Voces ensortijadas 118. Cuidar la vida. María Gabriela López Suárez

Cuidar la vida

Por María Gabriela López Suárez

Esas vacaciones, como cada año Julieta y sus mellizos Juliana y Santiago fueron a visitar a la tía Asunción y al tío Camilo. Eran familiares paternos que vivían en otro estado. A Juliana y Santiago, de ocho años, les causaba mucha emoción ir de visita, sobre todo porque la tía y el tío vivían en una zona con mucha vegetación. Julieta les había llevado ahí desde que eran bebés y les había transmitido su amor por la naturaleza.

Después de verificar que todo estuviera listo para el viaje, desde el coche hasta el equipaje y los obsequios para los tíos, los tres emprendieron la salida. Julieta iba atenta en el camino y manejando con precaución, los mellizos observaban el paisaje. De pronto, Julieta sintió un aroma a pasto quemado, tuvo el presentimiento que era un incendio. No se equivocó.

—¡Miren allá, algo se está quemando! —dijo Juliana.

—Parece que es pasto seco —señaló Julieta.

El humo no les permitía distinguir a lo lejos que ya estaban dando atención a la emergencia. Los bomberos  y policías mantenían acordonada la zona. El paso estaba lento, así que tuvieron que esperar varios minutos para poder salir de ese tramo.

Julieta les comentó a sus hijos que estaban en la temporada de incendios, era una época que se sumaba a la sequía que había cada año, el planeta Tierra se calentaba cada vez más y parte de los efectos ya los sentían todos los seres vivos.

—¿Cómo podemos ayudar para cuidar la naturaleza? Si no, nos vamos a morir — preguntó Santiago en tono preocupado.

—Muy buena pregunta hijo, no es tan fácil pero como dicen, cuando se quiere, se puede. En casa ya lo hacemos, al menos aportamos con un granito de arena, al tener nuestra composta, usar bolsas de tela para ir al mandado, evitar consumir productos con envases de PET o unicel...

— Ah, por eso cuando vamos con doña Chonita, la señora que vende mole llevamos un recipiente y ella no nos da los vasos grandotes de unisel —señaló Juliana.

—Así es, tenemos una tarea diaria que es cuidar nuestro medio ambiente y esa tarea es colectiva, no solo de las autoridades o de las personas, sino de toda la gente, niñas, niños, jóvenes, gente mayor, grupos. A veces olvidamos que cuidar a la naturaleza es cuidar la vida.

Julieta se percató del silencio que se formó, miró el espejo retrovisor y observó que los mellizos iban despiertos y atentos al paisaje, cada uno en su respectiva ventana, con el cristal hacia abajo. No tardaron en llegar a una zona boscosa, el trino de las aves era sumamente bello como una especie de bienvenida. El rostro de Julieta se relajó, sintió el olor a vegetación, ya estaban cerca de la casa de los tíos.

—Mira Santi, ya merito llegamos, seguro que la tía Asunción y el tío Camilo estarán contentos de recibirnos, a ver si les gustan  las plantas que les traemos y los dulces de leche que les hizo mamá —comentó Juliana.

—Seguro que sí, ya quiero saludarlos y que nos lleven a recorrer el huerto, debe haber muchos chicozapotes y mangos, podemos ayudar a cortarlos —dijo Santiago, con los ojos llenos de emoción.

Entraron a un camino de terracería y en menos de 100 kilómetros se divisó la casa cubierta de tejas con sus pretiles y sus macetas colgantes. No tardaban en aparecer doña Asunción y don Camilo.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 117. Honrar a las ancestras. María Gabriela López Suárez

Honrar a las ancestras

Por María Gabriela López Suárez

El calor estaba más que sofocante, la época de vacaciones de Semana Santa había llegado y Catalina la esperaba con mucha emoción. Estaba feliz que no le habían dejado tarea en la preparatoria, así podría  hacer un receso de sus actividades educativas en línea y disfrutar mejor el descanso.

