Voces ensortijadas. 88. Winter, Spring, Summer or Fall. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 88

Por María Gabriela López Suárez

Winter, Spring, Summer or Fall

El inicio del otoño era más que evidente, esa mañana de viernes el sol se había levantado un poco tarde. El clima había cambiado la noche anterior, el viento continuaba soplando, acompañado de una brisa que podría invitar a evocar muchas emociones. 

Micaela se disponía a iniciar su día de trabajo en línea, prendió la computadora y buscó una selección de música de la década de los setenta.  Dejó que la música fluyera, mientras se asomaba a la ventana de la cocina. Percibió el aroma de la mañana,  observó el paisaje grisáceo del cielo, le provocó una sensación de nostalgia.

Miró el reloj, las 8,15, le apetecía beber un chocolate con cardamomo. Buscó en la cocina, seguro que Tobías, uno de los compañeros con el que compartía casa habría comprado cardamomo para la despensa. A él le encantaba esa especia para cocinar y preparar bebidas. En efecto, Micaela halló un frasco con la semilla. 

Comenzó a preparar el chocolate, lo prefirió con agua. El cardamomo le daba el toque especial. Ella disfrutaba el aroma. Se sirvió la bebida en su taza preferida, una de barro con forma de jarrito. Decidió acompañar el chocolate con una pieza de pan, una rosquilla sin azúcar. 

Mientras degustaba su chocolate con pan observó el calendario, el mes de septiembre estaba por culminar. Su mente le trajo un cargamento de memorias. El noveno mes del año tenía una particularidad, sus días le generaban un cúmulo de sentires, entre ellos estaban nacimientos y partidas de seres queridos, así como encuentros que le significaban mucho y que estimulaban su caminar. 

El tiempo pasa volando, pensó. Se quedó contemplando la taza de barro con los restos de su bebida. Saboreó el último trozo de la rosquilla. Se sintió afortunada de atesorar en la memoria y el corazón cada uno de esos momentos incluyendo los que no eran gratos, finalmente eran parte de su vida y le habían dejado aprendizajes. 

Respiró profundo, sintiendo cómo inflaba el pecho y posteriormente, inició su jornada laboral, mientras escuchaba con atención la interpretación de Carole King: Winter, Spring, Summer or Fall, all you have to do is call and I’ll be there, You’ve got a friend...


Photo by Lisa on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 87. Los surcos de la felicidad. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 87

Por María Gabriela López Suárez

Los surcos de la felicidad

La lluviosa tarde de verano había dejado un agradable clima, se apetecía leer, tomar chocolate con pan o conversar amenamente. Lucrecia recordó que tenía pendiente hacer una entrevista, le habían dejado una tarea en el bachillerato, en su materia de Lectura y redacción. El tema era libre. Sin dudarlo decidió preguntarle a doña Irene, su abuelita materna, si quería conversar con ella para su ejercicio. Le encantaba platicar con ella. Tenía la ventaja que vivía a dos cuadras de la casa de Lucrecia.

Cuando llegó a su casa la encontró sentada, tejiendo un tapete. Era una de las actividades que le gustaba hacer y era de una de las tantas habilidades que Lucrecia  le admiraba.  Después de saludarla le comentó su propuesta, como era de esperarse doña Irene aceptó. No sin antes decirle a Lucrecia que sentía que no tenía cosas tan importantes que contar, pero si le ayudaba con su tarea con gusto platicaban. 

—Abue, ¿estás cómoda ahí o prefieres que conversemos en otro lugar?

—Vayámonos al patio, ahí en mi mecedora vendrán mejor los recuerdos.

Con libreta en mano y su telefóno celular como aliado, Lucrecia comenzó la entrevista. Escuchaba atentamente lo que doña Irene mencionaba e iba tomando nota. Había enviudado muy joven y con su trabajo como costurera y partera había sacado adelante a su familia, dos hijos y una hija.  Su vida había estado llena de retos y momentos fuertes, destacó que la vida le había enseñado que debía disfrutarse y aprender de todas las experiencias incluyendo las más tristes. 

