Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
El día comenzó más temprano que de costumbre para Tabita, tenía una agenda llena de actividades laborales. Madrugó para viajar. La faena no era nada sencilla, implicaba trasladarse vía terrestre muchas horas lejos de casa, pero le hacía mucha ilusión el poder compartir sus servicios como tallerista en temas como la escritura y la lectura. Su viaje fue cansado pero interesante. Tabita gustaba de observar los paisajes que tenía el trayecto a los espacios a donde se trasladaba. Los paisajes que contempló desde el amanecer hasta el atardecer no solo deleitaron la vista de Tabita, sino que le animaron en la ruta del viaje. Una vez llegado a su destino, la recepción de sus colegas fue muy grata. Tabita se sintió en un ambiente con armonía, acompañada, como estar en casa. Esa ocasión tuvo un doble reto, trabajar con personas mayores que tenían interés en desarrollar la escritura y, además, con un grupo multigrado en educación básica. Ambas experiencias fueron de diversos aprendizajes, no solo entre quienes integraban cada grupo, sino también para Tabita. Al trabajar con las personas mayores identificó las habilidades y conocimientos que cada integrante tenía, y cómo en las dinámicas que ella presentó pudieron explorarlas al máximo para plasmarlas en la escritura de textos breves. Los resultados eran escritos muy emotivos. En el grupo multigrado destacó el interés por la lectura en voz alta, el esfuerzo que hicieron sus integrantes fue algo muy valioso para Tabita. Implicó la escucha atenta, perder la pena a leer frente a otras personas, poner en práctica el respeto a cada integrante y, sobre todo, generar en el grupo el sentido de confianza e incentivarles la lectura. Uno de los momentos más emotivos fue cuando algunas estudiantes leyeron en voz alta un par de textos de autoría de Tabita. Las experiencias con los grupos le hicieron volver la mirada a Tabita hacia su propio caminar. Agradeció la posibilidad de hacer su trabajo en colectivo. Aún faltaba cerrar con broche de oro. Tabita fue invitada a participar en un temazcal. Había escuchado diversas experiencias, tenía ganas de vivenciarlo, aunque le faltaba dar el paso para ello. Sin pensarlo más, se decidió a participar en el temazcal. El espacio estaba conformado por una estructura a base de ramas entrelazadas en forma circular que eran cubiertas con gruesas cobijas. En ella ingresaron mujeres y varones, quienes se integraron alrededor del círculo del temazcal. Al interior del temazcal, depositaron a las abuelitas, piedras volcánicas que habían sido calentadas previamente. El ambiente comunitario se hizo presente, el ritual fue guiado por Nayelli, colega de Tabita. La respiración profunda, el estar en silencio e inclinar la cabeza hacia el suelo, para hacer contacto con el pasto en caso de sentirse sofocados, fueron las indicaciones que Nayelli comentó al principio. Se entonaron cantos, se compartieron esencias sobre las abuelitas. Tabita se fue dejando guiar, volviendo su mirada al interior. El calor que generaban las abuelitas era una sabia manera de poder hacerlo. Al terminar el ritual del temazcal Tabita tuvo la oportunidad de compartir la palabra, agradeció desde el corazón el regalo de estar en esa práctica. En su interior agradeció que ese viaje le había permitido no solo hacer su trabajo sino de darse el espacio para conectar, aquí y ahora. Uno a uno fue saliendo cada participante del temazcal, afuera el paisaje del atardecer les esperaba con bellos tonos entre naranjas y azulados.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Se encontraron en una fiesta. Se acariciaron con los ojos, con las miradas lúbricas. Ella –cintura escasa, nalgas opimas– esperaba que el muchacho atractivo, que parecía serio, le dijera las mentiras clásicas que sirven para bajar la guardia, para aceptar, para salir de paseo, para entregarse (con las reticencias básicas) y luego buscar que el compromiso vuelva deber lo que antes fue gusto. Pero no, él dijo con un tono reflexivo: —Heredé de mi padre el falo (no hablo del órgano, sino del género) y la concupiscencia, la incapacidad de sentirme satisfecho con una o diez mujeres: las quiero todas. Ella no supo qué decir: —¿Concupiscencia? Qué palabra rara. Él siguió: —Además, el placer erótico es entrópico. Crece, se expande, como el falo, y luego disminuye y se vuelve casi nada. Un acto sexual será, cuando mucho, pasado el tiempo, imágenes disueltas mayormente por el olvido. Y ella: —A ver, a ver, ¿crees que me excita ese lenguaje, no sé si filosófico o nomás pedante? Él: —La entropía es la segunda ley de la termodinámica. Ella: —Ah. Él: —El placer es parte del instinto y el instinto no es domesticable. Si vienes conmigo, sólo te podrás tener a ti, no a mí. No ha llegado a mi corazón, todavía, el venablo lanzado por el gordo niño alado. —No me gustan los hombres que se enredan en palabras. —Puedo quedarme callado, también. —Mejor. Ella se acercó y le ofreció la boca. Él la tomó y el beso largo y lento la hizo separarse para decirle solamente: —Llévame a donde quieras.
Él no habló, pero por lo que hizo con su anuencia en la batalla de plumas, en el trasvase de la pasión sicalíptica, ella supo que sabía su cuento. Se quedó desnuda, exhausta, después de la enésima ocasión, mientras él entraba al baño. La despertó el ruido de cuando él, ya vestido y peinado, tomaba la llave de su auto del buró. Abrió los ojos y le sonrió voluptuosa, apetecible, le acarició el miembro satisfecho por encima de la ropa. Él se inclinó y le dio un beso suave, fugaz: —Hasta nunca, mi amor. Gracias. Me encantaste. Buenas noches, buena suerte.
