Voces ensortijadas. 76. Escribir para compartir. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 76

Por María Gabriela López Suárez

Escribir para compartir


El clima cálido que se percibe en esta temporada lluviosa me acompaña en este texto que voy redactando para ustedes. Vienen a mi mente varias de las experiencias, personajes, relatos, sucesos, instantes que han ido  nutriendo cada entrega semanal de las Voces ensortijadas.

La imaginación sumada a lo que se puede observar en lo cotidiano son ingredientes que he ido descubriendo en cada texto que escribo. Uno de los elementos que disfruto del género periodístico de la columna es su flexibilidad para abordar la diversidad de temas sobre los que uno se interese. Así, en estas Voces ensortijadas, ustedes han leído algunos escritos informativos, otros que buscan ser una especie de relatos con personajes creados que nos dejan enseñanzas o nos invitan a la reflexión. 

Cada semana es un nuevo reto que tengo para ir definiendo y eligiendo qué temática habré de trabajar que pueda ser de interés para el público lector. Estas Voces ensortijadas son un tejido en colectivo, las líneas escritas dejan de pertenecer a la autora cuando ustedes las hacen suyas, cuando resuenan con algo del texto, se identifican con sus personajes o con los mensajes que lleva implícita cada entrega.

Hoy les comparto con agradecimiento y emoción que este proyecto que puse en marcha en 2017 llega a su cuarto aniversario. Escribir para compartir es uno de los regalos más bellos que hoy tengo. La escritura es tan noble que permite no solo plasmar en ella emociones, inquietudes, preocupaciones, reflexiones, evocaciones, sino que se convierte en una compañera inseparable, esa consejera que es sabia y nos guía cuando lo requerimos. Se escribe por placer y eso alimenta el espíritu.

En este cuarto aniversario de las Voces ensortijadas agradezco desde el corazón a quienes forman parte de esa inspiración cotidiana, a cada lector, lectora que dedica espacio de su valioso tiempo para no solo leer sino escribir sus comentarios, hacerme llegar sus opiniones, sugerencias, reflexiones y las anécdotas que evocan. Cada mensaje es un estímulo que me inspira y anima a seguir con la escritura.  Gracias por permitirme llegar a ustedes y por brindarme un espacio en su caminar.

Agradezco el valioso apoyo de la Revista Letras, ideaYvoz por brindarme espacio para la divulgación; a mis compañeros, compañeras que me han invitado a que las Voces ensortijadas también sean grabadas y se divulguen en espacios radiofónicos como Palabras Sonoras y Tropikalia. De igual manera, doy gracias a la divinidad y al universo por permitirme llegar a este cuarto aniversario y que las ideas sigan fluyendo con el mismo ánimo y entusiasmo de la vez primera.
  
 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 75. Un mar de fueguitos. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 75

Por María Gabriela López Suárez

Un mar de fueguitos

Lucina y su familia estaban en la sobremesa, Joaquina, su madre preguntó a Rogelio el hermano mayor de Lucina, un adolescente, que les contara sobre el libro que estaba leyendo. Vio que lo había dejado sobre un sillón de la sala. Rogelio empezó a relatar que el libro era interesante, le había llamado mucho la atención primero por el título El libro de los abrazos, apenas llevaba leyendo 25 páginas, pero le gustaban los relatos de su autor, Eduardo Galeano.
Joaquina dibujó una sonrisa en su rostro, ella le había recomendado leer esa obra. Mientras tanto Lucina escuchaba atenta lo que decían, para tomar parte en la conversación.

—¿Roge de qué hablan en ese libro?

En ese momento por la mente de Lucina pasó el anhelo de poder aprender a leer bien para que ella también pudiera entender mejor las conversaciones de la gente mayor. 

–De muchas  cosas Lucina, de la gente, de pueblos, de historias, de países. Hay cosas que no entiendo muy bien, pero vuelvo a leer y busco las palabras que no sé, más cuando habla de cosas históricas, así siento que voy aprendiendo. Pero el primer relato es uno de mis favoritos, dejen les leo. 

