Voces ensortijadas. 48. El regalo de la tia Toñi. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 48

El regalo de la tia Toñi

Por María Gabriela López Suárez

Faltaban pocos días para la celebración de la Navidad, Maribel estaba triste, la situación económica en su familia no era buena y eso le había impedido ahorrar para los regalos que le gustaba compartir. A sus nueve años había aprendido a ahorrar desde dos años atrás, Mónica, su hermana mayor, le había enseñado.
     Mientras pensaba cómo podría hacer para tener regalos, escuchó el sonido del timbre de su casa. Se asomó en la ventana y vio que era la tía Toñi, hermana de su mamá. Abrió la puerta.
     –Buenos días hija, ¿cómo están?
     –¡Hola tía Toñi! Bien, ¿y tú? Pasa, por favor.
     El rostro de Maribel reflejaba tristeza. La tía Toñi entró a casa, les llevaba una jarra con arroz con leche que había preparado. Era una de sus especialidades. Ambas se dirigieron a la cocina.
     –¿Y la demás gente en esta casa? ¿Acaso siguen durmiendo?
     –No tía, salieron al mercado. Yo preferí quedarme, no me siento con ánimo.
     –A ver hija, ¿qué te pasa? Ya me preocupaste. Eso sí que es raro, a ti te encanta salir. Cuéntame, tal vez pueda ayudarte.
     Los ojos de Maribel  se fijaron en la tía Toñi que había servido dos tazas con el arroz con leche preparado y le invitaba a sentarse para platicar.  La niña sintió un halo de esperanza con la llegada de la tía Toñi. Le explicó que no tenía dinero suficiente para comprar los chocolates y las galletas que año con año decoraba y regalaba a su familia. No se le ocurría qué otra cosa podría regalarles, su alcancía estaba prácticamente vacía.
     –¡Ay Maribel! Así que eso es lo que te tiene atormentada.
     –¿Te parece poco tía?
     –No quise decir eso, más bien no es para que te angusties. Te contaré una experiencia, me pasó algo similar. Pero vamos niña toma tu arroz con leche que se enfría.
     –¿En serio tía Toñi?  Platícame. 
     Mientras cada una iba degustando su bebida, la tía Toñi le compartió una anécdota de su  infancia, cuando era el cumpleaños de su mamá y al no tener dinero para comprar un regalo  se le ocurrió que no siempre era necesario regalar algo comprado, también podría ser algo elaborado por ella. Así que empezó a juntar los retazos de papel crepe de diversos colores que tenía e hizo un ramillete de flores. 
     El rostro de Maribel fue cambiando mientras escuchaba a su tía, sus ojos tenían otro brillo. Recordó que guardaba hojas de diferentes colores y pegatinas que le habían regalado en su cumpleaños. Además contaba con  lapiceros de colores, crayolas, tijeras y pegamento. 
     –Tu abuelita se sintió muy contenta con ese ramillete de flores y lo conservó muchos años hasta que fueron perdiendo el color. Lo más valioso es la intención con la que haces el obsequio, aunque sea un detalle sencillo. Así que niña, seguro que tú puedes hacer algo.
     –¡Qué bonito detalle para la abuelita! ¡Muchas gracias tía Toñi! Eres mi ángel navideño. Yo no sé hacer flores, pero si me gustaría elaborar unas tarjetas, tengo los materiales para hacerlas. 
     Maribel se levantó para abrazar y besar a su tía Toñi, quien le correspondió. Ambas sonrieron.
     –Por cierto tía, casi me olvidaba, muchas gracias por el arroz con leche. Te quedó bien rico, como siempre. 
     –Por nada hija. Recuerda que las penas con pan son menos.

Fotografía: Xanty Mendoza

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 47. Las maravillas de la escritura. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 47

Las maravillas de la escritura

Por María Gabriela López Suárez

Yo no decido sobre lo que voy a escribir. No, yo espero a que algo ocurra

José Saramago en «Entrevista» por Pilar Pita (1998, La revista)

