Voces ensortijadas 184. Uno menos. María Gabriela López Suárez

                                  Voces ensortijadas
                                       Uno menos
                              María Gabriela López Suárez

El calor era intenso, Bianca estaba con el pendiente de pasar a comprar algunos ingredientes que requería para los arreglos que le habían encargado para decorar unas mesas, el motivo era una fiesta de cumpleaños. Por fortuna la tienda de productos estaba cerca de su casa. Solo tenía que caminar alrededor de 10 minutos y ya estaba ahí. Decidió que iría por la tarde, alrededor de las 5,30 pm, de tal forma que el calor hubiera apaciguado un poco. 
           Revisó la lista de materiales que necesitaba para que no se le escapara algo, tenía la intención de trabajar un rato de la tarde para avanzar y terminar al día siguiente. Se le vino a la mente la frase que le decía su tía Panchita, la práctica te ayuda a aliarte con el tiempo, vaya que era cierto. 
          Salió rumbo a la tienda, iba tan concentrada en sus asuntos que al pasar por una de sus calles preferidas, por la que solía atravesar para llegar a la tienda de productos de decoración, no se percató de un cambio. Su paso era rápido, no recordaba si la tienda cerraba a las 6 o 7 de la noche.  Cuando se dio cuenta que aún estaba abierta sintió un gran alivio y aminoró levemente el paso. Encontró lo que necesitaba y aunque se había prometido no adquirir algo que no fuera requerido, terminó comprando unas pinzas sujetapapeles de pequeño tamaño que le encantaron para decorarlas y obsequiar a algunas clientas que trabajaban en una escuela primaria. 
           De regreso a casa iba a un ritmo más tranquilo que le permitió observar el paisaje, pasó nuevamente por una de sus calles favoritas, la que tenía árboles distintos: laurel, almendros y capulín. Para su mayor sorpresa se dio cuenta que había algo distinto que antes no estaba, veía un espacio donde faltaba algo. Su mente hizo un repaso rápido,  algún árbol hacía falta, su mirada de inmediato ubicó el pequeño tronco que quedaba de lo que fuera un árbol de capulín. Una serie de preguntas se agolparon en sus pensamientos, 
         —¿Quién habrá talado el árbol? ¿Por qué lo hicieron? ¿A quién le estorbaba? 
         Ese árbol cobijaba  con su sombra,  era de los pocos que quedaban de su especie en la colonia, además su tamaño era mediano, sus ramas no invadían a los edificios cercanos. Sin dudarlo se acercó al tronco, con tristeza se dio cuenta que no tenía ni la más remota posibilidad de renacer. Aprovechó que las luces de algunos autos iluminaban el área y le pareció identificar señales como una especie de plaga en el interior del pequeño tronco. ¿Habría sido eso la causa de que lo cortaran? ¿Alguien más había notado la ausencia  del árbol o acaso estarían como ella que en un primer momento lo pasó desapercibido? No tenía la respuesta, ni nadie a quién acudir para que se la diera. Lo cierto es que la noticia le causó tristeza, nostalgia, desencanto. Era notoria la ausencia del árbol de capulín, uno menos en la colonia, uno menos en la casa de todos, el planeta Tierra.
 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 183. Nuestra amorosa compañera. María Gabriela López Suárez

                                  Voces ensortijadas
                              Nuestra amorosa compañera
                             María Gabriela López Suárez

El pasado 21 de julio se celebró el Día Mundial del Perro, quienes tenemos a bandita canina como integrantes de la familia sabemos que son seres agradecidos, cariñosos y que nos dejan grandes enseñanzas para la vida. Estas líneas van en memoria de La Catrina, nuestra amorosa perrita que partió hace algunas semanas.