Fue por el libro y comenzó la lectura.

“Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

Joaquina le felicitó por su interés en la lectura, compartió que a ella también le gustaba ese relato, El mundo, era uno de sus favoritos. Lucina se quedó callada, pensativa. Joaquina se percató y le preguntó.

—¿Qué pasó Lucina? ¿No te gustó el relato?

Los ojos de Lucina expresaban asombro.

—Es que me quedé pensando eso de los fuegos, ¿cómo puedo saber si tengo uno de esos fuegos que dice el libro? ¿Y si no lo tengo, qué pasa? —preguntó con preocupación.

Rogelio quería comentar pero observó a su mamá quien había tomado la iniciativa, se acercó y abrazó a Lucina.

—No tienes por qué preocuparte, conforme vayas creciendo te darás cuenta  que todos somos un mar de fueguitos, tú ya tienes un fueguito que irá creciendo y cambiando con el paso del tiempo. Lo importante es que sepas que lo tienes y es muy valioso, por eso Galeano, el autor del relato nos recuerda que cada persona brilla con luz propia.

El rostro de Lucina sonrió y volteó a ver a Rogelio, quien estaba atento a  ellas. 

—Cuando aprenda a leer bien quiero que me prestes tu libro Roge.

—Sí, con mucho gusto Luci. Ahora qué les parece si comemos el postre. Hay helado de sabor napolitano.  
 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 74. Agradecer la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 74

Por María Gabriela López Suárez

Agradecer la vida


Ese jueves Lluvia se despertó temprano, era su cumpleaños y deseaba aprovechar al máximo cada minuto de ese día especial. Cumplía 11 años y no había pedido un regalo en específico, así que daría la bienvenida a los obsequios que le hicieran llegar sus familiares. Entre ellos aceptó la invitación que le hizo su mamá de llevarla a una reunión donde llegarían mujeres adultas, jóvenes, adolescentes y niñas para platicar sobre temas de interés para todas.

Aunque a Lluvia no le quedaba claro de qué hablarían en la reunión le hacía ilusión el que justo en su día de cumpleaños pudiera conocer a otras personas y que fueran de diversas edades. Además la reunión sería por la tarde y daría espacio a que la felicitaran en su casa con la partida de pastel por la noche.

Para la reunión pidieron llevar ropa cómoda y lo que las participantes quisieran compartir. Azucena, la mamá de Lluvia preparó un ramo de gerberas de diversos colores, unas peras y unas varitas de incienso, además de una bella vela aromática.

Lluvia se puso un pantalón de colores, que no solo era cómodo sino uno de sus favoritos, una playera en tono rojo carmín y sus tenis azules.

Llegaron puntuales a la reunión, Azucena saludó a algunas amigas y también Lluvia, así como a algunas de las hijas de ellas. Cuando inició la reunión les pidieron dirigirse al patio de la casa, ahí había una especie de ofrenda en el piso con flores haciendo la forma de un corazón y unas varitas de incienso que aromatizaban de manera agradable. Les pidieron depositar en la ofrenda lo que habían llevado y que se sentaran en el piso alrededor de ésta, formando un círculo.

Dinorah era la persona que guiaría la actividad. Se presentó y mencionó la intención del círculo de mujeres como un espacio para reflexionar entre ellas sobre diferentes temáticas. En esa ocasión el tema era el agradecimiento por la vida.

La primera ronda fue la presentación de cada una, luego la guía pidió que si alguien de ellas tenía una intención especial, mensaje o experiencia que compartir lo dijera en voz alta si así lo deseaba, o solo llevara las manos al corazón y desde su interior lo hiciera mientras las demás la acompañaban en silencio. Fueron participando algunas mujeres. Después de cuatro participaciones Lluvia, que estaba sentada al lado de Azucena, vio que su mamá levantó la mano, pidió la palabra. Le generó curiosidad sobre qué diría su mamá, sintió que su corazón empezaba a latir más rápido.