Ernestina contempló cómo caía la tarde frente a su ventana, aún no lograba asimilar lo que había sucedido en su familia, intentaba hacer una reflexión para entender. Los problemas eran algo con lo que no solía lidiar muy bien. Esa ocasión no lloró, recordó aquel consejo que alguna vez le había dicho Julián, uno de sus compañeros del bachillerato: cuanto te sientas mal, muy mal, respira, respira y toma un traguito de agua. Ella hizo lo primero y le funcionó para calmar la tensión y  sentir menos tristeza. 
     Mientras estaba atenta con la vista hacia el cielo comenzó a buscar las formas de las nubes, poco a poco se fueron desvaneciendo a medida que el sol se ocultaba. Vio la parvada de pájaros que con prisa estaba buscando el lugar donde pernoctarían. Siguió observando y una nueva oleada, ahora de cotorros, pasó cantando con toda su algarabía. 
Siguió respirando, lento, profundo, de manera consciente. Fue sintiendo cómo iba llegando la tranquilidad a su corazón y a su interior. Se quedó pensando que el consejo de Julián era muy acertado, aún cuando él era muy relajista y ella no habría imaginado a él haciéndolo. 
     Sintió cómo su rostro iba dejando a un lado la tensión, quién era ella para intentar solucionar las situaciones de las otras personas. Fue en busca de su libreta y sus lápices de colores. No era la mejor dibujante, pero eso también le ayudaba a desestresarse.
     Comenzó a trazar algunas líneas, fue intentando dar forma a un árbol rodeado de pequeñas ardillas, imaginó ser una de ellas, la más intrépida y aventurera. Coloreó el dibujo. No le llevó mucho tiempo el ejercicio. Lo observó. Sintió la necesidad de crear una especie de historia, quizá un pequeño cuento que podría ilustrar con su dibujo. Intentarlo valdría la pena. Tomó lápiz y papel, enseguida se le vinieron a la mente los consejos de sus profes de Literatura en la secundaria y preparatoria. Indudablemente uno podía descubrir las maravillas de la escritura hasta que la ponía en práctica. Ésa era una buena ocasión para hacerlo. Inició el texto, acompañada del cantar de un grillo que indicaba que la noche había llegado.
     -En el bosque, Lochi, la inquieta ardilla...
Photo by Frank Cone on Pexels.com

Fotografía: Frank Cone

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 46. ¿A qué sabe la navidad? María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 46

¿A qué sabe la navidad?

Por María Gabriela López Suárez

La noche se acercaba tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, es decir, que pronto la noche de Navidad cubriría  nuestro hemisferio con su sombra sagrada  y animaría a los pueblos cristianos con sus alegría íntimas...

Ignacio Manuel Altamirano en, Navidad en las montañas

Verónica y su familia aprovecharon que el día había amanecido soleado para poner en marcha su paseo por el bosque. Venían postergando su salida debido a la temporada de lluvias que parecía no cesar. Así que ese sábado, por fin, se logró la salida.
     Llegaron al destino, la familia se había congregado como hacía tiempo no lo hacían, los tíos,  primos, sobrinos. Era un gran jolgorio. Cada quien fue instalándose, colocaron mantas sobre el pasto y fueron acomodando los alimentos para compartir.
     Una vez sentados cómodamente en el pasto, comenzaron a desayunar. Había variedad de alimentos, tipo buffet, quesadillas, chicharrón con ensalada de pico de gallo, frijoles refritos, nopales asados, frutas, pan regional, bebidas de chocolate, café, jugo de naranja. Y para el postre un pastel de zanahoria que Verónica había preparado. Mientras compartían los alimentos, algunos salían con bromas o comentarios chuscos, otros más recordaban que era un lindo día  por la  oportunidad de reunirse nuevamente y  hubo quien evocó la memoria de familiares que habían partido físicamente, mencionándolos con cariño.
     Verónica estaba muy feliz, observó a toda la familia, era un gran regalo. Disfrutó el olor a pino que les brindaban los árboles que les rodeaban. Eran árboles altos y con ese tono verde tan hermoso que parece que uno solo podrá hallar en las películas o cuentos. El canto de los pájaros era parte del paisaje sonoro que les acompañaba; cerca de ahí corría un arroyo. Era un escenario muy bello y lleno de vida.
     Justo faltaba poco tiempo para celebrarse la Navidad. Mientras observaba  a sus familiares y reía con las ocurrencias que escuchaba, Verónica se quedó pensando en el significado que tenía para ella esta festividad. ¿A qué sabe la Navidad? Lejos de tener la imagen de la niñez, de recibir regalos, que por cierto, no dejaba de causarle emoción, ahora la apreciaba de distinta manera. Los regalos no eran precisamente los presentes materiales que recibía, ni el llenarse de adquisiciones que luego quedaban arrumbadas, sino todos esos instantes y presencias de los que podía disfrutar, como esa mañana en familia.
     La Navidad, ahora, sabía a gozar de salud, a compartir tiempo y espacio con los seres amados, a escuchar el canto de las aves, el sonido del mar cuando mueve las olas, a sonreír al contemplar un paisaje, al ser solidaria ante una necesidad, al escuchar a quien la necesitara. Cada una de esas experiencias era un regalo para agradecer. La Navidad había adquirido otro sabor, y no precisamente tenía que esperarse hasta el mes de diciembre para darse cuenta que en todo el año se podía vivir.
     La tía Federica pidió a Verónica que fuera ella quien partiera el pastel, para comenzar a degustar el postre. Verónica asintió sonriendo, mientras pensaba para sí,
     -He aquí el sabor de la Navidad. 