A Lucrecia le llamó mucho la atención cuando su abuelita mencionó que la felicidad era un ingrediente esencial en su vida, la tenía presente en muchos momentos y era una de las razones por las que todavía se mantenía de pie.  No pudo quedarse con las ganas de preguntar sobre cómo ser feliz. 

—Ay hijita, no hay una receta para tener la felicidad completa, más bien creo que consiste en valorar y agradecer lo que tienes, por ejemplo, estar con quienes quieres, tener salud, poder caminar, disfrutar comer una fruta, escuchar el canto de los pájaros, platicar contigo como ahora lo hago y algo muy importante, darte la oportunidad de reír mucho, las veces que te sea posible, sin importar los surcos que se hagan en el rostro al pasar el tiempo. 

Lucrecia observó el rostro de doña Irene, no se había percatado antes que las arrugas que se dibujaban en él justamente hacían referencia a un rostro que no mostraba facciones de enojo, por el contrario, estaba marcado en él un semblante grato, de armonía con la vida. Ahora entendía que esos eran como los surcos de la felicidad.

Cuando finalizó la entrevista, además de agradecerle a su abuelita su tiempo y compartir parte de su vida, le dijo que la admiraba mucho y que ojalá ella pudiera poner en práctica el encontrarle el lado feliz a cada instante vivido. 

—Abue, me encantaría algún día tener esos surcos en mi rostro. Mientras tanto, ¿me invitas a tomar chocolate con pan? Te ayudó a prepararlo.

Ambas sonrieron mientras que de fondo se escuchaba el canto de los grillos, era el anuncio que la noche había llegado.

Photo by Himesh Mehta on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 86. Tejiendo ideas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 86

Por María Gabriela López Suárez

Tejiendo ideas

Asunción se levantó muy temprano el sábado, el arrullo de la llovizna la adormeció la noche anterior y fue también el que la despertó. Había viajado a su casa el fin de semana y en la región donde vivía llovía la mayor parte del año. 

Nadie de su familia estaba despierto. Fue a la cocina, se preparó un té de jengibre. Luego abrió una de las ventanas de la sala y se quedó contemplando el paisaje. Su montaña vecina no se distinguía, aunque la llovizna había cesado ahora permanecía una densa capa de neblina. 

Comenzó a beber el té. El airecillo de la mañana le había dado frío, fue por un suéter a su cuarto. Decidió quedarse ahí un rato más. Su mirada se posó en el cesto donde guardaba un bordado que tenía un par de semanas que no tocaba. Se levantó, tomó el cesto y sacó la manta, observó que estaba a medio terminar. Había retomado el bordado recientemente, como una manera de relajarse cuanto se sentía muy estresada, pero también se percató que cuando bordaba disfrutaba mucho la manera en que su mente iba pensando en cómo entrelazar colores, puntadas y dar vida a la figura dibujada en la manta.

El bordado que estaba haciendo tenía en su mayoría tonos en color marrón, rojo y naranja, los colores cálidos eran de sus favoritos. Dio otro sorbo a su té, después se acomodó sobre la cama y comenzó a bordar. Mientras iba haciendo cada puntada se le vino a la mente que tenía que realizar una tarea en equipo. Esa idea no le agradaba, solía tener resistencia al trabajo en colectivo. Sus experiencias en años escolares anteriores habían sido desafortunadas, ella y alguien más hacían el trabajo y el resto del equipo salía beneficiado. 

Hizo el intento por dejar de pensar en ese pendiente para disfrutar del bordar, sin embargo, la idea seguía asomándose. Pausó por un instante, observó cómo iba el bordado y se fijó detenidamente en la gama de colores que se mezclaban. Continuó su labor, al tiempo que se fue imaginando que cada color de las hilazas era como un integrante de un equipo, la acción final era terminar el bordado y cada uno de los hilos daba la pauta para colorear la figura de la manta. Es decir, era necesaria la participación de cada uno. Terminó de rellenar la figura de dos cántaros y  guardó su bordado.