La celebración de Semana Santa tenía elementos religiosos distintivos, de acuerdo a las actividades que solían hacer en su barrio, algunas de ellas eran parte de su educación familiar. Una de las características que hacia particular esta época en su familia y que guardaba enseñanzas de la abuelita Ruth era la gastronomía, desde las bebidas como agua de frutas de temporada, mango, tamarindo, guanabana, comidas como pescado baldado, ensalada de nopales con camarón seco hasta los postres como garbanzo, papaya y jocote en dulce. Lo cierto es que todas esas prácticas tenían su historia y  por supuesto, anécdotas que deleitaban a las nuevas generaciones en la familia.

De igual manera, en estas fechas solían recibir la visita de parientes que vivían en otras ciudades y estados. Eso le gustaba mucho a Catalina. La pandemia había frenado esas visitas, pero el proceso de vacunación y los protocolos sanitarios habían permitido que pudieran tener nuevamente a sus familiares en casa.

Las tías Olga y Julia y la prima Karla fueron las visitantes en esta ocasión. La familia de Catalina las recibió con alegría, tenían buen tiempo de no verlas. Esa visita fue muy especial, además de convivir con ellas, tuvieron diversos  momentos para compartir en las tertulias, normalmente en la sobremesa.

Karla, Catalina y Mercedes, su hermanita, escuchaban atentas las anécdotas, vivencias e historias que compartían las tías Olga, Julia y Luisa, mamá de Catalina. Sin duda, la presencia de la abuelita Ruth estaba ahí, en todo momento. Ella era un elemento clave en la familia.  Afloraban también historias  del terruño y cómo era éste en la infancia de ellas, los momentos tristes, las enseñanzas, el cúmulo de aventuras y hazañas que vivieron, así como también los regaños y llamadas de atención. 

Una de las tardes después de escuchar los relatos, Catalina se detuvo frente a un retrato de la abuelita Ruth, quien parecía observarla con la mirada atenta, hasta ese momento Catalina se percató de la importancia de honrar a las ancestras. Desde su corazón le agradeció su presencia en la vida de ella y cada una de las integrantes de la familia. En su linaje había mujeres valientes, trabajadoras, amorosas, incansables luchadoras que habían sobrellevado distintas situaciones, en diferentes espacios y épocas. Sin duda, esa Semana Santa era especial, había tenido la oportunidad de conocer y reconocer a su linaje femenino.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 116. Tarde Libre. María Gabriela López Suárez

Tarde libre

Por María Gabriela López Suárez

La tarde de ese miércoles Violeta había terminado sus actividades laborales y decidió no quedarse tiempo extra que, además de no pagarle por eso, le implicaba dejar de hacer otras actividades personales. Trabajaba como correctora de estilo en una editorial desde hacía cuatro años. Su labor le encantaba y disfrutaba llevarla a cabo. 

Violeta apagó su computadora y ordenó su escritorio rápidamente. Blanca y Ernesto, sus amistades del trabajo, la quedaron viendo con sorpresa, normalmente eran ellos quienes siempre le recordaban a Violeta que ya era hora de retirarse del trabajo y ella decidía quedarse un rato más para avanzar con sus  pendientes.

Le preguntaron a su amiga si se sentía bien o si tenía algún compromiso, no daban mucho crédito a lo que veían. Violeta les agradeció preguntar y sonrió diciéndoles que estaba bien, pero les dejó con la duda si tenía cita con alguna persona. Jaló su bolso y se despidió de ambos.

La tarde estaba muy soleada, se puso sus gafas oscuras y comenzó a caminar. Decidió tomar una ruta distinta, no iría a casa tan pronto. Se encontró con la calle que daba directo al cerro que había en la ciudad, ella lo había bautizado como el cerro del ocaso, porque justo detrás de él solía ocultarse el sol.

