Voces ensortijadas 162. Darse valor. María Gabriela López Suárez

Darse valor
María Gabriela López Suárez

Lourdes había decidido ir al paseo de campo organizado por su familia, el destino era un  parque ecoturístico. La idea le encantó desde que escuchó que su mamá se estaba poniendo de acuerdo vía telefónica con el tío Alfonso. El paseo parecía muy prometedor. Y tomando en cuenta que se consideraba una ‘patita de chucho’ como solía decirle Celia, su hermana mayor, no dudó en confirmar que ella sí quería ir con la familia.

El paseo se programó para un fin de semana, aprovecharon uno de los puentes que había en el calendario. Todo se coordinó muy bien y por fin llegó la fecha. Eran 15 personas las que se animaron a ir a la convivencia, entre tíos, tías, primas, primos, sobrinas, sobrinos. El más dicharachero y molestoso era el tío Alfonso, él solía iniciar el ambiente y de ahí le iban siguiendo las demás personas, entre ellas la tía Tony, Rebeca, su prima y Benjamín, uno de sus sobrinos.

Una de las decisiones que tomó la familia fue que llevarían algunos alimentos para compartir, desde frutas, semillas, sandwiches, carne para asar, frijoles, tortillas y aguas de jamaica y naranjada. Cuando llegaron al destino caminaron hacia las mesitas y bancas de cemento que había en el parque y comenzaron a acomodar sus cosas. Algunos no dudaron en acostarse en el pasto y descansar un momento. Otros más, como Lourdes, el tío Alfonso, la tía Tony, Rebeca y Susana, sus primas, decidieron hacer una caminata, rumbo a la tirolesa. La tía Tony comentó que le gustaría aventarse de la tirolesa antes de que desayunara, así iría más ligera de peso. 
Caminaron rumbo al destino, había pocas personas esperando para lanzarse a la aventura, así que no tardarían en pasar. 

—¿Quién se anima primero? —dijo el tío Alfonso.

—Voy yo —respondió de inmediato Rebeca con la actitud de ser la más valiente.

—Luego yo —señaló Lourdes, minutos después comenzó a sentir que su corazón latía con más rapidez mientras la iban preparando, como con una especie de temor a las alturas, casi se estaba arrepintiendo de aventarse. Se le vino a la mente la recomendación que una vez le hizo su tía Alma, cuando fue a visitarla, porque Lourdes se había fracturado el pie izquierdo y tenía mucho miedo a usar las muletas para caminar.

—Ay hija, no tengás miedo, date valor, verás que poco a poco te acostumbras a usar esas muletas. 
La clave ante el miedo es darse valor. 

Mientras Lourdes repetía esa frase en su mente alcanzó a escuchar,

—A ver a qué horas te avientas Lulú, ya queremos pasar —era el tío Alfonso.

Lourdes sonrió, respiró hondo y se lanzó a la aventura, al tiempo que se le escuchaba gritar:
— Ahí voyyy, yujuuu.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 161. La radio, compañera de vida. María Gabriela López Suárez

La radio, compañera de vida
María Gabriela López Suárez

                                        A mis colegas radialistas, por su pasión y compromiso.


Bertha se levantó un poco más temprano que Genaro, su esposo, ese fin de semana llegarían de visita Joaquina, su sobrina y Daniel, su novio. Tenía rato que no veían a Joaquina, quería consentirla preparándole chilaquiles con pollo, uno de sus platillos favoritos. 

Decidió despejarse el sueño dándose un baño y posteriormente, se fue a la cocina para comenzar a guisar los chilaquiles. Mientras sacaba las verduras del refrigerador se percató que le faltaba encender la radio, era uno de sus ingredientes clave para cuando comenzaba a crear la alquimia culinaria. 

No alcanzó a escuchar las noticias y en los fines de semana no pasaba un programa de entrevistas que le gustaba. En él se hablaban de temas de interés para las mujeres, la salud, el autocuidado, los derechos, el autoestima, deportes, entre muchos más. Ese día decidió sintonizar una estación donde había una selección de música diversa, tipo retro, pero con una mescolanza de géneros.

