A mi hija Anabel, inspirado desde su gestación hasta su primer año de vida. Junio de 2015
Tu origen: un milagro palpable, revolución inefable, perfecto amor institivo, potencia sobrenatural, gran revelión de respeto y admiración, reperentación pura y plena del bien.
Tu llegada: cuerpo tibio, imagen íntegra, imponentes alas de plata, aura resplandeciente, signos grabados de esperanza y paz, sinfonía propia llamando a la humanidad.
Me encuentro contigo, me hablo a mí mismo, descubro un amigo, mi ser desconocido. espejo sincero, confesión perpetua, verdad absoluta nutriendo a la existencia.
Te pareces bastante a tu adorable madre, semejantes en piel, corazón y semblante. ¿Qué tienes de mí, tu afortunado padre? ¡No lo sé... y no importa! Lo valioso es coincidir, crecer entre jardines, volar sobre el mar.
No conozco el cielo, pero tengo tu sonrisa, observo tus ojos interestelares, y tiemblo, sé que dentro de ellos hay otra dimensión, cuando muera pido dormir en su espacio, lo necesario, hasta volverte a ver.
Su gusto por la música y la lectura comenzó en la adolescencia, mismos que se convirtieran en pasión y fuente de inspiración para la poesía. No concibe la vida sin arte, así que, lucha a diario por un desarrollo personal, una evolución constante y un equilibrio permanente dentro de su munco familiar, laboral y artísitico.
En 2022 publicó su colección de poemas sueltos con Amate Editorial. Mención honorífica en la cuarta edición del concurso de cuento corto y minificción «Café y Tinta» 2024.
Me cuido, me exploro, me amo Silvana abrió la ventana de la sala, el clima de ese día era agradable. La intensa lluvia de un par de días anteriores había dejado una sensación de frescura que aún perduraba. Se acomodó en una pequeña mesa para iniciar su sesión de trabajo. Ese día les habían designado laborar desde casa porque no habría energía eléctrica en su centro de trabajo. Mientras iniciaba con la integración de un informe de actividades buscó la estación de radio en línea que le gustaba escuchar. En ese momento estaba música del género bossa nova. Subió un poco el volumen y se dirigió a la cocina. Se preparó café, degustó un par de sorbos y fue a sentarse para iniciar su jornada laboral. Releyó algunas ideas del documento, las ajustó y de pronto se dio cuenta que ya no estaba la música sino un podcast que llamó su atención. Conducía una voz femenina y hacía el recordatorio a las mujeres de cuidar la salud, el contenido hacía un llamado al público a sensibilizarse sobre el Cáncer de Mama. Silvana recordó que estaba en octubre y justo era el mes de la lucha contra ese tipo de cáncer. Se concentró en el podcast al tiempo que degustaba nuevamente su café, escuchó breves testimonios de mujeres que relataban sus historias sobre la enfermedad. Recordó que el año anterior que ella había cumplido los 40 años fue a que le hicieran la mastografía por vez primera. Había escuchado comentarios diversos de familiares y amistades sobre el estudio. Ella también había buscado información en algunas páginas de internet, lo cierto es que con todo y los datos que recabó, tenía nervios. Sin embargo, los diversos testimonios que conocía de gente cercana a ella le hicieron no desistir ante la importancia del cuidado de su salud. Cuando estuvo en el lugar donde le harían la mastografía sintió que el tiempo se volvió lento, estaba en una habitación pequeña frente a un aparato de gran tamaño que observó con curiosidad para identificar cómo estaba conformado. Mientras esperaba que la atendieran, recordó la importancia de respirar profundo, para calmar la sensación de nervios. Su mirada se concentró en las líneas de los mosaicos del piso donde, con ayuda de su imaginación, halló una diversidad de rostros y siluetas de mujeres, animales y árboles. Luego llegó el turno para que le hicieran el estudio, el proceso fue poco grato, lo que prevaleció de inicio a final para Silvana fue la importancia del cuidado de la salud. Volvió la mirada al texto del informe, ya casi estaba listo. Dedicó nuevamente su atención al podcast que ya estaba por terminar, según indicó la conductora. Por la mente de Silvana vinieron muchas ideas, la urgente necesidad de que las mujeres estemos más informadas sobre lo que implica cuidar nuestra salud, conocer a nuestros cuerpos, escucharlos y sobre todo amarlos. Pensó en que muchas mujeres en contextos campesinos, rurales, de pueblos originarios y aún urbanos, desconocen la importancia de las revisiones constantes y de estudios para prevenir el Cáncer de Mama. La labor de informar sobre estos temas es una parte clave en materia de salud, de cuidados y de brindar mejores servicios y al alcance de toda la población. La reflexión de Silvana sobre el tema del podcast la hizo pensar en lo valioso de conocer esos datos no solo para las mujeres sino para el público en general, no solo para octubre sino para todos los meses del año, al tiempo que decía en voz alta como una especie de mantra: yo me cuido, me exploro, me amo.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
