Revista

Polvo del camino. 182. Las enseñanzas de Judas. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura.

                        
                               Polvo del camino/ 182

                         Evocadas palabras de otro libro/ X
                              Las enseñanzas de Judas
                              Héctor Cortés Mandujano

El profesor Judas Iscariote calló, luego de su larga exposición, y vio al auditorio atento a sus movimientos pausados ya por su avanzada edad.
	Suspiró satisfecho de haber terminado la clase, porque, con sus años, estar de pie durante tanto tiempo no era una de sus actividades favoritas. Le encantaba, eso sí, dar cátedra, enseñar, ayudar a que los demás supieran pensar, hurgar en sus inteligencias.
	—¿Alguien tiene una pregunta?
	Estaban en un espacio al aire libre, semicircular, hecho de rocas, donde la veintena de jóvenes se hallaban sentados como si aquellos asientos duros fueran pedazos de nube.
	—Maestro –dijo uno–, yo quisiera saber cuándo va a hablarnos de Él. Prometió que un día lo haría…
	Judas suspiró y dijo:
	—Ese día es hoy. Pueden preguntarme lo que quieran.
	Sin excepción, levantaron las manos. Judas los iba señalando y ellos hacían las preguntas.
	—¿Cómo era Jesús?
	—Era un hombre.
	—¿Y de verdad hacía milagros?
	—Sí, de hecho, todos podemos hacerlos. Él insistió en que nadie estaba enfermo, nadie moría, se podía caminar sobre el agua, se podía volar… y lo que dijo es cierto.
	—¿Usted lo quería?
	—Lo amaba.
	—¿Y por qué lo traicionó?
	Pareció callarse el mundo. No se oyeron las respiraciones luego de estas palabras. Judas no se inmutó.
	—No existe la traición. Las cosas que los demás hacen, para ti sólo son interpretaciones. Por ejemplo, si me meso las barbas, tú crees que estoy pensando con profundidad y tal vez eso no sea cierto. Yo hago un acto y tú lo interpretas, y lo mismo hago yo contigo. ¿Traición? Es una palabra que aplicas a un acto. No existe algo en el universo que se llame traición. 
	—Usted lo entregó a los soldados…
        —Sin mí, Jesús no hubiera sido sacrificado y su asesinato –violento y cruel, inhumano– fue una forma extrema para lograr que despertaran las conciencias. También sirvió para demostrar que la muerte no existe.
	—Se dijo que usted se había ahorcado por remordimiento.
	—¿Tú me ves ahorcado, tengo señales del lazo en mi cuello?
	—¿Dónde está ahora Jesús?
	Judas señaló a quien preguntaba, dirigió su índice después a los cuatro puntos cardinales, y por último a su cabeza y su corazón.
	—Ahí, allá, aquí.

Los demás bajaron sus manos. El maestro levantó la suya en señal de despedida y varios acompañaron a Judas Iscariote en el camino a su pobre casa. Allá lo esperaban sus hijos y varios nietos. Los jóvenes y su familia lo adoraban, lo consideraban un hombre maravilloso. Judas era feliz.	

***

[En Borges (Editorial Destino, 2006: 527), de Adolfo Bioy Casares, dice Borges: “Pensé alguna vez escribir un cuento sobre Judas. Decir que no se suicidó después; siguió viviendo entre los discípulos, que lo querían mucho. Obró como obró, de puro infeliz. Todos sabían que era un infeliz y lo querían. Sobrevivió a todos y hubo una época en que la gente lo miraba con veneración, porque era el discípulo, el único que quedaba”. Borges escribió este proyecto enunciado y anunciado aquí. Se llama “Tres versiones de Judas”, y es parte de su célebre volumen de cuentos Ficciones.]

 

Ilustración: Héctor Ventura.
Ilustración: Héctor Ventura.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 34. Un lugar seguro. Ilse Ibarra Baumann

Fotografía: Ilse Ibarra.