Fotografía: RODNAE Productions 

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 45. Los encuentros. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 45

Los encuentros

Por María Gabriela López Suárez

En memoria del compañero, colega,

maestro Efraín Ascencio Cedillo

Alguna ocasión se han preguntado sobre la importancia que tienen en nuestra vida los encuentros  con los seres amados, sean de manera presencial, a distancia y ahora con la contingencia sanitaria en que vivimos, también de manera virtual. ¿Qué sentido tienen los encuentros? Para mí  son como esas instantáneas que se quedan en la memoria y en el corazón. Sin embargo, haciendo una recapitulación en varios de ellos no he guardado registro en imágenes capturadas. ¿Por qué? Son diversas las causas, una es porque en mi imaginario queda siempre la idea de que volveré a ver a las personas.
           Hoy comparto algunos encuentros que tuve con el compañero, colega, maestro Efraín Ascencio Cedillo que falleció hace algunas semanas, y que en el marco del XIX Festival Fotográfico Tragameluz organizado por el Colectivo Tragameluz se han realizado diversas actividades en su memoria, no solo como parte de su legado fotográfico sino también como uno de los integrantes fundadores de este Colectivo y una persona a la que se recuerda con mucho cariño por su sencillez y las enseñanzas que nos compartió.
          Con Efraín tuve la oportunidad de entablar diversas charlas, al ser mi colega en la docencia a nivel superior, recibí de él sugerencias sobre textos, películas, estrategias para trabajar con grupos y también tuve la fortuna de escuchar algunas anécdotas en su trayectoria.
          Dentro de los encuentros que evoco estuvo la oportunidad de proponer en 2011 en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), en coordinación con el compañero fotógrafo José Ángel Rodríguez, el trabajo colectivo de artistas Jaliscienses en Chiapas, intitulado  Pulsaciones, donde Efraín Ascencio Cedillo compartió espacio con las compañeras Cecilia Monroy y Margarita de la Peña, artistas en el ámbito audiovisual y en la plástica, respectivamente. Esta experiencia colectiva fue muy interesante, se realizó en el entonces Centro de Difusión Universitario Intercultural  de la UNICH, ubicado en la Calle Diego de Mazariegos, 19 en el centro histórico de San Cristóbal de Las Casas. 
          Un segundo encuentro fue a través del trabajo académico donde la lente de Efraín se hace presente, el libro Etnorock. Los rostros de una música global en el sur de México, obra colectiva  que realizó  con los compañeros académicos Martín de la Cruz López Moya y Juan Pablo Zebadúa Carbonell. Trabajo del que tuve la oportunidad de comentar un 5 de septiembre de 2015 y del cual guardo el libro con la dedicatoria de sus autores.
          Es así que al evocar en los recuerdos, los encuentros surgen nuevamente y se conjugan con los sentimientos, las añoranzas y los aprendizajes. Gracias Efraín por quedarte en nuestras memorias y corazones, seguramente tendremos más encuentros en donde coincidir. 

Fotografía: M.G.L.S.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 44. Habitar el olvido. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 44

Habitar el olvido

Por María Gabriela López Suárez

Con cariño  para las compañeras del Cerss  5, SCLC

… en donde esté una piedra solitaria

sin inscripción alguna

donde habite el olvido

allí estará mi tumba.