Intento hacer memoria de cuándo fue la primera vez que te vi, no recuerdo con exactitud, sin embargo, algo que me llamó la atención fue el color de tu pelaje, un bello tono castaño y también tus ojitos color miel. Un familiar te regaló con mi papá y pasaste a formar parte de nuestra bandita peluda y  por lo tanto, de nuestra familia. 
          Te hiciste querer muy pronto, al principio eres algo huraña, me acercaba poco a ti, conforme fue pasando el tiempo me permitiste acariciarte y lo agradezco desde el corazón. 
         Vienen a mi mente los días que nos alegraste con tu presencia y compañía, fueron muchos años.  Nos acompañaste en los diversos duelos de cada integrante de la bandita peluda que partió antes que tú. Siempre cuidaste de tus cachorros, fuiste una madre muy atenta y juguetona con tus críos. Y ese amor lo extendiste a los demás integrantes de la banda peluda. Siempre estabas presente con cada uno de ellos, estoy segura que también te echan de menos.
          En los días de lluvia y truenos lejos de esconderte salías a correr bajo los árboles, ladrando a cada trueno que hacía retumbar el cielo. Regresabas a casa empapada pero con mucho ánimo. Algo que siempre te admiramos era tu energía, corriendo de un lado a otro, raras veces dormías siesta y tu sueño era muy ligero.
           En mi mente se dibuja tu rostro, tu mirada profunda y tus abrazos, esos que de pronto me dabas sin aviso previo y que recibí con amor… Veo a tus dos críos y te haces presente en cada uno de ellos. Es de noche mientras escribo estas líneas, el canto de los grillos forma parte del paisaje sonoro, como si fueran una especie de susurros, escucho los ladridos de un integrante de la banda peluda, no puedo evitar extrañar tus ladridos, inconfundibles, fuertes, mientras tus pasos ágiles se perdían en las sombras de la noche. 
          Catrina te agradecemos el cariño, tu compañía y ser nuestra amorosa compañera. Permanecerás siempre en nuestros corazones. Gracias, gracias, gracias.

 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 182. Dulcecitos de colores. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 182
Dulcecitos de colores
María Gabriela López Suárez

Las vacaciones de verano llegaron más rápido de lo esperado, Ximena había prometido a Fernando y Maribel, su hijo e hija adolescentes que les llevaría a pueblear al terruño de sus ancestros. Los tres hicieron un buen equipo, fueron sumando esfuerzos e hicieron ahorros. Maribel y Fernando compartieron lo que habían obtenido de la venta de chicharrines que hacían cada fin de semana en la canchita de basquetbol de su colonia.
         Madrugaron y emprendieron la ruta vía terrestre. Ximena y Fernando disfrutaban los paisajes, Maribel prefería dormir. Finalmente, después de muchas curvas  y alrededor de once horas de camino llegaron a su destino. El pueblo era pequeño y pintoresco, las calles empedradas y las montañas que le rodeaban le daban una hermosa vista. Parecía un pueblo de los que se describen en los cuentos; la temporada de lluvias se hacía evidente en el tono verde de los árboles que formaban parte del paisaje. 
         Mientras llegaban al hostal donde se hospedarían Ximena hizo un recuento de cómo recordaba al pueblo cuando solía visitarlo cuando vivían ahí su abuelita y abuelito maternos. Hizo memoria  de dónde eran los lugares que más le gustaba visitar, la plaza central, el mercado del pueblo, la calle de los juegos que así le llamaba a donde vivían algunas niñas y niños que fueron sus amistades y había un lugar en particular que era de sus favoritos: La Colmena, una tienda donde encontraba una diversidad de dulces y semillas.
         Una vez instalados en su habitación se dieron un baño y se dispusieron  a salir a comer. Ximena los apresuró para que pudieran alcanzar a ver el atardecer, recordaba unas puestas de sol bellísimas desde la plaza central. Tenía la intención que Maribel y Fernando contemplaran esa vista, el tiempo fue su aliado y observaron el ocaso de esa tarde. Luego de comer fueron en busca de La Colmena, Ximena tenía la esperanza que aún existiera, en su mente asomaban vagos recuerdos de dónde era el rumbo. Fernando propuso que preguntaran y para asombro y gusto de Ximena le indicaron que la tienda aún estaba ahí. 
         La Colmena estaba a mitad de la calle de la alegría, como solía llamarla Ximena. Entraron a la tienda, Maribel y Fernando observaban el lugar, su mamá les había dado tales detalles que la sentían como un espacio conocido. Ximena sintió un cúmulo de emociones en su corazón al estar nuevamente ahí, los muebles se conservaban muy bien y los recipientes donde guardaban los dulces parecían casi intactos. Recordó el rostro de doña Toñita, la señora dueña de la tienda. De pronto su vista se posó en unos dulcecitos de colores, en tonos pastel, eran diminutos en formas cuadradas, redondas y de corazones, eran sus favoritos. No dudó en pedir una bolsita, Fernando también observó qué productos se le antojaban y Maribel siguió el ejemplo. 
         Cuando Ximena degustó los dulcecitos de colores su mente y corazón le trajeron a su niñez, se observó caminando en la calle de la alegría, dibujó una sonrisa en su rostro. Invitó a Maribel y Fernando a caminar rumbo a la plaza central, como cuando les decía a sus amistades en la infancia, para luego sentarse y disfrutar sus golosinas.
 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 181. Las cosas cotidianas también son maravillosas. María Gabriela López Suárez