El paisaje era sumamente agradable, los colores del atardecer creaban una atmósfera bella, cálida, que se fusionaba con la arquitectura de las casas en esa zona, la mayoría antiguas. A esto se sumaba poca afluencia de tráfico vehicular y de personas.  Mientras iba caminando Violeta se sintió como visitante en su ciudad, ¿cuánto tiempo tenía sin percibir esa sensación tan grata de disfrutar un rato consigo misma?  Se percató que su caminar no era de prisa, sino a un paso que le permitía observar y asombrarse de los detalles que hallaba, como las aves que se posaban en algunos techos y los gatos que parecían mimetizarse con algunas ventanas, absortos y atentos a lo que veían sin que nadie los distrajera.
 
Siguió su paso y se halló en la calle de los encuentros, así la había nombrado, le trajo a la mente la vez que le contó a su amigo Jerónimo que vivía en otro estado, que la vista de la ciudad era hermosa desde ahí, porque la calle estaba ubicada en lo alto y la ciudad se apreciaba  muy bien.  Y tiempo después habían recorrido juntos ese espacio. 
 
Hizo una pausa en el caminar para tomar una foto, el paisaje lo valía.  Recordó una frase que había leído en la red social de una de sus amigas, El mundo no se va a acabar porque bajes el ritmo y te tomes tu tiempo. Ésa era una tarea para la vida. Sonrió, respiró profundo y se agradeció la oportunidad de darse una tarde libre y disfrutar estar para ella y con ella.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 115. Si fuera un árbol. María Gabriela López Suárez

Si fuera un árbol

Por María Gabriela López Suárez

Primavera, verano, otoño, invierno… Dentro de las estaciones del año que más me gustan está la primavera, haciendo memoria, desde la infancia me ha llamado mucho la atención. Hay tantos elementos que me encantan, el colorido de las flores, el canto de las aves que también se alegran con el cambio de estación, los atardeceres, esas ráfagas de viento en las tardes cálidas y el canto de las chicharras, por mencionar algunos  ejemplos.

De lo que más me gusta observar en primavera es cómo los árboles se visten de gala, se renuevan con su follaje, algunos florecen y por supuesto, dan cobijo a las aves en los días soleados y en cada tarde después de la puesta del sol.

Luego de contemplar lo bello de la naturaleza, me quedé pensando que si fuera un árbol cuál me gustaría ser, se asomaron las imágenes de distintos árboles que hay en mi terruño, el de primavera, con sus flores amarillas en un tono brillante, lleno de vida. También está el de matilisguate, con sus flores en tono rosa que cuando caen, cubren el piso como alfombras que decoran el paisaje. Y qué decir del árbol de flamboyant con sus flores en color rojo o naranja que lucen con esplendor y se distinguen desde lejos. El de la ceiba que es imponente y que deja caer sus copos de algodón cuando está mudando de hojas. No puedo dejar pasar el de candox, conocido también como tronadora, que tiene sus flores amarillas y propiedades curativas. El árbol de cuchunuc es otro de los que aún se aprecian en la matria, sus flores además de ser menuditas y lindas, son muy apreciadas para preparar tamales, cocidos u horneados y también para hacer postres. 

Aunque todos los anteriores me encantan, quiero mencionar también el árbol de capulín, sus flores son pequeñas, en color blanco, sus hojas tienen propiedades curativas para la tos y su fruta tiene un sabor que es agradable a mi paladar. Solíamos comerla mucho en la infancia. En Tuxtla Gutiérrez abundaban estos árboles, ahora se observan pocos, solo en ciertas zonas, han sido arrasados por las partes que cubre el cemento o asfalto y cada vez que veo uno me alegra el corazón. Cuando me percato de la existencia de algún árbol de capulín  me parece como un guerrero que resiste a pesar de todas las adversidades. 