El amor es muy importante, como para sólo encomendarlo a Dios
Un personaje de Muerte en el Nilo, dirigida por Kenneth Branagh
Veo películas sin cesar, no siempre obras de arte. De pronto, en alguna, hallo la perla de una frase. Te cuento de algunas, lector-lectora. Damián Szifron es un guionista, productor y director argentino que me gusta mucho desde su debut, como realizador, con El fondo del mar (2003). Fue el creador, además, de dos series que son muy apreciadas en su país y que se vendieron y se rehicieron en países como México, España y Rusia: Los simuladores, y Hermanos y detectives. Su aparición en el cine de Hollywood lo hizo con To catch a killer (Misántropo, 2023). En ella, una policía, en su solicitud de empleo, habla de su afición a las drogas y de varias cosas que regularmente se esconden en un documento como ese. Se lo dice quien se vuelve, por un caso criminal, su jefe; ella contesta con las palabras de Kurt Cobain: “Prefiero ser odiado por lo que soy, que ser amado por lo que no soy”
John Wick es una franquicia que revolucionó, en especial, la coreografía de las luchas, los trancazos, las balaceras. Como ocurre luego de que una película se vuelve un éxito rotundo, han hecho varias. El Episodio 4 (2023, dirigido por Chad Sthelski) muestra la monotonía de la fórmula (¡las balas ya no matan a nadie, salvo que sean muchas y en la cabeza o en el cuello!). A lo que iba. Un personaje dice antes o después de una de las masacres: “La forma en que hacemos cualquier cosa, es la forma en que hacemos todo”.
Muerte en el Nilo (2022, actuada y dirigida por Kenneth Branagh), adaptación del clásico de Agatha Christie, con una producción por todo lo alto, pero ligeramente fría, tiene varias frases que se refieren al amor (las muertes, aquí, tienen como origen la pasión). Dice una mujer enamorada: “Por algo el corazón es el símbolo del amor; si se para a descansar, morimos”. Hércules Poirot, el célebre detective, que esclarece los hechos en la novela y en la cinta, halaga a la cantante diciéndole que su música blues es alegre y al mismo tiempo trágica; ella le responde: “Es muy fácil hacer tragedia; primero me imagino a alguien a quien quiero hacer sufrir, y luego lo imagino enamorado”. Dice después: “He tenido un montón de maridos. Todos ellos del montón”. La madre dice al hijo: “Los corintios se equivocaban. El amor no es paciente ni virtuoso. Es envidioso, jactancioso y le da igual a quien machaca”.
Una última cita de Fubar, serie creada por Nick Santora (2023), temporada uno, episodio siete (“Oro líquido”): “Sí, crees que alguien te ama, le entregas tu corazón, pero lo hace polvo, lo bebe en un batido de col rizada y lo elimina con un pedo en el sofá mientras mira deportes”.
Ilustración: Leonora Ventura.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Una historia redonda: la rueda Esteban Martínez Sifuentes
De modesto círculo inspirado en la luna llena, el centro de una flor, las legendarias piedras rodantes o el gira-gira del torno del alfarero, pasó a facilitarle el destino al ser humano en sus afanes múltiples e interminables, cíclicos: guerra, agricultura, erección de edificios, ir a Acapulco con la señora y los duendecillos. Está en los trenes y los aviones, es símbolo de dinamismo y prisa. Salvo el invaluable servicio en movilidad que nos brinda, no tiene nada que ver con nuestro sistema motriz, en específico los pies, patas en los animales. Es una pura invención, creatividad. Como el cero, que también es circular y, a velocidad de vértigo, hace avanzar las cifras hasta la orilla del universo. Pocos prestan atención: en coche alquilado, del vecino o propio, conducen con eficiencia a la madre a nuestro alumbramiento en el hospital público o privado (según las posibilidades económicas de la familia); nos llevan a nuestra última morada. Es la rueda o, en su versión moderna, la llanta o neumático. Se cuenta que su origen está asociado a la alfarería, mucho antes que a movilidad y carga (apenas unos 3,500 años a.C., varios milenios después de iniciadas la agricultura y las sociedades complejas); su tracción, a los bóvidos, los équidos, los esclavos, los motores de vapor, gasolina y eléctricos. Stonehenge y las pirámides de Egipto fueron construidos sin ellas. En la América prehispánica existía la rueda en juguetes infantiles, no así en el trabajo. Prestas para el combate, las carreras y el boato, en Grecia y conspicuamente en Roma circulaban la biga, la triga, la cuadriga y, para los faustos imperiales, la sestiga, tiradas a su vez por dos, tres, cuatro y seis caballos. Tal vez por su insignificante vocación en las tareas de los estamentos inferiores, poco se menciona a los carros de un solo jamelgo o los jalados por bueyes. En los siglos XVII y XVIII los carruajes o carrozas de la nobleza semejaban auténticos altares barrocos y rococó capeados en oro, incluidos los rayos y los ejes de las ruedas. Aunque en tonos más adustos, algo similar ofrecen aún las empresas de pompas