Bebió el último trago de té. Se quedó pensando que si el trabajo en equipo fuera como bordar no estaba tan mal, era una manera de ir tejiendo ideas y poniéndolas en orden para realizar la encomienda. Recordó que hace tiempo leyó en el Libro de los saberes una frase que le gustó mucho, el autor era Meterio, un marakame  huichol, "juntar los momentos en un solo corazón, un corazón de todos, nos hará sabios, un poquito más para enfrentar lo que venga. Sólo entre todos sabemos todo". 

Asunción decidió darse la oportunidad de poner en práctica su actividad por equipo como si estuviera bordando. Salió de su cuarto, seguían durmiendo en casa. Sintió los rayos del sol que había despertado, se asomaba sobre la montaña vecina y la saludaba a través de la ventana.

Photo by Magdaline Nicole on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 85. Todavía no hay nadie. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 85

Por María Gabriela López Suárez

Todavía no hay nadie


Eréndira revisó su reloj, faltaban 8 minutos para que iniciara su reunión virtual con Juan, Gloria y Benito, con quienes estudiaba la licenciatura. Tenían un trabajo por equipo y habían acordado reunirse al mediodía.  No le gustaba llegar tarde pero esa mañana salió a comprar ingredientes para sus galletas. A mitad de la contingencia sanitaria había decidido hacer galletas para apoyar sus gastos en la escuela. Bajó  rápido del colectivo, corrió hacia su casa. Apenas estaba a tiempo.

Entró apresuradamente a su domicilio. Se quitó el calzado, hizo su limpieza para sanitizarse. Dejó su bolsa con el mandado. Se percató que estaba sola en casa. 

Fue a su cuarto, prendió la computadora y buscó el enlace para ingresar. Sentía el palpitar de su corazón más que rápido. Miró el reloj, 12:08, respiró profundo y entró a la sala virtual. Ahí estaba Juan, el más puntual de su equipo, lo saludó y le pidió disculpas por el retraso. Juan dijo que no tenía problema. 
Mientras llegaban Gloria y Benito, empezaron a platicar de cómo les había ido en la semana. En eso estaban cuando ingresó Gloria, 

—¡Hola! Buen día. Estaba preocupada por llegar tarde, pero veo que todavía no hay nadie.

Eréndira se quedó pensando, ¿acaso Juan y ella no contaban? ¿Eran nadie para Gloria? Como un flashazo vinieron a su mente las veces que de niña ella acompañó a su abuelita Chole a los rezos. Cuando solían llegar a alguna casa y coincidían con doña Sofía, una vecina del barrio, siempre solía decir esa frase, "todavía no hay nadie, yo que estaba preocupada". Eréndira jalaba de la blusa a su  abuelita y con su voz no tan débil le decía,

—Abue, ¿por qué doña Sofía dice eso? ¿Nosotras no contamos?  ¿Somos nadie? 

Doña Chole la volteaba a ver y le tomaba de la mano suavemente, mientras le decía:

—En la casa platicamos.

Esa plática con su abue nunca se dio, pero Eréndira creció pensando que si alguien estaba en un espacio y un lugar contaba su voz y su presencia, por lo tanto, debía ser tomada en cuenta. Regresó a su reunión virtual. Pensó que Juan diría algo, observó su rostro en la pantalla, él solo se limitó a saludar a Gloria. Eréndira prendió su micrófono y dijo,

—¡Hola Gloria! Bienvenida, Juan y yo estamos ya estamos acá, contigo ya somos tres. Solo falta Benito. Así que ya habíamos dos y ahora te sumaste.