Gustavo Adolfo Becker en «Rima LXVI»
Alba despertó deseando que la mañana dibujara un paisaje soleado, tenía muchas ganas de sentirse acariciada por los rayos del sol.  Habían  pasado varios días nublados que poco ayudaban a su estado de ánimo. Desde que había recaído de la enfermedad que padecía, su entusiasmo había mermado. Sin embargo, tenía la certeza que todo estaría bien, era necesario seguir las indicaciones médicas. De ahí la necesidad que tenían su corazón y espíritu porque el sol saliera con todo su resplandor.
          Su deseo fue cumplido, los rayos del sol alumbraron con tal intensidad que la invitaban a tomar un baño de luz para recargarse de energía. Así lo hizo. Salió al patio de su casa, se situó cerca  de los árboles, cerró los ojos y alzó el rostro al cielo, permitiéndose sentir el resplandor matutino.
          Permaneció así unos instantes. Sintió cómo su cuerpo agradecía ese gesto; animada se dispuso a realizar las labores correspondientes en el jardín, ésa era una de las actividades que tenía para ese  día. Al momento de ir cortando la maleza lo fue haciendo con sumo cuidado y atención, para ella era poco grato que invadiera el espacio donde tenía sus flores. Sin embargo, se percató que si no tenía cuidado al hacerlo podría dañar sus flores. De alguna manera, agradeció que la maleza estuviera ahí, de lo contrario no se habría dado espacio para el cuidado de sus plantas.
           En eso estaba cuando comenzó a reflexionar que la maleza era como las cosas desagradables que suceden en la vida, no se podían obviar y había que aprender a convivir con ellas, aprender a habitar el olvido. Ir afrontando cada situación difícil era un gran reto, no tenía la receta secreta, pero estaba segura que una herramienta importante era estar bien desde el interior, escuchar al cuerpo, a la mente, al corazón y poner atención a todo lo que sucedía alrededor.
           Terminó su labor muy contenta, cortó algunas flores para colocar en el jarrón que tenía en la sala. Hecho esto jaló una silla, se sentó frente a la ventana y contempló cómo el sol  alumbraba el día.  Al tiempo que pensaba que, indudablemente, la vida era así, como los paisajes de cada día, podrían aparecer algunos grises y nublados,  incitando a hacer pausas en el andar, voluntaria o involuntariamente. Había que aceptarlos, era parte de la tarea, pero siempre debía mantenerse la esperanza y tener la certeza que los días soleados llegan y hay que estar preparados para eso. 
Photo by Sergei Shmigelskii on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 43. Las cajitas de madera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 43

Las cajitas de madera

Por María Gabriela López Suárez

Violeta se dispuso a acomodar las cosas en el armario, lo tenía algo desordenado. Mientras comenzaba la labor puso algo de música para ambientar; halló prendas de ropa que ya no usaba, algunas que creía extraviadas como un par de sus bufandas favoritas.
     – Justo a tiempo, ahora que ya viene el invierno, encontré la bufanda de chiffon y la que me obsequió la tía Angélica.
      Siguió la labor de ir separando lo que obsequiaría, lo que usaría y lo que requería ser depurado. Abrió las gavetas, en algunos tenía cajitas, en ellas solía guardar lo que eran sus tesoros, aretes, collares, pulseras, tarjetas, cartas, notas, fotos y detalles pequeños.
      La caja que solía tener a mano era la de los aretes, collares y pulseras. Sin embargo, también tenía la que le había obsequiado su suegra, una cajita muy linda, con decorado sobre la tapa y pintada en tonos blanco, rosa y toques dorados. Como era casi una costumbre, se sentó a revisar el contenido y a leer los mensajes.  Enseguida pasó a su caja favorita, la que era de su abuelita materna, bellamente tallada, barnizada en tono ébano con pequeños detalles en color mostaza. Ésa era como una caja mágica y se sentía muy contenta de conservarla.
     En ella su abuelita Chabelita solía guardar sus tesoros más preciados, desde cartas, fotos de sus familiares, recetas médicas, una que otra publicidad, hasta agujas, hilos y botones. La  mente de Violeta se situó años atrás, en el cuarto de la abuelita, sentada junto a ella, viéndola con atención. Doña Chabelita ataviada con su vestido de manga tres cuartos, color blanco con flores rosas y detalles azules,  portando sus gafas en tono plata, el cabello ondulado con la deadema café oscuro y las manos  ocupadas  abriendo su caja y sacando algunos objetos guardados. Era como un ritual, los sacaba para acomodarlos. Violeta observaba y a veces hacía una que otra pregunta, sin dejar de maravillarse ante la magia que, para ella, se producía en ese momento. 
      De niña, se quedaba pensando, por qué su abuelita guardaba con tanto cuidado y amor esas cosas. Ahora lo comprendía. En las cajitas de madera se conservaban trocitos con la esencia de los instantes, las experiencias, los recuerdos de las personas amadas, era como una manera de atesorar parte de lo más preciado en la vida y traerlo al presente cada vez que el corazón lo necesitara.
      La melodía Amul interpretada en La voz de Snatam Kaur la hizo volver al presente, al tiempo que acariciaba con cariño la cajita de madera, recuerdo de la abuelita y ahora parte de sus tesoros. 
Photo by David Bartus on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 42. Pásele, pásele marchantita. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 42