Ilustración: HCM.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Los inicios de la civilización y el encendedor Esteban Martínez Sifuentes
Además de gas, el encendedor de bolsillo o, casi un anacronismo, el mechero, contiene en su reducida escala y bajo costo los heroicos comienzos de la humanidad: la domesticación del fuego. De una u otra forma, palos que se frotan, yesca y pedernal, cerillo o fósforo, la lumbre más o menos instantánea nos ha acompañado con fidelidad canina en periodos de guerra y paz desde hace milenios. Es útil. Lo que es útil tiende a sobrevivir y evolucionar a través de las eras. El encendedor actual, esa baratija desechable que se adapta al puño y el dedo gordo, lleva implícita la gigantesca gesta del titán Prometeo, amigo de los mortales, de robarles el tesoro del fuego a los dioses para ofrecérnoslo a nosotros. El enojadísimo Zeus se desquitó arrojándonos la maldición del trabajo. Sin duda alguna nos hizo el favor de poner a prueba la resistencia e inventiva de los humanos, corazones ardientes. El ocio prolongado no acarrea nada positivo, las vacaciones saben a gloria tras meses en la cámara de tortura del empleo, aunque te guste y remuneren pasablemente bien. En varias culturas los sacerdotes y su cohorte de vestales y acólitos fueron los guardianes del fuego sagrado (exactamente el mismo que el profano), los encargados de mantenerlo crepitante. En la Grecia clásica el fuego era uno de los elementos que constituían la materia: tierra, aire, agua y fuego. Un quinto elemento o quintaesencia, el vacío o éter, fue añadido después y era ley en el chisporroteante laboratorio de los alquimistas, quienes fueron sentando las bases de la humilde química moderna persiguiendo, casi nada, la piedra filosofal o fórmula para trasmutar el plomo en oro, y dar con el elíxir de la vida o panacea universal. El doctor Frankenstein, “el moderno Prometeo”, le insufla vida (fuego de fuegos) a una retacería de cadáveres y crea un ser monstruoso; un espantajo o remedo cuya humana sensibilidad y desamparo llegan a despertar compasión y ternura. Tanto como advertencia moral de querer imitar a Dios, debe entenderse como fábula contra los que engendran hijos, por egocentrismo o lo que sea, sin hacerse cargo de ellos. A la par, ni qué decirlo, es una de las novelas cimeras de la ciencia ficción. Y el encendedor está entre los objetos que más se nos pierden o roban con total impunidad, sobre todo a los fumadores, tanto de tabaco como de marihuana o alguna otra distracción de moda. Y en casa, para encender la estufa, el calentador de agua o una vela de cumpleaños, nunca permanece en el sitio asignado por el alto mando. En las abarroterías o estanquillos que venden cigarros al menudeo, “sueltos” decimos en México, de plano lo afianzan con un cordel vigoroso y metros de cinta adhesiva. Juro que he visto figones donde lo sujetan con cadena gruesa, capaz de disuadir la fuga de un reo con sentencia capital en Huntsville. Todo está a punto, ordenado con pulcritud y estética en la parrillada finsemanera en el patio, la azotea o el estrecho balcón en el décimo piso de un minúsculo departamento para dos personas y si acaso un chihuahueño: la música, las chuletas marinadas con receta secreta, el carbón, las bebidas, los invitados, ¿y el encendedor? “Carajo, no lo encuentro, aquí lo puse hace rato, ¿quién tiene un encendedor?”, exclama el anfitrión. Y de inmediato una voz apoyadora: “¡Ey, atención!, ¿alguien aquí tiene un encendedor?” Y otro invitado voluntarioso: “No, yo no, pero Fulano fuma, él seguro carga uno”. Y Fulano, avergonzado porque así son los fumadores últimamente, busca en ambos lados de su chaqueta, en la camisa, en los bolsillos del pantalón, y contesta, más avergonzado aún: “No lo encuentro, creo que lo dejé en el coche”. “Pues ve por él, rápido, que ya va empezar el partido, y si no, compras uno en la tiendita de la esquina”. El asunto es que va por él, hurga en el carro y tiene que recurrir a la tiendita, que no está en la esquina inmediata sino varias más allá. Cuando vuelve ya huele a carne quemada desde la planta baja; no obstante, le reclaman por su tardanza. Y la mañana siguiente halla su encendedor en el bolsillo que tanto había fustigado desde el inicio, más otro artilugio ígneo que no era de él, lástima que no sirva. Trastadas de los objetos pequeños, necesarios para ir tirando. En la perenne lucha contra la naturaleza dependemos de las cosas ínfimas y de discreta pero infalible practicidad más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Mal hecho. La naturaleza y todo lo que hay en medio nos concierne, ¿a quién si no? Somos ella. Hay que tratarla con cortesía y admiración, independientemente del tamaño con que se represente, microscópico, human size o macroscópico. Si la atmósfera tuviera entre sus componentes una pizca más de hidrógeno, azufre o metano como sucede en casi cualquier otro planeta o satélite fotogénico a la distancia, prender la parrilla nos impediría para siempre disfrutar de un partido, por muy Real Madrid contra el Bayern Múnich que fuera. Habría que inventar entonces un encendedor apropiado, una nueva forma de convivencia o una diferente manera de ser humanidad. El encendedor, señoras y señores, candela sagrada, fuego aliado, el sueño áureo vuelto materia de puritanos quemabrujas y otros pirómanos, la herramienta básica del honroso despachador de tacos al pastor, ese que cuchillo en mano ejecuta vistosas florituras y malabarismos al tajar la piña en lo alto del asador para atraparla con garbo en la tortilla. ─Comunícame tu ardor, camarada ─te interpelaba en épocas pretéritas un desconocido en la nocturnidad del barrio. ─¿Qué? ─respondías tú, erizado por el inminente asalto. ─Tranquilo, maestro. Paz universal. ¿Tienes llama? ¿Soplete, chispero o fósforos? ─Ah, sí. Claro, claro… Quédatelo, traigo otro. Tan solo con que le obsequiaras fuego, se convertía en tu aliado para la eternidad; si no llevabas, no había bronca. Sí, fue una buena etapa.
Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.
Obra publicada: Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.
Es originaria de Tonalá, Chiapas. Estudió la licenciatura en Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Chiapas. Ha cursado tres diplomados nacionales convocados por el INBA y diversas instituciones, en la disciplina de teatro. También ha participado en varias ferias y festivales nacionales e internacionales.
Ha recibido los siguientes reconocimientos “Raíces y Anhelos”, Expresiones Artísticas, (Ayuntamiento de Tonalá, Chiapas y Fundación Casa del Aguila. 2024); Galardón por su trayectoria cultural (Revista Tendencia y AMMJE 2024); “Pergamino Juan Rulfo” (Asociación de Escritores y Poetas Chiapanecos A.C. 2023); Primer lugar (dramaturgia) en el 2do. Concurso Nacional de Literatura para Niños y Niñas (Gobierno de Guanajuato. 2021).
Desde hace once años dirige la Galería Rodolfo Disner, espacio cultural independiente, donde se encuentra la Sala de Lectura para la Niñez Cáscara de Mar.
Entre sus publicaciones para las infancias están el Memorama de Poesía Cáscara de Mar (2018), el álbum ilustrado Las Cuentas de Mara (2021), el poeMIAUrio Malabarista de Azotea (poemas para leer en el tejado) en el año 2022, el CuaderMIAUrio de actividades literarias y Heriberto (rompecabezas literario) 2023. Se dedica, desde hace 23 años, a impartir talleres y escribir para la niñez.
El viento frío se dejó sentir esa tarde del 01 de noviembre. Citlalli, observó el paisaje desde el balcón de su centro de trabajo. El cielo tenía un ligero tono celeste que se combinaba con las nubes que iban tomando tonos entre grisáceos y morados. Su mirada se fijó en las montañas que alcanzaba a ver, prácticamente estaban del otro lado de la ciudad.
No tardaba en caer el atardecer, Citlalli había hecho una pausa en sus labores. Tuvo una sensación de nostalgia, era el primer año que no participaba en la visita al panteón que acostumbraban a hacer con su familia. Echó de menos realizar la ofrenda con flores que tanto disfrutaba cada año. Su rostro percibió las ráfagas de viento. Respiró profundo.
Mientras observaba cómo el atardecer se hacía presente, puso atención a la diversidad de árboles que tenía en su centro de trabajo, cuyo follaje se mecía al compás del viento. Escuchó el canto de las aves que se asomaba con discreción. Desde ahí hizo memoria de sus familiares que habían trascendido, fueron viniendo a su mente cada uno de los rostros, sus gestos, experiencias y aprendizajes compartidos. La naturaleza se convirtió en el puente que la hizo conectarse con su linaje. Era como si cada susurro del viento le trajera una caricia de cada integrante de su familia. Percibió una especie de sensación de paz en el corazón.
El rostro de Citlalli dibujó una sonrisa discreta, sintió que sus ojos se llenaban de agua. Respiró profundo nuevamente. Agradeció por esos momentos de conexión interna. Honraba la memoria de sus ancestras y ancestros, aunque en esta ocasión no había podido participar en la ofrenda familiar, había otra forma de hacerles presentes, era importante recordar al linaje desde el corazón. Ahí tenían un sitio sagrado y con mucho amor.
El sonido del teléfono la hizo volver la vista a la oficina, se acercó a contestar la llamada. Posteriormente, retomó sus actividades. Mientras lo hacía agradeció también la oportunidad de tener ese espacio laboral, el servicio era una manera de que su linaje también estuviera presente. Volvió la mirada hacia la ventana, la noche había llegado y el canto de los grillos la acompañaba.
Fotografía: MGLS
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Veo que en uno de los estantes de mi casa hay un apilamiento de hojas pequeñas y grandes, dobladas. Las reviso: son muchas notas que escribí, en pedazos y pedacitos de papel, vaya a saberse para qué. No son secuenciales ni tienen fecha. Las numero sólo para separarlas. Algunas, creo, tienen lógica por sí mismas (con las otras hago lo que haré con éstas, luego de copiarlas: las rompo y las tiro a la basura). Antes, las comparto contigo lector, lectora.
1
Somos miles en la Capilla Sixtina. Se oye un rumor como de mar, como de cantina, como de moscas. Lo que más se oye, porque lo dicen y lo gritan por micrófono los policías, es: “¡No fotos!” y “¡Silencio!” en varios idiomas. Ciudad Vaticano es una empresa que cobra por todos sus servicios y en la decena de kilómetros donde hay tantos museos, hay muchísimas tiendas. La iglesia, sin dudar, es el mayor negocio. En su alrededor pululan restaurantes, tiendas, gente que vende. Si Jesús intentara sacar de nuevo a los comerciantes de la iglesia necesitaría un ejército. [La segunda noche que pasamos en Roma sueño, de principio a fin, una obra de teatro que escribiré apenas tenga tiempo. Se llamará como el hotel: Baltic.]
2
Fue un instante y hubo acción necesariamente rápida. Luego el tiempo dejó de tener importancia. Se detuvo o siguió, poco importa. Pero el instante, ese instante fue el definitivo, del que hay que hablar, del que hablaré.