Un lugar seguro

En uno de mis viajes a Guadalajara (Jalisco, México) para visitar a mi hija, fuimos a parar a un bar de música en vivo en la colonia Americana, ese día tocaban, en francés, canciones inmortalizadas por Edith Piaf. Como el concierto empezaba a las 8:30 pm y nosotras llegamos a las 8, echamos una mirada rápida por los alrededores y nos fuimos a meter a un café-librería que estaba (debería decir está) a contra esquina del restaurante-bar. Entre escuchar “¡apúrate!, la reservación es a las 8, luego los ves” me salí a prisa con un libro que apenas pude otear. Sólo pregunté por la escritora: mexicana, viva; así que lo tomé. 
         Un lugar seguro ganó el premio Emmanuel Carballo. Olivia Teroba, su autora, es oriunda de Tlaxcala. Estudió en Puebla y el DF (hoy Ciudad de México, digo DF porque así lo aprendí a decir).
         En la novela cuenta parte de su vida. Lo que la ha marcado para ser quien es: la inestabilidad sentimental de la madre, su físico, su padre ausente, sus noviazgos (que son un espejo de la madre). Y mientras te enteras de la familia: el abuelo, el hermano, la madre, la escuela, ella intercala citas de escritores, reflexiones sobre literatura…
          A mí me gusta el chisme y, si no es chisme, me gusta la descripción y que esa descripción me lleve a dilucidar y sacar mis propias conjeturas. Las palabras “grandes” me dejan una sensación de vacío. Estas palabras podrían ser, por ejemplo: pasado o futuro. Decirlo así nomás es demasiado. Si alguien me dijera: “no puedo vivir mi presente de tanto estar inmersa en el pasado” nada me dice. Se necesitan las acciones de ese pasado. Por eso cuando leo una de sus citas: “el pasado contiene en potencia todas las claves para comprender el presente y desentrañar el futuro” quisiera saber exactamente a qué acción del pasado se refiere, cuáles son esas claves. Este tipo de disertaciones o de ideas textuales también va inmersa en su obra.
          Por cierto, la cantante no sonaba como a Edit Piaf, mas el libro, que ahora reseño, superó mis expectativas. Qué gran noche aquella en ese lugar, en Guadalajara.

Fotografía: Ilse Ibarra.
Fotografía: Ilse Ibarra.

Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Librero del uroboro. 33. Mil grullas. Ilse Ibarra Baumann

Fotografía: Ilse Ibarra

Mil grullas

Encuentro en los objetos antiguos algo de nostalgia o de cierta fantasía al imaginar su origen y su pasado. En casa tengo un armario iluminado al que le quité las tapas de madera y las puse de cristal. Dentro hay unas tazas chinas en color pastel con las orillas de oro que pertenecieron a la tía abuela (solterona) de Ana Lucía, una amiga de Pita mi hermana, cuando la tía murió y vaciaron la casa, se las regaló a mi hermana; un fósil de una hoja petrificada que cada que lo muevo (para sacudir) se pulveriza un poco más; figurillas mayas antiguas de barro (que encontró mi abuelo alemán en su deambular por este estado) y de jade (esta fue de Carlos mi hermano que murió en 1994 y la intercambió por unos lentes Ray Ban y un extra de dinero). Unos binoculares parisinos del siglo XIX que compré en un mercado de pulgas; soldaditos de plomo… Digamos que el armario es mi pequeño museo. Fabriqué la mesa de la sala para que también tuviera la misma función sólo que en ella hay papeles. Ahí tengo periódicos de la Segunda Guerra; el libro-cuaderno de aritmética de mi mamá de cuando tenía seis años (hoy tiene 86); el recuerdo de la tarjeta de bautizo de 1928 (durante los cristeros) de mi papá, en blanco y negro con el rostro de un niño de perfil que tiene las palmas de sus manitas juntas en oración…

Para poder hablar de Mil grullas de Yasunari Kawabata, premio Nobel de literatura, quise recordar mi proximidad a estos objetos que llevan tanto dentro de sí mismos, tanto que no puede verse a simple vista. Sería necesario una novela y, además, muy probablemente, sería inalcanzable. 

Kawabata crea esta novela en torno a la ceremonia del té. Cada objeto: la jarra y el tazón Shino, de porcelana de los hornos Oribe; el tazón de porcelana Kyushu de origen coreano, pertenecen a una vida de más de 300 o 400 años. 