Las cosas cotidianas también son maravillosas
María Gabriela López Suárez

La temporada vacacional había iniciado, Gertrudis y su familia recibieron la invitación de la tía Sofi para que la fueran a visitar al rancho. Tenía más de dos años que no se veían luego de la pandemia por la Covid 19. Manuela y Elías, mamá y papá de Gertrudis aceptaron y agradecieron. Decidieron que la primera en irse sería Gertrudis que ya no tenía clases, la tía Sofi, prima de Manuela iría por ella. Elías y Mnauela la alcanzarían el fin de semana. 
Gertrudis empacó su maleta, se sentía algo triste porque su teléfono celular se había descompuesto. La tableta y computadora portátil se quedarían en casa, era la indicación dada por Manuela. A Gertrudis se le vinieron a la mente una serie de pensamientos sobre su estancia en el rancho, ¿qué haría sin su celular? ¿Tía Sofi tendría tableta o computadora? ¿Se la prestaría? Comenzó a sentir una sensación de angustia que se le olvidó cuando escuchó la voz de su papá:
         —¿Gertrudis estás lista? ¡Ya está aquí tu tía Sofi!
         —¡Ya voy papá! —respondió en tono apresurado, sabía que a su papá le disgustaba la demora y a la tía Sofía no le gustaba manejar muy tarde en carretera.
         Después de los respectivos saludos y abrazos, Sofía y Gertrudis se despidieron de Elías y Manuela.
         En el trayecto rumbo al rancho tía y sobrina se pusieron al tanto de lo acontecido con la familia en los dos años que no se habían visto. La mente de Gertrudis se olvidó por un rato del celular y el viaje se le hizo corto. Estuvo tan entretenida que ni siquiera recordó preguntar a la tía Sofi por la tableta o computadora.
         Llegaron al rancho justo a tiempo, antes de la lluvia, el atardecer no se apreciaba porque el cielo estaba completamente nublado y los truenos le acompañaban. 
          Sofía indicó a Gertrudis donde sería su dormitorio y la ayudó a desempacar su maleta. Posteriormente, le pidió que la acompañara a verificar que puertas y ventanas estuvieran bien cerradas, la lluvia no demoraba en caer. 
         Una de las ventanas de la casa permitía ver el patio de la casa. Gertrudis se quedó contemplando cómo cada una de las gallinas que había calculaban el momento exacto para subirse a los árboles y acomodarse en las delgadas ramas. 
        —¡Qué barbaridad, cuánto equilibrio! —dijo  para sí, sin dejar de observar la escena.
        La lluvia comenzó, de menor a mayor intensidad, las aves permanecieron bien sostenidas en las ramas ante el asombro de Gertrudis. Bajó la vista y observó que una bandada de patitos disfrutaban del aguacero, contoneándose de un lado a otro, sin preocupación por guarecerse de la lluvia. 
          Sofía se acercó hasta donde estaba Gertrudis quien no se  percató de su llegada.
         —¿Pasa algo hija? ¿Ha entrado agua?—preguntó al verla tan atenta. 
Gertrudis la volteó a ver con el rostro sonriente.
        —Todo está bien tía Sofi, solo me quedé observando a tus gallinas y patitos en esta tarde lluviosa. 
         Sofía se sumó a contemplar el paisaje y le dijo:
         —No cabe duda que las cosas cotidianas también son maravillosas. 