Gloria sonrió, se disculpó por llegar tarde y por haber dicho eso. Les mencionó que era una frase que solía usar y no recordaba cómo la había aprendido. Finalmente, Benito se integró, con algunas fallas en su conexión. La reunión se realizó y después de tomar acuerdos se despidieron.


Eréndira se dispuso a limpiar los productos que había comprado, mientras lo hacía no pudo evitar recordar la frase, "todavía no hay nadie". Y evocó a Eduardo Galeano, con "Los nadies", uno de los textos de su obra El libro de los abrazos. En eso estaba cuando escuchó que la puerta de la casa se abrió y una voz dijo, 

—¿Hay alguien en casa? 

Era su mamá. Había llegado.

Photo by Pixabay on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 84. La ceiba. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 84

Por María Gabriela López Suárez

La ceiba


Rosaura, Roberto y Ruth habían salido a trotar como todas las mañanas, aparte que les era útil para su actividad física, les resultaba divertido convivir como hermanos. De regreso a casa, Rosaura, la hermana mayor les propuso retomar la ruta de los andadores, además de estar arbolada permitía que hicieran su actividad con menos transeúntes. Aceptaron.
Roberto y Ruth iban casi al mismo ritmo, Rosaura iba detrás de ellos, atenta para no quedarse mucho. Ella era quien les había propuesto hacer actividad conjunta, sus hermanos adolescentes habían aceptado. Rosaura disfrutaba mucho esa convivencia, además, le resultaba grato observar los paisajes, cada mañana era distinto, hallaba algún motivo diferente con el cual asombrarse.

Iban casi cerca de su destino cuando pasaron por un andador, el hogar de una bella ceiba, situada a la mitad del camino. Desde lejos Rosaura observó cómo el follaje de sus ramas se mecía al vaivén del viento que soplaba esa mañana. Le pareció que estaba frente a un paisaje nuevo, aunque ya la conocía la ceiba le resultó imponente, alrededor de 30 metros de altura. Fue bajando su ritmo para hacer una pausa y observarla de cerca. Llamó a sus hermanos.

—¡Ruth, Roberto! Hagamos una pausa, vengan.

—¿Te sientes bien? —Preguntó Roberto.

—¿Te acalambraste? —Inquirió Ruth.

—Nada de eso, solo quiero que observemos algo.

Cuando llegaron se percataron que Rosaura estaba con la vista hacia arriba, en la parte alta de la ceiba. No preguntaron qué buscaba, se sumaron a la contemplación del paisaje. En una de las ramas había una paloma blanca. Se veía tan linda, reposando.

Se sentaron en unas bancas de cemento, alrededor de la ceiba. Rosaura les contó que la ceiba era un árbol sagrado en la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos, en especial para la cultura maya. En lengua maya le llamaban ya’axche, que significa árbol verde. La importancia de este árbol era ser conector entre el cielo y el inframundo.

Ruth y Roberto escuchaban con atención a Rosaura. Ruth se animó a interrumpir,

—¡Orale! ¿Cómo sabes esto?
Rosaura dijo que algo había leído en libros y también en sus clases de historia. Pero también recordó que en pláticas de personas mayores también había escuchado el respeto a la ceiba. Además, les dijo que ese árbol lo había conocido de pequeña. Hizo memoria de cuando vio las espinas gruesas que tenía en el tallo verde, cómo fue creciendo y con el paso del tiempo su tronco cambió de color, se engrosó y se hizo resistente. Las espinas ya no se observaban, era una ceiba madura.

También les pidió que pusieran atención en un detalle, la ceiba había sido mutilada en algunas de sus ramas más bajas. Seguro había sido doloroso en su momento, pero sus heridas habían sanado. Ahí estaba imponente y bella, dándoles cobijo esa mañana a la paloma y a ellos. La ceiba además de ser sagrada, era un ejemplo de cómo afrontar la vida y permanecer a pesar de las batallas. Ellos eran afortunados de tenerla en su caminar.