Atenta a la preparación del desayuno comenzó a tararear las canciones que se sabía, identificó una canción de Duncan Dhu, "En algún lugar de un gran país, olvidaron construir, un hogar donde no queme el sol y al nacer no haya que morir…" como una especie de regreso en el tiempo Bertha recordó a su primo Pedro, el papá de Joaquina quien había fallecido un par de años atrás, esa canción era una de sus favoritas. Sintió un nudo en la garganta, se permitió soltar unas lágrimas. Regresó al presente, respiró profundo. Pensó en Joaquina y en cuánto disfrutaría degustar los chilaquiles y que recordaran anécdotas con su papá.

La selección musical de la radio cambió de género y de pronto, Bertha ya estaba escuchando "Sopa de caracol" interpretada por Banda Blanca. De nuevo la memoria le trajo al presente a otro familiar, su prima Oralia, quien en su adolescencia solía bailar con gran entusiasmo el baile de punta al escuchar esa melodía. El rostro de Bertha dibujó una sonrisa, qué bonito era recordar, momentos tristes, alegres y  agradecía a la radio, compañera de vida, que le permitiera formar parte de su día a día con tantos contenidos, información, consejos, noticias, cuentos, melodías.

Al ritmo de "Sopa de caracol", siguió cocinando, le faltaba sazonar la salsa roja para los chilaquiles. Verificó la hora, estaba muy a tiempo para terminar el desayuno, ir a despertar a Genaro y recibir a las visitas.  En eso estaba cuando escuchó...

—¡Qué bien huele! Buenos días amor. ¿En qué te ayudo? —era Genaro que ya se había despertado. 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 160. Conexiones en el tiempo. María Gabriela López Suárez

Conexiones en el tiempo
María Gabriela López Suárez

Esa tarde Tamara decidió consentirse un rato arreglando su jardín, tenía varias semanas que deseaba hacerlo pero por una u otra cosa no había podido. Armando, uno de sus primos, había prometido llegar a ayudarle para compartirle abono para sus maceteras. Sin embargo, ella decidió avanzar porque ya conocía lo poco puntual que podría ser su primo, a ella también le pasaba así en algunas ocasiones.

Fue por los guantes para comenzar su labor, pero antes de colocárselos le dieron ganas de tocar la tierra y sentir la textura de las raíces y pétalos de las flores. Así que prefirió trabajar sin guantes. El canto de  los cotorros que pasaban en parvadas era parte del paisaje sonoro, sumándose a éste el saludo de los zanates que se posaban en la barda de su casa, para luego pasarse a la parte alta del árbol de guayaba que había en el jardín.

Mientras Tamara cortaba las hojas secas de las flores, sembraba nuevos retoños y removía la tierra de las maceteras se puso a reflexionar sobre los diversos regalos que la naturaleza le había brindado en la vida. Uno a uno fueron viniendo a su mente distintos momentos en los que su vida se había conectado con la naturaleza, en la infancia, la juventud y ahora la edad adulta. Recordó sus primeros acercamientos con las flores, los árboles frutales en casa de sus tías, sus abuelitas y abuelitos y, por supuesto, los árboles de limón y naranja que había en casa de sus padres.

Casi sintió de nuevo la sensación del primer piquete de abejas que tuvo, cuando era niña, por no fijarse que en el jardín de la tía Claudia las abejas se deleitaban con el néctar de las flores y ella llegó a interrumpir su labor. O las veces que observó a Tina, la tortuga que tenía su prima Trini, le encantaba cuando Tina se quedaba percibiendo el aire, levantaba su cabeza y comenzaba a caminar con gran seguridad y a paso rápido.

Después se le vinieron, una a una, las imágenes de sus entrañables amigos caninos, mininos y aves, que habían trascendido a lo largo de los años y con quienes había pasado diversidad de aventuras. Como en una especie de memoria fotográfica Tamara los recordaba, de cada uno había aprendido y agradecía su presencia en la vida y en la de su familia.

Mientras observaba lo alegre que se veía su jardín, se quedó pensando que con el paso de los años se van teniendo conexiones en el tiempo, las que se tienen con la naturaleza son de las más bellas y fructíferas. 

Se agradeció por el regalo que había dado a su jardín y por la sensación de sentir la vida a través de apapachar a sus flores. Había sido una linda decisión trabajar esa tarde sin los guantes. El rostro de Tamara estaba relajado y contento, sacudió sus manos para soltar los últimos residuos de tierra, mientras pensaba que si Armando llevaba el abono, lo usaría para sembrar nuevas flores.