Pásele, pásele marchantita

Por María Gabriela López Suárez

    


La lluvia había dado tregua ese fin de semana. Carmina se alegró, por fin podría salir al mercado a hacer las compras para la despensa y cubrir el pendiente de su prima Eleonora que vivía en Querétaro. Hacía más de un mes que le había pedido un encargo de chocolate chiapaneco. 
     Ir al mercado era una de las actividades que disfrutaba Carmina. En cada uno encontraba un mosaico de colores, olores y riqueza en la mezcla de las culturas reflejada en los productos que se podían hallar. Además, comprar en ellos era una forma de  contribuir a la economía local. De ahí que no era en vano cuando solían recomendarle que al visitar otro lugar no podía perderse ir al mercado.
     Esa mañana entró al mercado del centro y observó que no había tanta gente para ser fin de semana. Se fue al puesto de camarón seco, saludó al vendedor con el que solía comprar,
     –Buenos días– , dijo Carmina.
     –Buen día, ¿cómo le va? ¿Todo bien?
     –Sí, muchas gracias. ¿Cómo va el negocio con esta temporada de lluvias?
     –Al mal tiempo buena cara– respondió el vendedor.
    Carmina terminó de comprar y se despidió. Mientras buscaba el puesto de las especias, para el pedido del chocolate, se quedó repasando la frase del comerciante del camarón. Otra característica que le gustaba de los mercados era la riqueza del habla local, el uso de refranes, los modismos o regionalismos que se intercambiaban.  Riqueza que estaba vinculada a lo cotidiano y era una manera creativa de expresarla. Así, fueron viniendo a su mente algunos refranes que había aprendido en casa, a todo se acostumbra uno menos a no comer; en casa del jabonero, el que no cae resbala; ¡ya nos cayó el chahuistle!; salió con que a Chuchita la bolsearon; la mula no era arisca, las patadas la hicieron; cuando el río suena es que agua llueva; candil de la calle, oscuridad de su casa; no se puede chiflar y tragar pinole a la vez; solo el que carga su morral sabe lo que traeárbol que nace torcido jamás su tronco endereza.
     En eso estaba cuando llegó al puesto de las especias recibiendo el saludo de la vendedora,
     –Pásele, pásele marchantita, ¿qué va a llevar?
     –Quiero dos kilos de chocolate artesanal, de bolita, por favor.
     Mientras esperaba su pedido, los ojos de Carmina se deleitaban observando la diversidad de especias que tenían en el puesto, entre ellas canela, pimienta, jengibre, clavo, cardamomo; los colores de los granos de maíz, la variedad de chiles secos, el totomoxtle (las hojas secas del maíz para envolver tamales) y un sinfín de productos locales que daban el toque especial a los platillos y bebidas. Los olores se mezclaban creando una atmósfera agradable a su olfato.
     –Eleonora, segurito que me pedirías otros productos, además de chocolate, si conocieras este puesto –, dijo para sí Carmina, al tiempo que sonreía pensando, ojos que no ven, corazón que no siente.

Foto de Frans Van Heerden en Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 41. Cartas para enamorarse. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 41

Cartas para enamorarse

Por María Gabriela López Suárez

    