Roberto sonrió y agradeció a Rosaura esa pausa. No tenía idea del valor de ese árbol, que era parte de su cotidianidad. Ruth se acercó a Rosaura y la abrazó. El aleteo de la paloma les hizo volver la vista y comenzar a prepararse para reanudar su camino a casa.

Fotografia: Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 83. Tomar un respiro. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 83

Por María Gabriela López Suárez

Tomar un respiro


El sol estaba en su máximo esplendor ese mediodía del sábado, a Josefina le había tocado ir por el mandado. Leonor, su hermana había salido de comisión y regresaría por la noche. A Josefina no le apeteció ir hasta el mercado, se había despertado tarde y lo caluroso del clima poco le animaba para ir. Vio como un gran beneficio que cerca de su casa hubiera una verdulería.

Después de un tomar un baño se dispuso a arreglarse. Luego, escribió la lista de cosas a comprar, la revisó cuidadosamente para que no se le olvidara algo. Jaló su sombrero de palma, su bolsa de tela, su monedero, sin olvidar sus lentes para el sol. Guardó las llaves de la casa en la bolsa izquierda de su pantalón y salió.

La bienvenida que le dio el sol le hizo recordar que, aunque el calor estaba intenso, le vendría bien ese baño de sol para terminar de despertarla y le ayudaría a que se produjera más serotonina en su organismo. Algo había leído sobre eso. En pocas palabras, asolearse un poco le traería beneficios.

Se dirigió a la verdulería, caminó alrededor de 8 cuadras. Llegó a su destino. Antes de comenzar por la búsqueda de verduras, legumbres y frutas, observó la manera en que estaban colocados cada uno de los productos. La organización de las verduras y frutas era algo que solía gustarle, hallaba armonía en la colocación y mezcla de colores que se apreciaba, además de los olores que predominaban. En el apartado donde estaban las legumbres y especias sucedía lo mismo, cada producto se dejaba ver sobre una muestra cuidadosamente colocada sobre costales abiertos.

Surtió la lista del mandado, guardó su compra en la bolsa y se dispuso a regresar a casa. A tan solo un par de cuadras para llegar decidió tomar un atajo. En su colonia tenían la fortuna de contar con algunas calles con aceras arboladas que, en días como esos, eran una especie de oasis. Eligió una que le invitaba a transitar por ella, tenía una especie de caminito lleno de hojarasca, antes de mitad de la calle un bello árbol de almendra daba cobijo a quien pasara por ahí.
Inició su caminar y observó que era la única transeúnte, luego se percató que había un señor sentado en unas graditas, afuera de una casa, bajo un árbol de guayaba. El sol seguía intenso, Josefina se felicitó por haber llevado su sombrero de palma, aparte de gustarle mucho, le hacía imaginar que le daba un carácter de misterio, sumado a sus gafas de sol.

Ya quería llegar a casa, su mente no dejaba de hacer ruido con las actividades pendientes que tenía. Cuando estuvo más cerca del señor, observó que tenía a su lado una mochila, como de trabajo, y una gorra. Infirió que se había detenido a descansar un instante, no era para menos el calor estaba sofocante. Josefina dio las buenas tardes y pasó a su lado. El señor le respondió, degustaba tranquilamente una guayaba. Se veía que disfrutaba ese momento.

El ruido de la mente de Josefina pareció apaciguarse un poco, la imagen del señor le hizo darse cuenta que siempre es importante tomar un respiro. Le contagió no solo tranquilidad, sino que le recordó la paz y alegría que se tiene al estar en contacto con la naturaleza. Cuando se percató ya estaba a unos pasos de su casa. Esa salida le había dejado la tarea de que ella también necesitaba tomar un respiro.


Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 82. Incienso de copal. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 82

Por María Gabriela López Suárez

Incienso de copal



Esa mañana Eduviges estaba terminando de acomodar algunas cosas en la sala de su casa cuando percibió un agradable aroma a incienso, tenía tiempo que no sentía ese aroma. Intentaba acordarse qué aroma sería, era intenso pero a la vez relajante. El olor se colaba a través de las ventanas, supuso que quizá provenía de casa de sus vecinos, a Joaquín y Azucena les gustaban las velas aromáticas y los inciensos.