Con cada uno de los árboles mencionados tengo conexiones, en especial con el de capulín, los árboles que había en mi infancia, cerca de casa, fueron testigos de tantas aventuras, risas, caídas, raspones y también me deleitaron con su sombra en los días soleados. Hoy su presencia está guardada con mucho cariño en mi corazón y pensamientos, ya no existen físicamente, por eso cuando tengo la fortuna de estar cerca de alguno de ellos lo agradezco y si me es posible degusto algunos de sus frutos. Si fuera un árbol sin dudarlo, me gustaría ser un árbol de capulín.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 114. Partir en primavera. María Gabriela López Suárez

Partir en primavera

Por María Gabriela López Suárez

A Pipo y Brandy, compañeras en el caminar

La primavera al fin había llegado, los días soleados, los árboles reverdeciendo, algunos aún con el cambio de hojas. Los pájaros se percibían con gran algarabía, desde tempranito comenzaban a entonar sus bellos cantos. 

Joaquina había recibido con mucho gusto esa etapa del año; una de sus orquídeas había florecido y era uno de los regalos más bonitos en su jardín. De los paisajes que más disfrutaba en primavera eran los atardeceres, los tonos rojizos que pintaban el cielo remarcaban la silueta de las montañas que contrastaban con el cielo azul celeste y unas pinceladas que le daban un toque sumamente agradable.

Sin embargo, en primavera también habían instantes grises, de los que normalmente no suelen dar buenas nuevas. Poli, una de sus perritas estaba muy enferma, el momento de partir no tardaba en llegar. Vinieron a la mente de Joaquina diversos instantes en los que Poli había disfrutado la época de la primavera, corriendo de un lado a otro, siempre tan libre e independiente. 

Poli era distinta a las demás integrantes de la banda canina que tenía Joaquina, creció en el campo y solía ser un poco huraña. Joaquina agradecía que Poli le hubiera permitido acercarse a ella y a sus críos en las dos camadas que tuvo. 

Siguieron llegando los recuerdos, las siestas que Poli tomaba en el pasto en pleno mediodía, las veces que se  perdía en el campo, la familia pensaba que no regresaría y luego volvía a casa, siempre con ojos pispiretos y moviendo la cola, como en señal de ya estoy aquí. Si Joaquina intentaba acariciarla, Poli le mostraba los dientes, como una especie de sonrisa y se dejaba acariciar la quijada.

Cuando Joaquina llegaba a casa, Poli salía a su encuentro para darle la bienvenida, con esos llantos que denotan alegría; también estaba su compañía en las caminatas que Joaquina hacía por la tarde, tantos y tantos recuerdos, instantes y cariños compartidos. Ahora Poli estaba cansada, su mirada se había ido apagando poco a poquito. Era una guerrera y Joaquina así lo sentía y se lo hacía saber.

Partir no era fácil, dejarla partir tampoco. Sin embargo, muy en el fondo de su corazón y de su mente asomaba la frase ‘son los ciclos de la vida que uno tiene’. Joaquina agradecía la presencia de Poli en su familia y en su vida,  era una integrante más y les había dejado muchos aprendizajes, ahora le tocaría partir en una de las estaciones más bonitas del año, partir en primavera.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 113. Sentirse a gusto. María Gabriela López Suárez

Sentirse a gusto

Por María Gabriela López Suárez

La tarde de ese miércoles Maribel estaba arreglándose para asistir a un evento literario. Finalmente la fecha del recital de poesía en la preparatoria había llegado, en él participaría Martina, una de sus mejores amigas. Maribel estaba entusiasmada, sabía muy bien de todo el esfuerzo realizado por Martina para estar ahí. Además, también le daba emoción que después de dos años de no ir a eventos presenciales por la contingencia sanitaria, tenía la oportunidad de ir a uno, claro con todo el protocolo de higiene que implicaba.

Ya tenía elegida la ropa que usaría, un blusón y un pantalón hindú solo le faltaba un detalle, no sabía qué calzado ponerse. 

—¡No puede ser! Falta poco para el evento y yo en esta elección superficial, bueno ni tanto porque con lo que elija caminaré —dijo para sí. 