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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 159. Ser turista en el terruño. María Gabriela López Suárez

Ser turista en el terruño
María Gabriela López Suárez


Bianca se despertó temprano como acostumbraba para ir a la preparatoria. Aunque el clima estaba muy frío, en casa ya había movimiento, Gregorio y Melissa, su papá y mamá ya estaban preparándose para ir a trabajar. Bianca fue a la cocina, preparó su taza de café y buscó pan. Melissa le había dejado una concha de chocolate, sabía que era uno de sus panes favoritos. Degustó la bebida y el pan, luego se arregló rápidamente, debía salir pronto para alcanzar el camión.

Se despidió de Gregorio y Melissa deseándoles buen día, tomó una de sus bufandas, su mochila y fue rumbo a la parada. Caminó alrededor de dos cuadras y media, el autobús llegó puntualmente como cada mañana, eran las 6:20. A Bianca le gustaba irse en el camión de ese horario porque podía elegir el asiento para sentarse, no dudó en buscar ventanilla en la tercera fila del lado izquierdo. Se sentó, colocó su mochila sobre sus piernas, la abrazó y terminó de acomodarse. 

Se percató que sus orejas estaban muy frías, el clima estaba ideal para dormitar un ratito mientras llegaba a la escuela. Sin embargo, quiso aprovechar la ventana de su asiento y decidió prestar atención al paisaje, se le ocurrió que iba de turista en la ruta que le llevaría a la escuela.

Bianca observó cada parte que iba pasando, descubrió cosas que no había visto, varios pinos de gran tamaño que estaban al fondo de una calle poco concurrida. Luego distinguió unas viviendas con más de tres pisos que tenían jardineras bellamente decoradas por flores de colores vistosos. Le agradó ver nuevos árboles plantados en algunos camellones y por otro lado, le entristeció ver muchos perros en la calle, intentando cruzar de una banqueta a otra y lidiando con personas que conducían sin darles espacio para pasar. 

—¿En qué mundo vivimos? ¿Por qué tanta indiferencia ante los perros que hay en la calle?           —pensó para sí.

El camión siguió el recorrido. Su ánimo volvió nuevamente al contemplar las montañas, con la densa neblina que las revestía de una manera majestuosa, imaginó que estaban posando para ella. Sintió muchas ganas de estar caminando rumbo a esas montañas para ascender y luego contemplar la vista desde la parte más alta. Se percató que faltaba poco para llegar a la escuela, se fue preparando para pedir la parada. Respiró profundo. Qué rápido se le había hecho el viaje, qué bonita experiencia la de ser turista en el terruño. Se acomodó la mochila en la espalda y se ajustó la bufanda.

—Bajan en la parada, por favor  —se escuchó la voz de Bianca. Mientras descendía y se dirigía a la escuela frotándose las manos, el clima continuaba helado.


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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 158. Tarde de primavera en invierno. María Gabriela López Suárez


Tarde de primavera en invierno
María Gabriela López Suárez

Xóchitl había quedado de ir a visitar a sus primos el fin de semana, ellos vivían fuera de la ciudad. Ese viernes no demoró al salir del trabajo. Pasó a casa por su maleta, se cercioró de dejar bien cerrada las puertas y se dirigió a su destino.

Si algo disfrutaba Xóchitl era manejar saliendo de la ciudad, el viaje en carretera le provocaba una sensación de relajamiento y conexión con la naturaleza. Le encantaba ir observando el paisaje, siempre con precaución al conducir, así que agradecía la invitación que sus primos Alfredo y Jeshua le habían hecho para pasar con ellos ese fin.

Lo primero que observó fue que el tráfico no estaba tan pesado como había imaginado, eso era otro punto a favor para ella. Revisó la hora, eran 15 minutos pasadas las cinco de la tarde.

—Ojalá que alcance a ver el atardecer antes de llegar con los primos —pensó.

La luz de la tarde era sumamente intensa, no parecía una tarde de invierno. Las montañas que rodeaban el camino se veían verdes, por partes, decoradas por los rayos del sol que hacían una bella combinación con las sombras que algunas nubes dibujaban sobre ellas.