3
Frente a mí, en una calle de Nueva York, un hombre vende carteles (El Guason, Bob Marley, “El beso”…). Empieza a llover y recoge a toda velocidad. Sale, vuelve y anuncia los nuevos objetos en venta: paraguas e impermeables.
4
Una mesera en Roma (en el restaurante donde comemos) tiene miedo a las palomas. Es terrible, porque hay muchas. Es como si un pescador tuviera miedo a los peces.
5
Mientras los demás descansan, caminan, dan vueltas… Mientras yo duermo, juego, escribo palabras que caen al vacío… Mientras ella se levanta, dicta órdenes, mira cómo los ángeles vuelan en el aire… trascurre el tiempo y también se detiene en los goznes de los días, se atora en el momento en que ella se viste y yo la veo: observo cómo sus pechos ya no son tan firmes, cómo ya hay gramos de más en el que fue su vientre plano. El tiempo se detiene en mi mirada y luego avanza sin detenerse, olvidándose de mí, de la mujer que ya está vestida, me manda un beso y se va. A mí, echado en la cama, se me ocurre pensar en intrascendencias, que escribo: éstas.
Ilustración: Leonora Ventura
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Antes de iniciar mi presentación, he de decir que hice una pequeña investigación de campo. Supe que hubo otros lectores y quise conocer su punto de vista. Ambos son grandes e implacables lectores. Los cito:
Tesoros en el naufragio es una novela escrita por dos escritores, dos escritores que platican mucho entre sí, como esos jóvenes en clases que no les interesa lo que dicen desde la palestra y se pierden siguiendo el vuelo de una mosca o bien se preguntan “¿Quién está ausente en Ítaca?”. Pero a veces ambos hacen planes: uno escribe su primera obra de teatro y el otro escribe muchas, es una máquina, se inventa historias por todos lados. Pues bien, por cosas del destino o las canciones elegidas o porque no hay mejor lugar para hacer un plan que no es un plan, estos dos escritores coincidieron en un aeropuerto y quedaron de hacerla, de escribirla. Supongo que se dieron un abrazo al despedirse. Roger viajó a Guadalajara y Héctor a Berriozábal. Hubo zoom, internet Infinitum, fallas en el suministro de energía, un divorcio, una obra de teatro donde cantan unos gorditos y por fin: la novela. Que leí e hice una sugerencia (me gustaba el otro final) y no me hicieron caso y lo cambiaron. Necios. Pero el resultado es genial, porque, como una vez leí, la memoria la hacemos todos: escritores y lectores, los tesoros en el naufragio.
Luis Daniel Pulido. Poeta
El pasado es un naufragio del que no puedes escapar. Un thriller emocionante que te llevará a través del tiempo y la memoria.
Tania Corzo. Escritora
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Presentar Tesoros en el naufragio es un acontecimiento afortunado para mí, por dos razones: la primera, es porque me dio la oportunidad de leer esta novela que explora una de las formas de amistad más lindas y duraderas (algunos psicólogos aseguran que es la única y verdadera amistad): la de la infancia; y la segunda, porque los autores son estos dos hombres a los que quiero entrañablemente y admiro aún más: Héctor Cortés Mandujano, amigo y eterno maestro, con quien desde hace 20 años hemos estado juntos en un sinfín de talleres, proyectos, paseos, fiestas, charlas filosóficas, confidencias y confesiones. Una vez hasta planeamos un crimen, que nunca llevamos a cabo, pero que habría sido todo un éxito. Y Roger Octavio Gómez Espinosa, a quien me une, además de la amistad de años, enmarcada siempre en el quehacer literario, un cercano parentesco (del que estoy muy orgullosa, por cierto); y a quien admiré como escritor desde que leí su primera novela.
El que estos dos grandes y admirados míos hayan escrito Tesoros en el naufragio, para mí, ya era garantía de que iba a disfrutar enormemente esta novela, y no me equivoqué. Leí dos versiones diferentes, la primera versión se titulaba Sin concurrencia de varones, y la segunda versión ya terminada y calientita, recién salida de los hornos de Editorial Tifón, es la que hoy estamos presentando. Las dos lecturas me atraparon. Me sumergí en la trama narrada, al principio, por la voz de su protagonista, Víctor, quien, al quedar varado en el pueblo de su infancia, se ve invadido de recuerdos, cargados de sensaciones y dudas. Una historia que, vista desde sus ojos infantiles de aquel tiempo, pareciera llena de suspenso, intriga, secretos y aventura… ¿O no sólo lo parece?, ¿sucedió?, ¿qué hay detrás de esos recuerdos escabrosos? Empieza el misterio. Una habitación siempre cerrada, una abuela enigmática, un hermano perdido… No exagero al decir que hay un par de momentos en que la lectura obliga al lector a enderezar la espalda y poner un puntito más de atención a la trama. La historia va alternando entre el presente y el pasado, y en esa danza en el tiempo, se van mostrando los personajes de adultos y de niños. Así podemos conocer a Vero, Carlitos y Santi. La amistad desarrollada durante la infancia, es un vínculo cómplice y libre, por eso es tan duradera, leal y sincera. ¿Llegar a la edad adulta nos salva de los miedos y las angustias?, ¿olvidamos los sueños y las fantasías de la infancia? Yo creo que no. Se presentarán de vez en vez, de manera sorpresiva, durante toda nuestra vida. Perdurarán en nuestro anecdotario íntimo y personal más preciado, para bien o para mal. Y para esto está la palomilla de la infancia. Ellos saben y lo comprenden sin que les cuentes. ¿Qué les vas a contar?, si estuvieron ahí, presentes, en cada paso, en cada momento. Vero (un personaje con el que me identifiqué en su versión niña, y la única mujer del cuarteto de