Echó un vistazo a sus sandalias, zapatos de tacón bajo, mocasines y al final aparecían sus tenis rojos, hasta donde recordaba solo se los había puesto una ocasión y un ratito, mientras se los probó previo a su compra.  Fue por ellos, al tiempo que pensaba, ¿combinan con mi ropa?

Recordó que los tenis tenían una anécdota especial. Hacia tiempo vio que Paco, uno de sus amigos, usaba unos tenis rojos. A Maribel le gustaron mucho, quiero unos así, le dijo a su amigo. Además de que se veían cómodos le llamó la atención el color, nunca había tenido un calzado en ese tono. Cuando le fue posible se compró sus tenis rojos. Alguna ocasión le preguntó a Paco con qué color de ropa combinaba sus tenis, él la quedó viendo con esas miradas que no necesitan palabras. Sin embargo, le dijo una frase que justo ahora le venía muy bien a Maribel, en realidad no me fijo en eso, lo importante es sentirse a gusto.

Maribel decidió usar los tenis rojos, el recital era una ocasión especial, los tenis merecían ser usados y ella estrenarlos. Revisó qué hora era, una vez más se liaba con el tiempo aunque ella trataba de aliarse con él. Faltaba poco más de media hora para que diera inicio el evento, se apresuró, seguro que llegaba antes de iniciar.
 
Se observó frente al espejo, le gustaba cómo se veía, en especial calzando sus tenis rojos. Se hizo una coleta en el cabello y se colocó el cubrebocas con la figura de Mafalda, era uno de sus favoritos. Había dejado a un lado la preocupación de los zapatos,  quería sentirse a gusto.  Apresuró el paso.

Llegó al evento 5 minutos antes que diera comienzo, ahí estaba Martina sentada en la mesa del presídium, levantó la mano para saludar a Maribel, quien correspondió al saludo y luego buscó lugar donde sentarse. Maribel vio a Paco que acababa de entrar al salón, ambos sonrieron, sin saberlo él era un estímulo para que su amiga decidiera esa tarde preferir sentirse a gusto y usar sus tenis rojos.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 112. El golpe avisa. María Gabriela López Suárez

El golpe avisa

Por María Gabriela López Suárez

A todas las mujeres, con amor, respeto y reconocimiento, en especial a quienes forman parte de mi vida.

A Ana Guadarrama, en sororidad.

Debe haber otro modo (…)

Otro modo de ser humano.

Otro modo de ser.

Rosario Castellanos en «Meditación en el umbral»
Rebeca escuchaba con atención que doña Chofi y doña Paz, locatarias del mercado,  mencionaban que era el Día de la Mujer y que les estaban regalando flores, por ser ‘su día’. Mientras tanto, ella seguía empacando en bolsas la mercancía de semillas, especias y hierbas aromáticas que entregaría antes del mediodía. Pensó que si le preguntaran a ella no le gustaría que le dieran flores. Tenía 10 años y hace poco había empezado a trabajar para ayudar en los gastos de su escuela, quería seguir estudiando y tener la profesión de ser enfermera. Su labor consistía en empacar pedidos cada fin de semana y cargarlos para entregar a las personas que llegaban de poblados pequeños por mercancía para llevar a sus tiendas. 

La familia de Rebeca estaba integrada por su  mamá, doña Hortensia, su hermano Bulmaro, el mayor, de 13 años y su hermanita Julieta, de 7 años. Su papá había fallecido hace tres años y la situación económica se había vuelto un poco más difícil. Bulmaro había empezado a trabajar a  los 11 años, ahora ayudaba cargando mercancía en una tienda de abarrotes, él quería estudiar Diseño gráfico. Doña Hortensia había intensificado su labor, además de trabajar en las actividades de su hogar ahora lavaba ropa ajena y preparaba comida para vender. Aunque quería que Rebeca y Bulmaro no descuidaran sus estudios, ella necesitaba el apoyo económico y después de una plática que había tenido con ambos, acordaron que deberían esforzarse doble para estudiar y trabajar, lo obtenido en sus actividades era para ayudarse en los materiales de la escuela.