A medida que se alejaba de la ciudad la vista era más atractiva. Se iba encontrando con el verde de la naturaleza. Los árboles que rodeaban los alrededores comenzaban a florecer en tonos amarillo, rosa, rojo, dándole un aire primaveral a la atmósfera. Los pájaros comenzaban con su algarabía vespertina, como en la preparación previa para ir a posarse sobre los árboles, justo cerca de las seis de la tarde.
La petición de Xóchitl se había escuchado, ahí estaba el sol frente a ella, para que pudiera contemplar el ocaso mientras manejaba con dirección al poniente. El viento que se percibía a través de la ventana comenzó a sentirse frío. Después del atardecer las montañas se fueron cubriendo de neblina, como si las nubes descendieran y se posaran sobre ellas en la parte alta. El paisaje parecía como el de una tarde de primavera en invierno. Sin duda, era uno de los mejores regalos para cerrar el primer mes del año.

El timbre de su celular sonó, era Jeshua,
— Hola prima, ¿por dónde vienes? Ya te estamos esperando.

—Jeshua querido, linda tarde, ya merito estoy con ustedes, espero que haya chocolate calientito y pan, el clima lo apetece.

La carcajada de Jeshua se escuchó, mientras Xóchitl sonreía y apresuraba el paso.
Fotografía: ROGE

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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 157. Campanitas de viento. María Gabriela López Suárez

Campanitas de viento

Por Maria Gabriela López Suárez
Ilse se apresuró a guardar el pedido de tapetes bordados que debía entregar ese sábado por la mañana. Su rostro dibujaba alegría, ese ingreso extra ayudaría con algunos gastos pendientes en la casa porque la cuesta de enero se hacía presente. Salió rumbo al restaurante de doña Gertrudis, dejó una nota a Rogelio, su esposo: Regreso al rato, fui a entregar los tapetes. Besos. 
           Caminó un par de cuadras y llegó a la parada del colectivo que la llevaría a su destino. No tardó mucho esperando. Llegó puntual, doña Gertrudis la esperaba. 
          —Buenos días doña Gertrudis, ¿cómo le va? Aquí está el trabajo, en los colores y formas que requirió.
          —Buenos días Ilse, muchas gracias. Me muero de curiosidad por ver cómo quedaron, de seguro muy bonitos, como los vi en las fotos —dijo, mientras abría con rapidez la bolsa para ver los productos.
           Ilse estaba atenta a la mirada de doña Gertrudis y a conocer su opinión, el corazón le latía más rápido de los nervios. 
           —No me equivoqué, están preciosos los tapetes, las imágenes de las fotos se quedaron cortas. Seguro que a los comensales les gustarán mucho. Muchas gracias.
           La sonrisa de Ilse y el agradecimiento por confiar en su trabajo no se hicieron esperar, recibió su pago y se despidió. Mientras iba de regreso a casa recordó que le hacían falta algunas cosas para la despensa, decidió pasar a la tienda que estaba camino a su domicilio. Solo compró lo necesario. 
           Retomó el camino a su hogar, las calles estaban con bastante movimiento, aunque sin la algarabía de fin de año, ni del día de reyes que había pasado. Se quedó pensando que quizá la cuesta de enero era una de las causas.
           Observó a cada persona que pasaba cerca de ella, todas caminaban con prisa y llevaban algo en la mano, lo más común eran bolsas del mandado y cajas. Los rostros eran serios, cada quien en su mundo. De pronto, escuchó sonidos de campanitas de viento, ¿y eso de dónde venía? Siguió caminando hasta que unos pasos adelante de ella descubrió a un chico que llevaba en la mano derecha un colgante con una diversidad de campanitas de viento que sonaban al mismo tiempo. El sonido era muy agradable. Justo le daban el toque ameno al caminar en las calles de la ciudad.
           Para sorpresa de Ilse, el chico que llevaba las campanitas tenía audífonos puestos, de inmediato se le vinieron preguntas a la mente, ¿le disgustaba el sonido de las campanitas que vendía? ¿Prefería escuchar música? ¿Y si alguien lo llamaba para pedirle le vendiera un juego de campanitas? En esto estaba cuando una chica que pasaba a su lado dijo en voz alta,
           —Mami ¿y si hoy comemos pizza? 
           —¡La comida! —dijo para sí Ilse—, olvidé recordarle a Rogelio que hoy le toca cocinar a él, espero que se haya acordado porque ya me dio hambre.
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Voces ensortijadas 156. La bóveda celeste. María Gabriela López Suárez

La bóveda celeste

Por Maria Gabriela López Suárez
Rosaura guardó sus archivos y apagó la computadora. Ordenó rápidamente su espacio y se despidió de sus colegas del trabajo. Tenía dos años de haber iniciado labores en una preparatoria, en el área administrativa. Se colocó su gorro y bufanda, el frío era intenso en la calle.