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Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 180. Una noche luminosa. María Gabriela López Suárez

                           Voces ensortijadas
                           Una noche luminosa
                      María Gabriela López Suárez

La comisión laboral de Beatriz había finalizado después de tres días de una ardua jornada. Tomó el camino a la terminal de transporte que la llevaría de regreso a casa, hizo sus cálculos, estaría llegando alrededor de las ocho o nueve de la noche, si todo iba bien en el camino. Alzó la vista al cielo, buena parte estaba coloreada por tonos grises, una señal de que no tardaría en llover. 

          Beatriz documentó su pequeño equipaje y luego subió al camión y se acomodó en el asiento, el conductor esperó a que llegara la hora de salida,  las seis de la tarde e inició el recorrido. El camión llevaba a pocas personas a bordo, por lo que a Beatriz no le tocó ir acompañada. Buscó en su bolsa el suéter ligero que había llevado, el aire acondicionado no tardó en comenzar a sentirse. Inclinó ligeramente su cabeza sobre la ventana y contempló el paisaje. Los cerros se veían hermosos, con un verde intenso. El efecto de las nubes grises se dejó sentir cuando las gotas de lluvia fueron cayendo, primero sutilmente hasta llegar a convertirse en una lluvia torrencial. Cerró los ojos con la espera de que la lluvia no tardara demasiado, al menos no hasta que llegara a casa, había olvidado llevar paraguas. Se quedó dormida alrededor de media hora. Despertó y volvió la vista a la ventana, la lluvia había parado. Se percató que iban a mitad del camino.

          La siesta le había sentado muy bien, tanto que decidió seguir contemplando el paisaje. Por un lado, el tono de la tarde estaba entre naranja y dorado, por otro pintado con el azul cielo que tanto le gustaba acompañado de nubes blancas y un poco más allá, se veía de nuevo la tonalidad grisácea. Alcanzó a percibir la aparición de la Luna, debido a la claridad de buena parte del cielo  aún no destacaba. Conforme la tarde fue ocultándose para dar paso a la noche, la Luna llena se convirtió en el elemento central del cielo, cobijada por muchas nubes que la enmarcaban y algunas estrellas titilando alrededor. La vista era muy bella. A ese paisaje se sumó una serie de relámpagos, primero Beatriz pensó que la lluvia estaba de regreso. No fue así. Los relámpagos quedaron como una especie de efectos que de vez en vez se dejaban percibir de manera impresionante. Beatriz recordó a Claudio, uno de sus mejores amigos, poco le gustaban los relámpagos. Le dieron ganas de tomar una foto para captar esa bella postal  y enviarle a Claudio, prefirió quedarse atenta a la ventana, observando el paisaje nocturno. Faltaba poco para llegar a casa y pocas veces tenía la oportunidad de tener frente a ella una noche luminosa. 


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 179. Bordar para la vida. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Maria Gabriela López Suárez

                       Voces ensortijadas
                       Bordar para la vida
                   María Gabriela López Suárez

El sonido del ventilador se convirtió en parte del paisaje sonoro de la mañana de ese domingo. La aplicación del clima en el celular indicaba 37 grados centígrados. Para Norma esa temperatura indicaba que el calor había llegado para quedarse todo el verano. Fue al refrigerador, sacó unos cubos de hielo y lo agregó a la jarra de limonada que acababa de preparar. Se sirvió un poco de la bebida en un vaso, degustó el agua fresca y se dirigió a la canasta donde tenía su bordado para avanzar en la costura.