fúnebres para los pudientes de Nueva York y ciudades de Europa. Según las tradiciones de la alta aristocracia, en las ceremonias solo a los reyes se les permitía uncir ocho caballos, seis a los príncipes, cuatro a los duques y tres a los obispos. En España la llanta es lo que acá llamamos rin, el sostén de la llanta; pero bueeno, allá han estado medio locos desde que al Quijote le dio por acometer molinos con su lanza. Tragar una rueda de molino es soportar a grados extremos un episodio adverso. Salvo que esté gastada en exceso o desinflada (ponchada o pinchada, por distintas vertientes ambos términos derivan de idéntica etimología), raras veces le dedicamos más que una fugaz ojeada. Un pisotón en el pie de una de ellas debe de ser dolorosísimo. Ruedan por el mundo de cuatro en cuatro, de tres en tres o de dos en dos. Y una heroica y solitaria también, por trabajo o entretenimiento: las carretillas en la industria de la construcción y los monociclos en circos y carnavales, donde también suelen girar la rueda de la fortuna y los caballitos, tiovivo o carrusel, cuyo nombre en inglés es el divertido merry-go-round. Los precavidos guardan una de reserva en la cajuela y existen establecimientos especializados en repararlas. “Todo sobre ruedas”, se dice cuando los asuntos marchan con fluidez. Metáfora automovilística, una persona “todoterreno” es aquella con capacidad para cruzar airosa por autopistas y trochas pantanosas en sus actividades. Como la domesticación del fuego, la cultura y época exactas de su invención son desconocidas; no importa, es de todos y de nadie, universal. Es la perfección, el no principio y el no fin, la eternidad, el eterno retorno que se muerde la cola del uróboro y de la salamandra que renace de sus cenizas. El sustantivo “llanta” proviene del francés jante y “neumático” del griego soplo, espíritu, aliento. Aire. Es el anima de los latinos. Menos metafísico, a la grasa acumulada en la cintura por el buen comer y el escaso ejercicio se le denomina llanta en México y otros países latinoamericanos; en España, michelín. Pero, ¿es aire lo que escribo? Sí, pretende ser levedad. El aire no se ve, es el soplo vital, igual que el alma o el espíritu en las religiones y la filosofía. No se ve pero vibra, se siente, como la música. La primera notación musical de Occidente se llamaba “pneuma”, allá por el siglo IX; pretendía aprehender lo inaprehensible. Como todo lo que se realiza con pasión y razonamiento, lo logró en buena medida. Luego la música fue capturada en discos (la llanta es un disco), y rotaron y rotaron en el tornamesa aligerando los trabajos y los días que describiera Hesíodo. Dos potentes fábulas sobre la ascendencia de la música, ambas desarrolladas en la selva (la incultura): el cuento del salvadoreño Salarrué “Semos malos” y la cinta Fitzcarraldo del alemán Werner Herzog. Hasta la masificación de la televisión, los niños pasaban horas divertidas con el cándido y exigente pasatiempo (me tocó practicarlo) de hacer correr por el piso una rueda impulsada con una horqueta. Los patines y patinetas ofrecen una impagable sensación de libertad, tanto si los ves pasar como si los montas. Esto último siempre es preferible. No que sea censurable estar al borde de la vereda viendo discurrir la vida; al contrario, es una necesidad del espíritu. Lo que sí, renunciar como maratonista desinflado al sexto kilómetro o no atreverse a subir en ella por timidez, por cobardía al qué dirán, por lo que sea. La bicicleta que no va a ningún sitio es un invento desaprovechado; en realidad no requiere ruedas (solo las de los engranes), sino pedales. Sirve para generar energía; en Guatemala la ONG Maya Pedal es un modelo a seguir en dotación de electricidad a comunidades pobres o apartadas. En ese sentido, no estaría mal que pedalear fuera obligatorio para los que padecen de estrés de oficina y se aburren al llegar a casa. Además, la cuenta de luz aparecería ligerísima a fin de mes en el buzón. ─¿Cómo estás? ─Pues aquí muy contento y sano pedaleándole a la vida. ─Ah, me alegra. Yo estoy en lo mismo. Pero te llamo para preguntarte si tú también has notado la disminución de cadáveres en la calle estos últimos meses a causa de… Una anécdota leída hace tiempo sobre la inauguración de una de las primeras escaleras mecánicas (que también son circulares) en un gran almacén estadounidense, allá a principios del XX: como los compradores no se atrevían a usarlas, la gerencia contrató a un cojo con muletas para que subiera y bajara, dale que dale, de la apertura al cierre; funcionó. “Rodar y rodar”, grita a pulmón herido la jactancia en el himno mexicano de las fiestas, El rey. La llanta es resistente y confiable como nuestra paciencia al salir cada mañana al tripalium o trabajo. Y si te sientes abrumado, recuerda estas líneas de John Lennon, una oda a la rueda y a la levedad:
I´am just sitting here Watching the wheels go round and round I really love to watch them roll No longer riding on the merry-go-round I just had to let it go.
Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.
Obra publicada: Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.
Selene revisó su reloj, eran las 9:45 de la mañana, había quedado de ir a la farmacia por los medicamentos de su tío René. Bianca su prima le llamó un par de días antes para pedir su apoyo para la compra de las medicinas. Selene y sus familiares más cercanos habían conformado una red de colaboración para situaciones diversas, entre ellas las cuestiones de la salud. —No solo hay que estar juntos en la pachanga, también en los momentos de necesidad —solía decir la tía Chayito, esposa del tío René. Antes de salir a la farmacia, Selene buscó la imagen de la receta médica que le mandó Bianca y el mensaje con los costos de los medicamentos. Hizo una cuenta sobre el aproximado del total que sería, siempre y cuando hallara todas las medicinas. Se alegró que no tuviera que comprar ningún antibiótico porque no le aceptarían la receta en formato digital. Para la compra de los medicamentos Selene siguió la ruta que le sugirió Bianca. Al llegar a la primer farmacia, una de las mejor surtidas, se formó en la larga fila que había. —Pero qué barbaridad, cuánta gente hay aquí. ¿Será que está más económico acá? Por eso habrá esta fila de espera —dijo para sí Selene mientras esperaba pasar pronto para que la atendieran. Como al interior de la farmacia se perdía la señal de internet, Selene se concentró en observar el servicio que daba cada trabajador y trabajadora de la farmacia a la clientela. Tocó el turno a una señora que iba antes que ella. La señora habló con el empleado y le pidió el precio del medicamento solicitado y que le repitiera nuevamente el costo. —Cuesta 1105 pesos, es lo de una caja. Aquí dice que es una caja por mes y que tiene que tomar el medicamento por un año. El rostro de la señora dibujó desaliento, a pesar de eso siguió preguntando, —Si cuesta eso, entonces como cuánto sería en un año. Más de 10 mil pesos, como 13 mil… El empleado, con un rostro de poco interés, hizo movimientos en la computadora y dijo, —13,260 pesos, sería —mientras su mirada se enfocaba en la fila de espera. La señora repitió la cantidad y nuevamente inquirió si no habría otro medicamento de más bajo costo, el empleado le dijo que no. La señora volteó a ver a la fila de la clientela en espera, como una especie de auxilio. Finalmente, dijo que avisaría del costo del medicamento y luego regresaría a la farmacia. Selene sintió una especie de impotencia. Quiso tener mucho dinero y poder apoyar a la señora. Por fin, le tocó el turno de atención, pasó y refirió la lista de medicamentos. Mientras el empleado iba a buscarlos, ella se quedó pensando en la señora que no compró el medicamento. ¿Cuánto cuesta la salud? Fue la pregunta que le resonó. Vinieron a su mente una serie de pensamientos, entre ellos que no todos tienen las posibilidades de comprar medicamentos caros, no todas las personas tienen acceso a un sistema de salud público y tienen que acudir a un servicio médico particular, pero no alcanzan a cubrir el costo de las medicinas. El empleado regresó con los productos, a excepción de uno, todos los demás de la receta estaban surtidos. Al momento de pagar, Selene agradeció en su interior que su familia tuviera la oportunidad de hacer uso de un servicio médico particular y tener dinero para comprar medicamentos. Rumbo a casa siguió pensando, ¿cuánto cuesta la salud? Y en la medida que sus pasos avanzaban fue ideando en cómo poder aportar desde su red familiar para situaciones como la de la señora. Sin embargo, el trabajo tenía que ir más allá, porque la salud es un derecho y como tal las autoridades tienen, dentro de sus tantas encomiendas, que trabajar en eso. Respiró profundo, un par de niños corriendo delante de ella le hizo intentar esbozar una sonrisa, sin duda que había mucho que trabajar desde la sociedad en el tema de la salud y los derechos a ella.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Del libro que en 1963 publicó el francés Pierre Boulle, se desprendieron de 1968 a 1973 las primeras cinco películas de El planeta de los simios, que luego se hicieron cómics, otros libros, series de televisión… En 2001, Tim Burton hizo una versión malísima. En 2011, dirigidas por Matt Reeves, comenzó una nueva serie de filmes (van cuatro, creo). En éstas, a diferencia de las anteriores, la idea central es que los monos, usados para experimentos científicos, generan un virus que casi hace desaparecer a la raza humana y, por modificación genética, aprenden a hablar, a pensar. El punto que me interesa destacar es que son los humanos quienes producen la enfermedad que los diezma. Los monos son animales inocentes aunque luego, en las películas, tengan que enfrentarse a muerte contra esos otros animales.