Caminó sin prisa hasta la terminal de camiones para tomar el transporte que la llevaría a casa. El tiempo aproximado de distancia para llegar a su hogar era de una hora con treinta minutos. Compró su boleto, subió al autobús, tomó su lugar en el asiento número 5, ventanilla. Se frotó las manos y se colocó un poco de crema, el frío resecaba sus manos. Posteriormente, frotó de nuevo las manos y se las llevó al rostro. Sentía la vista cansada por el trabajo en la computadora, había olvidado sus lentes en casa. 

El camión inició el recorrido. Rosaura se colocó sus audífonos, eligió escuchar a Chambao y cerró los ojos. Déjate llevar, por las sensaciones. Que no ocupen en tu vía, malas pasiones… No tardó en relajarse. Abrió sus ojos y miró hacia la ventana, había oscurecido muy pronto.  Revisó su reloj iba a mitad del camino. Ya faltaba poco para llegar a casa. 

Se quedó contemplando el paisaje en la ventana, la bóveda celeste estaba hermosa. Tonos oscuros, azules y grisáceos decoraban, algunas nubecitas blancas se dejaban notar por partes. Las estrellas titilaban dándole un toque bello a la oscuridad que rodeaba esa noche en la carretera. Rosaura agradeció que no había tráfico, no solo porque llegaría en tiempo a casa sino porque menos luces permitían contemplar mejor el paisaje.

No pudo evitar recordar las veces que contempló la bóveda celeste con Nacho, su expareja, era un deleite para ambos. Hacía algunos meses que habían terminado su relación. Casi le ganaba el sentimiento de nostalgia cuando se le vino a la mente un recuerdo de la infancia, observar el cielo estrellado con doña Celia, su abuelita materna, ambas sentadas en el pasto, en una noche en el campo.

—¿Qué estrella te gusta más Rosaura?
—La más grande y brillante abuelita. ¿Y a ti?
—A mí la que está junto a la que te gusta, es pequeña pero brilla mucho. Cuando te sientas triste, acuérdate de observar las estrellas en la noche, mira qué bonito es es cielo, es un regalo de la naturaleza. Es inmenso y nosotros somos pequeñitos ante él. 

¡Qué razón tenía la abuelita Celia! Sonrió para sí, siguió observando el paisaje, se asomaban las luces de su terruño, mientras tarareaba Esa pregunta que te haces sin responder, dentro de ti está la respuesta para saber. Tú eres el que decide el camino a escoger...que tu futuro se forma a base de decisiones...
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Voces ensortijadas 155. Entre cartones. María Gabriela López Suárez

Entre cartones

Por Maria Gabriela López Suárez
Juana se levantó más temprano que de costumbre, su hora de entrada a trabajar a la panadería era a las 8 de la mañana. Sin embargo, en la víspera del Día de Reyes ya debían estar a las 7,30 para preparar las roscas. Salió de su casa a las 6,30. Normalmente le tomaba alrededor de una hora para llegar caminando a su trabajo cuando iba a paso lento y unos 40 minutos a paso rápido. Ese día prefirió estar unos minutos antes y evitar llegar tarde.

Durante su recorrido pensó que las calles estarían silenciosas, con poca gente y coches. Por el contrario, el tráfico estaba fluido y ya había gente dirigiéndose a sus espacios laborales. Juana observó a personas adultas mayores que estaban acomodando sus vendimias de dulces tradicionales, otros más de tamales, atoles y champurrado. Se le antojó comprar un champurrado. Revisó su reloj, le daba tiempo.

Al detenerse para comprar, después de pedir y pagar su bebida,  esperó un momento.

—¿Ya para el trabajo chula? Es usted madrugadora. Permítame tantito, ahorita le doy su champurrado. Se esmera que no encuentro la tapita del vaso —comentó la vendedora.