8 de marzo seguía resonando en la mente de Rebeca, recordó los mensajes que les daba su maestra Luisa en las clases, hablaba de que todas las personas tienen los mismos derechos, sin importar si son varones, mujeres, o personas con otra preferencia sexual, si son adultas, jóvenes, niñas, niños. Y también hacía mención de las luchas en las que distintas mujeres  han participado a lo largo de la historia para que las mujeres puedan tener acceso a otros espacios de trabajo y que sus derechos sean reconocidos, para vivir una vida libre de violencias.

Al tiempo que disfrutaba el aroma de las especias y sus manos no paraban de empacar, fueron viniendo a su memoria muchas mujeres, sus abuelitas, su mamá, a quien admiraba por su valentía, su sonrisa ante los distintos momentos que enfrentaba, su inteligencia y muchas cualidades más,  Julieta, su hermanita quien era bien hábil para las adivinanzas. Siguió repasando la lista y asomaron las señoras que vendían en el mercado, doña Chofi, su jefa, doña Paz que vendía pan, doña Leonor que vendía verduras y frutas, Linda que  vendía las flores, doña Luci que tenía la venta de carne de res, doña Vicky que vendía pollo y así, varias más. Cuántas mujeres estaban ahí todos los días ‘lidiando con la vida’, como decía doña Paz, mujeres fuertes, valientes, sonrientes, a veces tristes, preocupadas, pero de pie.

—¿Rebe ya está listo el primer pedido para sacarlo? Ya vinieron de la tienda de don Pascual— Dijo doña Chofi.

—Sí doña  Chofi, los pongo en el diablito y me voy para la entrada. ¿Por favor, me ayuda a revisar si no me falta alguna bolsa?

— Voy hija, esta gente de don Pascual siempre es bien puntual.

Rebeca acomodó el diablito, que era de tamaño mediano para que pudiera llevar el pedido. Fue poniendo las bolsas hasta llegar al tope de lo que podía cargar, para luego regresar por una segunda vuelta. 

—Listo doña Chofi, ya voy a entregar el pedido.

Dio un respiro profundo, tratando de tomar valor para iniciar su jornada, siempre que hacía eso sentía cómo se le aceleraba el corazón  para atravesar el mercado con el diablito lleno de mercancía.
 
—¡El golpe avisa! ¡El golpe avisa!

Se escuchó la voz fuerte y clara de Rebeca al irse dirigiendo por los pasillos, ese día ella como tantas otras mujeres seguían luchando desde sus trincheras para recordar que el 8 de marzo  es de todos los días. 

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 111. El terruño en vísperas de la primavera. María Gabriela López Suárez

El terruño en vísperas de la primavera

Por María Gabriela López Suárez

Esa noche le costó conciliar el sueño a Sonia, daba vueltas en la cama. No pudo evitar recordar lo que solía decir su abuelita Luci en las pláticas con la familia y ella escuchaba cuando era niña:
         
—Yo por eso no tomo café, si no para qué quiero, se me espanta el sueño.

Luci no alcanzaba a imaginar qué era de eso de espantar el sueño, ahora de adulta ya lo estaba viviendo, pero vaya que había disfrutado sus dos tazas de café por la tarde. Como quien dice, lo bailado nadie se lo quitaba, solo que ahora debía esperar a tener sueño. Descartó leer de manera física o través de su celular, quería descansar la vista. Así que optó por hacer lo que alguna vez les recomendó uno de sus profesores en la preparatoria: Recordar lo que habían hecho durante el día, paso a paso, desde que despertaron hasta antes de dormir.