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La caída de la casa Usher (2023) es una miniserie, creada y dirigida por Mike Flanagan, que se basa en varios cuentos y en el famoso poema “El cuervo”, de Edgar Allan Poe. La trama gira en torno a Roderick Usher y su familia, quienes se han vuelto millonarios con la fabricación de medicamentos que enferman más que curan. La empresa prueba medicamentos en animales que mueren (monos, claro) y son suplidos por vivos para engañar a los supervisores. Uno de los Usher muere, incluso, por ponerse debajo de una regadera con agua llena de ácidos mortales (era una casa abandonada, de Roderick, donde habían ocultado desechos tóxicos). La riqueza de la familia está fundada en el dolor y la muerte de muchos. El dolor como negocio.
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El negocio del dolor (2023, dirigida por David Yates) está basada en hechos de la vida real e inspirada en el artículo, de 2018, del New York Times Magazine, que luego Evan Hughes convirtió en el libro Pain Hustlers. Una empresa farmacéutica comerciaba aerosol de fentanilo para controlar el dolor de enfermos terminales. Era bueno, porque dejaban de sufrir y morían, como lo hubieran hecho sin el fentanilo. El problema es que comienzan, con vendedores entrenados, a convencer a médicos sin escrúpulos (y hay bastantes) para que lo recomienden hasta para quienes tienen dolor de cabeza. La pequeña empresa farmacéutica pasa de ser un pequeño negocio a una opulenta distribuidora de muerte. El Dr. Jhon Kapoor en la vida real (Andy García en la cinta), director de la empresa, fue condenado en 2019 a prisión por dos años y pagó 225 millones de dólares para salir. Mató a muchos y está libre. Rico aún. La película no es la vida real. Apenas toca la punta del iceberg. Hay, evidentemente, mar de fondo.
Ilustración: HCM.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Un fantasma en Heathrow Esteban Martínez Sifuentes
En tránsito hacia Polonia, escala de cuatro horas en Londres. Mi primer vuelo trasatlántico. Mala noche con tiempo tormentoso y aburrida película inglesa nominada al Oscar de ese año. A las diez de la mañana sobrevolábamos los borrosos y ordenados suburbios de la capital del reino, con tanta resonancia en la historia contemporánea. Descendimos a la pista sin contratiempos. En el gigantesco complejo aeroportuario, enfilamos por pasillos interminables bordeados de anuncios rumbo a los controles de migración, donde confluían otros pasillos y decenas de escaleras mecánicas que subían y bajaban a otros pisos y recordaban una imagen de Escher o, más exacto, a Pink Floyd The Wall. Las colas eran larguísimas pero avanzaban de prisa. En alguna parte había leído que aquel era el aeropuerto con mayor tráfico de personas en el mundo, y esa ala, parecida a un matadero de reses tecnificado, era exclusiva para transbordos, me enteré después. Salimos avante mi esposa y yo sin preguntas ni trámites excesivos (pronto entendería por qué). En un piso inmenso con bendita luz natural gracias a los inmensos ventanales, buscamos una sala de espera. Más pasillos, anchos como los de un gran almacén, con bares, restaurantes, librerías, casas de cambio y tiendas duty free donde, quisieras o no, te rociaban con promociones de perfumes y te ofrecían vasitos de cremas irlandesas y wiskis. ─¡Compañeros latinos, fíjense: las fragancias las tenemos al tres por dos! ─habló un vendedor en español del Caribe─ Dos for men y una for lady, o como gusten. ─Después volvemos, gracias. ─¿Después cuándo?, compañero latino. No me engañe. Los latinos somos así, todo lo dejamos para después. ─Gracias, no. Nos instalamos Josefina y yo en la sala de espera, junto a una isla con stands de comida rápida y frente a los monitores de salidas y llegadas. Sentada en las butacas de enfrente, una familia multirracial, ejemplar y fotogénica. Mujer oriental de ojos rasgados; hombre de tez morena, latino, y niño de cuatro o cinco años, pelo ensortijado y mirada de rendija. ─Hola ─me animé a saludar al ver que el adulto nos observaba. ─Hola, buenos días ─respondió con claridad. A la mujer, aburrida o cansada, no le significamos demasiado. La mayoría de los ingleses en esa ala del aeropuerto eran negros, latinoamericanos, hindúes, algunos de éstos con turbante blanquísimo, barba grisácea y envaramiento de marajás. Caí en la cuenta de que técnicamente estábamos secuestrados. No había resquicio ni