Líneas de desnudo/ 21

El oficio del editor I
Por Manuel Pérez-Petit

Debo confesar que me encanta ser editor. Me permite dedicarme a los demás y a sus cosas, y, además, me separa de mi obra de tal forma que ésta mejora y crece por sí sola en todos los sentidos, pues por el mismo ejercicio de la profesión que ejerzo vive desprovista de toda ambición. Y es en esa libertad y plenitud en la que existe la posibilidad de que algún día yo sea capaz de escribir algo reconocible y bueno, que será también el momento en que deje de escribir, que es la actividad, junto a la leer, a la que he dedicado más tiempo a lo largo de mi vida.
            El oficio de editor no se adquiere con un grado académico. Como en el periodístico, uno tiene que tener madera, por lo que en realidad no es “culpable” –y enfatizo haber puesto esta palabra entre comillas– de ser editor o periodista, sino que ha optado por serlo y, con mayor o menor grado de realismo, podrá llevar a cabo tal misión con suma, escasa o nula plenitud. Podría darse el caso de que alguien tuviera unos conocimientos técnicos extraordinarios y una capacitación fuera de toda duda y no pudiera ejercer de verdad ninguna de ambas profesiones, las cuales, de algún modo, van de la mano.
            El oficio de editor es complejo y desconocido, y hay que adquirirlo, desde luego, pero si no se tiene ese no sé qué que algunos llaman madera y otros olfato o califican con epítetos parecidos, y que se mueve en terrenos más cercanos a lo intuitivo que a lo racional, no se podrá nunca ejercer la profesión con el relieve que esta amerita y requiere, dada su trascendencia en la sociedad. Un error muy común es creer que ser editor es leer. O conocer a un diseñador o diseñar uno mismo y enviar a una imprenta un texto más o menos maquetado para que se hagan ejemplares. Lejos de eso, la función del editor es canalizar el proceso completo de puesta a disposición del lector de un texto, sea este narrativo, poético o visual. Y para ello debe tomar decisiones, pues en última instancia tiene en sus manos un material que debe convertir en objeto de consumo, pero sin olvidar que el libro hoy está a la cola en la lista de las preferencias de cualquier consumidor. Y eso no es fácil. 
            El trabajo del editor es muy cercano al del amanuense, que se niega a sí mismo para que brille el texto y no él. Es más, debe negarse a sí mismo al punto de estar por encima de sus gustos, preferencias y hasta sentimientos. Si no por criterios formados por encima de su propia estructura de pensamiento, el editor es alguien que tiene que tener mucha flexibilidad mental, aperturas de miras y capacidad de aprendizaje. Debe investigar, por ejemplo, y tratar el texto como propio y, a la vez, de su peor enemigo –o lo que es lo mismo, con amor y desapego–, debiendo fijar en su tarea incontables elementos que darán en un producto fino por el que merecerá la pena su trabajo, y es por ello que el editor debe ser una persona ilustrada y dotada de una capacidad lógica superior a la racional –que todo se entrena– y ser capaz de ser heurístico, esto es, de comprender a fondo dos cuestiones, enfrentarlas y generar un debate, que es el grado máximo de la lógica para la que las personas estamos capacitados, al menos hasta donde hemos descubierto, pues nuestra capacidad intelectiva es muy superior a la que en realidad desarrollamos. Su objetivo: negarse a sí mismo la capacidad de brillar para que brille el texto y, de paso, su autor. En ello juega un papel fundamental esa intuición que no se aprende sino de la que uno está en cierto modo dotado, aunque puede aprehenderse: la corazonada, la apuesta irracional, el corazón que uno le pone con cabeza a lo que hace para saber al golpe si sí o si no debe tomar una decisión respecto de una obra o, incluso, de un autor. Ser editor es como estar predispuesto a enamorarse a cada golpe de vista, en cada esquina, a vivir en el alambre, a jugársela, a apostar sin marcar las cartas, en un ejercicio que tiene tanto de aventurero como de sensatez… 
            No hay que ser muy perspicaz para llegar a la conclusión de que el editor es muy poco útil a la sociedad hoy en día, aunque no siempre fue así. A lo largo de la historia, ciertos roles –como el del editor o el periodista– han ido evolucionando y modificándose, en función del desarrollo de la tecnología y al calor del cambio de las mentalidades. Se trata, por lo general, de procesos lentos que en muy escasos momentos de la historia se han acelerado. Como en el caso del oficio del editor, tan antiguo como el lenguaje, pues ya éste, desde su origen primero, incluso el de señales o sonidos cuando aún el ser humano no era capaz de articular palabras ni establecer códigos complejos, era de manera constante modificado en aras de una eficiencia funcional, esto es, era editado. En un estado adánico no era necesario editar nada, pues todo era perfecto, pero cuando el hombre descubrió su miserabilidad y su limitación, asistió al nacimiento de la comunicación y de la necesidad de ponerse de acuerdo. Toda comunicación era elemental y tenía una función práctica, pero desde su origen necesitó de una corrección continua. De este modo, también surgió la tradición oral, en que toda narración se vio de manera paulatina transformada mediante continuas ediciones hasta que un día alguien la hizo por primera vez “canónica”, editándola, y esta vez por escrito, en ejemplares únicos que no mucho después fueron replicados y, en consecuencia, vueltos a editar. Y así, una vez tras otra hasta la baja Edad Media, en que al borde de la época que conocemos como Renacimiento, en Alemania, a mediados del siglo XV, un tal Gutenberg dio respuesta a la creciente necesidad de reproducción de los libros. Hasta entonces, el autor, anónimo por naturaleza en cuanto múltiple, era el editor de su propia obra, al fin y al cabo colectiva, con criterios más objetivables que subjetivos. La revolución “editorial” que supuso la imprenta de tipos móviles indujo a una transformación muy potente de la sociedad, pues permitió una inédita hasta entonces difusión y popularización de las ideas, los textos literarios o no y la cultura sin parangón, pasando a ser el impresor el editor de los textos, estatuto que perduraría por casi cuatrocientos años, no en vano el impresor tenía el medio para producir ejemplares en “masa”.