Sonia quiso darle un giro a la sugerencia de su profesor y decidió hacer el esfuerzo por recordar, al menos dos días, el anterior y el actual, ella se interesó en los paisajes observados. Vino a su mente el paisaje de la tarde anterior, cielo azul con nubes blancas, intenso calor que se aligeraba con ráfagas de viento, de esas que se sienten como brisa para apaciguar lo cálido del clima. Siguió su recorrido, los árboles de sabinos que cubrían la vertiente del río Sabinal estaban ahí, observó sus tallos, población adulta, sus ramas, algunas caídas, otras aún de pie como ellos. Una garza blanca se posaba en una de las ramas, como contemplando el ambiente. Se quedó pensando de cuántas historias serían testigos, se imaginó que los árboles eran como las personas adultas, llenas de conocimientos y sabiduría. No pudo evitar sentir nostalgia, en la cotidianidad en que se vive, cuántas personas se percatan de estos ancestros de la naturaleza que parecen agonizar en medio de la ciudad que se va cubriendo de asfalto.  

Continuó trayendo a la mente otros paisajes. Se topó con las plantaciones de bambú que se encontraban como una especie de ramilletes, si algo disfrutaba Sonia era del sonido que producía el viento cuando soplaba y las ramas se movían de un lado a otro. Podría quedarse ahí mucho tiempo observando, escuchando y disfrutando el paisaje.

La párvada de loros no escapó de su memoria, le alegraba escuchar lo bulliciosos que eran, era un deleite tener la oportunidad de verlos y registrar en su corazón este canto.

En los vaivenes del tiempo su mente se posó en los árboles, las ceibas frondosas cambiando de hojas, esperando revestirse de verde follaje. Y de nuevo  las aves trinando, entonando  bellos cantos, melodías para alentar  los corazones que se pierden en las vicisitudes cotidianas. Este último paisaje le pareció que era señal de el terruño en vísperas de la primavera. A lo lejos, muy lejos le pareció alcanzar a escuchar los ladridos de Canica, la perrita que tenían sus vecinos, sus ojos se fueron entrecerrando poco a poco.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 110. Los detalles cotidianos. María Gabriela López Suárez

Los detalles cotidianos

Por María Gabriela López Suárez

Pilar había tenido una semana nada grata, el estrés laboral le había provocado una especie de migraña con la que lidiaba por momentos. Trabajaba de cajera en una tienda de autoservicio, de lunes a sábado, solo tenía espacio para ir a comer y tenía libre el domingo. Ese fin de semana se había despertado tarde, tratando de recobrar un poco las  energías. Sin embargo, se sentía cansada.

Ruth, su compañera de casa, se sentó a platicar con ella al mediodía, tenía un par de semanas que no coincidían ni para el saludo. Ella era enfermera y por sus horarios solían verse poco. A excepción de estas semanas en las que no se habían encontrado para nada. 

Después de haber conversado un buen rato, Ruth le propuso a  Pilar que salieran por la tarde a correr, tenían un parque cercano a donde vivían. Aunque Pilar estaba conocedora que su condición no era tan buena porque no solía hacer ejercicio, aceptó. La idea de hacer algo diferente le pareció encantadora. 

Salieron después de las seis de la tarde. El parque les quedaba cerca, alrededor de ocho cuadras de distancia. Era un espacio bello, arbolado, con algunas bancas para tomar descanso y una especie de repisas para compartir alimentos o sentarse cómodamente a leer. A Ruth le parecía una especie de pulmón en la colonia. Ese domingo varias familias se habían dado cita ahí, algunas personas corrían, otras llevaban a sus hijas e hijos a montar triciclo o bicicleta. 

Pilar guió la rutina de calentamiento, luego comenzaron a correr juntas, pero cada una a su ritmo. Después de la primera vuelta Ruth sintió que no podía más. Le dijo a Pilar que haría una pausa y luego continuaría. Pilar asintió y siguió corriendo.

—¡Vaya condición la mía! Necesito venir a correr más seguido—expresó Ruth en un tono fatigado.
Se sentó en una de las bancas, al tiempo que iba moderando su respiración para recuperar el aliento y seguir corriendo. Observó el árbol que le daba cobijo, era grande y con mucho follaje. De pronto, su mirada se detuvo en la jardinera de cemento que rodeaba al árbol.