El sentido del olfato hizo conexión con la memoria y la remontó a las celebraciones que solían hacían hacer en casa, el aroma le resultaba muy familiar. Mientras seguía intentando acordarse del nombre del incienso su mirada se detuvo en una fotografía de sus ancestras, parte de su linaje materno. En esa imagen, en blanco y negro, estaba su bisabuelita, su abuelita y dos tías abuelas. Tomó la fotografía de la mesa de los retratos y observó detalladamente cada elemento, el escenario se veía como en el patio de una casa, las mujeres estaban sentadas, juntas. Ninguna sonreía, estaban serias pero los rostros se veían apacibles, los rasgos de cada una eran tan claros.

Aunque esa imagen la había visto otras ocasiones no se había detenido para identificar elementos como los que ahora observaba. Calculó el año de la fotografía, al ver el reverso se llevó la sorpresa al hacer la sumatoria, tenía en sus manos un tesoro, más de 8 décadas transcurridas. Se sintió agradecida de poder tener la oportunidad de conocer a algunas de sus ancestras a través de esa imagen.

Intentó imaginar los retos a los que se enfrentaron en la vida. Recordó anécdotas que su mamá le había contado. Los esfuerzos de la bisabuelita y la abuelita para sacar adelante a su familia. Luego se quedó pensando, ¿qué evento sucedió para que se tomaran esa fotografía? ¿Cómo accedieron las mujeres mayores a hacerlo? Supuso que había sido algo importante.

Mientras estaba concentrada ahora en ese tema seguía percibiendo el aroma a incienso, y como una especie de chispazo se le vino a la mente, es incienso de copal. Sí, el bello aroma era de copal, pero cómo se le había pasado el nombre, desde su niñez lo había percibido; ese aroma era parte de las tradiciones, el que acompañaba las celebraciones de Todos santos y Día de los fieles difuntos, los rezos de la familia y también las ocasiones especiales para agradecer la vida.

Regresó nuevamente la vista a la fotografía, sintió como si hubiera una conexión especial entre el recuerdo de las ancestras y ese aroma a copal que continuaba percibiendo. Dejó la imagen sobre la mesa de los retratos. Se dirigió a la puerta para ir a casa de sus vecinos, además de agradecerles el regalo aromático, quería preguntarles, ¿dónde podría conseguir el incienso de copal?


Fotografia: Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 81. Los encuentros en el caminar. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 81

Por María Gabriela López Suárez

Los encuentros en el caminar

A mi estimada Concha, con cariño y admiración.

María Gabriela López Suárez
 



Seguramente les ha pasado que tienen la fortuna y bendición de haber conocido personas que dejan huella profunda en su vida. Hoy les compartiré sobre una de las personas a la que recuerdo con mucho cariño y que trascendió el pasado mes de junio en Alicante, España, la escritora  Concha López Sarasúa. De ella tuve la oportunidad de conocer sus facetas como escritora y como persona.

Fue en un verano, a través de un evento académico cerca del Mediterráneo que brindó la oportunidad de coincidir y conocer a Concha, primero como escritora. Originaria de Mieres, Asturias, vivió dos décadas en Marruecos, lo que influyó de manera decisiva en su literatura. En su obra, Concha nos deja un legado de cómo los encuentros interculturales se hacen presentes y qué elementos son claves en ellos. Su literatura brinda un importante aporte a textos escritos para el público infantil, con fines didácticos, entre ellos destacan Meriem y la ruta fantástica, Los mil y un cuentos de Meriem, En el país de Meriem. Así como también, la autora a través de su mirada, sus vivencias y su estilo particular para la narrativa nos transporta al mundo marroquí, de ello da cuenta en sus novelas como Secretos que dan al mar, Celanova 42, ¿Por qué tengo que emigrar?, La daga turca y otros relatos mediterráneos, A vuelo de pájaro sobre Marruecos,  Cita en París, La llamada del Almuédano, ¿Qué buscabaís en Marrakech?