La literatura oriental, y más la de Kawabata, pareciera que se escribe con unas pinzas alargadas, de punta fina, como si tomara de una bandeja de mármol de Carrara, una por una, cada letra negra y la pegara con delicadeza sobre unas hojas color crema. Cada escena se contiene, no sé si me explico, es como si quedara flotando en el ambiente: húmedo, entre hojas de laureles, entre sus sombras y sus flores blancas y rojas. Esta literatura es tan distinta a la occidental, que un hecho como el de que la amante del padre sea la misma del hijo y luego la hija de la amante sea la mujer del hijo (un hecho patético para mí que soy madre y tengo hijas), nosotros, los occidentales, encasillaríamos esta escena quizás en un melodrama de novela de televisa, o en un existencialismo, o en algo peor, no lo sé. Pero nunca lo veríamos color de rosa, y esta palabra tan infantil, tan dulce, se queda corta ante las palabras sutiles con las que se lee la vida sentimental de Kikuji, casi parece un hecho sano, de moral perfecta, lógica, ideal, ¡qué sé yo! 

Mil grullas hizo que yo leyera y sintiera como miran sus personajes con “un juego de miradas profundas”.

Fotografía: Ilse Ibarra
Fotografía: Ilse Ibarra




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Voces ensortijadas 181. Las cosas cotidianas también son maravillosas. María Gabriela López Suárez

Las cosas cotidianas también son maravillosas
María Gabriela López Suárez

La temporada vacacional había iniciado, Gertrudis y su familia recibieron la invitación de la tía Sofi para que la fueran a visitar al rancho. Tenía más de dos años que no se veían luego de la pandemia por la Covid 19. Manuela y Elías, mamá y papá de Gertrudis aceptaron y agradecieron. Decidieron que la primera en irse sería Gertrudis que ya no tenía clases, la tía Sofi, prima de Manuela iría por ella. Elías y Mnauela la alcanzarían el fin de semana. 
Gertrudis empacó su maleta, se sentía algo triste porque su teléfono celular se había descompuesto. La tableta y computadora portátil se quedarían en casa, era la indicación dada por Manuela. A Gertrudis se le vinieron a la mente una serie de pensamientos sobre su estancia en el rancho, ¿qué haría sin su celular? ¿Tía Sofi tendría tableta o computadora? ¿Se la prestaría? Comenzó a sentir una sensación de angustia que se le olvidó cuando escuchó la voz de su papá:
         —¿Gertrudis estás lista? ¡Ya está aquí tu tía Sofi!
         —¡Ya voy papá! —respondió en tono apresurado, sabía que a su papá le disgustaba la demora y a la tía Sofía no le gustaba manejar muy tarde en carretera.
         Después de los respectivos saludos y abrazos, Sofía y Gertrudis se despidieron de Elías y Manuela.
         En el trayecto rumbo al rancho tía y sobrina se pusieron al tanto de lo acontecido con la familia en los dos años que no se habían visto. La mente de Gertrudis se olvidó por un rato del celular y el viaje se le hizo corto. Estuvo tan entretenida que ni siquiera recordó preguntar a la tía Sofi por la tableta o computadora.
         Llegaron al rancho justo a tiempo, antes de la lluvia, el atardecer no se apreciaba porque el cielo estaba completamente nublado y los truenos le acompañaban. 
          Sofía indicó a Gertrudis donde sería su dormitorio y la ayudó a desempacar su maleta. Posteriormente, le pidió que la acompañara a verificar que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas, la lluvia no demoraba en caer. 
         Una de las ventanas de la casa permitía ver el patio de la casa. Gertrudis se quedó contemplando cómo cada una de las gallinas que había calculaban el momento exacto para subirse a los árboles y acomodarse en las delgadas ramas. 
        —¡Qué barbaridad, cuánto equilibrio! —dijo  para sí, sin dejar de observar la escena.
        La lluvia comenzó, de menor a mayor intensidad, las aves permanecieron bien sostenidas en las ramas ante el asombro de Gertrudis. Bajó la vista y observó que una bandada de patitos disfrutaban del aguacero, contoneándose de un lado a otro, sin preocupación por guarecerse de la lluvia. 
          Sofía se acercó hasta donde estaba Gertrudis quien no se  percató de su llegada.
         —¿Pasa algo hija? ¿Ha entrado agua?—preguntó al verla tan atenta. 
Gertrudis la volteó a ver con el rostro sonriente.
        —Todo está bien tía Sofi, solo me quedé observando a tus gallinas y patitos en esta tarde lluviosa. 
         Sofía se sumó a contemplar el paisaje y le dijo:
         —No cabe duda que las cosas cotidianas también son maravillosas. 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 181. Para un sólo deán. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.