Azucena compartió que esa tarde quería agradecer el regalo de celebrar un nuevo año en la vida de Lluvia, su tono fue muy emotivo, tomó la vela aromática entre sus manos, la prendió y se la entregó a Lluvia para que la pusiera en el centro, donde estaban las ofrendas. Lluvia tomó la vela con las manos temblorosas, se sentía muy emocionada y a la vez con algo de timidez. Se levantó y la puso al lado de unas rosas amarillas. Mientras hacía eso, pasaban por su mente varios momentos, los alegres, los tristes, los de emoción y ahora ese cumpleaños.

En ese momento Lluvia sentía que los ojos se le llenaban de agua, sin duda era una experiencia muy emotiva. Al llegar a su lugar quiso externar el agradecimiento por esa intención, no sabía bien qué decir, pero tampoco pudo hacerlo verbalmente porque sintió varios nudos en la garganta. Se llevó las manos al corazón y cerró suavemente los ojos, sintiendo cómo las lágrimas fluían por sus mejillas. Esa tarde Azucena le había obsequiado el bello regalo de agradecer la vida.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 73. El trabajo colectivo. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 73

Por María Gabriela López Suárez

El trabajo colectivo

 
Josefina y Ricardo eran muy buenos amigos desde la adolescencia, desde ahí habían coincidido en compartir el gusto por el arte culinario. Esa coincidencia fue llevada al ámbito profesional y ambos decidieron estudiar Gastronomía.

Hasta donde la memoria de Josefina alcanzaba a recordar además de su amistad, siempre había hecho un buen equipo con Ricardo, no solo habían alcanzado excelentes resultados al cocinar platillos sino también compartido sugerencias, ideas, propuestas y las experiencias poco gratificantes de las que sin duda tenían aprendizajes.

Josefina decidió emprender su camino como chef en un restaurante, sabía que los retos eran grandes y estaba dispuesta a enfrentarlos, finalmente amaba su profesión y la ejercía con amor y pasión.
Así que esa tarde que recibió la noticia que su solicitud de trabajo había sido aceptada no solo agradeció desde el corazón la buena nueva, era algo que deseaba tanto, sino que la compartió con su familia, incluido Ricardo que no solo era uno de sus mejores amigos sino que también formaba parte de ella.

Cuando habló con Ricardo no dudó en pedirle que le compartiera algunas sugerencias para llevar a cabo su nueva encomienda. La charla tardó más de lo que Josefina esperaba, en ella recordaron no solo anécdotas de sus primeras experiencias en la gastronomía sino que también Josefina fue encontrando en ella las sugerencias que le había pedido.

Una de las reglas de oro que le mencionó fue tener siempre presente la sencillez con todas las personas, en especial ponerlo en práctica con su equipo de trabajo.

—Recuerda Josefina, si algo hemos compartido es que ser sencillos no solo abre puertas sino que nos muestra la calidad de personas que somos y con las que podemos interactuar.

Después de haber escuchado atentamente a Ricardo, Josefina se quedó pensando que además de las reglas de oro que le había recordado, un ingrediente esencial en su nueva labor sería el trabajo en colectivo, ahí podría poner en práctica no solo las reglas que conocía sino parte de lo que había llevado a cabo desde sus inicios en la gastronomía.

Finalmente, dentro de su filosofía de vida contemplaba partir del reconocer los talentos de las demás personas, a través de eso creía que el trabajo no solo podía tener mejores resultados sino la posibilidad de interactuar y aprender de cada persona.

El sonido de su teléfono la hizo regresar a su momento actual. Era Angela, una de sus primas, seguro que se había enterado de su nuevo empleo.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 72. Los cantos de la naturaleza. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 72

Por María Gabriela López Suárez

Los cantos de la naturaleza



Esther había decidido que esa tarde terminaría sus pendientes de trabajo para que al día siguiente que era fin de semana pudiera recibir a sus amistades, tenía mucho tiempo que no se veían. Había varios temas sobre qué platicar y les apetecía una amena velada.

