Voces ensortijadas 96. La regla de las 3 erres. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 96

La regla de las 3 erres

Por María Gabriela López Suárez

Roberta había dispuesto que, en casa, esa semana harían depuración de lo que no utilizaban, para donarlo si estaba en buen estado o desecharlo si no era útil. Lo primero que pensó fue en el cuarto de su hijo Roberto. Él solía guardar muchas cosas que luego no ocupaba. 

Cuando estaban desayunando le comunicó la noticia a Roberto, él la quedó viendo. Roberta conocía esa mirada, significaba  algo como, no me entiendes mamá, todo es útil en su momento. 

La tarea comenzó y Roberta tenía práctica en eso, en un par de días juntó tres cajas con cosas para depurar y dos bolsas con ropa y calzado para donar. La tarde del miércoles decidió dar su revisión para ver cómo iba Roberto en su actividad, lo encontró en su cuarto con varias hojas de papel debidamente apiladas, unas libretas en proceso de deshojar y unos frascos de vidrio que ella había colocado en lo que iría para la basura.

Roberto observó el rostro de su mamá, intuyó que le diría algo y acertó.

—¿Y en qué se supone que avanzaste? Yo ya seleccioné las cosas que sirven, las que no, pero veo que ya fuiste a recoger cosas que van para la basura.
   
—Sabía que me dirías algo, pero esta ocasión no seguiré acumulando cosas, lo prometo. Te explicaré mi idea. 

Roberto recordó lo que había aprendido en algunas clases de la secundaria en su materia de Ciencias, y eso era lo que estaba  tratando de aplicar. Le explicó a su mamá que la idea de ella era muy buena, separar las cosas para donar las que servían y tirar a la basura las que no usaban. Sin embargo, podrían hacer algo más en beneficio del medio ambiente, aplicar la regla de las tres erres reducir, reciclar y reutilizar. Eso era lo que él intentaba hacer con las hojas, darles otro uso porque tenían un lado limpio, con ellas haría libretas pequeñas, sabía que a Roberta le encantaban. En cuanto a sus libretas aún podría ocuparlas para otro ciclo escolar con las hojas que estaban sin usar. Respecto a los frascos de vidrio los podían decorar y reutilizar para guardar semillas en la despensa; la otra idea era para obsequiarlos como dulceros o semilleros en alguna fecha del año.
 
Las ideas de su hijo le parecieron muy interesantes a Roberta, quien escuchaba con atención y recordaba haber leído en un periódico hace algunos años que se cortaban 500 mil árboles diarios y que para fabricar una tonelada de papel se requerían de 15 árboles. Era un impacto fuerte para la naturaleza. Esa tarde ella había aprendido algo nuevo, Roberto le había dado la lección de las tres erres y por otro lado, ella ya se estaba imaginando que le gustaría tomar parte en la elaboración de libretas y decoración de frascos. 


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 95. El álbum de las memorias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 95

El álbum de las memorias

Por María Gabriela López Suárez

Ingrid fijó su mirada en la taza humeante de té de menta que se había preparado. Sus gafas se empañaron rápidamente al darle el primer sorbo. Apartó su mirada de la computadora, luego decidió guardar el archivo en el que trabajaba y la apagó. Observó sus manos, las señales del tiempo se reflejaban en ellas, el color de su piel había cambiado, tenía decoraciones de colores,  como ella llamara de niña a las pecas.

Siguió con la mirada fija en las manos, las fue recorriendo palmo a palmo, de manera minuciosa, cada uno de sus dedos, cómplices aliados en el tecleado de tantos golpes en la máquina de escribir, luego en la computadora… sus eternos compañeros en las labores de la jardinería, en la mezcla de ingredientes para la cocina y en el intento del trabajo con el barro, actividad que realizó en alguna ocasión con sus colegas.

Se detuvo en el callo del dedo anular de su mano izquierda, recordó que era el resultado de empuñar con fuerza el lápiz en su infancia, había olvidado que le gustaba escribir de manera fuerte y que sus letras se vieran claras, haciendo que el tono de su lápiz o lapicero se remarcara.

Siguió el repaso de las historias y encontró la pequeña cicatriz en su dedo pulgar de la mano derecha, señal que le quedó cuando se prensara rápidamente al cerrar una ventana, en ese afán de querer contestar de manera pronta una llamada telefónica.