Se acomodó en el rincón más fresco de la sala y comenzó a bordar. Sus manos, su corazón y su mirada se concentraron, el colorido de los hilos se fue entretejiendo para dar paso al trazo de una diversidad de formas enmarcadas con la creatividad y el entusiasmo.

Mientras daba un sorbo a su limonada recordó la manera en cómo comenzó a bordar, primero fue una actividad que formaba parte de sus tareas escolares en la infancia. Para ese entonces el bordado era algo que hacía más por obligación que por gusto. Luego, vinieron a su mente las imágenes de cuando su mamá Elisa y su tía Carmina la ayudaban a terminar sus bordados. Era una labor titánica y Norma se sentía acompañada.

Años después, Norma tuvo interés por retomar el bordado, primero lo hizo de manera independiente, se percató que bordar le generaba concentración y era una manera de volver la mirada a ella, a conectar con lo que le gustaba. Posteriormente, Roxana, una de sus amigas la invitó a un taller de bordado. Norma no dudó en inscribirse. La facilitadora era la maestra Rosario, quien había descubierto en el bordado una enseñanza para la vida. 

El taller de bordado se convirtió en un oasis para Norma y sus compañeras, la confianza y empatía que se generaron, aunado a la paciencia y motivación de la maestra Rosario, fueron los elementos clave para continuar en tan noble y bella labor. 

Norma halló muchos aprendizajes en la tarea de bordar, conectar con su infancia y con su corazón, despertar la inspiración, afrontar los retos al bordar, incentivar la creatividad, confiar en la intuición y sobre todo, aprender a ser más paciente. Para Norma bordar no era una actividad simple, era una hermosa experiencia de aprendizaje, justo para adquirir herramientas que podría aplicar en su vida cotidiana.

El sonido del ventilador hizo que Norma volviera la mirada a su bordado, su rostro dibujó una sonrisa. Desde el corazón agradecía a Roxana, a la maestra Rosario, a sus compañeras y a ella, la oportunidad de  bordar que significaba no solo un hermoso arte sino una oportunidad de bordar para la vida.
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez
Fotografía: Maria Gabriela López Suárez

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 178. Los regalos de la lluvia. María Gabriela López Suárez

                        Voces ensortijadas
                     Los regalos de la lluvia
                    María Gabriela López Suárez