—Pero qué tenemos por acá—dijo en tono de sorpresa, mientras se agachaba para observar mejor.

Descubrió a un gusano con colores verde y naranja, que se desplazaba tranquilamente siguiendo el contorno de la jardinera, no lejos de ahí iban las hormigas en perfecto orden haciendo una especie de camino, llevando consigo trocitos de hojas que seguramente habían recuperado del piso. Se quedó contemplando unos minutos el paisaje. Su respiración iba más tranquila, ahí estaba frente a los detalles cotidianos, esos en los que vale la pena deleitarse y que recuerdan que la naturaleza sigue su ritmo y en ese no hay prisas.
 
Su rostro dibujó una sonrisa. Se puso de pie, comenzó a hacer algunos movimientos para regresar a correr, trataría de hacer un par de vueltas más, haciendo su mejor esfuerzo. Sin duda, esa visita al parque la había motivado. Se percató que Pilar ya venía cerca, la esperaría para irse acompañada. 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 109. Nostalgia al atardecer. María Gabriela López Suárez

Nostalgia al atardecer

Por María Gabriela López Suárez

Matilde se organizó bien el fin de semana, dejó a sus hijos con Renato, su esposo, para poder ir a visitar a su tío Alfonso, quien había tenido una fractura en el pie. Se fue tempranito para que estuviera de regreso a casa por la tarde, le daba pendiente viajar sola en carretera. Sus familiares vivían en otra ciudad, aproximadamente a 3 horas de donde ella estaba. 

La visita fue recibida con mucho gusto por el tío Alfonso y la tía Mica. La esperaban con alegría. Compartieron el desayuno. Les llevó una canasta con frutas, eligió entre ellas las favoritas del tío, las peras y las uvas. Por fortuna, la salud de don Alfonso iba mucho mejor. Las indicaciones médicas eran tener reposo y posteriormente, iniciar una terapia. El ánimo del tío ayudaba mucho.

Matilde ayudó a cocinar la comida a doña Mica, el tiempo les alcanzó para degustar los alimentos de nueva cuenta, antes de que ella regresara a casa. Fue un buen pretexto para recordar anécdotas y ponerse al día con algunas noticias de la familia. Luego les abrazó con mucho cariño y se despidió de ellos, prometiendo que les visitaría nuevamente con su esposo e hijos.

De regreso a casa Matilde decidió que la música de Nora Jones la acompañara, mientras la escuchaba iba deleitándose con los paisajes, el sol estaba por ocultarse, en sus últimos rayos del día iluminaba de bella manera las montañas, las nubes por su parte hacían lo suyo asomándose, como algodones en la parte alta de las montañas, semejando fugaces copos de nieve. Para cortar camino decidió tomar una ruta que tenía mucho tiempo no transitaba,  hasta donde recordaba solía estar más despejado por ese tramo.

Uno de los atractivos del camino elegido era la vegetación que observaba en los costados de la carretera y en los camellones con árboles de matilisguate.  Todo iba bien hasta que llegó un punto en donde pensó que había tomado un tramo incorrecto, los camellones estaban vacíos, sin árboles. Fue disminuyendo la velocidad para observar si era el camino que la llevaría a casa, con tristeza se cercioró que no había confusión, ésa era la ruta, solo que los árboles habían sido cortados. Alcanzó a observar los pequeños troncos que quedaban, naturaleza muerta,  el paisaje era desolador, al menos para ella.

Mientras trataba de recuperar el ánimo, comenzó a recordar las veces que disfrutó observar las flores de esos árboles, ¿por qué los habrían derribado? ¿Y ahora qué harían en esos espacios? ¿Sembrarían otros árboles? En eso estaba cuando, como en una película, se observó en la carretera ya sin rayos de sol con las montañas frente a ella cubriéndose de neblina, el clima había bajado de temperatura. El ambiente se tornaba con nostalgia al atardecer. Prendió las luces del coche, de fondo seguía sonando "I want to talk with you in a cloudy day…"

Photo by Milada Vigerova on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.