Eloísa estaba buscando información en la internet, el sonido del viento y la algarabía de las gallinas en el patio hicieron que se asomara por la ventana. El clima estaba frío, el sol alumbraba de vez en vez y las ramas de los árboles se mecían al ritmo del viento. Abrió la ventana y sintió el soplo gélido en el rostro.  Regresó a su actividad. 
     En el incesante mundo de información que suele hallarse en la red, Eloísa buscaba datos que ampliaran sus referencias sobre el patrimonio tangible e intangible de las culturas precolombinas de México. Llamó particularmente su atención el papel que, posterior a esa época, tuvieron las cartas para describirlo. 
     Hizo una pausa. Se quedó pensando en las cartas, ese medio de comunicación tan usado hace algunas décadas y del que ella también había sido partícipe. Ahora, un medio, olvidado ante la vorágine tecnológica. Su memoria se remontó a las tantas cartas que solía escribir a sus amistades locales, de otros estados, países y las cartas que también recibía como respuesta.
      Lo que más motivaba a Eloísa para escribir las cartas eran las historias que contaba a través de las líneas. En cada carta trataba de ser lo más descriptiva sobre lo que narraba. Además, solía hacer una decoración especial a las hojas. Escribía con dedicación y usando sus colores favoritos en las tintas con las que redactaba cada texto. Los sobres solían ir no tan ligeros, porque regularmente escribía un par de hojas completas, de ambos lados. Papel le hacía falta, pero el sobre ya no podría dar cabida a más hojas. Eso pensaba. Cuando le era posible adjuntaba alguna postal, separador o algún detalle que complementara el mensaje de la carta.
     Recordó las veces que recibía cada carta, la emoción le embargaba. Cuando la otra parte le decía que ya había enviado la carta, vía telefónica o a través de algún familiar o persona conocida, comenzaba para ella la cuenta regresiva de los días en que llegaría a sus manos el texto. Una vez que la recibía, la leía con avidez. Repetía la lectura. Era una especie de estar conversando con la persona que le escribía, en cada momento que leía las líneas. Además de lo anterior, Eloísa gustaba observar las letras, alcanzaba a percibir  también ciertos elementos del estado de ánimo con que las habían escrito. Ese intercambio de historias era algo mágico, un poco tardado por el tiempo en que las cartas solían ser recibidas, pero valía la pena una vez que llegaban a su destino.
      En cada carta recibida se había enamorado de lugares, de sabores, de paisajes, de historias compartidas, de películas comentadas, de canciones, libros leídos, aventuras o travesías. Había conocido diversos rincones a través de una carta . La escritura y la lectura se conjuntaban haciendo un intercambio sin igual. Para Eloísa las cartas más significativas en su vida eran una especie de tesoros que aún conservaba y solía leer cada que las hallaba. 
     ––Los tiempos han cambiado, ahora las cartas son un medio en desuso, en su lugar se intercambian audio cartas o video cartas, cada una con sus encantos. Sin embargo, ese toque especial de las cartas para enamorarse se las llevan las cartas escritas ––señaló para sí Eloísa. 
     El barullo de las gallinas la hizo volver a su tarea que aún no terminaba.
Photo by Suzy Hazelwood on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 40. Nuestros fieles difuntos. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 40

Nuestros fieles difuntos

Por María Gabriela López Suárez

    


