aferra a que el hombre, hasta el más sensato, hasta el más disciplinado, hasta el ser más dispuesto a conducirse por la vida por la senda más ventajosa para sus intereses (¿vitales?), por la más suave, es el único animal capaz de establecer, mediante esta voluntad interior, vibrante y sonora, una conducta totalmente contraria a lo que su sentido moral le prescribe.

¡Ay, la moral, la susodicha y tan manoseada y casi siempre mal entendida moral!

(Debería aclarar que estoy con Patricia Highsmith cuando dice que las personas creativas no hacen juicios morales, porque ya habrá tiempo después, cuando terminen su obra, de hacerlos. El arte –indica- no tiene nada que ver con las modas. Aquí noto cierta semejanza con nuestro autor).

¿Cree Fiódor, con Lewitt (1969), que la voluntad, eso que existe o que puede parecer que existe entre la aparición de la idea hasta que se finaliza la obra, no sea más, no sea otra cosa que el propio ego y sólo el ego? En este caso, si fuera cierto, estaríamos, claro está, ante un ego perverso que nos predispone el ánimo hacia una creación, esto es, un salirse de uno mismo, un querer ser más, una alteración provocativa –podría entenderse así- de nuestra propia e íntima mismidad.

¿De qué depende, de existir, la Voluntad?

Establece más adelante una jerarquía en la que introduce, como dos conjuntos que se relacionan, la Razón dentro de la Voluntad. Es ésta la que todo lo domina. Es ella la que aprisiona nuestro libre albedrío, libre albedrío que Fiódor a veces pone en duda. Juega con ambos conceptos y los relaciona convencionalmente, y en otras ocasiones los personaliza, incluyendo en esta categoría una posible relación de odio entre ellos, o de amor, o de sencilla e imprescindible simpatía. ¿Qué Ley sostiene y regula al libre albedrío? Incluso si esta supuesta Ley existiera, según las leyes naturales y matemáticas, sería susceptible de ser manejada al antojo por la enorme imbecilidad del hombre. Habla asimismo de deseos y caprichos. ¿Seríamos capaces, en algún momento de la historia de la humanidad, de controlarlos y gestionarlos según las directrices de la razón? Esta es, en mi opinión, una pregunta clave para entender al autor de estos Apuntes del subsuelo, subsuelo en el que lleva ya –según sus propias palabras- cuarenta años viviendo.

Tengo derecho, tenemos derecho, como seres humanos –afirma- a desear todo lo que quiera, incluso aunque me asalte el capricho más perverso y vanidoso, o hasta que piense y actúe como el más ofensivo de los hombres, el más insensato. Y también pone en una apasionante discusión a estos deseos humanos con su capacidad de raciocinio. ¡Qué hermosura de análisis!

Se pregunta, con nosotros, si la naturaleza es o es lo que pensamos o creemos que es. Por último, resplandece el asunto no trivial de la personalidad, de la individualidad, algo sagrado, lo más sagrado que posee el ser humano, lo que debemos defender a toda costa, al precio que sea necesario; Fiódor protege esta idea como el que más, señalando que esta consonancia es lo que nos identifica plenamente. Y, con ella, a través de esta identificación, la toma de conciencia de ser lo que a uno le dicta no sólo su razón, sino el alma transmutada, es decir, asida y cosida a Dios, a Dios como potencia y esperanza. Unida de manera indisoluble al paso por el sufrimiento como condición necesaria para alcanzar el máximo estado de compasión del hombre hacia el hombre.

Seremos capaces de hacer lo que sea, por perverso o indigno que sea, con tal de saber que hacemos, que actuamos como nos da la real gana. Por el simple hecho de demostrar que somos un hombre y no un teclado de piano, como él suele afirmar.

¡Pura rebeldía y coraje, mientras asistimos al desdoble entre persona y autor!

Vale.


Sobre apuntes del subsuelo. Antonio Florido.
Sobre apuntes del subsuelo. Antonio Florido.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.