para asomarse a respirar un sorbo de aire londinense. Recién descendido, apareció un grupo de jóvenes de apariencia nórdica, uno de ellos con los cigarros y el encendedor en la mano. Quizá fuera sólo una manía. Aun así, saqué mis aditamentos y los seguí. Entraron al baño. Preguntándome si existía algo tan arcaico como una zona de fumadores, abordé a una mujer policía. Y sí, sí existía tal cosa. Caminé de prisa hacia el final de la avenida donde me indicara la mujer. Era una especie de jaula de cristal cerrada por todos lados y con un tubo grueso hacia el techo último. Cupo para doce personas, advertía un letrero en la entrada. La gente de adentro duplicaba con soltura ese número. A pesar de los extractores a todo trapo, amarillaban los cristales, los asientos, todo. Llegaron los nórdicos. Dos fumaron, tres permanecieron ahí por solidaridad. Entró la mujer del aseo a vaciar los ceniceros, sacó una cajetilla de extra largos de su vestido blanco, se fumó medio cigarro, lo aplastó dentro de la bolsa negra que arrastraba y se fue. Paseamos por las tiendas, compramos un pasable café de máquina. En una tienda de discos, una pared entera dedicada a música y memorabilia de los Beatles y otra a los Rolling. A la hora, otra visita al cubo de la ignominia. Encontré el Daily Mirror abandonado y me puse a hojearlo. Cristiano Ronaldo se había ido de farra y el príncipe Carlos inaugurado no sé qué. Nervioso, con el cigarro desenfundado, entró el moreno que nos saludara, estudió las caras con timidez y se me acercó. ─Hola otra vez. ─Hola de nuevo ─respondí, contento de la compañía─. ¿De dónde eres? Era de Ecuador y vivía en Yokohama, de donde eran la esposa y el hijo. Después de vacacionar en Praga, volaban a Barcelona, donde él tenía a su madre. Se llamaba Wilson Andrés. Animados, al segundo cigarro ya hablábamos de Gaudí y la Divina Familia, que yo no conocía. “Cuando quieras, hermano; cuando quieres”, me dijo, serio. De pronto apareció la japonesa con el niño y le hizo señas a través del cristal. Parecía molesta, y de armas tomar. Él se levantó de prisa, apagó el cigarro y salió. Pasamos por otros vasitos de wiski. En la confluencia de las avenidas principales exhibían un Aston-Martin deportivo con las puertas desplegadas. Mi esposa quería un disco de Tracy Chapman. ─Tracy Chapman no es del Reino Unido. ─¿Y qué si no lo es? El dinero no era mucho. Le prometí que, si nos sobraba, de regreso a México lo compraríamos. Hojeábamos revistas cuando se nos acercó Wilson cariacontecido, con el maletín al hombro. Nos preguntó si habíamos visto a su mujer y su hijo. No, fue la respuesta; ¿te ayudamos a buscarla? Gruñó algo y se fue. Se acercaba nuestra partida. Una última visita al cubo. En un rincón estaba Wilson prendido a su cigarro. ─¿Encontraste a tu familia? ─le pregunté. ─¿Mi familia? No, ¿la habéis visto vosotros? No. Pero si la veíamos, le dije, le diríamos que aguardara al pie de los monitores. Murmuró un “gracias” y salió. No sé por qué me dio la sensación de que ya no estaba tan preocupado. Entré al baño, fui a la sala para que Josefina también lo hiciera antes de abordar. Le conté que Wilson seguía buscando. Dijo que ella había visto levantarse al ecuatoriano y recalcarle a la japonesa, en español nítido, que no se tardaba; no lucían enojados entre sí, aunque ella le pareció malhumorada todo el tiempo. Apareció en pantalla nuestro vuelo; el de Wilson Andrés y familia, me enteré, estaba por cerrar. Supuse que ya estaría con los suyos. Heathrow es un laberinto imponente pero inofensivo por su señalización y la abundancia de policías amables. Escuchamos por los altavoces: ─Your atention please. Mister Wilson Andrés, you must go to the counter number eleven, go to counter eleven... Formados en la fila para abordar, de nueva cuenta: ─Your atention please. Mister Wilson Andrés... Tres semanas después, en el transbordo de regreso a México, mi primera visita al cubo. A lo lejos vi que salía de los sanitarios un hombre idéntico a Wilson; convencido de que era él, le grité por su nombre. Se detuvo un instante, y sin voltear, o como volteando pero menos que a medias, se reacomodó la correa de su maleta de mano y desapareció con paso rápido en el primer recodo. Permanecí en el cubo mucho tiempo; no lo reconocí de cierto, pero me pareció verlo rondar por ahí.
Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.
Obra publicada: Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.