El tiempo va que vuela en su vertiginoso tic-tac. El cambio del clima, el olor que se esparce a través del viento, los colores en las flores de temporada, nos van indicando que se acerca noviembre. De las cosas que disfruto en esta época es el color que se observa en las flores silvestres que crecen en el campo. Si uno sale de viaje, en carretera, podrá contemplar cómo el amarillo y el verde se van convirtiendo en una especie de tapices que van decorando el paisaje y se van entremezclando. El tono amarillo cambia según el tipo de flor, desde el tono claro como las flores de candox o tronadora (como también se le conoce), otras que llamo girasoles silvestres, hasta algunas que tienen un tono amarillo más intenso como la flor de zorrito (así le llaman en mi familia) o las de cempasúchil en tono naranja. Y qué decir de los tonos diversos con los que decoran los dulces de temporada.
     Noviembre es el mes en que desde la diversidad cultural de México recordamos, en un día especial, a las personas que han trascendido. No me refiero a que solo ese día se les recuerde, sino que esta fecha tiene significados en nuestras culturas y se torna en un sentido de fiesta, envuelto en aromas, colores, sabores y el compartir la memoria colectiva. Una tradición que se celebra desde hace muchas generaciones, que se ha modificado a través del tiempo pero que permanece.
     Aunque desde hace más de un mes, algunos comercios han decorado con motivos alusivos al Día de Muertos, sabemos que la celebración del dos de noviembre de 2020 será distinta. En primer lugar porque muchas de las personas que son familiares o amistades han fallecido en lo que va de este año, estoy casi segura que a varias de ellas no imaginamos perderlas tan pronto y a algunas no tuvimos la oportunidad de despedirlas como acostumbramos en los velorios.  
     Y en segundo lugar, los panteones no tendrán el movimiento acostumbrado debido a la contingencia sanitaria en que permanecemos. Cada persona lo vivirá de manera distinta, no solo en la parte de los sentires, sino en la económica también. Muchas familias dependen de la venta de flores, de frutas de la temporada, de los alimentos que se preparan en esta festividad y que suelen ponerse afuera de los panteones. 
     Cada familia tendrá su propia manera de celebrar a sus fieles difuntos, a nuestros fieles difuntos. Honrar su memoria y recordarlos con amor  y respeto, es algo que podemos hacer desde casa. Desde la elaboración del altar, colocándoles la ofrenda, o también asistir a los panteones, de manera previa y respetando la sana distancia.
     Ya que menciono los altares, les comparto que, me ha dado mucho gusto  hallar en los mercados locales los dulces de temporada, con figuras diversas, de calaveritas, coronas, flores, animales, elaborados a base de azúcar y pintados en tonos rosa y verde. No estoy segura si son tradicionales de Tuxtla Gutiérrez, pero  los conozco desde la infancia. También están los barquillos rellenos de dulces de coco, de camote y una diversidad de dulces de gomitas de grenetina con figuras de pan de muerto y calaveras. El apoyo al comercio local también es importante. 
     El 2 de noviembre será diferente, es parte de uno de los retos en este año que está por culminar, sin embargo, no pasará desapercibido mientras nuestros fieles difuntos permanezcan en nuestra memoria y corazones. Y la ofrenda o celebración que cada persona o familia realice será una de las diversas maneras de tenerles presentes.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 39. Entretejer el cabello. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 39

Entretejer el cabello

Por María Gabriela López Suárez

    


Casi estaba por ocultarse el sol.  El clima era agradable. El calor se había apaciguado. Esa tarde Gertrudis decidió darse un espacio para ella. Fue a su habitación, prendió un incienso y comenzó a escuchar la canción Reloj  de campana. Tócame las horas para que despierten las mujeres todas.  Se sentó en el piso, con las piernas cruzadas, con postura de flor de loto.
         Soltó su cabello y comenzó a peinarlo con sus dedos, permitió que cada hebra se fuera dejando consentir. Hizo memoria, tenía mucho, mucho tiempo de no peinarse con conciencia. Entre las prisas y las actividades cotidianas solía peinarse con rapidez y ponía más atención en el peinado de Bianca, su pequeña hija, quien disfrutaba cuando le cepillaba el cabello, decía que la ponía contenta.
          Gertrudis  comenzó a entretejer  su cabello en dos trenzas. Recordó ese peinado que solía hacerse su abuelita paterna, entrelazando listones en sus trenzas. Siempre le gustó cómo le quedaba, nunca se le ocurrió preguntarle cómo le hacía. Mientras iba formando sus trenzas Gertrudis tarareaba la canción de fondo, para que despierten las mujeres todas…
          El peinarse era un pretexto para también ir sintiendo su respiración, tranquila y consciente. Mientras sus dedos iban formando las trenzas vino a su mente una leyenda que había leído hace algún tiempo sobre el significado de las trenzas en las mujeres. Según la leyenda cuando las mujeres se sentían tristes debían trenzarse para que al ir entrelazando sus cabellos ahí se quedará atrapada la tristeza y no corriera al resto del cuerpo porque podía enfermarlo. Se decía que los cabellos son tan resistentes y fuertes como las raíces del ahuehuete. Para soltar la tristeza había que soltar el cabello cuando el viento soplara para que la llevara lejos.
          La leyenda le había gustado, por la metáfora de cómo atrapar la tristeza y no dejar que fluyera. La parte que más le había llamado la atención era la comparación de la resistencia del cabello con las raíces del árbol. Esa tarde ella no se sentía triste, más bien tenía ganas de consentirse y entretejer el cabello era la manera que le pareció más idónea.  Se sintió relajada, agradecida con sus ancestras, con la naturaleza, con su cabello, sus manos… en ese momento la canción de fondo iba llegando a su fin y la terminó de tararear  porque de sus hijas ella necesita, porque de sus hijas ella necesita que canten y dancen llenas de contento, que canten y dancen llenas de contento, invocando siempre los cuatro elementos.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.