            Hasta finales de la Ilustración y el inicio de la Revolución francesa, ya en el último cuarto del siglo XVIII, el mundo era muy fácil de entender. Cualquier oficio tenía aprendices, oficiales y maestros. Uno hacía un proceso mediante el cual se convertía en maestro que a su vez tenía aprendices y oficiales, y formaba maestros... Toda expresión artística, por otra parte, contaba una historia y se llevaba a cabo por encargo de un benefactor, de alguien que la patrocinaba y/o la compraba: un miembro de la iglesia, de la aristocracia o de cualquier estamento de poder.  Todo el mundo nacía, además, sabiendo qué posición le correspondía en la sociedad. 
            Así, hasta la primera mitad del siglo XIX el editor no tenía conflicto a la hora de ser definido, porque el editor era el productor.  El autor llegaba a un impresor, alguien que tenía la imprenta, y le daba su texto, y éste lo componía, letra a letra en la caja de impresión, una especie de bandeja que luego entintaba y por la que pasaba, con su prensa, los pliegos de papel, en que quedaba impreso el resultado final de su trabajo. De ahí nació la expresión “a pie de imprenta”, referida a la labor de supervisión del último paso productivo del proceso editorial. Y como hasta la Revolución industrial era en la práctica la misma máquina que inventó Gutenberg, se generó, consolidó y evolucionó un oficio que cada día se iba pareciendo más a lo que hoy conocemos como el oficio de editar, acompañado en todo momento por un intenso proceso filosófico que puso las bases y fundamentó la tarea. 
            Durante el siglo XVIII, además, con las ideas de la Ilustración, surgió un concepto nuevo –en realidad antiguo, pero ahora con conciencia de serlo–, la burguesía, que tenía su origen en los pequeños artesanos que habían florecido en épocas medievales en las ciudades y se habían ido agrupando en gremios y, a su vez, reuniéndose por especialidades en los mismos barrios o vías, a los que dieron en llamar burgos. Esta es la razón por la que en muchas urbes antiguas de Europa, aunque también en América, existen calles con nombres de oficios, lo cual tiene que ver con que en otros tiempos si no en esas mismas vialidades en sus alrededores se reunían, por ejemplo, los toneleros, los ebanistas, los comerciantes de especias, los plateros, o, sin ir más lejos, los impresores. Pero todo cambió de manera radical durante ese famoso siglo XVIII, que dio lugar a la Revolución francesa, a partir de la cual ya de una manera efectiva cualquiera, con independencia de su posición social inicial podía evolucionar en la escala de la sociedad, lo cual se debe al crecimiento continuo de la burguesía durante esa centuria, que, desde sus albores, dio de qué hablar. En 1702 nace en Londres el primer periódico diario de la historia, The Daily Courant, merced al cual el impresor se convirtió también en el origen –de algún modo el proto empresario– de la comunicación. Teniendo a partir de ahí los impresores un renovado protagonismo se convirtieron, con la evolución y la transformación social y económica, en los impulsores de un nuevo concepto de empresa que cristalizaría cerca de doscientos años más tarde en lo que hoy conocemos como medios de comunicación.   
            La Revolución francesa, el gran hito de la época, es consecuencia en parte de todo ello. Hijo suyo en la práctica es el concepto de las convenciones, en que a partir de entonces hemos estado obligados a entendernos de una manera más racional –y a qué negarlo, más artificial que nunca–. Sin embargo, este acontecimiento histórico surgió porque durante todo el siglo XVIII el estado francés se había dedicado a vivir de espaldas a la realidad emitiendo enormes cantidades de deuda pública, al punto de llevar al estado al borde de la quiebra. En paralelo, la burguesía continuó creciendo y consolidándose como el poder de la economía real, y al ver que su estatus estaba cada vez más en peligro, dio un golpe de estado. Todo lo demás son visiones románticas.  La Revolución francesa, pues, se debe a la quiebra del estado francés y a la pujanza de la burguesía, que si no hubiera removido las instituciones establecidas se hubiera ido a la quiebra también. En ese desarrollo de la burguesía está la base de la posterior revolución industrial, así como la del desarrollo del capitalismo, en la que tenemos que enmarcar el hecho de que el editor pasara a ser, a partir de entonces, ya no un proto sino un auténtico empresario. 
            Una de las consecuencias positivas de todo ello fue la necesidad de sistematizarlo todo y, en consecuencia, verbigracia, crear diccionarios, pero este es un asunto del que hablaré como de otros más de fondo en mi Lineas de desnudo del próximo martes día 2 de marzo, titulado –por no ser más original– El oficio de editor II –y a saber cuánto dura la serie–, pues en lo sucesivo los martes dedicaré mi espacio en Letras, ideaYvoz a este oficio que muchos creen conocer y poco conocen de verdad.

 __________
Nota del autor
Y hasta puede que le solicite a mi amable editor en este medio, el bueno de Roger Octavio Gómez Espinosa la ampliación de el espacio que me tiene asignado de los tres artículos que publico a la semana a cuatro. Que Dios nos pille confesaos.
 
   
 “Imprenta francesa del siglo XVI. Bibliothèque Nationale de France, Département des manuscrits, Paris (la imagen es de dominio público”)
Fotografía:  “Imprenta francesa del siglo XVI. Bibliothèque Nationale de France, Département des manuscrits, Paris (la imagen es de dominio público”) 2009”

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.