El paisaje del cielo dibujó un azul claro intenso ese domingo, era señal de que el día estaría muy cálido. Victoria despertó temprano, la intensidad de la luz que se coló a través de su ventana la hizo pensar que ya eran las 9 de la mañana. En realidad apenas iba a dar las 7, no pudo conciliar el sueño nuevamente, así que decidió levantarse. Nadie más se había levantado en la familia. 
         —¡Vaya, vaya, el señor sol me ha hecho madrugar! ¿Quién lo diría, yo madrugando en domingo? —dijo para sí Victoria.
          Se dirigió al baño, se lavó la cara para refrescarse y despabilarse un poco. 
          Luego fue a la cocina a preparar el café, en casa acostumbraban tomar café con pan antes de desayunar, era un hábito en la familia. El aroma de la bebida se esparció hasta la sala. Victoria llenó su taza con café, buscó la panadera y eligió una rosquilla con ajonjolí. Abrió la puerta que daba al patio en la casa, percibió el calor que ya inundaba la mañana, sacó un banquito y se quedó contemplando los árboles de mango, guayaba, limón, mientras sopeaba su rosquilla y terminaba su café. Ahí permaneció un gran rato hasta que escuchó ruido en la cocina. 
          Se levantó para ver quién más habría madrugado, era Alfredo su hermano menor, quien apetecía tomar su café con pan. Poco a poco se sumaron Martha, su mamá; Marisol, su hermana mayor y Genaro, su papá. Era curioso que antes de las 9 toda la familia estuviera despierta. El café alcanzó exacto, Victoria era hábil para preparar la cantidad necesaria.
          La familia se dividió las tareas en la casa, en preparar el menú para el desayuno y comida, así como en el patio para regar las macetas y árboles, a esta última tarea se sumaron Victoria y Alfredo.  La faena estuvo intensa para toda la familia. 
         Luego de comer Victoria decidió darse un baño y dormir una pequeña siesta. Prendió el ventilador en su cuarto, colocó una colchoneta delgada sobre el piso, en ese momento deseó tener un petate para que fuera más fresco. Antes de acostarse echó un vistazo al cielo, observó que estaba nublado por partes.
         —¡Ojalá cayera un fuerte aguacero! La tierra necesita refrescarse y traernos regalos, ansío escuchar el canto de las ranas —dijo en voz alta. 
          Cayó en un sueño profundo. El olor a tierra mojada la hizo despertar, se asomó a la ventana, sintió esa sensación de frescura que deja la lluvia. Intentó prender el foco pero no pudo, no había luz. Buscó en sus cosas una pequeña lámpara y fue a buscar a su familia. 
            En el patio la luz de la tarde aún alumbraba. Halló ahí a Martha y Genaro platicando amenamente mientras tomaban el fresco. Se quedó un ratito con ellos. Marisol y Alfredo estaban durmiendo siesta. Victoria estaba contenta, su deseo se había cumplido. El olor a tierra mojada se sentía con más fuerza en el patio. Se acercó a los árboles, les percibía agradecidos como ella con esa lluvia. Puso atención a la escucha, ahí estaban las ranas, como a manera de coro, emitiendo con fuerza ese canto que tanto añoraba, percibió también el canto de los grillos que empezaban a acompañar el paisaje sonoro. La noche no tardaba en llegar y los regalos de la lluvia se habían hechos presentes.
           Victoria regresó a casa sintiendo alegría en su corazón al tiempo que las ranas seguían croando. Al fondo alcanzó a escuchar,
         —¿Dónde están, no hay luz? —eran Alfredo y Marisol que habían despertado.


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Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 177. La garza blanca. María Gabriela López Suárez

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                          La garza blanca
                    María Gabriela López Suárez


El calor de la tarde veraniega era tan intenso que Rita se había quitado las sandalias, era preferible  estar descalza.  Para refrescar un poco la habitación prendió el ventilador que tenía en su recámara, el aire no tardó en volverse cálido, ya no era agradable. Decidió apagar el ventilador y abrir la ventana que daba al pequeño balcón. Luego de abrir la ventana se percató que el cielo estaba muy nublado, era una señal de un fuerte aguacero.

—¡Ojalá que llueva esta tarde! Ya es justo y necesario que la tierra se refresqué y también se limpie el aire —comentó Rita para sí misma.
Comenzaron a escucharse los truenos que seguían anunciando la lluvia. Finalmente, el olor a tierra mojada se percibió, la lluvia se hizo presente. Primero fueron unas gotas pequeñas, luego se tornó en una lluvia torrencial. 

El rostro de Rita dibujó una gran sonrisa, los árboles también estarían agradecidos con las gotas de agua de esa tarde. Se le vinieron a la mente los árboles de limón y mandarina que tenía la tía Julia y el tío Armando, la tierra estaba tan seca que las hojas de los árboles se enrollaban. 

Rita se sentó en el piso frente a la ventana abierta, recordó que tenía algunas actividades laborales pendientes, sin embargo, decidió hacer una pausa  y contemplar la lluvia. No todos los días se tenía la oportunidad de ver llover y percibir la suave brisa que se generaba. Ahí permaneció alrededor de unos 40 minutos. 

Mientras observaba el paisaje Rita fue sintiéndose relajada, el sonido de la lluvia era como una especie de arrullo que se combinaba muy bien con el aroma de la tierra húmeda. Estos elementos le recordaban no solo su infancia sino que la lluvia era uno de los mejores regalos de la naturaleza. Poco a poco fue disminuyendo la caída de agua hasta que escampó. 