Le tocó el paso a las palmas de las manos, cuántas veces había intentado descifrar sus significados. Ellas que se habían encargado de estrechar saludos, acariciar hojas, árboles, rocas, montañas. Sus palmas también habían sido el sostén no solo de objetos sino de ilusiones, contenedoras de sus lágrimas de alegría y tristeza,  generadoras de energía en los días invernales y sin duda alguna, sus más grandes apoyos para agradecer la vida.

Bebió el último sorbo de su té. El teléfono sonó. Ingrid volvió su mirada para saber quién llamaba. Era Isabel su nieta.

—Isa, ¿cómo estás hija?

—¡Hola abue! ¿Qué haces?

Ingrid sonrió al tiempo que decía: Repasando el álbum de las memorias. 
 
 
 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 94. El ciclo de la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 94

Por María Gabriela López Suárez

El ciclo de la vida

La mañana del sábado tenía un tinte de aire frío, el cielo estaba azul,  pintaba un día soleado, de los que suelen haber en el invierno. Rebeca no había despertado, desde hace varios días tenía poco ánimo para levantarse y hacer sus actividades cotidianas. Matilde y Gerardo, sus padres, se habían dado cuenta. El motivo era la partida física de su abuelito materno, don Román. Rebeca lo quería  mucho y lo extrañaba; a sus 10 años la niña no asimilaba tan fácilmente la ausencia.

Don Román y Rebeca habían hecho muy buena mancuerda desde que ella era bebé, él solía contarle cuentos y eso desarrolló en ella el interés por la lectura, aprendió a leer antes de ingresar a la primaria. 

Gerardo y Matilde acordaron platicar con Rebeca sobre el tema. Gerardo se fue a regar el huerto y dijo a Matilde que cuando la niña despertara la enviara a ayudarle, eso la ayudaría a distraerse un poco. 

Rebeca no tardó en llegar al huerto, saludó a Gerardo quien la abrazó  enseguida.

—¿Qué estás haciendo papi? ¿Te puedo ayudar?

—Sí Rebe, justo te estoy esperando, aquí tienes una cubeta pequeña para ir llenando y regando las plantas de hinojo. 

Rebeca aprendió a conocer el hinojo por su follaje y su aroma, así que lo distinguía muy bien. Mientras hacía la actividad encontró una planta de hinojo seca, doblada. Llamó a su papá, Gerardo observó la planta, la reconoció, era una de las más altas que tenía en el huerto, poco común en las que normalmente había visto. Ya había cumplido su ciclo, estaba seca, no fue difícil arrancarla.

Aprovechó la ocasión para conversar con Rebeca sobre la partida del abuelo Román. La niña escuchaba atentamente.

—Ves esta planta Rebe, estuvo pequeña y creció mucho, mucho, nos dio lo mejor en su etapa de vida pero ha partido, su follaje se ha secado. Sin embargo, mira bien sus ramitas, ¿qué tienen?

—Son muchas semillitas, en cada rama hay varias. 

—Así es, las semillitas son los frutos que nos deja y que podemos esparcir en el huerto, para sembrarlas y  que con el tiempo crezcan y den más plantas. De esa forma, tendremos presente a la planta mamá. El abuelito Román también cumplió su ciclo de vida y dejó sembradas semillas en cada uno de quienes lo amamos, lo que aprendimos con él nos ayudará a dar los frutos de sus enseñanzas y tenerlo siempre en nuestro corazón.

Rebeca abrazó con fuerza a Gerardo, quien correspondió el gesto mientras la escuchaba sollozar y tratando de animarla le dijo.

—Los ciclos de la vida son parte de lo que nos toca vivir Rebe, quienes parten no se van, se quedan en nuestra vida, con sus enseñanzas y el amor que les tenemos. Ahora, escucha, el viento silba suavemente, mira qué bonito se mueven las hojas de los árboles.

Rebeca alzó la vista, sus ojos húmedos se fijaron en el paisaje mientras el viento les seguía acariciando.