amigos), inquisidora, curiosa, con tendencia a encontrar significados ocultos en todo, la que hace las preguntas precisas y difíciles, las preguntas que todos se deberían hacer, en un momento toma la voz narrativa, nos muestra el otro ángulo de la historia. Nos hace desandar el camino andado y, como todos los caminos vistos en sentido contrario, nos muestra otro paisaje. Santi y Carlitos, con sus personalidades tan disímbolas y contrarias, complementan y sostienen a este grupo que, a modo de cada uno, se comprenden y se apoyan sin juzgarse… De alguna manera, a pesar de la distancia, el tiempo y la vida, la vida que los lleva por distintos caminos que se cruzan de vez en cuando, del amor y desamor (porque también hay de eso en esta novela), se siguen tomando de las manos, como cuando eran niños. ¿Qué somos, si no nuestros recuerdos? Si de un momento a otro nos borraran la memoria, no queda nada. Empezaríamos de cero a construir nuestra historia, nuestra identidad. Somos nuestra memoria. Esta novela también trata de esa memoria personal que es nuestra esencia, y de la memoria compartida con quienes caminan a nuestro lado, y que se traduce en manos que nos sostienen, que nos toman y nos levantan; se trata también de esas palabras, personas e imágenes de nuestra historia personal, que nos apuntalan en momentos difíciles, de esos tesoros que siempre quedan después del naufragio y con el tiempo van adquiriendo más y más valor. Dicen (los autores) que no fue su intención que esta novela se volviera un remover de infancias. Pero yo agradezco que así sea. Fue inevitable, al leerla, repasar también algunos momentos de mi vida con la mirada curiosa de aquella niña que bien podría ser Vero. Espero, lector, lectora, que disfrutes de este libro, que te atrape la historia, y te arrastre en un naufragio de recuerdos, y que encuentres que está ahí, en ese niño/niña, el secreto para salir a flote. Gracias por escucharme.
___________oOo____________ [Texto leído durate la presentación de la novela Tesoros en el naufragio, de Héctor Cortés Mandujano y Roger Octavio Gómez Espinosa, el 17 de octubre de 2024.]
Fotografía: Adriana Corzo.
Sobre la autora:
Mónica Corzo. Villaflores, Chiapas, México.
Inició su carrera profesional como Licenciada en Ciencias de la Comunicación y maestrante en Comunicación Educativa e Inteligencia Emocional. Durante su etapa de estudiante publicó algunos artículos en el semanario Este Sur.
Fue redactora en las Secretarías Técnica y de Comunicación Social del Gobierno del Estado de Chiapas. Colaboró en la elaboración del libro El nuevo rostro de ChiapasyelDiccionario enciclopédico de Chiapas, ambos publicados por el Gobierno Estatal,y dio clases de literatura y filosofía, torciendo luego el camino para convertirse en una empresaria que nunca quitó los dos pies del terreno de la literatura.
Durante los últimos veinte años ha sostenido con ahínco empedernido la existencia del Taller Literario del maestro Héctor Cortés Mandujano, de donde es la alumna siempre ausente, la admiradora fiel de sus compañeros escritores, y coautora de las novelas colectivas inéditas Norte 17 y Delta; Así como del cuento «Un mal día para suicidarse», publicado en el libro 8 Mujeres, Editorial Tifón, 2019 .
Ha incursionado en Teatro y en lecturas de atril. También es miembro activo de la Rial Academia de la Lengua Frailescana. Aunque lo suyo, suyo, es preparar el café que invita a la lectura.
Fitzgerald y Carraway: la realidad en la ficción Esteban Martínez Sifuentes
Egresado de Yale y empleado en la correduría de acciones, el bonachón Nick Carraway se acaba de mudar del medio oeste, en los “bordes del universo”, a un lujoso barrio en los suburbios de Nueva York. Bahía de por medio, ha alquilado una modesta casa cerca de su prima Daisy y su marido Tom, hombre exitoso y racista aficionado al polo. Carraway no tarda en quedar deslumbrado por la distinción y el enigma de uno de sus vecinos ahí a unos pasos, el de la residencia más fastuosa de la zona. Pronto éste lo invita a una de sus rumbosas fiestas quincenales en la mansión y van trabando amistad. Esto en la novela de Scott Fitzgerald El gran Gatsby (1925), literaria y extraliterariamente con olor a alcohol y dinero y amenizada por el movido jazz de la época. Es la obra cumbre del autor de Saint Paul, Minnesota (1896-1940), universitario fracasado y alcohólico, y una de las mejores del siglo XX. En ella se contrastan muchas cosas que importan, el amor y el desamor, la riqueza y la pobreza y, en la moral de Carraway, la superficialidad de los poderosos y la virtuosa ingenuidad provinciana contra la decadencia de la megalópolis. Este joven optimista, el narrador de la historia, no tarda en ser invitado por el encantador Jay Gatsby a almorzar en el centro de Nueva York; aquél acepta complacido. A sugerencia de Gatsby, acuden a un discreto y exclusivo restaurante. Se sientan a la mesa con el viejo Meyer Wolfsheim, quien de entrada le parece al noble Carraway un actor aburrido o un inofensivo dentista. Marginado un tanto en la conversación, no tarda en enterarse que es un apostador, pero no uno amateur o de medio pelo, sino el que amañó la Serie Mundial de Beisbol de 1919 entre los “Medias blancas” de Chicago y los “Rojos” de Cleveland. A inicios de la instauración de la Ley Seca, eran años de bonanza económica, gran corrupción política y consolidación de los grupos mafiosos italianos, judíos e irlandeses. Un suceso que marcó por décadas la historia de ese deporte en Estados Unidos, The Black Scandal consistió en que el equipo de Chicago se dejó ganar los partidos que definían el campeonato. Para las