El otoño no solo había llegado con esos aires que anuncian que falta poco para concluir el año, sino que también había traído consigo tormentas tropicales. A Samantha le gustaban los días lluviosos, siempre y cuando no fuera a causa de tormentas o huracanes, por ese ambiente relajado que puede generar la lluvia, el olor a tierra mojada y el contemplar la vegetación verde. Justamente había pasado la mitad de la semana con lluvias intermitentes, por ratos muy fuerte, luego llovizna, una leve pausa y de nuevo llovía con fuerza. La tarde del jueves la lluvia había dado tregua buena parte del día, justo casi a la hora de salir del trabajo comenzó a hacerse presente en forma de llovizna, menudita pero continua. Samantha verificó que ya era hora de la salida, apagó el equipo de cómputo, verificó que no hubiera quedado nada prendido y salió de su oficina. Se puso el impermeable, esa vez olvidó el paraguas en casa. Se agradeció tener el impermeable de emergencia que solía guardar en la oficina. Caminó hacia la entrada, esperaría a que pasaran por ella. Contrario a otras ocasiones esta vez el paso de Samantha fue sin prisa, no solo porque Mineth su hermana e Ignacio, su primo, no eran puntuales sino porque sintió una sensación de disfrutar el paisaje de la llovizna. Se dirigió lentamente por el pasillo hasta quedar de frente a la montaña que rodeaba su espacio laboral. Observó el paisaje, muchos árboles frente a ella. Los árboles eran altos, con un follaje precioso, la lluvia les daba un toque especial, casi mágico. Recordó los dibujos que solía hacer de niña cuando intentaba representar montañas. En sus trazos dibujaba una especie de líneas curvas que adquirían la forma como ella veía las montañas, luego las rellenaba con árboles cuyo follaje tenía un intenso color verde. Cuando terminaba sus dibujos se quedaba pensando en las imágenes que veía en la carretera, las montañas le causaban mucho asombro. Más de una vez se hizo dos preguntas, ¿qué se sentirá subir a la montaña? ¿Los árboles serán acolchonados en sus copas? La llovizna le había mojado el rostro, pero eso no era impedimento para que siguiera contemplando el gran regalo. Halló que entre los árboles también había pequeños espacios, la distribución entre el tamaño de los árboles era lo que generaba el curveado que ella intentaba dibujar con formas como rizos que se juntan. Mientras seguía contemplando la vista hacia la montaña su rostro dibujó una sonrisa. Tenía un par de años trabajando en ese lugar y no se había percatado que justamente se ubicaba a la falda de la montaña. —Mira Samantha, tu sueño de niña hecho realidad ahora que eres adulta —se dijo en voz alta. El sonido de su celular le hizo volver la vista a su bolso, era un mensaje de Ignacio. —Samantha ya estamos en la entrada, te esperamos. Guardó el celular. Se llevó las manos al rostro intentando limpiar las gotas de la lluvia. Se acomodó el gorro del impermeable y con el corazón contento caminó rumbo a la entrada.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
No es fácil que se oigan y tengan éxito las canciones de sexo explícito (no me refiero, por supuesto, a las abominables que son más un insulto que un asunto creativo). Las de Luis Eduardo Aute (1943-2020) me parece que han sido populares, en la medida en que fue popular él, en ciertas élites y luego en el público que no discrimina lo que oye: basta con que esté de moda. Y Aute tuvo sus quince minutos de fama entre la, llamémosle, masa genérica. Se le oyó y celebró, creo, porque sus alusiones al sexo, que eran directas, formaban parte de un envoltorio más bien poético. Pero, sí, llamó sobaco al sobaco, desde algunos títulos: “Cuerpo a cuerpo”, “Pumpum, pumpum”, “No te desnudes todavía”... En “No te desnudes todavía” (del álbum Alma, 1980) habla de los prolegómenos: “Cuando el deseo estalle/ como rompe una flor/ te quitaré el vestido/ te cubriré de amor/ y en la espera te pediría/ no te desnudes todavía”. Hizo Aute un disco donde mezcla asuntos bíblicos con el erotismo: Templo (1987) En “Cada vez que me amas”, una canción menos conocida, la sexualidad no es tan abierta, es metafórica: “Tu voz resucita mis músculos dormidos,/ mis latidos sepultados./ Tus manos, cuando me tocan, curan/ mis heridas más invisibles./ Tu hambre fecunda peces/ que se multiplican como deseos de humedad/ en el múltiple pan de mi cuerpo. Cada vez que me amas/ es un milagro”. En “Dentro” (del álbum Cuerpo a cuerpo, 1994), por ejemplo, dice sin ambages: “A veces recuerdo tu imagen desnuda en la noche vacía […] Así me reanuda la sangre tensando la carne dormida […] Dentro me quemo sin ti/ me vierto sin ti y nace un muerto”. El recuerdo, pues, le hace tener una erección y se masturba, eyacula. “Cuerpo a cuerpo” la canción que da título al álbum tampoco se anda por las ramas: “Y así es como el amor me enseñó/ a ser un contrincante/ dispuesto al ataque/ el filo de un sable/ erguido en el aire…”. “Mojándolo todo” (del álbum Alevosía, 1995) también va al grano desde el principio: “Tendida/ con los muslos como alas abiertas/ dispuestas al vuelo/ me incitas, me invitas a viajar/ por lácteas vías/ y negros agujeros”. Es casi una postal porno. Ella incluso se toca su “flor más desnuda, mojándolo todo”. Sigue sin pudor: “Húmedas llamas/ los labios que con tus dedos/ delicadamente delatas, dilatas para mí/ mostrándome obscena, la cueva del milagro/ por donde emana líquido rayo de la vida incandescente/ fuente/ lechosa lava, salpicaduras de agua profunda/ que inunda, mojándolo todo”. ¿Así o más claro?