 



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 93. La víspera de las visitas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 93

Por María Gabriela López Suárez

La víspera de las visitas

 



Esta tarde el viento sopla suavemente, lo percibo como una caricia muy sutil, el aroma que trae huele a inicios de noviembre, de las fechas más esperadas para recordar y honrar a nuestros fieles difuntos. En la preparación de las ofrendas para las tumbas y los altares me gusta el aroma a flores de cempasúchil, flor de muerto o musá como le conocemos en mi familia y también disfruto del delicioso olor que desprende el incienso de copal. Son aromas que me recuerdan a las celebraciones de estas fechas y me remontan a la niñez.

En casa el altar se prepara con anticipación, las ofrendas de alimentos llevan tamales, dulces tradicionales, como los garapiñados envueltos en papel china de diversos colores, barquillos rellenos de cocada o camote, calaveritas de azúcar,  frutas como naranjas, mandarinas, caña, pan, a veces cacahuates. También se pone vasos con agua, alguna copita con licor y cigarros, no pueden faltar estos elementos para los integrantes de la familia que gustaban fumar o beber. Las flores  de musá, de seda, margaritas amarillas o blancas y otras que son conocidas como flores de raíz son las que decoran el altar, con las velas que alumbrarán el camino de las ánimas. En el panteón las tumbas también se decoran con estas flores y con juncia. 

Hoy colocamos las ofrendas, mis manos quedaron aromatizadas con la flor de musá y la juncia. El ocaso se percibe, el sol acaba de ocultarse detrás de la montaña que tengo al frente, comienzan a dibujarse las sombras de las bugambilias, los árboles de flor de mayo y de pata de elefante. El viento se siente frío y me percató que a lo lejos dos de los cachorros caninos que tenemos en casa me observan fijamente. Mi mente trae los recuerdos de los familiares y amistades que han trascendido, sus figuras se hacen presentes. Me parece escuchar sus voces, sus risas, algunas de esas presencias las asocio con el platillo favorito que tenían o que les gustaba cocinar. No pueden faltar los recuerdos de los integrantes de la banda canina que están en el corazón. Todas las presencias de quienes han trascendido me provocan un cúmulo de sentires que mezclan la nostalgia y la alegría por haber tenido la fortuna de formar parte de la familia.

Mis ojos se humedecen, es algo que no puedo evitar, los cierro por un instante y de pronto, siento una caricia en mi cabello, uno de los cachorros se ha acercado a mí. El canto de los grillos se hace notar, a lo lejos  aún alcanzó a distinguir el color amarillo y naranja de las flores de la ofrenda, que junto con la luz de las velas indican que, en casa, ya estamos preparados en la víspera de las visitas que con gusto y amor esperamos y recibimos cada año. 
 
 

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 92. Reconocerse. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 92

Por María Gabriela López Suárez

Reconocerse

 

La tarde otoñal tenía más tintes de primavera, el sol cobijaba a quien se diera la oportunidad de tomarse un baño de luz y calor. Eloisa no se había percatado del paisaje, ni esa tarde ni las anteriores. Su día a día tenía una agenda apretada en la que, a veces, se le olvidaba si había desayunado, comido o cenado. Benito y Raquel, sus mejores amistades le recordaban con frecuencia que no se olvidara de vivir y dejarse un espacio para respirar. Eloisa les escuchaba y agradecía, sin embargo, le costaba ponerlo en práctica.

Ese miércoles, estaba ensimismada en sus actividades frente a la computadora, un bullicio de carcajadas y aplausos la hizo desviar su mirada y buscar de dónde venía el sonido. Se asomó a la ventana, observó a un grupo de adolescentes que iban caminando y se divertían bailando. Permaneció ahí unos instantes, el tiempo justo para que sintiera cómo su rostro dibujaba una sonrisa, atrapada por la escena. Aprovechó para estirarse y sentir cómo su espalda se erguía mientras acomodaba su postura. Tuvo sed y fue por agua.

En su paso hacia la cocina se percató de su figura frente a un espejo en su recámara. Había perdido la noción del tiempo de la última vez que se detuvo para observarse, su dinámica diaria era como en automático. Se quitó las gafas y halló sus ojos cansados, las ojeras se pronunciaban y su rostro tenía un tono pálido. Por un momento se asustó, no se reconocía, qué le había sucedido. ¿Era ella o el cansancio le provocó esa visión?
Se dirigió a la cocina, tomó agua. Luego fue al baño, nuevamente se miró frente al espejo, ahí estaba la misma imagen. Le vinieron a la mente los mensajes de Raquel y Benito, empezaba a percatarse que tenían razón. Se lavó el rostro lentamente y disfrutó el contacto con el agua. Acomodó su cabello en una coleta y por tercera ocasión vio el reflejo de su cara en el espejo.