Colocó su computadora en un espacio que improvisó para trabajar, tenía ganas de escuchar los sonidos de la naturaleza. Al caer la tarde siempre había una especie de concierto que ese día quería disfrutar para hacer más llevadera la actividad.

Se consideraba muy afortunada de estar rodeada de vegetación en su casa, era como un oasis, después de un fraccionamiento vecino que no tenía ningún árbol. Esa tarde el clima se percibía muy agradable, un ligero viento soplaba.

Mientras terminaba de redactar su documento en la computadora, comenzó a percatarse que el ocaso se despedía, los rayos del sol se habían ocultado.

—Justo a tiempo —pensó.

Cerró la computadora. Revisó su reloj, eran las siete de la noche, Ernesto, su compañero no tardaba en llegar del trabajo. Movió su silla, se puso cómoda y comenzó a deleitarse con los cantos de la naturaleza. Se propuso ir identificando qué aves llegaban de visita. Distinguió el canto de cenzontles, luego el de otras aves que no logró reconocer. De pronto, entraron al escenario las chicharras, Esther estaba asombrada, pocas veces había escuchado que cantaran de noche. Sus cantos fueron de manera intermitente, con esa potencia que solo ellas tienen. Como en un cuarto plano, se escuchó el croar de las ranas, primero cantaba una y luego se unían otras a manera de coro.
En realidad estaba ante un concierto de la naturaleza, cada una de los ejecutantes de sonidos se integraban de tal modo que era posible regocijarse ante su canto.

Observó el cielo, estaba despejado, mientras continuaba escuchando los cantos de la naturaleza. Por un instante cerró los ojos, respiró despacio y profundo, un respiro consciente, agradeció a la divinidad y al universo por ese regalo. Los ladridos de Solín y Dragón, sus perros, la hicieron abrir los ojos. Era el anuncio que Ernesto había llegado a casa.

El rostro de Esther dibujó una gran sonrisa, no solo por la presencia de Ernesto sino por la alegría de haberse dado un instante para detenerse y disfrutar del bello y preciado regalo que le daba la naturaleza.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 71. Trato de palabra. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 71

Por María Gabriela López Suárez

Trato de palabra

Esa tarde del viernes Matilde se acordó de una frase que conocía desde que era niña, “el trato fue de palabra”, sin habérselo propuesto lo había aplicado.

Cuando era pequeña era frecuente escuchar que su abuelita Malú solía platicar algunas anécdotas que hablaban de lo importante que era hacer tratos con la gente donde la palabra jugaba un papel clave. Es decir, si alguna persona hacía un negocio, venta o intercambio, la palabra mediaba como garantía. 
Con el paso del tiempo las cosas cambian, entre ellas esas formas de acuerdos en los que la confianza es parte de los tratos que se establecen en las relaciones interpersonales. Matilde aún no lo había puesto en práctica. En algún momento llegó a pensar que para ella no sería útil. Sin embargo, ese viernes su visión cambió.

Decidió ir a comprar un costal de harina, el ingrediente se les había terminado y era necesario para la panadería que tenían como negocio familiar. Fue al mercado, se topó con la sorpresa que habían cerrado calles aledañas al local donde compraba los productos. Esto había ocasionado más tráfico del acostumbrado. Normalmente solía hacer uso de un sitio de taxis que estaba frente a la tienda de productos, ahora no había ningún vehículo. 

Matilde no tenía otra opción para comprar el material. Pensó que tomaría un taxi en la esquina más cercana a la tienda, pero haría una especie de trato con quien manejara el taxi, para que pudiera esperarla y ayudarle a subir el costal. No se aventuraría a adquirir la harina sin tener asegurado cómo llevarla a casa.

Hizo la parada a un taxi y le preguntó al conductor si le podría esperar a que comprara su producto para hacer el servicio de llevarla a su domicilio. El conductor aceptó y mencionó que daría una vuelta alrededor de la manzana, mientras Matilde compraba. Ella grabó en su mente el número de la unidad, 3216.