Les comparto que me dejé atrapar por las obras de Concha y parte de mi interés por la cultura del mundo árabe se reforzó al leer algunos de sus textos. Sin embargo, además de su valiosa labor como escritora, uno de los recuerdos más preciados es su faceta como persona. Si he de recordar a alguien con gran amor y alegría por la vida es a Concha. Su rostro radiante y su sonrisa contagiosa eran de las características más notorias, qué decir de sus gustos por el baile, la música, el canto y sus habilidades como conversadora y anfitriona. La sencillez en ella fue de las características que también me cautivó, al igual que su conocimiento por nuestra música mexicana.

Tiene rato que no veía a Concha físicamente, sin embargo, traerla a mi memoria con  su imagen y su pasión por la vida, recordar anécdotas, releer algunos fragmentos de sus textos o preguntar por ella, me daban la sensación de tenerla cerca. Hace unos días, me enteré de su partida por medio de las redes sociales. No se nos hizo que vinieras a Chiapas a convivir por estas tierras con tus amigos mexicanos, como nos comentaste en alguna ocasión. Comparto estas líneas a manera de un reconocimiento no solo por el legado que Concha deja en la literatura sino por brindarme la oportunidad de su amistad, como uno de los regalos obtenidos en los encuentros en el caminar. 
 
 



Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 80. Tilín tilín. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 80

Por María Gabriela López Suárez

Tilín tilín

 

Esa tarde veraniega estaba resultando eterna para Rubí; se había ido la luz en su casa desde la mañana y ella, acostumbrada a ver televisión y jugar con su celular, no encontraba en qué más podía entretenerse. Fue con su mamá y le preguntó en tono desesperado:

—Mami, ¿a qué hora vendrá la luz? Desde la mañana no hay y tú dijiste que no tardaría en volver, ya casi dan las cinco de la tarde.

Ruth, que estaba avanzando en pegar etiquetas en los recipientes de postres que vendía le respondió:

—Quizá sea un problema más grande, por eso se han tardado, pero no te preocupes no solo es en casa, también le pregunté a tu abuelita Bertha y me dijo que es en toda la manzana. Así que lo más probable es que hoy quede resuelto. ¿Quieres venir a ayudarme?

—Gracias, prefiero ir a visitar a la abuelita Bertha, a ver qué hace sin luz.

—Ve, con cuidado, iré por ti al rato.

Doña Bertha, la mamá de Ruth, vivía a dos casas de Rubí. Cuando estuvo afuera de la casa la niña jaló con fuerza la campana que hacía la función del timbre. Enseguida se escuchó una voz:

—¿Quién toca con tal desesperación?

—¡Abuelita, soy Rubí!

Apenas había entrado cuando doña Bertha sintió el abrazo apretado de la niña, quien le besó las mejillas. Y ella respondió a tan cariñoso saludo. Antes que Rubí pudiera preguntar por qué tenía tierra en las manos, doña Bertha la invitó a que la acompañara a donde estaba consintiendo a sus flores.

Los ojos de Rubí se abrieron más de costumbre cuando vio que las macetas no solo estaban relucientes, sino que las flores lucían más bonitas. Doña Bertha le explicó que había que apapachar a las flores, cuidarlas, cambiarles de tierra, ponerles abono y platicar con ellas, para que se sintieran queridas.

Aprovechando que no había luz eléctrica, ese día había decidido brindarles el tiempo a sus flores. Terminó de acomodar la maceta que faltaba, se lavó muy bien las manos y se fue con la niña a la sala.

Rubí no supo qué responder cuando doña Bertha le preguntó, qué había hecho ella toda la mañana, sintió algo de pena. Finalmente, le dijo que se la había pasado aburrida, no sabía qué hacer, la luz era la culpable.