Ilustración: Leonora Ventura
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Tu esposa toca comedidamente para preguntar: “¿Ya vas a venir, cariño?”, y tú: “Sí, sí, bombón, otro ratito y estoy contigo”. Tachas, rompes, reniegas y el Meollo, seductor y resbaloso, no se concreta. En la cima del desaliento frente a la hoja en blanco, asoma la Idea Brillante, paradójicamente pálida e inasible como todas las ideas brillantes en ciernes. Te entusiasmas, cómo no. Camina hacia ti con la gracia prometedora de siempre, finge que va a acariciarte, te muestra con descaro su dedo medio y se esfuma entre risas de escarnio por un resquicio de la ventana. Te quedas viendo hacia allá hasta que todo pierde sentido. La insatisfacción, transitar la cuerda floja con un ropero en la cabeza, es el sino del escritor, qué duda cabe. Tienes que asumirlo si estás ahí por tenacidad, una palabra de prestigio pero con agridulce carga de masoquismo y dudosa rebeldía contra el mundo. A punto de levantarte, vuelve la Idea con nuevos ropajes y hasta diferente peinado. Pero ¿es la misma u otra? Qué importa con tal que sea brillante. Le coqueteas, se van acercando, tratas de asirla de los cabellos. Es dura cuando quiere. Forcejeas con ella para que se siente, le aplicas una llave y cae desmayada al piso como un costal de nada. Sigues haciendo que piensas en el Meollo y sus implicaciones. Entra sin tocar la puerta el Personaje Principal, tímido, apenas corpóreo; sin abrir la boca, ves cómo se agazapa en un rincón como si no valiera nada. De la misma manera ingresa otro Personaje, un poco más acuerpado y decidido; esquiva a la Idea en el piso, llega hasta tu revuelto escritorio y pega engallado un manotazo exigiendo alcohol. La Idea vuelve en sí, se levanta para apoyar los reclamos de bebida del otro. Contagiado de rebeldía, petulante, se les une el Personaje del rincón y vislumbras que no es Principal sino Secundario o incluso Sacrificable. Tampoco importa, tú vas a rescatar algo, estás decidido. Aparece el Meollo, increpando. Amenazan con amotinarse, patalean. Tratas de argüir, alguien amaga con sacar una pistola. Terminas cediendo a regañadientes, con cierto placer secreto, y les sirves ron barato, lo único que tienes. Brindan. Demandan hielo, cacahuates. Mientras los otros bailan y gritan, tu trabajo empieza a fluir, a fluir... “Es lo mejor que he escrito hasta ahora”, te dices, cansado pero satisfecho, con severa euforia de crítico académico. Al día siguiente te das cuenta que no es así, que el Meollo necesita otros ángulos, quizá diferentes personajes, ideas menos trilladas (“¡ya chole con citas y paráfrasis borgeanas o de Raymond Chandler!, ¡atrévete por otras sendas!), y vuelves a empezar otra vez. Tachas, rompes, te deprimes un rato frente a la hoja en blanco, aparece la Idea, ya no tan brillante pero más sosegada y amigable, te entusiasmas, y sigues y sigues, masoquismo puro, como si nada más importara en el mundo. Años o, si bien te va, meses después, aparece el Lector con tu libro en la mano, lo lanza de pésimo modo en el escritorio, te da la espalda y se larga por donde llegó sin emitir una palabra. Sonríes desvalidamente y, tras un lapso de cavilaciones variopintas, sientes la necesidad acuciante de ponerte a escribir. Tu esposa te reclama del otro lado de la puerta que abras ya o si no…, y tú gritas que hasta la una o dos de la mañana no estás para nadie. Y nadie, hay que hacerle caso al Escritor cuando se percibe embalado, es Nadie.
Egresado de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM), Nació en San Luis Potosí hace varios ayeres, se dice lector compulsivo y fanático del cine, en particular de películas mudas estadounidenses de cómicos tipo Chaplin, Langdon, Lloyd y Keaton.
Obra publicada: Esteban Martínez Sifuentes ha publicado siete libros; el último, de ensayos, es USA! USA! Mitos y antimitos estadounidenses, publicado por Editorial Almuzara en 2024. La novela negro-policiaca Malmarido, Ediciones Periféricas, 2020.