Regresó a su cuarto. Ahí estaba la computadora encendida, como llamándola a continuar sus pendientes. Eloisa observó el reloj, las 5,30 de la tarde. Aún tenía trabajo por hacer. Se acercó a la máquina, guardó su información y la apagó. Siguiendo su voz interior decidió darse la tarde libre y tener un encuentro con ella misma. Tenía meses de no ir a su cafetería preferida y degustar un capuchino acompañado de una rebanada de pastel de queso.

Prefirió no ponerse los lentes para el sol, quiso sentir sus reflejos sobre el rostro, lo sentía necesario. Mientras caminaba hacia el café iba asimilando la importancia de reconocerse en el ajetreo, donde muchas veces, uno se olvida de sí mismo en el mar de tareas que hay en la vida.


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Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 91. La magia de la oscuridad. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 91

Por María Gabriela López Suárez

La magia de la oscuridad

 

El paisaje de montañas se avizoraba, ya estaban por llegar al pueblo donde vivían doña Lolis y don Ramiro, tíos de Lupita. Hasta después de más de tres ocasiones que Rita había recibido invitación de su amiga Lupita, para conocer el pueblo de sus tíos y pasar unos días con ellos, había aceptado. El viaje era largo y eso le animaba poco. Ese fin de semana viajaron con Roberto, Patricia y Aarón, sus mejores amigos.

El paisaje le llamó la atención a Rita. La casa estaba situada a las fueras del pueblo, como a 20 minutos. Doña Lolis y don Ramiro les recibieron con mucho ánimo, les gustaba que les visitaran. Lupita presentó a sus amistades, saludaron a sus tíos, luego se instalaron en el cuarto donde se quedarían a dormir.

La tarde comenzaba a ocultarse y Lupita les propuso ir al pueblo a comprar cosas para la despensa, la única que no quiso ir fue Rita. Les dio su cooperación, se disculpó y dijo que prefería descansar un rato. Se fue al cuarto, prendió la luz. Se recostó en un sillón, tomó el celular, no había cobertura, así que se puso a jugar un rato con una aplicación.

Estaba entretenida en su afán por ganar en el juego cuando la luz del cuarto se apagó. Solo se quedó con la iluminación del celular. Se arrepintió de no haber ido con sus amistades. Sintió un sobresalto en el corazón, le temía a la oscuridad y mucho. Desde pequeña había escuchado en plática de gente adulta relatos sobre gente fallecida que se aparecía en las noches oscuras. Trató de tranquilizarse y pensar que la luz no tardaría en regresar, así pasaba en la ciudad.

Intentó seguir jugando, no pudo concentrarse. Comenzó a escuchar ruidos extraños. Se percató que la batería de su teléfono estaba en 38 por ciento. Decidió prender la linterna del celular e ir a buscar a los tíos de Lupita. Salió del cuarto con cautela.

—¡Doña Lolis, don Ramiro! ¿Están por ahí?

Intentó reconocer el camino, no se acordaba, se detuvo. A lo lejos distinguió una luz que se acercaba, era doña Lolis que venía con una vela.

—No te aflijas Rita, acá andamos. Ven con nosotros.

Rita se apresuró y sintió que el alma le volvía al cuerpo. Doña Lolis le dijo que tenía rato que la luz no se iba en la casa, cuando sucedía eso tardaba hasta un día en que regresara el servicio. Sin embargo, no había por qué preocuparse, Don Ramiro había ido a buscar los quinqués para tenerlos listos por si se requerían.

Se sentaron en la sala, Rita aún estaba nerviosa. Doña Lolis se percató y le preguntó si le daba miedo la oscuridad, ella dijo que sí. Mencionó que había escuchado ruidos extraños. Doña Lolis le contó que no había que temer sino aprender a reconocer la magia de la oscuridad. Le platicó que los ruidos extraños seguro eran los patos que tenían mucha actividad, siempre hacían ruido; cuando había mucho viento las hojas de los árboles se mecían produciendo un sonido especial, además el viento solía silbar. La oscuridad hacía que uno se percatara más de lo que nos rodeaba, sobre todo en un lugar con naturaleza.