autoridades, el fraude salió de la cabeza del primera base del equipo. Ambición, pero también una especie de represalia contra la roñosería del propietario de los Medias blancas, que hacía pagar a sus jugadores hasta por los uniformes limpios, por lo cual iniciaron una huelga. Figuras similares de la época eran Henry Ford y William Randolph Hearst. Sobre éste existe una película imperecedera, un tanto sesgada con relación al magnate del periodismo puesto que el personaje a la sazón estaba vivo, amenazó con demandar a Orson Welles y hacerle la vida imposible hasta el último suspiro; sobre el otro, Ford, promotor del nazismo, pocos se han atrevido a retratarlo en una gran producción. Como cerebro táctico y financiero del garlito deportivo de 1919 se agazapaba el gánster profesional Arnold Rothstein, quien sirvió de inspiración para el Wolfsheim de la novela de Fitzgerald. Al final fueron vetados de por vida de ese deporte ocho jugadores, a quienes se les había prometido una bolsa de cien mil dólares por su fingimiento. Los verdaderos responsables permanecieron impunes, igual que en el Crack bursátil que tardaría pocos años en estallar. Toda creación literaria (toda creación a secas) se nutre en mayor o menor grado de realidad y mentira, verdad e imaginación, son los dos ventrículos del corazón o, como gustéis, los dos hemisferios del cerebro. Impulsos naturales. Los escritores de ficción suelen embozar sucesos y personajes de la realidad por diversos motivos. Unas veces son fácilmente reconocibles, otras no tanto, y pueden ser un estímulo para el espíritu detectivesco de cualquier lector; si no se descubren no importa tanto, la obra debe funcionar como un todo redondo. La dosis original depende de la malicia del escritor. En la novela en cuestión, el otro yo de Fitzgerald es Tom Buchanan y, más aun, Carraway. La frágil y caprichosa Daisy, el evanescente amor eterno de Gatsby, es Zelda (1900-1948), la hiperactiva esposa en la vida real de Fitzgerald, quien rechazó varias veces al aspirante a escritor porque “las niñas ricas no se casan con muchachos pobres”, aunque ella no era demasiado rica ni el pretendiente demasiado pobre; cuestión de aspiraciones, y de simulación. Zelda no era la primera que, como Daisy a Gatsby, lo rechazaba por el mismo motivo. Los Fitzgerald fueron la pareja perfecta unos años, un icono de matrimonio alegre y despreocupado, escandalizante y digno de chismearse en la prensa donde estuvieran, en Hollywood, en la costa Este o fiesteando en París con Hemingway, Stein, Picasso y otros desenfadados rebeldes. Ella hija de un juez de la Suprema Corte de Alabama y bailarina de revista (flapper), y él famoso por su primera novela, A este lado del paraíso (1920). Eran célebres. Sobrevinieron las traiciones mutuas. Zelda, que anhelaba ser artista de ballet, escritora y pintora, terminó en el manicomio. Scott, abrumado por la vida y más alcoholizado que nunca, murió antes a los 46 años, con una hija desatendida y una obra imperecedera. ¿Es el precio de ser escritor? No siempre es así (los bienportados Borges y Bioy Casares, dos ejemplos a mano) y además casos similares e incluso peores se dan donde no hay creatividad. En el cine, Chaplin usó maravillosamente el recurso del embozo a medias para otorgarle mayor densidad a la sátira y potenciar el escarnio hacia los personajes reales de El gran dictador (1940): cualquiera con mínimas nociones de historia reconoce que la figura Adenoid Hynkel representa a Adolfo Hitler, y Bencino Napolini a Benito Mussolini. Allá por el 422 a.C., en la disfrutable comedia Las avispas el griego Aristófanes no tuvo empacho en ridiculizar por su nombre a su rival político Cleón, e incluso llama a dos de sus protagonistas Filocleón y Bdelicleón, es decir pro-Cleón y anti-Cleón. Cleón de Atenas, general en la Guerra del Peloponeso y representante de la clase empresarial, no era de los que se tragaban burlas así como así, pero no se conocen sus represalias contra el autor; seguramente las hubo. Se dice que doña Luisa, madre de García Márquez, le reclamaba con sentido del humor al hijo haberla retratado en varias de sus obras y, sobre todo, en Cien años de Soledad (“Úrsula cien años”). De no haberlo externado ella, pocos se hubieran dado cuenta. Por diversas razones, que a veces llegan a la agresión física, en ocasiones conviene disfrazar la realidad, lo que no significa falsearla o mentir, sino crear. El quid, nada fácil, está en aprovecharla, exprimirla para encontrarle la originalidad, el ángulo diferente, novedoso. Volviendo a El gran Gatsby, en el capítulo inicial de la obra, Tom Buchanan, interrumpe a Carraway para señalar durante una inocua comida familiar: “La civilización se está cayendo a pedazos. Me he convertido en un terrible pesimista al respecto de las cosas. ¿Has leído El ascenso de los imperios negros de este hombre Goddard?” Carraway, que se precia de ser una persona honesta, reconoce que no. Y Tom aprovecha para añadir: “Bien, es un buen libro, y todo el mundo debería leerlo. La idea es que si no tenemos cuidado, la raza blanca será… terminará completamente subyugada. Todo es científico; incluso está comprobado”. El ascenso de los imperios negros y su autor Goddard no existieron; sí es verídica, en cambio, la realidad de La caída de la gran raza, de Madison Grant, y La ascendente marea de color contra la supremacía blanca en el mundo, de Theodore Lothrop Stoddard, de cuyos títulos y autores Scott Fitzgerald destiló los suyos. Así, de manera original y sintética, dota de ideología y corporeidad real al ficticio millonario supremacista Tom, el altivo e infiel esposo de