Posteriormente, se percató, como si fuera un acto de magia, que el cielo se despejó y se comenzó a colorear con tonos azules y rojizos, el atardecer no tardaba en hacerse presente. El ocaso fue hermoso, radiante y fugaz. Luego, el cielo se pintó en tono azul oscuro, se había dado paso a la noche. Rita seguía frente a la ventana contemplando la vista, quería aprovechar al máximo el paisaje que tenía frente a ella, se sentía contenta. 

Por un momento llegó a pensar que ya había apreciado los diversos regalos de la naturaleza en esa tarde-noche, y que regresaría a sus actividades. Sin embargo, algo la hacía mantenerse sentada frente a la ventana, no estaba equivocada, faltaba un regalo más para cerrar con broche de oro. No tardó en hacer acto de presencia una bella garza blanca, cuyo vuelo fue seguido sin parpadeo por la mirada de Rita. El vuelo fue pausado pero rítmico y con gran elegancia. Fue un instante mágico, era la primera vez que Rita veía una garza volando frente a ella, la imagen de la garza blanca se fundió con el tono oscuro  de la noche. Eso le dio un aire más interesante. 

—¿A dónde se dirigía la garza blanca? ¿Por qué volar en un espacio urbano? ¿Se habría sentido atraída por la lluvia? —fueron algunas preguntas que comenzó a hacerse Rita, en eso estaba cuando escuchó el sonido de su celular. Era el recordatorio que tenía videollamada con Alejandra y Mateo, sus amistades de la infancia. Comenzó a buscar el enlace, ellas serían las primeras personas a quienes contaría el regalo de la garza blanca.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 176. Amor propio. María Gabriela López Suárez

                             Amor propio
                     María Gabriela López Suárez


Martina se asomó a contemplar la Luna llena que comenzaba a hacerse notar en esa tarde cercana al verano. Mientras la observaba recordó la importancia de amarse y disfrutar cada instante en la vida. Como una especie de historias fueron apareciendo imágenes de ella en su infancia y adolescencia; de pequeña poco le gustaba su nombre, le daba una sensación de desagrado, lo asociaba a que era un nombre de niño. En la escuela había sido molestada con eso, las bromas habían sido desagradables para ella. Y a eso  le sumaba el que su complexión era robusta y de alta estatura para la edad promedio de la niñez. En casa pocas veces se atrevió a decir esa incomodidad, se encerraba en su mundo, con sus miedos e inseguridades.

Pocas veces le gustaba mirarse al espejo, huía de sí misma, como una manera de evitar encontrarse con ella. Fueron pasando los años y en la adolescencia la aceptación a ella se hizo un tanto más distante. La influencia de los estereotipos que solía marcar la moda divulgada a través de sus compañeras, compañeros y reforzada por los medios de comunicación le fueron haciendo que deseara ser como una de las tantas imágenes de los personajes que eran el ícono del momento. El no lograrlo la  hacía sentir un tanto frustrada. 

En la universidad hizo buenas migas con Tamara y Juan, eran el trío que iba de un lado a otro, en las actividades académicas, tertulias, fiestas y paseos. Sus amistades la respetaban tal como era, ahí Martina se sentía segura, en confianza. En una de las tantas pláticas escuchó que Tamara mencionó la importancia del amor propio, del respeto, la aprobación, el apapacho y la seguridad en una misma.  Martina se quedó atenta a la escucha, expresó sus dudas y comenzó a indagar más sobre el tema, se fue dando cuenta que ella necesitaba reforzar mucho esa parte y lo compartió con sus amistades. Juan le dijo que nunca era tarde para poder ayudarse y que ahí estaban para apoyarle. 

La etapa universitaria halló no solo otro sentido para Martina sino también para su interacción con más personas, en su vida cotidiana e incluso con su propia familia. Siempre estaría agradecida con Tamara de haber sacado la plática del tema sobre el amor propio, dos palabras que aparentemente podían sonar a un poco de ego, sin embargo, tienen elementos decisivos en la vida de cada persona.

—Quien se ama y se aprueba tal como es puede disfrutar mejor cada momento, siente seguridad y confianza, se respeta, se cuida y se valora —había compartido alguna vez en las charlas con su familia. 