                        
                                Polvo del camino/ 181

                                 Para un solo deán
                               Héctor Cortés Mandujano

Sueño constantemente con bibliotecas, que leo en ellas: estantes infinitos, atiborrados de libros (Borges se me aparece en la memoria, por razones obvias). A veces soy un viejo que revisa papiros, volúmenes incunables en espacios líticos, que nunca he visto en la vigilia. A veces encuentro libros en pagos selváticos y en cómodo sillón me veo disfrutando de pasar las páginas luego de haberlas gozado, consumido. Leo libros que nunca se han escrito, de autores que supongo inventa mi incesante actividad onírica.
	Uno recurrente es que voy a librerías y compro montones de ellos. Otro es que los que quiero leer son enormes y con más de tres mil páginas. Cargarlos (lo hago, para revisarlos) no es fácil y son temáticos: sobre el siglo XII, de asuntos filosóficos, novelas que no se habían publicado, volúmenes que fueron censurados… Las ediciones son bellas, cuidadas, carísimas. Me doy cuenta que sólo podré comprar uno o dos. Lo hago. Luego vuelvo a soñar con el mismo lugar (está en una gran ciudad desconocida y tengo miedo de perderme. A veces llamo a una amiga o amigo y le pido que venga por mí, porque no sé dónde estoy) y compro uno o dos más. Sé que no me alcanzará la vida para leerlos todos, aunque sólo me dedique a eso, como quisiera.
	También sueño con palabras que no existen. En algún momento, por consejo de mi mujer, las he apuntado (he escrito incluso sobre ellas alguna vez); ella piensa que podrían ser un diccionario que quizás me llevara a escribir algo así como un libro sagrado. “No me interesa la idea –le dije–; si algún espíritu quiere escribir un libro, que se busque otro amanuense, yo bastante tengo con mis propias locuras”.
	Un asunto aparte es que a veces sueño que reviso libros míos que no he escrito y no creo escribir. De uno de ellos hablé una vez (“El amor es el corazón de un cerdo”) e incluso cité algo de su contenido. Porque además es eso: leo en sueños y en muchos casos recuerdo mis lecturas. Escribo también en sueños, por supuesto.
	Ni hablar de todo lo que de mis noches dormido ha brincado, a veces sin retoques, a mis obras de teatro, novelas, cuentos, artículos, varia escritura. Es lo más. Mucho de mi imaginación está centrada en la más profunda oscuridad, mientras tengo los ojos cerrados, la respiración tranquila, el corazón relajado; mientras “el músculo duerme y la pasión descansa”.

Soñé hace poco que presentaba mi libro Para un solo deán. No lo he escrito, por supuesto, ni sé de qué podría tratarse, porque en mis sueños estoy agradeciendo los aplausos, solo, de pie ante la audiencia, y luego me veo en el brindis posterior, con una copa en la mano, y debajo del brazo el susodicho: a todo lujo, cuadrado, de pasta dura, fondo blanco, con dibujos prehispánicos en la portada.
	Me veía feliz, risueño, como si hubiera escrito algo plausible. Escribo esto para dejar constancia. Tal vez algún día se me ocurra en sueños la trama y lo escriba, dado que mi actividad onírica (como si fuera una multitud de duendes) trabaja en esas materias más que yo. Ya veremos. 

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.
Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 180. Una noche luminosa. María Gabriela López Suárez

                           Voces ensortijadas
                           Una noche luminosa
                      María Gabriela López Suárez

La comisión laboral de Beatriz había finalizado después de tres días de una ardua jornada. Tomó el camino a la terminal de transporte que la llevaría de regreso a casa, hizo sus cálculos, estaría llegando alrededor de las ocho o nueve de la noche, si todo iba bien en el camino. Alzó la vista al cielo, buena parte estaba coloreada por tonos grises, una señal de que no tardaría en llover. 