La compra fue rápida y Matilde pidió le llevaran su producto a la esquina donde llegaría el taxi. El tiempo comenzó a pasar y Matilde veía que el tráfico era poco fluido. Bajo el intenso sol en el que estaba, su paciencia iba desvaneciéndose. Vio pasar varios taxis desocupados, estuvo a punto de hacer la parada a más de uno. No obstante, vino a su mente que ella había hecho un trato de palabra con el taxista y estaría rompiéndolo si no esperaba la unidad. 

Por su mente pasaron muchas ideas. En eso estaba cuando a lo lejos vio el número 3216, el taxi había cumplido su palabra y había llegado. El conductor se estacionó, abrió la cajuela para poner el costal de harina. Matilde se subió al carro, respiró aliviada, sin planearlo había experimentado que hacer un trato de palabra podía tener sentido cuando se asumía con responsabilidad.

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Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 70. La magia de los paisajes sonoros. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 70

Por María Gabriela López Suárez

La magia de los paisajes sonoros

Mientras conducía a casa y contemplaba el ocaso, Irene iba pensando qué estrategia haría esa tarde para que Felipe, su hijo de cinco años, dejara a un lado la tableta y buscara entretenerse en otra cosa. A su corta edad el niño tenía mucha habilidad para el manejo de la tecnología, pero Irene consideraba que también debía desarrollar otras habilidades.

Antes de llegar a casa empezó a despertar a Felipe, quien venía durmiendo en el asiento trasero del auto. Para hacerlo puso una de sus canciones favoritas,  La cumbia del monstruo de la laguna. Mientras la melodía se escuchaba Irene tarareaba el coro  de la canción,

—Mueve los hombros, mueve las manos, mueve la panza, pero no le alcanza…

Felipe no tardó en despertar. Se unió a cantar con su mamá, justo cuando iban entrando al camino de terracería que llevaba a su destino.

Ya en casa se lavaron las manos y antes que Felipe pidiera la tableta Irene le dijo que jugarían a algo muy divertido, descubrirían la magia de la tarde-noche. Aprovecharían el vivir fuera de la ciudad y estar en contacto con la naturaleza. Los ojos del niño se abrieron, en señal de asombro.

Fueron al patio, se sentaron en uno de los pretiles de la casa. Irene llevó hojas y colores para  dibujar. Comenzó a explicar el juego, ambos pondrían mucha atención en los sonidos de la naturaleza, cerrarían los ojos por momentos. Una vez identificado el sonido, harían un dibujo y cuando tuvieran al menos cinco sonidos cada uno imaginarían una historia y la contarían. Los dibujos serían la guía para recordar a los personajes y efectos sonoros de su historia.

Irene fue guiando la actividad para cerrar los ojos, escuchar y dibujar. Se fueron dando cita el canto de las chicharras, el viento que soplaba fuertemente, el croar de las ranas, el sonido de las hojas de los árboles mecidas por el viento, los ladridos de los perros, el canto de los pájaros y de los grillos, el murmullo de personas que se percibía a lo lejos, entre muchos más.

Mientras hacían la actividad, Irene observaba, de vez en vez, a Felipe que cerraba fuertemente sus ojos como intentando concentrarse más para escuchar mejor. Percibía que estaba disfrutando el ejercicio. Cuando ambos tuvieron sus dibujos terminados Irene dijo que tenían unos minutos para preparar la historia que contarían, el turno para iniciar era voluntario.

—Yo quiero empezar mamá. Mi historia se llama Los fantasmas y las chicharras.

El rostro de Irene dibujó una gran sonrisa, mientras escuchaba a Felipe se percató que su estrategia de esa tarde había funcionado, la magia de los paisajes sonoros se hacía presente. Al terminar de contar sus historias Irene dijo que se merecían un premio por la actividad, cenarían waffles con miel de abeja y mantequilla.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 69. Las primeras lluvias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 69

Por María Gabriela López Suárez

Las primeras lluvias

Mientras iba a casa Imelda observó cómo el clima había cambiado, se percibía una ligera sensación de frescura, ni una pista en el cielo que indicara lluvia. Por el contrario, la Luna se vislumbraba como una especie de uña entre algunas nubes que le enmarcaban. Ese paisaje la relajaba, después de una jornada laboral que había estado medianamente pesada.