Doña Lolis comentó que antes de que hubiera luz en el pueblo, la gente solía reunirse para platicar más, contar cuentos, relatos, leyendas y las historias cotidianas. Eso se había perdido poco a poco, así que lejos de asustarse se debía aprovechar ese momento sin luz.

—Ahora que regrese Ramiro verás que nos cuenta algunas leyendas del pueblo, es muy bueno para contar las historias, hasta les pone sonidos. Mira, ahí viene ya con los quinqués prendidos.

Rita volteó a ver donde estaba el sendero de luz, sonrió, le dieron ganas de escuchar las leyendas. La plática de doña Lolis la había tranquilizado, sin duda, esa noche sería inolvidable. Deseó que sus amistades regresaran pronto para compartir la magia de la oscuridad.

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Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 90. Instantes de luz. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 90

Por María Gabriela López Suárez

Instantes de luz



Estela estaba terminando los tres bocetos que presentaría como propuesta a un trabajo que le habían encargado. Le llevaba más tiempo hacerlos de manera manual luego los digitalizaba, pero lo disfrutaba y le generaba una sensación de emoción que no se podía perder. Se había llevado prácticamente buena parte del día en eso, miró la hora, eran cerca de las 6,30 de la tarde y aún no comía. De pronto se acordó que era lunes y pasaba el camión de la basura. Se quitó los lentes, dejó por un instante su encomienda y se fue por las bolsas de basura que tenía en casa.

Como todos los lunes, Estela pasó a casa de su vecina doña Rosario por su bolsa de basura. Ella le llamaba Rosarito le sonaba con más cariño. La conocía desde hace un par de años, el tiempo en que Estela se había mudado a la colonia donde ahora vivía. Hacía más de un año que doña Rosarito empezó a caminar con dificultad y a tener problemas de la vista. Vivía sola y era una persona mayor. Estela se ofreció a pasar por la basura a casa de su vecina cada semana.
Tocó el timbre una vez, como solía hacerlo. Y a lo lejos escuchó la voz de doña Rosarito,

—¿Eres Estela?

—Sí, soy yo.

Estela saludó a su vecina, tomó la bolsa de basura que la señora le entregó. Y le preguntó cómo estaba. La respuesta de doña Rosarito la dejó casi sin habla. Le dijo que cada vez veía menos, no sabía qué pasaría cuando ya no pudiera ver, a dónde la llevaría su familia, su voz se escuchó triste. Estela observó los ojos de su vecina, se apreciaban como cubiertos por una tela, como si le nublara el brillo. Le comentó a doña Rosarito que su familia podría llevarla al médico para ver su caso.

De pronto sin que Estela se diera cuenta cómo doña Rosarito cambió de tema, platicó con ella sobre cómo era la colonia años atrás, sobre su familia, los programas de televisión que le gustaba ver, que el ambiente en la ciudad era menos peligroso que ahora. Le preguntó a Estela dónde vivían sus papás, qué tan lejos estaba el lugar de la ciudad, cómo era ahí. Cerraron la conversación con comentarios del clima, esa tarde el viento se percibía fresco pero al interior de las viviendas se tenía la sensación de calor. Luego se despidieron.

Mientras caminaba con las bolsas de basura para esperar a que pasara el campanero, su mente iba pensando en la situación de doña Rosarito, vivir en soledad aún teniendo familia y con la luz de sus ojos apagándose. Respiró profundo, se sintió agradecida por la confianza de su vecina para entablar la conversación esa tarde, quizá era una especie de instantes de luz que doña Rosarito había tenido al sentirse escuchada. El toque del campanero la hizo caminar más de prisa, no tendría que esperar, el camión recolector ya estaba por llegar.

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Voces ensortijadas. 89. Kukayetik. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 89

Por María Gabriela López Suárez

Kukayetik

 
Cecilia se levantó temprano el domingo, se apresuró a hacer las labores que le correspondían en casa. Luego desayunó y se cambió. Decidió usar un pantalón de mezclilla desteñida, la playera naranja que tanto le gustaba y se puso sus tenis negros. Tenía invitación de Óscar y Román, sus mejores amigos, para pintar con ellos un mural en la barda de la casa de Román.