          Beatriz documentó su pequeño equipaje y luego subió al camión y se acomodó en el asiento, el conductor esperó a que llegara la hora de salida,  las seis de la tarde e inició el recorrido. El camión llevaba a pocas personas a bordo, por lo que a Beatriz no le tocó ir acompañada. Buscó en su bolsa el suéter ligero que había llevado, el aire acondicionado no tardó en comenzar a sentirse. Inclinó ligeramente su cabeza sobre la ventana y contempló el paisaje. Los cerros se veían hermosos, con un verde intenso. El efecto de las nubes grises se dejó sentir cuando las gotas de lluvia fueron cayendo, primero sutilmente hasta llegar a convertirse en una lluvia torrencial. Cerró los ojos con la espera de que la lluvia no tardara demasiado, al menos no hasta que llegara a casa, había olvidado llevar paraguas. Se quedó dormida alrededor de media hora. Despertó y volvió la vista a la ventana, la lluvia había parado. Se percató que iban a mitad del camino.

          La siesta le había sentado muy bien, tanto que decidió seguir contemplando el paisaje. Por un lado, el tono de la tarde estaba entre naranja y dorado, por otro pintado con el azul cielo que tanto le gustaba acompañado de nubes blancas y un poco más allá, se veía de nuevo la tonalidad grisácea. Alcanzó a percibir la aparición de la Luna, debido a la claridad de buena parte del cielo  aún no destacaba. Conforme la tarde fue ocultándose para dar paso a la noche, la Luna llena se convirtió en el elemento central del cielo, cobijada por muchas nubes que la enmarcaban y algunas estrellas titilando alrededor. La vista era muy bella. A ese paisaje se sumó una serie de relámpagos, primero Beatriz pensó que la lluvia estaba de regreso. No fue así. Los relámpagos quedaron como una especie de efectos que de vez en vez se dejaban percibir de manera impresionante. Beatriz recordó a Claudio, uno de sus mejores amigos, poco le gustaban los relámpagos. Le dieron ganas de tomar una foto para captar esa bella postal  y enviarle a Claudio, prefirió quedarse atenta a la ventana, observando el paisaje nocturno. Faltaba poco para llegar a casa y pocas veces tenía la oportunidad de tener frente a ella una noche luminosa. 


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 180. La vida feliz de L. V. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Héctor Ventura

                        
                                Polvo del camino/ 180

                               La vida feliz de L. V.
                              Héctor Cortés Mandujano

                                                                    In memoriam


—¿Cómo amaneciste? –dijo Isa.
        —Bien –mintió Lupita.
        —Voy a hacer el desayuno y te lo voy a traer a la cama.
        —No, quiero ir a la mesa.
        —Estás muy débil, mejor quédate descansando. 
        —Bueno, ayúdame a moverme, porque me pasé la noche inmóvil. Me duelen los huesos.
	Isa ayudó a Lupita a recargarse sobre su hombro derecho.
	—¿Así estás bien?
	—Sí.
	—Ahorita vengo, voy a prepararte un jugo.
	—Gracias.

Lupita, cuando quedó sola, tuvo una regresión a su infancia: pasaron veloces las imágenes de sus padres (peón él, sirvienta ella), que trabajaban con los papás de Isa. Lupita tenía en ese entonces seis-siete años y ya ayudaba a su mamá. Un día, sus papás le dijeron que regresarían al paraje indígena del que provenían. El papá de Isa los despidió con afecto y les dio un dinero de compensación por el tiempo que habían trabajado.
	El papá de Lupita dijo:
	—Si quiere que se quede mi hija con usted para que le ayude, se la dejamos, se la regalamos.

Lupita se convirtió en la cuidadora, en la nana de los hijos de su patrón, que le fueron naciendo en su matrimonio. Eran muchos. Cuando la menor de ellos tenía ocho años, murió la patrona y Lupita se volvió indispensable en la vida de los niños, que fueron creciendo, casándose, formando nuevas familias.
	Lupita se quedó a vivir en la casa de quien consideró no su patrón, sino su padre, cuando él murió. Para todos los demás hijos, Lupita era una hermana.