—Hoy entro más temprano, ya ve que mañana es Día de Reyes, nos toca hacer roscas en la panadería donde trabajo. La espero, no se apure, tengo unos minutitos de tiempo. Se me antojó el champurrado —dijo Juana que respiraba profundo para no impacientarse.

—Aquí tiene, que lo disfrute. ¡Suerte con las roscas!

—Muchas gracias, que tenga buen día.

Retomó el camino rumbo a la panadería. Se percató que una persona estaba acostada a la entrada de una tienda abandonada, donde antes vendían ropa. La persona estaba sobre cartones y también se cubría con ellos, solo se veían sus pies. Juana pensó que ojalá no sintiera frío. Se dio cuenta que los demás transeúntes ni volteaban a ver siquiera hacia el lado donde estaba la persona. Un tanto triste siguió su ruta. Por fin llegó a su destino, 15 minutos antes.

La panadería aún estaba cerrada, había llegado antes que Ruth, la encargada de abrir. Se sentó en una gradita que había, buscó en su bolsa su botella con gel antibacterial. Después de aplicarse en las manos, se dispuso a tomar su champurrado. Se conservaba tibio. ¡Qué rico estaba! Se alegró de haber llegado antes y de llevar algo para tomar.
 
Siguió disfrutando su bebida. Comenzó a pensar que ojalá tuvieran buen pedido de roscas. La algarabía por el Día de Reyes no tardaría en empezar, no solo en la panadería sino en la calle, en las tiendas, en los mercados, en las plazas. No pudo evitar recordar a la persona entre cartones. Le dieron ganas de compartirle una rebanada de rosca y alguna bebida caliente. Seguro que le vendría bien. Se hizo el propósito de pasar por la misma ruta de regreso a casa, llevaría la rebanada preparada para dejarla con la persona y  si aún estaba algún puesto de comida le compraría una bebida. Sería como el regalo de Día de Reyes que ella podía compartir. En eso estaba que no se percató de la llegada de Ruth.

—¡Juanita siempre tan puntual!  Buenos días, ¿cómo estás? Vamos a iniciar para salir temprano.

—Buen día Ruth, bien, bien, aquí terminando mi champurrado para empezar con ánimo el día.

Ambas sonrieron mientras subían la cortina para abrir el local.
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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 154. El valor del autocuidado. María Gabriela López Suárez

El valor del autocuidado

Por Maria Gabriela López Suárez
Verónica estaba sola en casa, preparaba el desayuno en el penúltimo día del mes de diciembre. Mateo, su hijo de cuatro años, estaba en casa de sus abuelitos paternos. Para sentirse acompañada prendió la radio. Escogió una estación al azar. Lo dejó en un programa donde anunciaron que la entrevistada hablaría sobre lo que debería tenerse en cuenta en los proyectos personales para el nuevo año. Le pareció un tema interesante.

Mientras cocinaba nopales con huevos revueltos, escuchó con atención sobre la importancia del autocuidado. Era algo que a ella normalmente se le olvidaba. Observó su mano izquierda, ahora podía mover con agilidad su muñeca, se le vino a la mente lo frágil que puede ser perder la salud en el momento menos esperado y lo valioso de contar con una asistencia médica de calidad profesional y humana.

Tenía pocos meses de haberse lastimado la muñeca de la mano izquierda. No le había dado importancia pero ya sentía muchas molestias. Recordó que le recomendaron a un traumatólogo, le dieron muy buenas referencias. Desde la primera consulta le inspiró confianza no solo por observar los  diversos títulos colgados en las paredes del consultorio, sino por el  trato amable, de escucha y resolución de sus dudas. Verónica tenía temor del diagnóstico que pudiera darle, después de los estudios que le mandó a hacer el médico, se confirmó que necesitaba una cirugía. Aún con los nervios y el miedo que le ocasionaba la operación, tomó la decisión de ser operada. La cirugía tuvo buen resultado. La recuperación estuvo respaldada por el acompañamiento médico, el apapacho familiar y la prescripción de las terapias para rehabilitarse.