Observó a su derecha, las dos montañas que eran sus vecinas se asomaban, a modo de saludo. Las casas se divisaban por las luces, a manera de cucayos. En su imaginario no pensó que esa zona se poblaría tan pronto. Un tinte de nostalgia se hizo presente.

Llegó a casa. Ya la esperaban. Cenó con su familia. Conversaron un rato, de pronto, comenzaron a escuchar, además de los grillos, el canto de una rana que luego se dejó acompañar por una más, como a modo de coro. Ese canto era una especie de anuncio de la lluvia, que de un momento a otro llegó, primero como llovizna y luego, de manera abundante.

Imelda se sentó y abrió una ventana, el olor a tierra mojada se percibió de inmediato. Ese aromaba le encantaba, era señal de naturaleza viva. Las ráfagas de viento se escucharon por momentos. Hubo una pausa en la lluvia, eso hizo que las ranas retornaran a su canto. Imelda las imaginó muy contentas.

Cerró la ventana. Era hora de dormir. Los relámpagos y truenos comenzaron a hacer acto de presencia y el canto de las ranas cesó cuando la lluvia retornó con fuerza. Mientras intentaba conciliar el sueño Imelda agradeció las primeras lluvias. Sin duda alguna, las plantas, los árboles, la tierra las anhelaban y también agradecían.

Hizo memoria del significado que tenían las primeras aguas, como solían llamar en su familia a las primeras lluvias del mes de mayo. Además de ser una bendición, también las asociaban con la maduración de las frutas de temporada.

—Hay que aprovechar comer los mangos y jocotes antes que le caigan las primeras aguas, porque sino luego se llenan de gusano—, solía decir la tía Leonor.

Los truenos seguían sonando, Imelda los escuchó cada vez menos hasta que llegó el momento que se convirtieron en una especie de arrullo y se quedó dormida.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 68. Espíritu aventurero. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 68

Por María Gabriela López Suárez

Espíritu aventurero

Previo al abordaje en el autobús Violeta respiró profundamente, era su primer viaje fuera de su estado después de la contingencia sanitaria por la COVID-19. Se aseguró de tener bien colocado el cubrebocas y se puso la careta. 

Una vez en el camión buscó su número de asiento, había elegido ventanilla. Se sentó y por dentro, rogaba que pudiera ir sola en el viaje. El recorrido no era tan largo, sin embargo se sentiría más tranquila al tener más distancia entre los pasajeros. Su petición no fue atendida por el universo. Mientras se abrochaba el cinturón de seguridad escuchó que una voz la saludaba. Alzó la vista y observó a un tipo de aproximadamente 1.90 de estatura, con el cabello recogido en una coleta y que portaba un cubrebocas con tela de paliacate en tono rojo. Ella respondió el saludo, mientras que intentaba tranquilizarse. El viaje estaría bien y no había por qué preocuparse.

Violeta corrió la cortina de la ventanilla para observar el paisaje. Su compañero de asiento comenzó la conversación preguntando si iba de viaje por trabajo, visita familiar o paseo. Ella volvió la vista y pensó un instante antes de responder, tenía poca ganas de platicar. Sin embargo, le pareció que sería descortés si lo ignoraba.

Ambos se dirigían a San Luis Potosí, a diferentes lugares. Ella iba por motivos familiares, para cuidar a una tía enferma que no tenía quién estuviera con ella un par de semanas. Él era activista e iba a apoyar algunas labores con el pueblo Wixarika. 

Sin darse cuenta Violeta fue hallando interesante la conversación y se sintió en confianza, hablaron de una diversidad de temas, de las luchas de los pueblos, de las resistencias, de la terrible situación que estaba viviéndose en países latinoamericanos como Colombia ante la represión de los gobiernos. Llegaron a un tema que a ella le causaba interés desde pequeña, las culturas prehispánicas en México. Se detuvieron en las culturas mexica y maya. 