Una de las particularidades de su carácter era que nunca discutía (“como tú dices/ como usted dice debe ser”), no insultaba, estaba dispuesta a ayudar a quien se lo pidiera y se reía incesantemente de casi todo. Su capacidad de no causar ni causarse conflictos era notable; su inteligencia emocional para ser feliz era su santo y seña. Envejeció y comenzó a tener achaques, hasta que le vino una enfermedad grave, que la puso en cama.

Isa hizo con rapidez el licuado y regresó a la recámara donde, dos-tres minutos antes, había dejado a su hermana. La halló recargada sobre su hombro derecho. 
        Lupita no tenía gesto de dolor, sino una sonrisa en el rostro: había muerto.




Ilustración: Héctor Ventura
Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 32. Brooklyn Follies. Ilse Ibarra Baumann

Brooklyn Follies

Cambié mi regalo La bailarina de Auschwitz, que ya había leído, por Brooklyn Follies. Otra vez me fui por los reconocimientos del autor: Príncipe de Asturias, Medicis…

La narración de Brookly Follies es cómoda para leer, lleva un ritmo, mas rara vez sorprende al lector exigente.  

Escrita en primera persona, Nathan, un hombre de sesenta años, jubilado, exvendedor de seguros quien sobrevivivió a un cáncer de pulmón, sale de la «Gran Manzana» para irse a vivir a Brooklyn. 

El libro trata de su vida en Brooklyn en torno a su sobrino Tom. La narración es superficial y muy melodramática. No pude aferrarme ni a los protagonistas ni al entorno. Los diálogos de los demás personajes parecen tener la misma voz del narrador. 

Confieso que no es esta novela una que me gustaría recomendar. Me agradó, por otro lado, que el narrador citara dos novelas del muy recomendable Ítalo Svebo: La conciencia de Zeno (excelente) y Senilidad, esta última fue elogiada por James Joyce.

Fotografía: IMIB




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. Máster en Creatividad Literaria en Español por La Universidad de Salamanca.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial.

Polvo del camino. 179. Un equis bato. Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz

                        
                                Polvo del camino/ 179

                                  Apuntes de oído/16
                                    Un equis bato
                                Héctor Cortés Mandujano

                                                               Luz a los poetas,
                                             pa’ que no anden malgastando letras

                                                              Marcial Alejandro,
                                                                        en “Luz”

Marcial Alejandro nació y murió en Ciudad de México (1955-2019). Su obra musical, grabada por él mismo, se reduce a tres discos: Marcial Alejandro (1984), Aquí estoy (1993) y Sin Cruz (2004). Tenía sentido del humor. En una entrevista, a propósito de su segundo trabajo dijo que era “el disco de la década”, no porque fuera maravilloso, sino porque se había tardado diez años en grabarlo.
	Antes y después estuvo en grupos y discos colectivos, y canciones suyas fueron grabadas por, entre otras, Tania Libertad, Margie Bermejo, Betsy Pecanins, Amparo Ochoa, Maru Enríquez (quien fue su pareja) y Eugenia León.
	Me gustan muchas de sus canciones. Le daba vueltas a las palabras (en su primer disco musicaliza versos de Miguel Hernández, “Canción última”, y un texto recopilado por Juan Rulfo, “El gavilán”) y trataba de huir de lo manido. En “Nos caímos juntos”, de su tercer disco, usa con exactitud dos palabras que usualmente la gente usa como sinónimos: Terco, que se refiere a la persistencia, y necio, que se refiere a la tontería. La Real Academia de la Lengua dice que terco es “pertinaz, obstinado e irreductible” y necio “ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber”, en su primera acepción; en la segunda: “Falto de inteligencia o de razón”.
El famoso inicio de las redondillas de sor Juana, “Hombres necios que acusáis”, hace alusión no que a los hombres sean tercos, sino a que son tontos si hacen lo que nuestra inteligente monja describe. En el colmo de la confusión, tal vez pensada, Silvio Rodríguez tiene una canción que se llama “El necio” y parece que se refiriera a la terquedad no más ("Yo me muero como viví”), aunque quizás también a la estupidez de no querer cambiar.  
	Hablábamos de “Nos caímos juntos”. En una parte de su letra dice: “Los dos pagamos el mismo precio: uno por terco y otro por necio, qué caray”.
Con “El fandango aquí”, interpretada por Eugenia León, ganó el Festival Internacional OTI, en 1985.
	La pieza es de muy ágil ejecución. La letra tiene, me parece, varios logros formales desde su primera línea, que mezcla presente, pasado y futuro con mucha gracia: “Vamos andando, porque el fandango a punto está que empezó. Vámonos, vámonos a la fiesta, que el que no va no llegó. El buen semblante lucir, como quien va a seducir, pedir su mano y, ya de plano, lo que se pueda pedir”.
	La pachanga que describe la canción hace que se rompan todas las distancias: “En semejante tropel, amiga de éste y de aquél, al poco rato un equis bato quiere que pague por él”.
	Vale la pena oír las canciones de Marcial Alejandro. Hay hondura y buena escritura en ellas. Dice en “Se puede morir”, de su tercer disco: “Lo que sin duda es terrible es morir de soledad. […] Ese viaje en que te fuiste, debe resultar muy triste cuando nadie te da un beso”.