Desde que la invitaron la idea le encantó, aunque ella no tenía experiencia sabía que sus amigos la habían tomado en cuenta porque alguna ocasión les mencionó que le gustaría pintar un mural. Echó en su pequeña mochila unos pinceles y brochas delgadas que tenían en casa, les podrían ser útiles. Jaló su gorra roja y se despidió de su papá antes de salir de casa.

Mientras se dirigía a casa de Román se topó con algunos perritos que, por fortuna, no le ladraron. De pronto, a lo lejos observó a un pequeño gato negro. Le llamó mucho la atención que después de verlo moverse con agilidad, como buen felino, se quedó quieto en un lugar con la mirada fija. A ella le dio curiosidad qué observaba con tanta atención. A medida que ella se fue acercando se percató que el gato estaba al pendiente de su presencia pero a la vez continuaba con la mirada puesta en su objetivo.

Cuando pasó cerca del gato se dio cuenta que él estaba frente a la entrada de una cocina económica, la puerta tenía una malla y por lo tanto, no podía entrar, pero si le dejaba observar lo que ahí sucedía. Cecilia pasó despacio para no distraerlo. El gato la volteó a ver rápidamente y siguió en su tarea.

El gato la hizo pensar en las diversas habilidades que tienen los animales. Y por su mente empezó a rondar la pregunta, ¿si yo fuera un animal, cuál me gustaría ser? ¿Y por qué? Vinieron a su memoria imágenes de los animales que le llamaban la atención, una mariposa en color azul turquesa, un zopilote, un perro, un colibrí, una libélula, un grillo, un cóndor, un delfín, un gorrión, un escarabajo y de pronto, asomó la imagen de los escarabajos que más le gustaban, los kukayetik*, también conocidos como luciérnagas.

¿Por qué ser un kukay? Recordó que desde niña le llamaba la atención observarlos en la noche. Se le figuraban como destellos de luz que van guiando el camino en noches oscuras. A ella le hacía mucha ilusión cada vez que los veía, también eran como una especie de efectos especiales durante la noche en el campo. Le gustaría ser un kukay para alegrar o guiar con su luz a quien le viera, como una especie de hada y también porque podría moverse libremente en el campo, disfrutando de la naturaleza.

El tiempo había volado, Cecilia estaba a media cuadra de casa de Román. Se percató que Óscar limpiaba la pared de la barda, seguro estaban por iniciar. Apresuró su paso, Óscar la vio y saludó moviendo la mano y ella le respondió con una sonrisa en los labios a la vez que exclamó:

—¡Ya voy, ya voy! Espérenme.


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*Kukayetik: Cucayos en plural, en lengua Tseltal.

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Voces ensortijadas. 88. Winter, Spring, Summer or Fall. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 88

Por María Gabriela López Suárez

Winter, Spring, Summer or Fall

El inicio del otoño era más que evidente, esa mañana de viernes el sol se había levantado un poco tarde. El clima había cambiado la noche anterior, el viento continuaba soplando, acompañado de una brisa que podría invitar a evocar muchas emociones. 

Micaela se disponía a iniciar su día de trabajo en línea, prendió la computadora y buscó una selección de música de la década de los setenta.  Dejó que la música fluyera, mientras se asomaba a la ventana de la cocina. Percibió el aroma de la mañana,  observó el paisaje grisáceo del cielo, le provocó una sensación de nostalgia.

Miró el reloj, las 8,15, le apetecía beber un chocolate con cardamomo. Buscó en la cocina, seguro que Tobías, uno de los compañeros con el que compartía casa habría comprado cardamomo para la despensa. A él le encantaba esa especia para cocinar y preparar bebidas. En efecto, Micaela halló un frasco con la semilla. 

Comenzó a preparar el chocolate, lo prefirió con agua. El cardamomo le daba el toque especial. Ella disfrutaba el aroma. Se sirvió la bebida en su taza preferida, una de barro con forma de jarrito. Decidió acompañar el chocolate con una pieza de pan, una rosquilla sin azúcar. 