Mientras conversaban sobre las culturas Violeta vio cómo su compañero de asiento buscaba algo en la mochila que él llevaba y cuando por fin lo halló se lo mostró. Era una pequeña flauta tubular de bambú, le explicó que le gustaba tocar música prehispánica en ceremonias rituales. Violeta tomó la flauta con cuidado, la observó y se la devolvió. Después ambos voltearon la vista hacia la ventana, justo estaba la puesta del sol. Ella tomó rápidamente su celular para capturar una imagen del paisaje. Él sonrió. 

–¡Me encantan los atardeceres!— Dijo ella.

—También a mí, pero a veces, me parece que la mejor fotografía es la que queda en la memoria —señaló él. 

El conductor del autobús anunció la llegada al primero de los tres destinos de la ruta. El compañero de asiento dijo a Violeta que le daba gusto haber conversado con ella, apretó el puño de su mano izquierda para despedirse, a la usanza de la nueva normalidad. Violeta respondió la despedida deseándole buen camino.

Revisó su reloj, a ella le faltaba alrededor de una hora para arribar a su destino. Se quedó pensando que ni ella ni su compañero de viaje se habían presentado, pero por el intercambio que habían tenido para ella quedaría en su mente como un espíritu aventurero. 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 67. El canto del cuenco. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 67

Por María Gabriela López Suárez

El canto del cuenco

El miércoles había sido agotador para Gertrudis, en casa era la única que permanecía despierta. Terminó sus actividades, fue a lavar su rostro como acostumbraba hacerlo antes de dormir. Dejó que el agua tibia acariciara cada parte de la cara, con movimientos suaves se dio un masaje sintiendo el aroma del jabón de romero y disfrutando ese instante. 

Al terminar se detuvo un momento más para observarse frente al espejo. Pocas veces lo hacía, dando prioridad a otras actividades. Aún con el cansancio sus ojos permanecían alegres. Escuchó el canto del grillo que solía acompañar el paisaje sonoro de cada noche. Ese canto fue un incentivo para decidir que antes de dormir quería tocar su cuenco tibetano y relajarse.

Fue a su habitación, tomó cuidadosamente el cuenco entre sus manos. Recordó que hace un par de años lo había adquirido, pocas veces había intentado tocarlo. La vez que se lo entregaron tuvo una especie de inducción a su cuidado y uso. La persona que se lo vendió hacía terapias con cuencos y le explicó detalles importantes como el hablar con el cuenco, recordar que los materiales con los que fue hecho forman parte de la naturaleza y por lo tanto, no es un simple objeto. Había que pedirle permiso antes de tocarlo y cuidar que no se cayera. Dejarlo en un espacio específico y limpiarlo. A manera de ejemplo le mostró cómo se tocaba. Esa primera vez Gertrudis hizo varios intentos por hacer sonar el cuenco y no tuvo buenos resultados.

Ahora deseaba volver a intentarlo, ya en su habitación se sentó en el piso, se puso en postura de flor de loto y colocó en su regazo el cuenco. Comenzó a hablar con él. Posteriormente, con los ojos entrecerrados empezó a tocarlo, haciendo con una varita leves movimientos circulares alrededor del borde del cuenco. Éste fue guiando el movimiento de su mano de una manera sutil que parecía que desde siempre lo hubiera hecho. El cuenco fue comenzando a desprender sus sonidos y a vibrar de manera leve a intensa. La sensación que Gertrudis tuvo fue que había conexión entre el cuenco y ella. El canto del cuenco la iba relajando.

El movimiento de su mano fue disminuyendo hasta que el sonido del cuenco cesó y Gertrudis trató de escuchar hasta la última resonancia. Continuó respirando profundo. Esa noche era especial, para Gertrudis el cuenco había respondido a su petición y había hablado con ella. Permaneció con los ojos cerrados un momento más mientras escuchaba el canto del grillo, su acompañante cotidiano que ahora le recordaba era hora de ir a dormir.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.