En una entrevista (la recuerdo con las imprecisiones de la memoria), Eugenia León contó que a Marcial le dio una enfermedad terminal; él puso en orden todo lo suyo, se despidió de sus amigos y familiares, y se fue sin decir adónde a nadie, para que nadie se ocupara de las miserias que supone la atención de alguien que no tiene remedio. 
Para hacer lo que hizo se necesita una altura que no todo mundo tiene. No quería ni lástima ni compasión. No era, no fue un equis bato. 

Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz
Ilustración: Juán Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 179. Bordar para la vida. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Maria Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                       Bordar para la vida
                   María Gabriela López Suárez

El sonido del ventilador se convirtió en parte del paisaje sonoro de la mañana de ese domingo. La aplicación del clima en el celular indicaba 37 grados centígrados. Para Norma esa temperatura indicaba que el calor había llegado para quedarse todo el verano. Fue al refrigerador, sacó unos cubos de hielo y lo agregó a la jarra de limonada que acababa de preparar. Se sirvió un poco de la bebida en un vaso, degustó el agua fresca y se dirigió a la canasta donde tenía su bordado para avanzar en la costura.

Se acomodó en el rincón más fresco de la sala y comenzó a bordar. Sus manos, su corazón y su mirada se concentraron, el colorido de los hilos se fue entretejiendo para dar paso al trazo de una diversidad de formas enmarcadas con la creatividad y el entusiasmo.

Mientras daba un sorbo a su limonada recordó la manera en cómo comenzó a bordar, primero fue una actividad que formaba parte de sus tareas escolares en la infancia. Para ese entonces el bordado era algo que hacía más por obligación que por gusto. Luego, vinieron a su mente las imágenes de cuando su mamá Elisa y su tía Carmina la ayudaban a terminar sus bordados. Era una labor titánica y Norma se sentía acompañada.

Años después, Norma tuvo interés por retomar el bordado, primero lo hizo de manera independiente, se percató que bordar le generaba concentración y era una manera de volver la mirada a ella, a conectar con lo que le gustaba. Posteriormente, Roxana, una de sus amigas la invitó a un taller de bordado. Norma no dudó en inscribirse. La facilitadora era la maestra Rosario, quien había descubierto en el bordado una enseñanza para la vida. 

El taller de bordado se convirtió en un oasis para Norma y sus compañeras, la confianza y empatía que se generaron, aunado a la paciencia y motivación de la maestra Rosario, fueron los elementos clave para continuar en tan noble y bella labor. 

Norma halló muchos aprendizajes en la tarea de bordar, conectar con su infancia y con su corazón, despertar la inspiración, afrontar los retos al bordar, incentivar la creatividad, confiar en la intuición y sobre todo, aprender a ser más paciente. Para Norma bordar no era una actividad simple, era una hermosa experiencia de aprendizaje, justo para adquirir herramientas que podría aplicar en su vida cotidiana.

El sonido del ventilador hizo que Norma volviera la mirada a su bordado, su rostro dibujó una sonrisa. Desde el corazón agradecía a Roxana, a la maestra Rosario, a sus compañeras y a ella, la oportunidad de  bordar que significaba no solo un hermoso arte sino una oportunidad de bordar para la vida.
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.