Regresó al presente. La luz del atardecer se había ocultado, la Luna se apreciaba con un tono cobrizo, esto le daba una hermosa vista a la noche, acompañada del coro de los grillos.

—¡Tía Martina, tía Martina! Ya es hora de que leamos —era la voz de Alberto, su sobrino de siete años, a quien Martina había comenzado a leerle un par de noches atrás El libro salvaje del autor Juan Villoro.

—Vaya, vaya Beto, qué puntual eres, es cierto, ya es hora, a ver dime, ¿cuál es el último apartado que leímos ayer? —preguntó Martina.

—Está bien fácil, el tío Tito —respondió de inmediato el niño.

—Además de puntual tienes muy buena memoria, hoy leeremos el apartado Libros que cambian de lugar —dijo Martina atenta a la mirada de Alberto que estaba ansioso por iniciar la lectura; echó una última vista a la ventana, se despidió de la Luna, su rostro dibujó una sonrisa, agradeciendo el amor propio en su vida.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 175. Alzar la vista al cielo. María Gabriela López Suárez

Fotografía: MGLS

Alzar la vista al cielo
María Gabriela López Suárez

Priscila iba de regreso a casa. Había tenido una jornada laboral ardua que le provocó tensión en el cuello. Se despidió de sus colegas del trabajo y se dirigió a la estación del transporte público.

—Ahora que llegue a casa me daré un masaje, vaya que lo necesito —dijo para sí, mientras subía al microbús y se acomodaba en un lugar cerca de la ventana.

El trayecto se le hizo un poco largo, el tráfico abonó a eso. Decidió escuchar Blues, así se relajaría un poco. La música le permitió despejar su mente y ser una buena compañera camino a casa. Pidió la parada, bajó y caminó alrededor de tres calles. 

—¡Al fin en casa! —expresó al abrir el portón de la entrada  y sentir el aroma a romero y lavanda que estaban en el pequeño jardín que formaba parte de su hogar. El olor a naturaleza era uno de sus preferidos. Escuchó el trinar de los pájaros que solían llegar a los árboles de las casas vecinas, cuyas ramas se lograban percibir desde su hogar. Se sintió afortunada.

Decidió prepararse un té de romero, le vendría bien. Fue hasta donde estaba la maceta con la planta de romero, cortó cuidadosamente unas ramitas y se dirigió a la cocina. Luego fue a su cuarto a buscar algún aceite esencial para dar masaje al cuello, la molestia había disminuido pero persistía. Encontró un aceite de menta, era ideal.

Su té de romero tenía un aroma muy agradable y el sabor era delicioso. Salió para degustarlo sentada en un pequeño banco de madera que tenía alrededor de sus macetas. Le dio un par de sorbos. Luego se colocó unas gotas de aceite sobre la palma de las manos, las frotó y comenzó a masajear el cuello, al tiempo que respiraba profundamente. Justo en ese instante, recordó una recomendación que le había dado su amiga Lucia,

—Cuando te sientas estresada, alza la vista al cielo, el universo siempre nos brinda regalos, solo hay que identificarlos.

Terminó de realizar el masaje, movió ligeramente el cuello hacia ambos lados. Tomó nuevamente la taza para continuar degustando el té y después alzar la vista al cielo. Se quedó contemplando el paisaje, el cielo tenía un tono azul claro bellamente decorado por nubes, se veían como tipo pinceladas de diversas formas cuyo fondo tenía un ligero toque dorado que le daban los rayos del sol. Alcanzó a distinguir a varios zopilotes que realizaban una especie de danza, se fueron elevando hasta que los perdió de vista.

—¡Qué razón tienes Luci! —dijo en voz alta, al tiempo que se percató que el sol se iba ocultando. Poco a poco sintió que el cuello estaba menos tenso y el corazón muy agradecido por el paisaje de esa tarde.



 
Fotografía: MGLS
Fotografía: María Gabriel López Suárez

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.