Daisy, y se evita posibles reclamos de los influyentes autores Grant y Stoddard y su legión de seguidores, entre los cuales se contaba Theodore Roosevelt. Grant moriría en 1937 y Stoddard en 1950; aún tienen adeptos. Según el periodista Rich Cohen, el hampón Rothstein fue el primero en vislumbrar que la Ley Seca (1920-1933) significaba una inmejorable oportunidad para los grandes negocios, y actuó en consecuencia. Rothstein fue asesinado por una deuda de póker en 1928. Su alter ego en la ficción Wolfsheim, más que socio, “creador” de Jay Gatsby (al parecer él le ayudó a amasar su fortuna), concluye su breve y significativo paso por la trama negándose a asistir al entierro de Gatsby a pesar de la insistencia de Carraway. “Aprendamos a demostrar nuestra amistad con un hombre cuando está vivo y no después de su muerte”, finaliza ese gánster crepuscular continuador de El padrino de Coppola (primera parte, 1972) y sucesivos pillos de tono patriarcal. Realidad que parece ficción, el mismo Francis Ford escribió el guion de la película epónima de la novela, la de 1974 (Jack Clayton) donde aparecen Redford como Gatsby y Farrow como Daisy, sin duda la mejor de las cinco o seis que se han hecho. Carraway, que nos ha ido mostrando sutilmente su creciente malestar por la vida vacua e hipócrita y la imposibilidad de recuperar el pasado que deseaba Gatsby con todo el poder de su fortuna, decide acompañar hasta su tumba al hombre corrupto que ha admirado. No obstante, Jay Gatsby le resulta mejor persona que Tom, Daisy y el resto de los ricachos de alcurnia tipo Donald Trump que ha conocido. Asqueado, al final Nick Carraway se vuelve al virtuosismo rural del medio oeste donde cree pertenecer. Allá, mera especulación, se volverá rico con la experiencia adquirida en Nueva York y tendrá hijos que querrán ser como Daisy y Tom. Suele suceder en la realidad.
Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.
Obra publicada: Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.
Alas a la imaginación: la pluma Esteban Martínez Sifuentes
A otro héroe anónimo de la humanidad se le ocurrió, para desahogar la pesadumbre que rebullía en su alma o recordar la deuda del vecino por las vacas que le vendió semanas atrás, recoger la pluma que había soltado un ganso en una zacapela contra otro ganso. Sucedió así: la observó con detenimiento durante horas (antes sobraba el tiempo), la remojó por la parte delgada en el caldo espeso y negro que por azar tenía a su alcance y, reflexivo, se puso a garrapatear sobre la superficie lisa y receptiva (arcilla, pergamino o papel) que estaba en su mesa… No estamos seguros de que haya sido así. En todo caso, primero tuvo que haberse inventado la escritura, el alfabeto, ¿o fue al mismo tiempo? En fin, lo relevante aquí es que la pluma, la punta afilada y manipulable de una estaca, cálamo (caña) o hueso, y la escritura se aliaron para inaugurar una revolución más significativa que la invención de la imprenta o el internet. Largando la prehistoria, daban paso nada menos que a la Historia, el registro perdurable de cualquier cosa que acontecía, había acontecido o acontecería en el entorno e incluso, abstracción más abstracción, en las fantasías. De ahí la importancia de gimnasia cerebral de la lectura, que es descifrar una abstracción (el lenguaje, la escritura) dentro de una abstracción (el escritor) dentro de otra abstracción (el lector). Y puede haber más, sucede que mi capacidad de abstracción no da para tanto. El envite por la lectura es más alto que apoltronarse frente a Netflix o derribar enemigos en los videojuegos, pero paga mejor y siempre se gana, así sea un puñado de relucientes palabras nuevas, una frase luminosa, la hebra de una remembranza, ¿quieren apostar? La pluma estilográfica es como el pariente rico del lápiz, y el bolígrafo un aspiracionista clasemediero, en apariencia. A condición de que no falle, es el invento perfecto, barato, duradero, democrático. Dispositivo relativamente reciente y ahora desechable (su producción masiva comenzó a inicios de los 40 del XX en Argentina), el bolígrafo vino a liberarnos de cargar con la pesada pluma fuente o estilográfica, cuya tinta se acababa a mitad del urgente manuscrito, se atascaba o secaba antes de ser usada, aparte de que tenía la maña de derramarse en cualquier paño blanco (como el mar al delfín, le sigue fascinando la tela blanca). A su vez, antes, la estilográfica metálica nos liberó de portar la pluma animal y el engorroso tintero a todas partes, esto a mediados del siglo XIX, si bien los árabes, expertos calígrafos por su religión, empleaban algo similar desde 900 años atrás. Con un cuadernillo en la otra mano pudimos anotar, bosquejar pormenores o ángulos esenciales en cualquier sitio, incluso caminando, como los esforzados reporteros o los secretarios particulares del político trinchón y el importantísimo CEO de algo. En Argentina y regiones de Suramérica le nombran birome y en otros países biro. Pensé que era lunfardo, un porteñismo. No. Su origen es interesante. Fue una marca comercial, Birome, con los apellidos de sus primeros comercializadores, los hermanos húngaros Biro y su amigo Juan J. Meyne que huyeron del nazismo. Los socios, uno de ellos Lázló Biro, periodista e inventor definitivo, la llamaron esferográfica. Entre otros atributos que pregonaba su publicidad y hoy nos parecen obvios (salvo el último), estaban: siempre cargada, tinta indeleble y de secado rápido, punta esférica, y “única para la aviación”. Popular tras el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki, se le conoció también como pluma atómica, lo cual me obliga a