Mientras degustaba su chocolate con pan observó el calendario, el mes de septiembre estaba por culminar. Su mente le trajo un cargamento de memorias. El noveno mes del año tenía una particularidad, sus días le generaban un cúmulo de sentires, entre ellos estaban nacimientos y partidas de seres queridos, así como encuentros que le significaban mucho y que estimulaban su caminar. 

El tiempo pasa volando, pensó. Se quedó contemplando la taza de barro con los restos de su bebida. Saboreó el último trozo de la rosquilla. Se sintió afortunada de atesorar en la memoria y el corazón cada uno de esos momentos incluyendo los que no eran gratos, finalmente eran parte de su vida y le habían dejado aprendizajes. 

Respiró profundo, sintiendo cómo inflaba el pecho y posteriormente, inició su jornada laboral, mientras escuchaba con atención la interpretación de Carole King: Winter, Spring, Summer or Fall, all you have to do is call and I’ll be there, You’ve got a friend...


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Voces ensortijadas. 87. Los surcos de la felicidad. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 87

Por María Gabriela López Suárez

Los surcos de la felicidad

La lluviosa tarde de verano había dejado un agradable clima, se apetecía leer, tomar chocolate con pan o conversar amenamente. Lucrecia recordó que tenía pendiente hacer una entrevista, le habían dejado una tarea en el bachillerato, en su materia de Lectura y redacción. El tema era libre. Sin dudarlo decidió preguntarle a doña Irene, su abuelita materna, si quería conversar con ella para su ejercicio. Le encantaba platicar con ella. Tenía la ventaja que vivía a dos cuadras de la casa de Lucrecia.

Cuando llegó a su casa la encontró sentada, tejiendo un tapete. Era una de las actividades que le gustaba hacer y era de una de las tantas habilidades que Lucrecia  le admiraba.  Después de saludarla le comentó su propuesta, como era de esperarse doña Irene aceptó. No sin antes decirle a Lucrecia que sentía que no tenía cosas tan importantes que contar, pero si le ayudaba con su tarea con gusto platicaban. 

—Abue, ¿estás cómoda ahí o prefieres que conversemos en otro lugar?

—Vayámonos al patio, ahí en mi mecedora vendrán mejor los recuerdos.

Con libreta en mano y su telefóno celular como aliado, Lucrecia comenzó la entrevista. Escuchaba atentamente lo que doña Irene mencionaba e iba tomando nota. Había enviudado muy joven y con su trabajo como costurera y partera había sacado adelante a su familia, dos hijos y una hija.  Su vida había estado llena de retos y momentos fuertes, destacó que la vida le había enseñado que debía disfrutarse y aprender de todas las experiencias incluyendo las más tristes. 

A Lucrecia le llamó mucho la atención cuando su abuelita mencionó que la felicidad era un ingrediente esencial en su vida, la tenía presente en muchos momentos y era una de las razones por las que todavía se mantenía de pie.  No pudo quedarse con las ganas de preguntar sobre cómo ser feliz. 

—Ay hijita, no hay una receta para tener la felicidad completa, más bien creo que consiste en valorar y agradecer lo que tienes, por ejemplo, estar con quienes quieres, tener salud, poder caminar, disfrutar comer una fruta, escuchar el canto de los pájaros, platicar contigo como ahora lo hago y algo muy importante, darte la oportunidad de reír mucho, las veces que te sea posible, sin importar los surcos que se hagan en el rostro al pasar el tiempo. 

Lucrecia observó el rostro de doña Irene, no se había percatado antes que las arrugas que se dibujaban en él justamente hacían referencia a un rostro que no mostraba facciones de enojo, por el contrario, estaba marcado en él un semblante grato, de armonía con la vida. Ahora entendía que esos eran como los surcos de la felicidad.

Cuando finalizó la entrevista, además de agradecerle a su abuelita su tiempo y compartir parte de su vida, le dijo que la admiraba mucho y que ojalá ella pudiera poner en práctica el encontrarle el lado feliz a cada instante vivido. 

—Abue, me encantaría algún día tener esos surcos en mi rostro. Mientras tanto, ¿me invitas a tomar chocolate con pan? Te ayudó a prepararlo.

Ambas sonrieron mientras que de fondo se escuchaba el canto de los grillos, era el anuncio que la noche había llegado.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.