Todo el proceso que había vivido en esa última temporada era sin duda de aprendizaje. En primer lugar, debía tener presente darse un tiempo para ella, escuchar su cuerpo y apapacharse. Su proceso de salud física había pasado por varias etapas, se sentía afortunada de haber llegado con el médico indicado para aportar a su mejora. Y sobre todo, reafirmaba que en todas las áreas profesionales, sobre todo en la médica, además de que las personas sean expertas en su campo de estudio deben tener en cuenta ser empáticas con quienes tratan. Cada paciente es diferente y merece ser tratado con respeto, algunas personas tienen más fortaleza, optimismo, otras son más nerviosas, impacientes, miedosas, tímidas o sociables. En fin, se sentía agradecida por la red que se había tejido a su alrededor y que habían abonado a su pronta recuperación, los cuidados de sus familiares, el afecto de las amistades, la paciencia y acompañamiento del fisioterapeuta en la rehabilitación.

Mientras seguía escuchando la entrevista, Verónica terminó de preparar una ensalada de "pico de gallo" y jugo de naranja para acompañar su desayuno. Se quedó con la reflexión que el valor del autocuidado era un propósito necesario no solo para el nuevo año sino para la vida, sin duda era uno de los mejores regalos que cada persona se podría hacer.
 
—Ahí aplica bien la frase, no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy —dijo para sí, al tiempo que degustaba lo bien que le había quedado su desayuno.

***

Aprovecho estas líneas para agradecer al público lector de las Voces ensortijadas por su acompañamiento en este 2022, por ser parte de cada línea, por sus comentarios y anécdotas con las que resuenan. Les deseo muy feliz y bendecido cierre de año. Asimismo, que el año 2023 ustedes y sus familias gocen de salud y plenitud para realizar sus proyectos. Un abrazo desde algún rincón de Chiapas, México.




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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 153. Solsticio de invierno. María Gabriela López Suárez

Solsticio de invierno

Por Maria Gabriela López Suárez
Las tardes de invierno en mi querida Tuxtla Gutiérrez adquieren un toque especial cuando el clima se torna fresco, para quienes somos oriundos de este terruño es una sensación de clima frío que nos invita a sacar los suéteres, chales, bufandas para abrigarnos. Y si a ese clima fresco le agregamos una actividad para compartir la escritura en colectivo, es justo darnos la oportunidad de un grato apapacho para el corazón y para el alma. Eso fue para mí formar parte del Círculo de Escritura Femenina ‘13 lunas’, facilitado por Damaris Disner Lara.

Para quienes gustamos disfrutar deslizando la pluma, escribir es un acto que va más allá de plasmar letras, se convierte en una labor importante en la vida. Escribir pasa a formar parte de nuestro cotidiano y en un lenguaje a través del cual nos comunicamos a través del uso de palabras sencillas, coloquiales, en un afán de compartir sentires, pensamientos, anhelos, sueños, miedos, incertidumbres, alegrías, asombros y todo aquello que está resonando en nuestra vida.

El poder formar parte del Círculo de Escritura Femenina ‘13 lunas’ es una experiencia que quiero compartir brevemente con ustedes, el coincidir con mujeres  a quienes no tenía la oportunidad de conocer, más que a la facilitadora, ha significado una experiencia de vida con bellos aprendizajes. La guía de Damaris es una parte clave en el Círculo, así como también el que a través del dibujo y la escritura, como mujeres, resonemos en distintos temas que coinciden en diferentes etapas de nuestras vidas, desde la infancia, adolescencia hasta llegar a la edad adulta. 

La escritura y la escucha son elementos importantes en el Círculo, como lo son también el clima de confianza, empatía, respeto y sororidad ante cada texto que se comparte al leer. Si un nudo en la garganta atraviesa el sentir de quien lee, ese nudo puede dar paso a que fluya el llanto y sentirse cobijada entre quienes acompañan y escuchan. Escribir implica una labor valiosa, no solo para quien plasma los mensajes, que puede sanar a través de las líneas que va entretejiendo, sino también para quien escucha, resuena y se identifica con lo compartido. Escribir es un acto de valentía, de alzar la voz, de reconocer lo que una trae en su interior y dejarlo fluir en los textos, es una bella manera de sanar el alma y apapacharse.

Agradezco desde el corazón a Damaris y a cada una de las mujeres con las que coincidí, por el valor de sus mensajes, consejos, compartires y por hacer de esa noche de solsticio de invierno un bello regalo de fin de año en este 2022.

Aprovecho el espacio para desearles a ustedes y a sus familias muy feliz navidad y enviarles un abrazo con cariño.
Photo by Evie Shaffer on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.