Doña Bertha sonrió, aprovechando que aún había luz del sol le propuso a Rubí que leyeran un rato juntas, la niña aceptó. El cuento sugerido por la abuelita fue De cómo Sherezade evitó que el rey le cortara la cabeza, uno de los cuentos de Las mil y una noches. Ambas se pusieron cómodas y doña Bertha inició mientras Rubí mantenía atenta la escucha al cuento.

—Hace muchísimos años, en las lejanas tierras de Oriente, hubo un rey llamado Shariar, amado por todos los habitantes de su reino. Sucedió sin embargo que un día, habiendo salido de cacería, regresó a su palacio antes de lo previsto...
En plena lectura estaban cuando se escuchó el tilín tilín de la campana.

—¡Abuelita, seguro es mi mamá, dijo que vendría por mí! No me quiero ir hasta que termines de leer el cuento y si ya no hay sol, en la casa tenemos velas.
Doña Bertha sonrió, estaba contenta que su nieta se había olvidado por un momento de la desesperación porque no había luz. Mientras respondía al llamado de la campana.

—¡Ya voy!




Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 79. El equipaje en la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 79

Por María Gabriela López Suárez

El equipaje en la vida

 

Roberta se levantó más temprano que de costumbre a mitad de semana, debía realizarse unos estudios médicos. Se dio un baño rápido, se cambió y tomó un bolso de tela, colocó su cartera, teléfono, el estuche de sus gafas oscuras, sus llaves y un paquete de toallas sanitizantes. Observó su reloj, estaba a buen tiempo. El laboratorio quedaba aproximadamente a 20 minutos de su casa, si lo hacía caminando.

Mientras llegaba a su destino alzó la vista al cielo, aún estaba con pocas nubes, en partes color celeste y el sol ya estaba dando muestra que en un rato estaría más que intenso. Sintió su brazo derecho ligero, hasta olvidó que llevaba su bolso. Se puso a repasar lo que había colocado ahí, en realidad era lo que iba a necesitar en esa salida, era mucho menos peso de lo que acostumbraba cargar. Se sintió muy a gusto de no llevar más que lo necesario.

Lo anterior la llevó a observar a las personas que estaban caminando. Delante de ella iba un señor, solo llevaba el teléfono celular en su mano, más adelante una chica con una mochila pequeña en la espalda. Del otro lado de la acera, una señora con una morraleta. En esa misma calle mujeres que iban con su bolso y su lonchera y un señor mayor con su bastón en la mano. Siguió atenta a las demás personas que se fue topando y observaba qué tantas cosas llevaban consigo.
Luego se puso a pensar que algo similar sucede cuando se viaja. Ella era de las personas que normalmente creía que requería muchas cosas y así llenaba su maleta. Sin embargo, en más de una ocasión no había usado todo lo que empacaba ocupando un espacio que luego le hacía falta para guardar cosas nuevas. Se le vino a la mente que algo así era el equipaje en la vida, lo ideal era llevar solo lo necesario, como había hecho ella esa mañana. Y evitar cargar con cosas que generan más peso o abarcan un lugar que puede quedar libre para llenarlo con otras cosas que se adquieran en el camino. Ahora entendía mejor lo que le dijo en alguna ocasión su primo Emmanuel cuando salieron de paseo.

—¿Todo eso vas a llevar para el viaje? Solo estaremos 3 días. Yo llevo una mochila y está ligera. Aprendé a hacer práctica Robertita, ni creas que te vamos a ayudar a cargar tus maletas.

Vaya que Emmanuel tenía razón, aprender a ser práctica era toda una tarea que podía ser útil sobre todo para el equipaje en la vida. Aminoró su paso porque ya estaba en la esquina del laboratorio. Revisó el reloj, justo a tiempo, se había hecho los 20 minutos calculados.



Fotografía por Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.