protestar aunque sea a destiempo. El bombardeo fue un acto de barbarie y la pluma es civilizatoria. Salvo insultos y amenazas, todo lo que tenga que ver con el lenguaje lo es. En los 50 Lázló Biro se mudó a Francia, donde vendió la patente a un tal Marcel Bich, que simplificó y abarató la producción del esferógrafo, convertido hoy día en el ubicuo y transparente Bic. En conclusión, ¿el bolígrafo se lo debemos al nazismo? No, a esa podrida doctrina no le debemos sino el dolor que causara; sí a la tenacidad de los Biro. En realidad los tres instrumentos de expresión personal, estilográfica, lápiz y bolígrafo, tienen en la actualidad sus nichos de uso. Aunque el desenlace sea idéntico, impensable con un Bic la firma entre mandatarios nacionales de un pacto comercial de chorrocientos millones. Con un tanto de inspiración y otro de ahínco, cualquiera de los espigados instrumentos le saca alas a nuestra imaginación. Según esto desde Edison, la tradición ordena que el genio, incluyendo al que implica la escritura y el dibujo, sea 99 por ciento de sudor y uno por ciento de susurros de las musas al oído. No hagamos caso y que cada quien aporte lo que Dios le dé a entender. Que hagan la prueba las nuevas generaciones digitales: nada existe más liberador que tomar un bolígrafo o pluma y ponerse a plasmar sobre una hoja virgen lo que nos dicte nuestro libérrimo albedrío o, como dice la expresividad ibérica, lo que nos salga de los cojones. Por ejemplo, una carta de amor; antaño, desde mucho antes de la novela epistolar Las relaciones peligrosas (1782) y hasta hace unos magros 20 años, tenían impacto y removían corazones empedernidos en sentido favorable o desfavorable. “No, Martínez, te lo escribo por primera y última vez: aunque tus ʻnoches de invierno y sal sean una agonía en la mísera yacija de condenado al patíbuloʼ, te quiero solo como amigo y no pienso casarme contigo en los próximos 250 años. Ah, y no me llames Estrellita delante de los compañeros, ¿me entiendes? Mi nombre es Estela”. No me resisto a consignar lo siguiente como curiosidad, maravilla de recursos de internet y homenajeable esfuerzo por promover la creación literaria entre niños y jóvenes: como resultado del primer premio de poesía Estudiantes Poetas, efectuado allá por 2017 en Miami a iniciativa del consulado de España, apareció el volumen colectivo Oda a mi bolígrafo. ¿Cuántas hojas en blanco puede realmente engalanar la tinta de un bolígrafo? Quién sabe, poseen la desconcertante y enfadosa manía de perderse casi nuevos. ¡Bah, al fin y al cabo son desechables y se adquieren en cualquier tiendita! No es inusual ver uno destripado en el arroyo por peatones y coches, y me pregunto yo: ¿por qué nunca se les cae la billetera o siquiera un billete de 500? ¡Ah, claro, eso se cuida, es valioso! Lo otro, no. En un trámite bancario reciente, le deslicé por el escritorio los documentos que acababa de firmar a la ejecutiva. Los observó y dijo: ─Muy bien, ¿ahora me devuelve mi bolígrafo? ─Es mío, usted no me dio uno ─respondí con enjundia. ─¿Me lo jura? ─Sí, soy escritor. Nunca salgo sin uno y es éste ─no la percibí convencida en lo del bolígrafo ni en lo de escritor; apechugó, no obstante, con una sonrisa profesional. Para ver qué se siente, desde joven he fantaseado con robar un banco (por supuesto, no voy a cometer tal latrocinio), pero no así.
Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.
Obra publicada: Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.
Nati observó con atención su mano izquierda que tocaba el cristal de la ventana. Estaba a bordo de un camión, viajando en carretera. El paisaje era una selva verde con un cielo en tonos grisáceos y unas pinceladas en color azul. El tono del esmalte que decoraba sus uñas le gustaba, no se había percatado que también las uñas tenían sus colores favoritos. Se alegró de haber elegido el tono de color palo de rosa, le sentaba muy bien. Continuó observando la forma de sus dedos, cada una de las partes que integraban las falanges, las falanginas y las falangetas de su mano. Siguió moviendo los dedos, se sintió muy agradecida de poder hacerlo. Tenía unas manos sanas y eso era un gran regalo. Absorta en el movimiento de la mano recordó que había aprendido elementos básicos de la lengua de señas. Comenzó a hacer el repaso del abecedario, su nombre completo, el nombre que le había otorgado su maestra sorda en lengua de señas. Las manos eran una herramienta fundamental para las personas sordas y las personas hablantes que querían comunicarse con ellas. El movimiento de las manos era todo un arte combinado con los gestos. Además de lo anterior, las manos cumplen con muchas actividades, se usan para comer, vestirse, escribir, bordar, acariciar, cocinar, pintar, esculpir, maquillar, ejecutar un instrumento, construir, sostener, aplaudir, entre muchas funciones más. En su mente asomó la frase: ¡Vaya que las manos tienen un papel vital! Continuó repasando algunas frases que había aprendido en lengua de señas, recordó que tenía palabras favoritas como los días y meses del año, se puso a deletrearlas. Luego, se descubrió intentando dibujar las formas que imaginaba en las nubes. En espacio de instantes, las nubes se esparcieron y el sol se asomó para reflejar sus rayos sobre el rostro de Nati quien llevó sus manos para cubrirse los ojos. ‘Las manos que hablan’, dijo para sí, volviendo de nuevo la vista a sus dedos, ahora de ambas manos, como si fuera la primera vez que descubría lo maravillosas y bellas que eran, además de agradecer por lo afortunada que se sentía de tenerlas.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.